Archivo de la etiqueta: Antiguo Testamento

El arrepentimiento de David

El arrepentimiento de David

David en una ocasión sucumbió ante la tentación y cometió dos pecados gravísimos: adulterio y asesinato. Sin embargo, ante el arrepentimiento del rey David prevalece la misericordia de Dios, que perdona a David.

David lloró de verdad su pecado. Su arrepentimiento es ejemplar, humillándose ante el Señor y pidiéndole perdón. A pesar de sus debilidades y pecados, confió en la misericordia de Dios. Se puede decir que David es modelo de penitencia porque reconoció su pecado y así obtuvo el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el salmo miserere, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica de David pecador ante el Señor. Tan sincero fue el arrepentimiento David que durante el resto de su vida se distinguió por su penitencia y piedad.

El rey David tras haber cometido crímenes contra su prójimo, los confiesa como pecados ante Dios con arrepentimiento sincero. Desde el fondo de su corazón desea cambiar radicalmente de vida, e implora a Dios que no le niegue su amistad. Promete mostrar su agradecimiento sirviendo al Señor continuamente y enseñando a otros los caminos divinos, para que ellos también cumplan en todo la voluntad de Dios.

Ten piedad de mí, oh Dios, // según tu misericordia: // Y según la muchedumbre de tus piedades, // borra mi iniquidad. // Lávame todavía más de mi iniquidad // y límpiame de mi pecado. // Porque yo reconozco mi maldad, // y delante de mí tengo siempre mi pecado. // Contra Ti solo he pecado; // y he cometido la maldad delante de tus ojos // a fin de que perdonándome, aparezca justo en cuanto hables, // y quedes victorioso en los juicios que de Ti se forme. // Mira, pues, que fui concebido en iniquidad, // y que mi madre me concibió en pecado. // Y mira que Tú amas la verdad: // Tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría. // Me rociarás, Señor, con el hisopo, y seré purificado: // me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve. // Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; // con lo que se recrearán mis huesos quebrantados. // Aparta tu rostro de mis pecados, // y borra todas mis iniquidades. // Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, // y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud. // No me arrojes de tu presencia, // y no retires de mí tu santo Espíritu. // Restitúyeme la alegría de tu Salvador; // y fortaléceme con un espíritu generoso. // Yo enseñaré tus caminos a los malos, // y se convertirán a Ti los impíos. // Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, // y ensalzará mi lengua tu justicia. // Oh Señor, Tú abrirás mis labios; // y publicará mi boca tus alabanzas. // Que si Tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera; // mas Tú no te complaces sólo con holocaustos. // El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios: // no despreciarás, oh Dios mío, el corazón contrito y humillado (Sal 50, 3-19).

Helí y sus hijos

Helí y sus hijos

Helí era juez y sumo sacerdote de Israel. Un hombre justo y temeroso de Dios; y tenía dos hijos, Ofní y Finés, que eran sacerdotes del Señor en el santuario de Siló. Los hijos de Helí eran hombres depravados que no reconocían al Señor ni las obligaciones del sacerdote ante el pueblo (1 S 2, 12). La conducta llena de codicia y totalmente relajada de Ofní y Finés escandalizaba al pueblo y lo alejaba del Tabernáculo. Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, y -aunque era temeroso de Dios- fue negligente para corregir a sus hijos, y se encontró sin fuerzas para controlarlos. Al enterarse del comportamiento de Ofní y Finés, les dijo: ¿Por qué os comportáis así? Yo mismo he oído contar al pueblo esas maldades. No, hijos míos, no son buenos los rumores que oigo por todo el pueblo del Señor. Si un hombre peca contra otro, Dios podrá ser árbitro; pero si peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él? (1 S 2, 23-25). Pero los hijos no le hicieron caso. La negligencia de Helí en corregirlos desagradó al Señor.

