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Patrono de los jóvenes católicos de África (San Carlos Lwanga)

Los mártires de Uganda

 

 

Llegada de los Padres Blancos a Uganda

Una vez evangelizado el Nuevo Mundo -América-, la actividad misionera de la Iglesia Católica abre sus horizontes en el Continente Negro. Y durante el siglo XIX son muchas las expediciones de misioneros que van saliendo de Europa a diversas regiones de África. En el mes de febrero de 1879 llegaron a Uganda cinco misioneros franceses de la Congregación de los Padres Blancos. Semanas antes habían salido del puerto de Marsella. El año anterior la Santa Sede había decidido que los Padres Blancos se encargaran de llevar la luz del Evangelio a la región de la parte del Vicariato del Nilo superior.

La Congregación de los Padres Blancos -“misioneros de África”, como se llamaron al principio- había sido fundada por el cardenal Lavigerie, movido por el deseo de promover el apostolado misional de África. Cuando el papa León XIII instó a Lavigerie que enviase misioneros a aquella zona africana del Alto Nilo, el fundador organizó en 1878 una expedición de diez misioneros, cinco destinados a Tanganica y otros cinco a Nyanza. En el camino moría el superior de la expedición; los demás llegaban a Tabora el 12 de septiembre. Aquí se dividió la caravana: unos se quedaron en Tabora y los demás prosiguieron hacia Nyanza, cuyo lago alcanzaron el 3 de diciembre. El 2 de febrero siguiente, el padre Lourdel marchó con el hermano Amans a la capital de Uganda y se presentó al rey Mutesa I para explicarle el propósito de su viaje, la actividad misionera que quieren realizar. Días después, el 17 de febrero  de 1879, se incorporaron los otros tres misioneros del grupo de Nyanza.

Los Padres Blancos con mucha fe comenzaron su tarea en Uganda. Al principio, el mismo Mutesa I no sólo veía con agrado la labor de los misioneros sino que los favoreció entregándoles tierras donde asentarse y canoas para sus desplazamientos fluviales. Enseguida establecieron una misión, la de Santa María de Rubasa, al frente de la cual fue colocado como superior el padre Lourdel, que era un hombre joven, piadoso y con gran celo apostólico.

Los misioneros inmediatamente se preocuparon  por aprender el idioma de los nativos para poder traducir el Catecismo a la lengua de los ugandeses y enseñar el Evangelio. Los frutos no tardaron en llegar. Por centenares acudían los negros a la Misión, y hubo un momento en que no era nada utópico pensar que el sueño de una rápida cristianización de aquel reino africano podía convertirse en una realidad en breve espacio de tiempo.

En 1882 ya habían abrazado la fe católica y recibido las aguas bautismales los cinco primeros cristianos de Uganda. Éstos son: El Mayordomo del Campamento Real, Mukasa Bulikuddembe, que gozaba de la amistad del Rey y tomó el nombre cristiano de José al ser bautizado el 3 de abril de 1881; el Maestro de los Tambores Reales, Kaggwa, que al recibir el bautismo cambió su nombre por el de Andrés; el Jefe -Mulumba- y el Sub-Jefe -Banabakintu- de varias aldeas, que tomaron los nombres cristianos de Matías y Lucas, respectivamente. Este último también está relacionado con Mutesa I pues pertenece al clan que construye las canoas reales. Y el quinto es Noé Mawaggali, de profesión alfarero.

Cambio de actitud del Rey

Mutesa I mostró algún interés por el cristianismo, aunque también se interesó por la religión musulmana que los árabes habían llevado a su reino, pero sin embargo continuó con sus prácticas paganas y al final de su vida, enfermo e irritable, cambió de actitud respecto a los misioneros, mostrándose claramente hostil, quizá por ver en la nueva religión que éstos predicaban un obstáculo para el floreciente comercio de esclavos que él mantenía.

Ante esta situación -y bajo la presión real- los Padres Blancos juzgaron prudente abandonar Uganda. En el momento de la partida el padre Lourdel aconseja a los cinco cristianos: Rezad todos los días. Leed el Catecismo. Cada domingo, si es posible, reuníos y orad juntos. Enseñad religión a los que han estado frecuentando la Misión, y el que se haga cristiano debe leer las palabras de Cristo a diario. Debe parecerse a Cristo y como Él debe sacrificarse y dar su vida para salvar a sus hermanos.

Aquellos primeros cristianos ugandeses, cuando los misioneros dejaron su país, hicieron lo que el padre Lourdel les había dicho: fueron constantes en la oración cotidiana, de tal manera que los paganos al referirse a ellos los denominaban como los que rezan. Además, se esforzaron por vivir cada vez mejor la fe recibida, asemejándose a Cristo. Especialmente son ejemplares en vivir la caridad: perdonan las ofensas sin dejarse llevar por deseos de venganza; ayudan  a los demás; cuidan a los enfermos, también cuando se ha declarado una epidemia de peste en el país. A diferencia de los paganos y musulmanes, no son polígamos.

También son verdaderos apóstoles. Enseñan el Catecismo -la doctrina cristiana- a sus familiares, vecinos y amigos y a los que se muestran interesados en ser instruidos en la religión católica. Y bautizan a los que desean ser cristianos y comprometerse a vivir según las exigencias del Evangelio. Así se van formando comunidades cristianas, con un continuo crecimiento porque cada nuevo cristiano era un apóstol entre los suyos.

Los miembros de estas comunidades se reunían los domingos para rezar juntos y todos, cada día, leían el Evangelio y hacían oración y penitencia. Eran alegres, pacíficos, trabajadores, leales, honestos, sinceros… No podían recibir los Sacramentos, ni asistir a la Santa Misa, por eso pedían a Dios que volvieran pronto los misioneros.

Los pajes de la corte

La muerte de Mutesa I hizo posible el regreso de los misioneros. Su hijo  Mwanga, de 18 años de edad, es su sucesor. El nuevo rey es amigo de los cristianos y pide a los Padres Blancos que vuelvan a su reino. Renace la esperanza. Y en julio de 1885 están de nuevo el padre Lourdel y demás misioneros en Uganda. A éstos les son presentados por los cinco primeros los nuevos cristianos, que son centenares: Padre, aquí están las gentes de mi aldea, los he instruido y bautizado. Pregúnteles, saben rezar -dice Kaggawa-. Éramos muchos más antes de la epidemia; la peste se llevó muchos bautizados al Cielo, pero aquí están los cristianos de mi ciudad de Kigowa. Mukasa a su vez dice: Padre Lourdel, aquí están los pajes del Rey, conocen la fe, conocen la doctrina.

Durante los tres años de ausencia de los misioneros, Mukasa había conseguido reunir a su alrededor a 200 jóvenes (muchos de ellos eran cristianos y los demás,  catecúmenos), pajes del Campamento Real, a los que iba educando como soldados, como cortesanos y, a la vez, como cristianos. Y allí estaban, con Mukasa, en la Misión, para conocer a los europeos que había llevado la fe a su tierra.

Los misioneros han encontrado a su regreso abundantes frutos de la siembra realizada anteriormente. Su trabajo se ha multiplicado: celebran Misa en diversos pueblos y aldeas, distribuyen la Sagrada Comunión, dedican muchas horas en oír Confesiones, administran la Unción de enfermos… No hay tiempo para el reposo. Todo es una bendición de Dios.

En el Campamento Real  viven unas 3.000 personas, todas ellas al servicio del Rey: ministros, mensajeros, mujeres del Rey, guardianes, herreros, pastores de los rebaños reales, porteros, siervos y pajes de la Corte… Éstos últimos eran elegidos entre las familias nobles del país, y entraban en la Corte a los 12 años; cuando cumplían los 20 pasaban a pertenecer a la guardia real.

Uno de los jefes de los pajes reales es Carlos Lwanga, famoso luchador, que servía al Rey en la Sala de Audiencias. Catecúmeno, es buen cumplidor de sus deberes. Instruye a los pajes para que sirvan al Rey ejemplarmente, pero les enseña que Cristo está primero; casi toda su sección de chicos jóvenes se prepara para el bautismo. Entre otros, están: Kibuka y Kiwanuca, amigos inseparables; Ssebuggwawo, que, al estar durante el día al servicio privado del rey, es instruido en la doctrina católica en las primeras horas de la noche; Kizito y Kamyuka, ambos de 13 años, el primero es de carácter audaz y alegre, y el segundo, un gran corredor; Mbanga-Tuzinde, que es hijo del verdugo mayor.

Temores y pasiones del rey Mwanga

Al principio de su reinado el joven rey tiene un cierto interés por conocer la religión cristiana. Uno de sus pajes, Buzabaliawo, que ha sido su amigo y compañero de juegos en la infancia, es cristiano y le enseña el Padrenuestro y el Avemaría. Con motivo de una conjura contra su persona, que fue descubierta gracias a Kaggwa, Mwanga decidió rodearse de cristianos, pues estaba seguro de su fidelidad, y así gran parte de su corte estuvo compuesta por jóvenes bautizados, con algunos de los cuales llegó a tener una auténtica amistad. Pronto, sin embargo, aquel panorama iba a verse totalmente turbado.

Por un lado, su Primer Ministro, que había tenido cierta participación en el complot descubierto y perdonado luego por Mwanga, no podía perdonar a los cristianos la lealtad hacia el Rey que llevó al fracaso la conspiración, empezó a tramar contra los que rezan. Acabó de exasperarle el rumor de que el Rey pensaba destituirle y nombrar para su cargo a un cristiano, José Mñasa.

Por otra parte, los Notables de Uganda -Jefes de los Consejos de Ancianos de las Aldeas- no veían con buenos ojos la religión que había venido de Europa, pues la nueva doctrina prohibía el culto a los espíritus de los antepasados, lo que traería la venganza de los mismos. Además, el cristianismo era exigente y costoso: sólo permitía tener una sola mujer; combatía la corrupción en los cargos públicos. Igualmente desaprobaba el libertinaje, el exceso de la bebida, la venganza, el robo… De forma distinta y con más agrado veían el islamismo, que les parece más fácil de seguir, pues permite cosas que el cristianismo no aprueba.

Sometido a una fuerte presión, Mwanga empieza a desconfiar de los cristianos, que cada vez son más numerosos en Uganda, pero siempre fieles súbditos de su rey. Piensa: Todos aman a los misioneros, porque son cristianos y llenos de fervor. Un día me depondrán y harán rey a mi hermano o a mi hermana, la princesa Clara Nalumansi, que ya es cristiana. Además de estos temores, los hechiceros constantemente están soliviantando el ánimo real contra los bautizados. Los cristianos están llenando Uganda -dicen-; si no acabas con ellos, no habrá aquí sitio para nosotros; tendremos que huir.

Quizás estas intrigas no habrían sido suficientes para el cambio que experimentó Mwanga respecto a los cristianos si no hubiese intervenido otra causa: la lujuria. Por influjo de las costumbres traídas del exterior por los árabes se introdujeron en el país prácticas homosexuales, que el joven rey -hasta entonces había llevado una vida pura- comenzó a practicar sin recato. Y se encontró con que los jóvenes que formaban parte de su Corte y eran cristianos oponían una negativa rotunda a sus infames solicitaciones. Por esto -testificó en el proceso de beatificación de los mártires de Uganda un cristiano que vivió en la Corte del Rey-, Mwanga se llenó de cólera: nosotros, los cristianos, ya que no queríamos consentir a sus deseos infames. Además de caer en la lujuria en su forma más abyecta y opuesta a la naturaleza, se aficionó a fumar opio. Como consecuencia de sus costumbres disolutas, sus cambios de humor pasan a ser violentos e imprevisibles, y bajo las intrigas del Primer Ministro comenzó a perseguir de forma inexorable y despiadada a los cristianos.

El inicio de la persecución

La conducta de los pajes cristianos hizo honor a la religión, pero fue utilizada como pretexto para la persecución. En ésta no faltaba nada del esquema clásico de las persecuciones. Como motor, las pasiones. La codicia excitada por el temor a perder el comercio de los esclavos. La ambición de los políticos, temerosos de verse al margen del poder. La lujuria, en su forma más baja y repugnante. Nada iba a faltar tampoco para ese mismo esquema clásico en el desarrollo.

