Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Exposición del caso:

Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.

Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser pelma, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y “al final resulta que no es para tanto”.

Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, “sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara”. Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado “mandándolo todo a paseo”.

Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra “padre”: “fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre”. Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: “a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí…; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio”. Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.

Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.

Preguntas que se formulan:

-¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?

-¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?

-¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?

-¿Hay alguna diferencia entre “sentir un rechazo” y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?

-¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?

-¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?

-¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?

-¿Qué responderías al oír una situación como ésta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 407-412, 460, 654, 897-913, 1716-1724, 1803-1804, 1812-1813, 1830-1832, 2012-2016.

Comentario:

Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita -que es algo más que pensar- en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.

En el caso anterior veíamos que todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título -el de adopción-, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar “moral natural”, sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula -al revés, dignifica- nuestra condición humana.

La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular… y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.

Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva -se nota que la conserva-, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa -el cielo-, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios…

A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de “adopción” puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.

La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el “sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.

Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.

Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. No nos detendremos mucho en este problema, porque ya fue examinado al estudiar el caso sobre la naturaleza de Dios. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil. Y ya hemos tratado anteriormente del valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor… para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir -a Dori, en el caso expuesto- un voto de confianza: de fe y de esperanza.

Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí… y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos -nos pide que seamos santos: “sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48)-, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas” (1 Co 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por “no ser para tanto”. Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.

De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran “los demás”: Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa “ayuda de Dios que nunca falta” estaba incluida… ella.

Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, “al final resulta que no es para tanto”? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta “ver” la gracia: falta visión sobrenatural.

Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como “mundo, demonio y carne”. No son “las circunstancias”, de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.

La palabra “mundo” puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.

El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso -el que Dios le permite- a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico “tufillo” satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.

Queda “la carne”, que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal -lo inmoral- es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del “yo” a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.

Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera “se siente”, el segundo “se consiente”. No hay pecado sin consentimiento -y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre-, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido -normalmente, es por falta de formación-, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta “sentir” odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.

Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es -al menos en este caso- más una necesidad que una simple conveniencia.

Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas “gracias actuales”). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía… a Concha.

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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 5ª (Las Cruzadas)

Las cruzadas

¿Qué fueron las Cruzadas? Las cruzadas fueron empresa común de toda la Cristiandad, impulsada por la religiosidad del pueblo y la iniciativa de los papas -quienes otorgaron gracias espirituales a quienes participaban- con el fin de recuperar los Santos Lugares, que estaban que estaban en poder de los turcos selyúcidas, quienes no permitían el paso de los peregrinos.

Fueron, por tanto, las cruzadas expediciones militares lanzadas por la Cristiandad contra los musulmanes, con el fin de conquistar o retener las tierras santificadas por Cristo, escenario de su vida y Pasión, y así facilitar las peregrinación de los cristianos a Tierra Santa.

¿Cuál fue su origen? El emperador Alexis I Comneno, emperador del Imperio de Oriente, estando en apuros envió una embajada al papa Urbano II. Alexis I sugirió al papa que pidiese a los caballeros cristianos ayuda en su combate contra los turcos. Esta petición está en la base del discurso que pronunció Urbano II en el Concilio de Clermond del año 1095. El papa animó a los príncipes cristianos y a la nobleza a socorrer a los cristianos orientales y liberar Tierra Santa -especialmente el Santo Sepulcro del Señor- de manos de los infieles. Urbano II concedió indulgencias plenarias a los cruzados. Si un hombre se decide a liberar la Iglesia de Dios en Jerusalén movido por una piedad sincera y no por amor a la gloria o al propio provecho, el viaje le supondrá el descuento total de sus pecados.

Muchos predicadores -Pedro Ermitaño e infinidad de monjes- recorrieron los caminos de Europa predicando la Cruzada. El grito de Dios lo quiere resonó por todo el Viejo Continente. La predicación de la Primera Cruzada movilizó a fieles de toda condición; y muchos nobles decidieron seguir la llamada.

