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Los cristianos, hombres de Dios

Después de la Ascensión del Señor al Cielo, los apóstoles volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático. Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos (Hch 1, 12-14). En los Evangelios sinópticos aparece la lista de los doce apóstoles; y en la lista que está en los Hechos de los Apóstoles, como es lógico, no aparece el apóstol traidor Judas Iscariote, que se ahorcó durante la Pasión del Señor.

Es entrañable saber los nombres de los apóstoles, de aquellos que convivieron con Cristo y conocieron el mensaje salvífico de labios del divino Maestro. Ellos dieron testimonio de lo que habían oído, visto, contemplado y palpado con sus manos acerca del Verbo encarnado. Y para nuestro gozo nos lo anunciaron. El mismo Jesús los eligió para que constituir sobre ellos la Iglesia. El Señor no los llamó porque fueran sabios, poderosos, importantes… Su elección fue gratuita –llamó a los que quiso (Mc 3, 13)-. Fueron hombres normales y corrientes que respondieron con fe a la gracia de la llamada de Jesús. Excepto Judas Iscariote, todos fueron fieles. La Iglesia los venera con especial afecto y se siente orgullosa de ser continuadora -apostólica- de la misión sobrenatural que ellos iniciaron y de ser fiel al testimonio que supieron dar de las enseñanzas del Señor.

De algunos apóstoles se conoce bastante de su vida; de otros, casi nada. Digamos algo de cada uno de ellos. Santo Tomás tuvo varias intervenciones que recogen los evangelistas. Cuando Cristo decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén, santo Tomás dijo a los demás apóstoles: Vayamos también nosotros a morir con él (Jn 11, 16). Durante la despedida del Señor en la Última Cena, al decir Jesús: Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino (Jn 14, 1-4), Tomás le preguntó: No sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino? (Jn 14, 5). Pero por lo que es más conocido es por incredulidad. Cuando en la noche del día de la resurrección del Señor, los apóstoles llenos de alegría, le dijeron: Hemos visto al Señor (Jn 20, 24). Mas Tomás no les creía, y dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20, 25).

San Simón sólo aparece en el Nuevo Testamento en las listas de los Doce. Por tanto, las noticias que se refieren a él hay que buscarlas en escritos no bíblicos y en la Tradición. En los evangelios de san Mateo y de san Marcos, san Simón recibe el apelativo de Cananeo, y san Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo apoda el Zelotes. Más conocido es Santiago el de Alfeo -Santiago el Menor-. En Evangelio de san Marcos lo cita aparece como pariente de Jesús, pues, según el estilo semítico, es llamado hermano. Y también san Pablo, en la Carta a los Gálatas cita a Santiago como el hermano del Señor. Es autor de un libro del Nuevo Testamento -la Carta de Santiago-. El libro de los Hechos de los Apóstoles subraya el papel destacado que desempeñó en la Iglesia de Jerusalén, de la cual fue su primer obispo.

San Judas Tadeo aparece en las cuatro listas de los Doce que vienen en el Nuevo Testamento. San Lucas, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos de los Apóstoles, para distinguirlo del traidor, lo llama Judas de Santiago. En las demás listas de apóstoles, se le menciona por el sobrenombre de Tadeo. Es autor de una Carta,en la que se presenta como Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. En el Evangelio según san Juan se recoge una petición que san Judas Tadeo a Jesús durante la celebración de la Última Cena. El Maestro dice: El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn 14, 18-21). Y en este momento es cuando interviene Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (Jn 14, 22).

Lo que se sabe de san Felipe está en el cuarto evangelio. Era natural de Betsaida. San Juan narra su vocación, el encuentro de Felipe con el Señor y la llamada que le hizo el Maestro. Cristo vio a Felipe y le dijo sígueme. Hay una intervención suya recogida en el Evangelio. En un momento en que Cristo está hablando a los apóstoles de la unidad del Padre y del Hijo, Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le contestó: Felipe, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre? (Jn 14, 8-9).

El evangelista san Juan narra el encuentro de san Bartolomé con el Señor. El apóstol Felipe después de aceptar la invitación del Señor –sígueme– vio a Natanael, amigo suyo, y le hizo partícipe de su gozo por haber conocido al Mesías: Hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés en la Ley, y los profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael –¿De Nazaret puede salir algo bueno?-, Felipe le respondió: ven y lo verás (Jn 1, 46). Natanael hizo caso a su amigo, y fue al encuentro del Señor. Vio Jesús a Natanael que venía hacia Él, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Al oír las palabras del Señor, Natanael, asombrado, replica: ¿De dónde me conoces? Contestó Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamase, cuando estabas debajo de la higuera te vi (Jn 1, 48). Entonces Natanael hizo un acto maravilloso de fe: Rabbí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel (Jn 1, 49). Y Jesús le anunció: ¿Porque te he dicho que te vi debajo de la higuera crees? Cosas mayores has de ver. Y añadió: En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre (Jn 1, 50-51).

San Mateo fue apóstol y evangelista. También se sabe de él cómo Cristo le llamó para que fuera apóstol. De su vida tenemos pocas e incompletas noticias. Su vocación la cuenta escuetamente él mismo: Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él, levantándose, le siguió (Mt 9, 9). Lleno de gozo por esa predilección divina, invitó a Jesús a comer en su casa. Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. El Señor dijo a los que escandalizaban por conducta: No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mc 2, 17).

