Archivo de la categoría: Vidas de santos

San Josemaría Escrivá

Josemaría Escrivá. Santo. Sacerdote. Nació en Barbastro (Huesca, España) el 9 de enero de 1902. Murió en Roma, en olor de santidad, el 26 de junio de 1975. El 2 de octubre de 1928 fundó, por inspiración divina, el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

De la Homilía de san Juan Pablo II en la Misa de la canonización

Desde que el 7 de agosto de 1931, durante la celebración de la Santa Misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: “cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir en su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta Plaza: “Duc in altum!”. Lo transmitió a toda su familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. “Rema mas adentro -nos dice el divino Maestro- y echad las redes para la pesca” (Lc 5, 4).

Mártires de la virtud de la pureza

LAS MÁRTIRES DE LA PUREZA

Su testimonio cristiano es la vivencia de la virtud de la pureza tanto en el alma como en el cuerpo. Y es a partir de santa María Goretti que se acuñó el término “mártires de la pureza”, el cual se refiere a mujeres cristianas que han muerto martirizadas in defensum castitatis (“en defensa de la castidad”). Sin embargo, desde los primeros siglos de la Iglesia ya hubo casos así.

Algunos consideran que santa Inés, de 12 años, quien consagró su virginidad a Cristo, fue la primera mártir de la pureza ya que en el año 304, durante su proceso judicial, hubo intentos -bloqueados por el Cielo- para quitarle su pureza (la ley romana prohibía la ejecución de vírgenes, por eso primero eran violadas para llevar a cabo la sentencia). Sin embargo, santa Inés no murió por defender su virginidad sino por negarse a apostatar de su fe cristiana.

Entre las muchas mártires de la pureza se pueden mencionar:

Santa Pelagia de Antioquía, de 15 años, que murió al saltar desde el techo de una casa para huir de unos soldados romanos para que no la violaran.

Santa Irene de Tesalónica, mártir del año 305. Antes de ser ejecutada por ser cristiana, fue llevada a una casa de vicios para ser mancillada, pero Dios intervino milagrosamente y su virtud virginal fue preservada.

Santa Tomaide de Egipto, que en el año 476 se iba a casar con un pescador, pero su futuro suegro intentó seducirla, y ante su resistencia la mató con su espada.

Santa Saturnina de Arrás, germana de noble cuna que a los 12 años hizo voto de perpetua castidad, y que a los 20 huyó al monte porque sus padres trataban de casarla; pero el joven pretendiente la siguió e intentó satisfacer sus apetitos, y como ella no consintió, él la mató cortándole la cabeza.

Santa Solange de Bourges, campesina francesa con los carismas de sanación de los enfermos y de expulsión de los demonios. Fue raptada por un hombre, quien la decapitó en el año 880 porque ella defendió su virginidad.

Santa Belina de Landreville, francesa, hija de un granjero virtuoso. En 1153 fue acosada por un terrateniente; como ella se resistió, él le partió el cráneo con su espada en el año 1135.

Beata Carolina Kóska, campesina polaca de 16 años que en 1914 fue sacada de su casa por un soldado ruso que intentó mancillarla en el bosque, y como ella se resistió la mató con la bayoneta de su rifle.

El santo Patrón de Madrid (San Isidro, labrador)

Semblanza de San Isidro, labrador

Ejemplo de sencillez

El 15 de mayo es la fiesta de san Isidro Labrador. Un santo cercano por su sencillez, por su vida de esposo y padre, y por su oficio de labrador. La Iglesia lo ha puesto como ejemplo -para todos los cristianos- de una vida vivida en el seguimiento de Jesús y de su Evangelio.

San Isidro es una persona que sirve de referencia por su estilo y su manera de vivir. Se hizo santo en esta misma tierra que es pisada por una infinidad de seres humanos. Cuando se habla o se piensa en los santos, casi inmediatamente se imagina a unas personas especiales, como si tuviesen una composición diferente a la que tienen el resto de los mortales.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica está escrito: Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación. Todo hombre, toda mujer, está llamado a ser santo. El Concilio Vaticano II recuerda esta llamada a la santidad: Todos los fieles, cualesquiera que sea el estado o régimen de vida, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Es una llamada universal a la santidad. Nadie está llamado a la mediocridad, no existe un cristianismo de segunda clase, porque la meta es idéntica para todos los hombres y mujeres. San Isidro alcanzó la santidad. Y su camino de santidad es también el del cristiano del siglo XXI: Misa, trabajo, casa y prójimo.

Madrileño de nacimiento

San Isidro nació en 1080 ó 1082, en Madrid. Es muy posible que fuese bautizado en la iglesia de San Andrés. Siendo muchacho quedó huérfano. Su familia era de humilde condición. Él mismo, desde sus primeros años, trabajó como labriego al servicio de varios señores de la villa. A uno de ellos se le conoce como el caballero Vera. De esta primera época sólo nos cuentan sus biógrafos su total dedicación al trabajo y a la oración. Como dijo el papa Gregorio XV en la Bula de canonización: Nunca salió al trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa Misa y encomendarse a Dios y a su Santísima Madre. Gustaba recorrer diariamente diversas capillas para hacer oración.

Matrimonio

Con la invasión de los almorávides, al frente de los cuales estaba Alí ben Yusuf, que venció al rey castellano Alfonso I el Batallador, y el posterior saqueo de Madrid, se vio obligado Isidro a huir a Torrelaguna. Allí conoció a María, apellidada Toribia, joven natural de Uceda, con la que posteriormente contrajo matrimonio en la parroquia de Santa María. Fue su esposa -santa María de la Cabeza- mujer de excelentes cualidades y, al igual que Isidro, amante de su trabajo y asidua en la oración.

Fruto de esta fue Illán, hijo único, del que se cuenta que siendo niño cayó a un pozo del que salió ileso por obra de la divina Providencia. Por esta época Isidro sufrió la incomprensión y envidia de muchos de sus compañeros, que incluso llegaron a calumniarle ante los señores. Pero su irreprochable honradez salió siempre a flote.

Regreso a Madrid

Pasada la crisis de la invasión almorávide y estando siempre presente la añoranza por su lugar de origen, decidió volver a Madrid. Allí entró al servicio del caballero Iván de Vargas, el cual pasado un tiempo, le puso allí al frente del laboreo y cuidados de sus tierras. De este tiempo parece que data la historia del famoso milagro de los bueyes conducidos por dos ángeles que suplían el trabajo de Isidro, mientras éste se dedicaba a la oración.

Muerte y glorificación

San Isidro murió de edad muy avanzada, el 15 de mayo de 1130. Próximo a expirar hizo humildísima confesión de sus faltas, recibió el Viático y exhortó a los suyos al amor de Dios y al prójimo. Fue enterrado en el cementerio de San Andrés, donde permaneció cuarenta años, al cabo de los cuales fue trasladado al cementerio común de la iglesia donde lo bautizaron. Cuando fue exhumado, el cuerpo del santo fue encontrado incorrupto. El 14 de junio de 1619 fue beatificado por el papa Paulo V y el 12 de marzo de 1622 canonizado por Gregorio XV a instancias del rey de España Felipe III.

Iconografía

En la iconografía de san Isidro se suele representar al Santo rezando mientras dos ángeles están con los bueyes arando, y esta representación puede inducir a engaño. San Isidro no dejó de cumplir sus deberes laborales para dedicarse a los rezos. Pero tampoco abandonó sus oraciones y sus prácticas de piedad por el trabajo. El origen de las imágenes de san Isidro con los ángeles arando los campos está en la actitud de Iván de Vargas que, en cierta ocasión, pensó que la vida de piedad de san Isidro iba en detrimento de sus campos. En un bello poema Lope de Vega recoge el suceso milagroso. Bastante enojado Iván de Vargas fue al campo para recriminar a san Isidro la dedicación de algún tiempo a su vida de piedad en vez de dedicarlo a las faenas agrícolas. Ya en el campo vio a los ángeles con los bueyes supliendo al Santo. Fue entonces cuando Iván de Vargas se dio cuenta de la profundidad de su virtud, por lo que la estima y la confianza que siempre le tuvo se transformó en veneración.

Ejemplo de santidad

San Isidro dejó a las generaciones posteriores el ejemplo de una vida santa en medio de los quehaceres diarios. Déjese ya la idea equivocada de que los santos fueron seres distintos al resto de los mortales. La inmensa mayoría de los fieles cristianos son personas que trabajan en el campo, o en las fábricas u oficinas, en los hospitales o en los despachos, o en el propio hogar. Se desplazan por carretera, ya sea en autobús o en coche propio, o en tren o metro, y también los hay que habitualmente utilizan el avión; les interesan las realidades de este mundo, por ejemplo, se interesan por el precio de los alimentos, les fastidia la subida del precio de la gasolina. Y de éstos cristianos, los que de verdad quieren ser santos, sin necesidad de salirse del mundo en que viven, hacen oración, trabajan con presencia de Dios, frecuentan los Sacramentos, asisten con piedad y devoción a la Santa Misa, y acuden al sacramento de la penitencia arrepentidos para confesar sus pecados, sus malos humores, sus enfados, sus orgullos, sus perezas, sus tentaciones fuertes, porque son de carne y hueso. Para ellos el santo Patrón de Madrid es un ejemplo. Él se santificó con las realidades cotidianas de su familia y de su trabajo, sin dejar sus deberes para con Dios.

San Isidro siguió el camino que Dios le había trazado. Su vida fue santa porque supo encontrar a Dios en los deberes cotidianos, familiares y profesionales. Bien entendió las palabras del Señor: Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Es uno de los santos laicos más antiguos de los que se tenga noticia: estuvo casado y unió devoción a trabajo.

Patrón de Madrid

Vida santa, pero no exenta de dificultades, escrita en 1275 por el diácono Juan Gil, de Zamora. En esa biografía se narran muchos milagros relacionados con la vida del santo y realizados por su intercesión.

En Madrid, de donde es Patrón, se le dedicó una iglesia construida entre 1626 y 1664, que durante décadas fue la catedral de la diócesis de la Capital de España; en su altar mayor se conservaron las reliquias del santo que hoy reposan en la catedral de Nuestra Señora de la Almudena.

 

Un santo de catorce años (Santo Domigo Savio)

Santo Domingo Savio

Un adolescente no mártir canonizado

El 12 de junio de 1954 el papa Pío XII canonizaba a Domingo Savio. El nuevo santo había muerto el 9 de marzo de 1857 sin cumplir aún los quince años. La Causa de su beatificación, que se había introducido en febrero de 1914, al principio despertó cierta oposición por la corta edad de Domingo Savio. No había ningún precedente. Hasta entonces la Iglesia no había canonizado a ningún adolescente que no fuera mártir. ¿Podía un joven de 14 años vivir las virtudes en grado heroico?, se preguntaban no pocos.

Sin embargo, el papa san Pío X consideró que precisamente los pocos años del Siervo de Dios constituía un argumento a favor para que el proceso de canonización siguiera adelante por ser Domingo modelo de nuestra juventud. Al ser recibido en audiencia el postulador de la Causa -cardenal Salotti- por el papa Sarto, a mediados de 1914, el purpurado dijo: Santidad, cuando en febrero se introdujo la Causa de Beatificación, no faltó quien objetara que Domingo Savio era demasiado joven para elevarlo al honor de los altares. Quisiéramos oír su opinión. San Pío X no dudó un instante en dar su parecer: Es una razón más para canonizarlo. ¡Es tan difícil para un joven practicar de un modo perfecto la virtud! La vida que de él escribió don Bosco y que he leído, nos ha dado la idea de un joven ejemplar que merece ser presentado como modelo de perfección. Todo lo que se puede decir de bueno sobre Domingo es poco. Empeñaos en adelantar la Causa. Para la vida sencilla de este santito no se necesita mucho estudio. Por eso, no pierdan ustedes el tiempo. Lleven la Causa con toda solicitud.

En septiembre del mismo año 1914 hay un  nuevo papa, Benedicto XV. Al igual que su inmediato predecesor es partidario de que se siga la Causa de Beatificación de ese amable santito de pantalón y chaqueta. Y cuando recibió al cardenal Salotti le comentó: Siendo niño leía con mis hermanitos la vida escrita por don Bosco, ya que mi mamá deseaba que nos sirviera de modelo. Esa vida está llamada a hacer un gran bien. Será tan  interesante y más que la de san Luis Gonzaga, porque la juventud moderna ya no gusta de santos austeros y, en cambio, sí leerá con gusto la de ese jovencito que como ellos, le gusta la alegría y el deporte.

El Proceso siguió adelante. Pío XI aprobó el Decreto de heroicidad de las virtudes del adolescente Siervo de Dios, en el cual remarcaba que Domingo Savio fue santo porque quiso serlo, porque supo corresponder generosamente a la Gracia, venciendo los malos ejemplos y las pasiones y tentaciones que él también sentía.

Pío XII lo beatificó el 5 de marzo de 1949.

Infancia

Domingo nació en Riva de Chieri, en el Piamonte (Italia) el 2 de abril de 1842, en el seno de una familia humilde y cristiana. Su padre, Carlos Savio, era herrero-mecánico, y su madre, Brígida Agagiate, modista. El matrimonio había tenido ya otro hijo, pero sólo había vivido quince días. El mismo día de su nacimiento, el niño fue bautizado. Al recibir las aguas bautismales se le impuso el nombre de Domingo. Era toda una premonición. Domingo significa el que está consagrado al Señor.

Aún no ha cumplido dos años Domingo cuando sus padres deciden, por razones de trabajo, trasladarse a Murialdo, aldea de unos cuatrocientos habitantes. Allí la familia irá incrementándose con la venida al mundo de nuevos hijos. La madre, Brígida, se desvive por atender a todos. Pero ella, como la mujer fuerte de la Biblia, se entrega a su esposo y a sus hijos sin que se agoten sus reservas de amor, comprensión y enseñanza.

En Murialdo, Domingo recibe la instrucción primaria. En la escuela es el mejor alumno por su buena conducta y aplicación. El 8 de abril de 1849, recién cumplidos los siete años, Domingo hace su Primera Comunión. En ese memorable día, que en aquel  año la Iglesia celebraba la fiesta de la Resurrección del Señor, Domingo, con pluma insegura y mano firme, escribe unos propósitos que cumpliría hasta el final de su vida. Son éstos: 1) Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita; 2) Quiero santificar los días de fiesta; 3) Mis amigos serán Jesús y María; 4) Antes morir que pecar.

Encuentros en el camino

Terminados los estudios primarios, Domingo debe recorrer a pie diariamente varios kilómetros para trasladarse a Castelnuovo, para cursar el bachillerato. Todos los días se levantaba temprano, rezaba sus oraciones y, después de desayunar, salía contento y feliz hacia Castelnuovo. Pero la salud se resiente. La madre nota a su hijo demasiado pálido, delgado y cansado, y Domingo debe suspender por una temporada los estudios y descansar.

Un día, al regresar del instituto, cuenta a su madre la conversación que había mantenido con una persona cuando iba a Castelnuovo: Mira, mamá, hoy me encontré en el camino con un señor. Me llamó. Yo le respondí que no podía detenerme porque llegaría tarde. Al fin, él insistió y me pareció una falta de educación seguir adelante sin escucharle. “¿Vas a Castelnuovo?”, me preguntó. “Sí -le respondí-, todos los días hago este camino”. Me preguntó enseguida si no me daba miedo caminar solo por esos caminos. Yo me acordé en ese momento lo que tú me enseñaste, mamá. Que el Ángel de nuestra Guarda nos acompaña siempre. Y le respondí: “¡Pero si no voy solo, señor, mi Ángel me acompaña!” Yo estaba apurado y quería seguir, pero él me dijo: -“Mira, no me negarás que es duro y pesado hacer este camino con el sol abrasador del mediodía”. -“Sí, es cierto, me cuesta, pero mi amo me paga por este sacrificio”. -“¿Tu amo? ¿quién es ese señor?”  -“Pero, ¿quién va a ser? El buen Dios que no deja sin recompensa ni un vaso de agua que se dé en su nombre”.

En otra ocasión, en un día caluroso de verano, Domingo se encuentra con unos amigos. Éstos han decidido tomarse por su cuenta unas horas de vacaciones para darse un baño en el riachuelo que atraviesa el valle de Murialdo. Uno de los muchachos, José Zucca, invita a Domingo a unirse al plan de ellos. Acompáñanos al río. No te arrepentirás. Hoy faltarán muchos a clase y el maestro ya se lo imagina. Este calor es insoportable. A ti te hará bien. Te hace falta. Estás pálido… Los demás también le animan a que se vaya con ellos.

Domingo duda, pero Zucca acaba por convencerle cuando le dice: Además, Domingo, sabes que estando tú presente nosotros nos portamos mejor. Es una obra buena que haces. Tú lo sabes muy bien. Y Domingo termina dándose un sabroso baño con sus amigos. Pero un pensamiento le vino a la mente: se puede uno bañar en el río y pasar sanamente unas horas agradables. Pero dejar las  clases, sin permiso, ¿se puede hacer sin ofender a Dios? Aquel día, cuando volvió a su casa, le contó a su madre lo ocurrido. Y después fue a la iglesia a confesarse lo que él consideró su pecado.

Días después, aquellos compañeros intentaron de nuevo que Domingo les acompañara al río. Pero éste, sereno y decidido, les dijo: ¿Queréis que os diga lo que pienso? Pues os los diré bien claro: he sido engañado una vez, pero fue la primera y la última. No quiero desobedecer a mi madre ni exponerme al peligro de ahogarme o de ofender a Dios. Y os diré que vosotros hicisteis mal en dejar las clases e ir a esos lugares sin permiso de vuestros padres. A Dios no le agradan los hijos desobedientes.

En Mondonio

 

En febrero de 1853, cuando Domingo tiene ya diez años, sus padres deciden trasladarse a Mondonio. En este nuevo pueblo enseguida conoce al sacerdote José Cugliero, que será su nuevo maestro y amigo. Como en Murialdo, Domingo se dedicará con aplicación a sus estudios, convirtiéndose también aquí en un alumno sobresaliente y en amigos de todos sus compañeros. En veinte años de trabajo en la educación -dirá Cugliero-, jamás he tenido un alumno que se pueda comparar con Domingo

Un día, ya viviendo en Mondonio, Domingo fue acusado injustamente por una cosa que no había hecho. Ocurrió en la escuela. El maestro entró en el aula y al instante notó que la calefacción no funcionaba. Rápidamente se dirigió hacia la estufa para ver si estaba encendida, y con sorpresa vio que alguien la había inutilizado llenándole con piedras y tierra. Enfadado pregunta por el autor de aquella broma de tan mal gusto El silencio que se hizo en la clase lo rompió un alumno que era inteligente y vivo, pero también travieso, que con aplomo dijo: Maestro, cuando nosotros entramos en esta aula, el único que estaba adentro era Domingo Savio. De nuevo la clase quedó en silencio, pero todas las miradas se dirigen a Domingo. Éste baja los ojos y palidece. Comprende que es una dura prueba. Los compañeros que no estaban enterados de la pesada broma no pueden creer que sea él el autor de la trastada. Los verdaderos culpables difícilmente pueden contener la risa.

El maestro lo reprende con dureza y le castiga con severidad. Mereces la expulsión -le dice-. Por ser la primera vez voy a tener consideración contigo. Ve y ponte ahí de rodillas. Domingo, totalmente humillado, cumple el castigo. Al día siguiente, todo se supo, y la inocencia de Domingo quedó patente.

El cardenal Salotti, comentando este hecho, escribió: Vemos aquí el ejercicio heroico de tres virtudes: la humillación libremente aceptada y practicada delante de los compañeros y del maestro; la caridad para con los culpables, cuya culpa acepta; y un inmenso amor a Dios, en cuyo nombre sufre pacientemente la calumnia, que recuerda al Divino Salvador injustamente acusado por los hombres.

Un deseo: ser  sacerdote

Desde niño Domingo manifestó su deseo de ser sacerdote. Un buen día se entera Cugliero de la intención de su discípulo de ir a la capital del Piamonte, Turín, para estudiar en el Oratorio de San Francisco de Sales, que era un colegio con internado donde don Bosco preparaba a algunos jóvenes para el sacerdocio, con objeto de que le ayudaran en su trabajo a favor de los niños abandonados de Turín. La alegría del maestro es inmensa y, sin perder tiempo, va a hablar del tema con don Bosco. Éste le habla de un encuentro suyo con el joven en I Becchi, que bien podría tener lugar antes de celebrarse las fiestas de la Virgen del Rosario.

El 2 de octubre de 1854, a muy temprana hora, Domingo, que ha hecho el viaje a I Becchi acompañado de su padre, saluda respetuosamente a don Bosco. Éste aprieta aquella mano temblorosa y mira aquellos ojos de penetrante y candorosa mirada. El chico se presenta: Soy Domingo Savio, de quien le habló mi maestro Cugliero. Venimos de Mondonio. Y enseguida se inicia un interesante diálogo del sacerdote con aquel adolescente de 12 años que ha venido pedirle que la admita en el Oratorio de Turín.

Impaciente, Domingo pregunta: ¿Qué le parece? ¿Me va a llevar a Turín? La respuesta del sacerdote no se hizo esperar: Ya veremos. Me parece que la tela es buena. Un poco sorprendido por la contestación, el joven de nuevo vuelve a preguntar: ¿Y para qué podrá servir esa tela? Don Bosco le responde: Bueno, Domingo, esa tela puede servir para hacer hermosos trajes y regalárselos a Dios Nuestro Señor. Con gran agilidad mental, Domingo dice: Pues bien, yo soy esa tela y usted es el sastre. Lléveme a Turín y haga de mí un buen traje para el Señor.

La conversación se alarga. Hablan de los estudios, de las clases y de la vida pasada. Don Bosco se da cuenta que tiene delante a un joven privilegiado y enriquecido por la gracia divina. Sólo una dificultad ve en el horizonte de la vida del chico, y con franqueza se la comunica: ¿Sabes en qué estoy pensando? Estoy pensando que tu debilidad no te va a permitir continuar los estudios. Pero Domingo, conservando la serenidad, dice: No tenga miedo. El Señor que me ha ayudado hasta ahora me continuará ayudando adelante. Y añade más adelante: Con el favor de Dios pienso ser sacerdote.

Don Bosco, antes de admitirle, quiere probar la capacidad intelectual de Domingo. Para ello le entrega un libro y le señala una página. Estudia hoy esta página y mañana me la traes aprendida, le dice. No fue necesario esperar al día siguiente. Al cabo de un rato, el chico le devuelve el libro y comenta Ya me sé la página. Si quiere se la digo ahora mismo. La sorpresa que se llevó don Bosco fue grande al comprobar que efectivamente Domingo se había aprendido lo que le había señalado.

Don Bosco, impresionado por la evidente santidad de Domingo, lo admite en el Oratorio. El chaval salta de alegría. Con su padre regresa a Mondonio, donde la madre espera con ansiedad recibir la grata noticia. Cuando le comunica el hijo que ha sido admitido, lo besa con los ojos llenos de lágrimas y exclama: ¡Bendito sea Dios!

En el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín

 

El domingo 29 de octubre de 1854, Domingo ingresa en el Oratorio de don Bosco. El Oratorio estaba ubicado en la casa Pinardi, que era baja y vieja, y tenía unos  dormitorios angostos, bajos, con piso de piedra y sin ninguna comodidad. El comedor era al mismo tiempo salón de recreo. Pero en medio de aquella gran pobreza, reinaba la alegría y la fraternidad.

Un letrero situado en la oficina de don Bosco llamó la atención de Domingo. En él se leían estas palabras latinas: Da mihi animas coetera tolle. Don Bosco se las traduce: Dame almas y quedaos con lo demás. El joven exclama satisfecho: Ya entiendo, aquí hay un solo problema, el de las almas… es un negocio, no de dinero sino de almas.

Domingo se habituó enseguida al modo de vida del Oratorio y los días se le pasaba rápidos, casi sin darse cuenta. Observaba escrupulosamente el reglamento. Era feliz en aquel ambiente de sencillez, pobreza y alegría. De natural alegre, servicial, generoso, aunque de genio algo violento, no descansa hasta lograr el pleno dominio de sí. Era muy hábil para contar cuentos, lo que le asegura un gran ascendiente con sus compañeros, especialmente con los más jóvenes sobre los que ejerce benéfica influencia y estimulante ejemplo. Poco a poco se va convirtiendo en el alma de los recreos y en el amigo de todos. Juega, dirige los juegos, organiza entretenimientos.

Al poco tiempo de llegar a Turín, Domingo tuvo oportunidad de impedir que dos chicos se peleasen a pedradas. Cuando están a punto de comenzar la pelea, Domingo se presenta en medio de ellos, presentándoles un crucifijo, y les dijo: Antes de empezar, mirad a Cristo y decid: “Jesucristo, que era inocente, murió perdonando a sus verdugos; yo soy un pecador y voy a ofender a Cristo tratando de vengarme deliberadamente”. Después podéis empezar arrojando vuestra primera piedra contra mí. Los dos muchachos, arrepentidos, desistieron de su propósito y se reconciliaron

En otra ocasión, a un muchacho que acaba de blasfemar se le acerca con bondad, lo conduce a la capilla y le dice: Arrodíllate aquí, a mi lado. Mira hacia allá. Ahí donde ves una lamparita, ahí está Cristo. Tú le has ofendido con esa blasfemia tan fea que has pronunciado. Ahora vas a repetir conmigo lo siguiente: “Sea alabado y reverenciado en todo momento el santísimo y divinísimo Sacramento”. El muchacho, bien contrito de su mal proceder, hizo lo que le indicó Domingo.

Al cabo de unos meses de haber llegado Domingo a Turín, don Bosco le permitió a él y a otros alumnos cursar estudios más avanzados fuera del Oratorio, en la misma capital del Piamonte. Es una buena oportunidad que tienen de aprender y de ir formando la propia personalidad. Una vez, un compañero que va con Domingo se detiene en la acera de la calle para ver las carteleras de los salones de espectáculos públicos no muy convenientes, e invita a su acompañante -Domingo- para que también las vea. Éste, sin ningún tipo de respetos humanos, le comenta que él conserva sus ojos para ver algo mucho mejor que eso… para ver las maravillas de Dios; para contemplar el rostro de nuestra Madre en el Cielo.

Los consejos de don Bosco

 

Una verdadera providencia de Dios fue que Domingo Savio fuese dirigido espiritualmente por don Bosco, pues de otro modo se habría convertido fácilmente en un pequeño fanático. Don Bosco alentaba su alegría, su estricto cumplimiento del deber de cada día y le impulsaba a participar en los juegos de los demás chicos. Aquel sacerdote santo solía decir: La religión debe ser como el aire que respiramos; no hay que cansar a los niños con demasiadas reglas y ejercicios de devoción. Fiel a sus principios, prohíbe a Domingo que hiciese mortificaciones corporales sin permiso expreso, diciéndoles: La penitencia que Dios quiere es la obediencia. Cada día se presentan mil oportunidades de sacrificarse alegremente: el calor, el frío, la enfermedad, el mal carácter de los otros. La vida de escuela constituye una mortificación suficiente para un niño. Bien lo asimila el joven, que más tarde podía decir con verdad: No puedo hacer grandes cosas. Lo que quiero es hacer aun las más pequeñas para la mayor gloria de Dios.

Don Bosco hacía ver a los alumnos del Oratorio en qué consistía la santidad, cuál era la santidad que él quería que cultivaran sus jóvenes. Nada de obras extraordinarias, sino exactitud y fidelidad en el cumplimiento de los propios deberes comunes de piedad y estudio. Y estar siempre alegres. Si es hora de recreo, santidad es correr, saltar, reír y cantar.

En la primavera de 1855 don Bosco predicó a los jóvenes del Oratorio y les habló de santidad. En la plática desarrolló tres ideas: 1) Dios quiere que todos nos hagamos santos. 2) Es cosa relativamente fácil llegar a serlo. 3) Hay un gran premio en el Cielo para el que se haga santo. Domingo quedó impresionado y empezó a soñar con la santidad. En su corazón habían quedado grabadas las palabras de don Bosco: Debes hacerte santo. Tienes que ser santo. Dios lo quiere. Pero otra voz le repetía: Tú no lo podrás. No lo podrás. Él, un joven flaco, débil, pálido, sin salud, no tendría fuerzas para hacerle frente a una empresa tan grande, como la santidad.

Estando Domingo sumido con estos pensamientos, llegó el día de la Natividad del Precursor del Señor, día onomástico de don Bosco, que como todos los años se celebraba en el Oratorio. Don Bosco, en un gesto de correspondencia por el afecto que recibía de los jóvenes, les dijo: Escriba cada uno en un papelito el regalo que desea recibir de mí. Os aseguro que haré lo posible por contentaros.

Las peticiones eran muy variadas. Había una -la de Domingo Savio- que era escueta. En su papelito no había más que cuatro palabras: Ayúdeme a hacerme santo. Don Bosco tomó en serio aquella petición. Llamó a Domingo y le dijo: Quiero regalarte la fórmula de la santidad. Hela aquí: Primero: alegría. Lo que conturba y quita la paz, no viene de Dios. Segundo: tus deberes de clases y de piedad. Atención en la escuela, entrega al estudio, entrega a la piedad. Todo ello por amor al Señor y no por ambición. Tercero: hacer el bien a los demás. Ayuda siempre a tus compañeros, aunque te cueste algún sacrificio. En eso, está toda la santidad.

 

La Compañía de la Inmaculada

 

El celo apostólico y el espíritu de iniciativa de Domingo le llevaron a fundar una asociación, un grupo apostólico para ayudar a los internos del Oratorio, que en 1856 eran 153, 63 estudiantes y 90 artesanos.

Cuando le vino a la mente la idea de formar un grupo de pequeños apóstoles en medio de la masa de los otros, consultó con sus amigos -Miguel Rúa, Juan Cagliero, Francisco Cerruti, Juan Massaglia, Camilo Gavio, José Bongiovanni, Celestino Durando- y todos están dispuestos a hacerse socios activos y a prestarle toda su colaboración. Sobre todo Rúa y Bongiovanni tomaron el asunto con el mayor interés. El grupo se reúne para elaborar los estatutos y demás elementos necesarios para el mejor funcionamiento.

El reglamento constaba de 21 artículos. Los socios se comprometían a ser mejores, con la protección de la Virgen y la ayuda de Jesús Eucarístico; a ayudar a don Bosco convirtiéndose, con prudencia y delicadeza, en pequeños apóstoles entre los compañeros; a esparcir alegría y tranquilidad en derredor. El último artículo resumía el espíritu de la asociación: Una sincera, filial, ilimitada confianza en María, una ternura singular con Ella, una devoción constante nos harán superiores a toda dificultad, tenaces en los propósitos, severos con nosotros mismos, amables con el prójimo y exactos en todo.

Don Bosco vio con agrado la formación de este grupo espontáneo debido a la iniciativa de los muchachos y aprobó la asociación, quedando ésta definitivamente constituida el 8 de junio de 1856 con el nombre de Compañía de la Inmaculada, con una breve ceremonia ante el altar de la Virgen en la iglesia de San Francisco de Sales.

El grupo ayudó a don Bosco en trabajos tan necesarios como la limpieza de los pisos y el cuidado de los muchachos difíciles: los indisciplinados, los fáciles a decir palabrotas y pegarse. También los socios de la Compañía de la Inmaculada se ocupaban de los que se incorporaban al Oratorio, los recién llegados. Les ayudaban a pasar alegremente los primeros días, mientras no conocían a ninguno, ni sabían los juego, hablaban en el dialecto de su pueblo y sentían nostalgia.

En 1859, cuando don Bosco decidió fundar la Congregación de los Salesianos, organizó una reunión; entre los veintidós presentes se hallaban los iniciadores de la Compañía de la Inmaculada. Domingo Savio no estaba, pues había muerto dos años antes.

La fuerza de la amistad

 

La Sagrada Escritura elogia la amistad. El que encuentra un buen amigo, ha encontrado un tesoro (Si 6, 14). Y en el Oratorio todos eran amigos de Domingo, pues éste tenía una facilidad para hacerse querer por los demás, entablar amistad. Siempre procuraba ayudar a sus compañeros.

En una ocasión, Domingo ve a un chico apoyado en una columna y que está triste y solo. Se le acerca. ¿Cómo te llamas?, le preguntó. Francisco Cerruti, fue la respuesta. Y comenzaron a charlar. En ese momento, con motivo de ese encuentro, surgió una amistad duradera.

Parecido es el caso de Camilo Gavio. Este joven había venido a Turín para hacer estudios de pintura y escultura, para los que tenía unas estupendas aptitudes. Don Bosco lo había admitido en el Oratorio dándole la posibilidad de ir a la ciudad para cursar sus estudios. En los primeros días Camilo estaba triste y abatido, pues todo comienzo es difícil. Además, el aspirante a artista había padecido una afección cardíaca que lo puso al borde del sepulcro y de cuando en cuando tenía sus momentos depresivos. Todo esto, unido al hecho de estar lejos de su casa, y en un ambiente nuevo, la tristeza se hacía insoportable. Domingo lo vio caminar cabizbajo por el patio y, sin pensarlo dos veces, se le acercó y entablaron un diálogo. Fue el inicio de una amistad maravillosa y profunda.

La amistad con Domingo transformó a Camilo. Era otro gracias a la ayuda espiritual y a los buenos consejos de su amigo. Una vez que le preguntó a Domingo cómo podría hacerse santo en el Oratorio, recibió por respuesta: Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en estar siempre muy alegres.

La dolencia cardíaca de Camilo Gavio reapareció pronto y lo obligó a suspender sus estudios. No le faltó en aquellos momentos tan difíciles de la enfermedad la compañía y el consuelo de Domingo.

A finales de diciembre de 1856, después de recibir los santos sacramentos, Camilo murió santamente. Domingo lloró desconsolado la muerte del amigo, pero con una gran conformidad, y como se lo había prometido rezó mucho por su alma.

Otro de sus amigos más íntimos era Juan Massaglia. Éste había entrado en Oratorio de don Bosco con 15 años de edad, un curso antes que Domingo. Nada más conocerse entablaron una sana y sincera amistad. Nosotros vamos a ser sacerdotes -le decía Domingo-, y debemos prepararnos bien desde ahora. Vamos a corregirnos mutuamente nuestros defectos. Cualquier falta que notemos entre nosotros nos la decimos con entera confianza.

 

Massaglia gozaba de buena salud y estaba siempre alegre. Pero un sorpresivo mal hizo que en muy poco tiempo su vida terrena llegara a su fin. Todo comenzó con una simple gripe que no desaparecía. Al no ver mejoría en la salud de Juan, don Bosco decidió enviarlo a la casa de sus padres para que allí pudiera estar mejor atendido. Lo que pareció un simple mal se transformó rápidamente en la enfermedad que habría de llevarlo a la tumba. Massaglia murió santamente el 20 de mayo de 1856. Había cumplido los 18 años de edad. Dejó una profunda impresión en todos los que asistieron a su agonía.

Dura y dolorosa fue la pérdida de este amigo para Domingo, que lo lloró con bastante desconsuelo durante varios días, y pasaba largos ratos en la iglesia orando por el alma de Massaglia. Estando ya enfermo de gravedad, Juan escribió una carta a Domingo, que hizo pública don Bosco en la biografía que escribió de Domingo Savio.

Querido amigo: Pensaba permanecer solamente algunos días en mi casa y volver pronto al Oratorio por cuya razón dejé allí todos mis libros; pero veo que las cosas van despacio y el resultado de mi enfermedad es cada día más incierto. El médico me dice que voy mejorando. A mí me parece que estoy empeorando. Veremos quién tiene razón.

 

Querido Domingo, estoy sumamente afligido por hallarme lejos de ti y del Oratorio, y porque no tengo comodidad de cumplir con mis prácticas de piedad. Únicamente me consuela el recuerdo de aquellos días que pasábamos juntos preparándonos para acercarnos a la santa comunión. Espero, sin embargo, que, si estamos separados por el cuerpo, no lo estemos por el espíritu. Te ruego entre tanto que tengas la bondad de ir hasta el salón de estudio y revises mi pupitre. Allí encontrarás algunos cuadernos y el “Kempis”, o sea, “De imitatione Christi” (La imitación de Cristo). Haz un paquete con todo y mándamelo. Fíjate bien que este libro está escrito en latín, pues aunque me agradaba la traducción, es siempre una traducción, y no encuentro ahí el gusto que pruebo en el original latino. Estoy aburrido de no hacer nada. Con todo, el médico me tiene prohibido estudiar. Doy vueltas por mi cuarto y a menudo digo entre mí ¿sanaré de esta enfermedad? ¿veré nuevamente a mis compañeros? ¿será ésta mi última enfermedad? Sólo Dios lo sabe. Creo de todos modos que estoy preparado y dispuesto en los tres casos a hacer la santa voluntad de Dios. Si tienes algún consejo, no dejes de escribírmelo. Dime cómo estás de salud y acuérdate de mí en tus oraciones, especialmente cuando recibas la santa comunión. Ánimo, amigo mío. Cuento con tu amistad sincera y de todo corazón. Si no podemos vivir por largo tiempo en la tierra, si podemos vivir felices en agradable compañía en el Cielo.

