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Catequesis sobre la Confesión (XXI)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

Y los pecados dudosos, ¿cómo se confiesan? Cuando hay dudas, lo primero que debe hacerse es poner los medios razonables para salir de ella; en este caso, bien sea cuidando el examen de conciencia, o bien pidiendo al confesor que le saque de la duda.

En el caso de un pecado dudoso (la duda puede recaer sobre una de estas tres cosas: 1º si se cometió o no el pecado; 2º si fue grave o leve; 3º si está ya confesado o no) y sin haberse obtenido ningún resultado después de hacerse lo dicho anteriormente, el consejo más común es que se debe como confesar el pecado como dudoso, o sea, tal como está en la conciencia. Las personas escrupulosas no deben acusarse de sus pecados dudosos, por la gran facilidad con que surgen en su espíritu dudas del todo infundadas. Deben obedecer al confesor cuando les mande omitir los pecados dudosos.

Y terminamos con los requisitos para hacer una buena confesión con el quinto y último.

* Cumplir la penitencia, que es rezar las oraciones y hacer las buenas obras que mande el confesor para satisfacer por la pena temporal de los pecados.

Has dicho que el examen de conciencia debe ser “profundo y diligente”. ¿Podrías indicar cómo hacerlo? Por supuesto que el examen de conciencia no puede ser algo que se hace rápidamente, sino debe ser detenido, máxime cuando el que se va a confesar lleva bastante tiempo sin acudir al sacramento de la Penitencia. Puede servir de ayuda, a la hora de repasar los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia una serie de preguntas. A continuación están 73 preguntas, algunas de ellas con aclaraciones, que ayudan a examinar la conciencia.

¿Podrías decirme cómo hay que confesarse? Me imagino que esta pregunta se refiere a la forma de decir los pecados. Pues bien, la confesión de los pecados debe ser concisa, concreta, clara y completa.

* concreta: sin generalizaciones, pero dando todos los datos necesarios para que se cumpla el sacramento y para que el confesor pueda dar unos consejos al penitente. No vale decir: Menos matar, he cometido todos los pecados. Tampoco vale decir: soy soberbio o vanidoso. La soberbia no es un cajón de sastre al que va todo. Si uno se enfada, dice que se ha enfadado, no que tiene soberbia. Y si uno menosprecia a los demás porque se cree superior (pura soberbia), dice que ha menospreciado al prójimo. Ya se ha dicho que hay que decir los pecados en su especie ínfima. Algo concreto. No basta decir: He pecado contra la caridad, porque esto no es nada concreto. Se puede pecar contra la caridad insultando a una persona o dejándola morir por no socorrerla.

* concisa: sin rodeos, con sencillez y humildad como consecuencia de un examen hondo, lleno de dolor. Se trata de no alargarse con explicaciones inútiles.

* clara: sin deformar, ni encubrir, ni mediatizar, sin excusarse, para que se pueda juzgar exactamente el estado del alma del penitente.

* completa: diciendo todos los pecados mortales cometidos.

En la Confesión hay que decir los pecados, no las virtudes que uno tiene. Para hablar de las virtudes y de las cosas buenas que uno hace (por la gracia de Dios) está la dirección espiritual. Y los pecados propios. No hay que decir los pecados del prójimo. Ya éste los dirá cuando se confiese él. Y en el caso de que se haya pecado con la complicidad de otra persona (u otras personas) no hay que decir el nombre del cómplice (o de los cómplices). Además, el sacerdote no lo puede preguntar.

¿Y qué es eso de las absoluciones colectivas? En caso de peligro de muerte (y en algún otro caso) un sacerdote puede dar la absolución sacramental (perdonar los pecados) a todo un grupo a la vez. Por ejemplo, un avión que se va a estrellar y entre los pasajeros está un sacerdote. Éste puede decir al resto del pasaje que se arrepienta de sus pecados que les va a absolver de sus pecados. Y a los pasajeros se les perdonan los pecados. Pero como ves es algo excepcional.

La Iglesia dice con respecto a las absoluciones colectivas: No puede darse la absolución colectiva a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual y con carácter general a no ser que: 1º amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente; 2º haya una necesidad grave, es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se dispone de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación (Código de Derecho Canónico, c. 961).

Catequesis sobre la Confesión (XX)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Siempre se obtiene el perdón en el sacramento de la Penitencia? Si uno se confiesa bien, por supuesto que sí. Dios, conocedor de la debilidad y miseria del hombre, no ha puesto límites a su misericordia. Me viene ahora a la memoria el siguiente hecho de la vida de un santo, de san Felipe Neri. Un día, estando sentado en el confesonario se le acercó un joven, que desde hacía tiempo llevaba una vida de pecado, para confesarse. Felipe Neri lo acogió con su acostumbrada caridad y, oída la acusación de los pecados le absolvió, poniéndole como penitencia que apenas hubiera recaído en sus torpezas y vicios volviese a confesarse. El joven, que estaba verdaderamente arrepentido de su mala vida, prometió sinceramente hacerlo. Como sus vicios estaban muy arraigados volvió a caer, pero cumplió su promesa, presentándose enseguida a Felipe Neri. Éste le absolvió de nuevo, imponiéndole la misma penitencia y exhortándole a cumplirla fielmente. Fue el joven tan dócil, que habiendo recaído de nuevo, tornó otra vez a confesarse. Así siguió por algún tiempo; las recaídas, sin embargo, cada vez eran más espaciadas… hasta que, por fin, consiguió corregirse del todo y llegó a ser un cristiano ejemplar y virtuoso.

Entonces se puede confesar uno cuantas veces sean necesarias sin limitación de número alguno… Por supuesto que sí. No hay límite del número de veces que una persona puede acudir al sacramento de la Penitencia. Las veces que sean necesarias y las veces que uno quiera confesarse por devoción. Esto es una manifestación más de la infinita misericordia de Dios.

Entonces se le acercó Pedro y le preguntó: Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No digo yo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 22): Si Cristo dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, esto es, indefinidamente, Él es el primero que nos concede el perdón todas las veces que sean necesarias.

¿Me puedes ya desarrollar con amplitud los requisitos para una buena confesión? Sí. Para que la Confesión sea válida se requiere por parte del penitente (que es la persona que se confiesa): contrición, confesión y satisfacción. Estos tres actos son necesarios por institución divina (así lo ha querido Dios) para la integridad del sacramento de la Penitencia, de tal forma que si faltara uno de ellos sería inválido el sacramento, es decir, no se habría confeccionado el sacramento y, por tanto, no se perdonaría ningún pecado.

Estos actos han sido desglosados en cinco para facilitar la claridad en la exposición: 1) examen de conciencia; 2) dolor de los pecados; 3) propósito de la enmienda; 4) decir los pecados al confesor; y 5) cumplir la penitencia.

La contrición consiste en un dolor del alma y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante.

Después de la contrición el penitente debe realizar la confesión oral de los pecados.

Y por último, deberá cumplir la penitencia que el sacerdote le impone cuando le absuelva de sus pecados. Esto es la satisfacción.

Por tanto, para hacer una buena confesión es necesario:

* Examen de conciencia, que es recordar todos los pecados cometidos después de la última confesión bien hecha.

Si una persona hace mucho tiempo que no se confiesa debe dedicar un tiempo razonable a hacer su examen de conciencia, repasando los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Este repaso no se puede hacer de una forma somera o superficial, sino que tiene que ser profundo y diligente. Por ejemplo, en el quinto mandamiento no basta ver si ha matado o no, hay que ver si ha cuidado de su salud, si ha maltratado a otras personas, si ha escandalizado, si ha arriesgado innecesariamente su vida, si ha tomado drogas, etc.

En el examen, ver los pecados de omisión, pues también se puede pecar omitiendo deberes. Por ejemplo: faltar a Misa un domingo sin motivo es un pecado de omisión. Otro, pasar del largo, sin auxiliar, cuando se ve a un herido grave en plena calle sin que nadie le socorra. O bien, no cuidar de un enfermo grave cuando se tiene obligación de hacerlo. Y así peca de omisión el hijo que no cuida de su madre anciana y enferma, no teniendo ésta otras personas que le puedan cuidar.

También hay que prestar atención a los pecados internos (los cometidos con el pensamiento), pues aunque son secretos y nadie se da cuenta de ellos (Dios, sí), también son pecados, y a veces (si la materia es grave) hieren mortalmente el alma.

* Dolor de los pecados, es decir, arrepentimiento de haber ofendido a Dios. Es un dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos.

Se cuenta que san Cirilo, Obispo de Jesrusalén, vio al demonio en una Semana Santa entre muchas personas que esperaban la ocasión para confesarse. Le preguntó qué hacía allí, y el demonio respondió que hacía un acto de penitencia.

-¿Tú, penitencia?, le replicó san Cirilo.

-Yo te lo diré -dijo el demonio-. ¿No es un acto de penitencia satisfacer o restituir lo que se quitó? Pues yo quité a todos éstos la vergüenza para que pecasen, y ahora vengo a restituírsela para que no se confiesen.

Sin comentarios.

Si el arrepentimiento es concebido por amor de caridad hacia Dios se llama contrición perfecta (por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo de corazón haberos ofendido). Si el arrepentimiento está fundado en otros motivos (fealdad del pecado, temor de las penas del infierno…) se llama contrición imperfecta o atrición (también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno).

La contrición perfecta perdona los pecados mortales si se tiene el propósito de confesarlos. No hay contrición perfecta si no se tiene el propósito de acudir al sacramento de la Penitencia para confesar los pecados cometidos.

La atrición no basta para perdonar los pecados mortales aunque se tenga el propósito de confesarlos. El perdón solo se produce, a diferencia con la contrición perfecta, cuando se recibe la absolución sacramental.

* Propósito de la enmienda. El arrepentimiento lleva consigo el propósito firme de no volver a pecar, de poner los medios necesarios para evitar las ocasiones de ofender a Dios.

El propósito de la enmienda no es un vago deseo de no pecar (yo quisiera no cometer pecados), sino una decisión firme de no pecar (yo quiero no ofender a Dios), de apartarse de todo pecado, de luchar con fuerza contra todas las tentaciones, de quitar toda ocasión de pecado, de romper con todo lo que pueda inducir al pecado. Y te pongo algunos ejemplos, unos de falta de propósito de enmienda, y otros de verdadero propósito.

Si una persona acostumbra a salir con otra, y ésta siempre le lleva por malos lugares, por sitios que son ocasión próxima de pecado (discotecas de mal ambiente moral), si no toma la decisión de no salir con esa persona, no tiene verdadero propósito de enmienda. Lo mismo se puede decir de una persona que se acusa de beber en demasía, de emborracharse, de tal forma que siempre que entra en un bar sale bebido. Ésta, si no decide no pisar nunca más un bar o taberna, no tiene propósito de la enmienda. Y un tercer caso. Un joven que no quiere desprenderse de ciertas publicaciones (revistas pornográficas), sabiendo que el hecho de tenerlas es para él (y añado, para todos) ocasión de pecado, no tiene propósito de enmienda.

Sí tiene propósito de enmienda la persona que deja una empresa porque en ese lugar se hacían negocios sucios y ya había sucumbido una vez en tejemanejes ilícitos. Se ha arrepentido, y yéndose de esa empresa quita la ocasión de volver a participar en actividades pecaminosas e injustas. Otro caso. El chico que no iba a Misa los domingos, porque era algo que le costaba mucho. Al confesarse de este pecado toma la decisión de llamar a un amigo suyo que sabe que cumple siempre el precepto dominical para que le ayude a él, acompañándole, a asistir a Misa los domingos. Y por último, un comerciante que tiene las balanzas amañadas, de tal modo que los kilos son de novecientos gramos. Arrepentido, se confiesa y con propósitos de no hacer más trampas. Para esto compra balanzas en buen estado y se desprende de las que estaban trucadas, y de esta forma quita la ocasión de estafar de nuevo.

* Decir los pecados al confesor. Debemos confesar todos los pecados mortales, con su número y las circunstancias que aumentan o disminuyen su gravedad. Y conviene decir también los pecados veniales.

El que calla (por vergüenza, por ejemplo) a sabiendas algún pecado mortal comete un gravísimo pecado (sacrilegio), y no se le perdonan los pecados confesados. Sale del confesionario con los mismos pecados  y uno más (el del sacrilegio por haber hecho una mala confesión).

Por tanto, en la Confesión hay que decir todos y cada uno de los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha de que se tenga memoria, después de un diligente examen de conciencia, y las circunstancias que cambian la especie del pecado.

Hay, pues, obligación de confesar:

Los pecados mortales, no los veniales; pero de estos últimos es muy útil y conveniente acusarse con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda.

Todos ellos, o sea, sin omitir ningún pecado mortal a sabiendas, pues entonces no se perdona ninguno y además se comete un sacrilegio. Igualmente hace inválida la Confesión el decir pecados mortales que no se han cometido. Por tanto, nada de inventarse pecados.

En su especie moral ínfima, o sea, no limitándose a declarar el género (por ejemplo, “pequé mortalmente”) o la especie superior (por ejemplo, “pequé gravemente contra la justicia” u “ofendí a Dios gravemente al no vivir bien la pureza”), sino concretando la especie ínfima (por ejemplo, “cometí un acto impuro yo solo” o “he robado en materia grave en unos grandes almacenes” o “calumnié gravemente a una persona”, etc.).

Su número. Todos y cada uno de los pecados mortales cometidos después de la última confesión bien hecha. Si después de un diligente examen de conciencia no se puede precisar cuántos fueron, hay que decir el número aproximado o la frecuencia con que se ha pecado.

No hay que exagerar el número de pecados por si las moscas. Es decir, si uno no sabe el número exacto de veces que ha cometido un pecado, pero seguramente no serán más de una docena, no vale exagerar y decir que lo ha cometido aproximadamente unas quinientas veces.

Número aproximado o frecuencia, hemos dicho, no exageraciones. Por ejemplo, si una persona va de vez en cuando a Misa, pero falta la mayoría de los domingos, si no se acuerda del número de veces que ha faltado a Misa en día de precepto, debe decir que desde que se confesó hace el tiempo que sea (siete meses, o dos años u otro período de tiempo) que durante todo ese tiempo ha ido a Misa con una frecuencia de una vez al mes, o una al trimestre, o domingo sí y otro no, o muy de vez en cuando como puede ser una vez al año en la Misa de nochebuena…

Otro ejemplo. Una persona que se ha emborrachado varias veces y a la hora de examinar su conciencia no sabe en cuántas ocasiones ha bebido de más a propósito. Duda si ha sido media docena o quizá diez. En este caso tendría que decir que no recuerda bien, pero aproximadamente unas diez o quizá un poco menos. No basta con decir solamente el número menor de la horquilla, en este caso, seis.

Las circunstancias. Veamos qué circunstancias hay que decir al confesar los pecados. Son las circunstancias morales, que son las condiciones que se añaden a un acto humano ya constituido (en el caso que consideramos, el pecado que se confiesa) y que lo modifican en su substancia (por ejemplo, el mismo robo, cometido por un cajero de banco, tendrá una mayor gravedad. La razón de esta mayor gravedad es que el cajero, además de robar, defrauda la confianza depositada en él). De esta suerte, el acto humano (el pecado de que se acusa el penitente), además de en su objeto, debe ser considerado en sus circunstancias. Evidentemente debe tratarse de circunstancias verdaderamente morales, es decir, las que están relacionadas con la moralidad; y hace falta también que eso sea percibido por la conciencia del sujeto.

Ciertas circunstancias cambian por completo el tipo de moralidad, porque se refieren a una virtud diferente a la concernida por el objeto (por ejemplo, el adulterio no lesiona solamente la virtud de la castidad, sino también la de la justicia, por falta de fidelidad a un compromiso solemne). Otras circunstancias son solamente agravantes (robo con fractura, por ejemplo) que aumentan la culpabilidad, o atenuantes (robo doméstico, es decir, el que se comete en el propio hogar, como sería quitar unas monedas a los padres) que disminuyen la culpabilidad.

Así, el que roba un cáliz (objeto sagrado), debe decir esta circunstancia (que lo robado es un objeto sagrado), o que ha cometido un robo sacrílego. La persona casada que tiene relaciones sexuales con otra persona de distinto sexo soltera, debe acusarse de adulterio, o decir, la circunstancia de que está casada. También la persona que al pecar ha escandalizado a otras, no debe omitir esta circunstancia (que ha dado escándalo). Y por último, si alguien roba cierta cantidad de dinero, pero que no es mucha, a una persona muy pobre, debe manifestar en la confesión, además de la cantidad robada, que ha robado a un pobre. Esta circunstancia es agravante y aumenta la culpabilidad.

Los efectos previstos en su causa, por ejemplo, si una persona se emborracha y tiene experiencia que cada vez que bebe de más profiere horribles blasfemias, en la confesión no puede limitarse a decir que se ha emborrachado voluntariamente, sino que debe comentar que cada vez que se embriaga empieza a blasfemar.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XIX)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Sentido del pecado? Explícame… Sí. Las ideas hay que tenerlas claras. Es algo que facilita hacer bien el examen de conciencia. Cualquier transgresión de los mandamientos de la Ley de Dios es pecado, que puede ser mortal o venial según la gravedad de la materia, la advertencia del entendimiento y el consentimiento de la voluntad. Y si se ha pecado, lo que hay que hacer es reconocerlo, sin buscar excusas para decir que no hay pecado. Y no deja de ser pecado porque haya muchas, o pocas, personas que también lo cometan. Voy a concretar lo dicho con unos pocos ejemplos. Si un chico no asiste a Misa un domingo por pereza, o sin causa justificada, ha cometido pecado, independientemente de que vayan, o no vayan, sus amigos o compañeros de colegio o la gente joven. Si uno pronuncia con irreverencia el nombre de Dios, o alguna palabra que hace referencia a la Sagrada Eucaristía, peca, aunque sea una costumbre muy extendida. Cualquier mentira que se diga es pecado, y también se peca cuando se habla mal de los demás o se admiten sentimientos de rencor u odio hacia otra persona. Igualmente hay pecado cuando uno se deja llevar por la pereza y no cumple con sus deberes o cuando desobedece a los padres. Y los malos pensamientos, las miradas deshonestas y los actos impuros son pecados graves.

¿Y tomar drogas? Por supuesto que sí, va contra el quinto mandamiento que nos obliga a cuidar de la propia vida, y las drogas perjudican la salud y la vida humana. Como también es pecado la embriaguez, y no es excusa una fiesta con los amigos o la del fin de año o la feria del pueblo para beber con exceso. Podría continuar poniéndote ejemplos…, pero me parece que no es necesario.

