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Patrona de las jóvenes en edad de casarse (Santa Inés)

Patrona de las jóvenes en edad de casarse (Santa Inés)

Una joven cristiana mártir

Inés nació en Roma en el año 291. En el año 304, durante la persecución del emperador Diocleciano sufrió martirio por conservar su virginidad. Su historia es trágica y conmovedora. Su vida y los detalles de su martirio se cuentan en las Actas de los mártires, escrita en el siglo V, más de un siglo después de los hechos ocurridos que relata.

Era una joven que con tan sólo trece años sufrió el martirio. Una historia aterradora, como muchas de las que ensangrentaron Roma y el Imperio en aquellos terribles años. No había nada de sagrado, nada de inocente, y lo que era agradable estaba destinado a perecer, a sufrir un destino aún peor, simplemente en virtud de su propia belleza. Y sin embargo, Inés sobrevivió todo ese horror, de hecho, su trágico destino la convirtió en un símbolo de belleza y virtud que ha trascendido los siglos, iluminando el camino de miles de fieles y devotos.

En el tratado de san Ambrosio De Virginibus, sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que santa Inés murió a los trece años. Antes de su martirio se mantuvo inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas. No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales, dijo san Ambrosio. Para continuar diciendo: Se refiere que ella tenía sólo trece años cuando fue martirizada. Y notemos el poder de la fe que consigue hacer mártires valientes en tan tierna edad. Casi no había sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas. Se mostró valientísima ante las más ensangrentadas manos de los verdugos y no se desanimó cuando oyó arrastrar con estrépito las pesadas cadenas. Ofreció su cuello a la espada del soldado furioso. Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo. Presentó sus manos y su cuello ante las argollas de hierro, pero era tan pequeña que aquellos hierros no lograban atarla. Todos lloraban menos ella. Las gentes admiraban la generosidad con la cual brindaba al Señor una vida que apenas estaba empezando a vivir. Estaban todos asombrados de que a tan corta edad pudiera ser ya tan valerosa mártir en honor de la Divinidad. Cuántas amenazas empleó el tirano para persuadirla. ¡Cuántos halagos para alejarla de su religión! Mas ella respondía: “La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo? Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer”. Llegado el momento del martirio. Reza. Inclina la cabeza. Hubierais visto temblar el verdugo lleno de miedo, como si fuera él quien estuviera condenado a muerte. Su mano tiembla. Palidece ante el horror que va a ejecutar, en tanto que la jovencita mira sin temor la llegada de su propia muerte. He aquí dos triunfos a un mismo tiempo para una misma niña: la pureza y el martirio.

Inés era una bella joven proveniente de una noble y aristocrática familia romana. Una de las más poderosas. Ella era rica heredera. Recibió muy buena educación cristiana y se consagró a Cristo con voto de virginidad. Debido a sus riquezas y hermosura, la santa fue pretendida por varios jóvenes de las principales familias romanas que hasta rivalizaron por su mano; pero Inés respondía a todos que había consagrado su virginidad a un esposo celestial, invisible a los ojos del cuerpo. A todos los pretendientes que tuvo los que rechazó por declararse fiel amante de Cristo. Volviendo un día del colegio, la niña se encontró con el hijo del prefecto de Roma, el cual se enamoró de ella y le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Ella respondió: He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta. El hijo del prefecto de Roma, al verse rechazado, la denunció a su padre por ser cristiana. En aquellos tiempos, los cristianos se encontraban bajo la persecución de Diocleciano y se les condenaba con la muerte si se negaban a santificar a los dioses romanos. El prefecto intentaba persuadirla con amenazas, pero ellas no alcanzaron para que la joven desistiera de su fe. Estaba enamorada de Cristo y eso le hacía perseverar y no ceder ante el temor de la tortura. Fue juzgada y sentenciada a vivir en un prostíbulo, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercársele, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la santa. Ningún hombre pudo profanar ese cuerpo virgen, templo del Señor. Milagrosamente, Inés permaneció virgen y su santidad se confirmó.

Martirio

Según las Actas de su martirio, aunque fue expuesta desnuda, los cabellos le crecían de manera que tapaban su cuerpo. El único hombre que intentó abusar de ella quedó ciego, pero Inés lo curó a través de sus plegarias. Más tarde fue condenada a muerte. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada el 21 de enero del año 304. Cuando iba a ser degollada, el verdugo intentó que abjurase, e hizo todo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos deseaban casarse con ella, a lo que ella respondió con las ya citadas palabras: Injuria sería para mi Esposo que yo pretendiera agradar a otro. Me entregaré solo a aquél que primero me eligió. Fueron sus últimas palabras. A continuación, santa Inés oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. El verdugo tomó una espada para atravesarla en su garganta, pero antes ordenó fuera esposada. Le pusieron unas esposas pequeñas, pero al ser tan niña, estas también caían de sus muñecas. Pero Inés no las necesitaba. Dando ejemplo de entereza cristiana, se arrodilló, apartó su cabello para exponer limpiamente el cuello, cruzó sus brazos sobre el pecho e inclinó la cabeza. Temblaba de emoción el verdugo antes de decapitar a santa Inés, como si él mismo hubiera sido el condenado, y su mano derecha se estremecía, su rostro palideció, temiendo el peligro de otro, mientras que la doncella no temía por ella misma.

San Ambrosio habla de “golpe de espada”, y que luego de éste, la joven se cubrió la herida con modestia y se cubrió el rostro con las manos, por lo que parece se refiere a una herida de garganta o pecho, mortal, pero no instantánea.

Así comentó el hecho San Ambrosio, al que se le atribuye el himno en honor de Agnes beatae virginis: ¿En un cuerpo tan pequeño había lugar para más heridas? Las niñas de su edad no resisten la mirada airada de sus padres, y las hace llorar el piquete de una aguja: pero Inés ofrece todo su cuerpo al golpe de la espada que el verdugo descarga sobre ella. He aquí una víctima de un doble martirio: de modestia y de la fe. En ellas permaneció virgen y en ellas obtuvo el martirio”.

Sus padres recogieron el cadáver. Fue sepultada en el Coemeterium majus en el sepulcro paterno, donde los cristianos lo veneraron durante días. Los paganos y los soldados intentaban impedir la veneración, tomando a algunos presos. Dicho cementerio está un poco más distante de la vía Nomentana que es el sitio en que fue erigida la basílica de santa Inés. Pocos días después de su muerte se encontró a su mejor amiga y hermana de leche, una chica de su edad llamada Emerenciana, rezando junto a la tumba. La madre Emerenciana fue una niñera de Inés. Emerenciana era catecúmena -aún no ha recibido el bautismo-. Estando Emerenciana junto a la tumba de Inés, increpó a los romanos por matar a su amiga. Entonces fue capturada, y ella confesó que también era cristiana, y fue muerta a pedradas por la turba, recibiendo el “bautismo de sangre” y la palma del martirio.

Narración legendaria

Era Inés una niña de la familia Clodia. Al llegar a los trece años, edad apropiada para contraer matrimonio, fue pretendida por un hijo del prefecto Sofronio. Era Inés cristiana, y más aún, había hecho un voto de virginidad para ser solamente esposa de Cristo, por lo que respondió al joven: Ya estoy comprometida a uno, y a él solo mantengo mi fidelidad. Él ya me ha desposado con un anillo y me ha adornado con joyas. Él ha puesto una señal en mi frente. Él me ha mostrado tesoros incomparables, que ha prometido darme si persevero en su amor. La miel y la leche de sus labios me atraen, y he comido de su cuerpo, y con su sangre tiñe mis mejillas. Su madre es una virgen, y su Padre no conoció mujer. A Él los ángeles le sirven, su belleza sol y la luna admiran; por su fragancia resucitan los muertos, por su toque a los enfermos cura. Su riqueza nunca falta, y su abundancia nunca decrece. Sólo en él me sostengo, sólo en él confío. Para quien yo amo soy casta, para quien me toca estoy limpia, para quien me recibe soy virgen. El joven comunicó aquellas raras palabras a los padres de Inés, los cuales le preguntaron a quien había dado su corazón, y ella les respondió que era cristiana y Cristo era su amor. Sofronio la reclamó a sus padres y estos, por miedo, le instaron a que se casara con el hijo de éste, pero Inés prefirió comparecer ante el prefecto y confesar su fe cristiana. Ante éste defendió su deseo de virginidad por Cristo, a lo cual Sofronio respondió que la llevaría al templo de las vestales, para que consagrara su castidad a la diosa Vesta. ¿Crees -replicó Inés- que si me he negado a tu hijo, de carne y hueso, ¿voy a dedicarme a dioses de piedra que no sienten?

Entonces Sofronio la envió a una casa de prostitución para que allí le arrancaran su virginidad, y por ello acudieron muchos hombres lujuriosos. Al ser desnudada, su cabellera creció milagrosamente y la cubrió por completo. Y además, bajó un ángel del cielo que le puso una vestidura blanca. El hijo del gobernador irrumpió en el burdel y el ángel le cegó, pero Inés le sanó milagrosamente. Viendo aquello, Inés fue acusada de brujería. Aspasio Paterno, diputado, ordenó que debía ser ejecutada inmediatamente, y la multitud: ¡Fuera con la bruja, lejos con ella! La condenaron a morir a fuego, pero al ponerla en la pira, Inés exclamó: Oh, Padre Todopoderoso, que solo Tú has de ser temido y adorado, te doy gracias porque por de tu santo Hijo, he escapado de las amenazas del tirano profano, y con Él he pasado sin mancha por encima del pantano abominable de la lujuria. Ahora yo acudo a Ti, a quien he amado, he buscado, y siempre he anhelado. Tu nombre bendigo y glorifico sin fin. Ahora con el Espíritu te digo: Enfría este fuego que hay bajo de mí, corta la llama y deshaz benignamente su calor. ¡Oh, Padre de mi Señor Jesucristo, te confieso con mis labios, y con mi corazón, todo lo espero de ti. Clamo a ti, único y verdadero Dios, que con nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y el Espíritu Santo, vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Apenas terminó de orar, el fuego se apagó milagrosamente.

Veneración a santa Inés

Esta virgen y mártir es venerada como una de las grandes mártires de la historia de la Iglesia, y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV. En el calendario litúrgico se celebra el 21 de enero. La hija del emperador Constantino, Constantina (también conocida como santa Constanza), mandó construir la basílica que lleva su nombre en la vía Nomentana. Numerosas vidas de esta santa y obras de arte se realizaron durante la Edad Media: existen relicarios y estatuas en la ciudad de Roma. La más conocida de las estatuas representa a santa Inés en medio de las llamas.

Todos los historiadores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. La liturgia de la Iglesia la presenta como modelo de los éxitos que logra alcanzar una persona cuando tiene una gran fe. La fe en Dios y en la eternidad lleva al heroísmo. Es patrona de las jóvenes que desean conservar la pureza. En este tiempo de materialismo santa Inés es un modelo de castidad para la juventud. Diversas asociaciones juveniles se han puesto bajo su patronazgo, por ser especial abogada para la salvaguarda de la pureza. También es patrona de las vírgenes, los niños y niñas, los adolescentes, las novias y de las jóvenes en edad de casarse, y solteras en general. Además, de la pureza y de los horticultores y de los jardineros, ya que la virginidad era simbolizada con un jardín cerrado.

Culto y testimonios

Las reliquias de Santa Inés, las auténticas, se veneran en la misma Roma. El cuerpo en su iglesia extramuros y gran parte de la cabeza en Santa Inés “In Agone”. Este cráneo se halló en la tesorería de la Basílica de Letrán en 1903, cuando León XIII mandó quitar los sellos que la habían tenido intacta durante siglos. Ciertamente en la basílica de Santa Inés conservaba el cuerpo, pero no la cabeza. Los estudios sobre los dientes del cráneo demostraron que se trataba de una niña entre 12 y 15 años. La basílica de Santa Inés habría sido levantada por santa Constanza, sanada milagrosamente por santa Inés. Allí, según la leyenda, vivió Constanza como virgen consagrada a Dios.

El testimonio más antiguo sobre el culto a santa Inés es la Depositio Martyrum. El papa san Dámaso I dedicó versos a su memoria, y además, escribió el epitafio de su tumba, lo que evidencia una sólida devoción. Este epitafio dice: Según cuenta la tradición que sus devotos padres narraron de cuando las trompetas con su triste melodía llamaron a su hija Inés ella de pronto dejó el regazo de su nodriza voluntariamente despreció la furia y amenazas del cruel tirano cuando él decidió consumir su cuerpo en las llamas. Con mínimas fuerzas superó grandes peligros. Aunque ella siendo débil él fracasó en inspirarle un fuerte temor ella por su parte dejó caer su larga cabellera para cubrir su desnudo cuerpo para que ninguna mirada mortal mirase aquel templo del Señor. A ti a quien venero, gentil y santo ornamento de virginidad vuelve tu mirada oh ilustre mártir a las plegarias de Dámaso. Te lo ruego.

Prudencio, el poeta cristiano, la llama fortis puellae, martyris inclytae, en el poema XIV de su Liber Peristephanon, que versa sobre la Passio Agnetis. Es él quien añade que fue expuesta a la vergüenza pública y llevada a un lupanar, en el que se veneraba a Minerva: hanc in lupanar trudere publicum certum est, ad aram ni caput applicat ac de Minerva iam veniam rogat, quam virgo pergit temnere virginem.

Testimonio antiguo de su veneración por parte de todo el mundo cristiano de entonces lo da también san Agustín, que es el primero en darle significado al nombre, uniendo su sacrificio al Sacrificio de Cristo, Cordero Inmaculado. El 21 de enero de 396 en un sermón dijo: Dichosa Santa Inés, que sufrió su pasión en el día de hoy. Esta virgen era lo que indicaba su nombre. Inés, Agnes, en latín significa “cordera”, y en griego, “casta”. Era lo expresado por el nombre. Con razón pues, fue coronada. 

San Jerónimo en una carta a Demetríade dice que la vita de Santa Inés es un ejemplo de constancia en la virginidad: La vida de santa Inés, virgen, ha sido loada con las letras y lenguas de todas las gentes, especialmente en las iglesias. Y san Máximo dirá: Oh, Virgen Gloriosa, ¡qué ejemplo de vuestro amor habéis dejado a las vírgenes para que te imiten! Allegaos, doncellas, y en los tiernos años de su niñez aprended a amar a Cristo con vivas llamas de amor. Aprended, vírgenes, de Inés, que así está abrasada del amor divino y tiene por basura todos los tesoros y delicias de la tierra.

San Ambrosio en De Virginibus, escribió: Mi tarea comienza favorablemente, y pues hoy es el aniversario de una virgen, tengo que hablar a las vírgenes. Es el aniversario de Santa Inés: que los hombres la admiren, que los niños tomen coraje, que los casados se asombren, que los solteros tomen ejemplo. Pero ¿qué puedo decir que sea digno de ella, cuyo a cuyo nombre no faltan las alabanzas brillante? En la devoción excedió a su edad, en la virtud estuvo por encima de la naturaleza, que me parece que no le han dado un nombre humano, sino un símbolo del martirio, por el que mostró lo que sería. El nombre de esta virgen es un título de modestia. Voy nombrarla mártir, la proclamaré virgen.

La Leyenda Aurea del beato Santiago La Vorágine toma por literales las palabras: me ha desposado con un anillo y me ha adornado con joyas, aludiendo a un posible matrimonio entre Inés y Jesús en forma de Niño, como se cuenta de otras santas.

Iconografía

A santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos (evocación de su nombre latino) y rodeada de una pira (porque fue echada al fuego, del que se libró milagrosamente), espada (fue decapitada), palma y lirios, en alusión a su martirio y pureza. El nombre latino de esta santa es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero, y por extensión significa pureza e inocencia, el principal don de la mártir Inés. La asimilación con el cordero ha configurado su iconografía, a base de símiles entre el nombre y el animal.

Afirmaban algunos que el nombre de Inés es solamente un símbolo, pues significa “cordero” en latín, que evoca a la inocencia, la víctima y en último caso a Cristo. Este símbolo lo habrían recreado Agustín y la passio, pasando al culto popular. Pero antes que se escribiera esta passio, en 337, Inés aparece mencionada así en la Depositio Martyrum, y también en el epitafio de san Dámaso I, y lo mismo en el sermón de san Agustín, todo esto antes que la “passio” fuese escrita. En todo caso, la leyenda toma el nombre de la historia, y no es ella quien recrea un nombre simbólico.

Bendición de los corderos

Un antiguo rito perpetúa el recuerdo del ejemplo heroico de pureza de santa Inés. Debido a la raíz de su nombre (Agnus, “cordero” en latín). En la mañana del 21 de enero, día de la fiesta de santa Inés, se bendicen dos corderitos, que después ofrecen al Papa para que con su lana sean tejidos los palios destinados a los Arzobispos. La antiquísima ceremonia tiene lugar en la iglesia de Santa Inés. Los dos corderos son traídos de la abadía trapense de Tre Fontane en Roma.

El pallium (palio) es un ornamento de lana blanca con seis cruces negras, que se pone sobre los hombros y tiene dos bandas que caen sobre el pecho y la espalda. Es un símbolo que manifiesta la estrecha unión con el romano pontífice y la misión del pastoreo, razón por la cual se confeccionan de la lana de los corderos. Esta pieza de vestimenta litúrgica también hace referencia al Buen Pastor.

Los nuevos arzobispos metropolitanos recibían el palio de manos del papa el 29 de junio, solemnidad de san Pedro y san Pablo, como señal de su jurisdicción y su unión con la Sede Apostólica. Actualmente, son los nuncios los que imponen a los arzobispos el palio en cada una de las sedes.

Anna-Gabrielle Caron

Una figura de santidad (Anne Gabrielle Caron)

Primeros años

El 12 de septiembre de 2020, festividad del Dulce Nombre de María, tuvo lugar la apertura oficial de la causa de beatificación de Anne Grabielle Caron en la iglesia de San Francisco de Paula de Toulon. Anne era una niña de ocho años que falleció en 2010 debido a un agresivo cáncer de huesos. Pese a su corta vida dio un impresionante testimonio de fe y las gracias llevan tiempo llegando a la familia y a la diócesis de Fréjus-Toulon. Esta niña una figura de santidad para los niños enfermos y sus familias

Si la santidad es posible hasta en los adolescentes y los jóvenes de hoy, entonces también es posible para los niños. Aquí hay un claro ejemplo de ello: el de Anna Gabrielle Caron. Nació el 29 de enero de 2002 en Toulon, Francia, en el seno de una familia católica practicante. Era la mayor de tres hermanos. Su padre era un oficial naval submarino, y su madre una profesora de letras clásicas.

En general fue una niña tierna y de carácter tranquilo. En 2004 le nació un hermanito, François-Xavier, y Anne Gabrielle experimentó una crisis de celos. Desde que aprendió a hablar y a tener uso de razón llamaba la atención por la sensibilidad que tenía por el sufrimiento de los demás. Con dos años y medio ya procuraba consolar als que tenían alguna pena, y en especial a Jesús crucificado. Frente el crucifijo de la iglesia que frecuentaba su familia, dijo: Jesús. Él está herido. Lo consolaré. Y agregó que quería ofrecer sacrificios para quitar espinas de la corona de Jesús.

En 2005 salvó a su hermanito François-Xavier de morir, al alertar al adulto presente, que no vio que el niño se estaba ahogando en silencio. En septiembre de 2007 ingresó a la escuela, donde hizo amigos. Siendo más mayor sorprendió a sus profesores por querer siempre ir al encuentro de los niños que estaban solos en el patio; si veía a un niño solo, no dudaba en intentar acercarlo al grupo o, en caso de fallar, se ponía a jugar con él.

Enfermedad

En el verano de 2008, cuando tan sólo tenía seis años, Anne-Gabrielle se quejó de un fuerte dolor en la pierna derecha; sus padres pensaron que se debía a un paseo por los Alpes, donde quizá se había lastimado. Pero el dolor fue aumentando, la niña cojeaba y llegó un momento en que el malestar la despertaba todas las noches. En la consulta médica de febrero de 2009 le diagnosticaron cáncer. Una biopsia ósea reveló que Anne Gabrielle tenía sarcoma de Ewing, que es un cáncer óseo muy agresivo. La enfermedad ya había producido numerosas metástasis.

Su forma de afrontar la enfermedad desde el amor a Jesús, su intención de parecerse a santa Teresa del Niño Jesús. La santa de Lisieux era su ejemplo, a la que quería imitar en su vida. Una santa que, por otro lado, también sufrió mucho durante su corta vida. Y  tenía tal confianza con Dios que ella alegremente, pese al sufrimiento, decía claramente: “seré santa”. Pero antes pasó por la “noche oscura”.

Su noche oscura

Anne tenía 7 años cuando comenzó a ser tratada en el hospital de Timone, en Marsella. En esta lucha no todo fue una aceptación total sino que el dolor provocado por este cáncer le hizo a la pequeña cuestionarse todo. El duro tratamiento que recibió al inicio de la enfermedad hizo que Anne empezara a tener dudas de fe. Llegó a afirmar: Necesito que alguien me diga que Dios es realmente bueno. Y en otra ocasión dijo: Cuando veo que tan pocas personas creen en Dios, me pregunto si realmente existe. Y, sobre su situación particular, Anne Gabrielle se preguntaba una y otra vez: ¿Por qué Dios me ha elegido a mí para esto? Pero rápidamente volvía a abrazarse a su querido Jesús. Finalmente, el sacerdote que la acompañó en todo este proceso le hizo entender que no había respuesta para esta pregunta, pero que sí podía dar sentido a sus sufrimientos ofreciéndolos por distintas intenciones, y unirse a los sufrimientos de Cristo en su Pasión. Y ella aceptó. Esta respuesta marcó profundamente a la pequeña Anne que lo integró muy rápido en su día a día. Para este sacerdote, ella inició su propio camino de santidad.

Aceptación del dolor

En marzo de 2009 Anne Gabrielle comenzó su primera quimioterapia, la cual tuvo que enfrentar sola porque su madre estaba dando a luz a su tercer hijo, una niña a la que llamaron Alix. Los tratamientos, el avance y el retroceso de la enfermedad fueron marcando sus días en el que Jesús era el centro. Su fe y discernimiento no parecían propios de su edad. Ante los efectos adversos de la quimioterapia -úlceras bucales, náuseas, vómitos, pérdida del cabello, etc.-, Anne-Gabrielle recurrió a Cristo y a la Virgen María. Este sufrimiento sería más tarde el que marcaría el resto de su vida.

¿Por qué Dios me ha elegido a mí para esta prueba?, se preguntaba la pequeña cuando el dolor arreciaba. Pero rápidamente ella decía: Estoy dispuesta a aceptarlo. Su sensibilidad por el sufrimiento de los demás hizo que ofreciera todo aquel sufrimiento de la quimioterapia que la consumía por el resto de niños del hospital y por los médico.

El 30 de abril de 2009 la resonancia magnética reveló una remisión, y la niña creía estar definitivamente curada; pero los médicos ya habían advertido a sus padres que el alivio sería sólo temporal.

Su amor por la Eucaristía

Anne Gabrielle recibió el sacramento de la Confirmación en mayo de 2009. Pero si algo marcó la parte final de la vida de Anne Gabrielle Caron fue su enorme deseo por la Eucaristía, marcado además por su Primera Comunión, un auténtico acontecimiento dadas las circunstancias. El anhelo por recibir a Jesús Sacramentado irradió luz a todo su entorno y mucho más allá.

Durante meses, ya enferma, la pequeña se preparó para recibir a Jesús. En marzo de 2009 le decía a su madre: Me gustaría hacer mi primera comunión para poder hacer aún más sacrificios. Unas semanas después ya sólo hablaba de su comunión, y no por la fiesta o los regalos. En mayo decía a su madre: Quiero recibir a Jesús. Te das cuenta que Él va a entrar en mi corazón, no puedo esperar. Su madre luego le preguntó si estaba así por llevar un vestido blanco y una bonita corona de flores. Pero Anne Gabrielle respondió: Oh mamá, por supuesto que me hará feliz. Pero lo que realmente me gusta es que voy a recibir a Jesús. Sin embargo, también aquí vivió una dura prueba.

La prueba de su Primera Comunión

Su Primera Comunión estaba prevista para el día 7 de junio de 2009, pero tres días antes su estado de salud empeoró por la enfermedad. Tuvo que ser hospitalizada de urgencia por un problema cardíaco. Ella no entendía los planes de Dios. Sabía que no saldría de allí para poder hacer su Primera Comunión. ¿Por qué, por qué el buen Señor permite esto? Le había pedido a la Virgen que no volviera al hospital. ¿Por qué? ¡Tenía tantas ganas de hacer mi primera comunión!”, decía entre lágrimas. Una cosa pidió a su madre, que rezara a la Virgen para que le diera a tiempo a salir del hospital para hacer su comunión. Ella estaba hospitalizada en Marsella. Con todo el que se cruzaba le pedían que rezara por esta intención.

