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Las dos venidas del Señor

Las dos venidas del Señor

Os anunciamos la venida de Cristo, y no sólo una, sinto también una segunda que será sin duda más gloriosa que la primera. La primera se realizó en el sufrimiento, la segunda traerá consigo la corona del reino.

Porque en nuestro Señor Jesucristo casi todo presenta una doble dimensión: Doble fue su nacimiento: uno de Dios, antes de todos los siglos; otro de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Doble fue venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre la hierba; la segunda en el esplendor de su gloria, que se realizará en el futuro.

En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda aparecerá vestido de luz. En la primera sufrió la cruz, pasando por encima de su ignominia; en la segunda vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles.

Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos ansiosamente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en nombre del Señor, en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con sus ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos adorándolo y diciendo de nuevo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

(San Cirilo de Jerusalén, Catequesis)

 

Prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El Adviento, prólogo de la Navidad

El carácter festivo y de celebración que trae consigo la Navidad irrumpe en los comportamientos personales, familiares y sociales. La Navidad asoma día a día y se desparrama gozosamente en la última semana de diciembre.

Pero la Navidad o es cristiana o se vacía de sentido. Se celebra y se conmemora el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios en nuestra carne y naturaleza. Una presencia entrañable en un recién nacido de María: os nacido el Salvador… como expresión inconfundible del amor de Dios.

Tan apretada historia, tan fuerte realidad no pueden ser entendidas ni vividas de improviso en el repentino amanecer del día 24 de diciembre. Por eso la Iglesia con sabia pedagogía establece programa y calendario que preparan tan fuerte acontecimiento. Es el Adviento, prólogo del libro de la Navidad sin cuya lectura reflexiva resulta imposible su comprensión. Cuatro semanas de catequesis y liturgia, de contemplación y ascesis preparándonos para el nacimiento de Jesús.

La navidad sin el prólogo del Adviento, queda sin contexto y sin contenido profundo. Por el contrario, tras un adviento intenso y consciente, la Navidad es un gozo nuevo y gratificante.

¿Por qué viene el Señor?

¿Por qué viene el Señor?

El Señor está cerca, nos repite la liturgia con acentos cada vez más vibrantes y apasionados.

¿Por qué viene el Señor a nosotros?

Dios viene porque quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Viene porque ha creado el mundo y al hombre por amor.

Viene a causa del pecado.

Viene a pesar del pecado.

Viene para quitar el pecado.

No nos extrañemos, por eso, de que en la noche de Navidad no encuentre sitio en las casas de Belén y tenga que nacer en un establo.

El Adviento de cada año nos recuerda que la gracia es más fuerte que el pecado.

(San Juan Pablo II)

Domingo II de Adviento. Ciclo A. Homilía

DOMINGO II DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 11, 1-10; Rm 15, 4-9; Mt 3, 1-12

La paz, don mesiánico. En la 1ª lectura Isaías, al referirse a la llegada del Mesías –brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz (Is 11, 1)-, describe una nueva época de paz y de justicia, como don mesiánico. Cristo es Príncipe de la paz. El Señor está próximo a llegar e impartirá justicia.

Nada hay deseado más por la humanidad que la paz y, sin embargo, se observa en nuestros días que no hay paz. Hay guerras en varias partes del mundo, familias rotas con total ausencia de paz, personas angustiadas sin paz de conciencia. Y no habrá paz mientras los hombres construyan sus vidas al margen de Dios. La paz con Dios es la causa y la cima de toda concordia. Hay dos tipos de paz: aquella que los hombres son capaces de construir por sí mismos y la que es un don de Dios. La primera es frágil e insegura, porque se funda en el miedo y la desconfianza. La segunda, en cambio, es una paz fuerte y duradera, porque fundándose en la justicia y en el amor, penetra en el corazón (San Juan Pablo II).

La paz es posible. Iluminados por la fe sabemos que la razón definitiva por la que el mundo es teatro de guerras, rivalidades, odios, injusticias y tremendas desigualdades es el pecado, es decir, el desorden moral del hombre. Pero la paz es posible. El cristiano no puede caer en un absurdo pesimismo, pues Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, ha enviado al mundo a su Hijo, y la gracia de Jesucristo puede transformar las tinieblas en luz, el odio en amor, porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20).

