Homilía del Domingo de Resurrección. Ciclo C

En los Hechos de los Apóstoles se narra la conversión del centurión Cornelio. San Pedro aceptó la invitación de hospedarse en la casa Cornelio. Estando allí, tomó la palabra y dijo: Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos (Hch 10, 37-41).

Es toda una catequesis. San Pedro cumple el mandato del Señor de predicar al pueblo y de dar testimonio de Él. Por eso, habla de Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios. Hace una síntesis de la vida de Jesús, que culmina con la afirmación de la resurrección del Señor. Porque Jesucristo es la gracia que ha aparecido en el mundo, ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Es la Buena Nueva que anuncia nuestra liberación de las tinieblas del pecado y nos da la luz de la salvación. Nos ha traído la misericordia y la ternura de Dios.

San Pedro hace hincapié en la resurrección del Señor, porque es el misterio central de la fe cristiana. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive (Ap 1, 18), al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

La resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor. Es más, según san Pablo: Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados (1 Co 15,14.19). Pero Cristo resucitó. El mensaje que los cristianos llevan al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el Amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte (Papa Francisco).

San Pedro termina haciendo referencia a la misión judicial de Cristo, que está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados (Hch 10, 42-43). El Señor, al resucitar ha sido hecho Juez soberano de todos los hombres para el momento de su segunda venida a la tierra. Que Cristo se presente como Juez implica que deberemos dar cuenta de nuestra vida. Pero con la confianza de que por haber creído en Él, hemos alcanzado el perdón de nuestros pecados.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, también hace referencia a la esperanza que nos viene de la resurrección del Señor. Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Col3, 1-4). Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, n. 6). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.

El evangelista san Juan narra cómo san Pedro y él fueron en la mañana del domingo al sepulcro y lo encontraron vacío. Esto hizo que él creyera desde ese momento en la resurrección de su Maestro. El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos (Jn 20, 1-9).

Las palabras que emplea san Juan expresan con vivo realismo la impresión que les causó lo que san Pedro y él allí encontraron, y cómo quedaron grabados en su memoria algunos detalles. Los lienzos caídos, es decir, aplanados, como vacíos al resucitar y desaparecer de allí el cuerpo de Jesús, como si Éste hubiera salido de los lienzos y vendas sin ser desenrollados, pasando a través de ellos. El sudario… aparte, todavía enrollado, en un sitio. De estos detalles se desprende que el cuerpo del Señor tuvo que resucitar de manera gloriosa, transcendiendo las leyes físicas.

Los evangelistas narran el hecho de la resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). El Viernes Santo, el cuerpo sin vida de Cristo fue bajado apresuradamente de la cruz y puesto en el sepulcro. En la mañana del domingo, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé (Mc 16, 1), tristes y desconsoladas, fueron al sepulcro y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro (Lc 24, 2). Al entrar no hallaron el cuerpo del Maestro. Mientras estaban allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos resplandecientes las sorprendieron, diciendo: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado (Lc 24, 5-6). Acojámoslo con íntimo asombro y gratitud. El Señor ha resucitado y nos da su alegría.

El sepulcro vacío, ese sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la resurrección. No tengáis miedo, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ha resucitado como había dicho (Mt 28, 5-6). Desde aquella mañana, las palabras de los ángeles: Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado siguen resonando en el universo como anuncio perenne, que atraviesa los siglos. Jesús con su cuerpo lleno de vida, vencida la muerte y rotas las barreras del sepulcro, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo. La resurrección de Cristo es el acontecimiento que ha traído la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: es el triunfo de la vida sobre la muerte

Este anuncio, confirmado por el testimonio de aquellos a quienes se apareció el Señor Resucitado, es el corazón del mensaje cristiano, trasmitido fielmente de generación en generación. Todo bautizado en Cristo ha resucitado espiritualmente en este sepulcro, porque todos en el Bautismo hemos sido realmente incorporados al Primogénito de toda la creación, sepultados con Él, para resucitar con Él y poder caminar en una nueva vida. Detengámonos con devoto recogimiento ante el sepulcro vacío, para redescubrir la grandeza de nuestra vocación cristiana: somos hombres y mujeres de la resurrección, no de la muerte. Aprendamos a vivir nuestra vida, los afanes de la Iglesia y del mundo entero a la luz de la mañana de Pascua (Papa Francisco).

La Iglesia, al celebrar la resurrección del Señor, invita al gozo, reptiendo en su liturgia: Éste es el día en que actuó el Señor. Sea nuestro alegría y nuestro gozo. Es una alegría auténtica, profunda, basada en la certeza de que Cristo resucitado ya no muere más, sino que está vivo y operante en la Iglesia y en el mundo. Jesús está vivo y la alegría llena el corazón. Es nuestra fe: Creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte. La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso que tenemos. Los Apóstoles dieron testimonio del Resucitado. Nosotros, cristianos, igualmente debemos dar testimonio, proclamar esta certeza, que no es sólo para nosotros, sino para transmitirla a los demás, haciéndoles partícipes de la alegría de la Pascua de Resurrección.

La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! La Iglesia ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión (San Juan Pablo II). Por tanto, hay que dejar en el sepulcro del Señor los andrajos del hombre viejo, y resucitar con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, adonde Cristo sube para preparar el lugar a sus discípulos; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Alégrate, Reina del Cielo; porque el que mereciste llevar en tu seno, ha resucitado según predijo. Santa María no fue al sepulcro en la madrugada del día primero de la semana. Su fe en la resurrección de su Hijo era total. Posiblemente Ella fue la primera persona a la que se apareció Cristo una vez resucitado. Invoquemos a María, Estrella de la Esperanza, para que nos conduzca siempre a su Hijo, crucificado y resucitado, Rey victorioso.

Homilía del Viernes Santo. Ciclo C

Nada hay tan eficaz para la salvación y para la siembra de todas las virtudes en un corazón cristiano, como la contemplación piadosa y afectiva de cada uno de los sucesos de la Pasión de Cristo (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo). La pasión dolorosa del Señor Jesús suscita necesariamente piedad hasta en los corazones más duros, ya que es el culmen de la revelación del amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. Los atroces dolores de Cristo en su Pasión, el terrible suplicio de la Cruz, nos enseñan, en una insustituible lección y de la manera más expresiva posible -sin palabras, con hechos- la gravedad infinita del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

A los sufrimientos físicos padecidos por el Señor se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo. Ese cúmulo de sufrimientos -siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la humanidad. Además, esos tormentos físicos y morales de Jesús ofrecen también la más elocuente demostración del amor de Cristo al Padre, pues le da satisfacción por la increíble rebeldía humana por medio del castigo de su propia Humanidad inocente; y revelan el amor a los hombres, sufriendo lo que nosotros deberíamos padecer en justo castigo por nuestras iniquidades. No hay palabras para ponderar el amor de Dios por nosotros manifestado en la Cruz.

El Viernes Santo la Iglesia conmemora la muerte de Cristo con una acción litúrgica. En ella se lee el Cuarto canto del Siervo del Señor que está en el libro del profeta Isaías, que es uno de los textos más comentados de la Biblia por su contenido. Este canto también es conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús.

San Juan Pablo II dijo de este canto: El profeta, al que justamente se le llama “el quinto evangelista”, presenta en este poema la imagen de los sufrimientos del Siervo con un realismo tan agudo como si lo viera con sus propios ojos: con los de cuerpo y del espíritu. El Poema del Siervo Doliente contiene una descripción en la que se pueden identificar, en cierto sentido, los momentos de la Pasión de Cristo en sus diversos particulares: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el vilipendio de la dignidad misma del prisionero, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y el escarnio, el camino de la cruz, la crucifixión y la agonía (Carta Salvifici doloris, n. 17).

Mirad: mi Siervo triunfará, será ensalzado, enaltecido y encumbrado. Como muchos se horrorizaron de él -tan desfigurado estaba que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano-, así él asombrará a muchas naciones. Por su causa los reyes cerrarán la boca, al ver lo que nunca les habían contado, y contemplar lo que jamás habían oído (Is 52, 13-15). Las palabras de estos versículos puestas en labios del Señor constituyen una obertura que insinúa los temas que se van a desarrollar posteriormente: el triunfo del Siervo, su humillación y sufrimiento y el asombro de propios y extraños ante un acontecimiento tan novedoso. En su contenido, el canto es sorprendente al presentar la exaltación del Siervo a través de su humillación, abandono y padecimiento. Más aún, el Siervo toma como propias las enfermedades, dolores y hasta los pecados de los demás para librarlos y sanarlos.

La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. El castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados (Is 53, 4-5). Vemos la misericordia de Dios para nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos. Los sufrimientos del Siervo no son consecuencias de una culpa personal, sino que tienen un valor de expiación vicaria. Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina (Teodoreto de Ciro). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. Por esto, el canto es un relato gozoso de la aflicción padecida por el Siervo y los efectos beneficiosos que ha producido. Bien claro se señala que la razón de tanto sufrimiento es la expiación vicaria. Para los israelitas el dolor se consideraba como castigo individual, pero aquí es provecho para los demás.

El evangelista san Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo estas palabras de Isaías: Él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores. Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado. Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención.

Jesucristo reveló su misión redentora como el Siervo sufriente profetizado por Isaías en el Canto del Siervo del Señor. A él se refirió en varias ocasiones: en la respuesta a la petición de los hijos del Zebedeo -El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos (Mt 20, 28)-, en la Última Cena, donde anuncia su muerte ignominiosa entre malhechores citando el versículo del canto donde se dice que fue contado entre los malhechores (Lc 22, 37). También parece aludir a él en el diálogo con los discípulos de Emaús para explicar la razón de su pasión y muerte. Por eso, los primeros cristianos entendieron el sentido de la muerte y resurrección de Jesús al hilo de este canto y así quedó reflejado en la expresión según las Escrituras 1 Co 15, 3), la fórmula por nuestros pecados (Rm 4, 25), el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, en expresiones de la Primera Carta de Pedro y en otros muchos lugares del Nuevo Testamento. También la tradición patrística explica el canto como una profecía que se cumple en Cristo. Por esto, la Iglesia lo emplea en la liturgia del Viernes Santo.

Cuando después de ser azotado y coronado de espinas, Poncio Pilato presentó a Jesús a los judíos diciendo: Ecce homo (He aquí al hombre) (Jn 19, 5), el rostro de Cristo estaba hinchado por los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otra fea y ennegrecida. Tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, 24). Los judíos rechazaron sin piedad alguna a Jesús, mientras gritaban: ¡Crucifícalo, crucifícalo! (Jn 19, 6). Se cumplió lo profetizado por Isaías: Muchos se horrorizaron de él -tan desfigurado estaba que no tenía aspecto de hombre ni apariencia de ser humano- (Is 52, 14). Este versículo muestra el intenso dolor reflejado en el rostro del Siervo y es como un resumen de la descripción que hace el profeta unos versículos posteriores. No hay en él parecer, ni hay hermosura que atraiga nuestra mirada, ni belleza que nos agrade en él. Despreciado y rechazado de los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento; como quien se oculta el rostro, despreciado, ni le tuvimos en cuenta (Is 53, 3-4). Los detalles son tan gráficos que con razón la ascética cristiana ha visto en el ellos un anticipo de la pasión de Nuestro Señor.

