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Obispo y mártir (Beato Florentino Asensio

Semblanza del mártir obispo de Barbastro

Una cruel persecución

En pleno siglo XX se produjo una de las más tremendas persecuciones contra la Iglesia. Durante la guerra civil española (1936-39), especialmente en los primeros meses, en la zona de dominio republicano-marxista se prohibió toda manifestación de signo religioso y, por el solo hecho de creer en Dios, fueron asesinados 13 obispos, 4.317 sacerdotes, 2.489 religiosos, 283 religiosas, 249 seminaristas y muchos millares de seglares. Felizmente y para gloria de estos mártires -entre los que contaban mujeres, ancianos y muchachos casi niños-, ni los pelotones de ejecución ni los tormentos a que fueron sometidos consiguieron apartarlos de la fe.

Además, en la cruel persecución se destruyeron templos, imágenes, signos y objetos de culto en tan cantidad que pocas veces se encontrará en la ya dos veces milenaria historia de la Iglesia una acción materialmente tan devastadora, consumada con el intento deliberado de eliminar la dimensión religiosa de la vida de una nación. Sólo los templos saqueados, incendiados o arrasados alcanzan la cifra de veinte mil.

Uno de los mártires fue Florentino Asensio Barroso, obispo titular in partibus de Eurea de Epiro y administrador apostólico de Barbastro, beatificado por el papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 1996.

Breve fue su pontificado en la ciudad del Vero, pues no llegó a colmar los cinco meses. El 16 de marzo de 1936 había llegado a Barbastro, donde fue recibido por un gran gentío, a pesar de la tensión anticlerical que latía en la ciudad. Al bajar del coche dijo, como presintiendo su drama: Ya estamos aquí. Ecce ascendimus Hierosolymam (He aquí que subimos a Jerusalén). Y sonrió, lleno de paz y de conformidad. El 9 de agosto, a las tres de la madrugada, en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena fue fusilado.

Primeros años de su vida

El obispo mártir había nacido el 16 de octubre de 1877 en Villasexmir, pueblecito vallisoletano del partido judicial de Mota del Marqués, del arciprestazgo de Torrelobatón, entonces de la diócesis de Palencia y hoy de la archidiócesis de Valladolid. Cuando Florentino contaba tres años de edad su familia se trasladó a Villavieja del Cerro. Sintiendo la llamada al sacerdocio, acudió a una preceptoría de preparación para el seminario diocesano que el párroco de Villavieja, D. Santiago Herrero, dirigía.

En el seminario destaca por su aplicación escolar, pero sobre todo por su conducta y virtudes, como proclamaron sus compañeros, hasta afirmar uno de ellos que en Florentino veía un santo dentro de lo humano. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de junio de 1901, de manos de monseñor Cidad, obispo auxiliar del cardenal Cascajares. Quiso celebrar su primera Misa solemne en Villavieja en un día muy señalado para él, el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, devoción que polarizó siempre los fervores de Florentino. Treinta y cinco años después, en la misma iglesia parroquial ofició su primer pontifical, ya hecho obispo.

Cargos pastorales

Su primer cargo pastoral fue el de coadjutor de Villaverde de Medina. De su actuación en aquel pueblo declaró D. Norberto Iscar, un párroco del lugar que años después recopilaba recuerdos e informes sobre D. Florentino, en estos términos: Todos los que le conocieron me hablan de su carácter sencillo y afable; de su labor paciente y diaria, de su solicitud por la enseñanza del catecismo a los niños y adultos, de su celo por visitar a los enfermos a quienes consolaba y trataba de remediar en sus necesidades. Implantó en el pueblo el Apostolado de la Oración, la Congregación de la Hijas de María y la Obra del Pan de los Pobres para socorrer a los necesitados.