San Andrés fue el primero de los apóstoles en ser llamados a seguir a Jesús. Siendo discípulo de san Juan Bautista, éste le mostró a Jesús que pasaba: He aquí el Cordero de Dios (Jn 1, 37). Estaba también con él uno de los hijos de Zebedeo, Juan. Preguntaron a Jesús: Rabbí, ¿dónde vives? Les respondió: “Venid y veréis”. Fueron y vieron dónde vivía y permanecieron aquel día con él (Jn 1, 38-39). Fue él quien llevó a su hermano Simón (san Pedro) al Señor. Encontró él luego a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos hallado al Mesías, que quiere decir el Cristo”, y lo condujo a Jesús (Jn 1, 40-43). Días después el Señor llamó a los dos hermanos para le siguieran: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 18-20). En una ocasión preguntó a Cristo cuando había de suceder la destrucción del Templo y los signos del fin del mundo: Dinos cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que todas están cosas están para cumplirse (Mc 13, 4). Por la tradición sabemos que murió crucificado en una cruz en aspa, la cruz de san Andrés.

Santiago el Mayor fue el primer apóstol que dio su vida por su fe en Cristo. En aquel tiempo prendió el rey Herodes (Agripa I) a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Dio muerte por la espada a Santiago, hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Había nacido en Betsaida. Era hijo de Zebedeo. Con san Pedro y su hermano Juan fue testigo de la transfiguración del Señor, de la resurrección de la hija de Jairo y de la agonía del Señor en Getsemaní. Los evangelistas han dejado constancia del carácter fuerte de los dos hermanos. Así se explica porque el Señor les llamó hijos del trueno. Fue llamado al apostolado cuando estaba en la barca con su padre y su hermano en la orilla del mar de Galilea remendando las redes. Santiago y Juan, cuando el Señor los llamó, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 22). En el Evangelio está recogida la petición que hizo la madre de Santiago a Jesucristo: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino (Mt 20, 20-21). Entonces el Señor preguntó a los dos hermanos: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” Ellos dijeron: “Podemos” (Mt 20, 22).

San Juan es el discípulo amado. Aquel discípulo a quien amaba Jesús (Jn 21, 20), son las palabras con las que el mismo Juan se designa en un intento frustrado de pasar inadvertido. En su humildad, Juan no se dio cuenta de que pasaría a la historia con el apodo más precioso que persona alguna ha tenido nunca. Natural de Betsaida, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor. Fue discípulo de san Juan Bautista. Además de apóstol fue evangelista y autor de tres Cartas y del Apocalipsis. En su Evangelio cuenta su encuentro con el Señor y la llamada que Éste le hizo para que le siguiera. Al final de su vida, siendo muy anciano, se acordaba perfectamente de la hora en la que el Señor se cruzó en su camino: Era como la hora décima (Jn 1, 39). En el Calvario estuvo al pie de la cruz, junto a la Virgen María. Y es el Gólgota donde recibe a María como Madre. Ahí tienes a tu Madre (Jn 19, 26), oye que le dice Cristo. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros. Además fue el primero de los apóstoles en llegar al sepulcro vacío, cuya imagen le quedó muy viva e hizo avivar su fe en la resurrección del Señor. También es el primero en reconocer a Jesús resucitado, cuando se aparece a un grupo de discípulos a la orilla del mar de Tiberíades. Lleno de júbilo comunica a Pedro: ¡Es el Señor! (Jn 21, 7).

San Pedro es el Príncipe de los Apóstoles. Su primer encuentro con Jesucristo se produjo gracias a san Andrés. Éste, después de haber estado con el Señor, al ver a su hermano Simón, le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y lo llevó a Jesús. Mirándolo Jesús le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas” (que significa Piedra) (Jn 1, 41-42). Cristo prometió a san Pedro el Primado sobre la Iglesia, inmediatamente después de la confesión en Cesárea de Filipo, con estas palabras: Y Yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18). Después de su Resurrección, el Señor confirió a san Pedro el Primado jerárquico, constituyéndole Cabeza visible del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia. En los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, aparece con bastante frecuencia san Pedro. Es autor de dos Cartas que están en el Nuevo Testamento. Durante la vida de Jesús sobresale Simón Pedro por su espontaneidad. Después de la Ascensión del Señor estuvo en Jerusalén, Antioquía (capital de la provincia romana de Siria) y luego a Roma sucesivamente. En la capital del Imperio romano murió mártir en la persecución contra los cristianos del emperador.

El Señor había prometido a los apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, y ellos se prepararon para recibir al Paráclito con oración. San Lucas destaca dos aspectos de la espera hasta Pentecostés: su perseverancia en la oración y la presencia de la Virgen María.

Ejerciendo su misión de Primado, san Pedro escribe a las comunidades cristianas de Asia Menor: Sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre (1 P 4, 13-16). La respuesta que da el cristianismo al dolor está en el Evangelio. Allí se encuentra la respuesta a todo. Por ejemplo, para el dolor se ve una respuesta en el Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio y también una promesa de que habrá una recompensa. Nosotros no podemos convertirnos en Dios y creer que Él tiene que pensar como nosotros; por eso es esencial tener fe y aceptar ese misterio.

En Antioquía los discípulos de Cristo recibieron por primera vez el nombre de cristianos. Ser cristiano no puede convertirse nunca en motivo de vergüenza o de cobardía, sino de agradecimiento a Dios y de santo orgullo. Los cristianos amilanados -cohibidos o envidiosos- en su conducta, ante el libertinaje de los que no han acogido la Palabra de Dios, demostrarían tener un concepto miserable de nuestra fe. Si cumplimos de verdad la Ley de Cristo- si nos esforzamos por cumplirla, porque no siempre lo conseguiremos-, nos descubriremos dotados de esa maravillosa gallardía de espíritu, que no necesita ir a buscar en otro sitio el sentido de la más plena dignidad humana (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios,n. 38).

En el Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito por Gaspar Astete comenzaba con estas preguntas y respuestas: ¿Sois cristiano? Sí, por la gracia de Dios; Ese nombre de cristiano, ¿de quién lo hubisteis? De Cristo nuestro Señor; ¿Qué quiere decir cristiano? Hombre de Cristo; ¿Qué entendéis por hombre de Cristo? Hombre que tiene la fe de Jesucristo, que profesó en el bautismo y está ofrecido a su santo servicio.

Los cristianos somos hombres de Dios, y discípulos del Señor. En su oración, Jesucristo le habla al Padre de sus Apóstoles: He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra (Jn 17, 6), y ruega por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros (Jn 17, 9-11). Al pedir que los guarde en su nombre está rogando para que perseveren en la doctrina recibida y en comunión íntima con Él. Consecuencia inmediata de esta comunión es la unidad, y esa unidad que pide para los discípulos es reflejo de la que existe entre las tres Personas divinas.

Los cristianos, como los Apóstoles, estamos en el mundo, pero no somos del mundo, es decir, mundanos. Por eso Cristo pide al Padre: No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17, 15). Existe el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Debemos evitar que lo mundano se convierta en el centro de la vida. Estemos en guardia contra la tentación seguir la moda -lo que es políticamente correcto- aunque sea contraria a la moral cristiana. Esta tentación de vivir mundanamente es muy peligrosa, de vivir con el espíritu del mundo que Jesús no quería. Pensad en la oración sacerdotal de Jesús cuando ora al Padre: “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal”. La mundanidad va contra el testimonio, mientras que el espíritu de oración es un testimonio que se ve: se ve quién es el hombre y la mujer que rezan, así como quien reza formalmente pero no con el corazón. Son testimonios que la gente ve (Papa Francisco).

Para no ser mundanos, perseveremos en la oración, como los primeros discípulos del Señor, en compañía de María, la madre de Jesús. Ella, que también es Madre nuestra, nos ayudará a vivir en el mundo con espíritu cristiano sin dejarnos arrastrar por modas e ideologías opuestas al Evangelio.

Homilía de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (C)

Lecturas: Hch 12, 1-11; 2 Tm 4, 6-8.17-18; Mt 16, 13-19

Cambio de nombre. Celebra la Iglesia la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. En el Evangelio vemos con claridad la intención Cristo de establecer un Primado en la Iglesia. Jesús, en su primer encuentro con Simón Pedro, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa “Piedra” (Jn 1, 42). El cambio de nombre implicaba en el Antiguo Testamento la encomienda de una misión, y esto, en el caso de Pedro, se manifiesta en numerosos indicios: en Cafarnaún el Señor se hospeda en la casa de Pedro; escoge la barca de Pedro para predicar; en determinadas circunstancias es nombrado primero; los recaudadores se dirigen a Pedro y el Señor le manda pagar por los dos; Jesús ora especialmente por él para que no desfallezca en la fe y pueda después confirmar a los demás discípulos.

Pedro es consciente de su situación peculiar y, a menudo, toma la palabra en nombre de los demás; habla para pedir la explicación de una parábola o el sentido exacto de un precepto, o la promesa formal de una recompensa. Resuelve algunas situaciones delicadas interviniendo en nombre de todos.

Vicario de Cristo. Esta solemnidad se la conoce también como el Día del Papa. ¿Quién es el Papa? ¿Cuál es su misión en la Iglesia? La respuesta viene del Magisterio de la Iglesia: El Papa, Obispo de Roma y sucesor de san Pedro, es el perpetuo y visible principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Es el Vicario de Cristo, cabeza del colegio de los obispos y pastor de toda la Iglesia, sobre la que tiene, por institución divina, la potestad plena, suprema, inmediata y universal (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica).

Los sucesores del Príncipe de los Apóstoles, los Papas, son en primer lugar Obispo de Roma y, por tanto gozan del Primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia. El Papa es la Cabeza visible de la única verdadera Iglesia que ha recibido de Cristo todos los medios de salvación: la fe y los sacramentos. Pero su misión es la de servir, como indica el título más usado por los Papas desde san Gregorio I Magno: Servus servorum Dei, Siervo de los siervos de Dios. Es el Buen Pastor que guía a las ovejas del rebaño de Cristo hacia los anchos pastos, en verdes praderas.

Unión con el Papa. Todos los católicos hemos de ir cum Petro, unidos al Papa, porque sin unión con el Vicario de Cristo, no puede haber, para un católico, unión con Cristo (San Josemaría Escrivá). Nuestro amor a la Iglesia nos lleva a identificarnos con el Vicario de Cristo y a quererle con cariño de hijos.

Cuando fue elegido Pío XII, un cardenal, durante la ceremonia de la obediencia, le dijo: Santidad, creo que la Iglesia en estos momentos necesita más un papa santo que sabio. Y el Papa le contestó inmediatamente: Rece, pues, su Eminencia a Dios para que el Papa sea santo. Actualmente tenemos un Papa -Benedicto XVI- muy sabio. También es una persona santa. Pidamos a Dios, por intercesión de Santa María –Madre de la Iglesia– que sea cada vez más santo, y que nuestra fidelidad y amor al Vicario de Cristo vaya cada día creciendo más.

