Unión con Cristo

Concluye la lectura del discurso sobre el “Pan de vida” que Jesús pronunció el día después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Al final de su discurso, el gran entusiasmo del día anterior se desvaneció, porque Jesús había dicho que era el Pan bajado del cielo y que daría su carne como alimento y su sangre como bebida. Desde ese momentos, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él. Frente a estas deserciones, Jesús no regatea ni atenúa sus palabras, es más: obliga a hacer una elección clara: o estar con Él o separarse de Él, y les dice a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Entonces, Pedro hace su confesión de fe en nombre de los otros Apóstoles: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de Vida eterna. No dice: ¿adónde iremos?, sino ¿a quién iremos? El problema de fondo no es ir y abandonar la obra emprendida, sino a quién ir. La fidelidad a Dios es una cuestión de fidelidad a una persona, a la cual nos adherimos para recorrer juntos un mismo camino. Y esta persona es Jesús. Todo lo que tenemos en el mundo no sacia nuestra hambre de infinito. ¡Tenemos necesidad de Jesús, de estar con Él, de alimentarnos en su mesa, con sus palabras de vida eterna! Creer en Jesús significa hacer de Él el centro, el sentido de nuestra vida (Papa Francisco).

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La Ley evangélica

Habéis oído que se os dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo en cambio, os digo: “Amada a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. A quien quiere seguirlo, Jesús le pide amar a los que no lo merecen, sin esperar recompensa, para colmar los vacíos de amor que hay en los corazones, en las relaciones humanas, en las familias, en las comunidades y en el mundo. Jesús no ha venido para enseñarnos los buenos modales, las formas de cortesía. Para esto no era necesario que bajara del Cielo y muriera en la cruz. Cristo vino para salvarnos, para mostrarnos el camino, el único camino para salir de las arenas movedizas del pecado, y este camino de santidad es la misericordia, que Él ha tenido y tiene cada día con nosotros. Ser santos no es un lujo, es necesario para la salvación del mundo. Esto es lo que el Señor nos pide (Papa Francisco)..

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 17ª (La evangelización en Japón)

La evangelización de Japón

¿Qué se entiende por el Siglo Cristiano del Japón? La historia de la Iglesia Católica en Japón está dividida en tres grandes períodos: el Siglo Cristiano del Japón, la Iglesia de las Catacumbas o la de los Cristianos ocultos (Kakure Kirishitan), y el Catolicismo japonés en la actualidad.

El primer período (el Siglo Cristiano del Japón) va desde el año 1549 al 1640. En 1543 arribaron los primeros barcos portugueses y la actividad misionera de los primeros sacerdotes católicos en Japón se inició a comienzos de 1549, principalmente por jesuitas patrocinados por el Reino de Portugal. Muy poco tiempo después comenzaron a llegar sacerdotes pertenecientes a las órdenes mendicantes como la de los dominicos y los franciscanos, patrocinados por España.

El jesuita san Francisco Javier llegó a tierras niponas en 15 de agosto de 1549, acompañado por otros dos misioneros jesuitas, Cosme de Torres y Juan Fernández, y por el traductor Anjirô, dando inicio a lo que se ha denominado el Siglo Cristiano del Japón. En Kagoshima permaneció san Francisco Javier un año. Después estuvo evangelizando otras poblaciones japonesas (Yamaguchi, Sakai y Meaco) junto con su compañero Pablo de Santa Fe, e hizo traducir la obra Declaración de los artículos de la Fe, que se aprendió de memoria y solía recitar en las esquinas. Para responder a las preguntas que los transeúntes realizaban se valía de un intérprete. Ante el fracaso de la misión, pensó en citarse con el rey de la zona con la esperanza de que si éste se convertía al catolicismo, el pueblo también lo haría.

En Meaco intentó, sin lograrlo, ser recibido por el emperador. De nuevo en Yamaguchi, realizó junto con sus dos compañeros una intensa labor de predicación que da su fruto en la creación de una pequeña comunidad católica. En septiembre de 1551 le llamó el príncipe de Bungo, y le permitió predicar en las islas de su territorio. Un mes después abandonó el Japón, dejando la tarea de la evangelización del Imperio del Sol Naciente a los jesuitas Cosme de Torres y Juan Fernández. Los dos jesuitas optaron por tratar de convertir a personas de las clases altas y lograron que varios nobles se bautizaran.