¿Tuvieron éxitos las Cruzadas? La Primera Cruzada fue un éxito: el día 15 de julio de 1099, Jerusalén era conquistada, fue arrebatada a los infieles. Por fin, los Santos Lugares estaban en manos cristianas. El jefe de la Primera Cruzada fue Godofredo de Bouillón, que rehusó coronarse como rey allí donde Cristo -su Redentor- había llevado una corona de espinas. Sin embargo, las Cruzadas no consiguieron de un modo duradero sus objetivos, y los Santos Lugares de nuevo pasaron a manos de infieles.

¿Cuáles fueron las principales Cruzadas? Hubo varias cruzadas a lo largo de varios siglos, pero las más importantes fueron ocho.

La primera cruzada fue promovida por el papa Urbano II en 1095. La expedición fue mandada por el Duque de Lorena, Godofredo de Buillón. Con la conquista de Jerusalén en el año 1099 se creó en Palestina un reino cristiano. Cuando la noticia de la toma de la Ciudad Santa por los cruzados llegó a Roma, el papa Urbano II ya había muerto.

La segunda cruzada es de los años 1147 y 1148, ocasionada por la pérdida tres años antes de Edesa y el infortunio que amenazaba a Jerusalén. Fue predicada por san Bernardo de Claraval y dirigida por los reyes Conrado III de Alemania y Luis VII de Francia. La cruzada fracasó lamentablemente.

La tercera cruzada es del año 1189. El motivo fue la reconquista de Jerusalén, pues dos años antes había sido tomada por el sultán de Egipto, Saladino. Los jefes de los cruzados fueron Federico I Barbarroja de Alemania, que murió en Tolemaida; Felipe Augusto de Francia; y Ricardo Corazón de León de Inglaterra. No consiguieron sus objetivos, aunque hubo un pacto con Saladino para que permitiera a los cristianos peregrinar a los Santos Lugares.

La cuarta cruzada fue promovida en el año 1206 por el papa Inocencio III. Los cruzados desviaron su objetivo, y tomaron Constantinopla, capital del Imperio griego, creando el Imperio latino de Constantinopla. El papa deploró el hecho de que los cruzados, en vez de dirigirse a Tierra Santa, combatieran a los cristianos del Imperio de Oriente. Anteriormente a esta cuarta cruzada, en 1197 hubo otra mandada por el arzobispo de Manguncia. Y posteriormente otra -la Cruzada de los niños– formada por miles de niños franceses y alemanes, con un final desastroso. Unos perecieron en el camino, y otros fueron cautivados y vendidos como esclavos.

La quinta cruzada, guiada por Andrés II de Hungría en el año 1217, se dirigió a Siria y Egipto. No tuvo ningún resultado positivo.

La sexta cruzada fue del año 1228, llevada a cabo por el emperador Federico II de Alemania. La habilidad política del monarca alemán, más que las fuerzas de las armas obtuvo, sin embargo, aquello que tantos esfuerzos desplegados hasta entonces no habían logrado conseguir: la ciudad de Jerusalén. Un tratado con el sultán de Egipto puso en manos de Federico II Jerusalén, Belén, Nazaret y otros lugares, a cambio de territorios poseídos por los cristianos al norte de Siria. En marzo de 1229 Federico II entró triunfalmente en la Ciudad Santa, donde se hizo coronar rey.

La séptima cruzada, dirigida por san Luis IX, rey de Francia, en el año 1248. Su objetivo era Egipto. Terminó en desastre: el rey y el ejército fueron hechos prisioneros y hubieron de pagar por la libertad un cuantioso rescate.

La octava cruzada, del año 1270, también guiada por san Luis IX de Francia, se dirigió primeramente a Túnez, y de allí no pasó, pues la expedición cruzada sufrió una terrible epidemia de peste y una de las víctimas fue el santo rey francés.