El Señor advirtió a Helí por medio de Samuel que su familia estaba ya reprobada y que en breve sus hijos recibirían el castigo que sus culpas merecían. El Señor dijo a Samuel: Voy a hacer en Israel algo que a quienes lo oigan les zumbarán los oídos. Aquel día cumpliré en Helí todo lo que había prometido contra su casa, desde el principio hasta el fin. Le hago saber que voy a condenar a su casa para siempre porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no les reprendió. Por eso, juro a la casa de Helí que no se expiará jamás su culpa ni con sacrificio ni con ofrendas (1 S 3, 11-14). Después de oír estas palabras del Señor, Samuel le contó todo a Helí sin ocultarle nada. Entonces Helí dijo: Es el Señor. Que haga lo que considere mejor (1 S 3, 18).

Muy pronto se cumplió la amenaza divina. Habiendo atacado los filisteos a los israelitas, estos fueron derrotados. Entonces los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha afligido hoy el Señor con la derrota ante los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor y llevémosla con nosotros para que nos salve de nuestros enemigos (1 s 4, 3). Ofní y Finés llevaron el Arca de la Alianza al campamento israelita. En una nueva batalla, los filisteos derrotaron otra vez a los israelitas, y el Arca de la Alianza cayó en su poder. En la batalla murieron los hijos de Helí, Ofní y Finés.

Un mensajero fue a llevar la noticia de la derrota a Helí. “Los israelitas han huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota para el pueblo. Además, han muerto tus hijos, Ofní y Finés, y el Arca de Dios ha sido capturada”. Al mencionar el Arca de Dios, Helí cayó de su estrado hacia atrás, hacia la puerta, se desnucó y murió porque era muy viejo y estaba débil. Había sido juez de Israel durante cuarenta años (1 S 4, 17-18).

La promesa de Jefté

La promesa de Jefté

Una vez más, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y cayeron en la idolatría, pues dieron culto a dioses falsos, abandonando el culto al Dios verdadero. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas (Jc 10, 7). Esta situación de opresión duraba ya dieciocho años, cuando los israelitas clamaron al Señor diciendo: Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales (Jc 10, 10). Y arrepentidos, retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.

Mientras tanto, los amonitas se prepararon para hacer la guerra a Israel. Es entonces cuando los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté para decirle: Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas (Jc 11, 6). Aceptó Jefté, y se puso al frente del ejército de Israel.

Al salir hacia el campo de batalla, Jefté hizo un voto al Señor diciendo: Si pones en mis manos a los amonitas, quien salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto (Jc 11, 30-31).

Jefté consiguió vencer a los amonitas, y la noticia de la victoria se difundió rápidamente por las distintas poblaciones. Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás” (Jc 11, 34-35). Al saber la joven el voto que había hecho su padre, le exhortó a que lo cumpliese con estas palabras: Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas (Jc 11, 36). Y añadió: Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad junto con mis compañeras (Jc 11, 37). Jefté se lo concedió. Al cabo de dos meses la joven volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho.

Jeftté imprudentemente hizo un voto temerario, y de forma precipitada. Es verdad que el voto obliga a cumplirlo, pero siempre que se trate de una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor. En el caso de Jefté la promesa consistía en algo malo, como era sacrificar a un ser humano inocente. De ahí que su acción es reprobable.

Moisés es salvado de las aguas

Moisés es salvado de las aguas

Los hijos de Israel fueron muy prolíficos y crecieron, se multiplicaron y se hicieron muy fuertes, hasta ir llenado el país entero (Ex 1, 7). Este aumento alarmó a los egipcios de tal manera que un faraón que no había conocido a José comenzó a dictar disposiciones contra los hebreos. Al principio sólo procuró debilitarlos imponiéndoles los más duros trabajos; pero como este medio no le daba el resultado apetecido hizo llamar a las comadronas hebreas y les dio estas órdenes: “Cuando asistáis a las hebreas y llegue el momento del parto, si es niño, hacedlo morir; si es niña, dejadla con vida” (Ex 1, 16). Pero las comadronas temían a Dios y no hicieron lo que el faraón les había ordenado. Entonces el rey de Egipto dio a todo su pueblo esta orden: “A todo niño que les nazca a los hebreos lo arrojaréis al Nilo; en cambio, a las niñas las dejaréis con vida” (Ex 1, 22).

