Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Pentecostés. Principio de la Iglesia)

Pentecostés. Principio de la Iglesia

¿Cuándo se cumplió la promesa del Señor de enviar al Espíritu Santo? Después de la Ascensión del Señor los apóstoles volvieron a Jerusalén, y estuvieron en el cenáculo, en el mismo lugar en el cual Cristo celebró la Última Cena con ellos, dedicados a la oración en espera del cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con otros discípulos del Señor.

Estando allí, para reemplazar a Judas Iscariote eligieron a Matías, el cual fue asociado a los once apóstoles.

El día de Pentecostés, décimo después de la Ascensión, estando todos juntos en el cenáculo, de pronto se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban. Al mismo tiempo aparecieron unas lenguas como de fuego posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a alabar a Dios en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

¿Qué era el día de Pentecostés? La palabra Pentecostés es un vocablo griego, que significa cincuenta. En el pueblo israelita se instituyó la fiesta de Pentecostés para recordar la promulgación de la Ley, y se celebraba cincuenta días después de la conmemoración de la salida de los judíos de Egipto, es decir, de la Pascua.

Para los cristianos Pentecostés es la fiesta con la cual la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que tuvo lugar en el mismo día de la fiesta judía de Pentecostés. Se celebra cincuenta días después de la Resurrección del Señor.

¿Tuvieron conocimiento los judíos de este acontecimiento? Sí. Con motivo de la fiesta de Pentecostés residían en Jerusalén muchos judíos devotos venidos de diversos países. Muchos de éstos, al oír el ruido producido, acudieron al lugar donde estaban los discípulos del Señor y quedaron desconcertados porque cada uno oía a los apóstoles hablar en su propia lengua de las grandezas de Dios. Entonces, Pedro tomando la palabra les hizo ver que el prodigio de que eran testigos había sido anunciado por los profetas; además, les recordó los milagros con que Jesucristo había probado su divinidad, entre otros, el de la resurrección de entre los muertos; y por último añadió: Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quienes vosotros habéis crucificado (Hch 2, 36).

¿Cuál fue la reacción de los que oyeron las palabras de Pedro? Aquellos judíos se sintieron compungidos de corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? (Hch 2, 37). Pedro les contestó: Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para el perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hch 2, 38). Los que aceptaron la propuesta de Pedro se bautizaron, y aquel día fueron agregadas al grupo de los discípulos unas tres mil personas. Por eso, en el día de Pentecostés se celebra también el nacimiento de la Iglesia de Cristo.

¿Cómo era la vida de los primeros fieles de la Iglesia? Los cristianos de la Iglesia primitiva no sólo eran asiduos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones, sino que vivían muy unidos por la caridad, teniendo todos sus bienes en común, pues vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Diariamente acudían unánimemente al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando (Hch 2, 46-47).

¿Acompañaron hechos prodigiosos a la misión de los apóstoles? Sí. Numerosos milagros vinieron a confirmar la misión que el Señor había conferido a los apóstoles, e hicieron aumentar considerablemente el número de los creyentes.

Un milagro muy notable fue la curación de un cojo de nacimiento. Lo narra san Lucas en los Hechos de los apóstoles de la siguiente forma: Pedro y Juan subían al templo a la oración a la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada “Hermosa”, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan , les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: “Míranos”. Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que había sucedido (Hch 3, 1-10).

¿Qué hizo Pedro al ver maravillado el pueblo que había presenciado el milagro? No desaprovechó la ocasión para hablar a los que asombrados habían acudido al pórtico llamado de Salomón para ver al que momentos antes era paralítico junto con los dos apóstoles, y dirigió la palabra a los allí presentes. Pedro les habló de Jesucristo y de su doctrina. El resultado de esta nueva predicación de Pedro fue la conversión de cinco mil personas.

¿Permanecieron inactivos los sacerdotes, saduceos y los otros enemigos del Señor? No. Mientras que Pedro y Juan hablaban al pueblo se presentaron los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban cumplida en Jesús la resurrección de los muertos. Apresaron a Pedro y a Juan y lo metieron en la cárcel hasta el día siguiente.

Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: “¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?” Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre se presenta este sano ante vosotros (Hch 4, 5-10). Viendo la seguridad de Pedro y Juan, los del Sanedrín deliberaron aparte y decidieron prohibir a los apóstoles que hablaran de Jesús y que enseñasen en su Nombre. Entonces los dos apóstoles les dijeron: ¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído (Hch 4, 19-20). Entonces, repitiendo la prohibición, los soltaron con amenazas, pues no hallaron motivo para castigarlos, y por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por la milagrosa curación del tullido.

¿Continuó el Sanedrín la persecución contra los apóstoles? Sí. Algún tiempo después los metieron de nuevo en la cárcel; mas durante la noche un ángel del Señor los sacó. Más tarde otra vez fueron conducidos ante el sumo sacerdote. Éste les dijo: Solamente os hemos ordenado que no enseñéis sobre este Nombre, y habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre (Hch 5, 28). Los apóstoles le contestaron: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29).

Cada vez más irritados los miembros del Sanedrín, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se reunieron para tratar de hacer morir a los apóstoles, y sólo se opuso un doctor de la Ley, llamado Gamaliel, que les dijo: Varones israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Días pasados se levantó Teudas, diciendo que él era alguien, y se le allegaron como unos cuatrocientos hombres. Fue muerto, y todos cuantos le seguían se disolvieron, quedando reducidos a nada. Después se levantó Judas el Galileo, en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo en pos de sí; mas pereciendo él también, cuantos le seguían se dispersaron. Ahora os digo: Dejad a esos hombres, dejadlos; porque, si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero, si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios (Hch 5, 35-39). Los componentes del Sanedrín se dejaron persuadir, pero antes de dejar libres a los apóstoles, éstos fueron azotados. Además les conminaron que no hablasen en el nombre de Jesús. Los apóstoles se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de padecer por el nombre de Jesús.