Hijo de la consolación (San Bernabé)

Hijo de la consolación (San Bernabé)

            Personalidad

            Además de los doce apóstoles que acompañaron a Jesucristo durante los años de su ministerio público, también son apóstoles -así los denomina la Sagrada Escritura- san Pablo, el apóstol de las gentes, y san Bernabé, y como tales son reconocidos por la Iglesia.

San Bernabé nació en Chipre. Perteneciente a una familia levítica, tenía parientes próximos en Jerusalén, entre ellos a una tía llamada María, la madre de Juan Marcos. Entró en la historia de la salvación con un gesto de fina caridad. El levita chipriota se llamaba José y, una vez convertido al cristianismo, fue uno de los primeros fieles de Jerusalén, y a quien los Apóstoles le dieron el sobrenombre de Bernabé, que significa hijo de la consolación o hijo de la profecía, señalando las cualidades de consolador y de predicador que poseía. Como portavoz de Dios, el profeta del Nuevo Testamento empleaba su elocuencia de predicador inspirado para consolar a los fieles. Su espíritu conciliador y su simpatía le había hecho merecedor de ese sobrenombre, en sentir de san Juan Crisóstomo. Era hombre virtuoso, lleno del Espíritu Santo y de fe, y permaneció célibe por el Reino de los cielos. Toda su actuación lleva la impronta de una dignidad apostólica. Su vocación al apostolado debió tener lugar en la Iglesia madre de Jerusalén, donde ya era una persona bien conocida. Su generosidad le llevó a vender el campo que tenía para entregar el dinero obtenido a los Apóstoles, según el espíritu con que vivía la comunidad cristiana: un solo corazón y una sola alma. Pudiera ser este rasgo el sello de su conversión al cristianismo. Sin embargo, algunos autores, como Clemente Alejandrino y Eusebio de Cesarea, suponen que fue uno de los 72 discípulos de que habla el Evangelio, pero no consta que hubiera acompañado al Señor, como san Matías, desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión. El gesto generoso de Bernabé no fue excepcional, pues todos los que poseían campos o casas, vendiéndolos, llevaban el precio de las cosas vendidas a los pies de los Apóstoles y era distribuido a cada uno según su necesidad (Hch 4, 34-35).  

En la Iglesia primitiva Bernabé desempeñó un papel destacado en la difusión del Evangelio. Fue él quien presentó al joven Saulo a los Apóstoles. Cuando Saulo, después de convertirse y de su permanencia de tres años en Arabia, llegó a Jerusalén con el deseo de unirse a los discípulos, éstos le temían, no creyendo que fuera cristiano, pues aunque el futuro apóstol de las gentes, tras su conversión, había predicado la Buena Nueva en Damasco, la noticia de su actividad apostólica en aquella ciudad no había llegado todavía a Jerusalén, pero sí era conocido por todos el afán de Saulo por acabar con los cristianos, y de ahí las dudas y el temor comprensible de los discípulos. Bernabé disipó ese lógico recelo de la primitiva comunidad ante su antiguo perseguidor. Y lo hizo llevándole a presencia de los Apóstoles y contando a éstos cómo yendo Saulo a Damasco en el camino el joven fariseo había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado abiertamente en el nombre de Jesús (Hch 9, 27).

Primera misión apostólica  

La persecución desatada en Jerusalén contra los cristianos a raíz del martirio de san Esteban, hizo que muchos creyentes salieran de la Ciudad Santa dispersándose por diversos lugares y llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Su afán apostólico les llevaba a hablar de Jesús, pero sólo a los judíos. Entre los cristianos dispersados había algunos chipriotas y cirenenses, que, cuando entraron en Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciándoles el Evangelio del Señor Jesús. La mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor (Hch 11, 20-21).

Tan grata noticia llegó a los cristianos de Jerusalén. Éstos decidieron enviar a Bernabé a Antioquía. Esta decisión muestra cómo la comunidad cristiana de Jerusalén, donde estaban los Apóstoles, sentía el peso de la responsabilidad en todo lo referente en el campo de la evangelización. El elegido era hombre destacado por su virtud en quien los Apóstoles habían puesto su confianza. Su tarea era de comprobar los resultados apostólicos y de confirmar a los hermanos en la fe, además de orientar en los trabajos de los predicadores del Evangelio. Al partir, Bernabé meditaría las palabras del Señor recogidas en el libro del profeta Jeremías: Irás a donde te envíe yo, y dirás lo que te mande… Mira que pongo en tu boca mis palabras (Jr 1, 7).

Antioquía de Orontes era capital de la provincia romana de Siria, considerada la tercera ciudad del Imperio, después de Roma y Alejandría. Constituía un centro de gran importancia cultural, económica y religiosa. Tenía medio millón de habitantes y una numerosa colonia.

Cuando Bernabé llegó a Antioquía, la primera gran urbe en la que se predicó a Jesucristo, se alegró al ver los prodigios obrados por la gracia de Dios, pues una gran muchedumbre se adhería al Señor, y exhortaba a todos a permanecer en el Señor con un corazón firme (Hch 11, 23).

Urgido por la abundante e indeclinable tarea que les esperaba a los cristianos en aquella ciudad, y sintiendo la responsabilidad para llevar obreros a la mies del Señor, Bernabé viajó a Tarso en busca de Saulo, pues sabía que éste, después de estar en Jerusalén, había vuelto a su ciudad natal. No le resultó difícil localizar a Saulo y, una vez encontrado, hizo que le acompañase a Antioquía. Bien conocía Bernabé las cualidades de su amigo Saulo y lo útil que le sería en las inminentes actividades organizadoras y apostólicas que pensaba desarrollar en la comunidad cristiana antioquena, a la que comenzaba afluir los griegos o gentiles. Una vez en Antioquía, Bernabé hizo de guía, por expresa indicación del Espíritu Santo, en una celebración litúrgica, para que Saulo, comenzara la misión que Cristo le había confiado.