Otro asunto. ¿Cada cuánto tiempo se debe confesar uno? Ya hemos dicho que si una persona tiene su alma manchada con pecados mortales, cuanto antes. Por tanto, cuando se ha cometido un pecado grave no hay que esperar a tener unos cuantos más para ir a confesarse, sino -lo repito adrede- cuanto antes. Sería una equivocación dejarla para más adelante, pues, como ya se ha dicho, quien se mete en el camino del “después” desemboca en el sendero del “nunca”. Hay que hacer las paces con Dios enseguida.

Para las personas que viven habitualmente en gracia es muy recomendable que se confiesen con frecuencia, quizá una vez a la semana o quincenalmente.

Has dicho que es muy aconsejable la Confesión frecuente. Quizás una vez a la semana. ¿También si no hay pecados mortales? Sí, eso he dicho. Mira. No es necesario confesarse si se está en gracia, pero sí es conveniente porque este sacramento, además de perdonar los pecados -y aunque no haya pecados mortales, siempre hay veniales- aumenta la gracia y fortalece el alma.

Para avanzar cada día con más fervor en el camino de la virtud, queremos recordar encarecidamente el piadoso uso de la Confesión frecuente, introducido en la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo, con el que se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se desarraigan las malas costumbres, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias, y se aumenta la gracia en virtud del Sacramento (Pío XII, Encíclica Mystici Corporis, del 29 de junio de 1943).

¿Confesor fijo o “padre topete”? Lo primero. Lo dijo bien claro el papa Juan Pablo II: Es necesario comprender la importancia de tener un confesor fijo a quien recurrir habitualmente: él, llegando a ser también director espiritual, sabrá indicar a cada uno el camino a seguir para responder generosamente a la llamada a la santidad (Alocución 4 de diciembre de 1981).

Eso sí, todo sacerdote con las debidas licencias puede confesar, y por tanto, se puede acudir a él. Se dice “padre topete” al sacerdote primero con que uno se encuentra (topa) para confesarse, que normalmente es siempre distinto. Quiero dejar bien claro que es recomendable tener un confesor fijo, pero no es necesario, y que cada fiel -con plena libertad- se puede confesar con quien quiera (siempre que sea sacerdote con las oportunas licencias), aunque cada vez sea uno distinto.

Con un ejemplo te explico por qué es conveniente tener un confesor fijo. Una persona cuando enferma avisa al médico de cabecera, porque le conoce bien y sabe bien su historial clínico. No es lógico que cada vez que le aqueja algo acuda a un médico distinto, al primero que se encuentre. Pues igual pasa en la vida espiritual, el confesor fijo nos conoce muy bien y puede ayudarnos más que otro que no nos conoce. Pero repito, tanto el confesor fijo como el de ocasión perdonan los pecados.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XVIII)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Hay otros modos distintos de la Confesión para que se perdonen los pecados mortales? Te diré que la confesión individual e íntegra de los pecados graves, también llamados pecados mortales, seguida de la absolución sacramental impartida por el sacerdote, es el único medio ordinario para el perdón de los pecados, es decir, para reconciliarse con Dios y con la Iglesia.

Sin embargo, los pecados veniales también se pueden perdonar por otros medios distintos del sacramento de la Penitencia. Estos medios son los demás sacramentos -sobre todo la Eucaristía-, la oración -especialmente los actos de contrición- y las buenas obras -de forma especial los actos de virtud contrarios a los pecados-.

¿Qué oración por excelencia es un acto de contrición? Es la oración llamada Señor mío Jesucristo, que transcribo a continuación:

¡Señor mío, Jesucristo! Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Actualmente son pocas las personas que se confiesan. ¿Es que las demás personas no necesitan confesarse porque no cometen pecados? Desgraciadamente el sacramento de la Penitencia en algunos sitios ha caído en desuso, pero esto no significa que no sea necesario. Repito lo que ya he dicho. Para recuperar el estado de gracia, la amistad con Dios, después de haberle ofendido gravemente, es necesario confesarse.

Que muchas personas no se confiesan puede deberse a varios motivos. En primer lugar, porque dicen que no tienen pecados. Y esto no es verdad, porque todos somos pecadores. Jesucristo dijo: El que de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra (Jn 8, 7). Y en la primera carta de san Juan leemos: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros (1 Jn 1, 8). Es bien significativo que los santos apreciaban mucho la Confesión, porque se veían pecadores. Es verdad que no tendrían pecados mortales, pero sí veniales. La única persona sin pecado ha sido la Virgen María.

Otro motivo del desuso de este sacramento por parte de algunas personas es la falta de fe. No se preocupan por su alma, ni le dan importancia el vivir en gracia o en pecado.

También hay quienes siempre están aplazando la decisión de confesarse para más adelante, y esto -ya lo hemos visto- es un tremendo error. Otros no se confiesan por vergüenza y respetos humanos. Y habrá quienes no acudan al sacramento de la Penitencia por pura comodidad. Allá ellos.

Pero quizás una mayoría de los que no se confiesan es porque no ven pecado en nada, han perdido el sentido del pecado. Cometen pecados, pero dicen que lo que ellos hacen no son pecados, cuando en realidad sí lo son y, además, graves. Para ilustrar este último motivo te cuento ahora una anécdota histórica que tiene mucho que ver con el perdón de los pecados.

En tiempos del emperador Teodosio -gran campeón de la Iglesia, tanto contra los arrianos, como contra los paganos- hubo serios desórdenes y rebeliones en la ciudad de Tesalónica. Se llegó incluso al asesinato de algunos oficiales del Imperio. El emperador, mal aconsejado por los que le rodeaban, se vengó de la ciudad en forma tal que llenó de horror al mundo entero. Se proclamaron Juegos Públicos en la ciudad de Tesalónica y se llenó el anfiteatro. Los soldados del Imperio comenzaron la matanza contra el pueblo desarmado, después de haberlo rodeado de manera que fue imposible la evasión del local público. Unas siete mil personas fueron las víctimas de tan inhumana represalia.

Por este tiempo, Teodosio reunió su corte en la capital del Imperio, Milán, cuyo obispo -san Ambrosio- era muy amigo del emperador, pero después de tamaño crimen, el santo no sólo le negó la comunión sino que se fue de Milán y escribió al emperador diciéndole que debía hacer pública penitencia antes de entrar de nuevo en la iglesia. (Algunos dicen que, de hecho, el santo obispo aguardó al emperador a la puerta de la catedral para decirle que debía arrepentirse de tan grave acción criminal y hacer pública penitencia al ser su pecado bien notorio, y le negó la entrada). Teodosio, que no había dado importancia a su pecado, se excusó diciendo que el rey David obró de manera semejante en una rebelión contra él.