A pesar de las persecuciones sufridas y de las amenazas recibidas, en el templo y en las casas los apóstoles no cesaron ningún día de hablar de Cristo Jesús.

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EN LA VIÑA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agrazones (Is 5, 1-2). Con estas palabras comienza el profeta Isaías la “canción de la viña”, una pequeña obra maestra de la poesía judía. Esta canción solía cantarse en el otoño, durante la vendimia. Por viña se entiende un terreno plantado de muchas vides. Y el fruto de la vid es la uva. La uva pisada en el lagar da el vino. El Salmista dice que el vino “alegra el corazón”.

Para el profeta, la viña es la “casa de Israel”, y Dios, el viñador. A pesar de los muchos cuidados que puso el labrador, las vides no dieron buenas uvas, sino agrazones, recimillos de uvas que nunca maduran, inservibles para sacar vino. Bajo la imagen del viñador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de justicia de su pueblo. De ahí que se pregunte: ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas, y dio agrazones? (Is 5, 4). Este versículo ha pasado a la liturgia del Viernes Santo, en los Improperios, en esas sentidas quejas que Jesucristo dirige a su pueblo, al cual había colmado de beneficios. ¿Qué más debí hacer por ti que no hiciese? Yo te planté como viña preciosísima: ¡y tú me has salido tan amarga!

En los Improperios, que se canta durante la adoración de la Cruz, se recuerda lo que hizo Dios por el Pueblo elegido: Te saqué de la tierra de Egipto; te abrí paso en el mar; te llevé durante cuarenta por el desierto y te serví de guía; te alimenté con el maná y te di de beber una agua saludable; te entré en una tierra muy buena… La ingratitud de la “casa de Israel” está patente en la Pasión del Señor: Preparaste una cruz para tu Salvador; me diste a beber hiel y vinagre; con una lanza abriste mi costado; me entregaste a los príncipes de los sacerdotes; me llevaste al pretorio de Pilato; me moliste a bofetadas y azotes; me heriste con una caña y pusiste en mi cabeza una corona de espinas; me levantaste en el patíbulo de la Cruz.

La Palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor eligió. Como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así se comporta Dios con nosotros. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? ¿Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino?

Fijémonos en algunos de los beneficios que hemos recibido de Dios. En primer lugar, Dios nos ha creado y somos hijos suyos. Después, Cristo nos ha redimido y nos ha abierto las puertas del Cielo. También, estamos bautizados en la Iglesia Católica. Además nos ha dado a su Madre como Madre nuestra. ¿Y en cuántas ocasiones nos ha perdonado los pecados? Y podríamos seguir diciendo más dones. Pero lo más importante ya está dicho: somos hijos de Dios y el Señor nos ha preparado un lugar maravilloso para que seamos eternamente felices. Hemos sido creados para la gloria del Cielo. Y en la tierra estamos de camino hacia ese lugar de felicidad.

De la “casa de Israel”, Dios esperaba juicio y encontró prejuicios, justicia y encontró lamentos (Is 5, 7). Dios espera de nosotros que demos frutos de santidad. Triste cosa sería que el Señor no encontrara en nuestra vida esos frutos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. Sin embargo, existe la posibilidad -Dios no lo permita- de ofenderle. El pecado es negación de la fidelidad a Cristo. Las palabras de la Escritura son fuertes: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos (Hb 4, 6). No defraudemos a Dios y demos los frutos del Espíritu, que son: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la mansedumbre, el dominio de sí (Ga 5, 22-23).

En una de sus parábolas -la de los viñadores homicidas-, Jesucristo comienza con una evocación implícita a la “canción de la viña”. Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí (Mt 21, 33). En esta parábola Jesús compendia la historia de la salvación y la suya propia.

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron (Mt 21, 34-39). Claramente se puede ver el siguiente simbolismo. Los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos. De este envío de los profetas hace referencia la Carta a los Hebreos: En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas (Hb 1, 1).

Los jefes de Israel, que habían recibido el encargo de cuidar de la viña del Señor, no actuaron como administradores, sino como dueños tiranos. Pese a los esfuerzos de Dios por hacer que el pueblo elegido diera frutos, la resistencia de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo, hizo que la viña no diera los frutos deseados.

En el hijo del dueño de la viña está simbolizado a Jesús. El hijo amado (Mc 12, 6) es Jesús. En estos últimos días (Dios) nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo (Hb 1, 2). El hecho de que el hijo fuera arrojado fuera de la viña y matado, es lo que le ocurrió al Señor. En la Historia de la Salvación vemos que Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Su muerte tuvo lugar fuera de los muros de Jerusalén.

Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús les dijo: “¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?” Por esto os dijo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos (Mt 40-43). El evangelista habla del castigo de los viñadores homicidas. Es lógico el castigo de Dios, ya profetizado por Isaías: Os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que no descarguen lluvia en ella (Is 5, 5-6). San Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a un pueblo que rinda sus frutos, en clara alusión a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, cuyo fundamento es Cristo resucitado, piedra que rechazaron los constructores, los judíos.

El plan de Dios de redimir a la humanidad no fracasa con el rechazo del Mesías por parte de Israel. Este rechazo hizo que Dios escogiera un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. San Ireneo, comentando esta parábola, escribió: (La viña) el Señor Dios la consignó -no ya cercada, sino dilatada por todo e mundo- a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavando en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben al Espíritu.