Bernabé y Saulo estuvieron juntos en aquella iglesia un año entero y adoctrinaron a una gran muchedumbre. Fue en Antioquía donde los discípulos recibieron por primera vez el nombre de cristianos (Hch 11, 26).

Durante su estancia en aquella ciudad de Siria, llegaron procedentes de Jerusalén unos profetas, entre ellos uno llamado Agabo. Éste predijo por el impulso del Espíritu que llegaría un tiempo de hambre sobre toda la tierra. Los cristianos antioquenos, conmovidos por esta profecía, determinaron ayudar a los discípulos que vivían en Judea, cada uno según sus posibilidades. Se recogió una cantidad apreciable de dinero, que fue enviado a Jerusalén por medio de Bernabé y Saulo. Y así, cuando en tiempos del emperador Claudio escasearon los alimentos, los cristianos de Judea pudieron mitigar las duras consecuencias del hambre.

Viaje apostólico en compañía de San Pablo

            En la iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé y Simón, llamado el Negro,Lucio el de Cirene, y Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo a la obra que les he destinado (Hch 13, 1-2).

Una vez recibida la moción del Espíritu Santo y conocido el designio de Dios, tanto Bernabé como Saulo se prepararon para la nueva tarea misional con ayuno y oración, mientras que los fieles antioquenos pedían a Dios que acompañase y bendijera a los dos elegidos en la empresa espiritual que se disponían a iniciar. En el momento de la despedida, con la señal exterior de la imposición de las manos, Bernabé y Saulo recibieron de la Iglesia el encargo que concretaba la voluntad divina para ellos, actualizando su vocación personal de apóstoles de Cristo.

En la primavera del año 45 iniciaron el viaje dirigiéndose a Seleucia, ciudad marítima distante de Antioquía 35 kilómetros. En el puerto de Seleucia se embarcaron con rumbo a Chipre, la mayor isla del Mar Mediterráneo, y que era desde el año 22 una provincia senatorial, y estaba regida, como tal, por un gobernador con título de procónsul. Después de varios días de navegación llegaron a la parte oriental de Chipre, desembarcando en Salamina, ciudad y puerto principal de toda la isla. Una vez allí, acudieron varios sábados a las sinagogas de los judíos para predicar la palabra de Dios, llevando Bernabé la dirección. Con ellos colaboraba Juan Marcos.

No estuvieron mucho tiempo en Seleucia, porque debían partir a otras regiones como Galacia meridional y Asia Menor. Atravesando toda la isla llegaron, después de varios meses, hasta el extremo occidental, a la ciudad de Pafos. El viaje entre las dos ciudades extremas -distantes entre sí en 150 kilómetros- de Chipre fue aprovechado por los dos apóstoles para anunciar el mensaje de salvación del Señor en las diversas poblaciones por las que pasaron, en las que la colonia judía era numerosa. En cada una de ellas solía detenerse el tiempo necesario para evangelizar. El Señor Jesús fue bendiciendo este trabajo apostólico con buenos frutos.

Pafos era ciudad donde tenía su residencia el procónsul Sergio Pablo, hombre de recta conciencia y que destacaba por su prudencia en el gobierno de la isla. Saulo, llamado también Pablo, en esta población de la isla, tomó la iniciativa y la palabra para anunciar el Evangelio. Al procónsul le llegaron noticias de la predicación de Bernabé y Saulo y, deseoso de oír la palabra de Dios, hizo llamar a los dos apóstoles. Pero en Pafos vivía un mago, falso profeta judío, llamado Barjesús, que solía influir en Sergio Pablo, y quiso oponerse a que éste recibiera la Buena Nueva, e intentó por todos los medios apartar de la fe al procónsul. Entonces, Pablo, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente a Elimás -nombre con que también era conocido el mago-, le dijo: ¡Tú, lleno de engaño y de toda malicia, hijo del diablo, enemigo de toda justicia!, ¿no dejarás de torcer los rectos caminos del Señor? La mano del Señor va a caer sobre ti y quedarás ciego sin ver el sol hasta el tiempo señalado. Al momento la niebla y la oscuridad le rodearon y daba vueltas buscando a alguien que le guiara de la mano. Castigado con la ceguera, Elimás ya no fue obstáculo para que Sergio Pablo, admirado por la doctrina del Señor, creyera.

Terminada la misión en Chipre, Bernabé y sus compañeros dejaron Pafos y navegaron a Perge de Panfilia. Al desembarcar en este puerto, Juan Marcos decidió regresar a su casa de Jerusalén por no encontrarse con ánimos de seguir aquella incómoda y aventurada labor apostólica. Esta falta de entereza disgustó a Pablo. Éste y Bernabé siguieron desde Perge a Antioquía de Pisidia. Como solían hacer, también esta ciudad acudieron a la sinagoga. Sentados, oyeron la lectura de la Escritura. Una vez que el lector dejó de leer, fueron invitados por el presidente de la sinagoga a que comentasen lo que se había leído. Pablo aprovechó la ocasión para presentar de forma admirable el Evangelio del Señor a todos los allí reunidos, en su mayoría, judíos y prosélitos que adoraban a Dios. Después de enumerar los beneficios dispensados por Dios a Israel, habla de cómo en Jesús de Nazaret se cumplieron todas las profecías referentes al Mesías y que la salvación viene por la fe en Jesús muerto y resucitado.

