Libro de las letanías (XXIII): Letanía al Ángel Custodio

Letanía al Ángel custodio

V/. Señor, ten misericordia de nosotros
R/. Señor, ten misericordia de nosotros

V/. Cristo, ten misericordia de nosotros
R/. Cristo, ten misericordia de nosotros
V/. Señor, ten misericordia de nosotros
R/. Señor, ten misericordia de nosotros
V/. Cristo, óyenos
R/. Cristo, óyenos
V/. Cristo, escúchanos
R/. Cristo, escúchanos

A las siguientes invocaciones se responde: ten misericordia de nosotros

Dios Padre celestial.
Dios Hijo, Redentor del mundo
Dios Espíritu Santo
Trinidad Santa un solo Dios

A las siguientes invocaciones se responde: ruega por nosotros

Santa María, Reina de los Ángeles.

Santo Ángel, a quien venero como a mi rey.

Santo Ángel, que me hablas con tanta caridad.

Santo Ángel, que me das prudentes consejos.

Santo Ángel, celoso protector mío.

Santo Ángel, que me socorres en mis necesidades.

Santo Ángel, que me amas tiernamente.

Santo Ángel, mi consolador.

Santo Ángel, que me enseñas mis deberes.

Santo Ángel, mi buen pastor.

Santo Ángel, testigo de todas mis acciones.

Santo Ángel, que me defiendes en todo combate.

Santo Ángel, que atiendes continuamente a mi custodia.

Santo Ángel, que me ayudas en todas mis empresas.

Santo Ángel, que intercedes por mí.

Santo Ángel, que llevas en tus manos.

Santo Ángel, que me diriges en todos mis caminos.

Santo Ángel, que presides todas mis acciones.

Santo Ángel, mi caritativo defensor.

Santo Ángel, que me guías con sabiduría.

Santo Ángel, que me defiendes de los peligros.

Santo Ángel, que me enseñas las verdades de la salvación.

V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Perdónanos, Señor.
V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Escúchanos, Señor.
V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
R/. Ten misericordia de nosotros.

Rueguen por nosotros, Santos Ángeles Custodios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Oración: Oh Dios todopoderoso y eterno! , que por un efecto de tu inefable bondad nos has dado a todos un Ángel Custodio, haz que yo sienta hacia aquél que Tú me has dado en tu gran misericordia tanto respeto y amor que, ayudado por los dones de tu gracia y por su auxilio, merezca ir a la patria celestial para contemplarte, juntamente a él, en los resplandores de tu gloria. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

El Hijo de Dios y la Iglesia

Entre el Hijo de Dios encarnado y su Iglesia existe una profunda, inseparable y misteriosa continuidad, en virtud de la cual Cristo está presente hoy en su pueblo. Es siempre contemporáneo nuestro, es siempre contemporáneo en la Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles, está vivo en la sucesión de los Apóstoles. Y esta presencia suya en la comunidad, en la que Él mismo se da siempre a nosotros, es motivo de nuestra alegría. Sí, Cristo está con nosotros, el Reino de Dios viene (Benedicto XVI, Discurso 15.III.2006).

LA MISERICORDIA DE DIOS; PACIENCIA Y JUSTICIA. Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el Evangelio según san Mateo se recogen las palabras de Cristo sobre el Juicio Final. Será cuando se haya acabado este mundo. Entonces vendrá de nuevo Jesucristo a la tierra, pero esta vez para ser Juez de vivos y muertos. Todos los hombres compareceremos ante Él. Nuestro Señor describe cómo será ese Juicio. Seremos juzgados según cómo hayamos vivido las obras de misericordia. El Juez es Jesucristo. No hay instancias superiores, porque fuera de ti no hay otro Dios que se cuide de todo, al que tenga que explicar que no juzgaste injustamente (Sb 12, 13). Estas palabras de la Escritura están impregnadas de la fe más recia en la bondad y poder de Dios, que es único y omnipotente y no tiene que rendir cuentas a nadie.

Dios es siempre justo. Tu poder es el principio de la justicia, y el ser Señor de todas las cosas te hace perdonar a todos. Muestras tu fuerza al que no cree en la perfección de tu poder, y a quienes la reconocen dejas convictos de su atrevimiento (Sb 12, 16-17). El omnímodo poder de Dios no le convierte en un tirano injusto, sino todo lo contrario. Además su justicia no está reñida con su misericordia y benignidad. Por eso el autor sagrado dice: Tú, dueño de la fuerza, juzgas con benignidad, y nos gobiernas con gran indulgencia; porque, cuando quieres, hacer valer tu poder. Por estos hechos enseñaste a tu pueblo que el justo ha de ser amigo del hombre, y llenaste a tus hijos de buena esperanza, pues, después de pecar, das ocasión para el arrepentimiento (Sb 12, 18-19).

Dios se muestra misericordioso con su pueblo, Israel, que cree en Él, pero también con toda la humanidad, con todos los hombres, cuyas malas obras castiga con indulgencia para darles ocasión de convertirse de su malicia, como dice el salmista: das ocasión para el arrepentimiento. Sin embargo, no dejará de castigar a los que se empecinan en su incredulidad y malicia. Cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a que fueran por todo el mundo para predicar el Evangelio a toda criatura, les dijo: El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará (Mc 16, 16).

Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero en nuestra naturaleza humana está el fomes peccati o concupiscencia, que es la tendencia que el ser humano tiene hacia el mal. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: “La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien ‘el que legítimamente luchare, será coronado’” (2 Tm 2 ,5) (Concilio de Trento) (n. 1.264).

Porque Dios sabe que nuestra naturaleza -aunque ha sido sanada y redimida- continúa dañada por el pecado de origen, nos ha revelado por medio de san Pablo que el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Pero el que sondea los corazones sabe cual es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios en favor de los santos (Rm 8, 26-27). Además tiene paciencia con nosotros y siempre está dispuesto a perdonar.

Hay una parábola del Señor -la de la cizaña- que hace referencia a lo que ocurrirá al fin del mundo, pero también sobre la paciencia. Esta parábola complementa a la del sembrador, aunque en sentido distinto. Y también el divino Maestro la explica. El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt13, 24-25). El campo es el mundo, dirá el Señor en la explicación. Dios nos ha dado el mundo por heredad y es misión del cristiano sembrar la buena semilla, difundir la doctrina cristiana para que muchas almas conozcan y amen a Cristo, hacerse eco a las enseñanzas de la Iglesia.

Los tiempos actuales son también tiempos recios según la expresión de santa Teresa de Jesús para referirse a la época que le tocó vivir. El enemigo -el diablo- siembra mucha cizaña, mientras dormían los hombres. Quizá haya tanta cizaña en el mundo de hoy día porque los católicos hemos estado dormidos. Ya es hora de salir del sueño. La falta de celo apostólico y de ilusión por transmitir los ideales cristianos, en bastantes católicos, es el sueño malo que permite al enemigo la siembra del error, la ausencia de valores morales, la promulgación de leyes claramente contrarias a la ley de Dios. Por tanto, no podemos estar dormidos cuando la siembra de cizaña es abundante.

Continuemos con la parábola. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña (Mt 13, 26). Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres -los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara (Es Cristo que pasa, n. 123).

Al darse cuenta los hombres que debieron estar despiertos siempre de que con el trigo crecía la cizaña, se acercaron al dueño del campo y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? (Mt 13, 27). Y el amo de aquellos siervos en vez de echarles en cara su negligencia, sin perder la serenidad les dice: Algún enemigo lo habrá hecho (Mt 13, 28). Entonces aquellos hombres propusieron a su señor arrancar la cizaña. Pero éste les respondió: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero (Mt 13, 29-30). El amo sabe que la cosecha de trigo no se ha de malograr aunque haya cizaña.

Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: inimicus homo hoc fecit, ¡ha sido el enemigo! (San Juan Crisóstomo). Por más que la cizaña amenace invadir y ahogar el buen trigo, la fe nos dice que mientras dura la vida es tiempo de conversión y de misericordia. Crecerá el trigo entre las malas hierbas, y la fe y el amor acabarán por romper la resistencia diabólica que se opone a que los hombres vuelvan a los caminos de Dios. Lo nuestro es sembrar el bien, ahogar el mal con abundancia de bien. A pesar de las sombras que oscurecen el panorama del porvenir inmediato de nuestro mundo, no nos falta la esperanza, porque Cristo es la Luz que disipa las tinieblas. El triunfo del Señor está asegurado, porque Él nunca pierde batallas. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). El bien sembrado por los católicos acabará ahogando el mal de la cizaña.

Como hizo con otras parábolas, también Jesús explica ésta a sus apóstoles. El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre (Mt 13, 37-43).

Partimos de esta premisa. Dios quiere que todos los hombres se salven. No predestina a ninguno al infierno. A todos les da la gracia suficiente para salvarse. Sin embargo el Señor habla de los hijos del Maligno. Viene a la memoria la respuesta que dio un chiquillo a su catequista cuando éste le preguntó: ¿Quién creó a los demonios?, y el chaval dijo: Dios los creó ángeles, pero ellos se hicieron demonios. Pues bien, el Señor siembra la palabra, y hay quienes la acogen en su corazón y viven conformes a esa palabra: son los hijos del Reino. Pero también el diablo siembra sus asechanzas -la cizaña-; y desgraciadamente obtiene fruto en algunos hombres, que son los que Jesús llama los hijos del Maligno. Y tanto los hijos del Reino como los hijos del Maligno están en este mundo.

Ya pasó en vida de Jesús, donde su predicación del Reino encontró la oposición que Satanás sembró en los enemigos del Señor. Y pasa en la vida de la Iglesia, ya que es inevitable que los hijos de Dios convivan con los hijos del Maligno: el mal y el bien coexisten y se desarrollan a lo largo de la historia. La enseñanza del divino Maestro versa sobre la paciencia: como no es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, tampoco a veces es fácil separar el bien y el mal. Pero al final, Cristo -Hijo de Dios triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

Dios es remunerador: premia a los buenos y castiga a los malos. Pero esto ocurrirá en el momento de la siega -el fin del mundo-, cuando los segadores -los ángeles- reúnan la cizaña para quemarla y almacenen el trigo en granero -el Cielo-. En el Juicio Final resplandecerá la justicia de Dios, pero también su misericordia. Entre los justos habrán muchos que gracias a la paciencia de Dios no fueron castigados en el momento de cometer la maldad y, después de pecar, les dio la ocasión de arrepentirse, y aprovecharon esa gracia del arrepentimiento logrando de Dios el perdón de sus pecados.

Le pedimos a la Virgen María -en Ella sólo hubo trigo bueno- que nos ayude para que la simiente que Cristo Jesús, su Hijo, ha sembrado en nuestra alma produzca los frutos que Dios espera, frutos apostólicos y de santidad.

Libro de las letanías (XXII): Letanía de los ángeles guardianes

Letanía de los ángeles guardianes

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo, ten misericordia de nosotros.

Señor, ten misericordia de nosotros.

Cristo óyenos.

Cristo escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.

Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.

Santísima Trinidad, un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

A las siguientes invocaciones se contesta: Ruega por nosotros.

Santa María,

Santa Madre de Dios,

Reina de los Ángeles,

San Miguel,

San Gabriel,

San Rafael,

A las siguientes invocaciones se contesta: Rueguen por nosotros.

Todos los Santos Ángeles y Arcángeles,

Santos Ángeles Guardianes,

Santos Ángeles que contemplan sin cesar el rostro del Padre celestial,

Santos Ángeles Guardianes, que nunca se apartan de nosotros,

Santos Ángeles Guardianes, que están dedicados a nosotros por una celestial amistad.