En 1579 llegó por primera vez al Japón Alessandro Valgnano, y nada más llegar fundó un seminario en Arima que contó con 22 seminaristas japoneses. Tres años después fundó otro seminario en Azuchi, con 33 seminaristas, también nativos del país. En 1582 organizó el viaje de cuatro jóvenes japoneses a Roma para ser formados como sacerdotes. Este grupo fue recibido por el papa Gregorio XIII.

A finales del siglo XVI había ya en el Japón 300.000 católicos.

¿Por qué no prosperó más el cristianismo en Japón? Por las persecuciones. En 1587 se promulgó el primer edicto de persecución contra los cristianos a instancia de un bonzo. En 1597 fueron condenados a muerte veintiséis cristianos. Sentencia que se cumplió el 5 de febrero. Los mártires fueron atados en cruces, elevadas en lo alto de una colina de Nagasaki y fueron lanceados. Son conocidos como los 26 mártires de Japón. Uno de ellos, san Pablo Miki dijo antes de morir: Soy japonés y hermano jesuita y no he cometido ningún crimen pero muero sólo por haber predicado la religión de Jesucristo, Nuestro Señor. Siento gran regocijo de morir por esta causa. Para mí es una gran bendición. Puedo garantizar y afirmar que el único modo de salvación es a través del camino cristiano.

Después, desde 1597 hasta 1614 los casos de martirio fueron 70 en total. En este último año fueron expulsados los jesuitas del Japón. Pero luego, durante la primera mitad del siglo XVII, al menos 5.500 cristianos fueron asesinados. En 1622 se produjo otro martirio de cristianos conocido como el Gran Martirio de Nagasaki. Y en 1637 estalló una rebelión -la Rebelión de Shimabara- siendo uno de los líderes un adolescente cristiano. Cerca de 37.000 rebeldes fueron muertos durante los combates, la mayoría de ellos cristianos. Cincuenta y cinco personas de todas las edades y de ambos sexos fueron quemados vivos en el cauce seco del Río Kamo en Kioto, entre ellos había un niño de cinco o seis años en los brazos de su madre, llorando e implorando, ¡Jesús, recibe sus almas!

¿Quiénes fueron los “cristianos ocultos”? Con el término japonés Kakure Kirishitan se denomina a un miembro japonés de la Iglesia Católica que pasó a la clandestinidad después de la Rebelión de Shimabara.

La historia cuenta que los campesinos Hichiemon y Magoemon eran amigos que se criaron como cristianos. Un día Magoemon le propuso a Hichiemon ir a pescar al río Urakami. Ninguno de los dos sabía si el otro había abandonado la fe. Al comprobar cada uno que el otro había conservado la fe, decidieron crear una organización clandestina para preservar el cristianismo en Japón. Los dos amigos se dirigieron al pueblo para preguntar a cada uno de los aldeanos si aún eran cristianos. Con los que se habían mantenido fieles a Cristo, formaron la organización con un hombre (mizukata) que se dedicaba a bautizar a los niños; otro hombre cuya misión era mantener el calendario litúrgico, y una persona (chokata) que era el jefe de la comunidad cristiana (de los cristianos escondidos). El cargo de jefe era hereditario, y pasaba al hijo mayor de la familia; todos eran laicos ya que no existían sacerdotes en Japón.

¿Se puede decir que formaron una “Iglesia de las Catacumbas”? Sí. Los cristianos ocultos adoraban en cuartos secretos y en sus hogares. La Biblia se transmitía por tradición, debidos a que las versiones impresas eran confiscadas por las autoridades japonesas. Tras la expulsión de los sacerdotes, la formación de los cristianos había quedado en manos de laicos, y estos eran los que bautizaban a los nuevos miembros de la comunidad cristiana. Los cristianos, durante más de 200 años, transmitieron la fe oralmente, de generación en generación, confiando en el retorno prometido de los misioneros. La Virgen María era conocida como la madre en la alacena ya que la imagen la colocaban en las alacenas del hogar.