Finalmente, como si fuera un milagro todas las pruebas médicas se fueron realizando rápidamente y su propio estado de salud fue mejorando. El domingo por la mañana le dieron el alta, pero era casi imposible llegar a la iglesia de Toulon. Cuando llegaron a la autopista eran las 11 de la mañana y la misa ya había comenzado. Su padre condujo lo más rápido que pudo y juntos rezaron a la Santísima Virgen para que los ayudase a llegar a tiempo. A medida que avanzaban, también recitaron las oraciones para prepararse para la comunión. Creían que llegarían, esperando contra toda esperanza.

Pero al llegar a Toulon quedaron atrapados en un atasco. Su padre empezó a mentalizar a Anne de que no podría hacer la primera comunión. Pero aún así lo intentó dirigiéndose a toda prisa con su familia al templo de Toulon y 20 minutos más tarde llegaron a la iglesia. La misa acababa de terminar y los niños ya habían comulgado y estaban preparados para hacer la procesión de salida. Anne Gabrielle entró llorando a la iglesia con su vestido blanco. De pronto, el coro dejó de cantar y al verla llorando y con su vestido blanco, el sacerdote, que conocía la situación de Anne Gabrielle, decidió que era el día de que recibiera por primera vez a Jesús-Eucaristía. Cuando recibió la Hostia Santa se hizo un gran silencio en toda la iglesia parroquial. Así que ella comulgó una vez acabada la misa y oró con tal intensidad que todos los presentes quedaron fascinados por la meditación de esta pequeña niña y conmovidos por este encuentro entre Dios y esta alma que tanto le amaba.

Anne Gabrielle escribió el día de su comunión sobre ese gran acontecimiento: Estoy feliz porque puedo decir: estoy cerca de Ti, mi Dios. Se había cumplido el gran deseo de su vida. Y el presbítero diría después: Nunca he visto a nadie como ella. Para mi corazón sacerdotal, éste sigue iendo un momento muy conmovedor.

Al encuentro con Cristo

En enero de 2010 la enfermedad regresó, y hubo que ir de nuevo al hospital de Timone, donde Anne Gabrielle permaneció internada. Le reveló a su madre que tenía miedo de morir. Hacia finales de febrero el dolor ya le dificultaba levantarse de la cama. En la noche del 7 al 8 de julio de 2010, Anne Gabrielle se despertó con un tremendo dolor de cabeza. Sufría espasmos y a veces gritaba. La tuvieron que tratar con morfina. Sus padres la sacaron del hospital para que pudiera morir en casa. Ella a veces hablaba en voz alta con el Señor y le decía: Jesús, Jesús, me duele en todas partes. En las últimas semanas vivió su propia Pasión. Una vez que su salud empeoró y la muerte se aproximaba hasta el propio obispo de la diócesis acudió a su casa a dar la comunión a la pequeña.

Anne Gabrielle entró en agonía el 23 de julio; se asfixiaba. Pero, contra todo pronóstico, tuvo una leve mejoría que le permitió recibir el Viático. Después de treinta horas de agonía, entregó santamente su alma a Dios, la noche del viernes 23 de julio de 2010. Ella tenía 8 años.

Fama de santidad

Ver a Anne Gabrielle fue ver a Dios, diría durante el funeral el sacerdote. Desde entonces son numerosas las gracias en todo el mundo las que ha recibido la familia y los sacerdotes que llevan la causa. Su testimonio ha recorrido el mundo y su ejemplo ha ayudado a numerosas familias a las que ha golpeado la enfermedad, tanto a los propios niños como a sus padres.

Años después de su muerte su madre lo ve claro: Todo es gracia. Ella enseñó a su familia y a su entorno a vivir el presente, “el día de Dios” y a ser feliz aun con las cosas más sencillas.

El testimonio de su madre

Mi hija me mostró el camino al cielo, afirmó Marie-Dauphine Caron, explicando que la pérdida de un hijo es terrible, ver el sufrimiento de un niño es también terrible porque te sientes impotente. Pero a pesar de ello, tenía claro que su sufrimiento se ha convertido en una obra de amor en medio de un mundo hedonista.

Marie-Dauphine ha relatado numerosos momentos durante la enfermedad de su hija que atisbaban esta fama de santidad que se ha extendido una vez fallecida. Aunque no me gusta estar enferma tengo suerte porque puedo ayudar al buen Dios a llevarle a la gente de nuevo a Él. Quiero ayudar a los que sufren, decía Anne. De hecho, cinco meses antes morir confesó una cosa a su madre que la dejó completamente estupefacta. Un domingo me dijo:“Le he pedido a Dios que me dé todos los sufrimientos de los niños del hospital”. Y Dios se los dio porque en ocasiones decía: Y estoy sufriendo tanto…, le dijo su hija.

Otra confesión que hizo Anne emocionó profundamente a su madre: Sabes mamá, creo de vez en cuando que cuando esté muerta no va a ser difícil para mí portarme bien. No será difícil ser agradable con la gente, pensar en los demás, obedecer y pintar con los hermanos.

Palabras de Anne Gabrielle Caron

.- No es difícil ser amable, pensar en los demás, obedecer y no molestar a tus hermanos y hermanas.

.- Quiero recibir a Jesús. ¿Te das cuenta que Él va a entrar en mi corazón? ¡No puedo esperar!

.- Aunque no me gusta estar enferma, tengo suerte porque puedo ayudar al buen Dios a llevarle la gente de nuevo hacia Él. Quiero ayudar a los que sufren.

.- ¿Sabes, mamá?, le dije a la Santísima Virgen que si no quería sanarme, no importa.

.- Mi más gran sueño sería que sane. Adiós jeringas y medicinas, adiós piquetes y quimios. Si eso fuera a suceder, realmente seré muy feliz. Pero, después todo, estoy muy feliz así.

El Papa de la Inmaculada (Beato Pío IX)

 

Vidas de santos

 

El Papa de la Inmaculada

Beato Pío IX

El protagonista del más largo pontificado

 

El 17 de enero de 1978 el arzobispo de Cracovia, cardenal Wojtyla, escribió una carta pastoral con motivo del centenario de la muerte del papa Pío IX. Su largo pontificado -decía del último Papa Rey-, durante el cual gobernó la Nave de San Pedro con espíritu de fe intrépida y de gran caridad, tiene mucho que decir a los hombres de nuestro siglo. Somos testigos de una lucha entre el Espíritu de Cristo y el “espíritu de este mundo”, que trata con todas sus fuerzas de apoderarse del alma y del cuerpo del hombre contemporáneo.

 

El pontificado de Pío IX fue rico en acontecimientos. Entre ellos sobresalen: la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción; la publicación de la encíclica Quanta cura, con su anexo designado Syllabus; el destierro del Papa a Gaeta; la celebración del Concilio Vaticano I, en el que se definió la infalibilidad pontificia; el fin de los Estados Pontificios.

El protagonista principal de estos hechos, Juan María Mastai-Ferreti, había nacido el 13 de mayo de 1792, en Senigallia (antes, Sinigaglia), provincia de Ancona. A los 17 años recibe la tonsura. Su vocación al sacerdocio va madurando, y el 10 de abril de 1819 recibió la ordenación sacerdotal. Cuatro años después viaja a Chile, al ser nombrado auditor del Delegado Apostólico en aquel país. En 1825 regresa de América, dando por acabada su breve, aunque interesante, participación en la diplomacia pontificia.

El 24 de abril de 1827 León XII lo nombró obispo de Spoleto. Sólo tenía 35 años de edad. Su episcopado se caracterizó por el celo por la formación del clero, el empeño en regularizar la vida de los monasterios y el impulso por mejorar la moralidad del pueblo. Recorrió toda la diócesis en visita pastoral y se distinguió de modo particular en la asistencia de las víctimas del terremoto ocurrido al principio del año 1832. En febrero de 1832 Gregorio XVI le trasladó a la sede de Imola, donde también destacó por su amor al pueblo.

En el consistorio del 14 de diciembre de 1840 es creado cardenal del título de los Santos Pedro y Marcelino. Muerto Gregorio XVI el 1 de junio de 1846, Juan María Mastai-Ferreti se trasladó a Roma para participar en el cónclave.

Elegido para la Sede Romana

 

En la tarde del 16 de junio, después del cuarto escrutinio, el cardenal Mastai-Ferreti, que era el escrutador encargado de leer los votos emitidos, leyó su nombre hasta treinta y seis veces. Tenía tres votos más de los requeridos para ser papa. Se resistía a cargar sobre sus hombros el enorme peso del Pontificado, pero aceptó, al fin, con lágrimas en los ojos. He aquí a tu indigno siervo. Hágase tu voluntad, dijo al aceptar. Tomó el nombre de Pío IX.

Al notificar a sus hermanos su elevación a la Sede de San Pedro, escribió: El buen Dios que humilla y exalta se ha dignado elevarme de la nada a la más sublime dignidad del mundo. ¡Cúmplase siempre su santísima voluntad!… Lejos de regocijaros, tened compasión de vuestro hermano que os da a todos su bendición apostólica.

 

Destierro en Gaeta

La elección de Pío IX fue bien acogida por las tendencias liberales. Incluso algunos llegaron a calificarle de liberal, pero el pretendido liberalismo del Papa se reducía en la práctica a una gran libertad de espíritu que le incitaba a pensar que más valía desarmar el espíritu revolucionario con la dulzura que tratar de doblegarlo por la fuerza, sobre todo cuando el soberano es al mismo tiempo sacerdote.

Con la tiara, a Pío IX se le vino encima todos los problemas que tuvo su predecesor Gregorio XVI. La extraordinaria popularidad que gozó al comienzo de su pontificado fue decreciendo a medida que el mito de papa liberal iba dando paso a la realidad.

Al declarar el Piamonte la guerra al Imperio Austríaco, el movimiento revolucionario instaba al Romano Pontífice que se uniera a la Casa de Saboya contra Austria. El 27 de abril de 1848 llegó a Roma, enviado por el rey Carlos Alberto, el conde Rignon para pedir a Pío IX apoyo material y moral para la guerra que los italianos tenían contra los austríacos. El Papa, pese a su simpatía por la causa italiana, considerando que la intervención militar que se le pedía era incompatible con su misión religiosa, respondió: Si todavía pudiera firmar por Mastai-Ferreti, tomaría la pluma y en pocos minutos estaría hecho, porque yo también soy italiano. Pero me toca firmar como Pío IX, y la cabeza de la Iglesia debe ser ministro de paz, y no de guerra. Dos días después declaraba que, dada su condición de pastor supremo y jefe de una religión que sólo quiere la paz y la concordia, no podía declarar la guerra a una nación cuyos ciudadanos eran hijos espirituales suyos. Fiel a las obligaciones de Nuestro supremo apostolado -dijo-, Nos abrazamos a todos los pueblos y a todas las naciones en un idéntico sentimiento de paternal amor.

 

Esta negativa de Pío IX trajo como consecuencia la ruptura definitiva de la implícita tregua entre los revolucionarios y el Papa. El día 15 de noviembre de 1848, el conde Pellegrino Rossi, Primer Ministro constitucional de Pío IX, era asesinado. Al día siguiente los revolucionarios se amotinaron ante la residencia  del Papa, el Quirinal. Ante lo insostenible  de la situación Pío IX, disfrazado como un simple eclesiástico, salió de Roma para refugiarse en Gaeta. El 9 de febrero de 1849, una asamblea constituyente proclamó la República Romana.

Pocos meses más tarde, el 3 de julio, el general francés Oudinot se apoderó de Roma mientras que los ejércitos de otras potencias ocupaban el resto de los Estados Pontificios, poniendo fin a la efímera República. El 12 de abril de 1850 volvió Pío IX a la Urbe.

El dogma de la Inmaculada

 

El hecho de mayor gloria del pontificado de Pío IX fue la definición dogmática de la Inmaculada Concepción.

A raíz de la aparición de la Virgen a Catalina Labouré en 1830, muchos obispos solicitaron a la Santa Sede la introducción de la palabra Inmaculada en el prefacio de la fiesta de la Concepción de la Virgen. Más adelante, las solicitudes eran para que fuese definida como dogma de fe la doctrina referente a la Concepción Inmaculada de María. Con el advenimiento de Pío IX las peticiones fueron creciendo.

Desde su destierro en Gaeta, el día de la fiesta de la Purificación de 1849, el Papa rogaba a todos los obispos que rezasen por la definición y diesen su dictamen acerca de la oportunidad de ésta. Las respuestas recibidas fueron favorables. Fue entonces cuando Pío IX encargó la redacción de la bula Ineffabilis Deus acerca de la Concepción Inmaculada de la Virgen María a monseñor Pacifici. Éste, una vez concluido su trabajo, rogó al Papa que le firmase una copia de dicha bula, con la cual quiso que le enterrasen para que le sirviese de pasaporte para el Cielo.

El 8 de diciembre de 1854, en la Basílica de San Pedro, Pío IX leyó la bula Ineffabilis Deus con voz clara y sonora, pero su emoción era tan grande que tuvo que detenerse hasta en tres ocasiones. Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción; por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles.

 

Durante los días siguientes todo el mundo católico estuvo de fiesta. Esta definición dogmática fue, sin duda, el golpe más fuerte que Pío IX asestó al Infierno.

Condena de las falsas doctrinas

 

Pío IX era consciente de las tempestades y borrascas que amenazaban a la barca de Pedro, y a él le tocaba llevar el timón. No se hacía ilusiones con tiempos de bonanza. Sabía que la Iglesia, desde el principio había sufrido persecuciones. En una audiencia pública preguntó a un seminarista: ¿Cuántas son las notas del Iglesia? El seminarista respondió: Cuatro: la Iglesia es una, santa, católica y apostólica.  Son cinco -dijo el Papa-; ¿cuál falta? El seminarista no supo contestar. Entonces Pío IX dijo: La Iglesia perseguida. ¿No te acuerdas de las palabras de Cristo? “Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros a causa de mi nombre”.

 

Pío IX, como buen timonel, supo conducir la Iglesia a través del oleaje de este mundo. Nunca dejó de condenar los principales errores y las falsas doctrinas surgidas en su época. Doctrinas que llevaban a la instauración de una sociedad oficialmente no cristiana, fundada en ideas agnósticas. Para defender el sagrado depósito de la fe, Pío IX publicó en 1864 la encíclica Quanta cura con el anexo denominado Syllabus.

 

Con este documento condenaba: el racionalismo, que postula especialmente para la Filosofía y la Teología una independencia absoluta en relación con el Magisterio eclesiástico, e incluso llega a negar la divinidad de Jesucristo; el galicanismo, que exige una sanción del poder civil para el ejercicio de la autoridad eclesiástica; el estatismo, que apunta hacia el monopolio de la enseñanza y suprime las órdenes religiosas; el socialismo, que pretende someter totalmente la familia al Estado; la doctrina de los economistas, que consideran la organización de la sociedad como no teniendo otro objeto que la adquisición de las riquezas; el indiferentismo, que considera que todas las religiones son válidas; y, sobre todo, el naturalismo, que considera como un progreso el que la sociedad esté constituida y gobernada sin tener en cuenta la religión y reivindica como un ideal la laicización de todas las instituciones.

También se repudiaban el panteísmo, la francmasonería, el liberalismo, el jurisdiccionalismo, el comunismo, las falsas doctrinas sobre las relaciones de la Iglesia y del Estado, y las erróneas concepciones morales sobre el matrimonio cristiano.

Con estos documentos, Pío IX trataba de mantener incólume la doctrina de la fe frente al agnosticismo y la irreligiosidad propugnados por la llamada ciencia moderna, negadora de Dios y cuya fragilidad el paso del tiempo se ha encargado de demostrar.

El Concilio Vaticano I

 

Otro hito importante del pontificado de mayor duración de la historia fue la celebración del Concilio Vaticano I. Con la bula Aeterni Patris, fechada el 29 de junio de 1868, Pío IX convocaba un concilio ecuménico. A todos es notoria y manifiesta la horrible tempestad que hoy conmueve a la Iglesia, y los muchos y grandes peligros que afligen también a la sociedad civil… Siguiendo las huellas de nuestros predecesores, hemos creído oportuno reunir en Concilio General -lo que largo tiempo deseábamos- a todos los Venerables Hermanos Prelados de todo el orbe católico, llamados a tomar parte de nuestra solicitud. Así se expresaba el Papa en la citada bula. Y el 8 de diciembre de 1869, la fecha prevista, se celebró la sesión inaugural.

 

El Concilio aprobó dos constituciones de gran trascendencia: la Dei Filius y la Pastor Aeternus. En la primer se hacía una exposición densa y luminosa de la doctrina católica sobre Dios, la revelación y la fe. Proclamaba la existencia de un Dios personal, libre, creador de todas las cosas y absolutamente independiente del mundo material y espiritual que ha creado, a la vez que enseñaba que ciertas verdades religiosas -principalmente la existencia de Dios- podían ser conocidas con certeza por la luz natural de la razón humana. También recordaba el carácter razonable de la fe católica. La mostraba ante todo como una adhesión libre y un don de la gracia divina, y cómo la Iglesia guardiana del depósito de la fe, lleva en sí misma la garantía de su origen divino. También delimitaba las esferas respectivas de la fe y de la razón, y recordaba que un desacuerdo aparente entre la ciencia y la religión no puede proceder sino de un error sobre la doctrina preconizada por ésta o de una falsa idea sobre las conclusiones de aquélla. Y en la segunda, la Pastor Aeternus, se confirmaba la unidad absoluta de la Iglesia bajo la autoridad suprema e indiscutible del Romano Pontífice, y se definía el Dogma de la Infalibilidad del Papa cuando habla ex cathedra.

La anexión de Roma y provincias adyacentes al Reino de Italia hizo que Pío IX declarara el 20 de octubre de 1870 suspendido el Concilio sine die, pues en aquellas circunstancias no se podía celebrar libre, seguro y tranquilo.

Pérdida de los Estados Pontificios

 

Pío IX fue el último Papa soberano de los Estados Pontificios. Cuando Víctor Manuel II, rey del Piamonte, emprendió la tarea de la unificación de Italia, pidió al Papa que otorgarse a los habitantes que aún permanecían bajo la soberanía pontificia los mismos derechos que disfrutaban los ciudadanos piamonteses, y la aceptación, como hecho consumado, de la anexión por parte del Piamonte de algunos territorios de la Iglesia. Pío IX rechazó la petición por considerar imposible ceder. En carta dirigida al emperador francés, Napoleón III, explicaba su postura: Basta para convencerse de esta imposibilidad, pensar en mi situación, en mi carácter sagrado y en los derechos de la Santa Sede, derechos que no son los de una dinastía, sino de todos los católicos. Las dificultades son insuperables porque yo no puedo ceder en lo que no me pertenece.

 

Pío IX estaba convencido que una de sus obligaciones era defender la soberanía de los Estados Pontificios. Pero el cumplimiento de este deber le suponía un gran sacrificio. Una vez le dijo al general pontificio Kanzler: Defenderé el poder temporal de la Iglesia hasta la muerte, pero es una verdadera lata. Y cuando el 7 de septiembre de 1870, Víctor Manuel II, de la Casa de Saboya, anunció su propósito de ocupar Roma, el Papa contestó en estos términos: Yo bendigo a Dios, que ha permitido que Vuestra Majestad colme de amargura el último período de mi vida. Por lo demás, no puedo admitir las exigencias contenidas en vuestra carta, ni asociarme a los principios que contiene. Invoco de nuevo a Dios, y pongo en sus manos mi causa, que es enteramente la suya y le ruego que conceda a Vuestra Majestad la misericordia que os es necesaria.

Tres semanas después, el 20 de septiembre, el ejército del Piamonte, al mando del general Cadorna, entraba en Roma por la Puerta Pía casi sin resistencia. Pío IX había ordenado hacer sólo la necesaria para mostrar que la ocupación era violenta. Kanzler fue el encargado de capitular. Pío IX dijo, en histórica frase: El Papa es prisionero de Víctor Manuel. Desde aquel momento, recluido en el Vaticano, se consideró despojado de la necesaria independencia territorial para gobernar con libertad la Iglesia.

Muerte del Papa

 

Un mes antes de su muerte, Pío IX realizó un acto sublime de caridad: el de enviar un prelado al moribundo rey Víctor Manuel II de Italia para que pudiera reconciliarse con Dios en la hora postrera, ya que con la ocupación de Roma había incurrido en la pena de excomunión. Y cuando el Papa ya se encontraba en sus últimas horas, postrado en el lecho, uno de los prelados que le asistían le preguntó qué era lo que en aquella hora suprema pensaba. El moribundo Pontífice respondió: Mira: estoy contemplando dulcemente los quince misterios que adornan las paredes de esta sala que son otros tantos cuadros de consuelo. ¡Si vieses cómo me animan! Contemplando los misterios de gozo, no me acuerdo de mis dolores; pensando en los de la cruz, me siento confortado en gran manera, pues veo que no voy solo en el camino del dolor, sino que delante de mí va Jesús; y cuando considero los de gloria, siento una gran alegría, y me parece que todas mis penas se convierten en resplandores de gloria. ¡Cómo me consuela el rosario en este lecho de muerte!

 

Después, dirigiéndose a todos los que le rodeaban, dijo: Es el rosario un evangelio compendiado y dará a los que lo rezan los ríos de paz de que nos hablan la Escritura; es la devoción más hermosa, más rica en gracias y gratísima al corazón de María. Sea éste, hijos míos, mi testamento para que os acordéis de mí en la tierra.

 

Una figura controvertida

 

El 7 de febrero de 1878 muere Pío IX. Su figura pasa a pertenecer a la historia. Una figura controvertida. Sus adversarios lo consideran débil y mediocre, e incluso, un autócrata vanidoso. Pero este juicio es profundamente injusto. Es verdad que fue un hombre irresoluto y vacilante en política, pero la verdadera dimensión de Pío IX es la sacerdotal, y aquí siempre se mostró firme y tenaz en la defensa de los intereses religiosos, afrontando las tempestades sin que le temblara el pulso.

No desprovisto de inteligencia, Pío IX era, sin embargo y ante todo, un emotivo; un hombre de gran amplitud de espíritu, de un corazón más grande todavía, y que se deja llevar por los impulsos más que por su juicio. Pero sus impulsos son grandes, nobles, universales. Un hombre que se crecía a la hora de afrontar las situaciones difíciles cuando creía con ello servir a los intereses de la Iglesia. Servir a la Iglesia fue su única ambición, que se arraigaba en una fe profunda y en una ardiente piedad. Siempre puso su total confianza en Dios y  no adoptaba ninguna decisión importante sin antes invocar a la Virgen a la que amaba intensamente.

Vida de piedad

 

También era muy devoto de san José, al que declaró Patrono de la Iglesia y cuya fiesta extendió a toda la Iglesia universal. En una ocasión un pintor recibió de Pío IX el encargo de pintar un cuadro de la Coronación de la Virgen. La pintura la representaría en la Gloria siendo coronada por las tres Divinas Personas y rodeada de ángeles y santos. Al presentarle el pintor el diseño, Pío IX lo examinó detenidamente, y dijo al artista: Bien, pero no veo a san José. Replicó el pintor que lo pondría en sitio destacado entre los santos, sobre las nubes del Cielo. Entonces el Papa, señalando con el dedo a Jesucristo y a la Virgen dijo de modo categórico: Nada de eso. Es allá, al lado de Jesús y de su Madre, y únicamente allá, donde debéis poner a san José.

 

Su piedad se manifestó en el tiempo que dedicó al rezo. Escrupulosamente fiel a su meditación diaria, gustaba recitar su breviario de rodillas, rezar largamente ante el Santo Sacramento y entrar en las iglesias en el curso de sus paseos.

Humildad y sencillez

 

Era humilde y sencillo. A veces bromeaba a cuenta de la fama de santidad que le atribuían los fieles católicos, y contó en una ocasión que para no llenarse de vanidad con los aplausos que le dedicaban en la Basílica de San Pedro cuando entraba en la silla gestatoria procuraba distraerse mirando la calva del embajador francés, monsieur Sartiges.

Muestra de su sencillez es el siguiente hecho. En 1871, Pío IX recibió en audiencia privada a don Bosco, que tenía fama de santidad y, durante la entrevista, le preguntó si ya tenía licencias para confesar en Roma. No, Santo Padre. A menos que Vuestra Santidad me las conceda… Pues bien, concedidas -dijo el Papa-. Así podrá usted confesarme. Y el Vicario de Cristo se hincó de rodillas, ante el estupor del fundador de los Salesianos.

Su vida, que no cambió con la elección al Pontificado, constituía un alto ejemplo viviente de sacrificio y de virtud. A las cinco de la mañana se levantaba del lecho y él mismo se afeitaba y se vestía sin ayuda alguna. Dedicaba dos horas enteras a la oración matinal, Misa y acción de gracias. De ocho a nueve dictaba órdenes de carácter urgente y a las nueve tomaba un modesto desayuno, tras el cual se entretenía en despachar la correspondencia y en atender a los cardenales o prefectos de las distintas congregaciones. Almorzaba a las doce, después de dar un breve paseo por los jardines del Vaticano, y terminado el almuerzo solía rezar el rosario y el breviario, paseando por los jardines del Palacio apostólico o por las vastas galerías del mismo. A las cinco comenzaba de nuevo a trabajar o a conceder audiencias hasta la nueve. Cenaba muy frugalmente, rezaba el Oficio y se retiraba a descansar.