Detengámonos contemplando el rostro desfigurado de nuestro Redentor: Es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes (Benedicto XVI).

La parte principal de la liturgia de la Palabra del Viernes es la lectura de forma dialogada la Pasión del Señor según el Evangelio de San Juan. La Pasión y Muerte de Nuestro Señor son acontecimientos tan importantes y decisivos que todos los escritos del Nuevo Testamento, de una forma o de otra, tratan de ellos. Así, los Evangelios sinópticos los relatan extensamente. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, junto con la Resurrección, constituyen el núcleo de los discursos de los Apóstoles. San Pablo explica el valor redentor del sacrificio de Jesucristo, y las epístolas católicas hablan de su Muerte salvadora. Lo mismo ocurre en el Apocalipsis, donde el gran triunfador, el que está en el trono celestial, es el Cordero sacrificado, Cristo Jesús. Hay que decir, además, que los escritores sagrados siempre que hablan de la Muerte del Señor se refieren a su gloriosa Resurrección.

Nuestro Señor Jesucristo, siendo inocente, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Is 53, 12). Su Pasión fue un derroche de amor, a veces, tan mal correspondido por los hombres. Con su Muerte ha llevado a término hasta el fin su misión redentora. Nuestra vida debe ser la de Cristo, de tal forma que podamos decir con san Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20). Pero la vida de Jesús pasa por la Cruz, y allí es donde le encontramos. No es posible una vida cristiana sin cruz.

El gentío, que apenas unos días antes aclamaba a Jesús, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de Jesús fuera liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte de cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía la culminación del anonadamiento de Jesús. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de Dios potente e invencible. Jesús, en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio. Jesús se ha humillado por nosotros, viene a salvarnos; y nosotros estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Os invito este día a mirar a menudo esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Dirijamos a Él nuestra mirada, pidamos la gracia de entender al menos un poco de este misterio de su anonadamiento por nosotros. Y así, en silencio, contemplemos el Misterio (Papa Francisco).

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Jesús dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30). Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Las últimas palabras de Cristo antes de morir resuenan como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Cuando cae su sangre, derramada por nosotros, Jesús con una fuerza increíble en un moribundo, grita: Consummatum est! En el cuerpo destrozado del Señor se ha reanudado la amistad entre Dios y el hombre: Ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama” (Robert H. Benson, La amistad de Cristo).

Todo está consumado, porque Cristo ha cumplido a misión por la que vino al mundo. Se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. Desde el momento de la muerte del Señor ya no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar. Y la sangre preciosísima de Cristo se ha convertido en una fuente en la que se laven el pecador y el impuro, donde todos nos purifiquemos del pecado.

Se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 8). En la Carta a los Hebreos se hace referencia a la salvación que nos ha conseguido Cristo con su obediencia al Padre. El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Hb 4, 7-9).

La salvación del género humano vino por medio de la muerte del Verbo encarnado en el altar de la Cruz. Dios nos quiere muy cerca de la Cruz. No hay santidad sin unión con Cristo crucificado. Estemos, como Santa María, el Discípulo amado y las Santas Mujeres, junto a la Cruz. Y llenos de esperanza en la Resurrección del Señor.

Homilía del Jueves Santo. Ciclo C

Al inicio del capítulo 12 del libro del Éxodo se narra la institución de la Pascua judía y están contenidas una serie de normas para celebrarla y el acontecimiento que en ella se conmemora, que es el de mayor relieve de la historia del Pueblo elegido, la liberación de la esclavitud. Dios habla al pueblo israelita de la Pascua, del paso del Señor. Este día será memorable para vosotros, en él celebraréis la fiesta del Señor, institución perpetua para todas las generaciones (Ex 12, 14). Por tanto, esta fiesta está conectada con la salida de los israelitas de Egipto, y era celebrada en familia, manteniéndose siempre el carácter de sacrificio, de banquete familiar y, muy especialmente, de memorial de la liberación llevada a cabo por Dios en la noche de la Pascua del Señor, cuando el ángel exterminador dio muerte a los primogénitos de los egipcios. Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde moráis. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto (Ex 12, 12-13).

Jesucristo, antes de su Pasión, quiso celebrar la Pascua con sus Apóstoles. Las familias hebreas inmolaban su cordero la víspera de la Pascua, según el mandato divino recibido a la salida de Egipto, cuando Dios los libró de la esclavitud del Faraón. Esta liberación prefigura la que Jesucristo vendría a realizar: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la cruz. Por tanto, la celebración de la Pascua hebrea era el marco más adecuado para instituir la nueva Pascua cristiana. Y así fue. Durante la Cena Pascual instituyó la Eucaristía. Institución que los católicos conmemoramos el Jueves Santo. Al celebrar la última cena con sus apóstoles en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio un sentido definitivo a la pascua judía. En efecto, el paso de Jesús a su Padre por su muerte y resurrección, la Pascua nueva, es anticipada en la Cena y celebrada en la Eucaristía que da cumplimiento a la pascua judía y anticipa el paso final de la Iglesia en la gloria del Reino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1340).

Para los judíos la Pascua se interpreta como el paso del Señor, que será exterminio para los egipcios y salvación para los hebreos. En el Nuevo Testamento la Pascua es el paso de Cristo al Padre por medio de la muerte y resurrección, y al paso de la Iglesia al Reino eterno. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su resurrección (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677). Para los cristianos, el Jueves Santo es día memorable. La Misa de la Cena del Señor, que abre el Triduo Pascual de la Pasión y Resurrección del Señor, conmemora la institución de la Sagrada Eucaristía y la del sacerdocio de la Nueva Ley, así como el amor infinito de Cristo por los hombres, con su mandamiento sobre la caridad fraterna manifestado con el signo del lavatorio de pies.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1). Con estas palabras comienza san Juan el relato de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. Palabras que indican la intensidad del amor de Cristo por los suyos, por nosotros, que llega hasta el extremo de dar su propia vida por la salvación de todos los hombres. Comenta el papa Francisco: Jesús nos amó. Jesús nos ama. El amor de Jesús por nosotros no tiene límites: cada vez más, cada vez más. No se cansa de amar. A ninguno. Nos ama a todos nosotros, hasta el punto de dar la vida por nosotros. Sí, dar la vida por todos nosotros; sí, dar la vida por cada uno de nosotros. Y cada uno puede decir: “Dio la vida por mí”. Por cada uno. Ha dado la vida por ti, por mí, por él… por cada uno, con nombre y apellido. Su amor es así: personal. El amor de Jesús nunca defrauda, porque Él no se cansa de amar, como no se cansa de perdonar, no se cansa de abrazarnos. Jesús nos amó, a cada uno de nosotros, hasta el extremo.

Estando Jesús reunidos con sus Apóstoles en el cenáculo, y antes de comenzar la celebración Pascual, el Señor se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13, 4-5). Lavar los pies era una costumbre de entonces, antes de los almuerzos y de las cenas, porque la gente caminaba por caminos polvorientos unas veces, o enfangados en los días lluviosos. Era tarea de los siervos.

Jesucristo, consciente de ser el Hijo de Dios, se humilla voluntariamente hasta realizar la tarea propia de los criados de la casa. El Señor había dicho que Él vino al mundo para servir y no para ser servido. Y en el lavatorio de los pies lo pone en práctica con un hecho concreto, exhortándonos así a servirnos los unos a los otros con toda humildad y sencillez. El lavatorio de pies es un gesto del amor de Cristo que, al igual que a sus discípulos, ama a todos los hombres hasta el extremo. No sólo lava nuestros pies sucios, sino principalmente nuestra alma, al perdonarnos los pecados. Con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia (Benedicto XVI).

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (Jn 13, 12-15). Toda la vida de Jesús fue ejemplo de servicio a los hombres, cumpliendo la Voluntad del Padre hasta la muerte en la Cruz. Con su ejemplo nos promete el Señor que, imitándole a Él, el Maestro, en un servicio desinteresado que siempre implica sacrificio, encontraremos la verdadera felicidad que nadie nos podrá arrebatar. “Os he dado ejemplo”, insiste Jesús, hablando con sus discípulos después de lavarles los pies, en la noche de la Cena. Alejemos del corazón el orgullo, la ambición, los deseos de predominio, y, junto a nosotros y en nosotros, reinarán la paz y la alegría enraizadas en el sacrificio personal (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 94). Con este gesto de amor y servicio, el Señor nos da el mandamiento de la caridad cristiana.

¿En qué consiste el lavarnos los pies unos a otros? La respuesta la da Benedicto XVI: Cada buena obra hecha a favor del prójimo, especialmente a favor de los que sufren y los que son poco apreciados, es un servicio como lavar los pies. El amor a Dios y el amor fraterno se funden entre sí. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (Benedicto XVI). Para el que ama, no supone sacrificio ayudar al hermano necesitado.

El evangelista san Lucas recoge las palabras de Jesucristo al comienzo de la cena: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22, 15). Sí, ardientemente deseó Jesús la llegada de aquel instante, en el cual iba a celebrar la Pascua con los Apóstoles, porque es el momento de la efusión de amor más íntima, del mayor derroche de amor.

Cristo Jesús, además de dejarnos un ejemplo maravilloso de vida, de mostrarnos con sus enseñanzas el camino que conduce a la vida eterna, donde gozaremos de la visión beatífica, quiso al final de su paso por la tierra instituir la Eucaristía, donde se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. La Eucaristía es la más bella expresión del amor de Jesucristo a los mortales. Por ella vive con nosotros siempre y en todas las partes; nos habla a toda hora, y con su palabra nos ilumina, con su consejo nos guía, con su fuerza nos sostiene, con su virtud nos santifica, con su amor nos embriaga santamente y con su presencia nos consuela (Beato Marcelo Spínola, Pastoral, 30.V.1903).

En el Nuevo Testamento hay cuatro relatos de la institución de la Eucarístía, en los tres evangelios sinópticos y en la Primera Carta a los Corintios. En la Misa de la Cena del Señor se lee el relato de san Pablo. Porque yo recibí del Señor lo que también os transmití: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, hacedlo en conmemoración mía (1 Co 11, 23-26). Estos versículos son una clara manifestación de la fe en el misterio de la Eucaristía que, desde los inicios de la Iglesia, viven los primeros cristianos.

En la Última Cena Jesucristo nos deja la prenda más valiosa: la Eucaristía, bella expresión de su amor a los hombres. Este misterio de amor habla muy bien los sentimientos del Corazón de Jesús. Desear estar junto al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía.

