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¿Por qué viene el Señor?

¿Por qué viene el Señor?

El Señor está cerca, nos repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados.

¿Por qué viene el Señor a nosotros?

Dios viene porque quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Viene porque ha creado el mundo y al hombre por amor.

Viene a causa del pecado.

Viene a pesar del pecado.

Viene para quitar el pecado.

No nos extrañemos, por eso, de que en la noche de Navidad no encuentre sitio en las casas de Belén y tenga que nacer en un establo.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

(San Juan Pablo II)

Segundo domingo de Adviento

2º Domingo. Preparar los caminos del Señor. Ésta es la idea central del Evangelio y de toda la liturgia de este día. La indicación del Bautista no ha dejado de sonar en el mundo y nos llega ahora con su doble significado: preparar la próxima Navidad y la vuelta de Cristo al final de los tiempos. San Pablo (2ª lectura) nos concreta cómo hemos de preparar esa doble venida: ida santa y creciendo en el conocimiento de los designios que Dios tiene sobre nosotros.

Este programa se enfrenta con una con una grave obstáculo: la preocupación excesiva de los bienes de este mundo. Por eso, pedimos a Dios que mientras vamos “animosos al encuentro de su Hijo”, no permita que nos atrapen “los afanes de este mundo” (oración colecta), y nos conceda la “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del Cielo” (oración después de la comunión).

Hemos de ser optimistas, pues esta ayuda de Dios no nos faltará: al contrario. Él llevará a buen término la obra buena que ha empezado en nosotros (2ª lectura). De este modo, seremos los Bautistas de la nueva evangelización, que hagan resonar en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos el siempre actual “preparad los caminos del Señor”.

Tiempo de Adviento

Adviento

Yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación del mundo (Mt 18, 20). Jesucristo está siempre aquí, presente en medio de nosotros, continuando su vida en la tierra a través de la Iglesia, su Cuerpo Místico. Y la Iglesia, Esposa suya, vuelve sus ojos hacia el Señor, con una mirada que encierra tantas ansias de redención.

Conducidos por la liturgia, vamos a contemplar a lo largo del año la sucesión de los misterios. Dejándonos guiar por ella, se despertará fácilmente nuestra devoción: la esperanza ante la inminente venida de Jesús, la alegría de saber que está entre nosotros, la fe en su divinidad escondida, la admiración ante la Sabiduría que se revela, el dolor en la Pasión y la Muerte, el triunfo de la Resurrección, el poderoso aliento de Pentecostés que nos lanza igual que a los Apóstoles en todas las direcciones.

Pero sobre todo comprenderemos bien cuál es el fondo constante de la historia que volveremos a vivir, qué es lo que se encuentra por todas las partes, en cada uno de sus episodios, qué es lo que la llena por entero: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 2). Este amor de Jesucristo es la clave de todo, y debe serlo también en nuestra vida.

Primer Domingo de Adviento

Domingo 1º de Adviento. En la 1ª lectura (Isaías 2, 1-5), el profeta del Adviento, nos habla de la era mesiánica, en la que el Señor, por medio de Jesucristo, reunirá a todas las naciones en venturosa paz (Romanos 13, 11-14) san Pablo nos exhorta a vivir dignamente en espera de la venida del Señor. El evangelio (Mateo 24, 37-44) nos previene que a diferencia de lo que hicieron los coetáneos de Noé, vivamos alerta, pues el Señor puede llegar de improviso en cualquier momento. “Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.

En el evangelio de este primer domingo de Adviento se nos recomienda el espíritu de vigilancia. Alguien va a llegar, pero no sabemos cuándo, por eso debemos estar siempre atentos. Los textos litúrgicos pretenden acentuar en nosotros ese sentimiento de ardorosa espera: quieren despertar en nuestros corazones el hambre de Cristo-Niño. Y para eso pone ante nuestra vista los textos más excitantes del Antiguo Testamento en que palpita el ansia con que esperaban los judíos a su Salvador.

¿Para quién es la homilía?

¿Sabéis lo que dijo i¡una niña hace algún tiempo, al oír por primera vez una homilía? Había asistido ya alguna vez a misa, en capilla privadas, cuando el sacerdote celebraba el Santo Sacrificio de espaldas a los fieles; pero, un dí -un domingo-, se dio media vuelta y empezó a hablar. Entonces la niña tiró de la manga a su madre y le preguntó: ¿A quién habla, mamá…? Su sorpresa estaba justificada, ya que un hombre que se pone a hablar de pronto ante una serie de personas, sin dirigirse a ninguna en concreto, siempre llama la atención.

Pues bien, si a ti te ocurre lo mismo que a aquella niña, te responderé: Te estoy hablando a ti. No a vosotros, en plural, Me dirijo a cada uno de vosotros, a ti en singular.

Solemnidad de Todos los Santos

Del Martirologio Romano

Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria.

En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad.