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Homilía del Domingo IV de Adviento (Ciclo B)

En el cuarto domingo de Adviento, con la proximidad de la Navidad, el pasaje evangélico que se lee en la Misa es el de la Encarnación del Hijo de Dios, también conocido como el de la Anunciación del ángel a María. Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1, 26-28). Este acontecimiento único y trascendental en la historia de la Humanidad tuvo lugar en Nazaret, una aldea de Galilea que ni siquiera es mencionada en el Antiguo Testamento. Y su realización dependió de una doncella que había decidido conservar su virginidad. En la Biblia vemos mujeres que siendo estériles desean y piden a Dios tener un hijo: Sara, la mujer de Abrahán; la madre de Sansón; Ana, la madre de Samuel; Isabel, la mujer de Zacarías. A éstas les concede Dios la gracia de ser madre. Pero María no pide ningún hijo. Sin embargo, será madre y su maternidad estará íntimamente relacionada con la redención del género humano.

La descripción de esta virgen nazarena que brota del relato evangélico es muy elocuente. Para los hombres, María es una joven desposada con varón llamado José; en cambio, para Dios, es la llena de gracia, la criatura más santa salida de las manos del Creador y la más singular que ha venido al mundo. Y esto es así, porque Dios desde toda la eternidad, la eligió y la señaló como Madre para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciera de Ella; y en tal grado la amó por encima de todas las criaturas, que sólo en Ella se complació con señaladísima complacencia (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus).

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 29-31). El arcángel san Gabriel le comunica a la Virgen María que va a ser madre, y que su hijo, descendiente del rey David, será Hijo de Dios.

El misterio de la Encarnación comporta diversas realidades: que María es virgen, que concibe sin intervención de varón, y que el Niño, verdadero hombre por ser hijo de María, es al mismo tiempo Hijo de Dios en el sentido más fuerte de esta expresión. La narración que hace san Lucas de la Anunciación es de una densidad extraordinaria. Prácticamente cada palabra lleva aneja una profundidad de significado sorprendente. Los Padres y la Tradición de la Iglesia no han dejado de notarlo, y los cristianos revivimos cada día este misterio a la hora del Ángelus.

Además, las palabras de san Gabriel afirman que el Niño será el cumplimiento de las promesas hechas por Dios, y que en Él se cumplirá la profecía que hizo Natán a David: Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme para siempre (2 S 7, 16), cuando le dice a María: Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1, 32-33). Las frases: el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob; y su reino no tendrá fin, representan expresiones inmersas en el mundo de las ideas y de vocabulario del Antiguo Testamento, conectadas con la promesa divina a Israel-Jacob, con los oráculos acerca del Mesías descendiente de David y con los anuncios proféticos del Reinado de Dios. Para una persona instruida en la religión y la piedad israelita, como era la Virgen María, el significado era inequívoco.

Una vez que María ha recibido el mensaje del Cielo, pregunta a san Gabriel cómo podrá llevarse a cabo lo que él le ha dicho, manifestando su propósito de permanecer virgen. María respondió al ángel: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35). La respuesta del arcángel expresan una acción singular, soberana y omnipotente de Dios que evoca la de la creación, cuando el Espíritu descendió sobre las aguas para dar vida; y la del desierto, cuando creó al pueblo de Israel y hacía notar su presencia con una nube que cubría el Arca de la Alianza. Y la descripción que hace el ángel del Niño, como Santo e Hijo de Dios, traspasa todo lo imaginable.

Aunque la Virgen no pide ninguna prueba de que se hará como dice san Gabriel, éste le dice: Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios (Lc 1, 36-37). Con la plena certeza de que va a conservar su virginidad, Santa María da su consentimiento al querer de Dios. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel dejándola se fue (Lc 1, 38).

Aquel día, el del anuncio del ángel, cambió la historia. Mientras que sobre la faz de la tierra, aparentemente, nada extraordinario sucedía, Dios asume la débil naturaleza humana, se hace hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado, para salvarnos de la triple esclavitud (demonio, pecado y muerte) a la que estaba sometida el género humano desde el pecado de nuestros primeros padres. Las consecuencias del asentimiento de María han de verse en el conjunto de la historia de la Humanidad. Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente que “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad fue desatado por la Virgen María mediante su fe”; y comparándola con Eva, llaman a María “Madre de los vivientes”, afirmando aún con mayor frecuencia que “la muerte vino por Eva, la vida por María” (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 56).

En la primera lectura de la Misa del domingo inmediatamente anterior al 25 de diciembre se recoge el deseo de David de construir un templo para Dios. Cuando el rey se estableció en su casa y el Señor le concedió paz con los enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: “Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita en una tienda de lona” (2 S 7, 1-2). Vemos la piedad de David. Durante la travesía por el desierto los israelitas portaban el tabernáculo, que era el lugar escogido por Dios para manifestar de una manera especial a su pueblo que estaba presente protegiéndolo. David quiere para Dios algo mejor: un templo.

A Natán le pareció bien el deseo del rey, y le dice: Vete y haz todo lo que te dicta el corazón, porque el Señor está contigo (2 S 7, 3). Sin embargo, en los planes de Dios no sería David quien construyera el templo, sino su hijo Salomón. Y efectivamente, fue Salomón el que edificó el Templo de Jerusalén.

