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Jueves Santo



Jueves Santo

Jesús es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “Yo estoy a tu servicio”. Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros, esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado (Papa Francisco)

El Jueves Santo por la tarde, con la Santa Misa “en la Cena del Señor” comienza el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen de todo el año litúrgico, también el culmen de nuestra vida cristiana. Jesús ofreció a su Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies del pan y del vino y, dando un alimento a los apóstoles, les mandó perpetuar la ofrenda de su memoria. Jesús -como siervo- lava los pies de sus discípulos. Con este gesto profético, Él expresa el sentido de su vida y de su pasión, como servicio a Dios y a los hermanos: “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir”. Esto ha sucedido también en nuestro Bautismo, cuando la gracia de Dios nos lavó del pecado y nos revestimos de Cristo. Esto sucede cada vez que hacemos el memorial del Señor en la Eucaristía: hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha amado. Si nos acercamos a la santa Comunión sin estar dispuestos sinceramente a lavarnos los pies unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor (Papa Francisco).

Viernes Santo

Viernes Santo

Cuando dirigimos la mirada a la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de la cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso nosotros, los cristianos, bendecimos con el signo de la cruz. En otras palabras, no exaltamos las cruces, sino la cruz gloriosa de Jesús, signo del inmenso amor de Dios, signo de nuestra salvación y camino hacia la Resurrección. Y ésta es nuestra esperanza. N el Calvario, al pie de la cruz, estaba la virgen María. A Ella encomiendo el presente y el futuro de la Iglesia, para que todos sepamos siempre descubrir y acoger el mensaje de amor y de salvación de la cruz de Jesús (Papa Francisco).

En la liturgia del Viernes Santo meditamos el misterio de la muerte de Cristo y adoramos la Cruz. Antes de entregar el espíritu al Padre, Jesús dijo: “¡Está cumplido!”: la obra de la salvación está cumplida. Jesús, con su sacrificio, ha transformado la más grande iniquidad en el amor más grande. Hoy hay verdaderos mártires que ofrecen su vida con Jesús al confesar la fe. Qué bello será que todos nosotros, al final de nuestra vida, con nuestros errores, pecados, también con nuestras buenas obras, nuestro amor al prójimo, podamos decir al Padre como Jesús: “Está cumplido”. Adorando la Cruz, mirando a Jesús, pensamos en el amor, en el servicio, en nuestra vida, en los mártires cristianos y también nos hará bien pensar sobre el final de nuestra vida. Ninguno sabe cuando sucederá esto. Pero podemos pedir la gracia de poder decir: Padre, he hecho lo que he podido. Está cumplido (Papa Francisco).

Meditación en la fiesta de San Judas Tadeo

Los Apóstoles son honrados por los cristianos pues ellos nos transmitieron las enseñanzas de Cristo. Hay unos apóstoles de los que se conoce muchas cosas de su vida, por ejemplo, san Pedro y san Juan. Otros aparecen en los Evangelios con motivo de algunas preguntas que hacen al Señor, y aquí citamos a san Felipe, santo Tomás y san Judas Tadeo. Y también de algunos de ellos se narra su vocación, como es el caso de san Mateo y san Bartolomé. El pueblo cristiano, como se ha dicho ya, tiene veneración por estos discípulos pertenecientes al círculo más íntimo del Señor.

Aunque a todos los Apóstoles se le tiene devoción, hay uno al que se le venera con una especial devoción, y una devoción que en la actualidad está muy extendida. Se trata del apóstol san Judas Tadeo. Era pariente, seguidor y apóstol de Jesucristo. El nombre del traidor -Judas Iscariote- que entregó al Maestro ha sido la causa de que durante muchos años san Judas Tadeo estuviera un poco olvidado. Pero la Iglesia siempre le ha honrado e invocado como abogado especial de los casos difíciles y desesperados.

San Judas Tadeo, como los demás apóstoles, aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, transmitidas por san Mateo y san Marcos, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo, y se le cita a continuación de su hermano Santiago el de Alfeo.

            El papa Benedicto XVI, hablando de este apóstol, dijo: No se sabe a ciencia cierta de dónde viene el sobrenombre “Tadeo” y se explica como proveniente del arameo taddà’, que quiere decir “pecho” y por tanto significaría “magnánimo”, o como una abreviación de un nombre griego como “Teodoro, Teódoto” (Discurso 11.X.2006).   

            Se sabe poco de él, aunque el canon del Nuevo Testamento conserva una Carta atribuida a él. En esa epístola se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. Por tradición nos ha llegado que predicó con celo infatigable por Palestina y Mesopotamia, consiguiendo innumerables conversiones y dando por fin su vida en defensa de la Fe. Murió en la ciudad persa de Suanir, martirizado a pedradas y garrotazos.

En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro está hablando, y, entre otras cosas, dice a sus discípulos: No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco y el mundo no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viveréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22). Vemos con esta pregunta la confianza del Apóstol en el trato con el Señor, cómo le pregunta lo que no sabe. Es un ejemplo de cómo hemos de dirigirnos a quien es también nuestro Maestro y Amigo.

Comenta Benedicto XVI esta pregunta de Tadeo: Es una cuestión de gran actualidad; también nosotros preguntamos al Señor: ¿por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él (Jn 14, 22-23).Esto quiere decir que al Resucitado hay que verlo y percibirlo también con el corazón, de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado (Discurso 11.X.2006).