Si imitaste al rey David pecador -le dijo san Ambrosio-, imita también a David penitente. El Emperador obedeció y se humilló, postrado en tierra, sin ninguna señal de realeza y llorando su pecado, mientras el pueblo llorando también, rogaba a Dios por él, para que le concediese misericordia.

Sólo después de reconocer su pecado, de pedir perdón a Dios por su pecado y de hacer penitencia, Teodosio fue readmitido a la comunión de la Iglesia.

La enseñanza que encierra esta anécdota es ésta: de la misma forma que a Teodosio no le fue posible entrar en la iglesia sin antes haber hecho penitencia, los hombres no podrán entrar en la gloria del Cielo si antes no se arrepienten de sus pecados y piden perdón a Dios. Luego, y perdona mi machaconería, para entrar en el Cielo hay que estar en gracia de Dios. Y para recuperar el estado de gracia después de haber ofendido gravemente a Dios por el pecado mortal es necesario acercarse al sacramento de la Penitencia. Pero para arrepentirse hay que reconocer los pecados que se han cometido, darles importancia.

Algo semejante a lo ocurrido a Teodosio les pasa a muchas personas de nuestros días. No me refiero a que actualmente sean frecuentes asesinatos en masa como el de Tesalónica, aunque desgraciadamente haya genocidios y clínicas dedicadas a matar a los seres más inocentes como son los niños aún no nacidos. Me refiero a la pérdida del sentido del pecado. Teodosio cometió un pecado tremendo y no tuvo conciencia de haber pecado hasta que san Ambrosio se lo hizo ver. Y ¿cuántos contemporáneos nuestros hay que quebrantan los Mandamientos de la Ley de Dios y dicen que no tienen pecado? Otros quitan importancia a sus pecados diciendo que los demás también lo hacen.

En el año 1946, el papa Pío XII dijo en una ocasión: El mayor pecado del mundo de hoy consiste en que los hombres han empezado a perder el sentido del pecado. Y varias décadas después, Juan Pablo II escribió: Uno de los pecados más graves y de más transcendencia en nuestro tiempo, que quizá sea el más grave mirado en su propia malicia y sus funestas consecuencias, es el pecado de no ver pecado en nada. Se ha perdido la conciencia de pecado, y sin embargo el pecado existe. Porque para destruirlo Cristo murió en la Cruz.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XVII)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

Perdona que te interrumpa, ¿me puedes explicar lo de “pena temporal”? Pues bien, todo pecado, incluso venial, entraña un apego desordenado a las criaturas, y, por tanto, es necesaria una purificación, ya sea aquí abajo, o bien, después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la “pena temporal” del pecado. Y cuando uno se confiesa parte de esa pena temporal se remite, se quita.

Continúo con los efectos espirituales de la Confesión.

* Da una paz y serenidad de conciencia. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.468). Y esto es así, porque la Confesión quita un peso enorme, que son los pecados, y restituye la dignidad y los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.

* Acrecienta las fuerzas espirituales para el combate cristiano. El sacramento da un particular auxilio (la gracia sacramental que aparece en la definición) para no recaer en el pecado.

* Restituye las virtudes y los méritos. Te lo explico brevemente. Al pecar, el hombre pierde la virtud de la caridad, pues ésta es amor a Dios, y el pecado no es precisamente un acto de amor a nuestro Creador. Además, las otras virtudes teologales (fe y esperanza) quedan en un estado que, para que nos entendamos, vamos a calificar de  mortecino. No se pierden totalmente (a no ser que sea un pecado contra la fe o contra la esperanza), pero están como muertas. Pues bien, con la Confesión se recupera la caridad y las otras dos virtudes se revitalizan.

¿Y los méritos? Sí. Contesto. Es muy sencillo. Una persona en estado de gracia que hace buenas obras va adquiriendo méritos para la vida eterna. Cuando peca mortalmente, pierde todos esos méritos. Ahora bien, los recupera todos cuando se confiesa.

¿Qué obligación tenemos de confesarnos? He aquí la respuesta a tu interesante pregunta. El Derecho de la Iglesia (Código de Derecho Canónico) dice: Todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año (canon 989).

Como es lógico, si una persona está peligro de muerte y quiere salvarse, debe confesar sus pecados mortales. Además, es necesario confesarse cuando se tiene el alma en estado de pecado y se quiere comulgar. Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Pero es conveniente confesarse con frecuencia, aunque no haya pecados mortales (siempre hay pecados veniales). Cuando una persona se confiesa sin pecados mortales, Dios le aumenta la gracia santificante. Si se tiene la desgracia de cometer un pecado mortal, lo mejor es confesarse cuanto antes.

Te copio lo que leí en un libro escrito por Albino Luciani, que murió siendo el papa Juan Pablo I. Para tomar la decisión de vivir como cristiano, es una equivocación esperar, dejándola siempre para más adelante. Quien se mete en el camino del “después” desemboca en el sendero del “nunca”. Conozco a alguno que parece haber convertido la vida en una perpetua “sala de espera”. Llegan y parten los trenes y él dice: -¡Saldré otro día! ¡Me confesaré al final de mi vida!

Del “valiente Anselmo” decía Visconti-Venosta: Pasa un día, pasa otro / Nunca vuelve el valiente Anselmo.

Aquí tenemos todo lo contrario. Un Anselmo que no parte nunca. Supongamos que hay una guerra. El enemigo avanza destruyendo todo y asesinando en masa. Todos escapan: los aviones, los trenes son tomados al asalto.

-¡Ven le grito yo a Anselmo-, todavía queda un puesto en el tren, sube rápido!

Y él: -Pero ¿es cierto que el enemigo me hará papilla si me quedo aquí?

-¡Cierto no, podría perdonarte, podría suceder también que antes de su llegada pasase otro tren. Pero son posibilidades lejanas y se trata de la vida. Esperar todavía más es una imprudencia temeraria!

-¿No podré convertirme también más tarde?

-¡Ciertamente, pero será quizá más difícil que ahora. Los pecados repetidos se convierten en hábitos y en cadenas, que son más difíciles de romper. Ahora, corre, por favor! (Cardenal A. Luciani, Ilustrísimos Señores, p. 29).