Utilizaba muebles sencillos. Su espíritu de sacrificio le llevaba a disimular los molestos sufrimientos de las piernas y a la utilización de algunas disciplinas corporales. Fue caritativo en extremo, daba a manos llenas el dinero que los fieles le entregaban.

En 1858, el obispo de Nimes, a su vuelta de Roma, trazó el siguiente retrato de Pío IX: Su cabeza, regular en sus rasgos, noble en su conjunto, se distingue sobre todo por un rostro lleno de dulzura y del que emana la más suave bondad. Nada tan límpido y benevolente como su mirada; nada tan paternal y amable como su sonrisa. En su voz, no carente de fuerza, hay un acento de ternura admirable. Se siente, tanto por las palabras como por el aspecto de su figura, que lleva en su corazón un inmenso tesoro de amor.

 

Y como buen pastor iba tras las ovejas descarriadas, empleando diversos métodos, pero todos con la finalidad de recuperar a las almas extraviadas, como el siguiente caso. Ernesto Renán fue llamado el blasfemo de Europa. Este historiador y filósofo francés era un hombre de extraordinaria cultura, pero había perdido la fe católica y la atacó en términos terribles. Escribió un libro titulado Vida de Jesús nada reverente con la figura amabilísima de Nuestro Señor. Pues bien, durante muchos años Pío X hizo que todos los días llegase a casa de Renán una carta que consistía en una simple hoja de papel en medio de la cual estaban escritas siempre las mismas palabras: Hay un infierno.

 

En otra ocasión, habiéndose confesado un hombre con Pío IX, el penitente se resistía a aceptar la penitencia. Entonces el Papa le regaló un anillo de oro con esta inscripción: Recuerda que has de morir, imponiéndole la obligación de repetir estas palabras cada vez que sus ojos se cruzaran con el anillo. El hombre quedó muy contento; pero la idea de la muerte acabó por convertirle de veras, e hizo penitencia de sus pecados.

El decreto de virtudes heroicas

 

El 6 de julio de 1985 la Santa Sede promulgó el decreto de la Congregación para las Causas de los Santos sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios Pío IX, cuyo comienzo es: “El gran Sacerdote, que durante su vida apuntaló la casa y en sus días fue consolidado el templo” (Si 50, 1).  Este elogio de Simón, hijo de Osías, muy bien conviene a Pío IX, Sumo Pontífice, que durante largos años gobernó y guió la Iglesia de Cristo.

 

Más adelante dice el citado decreto: En su tarea de gobernar, tanto la energía y la inteligencia relucieron. Y en verdad no se abstuvo de ningún trabajo ni vigilia en virtud de su importante cargo. Publicó abundantes e importantes documentos en su misión magisterial. Siempre atento a la pureza de la fe, expuso la doctrina de la verdad divina con fidelidad suma.

 

Además de trabajar mucho, su sufrimiento fue enorme, hasta tal punto que le son aplicables en grado total estas palabras del Evangelio: “El Buen Pastor entrega su alma a sus ovejas” (Jn 10, 11).

 

Después de su muerte, su sucesor en la Sede de San Pedro, León XIII, con palabras apropiadas hizo elogio de su inmediato predecesor en su primera alocución (13 de mayo de 1878): “La debilidad de nuestras fuerzas para llevar tanta responsabilidad era en él desigual y su fuerza parecía tanto mayor cuanto más ilustre y célebre era. Como realmente aquel insigne rector del rebaño de los católicos luchara a favor de la verdad y de la justicia con su siempre  infatigable espíritu, fue un modelo de cómo desempeñar con grandes trabajos el gobierno de la Cristiandad, y no sólo engrandeció la Sede Apostólica con el esplendor de sus virtudes, sino también hasta tal punto elevó la Iglesia universal con su amor y admiración que de la misma forma que había sido superior a todos los obispos romanos en la larga duración de su pontificado, así importa conocer los amplísimos testimonios de veneración y complacencia del pueblo en comparación con los demás”.

Juan Pablo II beatificó a Pío IX el día 3 de septiembre de 2000, Año Santo del Gran Jubileo.

 

 

Maestro y guía de jóvenes

Vidas de santos

 

Maestro y guía de jóvenes

San Juan Bosco

 

Un sueño

 

San Juan Bosco es uno de los grandes santos de los tiempos modernos. Su vida abarca casi todo el siglo XIX. Fue sacerdote, educador y fundador de una familia religiosa. Tuvo conciencia de ser llamado por Dios para la educación de un número inmenso de jóvenes.

 

Nació en Becchi, pedanía de Castelnuovo d’Asti (Turín), el día 16 de agosto de 1815. Al día siguiente recibió las aguas bautismales. Sus padres -Francisco Bosco y Margarita Occhiena- eran buenos cristianos. Francisco era arrendatario de una finca agrícola, estaba encargado del ganado, y siempre en continua lucha por mejorar sus condiciones de vida. En 1817, víctima de una pulmonía fulminante, murió. Y Margarita, con bastantes estrecheces económicas, tuvo que sacar adelante a sus dos hijos José y Juan, y a Antonio, hijo del primer matrimonio de Francisco.

 

Aunque la familia atravesó por momentos de angustiosa necesidad en una época en la que se agravaba la pobreza en Piamonte y en toda Europa, la vida de infancia del pequeño Juan transcurrió serena y apaciblemente. Una de sus diversiones era cazar pájaros, para lo cual tenía bastante habilidad. También le gustaba acompañar a su madre al mercado, pues allí solía haber titiriteros y equilibristas, cuyos juegos y ejercicios le entusiasmaban. Especial atención prestaba a lo que hacían los prestidigitadores, pues con su don de observación solía descubrir sus maravillosos engaños. En más de una ocasión se le ocurrió hacerse saltimbanqui.

 

Fue un chico travieso y soñador, al que su madre tenía que castigar a veces, pero un bueno. Tenía un corazón de oro y procuraba portarse bien y ser piadoso, aunque no siempre lo conseguía. Cuando sólo contaba con nueve años de edad tuvo un sueño que le impresionó para el resto de sus días. En el sueño se vio en medio de un patio donde estaban muchos chicos que se peleaban, jugaban, gritaban. Entre gritos y risas, muchos blasfemaban. Indignado, la emprendió a puñetazos con ellos para acallarlos, cuando, de repente, escuchó una voz de alguien que le decía: No con golpes, sino con la mansedumbre  y caridad  deberás ganar estos amigos tuyos y enseñarles. Volviéndose, vio a un hombre venerable, noblemente vestido, de bondadosa mirada, al que preguntó: ¿Quién eres? ¿Cómo voy a enseñarles yo, que no sé leer ni escribir? El Señor le contestó: Yo soy el Hijo, a quien tu madre te ha enseñado a invocar tres veces al día. Yo te daré una Maestra que te lo enseñara todo. Entonces, vio claramente a una Señora de gran hermosura, que le mostró una multitud de animales feroces (lobos y perros salvajes) y le dijo: Con ellos has de trabajar. Con paciencia y cariño los cambiarás. Luego, aquellos animales se transformaron en mansos corderos que brincaban alrededor de la Señora. Él no comprendía que quienes les hablaba eran Jesús y la Virgen; por eso se puso a llorar, ya que no entendía el significado de todo aquello. Pero la Señora, acariciándole, le dijo: A su debido tiempo lo entenderás.

 

Al día siguiente, el pequeño Juan contó el sueño que había tenido a su familia. Al oírlo, su hermano José se echó a reír y le dijo: Tú serás pastor de cabras, de ovejas y otros animales. La abuela comentó que no había que hacer caso de los sueños. Sin embargo, su madre exclamó: ¡Quién sabe si un día serás sacerdote!

 

Un consumado prestidigitador

 

En los años de su infancia, Juan había recibido una primera instrucción de los sacerdotes que atendían la parroquia de su pueblo, pero después se puso a trabajar como mozo en una familia de agricultores, a pesar de tener una predisposición para el estudio.

 

Fue su madre quien se ocupó de su formación cristiana. De ella aprendió que  hay que amar a Dios y al prójimo, que la Virgen María es nuestra Madre, que el peor mal de este mundo es el pecado. Y la conciencia de Juan fue adquiriendo la finura de las almas delicadas. Por eso procuraba que sus amigos no dijeran palabrotas, ni blasfemasen, ni hicieran obscenidades…, pero no siempre consiguió de ellos que se apartaran del mal.

 

Un domingo, Juan, que ya conocía a la perfección todos los trucos de los prestidigitadores, después de misa se presentó ante sus paisanos con naipes, una caja, un cubilete, una gallina y un conejo. Allí, en la plaza, antes de empezar a hacer los trucos de mano, dijo: ¿Habéis entendido el sermón del párroco? Pues os lo voy a explicar. Y con una memoria prodigiosa, comenzó a repetir las palabras que el sacerdote había pronunciado en la homilía. Luego, entre juego y juego, les fue dando consejos muy atinados. Al finalizar, les animó a rezar el Rosario. Sus paisanos disfrutaron de la inesperada función. Asombrados, iban viendo cómo Juan hacía cantar a la gallina muerta, sacaba un conejo donde sólo había cebollas, adivinaba la edad de una señora echándole las cartas… Una vez acabada la representaciónSe han burlado de ti. Has hecho el ridículo. Pero Juan no se enfadó, sólo comentó: Puede ser que haya hecho el ridículo, pero esas gentes se ha divertido y me han prometido que no faltarán a misa los domingos y que rezarán el Rosario. su hermano mayor, Antonio, le dijo indignado:

 

La sociedad de la Alegría

 

En 1831, superadas algunas dificultades familiares, completó los estudios básicos e inició los de humanidades, primero en Castelnuovo y, más tarde, en Chieri. Para costearse los estudios, realizó toda clase de trabajos: dio clases particulares, se empleó como aprendiz de sastre…

 

Sus compañeros del Instituto le apreciaban de veras. Se lo pasaban bien con Juan, que con sus habilidades de prestidigitador los tenía embobados. Él seguía pensando que esos dones que Dios le había concedido los debían emplear en beneficio de las almas. Y un día se le ocurrió reunir a sus compañeros para proponerles fundar una sociedad. Les dijo: Una sociedad es una reunión de muchachos que trabajan y estudian durante la semana y el domingo se divierten… Ya he pensado en el nombre: se llamará Sociedad de la Alegría, porque estaremos siempre alegres… ¿Quién se apunta? Varios querían ser los primeros en apuntarse, pero antes de tomar sus nombres, Juan quiso exponer los requisitos para ser socio: ¡Un momento! Antes tengo que explicaros las condiciones… Lo primero es que no se admitirán socios mal hablados. Al que blasfeme o diga obscenidades se le expulsará en el acto. Otra condición es que no se admitirán a los vagos. Tampoco admitiremos a los que no estén dispuestos a ser buenos cristianos. Los que no quieran ir a Misa, ni confesarse cuando haga falta, no caben en esta sociedad. ¿Vale?

 

Unos quince decidieron apuntarse, y el primer acto de la nueva sociedad fue visitar a la Virgen en uno de sus santuarios.

 

La Sociedad de la Alegría tuvo éxito. Sus miembros acudían regularmente a una iglesia cercana para recibir clases de catecismo y, todas las semanas, los socios se reunían para charlar y rezar. Los domingos, junto con otros amigos, hacían deporte o realizaban excursiones. Si hacía mal tiempo, Juan les entretenían con sus piruetas y juegos de manos. Ya era un auténtico juglar de Dios, un apóstol de los jóvenes.

 

Vocación sacerdotal

 

El 30 de octubre de 1835 entró en el seminario diocesano de Turín (abierto en Chieri pocos años antes). En su decisión de hacerse sacerdote influyó un santo sacerdote de gran sabiduría práctica llamado José Cafasso, canonizado por Pío XII en 1947.

 

Sus años de seminarista estuvieron llenos de sacrificio, entre otras cosas por las exigencias de la disciplina a la que no estaba acostumbrado, los estudios de los tratados de teología, la convivencia con clérigos no siempre ejemplares y la búsqueda de modelos más elevados de vida sacerdotal.

 

El 5 de junio de 1841, cuando contaba con veinticinco años de edad, recibió la ordenación sacerdotal de manos del arzobispo monseñor Fransoni, en la capilla del arzobispado de Turín. Días antes, durante los ejercicios espirituales previos a la ordenación, Juan puso por escrito estos propósitos:

 

1) No saldré de casa más que en caso de necesidad, para ejercer mi ministerio.

2) Procuraré no perder el tiempo.

3) No rehuiré humillaciones ni sufrimientos por la salvación de las almas.

4) la caridad y la dulzura de san Francisco de Sales me servirán de guía en todas mis acciones.

5) No me quejaré nunca de la comida que me sirvan y sólo la rechazaré cuando pueda ser mala para mi salud.

6) Sólo beberé vino aguado, y éste como medicina, es decir, cuando fuese conveniente para mi salud.

7) El trabajo es un arma poderosa contra los enemigos del alma; por lo tanto, nunca daré más de cinco horas al descanso al cuerpo. Sólo en caso de enfermedad descansaré después del almuerzo.

8) Haré diariamente un rato de meditación y de lectura espiritual. Nunca omitiré la Visita o al menos una oración a Jesús Sacramentado.

9) Emplearé un cuarto de hora por lo menos en la preparación y la acción de gracias de la Santa Misa.

10) No hablaré con personas del otro sexo, ni las visitaré más que en el ejercicio de mi ministerio.

 

Desde 1841 a 1844 amplió sus estudios y mejoró su formación sacerdotal en el Convictorio Eclesiástico para jóvenes sacerdotes de Turín. Allí cursó Teología moral práctica, teniendo como maestros al teólogo Luis Guala y a José Cafasso, que se inspiraban en la Moral antirrigorista de san Alfonso María de Ligorio. Durante ese período hizo prácticas pastorales acompañando a don Cafasso a las cárceles, predicando y, sobre todo, impartiendo catequesis a los grupos de jóvenes de los suburbios populares en los alrededores del convictorio y en la cercana iglesia de San Francisco de Asís.

 

Los Oratorios

 

El 8 de diciembre de 1841, antes de celebrar la Santa Misa, don Bosco vio que el sacristán echaba de mala manera de la sacristía a un chico joven con aspecto de golfillo. Rogó al sacristán que le dejara estar allí. Una vez finalizado el Santo Sacrificio, se puso a hablar con el chico. -¿Cómo te llamas? -Bartolomé Garelli. -¿De dónde eres? -De Asti. -¿Cuántos años tienes? -Dieciséis. -¿Con quién vives? -Con nadie. -¿Es que no tienes padres? -No, señor. -¿Sabes leer y escribir? -No. -¿Has hecho la Primera Comunión? -Todavía no. -¿Te has confesado alguna vez? -De pequeño, sí… -¿Te gustaría asistir a la catequesis? -No, señor, porque soy  ya muy mayor y se reirán de mí… -Y si yo te enseñara a ti solo el Catecismo, ¿querría aprenderlo?  -Con tal de que no me pegue… -Pierde cuidado, que ya nadie volverá a pegarte. Desde ahora eres mi amigo. Vamos a tomar algo y luego te daré las primeras lecciones.

 

Aquel joven era uno de los muchos de la juventud pobre y abandonada de Turín. El desarrollo industrial, el crecimiento urbano, las aspiraciones patrióticas hacia la unidad nacional, habían convertido a la capital del Piamonte en centro de inmigración, no solamente para provincias piamontesas, sino también para Italia entera. Millares de jóvenes, algunos dependientes de comercio, otros aprendices y estudiantes, un buen número de ellos carentes de hogar, no pocos maltratados por sus propios padres y bastantes sin trabajo, estaban sin instrucción religiosa, desprovistos de moral y en peligro de caer en la delincuencia.

 

Consciente del grave problema, don Bosco decidió reunir todos los domingos en una habitación del Convictorio Eclesiástico a un grupo de chicos para explicarles el Catecismo, enseñarles a ser buenos y hombres de provecho y tenerles entretenidos y ocupados. El primer día, Bartolomé Garelli llevó a seis amigos. Y en domingos posteriores, éstos, a su vez, empezaron a traer a otros, y terminaron siendo una multitud de muchachos, que no tuvieron más remedio que reunirse en otro lugar, en un descampado. El joven sacerdote les hablaba de religión, les contaba chistes y todos reían de buena gana. Pero, además se encargaba de colocarlos en talleres y comercios. Su deseo era construir un gran edificio para acogerlos a todos y enseñarles un oficio para que trabajaran el día de mañana. Mas de momento ese deseo no era posible hacerlo realidad, pues él era un sacerdote pobre.    

 

Al igual que en 1841 había abierto un grupo de sacerdotes de Turín un oratorio para jóvenes marginados -el Oratorio del Ángel Custodio-, situado en el barrio periférico y de mala fama del Moschino, don Bosco abrió otro por cuenta propia en 1844, dedicándolo a san Francisco de Sales (el santo de la dulzura y de la conquista a la fe católica), para formar a sus muchachos. Dos años después consiguió darle una sede fija en un cobertizo en la zona llamada Valdecocco, que alquiló a un hombre apellidado Pinardi. En 1847 dio vida a otro oratorio llamado de San Luis Gonzaga, en la zona de Porta Nuova.

 

Los movimientos insurreccionales, las agitaciones patrióticas y las campañas militares de la guerra de la independencia de los años 1848 y 1849 contrapusieron la conciencia católica con la nacional. También la obra de los oratorios sufrió contragolpes. Caídos en desgracia los sacerdotes patriotas, el Oratorio del Ángel Custodio, por ellos regentado, fue cerrado y después reabierto bajo la responsabilidad de don Bosco. Posteriormente, el 31 de marzo de 1852, fue éste nombrado director de los tres oratorios turineses para la juventud masculina: los de San Francisco de Sales, del Ángel Custodio y de San Luis Gonzaga, por el arzobispo de Turín, Luis Fransoni, que estaba reñido con el gobierno y exiliado en Lyon desde octubre de 1850. En la precaria situación eclesiástica, algunos clérigos organizaron el Oratorio de San Martín, el Colegio de los Artigianelli y la Escuela agrícola de Moncucco Torinese. Don Bosco prefirió recorrer su propio camino: realizar, como decía la “política del Pater noster”, es decir, interesarse únicamente de problemas educativos al servicio de la sociedad civil y de la Iglesia, formar honestos ciudadanos y buenos cristianos.

 

El internado

 

Viendo a los muchos golfillos de Turín que no tenían hogar y dormían en la calle, don Bosco pensó en un alojamiento para ellos, pero los primeros intentos habían terminado en fracaso: varios de los acogidos, después de pasar la noche habían robado las sábanas, las mantas y utensilios de la cocina. Pero aquella idea se hizo realidad.

 

En una noche tormentosa y fría alguien llamó a la puerta de la casa de don Bosco. Al abrir su madre la puerta, apareció un muchacho de quince años totalmente empapado de agua por la lluvia. Margarita le hizo pasar, le secó la ropa en el fuego y le dio algo de cenar. El chico explicó que era peón de albañil y añadió: He venido del pueblo a Turín en busca de trabajo. No lo he encontrado. Soy huérfano y muy pobre, y no tengo dónde dormir. Y se echó a llorar.

 

Don Bosco que había estado atento a la conversación del chaval con su madre, mantuvo el siguiente diálogo: -¿No tienes familia? -¿No?- ¿Y qué piensa hacer? -No lo sé… Si pudiera quedarme aquí esta noche… -Pero ¿no nos robará algo cuando durmamos? -Soy pobre, pero nunca he robado.

 

Madre e hijo quedaron conmovidos. Convencidos de que el adolescente era honrado, le prepararon una cama en el suelo de la cocina. Una vez acostado el chico, Margarita le hizo rezar una breve oración y le dijo unas palabras sencillas para que no les robe lo poco que tienen. A la mañana siguiente, don Bosco y su madre contemplaron al muchacho dormido apaciblemente. Éste fue el primer muchacho que acogieron en su casa, y después, vinieron más. Era el comienzo de un internado que años más tardes llegó a contar con 2.000 chicos.

 

El discursito que dirigió Margarita al primer joven que alojaron lo aprovechó don Bosco, y lo incorporó a la formación de los acogidos. Todas las noches don Bosco contaba una historia entretenida, terminando con las buenas noches. Y esto lo hizo siempre ante los cientos de chicos acogidos en el internado. Los chicos, antes de acostarse, oían este ejemplo y se les quedaba grabado en su mente. Era una forma sencilla y maravillosa de formación.

 

Los chicos que vivían acogidos en la casa de don Bosco trabajaban y aprendían un oficio. Por la tarde-noche, don Bosco les enseñaba música y violín, y a otros les enseñaba a cortar tela para confeccionar chaquetas y pantalones, a fabricar zapatos, a hacer muebles y taburetes. Mientras tanto, Margarita remendaba la ropa de aquellos chicos que Dios le había dado. Todos los muchachos terminaron por llamarla mamma Margarita.

 

Margarita Occhiena

 

Juan Bosco tuvo una madre excepcional y muy buena cristiana. No sabía leer ni escribir, pero se sabía los pasajes más bellos e interesantes de la Biblia, que se los narraba a sus hijos, haciéndoles consideraciones de lo que les había contado. Cuando el 26 de marzo de 1826, Juan hizo su Primera Comunión, su madre le acompañó a la sagrada mesa, e hizo con él la preparación y acción de gracias. Y le repitió muchas veces: Éste es un gran día para ti. Dios ha tomado posesión de tu corazón. Prométele que harás cuanto puedas, para conservarte bueno hasta el fin de la vida. En lo sucesivo, comulga con frecuencia; dilo todo en la confesión; sé obediente; ve, de buen grado, al catecismo y a los sermones; pero, por amor de Dios, huye como de la peste de los que tienen malas conversaciones.

 

Semanas antes le había ayudado a confesarme tres veces. El consejo que le daba era: Juanito mío, Dios te va a dar un gran regalo. Procura prepárate bien. Confiésalo todo, arrepentido de todo, y promete a nuestro Señor ser mejor en lo porvenir.

 

El día de la ordenación de su hijo Juan, al besarle las manos, le dijo: Mira, Juan, ya eres sacerdote; yo he vivido siempre en la pobreza y quiero morir pobre, pero si tú, siendo sacerdote, te hicieras rico, yo jamás iré a verte. El nuevo sacerdote siempre tuvo en cuenta aquellas palabras maternas. Vivió pobre y murió pobre.

 

Para ayudar a su hijo en su labor, a petición de éste, Margarita dejó el pueblo y se fue a Turín para hacerse cargo de los problemas materiales del Oratorio. A partir de entonces, ella se encargó de fregar, barrer, coser, guisar, lavar… Durante años y años fue una verdadera madre para los cientos de chicos que don Bosco iba recogiendo y formando. Al ver la pobreza con que vivía su hijo y las necesidades económicas de las tareas apostólicas y caritativas que desarrollaba, vendió su cadena y medalla de oro, su reloj y su anillo de esposa, y las pocas tierras que poseía, y el dinero adquirido con aquellas ventas se lo entregó a don Bosco.

 

Un buen día, don Bosco encontró a su madre algo sofocada y le preguntó: ¿Le pasa algo, madre? Ella le respondió: Me pasa que tus chicos no me dejan vivir. Me ensucian la ropa recién lavada y tendida al sol; me abren el gallinero, me dispersan las gallinas y me cuesta recogerlas; con sus luchas me ha destrozado el huerto; me quitan las cacerolas y peroles de la cocina para sus juegos. Hijo, mi paciencia ha llegado a su límite. Te dejo, hijo, y me voy al pueblo, que es la paz y la gracia de Dios. El hijo la dejó desahogarse. Luego, en silencio le mostró el crucifijo colgado de la pared.  Margarita miró a Jesús crucificado y sus ojos se llenaron de lágrimas, mientras decía: ¡Tienes razón, Juan! Él padeció más que nosotros… No seríamos impacientes si fuésemos más humildes. Y permaneció en su puesto hasta el final de sus días.

 

En el invierno de 1856 contrajo una pulmonía y, dándose cuenta de la gravedad, llamó a don Bosco para decirle: Bien sabe Dios, hijo mío, lo mucho que te he querido, pero espero quererte más aún en el Cielo… Tal vez haya sido a veces demasiado severa contigo, pero era mi deber serlo. Diles a nuestros queridos hijos que he trabajado con gusto por ellos y que les he querido como una madre… Juan, ve a descansar un poco… Vete tranquilo que estoy bien atendida. Pocas horas después, la que era llamada por los chicos de don Bosco mamma Margarita entregaba su alma a Dios.

 

Al día siguiente, don Bosco celebró la Santa Misa en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolación, y dirigió a la Virgen esta súplica: Mis hijos y yo nos hemos quedado sin madre aquí abajo. Sé tú desde hoy, más que nunca, Nuestra Madre, Virgen Santísima.