¿Cuál es el balance final de las Cruzadas? Aunque las Cruzadas no lograron que los Santos Lugares quedaran en manos cristianas, no obstante reportaron algunos beneficios a Europa. En primer lugar, frenaron el avance de las naciones musulmanas, impidiendo nuevas empresas bélicas contra el Occidente. Después, el Imperio de Oriente dilató sus límites gracias a las victorias de los cruzados, y Constantinopla quedó preservada de la invasión turca.

También gracias a las Cruzadas hubo paz en Occidente, aunque tuvo que deplorarse la pérdida de muchos de sus habitantes, de toda condición social. Con las Cruzadas cesaron las guerras civiles pues se consideraba como algo criminal combatir por una causa que no fuera la de la Cristiandad. Además se consiguió poner en contacto Oriente con Occidente; la navegación progresó y el comercio se acreditó merced a la fundación del reino de Jerusalén.

Otro de los resultados de las cruzadas fue la creación de las órdenes militares, fusión entre el monacato y la milicia. Las primeras fueron las del Temple y del Hospital, fundadas ambas en Jerusalén, para defensa y atención a los peregrinos. Y por último, al ponerse Occidente en relación con los griegos, hubo una especie de renacimiento de las ciencias y las letras.

¿Qué lugares de peregrinación fueron los más concurridos en la Edad Media? La costumbre de peregrinar a los Santos Lugares data ya de los primeros siglos. Eusebio de Cesarea, en su Historia eclesiástica, relata cómo san Alejandro había viajado desde Capadocia para visitar Tierra Santa. En la Edad Media la peregrinación a lugares célebres de devoción constituía una de las formas de penitencia canónica o pública.

Durante varios siglos, después de ser reconocido oficialmente el Cristianismo por el Imperio Romano bajo el cetro de Constantino, era costumbre que al final de cada siglo los fieles fueran en peregrinación a Roma para rendir homenaje a Dios y al Vicario de su Hijo en la Tierra. En el año 1300 el papa Bonifacio VIII, con ocasión del inicio del siglo XIV, proclamó de modo oficial el Año Jubilar o Año Santo. Fue el primer Jubileo del Cristianismo.

En la Basílica de San Juan de Letrán hay una pintura en la que se representa al Pontífice citado leyendo la Bula de Proclamación del Jubileo. La Bula hace referencia a la concesión de la indulgencia plenaria y de una serie de gracias anejas, hasta entonces ligadas a la peregrinación a los Santos Lugares de Palestina, a los peregrinos que visitaran Roma en el transcurso del año centenario para venerar las tumbas de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y además, confesaran sus culpas con sincero propósito de enmienda,

La extraordinaria gracia se enlazaba así con una de las expresiones más características de la espiritualidad medieval. El cristiano de aquellos siglos del Medievo -era de fe indiscutible- sentía vivamente el atractivo de la peregrinación y fue recorriendo los caminos polvorientos de la época para visitar los grandes suntuarios de los cristianos. El Santo Sepulcro de Jerusalén, las tumbas del Príncipe de los Apóstoles y del Apóstol de los Gentiles en Roma, y el sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor en Compostela fueron los principales centros de peregrinación de la Edad Media.

Bautismo

Bautismo

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que concluye el tiempo de Navidad. La voz del Padre proclama el misterio que se oculta en el Hombre bautizado por el Precursor. Y luego la venida del Espíritu Santo, en forma de paloma. Poner bajo la acción del Espíritu Santo nuestra vida de cristianos y la misión, que todos recibimos en virtud del Bautismo, significa volver a encontrar la valentía apostólica necesaria para superar fáciles comodidades mundanas. Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos (Papa Francisco).

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 5ª (El Islamismo)

El Islamismo

¿Qué es el Islam? También llamado islamismo o mahometismo, significa: sumisión, abandono en Dios. Y es la religión fundada por Mahoma en el siglo VII. Es una de las grandes religiones monoteístas, junto con el judaísmo y el cristianismo. Mahoma conoció el cristianismo, quizás bajo formas heterodoxas, y el judaísmo.