Fue un día de otoño, el 22 de octubre de 1978, un Papa joven, de sólo 58 años, cuando iniciaba su ministerio petrino, en la Plaza de San Pedro, decía con fuerza: ¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas del corazón a Cristo! Sí, sólo con el corazón abierto vemos el rostro amabilísimo de Cristo. Aquellas palabras no dejaron de resonar durante todo su pontificado, y son siempre actuales. Si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a Él, gozaremos de su amistad, de esa amistad que abren las puertas de la vida eterna.

Pondremos nuestra morada en él. Con esta expresión, Cristo hace referencia a la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma, renovada por la gracia.

En el Nuevo Testamento hay una Carta cuya paternidad se le atribuye a san Juan Tadeo. Es una de las llamadas Cartas católicas porque no están destinadas a una sola Iglesia particular determinada -como Roma, Éfeso, etc.-, sino a muchas Iglesias, es decir, a un círculo mucho más amplio de destinatarios. La Carta de san Judas Tadeo se dirige a los que han sido llamados, amados de Dios Padre y guardados para Jesucristo (v. 1). Estas tres características son aplicables a todos los cristianos, pues son expresiones que describen lo que es un cristiano: la vida del cristiano se inicia con la llamada divina, progresa gracias al amor de Dios y culmina en Jesucristo.

San Judas Tadeo, con esta Carta se propuso exhortar a los fieles a combatir por la fe recibida, recordándoles lo que ya habían predicho los Apóstoles sobre la aparición de hombres malvados dominados por sus pasiones. Las noticias de que tales hombres impíos ya se habían introducidos solapadamente en las comunidades cristianas pudieron ser el motivo inmediato de sus letras. El apóstol se sintió, pues, urgido ante la llegada de esas noticias alarmantes sobre la actividad perniciosa de ciertos falsos maestros, que con sus doctrinas erróneas y su conducta perversa ponían en peligro la integridad de la fe de los cristianos.

La fe que ha sido entregada a los santos (v. 3) supone un depósito de verdades ya formado, que el autor sagrado de la Carta quiere defender. Ahora es la Iglesia quien continúa la tarea: Ella es la que guarda la memoria de las Palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la fe de los Apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171). Y también la Iglesia nos previene de los falsos maestros. Si san Judas Tadeo escribió que se han infiltrado hombres malvados en las comunidades cristianas, también en nuestros días hay personas que siembran confusión y repiten viejas herejías. Y debemos vivir esa pasión dominante que es dar buena doctrina, que es combatir por la fe.  

 

Lo decía el venerable Álvaro del Portillo: Hay que salir a los caminos ‑hoy tan llenos de falsos profetas‑, y dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural. Y también el que fue cardenal primado de España, Mons. Marcelo González Martín: Hay que reaccionar vigorosamente contra ese conformismo que en el orden religioso está apoderándose de la sociedad española. No se trata únicamente del pueblo sencillo, al que se manipula desvergonzadamente desde la televisión y otros medios, sino de un sector amplio de hombres y mujeres que se consideran cultos, los cuales reciben con mansedumbre borreguil las consignas y directrices que les dan en materia religiosa y moral ciertos grupos políticos y culturales que se están convirtiendo en dogmáticos definidores de un cristianismo nuevo: el que ellos quieren predicar.

San Judas Tadeo alerta, dice Benedicto XVI, a los cristianos ante todos los que toman como excusa la gracia de Dios para disculpar sus costumbres depravadas y para desviar a otros hermanos con enseñanzas inaceptables, introduciendo divisiones dentro de la Iglesia “alucinados con sus delirios”, así define Judas esas doctrinas e ideas particulares. Los compara incluso con los ángeles caídos y, utilizando palabras fuertes, dice que “se han ido por el camino de Caín”. Además, sin reticencias los tacha de “nubes sin agua zarandeadas por el viento, árboles de otoño sin frutos, dos veces muertos, arrancados de raíz; son olas salvajes del mar, que echan la espuma de su propia vergüenza, estrellas errantes a quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas para siempre” (Discurso11.X.2006).

Para ilustrar mejor la maldad del comportamiento de los intrusos, san Judas destaca la conducta perversa de los falsarios con algunos ejemplos del Antiguo Testamento: Caín, Balaám, Coré y sus seguidores que se rebelaron contra Moisés. Los falsos maestros no tienen inconveniente en asistir a las celebraciones de los cristianos, pero llevan una vida amoral. Participan en las comidas fraternas -ágapes- de los cristianos, donde dan rienda suelta a su gula y propagan sus errores. Son así una mancha, o lo que es lo mismo, un escándalo. Son nubes sin agua, porque no tienen en sí la fecundidad de la palabra divina (Clemente de Alejandría).

Hoy día también hay quienes pretenden introducir costumbres depravadas y quieren que sean aceptadas como buenas, sin ninguna malicia. Por ejemplo, el tema de la homosexualidad. Antes de ver lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre este tema, leamos los versículos 5, 6 y 7 de la Carta de san Judas: Quiero recordaros, aunque sepáis todo esto de una vez para siempre, que el Señor -después de haber salvado al pueblo de la tierra de Egipto- hizo perecer a continuación a los que no creyeron; y que a los ángeles que guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados  en tinieblas con cadenas eternas para el juicio del gran día; también Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas que como ellas se entregaron a la fornicación y siguieron un uso antinatural de la carne, están puestas para escarmiento, sufriendo el castigo de un fuego eterno. En estos versículos se habla del castigo que espera a los impíos.