Por tanto, cuando se ha tenido la desgracia de cometer un pecado mortal urge acercarse a la Confesión. Dejarla para más adelante es una tremenda equivocación, porque nunca se sabe si habrá un más adelante y además el alma en pecado es presa fácil para el demonio. Sin la gracia santificante se encuentra totalmente debilitada, sin fuerzas para hacer frente con esperanza de victoria a nuevas tentaciones.

Y si viene la tentación de decir ya que no estoy en gracia sino en estado de pecado, “barra libre”, es decir, qué más da un pecado más que menos. Cuando me confiese, ya los diré todos, pero mientras tanto, a pecar. Pues si viene esta tentación hay que rechazarla con prontitud. No es lo mismo un pecado que cinco, y cuantos más pecados se tiene más difícil es el arrepentimiento. Y el pecado engendra pecado. Hay unos pecados -por ejemplo, los de impureza- que crean hábitos muy difíciles de quitar.

Te pongo un ejemplo. Un chico se enfada con su padre y en un arrebato de ira le pega a su progenitor una bofetada. No sería lógico que el hijo dijera: Ya que le he dado una bofetada, a partir de ahora le doy diez bofetadas más. Lo que haría, si fuera una persona cuerda, es arrepentirse enseguida y pedirle perdón a su padre. Pues si una persona ofende a su Padre Dios no es lógico que diga y haga: Pues ahora le ofendo más. Si ha ofendido a Dios que cuanto antes le pida perdón en la Confesión y deje de pecar.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XVI)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Cuándo hay que cumplir la penitencia? Para evitar que se olvide es bueno cumplirla cuanto antes, inmediatamente después de confesarse. Pero sólo hay obligación de cumplirla antes de la siguiente Confesión. Si una persona no tiene intención de cumplirla, su confesión no es buena. Otro asunto es si se le olvida cumplirla. En este caso la Confesión ha sido válida, porque su intención era cumplirla, pero hay que evitar estos olvidos poniendo más cariño en este sacramento.

¿Y si de lo que se olvida es de la penitencia en concreto que le ha impuesto el confesor? En primer lugar, mucha paz. Pero insisto que hay que evitar estos olvidos. Por eso se aconseja cumplirla enseguida. Y ahora respondo a tu pregunta diciendo que lo que hay que hacer es rezar algunas oraciones. Por ejemplo, si habitualmente las penitencias que te imponen son algunas oraciones (avemarías, padrenuestros, credos, o acordaos), y en una ocasión no recuerdas si el confesor te dijo tres avemarías o tres acordaos o cinco padrenuestros, reza algunas de estas cosas, mejor con generosidad, quiero decir, si no sabes si son tres o cinco, pues reza cinco.

Háblame más de la Confesión. Es lo que iba a hacer. En primer lugar te diré que el sacramento de la Penitencia es la expresión más sublime del amor y de la misericordia de Dios con los hombres, como enseña Jesús en la parábola del hijo pródigo. El Señor espera siempre con los brazos abiertos que volvamos arrepentidos, para perdonarnos y devolvernos nuestra dignidad de hijos suyos. Un Dios que perdona, ¡es una maravilla!, solía decir san Josemaría Escrivá.

La definición de este sacramento es: La Confesión sacramental es el sacramento instituido por Cristo Nuestro Señor para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo, y conferir la gracia sacramental que ayuda a no volver a ofender a Dios y a luchar eficazmente por llegar a la santidad.

La institución de este sacramento fue, como ya se ha dicho anteriormente, en la tarde del mismo domingo en que resucitó Nuestro Señor. En la primera aparición a sus apóstoles Cristo les dijo: “La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo”. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 21-23). La Iglesia ha entendido siempre que Jesucristo con estas palabras confirió a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar los pecados, poder que se ejerce en el sacramento de la Penitencia.

Queda claro que la Iglesia tiene poder, recibido de Jesucristo, para perdonar los pecados de los hombres, por muchos y graves que sean. Y poseen esta facultad de perdonar los pecados: el Papa y los Obispos, y además los sacerdotes que estén debidamente autorizados.

En la definición dada se dice “para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo”, pero ¿cómo se perdonan los pecados anteriores al Bautismo? Pues muy sencillo, con el Bautismo. Si la persona que se bautiza es un niño recién nacido o que aún no ha llegado al uso de razón, se le perdona el único pecado que tiene que es el pecado original. Pero si se trata de una persona con uso de razón, es decir, mayor de siete años y sana mentalmente, en el Bautismo se le perdonan todos los pecados (el original y todos los que haya cometido, ya sean mortales o veniales).

Por tanto, la Confesión es el sacramento propio que tiene la Iglesia para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.

Y te explico también la última parte de la definición, conferir la gracia sacramental que ayuda a no volver a ofender a Dios y a luchar eficazmente por llegar a la santidad, que no es otra cosa que hablar de los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia.

* Reconcilia al hombre con Dios. El penitente (la persona que se confiesa) consigue la reconciliación, pues recupera la gracia. Su alma pasa del estado de pecado al estado de gracia. Por este sacramento se recupera la amistad con Dios, que es la vida de la gracia. De la misma manera que dos amigos cuando se pelean, sólo vuelven a tratarse y a manifestar esa amistad cuando uno de ellos -el causante del enfado- pide perdón y el otro perdona; así nos pasa con Dios, con la diferencia de que en la vida sobrenatural somos nosotros siempre los únicos culpables de romper esa amistad, y, por tanto, somos los que tenemos que pedir perdón a Dios, con la seguridad de que siempre nos lo concederá.

* Perdona los pecados. Éstos son borrados, desaparecen, ya no existen.

* Reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restauraCatecismo de la Iglesia Católica, n. 1.469). Te pongo un ejemplo. En una familia numerosa en la que los padres y los hijos están muy unidos entre sí, un día uno de los hijos por algún motivo, sin explicación lógica, se enfada con el padre y le ofende gravemente. Como es natural el padre sufre, pero no solamente él, sino también los demás componentes de la familia (la madre y los demás hijos). La actitud del hijo que se ha enfadado es ante todo una ofensa al padre, pero también ha atentado contra la armonía reinante en el seno de la familia.

La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Los cristianos, según la expresión de san Pablo, somos domestici Dei, familiares de Dios (Ef 2, 19). Por tanto, el pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él, pero al mismo tiempo, atenta contra la comunión de la Iglesia.