 

Saludos a nuestros amigos y especialmente a los socios de la Compañía de la Inmaculada. El Señor esté contigo y créeme siempre tu afmo. Juan Massaglia.

 

Domingo cumplió fielmente con el encargo del amigo y lo acompañó con la siguiente carta:

Querido Massaglia: Muy grata me ha sido tu carta, porque desde tu partida no teníamos noticias tuyas, y yo no sabía si rezar el “Gloria Patri” o el “De Profundis”. Ahí van los objetos que me pides. Sólo debo notarte que el “Kempis” es un buen amigo, pero que, como está muerto, en donde lo ponen allí se queda. Es, pues, preciso que tú lo busques, lo sacudas y lo leas, haciendo lo posible por poner en práctica los consejos que ahí encuentres. Suspiras por la comodidad que tenemos nosotros aquí para cumplir nuestras prácticas de piedad. Y tienes razón. Cuando voy a Mondonio, me aflige a mí la misma pena. Procuro entonces suplir esta deficiencia, haciendo cada día alguna visita a Jesús Sacramentado y llevando conmigo a cuantos compañeros puedo. Además del “Kempis” leo el “Tesoro Escondido de la Santa Misa”, del beato Leonardo (San Leonardo de Porto Maurizio). Si te parece, haz tú lo mismo.

Me dices que no sabes si volverás a verme en el Oratorio. Pues bien, haz de saber que el armazón de mi cuerpo está también muy deteriorado, y todo presagia que me acerco rápidamente al término de mis estudios y de mi vida. De todos modos, hagamos así: roguemos mutuamente el uno por el otro para que ambos podamos tener una buena muerte. El primero que muera le prepara un puesto al amigo y le dará la mano para que suba al Cielo.

Dios nos conserve siempre en su santa gracia y nos ayude a santificarnos pronto, porque temo que nos falte tiempo. Todos nuestros amigos suspiran por tu vuelta al Oratorio y te saludan afectuosamente en el Señor. Tu afectísimo, Domingo Savio.

Una muerte santa

Tras las vacaciones escolares de 1855, en octubre, Domingo regresa al Oratorio. Don Bosco lo ve desmejorado y le pregunta: ¿No has descansado durante las vacaciones? El chico responde a la vez que pregunta: Sí, don Bosco, ¿por qué lo dice? El sacerdote le comenta su aspecto: Estás descolorido. ¿Cómo es eso? Y el chaval, sin darle mayor importancia, contesta: Tal vez el cansancio del viaje…

 

Pero no era un cansancio pasajero. Los ojos hundidos y brillantes, el rostro pálido y demacrado decían bien a las claras que la salud de Domingo no era buena. Don Bosco tomó sus medidas: Este año no irás a clase a la ciudad. Salir con la lluvia y la nieve no te iría bien. Irás a clase con don Francesia, aquí en casa. Así podrás descansar un poco más por la mañana. Y modérate en el estudio: la salud es un don de Dios y no debemos gastarla.

 

Domingo aceptó. Pocos días después, dándose cuenta de la precariedad de su salud, dijo a don Bosco: Ayúdeme a hacerme santo deprisa.

El invierno de 1857 es especialmente frío en Turín. Domingo enferma. Una tos profunda le sacude y sus fuerzas disminuyen con rapidez. Don Bosco, preocupado, avisa al médico, profesor Vallauri. Éste, después de ver al joven paciente, dice: La complexión delicada y la tensión de espíritu continua son como limas que desgastan la vida. Y aconseja que Domingo vaya a respirar los aires nativos y suspenda por algún tiempo los estudios.

Al enterarse de la decisión del médico, Domingo se resignó. El domingo 1 de marzo de 1857 se despedía de sus compañeros. Le costaba dejar los estudios, los amigos, y especialmente a don Bosco. Su deseo era acabar sus días en el Oratorio. Antes de partir le dice a don Bosco: Dígame: ¿qué puedo hacer aún por el Señor? El sacerdote, emocionado, le contesta: Ofrécele a menudo tus sufrimientos. Pero al joven no le parece suficiente: Y ¿qué más? Don Bosco añade: Ofrécele también tu vida.

Don Bosco ve alejarse el carruaje que se lleva a Domingo, en compañía de su padre, a Mondonio. Consciente era que se había marchado su mejor alumno, el santito que la Virgen había regalado al Oratorio durante tres años.

Por la tarde, llegaba Domingo a Mondonio. Su madre y sus hermanos salieron a recibirlo con alegría. Los primeros cuatro días los pasó bien y sin guardar cama. Sin embargo, su padre quiso llevarlo a la consulta médica, pues había perdido el apetito y una tos persistente le molestaba día y noche. El médico ordenó reposo absoluto y, para curarle lo que creía que era una pulmonía le aplicó una serie de sangrías. Mejoró algo. El médico estaba optimista y confortaba a la familia diciéndole que prácticamente el mal estaba vencido, pero Domingo pensaba otra cosa. Apenas se fue el médico, pidió recibir la Unción de enfermos. Se la administró el párroco, que también le dio la Bendición Papal.

Domingo consuela a su madre: No llores mamá… que yo me voy al Cielo. Y al párroco le dice: Antes de irse, déjeme un recuerdo. El sacerdote edificado e impresionado ante tanto espíritu de sacrificio, no sabe qué decir: ¿Qué quieres, Domingo, que te diga? Acuérdate de la Pasión de Cristo. Y Domingo exclama: ¡Ah, la Pasión! ¡Siempre la llevo en mi mente! Momentos después pide a su padre su libro de oraciones. Éste lee las oraciones de los agonizantes. Domingo responde con claridad y devoción: Jesús misericordioso, ten piedad de mí.

 

El lunes 9 de marzo la vida de Domingo llega a su fin. Algunos jóvenes y niños a quienes se les permite entrar en la habitación donde está el enfermo, pasan en silencio y recogimiento a contemplar por última vez el rostro con vida del amigo. Domingo está dormido. A su lado, su padre. De pronto, abre los ojos y apenas puede susurrar: Adiós, papá… El párroco me dijo una cosa…, pero no puedo recordarla. Con una sonrisa de gozo, añade: Estoy viendo cosas maravillosas. Y con estas palabras expiró. Eran las diez de la noche.

Fama de santidad

La noticia de su muerte corrió con celeridad por todas partes. En el Oratorio, compañeros y amigos lloran inconsolables la muerte del amigo. La celebración de la Santa Misa ofrecida por don Bosco en sufragio de su alma contó con la presencia fervorosa de familiares y amigos. Todos repetían: Ha muerto un santo. El entierro tuvo lugar el 11 de marzo. Su cuerpo fue depositado en el cementerio de Mondonio. Años después se trasladó a la Basílica de María Auxiliadora de Turín.

En vida, fiel a la gracia, el Señor le otorgó favores místicos que se tradujeron en un mayor ejercicio de virtudes e incluso de apostolado impropio de sus pocos años. Una vez muerto, rápidamente crece su fama de santidad con una sucesión de favores extraordinarios. Al mes de fallecido se aparece, glorioso, a su padre, y algo más tarde a don Bosco, al frente de una legión de almas triunfantes.

Con su vida santa, Domingo es ejemplo y estímulo para los adolescentes. Su fiesta se celebra, según el Martirologio Romano, el 9 de marzo.

 

El santo leproso (San Damián de Molokai)

San Damián de Molokai

Belga de nacimiento

El mundo de la Política y de la Prensa puede ofrecer pocos héroes comparables al Padre Damián de Molokai. Valdría la pena buscar la fuente de la inspiración de semejante heroísmo. Así es como resumió Ghandi las preguntas que suscita la vida del apóstol de los leprosos. La respuesta es bien sencilla: el amor a Dios y a los hombres, por encima de la propia vida, fue la inspiración de san Damián de Veuster.

El 3 de junio de 1995 el papa Juan Pablo II beatificó en Bruselas al leproso entre los leprosos, como el propio Damián se definió en solidaridad absoluta con su gente. De tiempo atrás ya le habían glorificado como mártir de la Caridad. Y el 11 de octubre de 2009 fue canonizado en Roma por Benedicto XVI.

El 3 de enero de 1840 nace José de Veuster en Tremeloo, un pueblo belga cercano a Lovaina. Era el séptimo de los ocho hijos de la familia campesina De Veuster‑Wouster, flamencos de Brabante. Los años de la infancia del pequeño José fueron muy felices. En su familia recibió una educación cristiana, y los días fueron transcurriendo de forma rutinaria en el cultivo de la tierra y en la obediencia a las leyes de Dios. Durante su juventud, José vio abrazar la vida religiosa a dos de sus hermanas y a uno de sus hermanos.

La vocación

José deja la escuela a los 13 años para trabajar en el campo. Su padre quiere que se dedique al negocio familiar de granos, con intención de ampliarlo. Cuando cumple 18 años, vuelve a los estudios, esta vez fuera del entorno familiar, en Braine‑le Comte. Emplea su tiempo libre en solitarios paseos y escribiendo cartas a sus padres. Al mismo tiempo reflexiona sobre su posible vocación religiosa, que empezaba a despertar a través de una correspondencia frecuente con su hermano Augusto (hermano Pánfilo), novicio entonces de los Padres de los Sagrados Corazones.

Durante el verano de 1858, después de muchas horas de oración y meditación, toma la firme decisión de dedicar su vida a Dios, en la Congregación de los Sagrados Corazones. No me detengáis, porque impedir a un hijo seguir la voluntad de Dios al elegir estado, sería una ingratitud que atraería sobre vosotros un penoso castigo, escribía José de Veuster a sus padres el día de Navidad del mismo año. Ellos, buenos cristianos, accedieron a sus deseos, viendo en la vocación de su hijo una caricia de Dios. Y el 2 de febrero de 1859 José de Veuster se convirtió en el Hermano Damián, al comenzar el noviciado en la Congregación de los Sagrados Corazones.

La Congregación de los Sagrados Corazones

Esta familia religiosa había sido fundada por Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer en Poitiers (Francia), en 1795, en la clandestinidad impuesta por la Revolución Francesa y el régimen napoleónico hasta 1815. En sus Constituciones se lee: El anuncio del Evangelio nos urge y nos hace entrar en el dinamismo interior del Amor de Cristo por su Padre y por el mundo, especialmente por los pobres, los afligidos, los marginados y los que no conocen la Buena Noticia. Buscando el Reino procuramos transformar el corazón del hombre y ampliar las relaciones fraternas y comunitarias. En solidaridad con los pobres trabajamos por una sociedad justa y reconciliada. (…) La disponibilidad para las necesidades y urgencias de la Iglesia, discernidas a la luz del Espíritu, así como la adaptabilidad a las circunstancias y acontecimientos, son rasgos heredados de nuestros fundadores. El espíritu misionero nos hace libres y disponibles para ejercer nuestro servicio apostólico allá donde seamos enviados a llevar y  acoger la Buena Noticia.

Palabras que Damián graba a fuego en su alma. Su vida religiosa comienza con un horizonte de esperanza y con el deseo de llevar el Evangelio de Cristo a lejanas tierras. Pedía cada noche ante la imagen de san Francisco Javier que se cumplieran los deseos de ser un misionero, escribió su maestro de novicios.

En el lejano Pacífico

El mismo año  que nació, en las lejanas islas Hawai reinaba el rey canaco Kamehameha III. Su abuelo, el gran Napoleón del Pacífico, cincuenta años atrás, había unificado las islas del paradisíaco archipiélago y fundado un reino. Y en ese año de 1840 llegó a Hawai la terrible y temida lepra. Enfermedad maldita, insidiosa, lenta, que llega sin avisar. El bacilo ataca la piel y anestesia las células nerviosas en un trabajo metódico de años. Ulcera, llaga, desfigura y, sólo al final del largo proceso, causa la muerte.

Acompañando a la lepra, otras enfermedades: sífilis, cólera, sarampión y peste bubónica ‑combinación de horror‑, se habían introducido en aquel paraíso del Pacífico. Los súbditos de Kamehameha fueron diezmados. Cuando la lepra más lenta, pero inexorable, se reveló en toda su crudeza, el Gobierno canaco reaccionó como hasta entonces lo habían hecho todos los gobiernos del mundo: aislando a los enfermos, arrojándoles fuera de la comunidad. En el ritual de Cambrai, de 1503, el leproso asistía a la misa de difuntos al lado de un ataúd y vestido de negro. Después se le llevaba a un lugar apartado.

En las Hawai, no había lugar para los rituales. Los enfermos, cazados en sus chozas, arrancados de sus familias, eran embarcados en almadias hacia la isla de Molokai. Allí quedaban confinados en Kalaupapa, una lengua de tierra aislada por una barrera montañosa infranqueable. Para el canaco, pueblo de fuertes vínculos familiares y muy marcado por la comunidad, el aislamiento era peor que la lepra. Kalaupapa era sinónimo de tumba.

Profesión religiosa

El estallido de la epidemia hawaiana se produjo con toda su virulencia en 1860. Y a partir del 1866 datan las primeras expulsiones masivas. En el Viejo Continente europeo, el 7 de octubre del 1860, en un pueblecito de las afueras de París, Picpus, en la Casa General de la Congregación de los Sagrados Corazones, el novicio Damián hace su profesión religiosa. Dieciséis meses duró su noviciado, comenzado en Lovaina y terminado en la Casa Central de París. Durante esta etapa de su vida fue afianzándose en la vida de piedad. Era un joven lleno de vitalidad y bondad. Dócil y obediente, era a la vez íntegro e impulsivo. Tuvo un maestro experimentado, a quien apreció y recordó toda la vida. Éste dijo de Damián: En mi larga experiencia, jamás he encontrado un carácter más amable y sociable.

Ya profeso, vuelve a Lovaina para cursar estudios de teología en la Universidad. Mientras tanto, su hermano Pánfilo prepara su viaje como misionero a las islas Hawai. La Iglesia Católica, tras dos décadas de persecuciones alentadas por los metodistas norteamericanos, ha logrado de la monarquía canaca la libertad de religión. Y son los Padres de los Sagrados Corazones los encargados de abrir brecha. Pánfilo tiene que formar parte de las primeras expediciones, pero la Providencia dispone otra cosa, y Pánfilo cae enfermo de tifus cuando estaba atendiendo a los apestados.

Misionero

El 2 de noviembre de 1863, sustituyendo a su hermano enfermo, Damián embarca en el puerto alemán de Bremen con destino a Honolulú. Está en la plenitud de su juventud, sin cumplir aún los 24 años, y sin haber sido todavía ordenado sacerdote. Pero empieza a ver realizada su ilusión de ser misionero. Antes de zarpar escribe a sus padres una carta de despedida: Pedid a Dios que tenga el coraje de cumplir en todo, en cualquier lugar y siempre, la santa voluntad de Dios: en eso consiste toda nuestra vida… En nuestras oraciones sobre todo, pensemos los unos en los otros y unámonos siempre a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En ellos permanezco siempre. Vuestro hijo afectuoso.

Tras 139 días de navegación sin escalas, el “R. W. Wood”, en el que viajaba Damián con un grupo de religiosos de su Congregación, atracó en el puerto de Honolulú el 19 de marzo, festividad de San José, de 1864. Sería imposible para mí explicaros la inmensa alegría de los misioneros ‑escribía Damián a sus padres inmediatamente después de desembarcar‑ cuando se ve el nuevo país que deben regar con su sudor cada día para ganar a estas almas para Dios.

El 21 de mayo del mismo año fue ordenado sacerdote por el obispo Maigret en la catedral de Nuestra Señora de la Paz de Honolulú. Emocionado, tembloroso, con el olor aún de crisma de su consagración, escribe a sus padres: Ya soy sacerdote… Ya soy misionero… Si el Señor está conmigo, no tengo nada que temer y todo lo podré, como San Pablo en Aquél que me conforta… No tengáis la menor inquietud por mí, porque cuando se sirve a Dios, se es feliz en cualquier parte.

Molokai

Su encuentro con Molokai no será inmediato. Durante más de ocho años evangelizará en Puna y Kohala en la isla Hawai. Allí aprenderá la lengua canaca, conocerá íntimamente a su pueblo y será testigo de la continua degradación de sus condiciones de vida. También se degrada aún más, si es posible, la vida en la leprosería Kalawao, situada en la península de Kalaupapa de la isla de Molokai. Los leprosos, muertos en vida, sin fe en la que apoyarse, reciben a los recién llegados con una sentencia: En este lugar no hay ley.

Y efectivamente, así era. El aquí ya no hay ley convierte a los débiles en esclavos y a los niños en juguetes sexuales. La angustia y la desesperación eran compañeras de la enfermedad. Había que ahogarlas en el alcohol y el sexo, por lo que la inmoralidad y la depravación imperaban en aquel cementerio viviente. No fue pura poesía haber llamado a Molokai el paraíso infernal o el pueblo de los locos.

Entre los leprosos

Estando Damián en Kohala, el periódico hawaiano Nuhou hace una llamada a un noble sacerdote cristiano, predicador o hermana que quisiera ir y consolar permanentemente a esos desgraciados, refiriéndose a los muertos vivos, exiliados en Kalawao. Damián se ofrece voluntario para ir a aquel infierno en la tierra, para extender el Evangelio, para dar testimonio del amor y la ternura de Dios a los hombres, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Y el 10 de mayo de 1873 llega a la leprosería de Kalawao, acompañado de 50 leprosos que iban a ser recluidos en la colonia,  y algunas cabezas de ganado que llevaban para su sustento.

El Padre Damián, primero se vence a sí mismo. Ánimo, José, muchacho, que aquí vas a estar toda tu vida, se alentaba a menudo desde su primer día en Molokai. Vence también la repugnancia de la enfermedad y acaricia a los enfermos; comparte su comida; fuma en las mismas pipas; construye carreteras, orfelinatos, traídas de agua, cementerios y lazaretos; evangeliza, predica y, sobre todo, por encima de todo, ama. Al poco tiempo de estar en Molokai, escribe a su hermano: Esto puede darte una idea de mi trabajo diario. Imagínate una colección de chozas con 800 leprosos. Sin médico. Todas las mañanas después de mi misa, que va seguida siempre de una instrucción, voy a visitar a los enfermos. Al entrar en cada choza, empiezo por ofrecerme a escuchar en confesión. A los que rechazan esta ayuda espiritual no se les niega la asistencia corporal, que se da a todo sin distinción. En lo que a mí se refiere, me hago leproso con los leprosos, para ganarlos a todos a Cristo Jesús.

