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Unas ideas sobre el sexto mandamiento

La virtud de la castidad

El sexto mandamiento de la Ley de Dios se enuncia de la siguiente manera: No cometerás actos impuros

Antes de hablar de los deberes y prohibiciones del sexto mandamiento, hay que decir algo sobre el origen y la finalidad del sexo. Y comenzamos con dos citas del libro del Génesis: Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo y les dijo: Creced y multiplicaos y llenad la tierra (Gn 1, 27-28). Ésta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos (Gn 2, 23). Con estas palabras, se expresa la unidad originaria del hombre a través de la masculinidad y de la feminidad, y la dualidad de sexos, llamados a unirse para procrear nuevas vidas.

Para lograr el mandato divino de creced y multiplicaos y llenad la tierra, el mismo Dios proporciona los medios necesarios. Así, dota al hombre de un cuerpo con los órganos adecuados y de un alma, espiritual e inmortal, capaz de descubrir y de respetar el plan divino y, a la vez, de ennoblecer con el amor la transmisión de la vida. Con esas fuerzas, además, el hombre participa del poder creador de Dios.

Además de los órganos propios de cada sexo, en los que reside la fuerza generativa, Dios ha puesto en el hombre y en la mujer un instinto fuerte de mutua atracción: el instinto sexual. Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne (Gn 2, 24). Por tanto, la persona humana está fuertemente marcada por la sexualidad.

Pero la sexualidad humana no es algo simplemente biológico pues, además de su aspecto de genitalidad, afecta al núcleo más íntimo de la persona y abarca muchos otros aspectos como la afectividad, la capacidad de amar y de procrear, o la aptitud para establecer vínculos profundos de comunión con otros. Las diferencias físicas, psíquicas y espirituales del varón y de la mujer están orientadas a complementarse en el matrimonio que genera la familia. Porque esa unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y fecundidad del Dios Creador.

No ve el cristiano el sexo como algo malo, sino como facultad otorgada por Dios para la transmisión de la vida dentro de la unión matrimonial. Por ello, pocas cosas pueden tener en este mundo tanta dignidad como algo que se ordena a dar la vida -vida natural- que es presupuesto de la vida sobrenatural y de la posibilidad de una eterna bienaventuranza.

Dios dio a nuestros primeros padres (Adán y Eva) -y en ellos a la especie humana- el precepto de multiplicarse y poblar la tierra, y para facilitar el cumplimiento de esta obligación, asoció un placer al acto generativo. Buscar ese placer fuera de las condiciones establecidas por Dios es ir contra el plan divino, es ofender a Dios, es un pecado grave, pues el hijo, fruto de la unión corporal y espiritual, querida por Dios, necesita de una familia para desarrollarse sin traumas, ser educado y transformarse en hombre. Por tanto, sólo es lícito hacer uso de la facultad generativa dentro del matrimonio.

Hay una virtud, que es la pureza, que hace respetar el orden establecido por Dios en el uso del placer que acompaña a la propagación de la vida. Y el vicio opuesto a esta virtud es la lujuria o impureza, que consiste en la búsqueda del placer sexual por sí mismo, como si tuviera razón de fin. En este vicio caen los que consideran la capacidad sexual como una fuente de placer que pueden usar sin límites. Y esto no es verdad, porque la facultad sexual tiene como finalidad principal la de engendrar, no la de causar placer.

El sexto mandamiento manda algo tan sencillo como es el recto uso de la facultad generativa. O dicho con otras palabras, vivir la virtud de la castidad o pureza. Y explico qué se entiende por castidad. La castidad consiste en la integración de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad de su ser corporal y espiritual. Se puede decir que la castidad es una afirmación gozosa, una afirmación del amor, porque ordena la sexualidad a la entrega de sí mismo, sea en el matrimonio o en el celibato.

También se puede decir que es una disposición del alma que se manifiesta por una voluntad inquebrantable de abstenerse de todos los placeres ilícitos de los sentidos y de la carne, es decir, de todos los pensamientos, delectaciones, deseos y acciones prohibidos por el sexto y el noveno mandamientos. No es esta virtud algo negativo, porque si la consideramos enraizada en la caridad, se comprende que cumplir las exigencias de estos dos mandamientos es responder afirmativamente al amor de Dios. Es un sí a Dios. Es, por tanto, una virtud eminentemente positiva, que nos hace gratos a Dios, pues lleva a someter el instinto sexual a la voluntad, según el querer de Dios; es una virtud sublime que eleva al hombre por encima de las inclinaciones bajas de su naturaleza, dañada a consecuencia del pecado original. Además, da fortaleza para arrostrar cualquier sacrificio, para aceptar el sufrimiento, para estar junto a Cristo en la Cruz.

Son numerosos los medios de que disponemos para vivir esta virtud: la gracia de Dios, la ayuda de los sacramentos, la oración, el conocimiento de uno mismo, la práctica de una ascesis adaptada a las diversas situaciones y el ejercicio de las virtudes morales, en particular de la virtud de la templanza, que busca que la razón sea la guía de las pasiones.

Todos, siguiendo a Cristo modelo de castidad, están llamados a llevar una vida casta según el propio estado de vida: unos viviendo en la virginidad o en el celibato consagrado, modo eminente de dedicarse más fácilmente a Dios, con corazón indiviso; otros, si están casados, viviendo la castidad conyugal; los no casados, practicando la castidad en la continencia.