Santos Ángeles Guardianes, nuestros fieles admonitores,

Santos Ángeles Guardianes, nuestros sabios consejeros,

Santos Ángeles, nuestros poderosos defensores frente a los ataques del maligno

enemigo,

Santos Ángeles Guardianes, nuestro sostén en las tentaciones.

Santos Ángeles Guardianes, que nos ayudan en nuestros tropiezos y caídas,

Santos Ángeles Guardianes, que nos confortan en nuestras penas y sufrimientos,

Santos Ángeles Guardianes, que toman nuestras oraciones y las conducen delante del

Trono de Dios,

Santos Ángeles, que nos inspiran y alientan a progresar en el bien,

Santos Ángeles Guardianes, que a despecho de nuestras faltas, nunca nos abandonan,

Santos Ángeles Guardianes, que se regocijan de nuestro progreso y adelanto en la

perfección,

Santos Ángeles Guardianes, que nos miran  y oran  por  nosotros sin cesar mientras

descansamos,

Santos Ángeles Guardianes, que no nos abandonan en nuestra agonía y muerte,

Santos Ángeles Guardianes, que consuelan las Almas en el Purgatorio,

Santos Ángeles Guardianes, que conducen a los justos hacia el cielo,

Santos Ángeles Guardianes, con quienes esperamos un día alabar y contemplar

eternamente a Dios,

Nobles Príncipes del Cielo,

V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.

R/. Perdónanos, Señor.

V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.

R/. Escúchanos, Señor.

V/. Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.

R/. Ten misericordia de nosotros, Señor.

Cristo: óyenos.

Cristo: escúchanos.

Señor ten misericordia de nosotros.

Señor ten misericordia de nosotros.

Padrenuestro

Bendecid al Señor todos su Ángeles; vosotros los poderosos, que  sois los ejecutores de sus órdenes.

Dios mandó a sus Ángeles que cuiden de ti; los cuales te guardarán en todos tus pasos.

Elevación y caída del ángel y el hombre

Elevación y caída del ángel y el hombre

Exposición del caso:

Los padres de Rosa eran muy distintos. Su madre era una mujer que se preocupaba por cualquier cosa y se agobiaba con facilidad. Su padre era un hombre muy seguro de sí mismo. Si su madre siempre insistía en que tuviera cuidado con esto y aquello, su padre le decía frecuentemente que ella podría llegar a donde quisiera llegar en la vida, y que sólo dependía de ella. Rosa, que era la hija mayor, en carácter había salido a su padre. Era muy voluntariosa, con pundonor y ambición. Sacaba las mejores notas en todas las asignaturas, y, aunque exteriormente apenas se notara, reaccionaba con cierta rabia ante un fallo o una nota algo inferior, que le hacía redoblar sus esfuerzos. Rosa quería a los dos, pero su admiración se dirigía sólo a su padre.

Un día llegó una fatal noticia: el padre de Rosa había fallecido en accidente de tráfico. No había culpables: un camión había roto sus frenos y no pudo evitar el arrollar al turismo donde viajaba su padre. Al dolor por la pérdida se sumaba en Rosa un sentimiento de impotencia, que quedó algo solapado por la necesidad urgente de consolar a su madre. Ésta, cuando veía a Rosa, no hacía más que decir -“¡Ay, hija! ¿Y qué será ahora de nosotros?” -“No te preocupes, mamá, saldremos adelante”, era la contestación de Rosa a su madre, pero también se lo decía a ella misma, pensando que tenía que ocupar el puesto que dejaba su padre. Pasaban los días, y esta situación no cambiaba.