Su secreto

El secreto de Damián es Jesús, vivir y actuar como Jesús. Es el centro y razón de su vida. Sentirse con Él y Él, confidente y consolador. Un hermoso texto de su cuaderno íntimo explica su vida generosa de entrega: El ver lo que las almas han costado a Jesucristo, debe inspirarnos el mayor celo por la salvación de todo el mundo. Debemos entregarnos a todo cuanto pueda contribuir a la salvación de las almas. Debemos darnos a todos sin excepción. Debemos darnos sin reserva. La medida de nuestro celo es la de Jesucristo.

Desde 1886 a 1873, año en que llega Damián a la leprosería de Kalawao, sobre 797 leprosos internados, habían muerto 311, un 40%. En 1880 escribe el Padre Damián: Desde que estoy aquí, he enterrado a 190 ó 200 todos los años y los que quedan son más de 700. Las estadísticas oficiales dan, para los 17 años de estancia del misionero belga, 3.137 ingresados y 2.242 defunciones. Una media de 2,5 por semana. Murieron cientos ante los ojos del misionero, envueltos en el humo de su pipa para soportar el olor. Ayer por la mañana, después de auxiliar a un leproso en su pequeña jaula, fui a casa como un borracho, no podía tenerme en pie, su aliento fétido había afectado mi cerebro, contó en 1874.

Su fortaleza en Dios

Damián se fue a vivir con los leprosos, a enterrarse con ellos. No sólo convivió con su enfermedad. Convivió también con su pobreza, llegando a ser tan pobre, que no supo que lo era. Llegó al corazón de aquellos seres sufrientes y marginados, porque los tocó, los abrazó con el saludo hawaiano tradicional, conversó con ellos en su propia lengua, vendó sus heridas, amputó cuando fue necesario sus dedos y sus pies, compartió con ellos su pipa, comió el plato de poi, rió con ellos, jugó con sus hijos enfermos, no mostró ningún signo de repulsión ante sus desfiguraciones… Damián fue aceptado por los enfermos de lepra como uno de ellos. Siembro la buena semilla ‑escribió‑ entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos.

De la diaria adoración del Santísimo Sacramento sacó las fuerzas necesarias. En 1886 escribió: Por ser la Santa Eucaristía el pan del sacerdote, me siento feliz, muy contento y resignado en la situación un tanto excepcional en la que la Divina Providencia me ha colocado… Sin la presencia constante de nuestro Divino Maestro en mi pobre capilla, jamás podría haber perseverado en unir mi suerte a la de los pobres leprosos de Molokai. Él supo desde el primer momento que comenzar no es difícil, sino que la dificultad está en perseverar. Y perseveró aun reconociendo que le costó. Claramente lo dijo: Resulta repulsivo verlos, sin duda, pero tienen un alma rescatada al precio de la Sangre del Salvador. También Él, en su misericordia, consoló a los leprosos. Si yo no puedo curarlos, sí que dispongo de los medios para consolarlos. Confío en que muchos, purificados de la lepra del alma por los sacramentos, sean dignos, un día del cielo. En otra ocasión confesó: La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne, estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Un leproso más

Ocurrió en diciembre de 1884. Damián sabía desde el verano que estaba leproso y ya la noticia había corrido como la pólvora por todo el archipiélago. Pero en vísperas de la Navidad, todavía su cuerpo no mostraba las infames señales. Viajó desde Molokai a Honolulú, en una de sus escapadas de la leprosería. El viaje le había fatigado y, en el convento, alguien se preocupó de que le prepararan un baño caliente para sus cansados pies. Damián metió el pie izquierdo en el balde de agua hirviente y no sintió dolor alguno. Al partir de aquel momento pudo decir: nosotros los leprosos. Esta frase atravesó como un dardo de amor al corazón del pueblo más miserable de la tierra. A la terrible sentencia En este lugar no hay ley, Damián opone su Nosotros los leprosos que le acompañará hasta la muerte. En una carta al padre Fouesnel escribió en octubre de 1885: Estoy leproso. ¡Bendito sea el Buen Dios!

Cuando el Gobierno propuso pasarle un sueldo, él se rebeló: Aunque me ofrecieran todos los tesoros de la tierra, no permanecería ni cinco minutos en esta isla de Molokai. Lo que me sujeta aquí es tan sólo Dios y la salvación de las almas.

Muerte

Después de cuatro terribles años de sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, el 15 de abril de 1889 moría el Padre Damián en Molokai como un leproso más. Antes de morir pronunció estas palabras: ¡Qué dulce es morir hijo de los Sagrados Corazones! Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la lepra, quien llevó a Damián temprano a la muerte.

Un adolescente mártir (San José Luis Sánchez del Río)

Vidas de santos

Un adolescente mártir

Beato José Luis Sánchez del Río

 

Persecución religiosa en México

 

En la primera mitad del siglo XX se produjo en México la llamada Guerra de los Cristeros, motivada por legislación en contra de la Iglesia. La persecución contra los católicos tuvo lugar con mayor virulencia con la el mandato del Presidente Plutarco Elías Calles, pero ya antes hubo una serie de disposiciones gravemente atentatorias contra la Iglesia Católica.

En 1914 Venustiano Carranza fue elegido Presidente México, y bajo su mandato, el 5 de febrero de 1917, se promulgó una nueva Constitución para el país, la llamada Constitución de Querétaro, que contenía varios artículos vejatorios para la Iglesia. Entre otros, le prohibía fundar o dirigir escuelas primarias (art. 3), el establecimiento de órdenes religiosas (art. 5), los actos de culto fuera de los templos o casas particulares (art. 24), y poseer, adquirir y administrar directa o indirectamente bienes inmuebles (art. 27). Tampoco le reconocía personalidad jurídica (art. 130). A partir de entonces, la Iglesia se encontró en un estado de persecución jurídica, y la sangre se derramaba por México cada vez que se aplicaba a la letra la Constitución.

 

Durante la Presidencia de Plutarco Elías Calles se desencadenó la más larga y dura persecución, en la que abundaron los mártires. En 1926 el Presidente sacó una ley, conocida como la Ley Calles, que era un código penal anticatólicos: establecía la expulsión de los sacerdotes extranjeros, preveía la prisión por celebrar cultos fuera de los templos o dar enseñanza católica, prohibía el uso del traje sacerdotal o hábito religioso, y castigaba a los sacerdotes que no dijeran que la Constitución obligaba en conciencia. En su desvarío, Calles intentó crear una Iglesia cismática, pretensión que resultó verdaderamente cómica.

Como reacción a su política sectaria surgió el movimiento de los Cristeros, así llamados por su grito habitual: ¡Viva Cristo Rey! Eran en buena parte campesinos, que tomaron las armas en defensa de la Iglesia y protagonizaron tres años de lucha, que arrojó un balance de entre 25.000 y 30.000 cristeros muertos, y unos 60.000 soldados federales.

 

Un chico piadoso

 

El 28 de marzo de 1913 nació José Luis Sánchez del Río, en Sahuayo (Michoacán). Era hijo de Macario Sánchez y de María del Río. En el hogar familiar aprendió a llevar una vida de piedad. Asistía al catecismo. Iba a Misa los domingos, así como los días 21 de cada mes, y rezaba diariamente el Rosario.

Alistado en el ejército cristero

 

El 31 de julio de 1926 se decretó la suspensión del culto público, y al año siguiente José Luis quiso alistarse en el ejército cristero, pese a su corta edad, para defender a Cristo y a su Iglesia. Prudencio Mendoza, General de los cristeros de Michoacán, lo aceptó tan sólo como asistente. En el campamento se ganó el aprecio de sus compañeros. Por la noche dirigía el Rosario y animaba a la tropa.

El 6 de febrero de 1928 participó en un combate, cerca de Cotija. En un momento de la batalla, el caballo del general Mendoza fue alcanzado por un proyectil cayendo muerto. El joven José Luis ofreció a su superior su caballo, y tomando un fusil se puso a combatir. Al acabársele la munición, fue capturado por los federales.

El general federal, al ver su valentía y arrojo, le propuso unirse a ellos. El chico rechazó con energía la propuesta: ¡Jamás! ¡Primero muerto! Yo no me uno a los enemigos de Cristo Rey. Yo soy su enemigo. ¡Fusíleme! Ante la negativa, el general lo mandó encerrar en un calabozo.

Carta a su madre

 

El mismo día en que fue capturado, desde la prisión, escribió a su madre: Cotija, 6 de febrero de 1928. Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que más me mortifica; antes diles a mis dos hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez. Y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba.

 

Cuatro días después, en la tarde del viernes 10, fue trasladado a su ciudad natal, Sahuayo. Al saber la cercanía de su muerte, consiguió escribir a una tía suya pidiéndole la Comunión, que recibió dos horas después.

El martirio

 

Ya en la noche de aquel mismo día, le desollaron los pies y lo empujaron a golpes hasta el cementerio. Querían que apostatara, pero José Luis mantuvo su entereza. Él mismo se encaminó al borde de su tumba y los verdugos comenzaron a apuñalarlo. En medio del tormento, el capitán que mandaba en la ejecución preguntó al joven mártir qué mensaje quería enviar a sus padres, a lo que respondió: Que nos veremos en el Cielo. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!

 

Dichas estas palabras, se le disparó en la cabeza y José Luis cayo muerto en la fosa. Sin ataúd ni mortaja, su cuerpo recibió directamente las paletadas de tierra. Su muerte produjo tanta conmoción en Sahuayo que los soldados federales custodiaron el cementerio el día entero, pues todos querían recoger sangre del mártir.

La semilla da fruto

 

El martirio del joven cristero fue presenciado por dos niños, uno de nueve años y otro de siete años. Años después, ambos se ordenarían de sacerdotes y se convertirían en fundadores. La muerte de José Luis tuvo un papel decisivo en la vida de ambos.

Uno de estos dos dio el siguiente testimonio del martirio de quien fue su amigo en el libro entrevista Mi vida es Cristo: Fue capturado por las fuerzas del gobierno, que quisieron dar a la población civil que apoyaba a los cristeros un castigo ejemplar. Le pidieron (a José Luis) que renegara de su fe en Cristo, so pena de muerte. José no aceptó la apostasía. Su madre estaba traspasada por la pena y la angustia, pero animaba a su hijo. Entonces le cortaron la piel de las plantas de los pies y le obligaron a caminar por el pueblo, rumbo al cementerio. Él lloraba y gemía de dolor, pero no cedía. De vez en cuando se detenían y decían: “Si gritas ‘Muera Cristo Rey’ te perdonamos la vida”. “Di ‘Muera Cristo Rey’”. Pero él respondía: “Viva Cristo Rey”. Ya en el cementerio, antes de disparar sobre él, le pidieron por última vez si quería renegar de su fe. No lo hizo y lo mataron ahí mismo. Murió gritando como muchos otros mexicanos: “¡Viva Cristo Rey!”

 

Concluyendo su testimonio con las siguientes palabras: Éstas (las del martirio) son imágenes imborrables de mi memoria y de la memoria del pueblo mexicano, aunque no se hable muchas veces de ellas en la historia oficial.

El otro niño testigo, en unos escritos suyos, narra que siempre consideró providencial su encuentro con José Luis Sánchez. Haberse cruzado con el joven mártir de Sahuayo -a quien le pidió seguirlo en su camino, pero que viéndolo tan pequeño le dijo: Tú harás cosas que yo no podré llegar a hacer– determinó su decisión de hacerse sacerdote.

Beatificación

El 20 de noviembre de 2005, en Guadalajara (México), el cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, por disposición del papa Benedicto XVI beatificó a José Luis Sánchez del Río y a otros doce más mártires cristeros.

Los restos mortales del beato José Luis descansan en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en su pueblo natal.

La Madre morenita (Santa Josefina Bakhita)

Vidas de santos

La Madre morenita

Santa Josefina Bakhita

Una sudanesa en el ábside de la catedral de El Obeid

En el ábside de la catedral de El Obeid, capital de Kordofan (Sudán) se ve un enorme fresco de Santa María Reina, que muestra a África el Hijo que lleva en su seno. A los dos lados se ve de rodillas a dos grandes figuras, una de mujer y otra de hombre, intercediendo por aquella tierra. Son precisamente santa Josefina Bakhita, hija de esa tierra, primero esclava y después religiosa canosiana, y el beato Daniel Comboni, apóstol de África, que precisamente en ese lugar fundó una misión, una colonia antiesclavista.

La santa sudanesa es una flor africana que conoció las angustias del secuestro y de la esclavitud y que se abrió admirablemente a la gracia en Italia, junto a las hijas de santa Magdalena de Canosa. En ella encontramos (…) un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas, dijo Juan Pablo II en el día de su beatificación.

La historia de Bakhita es uno de los numerosos ejemplos de la trata de esclavos. Fue capturada por negreros árabes a la edad de nueve años, vendida en subasta como esclava, maltratada y vendida más de cinco veces en mercados de esclavos de Sudán, cambiando de dueño, como se hace con los animales.

Infancia y secuestro

No se conocen datos exactos de su nacimiento. Se dice que hacia 1869 nació en el pueblo de Olgossa, en la región de Darfur, al Oeste de Sudán. Pertenecía a la tribu nubia. Sus padres eran paganos, y es de suponer que practicaban las religiones tradicionales en las que el culto a los antepasados, estrechamente unidos a su familia terrena, era el centro de toda la vida religiosa y social de la tribu. Bakhita creció junto a sus padres, tres hermanos y dos hermanas, una de ellas su gemela.

Por las poblaciones de la región de Darfur, árabes dedicados a la trata de esclavos hacían incursiones periódicas entre las tribus negras de África Central y especialmente entre los nubios del oeste para someterlos a la esclavitud.

La tribu de Bakhita, con frecuencia, era cruelmente sorprendida por estas incursiones de negreros esclavistas. Cuando tenía unos siete años, contempló impotente cómo raptaban a su hermana mayor y a otros miembros de su aldea, para venderlos como esclavos. La captura de su hermana por los negreros que llegaron a Olgossa, marcó mucho el resto de la vida de Bakhita, tanto así que más adelante escribiría: Recuerdo cuánto lloró mamá y cuánto lloramos todos.

Dos años después, le tocó a ella. En su biografía contó su propia experiencia del secuestro, aquel encontrarse con los buscadores de esclavos. Cuando aproximadamente tenía nueve años, paseaba con una amiga por el campo y vimos de pronto aparecer a dos extranjeros, de los cuales uno dijo a mi amiga: “Deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta. Mientras tú puedes continuar tu camino, te alcanzaremos dentro de poco”. El objetivo de ellos era capturarme, por lo que tenían que alejar a mi amiga para que no pudiera dar la alarma. Sin sospechar nada obedecí, como siempre hacía. Cuando estaba en el bosque, me percaté que las dos personas estaban detrás de mí, y fue cuando uno de ellos me agarró fuertemente y el otro sacó un cuchillo con el cual me amenazó diciéndome: “Si gritas, morirás. ¡Síguenos!” Y fue forzada a caminar durante varios días.

El nombre de Bakhita

Bakhita no es el nombre recibido de sus padres al nacer. Se le puso este nombre cuando fue secuestrada. Los dos hombres que la secuestraron le dijeron: Tu nombre, de aquí en adelante, es Bakhita. Tan grande fue el terror y fuerte la impresión de aquellos instantes que se le borró de su memoria hasta su propio nombre y el del lugar donde nació. Tan grande fue el vacío que se produjo en su memoria que nunca llegó a recordar su verdadero nombre. Sus raptores la apodaron Bakhita, que en su dialecto equivale a Fortunata o Beata, quizás al ver su especial carisma.

El cambio de nombre, por parte de los comerciantes de esclavos, era una estrategia de uso común y tenía sin duda una lógica. La intención era llevar a la víctima a olvidar sus raíces y el ambiente de la propia familia. Era un triunfo más en la mano de los raptores: quien da el nombre a alguien, se vuelve su dueño.

El papa Juan Pablo II, en la homilía de la Misa de la beatificación, hizo referencia al nombre. El nombre de Bakhita -como la habían llamado sus secuestradores- significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

En los mercados de esclavos

En el año 1873 fue prohibida oficialmente la trata de esclavos en Sudán que por entonces se encontraba bajo el dominio turco-egipcio. Pero aquella ley prohibitiva de la esclavitud era letra muerta, siendo violada por las mismas autoridades locales.

Por aquellos años, para liberar a los nativos de las atrocidades de la esclavitud, Daniel Comboni, decidido luchador contra la trata de esclavos, fundó una misión y estableció una colonia antiesclavista en El Obeid, emporio de los negreros. A pesar de estos intentos, la esclavitud era una triste realidad aceptada en Sudán. En los mercados esclavistas, que continuaban funcionando sin ninguna traba, se comerciaba con la mercancía humana.

Bakhita, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos -dijo Juan Pablo II en la citada homilía-, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza.

Efectivamente, luego de ser capturada, Bakhita fue llevada a El Obeid, donde fue vendida. Siempre recordará el extenuante viaje de ocho días hacia esa ciudad, su intento de fuga, que duró un día y una noche, con una joven compañera de huida. Las dos niñas no distinguían el norte del sur, pero no pararon; vencieron el miedo, el hambre, la sed, el cansancio y los animales salvajes. Pero no escaparon a la red traicionera de un pastor que encontraron en el camino. Las dos niñas le habían pedido ayuda, y aquel hombre en quien las inocentes niñas confiaron, prometiéndolas que las llevarían a casa de sus padres, las condujo a un mercado de esclavos donde fueron vendidas a otro patrón por parte del pastor.

Durante su esclavitud -diez años con las cadenas que le impedían el ser libre- fue vendida y revendida varias veces en los mercados de esclavos de la ya citada ciudad y en los de Kartoum (Jartum). Tuvo cinco amos distintos (su primer patrón fue un mercader musulmán de esclavos) y conoció las humillaciones, los sufrimientos físicos y morales propios de la esclavitud.

En varias ocasiones, además de la ya narrada, intentó escapar. En una ocasión, en el largo camino hacia los mercados de Norte, estuvo a punto de conseguirlo. Bakhita pudo escapar de la caravana de esclavos y vagó por el desierto, con gran peligro de perecer por las fieras. Capturada por otros mercaderes, fue vendida cuando tenía 13 años a un oficial del ejército turco (su cuarto amo), que la sometió a durísimos castigos morales y corporales.

