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Mártires contemporáneos

(Yo soy el pan de la vida). Al igual que el primer mártir de la Iglesia, san Esteban, también los que padecen hoy el martirio no buscan otro pan que no sea Jesús, su único pan. ¡En estos días, cuantos Esteban hay en el mundo! Pensemos en nuestros hermanos degollados en una playa de Libia. Pensemos en ese chiquillo quemado vivo por sus compañeros, por ser cristiano. Pensemos en esos emigrantes que, en alta mar, fueron tirados al mar, por ser cristianos. Pensemos, en esos etíopes asesinados, antes de ayer, por ser cristianos y en tantos otros… Tantos otros que no sabemos, que sufren en cárceles, por ser cristianos… Hoy la Iglesia es Iglesia de mártires: ellos sufren, dan su vida y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio (Papa Francisco, 21.IV.2015).

Persecuciones a los cristianos

Persecuciones

En los Hechos de los Apóstoles se narra que los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles que no enseñaran más en su nombre. Pero Pedro y los otros Once respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús…” Entonces hicieron flagelar a los Apóstoles y les ordenaron nuevamente que no hablaran más en el nombre de Jesús. Y ellos se marcharon, “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. ¿De dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? Cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de su Resurrección, y no puede dejar de comunicar esta experiencia. Y si esta persona encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y la fuerza de la verdad (Papa Francisco).

Alegría en la tercera edad

Alegría en la tercera edad.

Toda la sociedad tiene una deuda moral con los ancianos y con razón se ha dicho que el modo en que los pueblos tratan a sus mayores revela su calidad humana. Los cristianos sabemos que la vida del hombre tiene un carácter trascendente; que después de trapasar las diferentes etapas dentro del proceso de crecimiento humano, la madurez es una puerta al infinito, a la eternidad.

Los últimos años de la vida son todo lo contrario a un túnel sombrío que aboca en la muerte como anonadamiento. Partiendo de la concepción cristiana del hombre se ve claro que no tiene sentido el deseo de tantos que anhelan la muerte simplemente para verse libres de las limitaciones que lleva consigo la vejez.

Pero hablemos de la vida y de sus posibilidades porque dentro de la familia cristiana los abuelos están llamados a compartir el gran tesoro de la experiencia. La familia necesita de los abuelos porque ellos pueden colaborar en la estabilidad familiar, la animación de la vida social y la conservación y transmisión de los valores del espíritu. Una persona mayor que verdaderamente crea en Dios es una joya de la que nadie querría desprenderse, es un a bendición para la familia.

El testimonio de un joven fugitivo

Antonio Dalmases Esteva. Ingeniero Industrial. Había nacido en Puigcerdá (España) el 24 de abril de 1919. En 1937, durante la guerra civil española, coincidió con san Josemaría Escriváen el paso de los Pirineos, para pasar de la zona republicana a la zona nacional. En Andorra se separó del grupo que acompañaba a san Josemaría, pero ocho días después, en la iglesia del Buen Pastor de San Sebastián, se encontró de nuevo con san Josemaría. Durante el resto de la guerra civil española el Fundador del Opus Dei le dirigió espiritualmente, por correo. Acabada la guerra, perdieron el contacto. Veinte años después, volvió a tener contactos con la Obra y en 1964 pidió la admisión como Supernumerario. En su diario personal dejó constancia del profundo impacto que le produjo la personalidad del Fundador del Opus Dei. Era padre de cinco hijos. Murió en Barcelona el 4 de diciembre de 1997.

En su Diario escribió:

Aquí tiene lugar el acto más emocionante del viaje: la Santa Misa. Sobre una roca arrodillado, casi tendido en el suelo, dice un sacerdote, que viene con nosotros, la Misa. No la reza como los otros sacerdotes de las Iglesias. Habla las oraciones en voz alta, llora casi y nosotros le imitamos, unos tendidos, otros arrodillados, otros medios sentados, aquél de pie; agarrados a unas piedras para no caernos. No se oye más que al Padre. Sus palabras claras y sentidas se meten en el alma. Nunca he oído una Misa como hoy, no sé si por las circunstancias o porque el celebrante es un Santo. La Sagrada Comunión es conmovedora; como casi no podemos movernos hay dificultad para administrarla, y esto que estamos todos agrupados en torno al altar. Todos vamos andrajosos, con barba de varios días, despeinados, cansados. Uno tiene el pantalón roto y enseña toda la pierna. Las manos sangran por los rasguños, los ojos brillan por las lágrimas contenidas y sobre todo está Dios entre nosotros en unas Hostias recortadas con unas tijeras presidiendo nuestra unión y llevándonos a la libertad. A Él ofrecemos nuestros sacrificios por España, por nuestros padres, por nuestros hermanos, por nuestra familia y por nuestros amigos que aquí se quedan, por nuestros compañeros que gimen en las cárceles, para que podamos volver a nuestros hogares… Luego, al despertar, se ha acabado la Misa.