Ley moral y conciencia

Ley moral y conciencia

Exposición del caso:

Mario tiene quince años, y vive lo que se considera la vida normal de un chico de esa edad, sin particulares problemas. Está contento con su familia, aunque piensa que sus padres limitan bastante sus movimientos y establecen demasiadas reglas. Piensa que ese modo de proceder no es justo, porque sus padres le consideran menor de lo que es, y porque sus amigos tienen más libertad que él. Además, nunca ha dado ningún problema serio en su casa, y cuando pide explicaciones le despachan con alguna frase hecha, muy poco convincente. De todas maneras, aunque se queje, tampoco puede decirse que dramatice esa situación.

Un día estaba en casa de un amigo, y resultó que éste pasaba por un momento de desánimo. Empezaron a hablar de sus problemas, y Mario no se dio cuenta de que se hacía muy tarde ni, hasta pasadas las 11,00, de que en aquella familia cada uno cenaba por su cuenta y por eso no se avisaba la hora. Volvió a su casa deprisa. Como era de esperar, fue recibido con una fuerte bronca y amenazas de castigos que se le antojaron desproporcionados.

Durante los días que siguieron Mario no podía apartar de su cabeza lo sucedido esa noche. Estaba convencido de que, dijeran lo que dijeran sus padres, esa vez él tenía razón, y que además no tenían derecho a conocer sus motivos: él no les contaría nunca los problemas de su amigo -se los contaba como amigo, y era cosa de su intimidad-. Se habría saltado unas reglas -la hora de llegada, la hora de cenar- que normalmente tenían un sentido, pero él sabía en conciencia que esta vez tenía razón -era algo mucho más importante que el orden de la casa- y había hecho bien. Las normas y las leyes -pensaba- son algo que se dicta para todo el mundo sin tener en cuenta que cada persona y cada situación son distintas, o por lo menos pueden ser distintas. Eran una generalización, una cosa impersonal, y, por ser algo impersonal, una imposición. Si a él le dejaran libertad para volver a la hora que en conciencia pensara que debía, seguramente se portaría igual de bien que lo venía haciendo, pero lo haría bien por él mismo, no porque se lo impusieran: sería responsable porque lo haría en conciencia, en vez de actuar sólo porque le obligan, sin mérito por no salir de él mismo.

Una y otra vez seguía dándole vueltas a las mismas cosas. Las normas y las leyes -se decía- tendrían su razón de ser para organizarse, como por ejemplo si se quiere jugar al baloncesto hay que seguir un reglamento. Pero no podía decirse que valieran siempre y para todos los casos posibles: era imposible prever todo lo que podría pasar. A primera vista, parece que los coches deben respetar los semáforos siempre, pero ¿qué pasa si uno se estropea? ¿Va a quedarse un conductor horas delante de un semáforo en rojo que no cambia porque está estropeado? Y, claro, en el código de la circulación no hay nada sobre semáforos estropeados. Y eso pasa con todo. Hasta con el “no matarás”: por supuesto que no puedes matar a alguien para robarle o porque sí, pero luego resulta que si te invaden te tienes que defender a tiros y puedes matar; al revés, resulta que si estás en ésas cuantos más mates, mejor. Incluso hasta la Iglesia acepta que pueda haber pena de muerte. Total, que las leyes están bien, pero ninguna es perfecta y todas, absolutamente todas, tienen sus excepciones. Por eso, por encima de la ley tiene que estar la conciencia de cada uno, que ve si en cada caso -en su caso- la norma se debe cumplir o se debe incumplir. Y eso sólo lo puede ver la conciencia de uno, porque sólo uno mismo conoce de verdad lo que le pasa a uno. Además, es la conciencia de cada cual la que le deja tranquilo o intranquilo, y por eso lo que decide qué está bien y qué está mal para cada uno. En cambio, lo que te mandan o te prohíben viene de fuera: como mucho, te asusta, pero no parece que hacer las cosas por miedo le haga a uno bueno. Hasta aquí, los razonamientos que se hacía.

Preguntas que se formulan:

-¿Es la ley moral algo meramente externo, o también está en el interior de cada persona?

-¿Todas las normas tienen el mismo valor? ¿O hay algunas subordinadas a otras? ¿Y unas perfectas, que no admiten excepciones, mientras que otras son imperfectas y sí las admiten? ¿Tiene igual valor el “no matarás” y el “no cruzar un semáforo en rojo”? ¿Valora bien el “no matarás”, o debe más bien entenderse de otra manera que sí resulta inmutable, sin excepción?

-¿El que una ley suponga una generalización implica que sea impersonal? ¿Hay algo de común en todas, absolutamente todas, las personas? ¿Qué diferencia hay entre una ley física y una norma dictada a personas?

-¿Una ley supone una coacción por venir “de fuera”? ¿Se cumple sólo como imposición, o puede haber otros motivos más elevados? ¿Puede la propia conciencia asumir la ley como buena?

-¿Es la ley dictada por la razón o por la mera voluntad? ¿Tiene que ser racional? ¿Un dictado arbitrario de quien tiene el poder puede considerarse como ley? ¿Hacen bien en este caso los padres despachando a su hijo con frases hechas cuando pide razones?

-¿Es cierto que la conciencia decide lo que en cada caso está bien o mal, o más bien interpreta? ¿Qué diferencia hay entre ambos términos? ¿Con arreglo a qué debe juzgar la conciencia? ¿Si sólo juzga con arreglo a sí misma, no resultaría entonces arbitraria?

-¿Es la tranquilidad o intranquilidad de la conciencia lo que infaliblemente indica qué está bien y qué está mal?

-¿Es cierto que en este caso para actuar en conciencia es necesario dejar de estar sometido a unas reglas? ¿Es así siempre?

-¿Cómo valoras la situación expuesta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1776-1794, 1950-1974.

Comentario:

Esta vez el caso gira no tanto en torno a acontecimientos exteriores, sino más bien a los razonamientos que se suceden -o, mejor dicho, dan vueltas- en la cabeza del protagonista. Dejaremos de lado el hecho de que se le ve alterado, y en esas circunstancias suele peligrar la objetividad. Nos centraremos en los argumentos esgrimidos, que pueden oírse con bastante frecuencia.

No se le puede reprochar a Mario que piense, como es natural. Tampoco se le puede pedir una gran preparación para dar con la solución correcta a las cuestiones que plantea, y menos aún alterado como está. Pero lo cierto es que lo que ocurre con sus razonamientos es lo que a lo largo de los siglos ha dado lugar a la mayoría de los errores en moral: la excesiva simplificación; el fijar la atención en algunos aspectos -ciertos, desde luego- soslayando a la vez otros -igualmente ciertos-; quedarse sólo con un aspecto parcial de la realidad. Esto es importante, porque es la causa de casi todos los errores importantes en la moral: fijarse sólo en un aspecto de la realidad, y tomarlo como si fuese toda la realidad. Dicho en otras palabras, absolutizar un aspecto parcial de la realidad. Y es que el ser humano, a cuyo comportamiento libre se refiere la moral, es un ser complejo, en el que se deben armonizar distintos elementos. Las cosas son un poco más complejas de lo que aparecen en la mente de Mario. Algo le disculpa esa aversión que parece que tienen sus padres a razonar las cosas, y su tendencia a identificar educación con salvaguardia del orden público: otra simplificación.