Los tres ejemplos bíblicos parecen señalar tres vicios fundamentales. El primero: los israelitas incrédulos y murmuradores que perecieron en el desierto son paradigma de incredulidad. En el libro de los Números se narra como el pueblo de Israel -una vez liberado de la esclavitud de Egipto- se rebeló contra Dios, murmurando por las dificultades del trayecto y desconfiando de la ayuda divina. En castigo de esta incredulidad, Dios decretó que toda aquella generación -con excepción de los que había sido fieles- murieran durante los cuarenta años de la marcha por el desierto, sin poder entrar en la tierra prometida. San Judas aplica las enseñanzas de este suceso a la situación de los cristianos: han sido liberados de la esclavitud del pecado en el Bautismo, y tiene a la vista la tierra prometida del Cielo. Sin embargo, mientras están en camino, deben perseverar en aquella fe transmitida de una vez para siempre y llevar una vida conforme a ella.

El segundo: los ángeles que pecaron y se rebelaron contra Dios. Éstos fueron castigados inmediatamente, y su castigo se hará patente -como el de los demás condenados- en el juicio final. Los ángeles caídos son manifestación de desobediencia y soberbia. Y el tercero: las perversiones de Sodoma y Gomorra son prototipo de impureza. Aquí se condena explícitamente la homosexualidad. Los habitantes de Sodoma y Gommorra estaban especialmente depravados: sus perversiones -incluso pecados contra la naturaleza (sodomía) eran proverbiales. Toda aquella región fue destruida y sus ciudades quedaron para siempre como prototipo del severo castigo que Dios infringe a los impíos.

Apoyándose en éste y otros textos de la Biblia, la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.357).

Sufriendo el castigo de un fuego eterno. San Judas Tadeo no tiene ningún reparo de hablar de castigos eternos. En nuestros días no se habla del infierno. Pero es un error. Jesucristo se refiere varias veces a ese lugar de castigo. La eternidad del castigo manifiesta el carácter irrevocable del juicio divino. La fe de la Iglesia se ha hecho eco de esta expresión al ilustrar las penas que los condenados sufren en el infierno. Quienes correspondieron al Amor y a la Piedad de Dios irán a la vida eterna; quienes lo rechazaron hasta el fin, al fuego inextinguible (Credo del Pueblo de Dios, n. 12).

La doctrina cristiana enseña una y otra vez la existencia del castigo eterno, del infierno. Esta verdad no se ha revelado para provocar terror, sino para estimular a la conversión y a la perseverancia en el bien. A muchos hombres les ha hecho volver al buen camino. Hay infierno. Una afirmación que, para ti, tiene visos de perogrullada. -Te la voy a repetir: ¡hay infierno! Hazme tú eco, oportunamente, al oído de aquel compañero… y de aquel otro (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 749).

Comentando la Carta de San Judas dice Benedicto XVI: Hoy no se suele utilizar un lenguaje tan polémico, que sin embargo nos dice algo importante. En medio de todas las tentaciones, con todas las corrientes de la vida moderna, debemos conservar la identidad de nuestra fe. Ciertamente, es necesario seguir con firme constancia el camino de la indulgencia y el diálogo, que emprendió felizmente el concilio Vaticano II. Pero este camino del diálogo, tan necesario, no debe hacernos olvidar el deber de tener siempre presentes y subrayar con la misma fuerza las líneas fundamentales e irrenunciables de nuestra identidad cristiana (Discurso 11.X.2006).

La identidad cristiana exige fuerza, claridad y valentía ante las contradicciones del mundo en que vivimos. San Judas Tadeo anima a que siempre tengamos muy presente esta identidad. Pero vosotros, carísimos -nos habla a todos nosotros-, edificándoos por vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tratad con compasión a los que vacilan: a unos procurad salvarlos, arrancándolos del fuego; a otros tratadlos con misericordia, pero con precaución, aborreciendo hasta la túnica contaminada por su carne (vv. 20-23). Los cristianos han de tratar siempre con misericordia a los que se apartan de la buena doctrina, a la ve que evitan el peligro para sus almas. Decía san Agustín: Es propio de los perfectos que en los pecadores no odien más que los pecados; y que amen a esos mismos hombres 

La Carta termina con una bellísimas palabras: Al que es poderoso para guardaros sin tropiezo y presentaros sin tacha y con júbilo delante de su gloria, al único Dios, Salvador nuestro por medio de Jesucristo nuestro Señor, la gloria, la majestad, el imperio y la potestad, desde siempre y ahora y por todos los siglos. Amén (vv. 24-25).

San Judas Tadeo vivió en plenitud su fe, a la que pertenecen grandes realidades, como la integridad moral y la alegría, la confianza y, por último, la alabanza, todo ello motivado sólo por la bondad de nuestro único Dios y por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. Pidamos a Santa María, Reina de los Apóstoles que nos ayude a redescubrir siempre y a vivir incansablemente la belleza de la fe cristiana, sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad.

Meditación de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús

Los judíos, como era el día de la Parasceve, para que no quedasen en la cruz el día de sábado, por ser día grande aquel sábado, rogaron a Pilato que les rompiesen las piernas y los quitasen. Vinieron, pues, los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que estaba crucificado con Él; pero llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con la lanza el costado y al instante salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; él sabe que dice verdad para que vosotros creáis; porque esto sucedió para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”. Y otra Escritura dice también: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, ­31‑37).

San Buenaventura comenta: Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna. El Corazón de Jesús es fuente de vida y santidad.

También podemos considerar que Dios permitió que Longinos atravesara con una lanza el costado, para que a través de la llaga nos resulte más fácil llegar al Corazón Sacratísimo y Misericordioso  de Jesús.