Por aquel tiempo un hombre llamado Amram, de la tribu de Leví, tomó por esposa a Jocabel, también de la misma tribu. Ella concibió y dio a luz un niño y, viendo que era hermoso, lo tuvo escondido durante tres meses. Al no poderlo ocultar por más tiempo, tomó una cesta de papiro, la calafateó con betún y pez, colocó en ella al niño y la puso entre los juncos, a la orilla del Nilo. La hermana del niño se situó a lo lejos, para ver que ocurría. La hija del faraón bajó a bañarse mientras sus doncellas paseaban por la orilla del río. Cuando descubrió la cesta en medio de los juncos, envió a su sierva para que lo recogiera. Al abrirla vio al niño que lloraba, se compadeció de él y dijo: “Es un niño de los hebreos”. Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: “¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza que te amamante al niño?” “Ve”, le contestó la hija del faraón. Fue, pues, la joven y llamó a la madre del niño. Y la hija del faraón le dijo: “Llévate este niño y amamántamelo, que yo te daré tu salario”. Tomó la mujer al niño y lo amamantó. Cuando el niño creció, su madre lo llevó a la hija del faraón, que lo trató como a un hijo y le impuso el nombre de Moisés, diciendo: “De las aguas lo he sacado” (Ex 2, 2-10). Moisés fue educado en la corte del faraón, aunque no se olvidó de que era hebreo ni de sus hermanos de raza.

Acusación calumniosa contra José

Acusación calumniosa contra José

Los mercaderes que compraron a José a los hermanos de éste, cuando llegaron a Egipto, vendieron de nuevo a José. Esta vez a Putifar, cortesano del faraón y jefe de la guardia. Al poco tiempo, José obtuvo el favor y la confianza de su amo, pues todo cuanto emprendía prosperaba. Putifar nombró a José administrador de su casa confiándole todo lo que tenía.

Como José era un joven bien parecido y de bella presencia, la mujer de Putifar puso los ojos en él. Un día la mujer dijo a José: “Acuéstate conmigo”. Pero él rehusó, y dijo a la mujer: “Mira, mi amo no se preocupa de lo que hay en la casa y todo lo suyo lo ha puesto en mi mano. Él no ejerce más autoridad en esta casa que yo, y no se ha reservado nada sino a ti, porque eres su mujer. ¿Cómo voy a cometer yo semejante injusticia y a pecar contra Dios?” Y, aunque ella insistía un día y otro, José no accedió a acostarse ni a estar con ella. Pero cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo, y no había ningún criado allí en la casa. Ella lo agarró de la ropa y le dijo: “Acuéstate conmigo”. Pero él dejando el vestido, huyó y salió afuera (Gn 39, 7-12). Entonces la mujer llamó a los criados para decirles que José, el hebreo, había querido acostarse con ella, y como prueba patente era la ropa que tenía en sus manos. Cuando Putifar llegó a la casa, su mujer le dijo: “El siervo hebreo que nos trajiste ha entrado donde yo estaba para abusar de mí, y cuando levanté la voz y grité, abandonó su ropa junto a mí, huyó fuera” (Gn 39, 17-18). Putifar creyó en las palabras calumniosas de su mujer, y apresó a José y lo metió en la cárcel.

José es ejemplo de hombre que vive la castidad. San Cesáreo de Arlés comenta este pasaje bíblico, diciendo: José huye para poder escapar de aquella mujer indecente. Aprende, por tanto, a huir si quieres obtener la victoria contra el ataque de la lujuria. No te avergüences de huir si deseas alcanzar la palma de la castidad. Entre todos los combates del cristiano, los más difíciles son los de la castidad, en la que la lucha es diaria y la victoria difícil. En esto no pueden faltar al cristiano actos diarios de martirio. Pues si Cristo es la castidad, la verdad y la justicia, quien obstaculiza estas virtudes es un perseguidor de Cristo; quien las intenta defender en otros o guardarlas en sí mismo, será un mártir (Sermones 41, 1-3). También San Josemaría Escrivá aconseja la huída ante el peligro de caer en la impureza: No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye! (Camino, n. 132).