Una tarde -Rosa sólo tenía clase por la mañana-, su madre se dirigió a ella: -“Rosa, bonita, ¿me podrías acompañar?” Pero no le dijo a dónde. Salieron las dos, y llegaron a una casa; les abrió una recepcionista, que les dirigió a una sala de espera. Había allí un par de señoras, con cara de preocupación. -“¿No será esto la consulta de un psiquiatra?”, preguntó Rosa en voz baja con tono de alarma. -“No, no. Ya verás, pero tú no digas nada”. Al fin les llegó el turno y pasaron a otra habitación.

Resultó ser la consulta de una pitonisa. No tenía tanta cosa exótica en la habitación y el vestido como hubiera podido imaginar Rosa, aunque sí había alguna cosa que indicaba qué era aquello; y, eso sí, no faltaba una mesa amplia con faldón de terciopelo ni un ambiente de penumbra. La madre de Rosa tenía preocupación por el futuro, y aquella señora -era más bien mayor- la tranquilizó, y predijo alguna contrariedad, que sería superada. Rosa no se acordó después muy bien de esto, porque lo que se le quedó grabado fue lo que dijo de ella misma, aunque dirigiéndose a su madre. -“Tiene usted una hija mayor muy lista -empezó diciendo-. Es brillante en sus estudios, tiene carácter y sabe lo que quiere. Está intentando darle ánimos, y puede usted confiar en ella. Pero cree que lo sabe todo, y no es verdad: ni siquiera se conoce bien a sí misma, y tiene mucho que aprender. Tiene un exceso de confianza en sí misma. Pero debe aprender por sí sola y no fiarse de nadie, porque en caso contrario la engañarán, y caerá en un vicio muy serio, y se desesperará y arruinará su vida”. Rosa no podía articular palabra de lo aterrada que estaba, y tampoco fue capaz de decir palabra alguna a la salida.

“¿De qué me conocía? ¿Quién le ha contado nada de mí?”, eran preguntas que Rosa se hacía continuamente. Empezó a tener alguna pesadilla, y le costaba dormir. En esos momentos de vigilia, empezaba a verse de modo distinto a como se veía anteriormente. Se le hacían patentes defectos que antes no percibía. Se veía a sí misma egoísta, orgullosa y presuntuosa, y además imbécil por no darse cuenta antes. Se veía hipócrita, por pensar que presentaba una fachada inmaculada, pero por dentro no era así, “había de todo” pero ella no había querido verlo y miraba hacia otra parte. Empezó a estar más nerviosa y desconcentrada. Tuvo exámenes y, para sorpresa de todo el mundo, las calificaciones bajaron. Se sentía desanimada, y empezó a abrirse paso la idea de “para qué esforzarse en dar una apariencia de virtud” si no correspondía a la realidad.

A pesar de todo, la bajada en sus notas provocó una reacción. Para Rosa, el que existiera el demonio había sido poco más que un asunto de curiosidad. Pero empezó a pensar en ello más seriamente: “¿y quién, si no?”, se preguntaba. Recordó que de pequeña le habían enseñado a dirigirse al Ángel de la Guarda, pero con el tiempo había abandonado eso, como si fuera una historieta más útil para niños pequeños. Todavía tenía grabado aquel “no fiarse de nadie”, pero comenzó a razonar diciéndose que si existía uno por qué no iba a existir el otro, y, tímidamente, le empezó a pedir ayuda. Al poco tiempo le vino a la cabeza que no se podía vivir sin confiar en nadie, y que tenía amigas que habían confiado en ella preguntando sus dudas, académicas sobre todo pero en algún caso también de otro tipo.

