Libro de las letanías (VII): Invocación común

Invocación común

Invoquemos a Cristo Señor del mundo, recurriendo confiados a la intercesión de su Santa Madre, sentada con él en la gloria de los cielos: Digamos juntos:

R/. Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros

Sálvanos, Señor, por tu encarnación R/.

Sálvanos, Señor, por tu nacimiento en Belén R/.

Sálvanos, Señor, por tu presentación en el templo R/.

Sálvanos, Señor, por tu santo bautismo R/.

Sálvanos, Señor, por tu pasión y tu cruz R/.

Sálvanos, Señor, por tu muerte y sepultura R/.

Sálvanos, Señor, por tu santa resurrección R/.

Sálvanos, Señor, por tu gloriosa ascensión R/.

Sálvanos, Señor, por el don del Espíritu Santo R/.

Sálvanos, Señor, cuando vengas en la gloria R/.

Concede a nuestro Papa vida y salud y

consérvalo en la Santa Iglesia como guía

y pastor del pueblo de Dios R/. Interceda por él tu Madre

Ilumina las mentes de los gobernantes en

la búsqueda del bien común, de la paz y

la justicia

Escucha el llanto de los sufrientes, el

grito de los perseguidos, la invocación

de las víctimas inocentes

Guía a la conversión a cuantos se han

alejado de ti por culpa propia o por los

escándalos ajenos

Muestra la luz de tu rostro a cuantos te

buscan con sinceridad de corazón

Padre nuestro.

Oh Dios, tú has manifestado al mundo

entre los brazos de la Virgen Madre a tu Hijo,

gloria de Israel y luz de los pueblos;

haz que en la escuela de María

reforcemos nuestra fe en Cristo

y reconozcamos en él el único mediador

y salvador de todos los hombres.

Él vive y reina por los siglos de los siglos.

R/. Amén

(La oración se concluye con la Encomienda a la Madre del Señor)

Obedientes a la palabra de Jesús al morir en la cruz,

nos entregamos a ti como hijos,

oh Madre del Señor;

estréchanos con amor materno,

enséñanos la sabiduría del Evangelio,

guíanos a la comunión con Cristo.

En la Escuela de María

La Virgen María nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y qué significa acoger la novedad de Dios en nuestra vida. Ella concibió a Jesús por obra del Espíritu, y cada cristiana, cada uno de nosotros, está llamado a acoger la Palabra de Dios, a acoger a Jesús dentro de sí y llevarlo luego a todos. María invocó al Espíritu con los Apóstoles en el Cenáculo: también nosotros, cada vez aque nos reunimos en oración estamos sostenidos por la presencia espiritual de la Madre de Jesús, para recibir el don del Espíritu y tener la fuerza de testimoniar a Jesús resucitado. Que María os ayude a estar atentos a lo que el Señor os pide, y a vivir y caminar siempre según el Espíritu Santo (Papa Francisco).

Mes de mayo, mes de la Virgen María

Continuando con la catequesis sobre la Iglesia, me gustaría mirar a María como imagen y modelo de la Iglesia. Y lo hago recuperando una expresión del Concilio Vaticano II. Dice la constitución Lumen gentium: Como enseñaba san Ambrosio, la Madre de Dios es una figura de la Iglesia en el orden de la fe, la caridad y de la perfecta unión con Cristo (n. 63).

Partamos desde el primer aspecto, María como modelo de fe. ¿En qué sentido María es un modelo para la fe de la Iglesia? Pensemos en quién fue la Virgen María: una joven judía, que esperaba con todo el corazón la redención de su pueblo. Pero en aquel corazón de joven hija de Israel, había un secreto que ella misma aún no lo sabía: en el designio del amor de Dios estaba destinada a convertirse en la Madre del Redentor. En la Anunciación, el mensajero de Dios la llama “llena de gracia” y le revela este proyecto. María responde “sí”, y desde ese momento la fe de María recibe una nueva luz: se concentra en Jesús, el Hijo de Dios que se hizo carne en ella y en quien que se cumplen las promesas de toda la historia de la salvación. La fe de María es el cumplimiento de la fe de Israel, en ella realmente está reunido todo el camino, la vía de aquel pueblo que esperaba la redención, y en este sentido es el modelo de la fe de la Iglesia, que tiene como centro a Cristo, la encarnación del amor infinito de Dios.