Los frutos de este nuevo Pueblo de Dios son patentes. La historia de la Iglesia es una historia de santidad con el resplandor de Dios en sus santos. La Iglesia mejorado a la humanidad porque ha sido fiel a Cristo y lo ha hecho precisamente en la medida que ha sido fiel a sus mandamientos. De ella se puede decir que es la cepa de las delicias (Is 5, 7) de la viña del Señor. Ahora bien, los frutos están en relación con la docilidad a la acción de Dios. Para dar fruto es preciso ser dócil al plan de Dios. Cada fiel cristiano, miembro de la Iglesia Católica, tiene su propia vocación, ha recibido de Dios una porción de su viña amada en su vida, ha sido colocado en un lugar preciso de la Iglesia y tiene una misión personal e intransferible. No la podemos desempeñar de cualquier modo o según nuestros caprichos. El éxito de la fecundidad espiritual radica en la obediencia al Plan de Dios, como se ve en la vida de los santos. El secreto radica en la identificación con Cristo obediente que sufre y ofrece su vida en rescate por la salvación de los hombres.

¿Cuál es esa porción de viña que he recibido? ¿Cómo la trabajo y la cuido? ¿Hasta qué punto soy consciente de que los frutos son de Dios y debo entregárselo a Él? Cada uno le decimos ahora al Señor: Gracias por los dones que me has dado, por las gracias con que me has enriquecido, por las personas que me han sido confiadas. Quiero entregarte los frutos de las buenas obras que Tú me pides. También te entrego las ganas de producir más y mejores frutos en actitudes y palabras que me hagan poder contestar a ese amor tan inmenso que me tienes.

Tengamos en cuenta las palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 8-9). Todas las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, y le sirven al cristiano para acercarse a Dios. Por eso se las entregamos a Dios, son los frutos que le ofrecemos y por los que le damos gracias.

Mientras estemos trabajando en la viña del Señor, encontraremos dificultades. Pero no debe haber motivo de inquietud. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Santa María, Huerto cerrado (Ct 4, 12), toma bajo tu protección materna a todos los operarios de la viña de tu Hijo, y haz que sepamos ofrecer a Dios el fruto de nuestro esfuerzo por extender el Reino de Dios por toda la tierra. Y que con nuestro trabajo haya en la tierra paz, libertad, verdad, justicia y esperanza.

La Iglesia: la familia de los hijos de Dios

(Red que echan en el mar y recoge toda clase de peces). Allí donde vamos, hasta en la más pequeña parroquia, en el rincón más perdido de la tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre hermanos y hermanas. Y esto es un gran don de Dios. La Iglesia es una sola para todos. No existe una Iglesia para los europeos, una para los africanos, una para los americanos, una para los asiáticos, una para quien vive en Oceanía, no; es la misma en todo lugar. Es como una familia: se puede estar lejos, distribuidos por el mundo, pero los vínculos profundos que unen a todos los miembros de la familia permanecen sólidos cualquiera que sea la distancia (Papa Francisco).

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

Exposición del caso:

Marisol, a sus 16 años, es una chica que parece más preocupada por las injusticias que hay en el mundo que por cumplir sus propios deberes. Tiene un carácter exaltado, que se convierte en bastante explosivo cuando la regañan y piensa que es injusto. Esto no quiere decir que sea egoísta: sale también apasionadamente en defensa de los demás cuando le parece que han sido injustamente tratados. Sus padres han trabajado mucho para sacar la familia adelante, y están agotados. Marisol no parece darse cuenta de ello: más bien los valora como personas conformistas y apáticas, sin personalidad. En cambio, ve como todo lo contrario a su profesora de Historia del instituto. Tiene ésta la misma edad que su madre y es soltera. Explicando su materia solía hablar con bastante énfasis de la opresión de las clases trabajadoras, y con frecuencia se desviaba del tema y, en un tono propio de mitin, hablaba de los marginados y los oprimidos, echando en cara al alumnado su individualismo y falta de compromiso con los desfavorecidos. Por eso sus alumnos le habían puesto un mote: “la pasionaria”.

A Marisol le parecía injusta esta situación, y desde el principio se puso al lado de la profesora. Más aún, la simpatía pasó pronto a convertirse en admiración: la veía como una inconformista a favor de una causa justa, y que era capaz de luchar contra todo el mundo por lo que veía justo. En una palabra, la idealizó. Con cualquier motivo, buscaba su trato. Empezó preguntándole dudas a la salida de clase, y siguió con conversaciones en la cafetería de la esquina más próxima al instituto.

La profesora se convirtió en confidente de Marisol, y a su vez contaba a ésta cosas de su vida; impulsaba varias asociaciones: una de “mujeres progresistas”, una “comunidad de base” de “cristianos comprometidos”, y alguna otra. En una ocasión, hablando de esto, empezó a explicarle que la Iglesia jerárquica se había, más que aliado, fundido con “el sistema”, y habían acaparado el Evangelio para ponerlo a su servicio. Y que ella no podía seguir en una vida de “sumisión al sistema”, que la anulaba: la “alienaba”, llegó a decir. “¿Y qué quiere decir ‘acaparar el Evangelio’?” La respuesta a esta pregunta de Marisol fue otra explicación sobre la forma de ver la figura de Jesucristo, y la necesidad de una “relectura” del Evangelio, pues la existente proyectaba sobre un hipotético más allá todo el mensaje salvador de Jesucristo, haciendo por tanto a la gente resignada y conformista con su explotación, y poniendo por tanto la doctrina al servicio del dominio, de la “explotación del hombre sobre el hombre”. -“¿Te interesa todo esto?”, preguntó al final. -“Pues…sí”. -“Si quieres, te traigo algo para leer, que lo explica bien”. -“Bueno”.