Cuando el hijo que no se ha portado bien con su padre recapacita, se arrepiente y le pide perdón, y el padre le perdona, dando lugar a la reconciliación de ambos, también se produce la reconciliación de aquel hijo con los demás miembros de la familia. Pues análogamente ocurre cuando el pecador se convierte y acude al sacramento de la Penitencia. Su conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia.

* Remite la pena eterna contraída por los pecados mortales. Como bien sabemos, el pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la “pena eterna” del pecado (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.472). Pues el perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado.

* Remite, al menos en parte, la pena temporal, consecuencia del pecado.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XV)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Qué hacer si ha habido confesiones malas por callarse pecados mortales o por falta del verdadero arrepentimiento o del propósito de la enmienda? Entonces es necesario confesarse de todos los pecados cometidos después de la última confesión bien hecha y diciendo también el número de las confesiones mal hechas (o sacrílegas).

¿Qué es una confesión general? Se entiende por confesión general la repetición de todas o varias confesiones pasadas. Puede abarcar la vida entera del penitente o solamente algunos años o meses. La confesión general es necesaria hacerla, como hemos dicho anteriormente, cuando ha habido confesiones pasadas inválidas.

A veces hay personas que hacen confesión general por devoción (por ejemplo, con ocasión de asistir a un curso de retiro, o antes de la ordenación sacerdotal, o antes de contraer matrimonio, etc.).

A las personas escrupulosas no se les aconseja que hagan confesión general porque lejos de tranquilizar su conciencia, la intranquiliza más, por la meticulosidad del examen y la facilidad con que descubren nuevos aspectos y matices absurdos en sus pecados.

La persona escrupulosa es aquella tiene un temor habitual, infundado y aparentemente insuperable de ofender a Dios. Tiene siempre un sentimiento desmedido de culpabilidad. En todo lo que hace le parece que hay pecado. Por ejemplo, cuando se confiesa enseguida le viene la duda si me ha confesado bien o mal, si me ha entendido el confesor lo que le he querido decir, si me he expresado bien. Otras veces duda si ha consentido en una tentación a pesar de que ha puesto los medios para no pecar. Y así podríamos poner infinitos ejemplos de escrúpulos. Los escrúpulos son malos, quitan la paz de la conciencia. Para vencer los escrúpulos hay que obedecer siempre al confesor.

Y si a uno se le olvida decir en la Confesión un pecado mortal. ¿Qué pasa? Es posible que después de haber examinado bien su conciencia a un penitente se le olvide decir un pecado grave. Se entiende que el olvido es totalmente involuntario. Pues bien, la Confesión está bien hecha. Se le han perdonado los pecados, también el pecado que se olvidó confesar. Ahora bien, puede ocurrir que después de haberse confesado se acuerde de no haber dicho un pecado grave por olvido. Pues que no se intranquilice, está en gracia de Dios y puede comulgar. Pero tiene la obligación de decir en la siguiente Confesión que haga el pecado que se le olvidó, advirtiendo que se le había olvidado decirlo en la última Confesión.

¿Y es necesario decir los pecados veniales? La respuesta la tomo del Catecismo de la Iglesia Católica: Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia. En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.458).

Después de haberme ido un poco por  las ramas, continúo con los requisitos. Y una vez que el sacerdote ha dado la absolución, queda aún la quinta y última condición, que es cumplir la penitencia que haya impuesto el confesor, que normalmente serán algunas oraciones.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XIV)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

¿Qué hay qué hacer para confesarse bien? Ésta es la respuesta a tu pregunta: la Confesión es algo santo, un sacramento. Pues bien, hay que acudir a este sacramento preparándose antes, teniendo en cuenta las cinco condiciones para hacer una buena confesión. Ahora te las enuncio brevemente, pero más adelante las desarrollaré con mayor amplitud.

La primera condición es examinar la propia conciencia. Para saber los pecados que se han cometido después de la última confesión bien hecha. A continuación, reconociendo que con esos pecados se ha ofendido a Dios, uno se duele, tiene un verdadero pesar por las ofensas hechas a Dios y una sincera detestación de los pecados. Pero para que el dolor sea auténtico, debe haber un firme propósito de enmienda, una resolución de no volver a pecar y de evitar todo lo que sea ocasión de pecado.

Después de haber dado estos pasos -examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de la enmienda- viene una parte esencial del sacramento de la Penitencia, que es decir los pecados al confesor, con confianza y sinceridad. En la confesión hay que enumerar todos los pecados mortales cometidos y aún no confesados. Puede venir la tentación diabólica de callarse algún pecado. Hay que rechazar con energía esa tentación, pues si uno se calla un pecado mortal a sabiendas -ya sea por temor o por vergüenza- hace una mala confesión y no se le perdona ningún pecado, y lo que es más grave, ha cometido un pecado gravísimo, llamado sacrilegio.

Hay pecados que da “corte” decir… Sí, estoy de acuerdo contigo, pero aunque dé vergüenza decirlos, hay que confesarlos. Y siempre es mejor ponerse un poco colorado en el confesionario (a veces, ni siquiera sabe el confesor quién es el penitente, porque permanece en el anonimato y tampoco le ve si se confiesa a través de la rejilla) que aparecer en el Juicio Universal delante de toda la humanidad con una serie de pecados, de esos que da “corte” decir. La vergüenza que se pueda pasar al decir ciertos pecados bienvenida sea, porque salimos del confesionario purificados, sin esos pecados. Pero si esa vergüenza, por no haberla pasado antes, se tiene que pasar en el Juicio Universal, es tremendo porque ya no habrá perdón y esos pecados acompañarán para siempre al pecador.

Se aconseja que primero se diga los pecados más graves, los que cuesta más decir. San Josemaría Escrivá solía poner un ejemplo muy gráfico. Hablaba de un chico que tenía llenos los bolsillos de piedras pequeñitas y, además, llevaba una piedra grande de gran peso sobre las espaldas. Y tenía que recorrer una gran distancia, desde la Puerta del Sol a Cuatro Caminos (son dos lugares bastantes distantes de Madrid). ¿Qué piedra se quitaría en primer lugar cuando llegara al final de su recorrido? La respuesta que todas las personas dan es la grande. Y después de haberse quitado tan gran peso, iría quitándose las piedras pequeñas. La enseñanza que se saca es bien sencilla. Así hemos de hacer con los pecados. En la Confesión, primero hemos de decir los pecados mortales, los que da más vergüenza. Y después, los veniales, que salen más fácilmente (Cfr. Miguel Ángel Cárceles e Isabel Torra, Historia de un sí, p. 75, Ed. Rialp. Madrid).