El templo era para los pueblos paganos (egipcios, asirios y babilonios) el centro de su vida y de su religiosidad, porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer. Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos, el tabernáculo del desierto y más tarde el Templo de Jerusalén, es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. Pero esa realidad antigua era sólo una figura o anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios entre los hombres, que es el Verbo de Dios hecho carne.

Jesús, en el cual habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9), es esa plena presencia de Dios aquí en la tierra y, por lo tanto, el verdadero Templo de Dios. Jesús identifica el Templo de Jerusalén con su propio Cuerpo, y de este modo se refiere a una de las verdades más profundas sobre sí mismo: la Encarnación. Después de la Ascensión del Señor a los Cielos esa presencia real y especialísima de Dios en medio de los hombres se continúa en el sacramento de la Sagrada Eucaristía.

La primera decisión de Salomón después de ser ungido como rey fue la de construir el Templo de Jerusalén, buscando con eficacia lo necesario, sin escatimar recursos, para tal empresa y llevándola a cabo con generosidad. Años después, este Templo fue saqueado y reconstruido de nuevo, pero más pobre. A Salomón todo le pareció poco para Dios. También en la historia del cristianismo se han construido iglesias y catedrales con mucha esplendidez. Se cuenta que al emperador Justiniano, de Bizancio, cuando inauguró la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, al ver aquella maravilla, se le escapó: Salomón, te he vencido. Y las catedrales de la Edad Media son plegarias de piedra, cuyas flechas apuntando al cielo parecen decir: Señor, he amado el esplendor de tu casa y el lugar donde habita tu gloria.

Seamos generosos con Dios, evitando ser mezquinos o tacaños en lo que se refiere al culto debido a Dios. San Josemaría Escrivá solía aducir el ejemplo del amor humano noble y limpio, para demostrar que al culto divino hay que dedicar lo mejor que se posea: las personas que se quieren no se regalan trozos de hierro; se regalan objetos de algún valor, algo que se estime. Cuando le dé un enamorado a la mujer que quiere, como regalo, un saco de cemento, yo haré lo mismo con Nuestro Señor. Mientras tanto, en la medida de lo posible, le doy… un vaso de plata, para celebrar el Santo Sacrificio. Y es que tenía muy dentro de su alma las palabras que había escrito en Camino y que siempre puso en práctica: Aquella mujer que en casa de Simón el leproso, en Betania, unge con rico perfume la cabeza del Maestro, nos recuerda el deber de ser espléndidos en el culto de Dios. -Todo el lujo, la majestad y la belleza me parecen poco. -Y contra lo que atacan la riqueza de vasos sagrados, ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: opus enim bonum operata est in me -una buena obra ha hecho conmigo.

San Pablo termina la Carta a los Romanos dirigiendo una grandiosa alabanza a Dios omnipotente y sabio por medio de Jesucristo. A Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! (Rm 16, 27). La Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, afirma que el hombre redimido por Jesucristo tiene como fin último de su vida ser alabanza de la gloria de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor. Y es la Virgen María quien más gloria ha dado a Dios con su vida. En el cántico del Magnificat expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est). Imitemos, pues, a la Virgen dando a Dios toda la gloria, a la vez que agradecemos a Santa María su fiat haciendo posible la Encarnación del Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

Homilía del Domingo III de Adviento (Ciclo B)

Me ha enviado para dar la buena noticia (Is 61, 1). Antes de la venida del Mesías, surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan (Jn 1, 6). Éste da testimonio de la luz. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia (Benedicto XVI). El Precursor no era la luz, pero refleja la luz verdadera, que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9). Podemos decir que Juan era la luz de la esperanza. Con su palabra orienta a todos los que le escuchan al Mesías, e invita a todos los hombres a abrazar la fe en Jesús, la Luz verdadera.

La vida del hombre es como un viaje por el mar de este mundo, lleno de dificultades. A veces, el camino que se debe recorrer está oscuro, con densas nieblas, y es necesario buscar la luz, encontrar a Cristo. Para llegar hasta Él, Dios ha querido que haya luces cercanas, personas que dan luz reflejando la Luz verdadera, el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1, 78-79). Estas personas, verdaderas estrellas de nuestra vida, son los santos, que han sabido vivir en conformidad con la buena noticia del Evangelio.

Cada santo participa de la riqueza de Cristo tomada del Padre y comunicada en el tiempo oportuno. Es siempre la misma santidad de Jesús, es siempre Él, el “Santo”, a quien el Espíritu Santo plasma en las “almas santas”, tomando amigos de Jesús y testigos de su santidad. Precisamente este día abrimos nuestro corazón para que también en nuestra vida crezca la amistad con Jesús, de forma que podamos testimoniar su santidad, su bondad y su verdad (Benedicto XVI, Homilía 3.VI.2007).

Los santos supieron acoger la invitación de Jesucristo: “Seréis mis testigos” proclamándolo con su vida y con su muerte. Ellos son luz en nuestro camino para vivir con valentía la fe, para alentar el amor al prójimo y para proseguir con esperanza la construcción de una sociedad basada en la serena convivencia y en la elevación moral y humana de cada ciudadano.

Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (Camino, n. 1). En nuestros días hay gente que nos dice a los cristianos: ¡Queremos ver a Jesús! (Jn 12, 21). Pero la gente quiere ver a Jesús no sólo en las imágenes de nuestras iglesias, en los escritos y en las lecciones de nuestras escuelas, en el arte y en la doctrina católica. Quiere verlo sobre todo dentro de nosotros, en nuestra vida de cristianos, en nuestros hogares, en nuestro lugar de trabajo. Y lo verán en nosotros cuando, acercándonos a Cristo, sepamos reflejar su luz. Convéncete: tu apostolado consiste en difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta… -Nadie da lo que no tiene (Surco, n. 927).