El Rey, irritado por aquella resistencia que encontraba, decretó la persecución contra todos los que hicieran oración, que ésta fue la preciosa definición de los cristianos dada en el decreto persecutorio. E inmediatamente se desataron las furias contra aquella cristiandad naciente.

El protomártir ugandés fue José Mukasa Bulikuddembe. Aunque Mwanga siempre le había tenido en gran consideración, la actitud real respecto a él cambió totalmente por el celo que mostraba Mukasa en disuadir a los jóvenes de consentir a las invitaciones pecaminosas del Rey, lo que trajo consigo que fuera objeto de particular odio por parte del monarca y, finalmente, fuera decapitado y quemado el 15 de noviembre de 1885. El día anterior, Carlos Lwanga había recibido el bautismo. Antes de morir, Mukasa está tranquilo: Voy a morir por mi religión, dice con serenidad. Y ya en el lugar donde va a ser martirizado, se dirige al verdugo: Dile al Rey que perdono el que, sin culpa, me haya condenado. Pero dile que se arrepienta; si no lo hace, yo le acusaré ante el tribunal de Dios.

La muerte del primero de los bautizados y el maestro en la fe de muchos de los que rezan tenía por objeto atemorizar a los jóvenes pajes de la Corte real con el fin de alejarles de la fe cristiana y de sus exigencias morales, pero no produjo ese resultado. Cuando el Rey mande matarnos -se decían unos a otros, según contó un testigo-, también nosotros sabremos morir siguiendo el ejemplo de nuestro Jefe José.

Los pajes que frecuentaban la Misión sabían que sus vidas corrían peligro. El mismo Mwanga les había amenazado: Si no dejáis la religión cristiana, os mandaré matar. Voy a condenar a muerte a todos “los que rezan”. Pero nada les hace vacilar. Incluso los más jóvenes, de 13 a 15 años, continúan firmes alrededor de su jefe Carlos Lwanga. Los que aún son catecúmenos piden ser bautizados y están igualmente dispuestos a morir por Cristo.

Los misioneros también se preparan para el martirio y, a su vez, preparan a los bautizados y catecúmenos: No tengamos miedo a los que matan el cuerpo solamente… Amemos a nuestros enemigos, recemos por ellos. Devolvamos bien por mal. Así seremos hijos de nuestro Padre Dios. Carlos Lwanga medita: Han pasado ya la Navidad y la Resurrección; nos llamará Dios en la fiesta de la Ascensión.

Pasados apenas seis meses del martirio de Mukasa, el 25 de mayo de 1886, Dionisio Ssebuggwawo, que es un muchacho de 16 años, dulce, delgado y tímido, es horriblemente mutilado con largos machetes antes de ser decapitado, por haber enseñado los primeros elementos de la fe cristiana a dos de sus amigos, uno de ellos es Muwafu, hijo del Primer Ministro.

Los pajes son convocados por el Rey

 

Ante la cruenta persecución desatada contra los que rezan los pajes paganos dicen a sus camaradas cristianos: ¡Escondeos!, puede que las cosas cambien y entonces podréis volver. La sugerencia no fue  aceptada por los cristianos. No -dijeron-, estamos al servicio del Rey, y si huimos nos acusará de traición y nos mandará matar. No, nos quedamos y moriremos por Dios.

En la noche del 25 de mayo son convocados para el día siguiente todos los pajes en la Sala de Audiencias. Los pajes cristianos pasan aquella noche preparándose para comparecer ante el Rey: rezan y piden a Dios valentía y fuerza para la batalla que se avecina.

Carlos Lwanga, el que había gozado del favor real y al que Mwanga había contado con él para sus encargos más delicados, piensa que ésta es su última noche de hombre libre; él está en plena juventud y siempre ha obedecido al Rey hasta el día en que éste se atrevió a pedirle lo que él no podía en manera alguna darle. La conciencia la tiene tranquila. Emplea aquellas últimas horas de libertad preparando a sus compañeros para el martirio, rezando con ellos por un largo tiempo. El Rey -les dice- nos ha ordenado con frecuencia abandonar nuestra religión. Mañana lo hará otra vez. Entonces seguidme todos y confesad vuestra fe sin miedo alguno. Y ocurra lo que ocurra, no dejéis de rezar. Al ver que Kizito ha quedado impresionado por la muerte de Ssbuggwawo y tiembla sin poderse controlar, se acerca a él y le anima: No te preocupes del futuro, cuando llegue el momento difícil te cogeré de la mano y si tenemos que morir por Jesús, moriremos los dos juntos, con las manos enlazadas. A continuación decide bautizar a los que aún son catecúmenos. Éstos son: Mugagga, Mbaga, Gyavira, Weraba y Kizito. La alegría en todos los pajes es grande.

En la Sala de Audiencias

Al día siguiente, cuando el Rey llega a la Sala de Audiencias del Palacio manda llamar a los pajes. Los primeros en acudir son Carlos Lwanga y su sección. Gracias al testimonio de Dionisio Kamyuka, uno de los tres pajes cristianos a los que Mwanga  indultó, se sabe lo que ocurrió en aquella Sala.

Nosotros fuimos conducidos ante el Rey con nuestro Jefe, Carlos Lwanga. Saludamos al Rey y nos sentamos en la tierra. Mientras tanto Mwanga se mofaba de nosotros y nos insultaba. Después dijo: “Todos aquellos que abrazado la religión son condenados a la hoguera”. Ninguno de nosotros se entristeció. Eran alrededor de la 11 de la mañana.

 

El rey Mwanga añadió: Todos “los que rezan”  que se pongan a mi derecha. Inmediatamente se levantó Carlos Lwanga, que cogiendo de la mano a Kizito, se colocó en el lugar que el Rey había indicado que debían situarse los que rezan. Todos los demás, con caras radiantes de alegría, le siguieron. También Bruno Sserunkuma, perteneciente a la guardia personal del Rey, se unió a los pajes voluntariamente, sin ser implicado, para tomar parte en el martirio. Todos los presentes -cortesanos, verdugos, asistentes, guardias…- quedaron asombrados de que veían.

Pero la sorpresa fue mayor cuando Mugagga, que durante el día estaba al servicio privado del Rey, se puso con los cristianos, porque nadie sabía que iba a la Misión de noche para ser instruido en la religión católica. El Primer Ministro le llamó: ¡Ven aquí! No pretendas ser uno de ellos. El joven paje le respondió: Sí que lo soy, y no quiero quedarme atrás cuando ellos van a morir por Cristo. Otro caso aparte fue el de Mbanga-Tuzinde, hijo de Mkadjanga, el principal y más cruel de los verdugos. Era catecúmeno al empezar la persecución y cuando ésta arreció fue bautizado por Carlos Lwanga. Su padre intentó que renegara de la religión y esconderle en un lugar seguro, pero el hijo se negó rotundamente Un ayudante de su padre le dijo: Corre, obedece a tu padre, escóndete en mi casa. Pero el joven paje, con firmeza, contestó: El Padre a quien debo obedecer primero está en los cielos; déjame con los demás.

Condenados a morir

Una vez que los cristianos se han puesto a la derecha del Rey, éste ordenó a los verdugos: Atadlos, y llevadlos a Namugongo. Los verdugos enseguida obedecieron, y los pajes fueron atados. Fuera del Campamento Real el padre Lourdel estuvo haciendo gestiones para ser recibido por Mwanga. Fue inútil, pero allí, junto a las puertas del Campamento, permaneció todo el día. En la mañana del 27 los condenados a la hoguera son conducidos a la colina Namugongo, situada a unos 17 kilómetros, donde los condenados serán quemados vivos. Lourdel los ve pasar uno a uno, atados y serenos. Observa a Kizito que va riendo y contento. Este adolescente, de figura angelical y encantadora, que había sufrido con mayor presión las proposiciones libidinosas del Rey rechazándolas siempre valientemente con energía, fue -en los momentos más difíciles- quien dio la nota de máxima valentía, el que levantó el ánimo de los que desfallecían. El misionero, emocionado, bendice por última vez a aquellos jóvenes encabezados por Carlos Lwanga que van al martirio.

La subida a la colina se hace penosa. Los jóvenes cristianos van atados de dos en dos para que no puedan huir. Mientras subían a Namugongo rezaban y se animaban unos a otros Muramos con valentía por Dios, se decían. Anastasio Bazzekuketta protesta: No voy a andar hasta Namugongo, el Rey os mandado matarnos. Matadme aquí. Y allí mismo los verdugos los acribillaron de flechas y descuartizaron. También en ese mismo día hubo otras víctimas. Una de ellas es el soldado Ponciano Ngondwe, que es martirizado porque al ser preguntado por la razón de su condena respondió: Por practicar la religión de Dios. Otra es el joven Gonzaga Gonza. Éste, cuando aún quedan 10 kilómetros de caminata, está sin fuerzas para seguir, con los pies muy llagados y los tobillos destrozados por las cadenas. Cae desplomado en el suelo en mitad del camino. Allí recibió la corona del martirio.

Al llegar a la cima del monte son encerrados en jaulas que hacen las veces de calabozo, a excepción de Nbaga-Tuzinde. Mkadjanga lleva a su hijo a casa de unos familiares donde el joven es atendido con solicitud y mimo y curado de sus heridas. Ése no volverá, le perdonará ya que es hijo del que manda a los verdugos, comentan algunos guardias. En Namugongo estarán una semana, el tiempo necesario para los preparativos de la ejecución masiva. Durante aquellos siete días de espera los cristianos continúan con sus oraciones y dándose ánimos para afrontar la dura prueba: Seamos valientes, muramos por Cristo. Jesús murió primero por todos nosotros. Después de un corto tiempo de sufrimiento tendremos el Cielo para siempre.

Mientras tanto, el padre Lourdel ha conseguido ser recibido por el Rey. El misionero intercede por los prisioneros. Por lo menos -dice-, mándame donde los has enviado. Mwanga no se lo concede, pero promete perdonar a algunos.

El martirio

El  2 de junio ya está cortada y apilada la leña, tejidas las alfombrillas de juncos en la que cada condenado a la hoguera será envuelto y atado. Todo está listo para el cumplimiento de la sentencia del Rey. Por la noche del aquel día los pajes están durmiendo hasta que el sonido de los tambores anunciadores del holocausto los despierta. Alguno se vuelve hacia el compañero más próximo preguntándole en voz baja: ¿Estás tú despierto, también? Mañana es nuestra última batalla. Todos son conscientes de que ha llegado el gran día de su victoria definitiva. Seamos valientes mañana -comentan entre ellos-, estemos firmes y muramos por Jesucristo.

Amaneció el 3 de junio de 1886. En ese día la Iglesia Católica celebra la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo. También en ese día un grupo de jóvenes cristianos, mártires de Cristo, van a entrar en la Gloria que Dios tiene reservada para los que le son fieles en la tierra.

Los prisioneros son sacados de los calabozos. Con las manos atadas a la espalda y en pequeños grupos son conducidos hacia el lugar donde se encuentra el verdugo mayor. Delante marcha Carlos Lwanga, que estos días, como prometió, ha estado pegado a Kizito; éste, también ahora, le sigue, y camino del patíbulo invita a todos a ir juntos de tal manera que pudieran ayudarse unos a otros si alguno decayera en su ánimo. Nadie titubeó.

Carlos Lwanga es una torre de fortaleza, de valentía y personalidad; el primero entre los luchadores del Palacio, héroe entre sus pajes, y sin miedo ahora ante su propia muerte. Su ejemplo es seguido por todos.

Cada grupo que llega al sitio señalado por los verdugos, es recibido con gritos de alegría y felicitaciones por los que habían llegado antes. El entusiasmo llega al máximo cuando ven una figura que se aproxima sola y sin las manos atadas a la espalda. ¡Es Nbanga-Tuzinde!, dice uno; ¡Bien hecho, valiente!, exclama otro. Los verdugos no salen de su asombro y comentan: Estos jóvenes, ¿no saben aún lo que les espera? El verdugo mayor, ¿no ha sido capaz de convencer a su propio hijo?