Este general de la armada turca acampada en El Obeid destinó a Bakhita al servicio de su madre y su mujer. Este fue para ella un periodo de torturas y sufrimientos atroces. Las dos mujeres, como contará la misma Bakhita, no le concedieron un momento de paz y no hubo ni un solo día que no la flagelasen hasta hacerle sangre. Todo su cuerpo quedó surcado por las cicatrices, que llegaron a contarse unas 144. Todos los esclavos del patrón turco dormían en una habitación común, se les encargaban trabajos agotadores y eran tratados y alimentados mal.

Además fue tatuada. El cruel y sádico tatuaje fue para Bakhita una de las peores torturas, pues consistía en una verdadera operación a sangre fría, realizándose sobre su piel infinidad de incisiones (en total 114), que dejaron visibles en el cuerpo de la joven cicatrices que no desaparecieron en toda su vida. Y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes. Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal y me restregaban las heridas en carne viva. Literalmente bañadas en mi sangre, me colocaron en una estera de paja, donde quedé varias horas, totalmente inconsciente. Cuando desperté, vi a mi lado dos compañeras de destino que también terminaron siendo tatuadas. Durante más de un mes estuvimos condenadas a estar echadas, sin movernos, sin ni siquiera un paño para limpiar el pus y la sangre de las heridas. Puedo decir realmente que fue un milagro de Dios que yo no muriese, porque Él me tenía destinada para “cosas mejores”, contó en su biografía.

Un rayo de esperanza

En 1882, el patrón turco de Bakhita tuvo que volver a Turquía. Y la joven esclava, junto con otros esclavos, en el mercado de la capital de Sudán fue puesta en venta una vez más (su quinta y última compra-venta). Fue adquirida por un comerciante italiano que también era Cónsul de Italia en aquel país de África Central. El agente consular, Calixto Legnani, fue su quinto amo. Por primer vez desde el día del secuestro, Bakhita notó con grata sorpresa que nadie, al darle órdenes, usaba ya la fusta; al contrario, la trataban de manera afable y cordial. El trato que recibía era humanitario y de afecto. Esta vez fui realmente afortunada -escribió años después Bakhita-, porque el nuevo patrón era un hombre bueno y me gustaba. No fui maltratada ni humillada algo que me parecía completamente irreal, pudiendo llegar incluso a sentirme en paz y tranquilidad.

En la casa del Cónsul Bakhita conoció la serenidad, el cariño y momentos de alegría, aunque siempre velados por la nostalgia de una familia propia, perdida quizá para siempre. Permaneció en aquella hasta 1884.

En aquel año, acontecimientos políticos provocaron la salida de los europeos residentes en Jartum de Sudán. Legnani, ante el avance de los rebeldes mahditas y la posterior llegada de las tropas de Mahdi a la capital, que fue conquistada y arrasada en 1885, volvió a Italia. Bakhita se negó a dejar a su amo europeo y consiguió viajar a Italia con él y con un amigo del Cónsul, llamado Augusto Michieli y que tenía importantes negocios en África.

En Italia

En Génova los esperaba la esposa de Michieli, de nombre Turina. Ésta, al enterarse de la llegada de varios esclavos, pidió que se le entregase uno. Legnani, urgido por las peticiones de Turina, aceptó que Bakhita se quedase con los Michieli. Con sus nuevos amos, Bakhita vivió tres años en la casa de su nueva familia, en Zianigo (en la zona de Mirano Veneto). Cuando nació la hija del matrimonio Michieli, Mimmina, Bakhita se convirtió en su niñera y amiga.

Regresó posteriormente a Sudán, donde Michieli compró un gran hotel, en Suakin, en el Mar Rojo. Teniendo que regresar Turina Michieli a Italia, Bakhita tuvo que acompañarla. Entonces di en mi corazón un eterno adiós a África, escribió en sus memorias.

Con su regreso a Italia, comenzó un camino hacia la libertad que no estuvo exento de problemas y dificultades. De hecho, en 1889, la gestión del hotel en Suakin obligó a la señora de Michieli trasladarse a aquel lugar para ayudar a su marido en la marcha del negocio, e intentó de nuevo llevarse a la esclava, pero ésta se negó. Entonces tuvo que intervenir el procurador del rey. La señora de Michieli se negaba a perderla y siguiendo el consejo de su administrador, Illuminato Checchini, Turina decidió confiar su hija a las Monjas Canosianas del Instituto de los Catecúmenos de Venecia, y que Bakhita permaneciese como nodriza de Mimmina.

Y es aquí donde Bakhita conoció a aquel Dios que ya desde niña sentía en su corazón sin saber quién era. Más tarde escribió: Viendo el sol, la luna y las estrellas, decía dentro de mí: ¿Quién será el Dueño de estas bellas cosas? Y sentía grandes deseos de verle, de conocerle y de rendirle homenaje.

En libertad, hacia la fe

Con las religiosas de la congregación de las Hijas de la Caridad de santa Magdalena de Canosa, conoció al Dios de cristianos y fue así como supo que Dios había permanecido en su corazón, por que le había dado fuerza para poder soportar la esclavitud. Y a Aquél que no sabía quien era, a partir de entonces comenzó a conocerle. Bakhita había iniciado su encuentro con la fe cristiana y con la libertad. Ésta la obtuvo, pues el gobierno italiano no reconocía la esclavitud.

Después de algunos meses de catecumenado, y tras haber obtenido la libertad según la ley italiana, el 9 de enero de 1890 Bakhita fue bautizada (recibió en la pila bautismal los nombres de Josefina Margarita Fortunata, junto al de Bakhita) y confirmada por el cardenal patriarca de Venecia, e hizo la primera comunión. Aquí llego a convertirme en una de las hijas de Dios, fue lo que manifestó en el momento de recibir las aguas bautismales. Aquel día en que recibió los sacramentos de la iniciación cristiana no sabía cómo expresar su alegría. Sus grandes ojos brillaban, revelando una intensa conmoción. Desde entonces se le vio besar frecuentemente la fuente bautismal y decir: ¡Aquí me hice hija de Dios!

Ella misma contó en su biografía que cada día que pasaba se convencía más de que ese Dios, que ahora conocía y amaba, la había atraído hacia Sí por caminos misteriosos, conduciéndola de la mano, que me ha traído -escribió- hasta aquí de esta extraña forma.

Cuando la señora de Michieli volvió de Sudán  para llevarse a su hija Minnina y a Bakhita, ésta, con una decisión, coraje y valentía inusuales, manifestó su voluntad de quedarse con las religiosas hijas de santa Magdalena de Canosa. Como la esclavitud era ilegal en Italia, Turina Michieli no pudo forzar a Bakhita. Ésta se quedó en el Instituto de las Canosianas.

Religiosa canosiana

Desde el día de su bautismo, en el corazón de Bakhita iba fraguándose un nuevo deseo, el de convertirse religiosa canosiana y servir a aquel Dios que le había dado tantas pruebas de su amor. Y siendo libre escogió, de nuevo, ser esclava, pero su nuevo dueño -el Señor- no andaba con el látigo en la mano, como los antiguos dueños esclavistas. Su nuevo Señor se llamaba Jesucristo, Aquél que murió y resucitó para ofrecerle la verdadera libertad y salvación. Es Él quien le da fuerza, valor y alegría para seguirlo y hacer su voluntad, entrando en la Congregación de las Hermanas Canosianas.

Y así fue como en el año1893, en el Instituto de los Catecúmenos de Venecia, entró como novicia en la congregación donde por primera vez se sintió y respetada.

En la homilía de la Misa de beatificación, el papa Juan Pablo II se refirió al itinerario seguido por la santa sudanesa: Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Como Magadelna de Canosa, ella también quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. “Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios”, solía repetir.

El día de la Inmaculada Concepción -8 de diciembre- de 1896, en la casa madre de las Canossianas de Verona, a los 38 años de edad, hizo la profesión religiosa, se consagró para siempre a su Dios al que ella llamaba, con dulce expresión, mi Patrón. Como estaba prescrito, la aspirante a los votos religiosos debía ser examinada por un representante de la Iglesia; y fue el cardenal José Sarto, a la  sazón Patriarca de Venecia, futuro papa san Pío X, quien examinó a Josefina Bakhita. El Patriarca la despidió con estas palabras: Pronunciad los santos votos sin temor. Jesús os quiere, Jesús os ama. Ámelo y sírvalo así.

En Schio

Durante más de cincuenta años, Bakhita, dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración, fue un verdadero testigo del amor de Dios y de servicio a los demás. Trasladada en 1902 a Schio (Vicenza), donde las canosianas estaban desde 1886 con varias obras educativas y de caridad, vivió entregándose en distintos quehaceres de la casa de Schio: fue cocinera, responsable del guardarropa y de la sacristía, costurera y portera.

Cuando se dedicó a esta última tarea, ponía sus manos, dulces y cariñosas, sobre las cabezas de los niños que cada día frecuentaban los colegios del Instituto. Su voz amable, que tenía el tono de las canciones de cuna, llegaba grata a los pequeños, confortable a los pobres y a los que sufrían, animando a cuantos llamaban a la puerta del Instituto.

Su humildad y sencillez, su constante sonrisa y su celo infatigable le conquistaron el afecto de todo Schio, donde se la conocía -y aún se la recuerda- como la nostra Madre Moretta, nuestra Madre Negrita. La hermanas canosianas la apreciaban por su dulzura inalterable, por su exquisita bondad y por su profundo deseo de dar a conocer al Señor. Solía decir: Que seáis buenos, que améis al Señor, que recéis por los que no le conocen. ¡Si supierais qué gran gracia es conocer a Dios!

A este afecto también se refirió Juan Pablo II en la citada homilía: Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su “madre morenita” -así la llamaban- una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

Pasión misionera

En 1910, a petición de su superiora, contó su historia y comenzó a escribir su autobiografía. Fue algo que le costó mucho trabajo. Rememorando su infancia y juventud, Josefina Bakhita decía: Si me encontrase con aquellos negreros que me raptaron e incluso aquellos que me torturaron, me pondría de rodillas y besaría sus manos, porque, si no hubiese sucedido aquello, no sería ahora cristiana y religiosa.

Conocida las vicisitudes de su vida, en 1929, Bakhita fue llamada a Venecia por sus superiores para dar a conocer su historia al mayor número de personas posibles, lo que aceptó con prontitud y docilidad. Como quiera el Patrón era su frase habitual. En 1930 se publicó sus Memorias. Entre 1933 y 1935, a petición de la Superiora de las Canosianas, Bakhita visitó todas las casas de la Congregación, para aportar su propio testimonio a favor de las misiones.

En 1935 inició, junto con sor Leopolda Benedetti, que había estado durante 36 años en la misión de Shensi (China), una serie de viajes de animación misionera por toda Italia. Se convirtió en un gran personaje, viajando por toda la península Itálica dando conferencias y recolectando dinero para las obras educativas, misioneras y caritativas de la Congregación canosiana.

Reservada por naturaleza y esquiva, sin embargo conseguía dar testimonio de su pasión misionera con simplicidad y sabiduría. Durante este período de su vida religiosa, dedicado a la animación misionera, sor Josefina residió en la casa del noviciado de las misioneras canosianas que se encontraba en Vimercate (Milán) desempeñando el oficio de portera. Era ella la primera persona que encontraban los padres que, con el lógico dolor de la separación, dejaban a sus hijas en el convento, y todos ellos recibían de Bakhita palabras de consuelo.

Los últimos años

Vino la vejez. La salud de Bakhita fue debilitándose en sus últimos años. Sufrió una enfermedad larga y dolorosa, y tuvo que postrarse en silla de ruedas. A pesar de sus limitaciones, continuó viajando. A todos ofrecía su testimonio de fe, de bondad y de esperanza cristiana. A los que la visitaban y le preguntaban cómo estaba, respondía sonriendo: Como quiere mi Patrón.

En plena II Guerra Mundial, el 8 de diciembre de 1943, cumplió sus 50 años de vida religiosa, sus Bodas de oro de su profesión religiosa. Aún vivió unos años más, en los cuales su salud empeoraba cada vez más.

Cuando ya era anciana, el obispo de la diócesis visitó su convento y no la conocía. Al ver el prelado a la pequeña religiosa africana, ya encorvada por el peso de los años, le dijo: Pero, ¿qué hace usted, hermana? Bakhita le respondió: Yo hago lo mismo que usted, excelencia. El obispo, admirado, preguntó: ¿Qué cosa? Y Bakhita le contestó: Excelencia, los dos hacemos lo mismo, la voluntad de Dios.

En la agonía revivió los terribles días de su esclavitud y muchas veces suplicó a la enfermera que le asistía: Por favor, desatadme las cadenas… es demasiado. Aflójeme las cadenas… ¡pesan!

Fue María Santísima quien la liberó de toda pena. Murió el 8 de febrero de 1947 en la casa de Schio, rodeada de su Comunidad afligida y en oración. Refiriéndose a su muerte, Juan Pablo II, momentos antes de rezar el Regina Coeli el día de la beatificación, dijo Las últimas palabras de sor Bakhita fueron una invocación estática a la Virgen: ¡La Virgen! ¡La Virgen!, exclamó, mientras la sonrisa le iluminaba el rostro.

Una multitud acudió enseguida a la casa del Instituto canosiano para ver por última vez a su Santa Madre Morenita y pedir su protección desde el Cielo. Durante tres días fue velada, en los cuales, cuenta la gente, sus articulaciones aún permanecían calientes. Las madres cogían su mano para colocarla sobre la cabeza de sus hijos para que les otorgase la salvación.

Glorificación

La fama de santidad de Bakhita se difundió rápidamente por todos los cinco continentes. Y según fueron pasando los años, su reputación como santa fue consolidándose. Nunca realizó milagros ni tuvo fenómenos sobrenaturales, pero fue considerada ya en vida como santa. Siempre fue modesta y humilde, con una fe firme en su interior. Y cumplió con mucho amor de Dios sus obligaciones diarias. Fueron muchos los favores conseguidos y las gracias  obtenidas a través de su intercesión en los años que siguieron a su muerte.

En 1959, doce años después de su marcha al Cielo, en la diócesis donde falleció, comenzó el proceso para la causa de canonización. El 1 de diciembre de 1978 la Iglesia proclamó el decreto de heroicidad de sus virtudes, por lo que fue declarada venerable.

El 6 de julio de 1991 Juan Pablo II declaró la autenticidad de un milagro atribuido a su intercesión. Fue beatificada el 17 de mayo de 1992, junto con el fundador del Opus Dei, san Josemaría Escrivá. Durante la celebración del Gran Jubileo del Año Santo 2000, Juan Pablo II la canonizó el 1 de octubre de 2000. Lo cual, para los católicos africanos es un gran símbolo que era necesario, para que así los cristianos y mujeres de África sean honrados por lo que sufrieron en momentos de esclavitud.

Verdaderamente, santa Josefina Bakhita es la santa africana y la historia de su vida es la historia de un continente, válida para los católicos, protestantes, musulmanes o seguidores de cualquier otro tipo de religión tradicional. Su espiritualidad y fuerza la han convertido en Nuestra Hermana Universal, como la llamó el papa Juan Pablo II.

Su fiesta se celebra el 8 de febrero.

 

 

Mujer fuerte, pacificadora y maestra (Santa Catalina de Siena)

Santa Catalina de Siena

Una entrega sin reservas

A mediados del siglo XIV, el 25 de marzo de 1347 nace en la ciudad toscana de Siena Catalina Benincasa. Su vida fue relativamente breve -treinta y tres años-, pero desempeñó un papel primordial en el desarrollo de la historia de la Iglesia. Su figura constituye una continua y verdadera manifestación de lo sobrenatural en la vida de una criatura humana. Con gran corazón y una recia voluntad, Catalina de Siena, movida por la gracia divina, tenía la cualidad de mujer fuerte, pacificadora y maestra. Muerta en Roma el 29 de abril de 1380, cuando la Iglesia comenzaba a sufrir el gran Cisma de Occidente, fue canonizada por un papa sienés -Pío II- en 1461. Su culto se extendió rápidamente por toda Europa, especialmente por los países de la obediencia de Roma durante el Cisma. En el siglo XIX, el beato Pío IX la declara segunda patrona de Italia, siendo el otro patrono san Francisco de Asís. Y el 1 de octubre de 1999 el venerable Juan Pablo II la proclama copatrona de Europa.

Catalina era la vigésimo cuarta de los veinticinco hijos del matrimonio formado por Jacobo Benincasa y Mona Lapa. Sus primeros años transcurrieron en el seno de su familia humilde -el padre era tintorero de profesión-, que además de numerosa, no gozaba de una posición económica desahogada. Desde la primera infancia fue favorecida por gracias extraordinarias, que le permitieron recorrer un rápido camino de perfección entre oración, austeridad y obras de caridad. Y toda su vida estuvo marcada por la misión especialísima que Dios quiso confiarle. Cuando tan sólo tiene seis años de edad, Jesús se le aparece y la bendice. Algo inescrutable ocurre en aquella alma sencilla, que corresponde prometiéndole a Cristo no tener otro Esposo que Él. Es la entrega sin reservas de Catalina al Señor, el ofrecimiento de su vida.

Dios le concederá durante su vida muchos dones extraordinarios, pero hay una enseñanza que Dios le da desde muy temprano y que será como sólido cimiento de su piedad y de su unión con el Señor. Un día Jesucristo le pregunta: ¿Sabes, hija, quién eres tú y quién soy yo? Y antes que Catalina pudiera contestar, oye la respuesta de labios del Señor, que quedará grabada para siempre en su corazón: Tú eres la que no es; y Yo, el que soy. Si tuvieres en el alma tal conocimiento, el enemigo no podrá engañarte y escaparás de todas sus insidias y adquirirás sin dificultad toda gracia, verdad y luz.

En plena adolescencia, tiene una visión en la que santo Domingo le promete acogerla bajo su regla, que hace que la joven emprenda la senda espiritual trazada por el santo fundador de la Orden de Predicadores. Catalina comunica a su familia la resolución tomada, pero encuentra una fuerte oposición, ya que sus padres la habían destinado al matrimonio. Ella, sin abandonar el hogar familiar, pues considera que no es el claustro su sitio, se entrega a duras penitencias y pide a Jesucristo que le haga saber su voluntad. Sus progenitores no la comprenden, y para corregir aquellas -para ellos- excentricidades la tratan dura, inhumanamente. Catalina acepta la prueba con alegría. Al fin, los padres, rendidos, le autorizan para seguir los caminos que Dios tenía preparados para ella.

