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Necesidad de orar siempre

En el Evangelio hay una parábola en la que Jesús habla sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarnos. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, logra que se la haga justicia a su favor. Y Jesús concluye: si la viuda logró convencer a ese juez, ¿pensáis que Dios no nos escucha a nosotros, si le pedimos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche? La oración perseverante es más bien expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer el mal con el bien. Aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! (Papa Francisco).

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Oración: necesidad y seguridad

La oración, cuando es verdaderamente cristiana, oscila entre la necesidad que siempre contiene y la certeza de ser cumplida, aunque si no se sabe exactamente cuando. Quien reza no teme molestar a Dios y nutre una confianza ciega en su amor de Padre. Confianza ciega como la de los dos no videntes del pasaje del Evangelio, que gritan detrás de Jesús su necesidad de ser sanados. O como el ciego de Jericó, que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. El mismo Jesús nos ha enseñado a rezar como “el amigo molesto” que mendiga la comida a media noche, o como “la viuda con el juez corrupto”.

No sé si quizá esto suena mal, pero rezar es un poco molestar a Dios, para que nos escuche. Pero, el Señor lo dice: como el amigo a media noche, como la viuda al juez… Es atraer los ojos, atraer el corazón de Dios hacia nosotros… Y esto lo han hecho también los leprosos que se le acercaron: “Si tú quieres, puedes curarme”. Lo han hecho con una cierta seguridad. Así, Jesús nos enseña a rezar. Cuando nosotros rezamos, pensamos a veces: “Pero, sí, yo digo esta necesidad, se lo digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con mucha fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo”. Estos gritaban y no se cansaban de gritar. Jesús nos dice: “Pedid”, pero también nos dice: “Llamad a la puerta” y quien llama a la puerta, perturba, molesta.

Insistir hasta los límites de molestar pero también con una certeza inquebrantable. Los ciegos del Evangelio son ejemplo: “se sienten seguros al pedir salud al Señor”.

Y la oración tiene estas dos actitudes: es de necesidad y es segura. Oración de necesidad siempre: la oración, cuando pedimos algo, es de necesidad: “tengo esta necesidad, escúchame, Señor”. Pero también, cuando es verdadera, es segura; “¡Escúchame! Creo que tú puedes hacerlo porque tú lo has prometido”.

Él lo ha prometido: he aquí la piedra angular sobre la que se apoya la certeza de una oración. Con esta seguridad nosotros decimos al Señor nuestras necesidades, pero seguros de que Él pueda hacerlo. Rezar es sentir que Jesús nos dirige la pregunta de los dos ciegos: ¿tú crees que puedo hacer esto?

Él puede hacerlo. Cuando lo hará, como lo hará no lo sabemos. Ésta es la seguridad de la oración. La necesidad de decir la verdad al Señor. “Soy ciego, Señor. Tengo esta necesidad. Tengo esta enfermedad. Tengo este pecado. Tengo este dolor…”, pero siempre la verdad, como es la cosa. Y Él siente la necesidad, pero siente que nosotros pedimos su intervención con seguridad. Pensamos si nuestra oración es de necesidad y es segura: de necesidad porque nos decimos la verdad a nosotros mismos, y segura, porque creemos que el Señor puede hacer aquello que le pedimos (Papa Francisco).

La oración de Moisés

Mientras Moisés está en monte Sinaí hablando con Dios, los israelitas caen en la idolatría. El Señor manifiesta a Moisés su intención de castigar a su pueblo porque había hecho un ídolo: el becerro de oro. Y Moisés rezó con fuerza para que el Señor se lo piense. Esta oración es una verdadera lucha con Dios. Y Moisés habla libremente delante del Señor y nos enseña cómo rezar, sin miedo, libremente, también con insistencia. Moisés insiste. Es valiente. La oración debe ser también un “negociar con Dios”, con “argumentaciones”. Moisés al final convence a Dios y la Biblia dice que el Señor se arrepintió del mal con el que había amenazado a su pueblo. Pero ¿quién ha cambiado aquí? ¿El Señor ha cambiado? Yo creo que no.

El que ha cambiado es Moisés, porque Moisés creía que el Señor habría hecho esto, creía que el Señor habría destruido a su pueblo y él busca, en su memoria, cómo había sido bueno el Señor con su pueblo, como lo había librado de la esclavitud de Egipto y llevado a una tierra prometida. Y con estos argumentos intenta convencer a Dios, pero en este proceso él reencuentra la memoria de su pueblo, y encuentra la misericordia de Dios. Este Moisés, que tenía miedo, miedo que Dios hiciera esto, al final baja del monte con algo grande en su corazón: nuestro Dios es misericordioso. Sabe perdonar. Puede retroceder en sus decisiones. Es un Padre. Todo esto Moisés lo sabía, pero lo sabía más o menos oscuramente y en la oración lo reencuentra. Y es esto lo que hace la oración en nosotros: nos cambia el corazón.

La oración nos cambia el corazón. Nos hace entender mejor cómo es nuestro Dios. Pero por esto es importante hablar con el Señor, no con palabras vacías: como hacen los paganos, dice Jesús. No, no: hablar con la realidad: Pero, mira, Señor, que tengo este problema, en la familia, con mi hijo, con esto, con lo otro…¿Qué se puede hacer? Pero mira, que ¡tú no me puedes dejar así! ¡Ésta es la oración! Pero, ¿tanto tiempo toma esta oración? Sí, toma tiempo.

El tiempo que se necesita para conocer mejor a Dios, como se hace con un amigo. La Biblia dice que Moisés hablaba al Señor cara a cara, como a un amigo. Así debe ser la oración: libre, insistente, con argumentaciones. Y también reprendiéndole un poco: Pero, tú me has prometido esto, y esto no lo has hecho…, así, como se habla con un amigo. Abrir el corazón a esta oración. Moisés bajó del monte vigorizado. He conocido más al Señor, y con esa fuerza que le había dado la oración, retoma su trabajo de conducir al pueblo hacia la Tierra prometida. Porque la oración vigoriza, vigoriza. El Señor nos da a todos la gracia, porque rezar es una gracia.

En cada oración está el Espíritu Santo y que no se puede rezar sin Él, porque es Él quien reza en nosotros, es Él quien nos enseña a decir Dios “Padre”. Y por eso, hay que pedir al Espíritu Santo que Él nos enseñe a rezar, sí, como ha rezado Moisés, a negociar con Dios, con libertad de espíritu y valentía. Y el Espíritu Santo, que está siempre presente en nuestra oración, nos conduzca por este camino (Papa Francisco).