El hecho de que solo dentro del matrimonio es lícito el uso de la facultad sexual no significa que exista una “represión” de un bien (porque utilizar la sexualidad para un fin que no es el suyo propio, no es un bien), sino ordenación del instinto sexual a su fin propio; lo cual es posible y necesario porque el instinto sexual humano no es como el de los animales, sino que está bajo el control de la voluntad, que debe utilizarlo para la finalidad que le ha señalado Dios. No es una simple realidad física que se agota en lo biológico, sino que tiene una dimensión moral. Afirmar lo contrario, como pretenden quienes hablan de “liberación sexual”, es inhumano y tiene consecuencias gravísimas.

Estas consecuencias son: La tendencia al egoísmo y la dificultad para someter los instintos a la voluntad hacen surgir en el hombre un afán desordenado de placer. Si el hombre se deja llevar por esta tendencia se hace esclavo de los instintos y de amores egoístas. Además el amor se desvirtúa; se rebaja a las personas hasta convertirlas en mero objeto de deseo y de placer. Sin embargo, el recto uso de la facultad generativa, protege el amor humano del egoísmo que tiende a buscar sólo el placer, y preparan al hombre y a la mujer para el amor en su sentido más digno y puro: el divino y el humano. Eso sí, la castidad exige lucha contra las tentaciones.

El sexto mandamiento, en su aspecto positivo, Dios nos ordena que seamos puros y limpios en obras, palabras y miradas. Es decir, que guardemos la virtud de la castidad, cada uno según su estado en lo exterior. Y digo sólo en lo exterior, porque hay otro mandamiento (el noveno) también relacionado con la pureza que ordena vivir la castidad también en lo interior.

En este aspecto positivo, el sexto mandamiento obliga a respetar el cuerpo, que es templo del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad, según la enseñanza de Cristo. Cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos mansión dentro de él (Jn 14, 23). No hay que olvidar que nuestro cuerpo es propiedad de Dios, y Él, como creador del cuerpo humano, tiene derecho a establecer normas morales que se refieren al cuerpo. Y máxime, cuando se ha convertido en templo de Dios al precio de la sangre del Hijo de Dios, Jesucristo. No os pertenecéis. Habéis sido comprados por un gran precio (1 Co 6, 21). No nos es lícito desperdiciar los frutos de la sangre de Cristo.

El sexto mandamiento prohíbe toda acción contraria a la castidad. Es decir, la lujuria. Este pecado es definido por el Catecismo de la Iglesia Católica de la siguiente forma: La lujuria es un deseo o un goce desordenado del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión (n. 2.351). Para quienes están casados, la castidad exige guardar la fidelidad matrimonial, usando la facultad de engendrar sólo con el propio cónyuge (lo contrario se llama adulterio -por tanto está prohibido- y es un pecado grave no sólo contra la castidad, sino también contra la justicia). Además, exige usar rectamente del matrimonio, no impidiendo artificialmente que de la unión sexual pueda seguirse la generación de hijos. Esto está dicho claramente en la encíclica Humanae vitae de Pablo VI que enseña que todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida, y que es intrínsecamente mala toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación.

Para los no casados, el sexto mandamiento prohíbe todo uso de la facultad generativa, ya sea entre un hombre y una mujer (fornicación) -aunque tuvieran la intención de contraer matrimonio (relaciones prematrimoniales)- o entre personas del mismo sexo (sodomía), que es completamente antinatural; o bien con uno mismo (masturbación).

También son pecados contra la pureza las conversaciones deshonestas y las miradas impuras, como es ver pornografía.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores (n. 2.353).

Las llamadas relaciones prematrimoniales están prohibidas, porque son gravemente pecaminosas. Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.350).

Sobre la masturbación dice el Catecismo de la Iglesia Católica: Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado. El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero. Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral (n. 2.352).

Los pecados contra la castidad son graves y no admiten parvedad de materia. Por razón de la materia prohibida, todos estos actos realizados con el fin de experimentar el placer impuro, son siempre graves. Solamente pueden ser veniales cuando no hay advertencia plena en el entendimiento o pleno consentimiento en la voluntad.

Estos pecados no dejan de serlo por el hecho de que estén más o menos extendidos. Por ejemplo, las relaciones prematrimoniales siempre son pecaminosas, sean muchas o pocas personas las que las mantengan. Algunos pretenden sustituir la ley moral -objetiva y permanente- por la investigación sociológica, haciendo encuestas para concluir luego que casi nadie vive de acuerdo con la moral, y que, por tanto, habría que cambiar ésta. Sin embargo, aun cuando aquella situación fuera real en un país o en muchos, no significaría que habría que cambiar la ley moral, sino lo contrario: que hay que enseñarla y vivirla con más intensidad.

Los actos peligrosos, cometidos sólo por ligereza, curiosidad o entretenimiento, de modo breve y como de paso, no pasan de pecados veniales, a menos que sean muy deshonestos o causa de peligro próximo de consentimiento o produzcan grave escándalo. Si se hacen sin malicia y por justa causa, no hay pecado ninguno.