En primer lugar, analicemos la noción que tiene Mario de ley. De sus razonamientos parece deducirse que se reduce a ser una imposición, algo que “te obligan” a hacer. O sea, pura coacción: “te obligo a hacer esto; si no, castigo”. ¿Y no es así? Pues sólo secundariamente es así. Una ley, una norma, para que merezca ese nombre, debe señalar algo que es justo; en caso contrario no es propiamente una ley, sino una pura violencia. Y si utilizamos el verbo “señalar” es porque lo que señala es algo justo de por sí, no por el mero hecho de que lo diga la letra de la ley. En este sentido, para el que quiere hacer el bien la ley es una ayuda: le señala dónde está lo justo, facilitando su cumplimiento. Esta es la llamada “función directiva” de la ley, y es la principal función. Existe también la llamada “función coactiva” de la ley, pues se sanciona su incumplimiento. Esta función refuerza la primera -es una ayuda, por cuanto incluso quien busca hacer el bien tiene fragilidades en su voluntad, y se ve tentado a hacer lo injusto-, y sirve de defensa de la sociedad de los que no quieren hacer el bien. Para éstos sí que es básicamente una imposición, pero si eso no es lo ideal es porque ellos mismos están viciados, no porque la ley sea algo negativo. Puede entenderse con facilidad si se aplica a un ejemplo que aparece en este caso: los semáforos. La ley será pura coacción para quien no quiera conducir civilizadamente; pero para la mayoría de los conductores es una necesaria regulación del tráfico: así lo entienden y por eso los obedecen.

Este último ejemplo ayuda también a deshacer el malentendido -consecuencia del anterior- de Mario, que no ve meritorio cumplir la ley por “no salir de él mismo”. La ley no se dirige sólo a la conducta exterior de la persona. Se dirige a su entendimiento y su voluntad. Si es justa, es razonable, y pide ser entendida, lo que, lógicamente, facilita su cumplimiento. Las leyes civiles, por ejemplo, incluyen la llamada “exposición de motivos”: una introducción que explica por qué son justas y razonables. En este sentido, los padres de Mario, si es cierto que le despachan con frases hechas que no explican nada cuando le piden cosas, no lo hacen bien.

También se dirigen a la voluntad, pues piden obediencia, y ésta es ante todo una virtud. Obedecer “de mala gana” no es precisamente el ideal de la obediencia. La obediencia plena es interior, no sólo exterior: por querer hacer el bien, se quiere cumplir lo que establece la norma, pues ésta señala lo que es justo y razonable. Por eso la ley no impide la conducta libre, ni tampoco impide que las acciones sean meritorias.

El mismo Mario reconoce que las leyes son necesarias para organizarse. Lo que no parece ver es que esa característica se contrapone a esa pretensión de que todo lo que haga “salga de él mismo”. Podemos aplicarlo al ejemplo que ella misma considera: un partido de baloncesto. ¿Qué ocurriría si se pretende sustituir el reglamento por “lo que salga de cada uno”? Sería el desorden, el caos. Así sucedería con todos los aspectos de nuestra vida. En el fondo, el ser humano tiene que darse cuenta de que es libre, pero también es limitado, y no puede pretender descubrirlo todo por sí mismo: supondría rechazar todo lo que han aportado los demás, y con ello la civilización misma: sería, como poco, volver al hombre primitivo.

Los párrafos anteriores han examinado los elementos de la ley, y con ellos ya se puede definir ésta: es una ordenación racional ordenada al bien común, promulgada por la autoridad. Esta última referencia a la autoridad recuerda que no puede haber organización sin que haya una autoridad.

En su sentido moral, identificar ley con imposición es una grave simplificación. La naturaleza se gobierna por leyes. Las que rigen los aspectos materiales -leyes físicas- se cumplen inexorablemente. Pero las que se refieren al comportamiento humano se deben cumplir al modo humano: con inteligencia y voluntad, libremente. Son aquellas reglas cuyo cumplimiento conduce al hombre a su fin. Y, conduciéndole así, le perfeccionan. Por eso, son principalmente una guía: si el hombre quiere conseguir su mejora, su perfección, si desea obrar bien, debe seguir lo que indican. Y debe hacerlo voluntariamente. Por eso, el cumplimiento más auténtico de la ley se da cuando ésta se interioriza. No deben ser algo puramente externo, ni deben ser consideradas como algo indiferente para la persona en sí, o sea, como algo que hay que cumplir por las consecuencias (externas) que acarrearía su incumplimiento.

Todo esto no niega que exista una imposición. Está claro que hay una ley que prohíbe robar, y que al que lo haga le amenazan con la cárcel. Pero muy mal andaría una sociedad en la que la mayoría de los ciudadanos no robara sólo por la amenaza de cárcel. Normalmente no lo hacen porque entienden que está mal, y no quieren hacerlo por eso. Pero incluso la imposición supone la libertad: sólo va a la cárcel el que ha delinquido voluntariamente; si no fuera responsable de lo que ha hecho, no iría. En cualquier caso, la imposición es un refuerzo, pues la ley es ante todo directiva, y en un segundo lugar impositiva. La ley de Dios no es una excepción: lo que debe mover a su cumplimiento en primer lugar, y lo que hace a éste perfecto, es el amor de Dios -“si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14, 15)-; y, en segundo lugar, el temor a las penas anunciadas para los incumplidores. Moverse por lo primero es lo propio de hijos; por lo segundo, de siervos. A fin de cuentas, Mario ha contrapuesto dos aspectos que no son incompatibles, sino más bien complementarios.

En la cabeza de Mario todas las leyes están metidas dentro del mismo saco, y esto le conduce a apreciaciones poco precisas. Hay leyes y leyes; incluso dentro de la normativa legal de una sociedad hay normas de mayor rango que otras -no es lo mismo una constitución que un reglamento de baloncesto-. A un nivel más alto también sucede así. Hay unos deberes que dimanan de la misma condición humana -es la llamada “Ley Natural”-. Y ésos sí que valen para todos y siempre, pues todos y siempre tienen la misma naturaleza: son hombres. El razonamiento de Mario sobre el “no matarás” es ingenioso, pero no es correcto, ya que lo que está mal de modo absoluto es la muerte injusta; incluso la formulación bíblica podría traducirse con más precisión por “no asesinarás” que por “no matarás”. Pero, cuando se precisa bien el alcance del mandato, una ley como ésta no puede tener excepciones. Estamos ante uno de los llamados “absolutos morales”: normas prohibitivas de alcance universal, ya que no pueden transgredirse sin atentar contra la misma naturaleza humana. Y, como señala san Pablo, conocer estos preceptos está al alcance de todos, pues para ello están “guiados por la razón natural”, mostrando que “están (los preceptos) escritos en sus corazones” (Rm 2, 14-15).