La devoción al Corazón traspasado de Jesucristo fue muy común en la Edad Media. Más tarde, ya en la Edad Moderna, las apariciones a Santa Margarita María de Alacoque dieron un gran impulso a todo lo referente al Sagrado Corazón de Jesús. El mismo Jesucristo expresó su deseo a la santa de que instituyera la fiesta del Sagrado Corazón. He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y de los cuales es tan poco amado. Se trata, pues, de una fiesta de reparación al Amor que no es amado, reparación honrosa que glorifica los triunfos pacíficos de ese Amor eterno.

La fiesta de hoy nos habla del amor divino. El amor se nos revela en la Encarnación, en ese andar redentor de Jesucristo por nuestra tierra, hasta el sacrificio supremo de la Cruz. Y, en la Cruz, se manifiesta con un nuevo signo: uno de los soldados abrió a Jesús el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Agua y sangre de Jesús que nos hablan de una entrega realizada hasta el último extremo, hasta el consummatum est, el todo está consumado, por amor (San Josemaría Escrivá).

La Iglesia nos invita en esta fiesta a penetrar más en el misterio del amor de Jesús, de ese amor infinito de Dios a los hombres que se nos ha mostrado en Jesucristo. Es un amor sin medida, que le llevó a dar su vida por nosotros, a la entrega plena y total, para salvarnos de nuestros pecados.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús ha dado frutos sabrosos de conversión, de entrega, de cumplimiento de la voluntad de Dios, de penetración amorosa en los misterios de la Redención (San Josemaría Escrivá).

Uno de sus discípulos, al que Jesús amaba, estaba recostado en el seno de Jesús (Jn 21, 23). San Juan Evangelista en la Última Cena recostó su cabeza en el pecho del Maestro. Que tú y yo también nos acerquemos al Señor para sentir los latidos de su Corazón. Ese Corazón que late aquí en el Sagrario, y también junto a nuestro corazón cuando comulgamos. A mí se me llena el alma de ilusión, cuando veo que todos podemos acercarnos a Cristo con confianza, y correr a su vera, arrastrando nuestras miserias, y sentirnos seguros a su lado, seguros de su bondad, de su ayuda (San Josemaría Escrivá).

Penetrar en el Corazón de Jesús es descubrir el amor paternal de Dios que se compadece ante las enfermedades y dolencias del cuerpo, y sobre todo ante la miseria espiritual de sus hijos. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). El Sagrado Corazón de Jesús nos habla de misericordia.

Un Corazón que se conmueve ante la muerte de un amigo. Viéndola Jesús llorar, y que lloraban también los judíos que venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó.  Lloró Jesús, y los judíos decían: ¡Cómo le amaba! (Jn 11, 33. 35).

La misericordia de Dios aparece repetidas veces en el Evangelio, especialmente en esa serie de parábolas llamadas, precisamente, parábolas de la misericordia. Cristo, Encarnación de la infinita misericordia de Dios, ha dirigido a la humanidad su mensaje de verdad y de esperanza, ha obrado prodigios, ha asegurado el perdón de los pecados, pero sobre todo, se ha ofrecido al padre en un gesto de inmenso amor, víctima de expiación por nuestros pecados (Juan Pablo II).

Hemos de acudir a la misericordia de Dios. Somos pecadores. Debemos hacer muchas veces de hijo pródigo. Hay que implorar la clemencia de Dios, como hizo el rey David después de su doble pecado.

El Sagrado Corazón a veces es representado con espinas, Esas espinas son los pecados de los hombres. Y por tanto, hay que desagraviar. En primer lugar por los pecados propios. Y le dirán… ¿qué heridas son ésas que llevas en las manos? Y Él responderá: Estas llagas que ensangrientan mis manos me las hicieron en la casa de aquellos que me amaban (Za 13, 6). Y por los pecados de toda la humanidad.

Hay que desagraviar por las infidelidades y los sacrilegios, por los odios y los rencores, por las blasfemias y las profanación de los días santos, por las impurezas y los escándalos, por los hurtos y las injusticias, por los insultos hechos a los ministros sagrados y los abusos de los sacramentos.

Queremos ofrecer nuestra vida,  nuestra dedicación sin reservas y sin regateos, como expiación por nuestros pecados; por los pecados de todos los hombres, hermanos nuestros; por los pecados cometidos en todos los tiempos, y por los que se cometerán hasta el fin de los siglos: ante todo, por los católicos, por los elegidos de Dios que no saben corresponder, que hacen traición al amor de predilección que el Señor les ha tenido.

 

Unidos al Corazón de Jesús, haremos de nuestra vida entera una ofrenda, un acto de reparación. Nuestra dedicación completa al Señor es ya desagravio por nuestros pecados y por los de todos los hombres; pero es menester que la entrega sea siempre vibrante, que abandonemos a Jesús, que estemos siempre junto a su Corazón, alegres en el sufrimiento

María Corredentora, que sintió su Corazón atravesado por una espada, y que estuvo de pie junto a la Cruz de su Hijo, nos ayudará a estar cerca del Corazón de Jesús, a desagraviarle de continuo, y especialmente cuando veamos que le ofenden, cuando por nuestras mismas faltas no estamos despiertos y vigilantes.

 

Meditación: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, introducida hace no muchos años en el calendario litúrgico propio de España a instancias del Siervo de Dios José María García Lahiguera. La primera vez que se celebró esta fiesta fue 6 de junio de 1974, jueves posterior a Pentecostés. Es un día para hablar del sacerdocio y pedir por todos los sacerdotes de la Iglesia Católica. El Siervo de Dios al que nos hemos referido fundó una Congregación de religiosas contemplativas (Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote) que tienen como fin ofrecer sus vidas por la santidad de los sacerdotes, y rezar también por los seminaristas.