Al cabo de dos días le trajo un par de folletos, de una colección denominada “El hombre emancipado”. El primero se titulaba “Para poner en libertad a los oprimidos”, palabras tomadas del evangelio de San Lucas -capítulo 4º, versículo 18, para ser exactos-. Intentaba explicar cómo en los evangelios, si se los depuraba de figuras retóricas y “proyecciones” de la comunidad primitiva de creyentes, se podía ver que Jesús fue un inconformista, que desafió a los poderes establecidos en su época, que vino a establecer un “reino de paz y justicia”, donde los hombres vivirían como hermanos, compartirían sus pertenencias, y una vez conseguido esto duraría indefinidamente. Para ello vivió, y por ello dio su vida, pues la “oligarquía dominante” no podía soportar ese mensaje y lo condenó a muerte, precisamente con un suplicio reservado a los esclavos y los que se levantaban “contra el sistema”. Seguía diciendo que fue un hombre de “ideas extraordinariamente avanzadas para su época”, y por eso entonces sólo fue parcialmente comprendido. En consecuencia, e influidos por las ideas de la época, proyectaron su recuerdo y su doctrina, vivos en sus corazones, como una resurrección, y su esperanza en un mundo nuevo como una ascensión al cielo.

El segundo folleto se titulaba “Un programa de liberación”. Pasaba revista a toda una serie de males de los que el hombre debía ser liberado: hambre, guerra, marginación, paro, etc. Explicaba que todo ello podía resumirse en liberación de la pobreza, el dolor y la desigualdad. Y señalaba que un cristiano auténtico no podía desentenderse de la lucha comprometida por la liberación, como lo había hecho Jesucristo. Invitaba a no dejarse llevar por ideologías “reaccionarias” o “inmovilistas”, ni por “teologías al servicio del poder”, y comprometerse activamente con movimientos “progresistas” y “colectivos que promueven la igualdad”.

A Marisol todo esto le parecía un tanto desconcertante, pero, viniendo de quien venía, pensaba: “¿y por qué no?” Se iba abriendo paso la idea de que a lo mejor tenía razón; además, ella sí luchaba por los demás, a diferencia del resto, que sólo iban a lo suyo.

Estando así las cosas, un día, de nuevo en la cafetería, la profesora anunció a Marisol que se iba: había pedido traslado a otro instituto, y se lo acababan de conceder. -“¿Pero por qué?”, preguntó Marisol, visiblemente afectada. -“Estoy cansada. No reacciona nadie, van a lo suyo. Es… como predicar en el desierto. Ya no puedo más. No sé si lo comprenderás”. Marisol pensaba que sí, que sí podía comprenderlo.

Días después de la partida de la profesora, Marisol comentaba con una amiga que le daba pena. -“¿Por qué?”, replicó. Como respuesta, le contó el diálogo de despedida. -“¡Pero tú eres tonta!”, dijo su amiga. -“¿Cómo que tonta?” -“¿Pero qué pasa? ¿Eres la única de todo el instituto que no se ha enterado?” -“¿Que no se ha enterado de qué?” -“De que hace unos meses se fue a vivir con ella el marido de ‘la Chelo’ (era otra profesora del instituto, aunque no les daba clase a ellas), y no le dirigía la palabra ningún profesor; y ahí está la pobre, con tres niños pequeños.” -“¡Eso no es verdad!”. -“¿Que no es verdad? Pues hija, entérate, pregunta a cualquiera. Mira, y perdona que te lo diga, eres de esas idealistas que acaban en las nubes y dejan de pisar en el suelo. Y si quieres hacer algo por los pobres, acompáñame el sábado por la mañana”. -“No puede ser…”. -“Mira, hacemos una cosa: si resulta que es verdad, me acompañas; y si no, me mandas a paseo, ¿vale?” Marisol acabó aceptando la propuesta.

Resultó que era verdad. Marisol no tenía ganas de cumplir lo pactado, pero era fiel a su palabra, y acudió. Fueron a un comedor para pobres regentado por unas monjas. Trabajaron bastante, ayudando en lo que podían. Marisol se iba dando cuenta de lo alegres que estaban aquellas religiosas, a pesar de lo cansada y poco atractiva que parecía su vida. Cuando acabaron -bastante agotadas-, Marisol quiso hablar con los dos que les agradecieron su colaboración. -“¿Pero no se cansan ustedes de esto?”, preguntó. -“Bueno, un poquito sí, pero no es gran cosa al lado de lo que sufrió el Señor por nosotros”, contestó una, señalando un crucifijo. -“¿Pero se puede aguantar así toda la vida?” -“Si no fuera porque tenemos a Jesús con nosotras…”, contestó, señalando la puerta de la capilla. -“¿Jesús?” -“Sí, ¿no es bonito que el mismo Jesús que murió por nosotros, resucitó y está en el cielo quiera venir a nuestro sagrario?” -“Sí…, claro”, respondió, un poco aturdida al darse cuenta de la firmeza de su fe; “pero, aquí no pueden cambiar las injusticias…” -“Nos gustaría poder hacer más, pero hacemos lo que podemos: ayudamos a los necesitados, procuramos llevarles la alegría de encontrar a Cristo, y despertamos la generosidad de personas como vosotras y otras que hacen donaciones; por ejemplo, todo lo que habéis servido provenía de donaciones”. Marisol salió pensativa, pensando en volver… y quién sabe… quizás también en quedarse.

Preguntas que se formulan:

-¿Fue la Pasión del Señor impuesta contra su voluntad o libremente aceptada? ¿Consta que fue así? ¿Por qué quiso padecer? ¿Qué significa “redención”? ¿De qué nos tenía que redimir Jesucristo? ¿Era necesario ese sufrimiento y su muerte? ¿Por qué quiso padecerlos? ¿Estaban profetizados?

-¿Puede decirse que en la Pasión murió Dios, o simplemente un hombre? ¿Por qué? ¿Qué valor tiene ese sacrificio? ¿Cómo se aplica a los hombres? ¿Qué quiere decir que Dios murió? ¿Qué consecuencias tiene respecto al cuerpo muerto? ¿Qué quiere decir el “descendió a los infiernos” del Credo?

