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La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XVI)

Real e Ilustre Hermandad Sacramental de San Francisco, Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Expiración, María Santísima del Mayor Dolor, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Esperanza Coronada

Eclipsado el sol, tinieblas y oscuridad llenan la tierra. Desde la hora sexta hasta la hora nona del día catorce de Nisán, en las afueras de Jerusalén, en una cruz agoniza Jesús. Se oscureció el sol y el velo del Templo se rasgó por medio. Una gran voz del Señor precede su muerte; una voz… un grito con eco de siglos -un eco que transmite palabras divinas- se oye en medio de hechos portentosos -señales del carácter divino de la expiración de Cristo- que manifiestan la magnitud y gravedad de la muerte del Redentor. Encomienda su espíritu al Padre, e inclinando la cabeza entrega su alma… atraviesa la barrera de la muerte.

En el momento cumbre de su existencia terrena, en el abandono aparentemente más absoluto, Jesucristo hace un acto de suprema confianza, se arroja en los brazos de su Padre, y libremente entrega su vida. Cristo no murió forzado ni contra su voluntad, sino cuando quiso. En Cristo nuestro Señor fue cosa singular que murió cuando Él quiso morir, y que recibió la muerte no tanto producida por fuerza extraña como voluntariamente. Pero no sólo escogió la muerte, sino que también determinó el lugar y el tiempo en que había de morir; por eso escribió Isaías: “Se ofreció en sacrificio porque Él mismo quiso”. Y el Señor antes de su Pasión, dijo: “Doy mi vida para tomarla de nuevo. Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo” (Catecismo Romano).

En la Semana Santa de Huelva está “perpetuado” ese instante único y decisivo en la historia de la Humanidad, el de la muerte de Nuestro Señor, con el “paso” del misterio de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración. Antes de morir Jesús, dando una gran voz, dijo: Todo está consumado. Este grito de Cristo resuena como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Cuando cae su Sangre, derramada por nosotros, Jesús con una fuerza increíble en un moribundo, grita: Consummatum est! En el cuerpo destrozado del Señor se ha reanudado la amistad entre Dios y el hombre: ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama” (Robert H. Benson). Todo está consumado, porque Cristo ha cumplido la misión por la que vino al mundo. Se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. Desde el momento de la muerte del Señor ya no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar.

Los cuatro evangelistas narran la muerte de Cristo. San Mateo dice: entregó el espíritu, que es un modo de expresar la muerte real de Cristo, que en su caso, como en el de cualquier otro hombre, se caracterizó por la separación de alma y cuerpo. San Marcos da escuetamente el testimonio del hecho: Jesús, dando una gran voz, expiró. San Lucas escribe: Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y diciendo esto expiró. San Juan recoge el cumplimiento de la Escritura: “Tengo sed”. Había allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza entregó el espíritu. El suplicio de la cruz llevaba consigo la natural deshidratación. Y de ahí que Cristo dijera: Tengo sed. Para también se puede ver en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar todas las almas. Su sed es de almas; su sed es ansia de redención; su sed es manifestación de su alma sacerdotal; su sed es salvar a todos. Pidámosle al Señor tener sus mismos sentimientos redentores y deseos de desagraviar. No olvidemos que la causa de la muerte del Señor fue nuestro pecado. Jesucristo muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados.

Cristo culmina en este momento su entrega a la voluntad del Padre. Así se lleva a cabo la Salvación del género humano y se nos da la mayor prueba del amor de Dios. Esta fidelidad de Jesús hasta la muerte ha de ser un estímulo permanente para nuestra perseverancia hasta el fin, conscientes de que sólo quien es fiel hasta la muerte recibirá la corona de la vida.

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Jesucristo, al final de su vida, primeramente nos deja la Eucaristía, la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales. Por ella vive con nosotros siempre y en todas las partes; nos habla a toda hora, y con su palabra nos ilumina, con su consejo nos guía, con su fuerza nos sostiene, con su virtud nos santifica, con su amor nos embriaga santamente y con su presencia nos consuela (Beato Marcelo Spínola). Después, con su muerte nos abre las puertas del Cielo; da su vida por nosotros, para que podamos tener vida eterna. Y antes de expirar, nos a su Madre como madre nuestra.

En el “paso” del misterio, además de la imagen de Cristo crucificado, están las imágenes de la Virgen María, la Magdalena y san Juan. Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba que estaba allí, dijo a su madre: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Después dice al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. Al pie de la Cruz María, con el mayor dolor, participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora. La Virgen María quiso asociarse a la obra de nuestra salvación. Unida especialmente a Cristo, su corazón de madre se ve traspasado por un dolor hecho de entrega. Ella, en el momento de la Anunciación del ángel, dijo: Hágase en mí según tu palabra. En el Calvario volvió a renovar esa entrega total, absoluta, a los planes de Dios. Y Jesús sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, le entrega un nuevo hijo para que cuide de Ella. Juan es el elegido para custodiar a María. Y él, desde aquella hora, la introduce en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Desde entonces Santa María es Madre de todos los hombres y particularmente de los cristianos. Ella ha tomado bajo su protección materna a toda la familia humana. La Virgen es nuestra Madre y nosotros invocaremos su nombre especialmente en el Avemaría; y también en las demás oraciones y jaculatorias -oraciones breves- que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos. Y al invocar el nombre de María nos sentiremos con más paz, más seguros, con más deseos de fidelidad a Jesucristo.

La declaración de María como Madre del Discípulo Amado entra a formar parte de la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Por tanto, además de un acto de piedad filial, se trata de algo más trascendente: la maternidad espiritual de María. Éste es el momento el que la corredención de la Virgen María adquiere toda su fuerza y sentido. Por tanto, acudamos siempre con confianza filial a Santa María. En Ella está nuestra esperanza. Podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones. Confiándonos a su oración, nos abandonamos con Ella en la voluntad de Dios. Que nuestro amor a la Virgen sea tierno. No lo dejemos nunca enfriar; que no sea un amor abstracto, sino encarnado. Sí, acudimos a Santa María como hijos ante cualquier necesidad del cuerpo o del alma. A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las debilidades, para ser fortalecidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de que su ayuda no nos ha de faltar.

Y cuando el “paso” Santísimo Cristo de la Expiración, después de la estación de penitencia, entra en el templo, el de su Madre aún por unos momentos está con nosotros. Y una vez recogida en su capilla, la Virgen de la Esperanza siempre estará en nuestra vida, colocada con amor filial en el centro de nuestro corazón.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XV)

Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Victoria Despojado de sus Vestiduras, Nuestra Señora de la Paz y San Rafael Arcángel

De la Parroquia de San Sebastián sale la Hermandad del Santísimo Cristo de la Victoria. En el “paso” del Señor está representado el momento en el cual le es quitada al Señor la túnica. Al quitársela -la túnica estaba pegada a su cuerpo castísimo con la sangre seca de las llagas restañadas- vuelven a abrirse las heridas quedando al descubierto el cuerpo destrozado de Cristo, como había sido profetizado por Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en él nada sano. Heridas, hinchazones, llagadas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

El uso romano era de crucificar al reo en total desnudez. Por eso, antes de la crucifixión los soldados despojan a Cristo de sus vestiduras. En manos sacrílegas queda la ropa de Jesús. Y desnudo, para mayor oprobio, clavan a Nuestro Señor en la cruz. La vergüenza que pasó el Señor con su desnudez nos tiene que llevar a nosotros a cuidar con cariño el pudor, entendiendo por pudor la vergüenza o recato en exhibir todo lo relacionado con el sexo. Es una exigencia de la pureza que preserva la intimidad de la persona y expresa la delicadeza de la castidad. El pudor es la salvaguarda de la pureza. Pudor del cuerpo -¡bendita pureza!- y en el alma casta siempre habrá victoria y paz.

En la segunda mitad del siglo XX se produjo lo que se ha llamado la revolución sexual, con claro desafío a la moral católica en lo referente al comportamiento sexual humano. Desgraciadamente sus consecuencias y extensión siguen vigentes y en pleno desarrollo, de tal manera que la inundación de sexualidad desatada se hace cada vez más insoportable. Ha penetrado en todas las esferas de la sociedad, destruye muchos matrimonios, convierte a jóvenes -incluso a niños- en adictos al placer y ahoga el corazón de la vida cristiana al cegar al hombre para la contemplación del mundo. ¡Qué pena da ver el atardecer temprano de vidas jóvenes, sumergidas en el mar de la vaciedad y en el fango de la impureza, perdida la razón de su propio vivir, con el alma hecha añicos!

San Juan Pablo II, advirtió con claridad meridiana: Cuando no se respetan los principios de la ley natural sobre la sexualidad se convierte a las personas en objetos, y todo el gran contenido del amor viene a reducirse a un mero intercambio egoísta. Se despoja de verdadera humanidad a la unión entre varón y mujer, rebajándola a la dimensión de animal, que es incompatible con la dignidad de hijos de Dios. No faltan quienes convierten la capacidad generativa del hombre y de la mujer en objeto de comercio, proclamando como conquistas de la libertad lo que es pura y llanamente degradación de la persona y ofensa al Creador.

¡Cristo de la Victoria!, haz que no tengamos miedo de vivir contra las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios; que anunciemos al mundo la buena nueva sobre la pureza de corazón, que traza un cauce al instinto, de modo que la procreación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de un amor limpio y puro, de una donación libre y responsable plenamente humana, concorde al decoro y santidad de los hijos de Dios. Y que transmitamos con el ejemplo de nuestra vida limpia el mensaje de la civilización del amor.

En nuestros días -y no solamente en la época veraniega, cuando hace mucho calor- el diablo se presenta de modo descarado, fomentando la desvergüenza de tanta gente a la hora de vestir, prescindiendo del pudor. Antes era en las playas; ahora es en las playas, en las calles, y en todas partes, hasta el punto de que casi no se puede ir por tantas calles, ni estar en tantos sitios. Como las circunstancias son adversas -generalización del clima de sensualidad, falta de formación, pérdida del sentido del pecado…- y las tentaciones son abundantes, te pedimos, Señor, que nos proteja de los peligros de pecar. Por nuestra parte, procuraremos poner los medios para evitar las ocasiones de pecado, para mantenernos vigilantes en esta materia tan pegajosa, para adquirir una conciencia recta y delicada que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones. Te pedimos por los jóvenes -y los menos jóvenes- para que digan “sí” al amor limpio y a los ideales más nobles; que ninguno de tus hijos onubenses tuerza su conciencia ni sustituya la verdadera alegría de la vida por paraísos artificiales que sólo dejan amargura y tristeza en el alma.

La pureza es virtud eminentemente positiva, que nos hace gratos a Dios; es virtud sublime que cautiva su Corazón; eleva al hombre por encima de las inclinaciones bajas de su naturaleza, herida a consecuencia del pecado original. Espiritualiza y engrandece. Da fortaleza para arrostrar cualquier sacrificio, para aceptar el sufrimiento, para estar junto a Cristo en la Cruz como estuvo el apóstol san Juan.

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Sé que el cuerpo, mi cuerpo, ese único que tengo, es compañero inseparable de mi alma, de esa única alma que poseo y tengo que salvar. El cuerpo no es una cáscara ni una funda del alma, no es una estructura biológica físico-química, sino componente principal de la persona. Es morada del alma de quien recibe la vida y que cuando está sometido a la parte superior del hombre, que es la voluntad, y ésta a Dios, es instrumento para la salvación del alma. Sin embargo, hay quienes lo utilizan como instrumento para la condenación, con unas ansias de placer que cada vez les aleja más de la verdadera fuente de felicidad, que es Dios.

Con palabras del poeta indio Tagore, vamos a pedirle a Dios conservar la pureza del cuerpo: Quiero tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi vida, que has dejado tu huella viva sobre mí. Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía, pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la razón en mi frente. Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener mi amor en flor, pues tú estás sentado en el sagrario más íntimo de mi alma.

Urge la tarea de purificar el ambiente que se respira en la sociedad hedonista de hoy día, donde las ambiciones del placer tienen su pedestal; de cristianizar las diversiones y los lugares de veraneos; de mostrar la hermosura de la santa pureza y de convencer de la posibilidad de vivirla con la ayuda de la gracia; de presentar con la alegría que brota de un corazón limpio y lleno de Dios la senda siempre gozosa de esta virtud. Y viene bien recordar el consejo de Pitágoras a los jóvenes: No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma.

Sí, vivir la pureza es posible. Cristo puso leyes comunes para todos, predicaba san Juan Crisóstomo. Y añadía: no te prohíbo casarte, ni me opongo a que te diviertas. Sólo quiero que lo hagas con templanza, no con impudor, no con culpas y pecados sin cuento. No pongo por ley que os vayáis a los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y castos viviendo en medio de las ciudades. Y si se ha tenido la desgracia de caer en la lujuria, siempre es posible salir de ese estado pecaminoso. Para curarse de la impureza es preciso recibir la virtud sanante que mana de Nuestro Señor; acudir a esos manantiales de la gracia que son los Sacramentos, huellas divinas del caminar terreno de Jesús; tocar el corazón lleno de misericordia de Dios con la oración: Desde que comprendí -escribió el autor del Libro de la Sabiduríaque no podría ser puro si Dios no me lo otorgaba, acudí a Él y se lo supliqué, y pedí desde el fondo de mi corazón.

El Santísimo Cristo de la Victoria, al recorrer las calles de nuestra ciudad, trae aires verdaderamente puros para oxigenar nuestras ansias de vida casta; aire limpio para purificar al mundo que en sus estructuras se refleja la huella del pecado; brisa fresca para despertar a una naturaleza viva encaminada en su profundo letargo hacia la corrupción; y vida, mucha vida -pero de vida de gracia y no de muerte- para mantener el corazón limpio. Convencidos estamos del poder de la gracia -medicina vivificadora de Dios- que sana las enfermedades del alma, que da vida a lo que huele a podrido, que limpia al corazón humano de la podredumbre de la carne.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XIV)

Hermandad de Nuestra Señora de los Desamparados y Seráfica Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Preciosa Sangre, Nuestro Padre Jesús de la Redención y María Santísima del Dulce Nombre en su Mayor Aflicción

Al filo del mediodía llega Jesús al Calvario donde con su muerte en la Cruz va a culminar la Redención del género humano. Este monte era una pequeña colina desnuda y pelada que estaba en las afueras de Jerusalén, muy al descubierto y junto a un camino muy transitado. Era conocido como “lugar de la calavera” porque allí se ajusticiaba a los malhechores. Desde que el Señor salió del Pretorio con la Cruz a cuestas ha sido insultado por la plebe enloquecida, ha padecido la brutalidad de los soldados, las burlas de las autoridades religiosas del pueblo judío. Sin embargo, de los labios de Cristo no salió ni una palabra de queja. Antes de que llegara el Señor, allí, en el Gólgota, ya habían acudido muchas personas. Estaban los príncipes de los sacerdotes, los fariseos, los escribas, los ancianos y los miembros del Sanedrín que lograron que Pilato accediera a sus deseos de crucificar a Cristo, y otros muchos, que están por odio, para insultar a Jesús con mofa, ironía y blasfemias. También estaban soldados romanos obedeciendo órdenes. Su trabajo aquel viernes era mantener el orden y evitar tumultos. Y con el Divino Reo, llegó un tercer grupo, muy reducido formado Madre de Jesús, unas pocas mujeres y un chico joven. Y están por amor al Redentor.

En el “paso” del misterio de la Hermandad de Jesús de la Redención vemos al Señor, sin fuerza alguna, arrastrando la Cruz, y a la Virgen María acompañada por san Juan y santa María Magdalena en el momento del llegar al Místico Lagar del Calvario, donde su preciosa Sangre derramada por nuestra salvación se recoge en el cáliz de los corazones onubenses.

Y mientras avanza parsimoniosamente el “paso” delante de mí, Jesús de la Redención, con el alma compungida, mis ojos humedecidos por lágrimas de verdadera contrición contemplan tu perfil doliente y conmovido. Ya estás a punto de culminar la Redención por tu Pasión y Muerte… y por tu Resurrección. Con tu acción salvífica has rescatado y liberado a todos los hombres de la triple esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte eterna. Dándonos la gracia, Tú, Señor, nos has reconciliado con el Padre Eterno.

Gracias, Jesús, por haber realizado la Redención de la Humanidad entera. Después del pecado de nuestros primeros padres, la Humanidad estaba en un estado de enemistad con Dios. Pero Dios Padre, siempre misericordioso, decidió enviarte a Ti, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al mundo para reconciliarnos con Él. Y Tú haciéndote hombre sin dejar de ser Dios, nos has redimido. Ningún hombre, con sus solas fuerzas y méritos, podía ganar la liberación del pecado y reconciliar a los hombres con Dios, ya que el pecado es en cierta medida una ofensa infinita a Dios. Sólo alguien que fuera Dios podía pagar al Altísimo un rescate a favor de los hombres. Y sólo alguien que fuera hombre podía hacerlo en nombre de toda la Humanidad. Esto es lo que hiciste Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, al ofrecerte en sacrificio en la Cruz para satisfacer a Dios por los pecados de los hombres. Aunque toda tu vida, Señor, tiene valor redentor, especialmente nos has alcanzado la Salvación padeciendo y muriendo por todos los hombres de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros. Tu Sacrificio ofrecido a favor del género humano ha devuelto a los hombres la amistad con Dios. A Ti, Santísimo Cristo de la Preciosa Sangre, te pedimos que se muestre más poderosa -en el hombre y en el mundo- la obra de tu Redención.

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Por su Sacrificio en el Calvario, Cristo nos alcanza la nueva vida de la gracia. Pero Jesús, viéndonos necesitados de la aplicación de sus méritos, quiso remediar nuestra radical pobreza, dejando a su Iglesia un sacrificio visible que perpetuase a través de los siglos, el Sacrificio del Calvario, con todas sus consecuencias. Y esto es la Misa: una nueva actualización del Sacrificio de la Cruz. Refiriéndose a la Santa Misa, Bossuet fue capaz de sintetizar en breve frase algo maravilloso: ¡Todos los días, en nuestras iglesias, es Viernes Santo! Y san Juan Pablo II lo expresó diciendo: Ir a Misa significa ir al Calvario para encontrarnos con Él, nuestro Redentor.

La liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto prefiguraba la que Jesucristo vendría a hacer: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante el sacrificio de la Cruz, derramando su preciosa Sangre. Dios mandó a los hebreos que la sangre del cordero sacrificado para la cena pascual fuera untada en las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman para que fuera señal de las casas donde moraban. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto. Termina el relato bíblico con el mandato de Dios a los israelitas de conmemorar este hecho salvífico. Y Cristo, después de instituir la Eucaristía, mandó a los Apóstoles que perpetuaran lo que Él había hecho, y la Iglesia siempre ha entendido que con este mandato Cristo constituyó a los Apóstoles y sus sucesores en sacerdotes de la Nueva Alianza para que renovaran el Sacrificio del Calvario de manera incruenta en la celebración de la Misa.

La palabra “conmemoración” está cargada del sentido de una palabra hebrea que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento del pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo o revivirlo, para participar en él, de alguna manera, a lo largo de todas las generaciones. Cuando nuestro Señor manda a los Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata, pues, de recordar meramente su Cena, sino de renovar su propio Sacrificio Pascual del Calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena. Nosotros creemos que la Misa que es celebrada por el sacerdote “in persona Christi”, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del Orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el Sacrificio del Calvario que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares (Credo del Pueblo de Dios).

El que fue arcipreste de Huelva a principios del siglo XX, un hombre santo enamorado de la Eucaristía, escribió: El Sacrificio de la Misa es, con respecto al de la Cruz, firma de autenticidad, monumento conmemorativo, título de pertenencia perpetua, pero firma escrita con sangre divina, palpitante cada día, cada hora sobre infinitos calvarios, monumento labrado con carne divina en el acto consacratorio de cada Sacrificio y título tan inconfundible y propio que la más exaltada locura del amor y del genio humano no podría ni soñar con aplicárselo (San Manuel González García).

La Santa Misa siempre ha sido el centro de la vida de la Iglesia. Es el Sacrificio del Nuevo Testamento. Es sacrificio porque representa (hace presente) el Sacrificio de la Cruz. El Sacrificio de Cristo en el Calvario y el Sacrificio del Altar son un único sacrificio. En la Misa, Jesucristo, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente a Dios Padre como víctima gratísima. Una sola e idéntica es la Víctima; y el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse (Concilio de Trento).

Si la Redención de Cristo no se hubiera obrado, toda la Humanidad estaría perdida, sin esperanza alguna, condenada a una eterna esclavitud. En Roma hay un cuadro magnífico, titulado La última Misa. En él se representan los preludios del fin del mundo. En el fondo, un sacerdote va a terminar la Santa Misa, mientras los ángeles, inclinados sobre sus trompetas, esperan que acabe, para sonar la hora tremenda de la divina justicia. Este cuadro es obra del célebre pintor Leonardo de Vinci, el cual quería decir con esto que sin la Misa, estaría al presente el mundo hundido bajo el peso de sus crímenes.

Si hubiéramos estado en el Calvario, siendo testigos de la muerte de Cristo, del sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por nuestra Redención -la Primera Misa-, ¡con qué atención y cariño la habríamos seguido! Le pedimos a Santa María que tengamos presente este pensamiento siempre que asistamos a la Misa, al mismo Sacrificio del Gólgota.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XIII)

Muy Antigua, Venerable y Real Hermandad de Penitencia y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén, María Santísima de la Amargura, San Juan Evangelista y San Francisco de Paula

En la madrugada del Viernes Santo hace su estación de penitencia la Hermandad del Nazareno. En el “paso” del Señor, la imagen de Jesús llevando la Cruz y la figura del Cireneo.

A Jesús le fallan las fuerzas. Es lógico que después de los tormentos sufridos no le queden fuerzas, y mucho menos para llevar la Cruz hasta la cima del Gólgota. Los soldados ven que la debilidad del Señor va en aumento, pero quieren que Cristo llegue hasta el lugar de la ejecución. Jesús sigue solo en medio de la gente, milicia y pueblo, en la Calle de la Amargura. No hay ningún amigo que le ayude a llevar la cruz. Hay demasiadas cobardías y miedos. Los soldados romanos tienen que recurrir a un extraño que viene de su trabajo y obligarle a llevar la Cruz. No por compasión hacia Nuestro Señor, sino por temor que pudiera morir en el camino antes de llegar al Calvario. Sólo un cireneo… Dios Padre, en su Providencia, decidió proporcionar a su Hijo este pequeño consuelo en medio de los más atroces sufrimientos, de manera semejante a como en Getsemaní envió a un ángel para que le confortara en aquella agonía. Jesucristo recompensará este favor al Cireneo: la gracia vendrá sobre Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que serían pronto cristianos destacados de la primera hora. El Señor quiso ser ayudado por el Cireneo para enseñarnos que nosotros -representados en Simón- hemos de ser corredentores con Él.

A veces nos encontramos con la Cruz sin buscarla. Simón de Cirene tampoco contaba con aquel episodio, el de ser obligado a ayudar a un reo de muerte a llevar la cruz. Se encontró de manera inopinada, sin buscarla, con la Cruz. Pero encontrarse con la Cruz es encontrarse con Cristo. Simón había realizado, como todos los días, su trabajo en el campo, y volvía a su casa para el merecido descanso. Sin embargo, los planes de Dios son distintos y se le exige un esfuerzo añadido. Cabe imaginarse que la primera reacción de Simón fue de desagrado por un servicio impuesto a la fuerza y de suyo repelente. Pero en contacto con la Santa Cruz -altar donde se iba a inmolar la Víctima Divina- y la contemplación en primer plano de los sufrimientos y muerte de Jesús, debieron tocar su corazón, y de indiferente, el Cireneo bajó del Calvario fiel discípulo de Cristo. San Marcos se detiene en detallar que Simón era padre de Alejandro y Rufo. Parece que Rufo, años después, se trasladó con su madre a Roma; san Pablo les envía saludos cariñosos en la Carta a los Romanos: Saludad a Rufo, el elegido del Señor, y a su madre, que lo es también mía. Excelente recompensa la de Jesús. Cuántas veces la divina Providencia, a través de un desagradable incidente, nos sitúa de cara al dolor y se efectúa en nosotros una conversión más radical.

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Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Cogió Simón la Cruz, la cargó sobre sus hombros. Cargó con la Cruz de madera. La otra, la grande, la del amor despreciado, la de los pecados míos y de todos, ésa la lleva Cristo que sigue buscando corredentores entre los hombres. Aunque el Señor nos ha rescatado libremente y sus méritos son infinitos, pide nuestra colaboración. Cristo carga con la Cruz, pero hemos de ayudarle a llevarla aceptando todas las dificultades y contratiempos que la Providencia nos depare. Así nos santificaremos más y más, al mismo tiempo que expiamos nuestras faltas y pecados. Sí, Jesús sale a buscarnos cuando menos lo esperamos, y nos pide que le ayudemos a llevar tantas cargas… La Redención fue hecha por el Hijo de Dios, pero no puede estar olvidada. El Señor nos pide que seamos sus hombros en nuestro camino por la vida. Y eso, a pesar de que nuestros planes sean muy distintos. Hemos de saber “cambiar nuestros planes” ante cualquier insinuación del Señor, como Simón. El amor a Dios nos invita a llevar a pulso la cruz, a sentir también sobre nosotros el peso de la humanidad entera, y a cumplir, en las circunstancias propias del estado y del trabajo de cada uno, los designios claros y amorosos a la vez, de la voluntad del Padre… Aceptemos sin miedo la voluntad de Dios, formulemos sin vacilaciones el propósito de edificar toda nuestra vida de acuerdo con lo que nos enseña y exige nuestra fe (San Josemaría Escrivá).

Dios tiene dos formas de bendecir. Una es enviando cosas buenas, por ejemplo, bienes, salud, comodidades; a los matrimonios, unos buenos hijos… Pero otras veces, Dios bendice con la cruz. Y es lo que hacen los sacerdotes cuando bendicen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hacen la señal de la Cruz. Hay que amar la cruz que Dios quiere que llevemos en esta vida siguiendo los pasos de Nuestro Señor. La Cruz salva. Lo dijo san Pablo: El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios.

Un gran cambio se produjo en el Cireneo durante el tiempo que ayudó a Jesús a llevar la cruz. La gracia interior y el ejemplo de Cristo -su mansedumbre, su bondad- le removieron hondamente. Nuestro Señor vino a salvar todos los hombres, sin hacer acepción de personas, y el contacto con la Cruz redentora hace posible la conversión de quienes se le acercan sin poner obstáculos a la gracia. Es de imaginar que Simón de Cirene una vez cumplida su obligada tarea se quedó en el Calvario, no por curiosidad en ver cómo acababa aquel drama en el que él involuntariamente había participado, sino por amor a ese Jesús que él le había ayudado a llevar el instrumento de su suplicio. Y allí en Gólgota asistió a la Primera Misa. Ahora nos preguntamos: ¿A quién me parezco más durante la Santa Misa: a un Cireneo contrariado, que se ve obligado a llevar la Cruz, o a un Simón enamorado de Cristo, a quien ayuda con cariño a llevar la Cruz?

Cargar con la Cruz, cuando el Señor lo quiere o lo permite, podría parecer tarea insoportable para las pobres fuerzas humanas. Y así es en realidad, si no se tiene en cuenta la ayuda de Dios. Pero sabemos muy bien que cuando la Cruz se acepta por amor al Señor, Él mismo se hace cireneo nuestro para que la carga resulte ligera. Simón de Cirene, cuando volvía de su granja, fue obligado a llevar la Cruz del Señor. Procuremos ser cada uno de nosotros cireneo de Cristo. Y Cristo se identifica con los pobres, con los enfermos, con los que sufren. Repasemos las obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si estamos siendo de verdad cireneos de nuestros hermanos más necesitados. Seremos juzgados y en el juicio se nos preguntará si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento; si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo; si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero. Ser cireneo de Cristo es llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres; es anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna; es restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo; y es volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella.

Cireneos de Cristo, pero también seamos cireneos del Vicario de Cristo en la tierra, pues tiene sobre sus hombros toda la carga que supone el gobierno de toda la Iglesia. Al ser elegido papa, Benedicto XVI, consciente de que la tarea de gobernar la Iglesia supera todas las fuerzas humanas, con gran humildad, en las primeras palabras que dirigió a los fieles pidió la ayuda de la oración. Y el papa Francisco, cuando salió por primera vez al balcón de la Basílica de san Pedro para dar la bendición Urbi et Orbi, después de decir unas palabras, dijo: Os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga. Nuestro amor al Papa, Padre común de todos los católicos, debe concretarse en obras, tales como: la oración y mortificación por su persona e intenciones, que es la mejor forma que tenemos de ayudarle.

Silencio. Pasa el Nazareno por las calles de la vieja Onuba. Ya empieza a amanecer. El Señor, con su mirada, nos pide ser cireneos suyos. Que María, la Madre del Nazareno, nos consiga esa gracia: ser cireneo del Señor.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XII)

Ilustre Hermandad de Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas, María Santísima del Amor y del Glorioso Apóstol Santiago

Según cuenta la tradición, Jesús cayó tres veces en tierra bajo el peso de la cruz; pero se levantó y se abrazó de nuevo a ella para cumplir la Voluntad de su Padre Celestial, viendo en la Cruz el altar donde iba a entregar su vida como Víctima propiciatoria por la salvación de los hombres. El “paso” de Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas es un recordatorio que nos hace su Hermandad para que consideremos las penas de Nuestro Señor. Se explican bien las caídas de Cristo. Desde la noche anterior, el Señor ha estado sometido a una serie de torturas físicas y morales: la agonía en Getsemaní, donde tanta fue su angustia que llegó a sudar gotas de sangre; los malos tratos en casa de los sumos sacerdotes; el insomnio y, sobre todo, la cruel flagelación y coronación de espinas, explican la extrema debilidad de Jesús. Pero lo que de verdad le abruma es el peso de los delitos de los hombres y comprobar, al mismo tiempo, la ingratitud de los que ha venido a salvar. Como gráficamente se expresa san Pablo: a él, que no conoció pecado, (Dios) lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios. Tres son las caídas… y muchas, las penas causadas por nuestros pecados.

Jesús avanza sudoroso y sediento hacia el Calvario, camina con paso vacilante y cae bajo el peso de la Cruz. Desplomado en tierra, su sed de amor lo levanta para llegar al Gólgota. De nuevo anda… sin fuerzas con el cuerpo llagado y abiertas las heridas… y dada su extrema debilidad -¡qué duros se hacen los pasos!- por segunda vez cae sobre el empedrado suelo. Cristo en tierra, y sobre ella, la sangre de un Dios, una sangre que limpia la iniquidad humana. Se levanta el Señor y de nuevo toma la Cruz en la que va a entregar su vida, y es preciso llegar al Calvario. Y una tercera vez su cuerpo queda tendido en el suelo. Es levantado sin contemplación por la soldadesca romana. Sin fuerzas para mantenerse en pie, a empellones, con una feroz brutalidad, le hacen dar los últimos pasos, ya cerca del Calvario.

Jesús cae por el peso de la Cruz. El hombre a veces, debilitado por las heridas producidas en la naturaleza humana por el pecado original y atraído por las cosas de este mundo, cae en la tentación. Mas que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados, solía decir san Juan Crisóstomo. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades. Si hay una caída, por grande que sea, hay que levantarse enseguida. Dios no niega su perdón a quien acude arrepentido de sus pecados a la Confesión.

El sacramento de la Penitencia, que es necesario para salvarse si se ha tenido la desgracia de pecar mortalmente, en nuestros días es poco frecuentado. No hablan de la severidad de Dios los confesonarios esparcidos por el mundo, en los cuales los hombres manifiestan los propios pecados, sino más bien de su bondad misericordiosa. Y cuantos se acercan al confesonario, a veces después de muchos años y con el peso de pecados graves, en el momento de alejarse de él, encuentran el alivio deseado; encuentran la alegría y la serenidad de la conciencia, que fuera de la Confesión no podrán encontrar en otra parte. Tengamos, pues, la valentía de alcanzar la gracia de Dios por medio de la Confesión Sacramental. ¡Esto nos hará libres! Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de la enmienda y de una sincera confesión de las culpas. La historia de la salvación -tanto de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época- es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados (San Juan Pablo II).

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En la oración que hemos aprendido de tus labios, Señor, le pedimos a nuestro Padre Dios que no nos dejes caer en la tentación. En la Sagrada Escritura vemos la influencia nefasta de aquel a quien Tú llamas homicida desde el principio y que incluso intentó -primero en el desierto y después en Getsemaní- apartarte de la misión recibida del Padre.

En las primeras páginas de la Biblia se narra la caída de Adán. El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad (Catecismo de la Iglesia Católica). La tentación siempre es diabólica. El demonio, envidioso de la felicidad de nuestros primeros padres, tienta a Eva. Ésta dialoga con el Tentador. Grave error. La mejor manera de vencer la tentación es rechazarla enseguida. La mujer entabla una conversación con el demonio. No dialoguemos nunca con la tentación. Cuando se dialoga, ya se ha dado el primer paso para cometer el pecado. En toda tentación el diablo, embustero desde el principio, miente porque presenta el pecado como algo bueno. La táctica del diablo en la tentación es falsear la verdad de lo que Dios ha dicho, introduciendo en el hombre la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presenta a Dios como enemigo del hombre. La más grave consecuencia de este diálogo fue la seducción mentirosa que indujo al hombre a desobedecer a Dios.

También nosotros somos tentados por el diablo, pues, por envidia, nos quiere apartar del camino del Cielo. Detrás de cada tentación hemos de ver al demonio. Dios permite que seamos tentados. También fue tentado Jesucristo. La tentación no es pecado si se rechaza. ¿Por qué permite Dios que seamos tentados? Para que ganemos méritos para el cielo. Toda tentación, con la ayuda de Dios, puede y debe ser vencida. Al vencer, conseguimos méritos para la vida eterna. Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Estamos salvados, y el príncipe del mundo, que no quiere que nos salvemos, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. “Pero, Padre, ¿cuál es el arma para defenderse de las seducciones del príncipe de este mundo?” El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Permanezcamos ovejas siempre, porque así tendremos un pastor que nos defienda (Papa Francisco). Aprovechemos las tentaciones para vencer y merecer y crecer en la virtud. Nos ayuda a vencer la tentación la consideración de nuestro destino eterno.

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa batalla por vencer, por hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, cuando nos acogemos a la protección de nuestra Madre, la Virgen Santísima. Ella aplastó la cabeza de la serpiente. Por eso, cuando sintamos aquel peso del que hablaba san Pablo: Veo que hay otra ley en mis miembros que es contraria a la ley de mi mente, acudamos pronto a la Virgen María, para que nos obtenga de su Hijo -Nuestro Padre Jesús de las Penas en sus Tres Caídas- la fortaleza y la gracia para salir victoriosos de los ataques de nuestros enemigos. Con Jesús y María la victoria es nuestra.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XI)

Real e Ilustre Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús de la Pasión y María Santísima del Refugio

Por el porche de San Pedro va el “paso” de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Ha salido del templo y empieza la estación de penitencia de la Hermandad de Pasión. Hace más de dos mil año, Jesucristo salió del Pretorio hacia el Monte Calvario. Ahora, en nuestra Semana Santa, el Señor baja del cabezo de San Pedro para recorrer nuestras calles. Tanto en aquel primer Viernes Santo de la historia como hoy, Jesús carga con la Cruz. Entonces, en torno a Él expectación y curiosidad en el gentío, pero principalmente mucho odio en los fariseos y escribas… y bastante maldad en los príncipes de los sacerdotes. Además, demasiadas cobardías y miedos en muchos, e indiferencia y crueldad en los soldados romanos. En medio de tanta animadversión, con improperios y burlas de la plebe, Cristo va subiendo la empinada cuesta hasta el Gólgota. Gente de todo tipo y condición contempla la comitiva, donde van tres reos para ser crucificados. Entre aquella gente estaban algunas mujeres que -con llanto y golpes de pecho- se lamentaban al ver la injusticia que se está cometiendo contra Jesús, víctima inocente que lleva el madero de su suplicio y sufre la pena que el hombre debía padecer. Cuenta san Lucas en su Evangelio:

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado” Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?

El gesto de piedad de las mujeres muestra que, junto con los enemigos de Jesús, iban personas que le querían. Si tenemos en cuenta que las tradiciones judías prohibían llorar por los condenados a muerte, nos percataremos del valor que demostraron las mujeres que rompieron en llanto al ver a Jesucristo cargado con la Cruz. El Señor agradece la compasión y el sollozo de ellas. Jesús deseando elevar su natural compasión al aborrecimiento del pecado, que era la causa de tantos sufrimientos, les dijo aquellas palabras: No lloréis por Mí… Y comentaba san Josemaría Escrivá: El Señor quiere enderezar ese llanto hacia un motivo más sobrenatural, y las invita a llorar por los pecados. Tus pecados, los míos, los de todos los hombres, se ponen en pie. Todo el mal que hemos hecho y el bien que hemos dejado de hacer. El panorama desolador de los delitos e infamias sin cuento, que habríamos cometido, si Él, Jesús, no nos hubiera confortado con la luz de su mirada amabilísima. -¡Qué poco es una vida para reparar!

¿Por qué si Dios es amor y todo lo puede, permite que personas como ellos sufran?, fue la pregunta que una chica filipina hizo al papa Francisco. ¿A quiénes se refería la chica a decir “ellos”? A los “niños de la calle”. Ella y otros adolescentes habían sido “niños de la calle”, pero que afortunadamente habían sido acogidos por una institución benéfica llevada por religiosas. Y, si sorprendente fue la pregunta, más lo fue la respuesta, por su honestidad: Has hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Es el misterio del dolor. Muchas veces vemos pasar a nuestro lado el dolor: en algunas ocasiones lo padecemos en nuestra propia carne; en otras, quizá no menos dolorosas, lo sentimos a nuestro alrededor: claro y rotundo. El misterio del dolor. Pero no nos engañemos; no valen los lamentos estériles; sino volver la mirada hacia Jesús, que quiso cargar con el peso de todos nuestros pecados. Es el momento de contemplar a Jesús doliente, que nos invita a purificar ese lamento. A derramar, más bien, las lágrimas por nuestros pecados y por los ajenos. Nos invitan al verdadero consuelo: perdonar a los enemigos, desagraviar por tantas faltas de amor, dar esa ayuda eficaz para que el pecador se arrepienta y vuelva los ojos a Dios. ¡Hijas de Jerusalén!, no contengáis vuestro llanto. Mirad, contemplad al Divino Reo sin parecer ni hermosura.

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En medio de sus tormentos, Jesús piensa en la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén. Si el condenado inocente sufría tales tormentos, ¿qué será cuando poco después venga el castigo inevitable, la ruina de aquella ciudad? Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco? El árbol verde era Él mismo; el árbol seco era el mundo. Él era el árbol de la vida trasplantado del Edén; el árbol seco era ante todo Jerusalén, y luego el mundo no convertido. Su advertencia significaba que, si los romanos le trataban así a Él, que era inocente, ¿cómo tratarían a Jerusalén, que le había condenado a morir? Si Él estaba ahora tan lastimado por las transgresiones ajenas, ¿cómo serían castigados en el Juicio Final los pecadores por las iniquidades que hubieran cometido? Cuando en la selva se produce un incendio, son ennegrecidos los árboles verdes, con toda su savia y humedad; ¡cuánto más se ennegrecerán y arderán de prisa los árboles viejos y secos, podridos ya por dentro! Si padeció el que no tenía pecado, ¡cuánto padecerán los que están podridos por el pecado! Por eso dijo Jesús a aquellas hijas de Jerusalén -y a nosotros- que lloremos por nosotros mismos, por nuestros pecados.

Es muy significativo que sean mujeres las que se compadecen del Señor. En los Santos Evangelios aparecen varias mujeres. A excepción de Herodías, de su hija y de la criada o sirvienta de la casa del sumo sacerdote Caifás, todas quedan bien, aunque algunas habían sido grandes pecadoras. Repasemos algunas de las mujeres del Evangelio. En la genealogía de Jesús, además de Santa María, se nombran cuatro mujeres: Tamar; Rahab; Betsabé; y Rut. Las cuatro eran extranjeras que, de modo sorprendente, se incorporaron a la historia de Israel, es decir a la historia de la salvación, de la que forman parte hombres y mujeres.

Algunas de ellas -la hemorroísa y la mujer cananea- son alabadas por Jesucristo por su fe; otra -la pobre viuda que echa en el gazofilacio dos pequeñas monedas-, por su generosidad. La suegra de san Pedro, después de ser curada, se pone a servir a Jesús. En las hermanas de Lázaro -Marta y María- sobresale la hospitalidad, y en María, además, el espíritu de contemplación. La madre de los Zebedeos es modelo de mujer que quiere lo mejor para sus hijos, que no era otra cosa que estuvieran junto a Cristo. La mujer de Poncio Pilato reconoce que Jesús es justo. La samaritana, después de su conversión, habla de Jesús a sus conciudadanos. La mujer adúltera es perdonada por el Señor. Igualmente es perdonada la mujer pecadora que en casa de Simón el leproso hizo una obra buena, como fue derramar perfume de gran valor por la cabeza del Señor. No olvidemos a santa Isabel, que saludó a la santa María como la Madre de mi Señor.

Y por encima de todas están la Virgen María y las santas mujeres que estuvieron al pie de la Cruz en el Calvario. En la resurrección del Señor, según el evangelista san Marcos, es María Magdalena la primera mujer a quien se aparece Jesús resucitado. Esa mención no excluye la posibilidad de una aparición previa de Cristo a su Madre. No aparece en los Santos Evangelios que siquiera una mujer pidiera la muerte de Cristo. Sin embargo sí vemos como una mujer pagana intercedió por Él ante Pilato. Y están las mujeres que lloraban al ver a Jesús con la cruz a cuestas. Jesús les ruega que no lloren por Él, ya que su muerte era una necesidad para los hombres.

San Pedro en una de sus cartas escribe: Si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿dónde irán a parar? Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien. Los que participan de los sufrimientos de Cristo, también participarán de su gloria. Ante el juicio divino nadie puede presentarse seguro. Las duras advertencias de san Pedro recuerdan las de Jesús, camino del Calvario, a las mujeres de Jerusalén. En suma, es indudable que haber padecido por Cristo en esta vida ayuda a afrontar el juicio con mayor confianza.

¡Jesús de la Pasión!, hacia Ti, con tu Cruz a cuestas, se dirigen las miradas emocionadas de los onubenses a verte pasar, solemne y cadencioso, por sus calles entre los balcones de las casas o en medio de las palmeras del Paseo de Santa Fe. Te acompañan con plegarias y rezos, con dolor y contrición. Que nuestra veneración sea desagravio y amor. Y para eso acudimos a Santa María, Madre de misericordia, para compadecernos de los que sufren injusticias, como aquellas mujeres que lloraron al verte pasar camino del Calvario.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (X)

Posconciliar Hermandad y Seráfica Cofradía de San Francisco de Asís, Nuestro Padre Jesús del Calvario y María Santísima del Rocío y Esperanza

Después de sentenciar a Cristo a morir, Pilato se lo entregó a los judíos para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y Él, llevando la Cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota. San Juan, testigo de excepción de la Pasión del Señor, es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la Cruz hasta el Monte Calvario, donde le crucificaron. Los otros tres sólo mencionan la ayuda de Simón de Cirene. La forma de muerte elegida por Pilato fue la que pidieron los judíos, cuando gritaron: ¡Crucifícalo, crucifícalo! La muerte en la cruz era una pena reservada por los romanos a los esclavos y por los delitos más graves. La crucifixión era el suplicio más infamante y doloroso, que provocaba la muerte más horrenda que se podía dar. El reo de muerte estaba obligado a llevar por sí mismo la cruz, el instrumento de su suplicio, hasta el lugar previsto. Era costumbre entre los romanos que la crucifixión se llevase a cabo fuera de la ciudad, pero muy cerca de alguna de sus puertas, a la vera de un camino, de modo que todos pudieran ver al reo y sirviera de escarmiento a los malhechores; y para mostrar más claramente que el condenado era un indeseable. Además, se dejaba los cadáveres de los crucificados varios días en la cruz.

Jesús tomó la Cruz sobre sus hombros, se abrazó a aquel instrumento de suplicio, y a partir de entonces la Cruz dejó de ser símbolo de castigo para convertirse en señal de victoria. En ella está la salvación del género humano, la vida de los creyentes y la futura resurrección de los muertos. Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos; así diría después San Pablo: No quiero gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo (San Agustín).

En Cristo cargado con la Cruz ve san Jerónimo, entre otros significados, el cumplimiento de la figura de Abel llevado como víctima inocente y, sobre todo, la de Isaac que carga con la leña del propio sacrificio. La actitud decidida de Cristo ante la Cruz debe llevar al cristiano a imitar en su vida ordinaria el ejemplo del Maestro. Él había dicho a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Y en otro momento dijo: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Y está con Cristo quien procura vivir las benditas exigencias del Evangelio y acepta con docilidad el Magisterio de la Iglesia. Por tanto, no está con Cristo quien defiende el abominable crimen del aborto, o quien es partidario de la eutanasia, que encierra la doble malicia del homicidio y del suicidio; o quien difunde la ideología de género, que contradice la palabra de Dios que está en el relato de la creación del hombre: Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Jesús toma la Cruz. La abraza. Y le pesa. Le abre las heridas de sus hombros llagados. Es Cruz redentora. ¡Qué duro se hacen los pasos por la Vía Dolorosa! En torno a Él se forma un cortejo de curiosos y de gente sin escrúpulos que aprueba la injusticia. Pero, a pesar de su debilidad, avanza sudoroso y sediento, con una sed de amor. Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz. Cuando veamos por las calles de Huelva a Nuestro Padre Jesús del Calvario llevando el Santo Madero, no podemos permanecer impasibles ante el Señor que carga con todas nuestras debilidades. Porque la Cruz, que era signo de oprobio, va a ser instrumento de nuestra salvación. Pongamos nuestros ojos en Jesús cargado con la Cruz, pues mirar a Cristo es fuente de amor, facilita la entrega y nos ayuda a vencer las malas inclinaciones. Al contemplar a Jesús oiremos en nuestro interior, una vez más, su invitación constante de acompañarle en el Calvario. Y después, a lo largo de la Vía Dolorosa y a los pies de la Cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios. Ésta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación.