Terminada la reunión, los frutos no se hicieron esperar, y con gran alegría, Bernabé y Pablo vieron que muchos de los que oyeron la predicación apostólica, creyeron. Los apóstoles les exhortaban y persuadían a permanecer en la gracia de Dios.

La noticia de la intervención de Saulo en la sinagoga y de su mensaje se corrió rápidamente por toda la ciudad, de tal forma que al sábado siguiente se congregó una gran muchedumbre para oír la palabra del Señor. El éxito conseguido por Pablo y Bernabé llenó de envidia a muchos judíos. Éstos se dedicaron a contradecir con injurias las afirmaciones de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indigno de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor: “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra” (Hch 13, 46-48).

La cita bíblica es del profeta Isaías, y en ella apoyaron su decisión de predicar el Evangelio -rechazado por los judíos- a los gentiles, y se la aplican a sí mismos porque el Mesías es luz de los gentiles a través de la predicación de ambos apóstoles, pues eran conscientes de que hablaban en nombre y con la autoridad del Señor.

La alegría de los gentiles al saberse destinatarios de la palabra del Señor fue inmensa, de tal modo que glorificaban a Dios, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. Y el Evangelio se fue extendiendo por toda la región. Sin embargo, los judíos consiguieron promover una persecución contra Bernabé y Pablo y expulsarlos del territorio. Pero la siembra estaba hecha, y dejaron muchos discípulos, todos ellos llenos del Espíritu Santo y de gozo por la fe que habían recibido.

Pablo y Bernabé, antes de salir de Antioquía de Pisidia, acordándose de las palabras evangélicas: Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies (Mt 10, 14), sacudieron el polvo de sus pies y emprendieron viaje hacia Iconio.

Nuevas dificultades

También en Iconio Bernabé y Pablo tuvieron la alegría de comprobar los frutos de su misión apostólica, la eficacia de Dios en sus propias vidas. Como en los otros lugares, fueron en primer lugar a la sinagoga de la colonia judía, y allí predicaron de tal manera que creyó una gran muchedumbre de judíos y griegos. También aquí, los judíos incrédulos excitaron y malearon los ánimos de los gentiles contra los cristianos, pero Bernabé y Pablo no tuvieron miedo de predicar a Cristo y la Buena Nueva de salvación en las plazas y calles de la ciudad. Con valentía y la confianza puesta en el Señor fueron invitando a todos los que se cruzaban por su camino al banquete que Dios ha preparado para su nuevo pueblo.

En Iconio permanecieron bastante tiempo presentando los ideales cristianos de modo atrayente, con entusiasmo y convencimiento, y Dios les concedía obrar milagros y prodigios, acreditando así la predicación con su gracia. Sin embargo, la muchedumbre de la ciudad se dividió, unos a favor de los judíos, otros a favor de los apóstoles. Como se produjo un violento movimiento de gentiles y de judíos junto con sus jefes, para injuriarles y apedrearles, al enterarse de ello, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Liaconia, y a la región circundante. Y allí anunciaban el Evangelio (Hch 14, 4-7).

Listra, situada 200 kilómetros al noroeste de Tarso, era colonia romana. Aquí conocieron a una mujer judía -Eunice-, casada con un griego, que se convirtió al cristianismo, al igual que su madre, Loida. Gracias a ellas el joven Timoteo, hijo de Eunice, recibió la fe cristiana y fue bautizado.

Los paganos licaonios eran conocedores de una antigua leyenda de la región frigia, según la cual los dioses Zeus y Hermes, también conocido este último con el nombre de Mercurio, habían visitado como caminantes aquella tierra y obrado prodigios en beneficios de quienes les habían acogido en sus casas. Esto explica que Bernabé y Saulo fueran tomados por estos dos dioses, cuando el segundo de ellos hizo un milagro portentoso, como fue la curación de un hombre inválido de los pies, cojo desde el seno materno, que jamás había caminado. Este tullido acudió a oír la predicación de Pablo. El apóstol le miró fijamente y, viendo que tenía fe para ser salvado, dijo: ¡Ponte en pie! ¡Derecho! El hombre cojo dio un salto y empezó a caminar. La sorpresa de los allí presentes al ver el milagro fue tan grande que pensaron que la leyenda frigia se había repetido y comenzaron a gritar en licaónico: Los dioses han bajado hasta nosotros en forma humana. Y a partir de entonces llamaban a Zeus y Hermes a Bernabé y Pablo respectivamente, disponiéndose a su exaltación religiosa. Para esto avisaron al sacerdote del templo del dios Zeus que había a la  entrada de la ciudad. Éste, acompañado de la gente, llevó toros y guirnaldas para ofrecerles a Bernabé y Pablo un sacrificio.

Los dos apóstoles, cuando vieron las intenciones de la muchedumbre y del sacerdote de Zeus (dios también conocido como Júpiter), manifestaron dramáticamente sus profundas convicciones y sentimientos religiosos, totalmente opuestos a toda sombra de idolatría, rasgando sus vestiduras. Pero no sólo se limitaron a evitar el intento idolátrico de los liaconios, sino se pusieron a explicarles las razones de su actitud, y aprovecharon la ocasión para hablar del Dios vivo, Creador de cuanto existe y lleno de providente solicitud hacia los hombres, con estas palabras: Hombres, ¿qué es lo que hacéis? También nosotros somos hombres mortales como vosotros y os predicamos que os convirtáis de estas cosas falsas al Dios vivo, el que hizo el cielo y la tierra y el mar y cuanto hay en ellos; que en las generaciones pasadas permitió que cada nación siguiera su propio camino; aunque Él no ha dejado de dar testimonio de Sí mismo, derramando bienes al enviaros desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando de alimento y de alegría vuestros corazones (Hch 14, 15-17). Al fin, consiguieron, con cierta dificultad, disuadir a la multitud de ofrecerles sacrificios como si fuesen dioses.