-¿De qué nos liberó Jesucristo en la Cruz? ¿Por qué no nos liberó de la muerte y los sufrimientos terrenos? ¿Qué valor tienen éstos para el cristiano? ¿Por qué? ¿Puede decirse que el dolor, la pobreza, la enfermedad, etc., conllevan la infelicidad en este mundo? ¿Por qué? ¿Es “resignación” el término adecuado para indicar cómo deben aceptarse? ¿Por qué? ¿Significa esto que el cristiano debe ser conformista con el sufrimiento y la injusticia? ¿Por qué? ¿Quienes son “los oprimidos” a los que se refiere el Evangelio?

-¿Nos da ejemplo de algo el Señor en la Cruz? ¿De qué? ¿Cómo debe manifestarse en la vida del cristiano? ¿Seguiría siendo un ejemplo a seguir si no hubiera el Señor resucitado y ascendido al cielo? ¿Por qué? ¿Alguien más nos da ejemplo desde la Cruz? ¿Qué consecuencias tuvo el que la Virgen María estuviera al pie de la Cruz?

-¿Qué sentido tiene la Resurrección del Señor? ¿Qué sucedería si no hubiese resucitado? ¿Es imprescindible la Resurrección dentro del mensaje cristiano? ¿Por qué? ¿Qué diferencia la Resurrección de Jesucristo de cualquier otra resurrección (p.ej., la de todos al final de los tiempos)?

-Una vez resucitado el Señor, ¿era necesaria su Ascensión? ¿Por qué? ¿Qué lleva consigo para nosotros la Resurrección del Señor y su Ascensión? ¿Qué significa el “reino de paz y justicia” anunciado en el Evangelio? ¿Qué características tiene el reino anunciado por el Señor? ¿Tienen algo que ver la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor con su condición de Rey?

-¿Como valoras las ideas de la profesora del caso? ¿Qué le dirías a una persona con esas ideas?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 595-618, 624-628, 631-635, 638-655, 659-664.

Comentario:

Jesucristo pudo ser “parcialmente comprendido” por sus contemporáneos, pero desde luego fue plenamente comprendido por sus Apóstoles después de Pentecostés. Tanto, que incluso previeron la futura existencia de personas que intentarían subvertir toda su obra como la profesora del caso: falsos doctores que “prometen liberación, cuando ellos son esclavos de la corrupción, pues cada cual es esclavo de quien triunfó en él” (II Pe 2, 19).

La clave del caso está en el contraste entre la profesora y las monjas. No puede ser mayor. En el primer caso, el Evangelio parece ponerse al servicio de “los oprimidos”, pero de hecho lo está al servicio de una ideología. En eso consiste su “relectura”. ¿No es esto ser un poco “mal pensados”? No, porque los hechos lo confirman. El mismo Evangelio invita a utilizar este criterio: “Si plantáis un árbol bueno, su fruto será bueno; pero si plantáis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol por sus frutos se conoce” (Mt 12, 33). Lo contrario es ser un ingenuo, como lo es Marisol y como acertadamente se lo reprocha su amiga.

¿Cuál es la ideología en la que consiste el “árbol malo”? La terminología empleada nos conduce al marxismo: conceptos como “oligarquía dominante”, alienación, concebir la sociedad como un “sistema” de enfrentamiento -lucha de clases, en el fondo-, la “esperanza” en una especie de paraíso comunista futuro (excluyendo todo otro tipo de esperanza en el más allá), así lo indican. La misma idea de ver la teología bien “al servicio del poder”, bien “al servicio de la liberación”, señala otra vieja idea marxista, según la cual las ideas mismas son producto de la situación social; al trasladar esta noción al Evangelio mismo éste se relativiza: los misterios mismos de la Redención quedan reducidos a “proyecciones” fruto de una mentalidad antigua. Nos hallamos por tanto ante un típico exponente de la llamada “teología de la liberación” de cuño marxista. En varios países, ha sido un instrumento para intentar sumar a la Iglesia a la “lucha revolucionaria”. A pequeña escala, lo mismo sucede aquí. Lo que los hechos muestran es que esa mujer en realidad no lucha por “los oprimidos” -va dejando más por su camino- o “por los demás” -como piensa Marisol-, sino por la revolución. “Los oprimidos” no pasan de ser una excusa, un disfraz, una pantalla. Hasta aquí, un ejemplo de lo que es una pseudorredención, una falsa redención.

¿Y el “árbol bueno”? Es el Evangelio auténtico, que es la historia de la redención de la humanidad obrada por Cristo. “Redimir” significa rescatar por un precio. Quien rescató es Jesucristo, y el precio fue su vida misma -su Pasión y Muerte-. Las monjas dan a entender que toda su acción, su servicio y su esperanza dependen de esta Redención y de sus frutos; o, mejor dicho, que todo el bien que tienen -empezando por la alegría, un bien mucho más precioso que la abundancia material (cuando la felicidad, o la “calidad de vida” se cifran sólo en bienes materiales, ahí lo que hay es un encubierto… materialismo)- y todo el bien que hacen es fruto de la Redención. Cristo con su muerte pagó el precio, y con su Resurrección y Ascensión puede transmitirnos los frutos logrados, y Él mismo consigue una victoria que será la nuestra si seguimos sus pasos: es nuestra esperanza.

Se contaba de uno que decía que la revolución le había liberado de las cadenas… de oro para colgar el reloj que había heredado de su abuelo. La liberación auténtica debe librar de males auténticos. ¿Y cuál es el peor de los males? Es el pecado, que no sólo conduce a la pena eterna, sino que en este mundo es el causante de la mayor parte de los sufrimientos. No es “el sistema” el que nos hace malos; en todo caso, es al revés. Entonces, ¿por qué sigue habiendo pecados, y sigue habiendo sufrimiento? Porque la de Cristo es una liberación que exige nuestra colaboración libre. Podemos aceptarla o rechazarla. Pero, se podría objetar -de hecho, lo hace Marisol a las monjas- que en cualquier caso seguiría habiendo dolor, sufrimiento y muerte. ¿No podría la Redención haber acabado con eso? Sí, sí que podría, pero Dios quiso hacer algo mejor: invitarnos a asociarnos a su Cruz redentora en este mundo, para así asociarnos a su misión y a su victoria en la gloria. De ahí que el cristiano ve en su pequeña -a veces, grande- cruz de cada día una participación de la Cruz de Cristo, y aprende a sacarle partido como el Señor lo sacó, y por tanto se abraza a ella y la quiere, que es algo más que “resignación”.