Esto no quiere decir que esta Ley Natural prevea todas las situaciones posibles. Precisamente por ajustarse a la naturaleza humana, deja muchos aspectos de la vida a la iniciativa de las personas, aspectos individuales y sociales. Estos últimos requieren su propia normativa, y de ahí surge la ley humana, en sus diferentes facetas y ámbitos. Es una exigencia de la naturaleza el que exista autoridad y leyes humanas. Es, por tanto, una obligación moral obedecerlas. Pero la ley humana debe tener como fundamento la dignidad humana y sus exigencias: la Ley Natural. No significa que todo precepto humano pueda deducirse linealmente de la Ley Natural. Lo que sí tiene como consecuencia es que la ley humana no es algo absoluto: en la medida en que no sea justa -que no respete esos derechos humanos-, no se la puede considerar ley, sino arbitrariedad, violencia. Y una cosa así no puede obligar; incluso, si mandara algo inmoral, habría que desobedecerla. No todo lo legal es moral.

Es fácil entender que, aparte de que pueda ser injusta, la ley humana no es perfecta, como no lo son las obras humanas. Aquí sí que cabe hablar de que no puede prever todos los casos, y eso motiva que su aplicación pueda y deba ser más flexible. Uno de los criterios de aplicación es la conformidad con la intención de quien legisla. Con este criterio, a veces puede encontrarse una disonancia entre la letra de la ley y su intención -su “espíritu”-; así, parece bastante claro que la intención de los que redactaron el Código de la Circulación no es tener parados a los coches ante un semáforo estropeado: generaría el caos, cuando lo que se perseguía era precisamente lo contrario, el orden. Por eso, en un caso así habría que saltarse ese semáforo. También es posible que en lo que sucedió con Mario pueda también ser así, aunque más que un razonamiento suyo lo que se ve es un despiste. Pero en lo que no tiene razón es en pensar que “eso pasa con todo”.

Mario comete un nuevo error al considerar que generalizar significa hacer impersonal. No es así si lo que se generaliza se refiere a lo que tienen las personas implicadas en común. De aquí surgirán los diversos ámbitos de las leyes. Encontramos incluso ámbitos voluntarios: cuando alguien quiere adherirse a una sociedad o un grupo, si lo hace lleva consigo el sometimiento a las normas por las que se rige el grupo o sociedad. Un ejemplo puede ser algo tan insignificante como el partido de baloncesto a que se alude: si se quiere jugar, hay que aceptar las reglas. Lo que no es voluntario es nuestra pertenencia a la especie humana, ni la llamada de Dios a nuestra adopción como hijos. De estos ámbitos surgen la Ley Natural -ya tratada- y la llamada “Ley Divino-positiva”, que ratifica a la anterior y la supera con los mandatos de Jesucristo. Por debajo están las leyes humanas. Entre ellas figura la ley eclesiástica. Como toda sociedad, la Iglesia promulga sus leyes de acuerdo con su fin, y como éste es sobrenatural, estas leyes no se fundamentarán tan sólo en la Ley Natural, sino también en la ley Divino-positiva.

Las personas somos distintas… pero también somos iguales. Falsea la realidad fijarse sólo en lo distinto, y dejar de lado lo común, como hace Mario. La generalización que hace la ley se refiere a lo que de común hay en las personas o en las situaciones, según los casos. Y lo común es mucho, empezando por la misma condición humana. Generalizar no es algo impersonal, entre otras cosas porque lo primero que está generalizado es la condición de persona de cada ser humano. ¿Que también hay diferencias? Por supuesto. Por eso una normativa justa debe dejar siempre un margen de libertad a las personas para poder actuar como crean más adecuado; en caso contrario, la ley se convertiría en un instrumento de la tiranía, y no merecería ser llamada ley.

Esas distintas generalizaciones señalan los distintos tipos de ley. Como se ha señalado anteriormente, lo más generalizado es la condición humana misma, la naturaleza humana. Esta condición da lugar a unos derechos comunes, lo que se suele denominar derechos humanos o derecho natural. A ésta le corresponde la ley natural, que pide respetar esos derechos, también en uno mismo, y por tanto consiste en la ley que manda comportarse conforme a la condición de persona humana, y que afecta a… la persona humana, o sea, a todos. A primera vista, parece que ese nombre debería corresponder a leyes físicas como la llamada “ley de la gravedad”: la piedra cae por naturaleza. Es cierto, pero la piedra es un ser irracional, que irracionalmente obedece a esa ley; el hombre, en cambio, es un ser libre por naturaleza, y por tanto en su conducta libre le corresponde una ley natural de tipo moral, o sea, que pida un cumplimiento libre y no automático.

Aparece, en los razonamientos de Mario, la conciencia. Es cierto que su conciencia debe juzgar sobre si hace bien o mal, y sobre cómo se debe comportar. Lo que no es tan correcto es esa independencia de la ley que atribuye a la conciencia, y, desde luego, es un error entender que ésta está por encima de la ley. En realidad, el error fundamental está en contraponer conciencia y ley. Es como tomar por normal una enfermedad, ya que una conciencia moral sana y una ley justa se armonizan. Si falta esa armonía, hay un fallo en alguno de los términos, hay un trastorno. ¿Por qué? Pues porque la conciencia no es una especie de “facultad autónoma” del alma, ni una voz de ultratumba, sino un juicio. Es un juicio práctico que juzga sobre la moralidad -si está bien o mal- de la acción propia, antes y después de realizarla. Y un juicio necesita premisas, “elementos de juicio”. Y la premisa es precisamente la ley moral: es un juicio práctico que aplica la ley moral al acto propio concreto. Si juzgara por sí misma, nuestro obrar se convertiría en una arbitrariedad, y nuestra vida, falta de criterios en el obrar, acabaría en una especie de vagabundeo errante sin dirección.

Mario es muy consciente de que en las leyes humanas cabe el error, como en todo lo humano. Pero resulta que también su conciencia es humana. Y por eso también puede equivocarse. Sobre lo más fundamental no se equivoca: ya decíamos que “está escrito en el corazón”. Pero en otras cosas sí que puede. Es verdad que la conciencia es la instancia moral más cercana al obrar. Por eso hay que seguirla. Cabe que crea que lo acertado es una cosa, y resulte que es otra. En principio, no es culpa suya ese error. Pero también esto es simplificar un poco las cosas. La conciencia, como toda convicción, admite mayor o menor certeza. Ante lo claro y sencillo, suele tenerla. Ante lo más complicado, depende de lo preparada que esté: depende de su formación. De ahí la necesidad -la obligación- que hay de formar la conciencia, ya que en la vida las cosas son con frecuencia complicadas. Y no da igual equivocarse, aunque sea sin culpa: el mal es siempre un mal, y siempre es un daño para quien lo comete, cuando no también para terceras personas afectadas.

De todas formas, si uno se da cuenta de que el juicio de conciencia es contrario a la ley, lo habitual -y lo razonable la mayoría de los casos- es que ese juicio deje de ser tan cierto. Una razonable desconfianza en el juicio propio debe crear al menos una pequeña sombra de duda. Y, ante la duda de conciencia, la obligación es despejar la duda, lo que incluye muchas veces acudir al juicio de personas con más preparación o al menos con más imparcialidad en el juicio, pues ya se sabe que el mejor juez en causa propia no suele ser uno mismo.