Pero aún hubieron de padecer en Listra más penalidades, pues vinieron entonces de Antioquía y de Icono unos judíos que sedujeron a la muchedumbre, de modo que apedrearon a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad creyéndole muerto. Pero rodeado de discípulos se levantó y entró en la ciudad (Hch 14, 19-20). Es posible que a Bernabé, que poco antes lo habían visto como la encarnación del propio Júpiter, por la majestad de su porte, fuera respetado, pero no así Saulo, que era el que llevaba la palabra, y por este motivo, el objeto de las iras de las turbas por instigación de los judíos.

Final del viaje

            Al día siguiente del atentado perpetrado contra la vida Pablo, tanto éste como su compañero Bernabé marcharon a Derbe. Después de evangelizar en esta ciudad de la región de Cilicia y hacer numerosos discípulos, decidieron volver a Listra, Iconio y Antioquía. A pesar de la animosidad y persecución sufridas en esas ciudades, los dos apóstoles no vacilan en visitarlas otra vez, y en esta ocasión con un nuevo motivo: confortar los ánimos de los cristianos y exhortarles a perseverar en la fe en la que habían sido bautizados.

La razón por la que Pablo y Bernabé emprendieron el viaje de regreso siguiendo el mismo recorrido que el de la ida, pero en sentido inverso, no es otra que el deseo de completar la organización de las nuevas iglesias y consolidar la fe de los discípulos. No les asusta los posibles peligros ni les preocupan que puedan repetirse los incidentes que amenazaron su vida. Los sucesos ocurridos en las anteriores etapas del viaje, lejos de amilanar a los dos apóstoles, sirvieron para enseñar con mayor facilidad que el dolor y las dificultades forman parte de la vida cristiana. Es preciso que entremos -dijeron- en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones.

Después de ordenar presbíteros en cada iglesia, haciendo oración y ayunando, les encomendaron al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia; y después de predicar la palabra en Perge bajaron hasta Atalía (Hch 14, 23-25). En el puerto de Atalía embarcaron para dirigirse a Siria, y llegaron poco después a Antioquía de Siria, de donde habían salido, encomendado a la gracia de Dios, para la obra que habían cumplido. El viaje apostólico comenzado hacía cuatro años había concluido. En Antioquía reunieron a los cristianos y les contaron todo lo que el Señor había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Allí se quedaron no poco tiempo con los discípulos.

La controversia de la circuncisión

Estando en Antioquía, llegaron algunos discípulos de Judea, enseñando a los hermanos: Si no os circuncidáis según la costumbre mosaica no podéis salvaros. Estos cristianos de procedencia farisea, aunque habían aceptadoque los gentiles convertidos pudieran bautizarse y formar parte de la Iglesia, no habían entendido bien las características del mensaje evangélico y pensaban aún que eran necesarios todos los preceptos y ritos mosaicos para alcanzar la salvación. Con las graves afirmaciones de estos cristianos judaizantes se turbó el ánimo de los cristianos antioquenos, produciéndose entonces una conmoción y controversia no pequeña entre Pablo y Bernabé, de un lado, y ellos.

Para poner fin a la polémica suscitada, se planteó la necesidad de consultar a los Apóstoles y presbíteros que se encontraban en Jerusalén. Decidieron que Pablo y Bernabé, con algunos otros, acudieran a la Ciudad Santa para tratar esta cuestión. Así pues, ellos, enviados por la Iglesia atravesaron Fenicia y Samaría, narrando con detalle la conversión de los gentiles y causando gran alegría a todos los hermanos. Cuando llegaron a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los Apóstoles y los presbíteros, y contaron lo que dios había realizado por medio ellos. Pero se levantaron algunos de la secta de los fariseos que habían creído y dijeron: Es necesario circuncidarles y ordenar que se cumpla la Ley de Moisés (Hch 15, 3-5).

Los Apóstoles, los presbíteros y los recién llegados de Antioquía se reunieron bajo la presidencia del apóstol Pedro para estudiar y decidir si los gentiles bautizados estaban o no obligados a la circuncisión y al cumplimiento de la ley judaica. Después de una larga deliberación, en la que se expusieron los argumentos a favor y en contra, referentes a la necesidad de la circuncisión de los cristianos procedentes de la gentilidad, tomó la palabra Pedro para pronunciar un breve, pero determinante discurso. Entre otras cosas, dijo: Hermanos, vosotros sabéis que desde los primeros días Dios me eligió entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del Evangelio y creyeran. Y Dios, que conoce los corazones, dio testimonio a favor de ellos, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros; y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, purificando sus corazones con la fe. ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? Creemos por el contrario que somos salvados por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos (Hch 15, 7- 11).

A continuación, habiéndose hecho el silencio, los congregados escucharon a Bernabé y a Pablo que, igual que hicieron en Antioquía, hicieron uso de la palabra para contar los milagros y prodigios que había obrado Dios por medio de ellos entre los gentiles. A continuación le correspondió hablar a Santiago, el hermano del Señor. Había mucha expectación por conocer su parecer del tema en debate, pues a su autoridad habían apelado los cristianos judaizantes. En su intervención, Santiago el Menor se adhirió a las palabras de Pedro, aceptando sus juicios como una interpretación correcta de lo anunciado por Dios a través de los profetas. La sintonía de Santiago con Pedro fue plena.