¿Cuándo fundó Mahoma la nueva religión? El fundador del Islam, Mahoma, era descendiente de Ismael, el hijo que tuvo Abrahán con la esclava Agar. Nació en La Meca, ciudad de Arabia, en el año 570 de la era cristiana. Se quedó huérfano siendo aún muy niño, y fue educado por un tío suyo. Fue sucesivamente conductor de caravanas, mercader y soldado. Cuando tenía cuarenta años, comenzó a declararse profeta enviado por Dios para fundar una nueva religión que sustituyera a todas las demás. Perseguido por sus conciudadanos que no creían en su pretendida misión, huyó a Medina donde había un grupo numeroso de seguidores suyos.

Esta huida ocurrió en el año 622. Y a partir de este año se cuenta la era de los mahometanos, que es conocida con el nombre de hégira (huida).

¿Cuál es la doctrina del Islam? La doctrina que predicó Mahoma es una mezcla de judaísmo, paganismo y cristianismo. En esta doctrina está la unidad de Dios, la fe en la Providencia, llevada hasta el fanatismo, la inmortalidad del alma, el juicio final y un paraíso completamente sensual.

¿Cuál es el libro del Islam? El Corán. Éste es el libro religioso de los musulmanes (o del Islamismo). Contiene las revelaciones recibida por Mahoma. El Corán es la palabra divina dictada directamente por Alá (Dios) a Mahoma. Es como un código revelado que presenta una especie de Estado supranacional. Recuerda a los creyentes el pacto inicial de la humanidad con Dios, el juicio al que será sometida, las leyes sociales por las que se deben regir, lo que hay que hacer para salvarse: la profesión en un solo Dios, la plegaria ritual diaria (cinco veces al día), el ayuno durante el mes de Ramadán, la abstinencia de carne de cerdo y de bebidas fermentadas, la ofrenda del décimo, la limosna y la peregrinación a la Meca una vez en la vida.

En el Corán se considera como cosa santa la guerra contra los infieles, es decir, contra todos aquellos que no son musulmanes. Y no se dice nada de las virtudes interiores, como el amor a Dios y al prójimo, la mortificación de los sentidos, la humildad…

¿Qué consecuencias trajo para el cristianismo la aparición del Islam? Mahoma consiguió hacer muchos prosélitos. Poniéndose a la cabeza de sus seguidores logró apoderarse de La Meca, y acabó por imponer su religión a toda la Arabia. Cuando se preparaba para invadir Siria, murió en el año 622 en Medina.

Fieles al lema del profeta de Alá, que era el de cree o muere, los califas -sucesores de Mahoma- continuaron imponiendo la nueva religión por medio de las armas. Favorecidos por la debilidad de los emperadores del Imperio de Oriente y por las divisiones entre los cristianos nacidas de las diversas herejías, los mahometanos se establecieron en el Asia occidental, Persia, Egipto y Norte de África, causando al cristianismo pérdidas irreparables en todos aquellos lugares. A principios del siglo VIII, en el año 711, atravesaron el estrecho de Gibraltar, y con la sola victoria en la batalla del Guadelete, se apoderaron de la Península Ibérica, teniendo que refugiarse en las montañas de Asturias y en los Pirineos los cristianos que no se sometieron al yugo sarraceno. Envalentonados con sus victorias, los mahometanos pasaron los Pirineos y penetraron en Francia, donde Carlos Martel los venció en la batalla de Poitiers, en el año 732.

Los cristianos españoles que vivieron durante la dominación musulmana de la Península Ibérica (siglos VIII-XV), recibieron el nombre de mozárabes. Durante este periodo musulmán hubo muchos mártires cristianos. En Asturias comenzó la reconquista, iniciada por don Pelayo en el año 718 y culminada por los Reyes Católicos en el año 1492.

Para Europa el peligro del Islam terminó con la batalla de Lepanto en el año 1571. Pero ya antes los musulmanes se había apoderado de Turquía y de otras regiones de la Europa oriental.

Evangelización de América (VII)

Organización territorial (continuación)

B) Parroquias y doctrinas. Las diócesis estaban integradas por otras dos circunscripciones, denominadas parroquias y doctrinas según estuviera por hispanocriollos o por indios convertidos respectivamente.