No hay cristianismo ni trabajo apostólico fecundo sin cruz. A veces nos quejamos y decimos que nuestra cruz es muy pesada. Y se puede tal vez pensar: ¿a mí qué me sucederá? ¿Cómo será mi cruz? No lo sabemos, pero estará y debemos pedir la gracia de no huir de la Cruz cuando llegue. Cierto, nos da miedo, pero el seguimiento de Jesús acaba precisamente allí. Aprendamos a amar la Cruz, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio, pues solamente, con la ayuda de la gracia de Dios, los santos pudieron soportar tantas pesadas cruces. No es correcto, por tanto, pensar que no podemos con la cruz de cada día. Sí, debemos aceptar nuestra fragilidad, y esta aceptación nos llevará a no confiar en nuestras fuerzas para seguir a Cristo, sino en la gracia, que nos da fuerzas para permanecer en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos; y para levantarnos cuantas veces sean necesarias mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para continuar siguiendo a Jesús con nuestra cruz.

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La tradición habla del encuentro de Jesús con su Santísima Madre camino del Calvario. Los ojos del Señor ven a su Madre, junto al camino por donde va la comitiva. ¡Con cuánto amor, pena y dolor la Virgen María miró a su Hijo! Y Éste cómo agradeció a su Madre que le acompañara en aquellos momentos. ¿Dónde están sus discípulos? ¿Dónde están todos aquellos que habían recibido el beneficio de su predicación, de sus curaciones y de sus milagros? No se les ve por la Calle de la Amargura. Sin embargo, a Santa María, sí. En este encuentro doloroso se cumplió la profecía que el anciano Simeón hizo a la Santísima Virgen cuando el Niño Jesús fue presentado en el Templo.

La devoción cristiana recoge también la piadosa tradición de que una mujer, llamada Verónica, se acercó al Divino Maestro y le limpió el rostro con un paño. Ella ejecutó con valentía su gesto compasivo, a pesar de la actitud de la gente que, con sus burlas, se mofaba de Jesús. Aquella mujer nos ha dejado un ejemplo maravilloso para que los discípulos del Señor de todos los tiempos -también los de la época actual- sepan vencer los respetos humanos. El dejarse llevar por los respetos humanos, por el qué dirán, no es propio de un buen cristiano. Hay que vencer los respetos humanos y actuar en este mundo neopaganizado de nuestra época tomando siempre una postura coherente con la fe. Es posible que, en ocasiones, no sea lo más cómodo, pero en esas situaciones difíciles no hay que preguntarse qué es lo que será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera el Señor de uno.

El episodio de la Verónica recuerda que, para quienes buscan a Dios con corazón sincero, el semblante maltratado de Jesucristo brilla como motivo de esperanza y salvación. Evoca lo que el Salmista escribió por inspiración del Espíritu Santo: De tu parte me dice el corazón: “Buscad mi rostro”, y yo, Yavé, tu rostro buscaré. Buscar el rostro del Señor supone amar su Humanidad Santísima, que ha padecido tantos por nuestros pecados, hasta identificar con Él los rasgos de nuestra alma.

¡Jesús del Calvario! Naciste en Belén, pero no eras conocido como betlemita por tus coetáneos; fuiste exiliado en Egipto, en la tierra en que tu pueblo sufrió dura esclavitud; viviste en Nazaret, y por eso te llamaron -y te llamamos- el Nazareno; y hay quienes se refirieron a Ti como el Galileo… y moriste en el Monte Calvario, donde con tu muerte en la cruz nos redimiste. Por eso, eres Jesús del Calvario. Y cuando vemos tu encorvada figura bajo el peso del Santo Madero las lágrimas se nos escapan de los ojos por la pena de verte sufrir por nosotros, y de agradecimiento por ese amor que nos tiene que haces que camines hacia el Calvario portando la pesada Cruz para salvarnos.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (IX)

Franciscana Hermandad Sacramental y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia en su Presentación al Pueblo, Nuestra Señora de la Salud y San Francisco de Asís

En casa de Caifás, los judíos habían condenado a muerte a Jesús, pero es el poder romano el que tenía que ratificar la sentencia. Por eso, a pesar de ver en ellos unos usurpadores, recurrieron a Poncio Pilato, que había de dar el consentimiento. Ante el sumo pontífice la acusación era religiosa (ser Hijo de Dios). Ahora ante Pilato es de carácter político: acusan a Jesús de que conspirar contra el César, por decir que es el Mesías. Al gobernador romano no le incumbe intervenir en cuestiones religiosas, pero como la acusación que le presentan contra Jesús afecta al orden público y político, su interrogatorio comienza obviamente con la averiguación de la denuncia fundamental: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Enseguida se da cuenta Pilato de que le han entregado a Jesús por envidia, por rencillas religiosas; de que no ha hecho mal a nadie…, pero no tiene una intención decidida por salvarle, porque eso le comprometería. Es la actitud de tantas personas, que por no darse un mal rato tratan de pactar con el error, con el pecado.

Poncio Pilato quiere congraciarse con los judíos y entrega a Jesús a los soldados para que lo azoten. Para estos es un buen motivo de entretenimiento. Desnudan a Nuestro Señor y lo atan a una columna. Comienzan los azotes sin asomo de piedad: uno tras otro descargan sus golpes hasta quedar exhaustos. Se producen en el Sacratísimo Cuerpo de Cristo desgarrones, sufridos en silencio que no sirve para conmover a aquellos soldados romanos. A la tortura terrible de los latigazos después se unen los ultrajes, llenos de frivolidad, de unos inconscientes. El Señor, Rey de cielos y tierra, al que llaman “Rey de los judíos”, se ve escarnecido con una corona de espinas, con un manto de púrpura. Jesús en silencio sufre el tormento del ridículo. Y así es presentado por el procurador romano: Ecce homo! (aquí lo tenéis, éste es el hombre). Nos lo presenta en forma despreciable, como deshecho de los hombres, y vemos en Él a nuestro Señor. Porque es el Hijo de Dios que va a reinar en un Reino sin ocaso.

Contemplando al Ecce homo no nos limitaremos a esperar, sino que buscaremos el dolor, la penitencia, la expiación de tantos errores de nuestra vida. Cuando tantas personas buscan sólo placeres y goces terrenos, nosotros hemos de poner la luz y la sal de la penitencia cristiana en toda nuestra vida, bien seguros de que así consolamos al Señor, nos identificamos más y más con Él, y contribuimos eficazmente al bien de la Iglesia y del mundo, a la salvación de las almas.

El silencio de Cristo ante las acusaciones injustas y falsas; y en la humillación al ser pospuesto a Barrabás, se convierte cuando está atado en la columna en un dejar hacer completo. Jesús inmóvil, paciente, que no trata de evitar los golpes, es una imagen que hemos de plasmar en nuestra imaginación. Hemos de mirarlo despacio, y nos ayudará a llevar con paciencia el dolor, la enfermedad, los pequeños alfilerazos de cada día. Toda la impenitencia de los corazones endurecidos, la cobardía, la falta de expiación y de amor, rodean al Señor como el hielo, en soledad. Todo lo ha sufrido para salvarnos de nuestros pecados, abriéndonos camino.

La Hermandad de Jesús de la Sentencia en su Presentación al Pueblo, con su estación de penitencia, hace que meditemos las páginas ensangrentadas del Evangelio con la sangre de Dios hecho hombre, y que seamos conscientes de que razón de tanto sufrimiento era la Redención de nuestros pecados. En el “paso” del misterio vemos a Poncio Pilato dictar la sentencia de muerte de cruz para Jesús. En los cuatro evangelios está el proceso judicial contra Jesús en el Pretorio del procurador romano.

Llevaron a Jesús de casa de Caifás al Pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder comer así la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación presentáis contra este hombre? Le contestaron: Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos. Pilato le dijo: Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley. Los judíos le dijeron: No estamos autorizados para dar muerte a nadie. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato al Pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Jesús le contestó: ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilato replicó: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Jesús le contestó: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí. Pilato le dijo: Entonces, ¿tú eres Rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pilato le dijo: Y ¿qué es la verdad? Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: He aquí a vuestro Rey. Ellos gritaron: Fuera, fuera; crucifícalo. Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey voy a crucificar? Contestaron los sumos sacerdotes: No tenemos más rey que al César. Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey va contra el César. Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el tumulto iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis. Y todo el pueblo gritó: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

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Cuando Cristo dice que ha venido al mundo para dar testimonio de la verdad, Pilato para tranquilizar su conciencia, pregunta al Señor: ¿Qué es la verdad?, pero no espera la respuesta, no le interesa, y antes de que Jesús le responda, se marcha. Tiene miedo a conocer la verdad, a que la verdad le exija más de lo que él quiera dar. Es el prototipo del que no quiere enfrentarse con la verdad. La tragedia de Pilato fue que tenía ante él a la Verdad en la persona de Jesucristo y no fue capaz de reconocerla. Jesucristo es la Verdad que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la Verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él. En todas las épocas hay personas hambrientas de la Verdad que Cristo ha traído a la tierra. Pero no faltan quienes -como Pilato- se encogen de hombros ante ella, porque no están dispuestos a afrontar los sacrificios que su búsqueda comporta, ni a aceptar las consecuencias que se deriven de su hallazgo. También hay quienes niegan la verdad y caen en el relativismo, es decir, dejarse “llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina”. Y se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. No debemos caer en la tentación del relativismo. Sólo la Verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación.

Pilato con bastante ironía pregunta a los judíos: ¿A vuestro Rey voy a crucificar?, y ellos, olvidando todas sus esperanzas de sacudir la dominación romana, con la consiguiente renuncia a la libertad, gritaron: No tenemos más rey que el César. Y aquel grito salió de las gargantas de los que odiaban a Roma y que habrían hecho lo imposible por sacudirse su yugo, y, sin embargo, aseguran que no reconocen más rey que el César, en aquellos momentos Tiberio, que les odia, que es un extraño, un idólatra, un incircunciso. ¡Cuántas personas por no aceptar a Cristo se esclavizan de las pasiones más bajas! Renuncian a tener la libertad propia de los hijos de Dios para ser esclavos de Satanás, del pecado y de la muerte.

