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El Sacramento de la Penitencia

De la predicación de san Josemaría Escrivá

Ahora, en muchos sitios, personas sin piedad y sin doctrina aconsejan a la gente que no se confiese. Atacan el Santo Sacramento de la Penitencia de la manera más brutal. Pretenden hacer una comedia: unas palabritas, todos juntos, y después la absolución. ¡No, hijos! ¡Amad la confesión auricular! Y no de los pecados graves solamente, sino también la confesión de nuestros pecados leves, y aún de las faltas. Los sacramentos confieren la gracia ex opere operato -por la propia virtud del sacramento-, y también ex opere operantis, según las disposiciones de quien los recibe. La confesión, además de resucitar el alma y limpiarla de las miserias que haya cometido -de pensamiento, de deseo, de palabra, de obra-, produce un aumento de la gracia, nos robustece, nos proporciona más armas para alcanzar esa victoria interna, personal. ¡Amad el Santo Sacramento de la Penitencia! ¿Habéis visto una manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor? Dios Creador nos lleva a llenarnos de admiración y de agradecimiento. Dios Redentor nos conmueve. Un Dios que se queda en la Eucaristía, hecho alimento y por amor nuestro, nos llena de ansias de corresponder. Un Dios que vivifica y da sentido sobrenatural a todas nuestras acciones, asentado en el centro del alma en gracia, es inefable. Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! Los que hablan contra el Sacramento de la Penitencia, ponen obstáculos a ese prodigio de misericordia divina. He comprobado, hijos míos, que muchos que no conocían a Cristo, cuando han sabido que los católicos tenemos un Dios que comprende las debilidades humanas y las perdona, se remueven por dentro y piden que se les expliquen la doctrina de Jesús. Es necesario hacer bien la confesión. No recibáis nunca los sacramentos, concretamente el Santo Sacramento de la Penitencia, con rutina. Recibidlo siempre con piedad, con delicadeza y con fe actual. Agradecerlo después al Señor: porque un Dios que perdona es una maravilla de amor. Ahora que hay por todas las partes una propaganda diabólica contra el Sacramento de la Penitencia, no debéis retrasar nunca vuestra confesión semanal. Preparadla bien, acudid a confesaros siempre que sea necesario o conveniente, porque lo precise vuestra alma. Esto agrada mucho a Nuestro Señor, porque es una manifestación de amor, de humildad, de agradecimiento por haber instituido este maravilloso remedio sobrenatural para nuestra flaqueza.

 

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El Sacramento de la Confirmación

La Confirmación, junto con el Bautismo y la Eucaristía, forma parte un proceso único que se llama la iniciación cristiana, a través del cual somos insertados gradualmente en Cristo, muerto y resucitado y recibimos una vida nueva. El término Confirmación indica que este sacramento ratifica la gracia bautismal, nos une más firmemente a Cristo: afianza nuestra relación con la Iglesia y concediéndonos una fuerza especial del Espíritu Santo para defender la fe y confesar el nombre de Cristo.

Como todo sacramento, la Confirmación es obra de Dios, que se preocupa de que nuestra vida sea plasmada a imagen de su Hijo, de hacernos capaces de amar como él, infundiéndonos su Espíritu Santo. Este Espíritu actúa con su fuerza en nosotros, en toda la persona y durante toda la vida. Cuando lo recibimos en nuestro corazón, Cristo mismo se hace presente y toma forma en nuestra vida: es él quien reza, quien perdona, el que infunde esperanza, el que sirve a los hermanos más necesitados, el que crea comunión y siembra la paz en nuestra vida. Es Él el que hace eso.

Bautismo

Bautismo

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que concluye el tiempo de Navidad. La voz del Padre proclama el misterio que se oculta en el Hombre bautizado por el Precursor. Y luego la venida del Espíritu Santo, en forma de paloma. Poner bajo la acción del Espíritu Santo nuestra vida de cristianos y la misión, que todos recibimos en virtud del Bautismo, significa volver a encontrar la valentía apostólica necesaria para superar fáciles comodidades mundanas. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos (Papa Francisco).

Unción de los enfermos

Quisiera hablar hoy del sacramento de la unción de los enfermos que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado se lo llamaba “extremaunción”, porque se entendía como confort espiritual en el momento de la muerte. Hablar en cambio de “unción de los enfermos”, nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que aparece en la unción de los enfermos. Es la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas. Cada vez que celebramos tal sacramento, el Señor Jesús en la persona del sacerdote, se vuelve cercano a quien sufre o está gravemente enfermo o es anciano.

Dice la parábola, que el buen samaritano se hace cargo del hombre enfermo, poniendo sobre sus heridas, aceite y vino. El aceite nos hace pensar al que es bendecido por el obispo cada año en la misa crismal del jueves santo, justamente teniendo en vista la unción de los enfermos. El vino en cambio es signo del amor y de la gracia de Cristo que nacen del don de su vida por nosotros, y expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

Y al final la persona que sufre es confiada a un posadero para que pueda seguir cuidándolo sin ahorrar gastos. Ahora, ¿quién es este posadero? La Iglesia y la comunidad cristiana, somos nosotros a quienes cada día el Señor Jesús confía a quienes están afligidos en el cuerpo y en el espíritu para que podamos seguir poniendo sobre ellos y sin medida, toda su misericordia de salvación.

Este mandato es reiterado de manera explícita y precisa en la carta de Santiago. Se recomienda que quien está enfermo llame a los presbíteros de la Iglesia, para que ellos recen por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor, y la oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo aliviará y si cometió pecados le serán perdonados. Se trata por lo tanto de una praxis que se usaba ya en el tiempo de los apóstoles. Jesús, de hecho, le enseñó a sus discípulos a que tuvieran su misma predilección por los que sufren y les transmitió su capacidad y la tarea de seguir dando en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de tal sacramento.