A la salida de una clase se animó a dirigirse a una de ellas: -“Oye, quiero preguntarte algo, pero dime la verdad”. -“¿Qué pasa…?” -“La verdad, ¿qué defectos me ves?” -“¿Que qué…?” -“Sí, defectos. Tengo unos cuantos, ¿no?” -“Hombre, tendrás pecado original, como todo el mundo”. -“Ya, pero no vengas con rodeos. Debo ser un asco de amiga, ¿no?” -“Tampoco te pongas así. A veces eres ‘un poco tuya’, pero en fin…”. Con pocas diferencias, la escena se repitió con alguna amiga más. Rosa no quedaba satisfecha, pues pensaba que no le querían decir lo que pensaban en realidad. Al fin, quedaba una de sus amigas. La había dejado para el final porque “era la que rezaba”, y le parecía que ésa “todo lo arreglaba rezando”, y que por tanto no le iba a dar una respuesta inteligente. La abordó y repitió su pregunta. -“¿Y a qué viene eso?”, fue la respuesta. -“Tú dime”. -“Si no me dices por qué me lo preguntas, yo no digo nada”. -“¡Anda…!”. -“Que no. ¿Pero qué pasa contigo? Sacas las peores notas de tu vida, y ahora vienes con esto…”. -“Bueno, está bien. Quedamos esta tarde a tomar algo y te cuento. Pero con una condición”. -“¿Cuál?” -“Que no te asustes”. -“Mira, no entiendo nada, pero no te preocupes, no me voy a asustar”, contestó, visiblemente desconcertada.

Acudieron a la cita las dos. Rosa le contó lo de la pitonisa, aunque lo contó como si la iniciativa hubiera sido suya, sin nombrar a su madre. Y a grandes rasgos añadió lo que había pensado después. “Fatal todo, ¿verdad?”, concluyó. La respuesta tampoco fue corta. Su amiga le vino a decir que todos tenemos nuestras virtudes y defectos; que pensaba que lo que le pasaba se debía a que sólo había contado con sus propias fuerzas -“y bastante has hecho, que me pongo yo a funcionar así y no quiero ni pensarlo”, comentaba. “Y mira -prosiguió-, te puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo… Oye, ¿por qué no te lees lo del hijo pródigo y meditas un poco, y te acabas confesando? Y bueno, ahora que te has quedado sin padre podrías pensar que tienes uno en el cielo… Bueno, no sé si…”. -“No, no, tranquila”. -“Bien, pues eso. ¡Ah, y otra cosa!”. -“¿Qué?” -“Nada, que si me podrías explicar un par de problemitas de redes…”. Rosa se apresuró a decir que sí, entendiendo que por parte de su amiga era una delicadeza, no una necesidad.

Al cabo de unos días Rosa y su amiga volvían juntas de clase. -“Oye, que sí, que dio resultado”, dijo Rosa. -“¿Y ya estás más tranquila?” -“Sí, aunque todavía me dura el susto…”. -“¿Por?” -“Estuvo a punto de engañarme”. -“¿De quién estás hablando?” -“Ya sabes tú de quién: ése”. -“¿Ése? ¡Ah, bah! Que le den dos duros. Ha perdido”.

Preguntas que se formulan:

-¿Cómo debe un cristiano encarar el porvenir? ¿Cuida Dios de las personas? ¿Aunque sean pecadoras? ¿Qué significa la providencia divina? ¿A qué se extiende? ¿Hace mal la madre de Rosa en acudir a la pitonisa? ¿Por qué? ¿Es grave esa conducta? ¿Se sirve la providencia divina, en el caso estudiado, de alguna criatura?

-¿Cómo sabemos que existen ángeles y demonios? ¿Se puede apreciar de alguna manera su actuación en el caso estudiado? ¿Cómo actúan en la vida de los hombres? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué significa que el demonio es un ángel caído? ¿Qué tipo de caída fue ésa? ¿Por qué fueron los ángeles sometidos a una prueba? ¿Cuál es el poder del demonio?

-¿Ves alguna semejanza entre la tentación de Adán y Eva, y lo que la pitonisa dice de Rosa? ¿Cuáles? ¿A qué tipo de pecado conducen? ¿Es grave? ¿Cómo se mezclan en esas tentaciones verdad y mentira?

-¿Qué consecuencias del pecado original se hacen patentes en este caso? ¿Cómo eran esos aspectos antes de la caída? ¿Por qué se transmiten esas consecuencias a todos los hombres?