En la mente de Mario está la idea de que la ley no puede ser justa siempre, porque no se pueden prever todas las cosas que pueden ocurrir. Y, por tanto, que siempre debe haber excepciones. De nuevo es una simplificación: para unas cosas es cierto, para otras no. No lo es para las exigencias básicas de la Ley Natural; y no lo es por tratarse de los preceptos que vienen directamente exigidos por la condición humana, y, por tanto, admitir una excepción equivaldría a admitir que hay alguna situación en la que perdemos la condición humana. Mario se muestra muy hábil al citar aquí las supuestas excepciones al “no matarás”, pero ya dijimos que se refiere a la muerte injusta.

Es fácil deducir que la Ley Natural, por referirse a la naturaleza humana -y por tanto a la dignidad humana-, debe fundamentar toda otra ley. Esto no significa que las demás leyes se puedan deducir directamente de la Ley Natural, sino que la deben respetar y tomarla como su guía. Podemos encontrar un reflejo de esto en las llamadas “declaraciones de los derechos humanos”: derechos fundamentales que corresponden a toda persona por su dignidad de persona, que deben inspirar la legislación y que no se deben violar en ningún caso.

Por tanto, hay una jerarquía en las leyes. Por debajo de la Ley Natural está la ley humana, que a su vez también está muy jerarquizada. Ésta se ciñe al ámbito de la sociedad de la que emana -las quejas de Mario son sobre las normas de su familia, sociedad de ámbito muy restringido-, y en líneas generales puede decirse que las de ámbito más reducido se subordinan a las de ámbito superior. Pero no toda normativa se sitúa en la misma línea jerárquica, pues sociedades de distinta naturaleza no deben interferir, pues sus leyes se refieren a temas distintos. Es lo que pasa, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, pues la naturaleza de cada una es distinta. Además, en el caso de la Iglesia entra en juego las normas que dio Jesucristo -es la llamada “ley divino-positiva”-, que es ley divina, y por tanto inamovible.

Volviendo a la cuestión de las excepciones, hay que decir que en las leyes humanas caben, porque no son totalmente perfectas, ni pueden serlo. Es un tema complejo que no corresponde tratar aquí. Pero conviene decir que, en principio, en caso de duda hay que dar razón a la ley: ofrece muchas más garantías que el juicio propio. En el caso del semáforo a que se alude en el caso, habría que decir que las leyes, además de lo que dicen explícitamente, suelen tener otras consideraciones implícitas: en este caso, se pide expresamente que se obedezca al semáforo, e implícitamente se considera que el semáforo funciona bien. ¿Cómo deducimos esto? Pues por ese carácter racional -no arbitrario- que tienen las leyes: se pide obediencia al semáforo para ordenar el tráfico. Cuando esto se hace imposible por avería, deja de tener sentido lo mandado. Dicho de una manera más técnica, las normas, por ser racionales, deben ser interpretadas en relación al fin que persiguen.

¿Corresponde a la conciencia de cada persona esta interpretación? Sí, pero Mario deduce de ello que la conciencia debe estar por encima de la ley, y eso es un serio error. La conciencia juzga la aplicación de la ley, pero este mismo carácter de la conciencia ya indica que es la ley la que se debe aplicar. Interpretar algo, por definición, supone aceptar lo interpretado y ajustarse a ello. Lo originario, lo que tiene prioridad, es aquello que se interpreta. La conciencia es un juicio que trata sobre la conducta propia y señala lo que se debe de hacer y lo que no. Pero juzgar requiere tener previamente elementos de juicio. Y éstos son dos: la situación concreta, y la ley que se debe aplicar a ella. Es, por tanto, el juicio que aplica la ley moral a cada situación concreta. ¿Decide, por tanto? Decide lo que se debe de hacer en cada caso, pero no decide lo que está bien y lo que está mal: esto último es algo anterior a la conciencia, lo da la ley; si no fuera así, no se podría decidir qué hay que hacer en cada caso, porque para decidirlo hay que saber de antemano qué es lo bueno y lo malo.

Por todo esto puede concluirse que no tiene sentido contraponer ley y conciencia, como si fueran antagonistas, porque son complementarias. Se necesitan la una a la otra. Sin la conciencia, la ley sería algo teórico pero incapaz de aplicarse en la práctica. Sin la ley, la conciencia sería un juicio sin sentido, por no tener criterio alguno que valore las opciones que se presentan a la persona. Por eso, si en algún caso hay discordancias entre ley y conciencia, sólo cabe que una de las dos -o ambas- esté viciada: o bien esa ley es injusta, o bien esa conciencia es errónea. Pero esto es excepcional, y no es correcto tomar lo excepcional como si fuera normal.

¿Cómo puede equivocarse la conciencia? La equivocación puede estar en cualquiera de sus dos elementos. Puede equivocarse respecto a la ley moral -aunque sólo hasta cierto punto, ya que las leyes más fundamentales son conocidas por todos-, y puede equivocarse apreciando mal la situación de hecho. En el primer caso suele hablarse de error, y en el segundo de ignorancia. Esta última exime de responsabilidad sólo en algunos casos, pues cuando hay cosas importantes en juego la misma conciencia pide que uno se informe bien antes de obrar; no hacerlo así supondría negligencia, que por serlo es culpable.

Cabe también la duda en la conciencia. En estos casos hay que ver en primer lugar si la duda tiene fundamento, pues podría no tenerlo por provenir, por ejemplo, de escrúpulos. Si ése fuera el caso, hay que desechar la duda. Pero si tiene fundamento, y se trata de algo importante -en moral, el término es “materia grave”-, existe el deber de intentar salir de la duda. Y el mejor medio para ello es preguntar a quien sabemos que nos puede dar la respuesta acertada.

Esta posibilidad de equivocarse indica que es necesario formar bien la conciencia. Más arriba se hacía referencia al consejo. También se puede citar aquí el estudio, en sentido amplio: aprender bien la doctrina. Así, dirección espiritual y estudio doctrinal componen los principales medios de formación de la conciencia. Mario piensa que sólo ella conoce de verdad lo que le pasa, pero esto suele ser una verdad a medias. Es cierto que sólo él sabe qué pasa por su cabeza en cada momento, pero también es cierto que en muchos aspectos el prójimo nos puede conocer mejor que nosotros mismos. Y es que el juicio sobre nosotros mismos, por ser un juicio interesado, corre muchos riesgos de ser un juicio parcial.

Una última observación sobre la conciencia no está de más. Mario parece valorar el juicio de conciencia atendiendo a lo tranquilo o lo intranquilo que le deja. Sin embargo, la tranquilidad de conciencia no puede ser el criterio decisorio por la sencilla razón, en primer lugar, de que es posterior al acto; o sea, aparece cuando todo está hecho y ya no tiene remedio si se ha obrado mal. Además, la conciencia es un juicio y no un sentimiento. El sentimiento puede ser la consecuencia, y muchas veces lo es, pues el obrar bien deja tranquilo y el obrar mal intranquilo. Pero no siempre es así. Por ejemplo, a un depravado puede dejar de intranquilizarle seguir obrando mal, pero sigue sabiendo que no está bien lo que hace.