Terciaria dominica

Cuando aún está Catalina en los comienzos del camino de gran exigencia que se había trazado, debe pasar por grandes pruebas. La presión de su familia es grande; tanto su madre como sus hermanos le insisten que se case. Además, la asaltan fuertes tentaciones contra la castidad, que ella rechaza con oración y  mortificación. Una voz interior la animaba a abandonar su propósito de virginidad. ¿Por qué, pobrecita, te afliges tanto por nada? ¿De qué te sirve padecer así? ¿Crees acaso poder continuarlo? Es imposible, a menos que quieras matarte a ti misma y arruinar tu cuerpo. Antes de llegar a tanto, termina con las tontadas. Estás a tiempo de gozar del mundo. Después, con palabras llenas de suavidad y benevolencia, el tentador le hablaba de tomar marido y engendrar hijos para acrecentamiento del género humano… Catalina sabía ver la astucia diabólica, y nunca pasó a considerar la propuesta disfrazada de bondad que le hacía el enemigo de su alma. Su respuesta era unirse más a Cristo y confiar en Él. Confío en el Señor y no en mí, solía repetir.

En otra ocasión, le parecía estar rodeada por todos los demonios del Infierno, pues tan grande era la tentación. Catalina fue a rezar a una iglesia cercana, pero la tentación no cedía, sino que cada vez era más fuerte sin que los malos pensamientos y deseos que acudían a su mente la dejaran en paz. Catalina se abandona en Dios: Señor, he escogido sufrir para agradarte; acepto, también, Señor, este sufrimiento de las tentaciones, por todo el tiempo que Tú quieras. Hágase tu santa voluntad. Al final salió victoriosa de la difícil prueba. Después, en su oración, salió de sus labios esta filial queja: ¡Señor! ¿Dónde estabas cuando mi alma, triste, se anegaba en el barro de aquellos feos pensamientos? Y escuchó la respuesta de Jesús: Yo estaba, hija mía, dentro de ti viendo como luchabas.

En 1364 ingresa en la Orden de las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Estas Hermanas no eran religiosas en el sentido estricto de la palabra, sino terciarias dominicas, conocidas como mantellate por el manto negro que llevaban. Vivían la espiritualidad de la Orden de Santo Domingo, pero no hacían votos ni abandonaban sus hogares. Eran solteras o viudas que, llevadas por su afán de perfección, adoptaban ciertas formas de vida de las religiosas, pero sin apartarse del mundo. Catalina, después de recibir el hábito de las mantellate, continúa viviendo en su casa, pero convierte su habitación en una “celda”, donde permanece recluida. Las mantellate no hacían votos, pero Catalina quiso hacer por su cuenta los votos de castidad, pobreza y obediencia. Referente a este último, se comprometió a obedecer al religioso director de las Hermanas de la Penitencia, a la priora y al confesor. Nunca faltó a su voluntario compromiso, de tal forma que antes de su muerte pudo decir: No me acuerdo de haber desobedecido nunca.

Desposorios con Cristo

En el año 1367, cuando Catalina tenía veinte años, Cristo se le apareció y le manifestó su predilección a través del símbolo místico del anillo nupcial. Son los desposorios místicos de Jesucristo con Catalina. Mientras Jesús le pone en el dedo el anillo de desposada, le dice: He aquí que Yo, tu Creador y tu Salvador, te desposo en la fe, que conservarás sin que nada la menoscabe hasta el día que celebres conmigo en el Cielo las bodas eternas. Ánimo, hija mía; cumple en adelante, con reciedumbre y sin ninguna vacilación, todas las obras que el orden de mi providencia pondrá en tus manos… Era la culminación de una piedad madurada en lo escondido y en la contemplación.

Catalina vive con su Amado en una intimidad que ninguna esposa de la tierra tendrá jamás con su esposo; en los labios y en el corazón no tenía más que a Jesús, que se hace su maestro y la instruye en todo lo que debe saber. Pero es preciso probar la firmeza del amor de la joven. El Amado la abandona en parte a las asechanzas del demonio, y éste llena su alma de fantasías mundanas. Catalina responde con atroces penitencias. Finalmente, la última y más retorcida tentación diabólica: ¿Para qué jactarse de querer ser santa cuando se tiene el alma llena de basuras?… Catalina salta de indignación: He elegido el dolor por consuelo y es un gozo para mí soportar todas estas aflicciones por amor de Jesucristo. Una gran luz ilumina la celda, y Cristo, resplandeciente de gloria, le dice: Hija mía, ¿ves cuánto he sufrido por ti?. No te parezca, pues, demasiado duro tener que sufrir por Mí.

Catalina es consciente de que el Señor le ha anunciado una misión, pero aún no le ha revelado cuál es. Abandona su “celda” sin dejar de llevar una vida retirada porque se crea una morada espiritual dentro de su alma, que a ella le gustaba llamar la “celda interior”. En el silencio de esta celda, haciéndola docilísima a las inspiraciones divinas, pudo compaginarse bien pronto con una actividad apostólica extraordinaria (Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi), pues Jesús la impulsa suavemente al apostolado y a las obras de caridad.

Pronto la casa de Catalina empieza a llenarse de una multitud de gentes que acuden atraídas por su fama. Muchos, incluso clérigos, se reunieron en torno a ella como discípulos, reconociéndole el don de una maternidad espiritual, y Catalina  se siente madre de los hijos que ha engendrado en la fe. Sus discípulos -hombres y mujeres de toda condición, procedentes de todas las clases sociales- la llaman “la dulce mamá”.

Muerte mística

El Señor va preparando a Catalina para la gran misión que va encomendarle, y le concede gracias extraordinarias. Los prodigios se suceden: un día, Jesús místicamente le arranca el corazón y lo reemplaza por el suyo; otro, para hacerla partícipe de su Pasión, recibe en la mano derecha la señal de los clavos; en una ocasión, como su confesor se niega a darle la comunión, Jesús la hace comulgar de manos de un ángel.

El rebosar de su amor y las durísimas penitencias a que se entrega la hacen desfallecer y en verano del 1370 sus fuerzas están exhaustas. Un día Catalina siente morir, agoniza. Su semblante está lleno de serenidad; los ojos cerrados, casi sin respiración. Está rodeada de varias mantellate, que no pueden contener las lágrimas al igual que el confesor y las demás personas presentes. El corazón estalla y no se la siente respirar. Catalina ha muerto, pero es sólo una muerte mística. Después de cuatro horas, el Señor la vuelve a la vida. Ella abre los ojos, con gran contento para cuantos allí estaban, pero rompe a llorar al darse cuenta de que ha terminado la visión del Paraíso que el Señor le ha hecho contemplar. Es entonces cuando Dios la hace partícipe de su definitivo mensaje: Vivirás entre las multitudes llevando el honor de mi nombre ante los pequeños y ante los grandes… Te presentarás a los Pontífices, a los que gobiernan la Iglesia y al pueblo cristiano, pues quiero, según mi costumbre, confundir con el débil el orgullo de los fuertes…

A partir de ese momento, Catalina se entrega a la misión que Jesús le ha encomendado con toda la fuerza de su alma enamorada. El Señor le ha recordado la gran labor que hay pendiente en la tierra: la salvación de todos. Su vida adquiere una nueva dimensión, y se lanza por el mundo para realizar una inmensa tarea apostólica. Se mueve de ciudad en ciudad, habla a la gente, escribe, remueve, convierte…

Una época difícil

 

En el mismo año del nacimiento de Catalina hizo su aparición en Europa la peste pulmonar, más conocida como la peste negra, que en unos pocos años exterminará a la tercera parte de la población europea, pero no es el peor mal de aquel siglo XIV. Con el ocaso del orden medieval surgen innumerables compañías de tropas mercenarias que sirven al mejor postor y se dedican, por todo el viejo continente, al saqueo y al pillaje, imponiendo el terror en las ciudades. En Europa, y especialmente en Italia, las guerras son continuas. Los reinos y estados cristianos luchan entre sí. Inglaterra y Francia iniciaron en 1339 una guerra que pasará a la historia por su larga duración: La Guerra de los Cien Años. Génova y Venecia se disputan, con Aragón, el dominio del Mediterráneo. En Castilla hay una guerra fratricida entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastamara. En la península itálica se enfrentan ciudades, donde los condottieri (guerreros de profesión) al mando de sus tropas hacen una siembra de atrocidades y muerte.

La crisis alcanza igualmente a la Iglesia. Desde el pontificado de Clemente V los papas residen en Aviñón, donde la Corte papal es una corte lujosa, refinada, repleta de eclesiásticos mundanizados que no dan ejemplo de piedad ni de vida cristiana. En vano se oyen voces por toda Europa que piden el retorno de los papas a la Ciudad Eterna: la mayoría de los cardenales son franceses y no desean salir de su patria para residir en Roma, porque la ciudad, víctima de las luchas entre las poderosas familias y saqueada por tropas mercenarias, es una urbe inhabitable y casi abandonada.

Gregorio XI

La Cristiandad lamenta esta nueva cautividad de Babilonia. El beato Urbano V regresa a Roma, pero al cabo de tres años vuelve a Aviñón. Su sucesor,  Gregorio XI, apenas elegido declaró su intención de establecerse en breve en la Ciudad Eterna. Sin embargo, el Papa -que sólo tenía cuarenta y un años al ceñir la tiara, y era de salud frágil, de temperamento sensitivo, de suma delicadeza de conciencia- no terminaba de decidirse por llevar a cabo su deseo. A veces supo tomar decisiones enérgicas, pero a la hora de tomar la decisión de embarcarse para Italia se mostraba siempre dubitativo, totalmente indeciso, quizá por debilidad de la voluntad.

Con admirable humildad el Papa oía las voces -fuertes reprensiones- de los que clamaban por el regreso del Obispo de Roma a su sede. Al principio fue Petrarca; después, Brígida de Suecia; y cuando enmudeció la voz de la santa nórdica, es la de joven Catalina, que con inflamada pasión, ruega y suplica a Gregorio XI que emprenda el viaje a Roma. La santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual amaba tiernamente como “dulce Cristo en la tierra”, la voluntad de Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma (Venerable Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En una carta a unos frailes dominicos, Catalina cuenta cómo empezó a relacionarse con Gregorio XI: Os digo que el Papa mandó acá a su vicario (Alfonso de Jaén), el que fue padre espiritual de aquella condesa que murió en Roma (Brígida de Suecia), el que renunció al obispado por amor de la virtud; vino de parte del Santo Padre, pidiendo que yo hiciese oración especial por el Papa y por la santa Iglesia, trayéndome en prenda la santa indulgencia. Una relación que es epistolar. En la primera de las cartas que escribe a Gregorio XI, le habla de la cruzada, que para organizarla es preciso que el Papa esté en Roma.

En enero de 1376, estando en Pisa, donde recibió los estigmas, aunque propiamente no eran tales al no ser visibles, escribió de nuevo al Papa: En el nombre de Jesucristo crucificado y de la dulce María. A vos, reverendísimo y dilectísimo padre en Cristo Jesús, vuestra indigna, pobre y miserable hijita Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo en su preciosa sangre, escribe con deseo de veros como un árbol fructífero, lleno de dulces y suaves frutos y plantado en tierra fructífera… ¡Oh Padre mío!, dulce Cristo en la tierra… En verdad, yo quiero y ruego que obréis en adelante virilmente, como hombre viril, siguiendo a Cristo, cuyo vicario sois. Y no temáis, Padre, por ninguna cosa que suceda a causa de estos vientos tempestuosos que  ahora soplan, quiero decir de estos miembros pútridos que se han rebelado contra vos. No temáis… Por los malos pastores y rectores ha surgido la rebelión.

Misiones de paz

La crisis del Pontificado repercute en toda la Cristiandad: la disciplina del clero se relaja, el pueblo fiel está desorientado, los reinos cristianos enzarzados en guerras, los Estados Pontificios se disgregan y, por todas partes, van surgiendo grupos de bandoleros que siembran el terror.

Al empezar el año 1375, Italia entera era un hervidero. Las ricas repúblicas marítimas de Venecia y Génova, siempre enemistadas y rivales, estaban en continua guerra. El descontento cundía por todas partes: en el reino de Nápoles por el gobierno de una reina disoluta, rodeada de unos cortesanos ambiciosos e inmorales; en el poderoso ducado de Milán por estar regido por el cruel Bernabé Visconti; y en las innumerables ciudades-estado por estar gobernadas por burgueses que se disputaban el poder y se despedazaban mutuamente.

Además, la República de Florencia está en guerra con el Papa. Otras ciudades italianas -Pisa, Lucca- están a punto de aliarse con Florencia en la Liga Toscana, en abierta rebeldía contra el Papa. Catalina sufre en su corazón de cristiana, de buena hija del Romano Pontífice, y también en su corazón de italiana, por los males temporales y espirituales que se acarrean a las ciudades enfrentadas al Papa, castigadas con el entredicho y la excomunión. Por eso trabaja ardientemente por el perdón, la paz, la reconciliación. En su actividad para reconciliar Florencia con el Papa señala a los contendientes a Cristo crucificado y a María dulce, haciéndoles ver que, para una sociedad inspirada en los valores cristianos, nunca podía darse un motivo de contienda tan grave que indujera a recurrir a la razón de las armas en vez de a las armas de la razón (Venerable Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En los últimos días de marzo de 1376, por medio de su padre espiritual, el dominico Raimundo de Capua, hizo llegar a Gregorio XI una carta en la que le manifiesta tres súplicas que salen de su corazón: la paz (paz, paz, paz, dulce Padre mío, y no más guerra), la reforma de la Iglesia (que del jardín de la santa Iglesia arranquéis las flores malolientes, llenas de inmundicia y de codicia, inflados de soberbia, que son los malos pastores y rectores…) y la cruzada (desplegar el gonfalón de la santísima cruz). Las tres están íntimamente ligadas, ya que la paz entre los príncipes y ciudades cristianas sólo será posible si se unen en la empresa común de una nueva cruzada, y ésta no se llevará a cabo sin la reforma de la Iglesia, que debe comenzar con el retorno a Roma del Papa.

Con la misma libertad escribió a la señoría de Florencia: Yo deseo con grandísima voluntad veros como hijos verdaderos y no rebeldes a vuestro Padre… Bien sabéis que Cristo nos dejó su vicario, y lo dejó para remedio de nuestras almas, porque no podemos tener salvación sino en el cuerpo místico de la santa Iglesia… Ved, pues, hijos míos dulcísimos, que quien se rebela, como miembro pútrido, contra la santa Iglesia y contra nuestro Padre, Cristo en la tierra, incurre en el bando de la muerte… Creedme, hermanos míos, que con dolor y llanto en el corazón os lo digo: habéis caído en la muerte y en el odio y desgracia de Dios… ¡Oh! No estéis más en guerra y no aguardéis a que la ira de Dios venga sobre vosotros… Alzaos y corred a los brazos de nuestro Padre, que os recibirá benignamente.

Para conseguir la paz, viajó primeramente a Florencia, y después se dirigió como embajadora de esta república a Aviñón. El 18 de junio  de 1376 es recibida por Gregorio XI. Catalina trata de convencer al Papa para que firme la paz con Florencia y regrese a Roma. Su misión de paz fracasa, pero consigue el retorno del Papa a la Ciudad Eterna. Anteriormente el Papa le había pedido su opinión sobre su viaje a Roma, y Catalina le había escrito: Dulce Padre, vos me preguntáis acerca de vuestra venida, y yo os respondo y digo de parte de Cristo crucificado que vengáis lo más pronto que podáis. Si es posible, venid antes de septiembre; y, si no podéis antes, no lo aplacéis más allá de septiembre… Como hombre viril y sin temor, venid. Durante la audiencia, Gregorio XI, indeciso aún sobre el retorno del Papa a su sede, preguntó de nuevo a Catalina: ¿Qué me aconsejáis hacer? La joven mantellata le dijo: ¿Quién puede saberlo mejor que Vuestra Santidad, puesto que ya hace mucho tiempo habéis hecho el voto de volver a Roma? El Pontífice se estremeció. En efecto, había hecho ese voto, pero no se lo había confiado a nadie. Estaba clara la voluntad de Dios, pero Gregorio XI aún vacila, sus consejeros se oponen al viaje y Catalina insiste: ¡Valor, Santo Padre, valor!… No más cobardía… La lucha es larga, pero ¡al fin! Catalina vence. El 17 de enero de 1377 Gregorio XI es recibido solemnemente en Roma.

Actuación pública

En el año 1371 comienza la actuación pública de Catalina, escribiendo las primeras cartas a príncipes de la Iglesia y a gobernantes de las repúblicas italianas, a la vez que promueve una nueva cruzada. Cuando tres años después -1374- se declara la peste en Siena, su comportamiento es heroico en el cuidado y atención a los apestados. Y en el mismo año peregrina a Montepulciano para venerar el cuerpo incorrupto de la santa dominica Inés de Segni.

Catalina fue incansable en el empeño que puso en la solución de muchos conflictos que laceraban la sociedad de su tiempo. Su obra pacificadora llegó a soberanos europeos, como  Carlos V de Francia, Carlos de Durazzo, Isabel de Hungría, Luis el Grande de Hungría y de Polonia, y Juana de Nápoles (Venerable Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi). No se ahorró sacrificio alguno. Recorrió las ciudades italianas en misión de paz, visitó a príncipes, nobles y gobernantes, dictó infinidad de cartas… En 1375 viaja a Pisa, y después marcha a Lucca, para volver de nuevo a Pisa, con el único objetivo de impedir que estas ciudades se unan a Florencia en la guerra contra los Estados Pontificios. De regreso en Siena, consigue la conversión de Niccoló di Toldo, acusado de espionaje, que es ejecutado

En 1376, después de su viaje a la Corte papal de Aviñón, vuelve a su ciudad natal. Al año siguiente emprende una misión de paz en el castillo de Rocca de Tentennano, en Val d’Orcia. Pero lo más destacable de este año es el número de conversiones que consigue Catalina de gentes tan diversas, delincuentes, libertinos, frailes relajados… Semanas antes de su muerte, ocurrida el 27 de marzo de 1378, el papa Gregorio XI envía a la mantellata de Siena a Florencia para negociar la paz. En la ciudad del Arno Catalina está a punto de ser asesinada mientras cumplía su misión pacificadora. Muerto Gregorio XI, su sucesor -Urbano VI- reanuda las negociaciones de paz con Florencia, que terminan con éxito gracias a la mediación de Catalina. Ésta regresa a Siena a finales de julio.