La autenticidad de la unión con Jesús Sacramentado ha de traducirse en un amor verdadero a todas las personas, empezando por quiénes están más próximas. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el espíritu por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario. De este modo, será la Sagrada Eucaristía fermento de caridad y vínculo de aquella unidad de la Iglesia querida por Cristo.

Haced esto en conmemoración mía. El Señor, al instituir la Eucaristía, mandó que se repitiera hasta el final de los tiempos. Cada vez que hacemos el memorial del Señor en la Eucaristía hacemos comunión con Cristo Siervo para obedecer a su mandamiento, el de amarnos como Él nos ha amado. Si nos acercamos a la santa Comunión sin estar dispuestos sinceramente a lavarnos los pies unos a los otros, no reconocemos el Cuerpo del Señor (Papa Francisco).

En la escuela de María, mujer “eucarística”, aprendamos a tratar a Jesús escondido en las Sagradas Especies. Terminamos con unas palabras de san Juan Pablo II: ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz (Encíclica Ecclesia de Eucharistia n. 56).

Domingo de Ramos. Ciclo C

Jesús montado en un borrico se dirige a Jerusalén. Según iba avanzando la gente extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 36-38).

La entrada mesiánica de Jesús en la Ciudad Santa conlleva su manifestación gloriosa. Montando el borrico Jesús da cumplimiento a un oráculo profético: Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y salvador, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Za 9, 9). Su gesto de entrar en Jerusalén montado en un asno tenía un significado preciso: Él era el rey de paz anunciado por los profetas. La aclamación de los discípulos supone que le reconocen como Rey y Mesías, pues le honran con palabras de un salmo de entronización del Mesías –¡Bendito el que viene en Nombre del Señor! (Sal 118, 26)- y le acogen como Salvador.

El evangelista san Juan añade en la aclamación de la muchedumbre: el Rey de Israel (Jn 12, 14). Con esto se subraya un aspecto relevante: la condición real de Cristo; el Mesías es el Rey por antonomasia, pero de un Reino que no es de este mundo. Jesucristo no se hizo rey de Israel para imponer un tributo o para formar un poderoso ejército; se hizo rey de Israel para dirigir a las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al Reino de los cielos a quienes están llenos de fe, de esperanza y de amor (San Agustín).

Llenos de alegría. Ésta es la primera palabra que consideramos: alegría. No podemos ser nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Los discípulos acompañan al Señor, y nosotros también le acompañamos, seguimos a Jesús, que es nuestro amigo, nuestro hermano. El que ilumina en nuestro camino por esta tierra. Pero lo más importante es que Él nos acompaña: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar a este mundo nuestro.

Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Respondió: “Os digo que si éstos callan gritarán las piedras” (Lc 19, 39-40). Los fariseos, tal vez preocupados por el tumulto que podía organizarse, reprochan al Señor su actitud. Jesús les contesta con una frase proverbial: es tan evidente su condición mesiánica que, si no la reconocieran los hombres, la proclamaría la naturaleza.

Los astros y la creación entera mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos … (Sal 19, 1). Alabar al Señor es el fin de la vida del hombre, la única razón de su existencia. La creación entera es un canto de alabanza a Dios. Y toda nuestra actividad, debe estar informada por esta suprema aspiración.

El Señor va a Jerusalén donde se va a consumar el sacrificio redentor de la cruz. He aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en una cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios (Papa Francisco). En Jerusalén tuvo lugar la Pasión y Muerte de Cristo y desde allí la salvación se extendió a toda la tierra. Por tanto, Jerusalén más que el lugar del drama de Jesús es el lugar de la salvación.

En la carta a los Filipenses, san Pablo habla de la humillación del Señor. Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual a los demás hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 5-8). La obediencia de Cristo hasta la cruz repara la desobediencia del primer hombre.

En la liturgia de la Iglesia se conmemora la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén el Domingo de Ramos. Con este domingo comienza la Semana Santa. Durante esos días santos, la Iglesia rememora por medio de la liturgia la Pasión y Muerte de Cristo. El itinerario conmemorativo de estos misterios se abre con la solemne procesión de palmas. Jesús es aclamado en su entrada en la Ciudad Santa. Pero el Maestro conoce que en Jerusalén el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán (Mc 10, 33-34).

El apóstol Tomás nos dice a nosotros, cristianos del siglo XXI: Vayamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Acompañemos a Nuestro Señor no sólo en su entrada triunfal en Jerusalén, sino también en Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse (San Juan Pablo II). Y en la vía Dolorosa, seremos otros cirineos, pues cuánta verdad encierra aquella saeta: Dónde vas, Jesús, con ese madero que, aunque seas Dios verdadero, es mucha cruz… esa cruz para el Cordero.

Un Viernes Santo subió al púlpito fray Luis de Granada para predicar el Sermón de las Siete Palabras. El templo estaba abarrotado de fieles, pues el predicador gozaba de fama por sus sermones. Fray Luis sólo dijo: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, ya que se conmovió de tal forma que no pudo articular ninguna palabra más. Los fieles, viéndole cómo se humedecían sus ojos, también se conmovieron; y aquellas pocas palabras bañadas con lágrimas fueron el mejor sermón de fray Luis de Granada.

Cuando se lee el relato de la Pasión de Cristo, ¿cómo no conmovernos al meditar las páginas ensangrentadas del Evangelio? Ensangrentadas con la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación. Páginas que ponen de relieve el dolor de Cristo. La piedad cristiana se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, al intuir que constituyen el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación.

La Pasión del Señor fue profetizada por Isaías. Yo no me he rebelado ni me echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos (Is 50, 5-6). El Señor aceptó el sufrimiento sin rechistar. Sufre en silencio, y sabe que su Padre le ayuda y le hace fuerte ante sus enemigos. Dios me sostiene (Is 50, 7).

El relato de la Pasión y Muerte del Señor posee una gran intensidad dramática en los cuatro evangelios. La lectura de la Pasión ha sido siempre para los cristianos motivo de meditación y conversión. San Lucas, al narrar la Pasión, resalta especialmente la misericordia de Jesús que, aun en medio de los sufrimientos, se preocupa de aquellos con quienes se encuentra: cura al siervo herido de espada, consuela a las mujeres y promete el paraíso al ladrón arrepentido. Además de destacar los sentimientos de piedad y misericordia de Jesús, san Lucas también subraya la grandeza de ánimo del Señor y su recurso constante a la oración. En estos rasgos, Jesucristo se nos presenta como el modelo de conducta para el cristiano.

En los relatos evangélicos de la Pasión contemplamos a Cristo sufriente; a Cristo en la agonía de Getsemaní; a Cristo flagelado; a Cristo coronado de espinas; a Cristo caminando con la Cruz; a Cristo crucificado y muerto; Cristo descendido de la Cruz y puesto en los brazos de su Madre; a Cristo sepultado. Que esta contemplación nos muevan al dolor y al desagravio.

Cuando santa Brígida de Suecia tenía diez años se le apareció Cristo en la cruz y le dijo: Mira cómo estoy herido. La niña preguntó: ¿Quién te ha hecho eso, Señor? Y Cristo le respondió: Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto. La imagen del Crucificado es una llamada acuciante para que desagraviemos a Dios mediante la mortificación, para que reparemos por nuestros pecados con espíritu de penitencia.

En el Calvario, cuando Él soportaba nuestros dolores… ha sido herido por nuestras rebeldías(Is 53, 4-5), sólo un puñado de almas fieles acompañan al Señor. El sacrificio supremo de su vida, libremente consumado por nuestra salvación, nos habla del amor infinito que Dios nos tiene. Estemos al pie de la Cruz, con la Virgen María, para ofrecer consuelo a Jesús, nuestro Redentor.

Después de referirse a la humillación y obediencia del Señor, san Pablo escribe a los filipenses: Dios le exaltó (a la santísima humanidad de Jesús) y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre; para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es el Señor!, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 9-11). Con estas palabras se expresa que todas las criaturas quedaron sometidas al poder del Señor, y los hombres deberán confesar la verdad fundamentalmente de la doctrina cristiana: ¡Jesucristo es el Señor!

Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto (Lc 23, 55-56). Con Santa María estemos en vela esperando el triunfo del Señor, su resurrección gloriosa.

Domingo V de Cuaresma. Ciclo C

Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen un mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a éstas; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo (Jn 8, 1-6).

El evangelista san Juan, al narrar esta escena de la mujer adúltera, nos presenta a Cristo compasivo y misericordioso, defensor de los débiles y salvador de los pecadores. La pregunta que hicieron a Jesucristo era insidiosa. Si el Señor se mostraba indulgente, diciendo: ¡No, pobrecita! ¡Perdonadla!, habríandicho: ¡no cumple la ley! Y le acusarían de no respetar uno de los preceptos de la Ley. Si, por el contrario, se decidía por la lapidación, diciendo: Sí, sí, adelante con la lapidación, los escribas y fariseos le habrían dicho a la gente: Pero éste es vuestro maestro tan bueno… ¡Mirad qué cosa ha hecho con esta pobre mujer! Y dirían de él que no hacía lo que predicaba: que había venido a salvar a los pecadores; que traía el perdón de los pecados y la misericordia de Dios.

Para comentar este pasaje evangélico, partimos de la premisa que el adulterio es un pecado, y un pecado grave. Por tanto, es ofensa a Dios. De ahí que la Ley de Moisés mandara lapidar a las adúlteras, al ser considerado un pecado gravísimo. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.Pero también hay que en cuenta que Jesucristo, Médico divino, vino a sanar a los enfermos, a salvar a los pecadores.

El papa Francisco, al comentar esta escena de la mujer adúltera, dice: Creo que también nosotros somos este pueblo que, por un lado, quiere oír a Jesús pero que, por otro, a veces nos gusta hacer daño a los otros, condenar a los demás. El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia.

Continuemos leyendo: Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer que seguía allí delante (Jn 8, 7-9). Nadie se atrevió a tirar piedra alguna; ninguno estaba libre de pecado; todos se marcharon. A ellos no les importaba la mujer; no les importaban los adúlteros, quizá alguno de ellos era adúltero… ¡No les importaba! ¡Sólo le importaba tender una trampa a Jesús De ahí la respuesta del Señor. El Evangelio, con una “cierta ironía”, dice que los acusadores se fueron, uno a uno, comenzando por los más ancianos.

Jesús, siendo la misma Inocencia, no condena a la mujer. La misericordia infinita de Dios nos ha de mover a tener siempre compasión de quienes cometen pecados, porque también nosotros somos pecadores y necesitamos el perdón de Dios. Que el Señor aleje de nuestro corazón todo juicio y condenación, y que siempre acudamos a su misericordia. Cristo perdona los pecados cuando reconocemos con humildad que somos pecadores.