La tranquilidad de conciencia suele ser significativa: un indicio de que se hace bien o mal. Pero ser indicio de la moralidad no es ser su causa, como el dolor no es causa de la enfermedad: es su aviso. La intranquilidad indica que algo está mal, pero no está mal porque duela, sino que duele por estar mal. A veces hay heridas que no duelen, pero por ello no deja de ser una verdadera herida; en el alma, como con el cuerpo, puede darse el caso de una enfermedad que no avise, y suelen ser las más trágicas. La conducta moral la debe guiar la inteligencia, no los sentimientos.

Anuncios

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Herejías principales)

Herejías principales

¿Qué gran bien trajo a la Iglesia la paz que gozó después de las persecuciones? La libertad de la Iglesia fue también la hora de la formulación de la fe cristiana; es decir, de la exposición precisa de su doctrina sobre los los misterios esenciales de la Revelación: la Santísima Trinidad, la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, la Encarnación y la persona de Jesucristo. La formulación de los dogmas (verdades de fe) fue necesaria porque habían surgido doctrinas erróneas que explicaban estos misterios con ideas contrarias a la fe cristiana. Estas explicaciones parciales de las verdades de fe se les llamó herejías.

¿Qué es una herejía? Es toda doctrina errónea, mantenida con pertinacia por quien ya había admitido la fe cristiana negando alguna verdad de las propuestas por la Iglesia como reveladas.

¿Cuál fue la causa de las herejías? Con el triunfo del cristianismo no desapareció totalmente el espíritu pagano de la sociedad, sino que en todas las regiones del Imperio persistió en supersticiones populares, en las especulaciones filosóficas y en las instituciones públicas. Ésta fue la causa de que la pureza de la fe y de las costumbres cristianas padeciesen notables desviaciones y apareciesen las herejías.

Hay herejías que van contra la doctrina católica de la Santísima Trinidad, que podemos denominar trinitarias; otras sobre la Encarnación del Verbo, que son las herejías cristológicas; y hay otras herejías sobre diversas verdades de la fe cristiana, entre ellas, el pelagianismo, que yerra sobre la Gracia.

Las herejías más importantes, que turbaron la paz de la Iglesia, son del siglo IV al siglo VI. Aunque ya anteriormente la Iglesia había combatido el gnosticismo, el marcionismo, el montanismo y el maniqueísmo.

¿Qué es el gnosticismo? Es una tendencia filosófico-religiosa de los siglos I-III. Más que un movimiento unitario, el gnosticismo es considerado como una serie de sectas heréticas que amalgamaban doctrinas judías o paganas con los dogmas cristianos. Para los gnósticos la salvación está en el conocimiento, y ensalzan la dimensión espiritual de la persona y desprecia el cuerpo y la realidad material.

Los gnósticos sostenían que la materia es eterna; que había dos principios: uno del bien y otro del mal; que el Dios y el Creador del mundo son dos seres distintos; que Jesucristo había padecido sólo en apariencia, porque no tenía cuerpo real, sino fantástico. El gnosticismo fue combatido por diversos papas, especialmente por san Telesforo, que gobernó la Iglesia del año 125 al 136.

¿Cuál fue la primera gran herejía? El marcionismo. Esta herejía debe su nombre a Marción. Éste era natural de Sínope (hoy Turquía). Llegado a Roma en el año 139 decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Marción, en sus enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su cumplimento.

Estableció el primer canon conocido del Nuevo Testamento, del que aceptaba como canónicos sólo al Evangelio de Lucas y las diez Espístolas de san Pablo, rechazando el resto como todo el Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen María según la carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél de un cuerpo real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso, prohibió el vino, la carne y el matrimonio, pues Marción considera que la carnalidad es corrupta, o un simple reflejo de la realidad, por ello ordena la abstinencia carnal, rechaza el placer en cualquier forma, obligando a los creyentes de su Iglesia a una vida de pobreza y privación extrema, la cual fue parte importante para el fin de esta herejía, pues incluso se opuso al placer sexual dentro del matrimonio. Combatieron esta herejía San Ireneo, Tertuliano, San Justino, Melitón de Sardes y Teófilo de Antioquía.

Un discípulo de Marción, Apeles, dio un nuevo impulso a sus doctrinas, pero modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el principio dualista del gnosticísmo, afirmando que la creación había sido obra de un ángel caído y no del Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del Antiguo Testamento). Creyó en la preexistencia de las almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un cuerpo al ser arrojadas al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su condición celestial no fue éste el que estuvo en el mundo terrenal sino su apariencia. Definitivamente, el marcionismo se extinguió en el siglo V.

¿En qué consiste la herejía llamada montanismo? El conocimiento que se tiene de esta herejía se funda en los escritos de autores cristianos, como Eusebio de Cesarea, Clemente de Alejandría y Orígenes. De mayor importancia es una fuente original en los escritos de Tertuliano, que se adhirió al montanismo al final de su vida.

El montanismo surgió en la segunda mitad del siglo II, en Frigia. Allí, un hombre llamado Montano se sintió transportado a estados de éxtasis durante los cuales profería advertencias proféticas. Luego se unieron a él dos mujeres, Prisca y Maximila, que también empezaron a profetizar. Montano y sus profetisas anunciaban el final inminente del mundo. Esta profecía fue acogida rápidamente en distintos estratos de la sociedad, organizándose en comunidades que realizaron una propaganda muy activa entre cristianos y paganos.

La doctrina montanista era extremadamente rigurosa y extremista. Afirmaba que el fin de los tiempos se acercaba; exigía la práctica frecuente del ayuno, la preparación al martirio, la abstención de alimentos húmedos. Prohibía las segundas nupcias, la asistencia a espectáculos, el hacer el servicio militar, el adorno y todo lujo en las personas. Y no permitía que nadie apelase a la fuga en tiempo de persecución. Además negaba el perdón a los que habían pecado mortalmente después del bautismo incluso en el caso de que hiciera penitencia. Todo lo cual era preparación para el reinado de mil años de Cristo en la tierra. El montanismo fue condenado por la Iglesia.

¿Qué es el maniqueísmo? Esta herejía debe su nombre a Manes, nacido en Mesopotamia, a principios del siglo III. El fundamento del maniqueísmo era el dualismo, o sea la existencia de dos principios opuestos e irreductibles: el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz y a las Tinieblas. Estos dos principios estaban en una eterna lucha. Conforme a esta doctrina, cada criatura era buena o mala según el principio que la dominase.

Los maniqueos consideraban que el espíritu del hombre es de Dios pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o Luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la Luz atrapada. Despreciaban por eso la materia, incluso el cuerpo.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Por esto consideraban al pavo su animal sagrado, porque sus colores en el plumaje revelaban los distintos estados espirituales por los que pasaba el cuerpo para lograr purificarse y transformarse en el espíritu divino.

A fines del siglo III tomó el maniqueísmo apariencias de herejía cristiana y fue combatido por la Iglesia.