Los cristianos ocultos subieron persecución. Cada Año Nuevo japonés se les obligaban a pisar imágenes de la Virgen María y de otros santos para probar que no eran cristianos. En caso contrario eran asesinados arrojándolos en el volcán del monte Unzen. Y la Iglesia de las Catacumbas dio nuevos mártires de la fe al Japón.

¿Por qué la fiesta más importante para la Iglesia en Japón es la “Nuestra Señora del Descubrimiento de los Cristianos Japoneses”? Los sacerdotes europeos, cuando fueron expulsados de Japón, en el siglo XVII, habían dejado dicho a los cristianos japoneses algo que sería utilizado como una señal, y que ellos preservaron oralmente: La Iglesia retornará al Japón, y vosotros lo sabrán por estos tres signos: los sacerdotes serán célibes, habrá una imagen de María, y ellos obedecerán al Papa de Roma.

En 1865 el sacerdote francés Bernard Petitjean edificó una iglesia en Urakami, en las afueras de Nagasaki, para atender las necesidades espirituales de los católicos europeos. El 17 de marzo de ese año, el sacerdote encontró a un grupo de 15 japoneses, asustados, en la puerta de la parroquia. Uno de ellos, de nombre Pedro se presentó como catequista y preguntó si Petitjean obedecía al gran jefe que vivía en Roma, si creía en la Madre de Dios y si no estaba casado. Luego que el sacerdote respondiera afirmativamente, aquellos cristianos japoneses se convencieron de que el misionero pertenecía a la fe de sus antepasados. Y Pedro feliz dijo que en casa (Urakami) todos son como nosotros. Todos tienen el mismo corazón.

Después de este encuentro, el misionero francés visitó de incógnito el lugar donde vivían los cristianos escondidos. El cristianismo para los japoneses era aún una práctica ilegal. Allí se enteró que los que habían ido a la iglesia lo hicieron para ver si allí había una imagen de la Virgen María. Petitjean animó a los cristianos japoneses a practicar su fe libremente, un consejo muy imprudente que le costaría la vida a muchos de ellos. Enterado de esto, las autoridades japonesas arrestaron a cien cristianos ocultos, y con el correr de los años, hasta 1873, más de 3.404 cristianos fueron deportados a distintas parte del Japón o sufrieron prisión, y trece de ellos fueron asesinados; 660 murieron en el exilio y sólo 1.580 retornaron a Urakami.

¿Desde cuándo en Japón hay libertad para la Iglesia Católica? Las naciones occidentales protestaron contra la persecución contra los cristianos en el Japón. Persecución iniciada en 1587 y finalizada en 1873. En 1889 se estableció la libertad de religión en el Imperio del Sol Naciente. Desde entonces los católicos japoneses han vivido en paz. En 1918 el político católico Hara Takasi fue designado Primer Ministro, siendo el primer católico en ocupar tan alta posición. Y más recientemente, en 2008, otro católico -Taro Aso- también fue elegido Primer Ministro.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2107-18. Clases de Religión. Lección 17ª (Los comienzos de la evangelización en Asia)

Los comienzos de la evangelización de Asia

¿Cuándo comenzó la predicación del Evangelio en Asia? El anuncio del Evangelio comenzó en el continente asiático. Y fue el mismo Jesucristo el primero en anunciar la Buena Nueva. La tierra del Señor -Palestina- está en Asia. De ahí partieron los apóstoles por todo el mundo conocido para predicar el Evangelio. Varios de ellos propagaron la doctrina de Cristo por diversas ciudades de Asia antes de ir a comarcas o regiones de Europa y África.

¿A qué apóstol se le atribuye la evangelización de Oriente? A santo Tomás. Eusebio de Cesarea, en su Historia Eclesiástica, cita un texto de Orígenes en el que afirma que santo Tomás fue el apóstol de los partos. Sin embargo santo Tomás es más conocido como evangelizador de la India (al este de Partia). Según una tradición no escrita, el apóstol desembarcó en la India en el año 52, y fundó las iglesias popularmente conocidas como Siete Iglesias y Media. Y en la India sufrió martirio el 3 de julio del año 72.