El castigo de Sodoma

El castigo de Sodoma

Sodoma era una ciudad rica y populosa, pero que había excitado el enojo de Dios porque sus habitantes eran perversos y pecadores empedernidos contra el Señor (Gn 13, 13). Y como la perversión reinante era muy grande, Dios decidió exterminar Sodoma. Pero antes quiso comunicárselo a Abrahán. La reacción de éste fue la de interceder ante Dios para que no llevara a cabo la destrucción de Sodoma. Abrahán se acercó a Dios y le dijo: “¿Vas a destruir al justo con el malvado? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad; ¿la vas a destruir?, ¿no la perdonarás en atención a los cincuenta justos que haya dentro de ella? Lejos de ti hacer tal cosa; matar al justo con el malvado, y equiparar al justo y al malvado; lejos de ti. ¿Es que el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?”

El Señor respondió: “Si encuentro en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, la perdonaré en atención a ellos”.

Abrahán contestó diciendo: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza; quizá falten cinco para los cincuenta justos. ¿Acaso destruirás por cinco la ciudad?”

Dios respondió: “No la destruiré si encuentro allí cuarenta y cinco”.

Todavía volvió a hablarle Abrahán diciendo: “Quizá se encuentren allí cuarenta”.

Dijo Dios: “No lo haré en atención a los cuarenta”.

Continuó Abrahán: “No se enfade mi Señor si sigo hablando; quizá se encuentren allí treinta”.

Dijo Dios: “No lo haré si encuentro allí treinta”.

Insistió Abrahán: “Soy en verdad un atrevido al hablar a mi Señor; quizá se encuentren sólo veinte”.

Contestó Dios: “No la destruiré en atención a los veinte”.

Abrahán siguió: No se enfade mi Señor si hablo una vez más; quizá se encuentren allí diez”.

Dios contestó: “No la destruiré en atención a los diez”.

Desgraciadamente, no había en Sodoma ni siquiera diez justos. Todos los sodomitas tenían relaciones homosexuales. Únicamente Lot había conservado el temor de Dios en medio de ese corrompido pueblo, y sólo él y su familia se libraron del castigo. Tan pronto Lot, su mujer y sus dos hijas hubieron salido de la ciudad, hizo Dios caer sobre Sodoma una lluvia de fuego y azufre, que la consumió con todos sus habitantes. Gomorra y otras ciudades inmediatas, que también se habían degradado moralmente como los sodomitas, tuvieron el mismo fin que Sodoma.

A raíz de este pasaje bíblico, las relaciones homosexuales reciben también el nombre de sodomía. En el relato bíblico de la destrucción de Sodoma se pone de relieve la gravedad de tal pecado; y en otros lugares de la Sagrada Escritura, los pecados de sodomía son presentados como depravaciones graves.

Melquisedec

Melquisedec

Abrahán y su sobrino Lot se tuvieron que separar porque la región donde se habían instalado no les permitía habitar juntos, porque tenían mucha hacienda y no había lugar para ambos. Por eso surgieron disputas entre los pastores del ganado de Abrán y los pastores del ganado de Lot (Gn 13, 6-7). Abrahán bajó al valle de Mambré, hasta las puertas de la ciudad de Hebrón, y Lot fue a instalarse en las ciudades de la vega del Jordán, ocupando las tierras hasta Sodoma.

Vivía Lot tranquilo y feliz cuando unos reyes de pueblos vecinos invadieron de pronto el territorio donde Lot se había asentado, saqueando todo lo que encontraban a su paso, e hicieron prisionero al sobrino de Abrahán. Cuando éste se enteró de lo sucedido, reunió a su gente, a los nacidos en su casa, en total, trescientos dieciocho, y salió en persecución (de aquellos reyes) hasta Dan. Cayó con su gente sobre ellos por la noche y los derrotó. Luego los persiguió hasta Jobá, que está al norte de Damasco, y recuperó todas las riquezas; también rescató a su sobrino Lot con sus riquezas, a las mujeres y a la gente (Gn 14, 14-16).

Cuando Abrahán volvió victorioso, le salió al encuentro Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, que ofreció un sacrificio de pan y vino en acción de gracias, y bendijo a Abrahán: Bendito sea Abrán por parte del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra; y bendito sea el Dios Altísimo que puso a tus enemigos en tus manos (Gn 14, 19-20). Abrahán le dio el diezmo del botín que había tomado de sus enemigos. El sacrificio ofrecido por Melquisedec es figura de la Eucaristía.

