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El pecado

El pecado

Exposición del caso:

Los padres de Pablo deciden que vaya un año al extranjero para aprender bien un idioma, a la vez que sigue con los estudios de bachillerato. Tras vivir con una familia que no era católica, vuelve al cabo de un año.

Un día, charlando con los amigos en el colegio, sale el tema de la televisión. Alguno comenta que hay tanta inmoralidad en la programación, “que no hay quien la vea; es que no se salvan ni los anuncios”.

Pablo reacciona de forma brusca. Dice que ven pecados por todas partes; que les han dado una educación “en la que está prohibido divertirse: todo lo que es divertido acaba siendo pecado”. Añade que una cosa es respetar a los demás y no hacer daño, y otra es saber disfrutar de esta vida -que para eso está-, “que si no haces mal a nadie no tiene por qué estar mal”; al revés, el daño lo harían los que crean en la gente remordimientos de conciencia cada vez que sólo quieren pasárselo bien. Los ve como gente “estrecha e intolerante”. “Hay que ir a otros sitios y conocer otras mentalidades para darse cuenta. Yo no me meto con Dios viendo lo que quiero en la tele o pasándomelo bien: ni con Dios ni con nadie. Además, yo entiendo a Dios como bueno y misericordioso, y no me va a mandar a ningún infierno por esas cosas. Y no vengáis diciendo que si la Iglesia manda o no manda, porque donde vivía estuve una vez con el cura católico de esa zona y me dijo que eso de los pensamientos impuros, que decís que es una porquería, era algo de egoísmo, eso sí, pero algo inofensivo: no estaba bien, pero no era una cosa grave. Si por vosotros fuera, hasta soñar sería un pecado mortal; o, por lo menos, lo sería si te acuerdas de lo que has soñado”.

Llegó la hora de volver a clase y ahí acabó la conversación. Uno de los amigos, José María, se quedó pensativo. Por una parte, los argumentos de Pablo parecían tener algo de atractivo. Por otro lado, tras el año de ausencia, veía a Pablo cambiado: más brusco de carácter, más altanero, peor estudiante, y, lo que más le afectaba, iba mucho más “a lo suyo”. Parecía que no le importaba lo que le pasara al prójimo. Y, sintiéndolo mucho, notaba que su amistad se iba enfriando.

Preguntas que se formulan:

-¿El pecado es algo malo por estar prohibido, o está prohibido por ser algo malo? ¿Es malo sólo por hacer daño a otros? ¿Cómo definirías el pecado?

-¿Puede ser una ofensa a Dios algo que no se refiere a Él directamente? ¿Por qué? ¿Se puede ofender gravemente a Dios si no se piensa en Él, sino sólo en divertirse?

-¿Por qué la conducta pecaminosa con frecuencia se presenta como atrayente o divertida? ¿Lo es de verdad? ¿El bien de la persona coincide con lo divertido? ¿Por qué? ¿Hacer el bien produce satisfacción? ¿Y felicidad? ¿Son lo mismo que diversión o placer?

-¿Se puede apreciar en Pablo algún efecto visible de una vida de pecado? ¿Proceden esos efectos de otros que no se ven?

-¿Por qué los pecados internos pueden ser graves, si no parecen tener consecuencias? ¿Dónde está la raíz de todo pecado: en la voluntad o en las obras? ¿Añaden algo éstas a aquélla?

-¿Se puede cometer soñando un pecado mortal? ¿Y venial? ¿El acordarse después de lo que se ha soñado modifica algo el valor moral? ¿Qué se requiere para que una conducta sea pecado mortal?

-¿Puede apreciarse aquí alguno de los llamados “pecados contra el Espíritu Santo”?

-¿Cuál es a tu juicio el motivo del cambio de Pablo? ¿Crees que ha cambiado de vida y consecuentemente de ideas, o primero de ideas y consecuentemente de vida?

-¿Es el evitar el pecado el principio fundamental de la moral? ¿Una ascética basada exclusivamente en evitar el pecado estaría bien planteada?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 386-387, 402-412, 1846-1869.

Comentario:

Ya lo decía el Señor: “Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede el árbol bueno dar malos frutos, ni el árbol malo frutos buenos. (…) Por los frutos, pues, los conoceréis” (Mt 7, 17-20). Aquí ya se ve que falla algo, y José María se da cuenta.

Esto pone ante nuestros ojos que el pecado no consiste en una prohibición: es un mal. Y por eso está prohibido, y no al revés. Es también una ofensa a Dios. Pero esto hay que saberlo entender bien. No quiere decir que tenga necesariamente que haber una intención ofensiva hacia Dios. Algunos piensan que sí, al menos para que el pecado sea grave; o, de modo parecido, piensan que lo que es verdaderamente importante, en realidad lo único grave -para mal o para bien-, es la llamada “opción fundamental”: la opción de dirigir la existencia hacia un sitio u otro, hacia el mal o hacia el bien. Eso sería una buena moral para ángeles, para espíritus puros, pero no para hombres. La nuestra es una existencia continuada en el tiempo, y tenemos que decidir nuestro comportamiento muchas veces, y podemos, en un momento dado, elegir de forma contraria a lo que nos hemos propuesto como fin. Basta pensar en un estudiante que decide tomarse en serio su estudio; pero, a la hora de la verdad, tiene que renovar esa voluntad cada día de trabajo, porque puede suceder que a la hora de la verdad la pereza “le pudiese”, a pesar de su buena intención inicial.

La verdad es que pocos pecados se cometen con la intención explícita de ofender a Dios. Pero se ofende a Dios contrariando sus planes. Somos imagen de Dios, y se ofende a Dios desfigurando esa imagen en nuestras vidas. Podemos ver alguna semejanza en esta vida, como cuando un padre se siente ofendido si su hijo desaprovecha toda la educación que le ha dado y todo lo que se ha gastado en sus estudios. Y nuestra dependencia de Dios es mucho mayor que la de cualquier hijo a su padre. Dios es un Padre que espera de sus hijos que se comporten como tales. En esta misma vida, si Pablo pensara que es buen hijo por el simple hecho de que no se mete con su padre, sería difícil darle la razón; más bien pensaríamos algo así como “¡sólo faltaba eso!”. Y sobre lo de “no hacer daño a nadie” ya se contestaba al comentar la postura de Cristina en el caso sobre “La moralidad del los actos humanos”. Aquí no está de más añadir que conviene no olvidar que el pecado es, antes que nada, ofensa a Dios. En la parábola del hijo pródigo que enseñó Jesucristo, cuando el hijo, arrepentido de lo que le había hecho a su padre, vuelve a pedirle perdón, lo hace con estas palabras: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 21). El cielo estaba primero.

El núcleo de la argumentación de Pablo puede encontrarse en la frase “si no haces mal a nadie no tiene por qué estar mal”. No parece darse cuenta que a quien en primer lugar hace daño cuando comete algún mal es a sí mismo. Él, como todo ser humano, es libre al obrar. ¿Puede hacer lo que quiera? En cierto sentido sí, pero lo que haga no es indiferente para él mismo. Por ser libre, es responsable. Es responsable de su propia vida, y por ello en su mano está utilizarla para mejorar o echarla a perder, que es lo que parece que está ocurriendo en este caso. El ser humano viene al mundo “por hacer”, y no sólo en cuanto al desarrollo físico, sino también al moral. Éste, a diferencia de aquél, no acaba nunca en esta vida. Y este “hacerse” es una responsabilidad primariamente de cada cual. ¡Tendría gracia que fuéramos responsables de la vida de los demás, y no de la propia! Porque esto es lo que se concluiría de las palabras de Pablo.

En este “hacerse”, las acciones libres de la persona no son algo que repercute sólo en el exterior. Para bien o para mal, “quedan” dentro del sujeto. Así, por ejemplo, si uno dice la verdad se hace veraz, y si miente se hace mentiroso. Hoy día bastantes olvidan esto. En el nivel teórico, está bastante de moda el llamado “consecuencialismo”, que consiste en medir la moralidad de los actos solamente por las repercusiones -consecuencias- externas. Olvida que uno mismo no es indiferente a la propia conducta. Y ésta puede ser mala, gravemente mala, sin que trascienda necesariamente al exterior. Basta pensar, por ejemplo, en el odio para darse cuenta de ello.

En cuanto al daño al prójimo, es evidente que con algunas conductas se le causa directamente, lo cual, lógicamente, agrava el mal. Pero tampoco hay que olvidar que indirectamente se le causa un daño siempre si se obra mal. Todos vivimos con los demás y también para los demás. Por tanto, un deterioro propio siempre repercutirá en el prójimo: les negamos algo que cabe esperar de nosotros. Es lo que nota José María: a él no le había hecho nada directamente, pero… sí indirectamente. La razón es sencilla. Al suponer siempre un daño en el alma del pecador, lo que éste puede dar a los demás queda comprometido. De ahí esos cambios bruscos de carácter en Pablo, ese mal humor, ese egoísmo, que no puede menos que afectar al prójimo. Incluso convierte ese egoísmo en “filosofía”: pone por encima de todo y de todos el divertirse, y al parecer todo lo que los demás van a poder esperar de él es que les deje en paz. De un amigo cabe esperar más.

El pecado es, sencillamente, el mal moral, toda conducta inmoral. Esto es fácil de entender. Quizás no lo sea tanto el que suponga una ofensa a Dios. Pablo, desde luego, no lo entiende así: él “no se mete con Dios”. Pero no hace falta meterse directamente con Dios para ofenderle. Para ofender a un Padre basta con ofender a sus hijos, y trastocar el orden que, buscando su bien, ha establecido para ellos.

El bien, por serlo, parece que tendría que presentarse siempre como lo más atractivo. Pero no siempre es así: muchas veces el mal se presenta como algo divertido y el bien como algo más bien aburrido. Esto necesita una explicación. De entrada, hay que decir que “atractivo” y “divertido” no son dos palabras con el mismo significado. Lo divertido es más inmediato y más superficial; lo que atrae en lo más profundo de nosotros mismos suele a la vez presentarse como algo difícil de conseguir. Un ejemplo muy generalizado son los títulos académicos. En realidad, en el fondo de Pablo y muchos otros con su misma mentalidad es que identifican felicidad con diversión. Es un serio error. La felicidad es algo profundo y estable, justo lo contrario que la diversión. Ésta no es mala de por sí, pero ponerla como fin de la vida lleva a evitar esfuerzos a toda costa, y, con ello, renunciar a adquirir virtudes -conseguirlas es trabajoso-, con lo que, tarde o temprano, se desemboca en un serio fracaso personal, lo que produce una profunda insatisfacción e infelicidad. Se acaba así… hasta con la propia diversión, pues se produce un hastío en el que ya nada divierte.

En gran parte de los pecados lo que se busca es “divertirse”: la satisfacción propia. Podría pensarse que eso no es algo malo, o por lo menos “muy” malo. Y en principio es verdad: no lo es. Lo malo es a costa de qué. Si eso se pone por encima de Dios, de los demás, de los deberes propios -en suma, del bien-, sólo puede desembocar en el mal, en el pecado. Éste se suele presentar como algo atractivo; al menos aparentemente, como algo divertido o que va a proporcionar satisfacción. Pero una cosa son las apariencias y otra la realidad. Acaba ocurriendo algo parecido a lo que ocurre con el sueño: si alguien, cuando se acuesta, se obsesiona pensando en que debe dormir, el resultado más probable será el insomnio. Aquí conviene distinguir el placer de la alegría, que es algo más estable, profundo y espiritual que aquél. Si uno sólo busca la diversión, no tardará en pensar que su felicidad estriba en acumular cosas placenteras. Las conseguirá, pero el resultado es -y en el caso se aprecia- que la alegría se le escapa. Queda un placer que pronto hastía, y una sensación de vacío en la vida, porque el corazón humano está hecho para el amor, no para el placer. Y el amor verdadero, lo único que realmente llena un corazón y por tanto alegra una vida, requiere olvido de sí para darse a los demás, y a Dios. No es de extrañar que José María note que se está enfriando su amistad con Pablo. No es culpa suya: es que en el planteamiento de Pablo, en su corazón, algo como la amistad no tiene sitio.

De todos modos, ya señalábamos que divertirse no es un mal. Al contrario. Tiene que ser la expresión natural de la alegría. Es una gran mentira que en el cristianismo esté prohibido divertirse, o casi. Por ello, una tarea que incumbe a los cristianos es enseñar a divertirse, un verdadero “apostolado de la diversión”. Aquí entra en juego un don de Dios, que hay que saber emplear apropiadamente: la imaginación. Pero, sobre todo, debe entrar en juego un verdadero corazón cristiano que oriente adecuadamente el entretenimiento, el ocio, la diversión.

Para entender bien esta cuestión hay que tener una clara idea de quién es el hombre, incluido el pecado original, pues éste explica su actual situación. La herida que produjo alcanza a la inteligencia, que en muchas ocasiones entiende mejor el atractivo de lo agradable que la belleza de los bienes más radicales. También alcanza a la voluntad, lo que hace que conseguir los bienes verdaderos sea con frecuencia arduo. Esta vida es una lucha continua -debe serlo- para conseguir el bien, y no es extraño que lo arduo de los medios oscurezca la bondad del fin perseguido y la alegría y felicidad que lleva consigo.

Lo que dice el sacerdote católico citado a Pablo es lamentable, aunque alguna vez han sucedido cosas así. De todas formas, nos sirve para hacer algunas distinciones, para clasificar los distintos tipos de pecados.

El pecado admite varias clasificaciones. La más importante, con diferencia, es la que distingue entre pecado mortal y pecado venial (sin que quepan estados intermedios). Es la distinción más importante, porque el primero supone una ruptura total con Dios: quita la gracia, nos hace merecedores de la pena eterna; mientras que el segundo se limita a obstaculizar los efectos de la gracia y hacernos merecedores de una pena temporal. No corresponde a este caso examinar por qué este pecado concreto es grave. Basta decir que la materia lo es, porque la sexualidad es un elemento importante de nuestra personalidad y de nuestro ser. A Pablo le dicen que es pecado venial -leve- lo que es pecado mortal -grave-.

Sólo el pecado grave es pecado en su sentido más pleno. Requiere que la acción sea gravemente mala y sea cometida con plena libertad -en advertencia y consentimiento-. Es decir, para que un pecado sea mortal, tiene que haber materia importante -“grave”-, clara conciencia de que está mal y expreso consentimiento. Si se da, desvía a la persona de su fin, y pierde así la gracia de Dios. Si falta esa llamada “materia grave” o falta esa plena libertad -la advertencia no es clara o el consentimiento no es pleno- el pecado es venial. Es verdadero pecado, pero imperfecto como pecado. No aparta del fin, y no se pierde la gracia de Dios; tampoco se disminuye, aunque lo que sí disminuyen son sus efectos: se enfría la caridad, y es una traba para obrar bien. Por eso no se debe despreciar nunca, sobre todo cuando se trata de actos deliberados: nos irían colocando a la puerta de cosas peores.

Ahora bien, si alguna de esas tres cosas no existe en absoluto, lo que no hay es pecado. O, al menos, no lo hay “formalmente”: puede haberlo “materialmente” -una conducta mala pero sin culpa ninguna por parte de quien la hace-, pero el llamado “pecado material” no es propiamente pecado. Esta es una segunda distinción. Y pueden quedarse tranquilos los protagonistas del caso: lo que se sueña no es pecado mortal; no es ni siquiera pecado, se acuerde uno o no después.

Una tercera distinción es entre los llamados “pecados internos” -los que no han salido de la mente del que lo comete- y “externos”. Para alguien que como Pablo tiene como criterio de lo que está bien o mal el no hacer daño a nadie, no es de extrañar que los pecados internos carezcan de importancia. Pero no es difícil entender que eso está mal planteado, porque lo meritorio y lo reprobable requieren que lo que se haga sea voluntariamente. Es en la voluntad donde radica el bien y el mal. El Evangelio lo dice bien claro: “porque del corazón provienen los malos pensamientos… (sigue una lista de pecados). Esto es lo que contamina al hombre” (Mt 15, 19-20). De todas maneras, los externos suelen tener la malicia añadida de mostrar una voluntad más decidida en el mal, que llega a la acción.

Unas palabras del Señor -“cualquier pecado o blasfemia les será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no les será perdonada” (Mt 12, 31)- han dado paso a considerar, dentro de los pecados, los llamados “pecados contra el Espíritu Santo”, que son aquéllos que se hacen imposibles de perdonar -mientras persistan- porque se trata de pecados que en sí mismos impiden a quien los comete acudir al perdón divino, cerrando la acción del Espíritu Santo en su alma. Se suelen distinguir seis, de los que aquí vemos en Pablo tres: la presunción de salvarse sin merecimientos, la impugnación de la verdad conocida, y la obstinación en los pecados.