Incorporándose Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” Ella respondió: “Nadie, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 10-11). Con estas palabras Jesucristo dio sentencia de condenación contra el pecado, pero no contra la mujer. Cristo no dijo que lo que había hecho aquella mujer estaba bien, o que no era nada grave. Tampoco la disculpó. Pero sí la perdonó. He aquí la misericordia del Señor.

Jesús se queda solo con la mujer, como un confesor, diciéndole: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? ¿Dónde están? Estamos solos, tú y yo. Tú ante Dios, sin las acusaciones, sin las habladurías. ¡Tú y Dios! ¿Nadie te ha condenado?” La mujer responde: “¡Nadie, Señor!”, pero ella no dice: “¡Ha sido una falsa acusación! ¡Yo no he cometido adulterio!” y reconoce su pecado. Y Jesús afirma: “¡Yo tampoco te condeno! Ve, ve y de ahora en adelante no peques más, para no pasar por un momento tan feo como este; para no pasar tanta vergüenza; para no ofender a Dios, para no ensuciar la hermosa relación entre Dios y su pueblo”. ¡Jesús perdona! Pero aquí se trata de algo más que del perdón: Jesús supera la ley y va más allá. No le dice: “¡El adulterio no es pecado!” Pero no la condena con la ley. Y éste es el misterio de la misericordia de Jesús. La misericordia es algo difícil de entender (Papa Francisco).

Los escribas y los fariseos se escandalizan porque Jesús perdona los pecados: sólo Dios puede perdonar los pecados. Es el amor misericordioso que resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús ha perdonado siempre, a todos absuelve de cualquier pecado, por grave que sea. Y no sólo ha perdonado, sino que ha recreado a las personas con su perdón, hasta el punto de transformarlas en instrumentos de su amor misericordioso: hizo de Pedro, que le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, e hizo del perseguidor Pablo el apóstol de los gentiles, mensajero de su misericordia: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).

El adulterio es un pecado grave. Cristo condena incluso el deseo de adulterio. Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón (Mt 5, 28). San Pablo excluye a los adúlteros del Cielo: No os engañéis: ni los fornicarios, ni lo idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los injuriosos, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios (1 Co 6, 9-10).

Como el matrimonio es el símbolo y es también una realidad humana de la relación fiel entre Dios y su Pueblo, entre Cristo y la Iglesia, con el adulterio se ensucia esta relación, y se arruina el matrimonio. Desgraciadamente, hoy en día hay muchos matrimonios rotos. La Iglesia, fiel a Jesucristo, no admite el divorcio. El matrimonio es indisoluble. Los bautizados que se divorcian y contraen civilmente nuevo matrimonio -sólo válido para el Estado, pero no para la Iglesia ni para Dios- viven en adulterio. Cualquiera que repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10, 11).

Gracias a Dios también hay abundantes testimonios del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial de muchas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión; también éstos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad (San Juan Pablo II). Los esposos necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos con confianza, para quererse el uno al otro día a día, y perdonarse cada día. Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte a la familia: la oración. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos y se apaga la alegría.

En el libro de Isaías el profeta se refiere a la vuelta de los desterrados de Babilonia. Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y sendero en las aguas impetuosas; que hizo salir a carros y caballos, ejércitos y héroes: todos cayeron a una, no se levantarán; se extinguieron, se apagaron como un pábilo. No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas. Mirad que voy a hacer cosas nuevas; ya despuntan, ¿no os dais cuenta? Voy a abrir un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificaron las bestias del campo, los chacales y los avestruces, porque he puesto agua en el desierto y ríos en la estepas para dar de beber a mi pueblo elegido. El pueblo que formé para mí proclamará mi alabanza (Is 43, 16-21). Las palabras del profeta infunden esperanza en un regreso pronto y dan fuerzas para afrontar la gran tarea de la reconstrucción religiosa de Israel. Pero en todos los momentos de la historia recuerdan también que el Señor nunca abandona a los esposos cristianos, y constantemente los invitan a recomenzar en sus empeños de fidelidad con ardor renovado. Con la ayuda de la gracia, cumplirán la promesa que hicieron en día de su boda: Prometo serte fiel, en la prosperidad y en la adversidad.

Jesús, Buen Pastor, sale en busca de la oveja perdida. Y una vez que la ha recuperado, la invita a que siga por el buen camino, como hizo con la mujer adúltera: Vete, y en adelante no peques más. Conmueve la actitud de Jesús: no oímos palabras de desprecio, no escuchamos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, de misericordia, que invitan a la conversión, a recomenzar. Para esto, sólo es necesario que, acudiendo a la misericordia de Dios, se reconozcan las culpas.

Los pecadores -todos los somos- una vez reconciliados con Dios es necesario esforzarse por crecer en la vida interior. San Pablo habla de la lucha ascética sirviéndose de una comparación muy expresiva, tomada de las carreras en el estadio, viéndola como algo alegre y verdadero deporte sobrenatural. No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús (Flp 3, 12-14). El Apóstol de los gentiles, al considerar que no ha llegado a la perfección, lucha por alcanzar la meta, pues él mismo antes ha sido alcanzado por Cristo, que se metió en su vida en aquel viaje a Damasco.

Hay que reconocer que nosotros no tenemos ni la fuerza, ni la constancia ni la pureza de corazón suficiente para seguir a Dios con toda nuestra vida y con todo nuestro corazón. Pidámosle a María, Ella que ha sido la primera en seguir el Camino de su Hijo, que interceda por nosotros (San Juan Pablo II).

Domingo IV de Cuaresma. Ciclo C

El Señor dijo a Josué: “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua el día catorce del mes, a la tarde, en los llanos de Jericó. Al día siguiente de la Pascua comieron ya de los productos del país: panes ázimos y espigas tostadas, ese mismo día. Y el maná cesó desde el día siguiente, en que empezaron a comer los productos del país. Los israelitas no tuvieron en adelante maná, y se alimentaron ya aquel año de los productos de la tierra de Canaán (Jos 5, 9-12). En estos versículos vemos el cumplimiento de la promesa de Dios. El Señor libró a los israelitas de la esclavitud de los egipcios y los introdujo en la Tierra Prometida. En los llanos de Jericó tuvo lugar la celebración de la Pascua por vez primera en la tierra de Canaán. La Pascua es una de las fiestas más importantes para los judíos porque se recuerda la liberación del pueblo de Israel del yugo egipcio, el abandono de la esclavitud y la salida al desierto en busca de la Tierra Prometida.

Jesucristo, antes de su pasión y muerte en la cruz, celebró la Pascua judía. Así la Última Cena y la crucifixión del Señor está ligada a la Pascua del Pueblo elegido, pero Jesús dio a la cena de Pascua un nuevo significado. Él es el Cordero de la Nueva Ley que convierte el pan y el vino en su cuerpo sacrificado y en su sangre derramada en el Calvario. Para los cristianos la Pascua es la resurrección de Cristo, el paso de la muerte a la vida, y la promesa de que los que han sido bautizados a su muerte resucitarán con Él. Con su pasión, muerte y resurrección, el Señor nos liberó de una triple esclavitud: la del pecado, la del demonio y la de la muerte eterna.

Gracias al maná los israelitas llegaron a la Tierra Prometida. En el desierto al no ser posible encontrar lo necesario para la subsistencia, Dios no tuvo inconveniente en alimentar prodigiosamente a su pueblo. Ya en la Tierra Prometida pudieron alimentarse con los medios ordinarios. Los cristianos tenemos como alimento la Eucaristía, que es prenda de la vida eterna. El pan eucarístico hará posible que comamos el pan en el Reino de Dios (Lc 14, 15). La expresión “comer el pan en el reino de Dios” significa en el lenguaje de la Biblia participar de la bienaventuranza eterna, simbolizada en un gran banquete.

En alguna parábola, Jesús habló del reino de Dios utilizando la figura de un gran banquete. Ya en el Antiguo Testamento el profeta Isaías dice que Dios ofrecerá a todos los pueblos, en este monte, un banquete de sabrosos manjares, un banquete de vinos añejos, manjares suculentos y vinos exquisitos (Is 25, 6). De este modo se expresa que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos que superan todo lo imaginable. Es una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma en su peregrinación hacia la vida futura. La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las bodas del Cordero (Ap 19, 9).

En la parábola del hijo pródigo también aparece la celebración de un banquete. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta (Lc 15, 23), dijo el padre cuando vio que su hijo había vuelto. Sí, una fiesta porque aquel joven que había estado esclavizado por el pecado había recobrado la libertad y, en palabras de su padre, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado (Lc 15, 24). Estaba muerto a la vida de la gracia por el pecado y recobró la vida por su arrepentimiento.

Reflexionemos en esta parábola. Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo lujuriosamente (Lc 15, 11-13). Aquel joven pensó que sería libre lejos de la casa paterna, pero se equivocó totalmente. Deslumbrado por los espejuelos de este mundo, se metió en el embarrado camino del pecado y de la perdición. Abandonó su hogar familiar con ansia de libertad, que bien pronto comprobó que era una libertad ilusoria, una verdadera esclavitud. Entregado a los placeres de la carne, al pecado de lujuria, perdió la herencia de la gracia. No encontró el bien, la felicidad, y es que el pecado, el único verdadero mal, envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo envilece y lo humilla; no lo hace más grande, más puro y más rico, sino que lo daña y lo empequeñece; no lo hace más libre, sino que lo esclaviza.

¡Cuántas personas no quieren llevar el yugo suave de Cristo! Y haciendo caso omiso de los mandamientos de la Ley de Dios se entregan al libertinaje. El hombre cuando peca pasa de la condición de hijo de Dios a ser esclavo de Satanás; de gozar de la libertad propia de los hijos de Dios a estar encadenado por el pecado. El pecador al quebrantar los mandamientos de Dios haciendo mal uso de su libertad lo único que encuentra es que ha perdido la libertad. No olvidemos nunca que el verdadero tesoro del hombre es la amistad con Dios, el estado de gracia. Con el pecado se pierde este tesoro. El alma queda privada de la gracia; la amistad con Dios se rompe; la paz y la alegría desaparecen; los méritos adquiridos anteriormente para alcanzar el premio de la felicidad eterna se esfuman.

Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba (Lc 15, 14-16). Aquí se ve las tristes consecuencias del pecado. Con esa hambre se nos habla de la ansiedad y el vacío que siente el corazón del hombre cuando está lejos de Dios, cuando ha querido encontrar la felicidad fuera de los caminos trazados por Dios, y resulta que no la encuentra. Con la servidumbre del hijo pródigo se nos describe la esclavitud a que queda sometido quien ha pecado. Así, por el pecado el hombre pierde la libertad de los hijos de Dios y se somete al poder de Satanás.