Cuando todos están reunidos, el asistente del jefe de los verdugos, usando de un privilegio -el de ajusticiar personalmente a uno de los condenados- elige a Carlos Lwanga, que ahora sí debe separarse de Kizito. Amigos -les dice-, volveremos a encontrarnos pronto en el Cielo. Voy delante de vosotros. Seguid siendo valientes. Perseverad hasta el fin.

Liado en una alfombrilla de hierba tejida, es colocado en una pira hecha para él solo. Va a ser martirizado delante de sus compañeros. Un verdugo prende fuego a la leña. Las llamas llegan empiezan a abrasarle. Carlos Lwanga soporta con entereza el suplicio. Veamos si tu Dios te libra de este fuego, dicen los verdugos. Me estáis quemando -es la contestación de Carlos Lwanga-, pero no me hacéis sufrir.

 

Y murió invocando el nombre de Dios hasta el final. En la fiesta de la Ascensión, como había dicho al comienzo de la persecución, recibió la corona del martirio.

Muerto su jefe, los pajes cristianos van a afrontar la muerte sin su líder, pero el ejemplo dado por Carlos Lwanga es fortaleza para todos. Los verdugos empiezan a atarlos con lianas una vez que has sido envueltos en las alfombrillas. La siguiente tarea de los verdugos es llevarlos a la madera apilada. Pero no todos son llevados a la pira. Simeón Sebuta, Dionisio Kamyuka y Weraba son indultados por el Rey, cumpliendo así con la promesa que le hizo al padre Lourdel de perdonar a algunos. Cuando los otros se dan cuenta, se despiden de ellos y les encargan: Decid al padre Lourdel que hemos sido fieles.

Un momento especialmente doloroso para todos, verdugos y cristianos, fue cuando el pequeño Kizito, con tan solo 14 años de edad, se despide al ser llevado a la pira: Amigos, adiós. ¡Vamos camino del Cielo! Momentos después Mkadjanga se acerca a su propio hijo: ¡Hijo mío, deja esa religión!, el Rey te perdonará. Yo te esconderé hasta entonces. Pero la respuesta de Nbaga-Tuzinde es clara: ¡Quiero morir por Dios! ¡No quiero abjurar de mi religión! El padre no puede resistir el ver arder a su hijo en la hoguera y pide a uno de sus asistentes que lo mate de un golpe en la nuca, antes de arrojarlo al fuego.

Los verdugos prenden fuego a la gran pira. Los mártires recitan oraciones hasta el final. El crepitar de las llamas altas como casas -dice un testigo- va unido al murmullo de esas plegarias. De la inmensa hoguera sale una voz fuerte y clara, la de Bruno Sserunkuma: Pediremos por vosotros, los que nos martirizáis. Minutos después el holocausto se había consumado.

Epílogo

Dionisio Kamyuka, en su testimonio para el proceso de beatificación, afirmó oír comentar a los verdugos cuando volvían de Namugongo: Hemos ajusticiado a muchos hombres en nuestra vida, ¡ninguno fue como éstos! Todos los anteriores lloraban y maldecían su suerte, pero éstos ¡rezaron hasta el final!

Cuántos fueron los que perecieron en la persecución, no se sabe, ni será fácil que se sepa nunca, habiendo ocurrido aquellos martirios en sitios donde la escritura era desconocida prácticamente y donde, por tanto, no podían perpetuase los hechos acaecidos. Pero ciertamente fueron muchos los mártires, aunque no se haya podido establecer para la mayoría de ellos un regular proceso de beatificación sobre los mismos. Dios quiso, sin embargo, que se conocieran siquiera el martirio de algunos africanos  que, por ocupar puestos más relevantes, dieron su vida en condiciones que permitieron luego averiguar lo sucedido.

La furia persecutoria del Rey impuso un nuevo retiro voluntario de los Padres Blancos en 1888. Dos años después -1890-  regresaron lo misioneros.

Ya en el siglo XX, Benedicto XV, en el año 1920, beatificó a 22 de los mártires católicos de Uganda. Estos 22 son todos aquellos a quienes se les pudo abrir un proceso de beatificación por estar bien documentado y testificado su martirio. Algunos años más tarde, en 1934, Pío XI designó a Carlos Lwanga patrono de la juventud católica africana. El 18 de octubre de 1964 Pablo VI canonizó a los mártires ugandeses, a aquellos hombres, muchos de ellos adolescentes, y todos nuevos cristianos, que dieron su vida con alegría, sin dudarlo, por su fe en Cristo, a la que amaron sobre todas las cosas.

 

 

 

Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX

Obispo y mártir (Beato Florentino Asensio)

Una cruel persecución

En pleno siglo XX se produjo una de las más tremendas persecuciones contra la Iglesia. Durante la guerra civil española (1936-39), especialmente en los primeros meses, en la zona de dominio republicano-marxista se prohibió toda manifestación de signo religioso y, por el solo hecho de creer en Dios, fueron asesinados 13 obispos, 4.317 sacerdotes, 2.489 religiosos, 283 religiosas, 249 seminaristas y muchos millares de seglares. Felizmente y para gloria de estos mártires -entre los que contaban mujeres, ancianos y muchachos casi niños-, ni los pelotones de ejecución ni los tormentos a que fueron sometidos consiguieron apartarlos de la fe.

Además, en la cruel persecución se destruyeron templos, imágenes, signos y objetos de culto en tan cantidad que pocas veces se encontrará en la ya dos veces milenaria historia de la Iglesia una acción materialmente tan devastadora, consumada con el intento deliberado de eliminar la dimensión religiosa de la vida de una nación. Sólo los templos saqueados, incendiados o arrasados alcanzan la cifra de veinte mil.

Uno de los mártires fue Florentino Asensio Barroso, obispo titular in partibus de Eurea de Epiro y administrador apostólico de Barbastro, beatificado por el papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 1996.

Breve fue su pontificado en la ciudad del Vero, pues no llegó a colmar los cinco meses. El 16 de marzo de 1936 había llegado a Barbastro, donde fue recibido por un gran gentío, a pesar de la tensión anticlerical que latía en la ciudad. Al bajar del coche dijo, como presintiendo su drama: Ya estamos aquí. Ecce ascendimus Hierosolymam (He aquí que subimos a Jerusalén). Y sonrió, lleno de paz y de conformidad. El 9 de agosto, a las tres de la madrugada, en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena fue fusilado.

Primeros años de su vida

El obispo mártir había nacido el 16 de octubre de 1877 en Villasexmir, pueblecito vallisoletano del partido judicial de Mota del Marqués, del arciprestazgo de Torrelobatón, entonces de la diócesis de Palencia y hoy de la archidiócesis de Valladolid. Cuando Florentino contaba tres años de edad su familia se trasladó a Villavieja del Cerro. Sintiendo la llamada al sacerdocio, acudió a una preceptoría de preparación para el seminario diocesano que el párroco de Villavieja, D. Santiago Herrero, dirigía.

En el seminario destaca por su aplicación escolar, pero sobre todo por su conducta y virtudes, como proclamaron sus compañeros, hasta afirmar uno de ellos que en Florentino veía un santo dentro de lo humano. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de junio de 1901, de manos de monseñor Cidad, obispo auxiliar del cardenal Cascajares. Quiso celebrar su primera Misa solemne en Villavieja en un día muy señalado para él, el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, devoción que polarizó siempre los fervores de Florentino. Treinta y cinco años después, en la misma iglesia parroquial ofició su primer pontifical, ya hecho obispo.

Cargos pastorales

Su primer cargo pastoral fue el de coadjutor de Villaverde de Medina. De su actuación en aquel pueblo declaró D. Norberto Iscar, un párroco del lugar que años después recopilaba recuerdos e informes sobre D. Florentino, en estos términos: Todos los que le conocieron me hablan de su carácter sencillo y afable; de su labor paciente y diaria, de su solicitud por la enseñanza del catecismo a los niños y adultos, de su celo por visitar a los enfermos a quienes consolaba y trataba de remediar en sus necesidades. Implantó en el pueblo el Apostolado de la Oración, la Congregación de la Hijas de María y la Obra del Pan de los Pobres para socorrer a los necesitados.

Poco más de un año estuvo en Villaverde, pues el nuevo arzobispo de Valladolid, monseñor Cos y Macho, le llamó a la ciudad del Pisuerga para darle el cargo de archivero episcopal. El 13 de abril de 1903 ya está en Valladolid, canónicamente adscrito a la parroquia de San Ildefonso y como capellán de las Hermanitas de los Pobres. Dos años después el arzobispo le nombra su capellán y mayordomo, empleo que le obligó a residir en la sede del Arzobispado de modo habitual. No por ello renunció a una intensa actividad apostólica. Desde el 2 de enero de 1905, y durante 24 años seguidos, compaginó sus funciones en el palacio episcopal con la de capellán de la Religiosas Siervas de Jesús. En este último cargo destacó por su piedad, asiduidad y celo en el servicio del culto, del confesonario, de la catequesis y formación de religiosa. Le tenían como sacerdote en todo ejemplar por su sencillez, su modestia y su fervor. También atendió el Monasterio de Las Huelgas Reales, y según testimonio de una religiosa, los días que D. Florentino iba al Monasterio había que retrasar la hora de cerrar la iglesia por la gente que acudía su confesonario. Y asimismo, en las Rvdas. Oblatas del Santísimo Redentor, y en las Hijas de la Caridad del Hospital de Santa María de Esgueva. En todos estos centros gozó de fama de prudente confesor y celoso director de almas.

Profesor

En los años 1905 y 1906 obtuvo la licenciatura y el doctorado por la Universidad Pontificia de Valladolid, lo que le habilitó también para ejercer la docencia en dicha Universidad. En 1916 recibía de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades el nombramiento de profesor. Anteriormente, en 1910 fue nombrado beneficiado de la catedral, y en 1918, canónigo. Al ser promovido a la Sagrada Púrpura su arzobispo, acompañó a monseñor Cos y Macho a Roma, donde conoció al papa san Pío X. A la muerte del cardenal Cos y Macho, ocurrida en 1919, pasa a ocupar la sede vallisoletana monseñor Remigio Gandásegui, que nombra a D. Florentino confesor del Seminario Conciliar. De su esmero y solvencia en este cometido, está el testimonio del que fue cardenal Primado de España, monseñor González Martín: Con frecuencia me confesé con él durante el trienio filosófico, cuando yo tenía 15 a 17 años. Mi recuerdo personal me permite evocarle como un sacerdote muy fervoroso, muy fino y muy delicado espiritualmente; muy capaz de despertar en nosotros los seminaristas, deseos de virtud y vida santa.

En el año 1925 fue nombrado párroco de la catedral metropolitana, a cuya jurisdicción y cuidados pastorales se adscribía todo el personal que prestaba servicios a la catedral. Cargaban también sobre él los servicios ordinarios de culto, predicación, catequesis, confesiones, atención a los enfermos… Los 10 años dedicados a esta función fueron de absoluta ejemplaridad y diligencia.

La predicación fue para D. Florentino una verdadera vocación que cultivó desde el comienzo de su vida sacerdotal hasta los últimos días de su vida. Preparaba sus sermones con esmero y escribía cuanto decía, de principio a fin. Para él la predicación era, más que un desahogo, un deber de su espíritu y celo apostólico.

Obispo

Un día de otoño de 1935 -12 de octubre- fue llamado a Ávila por monseñor Tedeschini, nuncio apostólico en España, para hacerle saber que la Santa Sede se proponía elevarlo a la dignidad episcopal con nombramiento de Administrador Apostólico de Barbastro, sede que había quedado vacante por traslado del obispo redentorista P. Nicanor Mutiloa Irurita a la sede de Tarazona. Sorprendido, y honradamente convencido de que a él no le iba tal dignidad, se resistió hasta el máximo, según testificó el propio nuncio, Federico Tedeschini: El candidato D. Florentino Asensio Barroso, es dignísimo como persona y no indigno como candidato al episcopado. Le llamé y expuse la soberana voluntad (del Papa) que le destinaba a Barbastro. Durante la conversación, el sacerdote, que es sin duda una persona enteramente de Dios, se resistió por todos los medios. Desde Valladolid, el canónigo Asensio escribió al Nuncio declinando la propuesta. Y a duras penas, terminó aceptando la carga de aquella Administración Apostólica. Todo analizado, creo que hará mucho bien, dará mucha gloria a Dios y hará mucho bien a las almas. Parece ser que después de una abundante correspondencia, el representante del Papa zanjó la cuestión con estas palabras: O acepta usted el cargo o será considerado como hijo rebelde de la Santa Sede.

La consagración episcopal tuvo lugar el 26 de enero de 1936. Actuó de consangrante el arzobispo de Valadolid, monseñor Gandásegui, acompañado por los co-consagrantes Manuel de Castro y Alonso, arzobispo de Burgos, y Manuel Arce Ochotorena, a la sazón obispo de Zamora.

Tiempos difíciles

Los tiempos eran difíciles para la Iglesia en España. La situación se agravaba por momentos y el estallido revolucionario, que ya en 1934 había causado muchas víctimas y graves daños en Asturias y en otras partes, amenazaba de nuevo. Para el 16 de febrero, se habían convocado elecciones legislativas y el nuevo obispo quiso dejar pasar aquella circunstancia, antes de emprender la marcha y comenzar la tarea en Barbastro. Pero quiso estar en su nuevo destino antes de que comenzase la Semana Santa de aquel año, y decidió realizar la entrada solemne en su sede el día 15 de marzo, III domingo de cuaresma. Noticia que difundió El Cruzado Aragonés, semanario católico.

Las elecciones generales de febrero, con el triunfo del Frente Popular, encresparon aún más las aguas, no siendo Barbastro ajena a la agitación de aquellos tiempos. Había en la ciudad del Vero grupos organizados que fomentaban la subversión y el sectarismo anticlerical. Durante el pontificado del obispo Mutiloa ya se habían producido la profanación del cementerio y el asalto al Seminario Diocesano.

En Barbastro

Monseñor Asensio salió de Valladolid el 13 de marzo, en marzo rumbo a Zaragoza. Al despedirse de la comunidad del Monasterio de Las Huelgas Reales la abadesa le dijo, lamentándose: En qué tiempo le toca ir a tierras tan lejanas. Y D. Florentino contestó: ¿Y qué? Todo se reduce a que me maten y vaya antes al cielo. La parada en la capital aragonesa era ineludible para postrarse ante la Virgen del Pilar y para cumplimentar a su metropolitano, monseñor Rigoberto Doménech. Estando en Zaragoza, pudo percibir los primeros aires de la tormenta que se cernía sobre su persona.

Al circular la noticia de su llegada, se supo que elementos provocadores estaban apostados en la carretera de Huesca para perturbar el acto o atentar contra la persona del nuevo prelado. El Cabildo de la Catedral lo alertó. Y el Obispo retrasó su llegada al día siguiente, 16 de marzo, lunes. Llegó protegido y sigilosamente. La “recepción” fue en la Catedral, donde se habían congregado los fieles para recibirle sin más boato que la cordialidad y el ceremonial litúrgico prescrito para tales casos.

En la alocución dijo que era la Providencia quien le traía a Barbastro para ser padre de todos en cualquier circunstancia, pero preferentemente en las adversas… Que había llegado el momento de estrecharnos todos las manos para que no existiesen odios, ni rencores, ni envidias, ni prejuicios, hasta conseguir que todos seamos realmente buenos hermanos como hijos de un mismo Padre.

Primeros problemas

Pocos días después -el 18 de marzo-, el Ayuntamiento hizo llegar al Obispo el acuerdo que se había tomado en la sesión municipal de prohibir el toque de campanas como anuncio de actos de culto, de festividades religiosas y cualquier otro tipo que no sea expresamente autorizado por esta Alcaldía. Porque decían que el frecuente toque de campanas constituye una molestia que debe evitarse… es anuncio contrario al sentir popular… abuso flagrante y reto a las creencias u opiniones opuestas… propaganda hiriente para muchos… turbadora del reposo de todos.

Sin hacer en ningún momento dejación de derechos, monseñor Asensio dio pruebas de talento y de moderación.

Pero el asunto que le dio más quebraderos de cabeza fue la defensa del Seminario Diocesano, cuyo edificio se había adjudicado el Ayuntamiento por la fuerza en el año 1933, y que sólo tras penosos esfuerzos pudo ser recuperado por monseñor Mutiloa, predecesor de D. Florentino en la sede episcopal de Barbastro. El recién llegado obispo hizo lo que buenamente pudo en el viejo pleito sobre la propiedad del Seminario. A las amenazas del Ayuntamiento de apoderarse de nuevo del inmueble, monseñor Asensio opuso una táctica dilatoria, entre amable y prudente. Logró así, al menos, que los seminaristas acabasen el curso. Cuando en mayo de 1936 las turbas asaltaron el edificio, consiguió salvar los objetos más importantes de la iglesia, de la biblioteca… Al iniciarse la demolición del Seminario, acudió al Tribunal Supremo y depositó la fianza legal, con lo que frenó por el momento los hechos consumados.

En el ámbito social acudió en auxilio de la clase obrera, tan maltratada. Entregó de sus fondos unas 2.000 pesetas para aliviar a los parados, una cantidad respetable para aquellos tiempos. Mandó también realizar obras en la tapia del huerto del Obispado para dar trabajo a algunos desempleados. Inició, por otra parte, el Sindicato Católico en su diócesis, como alternativa a los sindicatos de ideología anticristiana.

El ambiente de Barbastro era tenso, el clima anticlerical de un sector de la población estaba totalmente enrarecido. D. Florentino presentía la tragedia. Cuando el 2 de julio subió al Monasterio de las Religiosas Capuchinas para presidir la elección de una nueva abadesa, dijo en la plática previa a la votación: Quien sea la elegida tome la cruz y siga a Jesús cargado con la suya hasta el Calvario, para ser allí crucificada con Él. ¡Qué dicha si algún día llegamos a ser mártires! ¿Quién sabe si no lo seremos? Para él, la cruz, el calvario y el martirio estaban tan sólo a días vistas.

El Pastor no abandona a las ovejas

Tan grave era la situación, que varias personalidades eclesiásticas, entre ellas el obispo de Huesca y el arcediano del Pilar de Zaragoza, le aconsejaron que se alejase de la diócesis. La respuesta de D. Florentino, al oír tales consejos, siempre era la misma: Yo no abandono la viña que el Señor me ha confiado. Quiero correr la misma suerte de mi diócesis. Y, sin vacilar en ningún instante, siguió en su puesto ofreciéndose en holocausto. Él vivía en el clima de la confianza en el Señor. Veinte siglos atrás en Jerusalén habían crucificado al Hijo de Dios, y a lo largo de la historia, una multitud de hombres y mujeres habían sufrido persecuciones, violencias y martirios a causa de su fe. D. Florentino presentía que el Señor le llevaba por el mismo camino.

Una sangrienta persecución

El 13 de julio era asesinado en Madrid el jefe de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo, por las fuerzas de seguridad del Estado. España entera se conmovió. Aquel crimen fue el detonante que desencadenó la Guerra Civil española. Cuatro días después, el 17 de julio, se produjo el alzamiento del ejército de África. Al día siguiente, por la mañana, el secretario de Cámara del Obispado fue a despachar con el prelado. Éste le preguntó: ¿Has oído lo del levantamiento de África? Su colaborador le contestó: Sí, lo he oído, Sr. Obispo. Y el Obispo comentó: Veremos lo que el Señor nos prepara.

A partir de aquel momento, se desarrolló en toda la diócesis de Barbastro una sangrienta persecución religiosa. El 19 de julio fueron detenidos dos sacerdotes, entre ellos el Vicario General. En la mañana del 20, un piquete de milicianos comunica al Sr. Obispo que quedaba detenido en el palacio episcopal, prohibiéndole toda comunicación con el exterior. Dos días más tarde, D. Florentino es trasladado al colegio de los Padres Escolapios, transformado en cárcel, donde fueron llegando varias decenas de religiosos, algunos sacerdotes y algún seglar en calidad de presos.

En D. Florentino la oración fue el soporte y sedante para la tensión de aquellos días. Si todos los allí encarcelados recibieron de él un refuerzo de la fe, la muerte presentida, ya cercana, pedía redoblar las energías del espíritu. Nadie podía apartarle de los grandes asideros de su alma: la oración que hacía delante de la Eucaristía, oculta en el gabinete de física del colegio, desagraviando, y la Sagrada Comunión que recibía diariamente; el recuerdo de la Virgen María con la práctica del Rosario Perpetuo; y, sobre todo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al cual comenzó una novena el día 31 de julio, terminándola el 8 de agosto con una confesión general, momentos antes de salir para sufrir el martirio.

El martirio

El 6 de agosto empezaron los interrogatorios. Al atardecer del 8, el Obispo fue citado de nuevo por dos milicianos a declarar. Presagiando lo peor, se acercó al prior de los benedictinos y le dijo: Por lo que pudiera ocurrir, déme la absolución. Aquella noche fue encerrado en la cárcel. A la una de la madrugada D. Florentino habló a los religiosos y demás personas que allí habían: Hijos míos, voy a daros mi última bendición, y después, como nuestro Maestro Jesús, celebraré mi última cena con vosotros. Algunos de los presentes se echaron a llorar, y añadió el prelado: No, no lloréis, porque esta noche es muy grata para mí. Elevemos nuestras plegarias al Todopoderoso para que salve a España de nuestros enemigos. A las tres le sacaron de la cárcel camino del Calvario. Su pasión había comenzado.

Cuando lo fueron a buscar en la cárcel, Mariano Abad, conocido por el Enterrador y que capitaneaba el piquete de ejecución, se quedó mirando con fijeza a monseñor Asensio, que vestía una chaqueta que no era suya y con mal aspecto, y soltando aquel personaje siniestro una blasfemia, le dijo: ¿Tú eres el Obispo? Pues, ¡si pareces un pastor!, a la vez que le daba un empellón despectivo y añadía: ¡No tengas miedo, hombre! Si es verdad eso que predicáis, irás al cielo. Lo único que dice el Obispo es: Sí, y rogaré por vosotros. Y entre insultos y blasfemias, el Enterrador le ató las manos detrás de la espalda con alambre, mientras decía: A éste, como es el pez gordo, lo ato yo. Y a continuación se consumó la burla más sangrienta y nefasta de toda la historia de Barbastro, el escarnio del Obispo.

Le bajaron la ropa, entre carcajadas, para ver si realmente era hombre como los demás. D. Florentino bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra. Entre frases groseras e insultantes, risas y algarabía, uno de los presentes se acerca a sus genitales y, con sacrílega burla, le enseña una navaja cabritera y le corta los testículos. El obispo palideció, pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las Cinco tremendas Llagas. Le cosieron la herida, el escroto, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Le apretaron una toalla para frenar la hemorragia. El Enterrador rezongó: Habéis tenido el capricho de hacer esto, y ahora vamos a tener que llevarlo a cuestas hasta el camión, “si se enfría”.

El obispo fue empujado sin consideración al camión, y llevado a fusilar. Le obligaron a ir por su propio pie, chorreando sangre, a primeras horas del día 9 de agosto. Para los asesinos era un perro, una pobre bestia amansada y derruida. Ante los ojos de Dios y de los creyentes, era la imagen ensangrentada y bellísima de un nuevo mártir, en el trance supremo de su inmolación. El heroico prelado iba camino de su Gólgota diciendo en voz alta y alborazada: Qué noche más hermosa para mí; voy a la casa del Señor. Uno de los milicianos no entendía de qué podía alegrarse en aquel trance, y comentó: Se ve que no sabe a dónde lo llevamos… Y D. Florentino, serenamente, dice: Me lleváis a la casa de mi Dios y mi Señor; me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros… Sus verdugos le decían: Anda, tocino, date prisas. Y él: No, si por más que me hagáis, yo os he de perdonar.