La paz sobre la tierra nacida del amor al prójimo es imagen y efecto de la paz de Cristo. Él ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, ha dado muerte al odio en su propia carne y ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres. La paz que sólo Dios nos puede dar, ésa que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos de otros, es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; los pueblos sólo la tendrá cuando los hombres sigan los dictados de la ley de Dios, abriendo las puertas de su corazón a Cristo, Príncipe de la paz.

Necesidad de la conversión. En el evangelio de la Misa vemos a Juan, el Precursor, preparando la venida del Señor. Por eso invita a la conversión y al arrepentimiento con palabras claras: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 2). Para recibir a Cristo es preciso dar el fruto que pide la conversión. Sería hacer inútil la venida de Cristo no dejarle entrar en el corazón, no acoger el don de la conversión, no buscar el perdón de los pecados, no acudir a la reconciliación con Dios.

La inminente venida de Cristo es motivo más que suficiente para que la conversión sea pronta, sincera y cabal. Si queremos una sociedad con más verdad, justicia y misericordia, comencemos por nosotros mismos, siendo verdaderos y justos, misericordiosos y ávidos de paz. En definitiva, dando frutos de conversión.

Segundo domingo de Adviento

2º Domingo. Preparar los caminos del Señor. Ésta es la idea central del Evangelio y de toda la liturgia de este día. La indicación del Bautista no ha dejado de sonar en el mundo y nos llega ahora con su doble significado: preparar la próxima Navidad y la vuelta de Cristo al final de los tiempos. San Pablo (2ª lectura) nos concreta cómo hemos de preparar esa doble venida: ida santa y creciendo en el conocimiento de los designios que Dios tiene sobre nosotros.

Este programa se enfrenta con una con una grave obstáculo: la preocupación excesiva de los bienes de este mundo. Por eso, pedimos a Dios que mientras vamos “animosos al encuentro de su Hijo”, no permita que nos atrapen “los afanes de este mundo” (oración colecta), y nos conceda la “sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del Cielo” (oración después de la comunión).

Hemos de ser optimistas, pues esta ayuda de Dios no nos faltará: al contrario. Él llevará a buen término la obra buena que ha empezado en nosotros (2ª lectura). De este modo, seremos los Bautistas de la nueva evangelización, que hagan resonar en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos el siempre actual “preparad los caminos del Señor”.

Tiempo de Adviento

Adviento

Yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación del mundo (Mt 18, 20). Jesucristo está siempre aquí, presente en medio de nosotros, continuando su vida en la tierra a través de la Iglesia, su Cuerpo Místico. Y la Iglesia, Esposa suya, vuelve sus ojos hacia el Señor, con una mirada que encierra tantas ansias de redención.

Conducidos por la liturgia, vamos a contemplar a lo largo del año la sucesión de los misterios. Dejándonos guiar por ella, se despertará fácilmente nuestra devoción: la esperanza ante la inminente venida de Jesús, la alegría de saber que está entre nosotros, la fe en su divinidad escondida, la admiración ante la Sabiduría que se revela, el dolor en la Pasión y la Muerte, el triunfo de la Resurrección, el poderoso aliento de Pentecostés que nos lanza igual que a los Apóstoles en todas las direcciones.

Pero sobre todo comprenderemos bien cuál es el fondo constante de la historia que volveremos a vivir, qué es lo que se encuentra por todas las partes, en cada uno de sus episodios, qué es lo que la llena por entero: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 2). Este amor de Jesucristo es la clave de todo, y debe serlo también en nuestra vida.

Adviento, camino de pobreza

Un camino en la pobreza

Adviento será siempre un camino en la pobreza. Adviento será siempre encontrar a Dios, y encontrarlo donde Él se suele esconder, es decir, en la vida y el rostro de los pequeños, de los más pequeños y necesitados.

