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Anunciar la Buena Nueva de Jesucristo

El papa Benedicto XVI decía a los jóvenes peregrinos venidos a Cuatro Vientos para la Jornada Mundial de la Juventud de 2011: De esta amistad con Jesús nacerá también el impulso que lleva a dar testimonio de la fe en los más diversos ambientes, incluso allí donde hay rechazo o indiferencia. No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios. Pienso que vuestra presencia aquí, jóvenes venidos de los cinco continentes, es una maravillosa prueba de la fecundidad del mandato de Cristo a la Iglesia: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15). También a vosotros os incumbe la extraordinaria tarea de ser discípulos y misioneros de Cristo en otras tierras y países donde hay multitud de jóvenes que aspiran a cosas más grandes y, vislumbrando en sus corazones la posibilidad de valores más auténticos, no se dejan seducir por las falsas promesas de un estilo de vida sin Dios.

Ante el panorama inmenso del apostolado, hay que llenarse de esperanza porque Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28, 20). Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles, por medio de la predicación oral, el testimonio de lo que habían visto y oído: el cumplimiento en Jesucristo de las promesas del Antiguo Testamento, la remisión de los pecados, la filiación adoptiva y la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres. Por esto, la predicación apostólica puede llamarse evangelio, la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo.

El anuncio del Evangelio

El mandato apostólico de Cristo es siempre actual. Los cristianos de todos los tiempos se encuentran llamados a esta misión de cristianizar una vez y otra la tierra. En nuestros días urge salir a los caminos -hoy tan llenos de falsos profetas-, y dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural. No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena nueva de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos y de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a “los cruces de los caminos” e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado para su pueblo. No hay que esconder el Evangelio por miedo o indiferencia. No fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial (San Juan Pablo II, Homilía 15.VIII.1993).

Una tarea muy urgente

La situación de la sociedad en el mundo de nuestros días es preocupante. Muchísimas personas están sedientas de caridad, de conocer el verdadero Amor. Sólo se mueven por el placer, reduciendo su vida al vientre, al sexo y al dinero. El nuevo paganismo que invade al mundo entero se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste.

Ante tanta ignorancia, tanta soberbia ridícula y presuntuosa, tanta violencia y tantos síntomas de vejez espiritual, como vemos en el ambiente, hemos de sentir la responsabilidad de sembrar a manos llenas la paz y la alegría cristianas en todos los senderos del mundo.

Ante una sociedad que sucumbe a la tentación del relativismo y del ateísmo, con caridad y fortaleza, sintamos la urgencia de recristianizarla y contribuyamos desde dentro de esa sociedad a llevar a las gentes por el buen camino, por la senda que dejó marcada con sus huellas en su paso por la tierra Jesucristo.

Siempre hay urgencia de participar, con personal responsabilidad, en las tareas públicas y sociales; de influir cristianamente también en las sociedades menores de las que formamos parte: asociaciones culturales, deportivas, profesionales, sindicatos…

Los discípulos de Cristo no somos mundanos, pero estamos en el mundo. Por eso, los cristianos hemos de estar presentes en todos los campos de trabajo del mundo, allí donde se hace la sociedad del mañana, porque este mundo de nuestros días sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo sin dejarse arrastrar por el espíritu mundano. Se nos pide, pues, que estemos en las encrucijadas de los caminos, allí donde los jóvenes estudian, allí donde los hombres y mujeres trabajan, allí donde las personas sufren y buscan sentido al dolor, allí donde las dificultades tienen que ser superadas. Y también, allí donde los humanos toman sus distracciones, cada vez más abundantes. Pero al mismo tiempo hemos de conservar nuestra fe original, sin diluirla al gusto de las opiniones o de las ideologías, sin esposar costumbres extrañas al Evangelio.

Hay una inmensa tarea en difundir la verdad. Urge anunciar sin miedo el mensaje de Jesucristo, del mejor modo posible.

Ésta es la tarea que tenemos encomendada: Anunciar a Cristo (en Él se cumplen las promesas de Dios hechas al hombre); proclamar su mensaje de salvación, de amor y de paz; hablar de la filiación divina, destacando la infinita misericordia de Dios, y de la remisión de los pecados; fomentar la esperanza en la consecución de la herencia del Cielo ofrecida a todos los hombres.

Líneas concreta de acción, procurando utilizar también los modernos medios de comunicación para difundir la verdad de Cristo, la doctrina de la Iglesia, la moral cristiana. Contar con que nunca nos sobrará tiempo y que será necesario esfuerzo, y quizás molestias e incomodidades, para estar presentes en esos lugares.

Se puede pensar que la tarea no es fácil. Efectivamente, viendo el panorama del mundo, conociendo el ambiente que se respira en la sociedad, teniendo en cuenta los poderosos medios de comunicación que hay al servicio de ideologías anticristianas, es una labor difícil, pero tenemos que estar llenos de optimismo, porque contamos con nuestro Dios omnipotente y misericordioso.