 

 

Ambiente festivo

 

Don Bosco maduró el sentimiento de que Dios le había destinado a la salvación de la juventud y como lema sacerdotal eligió el versículo bíblico: Da mihi animas, caetera tolle, que él solía traducir: Oh Señor, dame almas y quédate con todo lo demás. Inspirándose en san Felipe Neri y en san Francisco de Sales quiso caracterizar su vida por el optimismo y la alegría. El suyo fue un optimismo radicado en la certeza que Dios providente guiaba tanto la suerte de la Iglesia en los tiempos que aparecían sumamente borrascosos, como también a él mismo y a su obra. Con resolución vivió e hizo vivir su fe cristiana, seguro de que respondía de lleno a las aspiraciones humanas. Se hizo promotor de la confesión y comunión frecuente, del rezo del Rosario a la Virgen, de la música sacra, del teatro recreativo y sagrado, de la prensa religiosa popular. De modo que la religión entró en su sistema educativo y pastoral como fin y como instrumento. Por eso dejó escrito: la Misa diaria, la Confesión y la Comunión frecuentes, son columnas indispensables de todo edificio educativo. No es que se deba obligar a los chicos a frecuentar los Sacramentos, pero sí debe dárseles facilidades para que puedan hacerlo muy a menudo.

 

Cuando hablaba de la salvación de la juventud, no solamente quiere decir la incorporación a la sociedad como honestos ciudadanos, sino más concretamente procurando la liberación del pecado, la perseverancia en el bien, el estado de gracia y de justicia interior. En una carta que escribió a un joven le decía: esfuérzate siempre por disminuir el número de enemigos y opositores y aumentar el número de los amigos y hacerlos a todos amigos en Jesucristo.

 

Tuvo don Bosco un don especial para tratar a la juventud. Él amaba a la juventud y la juventud le correspondía con amor. Sobre todo tenía una sonrisa amable y cariñosa, que conmovía los corazones. Solía decir: Demos a nuestros jóvenes música, teatro, canciones, excursiones al campo y la montaña, juegos, saltos, carreras, barullo, pero sobre todo grabemos en la mente de los jóvenes pocas ideas capitales que sean norma de su vida. Una gran cualidad que también poseyó fue el comunicar alegría a los demás. Estaba convencido de que la alegría es fuente de salud del alma y del cuerpo.

 

Don Bosco sabía bien que algunos chicos se hacían remolones para acercarse al sacramento de la Penitencia, por lo que procuraba tomar la iniciativa. Un domingo llamó a uno de estos remolones. Le invitó a arrodillarse. El chico preguntó: –¿Para qué? -Para confesarte. -No estoy preparado. -Lo sé. -¿Entonces? -Entonces prepárate, y después te confesaré.

 

Él tenía confianza suficiente para obrar así y sabía que no violentaba la voluntad del joven. Éste exclamó: -Muy bien; lo necesitaba, me hacía falta; ha hecho bien en cogerme así; de lo contrario, aún no habría venido a confesarme por miedo a los compañeros. Y a partir de ese día, ese chaval llevó a muchos amigos al sacramento de la Penitencia.

 

En otra ocasión recomendó a un joven que se había deslizado por los caminos del pecado, perdiendo la belleza sobrenatural y la limpieza del corazón, que tradujese esta frase: Olim angelus, nunc sus (Antes eras un ángel; ahora un cerdo).

 

Los frutos del celo apostólico de don Bosco fueron verdaderamente asombrosos. De los Oratorios salieron miles de muchachos profesionalmente bien formados y, al mismo tiempo, buenos cristianos. Unos llegaron a ser padres de familia ejemplares, otros recibieron la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa, pero todos conservaron en su alma, a lo largo de su vida, la huella imborrable de aquellos años de juventud.

 

Persecuciones

 

La obra educativa de don Bosco con la juventud era tan grandiosa, que suscitó la envidia de muchos; y llegaron a la calumnia, la persecución y el atentado contra su vida. Además, la actitud adoptada por don Bosco en el largo conflicto entre el Papa, que defendía sus derechos sobre los Estados Pontificios, y el rey del Piamonte, Víctor Manuel II, promotor de la unidad italiana, fue siempre clara y transparente: abstenerse de toda intervención en política y dedicarse a formar cristianamente a sus chicos. Pero esta conducta de mantenerse neutral en materia política, pero firme defensor de la doctrina católica frente a los ataques de los enemigos de la Iglesia, irritó de forma especial a los más exaltados, sobre todo a los miembros de diversas sectas masónicas.

 

El nombre de Juan Bosco figuraba en los archivos de la Policía de Turín como sospechoso de encubrir actividades políticas con las obras caritativas que realizaba. En una ocasión, recibió la visita del delegado gubernativo para un registro de la casa. Al ver un armario cerrado exigió que lo abriera. Son cosas confidenciales, cosas secretas -afirmó don Bosco-. Pase usted a otra cosa. Respete los secretos de familia. Este ruego excitó las sospechas del delegado que, amenazador, le intimó a que abriese el armario. Creía que estaba a punto de descubrir cartas comprometedoras. Don Bosco abrió el armario y mostró los papeles que allí se guardaban. Eran las cuentas del panadero, del lechero, del carnicero, del sastre, del zapatero. ¿Por qué me toma usted el pelo?, dijo agriamente el delegado. Yo no tomo el pelo a nadie -respondió don Bosco-. No quería que mis asuntos, mis deudas, fuesen públicas para todos. Pero usted ha querido ver y saber todo. Paciencia. ¡Si por lo menos Dios le inspirase el pagarme alguna de estas deudas!

 

En varias ocasiones intentaron asesinar a don Bosco. Una vez dispararon contra él, sin conseguir darle; en otra, quisieron mataron acuchillándole; en otro intento, fue con veneno; y finalmente, trataron de matarlo a palos.

 

En una de las veces, fueron a buscarle para administrara los sacramentos a un moribundo. Cuando llegó a la casa que le habían indicado se encontró que no había ningún enfermo, pero sí un grupo de matones que estaban cenando. Éstos le invitaron a beber una copa de una botella que tenía guardada en la despensa. Don Bosco, sospechando que aquel vino estaba envenenado, rehusó amablemente. Pero los aquellos hombres le sujetaron, mientras le decían: ¡Si no quieres beber por las buenas tendrás que hacerlo por las malas! Ante esta difícil situación, don Bosco fingió acceder, pero en cuanto le soltaron, corrió hacia la puerta y escapó.

 

En la vida de don Bosco se dieron también ataques del demonio. Sufrió vejaciones diabólicas que solían coincidir con los momentos en que se disponía a emprender alguna obra importante. Muchas veces fue maltratado brutalmente. Un discípulo le preguntó un día si había descansado bien, y don Bosco respondió: No mucho, no mucho, porque toda la noche fui molestado por un animalazo en forma de oso que se me echaba encima tratando de ahogarme.

 

La noche en que acabó de redactar las primitivas Reglas de la Sociedad Salesiana, fruto de muchos trabajos y de muchas oraciones, el enemigo compareció y le destrozó el manuscrito, entre voces y gritos extraños, que despertaron a los que dormían cerca. Al día siguiente, don Bosco emprendió la tarea de redactar de nuevos las Reglas.

 

Fundaciones

 

Durante algún tiempo, don Bosco meditó la idea de crear su propio grupo de fieles colaboradores, entresacados de las filas de sus jóvenes, pues a colaboradores provisionales prefería fuerzas estables, unidas en congregación religiosa.Sociedad de San Francisco de Sales, aprobada por la Santa Sede en 1869. Fundó así la

 

En la década de los cincuenta, a los colaboradores más cercanos y preparados les permitió emitir el voto temporal de caridad, para ejercerlo con los jóvenes; después también los de pobreza, castidad y obediencia según las Reglas de la congregación por él fundada y organizada.

 

Los salesianos de don Bosco tuvieron por dedicación la atención de los Oratorios y, en general, el ejercicio de la caridad con los jóvenes, preferentemente con los más pobres y abandonados.

 

Don Bosco extendió su obra educativa y formativa a la juventud femenina, pues en 1872 realizó otro de sus proyectos, fundando la Congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Las primeras hermanas (María Mazzarello y catorce más) emitieron la profesión religiosa el 5 de agosto de 1872 en Mornese, de la diócesis de Acqui (Piamonte), en presencia del obispo local. Esta nueva congregación femenina, con características propias, pero con el mismo espíritu de los salesianos, sólo dependería del rector mayor de la Sociedad de San Francisco de Sales. Sus finalidades y requisitos eran: con derechos civiles cara al Estado, religiosas cara a la Iglesia y consagradas a la educación de la juventud femenina, especialmente la más pobre y abandonada. Las Hijas de María Auxiliadora, conocidas también como salesianas de Don Bosco, obtuvieron su aprobación por la Santa Sede en 1911.

 

También don Bosco instituyó la Unión de Cooperadores Salesianos, a la medida de una Orden Terciaria, pero con finalidad apostólica y con el espíritu de los católicos militantes que en el último tercio del siglo XIX dieron vida a iniciativas coordinadas de carácter socio-religioso.

 

Además, gracias a la fe y al aliento de don Bosco fueron construidos varios templos y santuarios. En Turín, dadas las necesidades del número de jóvenes del Oratorio de Valdocco y del barrio, cuya población aumentaba rápidamente, proyectó una gran iglesia. El 9 de julio de 1868, el Arzobispo de Turín pudo dedicar solemnemente la Iglesia de María Auxiliadora (o de la Madonna de Don Bosco), que pronto se convirtió en un santuario mariano que atrajo a miles de peregrinos.

 

Durante su estancia en Barcelona unos barceloneses le hicieron una piadosa proposición: el ofrecimiento de la cumbre del Tibidabo para que os sirváis levantar en ella una ermita que, consagrada al Sagrado Corazón de Jesús, detenga el brazo de la justicia divina y atraiga sus divinas misericordias sobre nuestra querida ciudad y sobre toda la Católica España. Don Bosco aceptó, y enseguida comenzó la construcción de lo que sería algo más que una ermita: el Templo expiatorio del Sagrado Corazón.

 

Y en Roma, consiguió que se terminara el santuario erigido en honor al Sagrado Corazón de Jesús  en el barrio de Castro Petrorio.

 

Por otra parte, fundó y desarrolló talleres entonces prometedores: sastrería y zapatería (1853), encuadernación (1854), carpintería (1856), tipografía (1861), herrería (1862), tienda librería (1864).

 

Sus escritos

 

Don Bosco desarrolló como escritor popular y editor una actividad muy vasta. Él mismo recopiló y publicó más de un centenar de obritas: manuales para los ejercicios del buen cristiano; compendios de Historia Sagrada, de la Iglesia y de Italia;  semblanzas de santos; vidas de los papas de los tres primeros siglos; folletos catequístico-apologéticos. Asimismo se cuidó de la publicación de un periódico titulado Lecturas Católicas.

 

Entre otras publicaciones están: Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales, escritas y revisadas entre 1873 y 1881; el almanaque familiar El gentilhombre; El joven despierto, escrito en 1847; Vida de Luis Comollo (1844); Vida del joven Domingo Savio (1859); Alusión biográfica al joven Miguel Magone alumno del Oratorio (1861), en la que describió a este alumno como un joven alegre, espontáneo y vivaracho; El sistema educativo en los casos de educación (1877); El católico instruido (1853); Conversión de un valdense (1854); Valentino (1866); Máximo (1874).

 

Ideas pedagógicas

 

Todo el sistema educativo de don Bosco se basa en una idea clave, que es prevenir en contraposición a reprimir. Prevenir el mal es mejor que corregir. Y desarrolló el principio del prevenir tanto en el ambiente educativo del internado, como, incluso, en relación con el desarrollo integral de cualquier joven. Con la asistencia preventiva, basada en la amistad y el cariño, el joven es ayudado a madurar en las convicciones fundamentales de la vida misma en una visión cristiana y es conducido a realizarse a sí mismo. Y esta asistencia preventiva debía desenvolverse con maneras familiares, con espíritu de familia, es decir, sin las estrecheces de reglamentos que son más propios del cuartel que de la vida doméstica. Don Bosco resumía tal espíritu de familia y de libertad en un lema de san Felipe Neri: Dése amplia libertad de saltar, correr y alborotar a placer. Quería que los jóvenes estuviesen contentos, por eso solía aconsejarles: Servid a Dios con alegría. La virtud es alegre. Obrad con libertad; a mí me basta con que no cometáis pecados.

 

Era el suyo un estilo educativo fundado, no sobre el alejamiento reverencial entre el superior y el alumno, sino sobre la cohesión en espíritu de familia. El educador debe ser considerado por los jóvenes como padre, amigo, confidente y consejero. Requisito esencial del educador es lo que don Bosco llamaba amabilidad: dulzura, mansedumbre, caridad benigna y paciente, que gana el corazón de los jóvenes.

 

Don Bosco entendía el tema de la salvación y del compromiso educativo dentro de los esquemas eclesiológicos de su tiempo y dentro de la religiosidad popular. Además, tenía viva la consideración de los novísimos y de la salvación del alma. Darse a Dios desde jóvenes es prevenir en concreto los males más grandes y ponerse en la vía de la salvación eterna.

 

La amistad y estima de los Papas

 

En el año 1858, durante una audiencia que le concedió el papa beato Pío IX para tratar de la Congregación Salesiana, don Bosco contó al Pontífice el sueño que tuvo en su infancia y que le había marcado para el resto de sus días. El Papa le escuchó complacido y le indicó que lo pusiera por escrito, porque alentaría a sus seguidores salesianos.

 

Años más tarde, en el verano de 1870, cuando los ejércitos del Piamonte y demás fuerzas italianas estrechaban el cerco de Roma, las potencias católicas y la corte pontificia aconsejaron a Pío IX que saliera de la Ciudad Eterna y buscara refugio en otro lugar, como ya había hecho en 1848 al proclamar los revolucionarios la República Romana, que se exilió en Gaeta. Antes de tomar una decisión, el Papa dijo: Consultemos a don Bosco. Y en Turín don Bosco dio al mensajero enviado por la Santa Sede esta lacónica respuesta: El ángel de Israel permanezca en su puesto; el centinela guarda la roca de Dios y el arca santa. Y Pío IX no se movió de Roma.

 

Un año después -1871-, en otra audiencia privada Pío IX recibió a don Bosco, que ya tenía fama de santidad. Y durante la conversación, el Papa le preguntó si tenía licencias para confesar en Roma. –No, Santo Padre. A menos que Vuestra Santidad me las concedas…Pues bien, concedidas. Así podrá usted confesarme, dijo el Pontífice. Y ante la sorpresa y estupor de don Bosco, el Vicario de Cristo se puso de rodillas.

 

Don Bosco tuvo que viajar varias veces a Roma para conseguir la aprobación de la Pía Sociedad Salesiana fundada por él. El 1 de marzo de 1869 quedó aprobada la Sociedad, pero no sus Reglas o Constituciones, que sólo después de cinco años fueron aprobadas de forma provisional. Como pasaba el tiempo y algunos miembros de la Curia romana se resistían a dar su conformidad para la aprobación definitiva, porque las consideraban demasiado avanzadas, don Bosco decidió recurrir al Papa. Santo Padre, falta un voto favorable para la aprobación definitiva… Pío IX le escuchó complaciente con una sonrisa. Y le dijo: No se preocupe. Yo pondré el voto que falta…

 

Y así, el 13 de abril de 1874, las Constituciones de la Pía Sociedad Salesiana fueron aprobadas por la Santa Sede.

 

Don Bosco, además de la amistad del beato Pío IX, gozó de la estima de León XIII. Éste le encomendó la terminación de un santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús en Roma, cuyas obras estaban paradas por falta de dinero. Al ser recibido en audiencia por León XIII para tratar algunos asuntos del encargo que le había hecho, don Bosco se puso de rodillas y exclamó: Ésta será mi última obra, Santidad. El Papa le ayudó a levantarse e hizo que se sentara. Para que se protegiera del frío, León XIII le entregó una manta de armiño. Me la han regalado esta misma mañana -comentó el Papa- y quiero que sea usted el primero que la use. Don Bosco, emocionado, dijo: Gracias, Santo Padre… gracias. Tengo 72 años y estoy débil y enfermo… Rece Vuestra santidad por mí para que el Señor me acoja en su seno. León XIII le bendijo y le abrazó conmovido.

 

Tiempo después, León XIII, desde el primer momento, apoyó la causa de beatificación y canonización de don Bosco, iniciada pocos años después de su muerte.

 

Anecdotario

 

Ya en vida, don Bosco tenía fama de santo y de taumaturgo. Un día se le presentaron dos hombres que le preguntaron por los números de la suerte en la próxima lotería. Tomad -les dijo- estos tres números: el 10, el 5 y el 14. Se iban ya muy satisfechos los consultantes, cuando les habló de nuevo: esperad una breve explicación: el número 10, son los Diez Mandamientos de la Ley de Dios; el 5, los de la Iglesia; y el 14, las Obras de Misericordia. Jugad estos números durante vuestra vida, y seréis dichosos en esta vida y en la otra.

 

En los comienzos del Oratorio de San Francisco de Sales, don Bosco les hablaba a sus colaboradores de los grandes edificios que ve en sueños, con amplios patios y jardines, dormitorios, aulas y una iglesia muy grande. Unos sueños totalmente irrealizables, le decían los que escuchaban, pues no tenían nada de nada. Y ante la insistencia de don Bosco de sus proyectos, algunos pensaron que había perdido la cabeza y decidieron internarlo en un manicomio. Y un buen día, dos aquellos sacerdotes colaboradores invitaron a don Bosco a dar un paseo en un coche de caballos. Éste se dio cuenta que era una trampa y fingió aceptar la invitación, pero se negó a subir el primero en el vehículo. Sería una descortesía por mi parte –dijo-. No, no, ustedes antes… Y una vez que los dos colaboradores se acomodaron en el coche, don Bosco de un portazo cerró la puerta, mientras que le decía al cochero: ¡Al manicomio, rápido! Están esperando a estos dos señores.

 

Cierta noche don Bosco fue a atender a un moribundo. Cuando regresaba a su casa, vio a unos cuantos jóvenes. Uno de ellos le saludó con una horrible blasfemia. Don Bosco, sin perder la serenidad y con audacia, se acercó a ellos y les dijo. Buenas noches, amigos, ¿qué tal estáis? Otro del grupo respondió: Tengo sed, pero no tengo dinero. Y un tercero añadió: Páguenos una ronda. El sacerdote aceptó la propuesta: Yo también voy a beber con vosotros. Y entraron en una taberna llamada Las tres gallinas. Todos bebieron con verdadero placer. Don Bosco les pidió que no blasfemaran. Al salir, como aquellos jóvenes no tenían dónde ir, los llevó a su casa; pero como eran tantos, los alojó en le granero y les hizo rezar un a breve oración. A la mañana siguiente, don Bosco, mientras su madre preparaba el desayuno para todos, fue al granero para dar los buenos a los muchachos, pero no había nadie. Aquellos jóvenes se habían ido, llevándose las mantas. Don Bosco sonrió y exclamó: Bendito sea Dios, que me las dio y me las quitó.

 

El Presidente del Gobierno italiano, el conde de Cavour, admiraba a don Bosco y a su labor con los chicos pobres. Un día le invitó a almorzar en su casa. Al sentarse a la mesa y desplegar la servilleta don Bosco se desprendió un billete de gran cuantía. El invitado agradeció el donativo diciendo: Mis muchachos le agradecen la limosna. A poco de empezar la comida, llegó la sobrina de Cavour, la marquesa de Altieri, deseosa de ver cómo se desenvolvía un santo entre la gente rica y poderosa. Y vio a don Bosco comer con delicia la carne trufada y beber saboreando el vino delicioso que su anfitrión le había preparado. Un poco desilusionada, se dijo para sí: ¡Vaya santo! Seguro que san Francisco de Sales no se desenvolvía así. Después del almuerzo, mientras se saludaban, don Bosco, con una suave sonrisa, le dijo a la marquesa: Le advierto, marquesa, que cuando san Francisco de Sales comía con personalidades, tenía esta norma: no pedir nada, no rechazar nada. La joven Altieri quedó sorprendida al ver que don Bosco le había adivinado el pensamiento. Y partir de entonces lo consideró un verdadero santo.

 

Al final de su vida, don Bosco realizó varios viajes. En marzo de 1883 llegó a París, donde permanecería tres semanas. Pidió alojamiento en la casa parroquial de una importante iglesia de la ciudad. Lo enviaron a una buhardilla del sexto piso. Años después, cuando se abrió el proceso de beatificación, llamaron a declarar como testigos a las personas que le habían tratado o conocido, y una de éstas fue párroco de París que lo había mandado a la buhardilla. Sus palabras fueron dolorosas: Si hubiera sabido que se trataba de un santo, no lo habría enviado al sexto piso.

 

Muerte y glorificación

 

En diciembre de 1887 la vida de don Bosco estaba llegando a su final. Con 73 años era ya un anciano. El día 24 se agravó tanto que él mismo pidió recibir el Santo Viático y que se le administrara la Unción de enfermos. A principios del nuevo año, experimentó una mejoría, pero el 29 de enero volvió a agravarse su estado. En Turín, en la madrugada del 31 entregó su alma a Dios. Su muerte fue santa como había sido su vida.

Fue un hombre muy de Dios. En cierta ocasión había comentado a un amigo: Yo no he aspirado a ser sino un buen niño, un buen joven, un buen estudiante y un buen sacerdote. Y lo consiguió porque fue un gran santo. Su persona había sido un símbolo electrizante y una señal en la que la Iglesia, a pesar de las dificultades de la época, encontraba nuevos recursos para continuar su misión en el mundo.

 

Poco después de su muerte, se promovió la causa de canonización. El proceso, iniciado en 1890, fue seguido con simpatía por todo el mundo católico y obtuvo el pleno apoyo de los papas, desde León XIII hasta Pío XI. Éste último lo beatificó el 2 de junio de 1929 y, cinco años más tarde, lo canonizó el 1 de abril de 1934 ante una inmensa muchedumbre que abarrotaba la Basílica y la Plaza de San Pedro. El 24 de mayo de 1946 fue proclamado patrono de los editores católicos; el 17 de enero de 1956, patrono de los jóvenes aprendices de Italia; el 16 de octubre de 1959, de los aprendices de Colombia; y el 22 de abril de 1960, de los de España.

El Doctor Angélico (Santo Tomás de Aquino)

 

Vidas de santos

 

El Doctor Angélico

Santo Tomás de Aquino

 

Muerte en Fosanova

 

Al poco tiempo de ser elegido papa, el beato Gregorio X convocó un concilio en la ciudad francesa de Lyon (concilio II de Lyon). Invitado por el Papa, un fraile dominico se puso inmediatamente en camino, pero no llegó a su destino. Durante el camino cayó gravemente enfermo. Pide que le lleven al monasterio benedictino de Fosanova, a pesar de que su hermana quería cuidarle en su castillo de Severino, porque ‑según dijo el enfermo‑ es mejor que Dios me encuentre en casa de religiosos que de seglares.

 

Al saber cercana su muerte, hizo confesión general con su fiel fray Reginaldo de Piperno, que sin poder contener las lágrimas, exclamó: Dios mío… Los pecados de un niño de cinco años… En toda su vida, sólo unos pecadillos.

 

Después de ser ungido con la Santa Unción, de rodillas recibe al Señor en el Viático. El 7 de marzo de 1274, mientras los monjes cantaban a la Virgen la Salve, fray Tomás de Aquino entraba en la gloria de Dios.

 

En la Orden de Santo Domingo

 

Su vida comenzó en la fortaleza de Rocaseca, en el año del Señor de 1225. Hijo de Landelino de Aquino y de Teodora de Teate, era el menor de los doce hijos del matrimonio.

 

A los cinco años sus padres le enviaron a la escuela monástica de la Abadía de Montecasino, y lo primero que hizo fue preguntar al abad cómo era Dios. A lo largo de toda su vida no hará otra cosa que tratar de responder a esa pregunta, tratar de conocer más profundamente a Dios para amarle más.

 

Cuando tiene la edad de dieciocho años, estando en Nápoles, decide entrar en la Orden fundada por Santo Domingo. La oposición de su madre, ya viuda, que quería que su hijo menor fuera abad de Montecasino, es grande. Enterado Tomás de la reacción de su madre, decide salir presuroso hacia Roma con otros frailes. En Aquapendente es alcanzado por tres de sus hermanos. Y cuando le fuerzan a quitarse el hábito, fray Tomás se ciñe su capa al cuerpo para impedir que se lo arranquen y profanen, a la vez que dice: ¡Antes morir!

 

Encerrado en la fortaleza familiar de Rocaseca, sus hermanos deciden urdir una trama definitiva para que el benjamín de la familia desista de su propósito de seguir siendo fraile dominico. Introducen en la habitación a una joven elegante y provocativa. Tomás, corre hacia la chimenea, coge un tizón ardiendo y se lanza ‑con gesto amenazador‑ hacia la intrusa, que huye despavorida. Cierra la puerta de su aposento con cerrojos, y hace una cruz en la pared con el tizón ennegrecido y se postra ante la cruz pidiendo a Dios por intercesión de su Madre Purísima que le libre de toda impureza. A partir de aquel momento, se siente seguro y lleno de paz. En el sueño de la noche, dos ángeles iluminan su cuarto y le ciñen fuertemente el cíngulo que la Virgen le entrega en prenda de perfecta y vitalicia castidad. Nunca jamás sintió desordenados estímulos de la carne.

 

Estudios en París

 

Consigue salir de Rocaseca y se traslada a París. En el año 1248, en el recién erigido Estudio General de Colonia llegó Tomás de Aquino, ya estudiante profeso de la Orden de Santo Domingo. Comenzó a asistir a las clases que impartía un profesor, uno de los grandes sabios de la época: Alberto de Rengesburgo, que la Iglesia lo venera como santo: san Alberto Magno.

