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Jueves Santo

 

Jesús es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: “Yo estoy a tu servicio”. Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros, esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñado (Papa Francisco).

Semana Santa

Palabras del Papa Francisco

En su misión terrena , Jesús recorrió los caminos de Tierra Santa. En la Semana santa vivimos el vértice de este camino. Jesús entra en Jerusalén para dar el último paso, en el que resume toda su existencia: se dona totalmente, no se queda nada, ni siquiera la vida. En la Última Cena, con sus amigos, comparte el pan y distribuye el cáliz “para nosotros”. El Hijo de Dios se ofrece a nosotros, entrega en nuestras manos su Cuerpo y su Sangre para estar siempre con nosotros. En el Huerto de los Olivos, como en el proceso ante Pilato, no opone resistencia, se dona: es el Siervo sufriente anunciado por Isaías que se despoja de sí mismo hasta la muerte. Jesús no vive este amor que conduce al sacrificio de modo pasivo o como un destino fatal; ciertamente no esconde su profunda turbación humana ante la muerte violenta, sino que se entrega con plena confianza al Padre. Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la Cruz. Jesús “me amó y se entregó por mí”. Éste es también mi camino, el tuyo, el nuestro. Vivir la Semana Santa siguiendo a Jesús no sólo con la emoción del corazón; vivir la Semana Santa siguiendo a Jesús quiere decir aprender a salir de nosotros mismos en primer lugar hacia nuestros hermanos y nuestras hermanas, sobre todo aquellos más lejanos, aquellos que son olvidados, que tiene más necesidad de comprensión, de consolación, de ayuda. ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordiosos y rico de amor!

 

Judas vendió a Jesús por treinta monedas. Jesús es como una mercancía: fue vendido entonces y otras muchas veces en el mercado de la historia, en el mercado de nuestra vida. Cuando nosotros optamos por las treinta monedas, dejamos a Jesús de lado. Cuando hablar se convierte en habladuría, en murmuración, eso es una venta, y la persona que está en el centro de nuestra murmuración se convierte en un a mercancía. Era de noche. Es la noche del pecador que encuentra de nuevo a Jesús, su perdón, la caricia del Señor. Hemos de abrir el corazón y gustar la dulzura de este perdón. Qué hermoso es ser santos, pero también qué bello es ser perdonados.

 

Hoy, a mitad de la Semana Santa, la liturgia nos presenta un episodio triste: el relato de la traición de Judas, que se dirige a los jefes del Sanedrín para comerciar y entregarles a su maestro. “¿Cuánto me dais si yo os lo entrego?” Jesús en ese momento tiene un precio. Este hecho dramático marca el inicio de la Pasión de Cristo, un itinerario doloroso que Él elige con absoluta libertad. Lo dice claramente Él mismo: Yo entrego mi vida… Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla (Jn 10, 17-18). Y así, con esta traición, comienza el camino de la humillación, del despojamiento de Jesús. Como si estuviese en el mercado: esto cuesta treinta denarios… una vez iniciada la senda de la humillación y del despojamiento, Jesús la recorre hasta el final.

Jesús permite que el mal se ensañe con Él y lo carga sobre sí para vencerlo. Su pasión no es un accidente; su muerte -esa muerte- estaba “escrita”. En verdad, no encontramos muchas explicaciones. Se trata de un misterio desconcertante, el misterio de la gran humildad de Dios: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito (Jn 3, 16). Pensemos mucho en el dolor de Jesús y digámonos a nosotros mismos: esto es por mí. Incluso si yo hubiese sido la única persona en el mundo, Él lo habría hecho. Lo hizo por mí. Besemos el crucifijo y digamos: por mí, gracias Jesús, por mí. Cuando todo parece perdido, cuando ya no queda nadie porque herirán al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño (Mt 26, 31), es entonces cuando Dios interviene con el poder de la resurrección. La resurrección de Jesús no es el final de un hermoso cuento, no es el happy end de una película; sino la intervención de Dios Padre allí donde se rompe la esperanza humana. En el momento en el que todo parece perdido, en el momento del dolor, en el que muchas personas sienten la necesidad de bajar de la cruz, es el momento más cercano a la resurrección. La noche se hace más oscura precisamente antes de que comience la luz. En el momento más oscuro interviene Dios y resucita.

Seguimiento a Jesús

Seguimiento de Jesús

Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Ju 6, 67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida se llenará de significado y será fecunda (Papa Francisco).

Epifanía

Epifanía

En esta fiesta de la Epifanía, que nos recuerda la manifestación de Jesús a la humanidad en el rostro de un Niño, sintamos cerca a los Magos, como sabios compañeros de camino. Su ejemplo nos anima a levantar los ojos a la estrella y a seguir los grandes deseos de nuestro corazón. Nos enseñan a no contentarnos con una vida mediocre, de “poco calado”, sino a dejarnos fascinar siempre por la bondad, la verdad, la belleza… por Dios, que es todo eso en modo siempre mayor. Es muy importante proteger la fe. Tenemos que ir hacia Belén, allí donde en la sencillez de una casa de la periferia, resplandece el Sol que nace de lo alto, el Rey del universo (Papa Francisco).

La Virgen

La Virgen

Al comienzo de un nuevo año, la Iglesia nos hace contemplar la Maternidad de María como icono de paz. La promesa antigua se cumple en su persona. Ella ha creído en las palabras del ángel, ha concebido al Hijo, se ha convertido en la Madre del Señor. A través de ella, a través de su “sí”, ha llegado la plenitud de los tiempos. El evangelio dice: Conservaba todas estas cosa, meditándolas en su corazón (Lc 2, 19). Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza. Madre, derrama sobre nosotros tu bendición en este día consagrado a ti; muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que trae a todo el mundo misericordia y paz. Amén. (Papa Francisco).

Jesucristo

Jesucristo

A quienes también hoy quieren saber quién es Jesús podemos ofrecerle tres cosas, tres: el evangelio; el crucifijo; y el testimonio de nuestra fe, pobre, pero sincera. El evangelio: allí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, y conocerlo: para que se oueda llevar en el bolso, en el bolsillo, leerlo con frecuencia, un pasaje, un párrafo cada día, la Palabra de Dios es luz para nuestro camino. El crucifijo signo del amor de Jesús que se ha donado por nosotros; y después, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente, en la coherencia de vida entre lo que decimos y lo que vivimos. El evangelio, el crucifijo y el testimonio (Papa Francisco).

Sagrada Escritura

Sagrada Escritura

(Hemos encontrado al Mesías). Todos los días leamos un párrafo del Evangelio, para conocer mejor a Jesús, para abrir enteramente nuestro corazón a Jesús y así lo podremos hacer conocer mejor a los otros. También llevar un pequeño evangelio en el bolsillo o en la cartera nos hará bien… Acercarse al Evangelio, meditarlo y encarnarlo en la vida cotidiana es la mejor manera para conocer a Jesús y llevarlo a los otros. Ésta es la vocación y la alegría de cada bautizado: indicar y donar Jesús a los otros, pero para hacerlo debemos conocerlo y tenerlo dentro de nosotros, como el Señor de nuestra vida (Papa Francisco).