En la Antífona de entrada de la Misa de la fiesta nos encontramos con estas palabras de la Carta a los Hebreos: (Cristo), mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre tiene el sacerdocio que no pasa (Hb 7, 24). Ha tomado nuestra naturaleza en las entrañas de la Virgen María, para ser mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2, 5) y después de ofrecer el Sacrificio de su vida, está sentado a la derecha del Padre y vive siempre para interceder por nosotros (Hb 7, 25). Con su incesante mediación sacerdotal en el Cielo, nos obtiene el perdón de los pecados -que ha expiado de una vez por todas con su muerte en el Calvario- y la efusión del Espíritu Santo, fruto de la Cruz.

Esta realidad de su mediación en la gloria nos llena de paz y nos anima a acudir confiadamente a la misericordia divina. Pero además, Nuestro Señor Jesucristo continúa ejerciendo su sacerdocio en la tierra, a través de su Cuerpo místico. Por eso nosotros ahora damos gracias a Dios porque -como se dice en el prefacio de la Misa de hoy- constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.

Escribió un Padre de la Iglesia: Los sacerdotes han recibido un poder que Dios no ha dado ni a los ángeles ni a los arcángeles… Dios sanciona allá arriba todo lo que los sacerdotes hagan aquí abajo (San Juan Crisóstomo). Grande es la dignidad del sacerdote, y también inmensa su responsabilidad.

En un mundo como el nuestro, tan expuesto a tentaciones que apartan al hombre del misterio de Dios, el sacerdote, como buen pastor, tiene que ser transparencia del rostro misericordioso de Jesús, el único que salva; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral (Juan Pablo II, Homilía 12.VI.93).

Pidamos a Dios por la santidad de los sacerdotes. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

En cualquier momento importante de su vida, el cristiano encuentra a su lado al sacerdote… Apenas el hombre nace a la vida, el sacerdote lo recibe con el Bautismo, infundiéndole una vida más noble, preciosa, que es la vida sobrenatural, y lo hace hijo de Dios y de la Iglesia. Para fortalecerlo y que esté mejor dispuesto para combatir con generosidad las luchas espirituales, un sacerdote revestido de especial dignidad -un Obispo- le hace soldado de Cristo por medio de la Confirmación. En cuanto es capaz de discernir y apreciar el Pan de los Ángeles el sacerdote le alimenta y reconforta con este manjar vivo y vificante. Si ha caído, el sacerdote lo levanta en nombre de Dios y lo reconcilia por medio de la Penitencia. Si Dios lo llama para formar una familia y para colaborar con Él en la transmisión de la vida humana en el mundo…, el sacerdote es tá allí para bendecir sus bodas y su amor limpio. Y cuando el cristiano, ya en los umbrales de la eternidad, necesita fuerza y ánimos para presentarse ante el Juez divino, el sacerdote se inclina sobre los miembros doloridos del moribundo, le perdona y le da ánimo con el Óleo Santo. Por tanto, desde la cuna hasta la sepultura, e incluso hasta el cielo, el sacerdote está junto a los fieles, como guía, aliento, ministro de salvación, distribuidor de gracias y bendiciones (Pío XI, Encíclica Ad Catholici Sacerdotii).

El alma sacerdotal que es propia de todo baurizado, no se queda en buenos deseos. Dios se lo hizo ver muy vivamente a san Josemaría Escrivá en un preciso momento, mientras ejercía el ministerio sacerdotal en el Patronato de Santa Isabel. Su actividad apostólica era muy intensa, pero el Señor le urgía más, y quería que nos trasmitiera esa urgencia a todos sus hijos. Hay que amar con obras -predicaba en un curso de retiro en el año 1948-; de este modo no tendrás que escuchar lo que escuché yo, pegado a la reja de la clausura de aquellas buenas monjas, al darles un día la Comunión: obras son amores y no buenas razones. Y no hay más: ¡obras, no palabras! Obras que consisten en aceptar aquella invitación de Cristo: si quis vult post me venire, abneget semetipsum et tollat crucem suam et sequatur me (Mt 16, 24); si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz y me siga.

El alma sacerdotal exige abnegación -renuncia al propio yo-, y crece en la medida en que morimos a nosotros mismos, como el grano de trigo que, si no muere queda infecundo, pero si muere da mucho fruto (Jn 12, 24). Lo propio del sacerdocio es ofrecer sacrificios por los pecados (Hb 5, 1), y renunciar a mí mismo es sacrificarme. De nada vale el ofrecimiento de cosas externas sin el sacrificio de la propia voluntad, como diremos en el Salmo responsorial: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas (…). Entonces yo digo: “Aquí estoy -como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad”.

Procuremos tener los mismos sentimientos del Corazón de Jesús. Lo nuestro es afán de corredimir con Cristo, que es la sustancia del alma sacerdotal. Es conmovedor ver al Señor cansado. Además tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar  algo de comer. Y tiene sed. Pero junto a la fatiga del cuerpo tiene sed de almas. Y cuando llega la samaritana, aquella mujer pecadora, el alma sacerdotal de Cristo se vuelca, solícita, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio y el hambre y la sed (San Josemaría Escrivá).