Estando en aquella situación de extrema miseria después de haber malgastado su fortuna, el joven recapacita. El recuerdo de la casa paterna y la seguridad en el amor del padre hacen que reflexione y se arrepienta. Entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”. Y, levantándose, partió hacia su padre (Lc 15, 17-22). El joven reconoce su pecado, no lo justifica. Vence a la soberbia, pisotea su amor propio y se pone en camino hacia la casa paterna. Sabe que ha pecado contra Dios, contra su padre, y esto le duele. Hay contrición. Considera la bondad de su padre y el sufrimiento que le ha producido.

Cuando aún estaba lejos, le vio el padre, y, compadecido, corrió a él y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos (Lc 15, 20). El padre del hijo pródigo es figura de Dios. De un Dios rico en misericordia, que sale al encuentro del hombre pecador. Es un Padre amoroso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.La acogida generosa y llena de alegría del padre habla de la misericordia divina y del perdón que Dios otorga al pecador en el sacramento de la Penitencia.

El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo” (Lc 15, 21). El padre otorga el perdón a su hijo, pues éste ha reconocido su falta. Asimismo Dios nos perdona en el sacramento de la Penitencia después de haber manifestado nuestros pecados. La acogida de la misericordia divina exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. Si decimos: no tenemos pecado: nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de todo injusticia (1 Jn 1, 8-9). Y san Juan Crisóstomo decía: Si no declaras la magnitud de la culpa, no conocerás la grandeza del perdón.

Después de que hijo manifestara su arrepentimiento, el padre dijo a sus siervos: “Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies” (Lc 15,22). Y dispone que se celebre la vuelta de su hijo con un banquete, pero antes hay que despojarle de los andrajos del pecado, de la suciedad del vicio, y por eso ordena que se le vista con un traje nuevo, limpio, el vestido de la gracia. En la parábola de los invitados a las bodas del hijo del rey, los comensales debían vestir con el traje de boda. Cuando el rey se fijó en un hombre que no vestía traje de boda (Mt 22, 11) lo echó del banquete. Al hablar del mejor vestido y del traje de boda, el Señor nos quiere decir que para participar en el banquete eucarístico, para recibir la sagrada Comunión, hay que tener el alma limpia, en gracia. Igualmente para formar parte de los bienaventurados llamados a la cena de las bodas del Cordero, de la que habla san Juan en el Apocalipsis, hay que preparar el vestido nupcial, mediante las buenas obras, la alabanza, la vida santa.

Para el hijo pródigo, ya de nuevo en la casa de su padre, pasó lo viejo, todo es nuevo (2 Co 5, 17), su mala vida quedó atrás. Ahora es feliz, gozando del amor de su padre. Este mismo contraste entre el antes y el después de su conversión sucede también en el hombre cuando pasa del estado de pecado a estar en gracia de Dios por medio del sacramento de la Penitencia. La reconciliación del pecador con Dios -cuya amistad había perdido al pecar- es posible gracias a la muerte de Cristo en la Cruz, como afirma el apóstol san Pablo: Todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación (2 Co 5, 18-19). En la Confesión Dios hace lo mismo que el padre de hijo pródigo: no toma cuenta los pecados del penitente, sino que lo reconcilia con Él.

El Señor confió el ministerio de la reconciliación a los Apóstoles para que lo haga llegar a todos los hombres. Y así, los Apóstoles fueron constituidos en embajadores del Señor ante los hombres, a los cuales san Pablo dirige una apremiante llamada: En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! (2 Co 5, 20). Jesucristo instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia, para quienes han cometido pecados después del Bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma a la que han herido.

San Juan Pablo II aconsejaba a los que se habían alejado de Dios como el hijo pródigo de su padre: Tened la valentía de alcanzar la gracia de Dios por medio de la Confesión Sacramental. ¡Esto os hará libres! Que el Espíritu Santo os conceda la gracia de un sincero arrepentimiento, de un firme propósito de la enmienda y de una sincera confesión de las culpas. En este sacramento maravilloso de la misericordia divina el Señor limpia el alma del pecador, tal como profetizó Isaías: Aun cuando vuestros pecados resalten como la púrpura, lavaré vuestras almas hasta tal punto que aparecerán resplandecientes como la nieve (Is 1, 28).

A Santa María, Refugio de pecadores, le pedimos que siempre tengamos el corazón bien contrito, y que no permita que nos alejemos de la casa paterna. Si alguna vez tenemos esa desgracia, que hagamos como el hijo pródigo y emprendamos enseguida el retorno a la casa del Padre para participar en el banquete eucarístico, anticipo de la cena de las bodas del Cordero en el Cielo.

Solemnidad de la Encarnación del Señor. Ciclo C

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María (Lc 1, 26-28). En Nazaret hace más dos mil años tuvo lugar el acontecimiento más trascendental de la Historia de la humanidad: la Encarnación del Hijo de Dios. Para que esto ocurriera, Dios -por medio de un ángel- pidió a una mujer el consentimiento para que en sus entrañas la Segunda Persona de la Santísima Trinidad asumiera la naturaleza humana. La escena de esta petición divina es narrada por san Lucas con gran sencillez. El hecho más maravilloso sobre la faz de la tierra, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres pasó totalmente desapercibido. Aparentemente nada extraordinario había sucedido en el mundo. Sólo aquella virgen nazarena supo que Dios se había encarnado.

Dios quiso nacer de una madre virgen. Así estaba profetizado Isaías desde hacía más de seiscientos años: Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel (Is 7, 14). Dios, desde toda la eternidad, la eligió y señaló como Madre para que un unigénito Hijo tomase carne y naciese de Ella en la plenitud dichosa de los tiempos; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia (Beato Pío IX, Bula Ineffabilis Deus). Este privilegio de ser virgen y madre al mismo tiempo, concedido a Santa María, es un don divino, admirable y singular. Dios engrandeció a la Madre en la concepción y en el nacimiento del Hijo, que le dio fecundidad y la conservó en perpetua virginidad (Catecismo Romano).

Y entrando (el ángel) donde ella (María) estaba, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo”. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría esta salutación (Lc 1, 28-29). San Gabriel dice: ¡alégrate! por la noticia que le va a comunicar a continuación, que producirá una alegría totalmente singular en su alma. Con el saludo inusitado –llena de gracia– que emplea, el ángel manifiesta la dignidad y el honor de María. Los Padres de la Iglesia enseñaron que con este singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era asiento de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del Espíritu Santo (Beato Pío IX, Bula Ineffabilis Deus), por lo que jamás estuvo sujeta a maldición, es decir, estuvo inmune de todo pecado.

El Señor es contigo es una afirmación de una relación muy estrecha con la Encarnación. Cuando Dios está con un alma, su triunfo y gloria son seguros. Pues María fue la que triunfó totalmente del pecado, y siempre estuvo el Señor con Ella. En ningún instante estuvo separada de Dios por el pecado, ya que fue concebida inmaculada, y durante su vida no cometió jamás pecado alguno, ni siquiera alguna imperfección. San Agustín glosa esta frase –el Señor es contigo– poniendo en boca de san Gabriel estas palabras: Más que conmigo, Él está en tu corazón, se forma en tu vientre, llena tu alma, está en tu seno.

El saludo del ángel y las palabras de santa Isabel al recibir a María en su casa –Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1, 42)- forman la primera parte del Avemaría. Ésta es una oración que suele rezarse después del Padrenuestro; y es muy grata a la Virgen María como reflejado en el siguiente hecho. San Ildefonso, arzobispo de Toledo, en el siglo VII, fue el primero en combinar los dos saludos -el del ángel y el de santa Isabel- y hacer una sola oración. Una noche, al entrar en la catedral, encontró a Nuestra Señora sentada en el trono episcopal, rodeada de un coro de vírgenes que cantaban las alabanzas de María. Se acercó el santo obispo a la Señora, hizo tres genuflexiones, y pronunció en cada una las palabras del ángel seguidas de las de santa Isabel. María le mostró su complacencia y le premió con una hermosa casulla.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en tu seno y vas a dar a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). La Anunciación es el momento en que la Virgen María conoce que es la mujer elegida para ser Madre de Dios. San Gabriel se lo comunica recordando las palabras del profeta Isaías que anunciaban el nacimiento virginal del Mesías y que ahora se cumplen en Ella. Además le revela que el Niño será “grande”. Esta grandeza le viene por su naturaleza divina, porque es Dios. Al encarnarse, la segunda Persona de la Trinidad, sin deja de ser Dios se hace verdadero hombre; y su humanidad permanecerá para siempre indisolublemente unida a su divinidad. También le dice que Jesús será el Rey de la dinastía de David según las promesas de Salvación. Hubo una primera herejía -digamos la palabra entre nosotros- y fue esto lo que el apóstol san Juan condenó: que el Verbo no haya venido en la carne. ¡No! La Encarnación del Verbo está en la base: es Jesucristo. Dios y hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre, verdadero Dios y verdadero hombre. Así lo entendieron los primeros cristianos y tuvieron que luchar mucho, mucho, mucho por mantener estas verdades: el Señor es Dios y hombre; el Señor Jesús es Dios hecho carne (Papa Francisco).

María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Esta pregunta de la Virgen expresa su prontitud para cumplir la voluntad de Dios ante una situación que parece a primera vista contradictoria: por un lado Ella tenía la certeza de que Dios le pedía conservar la virginidad; por otro lado, también de parte de Dios se le anunciaba que iba a ser madre. Las palabras inmediatas de san Gabriel declaran el misterio del designio divino y lo que parecía imposible, según las leyes de la naturaleza, se explica por una singularísima intervención de Dios. Estas son las palabras del ángel: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios (Lc 1, 35-37).

Una vez que la Virgen conoce el designio divino dice: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, primer misterio gozoso). En el momento de la Encarnación el poder de Dios arropa con su sombra a Santa María. Es la expresión de la acción omnipotente de Dios. El Espíritu de Dios desciende sobre la Virgen, Y el fruto de su vientre será obra del Espíritu Santo. En el seno de Santa María, Dios formó un cuerpo, creó de la nada un alma, y a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; de esta suerte el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre. María es ya Madre de Dios.

María concibió a Jesús en la fe, y después en la carne, cuando dijo “sí” al anuncio que Dios le dirigió mediante el ángel. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios no ha querido hacerse hombre ignorando nuestra libertad, ha querido pasar a través del consentimiento de María, a través de su “sí”. Lo que ha ocurrido en la Virgen Madre de manera única, también sucede en nosotros, en el plano espiritual cuando acogemos la Palabra de Dios con corazón bueno y sincero. Madre, te damos gracias por tu fe de mujer fuerte y humilde; y renovamos nuestra entrega a ti, Madre de nuestra fe (Papa Francisco).

Este misterio de la Encarnación del Verbo lo recordamos todos los días en el rezo del Ángelus, siguiendo una extendida devoción cristiana. Es la oración tradicional con que los fieles conmemoran el hecho de que el Verbo se encarnara, que tuvo lugar con el anuncio del arcángel san Gabriel a la Virgen María y el consentimiento de Ésta al querer divino. Es, pues, un recuerdo del acontecimiento salvífico por el que, según el designio del Padre, el Hijo, por obra del Espíritu Santo, se hizo hombre en las entrañas purísimas de Santa María.