 

Los compañeros de fray Tomás al verle alto (1,90 m.), corpulento y taciturno, comenzaron a llamarle: Buey mudo de Sicilia.

 

En una ocasión le tocó repetir la lección que san Alberto había explicado con una larga serie de intrincados argumentos. Lo hizo con tal acierto, que repitió todos los argumentos, y además, los esclareció con nuevas luces, ante el asombro de todos, lo que hizo pronunciar a fray Alberto la siguiente profecía: Fray Tomás, no parece usted un estudiante que contesta, sino un maestro que define. Vosotros llamáis a éste el buey mudo; pero yo os aseguro que este buey dará tales mugidos con su ciencia, que resonarán en el mundo entero.

 

Maestro y discípulo eran plenamente conscientes de uno de los más graves peligros de la época: la quiebra entre la Fe y la Razón, una quiebra tan profunda que algunos intelectuales pensaban que eran como dos líneas paralelas y, por lo tanto, los filósofos cristianos debían evitar a toda costa chocar con los teólogos, pues las conclusiones de éstos, si bien eran necesarias, no tenían por qué ser necesariamente verdaderas… Lo cual, evidentemente, vaciaba de contenido a la verdad.

 

Alberto y Tomás, pues, emprendieron la ardua tarea de evitar ese peligro bautizando la Filosofía, especialmente la de Aristóteles. Toda una labor capaz de dejar exhaustos a veinte eruditos.

 

Maestro

 

No tardó Tomás en convertirse él mismo en maestro, los discípulos empezaron a acudir a él desde toda Europa. Su madre, gozosa y siempre madre, acude al pontífice Inocencio IV para que le proponga a su hijo ‑sin dejar de ser dominico‑ el ser abad de Montecasino. Hay acuerdo: Rocaseca, Montecasino y el Papado, amigablemente lo concertaron. Pero fray Tomás prefiere estudiar y enseñar como simple fraile. Lo mismo había de contestar más tarde al papa Clemente IV cuando le ofreció el arzobispado de Nápoles; y a su confesor y secretario, fray Reginaldo, se lo confirmará: Ten por cierto que yo moriré de simple fraile.

 

Escribe obras filosóficas y teológicas, entre las que destacan la Summa Theologica y la Summa contra Gentiles, auténticas enciclopedias del saber que marcan la cumbre de la Escolástica.

 

Por deseo del papa Urbano IV, Santo Tomás redactó el Oficio y la Misa de la festividad del Corpus Christi. A él debemos también el himno eucarístico tan conmovedor del Adoro te devote.

 

Diversas anécdotas

 

Su vida es rica en anécdotas. En cierta ocasión, su hermana Teodora, que le había hospedado en su castillo de Maenza para que descansara, le preguntó: ¿Cómo seré yo santa? Y santo Tomás respondió con una sola palabra: Queriendo.

 

Estando un día recogido en oración en la capilla de San Nicolás de Nápoles, oyó la voz de Jesús Crucificado que le decía: Has escrito muy bien de Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres de Mí por tu trabajo? La respuesta del Santo no se hizo esperar:   Señor, no quiero ninguna cosa, sino sólo a Ti.

 

En el mismo lugar, en la fiesta del santo titular de la capilla, san Nicolás, día 6 de diciembre del año 1273, mientras celebraba la Santa Misa, tuvo una visión. A partir de aquel día no volvió a escribir ni a dictar. Interrogado por fray Reginaldo, su confesor, el motivo por el cual no escribe, santo Tomás respondió: No puedo, no puedo. Todo lo que he escrito es paja en comparación con lo que Dios me ha hecho ver.

 

La mejor lección de obediencia en la vida religiosa la dio en las calles de Bolonia. Había ido y presenciado el traslado de los restos de santo Domingo al lugar de su actual sepulcro (año 1267). Paseaba por el claustro, cuando un fraile de otro convento que no le conocía le pide que le acompañe a la ciudad. El prior le había dicho que lo hiciera por su mandato con el primer hermano que encontrara. Tomás no dudó. El fraile tenía prisa y recriminaba por la calle a fray Tomás que no fuera tan deprisa como él. La gente al verlo cansado, verdaderamente fatigado, detiene al fraile y le dicen: ¡Pero mira, no le hagas correr, que es fray Tomás!… Al darse cuenta de su falta, pide mil perdones a fray Tomás. Éste se contentó con decir: En la obediencia está la perfección religiosa.

 

En otra ocasión, un religioso de su misma Orden le dijo en broma: ¡Eh, hermano Tomás, venga a ver volar un buey! Y santo Tomás fue a mirar por la ventana, ante la risa del bromista. La réplica de Tomás fue: Prefiero creer que puede volar un buey, a que un religioso pueda mentir.

 

Sabio y santo

 

En el mismo instante de su  muerte, su antiguo  maestro, san Alberto Magno, ve en su convento a fray Tomás en brazos de Santa María entrar en el Cielo y lo anuncia lloroso: Ha muerto fray Tomás, flor del mundo y luz de la Iglesia.

 

Su doctrina permanece, continúa iluminando. Impresionante es el elogio que hace de santo Tomás el cardenal Bassarión en plena época del Renacimiento: Santo Tomás es el más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos. Elogio que reitera el papa Pío XI, ya en el siglo XX.

 

Desde la suprema cátedra de San Pedro, los Romanos Pontífices claman a voz en grito: Id a Tomás cuantos suspiráis por la verdadera ciencia teológica que conduce al conocimiento de Dios.

 

Los papas, unánimes, le proclaman: Doctor Común, Doctor Universal, Doctor de la Iglesia, Doctor Angélico, Doctor Eucarístico, Patrono de Universidades, Liceos, Institutos y Escuelas Católicas.

 

Sixto V hizo pintar una imagen suya en la Biblioteca Vaticana con la pluma en la mano derecha y el sol en el pecho irradiando rayos de luz sobre la Iglesia que sostiene en la izquierda, y esta inscripción: Los escritos de santo Tomás son aprobados por Cristo crucificado. Allí se le contempla junto a la Cruz. Bien se entiende aquella afirmación de santo Tomás: Mi libro es el Crucifijo.

 

 

Sacerdote y maestro (San Enrique de Ossó)

Vidas de santos

 

Sacerdote y maestro

San Enrique de Ossó

 

El deseo de una madre

 

Nació Enrique de Ossó el 16 de octubre de 1840, en el pintoresco pueblo catalán de Vinebre, de la provincia de Tarragona y perteneciente a la diócesis de Tortosa. Era el tercer hijo del matrimonio formado por Jaime de Ossó y Micaela Cervelló.

 

Los primeros años de Enrique transcurrieron en el ambiente de piedad propio de una familia cristiana. Su madre le educó con afecto y equilibrio en la austeridad de vida cristiana, en el amor a la Iglesia y en la devoción a la Virgen María.

 

Un día su madre le manifestó su deseo: ¡Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote! ¡Qué alegría me darías! Pero el futuro fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús le contestó que quería ser maestro y no sacerdote. Años más tarde, el mismo Enrique explicaba: Sí, me hubiera gustado hacerme sacerdote, pero no me creía ni capaz ni digno de tan alto honor. En cambio, me parecía que, siendo maestro, haría mucho bien a los niños, enseñándoles el camino del cielo.

 

Hizo los estudios primarios en su pueblo natal, siendo después enviado por su padre a Quinto de Ebro y a Reus, para dedicarse al aprendizaje comercial. Estando en Reus, recibió la noticia de la enfermedad de su madre, atacada por el cólera. Micaela murió el 15 de septiembre de 1854. Antes de su muerte repitió a su hijo Enrique su deseo de que fuera sacerdote.

 

En Montserrat

 

Siendo adolescente decide ir a Montserrat buscando la soledad para entregarse a la oración y a la penitencia. En el santuario, donde es admitido como criado de la Virgen por los monjes y junto a la Moreneta, Enrique pasa unos días totalmente entregados a la piedad: se confiesa, reza largos ratos, contempla a la Virgen. Y es allí donde descubre, movido por la Vida de Santa Teresa de Jesús, su vocación al sacerdocio

 

Ocurrió en octubre de 1854. Jaime de Ossó llama a las puertas del Monasterio de Montserrat: ¿Está aquí mi hermano? Un muchacho de catorce años, alto, fuerte… Trabajaba de comerciante en Reus, y ha desaparecido. No tenemos ni una pista, a no ser una carta que mandó a mi padre hablando de servicio a Dios y de la huida del mundo…, y estos papeles sobre Montserrat que había en su maleta. ¿Ha venido por aquí? El fraile que le había recibido, sorprendido, dice: ¿El mendigo de la Virgen? Verás: la otra tarde llegó un chico andrajoso, con cara de cansado. Pidió pan, dio las gracias y entró en la iglesia. ¡Extraño muchacho! Pasa horas y horas delante de la Virgen. ¡Entra a ver! ¿Quién sabe?

 

Justo. Era él. Jaime, frente a su hermano Enrique, comprende que doña Micaela se ha salido con la suya. En Vinebre, a las orillas del Ebro, cuántas veces presenció la escena: Hijo mío, Enrique, hazte sacerdote. Y la respuesta del hijo: No, madre. Quiero ser maestro. Y la voz calculadora del padre, don Jaime, poniendo fin al diálogo familiar: Ni sacerdote ni maestro. ¡Comerciante es lo que da!

 

De comerciante, nada. No hay más que ver. ¡Si no le para el dinero en las manos! Ni la ropa en el cuerpo. ¿Esos andrajos, Enrique?, pregunta Jaime. Y la respuesta de Enrique: Pues… sólo llevaba lo puesto… y aquel chico era tan pobre… De comerciante, nada. Ya puede despedirse el padre de su sueño. ¿Maestro? ¡Tal vez! ¡Sacerdote! De eso Jaime ya no tiene la menor duda. Lo ve en los ojos de Enrique y se lo está oyendo como una oración: ¡Quiero ser sacerdote o ermitaño!

 

Aún no hace el mes de la muerte de la madre. ¡Esta doña Micaela! Jaime recoge la herencia y asume el compromiso: Ven, Enrique, vamos a casa. Serás sacerdote. Yo te ayudaré.

 

Seminarista

 

En el seminario fue un estudiante disciplinado, buen deportista, compañero, amigo de todos. Se puso un reglamento personal en el que siempre había tiempo para la oración y lectura formativa. Entre sus autores predilectos aparecen ya dos que dejarán honda huella en su espiritualidad: san Francisco de Sales y, sobre todo, santa Teresa de Jesús.

 

No eran fáciles los años de estudio para los seminaristas: régimen de externado, ambiente de materialismo y ebullición política. Buena ocasión para entrenarse en la lucha por un ideal.

 

Sus vacaciones también arrojan luz sobre el futuro de Enrique: o en Vinebre: cariño familiar, catequesis a los niños, convivencia con la gente sencilla; o en el Desierto de las Palmas: soledad, reflexión, silencio. Y siempre el dinero pasando por sus dedos para alimentar cuerpos o nutrir inteligencias. Incansable divulgador de opúsculos, folletos y libros.

 

En el año 1865 recibió, en la Ciudad Condal, de manos de monseñor Montserrat, la tonsura y las Órdenes menores; y en mayo del año siguiente, el mismo obispo le otorgó el subdiaconado, después de unos ejercicios espirituales dirigidos por san Antonio María Claret.

 

Los años del seminario han dibujado ya la rica personalidad de Enrique: Sirvo al Señor con alegría, escribió en la preparación para el subdiaconado. Sirvo. Es una afirmación -no un propósito- consecuencia de su dedicación plena.

 

Sacerdote

 

En abril de 1867 fue ordenado de diácono en Tortosa, y recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre del mismo año y en la misma ciudad. Quiso celebrar su primera Misa en Montserrat, bajo la mirada dulce de la Virgen Morena, la primera confidente de su decisión, trece años detrás: Seré sacerdote o ermitaño, y en una fiesta de Santa María, 7 de octubre, fiesta del Rosario.

 

Junto a Enrique está su padre, don Jaime, que no acaba de comprender las locuras del hijo. Y están, también, sus hermanos, familiares, amigos… Sólo un vacío notaba -comentaría más tarde el misacantano-: la presencia visible, corporal, de mi buena madre de este mundo. Pero, ¿qué importa? Estaba allí su espíritu…

 

Ya es sacerdote. En el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó se lee: Dándose cuenta del peligro que corría la fe de los hombres, especialmente de los jóvenes y adolescentes, a los que nadie daba el pan, se consagró completamente a la enseñanza del catecismo, a la predicación de misiones al pueblo y a la dirección de almas, entregándose a promover operarios que le ayudasen a cultivar el campo del Señor. Así, mientras en el seminario diocesano enseñaba física y matemáticas, por los pueblos y aldeas transmitía la ciencia de los santos, haciéndose todo para todos para salvarlos a costa de lo que fuera.

 

Mi primera vocación, maestro, solía decir Enrique de Ossó. Y fue maestro en toda la extensión de la palabra. A cara descubierta o en la clandestinidad. Desde la cátedra o con la pluma. Junto a los seminaristas o entre los niños y gente sencilla del pueblo. Donde apunte el error o crezca la ignorancia. ¡Siempre maestro! O mejor: ¡Sacerdote maestro! Éste es el secreto de su fecundidad.

 

Enrique de Ossó fue profesor de matemáticas en el Seminario de Tortosa hasta el año 1878. Diez años de labor eficiente y abnegada. Los alumnos elogiarán su competencia pedagógica: su exactitud y suave exigencia; pero recordarán de modo especial que Ossó era, más que todo y sobre todo, un sacerdote de cuerpo entero. Cuando se vive íntegramente una vocación, toda actividad es magisterio.

 

En Tortosa, cuando era seminarista, se hizo miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl (1859) y dedicaba todas las tardes de los jueves, domingos y fiestas a la atención de los enfermos más pobres del hospital. Tarea que no abandonó siendo sacerdote y catedrático del Seminario. Atendía los enfermos con cariño y delicadeza. Los lavaba, los peinaba, les cortaba las uñas…, cuantos menesteres pudiesen necesitar. Conversaba con ellos y, antes de marcharse, ya al atardecer, les repartía a cada uno alguna cosita. Los enfermos lo esperaban con ilusión. Se quedaban felices. Y si alguno de esos días iba alguien a buscar a mosén Enrique en el Seminario, allí la contestación era siempre la misma: Vayan al hospital. Allí lo encontrarán.

 

Publicaciones

 

Admira la múltiple acción pastoral de Enrique de Ossó, que siempre supo unir una oración incesante a una actividad apostólica incansable. Dándose cuenta del influjo creciente de la prensa en la sociedad, fundó el periódico El amigo del pueblo y la revista Santa Teresa de Jesús, y dirigió numerosos libros y opúsculos de piedad, de catequética, sobre el magisterio papal y de historia; los escribió y difundió, y procuró que se abriera una casa para vender los libros. Cabe destacar el Catecismo de los obreros y de los ricos, publicado en 1891, poco después de que León XIII publicara la encíclica Rerum novarum; y el Cuarto de hora de oración, redactado según la doctrina de la seráfica doctora y maestra Santa Teresa de Jesús.

 

En este libro se revela toda su grandeza de apóstol de la oración. Hoy se habla más, se escribe más y hasta se trabaja más -decía-, pero se reza menos, y sin la oración la palabra no da fruto, los escritos no mueven el corazón, el trabajo es menos agradable a Dios. ¡Oh almas…! Orad, orad, orad: la oración todo lo puede.

 

Otros libros son: El espíritu de Santa Teresa, antología de la santa de Ávila; Viva Jesús, librito editado en Barcelona en 1875, cuya finalidad era enseñar a los niños las vías de oración; El devoto josefino; Un mes en la escuela del Corazón de Jesús, que es la expresión más fiel y madura de su espiritualidad, centrada en el amor al divino Redentor.

 

Y especialmente fue un catequista genial. ¿Qué hacer con una ciudad envenenada por la corrupción, el odio, el materialismo? Enrique de Ossó no gastaba fuerzas ni tiempo en lamentaciones inútiles. Se lanzó a la conquista de los niños. El plan era ambicioso y arriesgado: una verdadera red abarcaba toda la ciudad de Tortosa. Enrique se reservó la zona más difícil, el Barrio de Pescadores, donde los insultos al sacerdote llegaban hasta la violencia. El golpe fue certero. En dos años, más de mil niños se habían convertidos en simpáticos repetidores del Evangelio por calles, plaza y hogares. Era una fuerza arrolladora que nadie podía contener.

 

Arrolladora, pero organizada, como fruto de la labor personal de mosén Enrique junto a sus catequistas. Para ellos escribió uno de sus mejores libros: Guía práctica del catequista. Como el árbol tenía vida, empezó a florecer. Y Tortosa vivió tiempos de conversión.

 

Enrique de Ossó no creó obras al azar para después darles contenido. Tenía, eso sí, ojos muy abiertos para detectar problemas y descubrir soluciones que, después de prudente reflexión, llevaba a la práctica con santa audacia. Y fue un organizador: nacida la obra, encaminada los primeros pasos, aseguraba la continuidad, delegaba responsabilidades y se retiraba a un discreto segundo plano. Desde allí podría ayudar cuando fuese necesario y concebir nuevas empresas. Se ha dicho de él que fue un luchador. Cierto, si se le considera como el apóstol que no escatimó esfuerzos ni escondió la mano ante las dificultades. Pero su misión fue más amplia: Enrique de Ossó fue un gran forjador de luchadores.

 

Rasgos de su espíritu

 

Cristo llenó toda su vida. Su ideal era identificarse con el Señor. En uno de sus libros escribió: Para conformarse a la vida de Jesucristo es necesario, sobre todo, estudiarla, meditarla, no sólo en su aspecto exterior, sino penetrando en los sentimientos, deseos, afectos e intenciones de Jesucristo, para hacer todo en unión perfecta con Él… El que obre así se transformará en Jesús y podrá decir con el Apóstol: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

 

También sobresale en su vida la devoción a la Virgen María. Cuando enfermo de gravedad en Quinto de Ebro, su tío Juan hizo promesa a la Virgen del Pilar que, si su sobrino se curaba, peregrinarían los dos a Zaragoza, para rezarle ante su venerada imagen. Cuando Enrique recobró la salud, cumplieron la promesa. Siempre fue un ferviente devoto de la Virgen, con su alma enamorada de la Madre de Dios.

 

La Iglesia fue otro de sus grandes amores. En su epitafio quiso que se pusiera: Soy hijo de la Iglesia. Suyas son estas palabras: ¡Oh Iglesia santa, católica, apostólica, romana… que se me pegue la lengua al paladar y se seque mi mano derecha si no te amo, no te bendigo, no te respeto, no te obedezco, no te defiendo como a mi más amada y buena Madre, siempre, siempre, siempre!

 

Fue característico de san Enrique de Ossó su gran devoción a santa Teresa de Jesús. Un biógrafo suyo escribió: El fuego que devoraba a Enrique eran chispas del corazón de la Santa. Acercarse a Teresa significaba acercarse más estrechamente al Señor (…). No ignoraba  nada de lo que se refiere a la Santa: teología, ascética, elocuencia, literatura, arte; conoce todo lo que se refiere a la Madre Teresa, que estima y venera por su virtud, por sus obras y por su doctrina. Doctrina que él reconoce y proclama segura, profunda y clara. Esto le lleva a una iniciativa atrevida: por lo que sabemos fue el primero en lanzar la idea de pedir al Papa la declaración de santa Teresa como Doctora de la Iglesia.

 

Fundador

 

Pero, sin duda, la mayor gloria de san Enrique de Ossó fue haber descubierto la potencia transformadora de la mujer. El mundo será lo que sean las mujeres -decía-. Vosotras sois quienes habéis de decidir y sentenciar sin apelación si la familia y el individuo, y por consiguiente, si la sociedad entera, ha de ser de Jesucristo…

 

Asomado a la historia para caminar con paso firme hacia el futuro, recogió la antorcha reformadora de manos de Teresa de Jesús. Ella, con María, sería el modelo; sus escritos, alimento y guía. Toda joven católica podrá imitarla en la oración, en la generosidad, en la fe viva y práctica, y en el amor a Dios y al prójimo…, decía.

 

En el año 1876 fundó una Congregación  religiosa femenina, la Compañía de Santa Teresa de Jesús, con el fin de conocer y amar a Jesús y hacerlo conocer y amar por todos, y que colabore en la Iglesia en la formación, sobre todo, de la mujer.

 

En el ya citado Decreto sobre la heroicidad de las virtudes, está escrito: En nombre del Ordinario de Tarragona admitió a las primeras religiosas el 1 de enero de 1879, formándolas después santamente en el seguimiento de Jesucristo, con el fin de que se dedicasen totalmente a la educación de la mujer. Había intuido que la mujer tendría un papel cada vez más importante en la familia y en la sociedad y estaba convencido de que solamente teniendo una buena formación humana e intelectual y estando penetrada del espíritu del Evangelio, podría la mujer desarrollar su misión.

 

Siempre fue un hombre con mucha fe en Dios y procuraba contagiarla a los que estaban a su lado. En una ocasión faltaban mil pesetas (las de entonces) para pagar a los obreros en la obra del Colegio de Ganduxer, perteneciente a la Compañía de Santa Teresa de Jesús. La hermana encargada de hacer los pagos fue a decírselo a su fundador: ¿Qué hacemos, Padre?, le preguntó. Él contestó con tranquilidad: Buscarlas, hija. La hermana insistió: ¿Dónde? Enrique de Ossó repitió que saliesen a buscarlas y añadió: Pero con mucha fe en Dios. Con mucha fe. Acompañada de otra hermana salieron de la casa, sin saber a dónde ir para pedir mil pesetas por amor de Dios. Indecisas, vacilaban sobre el camino a seguir. Una dijo: Vayamos a la derecha. Y así lo hicieron. Llamaron a una casa, al azar. Expusieron a quien les abrió la necesidad en que se encontraban. Aunque todo lo habían hecho con la fe que su fundador les había recomendado, no dejaron de sorprenderse cuando recibieron esta contestación: Precisamente, hace unos momentos nos acaban de traer doscientos duros para ustedes. Aquí están. Ya se puede suponer cómo volvieron a contárselo a su santo fundador.

 

Otra vez, una hermana  de su Congregación estaba sufriendo mucho por una situación familiar; don Enrique la llamó a su despacho y después de que la religiosa le contara su aflicción, le dijo: Si dependiera de mí la solución de esto que tanto te aflige, ¿dudarías que se resolvería todo para bien? Ella contestó sin vacilar: No, Padre. Entonces le dijo: Pues está la solución en las manos de tu Padre Dios que te ama mucho más de lo que yo ni nadie podemos quererte, ¿por qué temes y desconfías? Con lo que la religiosa encontró consuelo y verdadera confianza.

 

Muerte y fama de santidad

 

El 2 de enero de 1896 Enrique de Ossó llegó al convento franciscano de Sancti Spiritus de Gilet (Valencia) para pasar unos días de retiro. Del 6 al 13 hizo los Ejercicios Espirituales. En la noche del 27 de enero el Señor llamó a sí a Enrique de Ossó, repentina pero no improvisamente. Sus últimos días transcurrieron en un clima de contemplación. En el profundo recogimiento y silencio del cenobio de los frailes menores escribió un Pequeño tratado sobre la vida místicaNovena al Espíritu Santo. y una

 

La fama de santidad que gozaba ya en vida, fue creciendo después de su muerte. En el año 1923 dos religiosas de la Compañía de Santa Teresa de Jesús se curaron milagrosamente de graves enfermedades por intervención de su santo fundador. Dos años después se abrieron los procesos ordinarios informativos en Tortosa y Barcelona, para la causa de beatificación del Siervo de Dios.

 

En 1927 tiene lugar la apertura del proceso informativo en Roma. En 1956 la Postulación General de la Orden Carmelitana se hace cargo de la Causa. En el mismo año es la Apertura del Proceso Super non cultu, en Tortosa. En 1967 se clausuran los Procesos Apostólicos en Tortosa, y se envían a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos.

 

El 15 de mayo de 1976, el papa Pablo VI dispone la publicación del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Enrique de Ossó. Tres años después, el 10 de mayo de 1979, después de ser aprobado por el papa Juan Pablo II, se publica el decreto sobre el carácter milagroso de las dos curaciones antes referidas. El 14 de octubre de 1979, Juan Pablo II declara beato a Enrique de Ossó.

 

Canonización

 

El 16 de junio de 1993 el papa Juan Pablo II, durante su cuarto viaje apostólico a España, canonizó a Enrique de Ossó. La ceremonia tuvo lugar en la madrileña plaza de Colón, durante la Eucaristía con el Pueblo de Dios. Era la segunda vez en el pontificado de Juan Pablo II que se celebraba una canonización fuera de Roma. La primera fue la de san Ezequiel Moreno, agustino recoleto español, obispo de Pasto (Colombia), y que Juan Pablo II canonizó en Santo Domingo el 11 de octubre de 1992.