Poco más de un año estuvo en Villaverde, pues el nuevo arzobispo de Valladolid, monseñor Cos y Macho, le llamó a la ciudad del Pisuerga para darle el cargo de archivero episcopal. El 13 de abril de 1903 ya está en Valladolid, canónicamente adscrito a la parroquia de San Ildefonso y como capellán de las Hermanitas de los Pobres. Dos años después el arzobispo le nombra su capellán y mayordomo, empleo que le obligó a residir en la sede del Arzobispado de modo habitual. No por ello renunció a una intensa actividad apostólica. Desde el 2 de enero de 1905, y durante 24 años seguidos, compaginó sus funciones en el palacio episcopal con la de capellán de la Religiosas Siervas de Jesús. En este último cargo destacó por su piedad, asiduidad y celo en el servicio del culto, del confesonario, de la catequesis y formación de religiosa. Le tenían como sacerdote en todo ejemplar por su sencillez, su modestia y su fervor. También atendió el Monasterio de Las Huelgas Reales, y según testimonio de una religiosa, los días que D. Florentino iba al Monasterio había que retrasar la hora de cerrar la iglesia por la gente que acudía su confesonario. Y asimismo, en las Rvdas. Oblatas del Santísimo Redentor, y en las Hijas de la Caridad del Hospital de Santa María de Esgueva. En todos estos centros gozó de fama de prudente confesor y celoso director de almas.

Profesor

En los años 1905 y 1906 obtuvo la licenciatura y el doctorado por la Universidad Pontificia de Valladolid, lo que le habilitó también para ejercer la docencia en dicha Universidad. En 1916 recibía de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades el nombramiento de profesor. Anteriormente, en 1910 fue nombrado beneficiado de la catedral, y en 1918, canónigo. Al ser promovido a la Sagrada Púrpura su arzobispo, acompañó a monseñor Cos y Macho a Roma, donde conoció al papa san Pío X. A la muerte del cardenal Cos y Macho, ocurrida en 1919, pasa a ocupar la sede vallisoletana monseñor Remigio Gandásegui, que nombra a D. Florentino confesor del Seminario Conciliar. De su esmero y solvencia en este cometido, está el testimonio del que fue cardenal Primado de España, monseñor González Martín: Con frecuencia me confesé con él durante el trienio filosófico, cuando yo tenía 15 a 17 años. Mi recuerdo personal me permite evocarle como un sacerdote muy fervoroso, muy fino y muy delicado espiritualmente; muy capaz de despertar en nosotros los seminaristas, deseos de virtud y vida santa.

En el año 1925 fue nombrado párroco de la catedral metropolitana, a cuya jurisdicción y cuidados pastorales se adscribía todo el personal que prestaba servicios a la catedral. Cargaban también sobre él los servicios ordinarios de culto, predicación, catequesis, confesiones, atención a los enfermos… Los 10 años dedicados a esta función fueron de absoluta ejemplaridad y diligencia.

La predicación fue para D. Florentino una verdadera vocación que cultivó desde el comienzo de su vida sacerdotal hasta los últimos días de su vida. Preparaba sus sermones con esmero y escribía cuanto decía, de principio a fin. Para él la predicación era, más que un desahogo, un deber de su espíritu y celo apostólico.

Obispo

Un día de otoño de 1935 -12 de octubre- fue llamado a Ávila por monseñor Tedeschini, nuncio apostólico en España, para hacerle saber que la Santa Sede se proponía elevarlo a la dignidad episcopal con nombramiento de Administrador Apostólico de Barbastro, sede que había quedado vacante por traslado del obispo redentorista P. Nicanor Mutiloa Irurita a la sede de Tarazona. Sorprendido, y honradamente convencido de que a él no le iba tal dignidad, se resistió hasta el máximo, según testificó el propio nuncio, Federico Tedeschini: El candidato D. Florentino Asensio Barroso, es dignísimo como persona y no indigno como candidato al episcopado. Le llamé y expuse la soberana voluntad (del Papa) que le destinaba a Barbastro. Durante la conversación, el sacerdote, que es sin duda una persona enteramente de Dios, se resistió por todos los medios. Desde Valladolid, el canónigo Asensio escribió al Nuncio declinando la propuesta. Y a duras penas, terminó aceptando la carga de aquella Administración Apostólica. Todo analizado, creo que hará mucho bien, dará mucha gloria a Dios y hará mucho bien a las almas. Parece ser que después de una abundante correspondencia, el representante del Papa zanjó la cuestión con estas palabras: O acepta usted el cargo o será considerado como hijo rebelde de la Santa Sede.