Fortalecidos por la fe en Dios, debemos esforzarnos con empeño por consolidar su reino en la tierra: el reino del bien, de la justicia, de la solidaridad y de la misericordia. Tenemos que testimoniar con valentía el Evangelio ante el mundo de hoy, llevando la esperanza a los pobres, a los que sufren, a los abandonados, a los desesperados, a quienes tiene sed de libertad, de verdad y de paz. Haciendo el bien al prójimo y promoviendo el bien común, testimoniemos que Dios es amor.

Seguir a Jesucristo implica muchas veces ir contra corriente, exigiéndonos un testimonio valiente en una sociedad que a menudo vive de espaldas a Dios. No temamos a los tiempos ni a las circunstancias. Temamos más bien a no ser testigos de Cristo cuando los tiempos y circunstancias lo requieran. En noviembre de 1870, santa Bernadette Soubirous decía que no tenía miedo de las tropas prusianas, sino de los malos católicos, es decir, de los que no son testigos de Cristo.

Un hombre sacó del río una piedra y la rompió. Su interior estaba completamente seco. Esa piedra estaba en el agua, pero el agua no había penetrado en ella. Lo mismo ocurre con muchos hombres y mujeres de Europa. Hace muchos siglos que fluye entorno suyo el cristianismo, pero éste no ha penetrado, no vive dentro de ellos. El fallo no está en el cristianismo, sino en los corazones de esos cristianos.

Cristo nos llama no solamente a caminar con Él en esta peregrinación de vida. Él nos envía en su lugar, para servirle de mensajeros de la verdad, para ser su testimonio en el mundo, concretamente, delante de nuestros semejantes, porque muchos de ellos hoy, en el mundo entero, están en busca del camino, de la verdad y de la vida, pero no saben a dónde ir. “Llegó la hora de emprender una nueva evangelización”, y nosotros no podemos faltar a esa llamada urgente.

Cada cristiano debe ser faro de luz, que ilumine la senda que todo hombre debe recorrer, pues ser cristiano significa dar testimonio de Cristo. Esto es lo que Dios quiere y lo que necesita el mundo de hoy. Es misión nuestra llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. Para iluminar, no basta ser honrados, sino que hay que estar encendidos en el amor a Cristo, un amor que es fuego, que penetra en el corazón de los hombres.

Ser cristiano significa dar testimonio de la verdad cristiana; y hoy, particularmente, es poner en práctica el sentido auténtico que Cristo y la Iglesia dan a la vida. Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

El mundo está sediento de caridad, de conocer el verdadero Amor. Ante tanta violencia -que entraña ofensa a Dios y desprecio de la dignidad de la persona humana, hecha a imagen del Creador-, los cristianos, discípulos del único Maestro que tiene palabras de vida eterna, hemos de sentir la responsabilidad de sembrar a manos llenas la paz y la alegría cristianas en todos los senderos de la tierra.

Un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de la natalidad, los medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Seguir fielmente a Cristo quiere decir poner en práctica el mensaje evangélico, que implica también la castidad, la defensa de la vida, así como la indisolubilidad del vínculo matrimonial, que no es un mero contrato que se pueda romper arbitrariamente.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia (San Juan Pablo II, Alocución 21.IV.1993).

En Cristo descubrimos la grandeza de nuestra propia humanidad; Él nos hace entender nuestra propia dignidad como seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 6). Jesús tiene respuestas a nuestras preguntas y la clave de la historia; tiene el poder de elevar los corazones. Él sigue llamándonos, Él sigue invitándonos, Él, que es el Camino y la Verdad y la Vida (Jn 14, 16). Sí, Cristo nos llama, pero Él nos llama de verdad. Su llamada es exigente, porque nos invita a dejarnos “capturar” completamente por Él, de modo que vivamos toda nuestra vida bajo una nueva luz.

San Pablo en su primera carta a los cristianos de Tesalónica les escribe: No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías (1 Ts 5, 19-20). ¿No hemos sentido frecuentemente la tentación de creer que ha llegado el momento de convertir el cristianismo en algo fácil, de hacerlo confortable, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista con las formas cómodas, elegantes y comunes de los demás y con el modo de vida mundano? ¡Pero no es así!… El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber… Si tratásemos de quitar esto a nuestra vida, nos haríamos ilusiones y ablandaríamos el cristianismo; habríamos transformado el cristianismo en una interpretación muelle y cómoda de la vida.

No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a “los cruces de los caminos” e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado para su pueblo. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia. No fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial (San Juan Pablo II, Homilía 15.VIII.1993).

Es posible que las dificultades nos hagan flaquear a veces; puede ser que un determinado obstáculo se interponga en nuestro camino, en nuestra tarea, pero sabemos que su ayuda no nos puede faltar; si ponemos nuestra confianza en Dios, Él nos llenará de fuerza y nos dará un vigor nuevo.

Estad siempre alegres (1 Ts 5, 16). ¿Y cómo conseguiremos esto que nos pide el apóstol san Pablo? San Lucas hace referencia en su evangelio que Jesús envió a los setenta y dos discípulos de dos en dos, delante de sí, a toda ciudad y lugar adonde Él había de ir. Y al cabo de un tiempo volvieron los setenta y dos discípulos llenos de alegría, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Los discípulos vuelven llenos de entusiasmo por los frutos de su misión apostólica. Han comprobado la eficacia de Dios en sus propias vidas. Es la alegría que todo hombre experimenta al sentirse instrumento de Dios.

Pidamos a la Virgen María que sepamos dar testimonio de la Luz verdadera.

Homilía del Domingo II de Adviento (Ciclo B)

No perdáis de vista una cosa: para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 P 3, 8-9).

Estas palabras son de la segunda carta del apóstol san Pedro. Para Dios no hay tiempo, ni pasado ni futuro. Lo tiene todo presente. Y cumple sus promesas. Por eso hay que confiar siempre en Él. No defrauda. En su momento dará a cada uno su recompensa. El Antiguo Testamento nos habla de la espera de la humanidad en la venida del Mesías. Y cuando llegó la plenitud de los tiempos, el momento señalado por Dios para la redención del género humano, tuvo lugar en Nazaret la encarnación de la Segunda de la Santísima Trinidad.

En el mismo Paraíso Dios anunció la salvación del hombre. En las palabras dirigidas a la serpiente Dios le dice: Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y éste te aplastarás la cabeza (Gn 3, 15). De un modo misterioso Dios anuncia al hombre la victoria sobre el mal y levantamiento de su caída. Este versículo ha sido llamado “Protoevangelio”, por ser el primer anuncio del Mesías redentor, anuncio de un combate entre la serpiente y la Mujer, y de la victoria final de un descendiente de ésta. Había prometido a nuestros primeros padres un Redentor, y cumple la promesa.

En la Sagrada Escritura se ve claramente la paciencia de Dios, especialmente con el Pueblo elegido. ¿En cuántas ocasiones los israelitas rompieron la alianza que Dios había hecho con ellos? Y Dios es fiel a su palabra. No rompe la alianza. El mismo Dios, el único Dios, tiene mucha paciencia con nosotros, como dice el Príncipe de los Apóstoles. Y ¿por qué? Porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.

Esta idea aparece frecuentemente en la Biblia. Esto dice el Señor Dios: Si el impío hiciere penitencia de todos sus pecados que cometió, y guardare todos mis mandamientos, e hiciere juicio y justicia, verdaderamente vivirá, y no morirá. De todas sus maldades que él obró, no me acordaré Yo; en su justicia que obró, vivirá. ¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no que se convierta de sus caminos, y viva (Ez 18, 21-23).

En Dios no hay tiempo, pero el hombre vive sumergido en el tiempo. Un tiempo para merecer, un tiempo que pasa, un tiempo que se acaba. El día del Señor llegará como un ladrón (2 P 3, 10). Hay que vivir prevenidos. Y llenos de esperanza. Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, carísimos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables (2 P 3, 13-14).

En paz con Él significa estar en gracia de Dios, sin pecados graves. Y como no sabemos cuándo nos llamará Dios, lo que hay que hacer es vivir siempre en amistad con Él, con el alma limpia.

Cristo es el Buen Pastor que busca la oveja perdida; es el Hijo enviado por el Padre para anunciar el Reino de Dios, invitando a la conversión. Es el padre del hijo pródigo que espera pacientemente la vuelta a casa de su hijo. Jesús de Nazaret, el hombre de la cruz, es el Hijo de Dios que llama a la conversión, esto es, al cambio radical de la existencia por medio de un comportamiento nuevo que nace de querer compartir todo con Él.

Y la Iglesia, siendo discípula del único Maestro Jesucristo, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres reconciliarse con Dios. En realidad ésta es su misión profética en el mundo de hoy como en el de ayer; es la misma misión de su Maestro y Cabeza, Jesús. Como Él, la Iglesia realizará siempre tal misión con sentimientos de amor misericordioso y llevará a todos la palabra de perdón y la invitación a la esperanza que viene de la cruz (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Poenitentia).

En el año litúrgico hay unos tiempos que se denominan tiempos fuertes. En concreto son dos: el Adviento y la Cuaresma. Especialmente en este último se habla mucho de conversión y penitencia. Pero también en el Adviento se hace una llamada a la conversión. El Adviento: tiempo de espera gozosa de la Navidad, cuando Jesús vendrá con una gracia nueva a nuestras almas; tiempo de purificación interior, para arrancar de nuestros corazones todo lo que -de un modo u otro- pueda dificultar esa llegada del Señor; tiempo, en fin, que nos incita a estar siempre dispuestos, bien dispuestos, para recibir -cuando Dios quiera, como Dios quiera- la llamada definitiva que el Señor nos hará un día (Javier Echevarría, Carta XII.1994).

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados.

La conversión no se realiza nunca de una vez para siempre, sino que es un proceso, un camino interior de toda nuestra vida. Ciertamente, este itinerario de conversión evangélica no puede limitarse a un período particular del año: es un camino de cada día, que debe abrazar toda la existencia, todos los días de nuestra vida. Siempre es tiempo de conversión.

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo se nos cuenta la trayectoria de “dos hijos”, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado mal de su libertad buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Confundió la felicidad con el placer desordenado. Y el mayor, sí permaneció en el hogar paterno, pero sin amor verdadero, mas como siervo distante que como un buen hijo.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión. ¿Qué enseñanza podemos sacar de este hecho, de que Cristo no hable del tercer hijo? Quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos cada día (Javier Echevarría, Artículo 26.VI.1997).