 

Juan Pablo II, en la homilía de la ceremonia de canonización, dice: Enrique de Ossó buscó y encontró la sabiduría; la prefirió a los cetros, a los tronos y a la riqueza. Desde su juventud, al abandonar la casa paterna, refugiándose en el monasterio de Montserrat, sintió que Dios le llamaba para hacerle partícipe de su amistad. Seducido por la luz que no tiene ocaso encontró “el tesoro inagotable” y lo dejó todo para poseerlo. Su padre quería que fuera comerciante; y él, como el comerciante de la parábola evangélica, prefirió la perla de gran valor, que es Jesucristo. El amor a Jesucristo le condujo al sacerdocio, y en el ministerio sacerdotal, Enrique de Ossó encontró la clave para vivir su identificación con Cristo y su celo apostólico. Como “buen soldado de Cristo Jesús” tomó parte en los trabajos del Evangelio y encontró fuerzas en la gracia divina para comunicar a los demás la sabiduría que había recibido. Su vida fue, en todo momento, contacto íntimo con Jesús, abnegación y sacrificio, generosa entrega apostólica.

 

Más adelante, continuaba el Romano Pontífice su homilía, glosando la vida del santo catalán, que transcurrió en el siglo XIX en una época difícil, con una España dividida por guerras civiles y alterada por movimientos laicistas y anticlericales, con estas palabras: De la mano de Teresa de Jesús, Enrique de Ossó entiende que el amor a Cristo tiene que ser el centro de su obra. Un amor a Cristo que cautive y arrebate a los hombres ganándolos para el Evangelio. Urgido por este amor, este ejemplar sacerdote, nacido en Cataluña, dirigirá su acción a los niños más necesitados, a los jóvenes labradores, a todos los hombres, sin distinción de edad o condición social; y, muy especialmente, dirigió su quehacer apostólico a la mujer, consciente de su capacidad para transformar la sociedad: “El mundo ha sido siempre -decía- lo que le han hecho las mujeres. Un mundo hecho por vosotras, formadas según el modelo de la Virgen María con las enseñanzas de Teresa”. Este ardiente deseo de que Jesucristo fuera conocido y amado por todo el mundo hizo que Enrique de Ossó centrase toda su actividad apostólica en la catequesis. En la cátedra del Seminario de Tortosa, o con los niños y la gente sencilla del pueblo, el virtuoso sacerdote revela el rostro de Cristo Maestro que, compadecido de la gente, les enseñaba el camino del Cielo.

 

Concluía Juan Pablo II: Su espíritu está marcado por la centralidad de la persona de Jesucristo. “Pensar, sentir, amar como Cristo Jesús; obrar, conversar o hablar con Él; conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo; revestirnos de Cristo Jesús es nuestra ocupación esencial”. Y junto a Cristo, profesaba una piedad mariana entrañable y profunda, así como una admiración por el valor educativo de la persona y la obra de santa Teresa de Jesús.

 

 

 

Un buen pastor de almas (San Francisco de Sales)

Vidas de santos

 

Un buen pastor de almas

San Francisco de Sales

 

Impresionado por un relato

 

San Francisco de Sales, obispo de Ginebra, encarnó la figura del Buen Pastor. Con toda su alma se entregó a sus tareas pastorales: visitas parroquiales, predicación, catequesis de niños, largas horas de confesonario, sínodos diocesanos, reforma de monasterios, documentos pastorales, ordenaciones, confirmaciones…

 

Un día, siendo ya obispo de Ginebra, escuchó la historia de un pastor que había extraviado una de sus vacas al resbalar el animal por un glaciar. Aquel humilde hombre no dudó ni un instante en ir a buscarla, a pesar del peligro real que correría su vida si lo intentaba. El pastor se internó como pudo por aquella gélida superficie de hielo. No consiguió coronar con éxito su empresa: la vaca y el pastor perecieron en aquella soledad silenciosa y blanca. San Francisco de Sales quedó impresionado del relato. Más tarde escribió: Oh, Dios mío. ¿Es posible que el ardor de aquel pastor fuera tan grande por buscar su vaca, que ni siquiera el hielo lo pudiera enfriar? Entonces, ¿por qué yo sería tan cobarde buscando a mis ovejas? Hechos como éstos enternecieron mi corazón  de hielo que no pudo sino fundirse.

 

Una fuerte tentación

 

Francisco nació el 21 de agosto de 1567 en el seno de una familia noble y cristiana. Su infancia transcurrió en el castillo de Sales en Thorens (Saboya) en una época en la que la herejía calvinista hacía estragos por toda aquella región. El propio Calvino quiso atraer a Francisco de Boisy, padre del futuro santo, a la religión protestante, pero éste rechazó la oferta diciendo: ¿Cómo voy a creer en una religión que tiene doce años menos que yo?

 

En 1574 comenzó sus estudios, y cuatro años más tarde recibió la tonsura clerical. En el año 1582 se trasladó a París para estudiar en el colegio de Clermont de los jesuitas. Estando allí, sufrió una terrible tentación de desesperación. El demonio le decía: ¡Todo es inútil, estás predestinado al infierno! ¡Vendrás allí conmigo! Y el joven estudiante la superó con un acto heroico de abandono en las manos de Dios, rezando: ¡Dios mío! Si no he de poder amaros en la otra vida, que aproveche ésta, aquí abajo, para amaros y serviros. Aquella prueba en cierto modo marcó toda su vida.

 

La Misión de Chablais

 

A la edad de 26 años fue ordenado sacerdote el 18 de diciembre de 1593 por monseñor Claudio de Granier, obispo de Ginebra. Desde el primer momento se entregó a las tareas pastorales de la predicación y del confesonario. En cierta ocasión, un caballero que se confesaba con Francisco de Sales, decía sus faltas y pecados sin el menor sentido de penitencia, como quien recita algo que no le afecta personalmente. El joven sacerdote, mientras escucha la acusación de su penitente, se estremece y comienza a llorar. El caballero, sorprendido, le pregunta por qué llora. Lloro por vuestros pecados, para que Dios os conceda conocer el estado de vuestra conciencia y os arrepintáis de vuestros pecados. El penitente dio las gracias al confesor y, arrepentido ya de veras, lloró amargamente.

 

Al año siguiente de su ordenación emprendió, con su primo Luis de Sales, la misión de Chablais. Esta región había sido devuelta a Saboya, y sus habitantes ‑en gran mayoría, con la excepción de muy pocos‑ se habían convertido al calvinismo. Las dificultades que encontraron para su tarea fueron enormes. Al principio Francisco se valió de pequeños escritos impresos distribuidos a domicilio; más tarde recurrió a la predicación y a la controversia con los herejes. En unos años Chablais volvía a la Iglesia romana, y Francisco de Sales pudo escribir al papa Clemente VIII: Cuando llegué aquí apenas si se podían contar cien católicos en todas las parroquias reunidas. Hoy, apenas se pueden contar cien herejes.

 

Obispo

 

En 1598 su obispo le envió a Roma para tratar asuntos de la diócesis planteados por la paz de Vervins. La impresión que causó en la Ciudad Eterna debió ser buena porque poco después fue nombrado obispo coadjutor de Ginebra. El mismo Papa quiso examinar personalmente a Francisco de Sales antes de ser consagrado obispo, aun sabiendo que el candidato al episcopado, por ser de Saboya, estaba exento por privilegio de ser examinado para ser obispo. Clemente VIII le otorgó una semana de preparación. Durante este tiempo rezó el futuro obispo a la Virgen con estas palabras: Si no he de ser un buen obispo, ruego que obtengas de tu divino Hijo que permanezca mudo en el examen.

 

El 22 de marzo de 1598 Clemente VIII estaba rodeado de cardenales y de notables teólogos. Francisco escogió como tema del examen de teología la salvación y un decreto del Concilio de Trento. Le hicieron 35 preguntas y todas fueron sabiamente contestadas. El Papa, admirado de la doctrina y de la humilde actitud del candidato, se acercó a éste y le abrazó, diciéndole las palabras del libro de los Proverbios: Hijo mío, bebe el agua de tu cisterna y distribuye su caudal por las plazas.

 

Tres años más tarde, el 6 de abril de 1601, cuando Francisco de Sales se dispone a subir al púlpito para predicar la cuaresma en la ciudad de Annecy, le comunican la noticia de la muerte de su padre, el señor de Boisy. Había preparado para aquel sermón hablar de la muerte de Lázaro y de la esperanza de la resurrección para quienes, durante la vida, habían sido amigos de Jesús. Después de un instante de recogimiento, comenzó su predicación con serenidad. Al finalizar, dijo a los fieles: Señores, el señor de Boisy, vuestro amigo y mi padre, ha muerto. Ya que le honrabais  con vuestra amistad, os suplico que recéis por su eterno descanso. Y dicho esto, rompió a llorar. Excusad mi debilidad, no soy más que un hombre, añadió.

 

Viaje a la capital de Francia

 

En 1602 viaja a París, poniéndose en relación con un grupo de personas que preparaban la renovación religiosa de Francia. En la ciudad del Sena predica, convierte y hace amistades, entre ellas la de Enrique IV. Su fama de buen predicador se fue extendiendo. Algunos fieles, más que escuchar la palabra de Dios, acudían a escuchar la palabra del predicador. Algunos de los oyentes comentaban, después de oír el sermón: ¡Qué bien le viene esto a fulanito! Enterado Francisco del comentario, decía: Cuando sois invitados a un banquete, cada uno come para sí; aquí, por el contrario, os pasáis de educados, porque no escogéis nada para vosotros, sino que todo lo repartís a los demás.

 

Durante el viaje de regreso a Annecy ocurre la muerte de monseñor Granier, teniendo que hacerse cargo de la diócesis al llegar a Annecy, ciudad que sirve de capital de la diócesis ante la imposibilidad de residir en la ciudad de su sede episcopal, Ginebra, baluarte del calvinismo. El 8 de diciembre de 1602 es consagrado obispo.

 

Fundador de la Orden de la Visitación de Santa María

 

Siendo obispo de Ginebra se esmeró por poner en práctica las directrices del Concilio de Trento. A pesar de sus muchos deberes pastorales  acepta predicar fuera de su diócesis. En una ocasión fue requerido a Pont‑Saint‑Espirit. Cuando llegó, todos querían ver a san Francisco de Sales. Un gentilhombre calvinista se acercó a un lugareño para preguntar quien era aquel que había despertado tanto interés. Les respondieron que se trataba del obispo de Ginebra. ¡Ah!, si todos los obispos fueran como él, nuestra religión duraría poco porque todos se harían católicos, exclamó el  calvinista. En 1604 predicó la cuaresma en Dijón, lo que hizo posible su encuentro providencial con santa Juan Francisca Fremiot de Chantal. Ésta, de noble linaje, era una ferviente católica. A la edad de veinte contrajo matrimonio con Cristóbal II, Barón de Chantal, y fue madre de seis hijos. Al quedarse viuda, se consagró al Señor, dedicándose totalmente a la educación de sus hijos, a prácticas devotas y a obras de caridad. Fundó con el obispo de Ginebra la Orden de la Visitación de Santa María.

 

Además de su ministerio sacerdotal y de las tareas de gobierno de su diócesis, otros quehaceres llenan más y más su tiempo como es la dirección de almas en particular, de palabra y por carta; y la publicación de libros espirituales. Sus dos obras principales son la Introducción a la vida devota y el Tratado del amor de Dios. También tiene otros escritos, entre los que destaca uno de tipo apologético, titulado Defensa de la Cruz de Nuestro Señor. El santo obispo acaba su obra con estas palabras: No Jesucristo sin Cruz, sino Jesucristo con su Cruz y en la Cruz… por eso termino este resumen de la doctrina cristiana… protestando con el glorioso predicador de la Cruz, San Pablo… “No busco otra gloria que la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. Amén.

 

Además de todas estas actividades, dedicó muchas horas a las tareas fundacionales de la Orden de la Visitación de Santa María, formando y dirigiendo a sus hijas espirituales. En una ocasión, para recalcar en sus monjas la necesidad del desprendimiento de los bienes terrenos, les dijo: Ha pasado por aquí un cisterciense que me ha dicho que había en Italia religiosas que tenían apego a sus rosarios, que muchas preferían salir del convento a prescindir de ellos. Por lo cual yo he pensado que estaría bien que, de vez en cuando, cambiáramos nuestros objetos. Otro día, una religiosa gravemente enferma se quejaba a su santo Fundador, porque los dolores le impedían rezar y hasta meditar. Mucho mejor es estar crucificado con Jesucristo, que orar a Cristo crucificado, le dijo san Francisco de Sales.

 

Muerte santa

 

En los años 1616 y 1617 predicó en Grenoble adviento y cuaresma. En 1618 volvió a París en misión diplomática, que él aprovechó para predicar y hacer nuevos amigos, entre ellos san Vicente de Paúl, y renovar las antiguas amistades. En 1622, ya muy enfermo, acompañó al Duque de Saboya a Aviñón, y a la vuelta se detuvo en Lyon para visitar el convento de sus monjas. Y en esa ciudad murió. Estando en su lecho de muerte, antes de morir, pidió a su vicario general que recitara el Credo, al que él añadió: Si hubiera cien o mil religiones en el mundo, sólo consideraría verdadera la santa Iglesia católica, apostólica y romana en la cual quiero morir.

 

Al año siguiente de su tránsito al Cielo, su cuerpo fue llevado a Annecy. El santo obispo y fundador fue beatificado el 28 de diciembre de 1661, y canonizado el 19 de abril de 1665. El 16 de noviembre de 1877 fue declarado por el beato Pío IX doctor de la Iglesia. Y ya en el siglo XX, Pío XI le declaró patrono de los periodistas y escritores católicos.

 

Su pensamiento

 

De los escritos de san Francisco de Sales están sacadas estas frases e ideas:

 

Si yo supiera que en mi corazón quedara todavía una brizna de amor al mundo, querría que mi pecho se abriera en dos para dejar escapar ese falso amor.

 

El dinero es como una escalera: si la lleváis sobre los hombros, os aplasta; si la ponéis a vuestros pies, os eleva.

 

No sólo es un error, sino también una herejía, el querer desterrar la vida devota de la compañía de los soldados, de la tienda de los oficiales, de las cortes  de los príncipes y de la familia de los casados

 

La amistad que puede terminar, no fue nunca verdadera amistad.

 

Se cazan más moscas con una gota de miel que con un cántaro de vinagre.

 

No lo dudes, la verdadera virtud no prospera en una vida descansada, como tampoco se nutren los peces delicados en las aguas insalubres de los pantanos.

 

Los marineros no miran al cielo sino para buscar la tierra; por el contrario, los cristianos… no miran a las cosas de la tierra nada más que para buscar a Cristo que      está en los cielos.

 

A la obediencia hay que amarla antes que temer la desobediencia.

 

Si una persona me sacare por odio el ojo izquierdo, creo que la seguiría mirando amablemente con el derecho. Si me sacara también éste, todavía me quedaría el corazón para amarla.

 

Es necesario sufrir con paciencia no sólo el estar enfermo, sino el estarlo de la enfermedad que Dios quiere, en el lugar que quiere, entre las personas que quiere y con las incomodidades que quiere, y lo mismo digo de las demás tribulaciones.

 

Somos como águilas cuando miramos las imperfecciones ajenas, y como topos en tratándose de las nuestras.

Una flor de los Andes (Beata Laura Vicuña)

 

Vidas de santos

 

Una flor de los Andes

Beata Laura Vicuña

 

Revolución en Chile

 

El 15 de junio de 1886 ganó las elecciones presidenciales de Chile el candidato presentado por los partidos liberal, radical y nacional, José Manuel Balmaceda. Éste llamó a colaborar en el gobierno a sus adversarios políticos. A pesar de sus innegables logros, su forma de gobernar personalista hizo que la oposición parlamentaria al presidente se hiciera agresiva. Balmaceda, que poseía un carácter sensible y arrogante, se sintió afectado en sus prerrogativas esenciales y resistió con firmeza el intento de la mayoría del Congreso de imponerle un gabinete de su confianza.

 

En octubre de 1890 la situación política del país se tornó inquietante, pues se clausuró el período de sesiones ordinarias del Parlamento cuando aún se encontraban pendientes los trámites de las leyes de los presupuestos y de fijación de las fuerzas armadas. Sin esas leyes, el presidente no podía gobernar, pero, a la vez, su aprobación por el Congreso estaba condicionada a que Balmaceda se inclinara a sus exigencias. Los opositores, que conocían el carácter del presidente, comprendieron que no estaba dispuesto a ceder y se prepararon para la revolución.

 

Tal como lo preveían, el 1 de enero de 1891, Balmaceda omitió los trámites constitucionales y decretó la prórroga de las dos leyes pendientes. Sus adversarios tuvieron así una justificación legal para el alzamiento: Balmaceda se había transformado en dictador. Pocos días después, la Marina se sublevó y se dirigió a la zona norte del país a ocupar la región salitrera, que proporcionaba la principal fuente de ingresos al erario público. Balmaceda, con el fin de evitar lo peor, propuso como candidato presidencial a un miembro del partido conservador: Claudio Vicuña. Pero por desgracia ya era demasiado tarde. Tras una cruenta lucha, José Manuel Balmaceda fue derrotado por las fuerzas revolucionarias a fines de agosto de 1891. Sus contrarios se apoderaron del poder y empezaron una persecución despiadada contra Balmaceda, los Vicuña y sus partidarios.  El presidente derrocado buscó asilo político en la embajada de Argentina y en la mañana del 19 de septiembre, día siguiente a la expiración de su mandato constitucional, después de dejar un impresionante manifiesto, se suicidó de un tiro.

 

Mientras ocurrían estos trágicos sucesos, el 5 de abril de 1891 nació en Santiago de Chile una niña llamada Laura, hija de José Domingo Vicuña y de Mercedes del Pino. Desde su misma venida a este mundo, su corta vida -solamente infancia y los comienzos de la adolescencia- no estuvo exenta de dificultades. Su padre, militar de profesión, era, como toda su familia, partidario del presidente Balmaceda y, como tal, fue un activista de la guerra civil chilena. Tras la derrota de Balmaceda, cuando Laura sólo contaba pocos meses de vida, se vio obligado a abandonar la capital de la nación y a emprender el siempre duro y difícil camino del exilio.

 

Emigrante en Argentina

 

La familia Vicuña se instaló en Temuco, ciudad fundada en 1881, que era un pobre villorio, aunque con el tiempo se convertiría en la capital de la provincia de Cautín, en la región de Concepción y La Frontera. Situada al Sur del río Bío Bío, ninguna región chilena conoció a finales del siglo XIX un desarrollo tan espectacular. Allí la familia se incrementó con un nuevo miembro, Julia Amanda. Pero al poco tiempo, en 1893, falleció el padre. Muerto éste, la madre -Mercedes- y sus hijas pequeñas, sumidas en la pobreza y en el dolor, hubieron de emigrar a Argentina. Atravesando los Andes y después de estar en varias ciudades patagónicas en 1900 se establecieron definitivamente en Quilquihué, una hacienda distante veinte kilómetros de una pequeña aldea de la provincia de Neuquén, llamada Junín de los Andes. Allí Mercedes había encontrado trabajo.

 

Quilquihué era una estancia con grandes extensiones de tierras de cultivo y con mucho ganado. Todo el campo estaba lleno de verdor. Su propietario era un rico terrateniente que se llamaba Manuel Mora, hombre déspota, autoritario y corroído por la soberbia y la sensualidad.

 

Alumna de las Salesianas

 

Laura y su hermana Amanda, nada más llegar a Junín, fueron matriculadas como alumnas internas por su madre en el colegio-misión de las Hijas de María Auxiliadora (Hermanas Salesianas), gracias a la ayuda financiera de Manuel Mora. Las salesianas, fundadas por san Juan Bosco, hacían poco tiempo que se habían establecido por aquellas desoladas tierras para dedicarse a la evangelización de las poblaciones de la zona que estaban lejos de toda pastoral ciudadana.

 

El edificio del colegio no era más que una casa pobre en donde había escasez de todo. Se había puesto en marcha el 29 de enero de 1899, gracias al tesón del padre salesiano Domingo Milanesio. La comunidad de religiosas que atendía el centro escolar estaba formada por cuatro hermanas: sor Angela de Piai, como directora; la novicia sor Rosa Azoca; y las postulantes Carmen Opaso y Francisca Mendoza. Un único deseo les movía: difundir el Reino de Dios.

 

Laura fue una alumna aplicada. Prestaba atención a todo lo que se explicaba en clase. Asistía al Catecismo, estudiándolo con esmero y sacando provecho de la doctrina católica para su vida cristiana. Las salesianas, al ver el carácter bondadoso y la exquisita educación de Laura, decidieron encargarla del cuidado de las alumnas más pequeñas. Cometido que hizo la adolescente de mil maravillas. Con un trato agradable y siempre con una sonrisa en los labios, Laura atendía a las párvulas con cariño, las peinaba y las arreglaba; las enseñaba a leer; consolaba a las que veía un poco tristes o llorosas; y a todas las animaba a estar alegres y contentas.

 

Laura era feliz en el colegio. Ya no era una niña, sino una adolescente de gran belleza, y llena de bondad, inocencia y candor, y de trato muy cariñoso con sus compañeras. Tenía el don del desprendimiento y sacrificio por los demás. Todas las cosas que le traía su madre, como dulces, las repartía con las demás internas del colegio. Era admirada por las demás alumnas como la mejor compañera, la más amable y servicial. Había descubierto a Dios en la fraternidad con sus amigas y en el amor a su familia. Enseguida se hizo amiga de sus compañeras, especialmente de Mercedes Vera. Las hermanas salesianas del colegio estaban maravilladas de su obediencia y del enorme amor que sentía por Jesús Sacramentado y por María Auxiliadora.

 

Pero también la joven Vicuña sufrió la incomprensión por parte de algunas compañeras, que empezaron a tenerle envidia, a murmurar de ella, e incluso a difamarla. Una de ellas llegó insultarla, diciéndole: Eres necia y una petulante. Laura reaccionó con mansedumbre y le dijo: Siento verte contrariada, me gustaría hacer algo por ti.

 

Como hermana mayor que era, se ocupaba de Amanda, a la que le tiene un gran cariño. En más de una ocasión consoló a la pequeña. Pero también los caprichos y los pataleos de Amanda a veces les hace perder la paciencia. Un día, en la capilla, dirigiéndose al Señor, le dijo: Me siento contenta de amar a todos, sin excepción. Quisiera, Jesús, que todos se sintiesen buenos y felices en mi compañía. Desearía que Amandita no fuese caprichosa. Yo sé, Jesús, que te hace sufrir un poco, pero perdónala. Todavía es muy pequeña y no se da cuenta. Ya verás cómo más tarde mejorará y se hará buena de veras. No te canses de ella y ayúdala. También quisiera que mamá se sintiera feliz. ¡Ha sufrido tanto! Quisiera que te conociese más. Entonces sí que te amaría y su sonrisa volvería a ser tranquila y serena como la de nuestras Hermanas.

 

Primera Comunión

 

Cuando Laura tuvo diez años, recibió por vez primera a Jesús en la Eucaristía, con gran fe y mucho amor, después de prepararse muy bien. Aquel día de su Primera Comunión, como ya había hecho santo Domingo Savio en semejante circunstancia, formuló a Jesús su disposición de preferir la muerte antes que pecar: Quiero morir antes que ofenderte con el pecado. Desde este día quiero mortificarme a fin de evitar cuanto pueda alejarme de Ti. En su libreta apuntó los otros propósitos que hizo: * Dios mío, quiero amarte y servirte durante toda mi vida: tuya es mi alma, mi corazón, todo mi ser.

* Quiero hacer todo lo que sé y puedo con el fin de que Tú seas conocido y amado, y repara de este modo las ofensas que recibes cada día de los hombres, en especial de las personas de mi familia. Y por último, una petición: Dios mío, concédeme una vida de amor, de mortificación, de sacrificio.

 

Pero hubo una nota triste en ese día tan feliz. Mercedes del Pino acompañó a su hija, pero sin recibir la sagrada comunión. Laura, al finalizar aquel día, se le comentaría  a su compañera y amiga Mercedes Vera: ¿No te diste cuenta, Merceditas? Hoy mamá estaba al lado mío, pero me parecía sentirla tan lejos. No ha recibido a Jesús… ¡No puede recibirlo!

 

El día de la Inmaculada Concepción de 1901 Laura y su amiga Mercedes, entre otras, fueron acogidas como Hijas de María. Laura consagró ese día su pureza a la Santísima Virgen María. ¡Somos Hijas de María! De ahora en adelante trataremos de ser dignas de nuestra Madre del Cielo y trataremos de imitar sus virtudes, dijo Laura a Mercedes. Y las dos amigas se comprometieron a ayudarse mutuamente para conseguir ese ideal.

 

Cada año, al llegar el mes dedicado a la Virgen María, ambas amigas se esforzaban por ofrecer a la Madre de Dios muchos actos de amor, bastantes sacrificios y mortificaciones. Para Laura no había medida. Todo le parecía poco. ¿Qué no sería capaz de hacer por la Virgen?