Entonces a los reunidos les parecieron bien enviar a Antioquía, ciudad donde se inició la polémica, a Pablo y Bernabé con algunos otros, entre ellos, Judas, llamado Barsbas, y a Silas, para comunicar a los fieles antioquenos las resoluciones tomadas en Jerusalén por los Apóstoles y los presbíteros, junto con la Iglesia jerosolimitana. Lo acordado fue escrito para que se leyera en Antioquía. En la carta enviada, se decía: Los Apóstoles y presbíteros hermanos, a los hermanos de la gentilidad que viven en Antioquía, Siria y Cilicia, salud. Puesto que hemos oído que algunos salidos de entre nosotros, os han turbado con sus palabras e inquietado vuestro ánimo, nos ha parecido oportuno de común acuerdo, elegir unos hombres y enviarlos a vosotros en compañía de nuestros queridísimos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Enviamos por tanto por lo tanto a Judas y Silas, que os comunicaran de palabras estas mismas cosas; porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: abstenerse de lo ofrecido a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. Obraréis bien a guardaros de estas cosas. Que tengáis salud (Hch 15, 23-29).

Pablo, Bernabé y los otros elegidos, después de despedirse, emprendieron el viaje. Al llegar a Antioquía, reunieron a todos los cristianos para entregarles la carta; y al leerla se llenaron de alegría por estas palabras tan consoladoras. Luego, Judas y Silas alentaron y confortaron a los hermanos con un largo discurso. Transcurrido un tiempo, estos dos profetas, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a Jerusalén. Sin embargo, Pablo y Bernabé se quedaron en Antioquía enseñando y anunciando con otros muchos el Evangelio, la palabra del Señor.

            El incidente de Antioquía

            Durante la nueva estancia en esta ciudad de Siria, llegó el apóstol Pedro, y tuvo lugar un pequeño incidente, el llamado incidente de Antioquía, en el cual Pablo corrigió públicamente la conducta de San Pedro. Éste se retraía del trato de los cristianos procedentes del paganismo por miedo a los cristianos provenientes del judaísmo. Bernabé por su espíritu bondadoso y conciliador, se vio arrastrado con otros a adoptar el mismo comportamiento de Cefas.El propio Pablo lo relató en una de sus cartas: Mas cuando Cefas vino a Antioquía, yo me opuse a él en su misma cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que viniesen algunos de parte de Santiago, él comía con los gentiles; pero, cuando vinieron, se retrajo y apartó temiendo a los de la circuncisión, y simultáneamente también con él los otros judíos, de suerte que también Bernabé se dejó arrastrar por la simulación de ellos, pero cuando yo vi que no caminaban rectamente conforme a la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo obligas a los gentiles a seguir los ritos judíos? (Ga 2, 11-14).

Algún tiempo después Pablo comentó a Bernabé su deseo de visitar a las comunidades cristianas en todas las ciudades donde habían estado antes predicando la palabra del Señor, para ver cómo se encontraban. A Bernabé le pareció bien, pero quiso que les acompañase en este nuevo viaje pariente Juan Marcos, sin tener en cuenta lo sucedido en Perge. Pablo, en cambio, no era del mismo parecer, y consideraba que Marcos no debía ir con ellos, pues en el viaje anterior, en Panfilia, abandonó la tarea evangelizadora, dejándoles solos. El desacuerdo entre los dos apóstoles, entre la benignidad de Bernabé y la severidad de Pablo, hizo que se separaran uno del otro. Pero, en cualquier caso ambos actuaron con intención recta. Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó para su Chipre natal, mientras que Pablo pidió a Silas que viajase con él. El apóstol de los gentiles partió de Antioquía encomendado por los hermanos a la gracia de Dios. Recorrió Siria y Cilicia consolidando las iglesias.

Esta discrepancia, seguramente providencial, con la consiguiente separación no significó distanciamiento alguno. De la discusión, manifestación de la fragilidad humana, Dios dispuso grandes bienes a partir de los viajes de predicación de cada uno por su cuenta. Pablo alabó siempre a Bernabé y a Marcos por su celo apostólico, y admitió a éste más tarde como compañero en su tarea apostólica, mostrando para con él la mayor estima, cual si viera reflejarse en él la simpatía y los gratos recuerdos de Bernabé, el amigo de su juventud.

Según la primera carta que escribió Pablo a los cristianos corintios, parece ser que Bernabé colaboró con el apóstol de las gentes en Corinto. Y he aquí mi defensa contra todos cuando me discuten: ¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber? ¿No tenemos derecho a llevar en nuestras peregrinaciones una hermana, igual que los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas? ¿O acaso solamente yo y Bernabé no tenemos derecho a no trabajar? ¿Quién jamás milita a sus propias a sus propias expensas? ¿Quién planta una viña y no come de su fruto? ¿Quién apacienta un rebaño y no come de su leche? (1 Co 9, 3-7).

Martirio y culto

            Según los Hechos y martirio de San Bernabé apóstol que se presentan como obra del evangelista Marcos y se compusieron probablemente en Chipre en el siglo V, recogiendo tal vez algunas tradiciones fidedignas, Bernabé habría coronado su segunda misión en Chipre, siendo lapidado y quemado vivo por los judíos en Salamina, hacia el año 63. Su cuerpo habría sido hallado en el año 458, llevando sobre el pecho el evangelio de San Mateo, que junto con las piedras de su lapidación constituyen los atributos de su iconografía. Su fiesta se celebra el 11 de julio. Se le invoca contra el granizo, aludiendo a las piedras de su martirio.