Una última idea a tener en cuenta es la de que en nuestros días es bastante frecuente contraponer, como si fueran excluyentes, cosas que en realidad se complementan. Es el caso de la profesora, cuando entiende y da a entender que la esperanza en un más allá excluye todo esfuerzo de lucha por mejorar este mundo, y hace a los hombres resignados y conformistas. Sucede lo contrario, porque resulta que el cristiano es consciente de que el más allá se gana en esta vida, en el más acá. Por eso, la Redención lleva a dar, como Cristo, la vida por los demás, a convertir la vida en un servicio, y en la medida en que es así se mejora este mundo y disminuyen el dolor y las injusticias, por no hablar del bien que se lleva al alma. La vida misma de las monjas del caso -no falta en el mundo gente así- lo atestigua.

Marta y María

Marta y María: María, a los pies de Jesús, “escuchaba su palabra” , mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Jn 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha; Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me hata dejado sola para servir? Dile que me eche una mano (Jn 10, 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. No se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. Son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. ¿Por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que “hacer”. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo (Papa Francisco).

EL “SÍ” A DIOS. Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Jesucristo, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, dijo ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Éste le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? El primero, dijeron ellos (Mt 21, 28-31). Aquí se ve dos actitudes claramente diferentes. Un hijo -el mayor- hizo la voluntad de su padre, y el otro, no. También a cada uno de nosotros nos dice Dios que vayamos a trabajar a su viña. ¿Y cuál es nuestra respuesta? No basta decir “sí”, sino hacer lo que el Señor nos pide. El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Seguramente todos estaremos pensando en otra actitud, que es la más correcta: decir sí y hacerlo. Ésta debe ser nuestra actitud, que es la Jesucristo.

El papa Benedicto XVI, comentando esta parábola, dijo: En el Evangelio se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. Éste dice “sí” y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios. Jesús, entrando en el mundo, dijo: “He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). A quien hemos de imitar es al Señor, Él es nuestro modelo.

La ruina le sobrevino al género humano por la desobediencia. El hombre ha sido redimido por Cristo: la Redención es fruto de la obediencia libre de Jesucristo a la Voluntad del Padre. Pues como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos (Rm 5, 19). Cristo nos dio un ejemplo maravilloso de obediencia. En toda su vida se ve ese afán de cumplir los decretos divinos, y manifestó repetidas veces su ardiente deseo de cumplir la Voluntad del Padre: Mi alimento es hacer la Voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34). En su oración de Getsemaní, se nos muestra como ejemplo de unión perfecta con el querer de Dios: no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir.

El “sí” de Cristo va acompañado de obras. No solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta la muerte. En el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, san Pablo dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 5-8).

Jesús, durante su vida terrena -en todo momento- cumplió la voluntad del Padre en humildad y obediencia. Según los decretos divinos, murió en la cruz por todos los hombres -por nosotros- y nos ha redimido de nuestra soberbia y obstinación. Por esa obediencia del Señor, Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos (Flp 2, 9-10). Seamos agradecidos con el Señor, dándole gracias por su sacrificio redentor, y doblemos las rodillas ante su Nombre confesando con nuestra lengua, junto con los discípulos de la primera generación: Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 11).

El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad (Benedicto XVI). El mismo Jesús indicó el camino del Cielo: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Procuremos, pues, querer con Él lo que Él quiera, sin otra voluntad que la suya.

Después de que los interlocutores de Jesús respondieran a la pregunta que les hizo, prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto, os movisteis después a penitencia para poder creer en él (Mt 21, 31-32). San Juan Bautista había enseñado el camino de la santidad, anunciando el Reino de Dios y predicando la conversión. Los sacerdotes, ancianos escribas y fariseos no le habían creído, a pesar de jactarse de una actitud oficial de fidelidad a los planes de Dios. Estaban representados por el hijo que dice “voy” y luego no va. En cambio los publicanos y las meretrices que se arrepintieron y rectificaron su vida les precederán en el Reino: vienen a ser el hijo que dice “no voy”, pero luego va. El Señor pone de relieve que la penitencia y la conversión pueden enderezar y situar a todos en camino de santidad, aunque hayan vivido mucho tiempo alejados de Dios.

Las palabras de Cristo –los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Diostraducidas al lenguaje de nuestro tiempo, podrían sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe (Benedicto XVI). Sin embargo, aclaraba Benedicto XVI, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella como alejados de Jesús y del Reino de Dios. Absolutamente no.

En el Evangelio se cita nombres de publicanos que son santos: Mateo y Zaqueo. Y en el Santoral de la Iglesia hay santas que fueron prostitutas antes de su conversión. Y son santas porque se arrepintieron de sus pecados, de su mala vida, e hicieron penitencia. Citemos a dos: Santa Pelagia de Antioquía y santa María Egipcíaca. Pues, por muy grande que sea el pecado, cuando hay arrepentimiento, la misericordia divina es mayor. Esta misericordia es diáfana desde el principio de la Revelación bíblica, puesto que Dios siempre está pronto a perdonar. Dice Dios por medio del profeta Ezequiel: Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida. Ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá (Ez 18, 27-28).