Aunque tuvo una destacada actuación pública, Catalina no intervino en política en el sentido restringido, partidista y a menudo sectario que se da esta palabra. Siempre obró a favor de los supremos intereses de la Iglesia de Cristo, es decir, de su misión salvadora estrictamente sobrenatural, y en defensa de la paz. A un gobernante florentino le dijo: Yo estoy aquí para que se haga la Voluntad de Dios, no para mezclarme en vuestras disputas políticas. Estas palabras explican el por qué Catalina fuera a Aviñón como embajadora de la República de Florencia para negociar la paz con el Papa, y tiempo después llegaba a Florencia como enviada de Gregorio XI para restablecer la paz. En ambos casos, Catalina buscaba, no servir a los intereses de Florencia o del Papa, sino conseguir la paz.  

En otra ocasión, cuando los gobernantes de Siena se inquietan y tratan de hacer callar a Catalina porque su política de paz perjudica a los intereses de la ciudad que se beneficia de la lucha entre los nobles, Catalina se yergue frente a este atentado a su libertad cristiana y proclama muy alto los derechos de Dios y de la Iglesia: ¡Qué vergüenza para nuestros conciudadanos -exclama- creer o imaginar que nos ocupamos de política. Y en una carta al Papa, escribe: No más guerras, Padre mío, no más guerras (…). No me parece en absoluto que Dios quiera que nos apeguemos al poder temporal de manera que ocasionemos la pérdida de las almas… El tesoro de la Iglesia es la Sangre de Cristo vertida por el rescate de los hombres, no por los asuntos temporales.

Bien consciente era que el remedio a tantos males de la sociedad de su época estaba en los valores evangélicos. Sabía que no se podía llegar a la resolución de los problemas si antes no se forjaban los ánimos con el vigor del Evangelio. De aquí la urgencia de la reforma de las costumbres que ella proponía a todos sin excepción. A los reyes les recordaba que no podían gobernar como si el reino fuese una “propiedad” suya, sino que, conscientes de tener que rendir cuentas a Dios de la gestión del poder, debían más bien asumir la tarea de mantener en él “la santa y verdadera justicia”, haciéndose “padres de los pobres”. En efecto, el ejercicio de la soberanía no podía disociarse del de la caridad, que es a la vez alma de la vida personal y de la responsabilidad política (Venerable Juan Pablo II, Carta Apostólica Spes aedificandi).

En el mismo documento añadía el venerable Juan Pablo II: Con esta misma fuerza se dirigía a los eclesiásticos de todos los rangos para pedir la más rigurosa coherencia en su vida y en su ministerio pastoral. Impresiona el tono libre, vigoroso y tajante con el que amonestaba a sacerdotes, obispos y cardenales. Era preciso -decir- arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas, sustituyéndolas con “plantas nuevas”, frescas y fragantes (Carta Apostólica Spes aedificandi).

Dramática división

El 7 de abril de 1378 los cardenales reunidos en el primer cónclave que se celebra en Roma después de la llamada cautividad de Babilonia, eligen precipitadamente, bajo las amenazas del pueblo amotinado que no cesa de exigir un papa romano o, al menos, italiano, a Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari. El elegido tomó el nombre de Urbano VI.

El nuevo Papa, antes de su elección era un hombre austero, piadoso y buen trabajador, pero una vez que se ciñó la tiara sobre su cabeza se mostró duro, violento, despótico, descomedido, llegando en su imprudencia y desatinos a términos casi patológicos. Él, que no había pertenecido al Colegio Cardenalicio, exasperó a los cardenales con sus insultos y desprecios. Ante esta inesperada situación, la mayoría de los cardenales reunidos en Anagni hicieron una declaración en la que se afirmaba que Urbano VI no era papa porque su elección se había hecho sin libertad, bajo coacción y por miedo. Semanas después, en Fondi los cardenales eligieron a Roberto de Ginebra en sustitución de Urbano VI. El cisma se había producido. El elegido en Fondi tomó el nombre  de Clemente VII trasladándose a Aviñón.

Catalina, que tanto había trabajado para que la Santa Sede retornarse de Aviñón, ante la división de la cristiandad, queda desolada. Con igual ardor se esforzó por evitar el cisma. Deja su ciudad -Siena- para ir a Roma con objeto de defender al Papa que cree legítimo. Todas sus fuerzas las emplea para atraer a todos a la obediencia de Urbano VI, recurriendo a las razones irrenunciables de la comunión eclesial. Para ello escribir  cartas enérgicas, encendidas e, incluso, violentas a la reina de Nápoles, al rey de Francia, a los cardenales italianos, a los obispos para que entren en razón. Es inútil. Además, Urbano VI lo dificulta todavía más con su intransigencia y su carácter insoportable. En vano le exhorta Catalina al perdón y a la prudencia. Él no hace caso y castiga con saña, consiguiendo ser abandonado por los pocos cardenales y obispos que se habían pronunciado por su legitimidad.

Catalina, exhausta, se ofrece a Dios como víctima por la Iglesia. El 29 de enero de 1380, mientras reza ante la tumba del Príncipe de los Apóstoles, siente gravitar sobre sus hombros el peso insoportable de la navicella, de la nave de la Iglesia. Tres meses después -29 de abril- Dios la llama a su seno. Momentos antes de su muerte dijo a si confesor, el padre Dominici: Os aseguro que, si muero, la única causa de mi muerte es el celo y el amor a la Iglesia que me abrasa y me consume.

 

Doctora de la Iglesia

 

Catalina de Siena escribió innumerables cartas, algunas oraciones y un solo libro: El Diálogo. En todos sus escritos campea la pureza clásica y un estilo vivo y elegante. En ellos, la santa sianesa da muestras de una solidez doctrinal que hace de ella una auténtica doctora.

En El Diálogo están recogidas las conversaciones mantenidas por Catalina con el Señor durante sus experiencias místicas. Fue en 1378, el ocaso de su vida, durante los últimos meses de calma, antes de la tempestad que se desataría sobre la Iglesia, cuando sintió, en lo más profundo de su alma, la necesidad de poner el sello a la obra que el Maestro había querido llevar a cabo por medio de ella y fijar la doctrina que había predicado.

Cuenta su biógrafo fray Raimundo de Capua que el libro fue dictado a sus discípulos al salir de sus frecuentes éxtasis, especialmente un día en que entró en arrobamiento y habló horas y horas, y de su boca dictó una de las obras más sorprendentes que ha salido de una mujer.

El Diálogo está la doctrina espiritual de Catalina de Siena, que constituye una espiritualidad de irresistible impulso divino en un alma de extraordinaria potencia de amar, de profunda vida interior.

El 4 de octubre de 1970, Pablo VI la proclama Doctora de la Iglesia. Antes que ella, sólo otra mujer -santa Teresa de Jesús- había recibido ese título.

 

 

La primera santa chilena (Santa Teresa de Jesús de los Andes)

La primera santa de Chile (Santa Teresa de Jesús de los Andes)

Roma, 21 de marzo de 1993

San Juan Pablo II canonizó a la primera santa de Chile, santa Teresa de Jesús, más conocida por Teresa de los Andes. En la homilía, el romano pontífice dijo: Luz de Cristo para toda la Iglesia chilena es Sor Teresa de los Andes, Teresa de Jesús, carmelita descalza y primicia de santidad del Carmelo Teresiano de América Latina, que hoy es incorporada al número de los Santos de la Iglesia universal. En su joven vida de poco más de 19 años, en sus once meses de carmelita, Dios ha hecho brillar en ella de modo admirable la luz de su Hijo Jesucristo, para que sirva de faro y guía a un mundo que parece cegarse con el resplandor de lo divino. A una sociedad secularizada, que vive de espaldas a Dios, esta carmelita chilena, que con vivo gozo presento como modelo de la perenne juventud del Evangelio, ofrece el límpido testimonio de una existencia que proclama a los hombres y mujeres de hoy que en el amar, adorar y servir a Dios están la grandeza y el gozo, la libertad y la realización plena de la criatura humana. La vida de la bienaventurada Teresa grita quedamente desde el claustro: “¡Sólo Dios basta!”.

Y lo grita especialmente a los jóvenes, hambrientos de verdad y en búsqueda de una luz que dé sentido a sus vidas. A una juventud solicitada por los continuos mensajes y estímulos de una cultura erotizada, y a una sociedad que confunde el amor genuino, que es donación, con la utilización hedonista del otro, esta joven virgen de los Andes proclama hoy la belleza y bienaventuranza que emana de los corazones puros.

En su tierno amor a Cristo Teresa encuentra la esencia del mensaje cristiano: amar, sufrir, orar, servir. En el seno de su familia aprendió a amar a Dios sobre todas las cosas. Y al sentirse posesión exclusiva de su Creador, su amor al prójimo se hace aún más intenso y definitivo. Así lo afirma en una de sus cartas: “Cuando quiero, es para siempre. Una carmelita no olvida jamás. Desde su pequeña celda acompaña a las almas que en el mundo quiso”.

Su vida fue enteramente normal y equilibrada. Alcanzó una envidiable madurez integrando en la más armoniosa síntesis lo divino y lo humano: oración, estudios, deberes hogareños… y deporte, al que era aficionadísima, destacando en la natación y en la equitación. Como joven bellísima, simpática, deportista, alegre, equilibrada, servicial y responsable, santa Teresa de Jesús de los Andes está en inmejorables condiciones para arrastrar a la juventud en pos de Cristo, y para recordarnos a todos que es preciso cumplir el programa evangélico del amor para realizarnos como personas.

Infancia

Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia acomodada muy cristiana que conservaba fielmente la fe cristiana, viviéndola con sinceridad y constancia. Sus padres fueron Miguel Fernández Jaraquemada y Lucía Solar Armstrong. Tuvo tres hermanos -Miguel, Luis e Ignacio- y dos hermanas -Lucía y Rebeca-. Fue bautizada en la parroquia de Santa Ana de la capital chilena. En la pila bautismal se le impuso los nombres de Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones. Pero para todos sus familiares la llamaban Juanita. Educada en una fe ardiente, se impuso desde muy pequeña la obligación de ir a menudo a la iglesia y recitar todos los días el rosario. Su niñez se desarrolló normalmente en el seno familiar.

Desde sus 6 años, asistía con su madre casi a diario a la santa misa. No lograba comprender por qué no podía recibir a Jesús. Su madre le explicaba que aún no estaba preparada y además era imposible al no contar la edad suficiente. Pero estos argumentos de nada sirvieron. Y Juanita cada vez con más vehemencia suspiraba por la Comunión. Otro de sus deseos era ir al Cielo, que para ella era un misterio insondable. Le habían dicho que allí estaban Jesús y la Virgen María, que nada se necesitaba en el Cielo, y que la felicidad consistía en contemplar a Dios. Por eso, un día le dijo a un sacerdote amigo de su familia: Padrecito, ¡vayamos al cielo! El sacerdote, después decirle: Bien hijita, vámonos al Cielo, le preguntó: Bueno, Juanita, ¿dónde está el Cielo? La niña contestó: Por allá, señalando con un dedo índice con su dedo la Cordillera de Los Andes. El sacerdote le dijo: Está bien, hijita, pero fíjate, cuando después de haber escalado estas montañas muy altas, todavía estará muy lejos el Cielo. No, Juanita, éste no es el camino del Cielo: Jesús en el sagrario, este es el camino real para llegar al cielo.

Un carácter fuerte

No todo en Juanita era armonioso y perfecto. A veces se dejaba dominar por la impaciencia, y además era temperamental y enérgica. A ello se sumaba el mal genio y su inclinación a la pereza. También era algo vanidosa y arrogante, y en algunas ocasiones violenta. Lloraba por todo; su sensibilidad era extrema. Pero ella trataba de vencer estas faltas. Por amor a Jesucristo se propuso no acostarse jamás sin haber pedido perdón a la persona que en ese día había ofendido.

Juanita seguía peleando y continuaba con su “condenado genio”. Cada vez que realizaba algo que consideraba malo se arrepentía de verdad y prometía al Señor que nunca más lo volvería a hacer, pero nuevamente incurría, aunque con menos violencia. Si no se hubiese frenado en ese tiempo, se habría convertido en un “pequeño monstruo”. ¿Cuántas veces debió morderse los labios para no contestar? ¿En cuántas ocasiones se contuvo para no golpear a otros niños que la molestaban?

En el colegio: Primera Comunión

Los padres de Juanita decidieron llevarla al colegio de las Teresianas. Pero en este colegio apenas estuvo un mes, y además con escasa asistencia debido a un rebelde resfriado. Se vio obligada a abandonar este centro educativo porque le contó a su madre que había una alumna de malas costumbres y no eran vigiladas en los recreos. Fue castigada injustamente por la directora del colegio por decirle a su madre lo que para la superiora era un simple cuento. La madre de Juanita sacó inmediatamente a su hija de aquel colegio, y la ingresó en el Externado de la Alameda, un colegio llevado por las monjas francesas del Sagrado Corazón. En este colegio Juanita tuvo una buena formación escolar, y en él se confesó por primera vez, recibió el sacramento de la Confirmación e hizo la Primera Comunión.

Con gran celo se preparó para su primera confesión. Fue en el mes de junio, el mes dedicado al Sagrado Corazón, cuando Juanita decidió cambiar por completo. El Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del Amor Infinito hacia la humanidad, desterró sus ingratitudes y faltas. Empezó poniendo esfuerzo por dominarse. Su meta era vencerse por amor a Jesús. Prometió al Señor no dormirse sin haber suplicado perdón a quien había ofendido, aunque fuese involuntariamente; también le prometió no mirarse al espejo para aplastar la vanidad, y el de vencer siempre la pereza.

El 22 de octubre de 1909, Juanita fue confirmada en la capilla de su colegio. Años después escribió en su Diario: Me mostró Jesús su grandeza y mi nada y me dijo que me había escogido para víctima. Que subiera con Él al Calvario. Que emprenderíamos juntos la conquista de las almas: Él, Capitán, yo, soldado. Nuestra arma, la Cruz. La divisa, el amor.

Cuando recibió el permiso de hacer su Primera Comunión y quiso prepararse con la confesión, la oración y el ofrecimiento a Jesús de numerosos pequeños sacrificios. Un año me preparé. Durante este tiempo la Virgen me ayudó a limpiar mi corazón de toda imperfección. Y el día más deseado, el de su Primera Comunión llegó. Fue el 11 de septiembre de 1910. La noche anterior se puso de rodillas ante sus padres para pedirles perdón por todas las faltas. Después, a sus hermanos también les pidió perdón, uno a uno de rodillas. Y por último fue a la cocina y humildemente pidió perdón a los empleados de la casa. Deseaba que Jesús entrara en su corazón y no se moviera más de allí y para ello se había preparado con tanto amor. Por ningún motivo quería que Él encontrara alguna mancha. Ansiaba la purificación absoluta, borrar todos los defectos de su infancia que podrían ensombrecer. Además, esa noche rezó con más fervor que nunca, le rogó a la Santísima Virgen que le tomara su mano para acercarla a Él cuando llegara el momento de la comunión.

Desde que recibió la Primera Comunión procuraba comulgar diariamente y pasar largo rato en diálogo amistoso con Jesús. Todos los días comulgaba y hablaba con Jesús largo rato. Pero mi devoción especial era la Virgen. Le contaba todo. Desde ese día (su Primera Comunión) la tierra para mí no tenía atractivo. Yo quería morir y le pedía a Jesús que el ocho de diciembre me llevara. Desde su niñez vivió una intensa vida mariana que fue uno de los cimientos fuertes de su vida espiritual. El conocimiento y amor de la Madre de Dios vivificó y sostuvo todos los momentos de su camino en el seguimiento de Cristo.

Muy enfermiza

Durante cuatro años seguidos, Juanita enfermará los fines de año. Siendo los días críticos los ochos de diciembre. Había pedido a Jesús que en esa fecha, día de la Inmaculada Concepción, se la llevara. En 1911 pensó que moriría. Creyó que desde el cielo la estaban favoreciendo en su petición. Pero fue el año siguiente cuando estuvo muy mal: le dio difteria. A la madre de Juanita vivió momentos de angustia y se desesperaba viendo a su hija sufrir en silencio. Una tarde, viéndola con el rostro crispado por el dolor, no pudo dejar de decirle: Quéjate, niña. Y ésta dijo: ¿De qué me voy a quejar?, cuando es el Señor el que permite sufrir. Días después, logró reponerse, con gran alivio de todos. Ella, sobre su curación, dijo: Todavía no me merecía el cielo y Nuestro Señor no me llevó.

En 1913 enfermó de nuevo, con una fiebre espantosa. Más tarde, diría Juanita: En este tiempo Nuestro Señor me llamaba para sí, pero yo hacía caso a su voz. En diciembre de 1914 sufrió fuertes dolores estomacales. Le diagnosticaron apendicitis. El día 8 se sentía muy mal. El 25 tuvo una alarmante fatiga. Los médicos decidieron operarla. El 28 fue hospitalizada. En ese mismo día, comulgó a las cinco de la mañana. ¡Qué comunión! Creía que era la última, le pedí a Nuestro Señor con toda mi alma que diera valor y serenidad. ¿Qué habría sido de mí sin el auxilio de Jesús? ¡Oh, Jesús, dulcísimo, yo te amo! Felizmente, la intervención quirúrgica salió bien aunque el dolor era terrible y el cloroformo me causó terribles efectos -diría Juanita-, pero así me acordaba de ofrecérselo a Nuestro Señor, pues mi madre me lo recordaba. Un solo instante no más me desesperé; pero inmediatamente me arrepentí. El día de Año Nuevo, un médico del hospital le envió orquídeas por su valiente comportamiento. Era la primera vez que me mandaban flores y yo se las mandé a Jesús. Me costó mucho este sacrificio, pero lo hice.

La llamada de Dios

Entre la vida estudiantil, la vida familiar y su apostolado de caridad con los más pobres se desarrolló su inmenso amor por Jesucristo, en su corta e intensa historia. A los catorce años de edad, inspirada por Dios, decidió consagrarse a Él como religiosa, en concreto, como carmelita descalza, pues el Señor le había hablado diciéndole que quería su corazón sólo para Él, dándole también la vocación al Carmelo.