-¿Fue el castigo por el pecado original inmisericorde? ¿Por qué? ¿Es razonable, al menos en algún caso, la desesperanza por el estado en que quedó el hombre? ¿Por qué?

-¿Es cierto que sin apoyarse en Dios no puede llevarse una vida íntegra? ¿No hay alguna excepción? ¿Por qué? ¿Qué es lo que da Dios a los hombres para que puedan vencer en la lucha contra el mal? ¿Tiene algo que ver la gracia con la condición de hijo de Dios? ¿Tenían también gracia divina Adán y Eva antes de la caída? ¿Por qué se dice que es sobrenatural? ¿Para qué se la concedió Dios?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 302-314, 328-336, 374-379, 385-412. Capítulos 2 y 3 del Génesis.

Comentario:

Aparecen en este varios personajes. Algunos se ven, pero otros no se ven, aunque dejan sentir su presencia suficientemente como para confirmar que son tan reales como los que pueden verse.

El primero de estos últimos en aparecer es el diablo. El caso no pretende tratar de la moralidad de acudir a este tipo de consultas, pero ya que este asunto no aparece en ningún otro caso, se puede aclarar aquí. Es gravemente inmoral. La razón principal es porque, si de verdad hay alguien detrás, sólo puede ser el demonio. Como Rosa misma dice, ¿quién si no? No es infrecuente que este tipo de montajes sean un engaño, un tongo, pero otras veces -como ésta- lo que allí se oye sólo puede provenir de alguien muy bien informado. ¿Y quién si no? Porque está claro que ni Dios ni los que están con Él se prestan a este tipo de juegos. Es verdad que en el Antiguo Testamento aparece alguna ocasión en la que sí se prestan, pero reprochando a quien utiliza esos medios, y en todo caso son cosas que suceden antes de Cristo. Porque tras Jesucristo queda muy claro que es Él -y quienes participan de su sacerdocio- el único mediador entre Dios y los hombres, y no lo puede ser por tanto “Madame X”.

Podría también suceder que se buscase conocer el futuro pensando que detrás hay, no un “alguien”, sino un “algo”: fuerzas que dominan nuestro destino. Es, por ejemplo, lo que pasa con la astrología. Pero sigue siendo inmoral, porque, más o menos conscientemente, lo que sustituyen estas pretendidas fuerzas ciegas es nada menos que la providencia divina. Y, ante el futuro, la actitud correcta es la confianza en esa providencia, en Dios mismo, que es nuestro Padre. No es casualidad que proliferen esas pretendidas “ciencias ocultas del destino” en momentos en los que se descuidan la fe y la piedad; ni lo es tampoco que en los ambientes más materialistas abunde más el miedo al futuro y la obsesión por la seguridad.

La realidad es que Dios tiene planes maravillosos para el hombre, y si se truncan es porque los estropea el hombre. Todo ello sin perjuicio de que la sabiduría divina saque bienes mayores de esos estropicios. La felicidad original era una realidad -el paraíso, con sus dones naturales, preternaturales y sobrenaturales-, como también lo fue la tentación original del diablo. Y una de las razones de exponer aquí un caso como éste es que hay bastantes semejanzas entre la tentación de Eva y la que aquí padece Rosa. El “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) conoce su oficio, y sabe que las mentiras más creíbles son las que mezclan hábilmente verdad y mentira. El objetivo de ambas tentaciones es el mismo: alejar de la confianza en Dios, y valerse sólo de uno mismo, rechazando la ayuda divina y, con ella, el sometimiento a Dios. Fue más radical la de Adán y Eva: les invitaba -comiendo del prohibido árbol “de la ciencia del bien y del mal”- a determinar por sí mismos qué estaba bien y qué mal, sustituyendo así a Dios: “seréis como Dios” (Gen 3, 5). En el caso de Rosa, no se presenta este aspecto explícitamente, pero sí va implícito en ese “hacerlo todo por sí misma, sin fiarse de nadie”. El relato de Gen 3 muestra también que, como en este caso, el apoyo para la tentación es el amor propio, que el demonio se encarga de azuzar.