En un caso concreto como éste no es fácil juzgar lo sucedido con Pablo con absoluta certeza. Pero tampoco está de más decir que lo más frecuente en casos como éste es que esas ideas sean, no tanto la causa de una conducta desordenada, sino más bien la consecuencia. A nadie le gusta quedar mal ante uno mismo, y, una vez decidido hacer el mal, el amor propio tiende a buscar justificaciones. Si esa voluntad de hacer las cosas mal es firme, se puede llegar, y se llega, a buscar razonamientos excusantes, por los cuales resulta que no es tan malo lo que se hace; si la soberbia es de gran envergadura, incluso se llega a buscar teorías por las que está bien lo que se hace, hasta es una virtud -y en nuestros días, como siempre, apoyos “intelectuales” no faltan para quien los busca-, y los “malos” son precisamente los que procuran evitar el pecado.

No conviene olvidar, por último, que este caso trata del pecado, y por eso la exposición se centra en él. Pero la vida cristiana debe ser positiva. No se trata tan sólo de evitar el pecado. Se trata de adquirir las virtudes, sobre todo la caridad, que mueve a todas las demás. Cuando se ve así, es mucho más fácil darse cuenta de que luchar para evitar el pecado es algo que vale la pena. Como la santificación es obra de la gracia, y nuestra parte consiste en quitar los obstáculos a la acción de esa gracia, podría decirse que la ascética cristiana se resume en evitar el pecado, pero esta realidad puede y debe ser presentada de una manera más positiva. Combatir de verdad el pecado -incluidos los veniales- sólo puede ser fruto del amor de Dios. Y este amor hace que el llamado “temor de Dios” se convierta en el temor a ofender a quien queremos con todo el corazón. La lucha del cristiano no es una lucha áspera y asfixiante contra el pecado que acecha por todas partes. Debe ser la lucha de quien, por amor a su Padre celestial -y, por Él, al prójimo-, se esfuerce con ilusión en quitar de su vida lo que desmerece de su condición de hijo de Dios.

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Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Fin último. Filiación divina. Virtudes y dones

Exposición del caso:

Concha tiene una amiga, Dori, bastante alejada de la práctica cristiana. Algunas veces ha intentado que cambie, pero no sólo no le hacía caso, sino que parecía enfadarse al oír hablar de esos temas.

Un día, tras estudiar las dos varias horas en casa de Concha, hablan de muchas cosas, y acaban por tratar del sentido de la vida. Concha le dice que nunca ha querido molestar ni ser pelma, sino que habla de esto porque es amiga suya y quiere para ella lo mejor. Le explica que cree de verdad que sólo Dios da sentido a la vida, que estamos hechos para amar a Dios, que es nuestro Padre; que sólo viviendo en gracia y esforzándonos por quererle somos felices; y que, aunque a primera vista sea muy costoso, la ayuda de Dios nunca falta y “al final resulta que no es para tanto”.

Dori le agradeció de verdad el interés que se tomaba por ella y le dijo que le iba a contar lo que le pasa por ser su amiga, pues nunca lo había hablado con nadie. Resulta que su padre era una persona insoportable, y durante años había hecho insufrible la convivencia familiar, hasta que al fin se fue de casa, dejando a su madre mal de los nervios. Cada vez que pensaba en su padre, “sentía un rechazo, que no podía evitar por mucho que lo intentara”. Pensaba que le odiaba. Había intentado olvidarlo algunas veces, e incluso había ido a confesarse, pero sólo le decían que perdonase, y entonces el tema volvía a su cabeza, si cabe con más fuerza, y sólo había conseguido empeorar la situación. Incluso recordaba una vez que, yendo a comulgar inmediatamente después de confesarse, de repente le apareció en la imaginación la cara de su padre, y acabó por salirse de la fila. Por eso había acabado “mandándolo todo a paseo”.

Añadió que comprendía que Concha viviese como lo hacía, con una familia normal y sin problemas, pero que para ella era imposible, y no se le podía acusar de no haberlo intentado. Además, cuando le había dicho que Dios es nuestro Padre le había dado un escalofrío al oír la palabra “padre”: “fíjate, que hasta a veces pienso que no me quiero casar nunca para que mis hijos, si es que tengo, no tengan padre”. Si Dios de verdad quería y esperaba de ella lo que Concha decía, no entendía por qué permitía que le pasara eso y no la ayudaba: “a ti ya se ve que cada vez vas mejor, pero lo que es a mí…; y no me quiero proponer nada serio porque no tengo fuerzas para nada, ni para estudiar: la cabeza se me va a otro sitio”. Total, que por eso estaba así: ya no se fiaba de nada ni de nadie.

Concha se quedó helada cuando oyó todo eso. No se esperaba una cosa así, y no supo qué decir. Al final, le comentó que necesitaba pensar en todo lo que le había dicho, y ya le contestaría más adelante.

Preguntas que se formulan:

-¿Qué significa que el cristiano es hijo de Dios? ¿Puede decirse que el fundamento para una vida cristiana está en confiar en Dios? ¿Por qué? ¿Qué motivos hay para esa confianza?

-¿La llamada por Dios a la santidad es para todos, sin excepciones? ¿Cuál es el motivo?

-¿Puedes apreciar alguna influencia de mundo, demonio y carne en la situación expuesta?

-¿Hay alguna diferencia entre “sentir un rechazo” y odiar? ¿Qué diferencia hay entre una pasión y un acto malo? ¿Y entre sentir y consentir? ¿Pueden dominarse las pasiones, incluso en un caso como éste? ¿Cómo?

-¿Es desde un punto de vista humano insuperable esta situación? ¿La gracia altera de alguna manera la respuesta a esa pregunta? ¿Cómo? ¿La existencia de la gracia da pie para poder explicar por qué Dios tolera males? ¿Qué significa tener visión humana y visión sobrenatural en este caso?

-¿De verdad puede decirse que Dori puso todos los medios? ¿Cuáles son los medios sobrenaturales imprescindibles?

-¿A qué se debe que a Dori le falten las fuerzas para afrontar cualquier esfuerzo? ¿Y que Concha cada vez vaya mejor se debe sólo a sus circunstancias favorables y el crecimiento natural?

-¿Qué responderías al oír una situación como ésta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 407-412, 460, 654, 897-913, 1716-1724, 1803-1804, 1812-1813, 1830-1832, 2012-2016.

Comentario:

Concha es prudente cuando dice que necesita tiempo para pensar las cosas y dar una respuesta. La precipitación es mala consejera. Si medita -que es algo más que pensar- en la situación, quizás vería que es una buena oportunidad para darle la vuelta al planteamiento de su amiga.

En el caso anterior veíamos que todos los hombres tienen una dignidad, conforme a la cual deben vivir, por tener una naturaleza que les hace ser personas. Pero resulta que tenemos una dignidad aún mayor, que nos viene por el bautismo: la condición de hijos de Dios. Es una dignidad de la que puede decirse que es más divina que humana, ya que no se trata sólo de un título -el de adopción-, sino de una verdadera participación de la naturaleza y la vida divinas. La gracia, infundida en nuestras almas, hace posible esta realidad. Claro está que esto trae consigo nuevas responsabilidades: el deber de vivir como hijos de Dios. Esto hace que la moral cristiana añada una nueva dimensión a la que podríamos llamar “moral natural”, sin negar ninguna de las exigencias de ésta, pues la condición de hijos de Dios no anula -al revés, dignifica- nuestra condición humana.

La adopción es un hecho singular, como singular es para cada uno el bautismo, por el cual Dios nos adopta. Esto quiere decir que Dios nos acoge, nos acepta, nos llama, uno a uno: es la llamada divina para cada hombre y mujer, la vocación cristiana. Es singular… y es universal, porque a todos invita a ser hijos. En el caso expuesto, habría que explicar a Dori que ese rechazo hacia su padre es comprensible, pero que no puede extenderlo a todo padre; al revés, no tendría ese rechazo tan fuerte de haberse tratado de un extraño, precisamente porque de un padre cabía esperar otro tipo de comportamiento.

Con otras palabras, la aversión no nace por tratarse de su padre, sino por haber defraudado como padre. Pues bien, gracias a la fe que conserva -se nota que la conserva-, debe entender que Dios es un Padre que no defrauda, que no puede defraudar, que tiene preparado lo mejor para sus hijos; que, como buen Padre, nos va divinizando con la gracia y nos reserva lugar en su propia casa -el cielo-, para disfrutar eternamente, sobre todo de Él mismo: algo que sólo un hijo podría esperar. El que un mal padre haya podido causarle tanto daño pone de manifiesto la necesidad que tenía de un buen padre. Y lo mismo sucede en la vida espiritual, sólo que en este caso no se debe a unas lamentables circunstancias exteriores, sino al abandono propio. Si un padre poco ejemplar puede hacerle mal, cuánto bien podrá hacerle un buen padre. Y si ese padre es nada menos que Dios…

A primera vista, puede parecer que el título de “padre” aplicado a Dios corresponde al Creador con respecto a sus criaturas, al menos cuando éstas tienen, como el hombre, espíritu. Pero esto no es a lo que se refiere el cristianismo cuando habla de Dios como Padre. Hay algo más, y aun más importante. Se trata de la adopción divina, y su consecuencia en el hombre: la filiación adoptiva. Dios nos ha adoptado como hijos. Pero el concepto de “adopción” puede dar lugar a equívocos. No se trata de una adopción como las que hay en el mundo. En éstas, no cabe más que algo externo: se considera a una persona como hija de otra, cuando en realidad no lo es. Dios puede hacer más, y nos hace verdaderamente hijos: recibimos en lo más íntimo una realidad divina, que nos da una semejanza con Dios mismo: es la gracia santificante, que recibimos por primera vez en el Bautismo. Jesucristo nos la consiguió.

La condición de hijos nos permite darnos cuenta de la confianza que debemos poner en Dios y la confianza con la que debemos tratarle: la propia de hijos. También nos explica la exigencia de la vida cristiana: la propia de hijos de Dios. Así, el “sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto” (Mt 5, 48) no indica sólo un término de comparación, sino también el motivo: los hijos se deben parecer a su Padre. La condición de hijos es la razón de la llamada universal a la santidad.

Pues bien, alcanzar esta plenitud de vida divina, destino eterno del hombre, pasa a ser para los hijos de Dios su fin último, lo que da sentido a sus vidas.

Dori replica que si Dios es su padre no puede comprender cómo permite que le suceda lo que le ha sucedido. Es comprensible. No nos detendremos mucho en este problema, porque ya fue examinado al estudiar el caso sobre la naturaleza de Dios. Para intentar entenderlo, hay que pensar en primer lugar en la desproporción entre el sufrimiento que pueda haber aquí y la gloria que nos espera; aunque sólo fuera por la eternidad de esta última, ya nos podemos dar cuenta de que lo que se puede padecer aquí es poco en comparación con el gozo sin fin. Cuando se sufre por alcanzar algo que vale la pena, una vez alcanzado se olvida uno de lo que le ha costado, o, si se acuerda, suele ser para estar orgulloso de ello. Piénsese, por ejemplo, en una asignatura difícil. Y ya hemos tratado anteriormente del valor redentor del sufrimiento humano: es una invitación a asociarnos a la Cruz del Señor… para asociarnos después a su gloria. Además, la providencia divina aprovecha esas situaciones difíciles para acercar a las almas hacia Sí: una invitación a buscar en Dios el refugio y la fortaleza que necesitamos. Se podrá contestar que todo esto es cierto, pero que también lo es que eso no se suele pensar en el trance del sufrimiento, sino después, cuando ha acabado. Es verdad, pero aquí es donde hay que pedir -a Dori, en el caso expuesto- un voto de confianza: de fe y de esperanza.

Dori, con todo, piensa que eso, dada su situación, es imposible, y que además no se puede decir que no lo haya intentado. ¿Y no es verdad? ¿Remontar esa situación no es algo que supera sus fuerzas humanas? Sí… y no. Tal como se formula la pregunta, sí: supera sus fuerzas humanas. Pero no son las únicas con las que cuenta. Dios nos pide vivir como hijos suyos -nos pide que seamos santos: “sed pues perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48)-, y eso supera nuestras posibilidades humanas. Sin embargo, junto con la nueva meta nos proporciona los medios para conseguirla: la gracia lleva consigo una ayuda divina, que se concreta en las virtudes infusas y en los dones del Espíritu Santo. Y “fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas” (1 Co 10, 13). O sea, que lo que resulta inalcanzable con las solas fuerzas humanas, resulta asequible si se ponen los medios sobrenaturales. Éstos son sobre todo la frecuencia de sacramentos y la oración. Lo que dice Concha es cierto: lo que parece insuperable, acudiendo a la gracia y con un poco de paciencia, acaba por “no ser para tanto”. Y esto, claro está, no depende de las circunstancias.

De todas formas, tampoco hay que olvidar que entre los medios con que cuenta la providencia divina se encuentran “los demás”: Dios cuenta con nosotros como instrumentos suyos, la ayuda que podemos dar forma parte de los planes divinos de salvación. De ahí la responsabilidad que tenemos de responder a nuestra llamada divina, pues no sólo abarca nuestra vida, sino también las vidas ajenas. Lo que Dori oía en el confesonario era, sin lugar a dudas, correcto. Pero resultaba insuficiente: era indicarle qué tenía que hacer, pero no cómo debía hacerlo. Y el resultado era aumentar su desasosiego. Por fortuna, su amiga Concha resultó ser más positiva. Aunque, claro está, deberá saber seguir bien lo que tan bien ha comenzado. Por ser amiga y plantear las cosas de un modo tan esperanzador, ganó la confianza de su amiga, y con ello el primer paso para salir del problema. Porque ese encerrarse en sí misma sin confiar en nadie sólo podía conducir a donde estaba conduciendo: un progresivo deterioro, no sólo de lo sobrenatural, sino también de lo humano. Quizás fuera un poco inmodesto que Concha lo dijera a su amiga, pero lo cierto es que en esa “ayuda de Dios que nunca falta” estaba incluida… ella.

Es claro, por tanto, que la vida cristiana es exigente, muy exigente; carecería de sentido negarlo. Ahora bien, ¿tiene razón Concha al decir que, aunque a primera vista sea muy costoso, “al final resulta que no es para tanto”? Sí: bien interpretado, es la verdad. De entrada aparece como muy costoso, porque se ve con más facilidad lo que se nos pide que la ayuda que se nos proporciona para conseguirlo. Con esa ayuda, aunque no sea fácil siempre está al alcance de la mano. Esa ayuda es invisible, pero eficaz: esa misma gracia que nos hace hijos de Dios, nos proporciona también ayuda para portarnos como tales. Por eso, entre otras razones, es importantísimo vivir en gracia de Dios: sin ella, la vida cristiana se hace inasequible; con ella, si no falta el esfuerzo por nuestra parte, se avanza. Por eso Dori puede ver en su amiga que cada vez va mejor. Lo que no entiende es que no es un asunto de puras fuerzas humanas, de pura voluntad. Le falta “ver” la gracia: falta visión sobrenatural.

Hay, sin lugar a dudas, obstáculos; en esta lucha hay también enemigos. Tradicionalmente se los enumeraba como “mundo, demonio y carne”. No son “las circunstancias”, de modo impersonal, lo que dificulta la vida de la gracia. El enemigo es siempre personal: las palabras citadas corresponden al demonio, a los demás y a uno mismo.

La palabra “mundo” puede tomarse con varios significados. En el caso que nos ocupa tiene un sentido bastante negativo, y se refiere al ambiente humano que incita al pecado, algo, por desgracia, muy frecuente en todas las épocas. Es el ambiente que nos rodea, que debería incitar al bien, pero muchas veces incita al mal. En este caso viene representado por uno de los ambientes más influyentes en las personas: el familiar. Salta a la vista la diferencia entre una y otra de las chicas en este aspecto. Y las distintas consecuencias.

El demonio existe, y actúa. Lo suyo es tentar al mal, sobre todo con imágenes, porque tiene acceso -el que Dios le permite- a la imaginación, pero no a la voluntad. El demonio, como ya se ha visto en otro caso, es un ser personal, un ángel caído. Tiene el poder que Dios le permite tener. Lo que puede hacer es tentar, presentar en nuestra imaginación un mal. Es difícil medir su actuación, pues entran en juego otros factores que también invitan al mal, pero lo cierto es que cumple su papel, y tienta: ¡tentó al mismísimo Jesucristo! No es fácil calibrar en qué medida actúa y en qué medida es nuestra propia inclinación al mal la causante de nuestras tentaciones. Normalmente actúa con el suficiente disimulo como para no dejarse reconocer, pero en este caso, sin embargo, se ha incluido algo que difícilmente puede achacarse a nuestra concupiscencia y tiene en cambio un típico “tufillo” satánico: esa imagen que aparece bruscamente en la fila de la comunión justo después de la confesión, a que alude Dori.