Las parroquias tenían por titular al párroco, preferentemente del clero secular, pero a veces, cuando no había suficiencia de clero diocesano, eran regidad por religiosos.

Sin embargo, en las doctrinas se encontraba al frente el doctrinero o párroco de indios, que en la mayoría de los casos pertenecían a las Órdenes religiosas. Cada doctrina solía constar de una “cabecera” o pueblo principal y de un número no fijo de “aledaños” o “estancias”.

Para hacernos una idea de la diversidad existente entre las doctrinas, veamos los casos siguientes:

La diócesis de Michoacán tenía en 1565 siete doctrinas, cada de ellas con un número de “estancias” que variaban entre dos y 22, hasta un total de 72, algunas de ellas situadas a más de 20 leguas de la “cabecera” y todas atendidas por siete religiosos y cuatro clérigos.

La diócesis de Yucatán tenía en 1586 doce doctrinas, 122 “estancias” (que oscilaban entre cuatro y 23 por doctrina), distantes entre dos y 30 leguas de la “cabecera”, atendidas por 38 religiosos y habitadas por unos 30.000 indios.

Tanto las parroquias como las doctrinas dependían directamente del obispo diocesano, aún cuando los doctrineros y algunos párrocos fueran religiosos.

C) Misiones. Los territorios indios aún no cristianizados, recibían el nombre de misiones, independientemente del hecho de estar ubicados o no dentro de una diócesis. Las relaciones de las misiones con el obispo eran de hecho nulas, debido a la exención y privilegios de las Órdenes religiosas, ya que, como norma, eran casi siempre religiosos los que estaban al frente de las misiones.

Las misiones de un territorio caracterizado étnica o geográficamente solían correr al cargo de la misma Orden. Una vez cristianizado, el territorio se convertía en doctrina.

 

Matrimonio y fidelidad

Prometo serte fiel, en la prosperidad y en la adversidad…” Los novios (al decirlo) no saben lo que sucederá, no saben la prosperidad o adversidad que les espera. Se ponen en marcha, como Abrahán; se ponen en camino juntos, mano con mano, confiando en la gran mano del Señor. ¡Siempre y para toda la vida! Y sin dejarse llevar por esa cultura de la provisionalidad, que nos hace trizas la vida. Con esta confianza en la fidelidad de Dios se afronta todo. Sin huir, sin ailarse, sin renunciar a la misión de formar una familia y traer al mundo hijos (Papa Francisco).

Un respeto para la creencia de los demás

Hace ya algunos años, un equipo de fútbol muy importante en todo el mundo, perdió un partido de la liga española contra un equipo muy modesto, y que ocupaba el último puesto de la clasificación. De hecho, descendió de categoría al finalizar la temporada. Pues bien, el entrenador del equipo famoso cogió un gran berrinche, y en el vestuario, increpando a sus jugadores, soltó una blasfemia. El entrenador fue cesado de forma fulminante. Pero no por la derrota. El equipo marchaba bien, y aquella derrota no era motivo suficiente para la destituición del entrenador. La razón que dio el presidente del equipo era que en su club la blasfemia estaba de sobra. Y por eso echó al entrenador: por haber blasfemado delante de los jugadores en el vestuario.

Pues bien, hace pocos días ese club famoso sufrió una derrota en su estadio ante su máximo rival, derrota que le quita muchas posibilidades de conseguir el campeonato de liga. En declaraciones después del partido, el entrenador -no es católico, sino mahometano- dijo que le iban a dar de h….. por haber perdido ese partido, que por cierto lo planteó muy mal. Sólo quiero decir que se tenga respeto a las creencias de los católicos. ¿Por qué utilizar una palabra que tiene un significado religioso bien concreto como es la presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía? Se puede decir: me van a dar bofetadas o expresiones semejantes. Me pregunto: ¿cómo hubiera reaccionado ese entrenador si alguien hubiera dicho una expresión ofensiva para el Islam?