La recitación del Ángelus está profundamente arraigada en la piedad del pueblo cristiano y es alentada por el ejemplo de los Papas. Durante siglos la Iglesia ha rezado el Ángelus, especialmente al mediodía, aunque también existe la costumbre de rezarlo tres veces al día: al alba, al mediodía y a la puesta del sol. En algunos ambientes, las nuevas condiciones de nuestra época no favorecen el rezo del Ángelus, pero, a pesar de las dificultades, casi siempre se puede hacer una breve pausa en la actividad que se está realizando para mantener viva esta devota costumbre. Además, hay que procurar su difusión.

Dios se ha hecho hombre para ofrecerse como sacrificio en el Calvario por la salvación del género humano. Este sacrificio es superior a los sacrificios de la Antigua Ley, como se dice en la Carta a los Hebreos: Porque es imposible que la sangre de toros y machos cabríos borre los pecados. Por eso, al entrar en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me preparaste un cuerpo; los holocaustos y sacrificios por el pecado no te han agradado. Entonces dije: He aquí que vengo, como está escrito de mí al comienzo del libro, para hacer, oh Dios, tu voluntad. Habiendo dicho antes que no quisiste ni te agradaron sacrificios y ofrendas ni holocaustos y víctimas expiatorias por el pecado -cosas todas que se ofrecen según la Ley-, luego añade: he aquí que vengo para hacer tu voluntad. Deroga lo primero para instaurar lo segundo. Y por su voluntad somos santificados de una vez para siempre, mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo (Hb 10, 4-10).

El sacrificio de Cristo ha sustituido los sacrificios antiguos de todo tipo, que eran ineficaces para borrar los pecados. Su sacrificio consistió en cumplir perfectamente la voluntad del Padre, aunque exigiera dar su vida hasta morir en el Calvario. Sabía que todos los sacrificios de los machos cabríos y de los toros ofrecidos a Dios en la antigüedad no había podido satisfacer por las culpas de los hombres, sino que se necesitaba una persona divina que pudiera hacerlo por ellos. Por eso el Hijo se encarnó para hacer la voluntad del Padre, que no es otra que nuestra santificación.

Cristo “ha entrado en el mundo” para ofrecerse a Sí mismo a las penas y a la muerte por el rescate del mundo. ¿Por qué esta obediencia, por qué esta abajamiento, porque este sufrimiento? Nos responde el Credo: “Propter nos homines et propter nostram salutem: por nosotros los hombres y por nuestra salvación” Jesús bajó del cielo para hacer subir allá arriba con pleno derecho al hombre, y, haciéndolo hijo en el Hijo, para restituirlo a la dignidad perdida por el pecado (San Juan Pablo II, Discurso, 25.III.1981).

Ante el Verbo encarnado, Hijo del eterno Padre hay que doblar la rodilla por la grandeza de su amor, que le ha llevado a pedir a María un lugar en su seno para asumir nuestra naturaleza. Y María aceptó plenamente. Hágase en mí según tu palabra. Confiándonos a su oración, nos abandonamos con Ella en la voluntad de Dios: Hágase tu voluntad.

Domingo III de Cuaresma. Ciclo C

Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: “Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza”. Cuando vio el Señor que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo “¡Moisés, Moisés!” Él respondió: “Heme aquí”. Le dijo: “No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. Dijo el Señor: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel”. Contestó Moisés a Dios: “Si voy a los israelitas y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?” Dijo Dios a Moisés: “Yo soy el que soy”. Y añadió: “Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros”. Siguió Dios diciendo a Moisés: “Así dirás a los israelitas: El Señor,, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación” (Ex3, 1-8.13-15).

En este pasaje bíblico se relata la vocación de Moisés. Dios, dentro de una impresionante teofanía, elige a Moisés para que sea él quien libere a los israelitas de la esclavitud de los egipcios. La tarea encomendada no es fácil, pero antela llamada de Dios no hay que detenerse en la dificultad de la misión encomendada, o en las pocas cualidades de uno, o en sus defectos. Hay que confiar en el querer y poder de Dios. En el relato, todos los detalles del pasaje realzan el carácter sencillo y a la vez prodigioso del actuar divino: las circunstancias son ordinarias: pastoreo, monte, zarza…; pero los fenómenos que ocurren son extraordinarios: ángel del Señor, llama incombustible, voz perceptible.

En el pasaje se puede distinguir tres momentos. El primero es la llamada. Dios llama a Moisés por su nombre. El hecho de la repetición del nombre acentúa la importancia del acontecimiento. En el segundo, se presenta como el Dios de sus antepasados. Y en el último, Dios descubre a Moisés con términos entrañables el proyecto de liberación de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Y después, le transmite imperiosamente su misión.

Preguntémonos: ¿Qué es la vocación?En primer lugar, vocación es el llamamiento de Dios a la fe y a la vida eterna; es la invitación a aceptar el beneficio de la salvación dirigida a toda persona humana. Es asimismo, el llamamiento a seguir a Jesús y a oír el Evangelio, la Buena Nueva. Esta vocación es universal y es santa. Pero también hay vocaciones particulares que Dios dirige a algunas personas para que sirvan a Dios y a la Iglesia, y trabajen por la salvación de las almas, según un carisma específico. En el Evangelio vemos cómo el Señor llamaba a algunos para que le siguieran. También recogen los evangelistas las hermosas respuestas que dieron la mayoría de los llamados. Pues bien, desde los tiempos evangélicos hasta nuestros días, Dios no ha dejado de llamar a un grandísimo número de hombres y mujeres. Y son una infinidad los que han respondido con un sí lleno de voluntariedad y con plena consciencia a la llamada del Señor. Los jóvenes, en la primavera de su vida, deben estar a la escucha de la voz de Dios, para saber qué quiere Dios de ellos.

¿Cómo sabe uno que Dios le llama?, es la pregunta que suele hacerse quien se plantea la posibilidad de seguir una vocación. Dios, ordinariamente, se vale de medios humanos para llamar a muchas personas a una vida de entrega total. Y son muy diversas las maneras con las que el Señor hace conocer a los hombres su voluntad y lo que quiere para cada uno de ellos. Pero además, conviene añadir hay que la vocación sólo prospera en un corazón generoso, capaz de jugarse toda la vida por amor de Dios. Es posible que uno tenga proyectos de futuro y, de pronto, Dios le dé a conocer sus planes respecto a él. No hay que admitir la duda. Que se olvide de sus proyectos y siga la llamada de Dios. ¿Vale la pena renunciar a una serie de cosas por seguir a Cristo? Posiblemente, será esto lo que se pregunten hoy los jóvenes ricos de nuestro tiempo, aburguesados y con un corazón tibio. Pero un joven que ama a Jesús ni siquiera se plantea la cuestión, porque sabe que Dios nunca se deja ganar en generosidad.

Volvamos al pasaje bíblico. Dios encarga a Moisés que saque a los israelitas de Egipto y los conduzca a una tierra muy fértil y extensa. ¿Por qué esta misión? Sencillamente porque Dios ha visto la aflicción de su pueblo sometido a dura esclavitud. El Señor, con cuatro verbos, explica a Moisés su decisión: he observado…, he escuchado…, he comprendido…, he bajado para liberarlos. Dios no es indiferente a la suerte de los hombres, porque Dios es amor, tiene entrañas de misericordia. Dios es Dios de los patriarcas, el que los había llamado y guiado en sus peregrinaciones. Es el Dios fiel y compasivo que se acuerda de ellos y de sus promesas, viene para liberar a sus descendientes de la esclavitud. Es el Dios que más allá del espacio y del tiempo lo puede y lo quiere, y que pondrá en obra toda su omnipotencia para este designio. El rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo lo ha hecho caminando con la humanidad, interviniendo en la historia de los hombres, ha hecho historia con nosotros. Su alegría es compartir su vida con nosotros.

Dios ha caminado con su pueblo en la historia del pueblo de Israel y Jesús caminó siempre con nosotros y nos prometió el Espíritu Santo, que es fuego, que nos enseña todo lo que no sabemos, que nos guía en nuestro interior, que nos da buenas ideas y buenas inspiraciones. Alabamos a Dios, no por un misterio particular, sino por Sí mismo, por su inmensa gloria, como dice el himno litúrgico. Lo alabamos y le damos las gracias porque Él es Amor, y porque nos llama a entrar en el abrazo de su comunión, que es la vida eterna (Papa Francisco).

Moisés se resiste a llevar a cabo aquella misión, poniendo una serie de excusas, sólo ve sus limitaciones. Dios le promete que estará con él. A pesar de esta promesa del Señor, Moisés expone una nueva dificultad para su misión: no conoce el nombre de Dios, que le envía. Y Dios le revela su nombre. Yo soy el que soy. Con este nombre Dios manifiesta su propia naturaleza de ser subsistente, el que es por sí mismo, el ser absoluto. Este Nombre Divino es misterioso como Dios es Misterio. Es a la vez un Nombre revelado y como la resistencia a tomar un nombre propio, y por esto mismo expresa mejor a Dios como lo que él es, infinitamente por encima de todo lo que podemos comprender o decir: es el “Dios escondido” (s 45, 15), su nombre es inefable, y es el Dios que se acerca a los hombres (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 206).

El segundo mandamiento de la Ley de Dios dice: No tomarás el Nombre de Dios en vano. Su enunciado indica lo que está prohibido, pero tiene una parte, como los demás mandamientos, positiva, unas obligaciones. Este mandamiento nos manda invocar, bendecir, alabar, respetar, glorificar y honrar el Santo Nombre de Dios. El uso del nombre de Dios en vano consiste en proferir sin motivo alguno o sin la debida reverencia el nombre santo de Dios. Por extensión se aplica también al nombre de María y al de los santos. Las palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también “el uso mágico” del Nombre divino (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.149). Igualmente, si uno pronuncia con irreverencia alguna palabra que hace referencia a la Sagrada Eucaristía, peca, aunque sea una costumbre muy extendida. Y es una expresión irreverente emplear la palabra hostia como sinónimo de bofetada.

Por fin, Moisés acepta su misión, saca a los israelitas de Egipto y los conduce a través del desierto a la tierra prometida. San Pablo en Carta I a los Corintios se refiere al éxodo de los israelitas que estuvo acompañado de abundantes hechos prodigiosos. No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar; todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo (1 Co 10, 1-4). Efectivamente, Dios os precedía en columna de nube durante el día, para marcarles el camino; atravesaron por medio del Mar Rojo; fueron alimentados con el maná y bebieron de las aguas que Moisés hizo brotar de la roca.