Una vez, durante el ejercicio del Vía Crucis, el que dirigía el rezo, al acabar la primera estación, rezó el padrenuestro y el avemaría, y en vez de rezar el gloria, dijo como está previsto: Señor, pequé. Y uno de los asistentes, que era la primera vez que hacía el Vía Crucis, exclamó: Y yo también.

Si hacemos un buen examen de conciencia veremos cuánta verdad es: y yo también. La Escritura dice que el justo peca siete veces al día. No peca gravemente, porque si no, no sería justo. Pero los pecados veniales también son ofensas a Dios.

Viendo en mí tantas negligencias en el servicio de Dios, lleno de confusión ante Él, sólo sé decir estas dos palabras: ¡Jesús mío, misericordia! (Ángel José Roncalli – san Juan XXIII-, Diario 23.VIII.1898)

Reconocer el propio pecado, es más, -yendo aún más a fondo en la consideración de la propia personalidad- reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios. Es la experiencia ejemplar de David, quien “tras haber cometido el mal a los ojos del Señor”, al ser reprendido por el profeta Natán exclama: “Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti pequé, cometí la maldad que aborreces”. El mismo Jesús pone en la boca y en el corazón del hijo pródigo aquellas significativas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Reconciliatio et Poentientia).

En los ritos iniciales de la Santa Misa está el acto penitencial, por el cual reconocemos nuestros pecados y que estamos necesitados de la misericordia de Dios. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Rezamos esta oración con el pleno convencimiento de que somos pecadores, y con la esperanza de alcanzar misericordia de Dios. Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor. Esta segunda parte es una bonita forma de vivir la Comunión de los Santos.

Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, ya ha satisfecho por su culpa, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados (Is 40, 1-3). La conversión, el arrepentimiento, lleva al sacramento de la Penitencia, a confesar los pecados cometidos.

Os he dicho muchas veces que la mejor de las devociones son los actos de contrición, y que siempre estoy volviendo como el hijo pródigo. No tenemos por qué llevar detrás, arrastrando, una cola de miserias: hay que ponerlas en manos de Dios y decirle como san Pedro después de las negaciones, con humildad verdadera: “Domine, tu omnia nosti: tu scis quia amo te!” (Jn 21, 17); Señor, Tú sabes que te amo a pesar de mis flaquezas (San Josemaría Escrivá).

Pidamos a la Virgen María la gracia de la conversión diaria.

Homilía del Domingo I de Adviento (Ciclo B)

Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él (Is 64, 3). Después del primer pecado, el de Adán y Eva, el mundo fue inundado de pecados. En el Génesis se narran el primer fratricidio (Caín mata a Abel), la bigamia de Lamec, el pecado de Onán, la conducta inmoral de los sodomitas (prácticas homosexuales), y otros más. El profeta Isaías se refiere a la condición pecadora del hombre, a la humanidad que parece perdida y dominada por el poder del mal, pero ruega a Dios que muestre su misericordia, recordándole tú eres nuestro padre. Cuando Satanás creyó que triunfaba sobre el hombre, brilló con todo su esplendor la luz de la esperanza.

En el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, antes al contrario, le anunció de modo misterioso que el mal sería vencido y el hombre levantado de la caída. Dios anuncia la victoria final del hombre en su lucha contra Satanás. Se trata del primer anuncio del Mesías Redentor. El desarrollo histórico de la realización de esta promesa es lo que constituye el mensaje de salvación contenido en los libros de la Sagrada Escritura.

No carecéis de ningún don, vosotros que esperáis la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo (1 Co 1, 7). Comienza el Adviento, tiempo de espera. Su mensaje es de esperanza. El Señor está cerca, repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados. Pero, ¿por qué viene el Señor? Porque Dios ama a su criatura, el hombre; lo ama también después de su caída y no lo abandona a sí mismo. Lleva su amor hasta el extremo: se desprende de su gloria divina y se viste con ropa de esclavo.

Grande fue la ingratitud de los hombres, creados por Dios con especial amor. No sólo no le reconocieron como su Creador y Señor, sino que desde el primer momento pretendieron ponerse en su lugar, rebelándose contra Él. Pero el amor de Dios no se apagó, un amor que se revela como capaz de una paciencia infinita. Y por eso viene el Señor. Viene a causa del pecado; para quitar el pecado. El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

En el Evangelio de san Marcos se recoge este consejo que da Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento (Mc 13, 35). A lo largo de toda la historia de la humanidad, Dios sigue derramando gracias sobre sus criaturas. Él os mantendrá firmes hasta el final (1 Co 1, 8). Le pedimos al Señor la gracia de la perseverancia final, que caminemos siempre en su amor y en su misericordia.

Para ganar una guerra es suficiente de ordinario vencer la última batalla. Pero, en la vida interior, ¡ay del que no procure ganarlas todas! Porque muy bien puede suceder que una de esas batallas perdidas sea la última, y entonces esa alma perdió la guerra. Luego, ¿qué interesa sobre todo?: perseverar hasta el fin, salvarse (San Josemaría Escrivá). En las antiguas Ordenanzas del ejército español estaba este breve artículo: El Oficial que recibiere la orden de mantener su posición, a toda costa lo hará. Tampoco caben vacilaciones en los hombres de Dios.