Para tener afán de almas es preciso purificarse del amor propio y vencer, con ayuda de la gracia, el miedo al dolor y la resistencia al sacrificio. Hay que repetir muchas veces con Jesús: no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). El alma sacerdotal nos lleva a ser almas entregadas, a desagraviar, a reparar en medio de las tinieblas que hay en este mundo.

¿Estamos tú y yo enamorados del sacrificio? Porque un alma sacerdotal no teme el sufrimiento, sino que lo abraza cuando llega, como Cristo; ni teme la muerte, postrer sacrificio y puerta de la vida. No se empequeñece por las contrariedades o las limitaciones personales, o por la falta de medios, replegándose en la pasividad, pues se sabe audazmente instrumento de Cristo. Ni se enfría en un ambiente paganizado, sino que, al contrario, siente la responsabilidad de vibrar con un amor más encendido. Las dificultades de cualquier género no hacen más que espolear su amor al sacrificio y nunca dice basta, consciente de que al abrazarlo con generosidad está triunfando Cristo. y Él premia esa entrega humilde con la felicidad de su presencia y de su trato.

Nos ha elegido el Señor para santificar el mundo desde dentro, devolviendo a todas las cosas su noble y original sentido, que el pecado trastocó, y ofreciéndolas por Cristo, con Él y en Él para la gloria de Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo. Nos ha querido y nos ha puesto Dios, como cristianos y ciudadanos corrientes, no para que seamos como los demás siguiendo cualquier moda, sino para ayudarles a ser como Cristo.

Éste es el camino para transformar el mundo, que la fe muestra al alma sacerdotal: el camino de la identificación con Cristo en la Cruz. Cuando esa visión sobrenatural se debilita, aparecen los conflictos: resulta difícil distinguir entre el mundo y lo mundano, surge la tentación de pensar que el sacrificio y el desprendimiento de muchas cosas de esta tierra apartan de los demás… Entonces, si no reacciona con energía, el alma se desliza poco a poco hacia una vida aburguesada, mimetizada con el ambiente, y pierde la sal y la luz.

Plenamente identificado con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, podemos estar ciertos de que continúa implorando esa intención ante la Santísima Trinidad.

 

Fiesta de la Visitación de la Virgen María a santa Isabel

La Visitación

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que te han dicho de parte del Señor”.

            María exclamó: “Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre”.

            María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa (Lc 1, 39-56).  

 

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Mensajera de la salvación

Se contempla en este episodio evangélico la Visitación de Nuestra Señora a su pariente santa Isabel, que es el segundo misterio de gozo del Santo Rosario.

Como es propio del sol alumbrar y del agua humedecer, así también es propio y natural de la infinita bondad de Dios, el comunicarse a sus criaturas, repartiendo con largueza sus dones, para atraernos con el suave imán de sus amorosos beneficios. Esta misma conducta observó María en el Misterio que meditamos; pues desde aquel Fiat admirable por el cual llegó a ser Madre de Dios, consintiendo en las promesas de la embajada celestial, quiso ya comunicar el sumo Bien que poseía, haciendo partícipe a su prima Isabel (Rafael de la Corte y Delgado, Novena de Nuestra Señora de la Cinta).  

Ejemplo de caridad

La Virgen María al conocer por la revelación del arcángel san Gabriel que su pariente santa Isabel ha concebido un hijo en su ancianidad y que está en el sexto mes del embarazo, se hace cargo de la necesidad de ayuda en que se halla su pariente. Y movida por la caridad, se apresura a prestarle los servicios que necesite.

Es un ejemplo maravilloso de caridad, de espíritu de servicio, de olvido de sí mismo. La Virgen no repara en dificultades ni en las incomodidades del viaje. Marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá donde se hallaba su pariente Isabel. El viaje emprendido desde Nazaret, que posiblemente lo hizo acompañada por san José, suponía en aquella época una duración de cuatro días. No era, pues, un trayecto corto el que hubo de recorrer Santa María.

Este hecho de la vida de la Virgen tiene una clara enseñanza para los cristianos: han de aprender de Ella la solicitud por los demás. No se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 145).

En el Evangelio están estas palabras del Señor: El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir (Mt 20, 28). El espíritu de servicio caracteriza a quienes desean seguir a Cristo. Y es incompatible con la soberbia. Sin humildad no es posible servir.

Grandeza de servir: sólo cuando se sirve se es útil a los demás. Servicio hecho por Amor, sin buscar recompensas o compensaciones. El espíritu de servicio, que es caridad, ayuda a renunciar a fines personales y facilita el olvido de sí.

Mujer modelo de fe

Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que te han dicho de parte del Señor. Isabel alaba la fe de María. No ha habido fe como la de la Virgen; en Ella tiene el hombre el modelo más acabado de cuáles han de ser las disposiciones de la criatura ante su Creador: sumisión completa, acatamiento pleno.

María es Virgen de la Fe, porque se confió totalmente a Dios, prestándole el homenaje del entendimiento y asentimiento de la voluntad a la revelación hecha por Él. Así cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Por eso, los Santos Padres afirman que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la Virgen María mediante su fe.

La fe incondicionada y sin temores en la presencia cercana del Señor ha de ser la brújula que oriente vuestra vida de trabajo y de familia hacia Dios, de donde viene la luz y la felicidad. El mundo en que vivimos necesita -como vosotros- esta fe, este faro de luz. Olvidarse de Dios, como pretenden las tendencias materialistas significaría hundirse en la soledad y en la tiniebla, quedarse sin rumbo y sin guía. Por eso (…) os animo encarecidamente a que cultivéis la fe recibida. Conocéis ya cómo acercaros a Cristo, cómo estar con Él, siendo discípulos de su persona y de su mensaje; y de esta experiencia propia han de beneficiarse vuestras familias y cuantos (…) se acerquen a vosotros, aun los que quizá no han oído el mensaje evangélico (Juan Pablo II, Discurso 9.XI.82). Por tanto, vida de fe debe ser la vida del cristiano, y entonces habrá eficacia en el apostolado, porque se cumplirán todas las cosas que son dichas al hombre de parte de Dios.