A pesar de tantos prodigios como Dios fue haciendo con los israelitas durante el Éxodo, sólo algunos de los que habían salido de Egipto pudieron entrar en la Tierra Prometida, como recuerda san Pablo. Pero la mayoría de ellos no fueron del agrado de Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros para que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. Ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y perecieron bajo el Exterminador (1 Co 10, 5-6.10). La enseñanza que podemos sacar de este hecho es la siguiente: Dios libró a todos los israelitas de la esclavitud de Egipto, sin embargo sólo entraron en la Tierra Prometida los que agradaron a Dios. Igualmente Jesucristo ha redimido a todo el género humano, la Redención es universal, sin excluir a nadie. Pero, ¿todos se salvan? Dios quiere que todos los hombres se salven. Ahora bien, respeta nuestra libertad. Jesucristo ha indicado el camino del Cielo, sólo Él tiene palabras de vida eterna. Se salvarán todos los que sigan ese camino.

Todos pueden entrar en la vida, pero para todos la puerta es “estrecha”. No hay privilegiados. El paso a la vida eterna está abierto a todos, pero es “estrecho” porque es exigente, requiere empeño, abnegación, mortificación del propio egoísmo. Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna? (Mt 19, 16). Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús de Nazaret: una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. Si quieres entrar en la Vida, guardar los mandamientos (Mt 19, 17).

En los Santos Evangelios hay palabras de Jesucristo advirtiendo del peligro existente de no llegar al Cielo si no hay conversión. En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 1-5). Todos somos pecadores y merecemos un castigo peor que el de las desgracias terrenas: el castigo eterno; pero Cristo ha venido a reparar nuestros pecados y nos ha abierto las puertas del Cielo. Nosotros tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados porque sólo así Dios nos librará del castigo merecido.

Dios no quiere la muerte del pecador, sino que convierta y viva (Ez 33, 11). Por eso tiene paciencia. San Pedro escribe en su segunda carta: Usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). Esta paciencia divina también aparece en el Evangelio, en la siguiente parábola: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?” Pero él le respondió: “Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas” (Lc 13, 6-9). Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos.

La clemencia de Dios, su misericordia y paciencia, no pueden llevarnos a descuidar nuestros deberes cristianos dejándonos vencer por la pereza y la comodidad. Dios aunque misericordioso también es justo y castigará las faltas de correspondencia a su gracia. Pero tiene paciencia, sabe esperar. Por eso, cada vez que nos acercamos al sacramento de la reconciliación (confesión) cantamos un himno a la paciencia de Dios. ¡Cómo nos lleva el Señor sobre los hombros, con cuánta paciencia!

En este éxodo nuestro, en esta peregrinación terrena en la que caminamos hacia la meta última del hombre la Virgen María nos acompaña y nos ayuda para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Solemnidad de San José. Ciclo C

En la liturgia de la Palabra de la Misa de la Solemnidad de San José está la profecía de Natán referente a la ascendencia davídica de Jesucristo. En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre” (2 S 7, 4-5.12-14.16). Según estas palabras todo descendiente de David, figura del Mesías futuro, será un hijo para Dios. Esta filiación no es natural (sólo lo es en el caso de Jesús), sino que se trataba de la estrecha relación entre Dios y el rey, de tal forma que la persona y el gobierno del rey eran símbolo de la presencia e intervención del mismo Dios.

La filiación divina del rey es, por tanto, la expresión de la Alianza establecida entre Dios y el descendiente de David. Dios se compromete a comportarse con el rey de Israel como un buen padre con su hijo. Jesucristo llevará a plenitud este oráculo y esta Alianza puesto que es el Hijo eterno de Dios hecho hombre.

Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Estas palabras del Señor dichas a David aludiendo a la descendencia del rey bien pueden ponerse en boca de san José y referidas al descendiente de David por antonomasia -el Mesías-, ya que al esposo de la Virgen María le correspondió la paternidad legal de Jesús. Por las genealogías del Señor que aparecen en los Santos Evangelios se sabe que san José era de la familia de David. Y por su paternidad legal es Jesucristo descendiente de David.

Entre los hebreos las genealogías se hacían por vía masculina. José, al ser esposo de María, era el padre legal de Jesús. La figura del padre legal es equivalente en cuanto derechos y obligaciones a la del verdadero padre. En este hecho se fundamenta sólidamente la devoción al Santo Patriarca, puesto que fue elegido por Dios para esa misión tan especial: la de hacer de padre de Jesús aquí en la tierra.

Sin embargo, no parece que esta descendencia pueda sostenerse relacionándola únicamente con la paternidad legal de san José, sino que se hace necesario entroncar de modo natural a Jesús con aquel rey tan unido al mesianismo, tanto cuanto que la afirmación de la Escritura es categórica: nacido de la estirpe de David según la carne (Rm 1, 3). El autor de esta afirmación -san Pablo-, aparte de la inspiración divina, como maestro que era de san Lucas, no podría por menos de estar muy al tanto de la virginidad de la Santísima Virgen. Por tanto, para poder decir que Jesús era descendiente de David según la carne era necesario -ya que la concepción de Cristo fue virginal, sin intervención alguna de san José- que el linaje de Santa María fuera davídico.

La genealogía del Evangelio según san Mateo acaba con este versículo: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16). El evangelista usa una fórmula completamente distinta de la aplicada a los demás personajes de la genealogía. Con el citado versículo enseña positivamente la concepción virginal de Jesús sin intervención de san José. La generación de Jesucristo fue así: estando desposada su madre María con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18).

Antes de que conviviesen. Según las disposiciones de la Ley de Moisés, aproximadamente un año antes de las bodas se realizaban los esponsales. Estos tenían prácticamente ya el valor jurídico del matrimonio. Las bodas propiamente dichas consistían, entre otras ceremonias, en la conducción solemne y festiva de la esposa a la casa del esposo. Ya desde los esponsales era preciso el libelo de repudio en el caso de ruptura de las relaciones. Al darse cuenta del estado de buena esperanza de María, José, como era justo y no quería difamar a su esposa, pensó repudiarla en secreto (Mt 1, 19).

San José consideraba santa a su esposa a pesar de ver en Ella los signos de la maternidad. Por tanto se encontraba en una situación inexplicable para él. Tratando de actuar conforme a la voluntad de Dios se sentía obligado a repudiar a su esposa, pero con el fin de evitar la infamia pública de María, decidió dejarla privadamente. Y así recaería sobre él la infamia de haber abandonado sin motivo alguno a su esposa. El dolor tan inmenso que le supondría a san José esta separación. El amor que tenía a la Santísima Virgen era enorme: no hay esposo que haya amado tanto a su esposa.

El evangelista san Mateo destaca que el esposo de la Virgen María erajusto. José era definitivamente un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes. Supo vivir, tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que compusieron su vida. Por eso, la Escritura Santa alaba a José, afirmando que era justo. Y, en el lenguaje hebreo, justo quiere decir piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina; otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. En una palabra, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor, cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos, los demás hombres (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 40).

San José, el esposo fiel y delicado de María, fue muy santo, pues para la misión maravillosa que Dios le encomendó convenía que tuviera un altísimo grado santidad. Su misión fue, en un primer momento, acompañar a la Virgen María como esposo solícito y compartir con Ella las primicias del misterio de la Redención; y después, proteger al Niño Jesús, custodiar la virginidad de María y ser el cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret.

Estando él considerando estas cosas, un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).Cuál sería el gozo de José cuando el ángel le comunicó que el niño concebido por María era Hijo de Dios y el Mesías esperado. San José es el primer hombre que recibe esta declaración divina del hecho de la salvación, que se estaba ya realizando.

Grande fue la prueba a la que Dios sometió a José y María. Fue admirable el silencio María. Su entrega perfecta a Dios le lleva incluso a no defender su honra y su inocencia. Ella, la mujer llena de gracia, tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios. Y José, el hombre fiel y justo, prefirió creer en Dios en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Por eso, despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado (Mt 1, 24). Es la obediencia pronta, porque es un hombre que sabe escuchar a Dios y cumplir la voluntad divina. En toda su vida sobresale una estupenda docilidad, una excepcional prontitud en obedecer. En este versículo se encierra la misión que Dios confía a José, la de ser custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como señaló san Juan Pablo II: Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo (Exhortación apostólica Redemptoris Custos, n. 1).

No nos puede extrañar que también nosotros seamos sometidos a veces, a lo largo de la vida, a duras pruebas; en ellas hemos de confiar en Dios y permanecerle fieles, a ejemplo de José y María.

San José apenas se asoma a las páginas de los Santos Evangelios, y en estos no se han recogido palabra alguna de él, pero su silencio está lleno de grandeza. Impresiona por su silencio. Ningún hombre ha estado nunca tan cerca de Jesús. ¿Acaso las palabras pueden sustituir al gozo de la compañía? No necesitamos decir nada si Cristo vive en nosotros. Por eso todos los santos han tenido una especial predilección por san José. Su secreto estaba, justamente en lo esencial: ser de Cristo, vivir en Él, con Él y para Él.

San José se merece todo nuestro reconocimiento y nuestra devoción… y nuestro cariño por el modo que supo custodiar a la Virgen y a Jesús, hijo de Dios y Santa María. El papa Francisco, hablando del Santo Patriarca, se ha referido alguna vez del cariño que le tiene y cómo le pide cosas. Yo quiero mucho a san José, porque es un hombre fuerte y de silencio, y en mi escritorio tengo una imagen de san José durmiendo, y durmiendo cuida a la Iglesia. Y cuando tengo un problema, una dificultad, yo escribo un papelito y lo pongo debajo de san José, para que lo sueñe. Esto significa: para que rece por ese problema. José escuchó al ángel del Señor, y respondió a la llamada de Dios a cuidar de Jesús y de María. De esta manera, cumplió su papel en el plan de Dios, y llegó a ser una bendición no sólo para la Sagrada Familia, sino para toda la humanidad. Con María, José sirvió de modelo para el niño Jesús, mientras crecía en sabiduría, edad y gracia. Cuando las familias tienen hijos, los forman en la fe y en sanos valores, y les enseñan a colaborar en la sociedad, se convierten en una bendición para nuestro mundo.

En los versículos de la Carta a los Romanos que se lee en la Misa de San José se hace referencia a la fe y a la paternidad de Abrahán. Por la justicia de la fe fue hecha a Abrahán y su posteridad la promesa de ser heredero del mundo. Por eso, la promesa viene de la fe, a fin de que, en virtud de la gracia, sea firme la promesa para toda la descendencia, no tan sólo para los de la ley, sino también para los de la fe de Abrahán, padre de todos nosotros, como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchas naciones: padre nuestro delante de Aquél a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean. El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones según le había sido dicho: Así será tu descendencia (Rm 4, 13.16-18).

Hay un cierto paralelismo entre Abrahán y san José. Éste, cuando se dio cuenta del embarazo de María, quedó desconcertado, y decidió con gran dolor repudiar a su esposa en privado. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac: renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre un camino distinto, una vía de amor y de felicidad. Y apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza. Por el hijo de la promesa Abrahán fue constituido padre de muchas naciones. Es el padre de todos los creyentes. Y san José, por ser quien hizo las veces de padre de Jesús en la tierra, la Iglesia lo tiene como Patrono.

A veces, ha sido representado en las imágenes como un venerable anciano, alguien que sólo sería capaz de respetar la virginidad de María haciendo de la necesidad virtud. Pero san José fue un hombre joven, alguien que supo amar con delicadeza y ternura a María, su virginal esposa, y alguien que encontró su fuerza en la fe para respetar los caminos de Dios. Él nos enseña la compatibilidad de la castidad con el vigor de la juventud.

Aunque en la Sagrada Escritura no se dice nada de la muerte de san José, es lógico pensar que ocurrió antes del ministerio público de Jesús. Pero sí se sabe que san José tuvo una muerte apacible, sin angustias, rodeado de Jesús y María, que le atendían piadosamente. Jesús le confortaría con palabras de vida eterna. María con los cuidados y atenciones que se tienen con un enfermo a quien se le quiere de verdad.

Es muy de desear que todos seamos muy devotos de san José. Si así es, veremos como José nos conduce hasta María, y los dos -José y María- nos llevarán hasta Jesús. Y terminamos imaginándonos la alegría de nuestra Madre, la Virgen María, en la fiesta de su esposo. Que Ella nos enseñe a seguir los pasos de san José.

Domingo II de Cuaresma. Ciclo C

El Señor lo sacó afuera y le dijo: “Mira al cielo y cuenta las estrellas, si puedes. Así será tu descendencia”. Y creyó Abram al Señor, el que lo tuvo en adelante por un hombre justo (Gn 15, 5-6). Dios pidió a Abrahán un acto de fe en su palabra, y el Patriarca, contra toda esperanza, creyó sin flaquear su fe al considerar su cuerpo ya sin vigor alguno, debido a su ancianidad, y también la amortiguada matriz de Sara. Ante la promesa de Dios no vaciló, sino que fortalecido por la fe, dio gloria a Dios, convencido de que Dios era capaz de cumplir lo que había prometido. Por esto Abrahán quedó constituido como el padre de todos aquellos que creen en Dios y en su palabra de salvación.

La fe de Abrahán se manifiesta en su obediencia a Dios cuando el Señor le sacó de su tierra, de Ur de los Caldeos, prometiéndole que le entregaría otra tierra en propiedad y, también, cuando más tarde estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo porque el Señor se lo pidió. Este aspecto de la obediencia de Abrahán es el que pondrá especialmente de relieve el apóstol Santiago el Menor en su epístola: Abrahán, nuestro padre, ¿acaso no fue justificado por las obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y cómo le alcanzó su perfección por las obras? Y así se cumplió la Escritura que dice: “Creyó Abrahán a Dios y le fue contado como justicia”, y fue llamado amigo de Dios (St 2, 21-23).

La confianza en la divina Providencia es la fe firme y viva en que Dios nos puede ayudar y lo hará. Que nos puede ayudar es evidente, porque es omnipotente. Que nos ayudará es seguro, porque lo ha prometido en muchos lugares de la Sagrada Escritura y es fiel a todas sus promesas (Santa Teresa de Calcuta). Dios cumple sus promesas: la descendencia de Abrahán fue muy numerosa como se lo había prometido. El Señor pactó una alianza con Abram diciendo: “A tu descendencia daré esta tierra desde el torrente de Egipto hasta el gran río Eufrates” (Gn 15, 18). Y así fue. Después de sacar de Egipto a los israelitas y conducirlos por el desierto, el Señor les dio en posesión la tierra prometida.

También el Nuevo Testamento hay promesas divinas. Por ejemplo, he aquí algunas de las que hizo Jesucristo: El que os dé a beber un vaso de agua en mi nombre no se quedará sin recompensa (Mc 9, 41). Todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna (Mt 19, 29). Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo. Si alguno come de este pan vivirá eternamente (Jn 6, 51). Yo os rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre (Jn 14, 16). Y todas se cumplen. Tengamos mucha fe, confiemos en Jesús. Él dijo que nunca nos dejaría solos. Sí, el Evangelio es auténtico, pero es preciso tener el coraje de llevarlo a la práctica. Entonces veremos cómo Jesús nos acompaña por el camino de la vida.

En la Carta a los Filipenses, san Pablo advierte del mal ejemplo de quienes arrastran una vida colmada de vicios, se dejan llevar del apetito sensual y ponen su afán en cosas que lo esclavizan. Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas (Flp 3, 18). Y su consejo es que nos fijemos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros (Flp 3, 17). La imitación de los santos es camino seguro de salvación, y todos estamos llamados a la santidad, a vivir una vida alegre y esperanzada, propia de los hijos de Dios. Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas (Flp 3, 20-21). He aquí otra promesa de Dios: la resurrección gloriosa que alcanzaremos por el esfuerzo por tener un comportamiento digno de ciudadanos del Cielo, por identificarnos con Jesucristo. Ya Nuestro Señor dijo: Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre (Mt 13, 43), refiriéndose a una de las dotes de los cuerpos gloriosos: la claridad. Promete Dios transformar el cuerpo de nuestra bajeza conforme al cuerpo de su claridad.

Porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos; nosotros tenemos la esperanza en la resurrección porque Él nos abrió la puerta a esta resurrección. Y esta transformación, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida por la relación con Jesús, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros, que en esta vida hemos sido alimentados con su Cuerpo y con su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él (Papa Francisco).

En el monte Tabor; Jesús se dejó ver por tres de sus apóstoles con su cuerpo glorioso. Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante (Lc 9, 28-29). El pueblo de Israel vio también alguna imagen de esta gloria en el desierto, cuando el rostro de Moisés resplandecía por el coloquio y la presencia de Dios, de tal modo que los hijos de Israel no podían fijar en él su mirada. Ahora Pedro, Juan y Santiago contemplan a su Maestro transfigurando, tal como lo veremos en el Cielo. Y según san Pablo, el mismo Cristo transfigurará nuestro cuerpo en un cuerpo glorioso, lleno de claridad.

La claridad es cierto resplandor que, procedente de la suma felicidad del alma, redunda en el cuerpo como una cierta comunicación a éste de la felicidad que goza el alma. Pero no debe creerse que esta dote participen todos en la misma proporción. Porque, aunque todos los cuerpos de los santos serán igualmente impasibles, sin embargo no tendrán el mismo resplandor; pues,como dice el Apóstol, una es la claridad del sol, otra la claridad de la luna y otra la de las estrellas, e incluso hay diferencia en la claridad entre unas estrellas y otras; así sucederá en la resurrección de los muertos (Catecismo Romano).

En la transfiguración del Señor aparecieron con Él Moisés y Elías, también en gloria. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él (Lc 9, 32). Jesús toma la decisión de mostrar a Pedro, Santiago y Juan una anticipación de su gloria, que tendrá después de la resurrección, para confirmarlos en la fe y alentarlos a seguirlo por la senda de la prueba, por el camino de la Cruz. Jesús se revela como el icono perfecto del Padre, la irradiación de su gloria. Es el cumplimiento de la revelación; por eso junto a Él transfigurado aparecen Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas, para significar que todo termina y comienza en Jesús, en su pasión y en su gloria.

Pedro le dijo a Jesús: Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías (Lc 9, 33). El deseo de san Pedro es lógico. ¡Qué bien se está con Jesús! A nadie se le concede vivir en el Tabor mientras está en la tierra. La felicidad plena la tendremos en el Cielo, cuando gocemos de la visión de Dios cara a cara. Pero aquí en la tierra podemos y debemos felices, con esa felicidad relativa, incompleta, propia de aquí abajo; una felicidad que es compatible con las lágrimas y con el sufrimiento. Felicidad que sólo es posible abriendo de par en par las puertas de nuestro corazón a Cristo, estando con Cristo. Así encontraremos la verdadera vida. Él no quita nada, y lo da todo, especialmente la felicidad.

En el Cielo tendremos la visión beatífica, pero aquí, en este mundo, también podemos tener visión de Dios por medio de la fe. La existencia humana es un camino de fe y, como tal, transcurre más en la penumbra que a plena luz, con momentos de oscuridad e, incluso, de tinieblas. Mientras estamos aquí, nuestra relación con Dios se realiza más en la escucha que en la visión; y la misma contemplación se realiza, por decirlo así, con los ojos cerrados, gracias a la luz interior encendida en nosotros por la palabra de Dios (Benedicto XVI). Cultivemos la fe recibida para que sea brújula que oriente nuestra vida hacia Dios, de donde viene la luz y la felicidad. Viviendo coherentemente nuestra fe, daremos testimonio auténtico de vida cristiana y haremos que en la sociedad actual resplandezca la luz vivificante del Evangelio.

Vino una voz desde la nube, que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle” (Lc 9, 35). El testimonio del Padre, expresado con las mismas palabras que en el día del Bautismo, revela a los tres apóstoles que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Hijo muy amada, Dios mismo. A sus palabras ya dichas en el Bautismo de Jesús en Jordán, añade: Escuchadle, como para indicar que Jesús es también el profeta supremo anunciado por Moisés. Todo lo que Dios quiere decir a la humanidad lo ha dicho a través de Cristo, al llegar la plenitud de los tiempos. Cada palabra, cada gesto de Jesucristo -palabras y gestos de Dios- es una invitación con múltiples facetas que exige de nosotros una correspondencia múltiple también, porque Él se nos ha entregado del todo. No se ha desentendido el Maestro, en ningún momento, de su misión de Redentor (Javier Echevarría).

Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podemos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros es bueno estar aquí, en torno a Jesús. Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros (Papa Francisco). Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogedlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría.

¡Escuchadlo! es una consigna para los apóstoles y para nosotros. Escuchad a Jesús. Él es el Salvador: seguidlo. Escuchar a Cristo, en efecto, lleva a asumir la lógica de su misterio pascual, ponerse en camino con Él para hacer de la propia vida un don de amor para los demás, en dócil obediencia a la voluntad de Dios, con una actitud de desapego de las cosas mundanas y de libertad interior. Es necesario, en otras palabras, estar dispuestos a “perder la propia vida”, entregándola a fin de que todos los hombres se salven: así, nos encontraremos en la felicidad eterna. El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad, ¡no lo olvidéis! El camino de Jesús nos lleva siempre a la felicidad. Habrá siempre una cruz en medio, pruebas, pero al final nos lleva siempre a la felicidad (Papa Francisco).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a la Virgen María. Ella nos precede y continuamente nos confirma en la fe. Su ejemplo de escucha a la voz de Dios nos ayudará a cumplir siempre la voluntad de Dios.