¿Qué herejía condenó el concilio de Nicea? El arrianismo. Esta herejía tomó nombre de un presbítero de Alejandría llamado Arrio, que a principios del siglo IV negó la divinidad del Verbo. Por tanto, para él Jesús no era Dios como el Padre, sino solamente una criatura. La doctrina herética de Arrio contenía errores relativos a la Trinidad y a Cristo.

Arrio consiguió atraerse muchos partidarios, que se llamaron arrianos. Informado el emperador Constantino de los progresos del arrianismo y de la perturbación que producía, promovió el Concilio de Nicea I, el primero de los ecuménicos. A este concilio acudieron trescientos dieciocho obispos, que se reunieron bajo la presidencia de los legados del Papa. La asamblea conciliar examinó la doctrina de Arrio y la condenó como opuesta a la creencia constante y universal de la Iglesia. En este concilio, celebrado en el año 325, se definió que el Verbo es Dios, consustancial al Padre, de la misma naturaleza divina y con las mismas perfecciones. Y se promulgó el Símbolo Niceno, que es una profesión de fe, en el que se definía la Trinidad de las Personas divinas y que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre.

¿Hay otra herejía trinitaria condenada por un Concilio? Sí. El Concilio de Constantinopla condenó el macedonianismo. Macedonio, patriarca de Constantinopla, negaba la divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo. Para rebatir esta herejía, el Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 381, definió como dogma de fe que el Espíritu Santo es Dios, pues procede del Padre y del Hijo. La Profesión de fe o Símbolo Niceno-constantinopolitano es el Credo que recitan los católicos en la misa dominical.

¿Qué herejía importante surgió a principios del siglo V? El nestorianismo, que debe su nombre a Nestorio, patriarca de Constantinopla. Éste distinguía dos personas en Jesucristo, una divina y otra humana, negando así la unidad personal de Cristo. Además decía que la Virgen María no era madre de Dios, sino sólo madre de la persona humana de Cristo. Esta herejía fue rebatida por san Cirilo de Alejandría.

Enterado el papa san Celestino I de los errores que propalaba Nestorio, le escribió una carta exhortándole a que no causara semejante escándalo; pero Nestorio se negó a retractarse de su doctrina heterodoxa. Entonces se convocó un concilio en la ciudad de Éfeso, que se celebró en el año 431. En el Concilio de Éfeso se definió que en Jesucristo sólo hay una Persona, la del Hijo que, siendo Dios, asumió la naturaleza humana. Además proclamó que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, por ser madre de Cristo que es Dios y hombre. Santa María dio al mundo una naturaleza humana unida hipostáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

San Cirilo de Alejandría, padre conciliar de Éfeso, escribió en una carta: El pueblo entero de la ciudad de Éfeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución… Cuando se supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzamos a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada.

¿Qué otra herejía importante hay sobre Jesucristo? El monofisismo, también llamado eutiquianismo, por ser Eutiques el autor de esta doctrina herética. El error de Eutiques era el extremo opuesto al de Nestorio. Para los monofisitas las dos naturalezas (divina y humana) de Jesús están tan unidas en la Persona del Hijo, que se han fusionado y no se distinguen entre sí. Por tanto, en Cristo solo hay una naturaleza, pues la naturaleza humana después de la Encarnación ha sido absorbida por la divina.

El patriarca de Constantinopla, san Flaviano, procuró la retractación de Eutiques, pero éste, engreído con el número e influencia de los adheridos a su doctrina, se negó a ello obstinadamente.

Los errores de los monofisitas fueron denunciados al papa san León Magno, quien convocó el Concilio de Calcedonia (año 451). La asamblea conciliar comenzó con la lectura de una carta de san León Magno a san Flaviano en la que se rebatía los errores monofisitas. Concluida la lectura los asistentes, puestos en pie en su gran mayoría, proclamaron al unísono: Creemos lo que han creído nuestros Padres. Ésta es la fe los Apóstoles. ¡Pedro ha hablado por boca de León!

En el Concilio de Calcedonia, año 451, se impuso la doctrina ortodoxa de las dos naturalezas de Cristo sobre el monofisismo. Se definió solemnemente que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y que su naturaleza divina y su naturaleza humana son reales, pues entre ellas no se da confusión, cambio, división ni separación. Es decir, Jesucristo es, al mismo tiempo, verdadero Dios, como el Padre y el Espíritu Santo, y verdadero hombre, como nosotros. Las dos naturalezas están unidas en una sola Persona, que es la del Hijo de Dios.

¿Qué otras herejías sobre la Trinidad son dignas de resaltar? Está el monarquismo, herejía surgida a finales del siglo II. El nombre se debe a Tertuliano. Esta herejía enseña que en Dios no hay más que una Persona. Y según la forma que los defensores del monarquismo explican la persona de Jesucristo, se dividen en dos grupos o tendencias: monarquismo modalista (modelismo) y monarquismo dinamista o adopcionista (adopcionismo).

El adopcionismo sostiene que Cristo es tan solo un hombre aunque nacido de forma sobrenatural de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Este hombre habría recibido en el bautismo un particular poder divino y la adopción de hijo por parte de Dios.

Los principales defensores de esta herejía fueron Teódoto el Curtidor, de Bizancio, que la transplantó a Roma hacia el año 190 y fue excomulgado por el papa Víctor I (189-198); Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, a quien un Sínodo en Antioquía lo destituyó como hereje el año 268, y el obispo Fotino de Sirmio, depuesto el año 351 por el Sínodo de Sirmio.

El modalismo afirma también una única Persona divina, pero que actúa según diferentes funciones o modos. Aplicado al principio a Jesucristo, sostuvo que el mismo y único Dios que era el Padre había sufrido la pasión y la cruz por nosotros, y recibió el nombre de patripasianismo. Más tarde se extendió también al Espíritu Santo, desarrollándose así la doctrina completa, que sostenía que las tres personas de la Trinidad no eran más que tres modos, máscara o funciones por medio de las cuales actuaba la única Persona divina.

El patripasianismo fue defendido principalmente por Noeto de Esmirna, contra el cual escribió Hipólito; Práxeas, de Asia Menor, a quien combatió Tertuliano.

Sabelio fue quien más tarde aplicó la misma doctrina errónea al Espíritu Santo, sosteniendo que en la creación el Dios unipersonal se revela como Padre, en la redención como Hijo, y en la obra de la santificación como Espíritu Santo. El papa san Calixto I (217-222) excomulgó a Sabelio. La herejía fue condenada de manera definitiva por el papa san Dionisio (259-268).

Otra herejía trinitaria es el subordinacionismo. Esta surgió en el siglo II y considera al Hijo como inferior y subordinado al Padre.

¿Qué otras herejías hay que son cristológicas? Docetismo, apolinarismo, monotelismo y monoenergismo.

El docetismo es una herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo, reduciéndola a mera apariencia.

El apolinarismo es la herejía cristológica del siglo IV que negaba la existencia del alma humana en Cristo. En el siglo IV, el obispo Apolinar de Laodicea para refutar el arrianismo, cayó en el error de suprimir el alma racional de la naturaleza humana de Cristo que quedaría asumida por el Verbo, para así explicar mejor la unión entre el elemento divino y el elemento humano en Cristo.