Lección de humildad

Después de escuchar las palabras de su pariente, Santa María pronuncia el cántico del Magnificat. Es todo un canto de alabanza a Dios y de manifestación de humildad. María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador. Esta maternidad es el motivo por el cual la llamarán bienaventurada todas las generaciones. También Santa María muestra cómo en el misterio de la Encarnación que se ha obrado en Ella se manifiestan el poder, la santidad y la misericordia de Dios.

Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava. El alma humilde ante los favores de Dios se siente movida al gozo y al agradecimiento. En la Santísima Virgen el beneficio divino sobrepasa toda gracia concedida a criatura alguna. Y el Corazón de Nuestra Señora manifiesta incontenible su gratitud y su alegría.

Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo. Ella ha sido elegida para ser Madre de Dios. Y Dios la ha colmado de gracias. Con sus palabras, la Virgen dirige la alabanza a Dios. Éste premia la humildad de María con el reconocimiento por parte de todos los hombres de su grandeza: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Esto se cumple cada vez que alguien reza el Avemaría, que es un clamor de alabanza a la Madre de Dios sin interrupción en toda la tierra.

Desde los tiempos más antiguos la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de “Madre de Dios”, a cuyo amparo acuden los fieles, en todos sus peligros y necesidades, con sus oraciones. Y sobre todo a partir del Concilio de Éfeso, el culto del pueblo de Dios hacia María creció maravillosamente en veneración y amor, en invocaciones y deseo de imitación, en conformidad de sus mismas palabras proféticas: “Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso” (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen gentium, n. 66).

Lección de humildad que se aprende en la Escuela de María. El deseo del cristiano es parecerse a su Madre celestial, María. Y como Ella, el creyente debe buscar siempre, en todas sus acciones, sólo la gloria de Dios.

En el Magnificat María habla de la misericordia de Dios, que se derrama de generación en generación. Ella es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Por eso, también se la llama Madre de misericordia. Es, por tanto, sus palabras del cántico del Magnificat como una invitación materna para que se acuda confiadamente a Dios, que es rico en misericordia.

Enseñanza sobre la vida familiar

Este segundo misterio de gozo, el viaje de Nazaret a Ayn Karim y los meses que pasó María en casa de Zacarías y de Isabel, también invita a pensar en la vida familiar. Acompaña con gozo a José y a Santa María… y escucharás tradiciones de la Casa de David (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Segundo misterio gozoso).

También el hogar de cada familia cristiana debe ser reflejo del hogar de Nazaret, de esa casa humilde donde pasó Cristo Jesús la mayor parte de su vida terrena, santificando la vida familiar; y tener el encanto de la casa de Isabel, donde la Virgen María vivió jornadas llenas de caridad fina.

No es difícil imaginarse las sobremesas -las tertulias- en la casa de Zacarías y de Isabel durante la estancia de Santa María, al principio acompañada de san José, hasta que éste regresó a Nazaret, y después, todo el tiempo que permaneció hasta el nacimiento de Juan. Serían ratos llenos de alegría, de amabilidad, de delicadeza, de estar pendiente de los demás.

Escucharás tradiciones de la Casa de David. En un hogar verdaderamente cristiano es donde crece y se desarrolla la fe de los niños, al oír hablar a sus mayores, en una auténtica catequesis familiar, de Dios, de los misterios de la vida de Jesucristo. Además, las prácticas de piedad y devociones marianas, al verlas hechas realidad en las vidas de sus padres, les llevan al amor de Dios y a una tierna devoción a la Virgen María.

Que el ejemplo que Santa María da con su estancia en casa de santa Isabel mueva a los cristianos a valorar el tiempo que hay que dedicar a la vida de familia.

En la fiesta del apóstol san Felipe

Meditación sobre san Felipe

Jesús subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a Él, y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios (Mc 3, 13-14). En el Nuevo Testamento aparecen cuatro listas de los doce apóstoles. Y en todas ellas aparece en quinto lugar el nombre de Felipe.

Las noticias que tenemos del apóstol Felipe nos la proporciona san Juan en su evangelio. Era natural de Betsaida, del mismo lugar de donde procedían san Pedro y san Andrés. Betsaida era una pequeña localidad situada a las orillas del lago de Genesaret, también llamado de Tiberíades, en honor del emperador Tiberio, y pertenecía a la tetrarquía de uno de los hijos de Herodes el Grande, el cual también se llamaba Felipe.

San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Fue muy sencillo: Una mañana, junto al río Jordán, Felipe se encontró con el Señor que, en compañía de sus primeros discípulos, se encaminaba a Galilea. Cristo vio a Felipe, lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Y le dijo Jesús: sígueme. “Sígueme”, que quiere decir: “Imítame”. Sin un instante de vacilación, Felipe se puso en camino detrás del Maestro.

Tan fuerte prendió la llamada en su corazón, que en cuanto vio a Natanael, amigo suyo, no puede menos de transmitirle el gozo de su descubrimiento, y, lleno de emoción, le dijo: hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe no se rinde, no se echa atrás, y replica con decisión: ven y lo verás (Jn 1, 46).