Jesús hablaba a los judíos que viéndole no creyeron en Él ni se arrepintieron de sus malas obras. Pero también es una invitación para que recemos por la conversión de los pecadores, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10). La conversión salva. La Iglesia no duda nunca en denunciar la malicia del pecado; proclama la necesidad de la conversión, e invita a los pecadores a reconciliarse con Dios. La conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es preciso cumplirlo, aunque cueste. Jacinta, vidente de Fátima, le dijo a su hermano Francisco: Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores. Seamos generosos en la oración y en el sacrificio por la conversión de los pecadores.

Otra enseñanza de la parábola, es la libertad que Dios nos ha concedido. Cuando el hijo mayor le dice que no, el padre no le obliga. Si va después a la viña, es por ha recapacitado, y libremente decide hacer lo que su padre le ha pedido. Comentaba Benedicto XVI: Ante todas las cosas terribles que suceden hoy en el mundo, hay teólogos que dicen que Dios de ningún modo puede ser omnipotente. Frente a esto, nosotros profesamos nuestra fe en Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y nos alegramos y agradecemos que Él sea omnipotente. Pero, al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que Él ejerce su poder de manera distinta a como nosotros, los hombres, solemos hacer. Él mismo ha puesto un límite a su poder al reconocer la libertad de sus criaturas. Estamos alegres y reconocidos por el don de la libertad. Pero cuando vemos las cosas tremendas que suceden por su causa, nos asustamos. Fiémonos de Dios, cuyo poder se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón.

No hay duda alguna que Dios desea nuestra salvación. Es un Dios cercano y su corazón se conmueve por nosotros. Es un Dios lleno de amor, su misericordia es infinita. Pero para que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es preciso que nosotros -libremente- le digamos “sí”, que le abramos las puertas de nuestro corazón. Para el perdón se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro “sí”, y, por decirlo de alguna forma, lo mendiga. Ése el proceder de Dios.

Y vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Qué no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo? (Ez 18, 25). Es posible que los sacerdotes y ancianos del pueblo, al escuchar a Cristo también dijeran lo mismo que sus antepasados –no es justo el proceder del Señor-. Pero si ellos, los expertos en religión de su pueblo, no hubieran convertido su religiosidad en una rutina, que hizo que percibieran el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia, no habrían recibido el reproche del Señor, ni advertencia: Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muere (Ez 18, 26).

La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo. San Pablo nos exhorta: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir (Flp 2, 1-2). Queramos nosotros dar alegría a Dios. Digamos siempre “sí” a Dios. Hagamos lo que Él nos pida. No hay para mí mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad (3 Jn 1, 4).

Para decir “sí” se requiere la humildad. Nos dice san Pablo: No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás (Flp 2, 3-4). La humildad es una virtud que en el mundo de hoy y, en general, de todos los tiempos, no goza de gran estima, pero sólo desde la humildad se puede escuchar la Palabra de Dios que nos invita a trabajar en su viña.

La humildad de Santa María hizo posible que respondiera al ángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). María anticipa así la tercera invocación del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”. Dice “sí” a la voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice “sí” a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad; con un gran “sí” inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su “no” a la voluntad de Dios habían cerrado esta puerta (Benedicto XVI).

La Virgen nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero ella nos dice: “¡Sé valiente!, di también tú: Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida diciendo “sí” a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

PARÁBOLA DE LOS OBREROS DE LA VIÑA. Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña (Mt 20, 1). Con estas palabras comienza Jesucristo a contar la parábola de los obreros de la viña. En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se hace referencia a la viña. ¿Cuál es la viña del Señor? Al principio, era el pueblo que había elegido, Israel. Dios dedicó a su viña los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa. Sin embargo, esta viña en vez de dar uvas dio agrazones. Después, con la venida de Cristo, la viña es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Israel. El amor de Dios a la Iglesia también es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Esta viña -la Iglesia- ha dado buena uva, frutos de santidad. Su historia es una historia de santidad.

El señor de la viña sale en busca de obreros. Aquí podemos ver una llamada por parte de Dios a todos los hombres para que formen parte de la Iglesia. Pero también una llamada a todos los bautizados, para que vivamos una exigencia de nuestra vocación cristiana que es el apostolado. En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia. Sí, todos, en la variedad de los carismas y de los ministerios, estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

A veces, ser obreros en la viña del Señor puede ser difícil, los compromisos se multiplican, las exigencias son muchas y no faltan los problemas. Hay que aprender a sacar diariamente de la relación de amor con Dios en la oración la fuerza para llevar el anuncio profético de salvación; y centrar nuestra existencia en lo esencial del Evangelio, cultivando la fraternidad dentro del pueblo de Dios. Con fe encontramos en la Eucaristía la energía necesaria para desempeñar bien nuestro trabajo en la viña del Señor.

Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña (Mt 20, 2). El trabajo fiel en la viña del Señor, la disponibilidad al servicio del Evangelio tiene su recompensa. Sabemos que Dios es fiel a sus promesas y permanecemos en la esperanza de que se cumplan las palabras del apóstol Pedro: Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita (1 Pe 5, 4). Todos nosotros con el bautismo hemos sido llamados a seguir y servir a Jesús; sabemos que no podemos y no debemos esperar aplausos y reconocimientos en esta tierra. La verdadera recompensa del discípulo fiel está “en los cielos”: es Cristo mismo. No olvidemos nunca esta verdad. Cualquiera que sea el servicio que Dios nos llama a desempeñar en su viña, debe estar siempre animado por una humilde adhesión a su voluntad.

San Pablo bien sabía la recompensa que le esperaba: la unión perenne con Cristo. Por eso entiende la muerte como una liberación de las ataduras terrenas, para ir enseguida a estar con Cristo. Gracias a Cristo, la muerte tiene un sentido. Es el momento de recibir la recompensa eterna. Así se entienden las palabras del Apóstol de las gentiles: Cristo será glorificado en mi cuerpo, tanto en mi vida como en mi muerte. Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia (Flp 1, 20-21). La muerte es una “ganancia”, pues supone poder ver a Dios definitivamente cara a cara. Vivir en el cielo es estar con Dios, el Sumo Bien para el cual el hombre ha sido creado.