A Melquisedec se le atribuye un carácter sacerdotal anterior y más excelso que el de la familia de Aarón. Esta superioridad respecto al sacerdocio levítico está atestiguada en la Epístola a los hebreos. En el Nuevo Testamento, la misteriosa figura sacerdotal de Melquisedec es presentada como tipo del sacerdocio de Cristo, ya que éste, sin pertenecer a la familia de Aarón, es realmente sacerdote eterno: En efecto, Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abrahán que volvía de la victoria sobre los reyes y le bendijo; y Abrahán le dio el diezmo de todo. Su nombre significa, en primer lugar, rey de justicia y además, rey de Salem, es decir, rey de paz: Al no tener ni padre, ni madre, ni genealogía, ni comienzo de días ni fin de vida, es asemejado al Hijo de Dios y permanece sacerdote para siempre (Hb 7, 1-3).

Samuel

Samuel

La vida de Samuel, narrada en la Sagrada Escritura comienza con la petición de Ana al Señor para que conceda un hijo. Dios escuchó la oración de Ana, que concibió un hijo al que puso de nombre Samuel. El nacimiento de Samuel había sido para sus padres una gracia especial del cielo y recompensa de su piedad.

Siendo aún niño, Samuel fue llevado por sus padres a Siló, donde se hallaba el Tabernáculo, y lo entregaron al sumo sacerdote Helí, para que fuese consagrado al servicio de Dios durante su vida.

Una noche, estando acostado Samuel en el Santuario del Señor donde estaba el Arca de Dios, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “Aquí estoy” Y corrió hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí le respondió: “No te he llamado. Vuélvete a acostarte”. Y fue a acostarse. El Señor le llamó de nuevo: “¡Samuel!” Se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Pero Helí contestó: “No te he llamado, hijo mío. Vuélvete a acostarte”. Samuel todavía no reconocía al Señor, pues aún no se le había revelado la palabra del Señor. Volvió a llamar el Señor por tercera vez a Samuel. Él se levantó, fue hasta Helí y le dijo: “Aquí estoy porque me has llamado”. Comprendió entonces Helí que era el Señor quien llamaba al joven, y le dijo: “Vuelve a acostarte y si te llaman dirás: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’” Samuel se fue y se acostó en su aposento. Vino el Señor, se presentó y le llamó como otras veces: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 4-10).

“Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Esta oración fue el inicio de la misión de Samuel como profeta llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues siempre su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Con Samuel se inicia una nueva etapa del pueblo israelita en la que Dios dará a conocer su palabra a través de los profetas que, como hombres de Dios, interpelarán al pueblo, a los sacerdotes y hasta al mismo rey.

Cuando murió Helí, los israelitas, sabiendo que Dios estaba con Samuel, eligieron a éste como juez. Samuel tuvo la dicha de recobrar el Arca de la Alianza, que se habían llevado los filisteos, quienes no tuvieron ningún reparo en devolverla a los israelitas, pues durante todo el tiempo que la tuvieron en su poder no cesaba de atraerles todo género de desgracias. Además, hay que destacar la victoria sobre los filisteos. Estos quedaron humillados y no volvieron a acercarse a las fronteras de Israel, pues la mano del Señor siguió pesando sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel (1 S 7, 13). También bajo el gobierno de Samuel se rehizo Israel de los desastres que había sufrido y disfrutó de larga paz.

Cuando Samuel se fue haciendo viejo, designó a sus hijos como jueces sobre Israel; el nombre del mayor era Joel, y el del segundo, Abías. Eran jueces en Berseba. Pero sus hijos no se comportaron como él, sino que se inclinaron al propio provecho, aceptando el soborno y pervirtiendo la justicia (1 S 8, 1-3). Al ver el comportamiento de los hijos de Samuel, el pueblo pidió a Samuel un rey. Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y se acercaron a Samuel en Ramá, diciéndole: “Tú te vas haciendo viejo y tus hijos no se comportan como tú. Nómbranos un rey que nos gobierne como hacen las demás naciones” (1 S 8, 4-5).