El gobernador romano, por miedo a perder su posición, a que sea acusado de no ser amigo del César, condena a Cristo a morir en la cruz. Y eso que ha dejado claro por tres veces que Jesús es inocente. Para quedarse tranquilo, se lava las manos. La sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la Humanidad, la sentencia de Pilato, que condena a muerte al Hijo de Dios, fue permitida por Dios Padre a causa de su infinito amor al hombre. Con el gesto de lavarse las manos, Pilato imputa al pueblo la responsabilidad de la muerte de Jesús. La respuesta de los judíos –Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos- ha de entenderse como rechazo al Mesías, por lo cual Dios da su viña a otro pueblo que produzca frutos dignos. Lo que se perpetró en su Pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura (Concilio Vaticano II).

Al entregar Pilato a Jesús a los judíos para que fuese crucificado, no podía alegar que careciese de potestad: momentos antes le había dicho a Cristo que tenía poder para condenarle o soltarle. No está exento de culpa el procurador romano de la crucifixión del Señor, aunque él se lavara las manos diciendo que era inocente de la sangre derramada por Cristo. La culpa de la crucifixión no puede achacarse a una sola nación, raza, pueblo o individuo. El pecado fue la causa de la muerte del Señor en la cruz, y toda la Humanidad estaba infeccionada por el pecado de una manera hereditaria. Tanto los judíos como los gentiles participaron en la culpa.

Poncio Pilato, al dictar la sentencia contra Jesucristo, condenó a un inocente. Judas Iscariote confesó que había entregado “sangre inocente”; el propio procurador repitió varias veces que “no hallaba culpa en Él”; Herodes no le imputó ningún crimen que mereciera la pena capital; Claudia Prócula, la mujer de Pilato, lo tuvo por “hombre justo”; san Dimas, el buen ladrón diría más adelante, desde la cruz, que Él no había hecho nada malo; y el centurión proclamaría finalmente: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.

¡Jesús!, Tú sin culpa alguna, reconocida tu inocencia por quien te ha juzgado, en la sentencia más injusta de la historia, has sido condenado. Tu Sangre ha quedado en las manos de quien cedió al odio y al miedo. Esas manchas sangrientas -testimonio de injusticia- por mucho que se laven las manos nunca podrán borrarse. ¡Jesús de la Sentencia, líbrame de cometer injusticias!

La noticia de la condena de Jesús corrió de boca en boca con la velocidad del viento. Y llegó a oídos de Santa María, y su alma quedó anegada en amargura. Procuremos nosotros, ayudados por la Virgen María, consolar a Nuestro Señor aceptando en todo momento la santa Voluntad de nuestro Padre Dios.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (VIII)

Real, Ilustre, Venerable y Capitular Hermandad Sacramental de Nuestra Señora de la Merced y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de las Cadenas, Santísimo Cristo de Jerusalén y Buen Viaje y María Santísima de los Dolores

Del templo catedralicio inicia su recorrido la procesión de la Hermandad de Jesús de las Cadenas, conocida por la de los Judíos. En el “paso” del Señor vemos a Cristo encadenado. El misterio representa los momentos posteriores a la coronación de espinas, en concreto, la burla de la soldadesca. A los sufrimientos físicos se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo o ayuda por parte de los parientes o amigos más próximos, que la guardia se encarga de impedir sin contemplaciones. En el caso de Jesús, ese cúmulo de sufrimientos -siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la Humanidad. En años anteriores, en el “paso” del Señor estaba representada la flagelación de Cristo, en presencia de los autoridades religiosas del pueblo judío. Espectáculo el más horrendo que el mundo vio, ni jamás verá: los hombres azotando al Hijo de Dios, a la vista de su eterno Padre y de todos los ángeles del Cielo, sin que haya nadie que se lo estorbe (Luis de Palma).

El procurador romano, Poncio Pilato, por un lado, no está dispuesto a consentir la condena de un inocente; pero, a la vez, desea contentar a la muchedumbre y evitar de este modo una posible revuelta. Por eso, busca una vía intermedia y propone a los judíos: Después de castigarle, lo soltaré. No hay lógica alguna en estas palabras, pues ¿qué motivo existe para castigar a un hombre del que se acaba de reconocer su inocencia? Cadenas de Jesús en el Pretorio. Merced a esas ataduras a la columna y a la sangre derramada en la flagelación, Jesús, que es la Verdad hecha Persona, nos hace libres, rompe las cadenas de la esclavitud del pecado.

La flagelación era un suplicio tremendo. La costumbre romana -y así parece que obraron con Jesús- consistía en utilizar un terrible instrumento, un flagelo en el que las correas terminaban en bolas de plomo y puntas de metal. No había un límite al número de azotes. Muchos de los que la sufrían morían durante el suplicio o a causa de él; en cualquier caso, cuando era ejecutada sistemáticamente, como ocurrió en el caso de Jesús, causaba gravísimas lesiones y dejaban al reo tan debilitado que era prácticamente incapaz de moverse luego por sí mismo. Al contemplar esta escena de la Pasión del Señor, se ve a Jesús atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. -Más golpes. Más saña. Más aún… Es el colmo de la humana crueldad. Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. -Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto. Tú y yo no podemos hablar. -No hacen falta palabras. -Míralo, míralo… despacio. Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación? (San Josemaría Escrivá).

Después de la flagelación Cristo aparece hecho un guiñapo. Tal como había profetizado Isaías, su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres. No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el deshecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento, y su rostro cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él. Leamos el relato evangélico.

Pilato le preguntó a Jesús: ¿Qué es la verdad? Y después de decir esto, se dirigió otra vez a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él ninguna culpa. Vosotros tenéis la costumbre de que os suelte a uno por la Pascua, ¿queréis que os suelte al Rey de los judíos? Entonces volvieron a gritar: ¡A ése no, a Barrabás! Barrabás era un ladrón. Entonces Pilato dijo: Después de castigarle, lo soltaré. Tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Después de la flagelación los soldados del procurador lo condujeron dentro del patio, es decir, el Pretorio, y convocaron a toda la cohorte. Le desnudaron, lo vistieron con una túnica roja y le pusieron una corona de espinas que habían trenzado, y en su mano derecha una caña; y se burlaban diciendo: Salve, Rey de los Judíos. Y le golpeaban en la cabeza con una caña, le daban bofetadas, le escupían e hincando las rodillas se postraban ante él. Después de reírse de él, le despojaron de la túnica y le colocaron sus vestiduras.

*****

La soldadesca, después de la flagelación, tomó a Jesús como objeto de sus burlas. Y como lo acusaban de que se hacía pasar por rey, lo coronaron y lo vistieron como tal. La coronación de espinas no formaba parte de la pena legal prevista, sino que los mismos soldados, llevados por su crueldad y afán de burlas, la añadieron por su cuenta. El Evangelio describe con escueta sobriedad la entrega sin resistencia de Jesús a los tormentos y al ridículo. Los hechos hablan por sí solos. Jesús toma sobre Sí, por amor al Padre y a toda la Humanidad, el castigo que los hombres merecen por sus pecados. En el corazón de cada uno de los redimidos debe brotar, generosamente, el agradecimiento a Jesucristo y, junto con el agradecimiento, el dolor de sus pecados, el amor, los deseos de sufrir en silencio junto a Jesús, el ansia de reparar los propios pecados y los de los demás, y el propósito de nunca más pecar.

¡Jesús de las Cadenas! Lágrimas amargas humedecen mis ojos al verte con el cuerpo ensangrentado. Esas heridas en tu carne inocente por mis pecados fueron causadas. Por eso, Señor, quiero desagraviarte una vez más -y siempre- por la corona de espinas, por los latigazos, por las bofetadas, por los salivazos, por la cruz… por mis pecados.

La figura doliente de Jesús, flagelado y coronado de espinas, con una caña por cetro y un viejo manto de púrpura sobre sus hombros, ha quedado como símbolo vivo del dolor humano. Jesús tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo. Por eso los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor, de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado. Tienen en sus manos un gran tesoro con el cual pueden hacer mucho bien a los demás. La aceptación en la fe de cualquier sufrimiento humano puede convertirlo en una participación personal en el sufrimiento sacrificial y expiatorio de Cristo. El mismo Cristo continúa su Pasión en el hombre que sufre. El sufrimiento es el camino obligado de la salvación y de la santificación. Para ser santos, podemos carecer de este o aquel carisma, de esta o aquella actitud especial; pero no se puede dispensar del sufrimiento. Sufrir es un ingrediente necesario de la santidad. Como lo es el amor. Y de hecho, el amor que Cristo nos enseña y que Él vivió primero, dándonos ejemplo, es un amor… que expía y salva a través del sufrimiento. Puede haber amor sin sufrimiento. Pero el sufrimiento sin el amor no tiene sentido. Con el amor, aceptado como lo aceptó Cristo, el sufrimiento adquiere un valor inestimable (San Juan Pablo II).