¿Cuál fue la actividad del misionero jesuita san Francisco Javier en Asia? San Francisco Javier se ofreció al Papa para ser enviado a cualquier parte como misionero. Y fue nombrado por el Papa legado suyo en las tierras del Mar Rojo, del Golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges. En 1541 salió de Lisboa, y un año después llegó a Goa. En la ciudad que después sería capital de la india Portuguesa, comenzó a predicar la doctrina católica, a la vez que asiste a moribundos, visita a presos y socorre a pobres. En octubre de 1542 se embarcó para las islas de la Pesquería, donde permaneció un año evangelizando en varias ciudades. Allí encontró la oposición de los brahmanes. Para conseguir más eficacia en su labor evangelizadora aprendió la lengua del país (tamil), y tradujo a esa lengua parte de los textos cristianos y una plática sobre el cielo y el infierno.

Acompañado por otros misioneros, partió hacia Manapar, donde bautizó a más de 10.000 personas. En 1544 realizó más de veinte viajes misioneros. Un año después viajó a las Islas Molucas, llegando poco después a Malaca, donde aprendió un mínimo del idioma del lugar y se familiarizó con su cultura. Allí tradujo la parte básica de los textos de la doctrina católica. Ese mismo año escribió al rey de Portugal sobre las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad.

Después de dejar establecidas misiones en la India y Molucas, partió para Japón, junto con otros dos jesuitas y un traductor. En agosto de 1549, desembarcó en Kagoshima, entonces capital del reino Sur de Japón. Un año después viajó hacia el norte, donde fundó una pequeña comunidad cristiana en Hirado. Estuvo dos años y tres meses evangelizando tierras niponas, logrando en Yamaguchi del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Muchos de los convertidos eran sumuráis, a pesar de la fuerte oposición de los bonzos. En 1551, dejando en Japón un buen grupo de japoneses cristianos, volvió a la India. Y de allí tenía pensado pasar a China. En la espera de un barco chino que debía introducirle en China, el 3 de diciembre de 1552 murió, a la edad de 46 años.

El tiempo de la espera

La gente hablaba del templo y de su belleza. Porque era hermoso ese templo. Entonces Jesús les dijo: Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida (Lc 21, 6). Naturalmente le preguntan: ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuáles serán las señales? Pero Jesús desplaza la atención a las verdaderas cuestiones. Y son dos. Primero: no dejarse engañar por los falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor, que dice: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas (Lc 21, 19). ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son una llamada a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia (Papa Francisco).

La Iglesia

La Iglesia

Exposición del caso:

El hermano mayor de Natalia, Roberto, había estudiado medicina y, en consonancia con una trayectoria profesional brillante, partió al extranjero para especializarse en un prestigioso hospital. La estancia prevista era de dos años. Por fortuna para la familia, no se olvidaba de ellos, y escribía con frecuencia. Cuando se refirió a que salía con una chica no sorprendió a nadie. Más tarde dijo que se habían hecho novios, y sus padres empezaron a inquietarse: ¿cómo sería la chica? Hicieron todo tipo de preguntas, y parecían más calmados con las respuestas tranquilizadoras de Roberto. Por fin Roberto les dijo lo que hasta ese momento no parecía querer que se supiese: que su novia era protestante.

A sus padres no les gustó, y empezaron a intentar hacerle ver que eso podía ser fuente de problemas, a lo que Roberto contestaba que cada uno era muy respetuoso con las creencias del otro, por lo que no había ningún problema. Las cartas se fueron alargando a fuerza de razonamientos. Los padres le decían que si no se daba cuenta que eran dos maneras de entender la vida. Roberto contestaba que “en el fondo apenas había diferencias” porque los dos creían “en lo fundamental”, y que “había más diferencia entre un buen católico y una mala católica, que entre un buen católico y una buena protestante”. Con esto, parecía dar a entender que su novia era una convencida y practicante protestante. Preguntaron por su familia, y resultó que su padre era pastor protestante. Esto alarmó más a la familia de Natalia. -“¿Pero es para tanto?”, preguntaba Natalia a su madre, al verla muy agitada. -“Que sí, hija, que sí. Si es que en estas cosas es ella siempre la que se impone. Y si se casan, ¿los hijos qué? Pues que siguen siempre a la madre. Si por lo menos fuese al revés…” -“Ya”, dijo Natalia, con gesto de desagrado al imaginarse ella en una situación así: no era ése el tipo de novio con el que soñaba. Y precisamente el argumento de los hijos fue el que apareció a continuación en las cartas. Ésta fue la réplica: “Creo que, quizás por las circunstancias, tenéis un concepto un tanto estrecho del cristianismo. Nos vendría mucho mejor a todos, católicos o no, si dejáramos de ver a las iglesias como rivales y las viéramos como complementarias. Es como los hospitales: todos vamos a lo mismo, a curar, y entre todos podemos proporcionar una oferta más completa. No siempre aplicamos las mismas técnicas, pero eso no significa que descalifiquemos a quien no trabaja como nosotros, y además aprendemos unos de otros”. Siguieron varias cartas en el mismo tono. Más tarde, Roberto empezó a sondear a sus padres sobre la posibilidad de que fuera a pasar una semana con su familia, acompañado de su novia; debía pensar que eso acabaría por convencer a sus padres. A éstos, ya cansados del asunto, no les pareció mala idea. Así, se concertó la fecha. Cuando se aproximaba, los padres de Natalia se dieron cuenta de un problema, y llamaron a su hija: -“Tú tendrás que enterarte bien de qué piensa y cómo es…” -“¿Yooo…?” -“Aquí eres tú la que sabes inglés, ¿no? Porque lo que es tu padre y yo…”