 

La madre de Laura

 

El sueño de las adolescentes pasa siempre por encontrar un amor que les llene de felicidad. Y este sueño se hizo realidad en Mercedes del Pino. Ésta era una joven gentil, delicada, con una gran viveza y una gracia especial. Parecía reunir todas las dotes para ser una especial esposa ideal. Y esto es lo que pensaba José Domingo Vicuña, por lo que se decidió contraer matrimonio con Mercedes.

 

En su ciudad natal, Santiago, pasaron los años de su juventud y su época de recién casada. Fueron años de vida tranquila, de ilusiones y de felicidad. Sólo una sombra en la dicha que la invadía. Su marido pertenecía a una noble familia chilena y ella procedía de una familia humilde y pobre. Esta desigualdad se levantaría enseguida como un muro de distanciamiento y frialdad entre ella y la familia de José Domingo.

 

Felicidad que se vio incrementada con el nacimiento de su primogénita, pero, por desgracia, no fue duradera. Por las dramáticas jornadas de lucha de 1891 su vida comenzó a ser un calvario. Su marido, convertido en prófugo y perseguido, no tuvo otra solución que escapar. Durante el continuo andar sin descanso de la familia hasta encontrar un lugar para establecerse, Laura enfermó de gravedad. Temuco sería el término del largo caminar de José Domingo y Mercedes. La llegada al mundo de Julia Amanda parecía ser portadora de un poco de paz y tranquilidad en medio de las penas y contrariedades que sufrían. Pero no fue así. Pronto la alegría por el nuevo retoño se vio reemplazada por la tristeza y el dolor por la muerte de José Domingo. Éste, después de tantas desgracias y penalidades, murió agotado y extenuado.

 

Laura no recordará a su padre -era muy pequeña cuando él falleció- pero sabía que era fuerte, leal, bueno y valiente. En más de una ocasión su madre le dijo que ella se parecía mucho a él.

 

Mercedes se percató con toda claridad de su situación. Viuda, con dos hijas de corta edad y sin ningún tipo de recursos económicos. No era posible volver a Santiago, pues el solo hecho de llevar el apellido Vicuña constituía un peligro. El abandono en que había caído era absoluto. El drama de su inseguridad, de su soledad, lo sentía en carne viva. Pero había que sacar adelante a sus hijas y volver a comenzar la nueva la lucha por sobrevivir. Y decidió sin más cruzar los Andes para llegar a las pampas argentinas, zona rica de promesas y meta de muchos emigrantes chilenos. Allá tratará de rehacer su hogar  y proteger y defender a sus pequeñas Laura y Amanda. Eran nuevos proyectos y sueños.

 

Las jornadas de caravana resultaban interminables; los distancias, inmensas; los caminos, poco menos que intransitables; los medios de transporte, animales de carga y nada más. De un pueblo a otro. Sin embargo, Mercedes sentía renacer en su corazón algo que creía muerto: la esperanza.

 

En La Lajas, ¡por fin! parecía haber encontrado el deseado trabajo, pero todo fue un espejismo. En la entrevista previa al contrato, una mujer le preguntó: ¿Es usted chilena? Y fue contestada: Sí, de Santiago. La mujer quedó como en suspenso. Observaba de reojo a Mercedes, y se dijo para sí: Es hermosa, joven, distinguida y parece culta. Mercedes alzó la mirada fijándola en su interlocutora. Había llegado hasta allí con ardiente esperanza en su corazón: trabajar con honestidad para resolver la difícil situación económica en la que se encontraba. Su único fin era que Laura y Amanda pudiesen crecer tranquilas y seguras. Pero en aquel momento empezó a sentirse más sola que nunca. Sola, sin apoyo, sin trabajo y en un país extranjero, en medio de peligros morales, en los cuales tal vez nunca había pensado.

 

Y La Lajas fue una etapa más -aunque la última- en el doloroso peregrinar. En Quilquihué consiguió colocarse como simple empleada. Pero su gran belleza no pasó desapercibida para el amo de la propiedad, Manuel Mora, y nada más llegar se enredó con éste aceptando sus proposiciones de convivencia y convirtiéndose en su amante.

 

Una clase de religión

 

En el colegio, sor Rosa era la encargada de la clase de religión. Tenía un modo especial, lleno de entusiasmo, para explicar la doctrina católica. Con su forma de hablar de Dios conseguía que las alumnas estuvieran atentas. Laura la escuchaba con verdadera fruición.

 

Y llegó un día en que la profesora trató del Matrimonio, el sacramento por el cual Dios asocia al hombre y a la mujer a su plan creador. Sor Rosa bien sabía que no era prematuro hablar de este tema a sus alumnas, porque por aquellos lugares y pueblos las chicas se casaban muy jovencitas y, además, por desgracia, abundaban las uniones libres. Lo mejor, por tanto, era afrontar a tiempo dicho tema, con claridad, delicadeza y valentía.

 

Laura, como de costumbre, prestaba atención a las palabras de la profesora. Cuando ésta explicó que la unión libre es pecado grave y que a Dios les disgustan mucho los que viven juntos sin estar casados, Laura quedó pensativa en un primer momento, pero inmediatamente después empezó a palidecer. Había comprendido demasiado bien una terrible realidad: su madre, el ser que más quería en este mundo, vivía en pecado mortal y estaba en grave peligro de condenación eterna.

 

La clase tuvo que interrumpirse por el desvanecimiento de Laura. Al verla caer, sus compañeras corrieron hacia ella con premura. ¿Qué te pasa, Laura?, le preguntaron, pero ella había perdido el conocimiento. Sor Rosa la llevó al dormitorio para tenderla sobre la cama y, una vez acostada, le dio a beber algo caliente. Toma, Laura, y descansa, le dijo.

 

Un deseo

 

Un buen día del año 1902, Merceditas Vera comentó a Laura que su hermana María quería hacerse hermana salesiana. Y como de pasada, añadió: Pero… no se lo digas a nadie, Laura, porque sabes, a lo mejor también yo un día… Ante aquella confidencia de su amiga, Laura le manifestó un deseo que desde hacía tiempo tenía. Ella también quería ser Hija de María Auxiliadora.

 

Quedaron las dos amigas en guardar el secreto. No era conveniente divulgar estos sueños a los cuatro vientos. Sabía que tendría que esperar aún algún tiempo. Pero la llama de vocación había prendido ya en el alma de Laura. Y bien decidida estaba de alimentar y de defender aquella llama, fruto de su amor a Dios y a la Virgen, con toda la fuerza de su alma.

 

Por fin, después de meditarlo mucho en su corazón, Laura se decidió a pedir ser admitida entre las postulantes de la congregación de las hermanas salesianas. Mas su petición no fue aceptada. La principal dificultad era obviamente la temprana edad de la aspirante, sin embargo, había otra razón que no era otra que la irregular situación familiar de su madre, pues en toda la aldea se sabía que vivía en concubinato con Manuel Mora.

 

Lo que sí consiguió Laura, con el permiso de su confesor, fue comprometerse a vivir los consejos evangélicos, pronunciando privadamente los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.

 

Mientras tanto llegó para Laura el momento de recibir el sacramento de la Confirmación. Monseñor Cagliero, obispo misionero y salesiano, estuvo unos días en Junín de los Andes predicando una misión, y aprovechó la ocasión para confirmar a los niños y adolescentes de la aldea.

 

Mercedes asistió a la ceremonia, pues además de Laura también se confirmaba Amanda. Con la alegría de ser confirmada, Laura recibió una nueva desilusión. Lo mismo que el día de su Primera Comunión, su madre no se confesó y, por tanto, se quedó sin comulgar.

 

La conducta de su madre le causaba una gran pena. Una vez la reprendió dulcemente: Mamá, no puedes vivir así con ese hombre. Cásate con él. Mercedes le contestó: Pero hija, no quiere casarse. Y la joven, cogiendo la mano de su madre y besándola, le dijo: Pues entonces vámonos de aquí, aunque sea pidiendo limosna por los caminos, pero dignas y decentes. La madre se echó a llorar, pero no se atrevió a dar ese paso definitivo, el de abandonar al amo.

 

Las vacaciones escolares

 

Al llegar el período de vacaciones, Laura y Amanda iban a Quilquihué a pasarlas con su madre. Allí en el campo ambas hermanas gozaban de la belleza del valle y del bosque, del alegre canto de los pájaros y de la hermosura de las flores. Para Amanda su felicidad no parecía tener límite cuando se encontraba en aquellas inmensas y verdes praderas, con caballos y otros animales. Quedaba deslumbrada con las riquezas del establecimiento y disfrutaba del aire puro y con los platos de comida tan sabrosos que le preparaba su madre. Y para Laura era un sitio donde podía rezar con más holgura a Dios y a la Virgen María, aunque sentía que la hacienda no tuviera capilla ni fueran sacerdotes para celebrar la Misa.

 

Mercedes se desvivía por sus hijas. Era una madre solícita, afectuosa, que rodeaba de mil atenciones a las dos niñas. Sin embargo, Manuel Mora las observaba con una especie de indiferencia, sin advertir, tal vez, el rechazo que producía en Laura.

 

Cuando llegaron por primera vez, a Laura le agradó aquel lugar de paz serena y  vida tranquila después de tantas andanzas. Pero según iba pasando el tiempo, cada año al llegar las vacaciones le costaba más ir a Quilquihué, y mucho más después de saber el motivo de aquel inesperado bienestar y del interés que el amo del establecimiento  demostraba a su madre. Él le ofrecía casa, comodidad para sí y para sus hijas…, pero a qué precio tan alto.

 

Con la fortaleza de Dios

 

Un año, cuando Mercedes acudió a Junín de los Andes a recoger a sus hijas para pasar juntos las vacaciones, observó cuánto había crecido Laura. Era ya una adolescente llena de belleza y con una madurez nueva. En Quilquihué, Manuel Mora, que en años anteriores no le había prestado atención, en esta ocasión la miraba insistentemente sin ahorrarse cumplidos. La encontraba tan encantadora, que empezó a requebrarla. Laura intuyó que una nueva lucha se acercaba, y una vez más le dijo al Señor: Quiero morir antes que ofenderte. Con la gracia de Dios se sentía fuerte.

 

El amo, creyéndola ingenua, pensó que sería una presa fácil y que en el primer asalto conseguiría sus propósitos. Minuciosamente preparó su plan. Con una excusa consiguió que Mercedes se alejara, a fin de quedarse solo con Laura. Entró en la habitación de ésta con una sonrisa maliciosa, seguro de su conquista, y acercándose a la adolescente, le dijo: Yo te quiero; y si te entregas en mis brazos, te haré reina de todas mis propiedades. Laura, serena, pero firme, se negó rotundamente, diciéndole: Eso no puede ser, e intentó huir, pero Manuel Mora la detuvo y le dijo: Ven aquí; yo soy el amo, y al amo se le obedece. Pero Laura, con la fortaleza de quien esta dispuesto a jugarse el todo por el todo, a fin de no perder su tesoro más sagrado, resistió con una tenacidad superior a sus fuerzas. A pesar del poderío brutal del hombre, consiguió librarse y escapar. El hacendado salió de la habitación encolerizado, murmurando entre dientes: He doblegado a la madre, también doblegaré a la hija. Su lujurioso deseo era tener dos amantes, la madre y la hija.

 

En la desigual lucha la niña salió victoriosa. La fuerza de la oración que Laura practicaba en todo momento con mucho recogimiento, le permitió resistir la tentación y conservar el encanto de la pureza. Ahora ya sabía que la fidelidad al Amor podría costarle la vida, pero ¿qué importa? El amor vale más que la vida.

 

Manuel Mora, furioso, sintiéndose humillado, no estaba dispuesto a abandonar la pelea. ¡Había sido tan fácil doblegar a Mercedes! ¿Cómo era posible que Laura pudiera resistirle? Esperaría una próxima ocasión para un nuevo asalto.

 

Fiesta en la estancia

 

Y la ocasión esperada por el amo fue la fiesta anual de la hacienda. Con motivo de marcarse a hierro candente a los potros, se organizaba todos los años una gran cena para todos los sirvientes y jornaleros. La cena era espléndida: diversos fritos, carne de ternera asada y pasteles, todo ello regado con buen vino y delicioso café. Después, comenzaba a sonar la música y se organizaba el baile, en un ambiente eufórico y bullanguero.

 

Mientras se preparaba la fiesta, todo el establecimiento estaba en movimiento. Laura, sin embargo, presentía un nuevo ataque. Mora no se le había acercado ya más, pero la joven se daba cuenta que aquella tregua era simplemente una táctica preparatoria para asaltarla de nuevo.

 

Con una noche sumamente agradable, comenzaron los festejos. Entre los participantes, Mercedes y sus dos hijas. ¡Dios mío, dame fortaleza! ¡Madre mía, soy tu hija, ayúdame!, con estas palabras Laura se dirigía al Cielo para vencer en el difícil combate que iba a sostener.

 

Bien pronto, los ojos del amo se fijaron en la hermosura de la adolescente. Lleno de galantería se le acercó para invitarla a bailar. Ella, con firmeza, se negó: No, señor. Pero Mora, persuasivo y sonriente, insistió nuevamente. Y por segunda vez fue obtuvo una respuesta negativa por parte de la chica. La sonrisa del hacendado se transformó en una mirada convulsionada. Todos los presentes en la fiesta quedaron perplejos, y muchos, contentos, con el rechazo persistente de Laura a las exigencias perversas del amo.

 

Manuel Mora, cegado por la ira y por la humillación, la expulsó de la fiesta. ¡Muchacha! Vete de aquí, a vivir con los perros. ¡Ése es tu lugar. Mercedes había contemplado la escena angustiada, llena de temor. Conociendo bien a Mora, sabía que éste era capaz despedirlas a ella y a sus hijas de la hacienda. Saliendo del salón, y acercándose adónde Laura estaba, le animó a bailar con el amo, diciéndole: ¿Cómo es eso, Laura? Un baile no es pecado. ¡Mora está furioso! ¡Acéptalo! Hazlo por mí y por Amanda, de otra manera se va a desquitar con toda dureza. Pero Laura se mantuvo firme. No, madre; luego, después del baile querrá otra cosa, y mi dignidad no me lo permite.

 

De vuelta al baile, Mercedes vio como la rabia de Mora fue a descargar sobre ella. Al verla, de manera grosera, le exigió que convenciera a Laura para que bailara con él. La madre, convencida de la firmeza de la chica, le comentó que su hija jamás lo hará. Él, iracundo, le dijo: ¿Así me pagas, cuando a las tres os he sacado del hambre y la miseria? Mercedes le contestó: Te lo pagamos con nuestro trabajo.

 

Manuel Mora, enfurecido por la negativa de Laura a satisfacer sus obscenos caprichos, fue al lugar donde ésta estaba y con un látigo la golpeó brutalmente; la joven, caída en el suelo, exclamaba con lágrimas en los ojos: Tened piedad. Pero el amo aún la amenazó con marcarla con el hierro candente con el que se herraba a los terneros y potros.

 

En represalia, Mora se negó a dar dinero a Mercedes para pagar el colegio de las niñas. Laura, consciente del peligro que suponía para ella permanecer en Quilquihué, le pidió a su madre: Mamá, no quiero estar más aquí. Lo que quiero es volver al colegio. Mercedes no tuvo más remedio que explicar a su hija que ya no contaba con dinero para pagar la pensión del colegio. Pero Laura no se dio por vencida: Mamá, habla con las Hermanas, y verás como todo se arregla. Y efectivamente, las religiosas salesianas dijeron a Mercedes que Laura podía estar en el colegio gratuitamente.

 

Ofrecimiento de su vida

 

Muy preocupada por la salvación del alma de su madre y dada la inutilidad de sus esfuerzos -varias veces la había invitado infructuosamente a romper la relación pecaminosa con el terrateniente-, el 13 de abril de 1903 Laura se decidió a ofrecer su vida por la conversión de su madre. Antes lo había consultado con su confesor, el padre salesiano Crestanello. Éste, cuando la joven le manifestó su propósito, se quedó pensativo. Laura era todavía una niña, pero tenía ya la madurez necesaria para saber lo que quería, y sufría en el secreto de su corazón por el amancebamiento de su madre con Manuel Mora.

 

Durante un buen rato, don Crestanello estuvo perplejo, pero ante la insistencia de Laura para que bendijera su ardiente deseo, le dijo: ¿Lo has pensado bien, Laura? Mira que es eso es muy serio. Dios puede aceptar ese ofrecimiento tuyo por la salvación de tu madre y te puede llegar la muerte muy pronto. La adolescente no dudó en dar aquel paso. Sabía por experiencia que siempre Dios la tomó en serio y que había sido exigente con ella. Y por otra parte, ella le había respondido siempre con un sí generoso, aun en los momentos en que la fidelidad requería dolor y sacrificio. En la capilla del colegio Laura, con toda sencillez, ofreció su vida por la salvación de su madre: Señor, que mi madre abandone a Manuel Mora, y que vuelva a Ti; daré mi vida por la suya.

 

Enfermedad y muerte

 

A los pocos días llegó la respuesta de Dios. Unos días de lluvia torrenciales hicieron que los habitantes de Junín de los Andes observaran con inquietud el crecimiento del caudal del río Chimeuin. Éste ruge amenazador, hasta que se desbordó inundando la población con agua helada y fangosa. El colegio de la Hijas de María Auxiliadora no se salvó de la riada y las alumnas con sus profesoras tuvieron que refugiarse a una casa situada en la ladera de una montaña.

 

El frío y la humedad les penetraban a los allí refugiados por todo el cuerpo. Las pequeñas estaban llenas de temor. Al cabo de cuatro días pudieron volver al colegio, pero encontraron a éste completamente lleno de barro. Las alumnas mayores se prestaron a limpiarlo. Laura, que durante la inundación del colegio pasó largas horas sacando a las niñas más pequeñas del peligro, adquirió una dolorosa enfermedad en los riñones. Y para colmo de males, el invierno fue crudo y se prolongó más de lo acostumbrado.

 

Laura se fue poniendo cada vez más pálida y quedando sin fuerzas. A pesar de los cuidados que tenían con ella, cada día empeoraba más, con dolores intensísimos y vómitos continuos. Su vida se iba apagando y ella lo sabía. Sin ninguna queja, repetía a Dios su ofrecimiento: Señor: que yo sufra todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve. El padre Crestanello, al ver el curso de la enfermedad, comprendió que Dios había aceptado el sacrificio de la joven.

 

Mercedes del Pino, al ver a su hija enferma, la trasladó a Quilquihué pensando que el aire sano del campo la haría bien. Después de uno días en la hacienda vio más conveniente llevarla de nuevo a Junín por la mayor facilidad de ser visitada por el médico y de conseguir medicamentos. Allí alquiló una casa.

 

La enfermedad de Laura avanzaba inexorablemente. Cada vez su rostro estaba más pálido y demacrado. Un día apareció en la pequeña casa Manuel Mora. Sus intenciones son perversas. Trató brutalmente de que Laura se le entregara a él. La sacó de la cama, la zarandeó, la cogió con dureza, la golpeó y le gritó: Te aplastaré. Y con un violento movimiento la tiró al suelo. Pero la joven, una vez más, venció, y el amo no tuvo más remedio que salir de la habitación enfurecido y lleno de odio y lujuria contra Laura, porque no se había entregado a él.

 

Viendo próxima su muerte, llamó a su madre para decirle: Mamá, quiero hablar contigo. Yo pedí a Dios que a cambio de mi vida tú te arrepintieras de convivir en pecado con el amo, y Dios ha aceptado mi ofrecimiento. Antes de que muera, me darías mucha alegría si te reconcilias con el Señor. La madre se echó a llorar, y decía: Desdichada de mí, yo soy la culpable de la muerte de mi hija. Te juro, Laura, que haré lo que me pides. Señor, perdóname. Iré a la iglesia y me confesaré, abandonaré a ese hombre.

 

Durante su enfermedad, Laura recibió frecuentemente las visitas de las hermanas salesianas. A las religiosas le agradeció sus cuidados, diciéndoles: Nos veremos en el Cielo, y a María Auxiliadora le contaré todo el bien que he recibido de ustedes.  También el padre Crestanello acudió a verla. Antes de despedirse le dijo que tenía que irse a Santiago, pero que el padre Genghini le administraría la extremaunción y le traería el viático.

 

Al acercarse el fin, Amanda, toda llorosa, se abrazó a su hermana y ésta le dijo serenamente: No llores, querida Amanda; no te digo adiós, te digo hasta pronto, hasta el Cielo. Cuida de mamá. Respétala y ayúdala siempre. Sé buena y caritativa con todos. Sé fiel al Señor.

 

Un poco antes de morir, Laura pronunció estas sencillas palabras: Gracias, Jesús; gracias, Virgen María. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 22 de enero de 1904.

 

Fue sepultada al pie del Cerro de la Cruz, primer cementerio de Junín de los Andes. Más tarde, en 1937, sus restos fueron trasladados al cementerio de la Avenida Neochea. Y desde 1958, descansan en la capilla de las Hijas de María Auxiliadora en Bahía Blanca (Argentina).

 

La conversión de la madre

 

Muerta su hija, Mercedes del Pino se reconcilió con Dios, confesándose. El mismo día del entierro, junto al féretro de Laura, cumplió la promesa que había hecho a ésta. Para ella también comenzaba una nueva vida. Aunque no era fácil romper la cadena que le tenía atada a Mora -ello significaba de nuevo la soledad, la incertidumbre, la pobreza y la persecución-, lo hizo.

 

Pero el amo, brutal y matón como siempre, no se dio por vencido y la amenazó con una pistola si se marchaba de la estancia. Mercedes, sintiéndose fuerte y decidida, resistió. Se sentía en paz con Dios y esto valía más que cualquier riqueza. Una noche, amparada por la oscuridad, Mercedes huyó de Quilquihué. Su hija Amanda se quedó en el colegio bajo la custodia de las Hijas de María Auxiliadora. Poco tiempo después, Amanda contrajo matrimonio.

 

Al día siguiente, Mora la buscó furioso para conducirlo de nuevo a la hacienda, pero su búsqueda resultó infructuosa. Mercedes tuvo que cambiarse de nombre y salir disfrazada de aquella región para verse libre del hombre que la perseguía. Cruzó la cordillera de los Andes para establecerse en Chile. Volvió sola, pero sin sentirse abandonada porque había vuelto a encontrarse con Dios. Y fiel a lo que prometió a Laura, vivió el resto de su vida santamente.

 

Beatificación de Laura Vicuña

 

La causa de beatificación de Laura Vicuña se inició en Roma el 25 de febrero de 1982. No pudo introducirse antes por el problema que suponía en la época de su muerte la corta edad de la candidata de los altares. En efecto, la Iglesia, antes de declarar la santidad de una persona, exigía que se demostrase que el siervo (o la sierva) de Dios había practicado durante un conveniente período de tiempo las virtudes teologales y cardinales en grado heroico. Esto, en la práctica, excepto en los casos de martirio, excluía la posibilidad de que los niños y adolescentes fuesen beatificados o canonizados, pues por su breve vida no podía existir un largo período de tiempo de esfuerzo en el perfeccionamiento moral.

 

El precedente de santo Domingo Savio, muerto a los quince años y canonizado en 1954, hizo desbloquear la situación y que la Congregación para las Causas de los Santos admitiera procesos de otros niños y jóvenes. Por tanto, se pudo llegar a la instrucción del proceso de una muchacha menor de trece años como era el caso de Laura. Reconocida la heroicidad de las virtudes de la joven andina, fruto de la pedagogía salesiana, el 5 de junio de 1986, fue beatificada por Juan Pablo II el 3 de septiembre de 1988, en la Colina de las Bienaventuranzas Juveniles de Castelnuovo (Turín), donde había nacido san Juan Bosco.

Apóstol de mártires (San Sebastián)

 

Vidas de santos

 

Apóstol de mártires

San Sebastián

 

Militar de profesión

 

Sebastián nació en la ciudad de Narbona, siendo su padre originario del Languedoc, en la Galia, y su madre, de Milán. En esta última ciudad recibió educación esmerada en la religión cristiana, que ya profesaban sus padres.

 

Desde joven sintió inclinación por la vida militar. Su dulzura, su prudencia, su apacible genio, su generosidad y otras bellas cualidades que poseía hicieron que pronto fuera conocido en la Corte imperial. Alcanzó el grado de centurión o capitán de cohorte de la guardia pretoriana, rango que normalmente sólo se concedía a personas de ilustre prosapia.

 

Fortaleza en la fe

 

Sebastián fue un cristiano fervoroso, pero no iba proclamando su condición cristiana, sino que procedió con un sentido muy exacto de la discreción, que le permitió intervenir en favor de sus hermanos en la fe, necesitados de su auxilio siempre oportuno. De esta forma pudo socorrer y alentar a los cristianos perseguidos y a los que estaban en los calabozos. En este quehacer empleó muchas de sus energías y bienes, sin perdonar trabajos ni fatigas.

 

Mantuvo a muchos que titubeaban en los tormentos y fortaleció a no pocos que flaqueaban a la vista de los suplicios. Era apóstol de los confesores y de los mártires.

 

Cuando fueron apresados los hermanos Marcos y Marcelino a causa de su fe católica, y después de haber soportado heroicamente la tortura, iban a ser degollados, he aquí que su padre Tranquilino y su madre Marcia, ambos gentiles, acompañados de las mujeres e hijos de los confesores de la fe en Cristo, se echaron a los pies de Cromacio, prefecto de Roma, y con ruegos y lágrimas obtuvieron de él que aplazase la ejecución por espacio de un mes.