A veces uno puede plantearse esta pregunta: ¿Qué pensará de mí si le digo estos pecados? Es una tentación. El sacerdote también es hombre y, como todos los hombres, es también pecador. No se asusta de nada. Está hecho de la misma pasta. Pensará lo grande que es la misericordia de Dios y en el arrepentimiento sincero del penitente. Que éste ama a Dios y por eso le ha pedido perdón  por sus pecados. Que tiene propósitos de ser buen cristiano y de comportarse de ahora en adelante como un buen hijo de Dios. Y también se acordará de las palabras de Cristo: Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7).

Para facilitar el sacramento de la Penitencia, uno de los derechos que tiene el penitente es el del anonimato. Por eso en los confesionarios hay una rejilla que impide verse el confesor y la persona que se confiesa, aunque como es lógico esta rejilla permite que pueda haber diálogo entre ambos. Además el sacerdote no puede preguntar al penitente su nombre.

También existe el sigilo sacramental, que es el silencio absoluto que deben guardar los sacerdotes acerca de los pecados escuchados en la confesión. A nadie puede decir los pecados de otra persona que ha oído en la Confesión. Por tanto, no hay que temer que el sacerdote se chive, pues sabe que se juega su alma si lo hiciera.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XIII)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión (continuación)

Yo he oído decir a ciertos amigos que ellos se confiesan directamente con Dios… Sí, es frecuente oír decir a algunas personas que ellas se confiesan directamente con Dios, que no es necesario acudir a un hombre para que se les perdonen los pecados, o cosas parecidas. Están muy confundidas. Casi siempre estas personas tienen mucha manga ancha y hacen muy poco por evitar el pecado.

Muy brevemente argumento la necesidad de la Confesión para obtener el perdón de los pecados. Lo primero que hay que decir es que el pecado es una ofensa a Dios. Cuando una persona ha ofendido a otra, la que pone las condiciones para otorgar el perdón es la persona ofendida y no la ofensora. Pues bien, Dios es el ofendido por el pecado, y el hombre, si quiere obtener el perdón, debe aceptar las condiciones impuestas por Dios. En el Evangelio vemos cómo Jesucristo, el mismo día de su Resurrección, confirió a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Después sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos” (Jn 20, 22-23). Si Cristo da este poder a sus discípulos es para que éstos -y sus sucesores- lo ejerzan y para que acudamos a ellos pidiendo el perdón de nuestros pecados. Las condiciones de las que  estábamos hablando son éstas: que el pecador -todos somos pecadores- confiese, con verdadero arrepentimiento y firme propósito de la enmienda, sus pecados al sacerdote, y después de recibir la absolución sacramental, que cumpla la penitencia que le haya sido impuesta. Resulta ilógico que el hombre pecador quiera imponer a Dios la forma en que Éste le tiene que perdonar, o elegir otro medio no previsto ni querido por Dios para reconciliarse con Él. Y Dios -Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre-  ha instituido un sacramento para perdonar los pecados. No es razonable pensar que ha instituido un sacramento innecesario, pues si uno puede obtener el perdón sin Confesión, o sin el deseo de confesarse, el sacramento de la Penitencia sobraría al no ser necesario. Y no se puede admitir que Cristo haya instituido un sacramento superfluo.

(continuará)

Catequesis sobre la Confesión (XII)

Del libro: Un Dios que perdona

(El sacramento de la Penitencia explicado a los jóvenes)

Capítulo 4: Confesión

Uno de los conversos más famosos del siglo XX fue el gran escritor inglés Chesterton. Educado en el seno de la Iglesia Anglicana, se convirtió al Catolicismo en 1922, cuando contaba 48 años de edad y ya era conocido por sus publicaciones. Contó en sus escritos autobiográficos cómo a quienes le preguntaban acerca de los motivos de su conversión a la Iglesia Católica, les respondía sencillamente que se hizo católico para que se le perdonasen los pecados. He aquí lo que escribió al respecto: Cuando la gente me pregunta “¿por qué ha entrado usted en la Iglesia de Roma?”, mi primera respuesta es: “para librarme de mis pecados”. Pues no hay otro credo religioso que haga desaparecer realmente los pecados de las personas. Está confirmado por una lógica que a muchos maravilla y mediante la cual la Iglesia deduce que ese pecado confesado por el cual se siente arrepentimiento queda totalmente borrado, y el pecador vuelve a empezar de nuevo como si no hubiese pecado nunca (Gilber Keith Chesterton, Ortodoxia. Citado en Luis Ignacio Seco, Chesterton. Un escritor para todos los tiempos, p. 310. Ediciones Palabra. Madrid).

El relato precedente nos sirve de preámbulo para el tema que vamos a tratar a continuación, que es el sacramento de la Penitencia. Al hablar de la Confesión, lo primero que hay que considerar es la bondad de Dios que perdona los pecados por medio del sacramento de la Penitencia. Nuestro Dios, el único Dios que existe, es rico en misericordia y no quiere la muerte, la desgracia del pecador, sino que se arrepienta, se convierta y viva.

Jesucristo, en su paso por la tierra, tuvo una auténtica pasión por curar a hombres y mujeres de las enfermedades del cuerpo y del alma. No sólo devolvía la salud corporal, sino que también perdonaba los pecados. Por ejemplo, al paralítico de Cafarnaúm, que es llevado en camilla ante Jesús por cuatro amigos, además de ser curado milagrosamente, se le perdonan los pecados. María Magdalena, el Buen Ladrón, la Samaritana, Zaqueo… son algunos de los pecadores que aparecen en los Santos Evangelios perdonados por el Señor. Y también en la Sagrada Escritura vemos cómo el mismo Cristo habla de la misericordia de Dios en varias parábolas; entre otras, la del hijo pródigo y la de la oveja descarriada, que son bien conocidas.

Nuestro Señor quiso que el perdón de los pecados se consiguiese a través de un signo sensible, e instituyó el sacramento de la Penitencia, que también llamamos Confesión. Cuando acudimos a este sacramento bien arrepentidos, con las disposiciones necesarias, tenemos la certeza de que Dios nos perdona, borra todos nuestros pecados, todas nuestras faltas.

(continuará)