El evangelista san Juan sitúa el episodio de la coronación de espinas en el centro de la narración acerca de lo ocurrido en el Pretorio. Con ello pone de relieve que en la coronación de espinas resplandece la realeza de Cristo: aunque aquellos soldados romanos sólo de modo burlesco le aclamen como Rey de los judíos, el Evangelista nos da a entender que Jesucristo verdaderamente es rey. Cristo, revestido con las insignias reales para aquella trágica parodia, hace vislumbrar su grandeza y majestad. Él es realmente Rey de reyes. Digno es el Cordero que ha sido sacrificado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. Sí, la realeza le pertenece a Cristo. Es significativo que durante su pasión apareciera con los atributos de la realeza -cetro, corona y manto de púrpura- y que la causa de su condena fuera la de ser rey.

El título y poder de rey pertenecen por derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Es también rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la Humanidad redimida con su Sangre. La oración colecta de la Misa de la fiesta de Cristo Rey expresa con claridad la liberación del pecado: …haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique siempre. Cristo es rey. Es Rey de las almas y de las conciencias, de las inteligencias y de las voluntades, Cristo lo es también de las familias y de las ciudades, de los pueblos y de las naciones. Se ve en el mundo del principio del siglo XXI que se organiza la vida social como si Dios no existiese, y se engendra de esta forma la apostasía de las masas. También en esta época, en estos inicios del tercer milenio, hay personas que dicen: No queremos que reine Cristo. Pero los cristianos, discípulos del Maestro, quieren que Cristo esté en el centro de su corazón, en su vida, pues saben que su Reino es de la verdad y la vida; de la santidad y la gracia, de la justicia, el amor y la paz.

Ya en la noche, Nuestro Padre Jesús de las Cadenas regresa a su barrio de La Merced. Hemos contemplado en la estación de penitencia de su Hermandad esa imagen suya. ¡Cómo estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes, reciente y fresca, y por otras, fea y ennegrecida! Pero, como enseña un Padre de la Iglesia, sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado (San Jerónimo).

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (VII)

Real, Antigua, Ilustre y Fervorosa Hermandad del Sagrado Corazón de Jesús y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Humildad despreciado de Herodes, María Santísima de la Victoria Coronada y San Juan Evangelista

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, dijo Jesús a las multitudes que le seguían. Todos los años, en la estación de penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Humildad despreciado de Herodes, Cristo nos invita a fijarnos en Él para que seamos humildes. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Humildad en Belén, donde tuvo por cuna un pesebre, Él que pudo elegir el lugar donde nacer; humildad también en Nazaret, donde pasa por uno más de los habitantes de aquella pequeña aldea, Él que es Señor de todo lo creado; humildad en su vida pública, pues fue predicando el Reino de los cielos con mansedumbre, Él que es el único que tiene palabras de vida eterna; humildad en su entrada en Jerusalén el día de Ramos, montado en un borrico, Él que por ser Rey del universo podía haber elegido otro trono; humildad en la Pasión, donde es tratado como un malhechor, Él que es la Inocencia; y humildad en el Sagrario, donde está a nuestra disposición, escondido en las especies eucarísticas, Él que es Pan de vida.

San Pablo nos dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. El Hijo de Dios se hace hombre -toma la forma de siervo- dándonos un ejemplo maravilloso de humildad. Sin embargo, hoy día vemos que la pretensión de nuestros primeros padres -Adán y Eva- de querer ser como Dios continúa siendo actual. Ha prendido en la mentalidad moderna la idea de que el hombre ha llegado a una madurez tal que ya no necesita de Dios. El mismo hombre se ha convertido en su propio dios. ¡Pura soberbia! Los seguidores de este pensamiento verdaderamente herético ven al mundo contemporáneo como un mundo en el cual el hombre puede vivir sin apoyarse en Dios, y cuando Dios no es necesario es como si Dios hubiera muerto. Esta elucubración verdaderamente disparatada tiene una cierta influencia en el comportamiento de muchos hombres, dando paso a la secularización, entendida ésta como una comprensión atea del mundo y de la sociedad. En nuestros días vemos como hay quienes viven como si Dios no existiera, han marginado de sus vidas a Dios. Las consecuencias son nefastas.

En el “paso” del misterio de Jesús de la Humildad vemos la representación del pasaje evangélico de Jesús ante Herodes Antipas. Cristo recibe la humillación de ser considerado como un demente, se ríen de Él. ¡Cuánta humildad la de Nuestro Señor! Le pusieron un vestido blanco como se solía poner a los locos, cuando fue despreciado por el incestuoso reyezuelo. Su silencio manifiesta humildad. Con su actitud, el Señor nos pone en guardia frente a la autosuficiencia y la soberbia, como queriendo recordarnos que sentirse marginado, humillado, es la senda de la humildad. Leamos el relato del Evangelio.

Pero ellos (los enemigos de Cristo) insistían diciendo: Solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí. Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén. Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato. Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.

*****

El tetrarca de Galilea, Herodes Antipas, solía subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua y se hospedaba en el palacio de los Asmoneos, en el centro de la ciudad. Pilato, al enviarle a Jesús, intenta desentenderse de un pleito enojoso y negociar una amistad útil para su carrera política. Y a aquel palacio donde estaba la corte de un rey lujurioso fue conducido Jesús. Y ante esa corte de corrupción, vicios, crímenes y bailes, donde el precio de una danza, la paga de una bailarina, fue la cabeza de un santo, compareció Cristo por ser de la jurisdicción de Herodes.

La actitud del Señor ante Herodes Antipas va a ser muy distinta de la que tiene con Pilato. Herodes era un hombre supersticioso, sensual y adúltero. A pesar de su estimación por Juan el Bautista, lo había mandado decapitar atendiendo los ruegos de la hija de Herodías. Ahora intenta servirse de Jesús para su diversión y entretenimiento. Quiere verle como quien desea presenciar una sesión de magia. Mucha locuacidad en el rey, y Jesús calla. Desencanto en Herodes. Jesús no contesta a sus preguntas hechas con palabrería aduladora. La postura del Salvador es de sencillez y grandeza y, por otra parte, de severidad. Su silencio elocuente es el castigo ejemplar para este tipo de conductas. Herodes reacciona poniendo al Señor un vestido blanco en señal de burla.

En el misterio del “paso” del Señor vemos a Herodías al lado del tetrarca. No quiso perderse el espectáculo que Herodes le había asegurado que vería. Y Cristo está de espaldas a la incestuosa pareja. Jesús en Caná de Galilea asistió a una boda para santificar el amor humano y para felicitar a los recién casados; y con su presencia bendijo la unión entre un hombre y una mujer, sellado con el matrimonio. Y el mismo Jesús en el palacio de los Asmoneos, no sólo no dijo palabra alguna sino que tampoco puso su mirada en aquel hombre y en aquella mujer corrompidos por la lujuria, les da la espalda.

Las dos actitudes de Jesucristo, la de Caná de Galilea y la del palacio de Herodes, encierran una enseñanza sobre la virtud de la castidad y el matrimonio. Y es necesario referirnos a esta enseñanza, pues en nuestros días se habla mucho de ecología, de la purificación del ambiente físico, de los peligros de la contaminación. Pero, sin embargo, pocos son los que se preocupan de una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios. Y en un ambiente permisivo y claramente agresivo como es el que se respira en la sociedad actual, en el que no rara vez se ridiculiza la virtud de la castidad a través de medios audiovisuales y de comunicación, con programas corruptores que dañan claramente las imágenes de la familia, de la bondad de la sexualidad humana y de la fidelidad matrimonial, no hay más remedio que afirmar claramente que la castidad protege al amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios siempre dentro del matrimonio. Sí, hay que resaltar la nobleza del sexo. Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo un corazón limpio puede llevar plenamente a cabo la gran empresa de amor que es el matrimonio. Sólo un corazón limpio puede servir plenamente a los demás. No dejéis que destruyan vuestro futuro. No os dejéis arrebatar la riqueza del amor. Asegurad vuestra fidelidad, la de vuestras futuras familias, que formaréis en el amor de Cristo (San Juan Pablo II).

Por el lado contrario, la lujuria hace que el hombre quede de tal manera sujeto a los caprichos de la pasión que rebaja su dignidad racional a la de un simple bruto incapaz de dominar el instinto. Además, por la lujuria, el hombre mancha y pervierte su propio cuerpo, reduciéndolo a simple instrumento de placer. Y, sobre todo, infringe un mandato positivo de Dios y frustra la voluntad divina que a todos llama a hacer de su cuerpo un templo del Espíritu Santo y un miembro vivo del Cuerpo Místico de Cristo. San Pablo, refiriéndose a la impureza, escribió: Las obras de la carne son manifiestas, las cuales son adulterio, fornicación, deshonestidad, lujuria, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, enojos, riñas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, embriagueces, glotonerías y cosa semejantes. Sobre las cuales os prevengo, como ya tengo dicho, que los que tales cosas hacen no alcanzarán el reino de Dios.

Herodes y Pilato se hicieron amigos. En la Escritura estaba profetizado del Mesías: Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. Estas palabras la vieron cumplidas los Apóstoles en el acuerdo entre el procurador romano y el tetrarca de Galilea: Porque verdaderamente se han reunido en esta ciudad (Jerusalén) contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y las tribus de Israel, para hacer lo que tu mano y tu consejo decretaron que se hiciese. Y pueden verse cumplidas a lo largo de la historia en los ataques que sufre la Iglesia. ¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciera; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real (San Josemaría Escrivá).

¡Jesús de la Humildad!, haz que la siembra de humildad que has realizado en nosotros durante la estación de penitencia dé el fruto que Tú esperas. Y te pedimos por la limpieza de nuestros corazones -condición indispensable para gozar de la visión de Dios-; la inocencia de las almas de los niños; la pureza de los jóvenes; y el amor siempre fiel de los esposos.