Queda “la carne”, que no tiene el exclusivo sentido de sensualidad: se refiere a ese desorden interior, herencia del pecado original, que empuja hacia el mal. Nuestras pasiones, después del pecado original tienden al descontrol, y con él al mal. Aquí la pasión es el odio, que parece incontrolado. Lo es hasta cierto punto. Porque el caso es que Dori parece tener poco en cuenta la distinción entre sentir y consentir, y que el mal -lo inmoral- es lo segundo, pero no lo primero. De lo primero es responsable la pasión, de lo segundo la voluntad. Distinguir ambas cosas hubiera ayudado bastante a Dori, pues no se hubiera atormentado tanto y así hubiera sido más fácil superar la situación. De todas formas, en la formulación clásica de los obstáculos de la vida cristiana, éste es el peor formulado. No toda inclinación al mal proviene de las tendencias corporales. Peor que ellas es la soberbia, el orgulloso deseo de anteponer la afirmación del “yo” a toda otra cosa, a los demás y a Dios. También es patente cómo el ambiente, en este caso el familiar, repercute negativamente.

Es de particular interés, tanto para la formación como para la tranquilidad de conciencia, distinguir entre una tentación y un pecado. La primera “se siente”, el segundo “se consiente”. No hay pecado sin consentimiento -y, para que sea grave, se requiere clara advertencia y pleno consentimiento: un acto plenamente libre-, por tremendo que pueda ser lo que se nos pueda pasar por la cabeza. Equivocarse en este sentido -normalmente, es por falta de formación-, puede traer muy malas consecuencias, como lo puede ser rendirse ante la tentación por considerar que el pecado es inevitable. Es lo que le ha ocurrido a Dori, en este caso con el odio. Para que éste sea un pecado no basta “sentir” odio, sino aceptarlo voluntariamente, que no es lo mismo. Lo primero puede ser incontrolable, pero no así lo segundo. Formarse bien en este sentido no sólo es moralmente bueno, sino también psicológicamente: como se ve en el caso de Dori, errores de este tipo pueden propiciar fácilmente ideas obsesivas.

Por lo demás, es claro que Concha lo hizo muy bien. Además, fue prudente: en una situación tan delicada como la que oye, si no se sabe muy bien qué decir, más vale pensar un poco las cosas y contestar más adelante que precipitarse diciendo lo primero que viene a la cabeza, con el riesgo de que resulte contraproducente. En realidad, no es muy difícil de contestar la cuestión. Lo que debe explicar es lo mismo que le había dicho antes, sólo que con algo más de detalle y aplicado a sus circunstancias. E insistir. Por supuesto, huelga decir que recomendar una buena dirección espiritual es -al menos en este caso- más una necesidad que una simple conveniencia.

Una última consideración nos permitirá ver aún mejor cómo Dios es un Padre que quiere y se preocupa por sus hijos. Dori necesita ayuda, pero está cerrada a la gracia. Se queja de que Dios no la ayuda. Pero no tiene razón. No sólo le envía ayudas interiores (las llamadas “gracias actuales”). Necesita a alguien, y por eso Dios le envía… a Concha.

Moralidad de los actos humanos

Moralidad de los actos humanos

Exposición del caso:

El viernes por la tarde, Lorenzo se reúne con sus amigos para ver una cinta de vídeo. La película resulta ser “El Doctor Zhivago”. La acción se sitúa en la Revolución rusa. La joven protagonista es una chica guapa, buena, con gran corazón, a la que los acontecimientos maltratan despiadadamente: pierde su hogar, sus bienes, se queda sola y desplazada, y perdida en la estepa le alcanza el crudo invierno ruso. En estas circunstancias, encuentra al Dr. Zhivago, el único ser que tiene compasión de ella, y le da abrigo, sustento y cariño. La chica no tarda en enamorarse del apuesto doctor, y viven juntos, aunque de modo intermitente, pues él está casado (con una mujer que no le ha correspondido bien) y ella lo sabe.

El sábado se vuelven a reunir los amigos. Pronto se comprueba que la película les ha impresionado, pues se convierte en el tema de conversación. Se centran sobre todo en la figura de la protagonista. Lorenzo se da cuenta de que las opiniones son muy diversas.

Marta reprueba decididamente el comportamiento de la chica. Dice que es todo muy bonito (la música y la fotografía de la película son excepcionales), pero que no hay que ser sentimentales. La chica “ya es mayorcita para saber lo que hace”, y lo que hace, se mire como se mire, se llama adulterio, y “eso está fatal”. Además, está rompiendo una familia y, si ya estaba mal, “pues peor todavía: cuando más necesitan un arreglo, viene ésta y se la acaba de cargar”. Y añade que si a ella la han dejado sola, eso no la justifica para dejar sola a otra; al revés, por haber sufrido eso tendría que ser más consciente que nadie del daño que puede hacer, y que hace.

Cristina contesta diciendo que hay que ser comprensivos, y ponerse en su situación. Es verdad –continúa- que está muy mal “ponerse a adulterar así porque sí”, pero aquí los motivos son otros. En ningún momento aparece que quiera hacer mal a nadie. Está haciendo lo único que puede hacer por la única persona que le ha dado cariño. Está intentando hacer un poco feliz a quien ha hecho todo por ella. Y no es que no quiera hacer daño a nadie, es que no lo hace ni por ella misma: lo hace porque le quiere, y por eso quiere hacer algo por él. En resumen, no lo ve tan mal.

Por su parte, Nicolás no es que “no lo vea tan mal”, sino que “lo ve bien, normal”. Dice que él sabe bastante de desarreglos familiares -sus padres están separados-, y que hay que atenerse a los hechos. “Todas esas teorías sobre el matrimonio son muy bonitas -añade-, pero la vida va por otro lado”. Cuando las cosas van bien está mal echarlas a perder, pero en este caso van mal, sin remedio, y la única solución era hacer lo que hicieron.

El cuarto juicio es el de Inés. Dice que “estará mal lo que ha hecho, pero hay que encontrarse tirada y sola en la nieve a 20 bajo cero, y entonces veríamos: te pones ahí, te cuida un poco un oso y, ¡vamos!, que en cinco minutos te has enamorado del oso”. Aclarando un poco más lo que quiere decir, explica que a la chica todo le lleva a hacer lo que hizo. En ningún momento aparece dueña de su vida: es empujada por los acontecimientos, y no hay quien se resista a actuar como ella si hubiera tenido que pasar por lo mismo. En fin, que esté mejor o peor su conducta, no se le pueden pedir cuentas de ella.

Al final, Lorenzo no dice nada pues no sabe que decir. Está perplejo, porque todas las opiniones parecían razonables y veía cosas ciertas en ellas, pero no eran compatibles entre sí.

Preguntas que se formulan:

-¿El bien y el mal se juzgan con la razón, o con los sentimientos?

-¿Qué quiere decir que “una conducta es mala”? ¿Basta que un elemento de la conducta esté mal para que se pueda decir que es inmoral? ¿Tiene que estar íntegramente bien para juzgarla como buena?

-¿Hay conductas que siempre son malas? ¿Lo son sólo por las consecuencias dañinas que tienen para otros? ¿Puede decirse que hacer algo malo no es grave por no hacer mal a nadie?

-¿Una buena intención puede justificar cualquier conducta? ¿Puede en algún caso el fin justificar los medios?

-¿Tienen alguna influencia las circunstancias en la moralidad de una conducta? ¿Tanta como para hacer bueno algo malo, o malo algo bueno? ¿Es verdad que la vida puede presentar situaciones tan distintas, que no se pueda decir que nada es absolutamente malo, o sea, en toda circunstancia?

-¿Puede decirse que el hombre está dominado por las circunstancias? ¿O que puede estarlo? ¿Hasta qué punto? ¿Como pueden afectar las diversas circunstancias a la libertad? ¿Y las “circunstancias interiores” (sentimientos, estado de ánimo, salud mental, miedo, etc.)? ¿Es el hombre responsable de todo lo que hace conscientemente?

-¿Comprender a alguien supone necesariamente dar por bueno lo que hace? ¿Se le hace un favor a alguien ayudándole a suprimir remordimientos de conciencia?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1730-1742, 1749-1756, 1762-1770.

Comentario:

Para este caso se ha escogido como punto de referencia una película famosa con una fuerte carga sentimental. La situación de la protagonista es lamentable, y el espectador tiende casi instintivamente a ponerse de su lado, lo cual provoca que se busquen motivos que excusen su conducta. Es lo que sucede aquí. Pero esos motivos corresponden a algunas de las teorías morales de mayor difusión en nuestros días. Las distintas respuestas muestran diversas teorías que, consciente o inconscientemente, han influido en la formación de los amigos que se reúnen.

El problema está en que aparecen unos sentimientos que no están controlados por la razón, que, en consecuencia, se vuelven irracionales, y los protagonistas ciegos para ver el daño que se hacen y hacen a otros con su comportamiento. Se dice a veces que el amor es ciego. En realidad habría que precisar: más que el amor en sí, lo que es ciego es la pasión irracional y el sentimiento descontrolado. Y obrar a ciegas no es precisamente el modo más humano de obrar. Y la moral propugna precisamente el obrar más propiamente humano, el más acorde con la naturaleza y la dignidad de la persona. En la película aparecen situaciones verdaderamente dramáticas, y los protagonistas merecen comprensión. Pero comprensión no significa dar por bueno lo que no lo es. Si se llegó a esa situación tan lamentable fue por culpa de otras personas que obraron mal. Pero no se corrigen errores con otros errores, ni males con otros males. ¿No se podrían compensar? No: lo que hacen es acumularse, prolongando una cadena de pecados que sólo sirve para incitar al mal a los que siguen.

A su vez, este caso muestra varias de las teorías sobre la moralidad más difundidas, en versión “popular”. Se muestra así que lo que parece una especulación teórica de algunos moralistas, que no parece que vaya más allá de su ámbito de especialistas, se difunde y cala bastante más en la gente de lo que en un principio pueda parecer.

La formulación clásica señala que la moralidad de un acto depende de su objeto -la conducta en sí misma-, el fin -la intención que mueve al que actúa- y, en menor medida, las circunstancias. Adosando las circunstancias al objeto -son como los “complementos circunstanciales” de éste-, tenemos dos elementos: uno objetivo -el objeto- y otro subjetivo -el fin-.

Cristina, a la hora de valorar la moralidad de la conducta, atiende sólo a la intención. Si ésta es buena, justificaría cualquier otra inconveniencia. Quizás no se dé cuenta de ello, pero lo que dice implica que el fin justifica los medios. Hay quien lo piensa así. Una variante es la llamada “moral de la opción fundamental”: si la persona libremente se propone hacer el bien, bien está lo que haga mientras no revoque explícitamente esa decisión. Otra es la llamada “moral de actitudes”, para la cual la actitud del que obra es el criterio de moralidad. Y no se trata de poner en duda la importancia de la intención, pero se debe añadir que no es lo único que cuenta. Cuenta también la conducta en sí. Lo que uno hace no es indiferente -no lo es para los demás, pero sobre todo no lo es para uno mismo-, de forma que haya que buscar el bien y el mal sólo en el motivo por el que lo hace. Por eso, para valorar moralmente una conducta hay que considerar un elemento objetivo -la conducta en sí-, y otro subjetivo -el motivo-: en moral se llaman “objeto” y “fin”. Para que una conducta sea buena, ambos deben ser buenos (el objeto, bueno o indiferente, pues hay muchas conductas que en sí mismas son moralmente irrelevantes, y entonces hay que juzgarlas a la luz de la intención que mueve a hacerlas). Para que sea mala, basta que lo sea cualquiera de los dos elementos. Y hay algunas conductas que son malas en sí mismas. Ningún fin bueno puede justificarlas. Aunque cabe decir más bien que no se pueden hacer con verdadera buena intención, salvo con una conciencia gravemente errónea. El adulterio es una de esas conductas llamadas “intrínsecamente malas”.

El error de Cristina es que sólo considera moralmente relevante el fin. Para ella, si la intención es buena todo queda justificado. Suprime así una de las reglas más elementales de la moral: que el fin no justifica los medios. En el fondo, de lo que parece no darse cuenta es que un acto inmoral no sólo es hacer algo inmoral, sino también hacerse inmoral al cometerlo. Lo que uno hace no sólo repercute en los demás; no sólo supone transgredir una ley, un mandato que se nos ha hecho. No es indiferente con respecto a uno mismo. Repercute en uno mismo, nos hace “malos”, nos deteriora. Cuando alguien intenta justificar una inmoralidad diciendo que “no hace daño a nadie”, olvida que sí hace daño a alguien: a sí mismo, que es de quien en primer lugar debe responder y está obligado a cuidar. Poner la moralidad de las acciones sólo en la intención o en las consecuencias que los actos acarrean -el llamado “consecuencialismo”-, son errores importantes porque subvierten la moral, al perder de vista que ésta lo que persigue en primer lugar es la perfección del que actúa, la perfección propia.

Es verdad es que -como dice Cristina- casi nadie “se pone a adulterar así porque sí”, y lo más habitual es que no se busque con ello directamente hacer mal a nadie. En realidad, lo que se busca es un bien, porque la voluntad tiende de por sí al bien. Pero en este caso el bien que se busca es desordenado: por un bien de rango inferior se comete un mal de orden superior. Se busca un bien secundario a costa del principal. Ahí radica el mal.

Si antes señalábamos que las circunstancias son algo secundario, para Nicolás parece que son lo principal. El objeto y el fin se completan con las circunstancias, objetivas como el objeto, pero que a diferencia de éste rodean al acto, no lo definen. Por eso son secundarias. Pero para Nicolás son lo principal, o más bien lo único, a tener en cuenta. Por eso lo que refleja es una teoría conocida como “moral de circunstancias”. Según esta teoría, nada hay malo o bueno por sí mismo: todo depende de las circunstancias de la persona y el momento; lo que en un caso estaría mal, en otro sería lo mejor. Falta aquí un punto de referencia del bien y del mal: ¿algo es bueno o malo respecto a qué? Decimos esto, porque lo que aquí se olvida es la propia naturaleza humana. Cuando decimos que hay cosas que van contra la dignidad humana, damos por supuesto -como así es- que hay una dignidad humana, y que en todos los hombres, por el hecho de serlo, radica esa dignidad. Esa dignidad común sólo puede tener como fundamento el que tenemos una naturaleza común, la humana. Esto no quiere decir que no haya comportamientos que no dependan de las circunstancias. Pero hay otros que sí dependen, y su transgresión es siempre un mal para el ser humano. Se trata de los llamados “absolutos morales”, cuyo incumplimiento es denominado “acto intrínsecamente malo”. No es casualidad que en este caso se ponga como ejemplo un adulterio: el adulterio es uno de los llamados actos intrínsecamente malos, que ninguna circunstancia puede nunca justificar.

Las palabras de Nicolás permiten descubrir cuál es su error, al decir que lo que va bien o mal son “las cosas”, cuando la moral dice que lo que tiene que ir bien son las personas. Valorar la moral sólo por las circunstancias supone dejar de lado a la persona en sí misma. Si todo depende de las circunstancias, el mismo ser del hombre acaba dependiendo de ellas. Por eso quienes defienden esta postura acaban negando que exista una naturaleza humana. Si la reconocen, tendrían que reconocer también la necesidad de obrar conforme a la dignidad de la naturaleza humana, con lo cual no todo -ni siquiera lo más importante- dependería ya de las circunstancias.

Sin embargo, y aunque no lo parezca, las ideas más destructivas sobre la moralidad no son las de Cristina ni las de Nicolás, sino las de Inés. Para Nicolás había que obrar según las circunstancias; para Inés, son más bien las circunstancias las que obran, pues determinan sin escape posible la conducta de las personas. Uno de los fundamentos de la moral es la libertad: sin ella, no seríamos responsables de lo que hacemos, y entonces nociones como pecado o mérito no tendrían sentido. Decir que las circunstancias determinan el obrar supone negar la libertad.

Por eso Inés, más que proceder sus ideas de una teoría moral errónea, habría que decir que proceden de una teoría que niega la moral. Porque ésta tiene como presupuesto la libertad -sólo la conducta libre es moral-, e Inés la niega. No lo hace explícitamente, pero si la conducta humana es irremisiblemente provocada por los acontecimientos, no cabe elección ni con ello libertad. De hecho, se da cuenta de ello, pues concluye que no se le pueden pedir cuentas a la protagonista de lo que ha hecho y antes ha dicho que no es dueña de su vida: saca su conducta fuera de la moral. En el fondo, en pensar lo mismo que Inés confluyen varias teorías sobre el hombre que tienen un denominador común: verlo como un animal; animal más evolucionado que los demás si se quiere, pero animal al fin y al cabo. Quienes sostienen esta postura ponen al hombre al mismo nivel que los animales, cuyo comportamiento obedece a la respuesta a estímulos. Es el caso, por ejemplo, del llamado “conductismo”, para el que la conducta humana puede explicarse siempre en términos de “estímulo-respuesta”.