También hay un paralelismo en el resultado: “se les abrieron los ojos a ambos” (Gen 3, 7). Aquí se pone de manifiesto cuál es el plan del diablo y su objetivo habitual: la desesperación. Primero intenta cegar para el mal, luego lo presenta crudamente -si puede, exagerándolo- intentando hacer creer que no tiene solución. Puede comprobarse asimismo examinando en el Evangelio la tentación y final de Judas, de quien se dice explícitamente que actuó movido por Satanás.

La situación de Rosa parecía un callejón sin salida, porque salir de esa situación parecía superar sus fuerzas. Pero había alguien más. La actuación del ángel también se hace notar. Y, aunque sea más suave, es más poderosa. No por nada es un vencedor, mientras que el demonio es un vencido. Uno pasó su prueba, el otro no. Y es que Dios, por querer nuestro bien completo, nos quiere vencedores, y por eso corre el riesgo de nuestra libertad. No sólo quiere así a los espíritus puros -los ángeles-, sino también a nosotros. Por eso consta en el caso que las decisiones son de Rosa, y que el poder de ángeles y demonios no va más allá de sugerir -con más suavidad, aunque no menos eficacia, en el caso del ángel, pues éste, a diferencia de su oponente, no quiere violentar-.

“Puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo”. Es la verdad. Y no lo es sólo para obtener la gracia y alcanzar nuestra meta sobrenatural. Lo es también para cumplir con nuestros deberes naturales, con la ley natural. El fundamento es que, desde el pecado original, el hombre es un ser “caído”. Y, aunque esté redimido y elevado a un orden sobrenatural, permanecen en él las secuelas del pecado original. Nos guste o no -lo normal es que no-, nuestra naturaleza es una naturaleza dañada (que no es lo mismo que corrompida, como sostenía Lutero). Por eso, toda visión del ser humano según la cual éste puede llegar a la perfección con sus solas fuerzas o en el que baste con cambiar las circunstancias para que se comporte siempre bien -son las teorías “naturalistas”-, es mentira. Era lo que, quizás bastante inconscientemente, pretendía Rosa. Por eso despreciaba a la que pensaba que “todo lo arreglaba rezando”, hasta que… tuvo que doblegar su orgullo y pedir ayuda, y entonces empezó a comprender. Con la actitud que tenía en un principio, aunque todo parecía salirle bien, tarde o temprano acabaría teniendo una crisis, y encontrándose con su propia miseria. Con el agravante de que el orgullo acumulado le haría -así fue- asustarse ante sí misma: las mejores condiciones para caer en la desesperanza. Por fortuna, no le faltó gracia de Dios, Ángel de la Guarda… y una buena amiga. Con todo esto, y un poco de buena voluntad por su parte, pudo vencer, y venció.

La Iglesia

 

La Iglesia es nuestra Madre; a Ella se lo debemos todo; Ella nos ha engendrado a la vida nueva, a la vida de la gracia, que nos proporcionará nuestra felicidad eterna; nos ha dado la fe, y con su Magisterio nos la conserva íntegra y fecunda; nos ha dado la gracia; es la dispensadora de los sacramentos; nos ha dado la caridad (…); nos une, nos educa en el amor, en el humanismo verdadero, en la comprensión y en la edificación de sí misma; nos guía, nos defiende, nos dirige por los caminos de la esperanza, nos anticipa el deseo escatológico de la vida futura y nos hace gustar anticipadamente su felicidad.

(Beato Pablo VI, Alocución 15.VI.1966)

Un epitafio

En Virginia, entre las miles de lápidas del cementerio militar de Arlington, hay una en la que puede leerse este curioso epitafio: “Aquí yace el soldado John S. Brown. Quiso comprobar con una cerilla si el depósito de gasolina de su tanque estaba lleno. Y si lo estaba”.