La consagración episcopal tuvo lugar el 26 de enero de 1936. Actuó de consangrante el arzobispo de Valadolid, monseñor Gandásegui, acompañado por los co-consagrantes Manuel de Castro y Alonso, arzobispo de Burgos, y Manuel Arce Ochotorena, a la sazón obispo de Zamora.

Tiempos difíciles

Los tiempos eran difíciles para la Iglesia en España. La situación se agravaba por momentos y el estallido revolucionario, que ya en 1934 había causado muchas víctimas y graves daños en Asturias y en otras partes, amenazaba de nuevo. Para el 16 de febrero, se habían convocado elecciones legislativas y el nuevo obispo quiso dejar pasar aquella circunstancia, antes de emprender la marcha y comenzar la tarea en Barbastro. Pero quiso estar en su nuevo destino antes de que comenzase la Semana Santa de aquel año, y decidió realizar la entrada solemne en su sede el día 15 de marzo, III domingo de cuaresma. Noticia que difundió El Cruzado Aragonés, semanario católico.

Las elecciones generales de febrero, con el triunfo del Frente Popular, encresparon aún más las aguas, no siendo Barbastro ajena a la agitación de aquellos tiempos. Había en la ciudad del Vero grupos organizados que fomentaban la subversión y el sectarismo anticlerical. Durante el pontificado del obispo Mutiloa ya se habían producido la profanación del cementerio y el asalto al Seminario Diocesano.

En Barbastro

Monseñor Asensio salió de Valladolid el 13 de marzo, en marzo rumbo a Zaragoza. Al despedirse de la comunidad del Monasterio de Las Huelgas Reales la abadesa le dijo, lamentándose: En qué tiempo le toca ir a tierras tan lejanas. Y D. Florentino contestó: ¿Y qué? Todo se reduce a que me maten y vaya antes al cielo. La parada en la capital aragonesa era ineludible para postrarse ante la Virgen del Pilar y para cumplimentar a su metropolitano, monseñor Rigoberto Doménech. Estando en Zaragoza, pudo percibir los primeros aires de la tormenta que se cernía sobre su persona.

Al circular la noticia de su llegada, se supo que elementos provocadores estaban apostados en la carretera de Huesca para perturbar el acto o atentar contra la persona del nuevo prelado. El Cabildo de la Catedral lo alertó. Y el Obispo retrasó su llegada al día siguiente, 16 de marzo, lunes. Llegó protegido y sigilosamente. La “recepción” fue en la Catedral, donde se habían congregado los fieles para recibirle sin más boato que la cordialidad y el ceremonial litúrgico prescrito para tales casos.

En la alocución dijo que era la Providencia quien le traía a Barbastro para ser padre de todos en cualquier circunstancia, pero preferentemente en las adversas… Que había llegado el momento de estrecharnos todos las manos para que no existiesen odios, ni rencores, ni envidias, ni prejuicios, hasta conseguir que todos seamos realmente buenos hermanos como hijos de un mismo Padre.

Primeros problemas

Pocos días después -el 18 de marzo-, el Ayuntamiento hizo llegar al Obispo el acuerdo que se había tomado en la sesión municipal de prohibir el toque de campanas como anuncio de actos de culto, de festividades religiosas y cualquier otro tipo que no sea expresamente autorizado por esta Alcaldía. Porque decían que el frecuente toque de campanas constituye una molestia que debe evitarse… es anuncio contrario al sentir popular… abuso flagrante y reto a las creencias u opiniones opuestas… propaganda hiriente para muchos… turbadora del reposo de todos.

Sin hacer en ningún momento dejación de derechos, monseñor Asensio dio pruebas de talento y de moderación.