Vemos cómo la llamada divina llevó a Felipe, cuando aún era una vocación reciente, a hacer apostolado. Ven y lo verás, dijo a Natanael cuando éste puso alguna resistencia a abandonar su siesta, su comodidad, para ir al encuentro de Cristo, del Mesías esperado. Felipe no confió en sus propias explicaciones, sino que le invitó a acercarse personalmente hasta Jesús.

El papa Benedicto XVI explica la contestación que dio Felipe a Natanael, diciendo: Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió: “Venid y lo veréis”. Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: “Ven y lo verás”. El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella (Discurso, 6.IX.2006).

No olvidemos que Cristo Jesús eligió a sus apóstoles con la finalidad principal de que estuvieran con Él, es decir, de que compartieran su vida y aprendieran directamente de Él no sólo el estilo de su comportamiento, sino sobre todo quién era Él realmente, pues sólo así, participando en su vida, podían conocerlo y luego anunciarlo.

San Pablo escribió a los cristianos de Éfeso que lo importante es aprender de Cristo. Por tanto, lo importante no es sólo ni sobre todo escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerlo a Él personalmente, es decir, su humanidad y divinidad, su misterio, su belleza. Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo; más aún, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerlo a fondo si permanecemos alejados de Él? La intimidad, la familiaridad, la cercanía nos hace descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a “venir” y “ver”, es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta y de comunión de vida con Jesús, día tras día (Benedicto XVI, Discurso 6.IX.2006).

Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el “hombre perfecto” que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle, a imitarle. Éste es el sentido único de la vida: conocer a Cristo. Acerquémonos a Cristo que es maestro y amigo, que nos brinda el calor de su amistad divina, que, como a Felipe, nos dice a cada uno de nosotros: sígueme. Y respondamos a la invitación divina como lo hizo el apóstol, con una respuesta afirmativa.

Debemos seguir a Cristo. Si seguimos a Cristo y llevamos a los demás hombres tras de Él, entonces el camino de nuestra vida terrena estará lleno de paz aun en medio de las tempestades. Si perseveramos en nuestro camino terreno en pos de Cristo, en la eternidad gozaremos de su misma felicidad. Vale la pena dar todo, renunciar a todo, incluso a la vida, para merecer ser contado entre los amigos de Cristo. Vale la pena.

Se narra en el cuarto Evangelio que algunos griegos que se encontraban en Jerusalén con motivo de la Pascua se dirigieron a Felipe y le rogaron, diciendo: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue y se lo dijo a Andrés; Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús (Jn 12, 21-22). Vemos que actúa como intermediario entre la petición de algunos griegos y Jesús. Esto nos enseña a estar también nosotros dispuestos a acoger las peticiones y súplicas, vengan de donde vengan, y a orientarlas hacia el Señor, pues sólo Él puede satisfacerlas plenamente. Es importante tener en cuenta que no somos nosotros los destinatarios últimos de las peticiones de quienes se nos acercan, sino el Señor: tenemos que orientar hacia Él a quienes se encuentran en dificultades. Cada uno de nosotros debe ser un camino abierto hacia Cristo.

Tenemos que agradecerle a Felipe una intervención suya poco afortunada. Ocurrió en el Cenáculo, cuando Cristo, en aquella Última Cena entrañable, anuncia a los Apóstoles que va a disponerles un lugar en la casa del Padre, y que luego volverá para llevarlos consigo. Felipe, quizá interrumpiendo el discurso del Maestro, en un momento en que está hablando de la unidad del Padre y del Hijo, le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? (…) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí (Jn 14, 9-11).

San Agustín comenta este pasaje evangélico y dice que Jesús reprende al apóstol porque aún no le conoce, cuando resulta que sus obras eran propias de Dios: caminar sobre las olas, mandar a los vientos, perdonar los pecados, resucitar a los muertos. Éste es el motivo de la reprensión: el no haber conocido su condición de Dios a través de su humana naturaleza. Pero nosotros no le reprendemos sino que le damos las gracias, porque por aquella pregunta suya es ocasión de una gran revelación de Jesucristo: ¿no crees que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí? El Señor habla de la unidad sustancial de las tres Personas divinas, y a través de su Humanidad Santísima ‑ese cuerpo y esa alma que había querido asumir para salvarnos‑ nos manifiesta la Divinidad y es el sacramento originario del que manan todas las gracias.

La respuesta de Jesucristo a Felipe es una auténtica revelación. La comenta Benedicto XVI de la siguiente forma: Al final del Prólogo de su evangelio, san Juan afirma: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del padre, él lo ha revelado” (Jn 1, 18). Pues bien, Jesús mismo repite y confirma esa declaración, que es del evangelista. Pero con un nuevo matiz: mientras que en el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios (Discurso 6.IX.2006).

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores (Hechos de Felipe y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, el martirio, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue la crucifixión y según otros, lapidación.

Felipe, como hicieron también los demás Apóstoles, sin más medios que la fe en Cristo y animado por una esperanza segura y alegre, después de la Ascensión del Señor, dedicó su vida a evangelizar, a implantar la doctrina cristiana. Extendió la semilla divina con el ejemplo y con la palabra

Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las promesas del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres. Por esto, la predicación apostólica puede llamarse evangelio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo.

También es misión nuestra evangelizar, dar a conocer a Cristo. En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los nos creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo.

Concluimos recordando el objetivo el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con Él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.

A la Virgen María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la Evangelización, le encomendamos toda nuestra tarea apostólica. Seguro que Ella dará fecundidad a la siembra de la buena doctrina que realicemos.