A Samuel le disgustó que le dijeran: Nómbranos un rey que nos gobierne, e invocó al Señor. El Señor le dijo: Escucha la voz del pueblo en todo lo que te propone. No es a ti a quien rechazan, sino a mí; no quieren que sea su rey. Han obrado así desde que salieron de Egipto hasta el día de hoy: me han abandonado y han servido a dioses extranjeros, y así se portan ahora contigo. Sin embargo, escucha su voz, pero adviérteles bien y explícales los derechos del rey que reine sobre ellos (1 S 8, 7-9). Después de haber escuchado estas palabras de Dios, Samuel ungió a Saúl como rey. Era aproximadamente el año 1040 antes de Cristo. Saúl fue el primer rey de Israel.

Caín y Abel

Caín y Abel

Después de la expulsión de nuestros primeros padres de Paraíso nacieron los primeros hijos de Adán y Eva, Caín y Abel. Adán conoció a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín. Y dijo: “He adquirido un varón gracias al Señor”. Después dio a luz a su hermano Abel. Abel fue pastor de ganado menor, y Caín, labrador (Gn 4, 1-2).

La Biblia enseña en el capítulo cuarto del Génesis cómo se transmitió la vida humana a partir de los primeros padres, y cómo, al mismo tiempo, la vida del hombre sobre la tierra sigue marcada por el mal y el pecado. El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.259). Esto se ve claramente en el relato de muerte de Abel a manos de su hermano Caín. El episodio del fratricidio, recogido por antiguas tradiciones, muestra cómo ya desde el comienzo de la humanidad el mal fue avanzando con la violencia y la injusticia.

Los dos hermanos ofrecían sacrificios a Dios. El Señor veía con agrado el sacrificio de Abel, porque éste le ofrecía lo mejor de su ganado. Sin embargo, Dios apartaba su mirada de las ofrendas de Caín, ya que su corazón era malo, y no ofrecía lo mejores frutos de la tierra. Por esto Caín se irritó en gran manera y andaba cabizbajo. Entonces dijo el Señor a Caín: “Por qué estás irritado? ¿Por qué andas cabizbajo? ¿No llevarías el rostro alto si obraras bien? Pero si no obras bien, el pecado acecha a la puerta; no obstante, tú podrás dominarlo (Gn 4, 5-7).

A tal extremo llegó la irritación de Caín por esa postergación que, llevando a su hermano a un sitio extraño, se alzó contra Abel, y lo mató. Cometido el fratricidio, quiso huir y ahogar los remordimientos de su conciencia.

Caín es el prototipo del hombre perverso y homicida; Abel, el del hombre justo que sufre sin culpa la muerte violenta. De ahí que a Abel se le haya considerado como figura de Jesucristo, cuya sangre derramada en la cruz interpela a los hombres con más fuerza aún que la de Abel: Vosotros en cambio os habéis acercado a Jesús, mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel (Hb 12, 24). Caín, en cambio, es tipo de todo hombre que odia a su prójimo, pues el odio supone el deseo de que el otro no exista.

Caín fue castigado por su crimen. El Señor dijo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” Él respondió: “No lo sé. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” El Señor le dijo: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama hacia mí desde la tierra. Ahora, maldito seas, márchate de esta tierra que ha abierto su boca para recibir la sangre que has derramado de tu hermano. Aunque la trabajes, no volverá a darte su fruto; vivirás errante y vagabundo por la tierra (Gn 4, 9- 12).

La reina Ester salva a su pueblo

La reina Ester salva a su pueblo

Ester era una joven judía, muy hermosa y de bellísimas prendas personales, huérfana de padre y madre, que había sido criada por su tío Mardoqueo. Permitió Dios que cuando Asuero, rey de Persia, repudió a su esposa, la reina Vasti, pusiera los ojos en Ester, cuyo origen ignoraba. Y así la muchacha judía pasó a ocupar el lugar de la repudiada Vasti. El hecho de que Ester se convirtiera en reina, fue la salvación de los judíos.