Extenuado, llegó al lugar de la ejecución. Al recibir la descarga, los milicianos le oyeron decir: Señor, compadécete de mí. Su muerte no fue instantánea. Su agonía duró aproximadamente una hora, pues no le dieron el tiro de gracia, sino que lo dejaron morir desangrándose para que sufriera más. La agonía le arrancaba lamentos, se le oía decir: Dios mío, abridme pronto las puertas del cielo. También dijo: Señor, no retardéis el último momento. Y repetía muchas veces que ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis.

Una vez muerto, Mariano Abad dijo: Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado. Esto está en marcha. Luego añadió como arrancándose de la cabeza una pesadilla: ¿Te has fijado, el Obispo? ¡Qué serenidad! Aun en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios… ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece hasta como si tuvieran satisfacción. Se quedó mirando al vacío y de repente: No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer. Y de los 140 sacerdotes de la diócesis de Barbastro fueron asesinados 114.

El cadáver del Obispo mártir fue arrojado a la fosa común. Al finalizar la Guerra Civil se procedió a la exhumación de los restos de las víctimas. El cadáver de D. Florentino pudo identificarse. Trasladados sus restos en un primer momento a la cripta de la Catedral con gran solemnidad, años más tarde fueron depositados bajo el altar de la Capilla de San Carlos. Una vez beatificado, su fiesta se celebra el 9 de agosto.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España durante el Siglo XX: Los mártires de Cordoba

La Iglesia reconoce como martirio el asesinato en la diócesis de Córdoba de 127 católicos entre julio y octubre de 1936, a manos de personas armadas del Frente Popular. Es el grupo del sacerdote diocesano Juan Elías Medina y 126 compañeros mártires.

Entre los nuevos mártires hay casi 80 sacerdotes, 5 seminaristas, 3 religiosos franciscanos, una religiosa Hija del Patrocinio de María y casi 40 laicos, incluyendo dos matrimonios (uno de Villaralto y otro de Puente Genil) y a la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz, que fue una de las primeras mujeres farmacéuticas de España (se licenció en 1905) y presidenta de la Acción Católica local.

Entre los asesinados en Córdoba presentados a consideración de la Causa de los Santos había ocho parejas de hermanos, dos hermanos seminaristas de Puente Genil; varios tíos con sus sobrinos; una madre y dos hijas, varias primas… Entre ellos se incluye también Baltasar Torrero Béjar, padre mártir de un sacerdote salesiano mártir beatificado ya en 2007, Antonio Torrero Luque.

Entre los laicos asesinados había varios agricultores, un pequeño comerciante de libros y objetos religiosos, un notario, varios sacristanes… La mayoría pertenecían a la Adoración Nocturna o a la Acción Católica.

El mártir de más edad de este grupo fue la anciana Hija del Patrocinio de María, María del Consuelo González Rodríguez, martirizada en Baena con ochenta y seis años.

El mártir más joven del grupo es Antonio Gaitán Perabad, asesinado en El Carpio, al que le faltaban 6 días para cumplir 16 años. Su hermana, Araceli Gaitán, religiosa de la Institución Teresiana, ha guardado su memoria. “Cuando mis padres le propusieron que podía irse a Córdoba a estudiar el Bachillerato, él les dijo: ‘Yo no dejo solo a papá en el comercio’. (Teníamos una tienda). Él sabía muy bien que su padre necesitaba su ayuda.

Fue un hijo fiel, bueno y trabajador, hasta el final de su vida”. Prefirió morir, aunque le ofrecían la vida, antes que abandonar a su padre”, recuerda ella. Escribe así los hechos (según recoge Iglesia en Córdoba, en octubre de 2010):

Cuando sacaban a todos los presos para llevarlos en un camión al paredón del Cementerio, un miliciano -¡forastero!- le dio lástima y le preguntó:

-Niño, ¿tienes madre?

-Sí, señor.

-¡Vete corriendo con ella!

-¿Y qué van a hacer con mi padre?

-¡No te preocupes! ¡Vete!

-Yo no dejo solo a mi padre… donde él vaya, voy yo.

Y ante la posibilidad de librarse de la muerte, eligió ir con su padre y, abrazado a él, murieron todos fusilados”.

Isidra Fernández era la presidenta de Acción Católica en Villaralto. Ella y su marido, Isidoro Fernández, fueron retenidos algunas semanas y después los llevaron al pozo de la mina de cobre de Cantos Blancos, en Alcaracejos.

Los ataron con los brazos en forma de cruz en las rejas de una de sus entradas. Allí les azotaron y pincharon con cañas y varas. Parece que también abusaron de la mujer en presencia del marido. Ella se mostró firme y daba ánimos a su esposo. “Isidoro, di conmigo: ¡Viva Cristo Rey! Que nos matan, di: ¡Viva Cristo Rey!”, le exhortaba ella. Les dispararon con escopeta desde cerca y a ella la remataron degollándola.

Ya muertos, los arrojaron por el pozo, pero el cadáver de ella permaneció sobre una viga que atravesaba el pozo, como se descubrió 3 años después cuando al acabar la guerra se sacaron los cuerpos. Los cuerpos de ambos fueron depositados en unos nichos del cementerio de la localidad de Villaralto.

La historia de la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz: Era hija de farmacéutico y se licenció en farmacia en 1905, una de las mujeres pioneras en esta carrera. Su padre era agnóstico, con fama de reservado y arisco y de haber tratado mal a su mujer; la madre era devota y abierta, y así lo sería también Blanca. Quedó viuda en 1919, con 44 años y sin hijos.

Blanca de Lucía Ortiz, la farmacéutica asesinada en Palma del Río en 1936 “por católica”

Como farmacéutica titular del pueblo, regalaba medicinas a los más pobres y las dejaba a fiar a otros muchos. También era generosa en donativos a las iglesias. Era presidenta de Acción Católica. No militaba en ningún partido, pero muchas personas católicas, de varios partidos de derechas, pasaban por su farmacia y se quedaban hablando, porque era un punto de socialización local.

Al terminar la jornada en la farmacia, rezaba el rosario con sus empleados y leían un capítulo de la vida de algún santo. Ya mayor, financiaba la educación de Pepitín, hijo del matrimonio que la atendía y ayudaba. También iba a misa diaria, por lo general al hospital de San Sebastián, a veces a la parroquia. El párroco, Juan Navas, otro de los mártires de este grupo, solía pasarse por la farmacia a comprar regalices que luego regalaba a los niños de la parroquia.


Cuando empezó la violencia, doña Blanca pensó que no irían a por ella. ¿Quién quiere atacar a una farmacéutica de 61 años? Pero la encerraron en la cárcel municipal y después la llevaron a pie hasta el puente de hierro sobre el Guadalquivir, la desnudaron, la torturaron, la vejaron y la arrojaron al río, probablemente ya muerta. No se encontró el cadáver. No hubo testigos de los hechos, pero los asesinos presumían de lo que habían hecho y muchos lo oyeron por el pueblo. Parece que el objetivo era aterrorizar al pueblo.

En el libro 38 de defunciones de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Palma del Río, se lee: “a 20 de agosto de 1936, doña Blanca de Lucía y Ortiz fue sacada de la prisión en la que la detenían por católica los rojos marxistas. Y después de martirizarla con ensañamiento le dieron muerte”. En otras partidas de defunción de víctimas de la izquierda radical esos días no se detalla ni el enseñamiento ni el motivo religioso, pero sí en el caso de la farmacéutica.

Su figura inspira la de doña Marta en la novela de Mariano Aguayo Furtivos del 36. El 16 de septiembre de 1936, el diario ABC, edición Andalucía, recoge el testimonio de un cajero de banco en Palma del Río que explicaba cómo mataron “al cura párroco, don Juan Navas, gran filántropo de los pobres, por el solo hecho, así se lo notificaron al asesinarlo, de ser cura; al Jefe de Correos, don Hermenegildo Pérez, por el simple motivo de serles antipático; a la

farmacéutica doña Blanca de Lucía, casi anciana, después de vejaciones inconfesables; una vez asesinada, desnuda, la arrojaron con una piedra al río”.

En el archivo de la parroquia se lee que el párroco, Juan Navas y Rodríguez Carretero, era “persona enamorada de la caridad, de tal manera, que con su dinero (el que ganaba, pues no poseía fortuna) sabía llegar a todos los necesitados siendo queridísimo de estos y al preguntar por qué se le mataba le respondieron textualmente que ellos no mataban a don Juan Navas sino al cura”.

Añade el texto: “don Rafael Rodríguez y Rodríguez, persona piadosa y gran amigo suyo, asegura y da su palabra de decir verdad, que en la tarde del 19 de julio, último día que lo vio, le dijo que él se entregaba en las manos de Dios pues a El le había ofrecido su vida por la salvación de España”. El párroco estuvo 20 días en la cárcel en la que sufrió humillaciones, hasta que fue asesinado el 16 de agosto de 1936.

Los milicianos mataron a unas 40 o 50 personas esos días, incluyendo a los 4 médicos del pueblo y el juez. No mataron más clérigos porque se habían ido previamente siguiendo órdenes de sus superiores. Se supo que la orden de matar a los médicos la dio otro médico que era socialista y masón.

Mártires de la pureza

Por supuesto que también ha habido mujeres cristianas casadas que, sin ser vírgenes, prefirieron perder la vida antes que consentir tener intimidad con alguien que no fuera su esposo.

E igualmente hay varones que no sólo han sabido defender su propia virginidad sino que hasta han muerto mártires a causa de ello. Por ejemplo,:

San Pelayo de Córdoba, de 14 años, prisionero de los musulmanes, que fue torturado y finalmente decapitado en el año 925 no sólo por no abandonar la fe cristiana sino por no dejarse tocar por el emir Abderrramán.

Y san Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, condenados a muerte en 1887 no sólo por ser cristianos sino por negarse a mantener relaciones homosexuales con el rey de Uganda.

San Pelayo: Mártir de la pureza

San Pelayo

Según la tradición Pelayo nació en Albeos, diócesis de Tuy (Galicia) hacia el año 912, justamente cuando empezaba a reinar en Córdoba el califa Abderramán III, que será el causante de su muerte. Pelayo crece al lado de su tío Hermogio, obispo de Tuy, que se preocupa por instruirlo en las ciencias humanas, pero sobre todo por formarlo en la fe y en la piedad.

En el año 920 Abderramán ataca los reinos cristianos del norte de España, que le hacen frente en Valdejunquera. En esta batalla Hermogio es hecho prisionero y llevado como cautivo a Córdoba. Le permiten que vuelva a Tuy para tramitar el rescate, pero entretanto debe dejar a su sobrino como rehén.

Pelayo permanece unos cuatro años en la cárcel de Córdoba, durante los cuales la fe en Cristo va creciendo con fuerza en su corazón. Y cuando intentan apartarlo de ella y comprometer lo más íntimo de su ser, la dignidad de su cuerpo y de su alma, no logran su propósito. Fue entonces cuando despertó la atención del poderoso Abderramán III por su educación y por las discusiones que mantenía con los musulmanes defendiendo sus creencias cristianas. Llamado a presencia del emir, éste se ilusionó con la idea de poseer al joven Pelayo… Todo el poder de un califa frente a la debilidad de un adolescente. La pretensión del soberano era doble: comprar el alma y el cuerpo de Pelayo, pero éste, libre pese a la cautividad, no quiso venderse, ni en un sentido ni en otro.

Según las antiguas narraciones Abderramán III le hizo su ofrecimiento: Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos; tendrás un magnifico palacio junto al real alcázar, y en él tendrás esclavos, esclavas y cuanto puedas apetecer. Pero es preciso que te hagas musulmán como yo, porque he oído que eres cristiano y que empiezas a discutir en defensa de tu religión”.