Los ricos tienen que detener el paso y la mirada para contemplar esa inmensidad de hombres tirados en la cuneta de la vida y maltratados de mil formas y maneras en su existencia: ancianos abandonados, niños huérfanos de padres, de cultura o de fe. Mirar a tanto hombre sufriente, tanto en el cuerpo como en el espíritu, mirar al que no tiene trabajo o no tiene esperanza. Mirar a los pobres drogadictos, a las mujeres maltratadas, todas esas personas necesitadas de cualquier don y decidirnos a enriquecerlos, a salvarlos y salvarnos en la propia entrega.

Nuestro adviento, nuestro encuentro con el Dios que salva no será posible si no lo hacemos por los mismos caminos que hizo Jesús. Sólo en el anonadamiento, en la vida sencilla y humilde que es servicio permanente y para todos, y es talante de acogida al pobre y necesitado será posible el adviento, el encuentro de gracia y salvación.

Domingo I de Adviento. Ciclo A. Homilía

DOMINGO I DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 2, 1-5; Rm 13, 11-14; Mt 24, 37-44

El Señor está cerca. Este domingo comienza el Adviento, tiempo de gozosa espera. La Navidad está próxima. En este tiempo con el que comienza el año litúrgico, la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento de Cristo, Redentor del género humano.

La liturgia del Adviento repite con acentos vibrantes y apasionados: El Señor está cerca. Sí, Dios “viene”: viene a estar con nosotros, en todas nuestras situaciones; viene a habitar en medio de nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros; viene a colmar las distancias que nos dividen y nos separan; viene a reconciliarnos con Él y entre nosotros. Viene a la historia de la humanidad, a llamar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para traer a las personas, a las familias y a los pueblos el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz (Benedicto XVI).

Escatología personal. Además del encuentro de la Navidad, hay otros encuentros con Cristo. Adviento equivale a encuentro. Se puede hablar de tres encuentros con el Señor: el primero, encuentro con Cristo al final de los tiempos, en su segunda venida a la tierra; el segundo, encuentro con Él en el momento de la muerte; y el tercero, encuentro al encarnarse y nacer en Belén.

Fijémonos en el segundo encuentro, cuando recibamos la llamada definitiva que el Señor nos hará un día. Será cuando Él quiera, dónde Él quiera y como Él quiera. Por tanto, toda la vida del hombre es como un tiempo de Adviento, de espera y de preparación para ir al encuentro del Señor. ¡Qué pena si Dios nos encuentra dormidos, metidos en la tibieza!

El Señor nos busca en el tiempo presente. En la 1ª lectura, el profeta Isaías habla de la era mesiánica, en la que Dios, por medio de Jesucristo, reunirá a todas las naciones en venturosa paz. En la 2ª lectura, san Pablo exhorta a vivir dignamente en espera del Señor. El evangelio nos previene que, a diferencia de lo que hicieron los coetáneos de Noé, vivamos alerta, pues el Señor puede llegar de improviso en cualquier momento. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor (Mt 24, 42). El evangelio de este primer domingo de Adviento es una recomendación para que nuestro espíritu esté vigilante. Una invitación para luchar contra la soberbia, la sensualidad, el egoísmo, la pereza… El color morado de los ornamentos sagrados del Adviento habla de mortificación, que sirve para purificarnos. Por eso, debemos prepararnos bien con espíritu de penitencia, acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

Durante el Adviento del año 1980 san Juan Pablo II estuvo con más de dos mil niños en una parroquia romana. Y comenzó la catequesis: –¿Cómo os preparáis para la Navidad?Con oración -responden los niños gritando. –Bien, con la oración -les dice el Papa-, pero también con la Confesión. Tenéis que confesaros para acudir después a la Comunión. ¿Lo haréis? Y los millares de chicos, más fuerte todavía, respondieron: –¡Lo haremos! -Sí, debéis hacerlo -les dice san Juan Pablo II-. Y en voz más baja: –El Papa también se confesará para recibir dignamente al Niño-Dios.

Primer Domingo de Adviento

Domingo 1º de Adviento. En la 1ª lectura (Isaías 2, 1-5), el profeta del Adviento, nos habla de la era mesiánica, en la que el Señor, por medio de Jesucristo, reunirá a todas las naciones en venturosa paz (Romanos 13, 11-14) san Pablo nos exhorta a vivir dignamente en espera de la venida del Señor. El evangelio (Mateo 24, 37-44) nos previene que a diferencia de lo que hicieron los coetáneos de Noé, vivamos alerta, pues el Señor puede llegar de improviso en cualquier momento. “Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.

En el evangelio de este primer domingo de Adviento se nos recomienda el espíritu de vigilancia. Alguien va a llegar, pero no sabemos cuándo, por eso debemos estar siempre atentos. Los textos litúrgicos pretenden acentuar en nosotros ese sentimiento de ardorosa espera: quieren despertar en nuestros corazones el hambre de Cristo-Niño. Y para eso pone ante nuestra vista los textos más excitantes del Antiguo Testamento en que palpita el ansia con que esperaban los judíos a su Salvador.

Homilía del Domingo IV de Adviento (Ciclo A)

DOMINGO IV DE ADVIENTO (A)

Lecturas: Is 7, 10-14; Rm 1, 1-7; Mt 1, 18-24

Dios con nosotros. Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. El Niño que va a nacer en Belén es el Hijo de Dios y Dios verdadero. Éste es el contenido de la profecía de Isaías y lo que caracteriza la fe cristiana.

Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios que ha venido al mundo, el Dios-con-nosotros, el Emmanuel: quien le conoce, conoce a Dios; quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a Dios; quien se une a Él está unido a Dios. En Jesús, nacido en Belén, Dios se apropia la condición humana y se hace accesible, estableciendo una alianza con el hombre (Juan Pablo II). Por eso creemos en la identidad del Jesús histórico nacido en Belén y del Cristo de la fe predicado por los Apóstoles.

Concepción virginal de Jesús. San Mateo refiere escuetamente la concepción milagrosa y virginal de Jesús. San Lucas lo hace con más detalles. Narra la escena de la Anunciación, el diálogo de María con el arcángel san Gabriel. Después de la respuesta afirmativa de la Virgen se produjo lo anunciado por el mensajero celestial: concebirás en tu seno.

La Virgen María no comunicó este hecho a José, quizá porque no se sintió autorizada para hablar del prodigio que se había realizado en ella. Y, totalmente confiada, se abandonó en el Señor. Al cabo de un tiempo, José se da cuenta de que su esposa está encinta. Él conoce mejor que nadie la santidad de su esposa. Pero María no le da explicación alguna de lo sucedido. José sufre, queriendo descubrir la voluntad de Dios. De una parte, la Ley le prohíbe asumir sin más a un hijo que no es suyo; de otra, la santidad y amor de su esposa le impide repudiarla públicamente.

San José, en los designios divinos. Enterado de los designios de Dios, José comprende que ha sido elegido por Dios para cuidar con amor de padre al Mesías esperado, para protegerle y colaborar así al cumplimiento de la divina misión que debe realizar sobre la tierra. ¡Qué alegría saberse instrumento en las manos de Dios para la obra de la Redención! ¡Qué paz, serenidad y tranquilidad al confirmarse la inocencia, la santidad de su esposa! Él no dudó nunca de la santidad de María. Se llevó a casa a su mujer. María y José, ilusionados, se dedican a preparar el nacimiento del Señor, porque saben que ya está cercano. No resulta difícil imaginarse a María y a José en aquellos días próximos al nacimiento del Señor leyendo la Sagrada Escritura, especialmente los pasajes que hablan del Mesías prometido. Sería una lectura meditada, de la que sacarían propósitos y que le servirían como preparación para recibir al Niño Jesús.

La Iglesia nos invita a meditar las jornadas previas al nacimiento de Jesús, así como de los hechos acaecidos en la vida de la Virgen y de su esposo, pues ayuda a contemplar al Niño-Dios. Los textos litúrgicos del Adviento nos facilita el prepararnos con alegría al misterio de la venida del Señor, e intensificar nuestra oración, medio para crecer en intimidad con Dios.