¿Cómo ha vivido María esta fe? La vivió en la sencillez de las miles de ocupaciones y preocupaciones cotidianas de cada madre, en cómo ofrecer los alimentos, la ropa, la atención en el hogar… Esta misma existencia normal de la Virgen fue el terreno donde se desarrolla una relación singular y un diálogo profundo entre ella y Dios, entre ella y su hijo. El “sí” de María, ya perfecto al principio, creció hasta la hora de la Cruz. Allí, su maternidad se ha extendido abrazando a cada uno de nosotros, nuestra vida, para guiarnos a su Hijo. María siempre ha vivido inmersa en el misterio del Dios hecho hombre, como su primera y perfecta discípula, meditando cada cosa en su corazón a la luz del Espíritu Santo, para entender y poner en práctica toda la voluntad de Dios.

Podemos hacernos una pregunta: ¿nos dejamos iluminar por la fe de María, que es Madre nuestra? ¿O la creemos lejana, muy diferente a nosotros? En tiempos de dificultad, de prueba, de oscuridad, la vemos a ella como un modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y solamente nuestro bien? Pensemos en ello, ¡tal vez nos hará bien reencontrar a María como modelo y figura de la Iglesia por esta fe que ella tenía!

Llegamos al segundo aspecto: María, modelo de caridad. ¿De qué modo María es para la Iglesia ejemplo viviente del amor? Pensemos en su disponibilidad hacia su prima Isabel. Visitándola, la Virgen María no solo le llevó ayuda material, también eso, pero le llevó a Jesús, quien ya vivía en su vientre. Llevar a Jesús en dicha casa significaba llevar la alegría, la alegría plena. Isabel y Zacarías estaban contentos por el embarazo que parecía imposible a su edad, pero es la joven María la que les lleva el gozo pleno, aquel que viene de Jesús y del Espíritu Santo, y que se expresa en la caridad gratuita, en el compartir, en el ayudarse, en el comprenderse.

Nuestra Señora quiere traernos a todos el gran regalo que es Jesús; y con Él nos trae su amor, su paz, su alegría. Así, la Iglesia es como María, la Iglesia no es un negocio, no es un organismo humanitario, la Iglesia no es una ONG, la Iglesia tiene que llevar a todos hacia Cristo y su evangelio; no se ofrece a sí misma -así sea pequeña, grande, fuerte o débil- la Iglesia lleva a Jesús y debe ser como María cuando fue a visitar a Isabel. ¿Qué llevaba María? A Jesús. La Iglesia lleva a Jesús: ¡este el centro de la Iglesia, llevar a Jesús! Si hipotéticamente, alguna vez sucediera que la Iglesia no lleva a Jesús, ¡esta sería una Iglesia muerta! La Iglesia debe llevar la caridad de Jesús, el amor de Jesús, la caridad de Jesús.

Hemos hablado de María, de Jesús. ¿Qué pasa con nosotros? ¿Con nosotros que somos la Iglesia? ¿Cuál es el amor que llevamos a los demás? Es el amor de Jesús que comparte, que perdona, que acompaña, ¿o es un amor aguado, como se alarga al vino que parece agua? ¿Es un amor fuerte, o débil, al punto que busca las simpatías, que quiere una contrapartida, un amor interesado?

Otra pregunta: ¿a Jesús le gusta el amor interesado? No, no le gusta, porque el amor debe ser gratuito, como el suyo. ¿Cómo son las relaciones en nuestras parroquias, en nuestras comunidades? ¿Nos tratamos unos a otros como hermanos y hermanas? ¿O nos juzgamos, hablamos mal de los demás, cuidamos cada uno nuestro “patio trasero”? ¿O nos cuidamos unos a otros? ¡Estas son preguntas de la caridad!

Y un último punto brevemente: María, modelo de unión con Cristo. La vida de la Virgen fue la vida de una mujer de su pueblo: María rezaba, trabajaba, iba a la sinagoga… Pero cada acción se realizaba siempre en perfecta unión con Jesús. Esta unión alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en la ofrenda de la vida al Padre para la salvación de la humanidad. Nuestra Madre ha abrazado el dolor del Hijo y ha aceptado con Él la voluntad del Padre, en aquella obediencia que da fruto, que trae la verdadera victoria sobre el mal y sobre la muerte.

Es hermosa esta realidad que María nos enseña: estar siempre unidos a Jesús. Podemos preguntarnos: ¿Nos acordamos de Jesús sólo cuando algo está mal y tenemos una necesidad? ¿O tenemos una relación constante, una profunda amistad, incluso cuando se trata de seguirlo en el camino de la cruz?

Pidamos al Señor que nos dé su gracia, su fuerza, para que en nuestra vida y en la vida de cada comunidad eclesial se refleje el modelo de María, Madre de la Iglesia. ¡Que así sea! (Papa Francisco).

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima. Cautividad de Babilonia

Lección trigésima

Cautividad de Babilonia

¿Quiénes fueron los últimos reyes de Judá? El inmediato sucesor de Josías fue su hijo Joacaz. Pero éste reinó muy poco tiempo -tres meses- pues el rey de Egipto Necó II lo destronó de Jerusalén y lo hizo prisionero, llevándoselo a Egipto donde murió. Además impuso al país el pago de cien talentos de plata y uno de oro. Destronado Joacaz, el faraón puso en el trono de Judá a Eliaquim, hijo también de Josías, cambiándole el nombre por el de Joaquín. Esto ocurría en el año 608 antes de Cristo. Joaquín I, muy débil de carácter y además entregado a la idolatría, pagó el tributo a Necó II, y, a pesar de las terribles amenazas de los profetas Jeremías y Baruc, desoyó las advertencias del cielo. Su reinado de Joaquín I se caracterizó por la corrupción y la injusticia; él fue el responsable del asesinato del profeta Urías, y no quiso escuchar la palabra del Señor por boca de Jeremías.

A Joaquín I, muerto en el año 598 antes de Cristo, le sucedió su hijo, también llamado Joaquín -Joaquín II-. Éste reinó poco tiempo, pues llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor. El rey de Babilonia puso en el trono de Judá al tío de Joaquín II, llamado Matanías, al que le fue cambiado el nombre por el de Sedecías. Éste fue el último rey de Judá.

¿Cuándo comenzó la cautividad de Babilonia? Hubo dos deportaciones. La primera durante el reinado de Joaquín II, en el año 597 antes de Cristo, aunque antes ya algunos jóvenes judíos habían sido llevados a Babilonia. En el año 612 antes de Cristo, aún durante el reinado de Josías, Nínive fue destruida por los medos y babilonios, que se repartieron el imperio de Asiria. Creyendo el rey de Egipto Necó II que había llegado el momento propicio para apoderarse de Siria y Palestina, atacó a Nabopolasar, rey de Babilonia. Éste envió contra el faraón a su hijo Nabucodonosor, que derrotó al egipcio en Carquemís.

Después de vencer en Carquemís, Nabucodonosor siguió su expedición y llegó a Jerusalén para someterla; se apoderó de ella, saqueó el Templo, exigió un fuerte tributo para dejar al rey de Judá en libertad, y se llevó consigo a cierto número de judíos, entre ellos al Daniel y a sus compañeros. Esto ocurrió en el año 605 antes de Cristo. Fue el preludio de la cautividad de Babilonia anunciada por los profetas.

Muerto Nabopolasar (año 604 antes de Cristo), le sucedió Nabucodonosor en el trono de Babilonia. Éste rey -Nabucodonosor II- fue el más poderoso de los reyes de Babilonia. El poder de su imperio se extendió por todo el Oriente próximo.

En el año 601 antes de Cristo, Joaquín I, rey de Judá, se rebeló contra Nabucodonosor y atrajo sobre sí los ataques a pequeña escala de los reinos vecinos favorables al poder babilonio. Y Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él (Joaquín I); lo sujetó con cadenas de bronce y lo deportó a Babilonia. Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del Templo del Señor y los depositó en su palacio (2 Cro 36, 6-7).

En el año 597 antes de Cristo, nada más comenzar el reinado de Joaquín II, los soldados de Nabucodonosor sitiaron la ciudad de Jerusalén. Luego llegó Nabucodonosor, rey de Babilonia, frente a la ciudad, mientras sus soldados estrechaban el cerco sobre ella. Joaquín II, rey de Judá salió al encuentro del babilonio, y éste lo tomó prisionero. Conquistada la ciudad de Jerusalén, Nabucodonosor saqueó el Templo del Señor, llevándose todos los tesoros del Templo y también los del palacio del rey. Hizo añicos todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el Santuario del Señor. Sucedió tal como lo había dicho el Señor. Llevó cautiva a Jerusalén entera, a todos los jefes y a todos los guerreros valientes; hizo diez mil cautivos, todos los herreros y cerrajeros. No dejó más que al pueblo llano pobre. Llevó cautivo a Joaquín, a la madre del rey, a sus esposas, eunucos y a los hombres importantes del país; los llevó a la cautividad desde Jerusalén a Babilonia. A todos los varones fuertes, siete mil, a los herreros y cerrajeros, mil, a todos los guerreros que podían pelear, el rey de Babilonia los llevó a la cautividad de Babilonia (2 R 24, 13-16). Fue la primera deportación.

¿Y la segunda…? Algunos años después vino la segunda deportación. En el lugar de Joaquín II, puso Nabucodonosor a Matanías -tío del rey depuesto- cambiándole el nombre por el de Sedecías. Éste obró el mal a los ojos del Señor, su Dios; y no quiso humillarse ante el profeta Jeremías que hablaba de parte del Señor. Además se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar fidelidad en el nombre de Dios. Endureció su cerviz y decidió en su corazón, con firmeza, no volver al Señor, Dios de Israel (2 Cro 36, 12-13). Entonces apareció por segunda vez el ejército de Nabucodonosor cerca de los muros de Jerusalén, que fue tomada por asalto después de 18 meses de sitio. El Señor hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hombres jóvenes en el interior del Santuario sin tener piedad ni de muchachos ni de doncellas, ni de ancianos ni de viejos; a todos los puso en sus manos. Se llevó a Babilonia todos los objetos del Templo, grandes y pequeños, los tesoros del Templo y los de rey y de los oficiales. Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa. Así se cumplió la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: “Hasta que el país llegue a disfrutar los sábados perdidos, vivirá en un sábado prolongado durante los días de la desolación, en concreto, setenta años” (2 Cro 36, 17-21). Sólo quedaron en la Judea los habitantes más pobres del campo, que se dedicaron al cultivo de la tierra. Esta segunda deportación ocurrió en el año 587 antes de Cristo.

¿Y qué pasó con Sedecías? En un principio, el rey de Judá pudo escapar, pero después fue capturado. Llevado a presencia del rey de Babilonia, que pronunció sentencia contra él. Degollaron a los hijos de Sedecías ante sus propios ojos. Luego hizo sacarle los ojos a Sedecías, lo mandó atar con cadenas de bronce y lo hizo conducir a Babilonia (2 R 25, 7).

Así acabó el reino de Judá, víctima, lo mismo que el de Israel, de sus prevaricaciones contra el Dios de sus padres, después de haber subsistido 345 años, del año 932 al año 587 antes de Cristo.

¿Fue para los judíos esta cautividad tan dura como la esclavitud en Egipto? No. Nabucodonosor trató con bastante humanidad a los cautivos, permitiéndoles adquirir tierras, dedicarse al comercio y juzgarse por sus propias leyes, de suerte que los judíos no dejaron de subsistir como pueblo particular. Demostraron gran habilidad en el comercio y en política, por lo cual su condición mejoró poco a poco, y algunos alcanzaron gran influencia y poder.

¿Qué profetas son de la época de la cautividad de Babilonia? Están Daniel, Ezequiel y Jeremías.

Ezequiel fue un sacerdote y profeta hebreo, exiliado a Babilonia, que ejerció su ministerio durante el cautiverio de Israel en Babilonia y sostuvo el ánimo y la fe de los cautivos diseminados por las márgenes del río Éufrates. A diferencia de otros profetas, Ezequiel decía captar importantes revelaciones en forma de visiones simbólicas de parte de Dios, por lo que se caracteriza por las descripciones detalladas de sus visiones.

Ezequiel fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín I de Judá e internado en la región de Caldea. Cinco años después, a los treinta de su edad, Dios lo llamó a la misión de profeta, que ejerció entre los desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 antes de Cristo.

A pesar de las calamidades del destierro, los primeros cautivos (los deportados en el año 597 antes de Cristo) no dejaban de abrigar esperanzas de que el cautiverio terminaría pronto y de que el Señor, Dios de Israel, no permitiría la destrucción de la santa ciudad de Jerusalén y de su Templo. Había, además, falsos profetas. Estos engañaban al pueblo prometiéndole, en un futuro cercano, el retorno al país de sus padres. Tanto mayor fue el desengaño de los infelices cuando llegó la noticia de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo. No pocos perdieron la fe y cayeron en la desesperación. La labor del profeta Ezequiel consistió, principalmente, en someter a la amonestación, llamar al arrepentimiento, y combatir el paso de los judíos a la religión de los conquistadores. Predicó contra la corrupción moral y la práctica de costumbres babilónicas (que él consideraba bárbaras). Y proclamó contra ideas erróneas acerca del pronto viaje de retorno a Jerusalén. Para consolarlos escribió Ezequiel, con los más vivos y bellos colores, las esperanzas del tiempo mesiánico. Las profecías de Ezequiel descuellan por la riqueza de alegorías, imágenes y acciones simbólicas de tal manera que han sido llamadas “mar de la palabra divina” y “laberinto de los secretos de Dios”.

El profeta Jeremías nació el año 650 antes de Cristo, y a partir del año 585 antes de Cristo (que es el año que va a Egipto) no se sabe nada de él, ni por tanto el año de su muerte. Es otro de los profetas mayores. Además de ser el autor del libro de Jeremías, escribió el libro de las Lamentaciones. Era un hombre sensible y tímido de ordinario, pero de sublimes arranques cuando hablaba por inspiración de Dios. Sufrió grandes persecuciones por parte de los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, y varias veces estuvo a punto de ser condenado a muerte, pero al fin su virtud y su justicia fueron reconocidas por el pueblo, cuando éste, en castigo de sus propios pecados, fue llevado a Babilonia.

La labor de Jeremías fue llamar al arrepentimiento al reino de Judá y principalmente a los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, debido al castigo impuesto por Dios de que serían conquistados por los caldeos si no volvían su corazón hacia Dios. Su vida como profeta se caracterizó por soportar con una férrea entereza los múltiples apremios y acusaciones que sufrió a manos de estos reyes y de los principales de Israel, desde azotes hasta ser abandonado en estanques o encerrado entre rejas.

Con sus profecías sobre la invasión de los “pueblos del norte” (Babilonia) desafió la política y el paganismo de los últimos reyes de Judea, y anunció el castigo de Dios por la violencia y corrupción social, que rompían la alianza con Dios: Hablan de paz, pero no hay paz, escribió.

La primera versión del libro de Jeremías fue destruida a fuego por el rey Joaquín I, bajo cuyo gobierno el profeta vivió en continuo peligro de muerte. La persecución contra Jeremías se acrecentó bajo el mandato de Sedecías. Éste a pesar de reconocerlo como portador de la palabra de Dios, lo trató con crueldad y lo acusó de espía de los babilonios, porque el profeta proclamó que el reino Judá sería destruido si no se arrepentía de sus pecados y de no retomar la alianza con Dios. Jeremías llegó a lamentarse por su destino, pero finalmente decidió continuar su misión profética.

¿Y Daniel…? Entre los cautivos había bastantes hijos de familias nobles y distinguidas, como lo eran Daniel, Ananías, Misael y Azarías, descendientes de la sangre real de David. Encantado el rey de Babilonia de las bellas cualidades de estos jóvenes, los hizo educar a su lado, con intención de agregarlos a su servidumbre. Dios recompensó las virtudes de estos jóvenes y su fidelidad a la Ley de Moisés concediéndoles una sabiduría nada común, y a Daniel, el don de interpretar sueños. En poco tiempo llegaron a gozar del favor del rey y a desempeñar cargos importantes en la corte real.

Siendo Daniel muy joven se había dado a conocer porque salvó de una ignominiosa muerte a una virtuosa mujer llamada Susana, acusada falsamente por dos viejos infames.

¿Cómo lo consiguió salvarla? Susana era una mujer casada, bella y temerosa de Dios. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la Ley de Moisés. Su marido Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. La hermosura de Susana levantó deseos lujuriosos en dos ancianos perversos. Ambos estaban locos de pasión por ella, pero no se comunicaron su pena el uno al otro, pues les daba vergüenza manifestar su deseo ya que querían unirse a ella. Cada día acechaban ansiosamente para verla (Dn 13, 10-11). Un día los dos ancianos se confesaron su deseo y planearon juntos el momento propicio en el que pudiera encontrarla sola. Y esto ocurrió un día cuando Susana salió de su casa acompañada de dos criadas para bañarse en el jardín porque hacía mucho calor. Nadie estaba en el jardín excepto los dos ancianos, que se habían escondido. Susana dijo a las criadas: Traedme el aceite y los ungüentos, y cerrad la puerta del jardín mientras me baño (Dn 13, 17). Cuando se fueron las criadas, los dos ancianos fueron hacia ella y le dijeron: “Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que danos tu consentimiento y únete a nosotros. Si no daremos testimonio contra ti de que un joven estaba contigo y por eso habías mandado afuera a las criadas”. Susana lanzó un gemido y dijo: “Estoy atrapada por todas partes: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero mejor es para mí no hacerlo y caer en vuestras manos que pecar delante del Señor” (Dn 13, 20-23). Ante la negativa de Susana, los ancianos la denunciaron por adúltera, diciendo: Mientras nosotros paseábamos solos por el jardín, salió ésta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces llegó hasta ella un joven que estaba escondido y se unió a ella. Nosotros estábamos en una esquina del jardín y, al ver aquella iniquidad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a ésta la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. De esto damos testimonio (Dn 13, 36-41). El pueblo reunido en asamblea creyó a los ancianos, y Susana fue condenada a muerte. Cuando la llevaba para ejecutarla, apareció Daniel, que gritó con fuerte voz: “Yo soy inocente de la sangre de ésta”. Toda la gente se volvió hacia él, y le preguntaron: “¿Qué es eso que estás diciendo?” Él, en pie en medio de ellos, contestó: “¿Tan necios sois, hijos de Israel? ¿Así, sin hacer juicio ni conocer toda la verdad, condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque ésos han dado falso testimonio contra ella” (Dn 13, 46-49). Entonces Daniel llamó a los dos ancianos infames para interrogarles separadamente. Primero llamó a uno y le preguntó bajo qué árbol vio a Susana abrazado con el joven. El anciano contestó: Debajo de la acacia (Dn 13, 54). Después llamó al otro para hacerle la misma pregunta. Éste respondió: Debajo de la encina (Dn 13, 58). Y así demostró Daniel que los dos ancianos habían dado falso testimonio contra Susana. El pueblo actuó según la Ley de Moisés y dieron muerte a los dos viejos perversos. De esta forma salvó Daniel a Susana de una muerte injusta.

Libro de las letanías (VI): Invocaciones a Jesús Salvador

Invocaciones a Jesús Salvador

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, ten piedad Cristo, ten piedad

Señor, ten piedad Señor, ten piedad

Cristo, óyenos Cristo, óyenos

Cristo, escúchanos Cristo, escúchanos

Jesús, hijo amado del Padre, Sabiduría divina,

esplendor de su gloria Ten piedad de nosotros

Jesús, hijo de Adán, descendencia de

Abrahán, retoño santo de David “

Jesús, cumplimiento de la profecía, plenitud

de la ley, destino del hombre

Jesús, don del Padre, concebido por obra del

Espíritu, hijo de la Virgen María

Jesús, nacido para nuestra salvación, revelado

a los pastores, manifestado a los magos

Jesús, luz de las gentes, gloria de Israel,

esperado de las naciones

Jesús, bautizado en el Jordán, consagrado

por el Espíritu, enviado por el Padre

Jesús, tentado en el desierto, orante en el

monte, glorioso en el Tabor

Jesús, maestro de verdad, palabra de vida,

camino hacia el Padre

Jesús, curación de los enfermos, consuelo de

los afligidos, misericordia de los pecadores

Jesús, camino y puerta de la salvación,

pastor y cordero, resurrección y vida

Jesús, condenado a muerte, coronado de

espinas, cubierto de heridas

Jesús, clavado al madero, sepultado en la

tierra, resucitado de entre los muertos

Jesús, descendido a los infiernos, ascendido

a los cielos, dador del Espíritu

Jesús, esperado por la Esposa, premio de los

Justos, plenitud del Reino

A ti, Jesús, el Viviente La alabanza y la gloria

A ti, Jesús, Viviente en la Iglesia

A ti, Jesús, Viviente por los siglos eternos

Hipocresía

Si san Pablo llama necios a los idólatras, Jesús hace lo mismo con los hipócritas, interpretados por el fariseo que se escandaliza porque el Maestro no se ha lavado como debe ser antes de sentarse a la mesa. Ahora vosotros fariseos -Jesús responde- limpian el exterior del vaso y del plato, pero por dentro están llenos de avidez y de maldad. Y añade: Den más bien como limosna lo que hay dentro, y he aquí que todo para ustedes estará puro.

Jesús aconseja: no miren las apariencias, vayan directo a la verdad. El plato es plato, pero lo que es más importante es lo que está dentro del plato: la comida. Pero si eres vanidoso, si eres es un arribista, si eres un ambicioso, entonces eres una persona que siempre se jacta de sí mismo al cual le gusta presumir, porque piensas que eres perfecto; haz un poco de limosna y eso sanará tu hipocresía. Ese es el camino del Señor: es adorar a Dios, amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo. ¡Es tan simple, pero a la vez tan difícil! Esto solo se puede hacer con la gracia. Pidamos la gracia (Papa Francisco).

Libro de las letanías (V): Letanía a Cristo, Sacerdote y Víctima

Letanía a Cristo, Sacerdote y Víctima

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.

Cristo, escúchanos.

A las siguientes invocaciones se responde: Ten piedad de nosotros.

Dios, Padre celestial.

Dios Hijo, Redentor del mundo.

Dios, Espíritu Santo.

Trinidad Santa, un solo Dios.

Jesús, Sacerdote y Víctima.

Jesús, Sacerdote Eterno según el rito

de Melquisedec.

Jesús, Sacerdote al que envió Dios

para evangelizar a los pobres.

Jesús, Sacerdote que en la última Cena

instituyó un tipo de sacrificio

perenne.

Jesús, Sacerdote siempre vivo para

interceder por nosotros.

Jesús, Pontífice al que el Padre ungió

con el Espíritu Santo y poder.

Jesús, Pontífice escogido entre

los hombres.

Jesús, Pontífice constituido a favor

de los hombres.

Jesús, Pontífice de nuestra Confesión.

Jesús, Pontífice digno de mayor gloria

que Moisés.

Jesús, Pontífice del verdadero

tabernáculo.

Jesús, Pontífice de los bienes futuros.

Jesús, Pontífice santo, inocente

e inmaculado.

Jesús, Pontífice fiel y misericordioso.

Jesús, Pontífice de Dios e inflamado

por el celo de las almas.

Jesús, Pontífice perfecto para siempre.

Jesús, Pontífice que penetraste en los

cielos por la propia sangre.

Jesús, Pontífice que iniciaste en

nosotros un camino nuevo.

Jesús, Pontífice que nos amaste y

lavaste de los pecados por tu sangre.

Jesús, Pontífice que te entregaste a

ti mismo a Dios como oblación

y hostia.

Jesús, Hostia de Dios y de los hombres.

Jesús, Hostia santa e inmaculada.

Jesús, Hostia clemente.

Jesús, Hostia pacífica.

Jesús, Hostia de propiciación y de

alabanza.

Jesús, Hostia de reconciliación y de

paz.

Jesús, Hostia en la que tenemos

confianza y acceso a Dios.

Jesús, Hostia viva por los siglos de

los siglos.

V/. Sénos propicio.

R/. Perdónanos, Jesús.

V/. Sénos propicio.

R/. Escúchanos, Jesús.

A las siguientes invocaciones se responde: Líbranos, Jesús

Del temerario ingreso en el estado

clerical.

Del pecado de sacrilegio.

Del espíritu de incontinencia.

Del oficio torpe.

De toda mancha de simonía.

De la indigna gestión de los trabajos

eclesiásticos.

Del amor del mundo y de sus vanidades.

De la indigna celebración de tus

Misterios.

Por tu sacerdocio eterno.

Por la santa unción, por la que Dios

Padre te constituyó sacerdote.

Por tu espíritu sacerdotal.

Por aquel ministerio por el cual tu

Padre te glorificó sobre la tierra.

Por tu cruenta y misma inmolación

realizada una vez en la cruz.

Por aquel sacrificio renovado

cada día en el altar.

Por aquel divino poder, el cual ejerces

invisiblemente en tus sacerdotes.

A las siguientes invocaciones se responde: Te rogamos, óyenos

Que te dignes conservar en la santa

religión a todo el orden

sacerdotal.

Que te dignes cuidar de tu pueblo

con pastores según tu corazón.

Que te dignes llenar en ellos tu

espíritu de sacerdote.

Que los labios de los sacerdotes

custodien la ciencia.

Que te dignes enviar a tu mies obreros

fieles.

Que te dignes multiplicar los

dispensadores fieles de tus misterios.

Que te dignes otorgar a ellos el

servicio perseverante en tu

voluntad.

Que te dignes concederles mansedumbre

en el ministerio, talento en la

acción y constancia en la oración.

Que te dignes extender por ellos en

todas partes el culto del Santísimo

Sacramento.

Que te dignes recibir en tu gozo a los

que bien te sirvieron.

Oremos

Dios, santificador y custodio de tu Iglesia, por tu Espíritu suscita en ella idóneos y fieles dispensadores de los santos misterios, para que por su ministerio y ejemplo el pueblo cristiano sea protegido y conducido en el camino de la salvación. Por Cristo Señor nuestro. Amén.

Dios, que mientras celebraban el culto y ayunaban los discípulos ordenaste segregar a Saulo y a Bernabé para la obra a la que les había destinado, atiende ahora a tu Iglesia orante, y Tú, que conoces todos los corazones, muestra a quienes eliges para el ministerio. Por Cristo Señor nuestro. Amén.