Natalia empezó a repasar su inglés, y acabó esperando con expectación la llegada de su hermano y su novia. Llegaron en la fecha prevista. La novia de Roberto, Rebeca, se alojó en la misma habitación de Natalia, y pronto comenzaron a conversar. La religión salió a escena, y Natalia no tardó en darse cuenta de que, al menos en este aspecto, la chica era bastante distinta a como la veía su hermano. Pertenecía a un sector protestante bastante hostil a la Iglesia Católica. Calificaba a ésta con términos despectivos: decía que eran arrogantes orgullosos que miran a los demás como destinados a la condenación, que habían puesto a un hombre -al Papa- en el lugar de Jesucristo, y que pretendían imponer una moral agobiante a base de amenazas. A Natalia eso le parecía insultante, y reaccionaba con genio. Le decía que ahí está la Iglesia desde el principio -desde Cristo- manteniendo la misma fe, a lo que Rebeca contestaba que los católicos la habían pervertido, y pretendían descalificar al “verdadero seguimiento de Cristo”. Natalia, ya enfadada, replicó que ella no vivía agobiada, y que estaba muy contenta de encontrar en la Iglesia todo lo que necesitaba para su espíritu; que no entendía esa animadversión hacia la Iglesia católica, salvo que no tuviera la conciencia tan tranquila al respecto y en el fondo tuviera envidia. Esta última afirmación rompió el diálogo entre ambas.

Durante los siguientes días Natalia trató de hacer ver a su hermano lo que pensaba su novia de verdad, pero fue infructuoso. -“Que ya te conozco. Seguro que te has puesto a discutir, ¿a que sí?” Tuvo que reconocer que sí; intentó convencerle de que una cosa era su culpa -que admitía-, y otra las ideas de Rebeca, pero fue inútil.

Faltaba un día para que se marcharan, y Natalia estaba apesadumbrada, pensando que “lo había vuelto a fastidiar todo” por culpa de su carácter. Buscaba una solución para hacer entrar en razón a su hermano, pero concluía que no había nada que hacer. “¡Un momento! -exclamó de repente-, ¿y si…?”

La víspera por la noche, esperaba a Rebeca en su habitación. Natalia, que no cesaba de dar vueltas al asunto, se dirigió a ella y le preguntó: -“Y cuando os caséis, ¿vas a seguir acompañando a Roberto a Misa?” -“¿Y a ti qué te importa?”, fue la fría respuesta. -“No, como me dijo que os acompañáis uno al otro los domingos…, me quedaría más tranquila si me dijeras que seguiréis…” -“Pues no te lo voy a decir”. -“Hija, con lo ecuménica que dice Roberto que eres…”. -“Roberto ha vivido engañado toda su vida”. -“Ya, y ¿no lo estarás engañando un poco dándole esperanzas falsas?” -“¡Déjame en paz!”. -“Sí, pero el pobre…”. -“El pobre, afortunadamente, se está quitando de encima esos horrorosos prejuicios católicos”, contestó, ya traspasado el umbral del enfado. -“¿Prejuiciooos?” -“¡Sí, prejuicios! Y espero no volver a soportar esto más”. -“¿Que nunca volverás a vernos?” -“No, nunca más”. -“¡Ay, qué pena!”. -“¡Mira…!”, dijo Rebeca, ya visiblemente irritada. Natalia la interrumpió, repentinamente: -“¿Y si se hace católico un hijo vuestro? ¿Y si opta por ser católico? ¿Cómo te va a sentar eso?” -“Nunca, ¿me oyes?, nunca será católico un hijo mío”, contestó con una ira contenida, y salió.

A la mañana siguiente, despidiéndose en el aeropuerto, Natalia pudo estar un momento a solas con su hermano, mientras sus padres y Rebeca se entretenían en la consigna. Le contó la conversación pormenorizadamente. Roberto, más callado que de costumbre, se despidió de sus padres y, al poco, partió el avión.

Pasaron varias semanas sin noticias de Roberto, lo que puso nerviosos a sus padres, que tampoco habían conseguido mucha información de Natalia. Un día llegó por fin la carta esperada. Sin dar muchas explicaciones, dijo que había roto con su novia. Tras la firma final añadía unas palabras: “PD. Para Natalia: gracias”. Ella, que dudaba si había hecho bien o no, pareció tranquilizarse. Los padres estaban intrigados por la posdata, intuyendo que tenía que ver con el otro asunto. Se dirigieron a ella: -“Oye, ¿tú qué has hecho?” -“¿Quién? ¿Yo? Nada…”

Preguntas que se formulan:

-¿Quién ha fundado la Iglesia? ¿En qué momento (o momentos) fue fundada? ¿Para qué? ¿Fue voluntad de Cristo fundar una sola Iglesia? ¿Podría ser válida la visión que contempla las diversas iglesias cristianas como complementarias? ¿Por qué? ¿Cuáles son las notas que caracterizan a la Iglesia fundada por Jesucristo?

-¿Cómo se compagina la unidad con la existencia de distintas iglesias cristianas? ¿Cómo se ve la Iglesia Católica en relación a las demás? ¿Supone orgullo pensar que sólo la Iglesia Católica responde plenamente a lo que fundó Jesucristo? ¿Por qué? ¿En qué se manifiesta la unidad dentro de la Iglesia Católica? ¿Es la figura del Papa necesaria para esta unidad? ¿Por qué? ¿Supone situar a un hombre donde sólo puede estar Jesucristo? ¿Por qué?

-¿Qué significa la santidad de la Iglesia? ¿Es necesaria para la salvación? ¿Supone esto que los católicos consideran a los miembros de otras iglesias, o religiones, como “destinados a la condenación”? ¿Cómo se compagina este aspecto con el anterior? ¿Qué medios proporciona la Iglesia para la salvación? ¿Es la vía de salvación una “moral agobiante a base de amenazas”? ¿Por qué? ¿Pueden encontrarse estos medios fuera de la Iglesia Católica? ¿Cuál es su diferencia con ésta?

-¿Qué quiere decir que la Iglesia es católica? ¿Tiene sentido el proselitismo de los católicos, o sería más correcto pensar que como “todos vamos a lo mismo” se debe dejar a cada uno seguir su camino? ¿Por qué es necesario el ecumenismo?

-¿Qué quiere decir que la Iglesia es apostólica? ¿Tiene importancia la continuidad desde los tiempos apostólicos? ¿En qué aspectos debe manifestarse esa continuidad?

-Teniendo en cuenta lo examinado aquí, ¿cuál es la naturaleza de la Iglesia? ¿Qué es en relación a Jesucristo? ¿Por qué sus fieles pueden sentirse en ella seguros de que tienen todos los medios de salvación?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 748-750, 763-776, 781-798, 811-865.

Comentario:

Las ideas que expone Roberto sobre la Iglesia -comparando a las iglesias con los hospitales- están bastante extendidas. Nos encontramos con un planteamiento parecido al que veíamos en el caso de la lección sobre la Revelación. La diferencia es que aquí el ámbito es más restringido: las iglesias cristianas.

Una vez más se comete el error de medir -allí eran las creencias, aquí son las iglesias- en términos de pura utilidad, como un problema de oferta o de gustos. Las diferencias no se reducen a “aplicar técnicas distintas”, sino que son más profundas, y en último extremo consisten en creencias que afectan al modo de ver la vida en sus constitutivos más básicos y profundos: son diferencias de fe. Roberto trata de paliar este aspecto diciendo que todos creen “en lo fundamental” pero no es así en muchos casos. Lo es con los ortodoxos, pero no con los protestantes: en lecciones anteriores hemos podido ver ideas de origen protestante que difieren de la fe católica en puntos fundamentales.

En algunos ambientes protestantes se ha difundido la noción de Iglesia a que se refiere Roberto. Consiste en creer que Jesucristo fundó una Iglesia, que viene a servir como “modelo” o referencia. Las diferentes iglesias vendrían a ser distintos intentos de acercarse al modelo, al ideal. Ninguna alcanzaría el ideal, de forma que lo que más se acercaría a este “ideal” completo sería, no una de las iglesias cristianas en particular, sino el conjunto de todas ellas, que se complementarían entre sí.

La idea es sugestiva y parece despejar obstáculos para el ecumenismo. Pero no concuerda con lo que aparece en el Evangelio. Jesucristo funda una Iglesia: “un solo rebaño, con un solo Pastor” (Jn 10, 16). Los Hechos de los Apóstoles lo confirman: habría sido muy fácil -y parecía solucionar problemas- haber constituido una “iglesia judaizante” y otra “de los gentiles” con carácter complementario, pero todos sus esfuerzos eran en sentido contrario: mantener la unidad, como quería el Señor. Y esa Iglesia no sería “una aproximación”, sino exactamente la que Él quería, porque no sería una pura obra humana, ya que Él la asistiría hasta el final de los tiempos. San Pablo lo explica con más detalle y profundidad: la Iglesia es la Esposa de Cristo -y sólo se desposa a una-, y por ello es su mismo Cuerpo, del que Él es la Cabeza. Y así “sólo hay un cuerpo… sólo un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4, 4-5). Este carácter determina la plenitud: la santidad, en medios -todos los que quiso Cristo- y en frutos. No podía ser de otra manera si se cuenta con la asistencia divina. Y, si es una, lo es en el tiempo: por tanto, la Iglesia fundada por Jesucristo debe remontarse, sin solución de continuidad, hasta los primeros tiempos, hasta los apóstoles sobre los que fue fundada: el Colegio de los Obispos con el Romano Pontífice como cabeza, sucede al Colegio de los Apóstoles con Pedro como cabeza: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Es apostólica, además, porque todos los miembros de la Iglesia, por su misma vocación bautismal, están llamados por Jesucristo al apostolado (cf. C.Ig.C., n. 863). La cuarta característica, o “nota”, figura también en el Evangelio: Jesucristo envió a sus Apóstoles “a todo el mundo” (Mc 16, 15), y por ello la Iglesia es universal sin restricciones ni exclusivismos: es católica.

Por todo eso, la Iglesia afirma que la Iglesia fundada por Jesucristo “subsiste en la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 820). Esto no significa que ésta contemple a las demás meramente como “rivales”, y menos que vea a sus miembros como “destinados a la condenación”. Reconoce en ellas “muchos elementos de santificación y de verdad”. Por tanto, “el Espíritu de Cristo se sirve de estas Iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación”, pero no se ha de olvidar el motivo de ello: “cuya fuerza viene de la plenitud de gracia y de verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia Católica” (C.Ig.C., n. 819). De modo que podemos decir que la Iglesia, “sacramento universal de salvación” (LG, 48), es asumida por Cristo como “instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG, 1; cfr. C.Ig.C., nn. 775-776).

¿Qué sucede entonces con el ecumenismo? Es la búsqueda de la unidad perdida, y en este sentido merece nuestra alabanza, nuestra oración y nuestro esfuerzo. Pero si se pretendiera recuperar esta unidad al precio de renunciar a las propias convicciones -“negociando” con ellas para buscar una especie de “término medio” consensuado-, dejaría de ser bueno. En realidad, sería perjudicial para todos, católicos o no, porque estar dispuesto a algo así supondría relativizar la fe misma, traicionando el depósito entregado por Cristo: ya no se dialogaría con alguien que tuviera discrepancias en las convicciones, sino con alguien sin convicciones.