El 13 de julio de 1915 escribió en sus libretas autógrafas: Hoy cumplo quince años. ¡Quince años! La edad en que todos quisieran estar: los niños por ser considerados como más grandes, y los ancianos y los que han pasado esta edad, que tienen veinticinco años, quisieran volver a esta edad por ser la más feliz. Pero yo pienso: quince años, quince años que Dios me ha conservado la vida. Me la dio en 1900. Me prefirió entre millares de seres para crearme a mí. En 1914, el año que pasó, estuve enferma de muerte, y me dio la vida otra vez. ¿Qué he hecho yo de mi parte, para este favor tan grande y para que Dios me haya dado la vida dos veces? ¡Quince años! ¿En qué me he ocupado en estos quince años? ¿Qué he hecho yo para agradar a ese Rey omnipotente, a ese Creador misericordioso que me creó? ¿Por qué me prefirió entre tantas criaturas? El porvenir no se me ha revelado; pero Jesús me ha descorrido la cortina y he divisado las hermosas playas del Carmelo.

Alumna interna

Juanita y su hermana rebeca cuando salían del colegio caminaban con sus amigas. Al estar ubicado el colegio del Sagrado Corazón muy cerca del colegio San Ignacio, los muchachos se les acercaban en el trayecto. Esperaban ver a Juanita y era a ella a quien abordaban especialmente. Como a toda joven les agradaban estos encuentros, sonreía y les respondía con amabilidad. Pero siempre estaba presente su vocación. Al enterarse su madre de esta situación casi diaria, drásticamente decidió cambiar a sus hijas al Internado de Maestranza, regido por la misma congregación de monjas francesas del colegio Sagrado Corazón. Como Juanita era profundamente afectiva, se creyó incapaz de vivir separada de los suyos. Sin embargo, asumió generosamente la prueba de estudiar en régimen de internado los tres últimos cursos, como entrenamiento para la separación definitiva cuando entrara en el convento.

El régimen del Internado era muy rígido. Juanita sufrió lo indecible con el cambio. Estando desesperada, recurrió a su fiel Jesús, obteniendo un consuelo interior. Esta prueba era la voluntad de Dios y debía aceptarla, no sólo por obedecer, sino por lo que la vida le deparaba. En medio de su desventura terminó agradeciendo la nueva situación. Y a pesar de mi pena, no pude menos de agradecérselo a Nuestro Señor, que me preparaba el camino para estar más apartada de las cosas del mundo y me llamaba a vivir junto a Él para que estuviera más acostumbrada a vivir de mi familia antes de entrar en el Carmelo.

Su preparación para el Carmelo

Durante varios años estuvo Juanita preparándose para ingresar en el Carmelo. Y entre otras cosas que hizo está la lectura de los santos carmelitas, especialmente la Historia de un alma, de la carmelita francesa santa Teresa del Niño Jesús y, sobre todo, las obras de santa Teresa de Jesús, a quien consideró su guía y maestra, influyeron enormemente en el desarrollo de su vocación. He leído en la “Vida de Santa Teresa” que recomienda esta santa para aquellos que principian a tener oración, figurarse el alma como un huerto que está lleno de hierbas y árboles dañinos y todo muy seco. Entonces al principiar a tener la oración, el Señor pone en él plantas hermosas y que nosotras debemos cuidar de ellas para que no se sequen. Para esto, siempre los que principian tienen que sacar agua del pozo, que cuesta, pues son las dificultades con que cada uno tropieza al principiar la oración.

Juanita se identificaba con santa Teresita de Lisieux. Esta santa, a los ojos de muchos, no había hecho nada extraordinario. Juanita la había captado: la vida está formada por pequeñas cosas, pero si esas pequeñas cosas se cumplen según la voluntad de Dios y se hacen con gozo, sin llamar la atención pero haciédolas lo mejor posible, con toda la intensidad del alma y por amor a Cristo; ofreciéndole a Él las penas y las alegrías; las cosas pequeñas que engrandecen y lo ordinario se transforma en extraordinario.

También leyó la vida de la beata Isabel de la Trinidad, carmelita francesa. Lo que le llamó la atención de esta carmelita fue el desasimiento, la mortificación, el sentido reparador, el camino progresivo de su oración, el trato constante con el Amigo, su abandono en Cristo, su naturalidad para hablarle, el querer vivir escondida en Él e inmolarse con Él por la humanidad, la intimidad con el Amado, su humildad al reconocer que todo lo bueno que poseía era un regalo de Dios y lo malo venía de ella.

En su preparación para el Carmelo, el 7 de diciembre de 1915, un día antes de que su confesor le permitiera hacer su primer voto de castidad, Juana escribió en su diario: Es mañana el día más grande de mi vida. Voy a ser esposa de Jesús. ¿Quién soy yo y quién es Él? El todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora. ¡Oh, Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría, mi todo! ¡Mañana seré tuya! ¡Oh, Jesús, amor mío! Madre mía, mañana seré doblemente tu hija. Voy a ser Esposa de Jesús. Él va a poner en mi dedo el anillo nupcial. Oh, soy feliz, pues puedo decir con verdad que el único amor de mi corazón ha sido Él.

Al día siguiente escribió: Hoy, ocho de diciembre de 1915, de edad quince años, hago el voto delante de la Santísima Trinidad y en presencia de la Virgen María y de todos los santos del cielo, de no admitir otro Esposo sino a mi Señor Jesucristo, a quien amo de todo corazón y a quien quiero servir hasta el último momento de mi vida.

A los 17 años expone su ideal carmelita “sufrir y orar” y con ardor defiende su vida contemplativa, que el mundo “tacha de inútil”. Le ilusiona saber que su sacrificio servirá para mejorar y purificar al mundo.

En el Carmelo

El 7 de mayo de 1919 se cumplió su deseo: ingresó al monasterio del Espíritu Santo de las Carmelitas Descalzas de Los Andes, en la diócesis de San Felipe de Aconcagua (Región de Valparaíso). El 14 de octubre tomó el hábito y recibió el nombre de Teresa de Jesús, comenzando así su año de noviciado, al término del cual haría su primera profesión o profesión temporal religiosa que, dadas las circunstancias, se le permitió hacer antes de morir. Ella sabía desde mucho antes que moriría joven. Más aún, el Señor se lo había revelado, pues ella misma lo comunicó a su confesor un mes antes de su partida. Asumió esa realidad con alegría, serenidad y confianza. Segura de que continuaría en la eternidad su misión de hacer conocer y amar a Dios.

Una vez ya en el convento, en la dirección espiritual le aconsejaron que se centrara en la oración y en la vida comunitaria. En cuanto a la oración se le recomendó la sencillez, el espíritu de fe, la pureza y que en la oración no buscara la imagen, sino el concepto puro de Dios, porque si lo imaginaba, lo empequeñecería. En cuanto al trato con las hermanas le dijo que fuera igualmente amable con todas. Que su intención fuera agradar a Dios. Que de tal manera obrara independiente con las criaturas, que se creyera sola en el convento. Que no quisiera atraerse la simpatía y el cariño de nadie.

A los pocos meses el alma de la hermana Teresa de Jesús había llegado a tal punto que no quería ofender en lo más mínimo al Señor. Durante su estancia en el convento no dejó de escribir cartas a sus familiares y amistades en las que pregonaba su amor a Jesucristo, a la Virgen María y a la Eucaristía, además de su alegría y su felicidad por ver cumplida su vocación: así pasamos la vida; orando, trabajando y riéndonos. Sus cartas, su diario y sus anotaciones son testigo de ello.

Su vida monacal desde el 7 de mayo de 1919 hasta su muerte fue el último peldaño de su ascensión a la cumbre de la santidad. Sólo once meses fueron suficientes para consumar su vida totalmente cristificada. Muy pronto la comunidad carmelita descubrió en ella un paso de Dios por su historia. En el estilo de vida carmelitano-teresiano, la joven encontró plenamente el cauce para derramar más eficazmente el torrente de vida que ella quería dar a la Iglesia de Cristo. Era el estilo de vida que, a su modo, había vivido entre los suyos, y para el cual había nacido. La Orden de la Virgen María del Monte Carmelo colmó los deseos de Juanita al comprobar que la Madre de Dios, a quien amó desde niña, la había traído a formar parte de ella.

Muerte

Teresa de Jesús no llegó a vivir un año entero en el convento. Después de muchas tribulaciones interiores e indecibles padecimientos físicos, causados por un violento ataque de tifus y difteria entregó santamente su alma a Dios al atardecer del 12 de abril de 1920. Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia. El sacerdote que la confesó salió muy conmovido por su valentía para enfrentar la muerte. Más tarde dirá que la joven carmelita estaba configurada con Cristo. El 7 de abril había hecho la profesión religiosa in articulo mortis. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad. El jueves 8, apenas podía hablar, su delirio era casi continuo. Sin embargo, repite con dificultad y muchas veces: La víctima de amor tiene que subir al Calvario. En medio de su estado febril reiteró en varias ocasiones que se había ofrecido como víctima por los pecadores y en especial por un alma que nombró. Las carmelitas nunca dijo quién era la persona que nombró Teresa de Jesús; es el secreto mejor guardado de la comunidad.

Había muerto en olor de santidad. Las carmelitas de su comunidad aseguraban que había entrado ya santa. De modo que, en tan corto tiempo, pudo consumar la carrera a la santidad que había iniciado muy en serio mucho antes de su primera comunión.

El domingo 11, llegó su hermano Lucho a acompañar a su madre y a enterarse de la salud de su hermana por sí mismo. Solo ahí, conversando con los médicos, se enteró de la gravedad de su mal. Mientras su madre pasa rezando en la capilla, Lucho con desesperación busca que la medicina salve a su querida hermana. Pero ya era imposible su mejoría a causa de una septicemia recién declarada. El capellán del monasterio le informó que había caído en un letargo y que solo cabía rezar.

El lunes 12, la fiebre era tan alta que los médicos resolvieron que las enfermeras del Hospital de Los Andes la sumergieran en un baño de agua fría. La fiebre no cedió. Ante la desesperación de Lucho, los médicos informaron que la ciencia no podía hacer nada. Teresa de Jesús moría de amor en una atmósfera de paz, porque había vivido de amor. Había llegado al matrimonio espiritual. A las 7:15 de la tarde, ante la presencia de sus hermanas carmelitas y del capellán, expiró con una leve sonrisa.

La campana dio tres señales. La madre de Juanita, muy cerca del torno rezó una Avemaría. Lucho estremecido lloraba sin consuelo. Nuevamente los tres toques. Doña Lucía se acercó más al torno rezando otra Avemaría. Otras tres campanadas. La madre de rodillas pidió al Señor misericordia y paz para su familia por intercesión de su hija. Eran las campanas de difuntos. Teresa de Jesús había emprendido el vuelo para encontrarse con su Amado.

Fue sepultada inicialmente en el cementerio del convento y en 1940 fue trasladada al Coro Bajo, junto a la nueva capilla, donde permaneció junto a sus Hermanas Carmelitas hasta el 18 de octubre de 1987, fecha en la que fueron trasladadas (y con ellas los restos de Teresa de los Andes) hasta el nuevo convento y Santuario ubicados en el sector de Auco, comuna de Rinconada.

Fama de santidad

Muy pronto se difundió su fama de santidad. Su vida fue breve y sencilla, pero viviendo el amor en gran medida. Hablaba familiarmente con Dios y así aprendió a serle fiel. Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca, había escrito. Siempre preocupada por los demás, en su vida laica fue organizadora de misiones y catequista de niños en los fundos donde ella veraneaba, así como también estaba muy preocupada por los enfermos y los pobres, tanto en el campo como en Santiago. En el monasterio nunca dejó de orar y sacrificarse por la conversión de los pecadores.

Fue una joven alegre y equilibrada, que disfrutaba de la naturaleza, el deporte y las amistades, que cultivó con gran intensidad y mantuvo, a través de cartas, en el monasterio. Con grandes aptitudes intelectuales y una belleza deslumbrante, era muy halagada, incluso pretendida por algunos jóvenes a quienes rechazó por ser muy superficiales, siendo que ella se había consagrado desde pequeña a su todo adorado, Jesucristo. Sin embargo, estas alabanzas de la gente ella debió contrarrestarlas con gran esfuerzo en pos de la humildad necesaria para amar y servir a Jesucristo. En el monasterio de Los Andes, palomarcito, como ella lo definía, vivió a plenitud su consagración personal con Cristo, su desposorio con Él. Su alegría desbordante por esta consagración no logró verse menoscabada por la gran lucha que debió llevar, en primer lugar, contra sus propios afectos especialmente por sus familiares y amigos a quienes extrañaba enormemente, y en segundo lugar, contra el tifus que la llevó más tarde a la muerte, que para ella fue una dulce muerte, que no la espantaba, sino que la llenaba de gozo, porque viviría para siempre con su amado.

Frases sacadas de sus escritos

Santa Teresa de los Andes despertó a la vida de la gracia siendo todavía muy niña. Aseguraba que a los seis años atraída por Dios empezó a volcar su afectividad totalmente en Él. Cuando vino el terremoto de 1906, al poco tiempo fue cuando Jesús principió a tomar mi corazón para sí.

Su hermano Lucho le enseñó a rezar el rosario. Ambos prometieron recitarlo cada día, promesa que Juanita cumplió hasta el fin de su vida. Nuestro Señor, desde aquí, se puede decir, me tomó de la mano con la Santísima Virgen.

En una carta a la Priora le decía: Madrecita nuestra:Tengo tantas faltas en mi alma y he sido tan infiel a Nuestro Señor que ya no puedo más del remordimiento. Así es que se las voy a decir para que a nombre de Dios me perdone. He sido muy orgullosa, a veces interiormente me rebelo contra su autoridad… He faltado a la caridad cuando me reí en su presencia. He faltado a la modestia religiosa corriéndome un poco para atrás la toca en el recreo. Me reí en el Coro y en la oración estuve un rato distraída. Perdóneme Madrecita, hace hoy 8 días de mi toma de hábito. Así le pago al Señor y a Vuestra Reverencia por todo lo que hacen por mí. Perdóneme y ruegue por mí.

También Teresa de los Andes vivió su noche oscura, con períodos de sequedades. Al su director espiritual le escribe: Lo llamo, lo lloro, busco a Jesús dentro de mi alma. Estoy hambrienta de comulgar, pero Jesús no se me manifiesta. Sin embargo, reconozco, que esto lo merezco por mis pecados y quiero sufrir. Quiero que Jesús me triture interiormente para ser hostia pura donde Él pueda descansar. Quiero estar sedienta de amor, para que otras almas posean ese amor que esta pobre carmelita tanto desea.

Vio cumplido su sueño: ser carmelita descalza de la Orden de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo. ¡Qué hermosa es nuestra vocación, -había escrito tiempo atrás- somos redentoras de almas en unión con nuestro Salvador! Somos las hostias donde Jesús mora, en ella vive y sufre por el mundo pecador.

En una carta a su madre, escribe: Ya estamos en la mitad de las vacaciones. Es tan rápido el tiempo aquí en el Carmen, que pasan los meses sin saberlo. ¡Qué rico! Esto me llena de alegría porque pasará esta vida y luego vendrá la eternidad y con ella Dios. Estos tres días de carnaval, hemos tenido el Santísimo expuesto… Son días de fiesta al mismo tiempo de pena. Podemos hacer tan poco para reparar tanto pecado… Sin embargo, no me desconsuelo, pues he encontrado un tesoro y es el ofrecer la Santa Misa, es decir, la Santa Hostia, para reparar. Con la Santísima Virgen he arreglado que Ella sea mi sacerdote que me ofrezca en cada momento por los pecadores y sacerdotes, pero bañada con la sangre del Corazón de Jesús…Vivamos dentro de ese Corazón para unirnos en silencio a sus adoraciones, anonadamientos y reparaciones… Con Él alabemos a la Santísima Trinidad.

En el último párrafo de la carta escribe: He comprendido aquí en el Carmen mi vocación. He comprendido como nunca que había un Corazón que yo no conocía ni honraba. Pero Él ahora me ha iluminado. En ese divino corazón es donde ahora he encontrado mi centro, mi morada. Mi vocación es el producto de su amor misericordioso.

Glorificación

Muy rápidamente creció su fama de santidad, siendo cientos y miles de personas las que llegaban a su tumba a pedir su intercesión o agradecer favores recibidos. Tras un proceso de beatificación iniciado cuarenta años antes, el 3 de abril de 1987, en Santiago de Chile fue proclamada beata por san Juan Pablo II, como la luz de Cristo y el faro luminoso que debe guiar a los chilenos. Y el 21 de marzo de 1993 fue canonizada en la Basílica de San Pedro, de Roma por el mismo papa, y declarada primera santa del país con el nombre de Santa Teresa de Los Andes. Su fiesta se celebra el 13 de julio, aniversario de su nacimiento.

Un santo popular: San Judas Tadeo

Los santos -las santas- no son seres extraterrestres que aparecen en nuestro planeta, sino hombres -mujeres- de carne y hueso, con cuerpo y alma. Y, en esta tierra que pisamos, alcanzaron la meta de la santidad, porque, a pesar de sus flaquezas y miserias, lucharon -ayudados por la gracia divina- para mantenerse siempre fieles a Dios, amándole de todo corazón.

Cada santo o santa es un regalo de Dios para su Iglesia, y que la Esposa de Cristo, la Santa Iglesia, pone como ejemplo para que le imitemos en su fidelidad y amor de Dios, así como en su lucha contra las tentaciones y pasiones y en su esfuerzo para hacer el bien.

En la historia dos veces milenaria de la Iglesia están marcadas unas huellas: las que con sus pisadas dejaron por el camino de este mundo los santos. De algunos de los cuales iremos haciendo en este blog unas brevísimas pinceladas de sus vidas.

Se han elegido unos cuantos de entre los más populares, aunque, como es lógico, hay otros que, aunque no aparezcan en este blog, el pueblo cristiano les tiene gran devoción, como san José, san Juan Bautista o san Pedro, por citar algunos.

Hoy comenzamos con la semblanza de un apóstol de Jesucristo: San Judas Tadeo.

San Judas Tadeo, seguidor y apóstol de Jesucristo. El nombre del traidor -Judas Iscariote- que entregó al Maestro ha sido causa de que muchos le olvidaran. Pero la Iglesia le honra e invoca como abogado especial de los casos difíciles y desesperados.

San Lucas, para distinguirlo del traidor, lo llama “Judas de Santiago”. En las demás listas de apóstoles, transmitidas por San Mateo y San Marcos, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo y se le cita a continuación de su hermano Santiago el de Alfeo.

Predicó con celo infatigable por Palestina y Mesopotamia, consiguiendo innumerables conversiones y dando por fin su vida en defensa de la Fe. La tradición dice que murió en la ciudad persa de Suanir, martirizado a pedradas y garrotazos. En el Nuevo Testamento hay una epístola escrita por él, en la que se presenta como “Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago”.