Esto, entretanto, no tiene que hacernos caer en la búsqueda obsesiva del milagro o de la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Pero la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque cada anciano o persona con más de 65 años puede recibir este sacramento. Es Jesús que se acerca.

Pero cuando hay un enfermo y se piensa: “llamemos al cura, al sacerdote”. “No, no lo llamemos, trae mala suerte, o el enfermo se va a asustar”. Por qué, porque se tiene un poco la idea que cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después llegan las pompas fúnebres, y eso no es verdad.

El sacerdote, viene para ayudar al enfermo o al anciano, por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo para que a un enfermo le dé la bendición, lo bendiga, porque es Jesús que llega, para darle ánimo, fuerza, esperanza y para ayudarlo. Y también para perdonar los pecados y esto es hermoso.

No piensen que esto es un tabú, porque siempre es lindo saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos. El sacerdote y quienes están durante la unción de los enfermos representan de hecho a toda la comunidad cristiana, que como un único corazón, con Jesús se acerca entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno. Pero el confort más grande viene del hecho que quien se vuelve presente en el sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma por la mano y nos acaricia como hacía Él con los enfermos. Y nos recuerda que le pertenecemos y que ni siquiera el mal y la muerte nos podrán separar de Él.

Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote para nuestros enfermos, no digo para los resfriados de tres o cuatro días, pero cuando se trata de una enfermedad seria, para que el sacerdote venga a darle también a nuestros ancianos este sacramento, este confort, esta fuerza de Jesús para ir adelante. Hagámoslo. Gracias (Papa Francisco).

El sacremento de la Penitencia y la parábola del hijo pródigo

Es Jesús quien -de manera especial en la parábola del hijo pródigo- nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad y la casa de su padre. Son muy trsites las condiciones de vida a las que se reduce el hijo: se reflejan las situación de Adány sus descendientes después del primer pecado. Pero el gran don que Jesús nos hace con su parábola es la revelación consoladora y confortante del amor misericordioso de un Padre que permanece con los brazos abiertos, en espera de que vuelva el hijo pródigo, para apresurarse a abrazarlo y perdonarlo, borrando todas las consecuencias del pecado y celebrando en su honor la fiesta de la vida nueva. ¡Cuánta esperanza ha encendido en los corazones! ¡Cuántos retornos a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de esta parábola, referida por Lucas, quien con plena razón ha sido definido “el escribano de la mansedumbre de Cristo” (scriba mansetudinis Christi)! El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios.

(San Juan Pablo II, Alocución 15.IV.1992)

La confesión

Para tomar la decisión de vivir como cristiano, es una equivocación esperar, dejándola siempre para más adelante. Quien se mete en el camino del después desemboca en el sendero del nunca. Conozco a alguno que parece haber convertido la vida en una perpetua “sala de espera”. Llegan y parten los trenes y él dice: “¡Saldré otro día! ¡Me confesaré al final de mi vida!”. Del “valiente Anselmo” decía Visconti-Venosta: Pasa un día, pasa otro / nunca vuelve el valiente Anselmo. Aquí tenemos todo lo contrario: Un Anselmo que no parte nunca. Supongamos que hay una guerra. El enemigo avanza destruyendo todo y asesinando en masa. Todos escapan: los aviones, los coches, los trenes son tomados al asalto.

¡Ven -le grito yo a Anselmo-, todavía queda un puesto en el tren , sube rápido!

Y él: –Pero ¿es cierto que el enemigo me hará papilla si me quedo aquí?

-¡Cierto no, podría perdonarte, podría suceder también que antes de su llegada pasase otro tren. Pero son posibilidades lejanas y se trata de la vida. Esperar todavía más es una imprudencia temeraria!

-¿No podré convertirme también más tarde?

-¡Ciertamente, pero será quizá más difícil que ahora. Los pecados repetidos se convierten en hábitos y en cadenas, que son más difíciles de romper. Ahora, corre, por favor!

(Cardenal Albino Luciani)

Confesión sacramental

Se presentó cierto día a los pies de san Felipe de Neri un pobre joven extraviado hacía tiempo en una vida disoluta, y pidió confesarse. El santo lo acogió con su acostumbrada caridad, y oída la acusación de sus miserias le absolvió, poniéndole como penitencia que apenas hubiera recaído en sus torpezas volviese a confesarse. El joven prometió sinceramente hacerlo; y habiendo caído presto, cumplió su promesa, presentándose enseguida al santo. Éste le absolvió de nuevo, imponiéndole la misma penitencia y exhortándole a cumplirla fielmente. Fue el joven tan dócil, que habiendo recaído de nuevo, tornó otra vez a confesarse. Así siguió por algún tiempo; las recaídas, sin embargo, eran raras… hasta que por fin consiguió corregirse del todo y llegó a ser muy ejemplar y virtuoso.

(*****)

Del diario de un joven: Estoy triste; solo, sin Dios en mi alma. Necesito confesarme, pero no me atrevo. Me da vergüenza. Intento luchar, pero no puedo. Siento un peso enorme. Quizás vaya mañana. Sí, de mañana no pasa. Aun así no me quedo tranquilo. Sé que debo hacerlo ahora. ¿Seré capaz? ¿Podré vencer? Señor, te necesito; quiero conseguirlo pero me cuesta; dame fortaleza. Parece que poco me voy decidiendo. Alguien me anima por dentro: “¡Vence!” “¡Tú puedes!” Voy a dejarlo todo. Iré a confesarme. Son las nueve de la noche. Por fin me he confesado. Tengo una alegría enorme. Pienso que hoy debo aprender una lección importante: jamás caeré en la trampa de mi cobardía o de mi vergüenza. Confesaré semanalmente.