Con esto no se quiere decir que las circunstancias no influyan. Por supuesto que lo hacen. Sucede que tenemos libertad, pero no es una libertad absoluta. Está sujeta a muchos condicionamientos. Pero condicionar no quiere decir determinar. Por eso seguimos siendo responsables de lo que hacemos. En la situación de la película, es cierto que hay atenuantes, pero los atenuantes no suprimen la culpabilidad, no son eximentes. Hay algunos casos en que sí pueden llevar a eximir de la responsabilidad, aunque no salgan en la película. Sería el caso de enajenación mental, o de un estímulo tan fuerte que hiciera perder la razón en ese momento, como algunos miedos que hacen perder la razón o pánicos incontrolados. Eximirían de la responsabilidad porque casos así llegan a anular la libertad. Lo mismo ocurre cuando no hay consciencia: no se es responsable de los sueños, ni de lo que uno pueda hacer sonámbulo. Otras veces, pueden disminuir la responsabilidad, y aquí entran muchos factores -como las pasiones, por ejemplo-, pero no la anulan, aunque a veces sea muy difícil calibrar hasta qué punto uno era verdaderamente dueño de sus actos.

¿Tiene por tanto razón Marta? La tiene -todo lo que dice es cierto-, aunque podría ser más convincente diciéndolo. Quizás lo peor es que en su tono se adivina un tanto de crueldad en su juicio: su reprobación parece algo drástica, sin que asome un mínimo indicio de comprensión. Esto, sin que posiblemente se dé cuenta, tiene el efecto de predisponer a los demás en su contra. Y es que hay que distinguir las conductas de las personas. Aquéllas, cuando son malas, sólo merecen un juicio negativo. Lo que no ocurre con las personas, a las que es poco humano juzgar de manera íntegramente reprobatoria, sin que quepan disculpas ni comprensiones, y sin que por otra parte se llegue con ello a intentar justificar lo que, como en este caso, es injustificable. La protagonista de la película merece un juicio negativo, pero no cruel. Hace mal, pero no se debe olvidar que se le pone a prueba en una situación muy dura. Marta resultaría mucho más convincente si supiera razonar un poco más su juicio en vez de zanjarlo con un “eso está fatal”. Claro que para ello se requiere una buena formación y aprender a comprender y querer a todas las personas, aunque su conducta esté muy lejos de ser irreprochable.

Ley moral y conciencia

Ley moral y conciencia

Exposición del caso:

Mario tiene quince años, y vive lo que se considera la vida normal de un chico de esa edad, sin particulares problemas. Está contento con su familia, aunque piensa que sus padres limitan bastante sus movimientos y establecen demasiadas reglas. Piensa que ese modo de proceder no es justo, porque sus padres le consideran menor de lo que es, y porque sus amigos tienen más libertad que él. Además, nunca ha dado ningún problema serio en su casa, y cuando pide explicaciones le despachan con alguna frase hecha, muy poco convincente. De todas maneras, aunque se queje, tampoco puede decirse que dramatice esa situación.

Un día estaba en casa de un amigo, y resultó que éste pasaba por un momento de desánimo. Empezaron a hablar de sus problemas, y Mario no se dio cuenta de que se hacía muy tarde ni, hasta pasadas las 11,00, de que en aquella familia cada uno cenaba por su cuenta y por eso no se avisaba la hora. Volvió a su casa deprisa. Como era de esperar, fue recibido con una fuerte bronca y amenazas de castigos que se le antojaron desproporcionados.

Durante los días que siguieron Mario no podía apartar de su cabeza lo sucedido esa noche. Estaba convencido de que, dijeran lo que dijeran sus padres, esa vez él tenía razón, y que además no tenían derecho a conocer sus motivos: él no les contaría nunca los problemas de su amigo -se los contaba como amigo, y era cosa de su intimidad-. Se habría saltado unas reglas -la hora de llegada, la hora de cenar- que normalmente tenían un sentido, pero él sabía en conciencia que esta vez tenía razón -era algo mucho más importante que el orden de la casa- y había hecho bien. Las normas y las leyes -pensaba- son algo que se dicta para todo el mundo sin tener en cuenta que cada persona y cada situación son distintas, o por lo menos pueden ser distintas. Eran una generalización, una cosa impersonal, y, por ser algo impersonal, una imposición. Si a él le dejaran libertad para volver a la hora que en conciencia pensara que debía, seguramente se portaría igual de bien que lo venía haciendo, pero lo haría bien por él mismo, no porque se lo impusieran: sería responsable porque lo haría en conciencia, en vez de actuar sólo porque le obligan, sin mérito por no salir de él mismo.

Una y otra vez seguía dándole vueltas a las mismas cosas. Las normas y las leyes -se decía- tendrían su razón de ser para organizarse, como por ejemplo si se quiere jugar al baloncesto hay que seguir un reglamento. Pero no podía decirse que valieran siempre y para todos los casos posibles: era imposible prever todo lo que podría pasar. A primera vista, parece que los coches deben respetar los semáforos siempre, pero ¿qué pasa si uno se estropea? ¿Va a quedarse un conductor horas delante de un semáforo en rojo que no cambia porque está estropeado? Y, claro, en el código de la circulación no hay nada sobre semáforos estropeados. Y eso pasa con todo. Hasta con el “no matarás”: por supuesto que no puedes matar a alguien para robarle o porque sí, pero luego resulta que si te invaden te tienes que defender a tiros y puedes matar; al revés, resulta que si estás en ésas cuantos más mates, mejor. Incluso hasta la Iglesia acepta que pueda haber pena de muerte. Total, que las leyes están bien, pero ninguna es perfecta y todas, absolutamente todas, tienen sus excepciones. Por eso, por encima de la ley tiene que estar la conciencia de cada uno, que ve si en cada caso -en su caso- la norma se debe cumplir o se debe incumplir. Y eso sólo lo puede ver la conciencia de uno, porque sólo uno mismo conoce de verdad lo que le pasa a uno. Además, es la conciencia de cada cual la que le deja tranquilo o intranquilo, y por eso lo que decide qué está bien y qué está mal para cada uno. En cambio, lo que te mandan o te prohíben viene de fuera: como mucho, te asusta, pero no parece que hacer las cosas por miedo le haga a uno bueno. Hasta aquí, los razonamientos que se hacía.

Preguntas que se formulan:

-¿Es la ley moral algo meramente externo, o también está en el interior de cada persona?

-¿Todas las normas tienen el mismo valor? ¿O hay algunas subordinadas a otras? ¿Y unas perfectas, que no admiten excepciones, mientras que otras son imperfectas y sí las admiten? ¿Tiene igual valor el “no matarás” y el “no cruzar un semáforo en rojo”? ¿Valora bien el “no matarás”, o debe más bien entenderse de otra manera que sí resulta inmutable, sin excepción?

-¿El que una ley suponga una generalización implica que sea impersonal? ¿Hay algo de común en todas, absolutamente todas, las personas? ¿Qué diferencia hay entre una ley física y una norma dictada a personas?

-¿Una ley supone una coacción por venir “de fuera”? ¿Se cumple sólo como imposición, o puede haber otros motivos más elevados? ¿Puede la propia conciencia asumir la ley como buena?

-¿Es la ley dictada por la razón o por la mera voluntad? ¿Tiene que ser racional? ¿Un dictado arbitrario de quien tiene el poder puede considerarse como ley? ¿Hacen bien en este caso los padres despachando a su hijo con frases hechas cuando pide razones?

-¿Es cierto que la conciencia decide lo que en cada caso está bien o mal, o más bien interpreta? ¿Qué diferencia hay entre ambos términos? ¿Con arreglo a qué debe juzgar la conciencia? ¿Si sólo juzga con arreglo a sí misma, no resultaría entonces arbitraria?

-¿Es la tranquilidad o intranquilidad de la conciencia lo que infaliblemente indica qué está bien y qué está mal?

-¿Es cierto que en este caso para actuar en conciencia es necesario dejar de estar sometido a unas reglas? ¿Es así siempre?

-¿Cómo valoras la situación expuesta?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1776-1794, 1950-1974.

Comentario:

Esta vez el caso gira no tanto en torno a acontecimientos exteriores, sino más bien a los razonamientos que se suceden -o, mejor dicho, dan vueltas- en la cabeza del protagonista. Dejaremos de lado el hecho de que se le ve alterado, y en esas circunstancias suele peligrar la objetividad. Nos centraremos en los argumentos esgrimidos, que pueden oírse con bastante frecuencia.

No se le puede reprochar a Mario que piense, como es natural. Tampoco se le puede pedir una gran preparación para dar con la solución correcta a las cuestiones que plantea, y menos aún alterado como está. Pero lo cierto es que lo que ocurre con sus razonamientos es lo que a lo largo de los siglos ha dado lugar a la mayoría de los errores en moral: la excesiva simplificación; el fijar la atención en algunos aspectos -ciertos, desde luego- soslayando a la vez otros -igualmente ciertos-; quedarse sólo con un aspecto parcial de la realidad. Esto es importante, porque es la causa de casi todos los errores importantes en la moral: fijarse sólo en un aspecto de la realidad, y tomarlo como si fuese toda la realidad. Dicho en otras palabras, absolutizar un aspecto parcial de la realidad. Y es que el ser humano, a cuyo comportamiento libre se refiere la moral, es un ser complejo, en el que se deben armonizar distintos elementos. Las cosas son un poco más complejas de lo que aparecen en la mente de Mario. Algo le disculpa esa aversión que parece que tienen sus padres a razonar las cosas, y su tendencia a identificar educación con salvaguardia del orden público: otra simplificación.

En primer lugar, analicemos la noción que tiene Mario de ley. De sus razonamientos parece deducirse que se reduce a ser una imposición, algo que “te obligan” a hacer. O sea, pura coacción: “te obligo a hacer esto; si no, castigo”. ¿Y no es así? Pues sólo secundariamente es así. Una ley, una norma, para que merezca ese nombre, debe señalar algo que es justo; en caso contrario no es propiamente una ley, sino una pura violencia. Y si utilizamos el verbo “señalar” es porque lo que señala es algo justo de por sí, no por el mero hecho de que lo diga la letra de la ley. En este sentido, para el que quiere hacer el bien la ley es una ayuda: le señala dónde está lo justo, facilitando su cumplimiento. Esta es la llamada “función directiva” de la ley, y es la principal función. Existe también la llamada “función coactiva” de la ley, pues se sanciona su incumplimiento. Esta función refuerza la primera -es una ayuda, por cuanto incluso quien busca hacer el bien tiene fragilidades en su voluntad, y se ve tentado a hacer lo injusto-, y sirve de defensa de la sociedad de los que no quieren hacer el bien. Para éstos sí que es básicamente una imposición, pero si eso no es lo ideal es porque ellos mismos están viciados, no porque la ley sea algo negativo. Puede entenderse con facilidad si se aplica a un ejemplo que aparece en este caso: los semáforos. La ley será pura coacción para quien no quiera conducir civilizadamente; pero para la mayoría de los conductores es una necesaria regulación del tráfico: así lo entienden y por eso los obedecen.

Este último ejemplo ayuda también a deshacer el malentendido -consecuencia del anterior- de Mario, que no ve meritorio cumplir la ley por “no salir de él mismo”. La ley no se dirige sólo a la conducta exterior de la persona. Se dirige a su entendimiento y su voluntad. Si es justa, es razonable, y pide ser entendida, lo que, lógicamente, facilita su cumplimiento. Las leyes civiles, por ejemplo, incluyen la llamada “exposición de motivos”: una introducción que explica por qué son justas y razonables. En este sentido, los padres de Mario, si es cierto que le despachan con frases hechas que no explican nada cuando le piden cosas, no lo hacen bien.

También se dirigen a la voluntad, pues piden obediencia, y ésta es ante todo una virtud. Obedecer “de mala gana” no es precisamente el ideal de la obediencia. La obediencia plena es interior, no sólo exterior: por querer hacer el bien, se quiere cumplir lo que establece la norma, pues ésta señala lo que es justo y razonable. Por eso la ley no impide la conducta libre, ni tampoco impide que las acciones sean meritorias.

El mismo Mario reconoce que las leyes son necesarias para organizarse. Lo que no parece ver es que esa característica se contrapone a esa pretensión de que todo lo que haga “salga de él mismo”. Podemos aplicarlo al ejemplo que ella misma considera: un partido de baloncesto. ¿Qué ocurriría si se pretende sustituir el reglamento por “lo que salga de cada uno”? Sería el desorden, el caos. Así sucedería con todos los aspectos de nuestra vida. En el fondo, el ser humano tiene que darse cuenta de que es libre, pero también es limitado, y no puede pretender descubrirlo todo por sí mismo: supondría rechazar todo lo que han aportado los demás, y con ello la civilización misma: sería, como poco, volver al hombre primitivo.

Los párrafos anteriores han examinado los elementos de la ley, y con ellos ya se puede definir ésta: es una ordenación racional ordenada al bien común, promulgada por la autoridad. Esta última referencia a la autoridad recuerda que no puede haber organización sin que haya una autoridad.

En su sentido moral, identificar ley con imposición es una grave simplificación. La naturaleza se gobierna por leyes. Las que rigen los aspectos materiales -leyes físicas- se cumplen inexorablemente. Pero las que se refieren al comportamiento humano se deben cumplir al modo humano: con inteligencia y voluntad, libremente. Son aquellas reglas cuyo cumplimiento conduce al hombre a su fin. Y, conduciéndole así, le perfeccionan. Por eso, son principalmente una guía: si el hombre quiere conseguir su mejora, su perfección, si desea obrar bien, debe seguir lo que indican. Y debe hacerlo voluntariamente. Por eso, el cumplimiento más auténtico de la ley se da cuando ésta se interioriza. No deben ser algo puramente externo, ni deben ser consideradas como algo indiferente para la persona en sí, o sea, como algo que hay que cumplir por las consecuencias (externas) que acarrearía su incumplimiento.

Todo esto no niega que exista una imposición. Está claro que hay una ley que prohíbe robar, y que al que lo haga le amenazan con la cárcel. Pero muy mal andaría una sociedad en la que la mayoría de los ciudadanos no robara sólo por la amenaza de cárcel. Normalmente no lo hacen porque entienden que está mal, y no quieren hacerlo por eso. Pero incluso la imposición supone la libertad: sólo va a la cárcel el que ha delinquido voluntariamente; si no fuera responsable de lo que ha hecho, no iría. En cualquier caso, la imposición es un refuerzo, pues la ley es ante todo directiva, y en un segundo lugar impositiva. La ley de Dios no es una excepción: lo que debe mover a su cumplimiento en primer lugar, y lo que hace a éste perfecto, es el amor de Dios -“si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14, 15)-; y, en segundo lugar, el temor a las penas anunciadas para los incumplidores. Moverse por lo primero es lo propio de hijos; por lo segundo, de siervos. A fin de cuentas, Mario ha contrapuesto dos aspectos que no son incompatibles, sino más bien complementarios.

En la cabeza de Mario todas las leyes están metidas dentro del mismo saco, y esto le conduce a apreciaciones poco precisas. Hay leyes y leyes; incluso dentro de la normativa legal de una sociedad hay normas de mayor rango que otras -no es lo mismo una constitución que un reglamento de baloncesto-. A un nivel más alto también sucede así. Hay unos deberes que dimanan de la misma condición humana -es la llamada “Ley Natural”-. Y ésos sí que valen para todos y siempre, pues todos y siempre tienen la misma naturaleza: son hombres. El razonamiento de Mario sobre el “no matarás” es ingenioso, pero no es correcto, ya que lo que está mal de modo absoluto es la muerte injusta; incluso la formulación bíblica podría traducirse con más precisión por “no asesinarás” que por “no matarás”. Pero, cuando se precisa bien el alcance del mandato, una ley como ésta no puede tener excepciones. Estamos ante uno de los llamados “absolutos morales”: normas prohibitivas de alcance universal, ya que no pueden transgredirse sin atentar contra la misma naturaleza humana. Y, como señala san Pablo, conocer estos preceptos está al alcance de todos, pues para ello están “guiados por la razón natural”, mostrando que “están (los preceptos) escritos en sus corazones” (Rm 2, 14-15).