Sabemos que la naturaleza humana está herida, que existe el fomes peccati, la inclinación al mal. El “combate” contra las fuerzas del mal, es un combate espiritual, que se libra contra el pecado y, en último término, contra Satanás. Es un combate que implica a toda la persona y exige una atenta y constante vigilancia (Benedicto XVI). Estemos, pues, vigilantes, evitando todo pecado y ocasión de pecar. Y, si en alguna vez se cae en la tentación, hay que acudir pronto al sacramento de la Penitencia para confesar el pecado cometido. La perseverancia no consiste en no caer nunca, sino en levantarse siempre.

Si a pesar del esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez, por debilidad no se vive conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no hay que desanimarse! ¡Cristo sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda.

La perseverancia es un don. Por una sola razón Dios quiere que los hombres le sirvan: porque, siendo bueno y misericordioso, desea llenar de bienes a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nadie, pero el hombre tiene necesidad de comunión con Dios. Ésta es la gloria del hombre: perseverar y permanecer en el servicio divino (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, IV, 14). Y Jesucristo dijo: Ninguno que después de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de los cielos (Lc 9, 62). El que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mt 24, 13).

Cuando se ha decidido trabajar en la viña, hay que estar en la viña, quemándose, tostándose al sol, ocupándose en todo, desviviéndose para que la uva surja en racimos jugosos, apretados, llenos. Bien lo expresó santa Teresa de Jesús cuando escribió: Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera. San Josemaría Escrivá al hablar de perseverancia trae la imagen del borrico de noria: ¡Bendita perseverancia, llena de fecundidad, del pobre borrico de noria!: siempre lo mismo, monótna mente, escondido y despreciado, a su paso humilde…, sin querer saber que son sus sudores el aroma de la flor, la hermosura del fruto en sazón, fresca sombra de los árboles en el estío: la lozanía toda del huerto, y todo el encanto del jardín.

Ésta es la historia del borrico de noria. Empieza una jornada de trabajo. La misma noria de todos los días, la misma presión de los arreos, el mismo trayecto circular. El borrico conoce ya hasta los menores declives del terreno que pisa, porque día tras día, desde el alba hasta la noche, sus vueltas a la noria son iguales. La tierra cambia de aspecto, crecen las flores, se renueva el follaje de los árboles. Y el trabajo del borrico es siempre el mismo: ayer, hoy, mañana… Hay para él un tiempo único: el de consumir su esfuerzo junto a la noria. Quizá la hora de la muerte le encuentre así, en medio de una vuelta que será idéntica a todas las demás. Pero el borrico sabe que lo importante no es la novedad o el brillo de su trabajo; lo importante es la canción del agua que riega las plantas, y el huerto que reverdece mientras el borrico, día tras día, año tras año, va dejando su vida en las vueltas de la noria.

San Damián de Veuster fue a Molokai, la isla maldita del archipiélago Hawii, para evangelizar a los leprosos. Al poco tiempo de estar en aquel infierno de la tierra escribe: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun reconociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

Normalmente, empezar no es algo difícil, aunque a veces se requiera el hodie et nunc (hoy y ahora) sin dejarlo para más adelante. Ahora bien, llegar hasta el fin, ya es algo que cuesta. Y esto lo referimos también a la vida de piedad. Comenzar a vivir un plan de vida, con una serie de prácticas piadosas, lo han hecho multitud de personas, pero perseverar día a día, sin descuidar esas prácticas de piedad, quizás no sean muchos lo que lo hagan. Comenzar es de muchos, acabar es de pocos. De esos pocos tenéis que ser vosotros, dijo en más de una ocasión san Josemaría Escrivá. Y san Pablo escribió: Porque el que ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6).

Enemigo de la perseverancia: el desaliento, al ver que llegan momentos de lucha: echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). Y diremos con el Salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1).

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las contrariedades que se presenten en el camino. Tenemos que seguir caminando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos pararse. Si hay que llorar, se llora, pero caminando. No te detengas. Si el aluvión ha anegado tu alma, la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

Al ser elegido papa, Benedicto XVI comentó: Los caminos del Señor no son cómodos, pero no estamos hechos para la comodidad, y por tanto sólo pude decir “sí” a la elección. Pensaba que mis trabajos en esta vida habían finalizado y que me esperarían años de más tranquilidad. Y en nuestra vida cristiana, de seguimiento a Jesucristo, puede haber también borrascas. Por eso, cuando surgen las dificultades es el momento de ejercitar más la fe, la esperanza y la caridad. En esos de momentos de aridez, de sequedad, pidamos como la Samaritana: Señor, dame de esa agua (Jn 4, 15).

La perseverancia es afirmación alegre y deportiva. El que quiere llegar a una meta pone los medios adecuados. Constancia, sinceridad, pedir consejo, mejorar en el espíritu de penitencia, conducirse con la disposición clara, habitual y actual, de aversión al pecado.

Los autores espirituales hablan con frecuencia de la necesidad del esfuerzo para llevar el agua a la cisterna cuando se presenta la sequedad en la vida interior. Recurramos más entonces a los actos de amor, de desagravio, a las comuniones espirituales, a la invocación a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a la Santísima Virgen y a San José, etc. Este esfuerzo y fidelidad no es sólo algo humano, sino actuación del Espíritu Santo en nuestra alma.

Éste es el consejo que daba san Josemaría Escrivá para perseverar: Perseveraréis si sois piadosos, si rezáis jaculatorias, si estáis pendientes del Señor. La vida interior, la piedad es necesaria para la perseverancia: seréis piadosos si tratáis al Corazón de Cristo y al Corazón de nuestra Madre con una oración continua.

En el Bendita sea tu pureza le pedimos a la Virgen: Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Con la ayuda de Santa María la perseverancia es posible.

Primer Domingo de Adviento

Domingo 1º de Adviento. Las cuatro semanas de Adviento pretenden recordar los 4000 años que, según pensaban nuestros mayores, transcurren entre la creación del primer Adán, en el edén del paraíso, y el nacimiento del segundo Adán, Jesucristo, en la cueva de Belén.

Las oraciones y lecturas de hoy insisten casi exclusivamente en el tema de la “Parusía” o segunda venida del Señor. En la 1ª lectura el profeta Isaías (63, 16-17; 64, 2b-7), que es el profeta del Adviento, pide al Señor que perdone sus muchos pecados a los hombres, ya que son hijos suyos y obras de sus manos. En la 2 (1 Corintios 1, 3-9) san Pablo afirma que el cristiano recibe su fe, fortaleza y gracia por medio de Jesucristo, a fin de no ser condenado en el tribunal divino.

En el evangelio (Marcos 13, 33-37) Jesucristo nos invita a vivir en guardia, pues ignoramos cuándo llegará el Señor; podemos morir en cualquier momento. “Mirad que no sabéis cuándo es el momento… No sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa: si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros se lo digo a todos: velad”.

Domingo IV de Adviento. Ciclo A. Homilía

DOMINGO IV DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 7, 10-14; Rm 1, 1-7; Mt 1, 18-24

Dios con nosotros. Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23). El Niño que va a nacer en Belén es el Hijo de Dios y Dios verdadero. Éste es el contenido de la profecía de Isaías y lo que caracteriza la fe cristiana.

Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios que ha venido al mundo, el Dios-con-nosotros, el Emmanuel: quien le conoce, conoce a Dios; quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a Dios; quien se une a Él está unido a Dios. En Jesús, nacido en Belén, Dios se apropia la condición humana y se hace accesible, estableciendo una alianza con el hombre (San Juan Pablo II). Por eso creemos en la identidad del Jesús histórico nacido en Belén y del Cristo de la fe predicado por los Apóstoles.

Concepción virginal de Jesús. San Mateo refiere escuetamente la concepción milagrosa y virginal de Jesús. San Lucas lo hace con más detalles. Narra la escena de la Anunciación, el diálogo de María con el arcángel san Gabriel. Después de la respuesta afirmativa de la Virgen se produjo lo anunciado por el mensajero celestial: concebirás en tu seno (Lc 1, 31).

La Virgen María no comunicó este hecho a José, quizá porque no se sintió autorizada a hablar del prodigio que se había realizado en ella. Y, totalmente confiada, se abandonó en el Señor. Al cabo de un tiempo, José se da cuenta de que su esposa está encinta. Él conoce mejor que nadie la santidad de su esposa. Pero María no le da explicación alguna de lo sucedido. José sufre, queriendo descubrir la voluntad de Dios: de una parte, la Ley le prohíbe asumir sin más a un hijo que no es suyo; de otra, la santidad y amor de su esposa le impide repudiarla públicamente.

San José, en los designios divinos. Enterado de los designios de Dios, José comprende que ha sido elegido por Dios para cuidar con amor de padre al Mesías esperado, para protegerle y colaborar así al cumplimiento de la divina misión que debe realizar sobre la tierra. ¡Qué alegría saberse instrumento en las manos de Dios para la obra de la Redención! ¡Qué paz, serenidad y tranquilidad al confirmarse la inocencia, la santidad de su esposa! Él no dudó nunca de la santidad de María. Se llevó a casa a su mujer (Mt 1, 24). María y José, ilusionados, se dedican a preparar el nacimiento del Señor, porque saben que ya está cercano. No resulta difícil imaginarse a María y a José en aquellos días próximos al nacimiento del Señor leyendo la Sagrada Escritura, especialmente los pasajes que hablan del Mesías prometido. Sería una lectura meditada, de la que sacarían propósitos y que le servirían como preparación para recibir al Niño Jesús.

La Iglesia nos invita a meditar las jornadas previas al nacimiento de Jesús, así como de los hechos acaecidos en la vida de la Virgen y de su esposo, pues ayuda a contemplar al Niño-Dios. Los textos litúrgicos del Adviento nos facilita el prepararnos con alegría al misterio de la venida del Señor, e intensificar nuestra oración, medio para crecer en intimidad con Dios.

Cuarto Domingo de Adviento

Domingo 4º de Adviento. En vísperas de la Navidad la liturgia nos evoca los momentos previos al nacimiento del Mesías como fueron su anunciación y la encarnación en el seno de la Virgen María.

La 1ª lectura (2 Samuel 7, 1-5) refiere como David propone levantar un templo al Señor para guardar las tablas de la Ley. Dios en cambio promete colmarle de favores a él y a su linaje. En la 2ª (Romanos 16, 25-27) san Pablo afirma que Dios ha revelado su plan de salvación mediante la encarnación de su divino Hijo.

El santo evangelio (Lucas 1, 26-38) relata el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de María. ¡Qué ejemplos tan admirables de virtud dio la Santísima Virgen cuando el arcángel san Gabriel le anunció el misterio de la encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal! Grande fue su fe al creer las palabras del ángel, aunque lo que se le anunciaba era cosa nunca oída. Grande su obediencia en rendirse como esclava al querer divino. ¡Qué grande es Dios en sus obras! Pero aún es más grande en las cosas pequeñas. Cuando se empequeñece, se anonada por amor al hombre hasta hacerse niño, siervo en el seno de María.

La Virgen de la O

La semana que precede a la Navidad tiene un sentido propio y distinto del resto del Adviento. Durante ella la Iglesia se prepara con especial intensidad y fervor al Nacimiento de Jesucristo y queda un poco en penumbra la otra vertiente del Adviento, es decir: la espera del último y definitivo retorno del Señor.

Por este motivo, todas las celebraciones de estos días son de feria y éstas se llaman “ferias mayores”. Todas las memorias de los santos son libre. Si se hace conmemoración de ellas en la misa, se procede de este modo: la misa es de feria, pero la colecta puede ser la del santo.

Algunos llaman a esta semana la “Semana de la O”, debido a que las antífonas de las Vísperas del Oficio Divino comienzan con un “Oh”.

El día 18 algunas parroquias celebran una advocación muy tradicional en la Iglesia española y muy en consonancia con este tiempo: la Virgen de la O. esta designación popular apunta a la inminente maternidad de María. Es, pues, la fiesta de la Exoectacion del Parto. Y es la primera fiesta de la Virgen, que se celebró en España, con carácter nacional, ya desde el siglo VII.

Domingo III de Adviento. Ciclo A. Homilía

DOMINGO III DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 35, 1-6.10; St 5, 7-10; Mt 11, 2-11

Una invitación a la alegría. Este Domingo III de Adviento es conocido como Domingo gaudete por las palabras de la Antífona de entrada: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4). Y en la 1ª lectura Isaías nos habla de alegría. Ésta es un bien cristiano, fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena noticia. algo que se recibe con gozo. En un sermón de Navidad, san León Magno decía: Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa.

Allí donde se predica el Evangelio, irrumpe la alegría, como se constata en el libro de los Hechos de los Apóstoles: el etíope que fue evangelizado por Felipe, después de ser bautizado por el apóstol, continuó alegre su camino (Hch 8, 39); Pablo anunció el Evangelio al que había sido su carcelero y a la familia de éste, y aquel hombre se regocijó con toda la familia de haber creído en Dios (Hch 16, 34).

Alegría y paciencia. Alegría también cuando hay dificultades. El apóstol Santiago nos dice: Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra (St 5, 7). Paciencia porque el Señor llegará y dará recompensa por el bien realizado. Es verdad que hay dificultades en la vida del hombre. Pero todo es para bien, también esas dificultades. Dios así lo quiere, o así lo permite. Permite incluso, a veces, errores y miserias personales para sacar bien, para que crezca más amor hacia Él, con una humildad más sincera. Dios es Padre, y muy Padre, y quiere el bien de cada persona. Dios es omnipotente, ama inmensamente a todo hombre, a toda mujer, y es fiel a las promesas. Aquí radica la alegría del creyente.

La alegría sólo es incompatible con el pecado. Debemos buscar la alegría en el espíritu de servicio; en el cumplimiento del querer divino; en la sinceridad; en la humildad; en el sacramento de la Penitencia; en el apostolado; en la filiación divina; en la generosidad; en el olvido de sí mismo; en Cristo.

La figura del Bautista. Cristo, después de responder a los enviados de Juan Bautista, elogia a éste. La figura del Precursor aparece repetidamente en los textos del Adviento. Al comunicarle que Isabel iba a concebir un hijo, el arcángel san Gabriel le dijo a Zacarías que su hijo será grande ante el Señor (Lc 1, 15), y que convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios (Lc 1, 16).

San Juan Bautista cumplió su misión. Jesucristo destacó con claridad su voluntad recia y su empeño en cumplir la misión que Dios le había encomendado. Su vida estuvo al servicio del plan salvífico de Dios, de la redención obrada por Cristo. Él preparó el camino del Señor, predicando la necesidad de hacer penitencia y anunciando que el Mesías ya había llegado. Mostró a sus discípulos al Cordero de Dios. Es el pregonero de la Salvación. Pero simple pregonero, simple voz que anuncia. También a los cristianos se nos pide esta tarea: preparar el camino, anunciar a Cristo. Como Juan Bautista procuraremos hacerlo con humildad, valentía y espíritu de oración.

Tercer Domingo de Adviento

3º Domingo. ¡Estad alegres! La alegría es la nota dominante de este domingo. El tema no es nuevo. Al contrario, ha estado tradicionalmente unido al tercer domingo de Adviento.

Esta alegría está provocada por un doble motivo: la próxima venida del Señor en Navidad (oración colecta y después de la Comunión, lecturas 1ª y 3ª que hablan) y su vuelta al final de los tiempos. De la alegría que comporta la ya cercana Navidad hablan las oraciones colecta y después de la comunión, así como la primera lectura y el evangelio, que nos anuncian que han llegado los tiempos mesiánicos, es decir: la Encarnación del Verbo. Esa presencia de Dios entre nosotros es la verdadera causa de nuestra alegría.

Por eso, el gran enemigo de la alegría cristiana es el pecado en todas sus formas y manifestaciones, pues nos priva de la presencia íntima de Dios. Si nosotros y nuestros hermanos queremos celebrar la Navidad con “alegría desbordante” -como pedimos en la oración colecta- nada mejor que hacer una buena confesión en estos días, y animar a que nuestros amigos y parientes hagan esta experiencia.