Pero el asunto que le dio más quebraderos de cabeza fue la defensa del Seminario Diocesano, cuyo edificio se había adjudicado el Ayuntamiento por la fuerza en el año 1933, y que sólo tras penosos esfuerzos pudo ser recuperado por monseñor Mutiloa, predecesor de D. Florentino en la sede episcopal de Barbastro. El recién llegado obispo hizo lo que buenamente pudo en el viejo pleito sobre la propiedad del Seminario. A las amenazas del Ayuntamiento de apoderarse de nuevo del inmueble, monseñor Asensio opuso una táctica dilatoria, entre amable y prudente. Logró así, al menos, que los seminaristas acabasen el curso. Cuando en mayo de 1936 las turbas asaltaron el edificio, consiguió salvar los objetos más importantes de la iglesia, de la biblioteca… Al iniciarse la demolición del Seminario, acudió al Tribunal Supremo y depositó la fianza legal, con lo que frenó por el momento los hechos consumados.

En el ámbito social acudió en auxilio de la clase obrera, tan maltratada. Entregó de sus fondos unas 2.000 pesetas para aliviar a los parados, una cantidad respetable para aquellos tiempos. Mandó también realizar obras en la tapia del huerto del Obispado para dar trabajo a algunos desempleados. Inició, por otra parte, el Sindicato Católico en su diócesis, como alternativa a los sindicatos de ideología anticristiana.

El ambiente de Barbastro era tenso, el clima anticlerical de un sector de la población estaba totalmente enrarecido. D. Florentino presentía la tragedia. Cuando el 2 de julio subió al Monasterio de las Religiosas Capuchinas para presidir la elección de una nueva abadesa, dijo en la plática previa a la votación: Quien sea la elegida tome la cruz y siga a Jesús cargado con la suya hasta el Calvario, para ser allí crucificada con Él. ¡Qué dicha si algún día llegamos a ser mártires! ¿Quién sabe si no lo seremos? Para él, la cruz, el calvario y el martirio estaban tan sólo a días vistas.

El Pastor no abandona a las ovejas

Tan grave era la situación, que varias personalidades eclesiásticas, entre ellas el obispo de Huesca y el arcediano del Pilar de Zaragoza, le aconsejaron que se alejase de la diócesis. La respuesta de D. Florentino, al oír tales consejos, siempre era la misma: Yo no abandono la viña que el Señor me ha confiado. Quiero correr la misma suerte de mi diócesis. Y, sin vacilar en ningún instante, siguió en su puesto ofreciéndose en holocausto. Él vivía en el clima de la confianza en el Señor. Veinte siglos atrás en Jerusalén habían crucificado al Hijo de Dios, y a lo largo de la historia, una multitud de hombres y mujeres habían sufrido persecuciones, violencias y martirios a causa de su fe. D. Florentino presentía que el Señor le llevaba por el mismo camino.

Una sangrienta persecución

El 13 de julio era asesinado en Madrid el jefe de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo, por las fuerzas de seguridad del Estado. España entera se conmovió. Aquel crimen fue el detonante que desencadenó la Guerra Civil española. Cuatro días después, el 17 de julio, se produjo el alzamiento del ejército de África. Al día siguiente, por la mañana, el secretario de Cámara del Obispado fue a despachar con el prelado. Éste le preguntó: ¿Has oído lo del levantamiento de África? Su colaborador le contestó: Sí, lo he oído, Sr. Obispo. Y el Obispo comentó: Veremos lo que el Señor nos prepara.

A partir de aquel momento, se desarrolló en toda la diócesis de Barbastro una sangrienta persecución religiosa. El 19 de julio fueron detenidos dos sacerdotes, entre ellos el Vicario General. En la mañana del 20, un piquete de milicianos comunica al Sr. Obispo que quedaba detenido en el palacio episcopal, prohibiéndole toda comunicación con el exterior. Dos días más tarde, D. Florentino es trasladado al colegio de los Padres Escolapios, transformado en cárcel, donde fueron llegando varias decenas de religiosos, algunos sacerdotes y algún seglar en calidad de presos.

En D. Florentino la oración fue el soporte y sedante para la tensión de aquellos días. Si todos los allí encarcelados recibieron de él un refuerzo de la fe, la muerte presentida, ya cercana, pedía redoblar las energías del espíritu. Nadie podía apartarle de los grandes asideros de su alma: la oración que hacía delante de la Eucaristía, oculta en el gabinete de física del colegio, desagraviando, y la Sagrada Comunión que recibía diariamente; el recuerdo de la Virgen María con la práctica del Rosario Perpetuo; y, sobre todo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al cual comenzó una novena el día 31 de julio, terminándola el 8 de agosto con una confesión general, momentos antes de salir para sufrir el martirio.

El martirio

El 6 de agosto empezaron los interrogatorios. Al atardecer del 8, el Obispo fue citado de nuevo por dos milicianos a declarar. Presagiando lo peor, se acercó al prior de los benedictinos y le dijo: Por lo que pudiera ocurrir, déme la absolución. Aquella noche fue encerrado en la cárcel. A la una de la madrugada D. Florentino habló a los religiosos y demás personas que allí habían: Hijos míos, voy a daros mi última bendición, y después, como nuestro Maestro Jesús, celebraré mi última cena con vosotros. Algunos de los presentes se echaron a llorar, y añadió el prelado: No, no lloréis, porque esta noche es muy grata para mí. Elevemos nuestras plegarias al Todopoderoso para que salve a España de nuestros enemigos. A las tres le sacaron de la cárcel camino del Calvario. Su pasión había comenzado.

Cuando lo fueron a buscar en la cárcel, Mariano Abad, conocido por el Enterrador y que capitaneaba el piquete de ejecución, se quedó mirando con fijeza a monseñor Asensio, que vestía una chaqueta que no era suya y con mal aspecto, y soltando aquel personaje siniestro una blasfemia, le dijo: ¿Tú eres el Obispo? Pues, ¡si pareces un pastor!, a la vez que le daba un empellón despectivo y añadía: ¡No tengas miedo, hombre! Si es verdad eso que predicáis, irás al cielo. Lo único que dice el Obispo es: Sí, y rogaré por vosotros. Y entre insultos y blasfemias, el Enterrador le ató las manos detrás de la espalda con alambre, mientras decía: A éste, como es el pez gordo, lo ato yo. Y a continuación se consumó la burla más sangrienta y nefasta de toda la historia de Barbastro, el escarnio del Obispo.

Le bajaron la ropa, entre carcajadas, para ver si realmente era hombre como los demás. D. Florentino bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra. Entre frases groseras e insultantes, risas y algarabía, uno de los presentes se acerca a sus genitales y, con sacrílega burla, le enseña una navaja cabritera y le corta los testículos. El obispo palideció, pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las Cinco tremendas Llagas. Le cosieron la herida, el escroto, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Le apretaron una toalla para frenar la hemorragia. El Enterrador rezongó: Habéis tenido el capricho de hacer esto, y ahora vamos a tener que llevarlo a cuestas hasta el camión, “si se enfría”.

El obispo fue empujado sin consideración al camión, y llevado a fusilar. Le obligaron a ir por su propio pie, chorreando sangre, a primeras horas del día 9 de agosto. Para los asesinos era un perro, una pobre bestia amansada y derruida. Ante los ojos de Dios y de los creyentes, era la imagen ensangrentada y bellísima de un nuevo mártir, en el trance supremo de su inmolación. El heroico prelado iba camino de su Gólgota diciendo en voz alta y alborazada: Qué noche más hermosa para mí; voy a la casa del Señor. Uno de los milicianos no entendía de qué podía alegrarse en aquel trance, y comentó: Se ve que no sabe a dónde lo llevamos… Y D. Florentino, serenamente, dice: Me lleváis a la casa de mi Dios y mi Señor; me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros… Sus verdugos le decían: Anda, tocino, date prisas. Y él: No, si por más que me hagáis, yo os he de perdonar.

Extenuado, llegó al lugar de la ejecución. Al recibir la descarga, los milicianos le oyeron decir: Señor, compadécete de mí. Su muerte no fue instantánea. Su agonía duró aproximadamente una hora, pues no le dieron el tiro de gracia, sino que lo dejaron morir desangrándose para que sufriera más. La agonía le arrancaba lamentos, se le oía decir: Dios mío, abridme pronto las puertas del cielo. También dijo: Señor, no retardéis el último momento. Y repetía muchas veces que ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis.

Una vez muerto, Mariano Abad dijo: Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado. Esto está en marcha. Luego añadió como arrancándose de la cabeza una pesadilla: ¿Te has fijado, el Obispo? ¡Qué serenidad! Aun en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios… ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece hasta como si tuvieran satisfacción. Se quedó mirando al vacío y de repente: No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer. Y de los 140 sacerdotes de la diócesis de Barbastro fueron asesinados 114.

El cadáver del Obispo mártir fue arrojado a la fosa común. Al finalizar la Guerra Civil se procedió a la exhumación de los restos de las víctimas. El cadáver de D. Florentino pudo identificarse. Trasladados sus restos en un primer momento a la cripta de la Catedral con gran solemnidad, años más tarde fueron depositados bajo el altar de la Capilla de San Carlos. Una vez beatificado, su fiesta se celebra el 9 de agosto.

Un fiel súbdito de su Graciosa Majestad (Santo Tomás Moro)

Patrono de los políticos

Un gran inglés

En un castillo húngaro, orgulloso de no haber cedido nunca al Turco, entre los retratos de sus principescos propietarios cuelga un cuadro titulado Thomas More. Cuando se pregunta: ¿Quién es este Moro?, el guía contesta: Fue un gran inglés; el Rey le cortó la cabeza, pero en sus actos no hubo delito.

Tomás Moro, lord Canciller de Inglaterra, humanista y mártir, es una de las figuras más atractivas del Renacimiento. Nace el 6 de febrero de 1478, en Chapside. Su padre, Jhon Moro, es abogado y juez. Queda huérfano de madre a la edad de cuatro años. Ingresa en el colegio de Saint Anthony y, posteriormente, entra como paje al servicio del cardenal Morton, quien, impresionado por la inteligencia y desenvoltura del joven, recomienda que sea enviado a Oxford, donde estudia Literatura y Filosofía.

A los 16 años comienza Derecho en Londres. Y en 1501 recibe el título de abogado. En ese mismo año tiene lugar la boda del príncipe Arturo, heredero de la corona inglesa, con Catalina de Aragón, de la que Tomás Moro es testigo ocular.

Atraído por la vida contemplativa, se hospeda frecuentemente en la Cartuja de Londres, llevando una intensa vida de piedad. Pero no tiene vocación de religioso, sino que descubre en medio de las borrascas de su vida interior su vocación de servir a Dios desde el matrimonio y en el ajetreado mundo de la City londinense.

Su vida familiar y profesional no le impedirá crecer en la vida de piedad. Nunca abandonó el espíritu de penitencia, que continuamente le llevaba a realizar duras mortificaciones.

Su prestigio profesional fue grande. En 1504 es miembro del Parlamento. En 1505 contrae matrimonio con Jane Colt, quien muere pronto, tras haber tenido cuatro hijos. En el mismo año, Tomás Moro se casa en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda que aporta al matrimonio una hija. La nueva esposa se incorpora plenamente al hogar del humanista, verdadero colegio en el que reina el amor y la alegría cristiana.

En 1510 es nombrado undersheriff de Londres, cargo que aumenta su prestigio por la diligencia e interés con que resuelve los litigios. Siempre actuó con rectitud de conciencia y con justicia. Cuando Tomás Moro fue condenado a muerte e iba a ser decapitado, una mujer se le abalanzó furiosa porque decía que cuando administraba justicia había dictado sentencia injusta contra ella. Y Moro, sin amargura, le contestó: Demasiado bien recuerdo tu caso. Si otra vez tuviese que dar sentencia sería exactamente la misma que antes.

Consejero del Rey

En el año 1517 el rey Enrique VIII le llama a su servicio como consejero. Es ya el famoso autor de Utopía, lectura obligada para todos los humanistas de su tiempo. Poco a poco, el Monarca inglés le confía cargos importantes y le concede honores (Caballero en 1521 y Speaker de los Comunnes en 1523). El mucho trabajo de cada día no es obstáculo para que Tomás Moro cuide de su vida interior. En una ocasión le reprocharon que comulgaba con demasiada frecuencia teniendo tanta tarea que hacer. Precisamente por eso comulgo, porque necesito fuerza y luz, fue la respuesta de Moro.

En 1521 ayuda a Enrique VIII a redactar su Assertio septem Sacramentorum, por la que el Papa concede al Rey el título de Defensor fidei. En 1529 Tomás es nombrado lord Canciller de Inglaterra. Ocupando este cargo, Tomás Moro oía todos los días la Santa Misa. Un día lo hizo llamar el Rey cuando asistía al Sacrificio Eucarístico, y el Canciller, con humilde respeto, pero con cristiana valentía, le envió como respuesta el ruego de que tuviese Su Majestad la bondad de esperar a que hubiese terminado la Misa que estaba oyendo.

Encarcelado en la Torre de Londres

En el año 1533, Enrique VIII comienza sus maniobras para desembarazarse de Catalina de Aragón, viuda de su hermano, con la cual se había casado con dispensa concedida por Roma del impedimento de afinidad. El deseo del Rey era obtener el divorcio y casarse con Ana Bolena, de la cual se había enamorado. La Santa Sede no concede la nulidad del matrimonio del Monarca, pues era un matrimonio rato y consumado.

Ante la negativa de Roma a los deseos de Enrique VIII, éste se erige en Jefe de la Iglesia en Inglaterra. Tomás Moro es consciente de la gravedad de los hechos y de los derechos de la Iglesia. No se doblega a los caprichos reales y es encarcelado en la Torre de Londres el 17 de abril de 1534 por negarse a afirmar nada  que pudiera ir contra la autoridad del Papa del contenido del Acta de Sucesión aprobada por el Parlamento, aunque estaba dispuesto a jurar todo lo que se refería a los derechos de sucesión, aceptando que podían ser fijados por el Rey y el Parlamento.

En una conversación mantenida con su hija Margarita, Tomás Moro le explicaba: Ya te he dicho que si en esta cuestión me fuera posible dar contento a su Majestad el Rey, sin ofender con ello a Dios, no habría hombre más gozoso de hacer juramento que yo.

Cuando sus amigos intentaron convencerle para que aprobara la conducta de Enrique VIII (que se había dado, después de haber repudiado a su esposa legítima ‑Catalina de Aragón‑ y haberse casado con Ana Bolena, el título de Cabeza de la Iglesia en Inglaterra), y salvar con esta aprobación su vida, teniendo en cuenta que casi todo el clero se había sometido, respondió: Aunque todos los obispos cedieran ante el punto de vista del Soberano, eso no dispensaría a mi conciencia de condenar cuanto el Rey ha hecho.

También su mujer le intentó convencer que prestara el juramento. En la Torre de Londres, donde Tomás Moro estaba prisionero, tuvo la siguiente conversación con su  mujer: Bueno, Alicia, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida?Por lo menos veinte años, Dios mediante, replicó ella.  Mi buena mujer, no sirves para negociante. ¿Es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?

Juicio y condena

El 1 de julio de 1535 fue juzgado bajo una nueva Acta del Parlamento, acusándole de traidor por no querer atribuir al Rey su justo título de jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra. En el juicio, Tomás Moro hizo su propia defensa. El ex‑canciller, magistrado y abogado se manifestó en toda su grandeza, con una admirable y magistral defensa, que, sin embargo, resultó inútil.