Esto no quiere decir que esta Ley Natural prevea todas las situaciones posibles. Precisamente por ajustarse a la naturaleza humana, deja muchos aspectos de la vida a la iniciativa de las personas, aspectos individuales y sociales. Estos últimos requieren su propia normativa, y de ahí surge la ley humana, en sus diferentes facetas y ámbitos. Es una exigencia de la naturaleza el que exista autoridad y leyes humanas. Es, por tanto, una obligación moral obedecerlas. Pero la ley humana debe tener como fundamento la dignidad humana y sus exigencias: la Ley Natural. No significa que todo precepto humano pueda deducirse linealmente de la Ley Natural. Lo que sí tiene como consecuencia es que la ley humana no es algo absoluto: en la medida en que no sea justa -que no respete esos derechos humanos-, no se la puede considerar ley, sino arbitrariedad, violencia. Y una cosa así no puede obligar; incluso, si mandara algo inmoral, habría que desobedecerla. No todo lo legal es moral.

Es fácil entender que, aparte de que pueda ser injusta, la ley humana no es perfecta, como no lo son las obras humanas. Aquí sí que cabe hablar de que no puede prever todos los casos, y eso motiva que su aplicación pueda y deba ser más flexible. Uno de los criterios de aplicación es la conformidad con la intención de quien legisla. Con este criterio, a veces puede encontrarse una disonancia entre la letra de la ley y su intención -su “espíritu”-; así, parece bastante claro que la intención de los que redactaron el Código de la Circulación no es tener parados a los coches ante un semáforo estropeado: generaría el caos, cuando lo que se perseguía era precisamente lo contrario, el orden. Por eso, en un caso así habría que saltarse ese semáforo. También es posible que en lo que sucedió con Mario pueda también ser así, aunque más que un razonamiento suyo lo que se ve es un despiste. Pero en lo que no tiene razón es en pensar que “eso pasa con todo”.

Mario comete un nuevo error al considerar que generalizar significa hacer impersonal. No es así si lo que se generaliza se refiere a lo que tienen las personas implicadas en común. De aquí surgirán los diversos ámbitos de las leyes. Encontramos incluso ámbitos voluntarios: cuando alguien quiere adherirse a una sociedad o un grupo, si lo hace lleva consigo el sometimiento a las normas por las que se rige el grupo o sociedad. Un ejemplo puede ser algo tan insignificante como el partido de baloncesto a que se alude: si se quiere jugar, hay que aceptar las reglas. Lo que no es voluntario es nuestra pertenencia a la especie humana, ni la llamada de Dios a nuestra adopción como hijos. De estos ámbitos surgen la Ley Natural -ya tratada- y la llamada “Ley Divino-positiva”, que ratifica a la anterior y la supera con los mandatos de Jesucristo. Por debajo están las leyes humanas. Entre ellas figura la ley eclesiástica. Como toda sociedad, la Iglesia promulga sus leyes de acuerdo con su fin, y como éste es sobrenatural, estas leyes no se fundamentarán tan sólo en la Ley Natural, sino también en la ley Divino-positiva.

Las personas somos distintas… pero también somos iguales. Falsea la realidad fijarse sólo en lo distinto, y dejar de lado lo común, como hace Mario. La generalización que hace la ley se refiere a lo que de común hay en las personas o en las situaciones, según los casos. Y lo común es mucho, empezando por la misma condición humana. Generalizar no es algo impersonal, entre otras cosas porque lo primero que está generalizado es la condición de persona de cada ser humano. ¿Que también hay diferencias? Por supuesto. Por eso una normativa justa debe dejar siempre un margen de libertad a las personas para poder actuar como crean más adecuado; en caso contrario, la ley se convertiría en un instrumento de la tiranía, y no merecería ser llamada ley.

Esas distintas generalizaciones señalan los distintos tipos de ley. Como se ha señalado anteriormente, lo más generalizado es la condición humana misma, la naturaleza humana. Esta condición da lugar a unos derechos comunes, lo que se suele denominar derechos humanos o derecho natural. A ésta le corresponde la ley natural, que pide respetar esos derechos, también en uno mismo, y por tanto consiste en la ley que manda comportarse conforme a la condición de persona humana, y que afecta a… la persona humana, o sea, a todos. A primera vista, parece que ese nombre debería corresponder a leyes físicas como la llamada “ley de la gravedad”: la piedra cae por naturaleza. Es cierto, pero la piedra es un ser irracional, que irracionalmente obedece a esa ley; el hombre, en cambio, es un ser libre por naturaleza, y por tanto en su conducta libre le corresponde una ley natural de tipo moral, o sea, que pida un cumplimiento libre y no automático.

Aparece, en los razonamientos de Mario, la conciencia. Es cierto que su conciencia debe juzgar sobre si hace bien o mal, y sobre cómo se debe comportar. Lo que no es tan correcto es esa independencia de la ley que atribuye a la conciencia, y, desde luego, es un error entender que ésta está por encima de la ley. En realidad, el error fundamental está en contraponer conciencia y ley. Es como tomar por normal una enfermedad, ya que una conciencia moral sana y una ley justa se armonizan. Si falta esa armonía, hay un fallo en alguno de los términos, hay un trastorno. ¿Por qué? Pues porque la conciencia no es una especie de “facultad autónoma” del alma, ni una voz de ultratumba, sino un juicio. Es un juicio práctico que juzga sobre la moralidad -si está bien o mal- de la acción propia, antes y después de realizarla. Y un juicio necesita premisas, “elementos de juicio”. Y la premisa es precisamente la ley moral: es un juicio práctico que aplica la ley moral al acto propio concreto. Si juzgara por sí misma, nuestro obrar se convertiría en una arbitrariedad, y nuestra vida, falta de criterios en el obrar, acabaría en una especie de vagabundeo errante sin dirección.

Mario es muy consciente de que en las leyes humanas cabe el error, como en todo lo humano. Pero resulta que también su conciencia es humana. Y por eso también puede equivocarse. Sobre lo más fundamental no se equivoca: ya decíamos que “está escrito en el corazón”. Pero en otras cosas sí que puede. Es verdad que la conciencia es la instancia moral más cercana al obrar. Por eso hay que seguirla. Cabe que crea que lo acertado es una cosa, y resulte que es otra. En principio, no es culpa suya ese error. Pero también esto es simplificar un poco las cosas. La conciencia, como toda convicción, admite mayor o menor certeza. Ante lo claro y sencillo, suele tenerla. Ante lo más complicado, depende de lo preparada que esté: depende de su formación. De ahí la necesidad -la obligación- que hay de formar la conciencia, ya que en la vida las cosas son con frecuencia complicadas. Y no da igual equivocarse, aunque sea sin culpa: el mal es siempre un mal, y siempre es un daño para quien lo comete, cuando no también para terceras personas afectadas.

De todas formas, si uno se da cuenta de que el juicio de conciencia es contrario a la ley, lo habitual -y lo razonable la mayoría de los casos- es que ese juicio deje de ser tan cierto. Una razonable desconfianza en el juicio propio debe crear al menos una pequeña sombra de duda. Y, ante la duda de conciencia, la obligación es despejar la duda, lo que incluye muchas veces acudir al juicio de personas con más preparación o al menos con más imparcialidad en el juicio, pues ya se sabe que el mejor juez en causa propia no suele ser uno mismo.

En la mente de Mario está la idea de que la ley no puede ser justa siempre, porque no se pueden prever todas las cosas que pueden ocurrir. Y, por tanto, que siempre debe haber excepciones. De nuevo es una simplificación: para unas cosas es cierto, para otras no. No lo es para las exigencias básicas de la Ley Natural; y no lo es por tratarse de los preceptos que vienen directamente exigidos por la condición humana, y, por tanto, admitir una excepción equivaldría a admitir que hay alguna situación en la que perdemos la condición humana. Mario se muestra muy hábil al citar aquí las supuestas excepciones al “no matarás”, pero ya dijimos que se refiere a la muerte injusta.

Es fácil deducir que la Ley Natural, por referirse a la naturaleza humana -y por tanto a la dignidad humana-, debe fundamentar toda otra ley. Esto no significa que las demás leyes se puedan deducir directamente de la Ley Natural, sino que la deben respetar y tomarla como su guía. Podemos encontrar un reflejo de esto en las llamadas “declaraciones de los derechos humanos”: derechos fundamentales que corresponden a toda persona por su dignidad de persona, que deben inspirar la legislación y que no se deben violar en ningún caso.

Por tanto, hay una jerarquía en las leyes. Por debajo de la Ley Natural está la ley humana, que a su vez también está muy jerarquizada. Ésta se ciñe al ámbito de la sociedad de la que emana -las quejas de Mario son sobre las normas de su familia, sociedad de ámbito muy restringido-, y en líneas generales puede decirse que las de ámbito más reducido se subordinan a las de ámbito superior. Pero no toda normativa se sitúa en la misma línea jerárquica, pues sociedades de distinta naturaleza no deben interferir, pues sus leyes se refieren a temas distintos. Es lo que pasa, por ejemplo, entre la Iglesia y el Estado, pues la naturaleza de cada una es distinta. Además, en el caso de la Iglesia entra en juego las normas que dio Jesucristo -es la llamada “ley divino-positiva”-, que es ley divina, y por tanto inamovible.

Volviendo a la cuestión de las excepciones, hay que decir que en las leyes humanas caben, porque no son totalmente perfectas, ni pueden serlo. Es un tema complejo que no corresponde tratar aquí. Pero conviene decir que, en principio, en caso de duda hay que dar razón a la ley: ofrece muchas más garantías que el juicio propio. En el caso del semáforo a que se alude en el caso, habría que decir que las leyes, además de lo que dicen explícitamente, suelen tener otras consideraciones implícitas: en este caso, se pide expresamente que se obedezca al semáforo, e implícitamente se considera que el semáforo funciona bien. ¿Cómo deducimos esto? Pues por ese carácter racional -no arbitrario- que tienen las leyes: se pide obediencia al semáforo para ordenar el tráfico. Cuando esto se hace imposible por avería, deja de tener sentido lo mandado. Dicho de una manera más técnica, las normas, por ser racionales, deben ser interpretadas en relación al fin que persiguen.

¿Corresponde a la conciencia de cada persona esta interpretación? Sí, pero Mario deduce de ello que la conciencia debe estar por encima de la ley, y eso es un serio error. La conciencia juzga la aplicación de la ley, pero este mismo carácter de la conciencia ya indica que es la ley la que se debe aplicar. Interpretar algo, por definición, supone aceptar lo interpretado y ajustarse a ello. Lo originario, lo que tiene prioridad, es aquello que se interpreta. La conciencia es un juicio que trata sobre la conducta propia y señala lo que se debe de hacer y lo que no. Pero juzgar requiere tener previamente elementos de juicio. Y éstos son dos: la situación concreta, y la ley que se debe aplicar a ella. Es, por tanto, el juicio que aplica la ley moral a cada situación concreta. ¿Decide, por tanto? Decide lo que se debe de hacer en cada caso, pero no decide lo que está bien y lo que está mal: esto último es algo anterior a la conciencia, lo da la ley; si no fuera así, no se podría decidir qué hay que hacer en cada caso, porque para decidirlo hay que saber de antemano qué es lo bueno y lo malo.

Por todo esto puede concluirse que no tiene sentido contraponer ley y conciencia, como si fueran antagonistas, porque son complementarias. Se necesitan la una a la otra. Sin la conciencia, la ley sería algo teórico pero incapaz de aplicarse en la práctica. Sin la ley, la conciencia sería un juicio sin sentido, por no tener criterio alguno que valore las opciones que se presentan a la persona. Por eso, si en algún caso hay discordancias entre ley y conciencia, sólo cabe que una de las dos -o ambas- esté viciada: o bien esa ley es injusta, o bien esa conciencia es errónea. Pero esto es excepcional, y no es correcto tomar lo excepcional como si fuera normal.

¿Cómo puede equivocarse la conciencia? La equivocación puede estar en cualquiera de sus dos elementos. Puede equivocarse respecto a la ley moral -aunque sólo hasta cierto punto, ya que las leyes más fundamentales son conocidas por todos-, y puede equivocarse apreciando mal la situación de hecho. En el primer caso suele hablarse de error, y en el segundo de ignorancia. Esta última exime de responsabilidad sólo en algunos casos, pues cuando hay cosas importantes en juego la misma conciencia pide que uno se informe bien antes de obrar; no hacerlo así supondría negligencia, que por serlo es culpable.

Cabe también la duda en la conciencia. En estos casos hay que ver en primer lugar si la duda tiene fundamento, pues podría no tenerlo por provenir, por ejemplo, de escrúpulos. Si ése fuera el caso, hay que desechar la duda. Pero si tiene fundamento, y se trata de algo importante -en moral, el término es “materia grave”-, existe el deber de intentar salir de la duda. Y el mejor medio para ello es preguntar a quien sabemos que nos puede dar la respuesta acertada.

Esta posibilidad de equivocarse indica que es necesario formar bien la conciencia. Más arriba se hacía referencia al consejo. También se puede citar aquí el estudio, en sentido amplio: aprender bien la doctrina. Así, dirección espiritual y estudio doctrinal componen los principales medios de formación de la conciencia. Mario piensa que sólo ella conoce de verdad lo que le pasa, pero esto suele ser una verdad a medias. Es cierto que sólo él sabe qué pasa por su cabeza en cada momento, pero también es cierto que en muchos aspectos el prójimo nos puede conocer mejor que nosotros mismos. Y es que el juicio sobre nosotros mismos, por ser un juicio interesado, corre muchos riesgos de ser un juicio parcial.

Una última observación sobre la conciencia no está de más. Mario parece valorar el juicio de conciencia atendiendo a lo tranquilo o lo intranquilo que le deja. Sin embargo, la tranquilidad de conciencia no puede ser el criterio decisorio por la sencilla razón, en primer lugar, de que es posterior al acto; o sea, aparece cuando todo está hecho y ya no tiene remedio si se ha obrado mal. Además, la conciencia es un juicio y no un sentimiento. El sentimiento puede ser la consecuencia, y muchas veces lo es, pues el obrar bien deja tranquilo y el obrar mal intranquilo. Pero no siempre es así. Por ejemplo, a un depravado puede dejar de intranquilizarle seguir obrando mal, pero sigue sabiendo que no está bien lo que hace.

La tranquilidad de conciencia suele ser significativa: un indicio de que se hace bien o mal. Pero ser indicio de la moralidad no es ser su causa, como el dolor no es causa de la enfermedad: es su aviso. La intranquilidad indica que algo está mal, pero no está mal porque duela, sino que duele por estar mal. A veces hay heridas que no duelen, pero por ello no deja de ser una verdadera herida; en el alma, como con el cuerpo, puede darse el caso de una enfermedad que no avise, y suelen ser las más trágicas. La conducta moral la debe guiar la inteligencia, no los sentimientos.

Los Novísimos (muerte, juicio, cielo, purgatorio, infierno)

Los Novísimos (muerte, juicio, cielo, purgatorio, infierno)

Exposición del caso:

Fátima y Noelia son amigas desde muy pequeñas. Al poco de cumplir ambas los 17 años, Fátima se distancia un poco de su amiga porque empieza a salir con un chico. Las referencias que le da de él su amiga no le gustan mucho a Noelia: le saca más de diez años, no llegó a acabar la carrera que empezó, vivía solo, y trabajaba de dibujante, al parecer de una manera bastante irregular. Pero Fátima estaba encandilada, y Noelia no tenía muchos argumentos que esgrimir contra esa situación; además, temía que si decía algo su amiga le reprochara que en el fondo tenía celos.

Sin embargo, Noelia comenzó a alarmarse por el progresivo deterioro de su amiga. Vio cómo bajaba su rendimiento académico, y se enrarecía algo su carácter. Incluso faltaba a clase algunos días. Hablaba menos, pero por lo que decía empezaba a frecuentar locales poco recomendables. Admitió que había empezado a fumar “porros”, y le decía a Noelia que eran inofensivos, pero excitantes. Había dejado de estar disponible para salir juntas los fines de semana, y Noelia empezó a pensar lo peor, aunque por otra parte no quería ser mal pensada. Llamó un domingo por teléfono a Fátima, y le respondió su madre que se había ido a esquiar con sus amigas: “Es que últimamente le ha entrado la fiebre de esquiar, ¿sabes? ¿Quieres que le deje recado?” Noelia contestó negativamente, a la vez que comprendía que estaba engañando a su familia, porque la realidad era que se escapaba con el novio -o lo que fuera- los fines de semana, quién sabía dónde.

Noelia se quedó dando vueltas al asunto, pensando que tenía que hacer algo. Llegó a la conclusión de que lo mejor era decirle con claridad lo que sabía. Se encontraron al día siguiente, y se lo dijo. -“Ya, ¿y…?”, contestó Fátima. -“Pues que está fatal”. -“¡Ay, no me digas!”, replicó con ironía. Noelia, desconcertada, no sabía cómo seguir. Al final dijo: -“Y… ¿y si te mueres, qué?” -“¿Yo? Pero si lo que estoy haciendo es vi-viiir”. -“¿No has pensado que te puedes morir? ¿Y entonces qué?” -“Pues entonces nada, se acabó. Por eso: a vivir, que son dos días”. -“Pero luego…”. -“Pero luego, ¿qué? ¿Has estado allí? ¿Has visto algo?” Soltó una carcajada, y siguió: “A lo mejor me convierto en una vaca. Federico dice que se está tomando en serio lo de la reencarnación”. -“¡Te vas a ir al infierno!”. -“¡Ya salió! ¡El infierno! ¡Pues hala, me da igual ir al infierno! Con el frío que está haciendo, a lo mejor se está muy a gusto”. -“Oye, que va en serio”. -“¿En serio? Pues en serio: ¿no ha venido Dios a salvar a los pecadores? ¿No es tan misericordioso? ¿Y entonces? Ah, entonces va la infinita misericordia, y te manda… ¡al infierno! Yo no paso por ahí, ya habéis asustado a mucha gente”.

Noelia no se dio por vencida, e intentó alguna otra vez hacer entrar en razón a su amiga. Incluso le preguntó qué pasaría si quedaba embarazada. -“Pues abortar”, fue la contestación. -“¿Qué? ¿Matarías a tu propio hijo?” -“No, desde tu punto de vista lo mandaría al cielo, ¿no?” -“Pues… me parece que no”. -“¿No…? ¿Pues a dónde…? Si no habría hecho nada malo el pobre… Mira -añadió, sin dejar el tono de ironía-, no te preocupes, que cuando sea vieja se me habrán pasado los humos y me convertiré y pensaré en todo eso”. -“Si llegas…”. -“¿Ah, no? Tu Dios misericordioso, cuando peor esté, hará que me atropelle un coche, y ¡hala, al infierno!”. -“Mira, piensa lo que quieras, pero aunque llegues, mejor saldar cuentas en esta vida que en la otra”. -“¡Ah, faltaba el purgatorio! Anda, con lo buena que eres, tú rezas por mí y me sacas, ¿quieres, mona?” Noelia se empezaba a exasperar. -“Mira -dijo-, es tu vida, tú sabrás lo que haces. Pero yo que tú me pensaría un poco todo eso. Y si no quieres, allá tú, tú te lo encontrarás”. -“Vale, gracias -replicó Fátima-. Cada una con su vida. Y si tú quieres perdértelo todo para ganar el cielo, nadie te lo impide. Yo, no, gracias. ¿Y en qué consiste eso del cielo? ¡Ah, la felicidad! A base de estar rezando todo el día y toda la eternidad, ¿no es eso? ¡Pues qué plan! Y si no, ¿qué es?, dime. Pues nadie te impide vivir tu vida. Déjame vivir la mía, ¿eh? Haz el favor de dejarme en paz”.

Noelia quedó un poco enfadada a raíz de ese diálogo. Pero, por encima de todo, pensaba que Fátima era su amiga y le daba pena ver su situación. Pasaban los días, y Noelia no veía la manera de hacerla recapacitar, por mucho que pensaba en ello. Un día, vio en la cartelera una película que trataba de un endemoniado, que se iba haciendo odioso, y del modo más cínico maltrataba a la gente y mataba a quien se le interponía, hasta que al fin no quedó otra solución, para salvar inocentes, que matarlo. No era el tipo de películas que veía, ni lo que más le atraía, pero pensó que podía venir al caso. Al día siguiente, se dirigió a Fátima: -“¿Te vendrías esta tarde al cine?” -“¡Vaya! ¿No tienes que estudiar?” -“No me apetece”. -“¡Qué raro…! Bueno, ¿y qué echan?” -“Sorpresa. Pero prometo que no faltan emociones”. Un poco sorprendida, Fátima aceptó.

Estuvieron calladas toda la película. A la salida, fue Fátima la primera en hablar. -“¡Qué desagradable, ¿no?!” -“Bueno, es lo que has elegido”. -“Pero si me has traído tú”. -“No, no. Lo que digo es que te has quedado con ése. ¿Te imaginas lo que puede pensar? Pues algo así como (con voz afectada) ‘Fátima es mía, mía. No se me escapará. Se divertirá un poco, y luego será mía para siempre, para siempre. La maltrataré para siempre, para siempre…’”. -“¿Pero qué dices?” -“La echaré al fuego para siempre, para siempre, para siempre…” -“Oye, ¿para esto me has traído aquí?”, replicó, nerviosa, Fátima. -“Sí, para que veas lo que has escogido, y lo has escogido para toda la eternidad, para siempre, para siempre…” -“¡Cállate ya! Como repitas eso, te suelto una bofetada”. -“¿Por qué, si es la verdad? Con ése, para siempre, para siempre…” Un tanto fuera de sí, Fátima le dio a su amiga una bofetada. Casi como un reflejo, Noelia se la devolvió, y se fueron cada una por su lado.

Cuando se serenó, Noelia pensó que había quemado el último cartucho. Se lo había jugado todo a una carta, y había perdido. Se consoló pensando que, al fin y al cabo, ya estaba poco a poco perdiendo como amiga a Fátima, y aquella escena sólo había precipitado lo que iba a ocurrir de todos modos. En cualquier caso, lo sentía.

Pasadas algunas semanas, llegó Noelia a clase, y poco después Fátima, que se situó a su lado. -“¿Te importa que me ponga aquí?”, preguntó. “-No. Ponte”. Al cabo de un rato, con la clase empezada, volvió Fátima a dirigirse a su amiga en voz baja: -“¿Estás muy enfadada?” -“No. ¿Y tú?” -“Tampoco”. Unos minutos después, volvió a hablar Fátima: -“¿Vas a hacer algo el sábado?” -“¿Cómo? ¿Ya no vas a esquiar?” -“No”, y se le escapó una risa que les valió la primera advertencia de la profesora. -“¿Tienes tú algo?”, preguntó Noelia. -“Bueno…, si quieres…, te llevo al cine”, y añadió, con voz entrecortada por la risa: “te prometo… que es de risa”. A Noelia también le dio la risa, y las expulsaron de clase. Fueron a tomar algo en una cafetería, y Noelia supo que Fátima había acabado por reflexionar y había roto con su anterior situación. Noelia volvió a su casa con cara de felicidad, lo que no pasó inadvertido en su familia. Su madre se dirigió a ella preguntándole qué le había pasado ese día que estaba tan contenta. “¿Que qué me ha pasado hoy? Pues que… ¡me han echado de clase!”

Preguntas que se formulan:

-¿Qué conocemos sobre la inmortalidad de la vida? ¿Qué añade la Revelación a lo que podemos conocer por la razón? ¿En qué consiste la resurrección? ¿Tiene algo que ver la de Jesucristo con la nuestra? ¿Qué diferencias hay con la reencarnación?

-¿Cómo conocemos el infierno? ¿Qué sabemos de él? ¿Qué tipo de penas incluye? ¿Cuáles son las más importantes? ¿Por qué? ¿Cabe arrepentimiento en los condenados? ¿Por qué? ¿Sabemos con certeza que es eterno? ¿Cómo se puede compaginar con la misericordia divina?

-¿Cómo sabemos que hay purgatorio? ¿Cuál es su sentido? ¿Y su duración? ¿Es cierto que “es mejor saldar cuentas en esta vida que en la otra”? ¿Por qué? ¿Se puede verdaderamente “sacar” del purgatorio a alguien rezando? ¿Qué fundamento tiene? ¿Qué diferencia hay entre el purgatorio y el infierno?

-¿Qué sucede con los que mueren sin llegar al uso de razón y sin bautismo? ¿Qué enseña la Iglesia al respecto?

-¿Podemos decir con certeza que en el cielo encontraremos la completa felicidad? ¿Por qué? ¿En qué consiste esa felicidad? ¿Por qué hace feliz al hombre? ¿Qué dones reciben los que están en el cielo?

-¿Qué sabemos del juicio divino? ¿Puede decirse que si alguien se condena es porque lo ha elegido así? ¿Por qué? ¿Se manifiesta la misericordia de Dios con todos los hombres, además de su justicia? ¿Cómo?

-¿Qué utilidad tiene para la vida cristiana la consideración de los novísimos? ¿Y para el apostolado? ¿Es egoísmo pensar en el premio y desearlo? ¿Por qué? ¿Es bueno obrar por temor al castigo? ¿Es el mejor motivo?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 988-1014, 1020-1050, 1261.

Comentario:

La verdad, y en este caso se pone de manifiesto, es que no sabemos muchas cosas sobre el más allá. Pero, eso sí, las que sabemos las conocemos con toda certeza. En el Evangelio vemos al Señor repetir con insistencia las verdades fundamentales sobre la vida eterna (o las postrimerías o “novísimos”). Pero toda pregunta que buscara saber más -hubo bastantes- era contestada con una evasiva, que a la vez mostraba la voluntad divina de que tuviéramos cierta incertidumbre sobre estas cuestiones. La razón se pone de manifiesto en este caso: dar más información podría conducir a un exceso de confianza -o quizás en algún caso a un defecto: desesperación-, que dificulta el arrepentimiento. A Fátima le hace reflexionar, y le ayuda, tanto lo que sabe como lo que no sabe, a salir de su lamentable situación.

La primera incertidumbre es sobre el momento del fin de la vida en la tierra, tanto de cada persona como del mundo en general. Aquí se juntan lo más cierto -que moriremos- y lo más incierto -cuándo-. Dios es, efectivamente, un Padre que quiere salvar a sus hijos del pecado y del infierno. Tiene razón Fátima en pensar que Dios no va a esperar a que esté en su peor momento para llamarla a su presencia; pero no la tiene si piensa que eso supone una garantía de que “llegará a vieja” para tener tiempo de arrepentirse. Siempre tendrá una última oportunidad para arrepentirse, pero esa oportunidad puede que se la dé… al día siguiente. Dios da su gracia cuando quiere, y en realidad sólo Él sabe cuándo es el momento más oportuno. ¿Quién le asegura a Fátima que de vieja no sería peor que de joven? “Velad, porque no sabéis el día ni la hora” (Mt 25, 13): el no saber el día ni la hora es un estímulo para estar siempre en vela, preparados.

En la otra vida, espera el premio o el castigo. Es fácil entender que esto es justo: lo ha entendido así la humanidad desde siempre, no sólo los cristianos. Más aún, sin esta justicia no se entiende bien esta vida, como se ponía de manifiesto en el caso correspondiente a la naturaleza de Dios. Pero a partir de este punto las cosas se ponen más difíciles, y la razón es que ese premio y ese castigo son divinos, no humanos. Y a estas alturas ya somos conscientes de que todo lo divino supera la capacidad de comprensión humana.

Se manifiesta este carácter divino en que la vida que nos espera después de ésta es eterna. Esto es algo a lo que no estamos acostumbrados en absoluto, ya que todo en este mundo tiene un final. Pensar en una vida sin fin ya es sobrecogedor: nos supera. De ahí la insistencia de Noelia en remacharlo a su amiga: “para siempre, para siempre…”. La eternidad supone tal desproporción con esta vida, que ya de por sí muestra que nada de este mundo vale la pena si con ello se empeora nuestra condición eterna; o al revés, que cualquier sacrificio en esta vida -por duro que resulte- vale la pena si con él se mejora nuestra condición eterna. Por eso molesta tanto esa referencia en los oídos de Fátima. Como bien dice Noelia, toda diversión de este mundo, por intensa que sea, es “un poco”, muy poco, en comparación con la eternidad.

Es también una intervención divina la resurrección final. Si pensamos que la justicia divina es perfecta, entonces es el hombre completo el que al final debe ser juzgado, y el premio o castigo corresponden al hombre completo, cuerpo y alma. A veces surge la pregunta de si el cuerpo con que resucitamos es “el mismo”, el que ahora tenemos. La respuesta es que sí, aunque hay variación en las propiedades; o sea, la misma identidad, aunque con distintas características (la más obvia, la inmortalidad). En realidad, no puede ser de otro modo: el alma informa al cuerpo, da forma a los materiales de que está hecho el cuerpo para que sea ese cuerpo, y no el de otra persona. Así, los materiales se van renovando en esta vida, pero el cuerpo conserva su identidad a través del tiempo. Si entendemos esto, comprenderemos que teorías como la reencarnación pueden ser muy imaginativas, pero no tienen sentido: el alma de un ser humano sólo puede ser la forma de un cuerpo, el suyo, y no del de un animal, ni siquiera del de otra persona: no sería “otra”.

Pasemos al castigo: el infierno. La objeción de Fátima es algo muy extendido en nuestros días (aunque no, ni mucho menos, nueva): no parece compaginarse bien la misericordia de Dios con una justicia tan implacable. Es una dificultad, pero las dificultades hay que encararlas con los datos objetivos, y no intentar esquivarlas, como lo hace Fátima diciendo que con eso “ya habéis asustado a muchos”. Y es esquivar, porque el anuncio del infierno no procede de un confuso “vosotros”, sino de Jesucristo en el Evangelio: éste es el dato objetivo. Y es que, si se arrancaran las páginas de los evangelios en las que apareciera una referencia al infierno, nos quedaríamos con una versión verdaderamente reducida. El Señor advierte sobre ello en muchas ocasiones; un ejemplo de los más claros lo podemos encontrar leyendo el capítulo 25 del Evangelio de san Mateo. Con todo, tampoco esta realidad nos puede conducir a negar la infinita misericordia de Dios. La respuesta está más bien en lo que se estudiaba en el caso relativo a la naturaleza de Dios: lo que conocemos de Dios es paradójico, y aquí la paradoja está en conciliar justicia y misericordia. Pero conciliar no es negar uno de los extremos: hay que aceptar ambos, incluyendo la consideración de que incluso en la pena se manifiesta la misericordia divina: se merecerían más. ¿No parece demasiado tremendo? Lo es, pero esta consideración lo que nos debe hacer meditar es lo tremendo que es el pecado: si fuéramos conscientes de toda su gravedad, podríamos entender bien la sentencia divina.

Pero, sin dejar de ser el infierno una condena divina, acierta de nuevo Noelia al decir a su amiga que “es lo que has elegido”. Los seres humanos, en su vida y en la decisión final al llegar ésta a su término, eligen entre conducirse hacia Dios -con lo que supone de sometimiento a él y el consiguiente arrepentimiento de lo que le ofende-, o alejarse de él, y en este último caso sólo les queda el demonio y “su hábitat”: el infierno. Precisamente esa elección se convierte en el principal castigo. Aunque no es el único, porque el fuego también existe. Representan ambas a las llamadas penas “de daño” y “de sentido”. La verdad es que Noelia le ha sabido “explicar” las penas del infierno a su amiga muy bien, para lo que ésta estaba en condiciones de entender. Explicarle que el alejamiento de Dios, y por tanto del último fin, constituye la más dolorosa de las penas es algo que, en su situación, no habría comprendido Fátima; pero mencionar la alternativa -“ir con ése”- sí que estaba a su alcance.

Si no es fácil de comprender el castigo divino, menos aún lo es entender en qué consiste el premio. Lo que Fátima se imagina es el aburrimiento eterno, no el cielo. Al fin y al cabo, pretender imaginar el cielo es inútil, pues “ni ojo vio ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2, 9). ¿Por qué sucede esto? Pues porque en este mundo “caminamos en fe y no en visión” (2 Cor 5, 7). Con la casa de Dios sucede como con Dios mismo: se sabe algo de lo que es, pero no cómo es en sí mismo. Al fin y al cabo, la “casa de Dios” es fundamentalmente Dios mismo, y el principal gozo del cielo es la visión de Dios. Los demás vienen como consecuencia; incluso la gloria corporal es un reflejo en el cuerpo del gozo del alma, y éste a su vez es la consecuencia de la visión divina, llamada “visión beatífica” precisamente por esto: “beatus” en latín significa precisamente “feliz”. Pero esto aquí no lo vemos: lo creemos. La existencia del cielo como felicidad eterna nos pide abandono en las manos de Dios: es necesaria confianza de nuestra parte. Si no la hay, como en el caso de Fátima, la idea misma del cielo carece de atractivo.

Existe también el purgatorio. Es una situación transitoria, pues con el juicio final desaparece. El juicio final ratifica la sentencia del juicio particular por el que cada uno pasa cuando muere. Pero con él se llega a la situación definitiva: resucitan los cuerpos y se inaugura la situación definitiva. Por eso lo que se refiere al más allá -la llamada “escatología”- se divide en dos etapas: la “escatología intermedia” -hasta el juicio final-, y la “escatología final”.

Lo que dicen Noelia y Fátima sobre el purgatorio es cierto. “Es mejor saldar cuentas en esta vida que en la otra”. Si no hay caridad perfecta a la hora de la muerte, es que hay cuentas que saldar. Para eso está el purgatorio. Y es lógico que esa afirmación de Noelia sea cierta: la voluntariedad que tiene la expiación en esta vida le confiere mayor valor que la impuesta. Aquí se “satisface”; allí, se “satispadece” (se entiende mejor el significado de estas palabras si se conoce que, en latín, “satis” quiere decir “bastante”, “suficiente”). Es un motivo más para esforzarse en esta vida en cumplir la voluntad de Dios. No se sabe gran cosa del purgatorio, pero sí se sabe que es una etapa de sufrimiento, aunque, eso sí, mucho más llevadero que el del infierno -sólo la esperanza marca diferencias-. La separación, aunque sea temporal, de Dios es ya un sufrimiento.

También es cierto que se puede rezar y expiar por las almas -recordemos que corresponde a una etapa en la que todavía no han resucitado los cuerpos- del purgatorio, y con ello acortar su permanencia en él, e incluso salir. Como también es cierto que pueden desde allí devolver el favor intercediendo por nosotros, sobre todo si con nuestra ayuda ya “han salido”. De todas formas, quizás lo que dice Fátima al respecto no sea tan sencillo. Su misma desfachatez sugiere que también la justicia divina debe actuar a la hora del “reparto” de estos sufragios, aunque a la vez respete el deseo de los peticionarios.

¿Y el caso del niño que Fátima, según ella, habría abortado si lo hubiera tenido? Noelia piensa que no podría ir al cielo. Aquí puede que no tenga razón. ¿Pero no se afirmaba la existencia del llamado “limbo” para estos casos? Sí, se afirmaba, pero más que de una doctrina revelada, se trataba de un recurso para “meter” a quienes no cabían en el infierno -no tienen culpas personales- y se pensaba que tampoco en el cielo -por carecer de gracia-. Pero, siendo lo primero cierto, lo segundo no lo es tanto: ¿quién conoce el alcance de la misericordia de Dios? Sólo Él, y por eso la Iglesia afirma que “sólo puede confiarlos a la misericordia divina” (CIC, n. 1261).

El caso estudiado muestra también la necesidad de la consideración de las verdades eternas, y su utilidad en el apostolado cristiano. Hoy poco se oye hablar de estas cosas, y eso puede considerarse un éxito del diablo: al fin y al cabo, todo su esfuerzo se podría resumir en intentar apartar al hombre de la consideración de su destino eterno. Por eso el argumento de Noelia es el adecuado, aunque el recurso que utiliza parezca un poco extremado. No pretende ser macabra, sino realista. Y además, como cristiana, esperanzada. Tan dormida estaba la conciencia de Fátima, que necesitaba un buen revulsivo para entrar en razón. Y a Noelia sólo le mueve la amistad.

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

La Redención (Pasión, Resurrección, Ascensión)

Exposición del caso:

Marisol, a sus 16 años, es una chica que parece más preocupada por las injusticias que hay en el mundo que por cumplir sus propios deberes. Tiene un carácter exaltado, que se convierte en bastante explosivo cuando la regañan y piensa que es injusto. Esto no quiere decir que sea egoísta: sale también apasionadamente en defensa de los demás cuando le parece que han sido injustamente tratados. Sus padres han trabajado mucho para sacar la familia adelante, y están agotados. Marisol no parece darse cuenta de ello: más bien los valora como personas conformistas y apáticas, sin personalidad. En cambio, ve como todo lo contrario a su profesora de Historia del instituto. Tiene ésta la misma edad que su madre y es soltera. Explicando su materia solía hablar con bastante énfasis de la opresión de las clases trabajadoras, y con frecuencia se desviaba del tema y, en un tono propio de mitin, hablaba de los marginados y los oprimidos, echando en cara al alumnado su individualismo y falta de compromiso con los desfavorecidos. Por eso sus alumnos le habían puesto un mote: “la pasionaria”.

A Marisol le parecía injusta esta situación, y desde el principio se puso al lado de la profesora. Más aún, la simpatía pasó pronto a convertirse en admiración: la veía como una inconformista a favor de una causa justa, y que era capaz de luchar contra todo el mundo por lo que veía justo. En una palabra, la idealizó. Con cualquier motivo, buscaba su trato. Empezó preguntándole dudas a la salida de clase, y siguió con conversaciones en la cafetería de la esquina más próxima al instituto.

La profesora se convirtió en confidente de Marisol, y a su vez contaba a ésta cosas de su vida; impulsaba varias asociaciones: una de “mujeres progresistas”, una “comunidad de base” de “cristianos comprometidos”, y alguna otra. En una ocasión, hablando de esto, empezó a explicarle que la Iglesia jerárquica se había, más que aliado, fundido con “el sistema”, y habían acaparado el Evangelio para ponerlo a su servicio. Y que ella no podía seguir en una vida de “sumisión al sistema”, que la anulaba: la “alienaba”, llegó a decir. “¿Y qué quiere decir ‘acaparar el Evangelio’?” La respuesta a esta pregunta de Marisol fue otra explicación sobre la forma de ver la figura de Jesucristo, y la necesidad de una “relectura” del Evangelio, pues la existente proyectaba sobre un hipotético más allá todo el mensaje salvador de Jesucristo, haciendo por tanto a la gente resignada y conformista con su explotación, y poniendo por tanto la doctrina al servicio del dominio, de la “explotación del hombre sobre el hombre”. -“¿Te interesa todo esto?”, preguntó al final. -“Pues…sí”. -“Si quieres, te traigo algo para leer, que lo explica bien”. -“Bueno”.

Al cabo de dos días le trajo un par de folletos, de una colección denominada “El hombre emancipado”. El primero se titulaba “Para poner en libertad a los oprimidos”, palabras tomadas del evangelio de San Lucas -capítulo 4º, versículo 18, para ser exactos-. Intentaba explicar cómo en los evangelios, si se los depuraba de figuras retóricas y “proyecciones” de la comunidad primitiva de creyentes, se podía ver que Jesús fue un inconformista, que desafió a los poderes establecidos en su época, que vino a establecer un “reino de paz y justicia”, donde los hombres vivirían como hermanos, compartirían sus pertenencias, y una vez conseguido esto duraría indefinidamente. Para ello vivió, y por ello dio su vida, pues la “oligarquía dominante” no podía soportar ese mensaje y lo condenó a muerte, precisamente con un suplicio reservado a los esclavos y los que se levantaban “contra el sistema”. Seguía diciendo que fue un hombre de “ideas extraordinariamente avanzadas para su época”, y por eso entonces sólo fue parcialmente comprendido. En consecuencia, e influidos por las ideas de la época, proyectaron su recuerdo y su doctrina, vivos en sus corazones, como una resurrección, y su esperanza en un mundo nuevo como una ascensión al cielo.

El segundo folleto se titulaba “Un programa de liberación”. Pasaba revista a toda una serie de males de los que el hombre debía ser liberado: hambre, guerra, marginación, paro, etc. Explicaba que todo ello podía resumirse en liberación de la pobreza, el dolor y la desigualdad. Y señalaba que un cristiano auténtico no podía desentenderse de la lucha comprometida por la liberación, como lo había hecho Jesucristo. Invitaba a no dejarse llevar por ideologías “reaccionarias” o “inmovilistas”, ni por “teologías al servicio del poder”, y comprometerse activamente con movimientos “progresistas” y “colectivos que promueven la igualdad”.

A Marisol todo esto le parecía un tanto desconcertante, pero, viniendo de quien venía, pensaba: “¿y por qué no?” Se iba abriendo paso la idea de que a lo mejor tenía razón; además, ella sí luchaba por los demás, a diferencia del resto, que sólo iban a lo suyo.

Estando así las cosas, un día, de nuevo en la cafetería, la profesora anunció a Marisol que se iba: había pedido traslado a otro instituto, y se lo acababan de conceder. -“¿Pero por qué?”, preguntó Marisol, visiblemente afectada. -“Estoy cansada. No reacciona nadie, van a lo suyo. Es… como predicar en el desierto. Ya no puedo más. No sé si lo comprenderás”. Marisol pensaba que sí, que sí podía comprenderlo.

Días después de la partida de la profesora, Marisol comentaba con una amiga que le daba pena. -“¿Por qué?”, replicó. Como respuesta, le contó el diálogo de despedida. -“¡Pero tú eres tonta!”, dijo su amiga. -“¿Cómo que tonta?” -“¿Pero qué pasa? ¿Eres la única de todo el instituto que no se ha enterado?” -“¿Que no se ha enterado de qué?” -“De que hace unos meses se fue a vivir con ella el marido de ‘la Chelo’ (era otra profesora del instituto, aunque no les daba clase a ellas), y no le dirigía la palabra ningún profesor; y ahí está la pobre, con tres niños pequeños.” -“¡Eso no es verdad!”. -“¿Que no es verdad? Pues hija, entérate, pregunta a cualquiera. Mira, y perdona que te lo diga, eres de esas idealistas que acaban en las nubes y dejan de pisar en el suelo. Y si quieres hacer algo por los pobres, acompáñame el sábado por la mañana”. -“No puede ser…”. -“Mira, hacemos una cosa: si resulta que es verdad, me acompañas; y si no, me mandas a paseo, ¿vale?” Marisol acabó aceptando la propuesta.

Resultó que era verdad. Marisol no tenía ganas de cumplir lo pactado, pero era fiel a su palabra, y acudió. Fueron a un comedor para pobres regentado por unas monjas. Trabajaron bastante, ayudando en lo que podían. Marisol se iba dando cuenta de lo alegres que estaban aquellas religiosas, a pesar de lo cansada y poco atractiva que parecía su vida. Cuando acabaron -bastante agotadas-, Marisol quiso hablar con los dos que les agradecieron su colaboración. -“¿Pero no se cansan ustedes de esto?”, preguntó. -“Bueno, un poquito sí, pero no es gran cosa al lado de lo que sufrió el Señor por nosotros”, contestó una, señalando un crucifijo. -“¿Pero se puede aguantar así toda la vida?” -“Si no fuera porque tenemos a Jesús con nosotras…”, contestó, señalando la puerta de la capilla. -“¿Jesús?” -“Sí, ¿no es bonito que el mismo Jesús que murió por nosotros, resucitó y está en el cielo quiera venir a nuestro sagrario?” -“Sí…, claro”, respondió, un poco aturdida al darse cuenta de la firmeza de su fe; “pero, aquí no pueden cambiar las injusticias…” -“Nos gustaría poder hacer más, pero hacemos lo que podemos: ayudamos a los necesitados, procuramos llevarles la alegría de encontrar a Cristo, y despertamos la generosidad de personas como vosotras y otras que hacen donaciones; por ejemplo, todo lo que habéis servido provenía de donaciones”. Marisol salió pensativa, pensando en volver… y quién sabe… quizás también en quedarse.

Preguntas que se formulan:

-¿Fue la Pasión del Señor impuesta contra su voluntad o libremente aceptada? ¿Consta que fue así? ¿Por qué quiso padecer? ¿Qué significa “redención”? ¿De qué nos tenía que redimir Jesucristo? ¿Era necesario ese sufrimiento y su muerte? ¿Por qué quiso padecerlos? ¿Estaban profetizados?

-¿Puede decirse que en la Pasión murió Dios, o simplemente un hombre? ¿Por qué? ¿Qué valor tiene ese sacrificio? ¿Cómo se aplica a los hombres? ¿Qué quiere decir que Dios murió? ¿Qué consecuencias tiene respecto al cuerpo muerto? ¿Qué quiere decir el “descendió a los infiernos” del Credo?

-¿De qué nos liberó Jesucristo en la Cruz? ¿Por qué no nos liberó de la muerte y los sufrimientos terrenos? ¿Qué valor tienen éstos para el cristiano? ¿Por qué? ¿Puede decirse que el dolor, la pobreza, la enfermedad, etc., conllevan la infelicidad en este mundo? ¿Por qué? ¿Es “resignación” el término adecuado para indicar cómo deben aceptarse? ¿Por qué? ¿Significa esto que el cristiano debe ser conformista con el sufrimiento y la injusticia? ¿Por qué? ¿Quienes son “los oprimidos” a los que se refiere el Evangelio?

-¿Nos da ejemplo de algo el Señor en la Cruz? ¿De qué? ¿Cómo debe manifestarse en la vida del cristiano? ¿Seguiría siendo un ejemplo a seguir si no hubiera el Señor resucitado y ascendido al cielo? ¿Por qué? ¿Alguien más nos da ejemplo desde la Cruz? ¿Qué consecuencias tuvo el que la Virgen María estuviera al pie de la Cruz?

-¿Qué sentido tiene la Resurrección del Señor? ¿Qué sucedería si no hubiese resucitado? ¿Es imprescindible la Resurrección dentro del mensaje cristiano? ¿Por qué? ¿Qué diferencia la Resurrección de Jesucristo de cualquier otra resurrección (p.ej., la de todos al final de los tiempos)?

-Una vez resucitado el Señor, ¿era necesaria su Ascensión? ¿Por qué? ¿Qué lleva consigo para nosotros la Resurrección del Señor y su Ascensión? ¿Qué significa el “reino de paz y justicia” anunciado en el Evangelio? ¿Qué características tiene el reino anunciado por el Señor? ¿Tienen algo que ver la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor con su condición de Rey?

-¿Como valoras las ideas de la profesora del caso? ¿Qué le dirías a una persona con esas ideas?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 595-618, 624-628, 631-635, 638-655, 659-664.

Comentario:

Jesucristo pudo ser “parcialmente comprendido” por sus contemporáneos, pero desde luego fue plenamente comprendido por sus Apóstoles después de Pentecostés. Tanto, que incluso previeron la futura existencia de personas que intentarían subvertir toda su obra como la profesora del caso: falsos doctores que “prometen liberación, cuando ellos son esclavos de la corrupción, pues cada cual es esclavo de quien triunfó en él” (II Pe 2, 19).

La clave del caso está en el contraste entre la profesora y las monjas. No puede ser mayor. En el primer caso, el Evangelio parece ponerse al servicio de “los oprimidos”, pero de hecho lo está al servicio de una ideología. En eso consiste su “relectura”. ¿No es esto ser un poco “mal pensados”? No, porque los hechos lo confirman. El mismo Evangelio invita a utilizar este criterio: “Si plantáis un árbol bueno, su fruto será bueno; pero si plantáis un árbol malo, su fruto será malo, porque el árbol por sus frutos se conoce” (Mt 12, 33). Lo contrario es ser un ingenuo, como lo es Marisol y como acertadamente se lo reprocha su amiga.

¿Cuál es la ideología en la que consiste el “árbol malo”? La terminología empleada nos conduce al marxismo: conceptos como “oligarquía dominante”, alienación, concebir la sociedad como un “sistema” de enfrentamiento -lucha de clases, en el fondo-, la “esperanza” en una especie de paraíso comunista futuro (excluyendo todo otro tipo de esperanza en el más allá), así lo indican. La misma idea de ver la teología bien “al servicio del poder”, bien “al servicio de la liberación”, señala otra vieja idea marxista, según la cual las ideas mismas son producto de la situación social; al trasladar esta noción al Evangelio mismo éste se relativiza: los misterios mismos de la Redención quedan reducidos a “proyecciones” fruto de una mentalidad antigua. Nos hallamos por tanto ante un típico exponente de la llamada “teología de la liberación” de cuño marxista. En varios países, ha sido un instrumento para intentar sumar a la Iglesia a la “lucha revolucionaria”. A pequeña escala, lo mismo sucede aquí. Lo que los hechos muestran es que esa mujer en realidad no lucha por “los oprimidos” -va dejando más por su camino- o “por los demás” -como piensa Marisol-, sino por la revolución. “Los oprimidos” no pasan de ser una excusa, un disfraz, una pantalla. Hasta aquí, un ejemplo de lo que es una pseudorredención, una falsa redención.

¿Y el “árbol bueno”? Es el Evangelio auténtico, que es la historia de la redención de la humanidad obrada por Cristo. “Redimir” significa rescatar por un precio. Quien rescató es Jesucristo, y el precio fue su vida misma -su Pasión y Muerte-. Las monjas dan a entender que toda su acción, su servicio y su esperanza dependen de esta Redención y de sus frutos; o, mejor dicho, que todo el bien que tienen -empezando por la alegría, un bien mucho más precioso que la abundancia material (cuando la felicidad, o la “calidad de vida” se cifran sólo en bienes materiales, ahí lo que hay es un encubierto… materialismo)- y todo el bien que hacen es fruto de la Redención. Cristo con su muerte pagó el precio, y con su Resurrección y Ascensión puede transmitirnos los frutos logrados, y Él mismo consigue una victoria que será la nuestra si seguimos sus pasos: es nuestra esperanza.