En la carta que escribe a los cristianos de Filipos manifiesta su decisión de continuar trabajando en la viña del Señor, a pesar de su deseo de contemplar ya a Cristo. Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe (Flp 1, 22-25). El apóstol abraza la vida terrena convencido de que tiene mucha tarea por hacer. Sabe que agrada a Dios lo que ha decidido porque aprovecha a la salvación de muchos. A san Pablo sólo le importa que los filipenses lleven una vida digna del Evangelio de Cristo (Flp 1, 27).

El amo de la viña salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo”. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?” Le contestaron: “Porque nadie nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 3-7). Aquel hombre sabía que la labor que requería su viña no bastaban con los que habían contratado a primera hora de la mañana. Y esto lo vemos en la Iglesia. Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor. En el Evangelio de san Lucas está estas palabras de Cristo: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10, 2). Por eso le pedimos a Dios: Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña.

Id también vosotros a mi viña. Estas salidas del dueño de la viña a diversas horas del día, nos sugiere otra idea, que es ésta: durante toda la vida del hombre, Dios le está llamando a la conversión, a la santidad, para que alcance el Reino de los cielos. Y todos los hombres son llamados a la santidad. como dice el Concilio Vaticano II: Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado (Lumen Gentium). La santidad está a nuestro alcance, pero exige esfuerzo. La búsqueda de la santidad es otra forma de trabajar en la viña del Señor. Hay que pelear contra la inclinación al mal, contra la pereza, la soberbia y las tentaciones. Y un trabajo bien hecho siempre da frutos. Para alcanzarla, hemos de aprovechar los medios que la Iglesia, instrumento universal de salvación, ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir los deberes familiares, profesionales, sociales.

Al amanecer, a la hora tercia, a la hora sexta, a la hora nona, a la undécima y a cualquier hora del día puede Dios llamar a la conversión. Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca. Que el impío deje su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar (Is 55, 6-7). Dios invita a la conversión. Para trabajar en la viña del Señor es necesario decidirse, a volver a Dios. Y no es preciso buscarle porque el Señor se deja encontrar, es más, es Él quien va en busca de la oveja perdida, de quien se ha alejado de la viña. El hombre que está en la plaza, parado, ocioso, no debe dejar pasar esa oportunidad que Dios le brinda. No hagamos oídos sordos a la llamada a trabajar en la viña, a convertirnos. Hasta la última hora del día hay posibilidad de convertirse. Pero, después, llegada la noche, ya no es posible. San Agustín, urgiendo a la conversión, escribió: No digas, pues, “Mañana me convertiré, mañana agradaré a Dios, y todas mis iniquidades de hoy y de ayer se me perdonarán”. Dices verdad al afirmar que Dios prometió el perdón a tu conversión; pero no prometió el día de mañana a tu dilación.

Continuemos con la lectura de la parábola. A la caída de la tarde le dijo el amo a su administrador: “Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros”. Vinieron lo de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: “A estos últimos que han trabajado sólo una hora los ha hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor”. Él le respondió a cada uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20, 8-15).

Esta segunda parte de la parábola nos enseña la bondad y misericordia de Dios, superior a los criterios de justicia humanos. Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (Is 55, 8), pudo decir el amo de la viña a los obreros de la primera hora, a los que soportado el peso del día y del calor. Las palabras citadas del profeta Isaías evidencian cómo en numerosas ocasiones hacemos planteamientos pequeños o nos quedamos cortos ante las grandes cosas que Dios nos tiene preparadas. Todos somos deudores de la libre disposición de la bondad divina que nos ha llamado a trabajar en su viña. Aquellos obreros llamados al amanecer, con su actitud, parecen acusar al amo de injusticia. Ni Dios es injusto ni nosotros debemos juzgarle. Tengamos en cuenta estas otras palabras de Dios recogidas por Isaías: Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos, y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos (Is 55, 9).

En las justicias humanas no caben los criterios de la generosidad de Dios: tanto trabajas, tanto cobras. Sin faltar a su palabra -había dicho que recibirían un denario- el Señor da a todos por igual -un denario- porque le mueve el amor y mira las necesidades, no las horas de trabajo. Siempre da más de lo que merecemos. Son tantos los beneficios, tantas gracias, como recibimos de su mano. Y todo por pura bondad.

Nuestra actitud natural debe ser el de aceptar sus dones y darle gracias por todo, agradeciéndole especialmente que haya querido con nosotros en su plan salvífico. Por otro lado, se resalta que lo importante es responder positivamente a la llamada divina sin importar el momento en que se produzca. Serán verdaderos discípulos los que conozcan esa bondad divina y la manifiesten con obras.

Es motivo de más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión (lc 15, 7). Igualmente es para motivo de alegría ver que a lo largo del día van llegando obreros a la viña del Señor y comparten con nosotros el trabajo siempre fatigoso de la vendimia de la vid, para preparar el vino de la Misericordia divina. A ellos y a los que han soportado el peso de una larga jornada, al final del día, Dios los llama para acogerlo en sus brazos paternos llenos de bondad.

Al final de la parábola, el Señor dice: Así los últimos serán primeros y los primeros últimos (Mt 20, 16). Estas expresión podemos considerarla referida al pueblo hebreo: Dios lo llamó a primera hora, aunque al final se ha dirigido también a los gentiles.

Pidamos a Santa María que todos los que trabajamos juntos en la viña del Señor, el Padre celestial, al final de la vida terrena, a cualquier hora y en cualquier momento, nos acoja en su reino eterno, liberados definitivamente de lo que quede en nosotros de la fragilidad humana, y nos conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio.