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Modelo para un cuadro

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a ella cada día: los hijos deben parecerse a su Madre.

En cierta ocasión, un pintor famoso iba a dibujar una Inmaculada. Buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, se fijó en una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar en su taller para servir de modelo de una imagen de la Virgen. La joven se quedó sorprendida; pero, después de serenarse, dijo al artista: Hoy no puede ser; iré mañana.

Al día siguiente, después de los saludos previos, dijo la joven al pintor: Ayer no me atreví a servir de modelo para una imagen de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente.

Contrición

¡Qué fuerza tiene la contrición a los ojos de Dios! Alfonso el Sabio, en una de sus cántigas, habla de un pecador -como nosotros, que también somos pecadores-que recibió por penitencia llenar un vaso de agua. Aquel pobrecito fue corriendo a un río, y el vaso no se llenaba; y a una fuente, y el vaso no se llenaba. ¡Y a otra fuente, y a otro río, y a un lago, y al mar! Y el vaso no se llenaba… Ninguna cosa de la tierra, nada podía colmar aquel pequeño recipiente. Pensó entonces en su vida mala y en el Señor, en su miseria y en su Dios; y unas lágrimas corrieron por sus mejillas y cayeron en el vaso, que se llenó hasta rebosar. ¡Había cumplido la penitencia! (San Josemaría Escrivá).

La confesión

Para tomar la decisión de vivir como cristiano, es una equivocación esperar, dejándola siempre para más adelante. Quien se mete en el camino del después desemboca en el sendero del nunca. Conozco a alguno que parece haber convertido la vida en una perpetua “sala de espera”. Llegan y parten los trenes y él dice: “¡Saldré otro día! ¡Me confesaré al final de mi vida!”. Del “valiente Anselmo” decía Visconti-Venosta: Pasa un día, pasa otro / nunca vuelve el valiente Anselmo. Aquí tenemos todo lo contrario: Un Anselmo que no parte nunca. Supongamos que hay una guerra. El enemigo avanza destruyendo todo y asesinando en masa. Todos escapan: los aviones, los coches, los trenes son tomados al asalto.

¡Ven -le grito yo a Anselmo-, todavía queda un puesto en el tren , sube rápido!

Y él: –Pero ¿es cierto que el enemigo me hará papilla si me quedo aquí?

-¡Cierto no, podría perdonarte, podría suceder también que antes de su llegada pasase otro tren. Pero son posibilidades lejanas y se trata de la vida. Esperar todavía más es una imprudencia temeraria!

-¿No podré convertirme también más tarde?

-¡Ciertamente, pero será quizá más difícil que ahora. Los pecados repetidos se convierten en hábitos y en cadenas, que son más difíciles de romper. Ahora, corre, por favor!

(Cardenal Albino Luciani)

Confesión sacramental

Se presentó cierto día a los pies de san Felipe de Neri un pobre joven extraviado hacía tiempo en una vida disoluta, y pidió confesarse. El santo lo acogió con su acostumbrada caridad, y oída la acusación de sus miserias le absolvió, poniéndole como penitencia que apenas hubiera recaído en sus torpezas volviese a confesarse. El joven prometió sinceramente hacerlo; y habiendo caído presto, cumplió su promesa, presentándose enseguida al santo. Éste le absolvió de nuevo, imponiéndole la misma penitencia y exhortándole a cumplirla fielmente. Fue el joven tan dócil, que habiendo recaído de nuevo, tornó otra vez a confesarse. Así siguió por algún tiempo; las recaídas, sin embargo, eran raras… hasta que por fin consiguió corregirse del todo y llegó a ser muy ejemplar y virtuoso.

(*****)

Del diario de un joven: Estoy triste; solo, sin Dios en mi alma. Necesito confesarme, pero no me atrevo. Me da vergüenza. Intento luchar, pero no puedo. Siento un peso enorme. Quizás vaya mañana. Sí, de mañana no pasa. Aun así no me quedo tranquilo. Sé que debo hacerlo ahora. ¿Seré capaz? ¿Podré vencer? Señor, te necesito; quiero conseguirlo pero me cuesta; dame fortaleza. Parece que poco me voy decidiendo. Alguien me anima por dentro: “¡Vence!” “¡Tú puedes!” Voy a dejarlo todo. Iré a confesarme. Son las nueve de la noche. Por fin me he confesado. Tengo una alegría enorme. Pienso que hoy debo aprender una lección importante: jamás caeré en la trampa de mi cobardía o de mi vergüenza. Confesaré semanalmente.