Se produjo un enfrentamiento entre Mardoqueo y el primer ministro del rey Asuero, Amán. Éste, gozando del favor del rey, se irritó de sobremanera al saber que Mardoqueo no le reverenciaba doblando la rodilla cuando él aparecía en público, y resolvió perderle con todos los de su nación. Para ello, hizo creer al rey Asuero que los judíos habitantes aún en Persia eran sus mayores enemigos; y valiéndose de su influencia ante el rey, consiguió que se promulgara un edicto para que los judíos fueran exterminados en todas las provincias del imperio en un mismo día.

Los judíos, al tener noticia del decreto, quedaron consternados y se pusieron a orar a Dios. Y Mardoqueo pidió a la reina Ester que intercediera al rey por su pueblo, y tanto el uno como la otra se dirigieron al Señor en oración.

Ester decidió presentarse ante el rey Asuero, a pesar de que la ley prohibía, bajo pena de muerte, presentarse al rey sin haber sido llamado. Presa de angustia por el inminente peligro de muerte, oró al Señor. Después de fortalecer su espíritu con la oración y la penitencia, acompañada de dos doncellas, se fue a la estancia donde el rey Asuero recibía los homenajes de la corte. Apareció en la sala real Ester reluciente en la plenitud de su belleza, con el rostro alegre como el de una enamorada, aunque su corazón estaba abrumado por el miedo. Franqueadas todas las puertas, se encontró en presencia del rey. Éste se hallaba sentado en el trono real, vestido con lo adecuado para las ceremonias públicas, fastuoso, con oro y piedras preciosas; ciertamente presentaba un aspecto terrorífico, y en su mano sostenía el cetro de oro (Est 5, 20). Un rayo de cólera brilló en los ojos del rey al ver presentarse ante él a Ester, y, como ésta se dio cuenta, sintió que se desvanecía, se demudó su rostro y apoyó la cabeza sobre una de las doncellas que le acompañaban. Pero el Dios de los judíos y Señor de todas las criaturas mudó en dulzura el ánimo del rey, que preocupado descendió del trono, la tomó entre sus brazos, y mientras se reponía la animaba con palabras afectuosas: “Ester, ¿qué te sucede, hermana mía y consorte del reino? Yo soy tu hermano, no tengas miedo. No morirás, porque esta ley no va contigo sino que es sólo para la gente vulgar. Acércate” (Est 5, 2). Y Asuero le preguntó qué deseaba, dispuesto a complacerla en todo. Entonces Ester, después de sufrir un segundo desmayo, volvió en sí y suplicó al rey que asistiese al día siguiente, en compañía de Amán, a un banquete que les iba a preparar, y durante el cual le manifestaría su deseo. Asuero accedió a su ruego.

Según lo previsto, el rey asistió acompañado de Amán al banquete que ofreció la reina Ester. Durante el convite el rey instó a Ester para que le manifestase su deseo. Entonces la reina dijo: “Si he encontrado gracia a tus ojos, oh rey, y si le parece bien al rey, concédeme mi vida, porque es lo que te estoy pidiendo, la de mi pueblo, porque eso es lo que busco. Pues mi pueblo y yo hemos sido vendidos al exterminio, a la muerte y a la eliminación. Ojalá hubiéramos sido vendidos como siervos y esclavas; en ese caso me callaría, pues esa angustia no me parecería suficiente como para molestar al rey”. El rey Asuero dijo a la reina Ester: “¿Quién es y dónde está aquel al que su corazón ha movido a actuar así?” Ester replicó: “El adversario y enemigo es este perverso Amán”. Amán se quedó aterrado delante del rey y de la reina (Est 7, 3-6).

Indignado, Asuero hizo prender al perverso Amán y sabiendo que éste había hecho preparar una horca para ahorcar a Mardoqueo, mandó que el mismo Amán fuera colgado de esa horca. No se contentó Asuero con revocar el decreto de proscripción dado contra los judíos, sino que, enterado de que Mardoqueo era tío de Ester, lo llamó a palacio, le asignó todos los bienes de Amán y le nombró primer ministro. Desde entonces vivieron pacíficamente los judíos bajo la dominación de los persas.