 

Durante este período de tiempo aquellos familiares de los dos hermanos pusieron todos los medios para que Marcos y Marcelino renegasen de la fe cristiana y de esta forma conservar la vida. Éstos vacilaron ante tantas súplicas y gemidos de sus seres más queridos. Lo advirtió enseguida Sebastián que los visitaba con frecuencia, y consiguió de Dios sostener los ánimos de los dos hermanos que ya comenzaban a flaquear. Y además convirtió a la fe cristiana a Nicóstrato, oficial de Cromacio, y a su mujer Zoé, a Claudio, alcaide de la cárcel, a sesenta y cuatro presos, lo que es más admirable, al padre, a la madre, a los hijos y a las mujeres de Marcos y Marcelino.

 

Conversiones

 

Tan admirables conversiones no se produjeron sin milagro. Zoé que estaba muda desde hacía ya bastante tiempo, recobró el uso de la lengua cuando Sebastián hizo la señal de la cruz sobre su boca. Los neófitos que padecían alguna enfermedad o indisposición corporal, recibieron la salud del cuerpo al mismo tiempo que por el bautismo lograban la del alma.

 

Pero el mayor de todos los prodigios fue la conversión de Cromacio. Éste mandó llamar a Tranquilino para saber si sus hijos se habían dejado persuadir de sus súplicas y lágrimas. Sorpresa grande se llevó cuando supo que el mismo Tranquilino se había hecho cristiano.

 

Mis hijos son dichosos, y yo también lo soy desde que Dios me abrió los ojos del alma para conocer la verdad y la santidad de la religión cristiana, fuera de la cual no hay salvación, dijo Tranquilino.

 

¿Con qué tú también al cabo de tus años te has vuelto loco?, le interrumpió Cromacio.

 

No, señor, antes bien nunca tuve entendimiento ni juicio hasta que logré la dicha de ser cristiano. Porque no hay mayor locura que preferir, como yo lo había hecho aquí, y como tú lo estás haciendo el día de hoy, el error a la verdad, y la muerte eterna a una vida de felicidad sin fin, respondió el anciano.

 

Y ¿te atreverás a probarme concluyentemente la verdad de la religión cristiana?, le preguntó el prefecto.

 

Sí, con tal que quieras prestar oídos dóciles y humildes a las palabras de Sebastián y  mías.

 

La conversación no duró mucho. Cromacio convencido pidió a Sebastián que le curase de una dolencia que padecía, pues tenía noticias de las curaciones milagrosas de Tranquilino, de Zoé y de otros que habían recibido el bautismo. Sebastián le puso tres condiciones: la fe, el bautismo y destruir todos los ídolos de su jardín y de su palacio.

 

Cromacio aceptó. Se convirtió, y con él, toda su familia. Y también cuatrocientos esclavos suyos recibieron el bautismo y fueron puestos en libertad. Destruyó más de doscientos ídolos. Pero no se curó. Al quejarse a Sebastián, éste le preguntó: ¿Pero has destruido todos los ídolos? Cromacio respondió afirmativamente. Entonces Sebastián le dijo: Sin embargo, has conservado un amuleto de cristal que aprecias mucho y es muy valioso: por eso Dios no te ha concedido la curación.

 

Poco después, Cromacio rompió el amuleto y quedó curado de su dolencia.

 

Doble martirio

 

Días después, la persecución contra los cristianos se hizo más intensa. Se vio la conveniencia que Cromacio, después de haber renunciado al cargo público que tenía, se retirase a la campiña, donde su casa sería asilo de los fieles perseguidos. Todos los cristianos persuadían a Sebastián que también se fuese de Roma, pero él prefirió quedarse en Roma para animar y socorrer a los muchos fieles que estaban en las cárceles. El papa Cayo le dijo estas palabras: Quédate en buena hora, hijo mío, en el campo de batalla; y en traje de oficial del Emperador sé glorioso defensor de la Iglesia de Jesucristo.

 

Pronto se vio cuán necesaria era su presencia para el socorro y aliento de los mártires. En muy poco tiempo dieron su vida por Cristo: Zoé, Tranquilino, Nicóstrato, su hermano Castor, Claudio, el alcaide de la cárcel, su hijo Sinforiano, y su hermano Victoriano, el hijo de Cromacio ‑Tiburcio‑, Castulo, Marcos y Marcelino.

 

Sebastián se mantuvo en su lugar, pero cuando los hechos no pregonados, pero tampoco ocultados, terminaron por levantar sospechas sobre su condición, la misma discreción con que supo siempre actuar le forzó a confesar con sus palabras lo que con sus gestos hacía tiempo que profesaba.

 

Un infeliz apóstata dio parte al sucesor de Cromacio en la Prefectura de Roma de la condición cristiana de Sebastián. Y que era él el que convertía a los gentiles, y el que mantenía en la fe a los cristianos. El Prefecto no se atrevió a arrestarle, por el elevado empleo que ocupaba en la Corte, hasta dar parte al Emperador, informándole de la religión y del celo ardiente del primer capitán de sus guardias.

 

Asombrado Maximiano, mandó traer a su presencia a Sebastián, y con expresión violenta le recriminó su ingratitud por haber intentando atraer la cólera de los dioses contra el Emperador y contra el Imperio, introduciendo hasta en la misma casa imperial una creencia tan perniciosa al Estado.

 

Sebastián, con tranquila dignidad y con el mayor respeto, confiesa su fe en Cristo. Y a continuación dijo que a su modo de entender no podía hacer servicio más importante al Emperador y al Imperio que adorar a un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar a su deber por el culto que rendía a Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al Príncipe y al Estado como tener vasallos fieles que, menospreciando a los dioses falsos, hiciesen oración incesantemente al Creador del universo por la salud del Emperador y del Imperio.

 

Las palabras de inocencia y honradez que pronunció Sebastián son completamente inútiles. Irritado el Emperador mandó al instante, sin otra forma de proceso, que Sebastián fuese asaeteado por los mismos soldados de la guardia. Aun así, el capitán de la guardia pretoriana agradeció al que le había delatado la oportunidad que le brindaba de morir por Cristo.

 

Para cumplir la sentencia del César condujeron a Sebastián al estadio del Monte Palatino. Allí fue asaeteado por sus mismos soldados. Dándolo por muerto, es abandonado atado al árbol del suplicio. Los cristianos van a recoger su cuerpo y descubren con admiración y gozo que aún tiene vida. Una ilustre romana, la matrona Irene, viuda del mártir Castulo, lo oculta en su casa y cuida de sus heridas hasta que se restablece plenamente.

 

Una vez restablecido, Sebastián -conocedor ahora en carne propia de las inmensas dificultades y atroces tormentos a que son sometidos los cristianos, sin amilanarse lo más mínimo, se siente llamado a dar una prueba más de reciedumbre y entereza cristianas- fue a buscar al Emperador, y en el lugar llamado Mirador de Eliogábalo, comparece espontáneamente ante él para interceder a favor de los cristianos.

 

¿Es posible, señor, que eternamente os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que perpetuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles y que a solas sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades, le dice con valor y respeto.

 

Atónito Maximiano al ver y al oír hablar a un hombre que ya tenía por muerto, le pregunta: ¿Eres tú aquél mismo Sebastián a quien yo mandé quitar la vida, condenándole a que fuese asaeteado? Y ésta fue la respuesta del antiguo capitán de la guardia pretoriana: Sí, señor, el mismo Sebastián soy; y mi Señor Jesucristo me conservó la misma vida, para que en presencia de todo este pueblo viniese ahora a dar público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor a los cristianos.

 

El Emperador reacciona coléricamente ordenando que fuese allí mismo apaleado hasta que muriese. Orden que cumplida al momento. Este segundo y definitivo martirio tuvo lugar en el año 304.

 

Veneración al santo mártir

 

Queriendo los paganos impedir que se diese sepultura al cuerpo del mártir que Dios lo distinguió con el mérito  de un doble martirio, lo arrojaron a una cloaca de la ciudad. El cuerpo quedó milagrosamente suspendido de un garfio, sin caer al fondo ni ser arrastrado por las aguas negras. El mismo Sebastián se apareció aquella misma noche a una dama virtuosa, llamada Lucina, para que recogiera su cuerpo.

 

Lucina recuperó aquella sagrada reliquia y el cuerpo fue sepultado en un cementerio subterráneo de la Via Apia romana, que hoy lleva el nombre de Catacumba de San Sebastián.

 

A partir de su martirio se empezó a dar culto a Sebastián. Durante la peste mortífera de Roma (año 608) fue invocada su protección particular y desde entonces la Iglesia universal ve en él al abogado especial contra la peste, y en general se le considera como gran defensor del Iglesia. Muchas ciudades han acudido a su patrocinio eligiéndole como Patrón de la ciudad, como la que lleva su nombre en Vascogandas, Huelva, Palma de Mallorca, Antequera y otras muchas.

Un enamorado de la Eucaristía (San Manuel González García)

Vidas de santos

Un enamorado de la Eucaristía

  San Manuel González García

Un deseo

Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadle abandonado! Madre Inmaculada, San Juan, Santas Marías, llevad mi alma a la compañía eterna del Corazón de Jesús en el cielo. Estas palabras fueron escritas por monseñor González García para que fueran el epitafio de su sepulcro: una petición y un mensaje, centrados en el amor eterno de su alma: Cristo, oculto y vivo en la Sagrada Eucaristía.

En junio de 1993, el papa Juan Pablo II, con motivo de la clausura del XLV Congreso Eucarístico Internacional, hizo referencia a este enamorado de Cristo Sacramentado: Aquí en Sevilla es obligado recordar a quien fue sacerdote de esta Archidiócesis, arcipreste de Huelva, y más tarde obispo de Málaga y de Palencia sucesivamente: Don Manuel González, el Obispo de los sagrarios abandonados. Él se esforzó en recordar a todos la presencia de Jesús en los sagrarios, a la que a veces, tan insuficientemente correspondemos. Con su palabra y con su ejemplo no cesaba de repetir que en el sagrario de cada iglesia poseemos un faro de luz, en contacto con el cual nuestras vidas pueden iluminarse y transformarse.

Seise en la catedral de Sevilla

Manuel González nació en Sevilla, al tiempo de la Restauración monárquica, el 25 de febrero de 1877, y fue bautizado seis días después en la parroquia de San Bartolomé y de San Esteban. Recibió por vez primera a Jesús en la Hostia Santa el día 11 de mayo de 1886, y el sacramento de la Confirmación, el 5 de diciembre del mismo año. Hizo sus primeros estudios en el colegio catedralicio de San Miguel, donde se formaban y estudiaban los famosos seises de Sevilla. En aquella etapa de colegial fue imprimiéndose en su alma el amor a la Virgen Inmaculada y la devoción al Santísimo Sacramento. Además siente la llamada de Dios y quiere ser sacerdote. Cuando tenía doce años, en octubre de 1889, ingresa en el Seminario. El 21 de septiembre de 1901 recibió la ordenación sacerdotal de manos de su arzobispo, don Marcelo Spínola, que hoy día es venerado en los altares como beato.

Arcipreste de Huelva

El 1 de marzo de 1905 don Manuel es nombrado cura ecónomo de la parroquia de San Pedro de Huelva. Y tres meses más tarde, arcipreste de la capital del Tinto y del Odiel. Según diría tiempo después era Huelva una ciudad por aquel entonces agria como sus ríos mineralizados, más laica que cristiana, más agria que dulce. Al final de sus días, comentó de sus diez años en la capital onubense: Constituyen el fin de mis afanes, la ocupación y preocupación de mi ministerio y el más dulce de mis consuelos espirituales.

Al llegar a su nuevo destino experimentó una inmensa desolación. Huelva era entonces, en términos pastorales, una ciudad difícil. Los sectores hostiles a la Iglesia Católica habían hecho una siembra abundante de cizaña en medio de una escasa cosecha de trigo. La acción conjunta del laicismo masónico, las injusticias sociales, la influencia protestante, y los brotes violentos del extremismo anticlerical, había debilitado de forma alarmante la vida religiosa de la ciudad. Y además, había que añadir las divisiones entre los católicos y la relativa indolencia de quienes estaban obligados al cultivo intenso de la piedad. Como consecuencia de todo esto, la indiferencia religiosa era creciente y llamativa. Encontró don Manuel por todas partes caras agrias, huidizas. Los transeúntes le negaban el saludo, aunque para ello fuera necesario cambiar de acera. Y para colmo, los niños, en su agresividad, le llegaron a apedrear.

Cuando fue por primera vez a su nueva parroquia, aún de madrugada, encontró cerradas las puertas de la iglesia. No estaba el sacristán, el cual llegó -y sin prisas- a las ocho. Al ser interrogado por el joven sacerdote por la tardanza, la respuesta fue desoladora: ¡Cómo se conoce que es usted novicio! Aquí la gente no madruga y los de la iglesia, ¿por qué vamos a madrugar? El párroco hizo saber al sacristán que a partir de aquel día él mismo se encargaría de abrir el templo.

Sólo tres mujeres asistían a la misa del alba. Comuniones, ninguna. Confesiones, ni por asomo. Por más que se sentaba en el confesionario, en vano esperaba la llegada de penitentes. ¡Y la Parroquia de San Pedro tenía 20.000 feligreses!

Le refirió a don Marcelo Spínola, en la primera visita que hizo a su arzobispo ya como párroco de San Pedro, las primeras impresiones de su estancia en Huelva y le contó como los chiquillos le tiraban piedras, y casi siempre con buena puntería. El ya cardenal Spínola ‑desconcertado‑ le preguntó: Y ¿qué hace usted cuando le tiran piedras? -Pues sencillamente torearlas, respondió con desenvuelta metáfora taurina. Me vuelvo hacia mis apedreadores y ando hacia atrás y así puedo ir hurtando el cuerpo y sobre todo la cabeza a las “almendras” con que me regalan mis nuevos y menudos feligreses.

Labor de buen pastor

Ante aquel panorama, en medio de aquella selva de odios, indiferencias, aislamientos y peligros de la vida del cuerpo y del alma, no acababa de obtener respuesta decisiva y clara, pero no se amilanó. Nada de cruzarse de brazos ni de ceder al desaliento, ni de lamentos inútiles. Puso su confianza en Dios, empezó a trabajar y, sobre todo, rezó. ¡Cuantas horas largas de oración fecunda, silenciosa, estuvo ante el Sagrario de su parroquia! Del trato filial con Dios sacaría las fuerzas. Sabía que contaría con la ayuda todopoderosa del Señor para hacer frente al poder de las tinieblas. Y en el Sagrario buscaba la potencia divina del Salvador, la presencia del Padre omnipotente y el impulso del Espíritu Santo.

En primer lugar, después de planificar su horario de misas y confesiones, se dedicó a atender a los católicos onubenses practicantes, a los de dentro, intensificando la gran arma de la evangelización, la predicación. Aprovechó el tiempo litúrgico de la cuaresma para organizar una tanda abierta de ejercicios espirituales. Preparó con sumo cuidado las homilías de los siete domingos de San José, en los cuales el número de los asistentes a Misa y de las comuniones crecía, y los sermones de la Semana Santa.

Una vez atendidos a los fieles practicantes, el siguiente paso fue salir en busca de los que estaban alejados. Y como el padre de la parábola evangélica amaba y atendía por igual y al mismo tiempo al hijo pródigo y al hijo mayor, al que se fue y al que se quedó.

Especial atención dedicó a los feligreses enfermos, empleando las primeras horas de la tarde para visitarlos. Si eran buenos católicos, para confirmarlos en el valor apostólico y purificador de la enfermedad cuando se acepta. Si vivían alejados de la práctica religiosa, para atraerlos. En uno y en otro caso, para llevarles consuelo y ayuda. Es muy buena cátedra ‑escribió‑  la cabecera de un enfermo y son muy buena recomendación la amabilidad y dulzura con que se le trate.

Los niños

Desde el primer momento su desvelo pastoral estuvo encaminado a la catequesis de los niños, pues la  infancia  estaba abandonada espiritualmente. El alma de los niños había sido envenenada por el mal ejemplo de los mayores y por la espesa niebla del odio. Los niños no acudían a la iglesia, no recibían formación cristiana, huían del cura. Y don Manuel decidió salir en su busca como un padre, sin ira, con cariño, olvidando pedradas pasadas y recientes, y siempre sonriendo. Y el panorama cambió. Roto el hielo y el odio, los niños comenzaron acercándose al párroco, y él les fue instruyendo en la fe. Y aquellos chaveas acabaron por ir a la iglesia. Todas las tardes, después de visitar a los enfermos, el párroco se dedicaba a charlar con los niños. Y a jugar con ellos. Y a reírse.

Este desusado acercamiento del sacerdote a la chiquillería levantó algunas críticas amistosas. Para algunos había que mantener siempre la distancia propia de la dignidad de un arcipreste. Y éste, contestaba, sin perder el buen humor: Pero, señores, ¿en qué canon se les manda a los curas el tener cara de juez? En otra ocasión iba acompañado de uno de estos amigos que le había criticado su forma de tratar a los niños. Llegaron a un corralón y enseguida acudieron los rapaces. Don Manuel les mostró una estampa del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Quién es Éste?, preguntó. ¡El Corazón de Jesús!, respondieron los críos. ¿Le queréis?, indagó el sacerdote. ¡Mucho!, gritaron todos. Dirigiéndose a su amigo, añadió el párroco de San Pedro: Porque estos niños conozcan al Corazón de Jesús y le tiren besos, soy yo capaz de ir a la China, si fuera preciso.

En la catequesis procuró inculcar en el alma de los niños el amor a Jesús Sacramentado. Una vez interrumpió su explicación del catecismo para preguntar a los golfillos por qué había que comulgar, recibir con frecuencia al Señor. Muchos permanecieron callados, otros dijeron tonterías. Por fin, un gitanillo,  con churretes por la cara, dijo: Porque “pa” quererlo hay que “rosarlo”.

Otro día, pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso del Evangelio. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Para la educación de los niños abandonados y perdidos en el clima de ociosidad, ignorancia, odio y perversión, ideó una gran operación escolar, que, en relativamente poco tiempo, se hizo realidad. Y surgieron las primeras Escuelas, las del barrio de San Francisco, y, más tarde, las Escuelas del barrio de El Polvorín.

Y los frutos no tardaron en llegar, según se pone de manifiesto en dos anécdotas contadas por el propio arcipreste:

Una tarde, un grupo de niños entraba y salía con frecuencia en la iglesia que está junto a las Escuelas. Más que jugar parecía que estaban ganando el Jubileo.

‑¿Qué hacéis, chiquillos, entrando y saliendo tanto de la iglesia?

‑Estamos haciéndole al Corazón de Jesús unas cuantas visitas para que le duren toda la noche.

La otra tiene lugar en la parroquia. Don Manuel se pasea por el porche, cuando dos niños de las Escuelas se le acercan con algo de timidez y dubitativos. El arcipreste les pregunta:

‑¿Qué traéis con ese aire de parlamentarios?

‑Que queríamos que nos diera usted permiso para pasar toda la noche en el Sagrario.

‑Chiquillos, ¡toda la noche!

‑Sí, señor; ya tenemos permiso de nuestras madres y traemos aquí en el bolsillo pan y queso para comérnoslo antes de las doce. Y vendrán con nosotros Fulano y Zutano, hasta nueve.

 

No hubo más remedio que ceder. Allí  se quedaron  en vela de amor junto al Sagrario de su Escuela ¡toda la noche! y con ellos algunos de sus maestros. Los golfillos se iban convirtiendo en ángeles adoradores de la Eucaristía.

Con gozo pudo testimoniar don Manuel: De aquellos barrios misérrimos surgieron a los pocos años vocaciones religiosas y cuatro muchachos en la adolescencia morían como podrían  morir los ángeles si estuvieran sujetos a la muerte.

Muchas eran las actividades apostólicas que desarrollaba simultáneamente y todas ellas sin excepción con una nota común: el amor y el servicio a los pobres desde la fe y el ministerio sacerdotal. Estaba bien sensibilizado por las cuestiones sociales. Cuando en 1913, con un invierno durísimo que azotó a la población y los ríos Tinto y Odiel  desbordados, y para colmo de males, los mineros que se declaran en huelga por tiempo indefinido, hizo su aparición el jinete apocalíptico del hambre, el arcipreste se lanzó literalmente en persona a la calle para mendigar. Ordenó que en las Escuelas se dieran vales de comida a todos los niños de quienes se sepan pasan hambre en sus casas. Organizó peticiones de ayuda en las calles, que él mismo dirigió, acompañado de un buen número de feligreses.

Alma de Eucaristía

La gran pena de su corazón era la triste situación del Señor Sacramentado en muchísimos Sagrarios. Él, que ha pedido siempre en favor de los niños pobres y para los pobres abandonados, un día ‑4 de marzo de 1910‑ habla a un grupo de mujeres de la feligresía en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Abandonado y pobre por el tratamiento y el olvido con que los hombres le desatendemos. Su voz se hace fuego porque quiere quemar el corazón de sus oyentes. Hay pueblos, y no creáis que allá entre los salvajes, hay pueblos en España en los que se pasan semanas, meses, sin que se abra el Sagrario; y otros en los que no comulga nadie, ni nadie visita el Santísimo Sacramento; y en muchísimos, si se abre es para que comulgue alguna viejecita del tiempo antiguo. ¿Qué mayor abandono que estar solo desde la mañana a la noche y desde la noche a la mañana? (…) Jesucristo en el Calvario, abandonado de Dios y de los hombre por quienes se inmola, ¿no se parece mucho al Jesucristo del Sagrario abandonado, no de Dios, que lo impide su estado glorioso, pero sí de los hombres por quienes se inmola constantemente? Si hay alguna diferencia es desfavorable para su vida de Sagrario. En el Calvario siquiera había unas Marías que lloraban y consolaban; en esos Sagrarios de que os he hablado, ¡ni eso hay!

Y con fuerza hace un llamamiento, una invitación urgente, radical, incitante: Yo no os pido ahora dinero para niños pobres, ni auxilio para los enfermos, ni trabajo para los cesantes, ni consuelo para los afligidos; yo os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado; un poco de calor para esos Sagrarios tan abandonados; yo os pido por el amor de María Inmaculada, Madre de ese Hijo tan despreciado, y por el amor a ese Corazón tan mal correspondido, que os hagáis las Marías de los Sagrarios abandonados. Y la respuesta afirmativa no se hizo esperar en aquellas almas que le escuchaban.

Las Marías de los Sagrarios

Aquel 4 de marzo se había puesto el germen inicial de la Asociación Las Marías de los Sagrarios. Fue su principal obra, dedicada a la adoración de Cristo Sacramentado. El objetivo esencial era procurar que no hubiera ningún Sagrario abandonado.

Si en el Calvario estuvieron las Marías, también estuvo iuxta crucem Iesus, Juan, el discípulo amado. Estaba, pues, claro que la Asociación debía extenderse también a los varones. Y éstos, nuevos Juanes, también acompañarían a Jesús en los Calvarios eucarísticos. En 1913 el arcipreste pudo decir con gozo que de los diez Sagrarios que había Huelva, en siete de ellos el Señor estaba acompañado todo el día.

Obispo de Málaga

A finales de 1915 es preconizado obispo auxiliar de Málaga. Cuando llegó a Huelva, apenas se comulgaba. Tres años después se repartieron 109.425 comuniones, y el año de su partida para el nuevo destino, 191.747. El grano de trigo hundido en la tierra de Huelva había dado su fruto.

El 16 de enero de 1916 fue consagrado obispo en la catedral de Sevilla. Y el 25 de febrero entraba en Málaga. Un año después, era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis, al retirarse el obispo residencial, debido a sus muchos achaques y edad avanzada. El 22 de noviembre de 1920, Benedicto XV le nombra obispo residencial de la diócesis malacitana. El 11 de mayo de 1931 son quemados en Málaga más de veinte conventos e iglesias, y asaltado e incendiado el Palacio episcopal. Al día siguiente, monseñor González sale de Málaga, donde corre serio peligro su vida, para refugiarse en Gibraltar.

Durante cuatro largo años el obispo gobernará su diócesis desde el destierro, primero en Gibraltar, después en Ronda, y por último desde Madrid. En esta capital ordenó el 15 de junio de 1935 a catorce presbíteros, de los cuales siete cayeron víctimas del furor de persecución roja en el segundo semestre de 1936. A él se refería san Josemaría Escrivá cuando escribió: “¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!”, decía entre lágrimas, un anciano Prelado a los nuevos Sacerdotes que acababa de ordenar (Camino, n. 531).

Traslado a Palencia y muerte

El 5 de agosto de 1935, Pío XI, después de desligarle de la diócesis de Málaga, le nombra obispo de Palencia. Pocos años está en la ciudad castellana. El 4 de enero de 1940 el obispo de Palencia, el antiguo arcipreste de Huelva, el seise de la catedral sevillana, fallecía en Madrid, en olor de santidad.

El 29 de abril de 2001 el papa san Juan Pablo II lo beatificó en la Plaza de San Pedro de Roma. Y el 16 de octubre de 2016 fue canonizado por el papa Francisco.