Cuando un testigo ‑Master Rich‑ bajo juramento faltó a la verdad, acusando maliciosamente a Tomás Moro, la voz de éste se dejó oír en la sala: Si yo fuese hombre, señores, que no cuidase mis juramentos, obvio es proclamar que ni estaría en este sitio, ni a esta hora, ni en este caso como persona acusada. Y si es verdad, Master Rich, lo que juráis: que jamás vea a Dios cara  a cara. Y no diría esto si no fuese así, aunque me diesen el mundo entero. Y dirigiéndose al perjuro: De veras, me da mayor pesadumbre vuestro perjurio que mi propio riesgo, Master Rich.

Cuando el lord Canciller leía el pliego de la sentencia interrumpió Moro con estas palabras: Lord, cuando yo administraba justicia en semejantes casos, se acostumbraba preguntar al reo antes de la sentencia los motivos que aducía contra ella. El Canciller lord Audley no tuvo más remedio que dejarle hablar. Tomás Moro prosiguió: Considerando que os veo decididos a condenarme ‑¡y Dios sabe cómo!‑ en descargo de mi conciencia manifestaré, llana y libremente, mi parecer sobre la acusación y el estatuto en cuestión. Visto está que la acusación se basa en un Acta del Parlamento que repugna directamente a la ley de Dios y de su Santa Iglesia, cuyo gobierno supremo o el de cualquiera de sus partes ningún príncipe temporal puede asumir por ley, puesto que pertenece legítimamente a la Sede de Roma por especial prerrogativa concedida tan sólo a San Pedro y a sus sucesores, los obispos de dicha Sede, como preeminencia espiritual y por boca de nuestro mismo Salvador cuando en persona estaba presente en la tierra. Resultando de ahí que el Acta es insuficiente entre cristianos para acusar a ningún cristiano.

El Canciller Audley le hizo observar que contra su parecer estaban  las más autorizadas opiniones de los obispos y Universidades de Inglaterra. Tomás Moro repuso: Si de una parte estuviera yo solo y de otra el Parlamento entero, grande sería mi temor a apoyarme únicamente en mi propio criterio. Y aunque el número de esos obispos y Universidades sean tan importantes como vuestra Señoría da a entender, poca razón veo, lord Canciller, para variar mi conciencia. Porque no me cabe duda de que, si no en este reino, sí en la Cristiandad, componen mayoría los hombres virtuosos y los sabios obispos hoy en vida que piensan igual que yo. Esto sin contar a los que ya están muertos, y muchos de ellos santos en el cielo. Estoy positivamente seguro de que la inmensa mayoría pensaron en vida de la misma manera que yo ahora. Por tanto, lord Canciller, no estoy obligado a conformar mi conciencia al Consejo de un reino contra el Consejo General de la Cristiandad. Ya que por cada obispo de los vuestros cuento yo con más de un centenar de los santos obispos mencionados. Y por un Consejo o Parlamento de los vuestros ‑¡y Dios sabe qué clase de Parlamento!‑ cuento con todos los de los demás reinos cristianos. (…) No es sólo por la Supremacía por lo que buscáis mi sangre, sino también por no querer condescender en el asunto del matrimonio.

Con estas palabras dejó bien claro ante el tribunal que la verdadera razón de su condena era el no haber condescendido en el asunto del divorcio del Rey.

Tomás Moro fue condenado a muerte. Después de escuchar la condena se dirigió a los jueces con las siguientes palabras: San Pablo estuvo presente en la muerte de san Esteban y fue también culpable de ella, y sin embargo, fue un gran santo. Espero de verdad y de todo corazón que todos nosotros, aun cuando vosotros me habéis condenado a muerte y me vais a matar, volvamos a vernos un día en el Cielo.

Martirio y glorificación

Fue ajusticiado en la Torre de Londres el 6 de julio de 1535, pocos días después de la ejecución del también mártir Juan Fisher. Beatificado Moro por León XIII el 29 de diciembre de 1886, es canonizado juntamente con Fisher por Pío XI el 9 de mayo de 1935, en el IV Centenario de su muerte.