A todo esto, Pelayo le respondió: Sí, ¡oh rey!, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo, aunque no lo quieras”.

Llevado de su desatado instinto sexual, se adelantó hacia él y le tocó su túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió, diciendo: ¡Atrás, perro! ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?”.

Abderramán no se anduvo con contemplaciones y Pelayo pagó su fidelidad a Cristo con la muerte, el 26 de junio de 925. Dicen algunos que una catapulta de guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra orilla del Guadalquivir; casi muerto, fue degollado por un guardia. Pero, en algún retablo, como en el mismo “Martirologio, se alude a otro modo de martirio: siendo desgarrada su carne con tenazas.

Sus reliquias, recogidas por los cristianos de la ciudad, se trasladan hacia el norte de España. La peregrinación desde el lugar de su martirio hasta Oviedo difunde la noticia del testimonio impresionante del joven Pelayo. Numerosas parroquias lo adoptan como santo patrono. Sobre todo, en León donde, en un primer momento, depositan sus reliquias en un monasterio construido a tal efecto. Una vez en Oviedo, en el año 994, la comunidad de monjas benedictinas que lo acoge coloca la urna de las reliquias debajo del altar mayor de la Iglesia del cenobio, que a partir de entonces pasar a llamarse “Monasterio de San Pelayo.

Beato Manuel Gómez Contioso

Beato Manuel Gómez Contioso

Vocación salesiana

Manuel nació en Moguer, provincia de Huelva, el 13 de marzo de 1877, en el seno de una familia numerosa y de padres labradores a pequeña escala. Cuentan que desde muy pequeño, siendo monaguillo de la parroquia, Manuel disfrutaba jugando a curas con los compañeros. Aunque todos estos indicios apuntaban al sacerdocio, la idea sólo cuajó a los 17 años al sentir la llamada de Dios. Prefirió la Congregación Salesiana al Seminario Diocesano. El 25 de julio de 1894 ingresó como vocación tardía en la Sociedad de San Francisco de Sales (Salesianos), fundada por san Juan Bosco, en el colegio salesiano de Utrera (Sevilla). Dos años después pasó al noviciado de Sant Vicenç dels Horts (Barcelona), que coronaba con la profesión perpetua el 14 de noviembre de 1897. Aquí estudió el primer año de filosofía y el segundo en Sarriá. Vuelto el 1899 a Andalucía, simultaneó primero en San Benito de Calatrava (Sevilla) y luego en Utrera las prácticas de enseñanza con los estudios de teología, que culmina en Sevilla el 23 de marzo de 1903 con la ordenación sacerdotal.

Sacerdocio

Estrenó su sacerdocio en Utrera como consejero escolar y, -a excepción de los cinco años (1917-1922) de confesor en Córdoba y el siguiente sexenio de director en Écija-, don Manuel desarrollará todo su ministerio salesiano durante veinte años (1904-1917 y 1929-1936) en Málaga, como confesor, prefecto-administrador y, por dos veces, director (1911-1917 y 1935-1936). Siempre se distinguió por su bondad, llaneza, celo y unción sacerdotal.

Rasgos de su rica personalidad

Un testigo valora la vocación tardía de don Manuel como una de las primeras conquistas que hizo don Pedro Ricaldone… Ejemplar en todas las virtudes religiosas, era amado de todos por su bondad paternal. Su ejemplo atrajo otras vocaciones de la provincia de Huelva. Se distinguió siempre por su sencillez, por su bondad, por su celo a favor de las almas que se le confiaban. Cuando predicaba, sabía poner en sus palabras todo el fuego de amor de Dios encerrado en su corazón.

Don Manuel era la bondad personificada. No hubiera sido capaz de hacer mal a nadie. Tal vez algunos se aprovecharon de este corazón tan amplio y generoso. Por otra parte no hay que olvidar que por muchos esfuerzos que hiciera la pedagogía salesiana, la Escuela de San Bartolomé seguía siendo un asilo; había alumnos que entraban a los siete u ocho años y permanecían aquí hasta los veinte, hasta el servicio militar… Ello suponía casi siempre problemas delicados de convivencia… Por otra parte, no todo el personal era lo idóneo que hubiera sido de desear y así los cambios de jefe de Estudios y del encargado de Pastoral se contaban por años.

Durante el directorado de don Manuel los Cooperadores y la Archicofradía de María Auxiliadora realizaron una extraordinaria labor apostólica y asistencial bajo la batuta de la Comunidad Salesiana. Referente a la labor con los Antiguos Alumnos está demostrado que en tiempos de don Manuel comenzó a funcionar la Asociación, por lo que puede ser considerado su fundador, si bien fuera su sucesor, don Gregorio Ferro, quien el 23 de noviembre de 1917 presentara en el Gobierno Civil los Estatutos para su aprobación.

Como compendio sirve la radiografía que de él hace uno de la comunidad: Era el clásico salesiano. A pesar de su edad estaba a la altura de todo. Recuerdo que en el fervorín de una fiesta de 1931 exclamó: “Nosotros defenderemos a Cristo y derramaremos hasta la última gota de sangre y estaremos a la máxima altura que haya que estar”… ¡Y cumplió la promesa!

Encarcelamiento y martirio

 

El 12 de agosto de 1935 era elegido don Manuel, por segunda vez, director de la casa de Málaga, donde lo halló la persecución religiosa desencadenada con motivo del inicio de la guerra civil española.

Habiendo tomado posesión de su cargo en septiembre, el nuevo curso se presentaba con los mejores augurios, a pesar de las dificultades de la situación política. Componían la comunidad del curso 1935-1936 catorce salesianos, -siete sacerdotes, cinco coadjutores-maestros de taller y dos clérigos en el periodo de las prácticas de enseñanza-, de los que nueve confesarían a Cristo con el sacrificio de su vida.

Apenas estalló la guerra civil, 18 de julio de 1936, don Manuel procuró que los padres de los alumnos internos retirasen a sus hijos y ante los tristes acontecimientos que se perfilaban en el horizonte, dispuso, como medida de prudencia, que los salesianos sacerdotes vistieran de paisano. El 20 de julio a las 11 de la mañana llega una pobre mujer con un pequeño moribundo para bautizarlo. El señor director le administra el sacramento… Crece la intranquilidad temiéndonos un registro, que llega en la madrugada del día siguiente, 21 de julio de 1936. Quedaban en el colegio sólo unas decenas de alumnos. La turba se arremolinó amenazadora ante el edificio entre un insistente tiroteo. Buscaban armas imaginarias. El Padre Director hizo abrir las puertas y los milicianos invadieron la casa… ¡Espectáculo doloroso! Los miembros de la comunidad colocados en fila ante el muro del patio, mientras los alumnos llorando. Poco después los salesianos fueron conducidos al cercano cuartel de Capuchinos, mientras el colegio permaneció a merced del vandalismo de los invasores. La venerada imagen de María Auxiliadora fue profanada y después quemada con las demás. Aquel día, don Manuel fue encarcelado y maltratado, junto con toda la comunidad salesiana de Málaga. Durante los dos meses pasados en la cárcel probó el acervo dolor de ver salir hacia el martirio a cinco de sus hermanos de su comunidad.

Nos es conocido el via crucis recorrido hasta su calvario: visita del Gobernador que reconoce su inocencia, pero para preservarlos de la chusma, manda conducirlos a la Prisión Provincial, siendo encerrados en la ya famosa Brigada de los curas por el número creciente de sacerdotes y religiosos que acogió. El 23 algunos salesianos pudieron abandonar la cárcel, mientras don Manuel -con otros varios- permanecería en ella más de dos meses, de los que uno lo pasó en la enfermería, aquejado de una infección intestinal y consolado por el afecto de sus hermanos salesianos. A finales de agosto, algo restablecido, se unió a sus salesianos para compartir más plenamente con ellos el dolor de aquellas horas. ¡Cuánto sufría conforme conocía la muerte de los que le iban arrebatando a su cariño…!

El día de su feliz tránsito fue el 24 de septiembre. Ese día, fueron martirizados los cuatro últimos salesianos -dos sacerdotes y dos coadjutores- que aún permanecían en la Prisión Provincial de Málaga. Entre ellos, don Manuel Gómez, quien como director de la casa, al estallar la revolución de julio del 36 proveyó lo más conveniente para la comunidad educativa de salesianos y alumnos. Su corazón paternal quedó destrozado por la infortunada suerte de sus hijos y del colegio. Anciano y enfermo sufrió prisión durante dos largos meses, disponiendo el Señor que apurara el cáliz de la amargura hasta el final.

La saca, en la que fueron sacrificados 110 hombres y 8 mujeres, tuvo lugar desde la una y media a las seis de la tarde; los salesianos, con los de su Brigada, salieron a eso de las tres de la tarde. Don Manuel estaba signado con el número 179. Transportado por los esbirros ante las tapias del cementerio de San Rafael, el sacerdote salesiano, a los 59 años de edad, consiguió la palma del martirio dando su vida por la fe en Cristo. Sepultado en la fosa general de dicho cementerio, hoy sus restos mortales -con los de los demás- reposan en la catedral.

El día 28 de octubre de 2007 fue beatificado por Benedicto XVI en Roma, juntamente con otros 497 mártires españoles de la persecución religiosa habida durante la guerra civil española del 1936 al 1939.

Mártir de la pureza (Santa María Goretti)

Santa María Goretti

En la gloria de Bernini

 

Todos los años santos son de una gran actividad para los papas. Aparte del trabajo cotidiano y ordinario de un pontífice, debe recibir en audiencia a los numerosos grupos de peregrinos que acuden a la Ciudad Eterna para ganar el jubileo, y participar en los acontecimientos propiamente jubilares que se celebran. Pío XII no fue una excepción. En el Año Santo de 1950 el papa Pacelli tuvo un trabajo extraordinario, pues además de los actos programados con motivo del Jubileo, asistió a las solemnes ceremonias anuales de la Iglesia en las que se requiere la presencia del Romano Pontífice. Una de las más espectaculares de aquel año fue la celebración de la solemnidad de Pentecostés.

Aquélla fue la ocasión elegida por Pío XII para celebrar uno de los ritos más impresionantes de la Iglesia Católica: una canonización. En la Plaza de San Pedro y ante una multitud de fieles, el Papa proclamó que en honor de la Santa e Indivisa Trinidad, por la exaltación de la Iglesia y el crecimiento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y de la Nuestra; después de madura deliberación y haber implorado frecuentemente la Ayuda Divina; con el consejo de nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, los Patriarcas, Arzobispos y Obispos presentes en la Ciudad, Nos decretamos y definimos a María Goretti como Santa y la inscribimos en la lista de los Santos, disponiendo que su memoria sea recordada cada año con piadosa devoción. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Con esa solemne canonización, el Pontífice quiso proponer a la nueva santa como modelo de pureza, en una época de creciente materialismo, en la que muchos habían perdido el amor a esta virtud.

La joven italiana que había sido elevada a la gloria de los altares aquel 24 de junio de 1950 había muerto mártir por defender su pureza el 6 de julio de 1902.

Un hogar pobre

 

La vida de María Goretti apenas ofrece apoyo externo para una narración. Nació el 16 de octubre de 1890 en el seno de una familia de campesinos. Al día siguiente fue bautizada en la Iglesia parroquial de San Francisco de la ciudad que la vio nacer, Corinaldo. En la pila bautismal le pusieron los nombres de María y Teresa. Era hija -el tercer vástago- del matrimonio formado por Luis Goretti y Assunta Carlini que, además de Marietta, nombre familiar de la futura santa, tuvieron otros seis hijos: Tonino, Ángel, Alejandro, Mariano, Ersilia y Teresa.

Los Goretti vivían en Corinaldo (Ancona), una ciudad a unos 30 kilómetros de Senigallia (Italia). Eran gente humilde que padecían estrecheces económicas, pero con formación cristiana y poseían los valores propios de la cultura urbana de las Marcas de finales del siglo XIX. Trabajaban en una granja y un caserío como aparceros en Pregiana, un pueblo muy cercano de Corinaldo.

Cuando está a punto de cumplir seis años, el 4 de octubre de 1896, Marietta, en la misma iglesia en que recibió las aguas del bautismo fue confirmada por monseñor Julio Boschi, obispo de Senigallia. En los años de la infancia de María no hubo nada de particular, según el testimonio de su madre: Pasó su niñez como todos los demás niños. Recibió la educación solamente en la familia, de mi marido y especialmente de mí; educación que impartíamos igualmente a los demás hijos para que crecieran como buenos cristianos… Mientras que permanecimos en Corinaldo fue siempre buena, pero no advertí nada extraordinario en su conducta.

 

El duro camino de la emigración

 

Los agobios económicos de la numerosa familia y la expiración del contrato con el propietario de las tierras que cultivaban obligaron a los Goretti a emigrar. Un amigo del padre, apellidado Bracceschi, que había hecho una pequeña fortuna en el Agro Romano, le habló a Luis de trasladarse a aquella zona, donde había grandes latifundios cuyos propietarios pertenecían a la nobleza y a la burguesía romana. Y en octubre de 1897, cuando Marietta tiene sólo siete años, la familia emigró a Colle Gianturco, junto a Palliano, al sur de la capital. Toda la familia experimentó lo duro que es recorrer el camino de los emigrantes cuando se deja atrás parte de la vida de uno. Un sendero que habitualmente va acompañado de lágrimas y pobreza, aunque también de la esperanza de encontrar una tierra mejor o un trabajo más remunerado.

Allí, en la campiña romana, los Goretti encontraron el modo de ganarse la vida trabajando de nuevo como aparceros en una granja agrícola propiedad del senador Scelsi. También se habían instalado en aquel lugar Juan Serenelli y su hijo Alejandro, que se convirtieron en socios de Luis Goretti.

Al cabo de un año, las expectativas de mejorar sensiblemente las condiciones de vida, tal como les había anunciado Bracceschi, no se habían cumplido. Y continuaron los apuros económicos para la familia de Marietta. Sin embargo, Luis Goretti habría continuado en aquel lugar algún tiempo más si una fuerte discusión entre su socio, Juan Serenelli, y el propietario de la granja, no se hubiera producido. Como resultado de aquella disputa, el senador Scelsi despidió tanto a los Serenelli como a los Goretti.

En febrero de 1899, de nuevo Luis y Assunta con sus hijos tuvieron que emigrar. Esta vez, aconsejados por un amigo llamado Cimarelli, se establecieron en Le Ferriere di Conca, corazón de Paludi Pontine, a 11 kilómetros de Nettuno.

Fortaleza ante la adversidad

En La Ferriere los Goretti y los Serenelli se instalaron como colonos del conde Attilio Mazzoleni. Éste les ofreció una casa y un contrato de aparceros. La tierra era buena para el cultivo, pero el clima era extraordinariamente malsano e insalubre, pues formaba parte de la región pantanosa del Agro Pontino, tradicionalmente infestado por la malaria.

Ambas familias se establecieron en el mismo caserío, llamado Cascina Antica, una construcción sólida de mampostería, con grandes ventanas y anchas paredes. El edificio tenía dos dependencias separadas, en la de la izquierda se colocaron los Goretti y en la otra, a la derecha de la puerta de entrada, los Serenelli. A las dos viviendas se subía por una sola escalera exterior. Además, la cocina era común para las dos familias. También vivían en Conca, en un caserío cercano, los Cimarelli. Pronto surgió una sincera amistad entre éstos y los Goretti.

En el nuevo asentamiento renacieron las ilusiones y esperanzas de un futuro mejor, pero desgraciadamente éstas pronto se esfumaron. Al cabo de poco más de un año, el 6 de mayo de 1900, Luis Goretti murió de malaria cuando sólo contaba 41 años de edad y quedó la madre de Marietta sola con sus hijos, el mayor de 13 años. Tiempo después recordaba Assunta: En aquel campo dominaba la malaria y no eran pocos los que sucumbían, tanto que el patrón Mazzoleni tenía preparados varios ataúdes.

La muerte del padre fue toda una tragedia para la familia que pudo haber causado la ruina inmediata para los Goretti, pero Assunta se creció ante la adversidad reaccionando con fuerza y adversidad. Dada la extrema pobreza de la familia, Assunta ocupó el puesto de su marido y se dedicó a las faenas agrícolas que aquél realizaba. También a Marietta le correspondió trabajar en el campo como un hombre, pero además se la arreglaba para dedicarse también en las tareas domésticas. Mamá -dijo un día a su madre-, no te preocupes, el buen Dios no nos abandonará.

 

Una buena cristiana

La nueva situación familiar hizo madurar  mucho a Marietta, y lo hizo con el frescor de una muchacha y la fuerza de una mujer. Para ella lo primero era ayudar a su madre a sacar adelante las labores caseras, como atender la casa, transportar el agua, preparar la comida para los trabajadores, vender huevos y otros productos que daba la granja, por lo que no participaba en diversiones ni acostumbraba salir con sus amigas, suponiéndole un aislamiento que ella aceptaba. Con esta disposición de servicio se ocupó principalmente de sus hermanos menores, a los que educó con cariño, ayudándoles en todo y, cuando era preciso, corrigiéndoles.

A pesar de su corta edad, mostró una tenacidad y de una fe inquebrantable en la aceptación de la vida cotidiana, que para ella estaba llena de dificultades y amarguras, pero también sabía ver en medio del dolor la alegría de servir a los demás.

Era una chica piadosa, de vida espiritual sencilla y profunda, que en los momentos más difíciles supo abandonarse en las manos de la Providencia. Tenía un amor grande a Jesucristo y a la Santísima Virgen. Su madre dio de ella el siguiente testimonio: Deseaba aprender las cosas de la fe, y muchas veces me pidió que le hablara al respecto. No recuerdo que faltara a la santa misa y, aun sin saber leer, se aprendió de memoria el avemaría, el padrenuestro y las demás oraciones y, sobre todo, el santo rosario, que le resultaba tan indispensable como el aire que respiraba.

 

El 16 de junio de 1901, hizo su primera comunión llena de alegría, cuando sólo tenía diez años, una edad temprana para aquella época, en que lo normal era hacerla con doce, trece o más años. Para su primer encuentro con Jesús en la Eucaristía se había preparado con fervor. Aquel día prometió a su madre: Mamá, seré más buena.

Los Serenelli

 

Juan Serenelli era un hombre con un carácter bastante autoritario e insensible ante las necesidades de los demás. Se había aficionado a la bebida y su conducta moral dejaba mucho que desear, por lo que sus relaciones con los Goretti no habían sido nunca amistosas, sino más bien tensas. Y la convivencia entre las dos familias en Cascina Antica se iban haciendo cada vez más difícil.

El hijo -Alejandro- era un joven cercano a cumplir veinte años, parecido en algunos aspectos a su padre. Además era algo inquieto y problemático. Al principio había mostrado una conducta correcta, pero luego empezó a fijarse demasiado en María, al mismo tiempo que se daba a lecturas deshonestas. Su actitud con respecto a la muchacha fue haciendo cada vez más ambigua. Nunca Marietta dio motivo alguno, como el mismo Alejandro habría de declararlo más adelante. La niña era muy modesta y miradísima en el vestir. Aún no tenía 12 años, pero su desarrollo físico superaba lo que podría esperarse en su edad.

En el corazón de Alejandro Serenelli se encendió una brutal pasión. Áspero, desairado y descontento, comenzó a hacer extrañas propuestas a María. Tentó a la chica por dos veces y ella, aun no entendiendo enteramente de qué se trataba, le rechazó. En  declaración posterior, Alejandro confesó: Yo cohabitaba con la familia Goretti y nada menos que dos veces en el mes de junio intenté inducirla a acceder a mis deseos. Es verdad que más o menos un año antes le hice a María una primera propuesta de actos carnales a la que no quiso consentir. Desde la primera vez conminé a la muchacha que no dijera nada a su madre, y se lo dije con severidad, de modo que ella quedó atemorizada.

María no comentó lo sucedido con Assunta, quizás para no agravar la tirantez existente entre ambas familias, que podrían dar lugar a graves alteraciones en el caserío.

El martirio

A partir de entonces la joven Marietta, angustiada, evitaba por todos los medios el quedarse sola con Alejandro e intensificó sus oraciones. La vida de piedad que tenía, fundamentada en la fe recibida en su niñez y cultivada en los aún pocos años de su existencia, le había dado una sensibilidad exquisita respecto a aquello que juzgaba no debía consentirse.

El 5 de julio de 1902 fue el tercer asalto del muchacho. La ocasión la encontró Alejandro al estar la casa vacía, pues todos los Goretti y los Serenelli- estaban trillando habas en la era cercana a Cascina Antica. Solamente se había quedado Marietta, que en el rellano del caserío cosía una camisa que el joven Serenelli le había pedido que la remendase urgentemente, con el secreto designio de que la muchacha permaneciese allí. Con una excusa Alejandro dejó el trabajo y se dirigió a la casa. La niña se intranquilizó al verle llegar, y más ante sus requerimientos, que ella resistió. El chico intentó entonces forzarla, forcejeando con ella; y al ver que no conseguía nada, cogió un hierro afilado y se ensañó con su tierna víctima, que prefirió la muerte antes que pecar.

Según el mismo Alejandro Serenelli, la muerte de María Goretti sucedió así: … me acerqué a María y la invité a entrar en casa. Ella no me respondió, ni se movió siquiera. Entonces la agarré casi brutalmente por un brazo y, al resistirse, la arrastré dentro de la cocina, que era la primera dependencia de la entrada… Ella intuyó inmediatamente que yo quería repetir el intento de las dos veces anteriores y me decía: “No, no. ¡Dios no lo quiere! Si haces eso, irás al infierno”. Yo entonces, viendo que no quería consentir de ningún modo a mis brutales deseos, me puse furioso y tomando un punzón empecé a golpearla en el vientre, como se maja el maíz… Recuerdo perfectamente que María, cuando le levanté los vestidos, trataba de cubrirse, y esto lo hizo varias veces, exclamando: “¿Qué haces, Alejandro? ¡Irás al infierno…!” Recuerdo haber visto sangre también en sus vestidos y haberla dejado mientras ella se revolvía, pero comprendí perfectamente que la había herido de muerte. Arrojé el arma tras el arcón y me retiré a mi habitación; me cerré dentro y me tumbé en la cama.

María fue socorrida inmediatamente, pero dada la gravedad de las lesiones, cinco horas después de la agresión fue llevada en una ambulancia al hospistal de los Hermanos de San Juan de Dios de Nettuno, donde se la sometió a una operación dolorísima, sin anestesia. Ella sufrió todo con resignación cristiana mientras invocaba a la Virgen, y murió al día siguiente, pues la septicemia que se le había provocado siguió implacablemente su curso. En el certificado de defunción se escribió que la causa de la muerte fue la peritonitis séptica provocada por las heridas y la grave hemorragia. Los médicos del hospital pudieron apreciar 14 heridas que le traspasaron el vientre y el pecho, y cuatro pequeñas contusiones.

Antes de morir Marietta, al igual que protomártir san Esteban y todos los mártires, tuvo el mismo gesto de Cristo cuando era crucificado. Al ser preguntada explícitamente si perdonaba a su agresor, respondió: Sí, por amor de Jesús lo perdono, y quiero que venga conmigo al paraíso. Después de recibir los santos sacramentos y demás auxilios de la religión, y de ser inscrita en las Hijas de María, entregó santamente su alma a su Creador. En octubre de ese año habría cumplido 12 años.

Arrepentimiento de Alejandro

 

El agresor confesó de lleno su crimen, y se arrepintió de aquel acto de locura. Fue condenado a 30 años de cárcel, pero su buen comportamiento le valió para le rebajasen su condena. También obtuvo el perdón de la misma familia Goretti. Al salir de la cárcel, una noche de Navidad, la de 1938, acudió a la casa rectoral de Nettuno donde servía Assunta. Volvió a pedir perdón, y aquella noche, en la Misa del Gallo, comulgó juntamente con la madre de la santa.

El resto de sus días vivió de manera ejemplar como lego en el convento de los capuchinos de Macerata. Murió el 6 de mayo de 1970.

Glorificación

El 1 de junio de 1938, gracias sobre todo al interés de los pasionistas, se abrió la causa para el reconocimiento de la santidad de Marietta. El 25 de marzo de 1945 el papa Pío XII reconoció su martirio y un mes después, el 27 de abril, fue beatificada. El 24 de junio de 1950 tuvo lugar la canonización ante una muchedumbre inmensa. Assunta Carlini tuvo el extraordinario privilegio de presenciar desde una ventana del palacio apostólico la solemne ceremonia de la glorificación de su hija María. La fiesta de Santa  María Goretti se celebra en la Iglesia Católica el 6 de julio. Los restos de la santa mártir reposan  en la capilla que se le ha dedicado en el santuario de Nuestra Señora de las Gracias y de Santa María Goretti en Nettuno.

 

El martirio de los siete hermanos Macabeos

El martirio de los Macabeos

Antíoco Epifanes, monarca de Siria, conquista Jerusalén y se propone acabar con la religión judaica, obligando a los judíos a ofrecer sacrificios a los dioses falsos. Muchos judíos se niegan a obedecer las órdenes del rey y mueren heroicamente en medio de grandes sufrimientos.

En Jersualén vive una familia compuesta por una madre y siete hijos. Todos ellos profesan una gran amor a Dios y sólo conocen el temor de ofenderle.

Un día son llevados ante el rey. Antíoco les ordena que ofrezcan sacrificios a los ídolos y que abandonen su religión, bajo la siguiente amenaza: O hacéis lo que os pido o moriréis en el tormento. La contestación de los jóvenes es la siguiente: Preferimos morir antes que desobedecer a Dios. Esto es mucho más importante para nosotros. Estamos dispuestos a dar la vida.

El rey -enfurecido con esta respuesta- ordena a sus verdugos: Coged al mayor de los hermanos; cortadle la lengua, los brazos y arrancadle la piel de la cabeza; después arrojadle a una caldera de aceite hirviendo.

También el segundo de los jóvenes muere entre horribles tormentos. Un poco antes de expiar, mira al tirano y le dice: ¡Príncipe malvado!, tú nos quitas la vida presente, pero el Señor de los cielos y la tierr nos resucitará y nos dará la vida eterna, porque morimos en defensa de su ley.

De igual modo mueren los restantes hermanos. Sólo queda el más pequeño. Antíoco desea convencerle y cambia de táctica: Si abandonas la religión de tus padres -le dice- serás uno de mis amigos, te dar´r grandes cargos en el país y te colmaré de riquezas.

El niño mira al rey y le dice: ¿Qué esperas? Yo no obedeceré tus órdenes y moriré como mis hermanos. Antíoco se dirige ahora a la madre para que anime a su hijo a adorar a los ídolos. La mujer abrazando a su hijo le alienta a permanecer fiel a Dios: ¡Hijo mío, muy querido!, pídele a Dios fortaleza, y ten el mismo valor que tus hermanos; recibe la muerte con alegría, a fin de que por la misericordia del Señor, te vuelva a ver en la gloria que esperamos en el Cielo.

De nuevo el niño habla al rey: Estoy dispuesto a morir y no tengo miedo a ti castigo. Yo sólo obedezco los mandamientos de Dios.

La auténtica Memoria Histórica, sin manipulación

Joan Roig i Diggle

El papa Francisco autorizó el 2 de octubre de 2019 la declaración como mártir de Joan Roig i Diggle, un joven de 19 años de la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña, amigo del beato médico Pere Tarrés y alumno de los beatos mártires escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller. Fue asesinado por las juventudes libertarias de Badalona de cinco tiros en el corazón y uno de gracia en la cabeza en la noche del 11 de septiembre de 1936, víspera de día en que la Iglesia celebra el Dulce Nombre de María.

Estudiaba y trabajaba en una fábrica

Joan Roig Diggle nació en Barcelona el 12 de mayo de 1917. Su padre era Ramón Roig Fuente y su madre era Maud Diggle Puckering. Ambos padres eran barceloneses, aunque con su madre, de familia inglesa, hablaba en inglés. De niño estudió en los Hermanos de La Salle de la calle Condal. Después estudió bachillerato en los escolapios de la calle Diputación. Tuvo como profesores a los sacerdotes escolapios Ignacio Casanovas y Francesc Carceller, que serían mártires y beatos.

La familia Roig Diggle se empobreció y se trasladó al Masnou. Joan ayudaba a la familia trabajando como dependiente en un almacén de tejidos y luego en una fábrica en Barcelona, aunque sin dejar de estudiar. Al llegar a Masnou, ingresó en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña (FJCC), creada en 1932 por mosén Albert Bonet y que llegó a contar con 8.000 muchachos antes de la guerra.

Responsabilidades con chicos en la FJCC

Joan Meseguer, presidente en 1936 de la rama infantil de la FJCC, escribió acerca de Joan Roig: Cuando vino a Masnou nadie lo conocía, pero muy pronto se hizo notoria su piedad y ardiente amor a la Eucaristía. Se pasaba horas ante el Santísimo sin darse cuenta. Su ejemplo convertía más que sus palabras. Quería ser misionero. En un Círculo de estudios celebrado pocos días antes del 18 de julio nos dijo que veríamos a Cataluña roja, pero no sólo de comunismo, sino de la sangre de sus mártires, y que nos preparásemos todos, porque si Dios nos había elegido para ser uno de éstos, debíamos estar dispuestos a recibir el martirio con gracia y valentía como corresponde a todo buen cristiano, y así lo hacían los primeros en las catacumbas.

El joven Roig fue designado responsable de la rama infantil (10 a 14 años) de la FJCC, que eran unos veinte niños. Joan iba a misa prácticamente cada día a las 7 de la mañana en Masnou, y luego acudía a estudiar en tren a Barcelona.

Se implicó con más cargos en la FJCC y se hizo amigo de su consiliario, el padre Pere Llumá, que fue su director espiritual. También trató mucho con el beato Pere Tarrés, que entonces era un joven médico laico y vicepresidente de la FJCC.

Empieza la persecución: mataron a 300 fejocistas

El 20 de julio de 1936, milicianos rojos quemaron la sede de la Federación. Empezó una persecución contra los jóvenes fejocistas (que eran una asociación de fe y acción social, pero no política ni de partido). Se calcula que unos 300 fejocistas fueron asesinados en la retaguardia republicana en Cataluña, incluyendo unos 40 sacerdotes ligados a ellos.

Maud, la madre de Joan, recordó después lo que su hijo hizo esos días: Fue aliviando penas, animando a los tímidos, visitando a los heridos, buscando diariamente en los hospitales entre los muertos, para saber cuáles de los suyos habían caído asesinados. Cada noche, al pie del lecho, con el crucifijo estrechado en sus manos imploraba para unos clemencia, para otros perdón, y para todos misericordia y fortaleza.

Las iglesias de Barcelona estaban cerradas, quemadas o destruidas y no era posible ir a misa a ningún templo. El padre Llumá, que era el director espiritual de Joan, entregó al joven una reserva eucarística para que pudiera acudir a casas particulares a atender a los más necesitados. Joan dijo a la familia Rosés a la que visitó la misma tarde en que le matarían, el 11 de septiembre de 1936: Nada temo, llevo conmigo al Amo. Les dejó el Santísimo y, a la vuelta del trabajo, lo recogió y se lo llevó a su casa.

Horas después, milicianos anticlericales golpearon a la puerta de su casa, la de su familia. Joan rápidamente consumió las Formas Sagradas encomendadas a su cuidado. Se abrazó a su madre y se despidió de ella en inglés: God is with me, (Dios está conmigo).

La patrulla, de las juventudes libertarias de Badalona, le llevó junto al cementerio nuevo de Santa Coloma de Gramanet. Le permitieron unas últimas palabras. Que Dios os perdone como yo os perdono, dijo él. Lo mataron de 5 disparos al corazón y uno de gracia en la nuca. Tenía 19 años: según la legislación de la época no era aún adulto. Después de la guerra, sus restos fueron recuperados y reconocidos por las 5 heridas del pecho y la del cráneo.

Jaume Marés, tío de Joan Roig, cuando se enteró de su detención pidió ayuda a un amigo policía. Le reveló que uno de los verdugo le había hablado del muchacho: ¡Ah! Aquel chico rubio era un valiente, murió predicando. Moría diciendo que nos perdonaba y que pedía a Dios que nos perdonará. Casi nos conmovió.

La Federación de Cristianos de Cataluña y la Asociación de Amigos de Joan Roig promovió su beatificación, que tendrá lugar en los próximos meses. Sus restos descansan en una capilla en la parroquia de San Pere de Masnou. El cardenal Ricard Maria Carles clausuró la fase barcelonesa del proceso de beatificación en 2001 y la remitió a Roma.

La Federación de Cristianos de Cataluña

Esta asociación de jóvenes fue sometida a una dura persecución anticlerical al empezar la Guerra Civil española. La asociación apenas tenía 4 años de historia, y sería disuelta en 1939 tras la guerra, pero se calcula que produjo unos 300 mártires para Cristo.

El sacerdote Albert Bonet i Marrugat, de Barcelona, recorrió en los años 30 distintas ciudades europeas para conocer los movimientos juveniles católicos de la época. Inspirado en la JOC de Joseph Cardijn en Bélgica, impulsó, con otros clérigos y laicos, la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña. La asociación creció muy rápidamente. En julio de 1936 llegó a sumar 14.000 afiliados de 15 a 35 años y 8.000 en la rama infantil, de 10 a 14 años.

Tenían sedes y bases en las parroquias y a cada grupo les acompañaban sacerdotes “amigos de los jóvenes”. Realizaban actividades deportivas, culturales, de canto, de tiempo libre, de formación y de fe. Al crecer se organizaron en subfederaciones agrícolas, escolares, obreras, de dependientes de tiendas y universitarios. Cubrían todos los ámbitos en los que se movía un joven.

Su revista oficial se llamaba Flama. Controlaban otra publicación influyente, El Matí. Y, para los niños, LAvant. Se veían como un movimiento de juventudes católicas no adheridas a ningún partido. Adoptaron como lema la frase atribuida al ya difunto obispo de Vic Torras i Bages (1846-1916): Cataluña será cristiana o no será y proclamaban el amor a la Iglesia y, específicamente, a su magisterio social.

Entre otros mártires beatos de la FJCC está el beato josep Guardiet, uno de los sacerdotes consiliarios de la asociación, párroco en Rubí. Le detuvo un chico de 16 años que había sido monaguillo suyo asegurando que el Comité de Milicias le había pedido llevarlo a la prisión del pueblo “por su seguridad”. Lo fusilaron milicianos de Barcelona (no de Rubí) en la carretera de la Rabassada.

Persecuciones

Persecuciones. Procedimientos judiciales punitivos contra los cristianos por parte de los poderes civiles. En la historia de la Iglesia no ha habido época que en algún lugar de la tierra no haya habido persecuciones.

Al salir al destierro

Pío VI fue hecho prisionero por Napoleón y obligado a salir de Roma. Antes de salir de la Ciudad Eterna, camino del cautiverio, escribió a los obispos: Dios ha querido, vosotros lo sabéis, que la Iglesia debe su nacimiento a la Cruz y al sufrimiento, su gloria a la ignominia, sus luces a las tinieblas del error, sus progresos a los ataques de sus enemigos, sus fuerzas a las privaciones y a la adversidad. Por eso su esplendor no ha sido nunca tan puro como cuando los hombres hicieron esfuerzo para ensombrecerlo; pues, “como el oro es probado en el fuego”, así los amigos de Dios son probados en la tribulación.