El monotelismo es una herejía cristológica. Enseña que en Cristo, aunque hay dos naturalezas, no había más que una sola voluntad, la divina, y un solo modo de obrar. El papa san Eugenio I, que ocupó la Sede romana desde agosto de 654 a junio de 657, combatió sin descanso esta herejía.

Años antes el papa Honorio I, en plena controversia monotelita (herejía que afirma que en Cristo hay una sola voluntad), escribió una carta ambigua que, aunque sin salirse de la ortodoxia, se prestaba a una interpretación en el sentido defendido por los monotelitas. Honorio I decía que había que confesar sencillamente un solo Jesucristo que realiza en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse alguna unidad de voluntad, ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella. Donde el papa hablaba de una unidad de voluntad moral, trataban los herejes de entender unidad de voluntad física.

El monoenergismo es una herejía que afirma la existencia de un solo tipo de actividad en Cristo, que es la energía divina. La doctrina católica es la existencia de dos formas de energía en Cristo, humana y divina. Esta herejía fue condenada en el Concilio III de Constantinopla, celebrado en el año 681.

¿Hubo herejías que no hicieran referencia a la Santísima Trinidad y al misterio de la Encarnación? Sí. El pelagianismo. Esta herejía como la mayoría de ellas, tomó el nombre de su autor. En este caso de un monje bretón llamado Pelagio, que vivió a finales del siglo IV. Pelagio afirmaba que los seres humanos nacían inocentes, sin mancha del pecado original o heredado. El pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. Los pelagianos, pues, negaban la existencia del pecado original y la necesidad de la gracia para la salvación de las almas.

Está además el semipelagianismo. Esta doctrina quería conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina ortodoxa sobre la gracia y el pecado original. El semipelagianismo esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos.

La doctrina pelagiana fue refutada por san Agustín, y condenada en varios concilios. El papa san Inocencio I confirmó y renovó las decisiones conciliares contra el pelagianismo, y entonces san Agustín pronunció la famosa frase, tantas veces repetidas: Habló Roma, la causa ha terminado.

También hay otra herejía llamada milenarismo. Según esta herejía Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años, antes del último combate con el mal, la condena del diablo al perder toda su influencia para la eternidad y el Juicio Universal. Esta doctrina errónea tuvo influencia en la Iglesia del siglo II.

Una herejía que apareció en España en el año 380 es el priscilianismo, que debe su nombre a Prisciliano. La doctrina del priscilianismo era una mezcla o fusión de casi todas las herejías anteriores. Los priscilianistas eran antitrinitario, pues negaban el dogma de la Trinidad y defendía una concepción unitaria. Su doctrina trinitaria era sabeliana, al no admitir distinción de personas, sino de atributos o modos de manifestarse en la esencia divina. Además afirmaban que los ángeles y las almas humanas eran, en esencial, de la misma sustancia de Dios. Negaban la encarnación del Verbo, atribuyendo a Jesús un cuerpo sólo aparente. Y predicaba la interpretación individual de la Biblia.

¿Hubo alguna herejía respecto a la veneración de las imágenes? Sí, la iconoclasia. Los seguidores de esta doctrina heterodoxa -los iconclastas- negaban el culto debido a las sagradas imágenes, las destruían y perseguían a quienes las veneraban. Esta herejía tuvo su auge en Bizancio, sobre todo en la época del emperador León III el Isáurico (siglo VIII), que ordenó la destrucción de todas las representaciones de Jesús, de la Virgen María y, especialmente, de los santos.

Las creencias de los iconoclastas son contrarias a las de los iconódulos. Se denomina iconodulía a la veneración (dulía) de imágenes (iconos). La iconodulía se diferencia de la idolatría en que no se adoran las imágenes en sí (como ocurre con la idolatría). El icono es reconocido como espejo de lo divino que ayuda a la meditación y al rezo, pero nunca es adorado.

¿Qué enseñanza se puede sacar de la lucha de la Iglesia contra las herejías? Las herejías acabaron por ser ventajosas para la religión, pues en vez de alterar la pureza de la fe, sirvieron por el contrario, para hacer que ésta brillase con más esplendor, y además dieron ocasión a que la Iglesia formulase más categórica y terminantemente algunos dogmas, y mostrase con evidencia que se apoyaban en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

¿Qué hecho ocurrido en el siglo VII dio origen a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz? Al comienzo del siglo VII había en el Imperio Bizantino bastante agitación interna. Esta circunstancia fue aprovechada por el rey Cosroes de los persas que, con sus tropas, invadió parte del Imperio, como era Siria y Asia Menor. Y ciudades de gran tradición cristiana cayeron en su poder: Damasco, Jerusalén, Alejandría… La Ciudad Santa fue conquistada por los persas en el año 614. Y después de la conquista, fue saqueada y arrasada. Y para colmo de males, la reliquia de la Santa Cruz, que se veneraba en una iglesia de Jerusalén después de que fuera encontrada milagrosamente por santa Elena, fue tomada como botín de guerra y conducida a la ciudad de Ctesifonte.

El mundo cristiano se estremeció ante la profanación realizada por los persas. El emperador cristiano, Heraclio, confortado por el patriarca de Constantinopla, se aprestó a recuperar los Santos Lugares y el Santo Madero. Después de invocar al Señor y a su Madre Santísima, emprendió la guerra contra los persas y derrotó una y otra vez al enemigo hasta alcanzar la victoria definitiva. Corría el año 627.

La Sagrada Reliquia de la Pasión del Señor fue recuperada, y para conmemorar este acontecimiento, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que ya se celebraba en muchos lugares, se extendió a todo el orbe cristiano. Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II existía otra fiesta referente a la Santa Cruz. Era la de la Invención de la Santa Cruz. Se celebraba el 3 de mayo para conmemorar el hecho milagroso que protagonizó santa Elena.

La resurrección de los muertos

El Evangelio nos presenta a Jesús enfrentando a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Para ponerlo en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, parten de un caso imaginario: “Una mujer tuvo siete maridos, que murieron uno tras otro”, y preguntan a Jesús: “¿De cuál de ellos será esposa esa mujer después de su muerte?” Jesús, siempre apacible y paciente, en primer lugar responde que la vida después de la muerte, la vida eterna es otra vida, en otra dimensión donde ya no existirá el matrimonio, que está vinculado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados -dice Jesús- serán como los ángeles, y vivirán en un estado diverso, que ahora no podemos experimentar y ni siquiera imaginar. Si miramos sólo con ojo humano, estamos predispuestos a decir que el camino del hombre va de la vida hacia la muerte. Jesús le da un giro a esta perspectiva y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena. Nosotros estamos en camino, en peregrinación hacia la vida plena, y esa vida plena es la que ilumina nuestro camino (Papa Francisco).

El año de los cuatro papas

El año de los cuatro papas

En el transcurso del año 1276 cuatro papas sucesivamente ocuparon la Silla Apostólica.