Por último, habría que agregar que la Iglesia, precisamente por la conciencia que tiene de su misión materna respecto a sus fieles y el peligro de indiferentismo o de pérdida de la fe que suponen los matrimonios mixtos, prevé algunas condiciones para su celebración (cfr. C.I.C., cc. 1125 y 1086), sobre todo para garantizar la educación católica de los hijos.

Nunca hay que dialogar con el diablo

No deben acercarse al diablo ni dialogar con él: está “derrotado” pero es peligroso porque seduce y, como un perro rabioso encadenado, muerde si le haces una caricia. El diablo que no ha muerto, pero que ya está condenado (cf. Jn 16, 11). Podemos decir que está moribundo, pero en todo caso está derrotado. No es fácil, sin embargo, convencerse porque el diablo es seductor, sabe qué palabras decirnos, y a nosotros nos gusta que nos seduzcan. Y él tiene esta capacidad; esta capacidad de seducir. Por esto es tan difícil comprender que está derrotado porque se presenta con gran poder, te promete muchas cosas, te da regalos -bonitos, bien envueltos- ¡Oh, qué bonito!, pero no sabes lo que hay dentro. Pero el papel por fuera es bonito. Nos seduce con el paquete sin dejarnos ver lo que hay dentro. Sabe presentar a nuestra vanidad, a nuestra curiosidad, sus propuestas.

Los cazadores, de hecho, dicen que no hay que acercarse al cocodrilo que está muriendo porque con un golpe de cola aún puede matar. Así, el diablo es “peligrosísimo”: se presenta con todo su poder, sus propuestas son todas mentiras y nosotros, tontos, las creemos.  El diablo, de hecho, es el gran mentiroso, el padre de la mentira. Sabe hablar bien, es capaz de cantar para engañar: es un perdedor pero se mueve como un ganador. Su luz es deslumbrante “como los fuegos artificiales” pero no dura, se desvanece, mientras que la del Señor “es humilde pero permanente”.

El diablo nos seduce, sabe tocar nuestra vanidad, la curiosidad, y nosotros lo compramos todo, es decir, caemos en la tentación. Es por tanto un perdedor peligroso. Hay que estar atento al diablo, como dice Jesús, a vigilar, rezar y ayunar. Así se vence a la tentación.

Es fundamental también no acercarse a él, porque, como decía un Padre de la Iglesia, es como un perro “enfadado”, “rabioso”, encadenado, al que no se le puede hacer una caricia porque muerde. Si yo sé que espiritualmente, si me acerco a ese pensamiento, si me acerco a ese deseo, si voy a esa parte o a la otra, me estoy acercando al perro rabioso encadenado. Por favor, no lo hagan. –Tengo una herida grande. ¿Quién te la hizo? El perro ¿Pero estaba encadenado? Sí, pero yo fui a darle una cariciaPues te lo has buscado. Es así: no acercarse nunca, porque está encadenado. Dejémosle allí encadenado.

Finalmente, hay que estar atentos a no dialogar con el diablo como hizo, en cambio, Eva: “se creyó una gran teóloga y cayó”. Jesús no lo hace: en el desierto, responde con la Palabra de Dios. Expulsa a los demonios, alguna vez les pregunta el nombre, pero no dialoga con ellos. Con el diablo no se dialoga, porque nos gana, es más inteligente que nosotros.

Se disfraza de ángel de luz, pero es un ángel de sombra, un ángel de muerte. Es un condenado, es un perdedor, es un encadenado que va a morir, pero es capaz de provocar masacres. Y debemos rezar, hacer penitencia, no acercarnos, no dialogar con él. Y al final, ir donde la madre, como los niños. Cuando los niños tienen miedo, van a la mamá: ¡Mamá, mamá… tengo miedo!, cuando tienen pesadillas … van a la mamá. Ir a la Virgen; Ella nos protege. Y los Padres de la Iglesia, sobre todo los místicos rusos, dicen: en el tiempo de las turbaciones espirituales, refugiarse bajo el manto de la gran Madre de Dios. Ir a la Madre. Que ella nos ayude en esta lucha contra el perdedor, contra el perro encadenado, para vencerle (Papa Francisco).