El primero de ellos fue el beato Gregorio X (1271-1276), el papa que instituyó el cónclave para evitar períodos de sede vacante prolongados. Falleció en Arezzo el 10 de enero de 1276.

Las nuevas disposiciones para elegir a los papas se revelaron eficaces. El 21 de enero de 1276 fue elegido como pontífice el dominico Pedro de Tarantasia, que eligió el nombre de Inocencio V. Pero su pontificado fue corto. Murió el 22 de junio de aquel mismo año. Fue beatificado en 1898 por León XIII.

Para elegirle sucesor el cónclave se reunió en Letrán. Y el 11 de julio de 1276 salió elegido un sobrino de Inocencio IV, Ottobono Fieschi, cardenal-diácono de San Adriano. Tomó el nombre de Adriano V. Ya era anciano cuando subió a la Sede de San Pedro. Atacado por las fiebres, fue a Viterbo con ánimo de curarse, pero sin mucha convicción de conseguirlo. Presentía su cercana muerte. Cuando sus familiares le felicitaban por su elevación al Papado, les respondía: ¡Ojalá pudierais alegraos con un cardenal sano, mas no como sucede ahora, con un Papa moribundo! Su presentimiento se cumplió. Sólo 39 días duró su pontificado. Falleció el 18 de agosto de 1276, antes de que pudiera ser ordenado sacerdote y, por consiguiente, consagrado obispo.

El 8 de septiembre de 1276 había un nuevo papa. Era Juan XXI, que tampoco tuvo un pontificado duradero. Sólo unos meses estuvo sentado en la Cátedra de San Pedro, pues murió el 20 de mayo de 1277. Eso sí, había conseguido superar el 31 de diciembre de 1276.

Sentido cristiano de la muerte

Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará. Es bueno recordar en los cementerios no sólo a nuestros seres queridos, sino a todos, también a aquellos a quienes nadie recuerda. La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas. El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios (Papa Franisco).

Virgen de la Cinta, Patrona de Huelva (Homilía I)

Homilía pronunciada el 8 de septiembre de 1993, con motivo de la fiesta de la Virgen de la Cinta, en la Iglesia parroquial de Santa Cruz de Madrid.

Celebra hoy la Iglesia la fiesta de la Natividad de la Virgen María, Madre de Dios y, por designio divino, Madre nuestra. Para los onubenses es, además, el día de nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta.

Nuestra devoción y veneración a la Virgen debe ser una constante de nuestra vida, porque en la vida de quien ama a Dios no puede faltar el amor a la criatura más excelsa salida de las manos del Creador, la criatura que Dios más ama.

La devoción a Santa María no es una devoción más. Es propio de los buenos hijos querer mucho a su madre, y la Virgen es Madre nuestra. La verdadera piedad mariana es santa. Implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su inmaculada pureza, su paciencia, su espíritu de sacrificio…

La devoción a la Virgen es camino que conduce a Cristo, es llave segura que abre las puertas del Cielo. Ser devoto de Santa María es estar en buenas manos. No hay nada que temer, porque Ella nos llevará siempre hasta su Hijo, Jesús.

Nunca dejemos que se enfríe el amor a la Virgen en nuestros corazones, sino todo lo contrario, que cada día sea mayor. El papa Juan Pablo II aconseja: Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración del Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el Rosario. Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia.

María es muy cercana a Dios, es la obra maestra del Hacedor del universo, roza las fronteras de la divinidad. Más que Ella sólo Dios. Pero también es muy próxima a nosotros por ser Madre de todos los redimidos por Cristo y refugio de los pecadores. Acudimos a Ella con confianza, sabiendo que está dispuesta siempre a mostrarse como madre. Sí, con la confianza con que un hijo acude a su madre.

¿En quién nos vamos apoyar sino en esa Madre nuestra que tan poderosa es ante su Hijo? Su ruego a Jesús siempre es eficaz. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora la omnipotencia suplicante.

Acudamos, pues, a Santa María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Cinta, para que nos prepare un camino seguro en nuestra peregrinación terrena, para que seamos fieles a Cristo y a la Iglesia hasta el último instante de nuestra vida, para que no nos apartemos nunca de los ejemplos de su virtud.

A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de poder contar con su poderosa ayuda.

María es Madre nuestra: nos ha engendrado a la vida de la gracia e intercede continuamente por nosotros, pendiente de las necesidades de cada uno. Recientemente, Su Santidad el papa Juan Pablo II, delante de la imagen de la Virgen Chiquita, tan querida para todos nosotros, en su viaje apostólico a Huelva, nos hablaba de la Virgen de la Cinta. Éstas eran sus palabras: A diario, desde su santuario del Conquero, Ella hace llegar a nuestros oídos la súplica dirigida a su Hijo en las bodas de Caná: No tienen vino (Jn 2, 3). Pero Ella también nos repite las palabras que dirigió a los sirvientes y que son como su testamento: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5).

El mejor regalo que podemos hacer a la Santísima Virgen, la mejor manera de que esté contenta de nosotros, es seguir su consejo: Haced lo que Él os diga. Es su deseo de Madre, porque sabe que haciendo todo lo que Cristo Jesús, su Hijo, nos pida seremos felices.

En nuestros días vemos una sociedad necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio. Nuestro mundo necesita una nueva evangelización para hacerlo más humano, más fraterno, más cristiano, más de Dios. El reto es decisivo y no admite dilaciones ni esperas -nos ha dicho últimamente el Papa-. Ni hay motivos para el desaliento, pues por muchas que sean las sombras que oscurecen el panorama, son más los motivos de esperanza que en él se vislumbran: vuestras propias raíces cristianas, vuestra fe en Jesucristo, vuestra devoción a su divina Madre.

Pidamos a María, Estrella de la Evangelización, el impulso necesario para llevar la luz de Cristo a todos los hombres, a todos los pueblos.

Virgen de la Cinta, Madre y Señora nuestra, haz fuerte nuestro amor a Dios, para que nada nos aparte del camino de la salvación. Madre. ¡Escúchanos! Queremos ser buenos hijos tuyos. Que sepamos abrir de par en par el corazón a Cristo, tu Divino Hijo. Bendícenos. Protege a las familias, a los niños y jóvenes, a los ancianos, a los pobres y enfermos, y a cuantos se acogen a tu protección. Ruega por nosotros, siempre necesitados de la misericordia divina, para que alcancemos todos la bienaventuranza eterna.

Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

La liturgia de la Iglesia evoca la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral de Roma, que la tradición define como madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe. El templo material, hecho de ladrillos, es signo de la Iglesia viva y operante en la historia, el “templo espiritual” del que Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa ante Dios (cf. 1 P 2, 4-8). El templo de Dios no es sólo el edificio hecho de ladrillos, sino su cuerpo, hecho de piedras vivas. Por la fuerza del Bautismo, todo cristiano forma parte del edificio espiritual , la Iglesia. Cada uno de nosotros está llamado a ser coherente con el don de la fe y de avanzar por un camino de testimonio cristiano. Esto es un cristiano, no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo como se comporta: testimoniar la fe con la caridad (Papa Francisco).