Se contaba de uno que decía que la revolución le había liberado de las cadenas… de oro para colgar el reloj que había heredado de su abuelo. La liberación auténtica debe librar de males auténticos. ¿Y cuál es el peor de los males? Es el pecado, que no sólo conduce a la pena eterna, sino que en este mundo es el causante de la mayor parte de los sufrimientos. No es “el sistema” el que nos hace malos; en todo caso, es al revés. Entonces, ¿por qué sigue habiendo pecados, y sigue habiendo sufrimiento? Porque la de Cristo es una liberación que exige nuestra colaboración libre. Podemos aceptarla o rechazarla. Pero, se podría objetar -de hecho, lo hace Marisol a las monjas- que en cualquier caso seguiría habiendo dolor, sufrimiento y muerte. ¿No podría la Redención haber acabado con eso? Sí, sí que podría, pero Dios quiso hacer algo mejor: invitarnos a asociarnos a su Cruz redentora en este mundo, para así asociarnos a su misión y a su victoria en la gloria. De ahí que el cristiano ve en su pequeña -a veces, grande- cruz de cada día una participación de la Cruz de Cristo, y aprende a sacarle partido como el Señor lo sacó, y por tanto se abraza a ella y la quiere, que es algo más que “resignación”.

Una última idea a tener en cuenta es la de que en nuestros días es bastante frecuente contraponer, como si fueran excluyentes, cosas que en realidad se complementan. Es el caso de la profesora, cuando entiende y da a entender que la esperanza en un más allá excluye todo esfuerzo de lucha por mejorar este mundo, y hace a los hombres resignados y conformistas. Sucede lo contrario, porque resulta que el cristiano es consciente de que el más allá se gana en esta vida, en el más acá. Por eso, la Redención lleva a dar, como Cristo, la vida por los demás, a convertir la vida en un servicio, y en la medida en que es así se mejora este mundo y disminuyen el dolor y las injusticias, por no hablar del bien que se lleva al alma. La vida misma de las monjas del caso -no falta en el mundo gente así- lo atestigua.

Jesucristo

Jesucristo

Exposición del caso:

Al poco de cumplir 16 años, Javier vio cómo todo se le venía abajo. Su padre, a quien él veía como un próspero hombre de negocios, era encarcelado a raíz de una sentencia por múltiple fraude; se enteró de repente, pues le habían estado ocultando el procedimiento judicial. Para resarcir a los acreedores, habían embargado sus pertenencias. De la amplia casa céntrica donde vivían, tuvo que trasladarse con su madre -era hijo único- a un apartamento pequeño de alquiler en una barriada periférica. Cambió de repente el colegio privado donde estudiaba por un instituto en la nueva zona; lo motivaba la imposibilidad de pagar el colegio, pero hubiera cambiado de todos modos a otro centro docente donde él no fuera conocido, ni, por lo tanto, su situación. Se les cerraron las puertas de sus familiares, y, sin ayuda, su madre tuvo que trabajar en lo que podía encontrar para salir adelante. A Javier, el nuevo ambiente escolar se le antojaba hostil, y se sentía abatido y solo.

En esta situación, al abrir el buzón de su nueva casa, Javier encontró una revista. Se titulaba “Camino, verdad y vida”. Era poco frecuente encontrar en el buzón algo distinto a alguna hoja publicitaria, y Javier lo leyó con avidez. Desde el principio se veía que era de carácter religioso. En los artículos, fueran comentarios de actualidad o reflexiones, la conclusión era que siguiendo a Jesucristo y haciendo caso del Evangelio se transformaba para bien la persona y la sociedad. Javier se dio cuenta de que no parecía proceder de ninguna institución católica, pero no contradecía lo que le habían enseñado siempre. Invitaban a asistir a un “oficio religioso” el sábado por la tarde, y la dirección que daban resultó estar cerca de su nueva casa. Sin nada pensado que hacer el sábado, y con una mezcla de curiosidad y ganas de “probar a ver”, decidió asistir.

El lugar era un templo nuevo, puesto con gusto. En el oficio había oraciones, cánticos, alguna lectura y un sermón más bien largo. Al acabar, se invitaba a los asistentes -no llegaban a cincuenta- a una cena. Javier entró en la sala donde tenía lugar la cena -con varias mesas, alrededor de las que se cenaba de pie, aunque había algún asiento- tímidamente. Enseguida se fijó en él el predicador, que con mucha simpatía le saludó y se interesó por él. Le fue presentando a otras personas, que respondieron amablemente. Le presentó a un chico, de quien dijo que había dejado la droga “al encontrar el verdadero camino”, a lo que él asintió. También presentó a una chica de la que dijo que por el mismo motivo “había dejado su mala vida”. Se quedó hablando con los dos. Al final, el predicador le preguntó si volvería. Javier contestó que si era incompatible con acompañar a su madre a Misa el domingo. Cuando le respondió que no había reparo en ello, él se comprometió a volver.

Al cabo de varias semanas de asistencia, Javier fue invitado a un “curso sobre el Evangelio” y aceptó. Participaban cinco personas. Les dieron un pequeño libro con los cuatro evangelios, y varios folletos. En las clases se empezaron a oír comentarios despectivos sobre “la superstición católica”, y en particular sobre la Eucaristía, a la que calificaban de “rito mágico”. Javier puso cara de pocos amigos, y cuando acabó la clase, el que la impartía le pidió que se quedara. Así lo hizo, y le preguntó qué pensaba de lo que había oído. Javier le dijo que lo que había aprendido siempre era que si Jesucristo era Dios podía hacer esas cosas. La réplica, en tono muy amable, consistió en decirle que había vivido engañado. Le fue leyendo varias citas del Evangelio, en las que se decía que Jesús iba creciendo en sabiduría, o en las que Jesús mismo decía que “no sabía el día ni la hora” del juicio final, que el Padre era mayor que Él, o el pasaje de la Cruz en el que dice “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” -“Y además -prosiguió-, mira a ver si encuentras un solo pasaje del Evangelio en el que Jesús diga que es Dios. Con todo esto, puedes tú juzgar por ti mismo”. En los días siguientes, Javier, en una Biblia de la biblioteca de su instituto, comprobó los pasajes citados, que coincidían. Leyó los evangelios en busca del pasaje en el que Jesucristo dijera que es Dios, pero no lo encontró. Repasó el texto de religión de 1º de bachillerato que allí se utilizaba, pero lo encontró bastante ambiguo.

Volvió la siguiente semana a la clase, y, como esperaba, le preguntó por el asunto pendiente. Javier le dio la razón, y, nervioso, le preguntó si tenía que dejar de ir a Misa. Le contestó que “no se puede servir a dos señores”, y que eligiera. A Javier no le hacía gracia ese paso, pero no tenía argumentos, y en ese momento se podía decir que los dos únicos amigos que tenía eran los jóvenes que había conocido en su primera cena tras el oficio, con los que se veía a menudo. Por eso manifestó que seguía, y, efectivamente, dejó de ir a Misa. A la vez, le empezaron a dar varios folletos dedicados a criticar la fe católica. Sobre Jesucristo, se decía que habían corrompido la fe primitiva con filosofías griegas, que se perdían en sutilezas inútiles con conceptos como “naturaleza” y “persona” (lo ponía también en griego: “físis” y “prósopon”), con distinciones totalmente ajenas a la Biblia y que contradecían el más elemental sentido común, que decía que no se podía ser Dios y hombre a la vez. Como ejemplo de “fábula” proponía el pasaje de la Anunciación: donde sólo se decía que una doncella tendría una particular ayuda del espíritu divino, los católicos habían inventado toda una leyenda de concepciones virginales, y eso que en el mismo evangelio se dice quién era el marido de esa mujer. Javier no se sentía tranquilo al leer eso, pero por otra parte le parecía razonable, y cuando decía lo que sentía en el local donde acudía le respondían que eso era normal que sucediera, y se le pasaría pronto.

La madre de Javier era ajena a todo este proceso. Cuando dejó de ir a Misa, lo atribuyó a la dejadez de la edad; ella misma, anteriormente, lo había descuidado algunas temporadas. Había sido una mujer bastante mundana, pero en su nueva situación había resurgido la devoción a la Virgen que le enseñó su madre y que había tenido de pequeña. Un día, pensó en enmarcar una estampa de la Virgen y ponerla en la habitación de Javier. Lo hizo, pero al poco desapareció. Preguntó a su hijo qué había hecho con ella, y, en un arranque, Javier le dijo altivamente que no quería ídolos en su cuarto, añadiendo que “la han convertido en una diosa, y no es más que una mujer como cualquier otra”. Oyendo aquello, la señora se alarmó. No dijo nada, pero, en ausencia de Javier, rebuscó por su habitación hasta encontrar los folletos que estaba leyendo su hijo. Esa noche, después de cenar, se sentó con Javier. -“Ahora me lo vas a contar todo”, le dijo. -“No tengo nada que contar”. -“Sí, sí que tienes” -replicó, mientras sacaba los folletos que había encontrado-. Javier se vio sin escape, y acabó por contarle toda la historia a su madre. Al acabar, esperaba una bronca, pero no fue así. Su madre se puso a llorar. Empezó a decir que ella tenía la culpa de todo, porque no había sabido educar a su hijo; que lo que había pasado con su marido era culpa suya, porque sólo pensaba en gastar y en gastar, y era ella la que no le había dejado en paz diciéndole que sacara dinero de donde fuera; que ahora iba a perder a su hijo también por su culpa, por no haberle dado un buen ejemplo y educación; y que era un fracaso completo, como mujer, como madre y como cristiana. Javier no sabía qué decir, pero esa escena motivó que tuviera confianza para hablar con su madre. Poco a poco, ésta le fue explicando cómo estaba poco preparado para defender su fe, cómo se iba aislando de todo lo que no fuera esa secta -o le iban aislando-, y, sobre todo, cómo en el fondo lo que pretendían era que la fe que se debe a la Iglesia que fundó Jesucristo pasara a dársela al que había fundado ese grupo que, consciente o inconscientemente, se ponía por encima del mismísimo Jesucristo.

Preguntas que se formulan:

-¿Se afirma en el Nuevo Testamento que Jesucristo es Dios? ¿Lo afirma el propio Jesús de sí mismo? ¿Cómo lo hace? ¿Podrías citar algún pasaje en que esto se ponga de manifiesto? ¿Hay alguna referencia a esto en el Antiguo Testamento?

-¿Son verídicas las citas del Evangelio que le dan como argumento en contra a Javier? ¿Qué significado tienen? ¿Muestran de alguna manera que Jesucristo era hombre? ¿Hay algún pasaje más de la Escritura que lo ponga de manifiesto?

-¿Aparece Jesús en el Evangelio como un solo ser, una sola persona? ¿Actúa como tal? ¿Son adecuados los conceptos de “persona” y “naturaleza” para expresar la realidad de Jesucristo? ¿Cómo se utilizan? ¿Qué significan? ¿Significa que sólo hay que adorar a Jesucristo en su divinidad? ¿Por qué? ¿Qué es la humanidad con respecto a la divinidad?

-¿Qué se dice de la Concepción de Jesucristo en el Evangelio? ¿Tiene ello algún significado particular? ¿Significa que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Cuál es la diferencia entre la filiación divina de Jesucristo y la nuestra? ¿Y su relación?

-¿Puede decirse con propiedad que Santa María es la Madre de Dios? ¿Por qué? ¿Qué privilegios reconoce la fe en la Ssma. Virgen? ¿Por qué los tiene? ¿Supone este reconocimiento “divinizar” a la Virgen? ¿Cómo es el culto que se le da? ¿Por qué decimos que es madre nuestra? ¿Qué papel ocupa en la vida del cristiano?

-¿Es cierto que la vida cristiana se puede resumir en seguir a Jesucristo? ¿Por qué? ¿Ser Dios y hombre a la vez le otorga un papel singular? ¿Qué significa que es Mediador? ¿Qué implicaciones ascéticas tiene esto?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 422-451, 456-478, 484-507, 2665-2669, 2673-2679.

Comentario:

Posiblemente haya más de una historia de adscripción a una secta que no difiera mucho de ésta. Desde luego, es fácil de comprobar que en muchas sectas de origen cristiano -ésta parece tener origen protestante, aunque ha llegado a un punto en el que se puede decir que ya no es propiamente cristiana, pues niega la divinidad de Jesucristo-, las tácticas de captación son como aquí se exponen. Se comienza difundiendo un mensaje “cristiano” lo suficientemente inconcreto como para que todos -al menos, los católicos- estemos de acuerdo. Conforme uno “se va metiendo”, van apareciendo las diferencias, y se va desvelando su verdadera creencia. Son como parásitos del cristianismo: se aprovechan del cristianismo… para sacar a la gente de él.

Este proceso nos enseña la centralidad del misterio de Jesucristo en la fe. Todo acaba dependiendo de la respuesta que se dé a la pregunta de quién es Jesucristo, pues ese todo o se refiere a Él o fue revelado por Él. De ahí lo que sucede en este caso: de una u otra manera, todo acaba confluyendo en la persona de Jesucristo, que acaba siendo la cuestión de la que depende todo lo demás.

No es sorprendente que se argumente con citas del mismo Evangelio contra la divinidad de Jesucristo. El mismo Satanás utilizó citas de la Escritura para tentar al Señor. Desde luego, esas citas, y bastantes más que se pueden añadir, no son nuevas: se empleaban ya en el siglo IV por los arrianos, las mismas y con el mismo propósito: negar que Jesucristo era Dios. Lo que sucede con esto es que la Sagrada Escritura no es un amasijo de versículos aislados. Son textos que transmiten una doctrina que contiene unos misterios que superan nuestro entendimiento, y se necesita referirse a ellos en sus distintos aspectos para poder transmitir la noción adecuada. En este caso, el misterio consiste en que Jesús de Nazareth era Dios y hombre. Si sólo citamos los pasajes que muestran que es Dios, dejaríamos de considerar que es hombre; y si sólo consideramos los pasajes que ponen de manifiesto que es hombre, perderíamos de vista que es Dios. No hay más truco que éste en las citas del sectario. Sólo parece tener aprendidas aquéllas que muestran a Cristo como hombre, en las que, como tal, es inferior a Dios.

Pero existen otras citas, que lo muestran como Dios. Hay alguna muy explícita, como el inicio del evangelio de S. Juan, en que se dice que “el Verbo era Dios” y que “habitó entre nosotros”. Con otras sucede lo que considerábamos al ver el caso relativo a la Santísima Trinidad: esta realidad de Cristo era muy distinta a la esperada por los judíos, y había que revelar progresivamente y con suavidad el misterio a unas cabezas algo duras. Pero los mismos judíos entendían muy bien lo que ahora más de uno se resiste a entender. Por ejemplo, cuando les el señor les decía que “antes de que Abraham naciese, era Yo” (Jn 8, 58), “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30), o el majestuoso “Yo soy” ante la pregunta de Caifás sobre si era el Hijo de Dios (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 70). El que lo tomaran por blasfemo ya indica que habían entendido bastante bien qué quería decir el Señor con ello. Todo esto tendría que conocerlo bien ese “maestro”, aunque supere la capacidad de Javier de “verlo” por sí mismo; esto tiene alguna resonancia de las sectas que predican una libre interpretación de la Escritura, difunden Biblias sin comentarios, y luego venden libros sobre qué significa cada frase… Más penosa es la ambigüedad que Javier encuentra en el libro de texto, pues a veces parece, con cosas como ésta, que los católicos tenemos miedo de confesar nuestra fe con claridad e integridad.

En uno de los folletos aparecen unas palabras griegas, que corresponden a “naturaleza” y “persona”. Fueron las que utilizaron los primeros concilios. Y si utilizaban conceptos griegos era… porque lo que hablaban era el griego. Se buscaba precisión, porque los errores obligaban a clarificar y precisar. Jesucristo era un solo ser -se refiere a Sí mismo con un único “Yo”-, y era a la vez verdadero Dios y verdadero -completo: alma y cuerpo- hombre. La mejor manera de expresar esto -en cualquier idioma- es decir que es una sola persona y dos naturalezas. Antes de encarnarse, era una persona divina -la Segunda de la Trinidad- con su naturaleza divina. En un momento dado, tomó para Sí -asumió-, además, una naturaleza humana. Esto no tiene que ver con la filosofía griega. Al revés, lo que sí tenían que ver eran las primeras herejías como el arrianismo, de las que la Iglesia tuvo que defenderse buscando las palabras adecuadas. Y es que el denominador común de las herejías es el intento de encerrar el misterio en los límites de la razón humana. Aquí también se nota, cuando el folleto dice que “contradice el más elemental sentido común” (y se nota asimismo, en general, por esa tendencia de la secta a eliminar todo lo sobrenatural). Es el orgullo humano, que no admite sustituir el “contradice” por el “supera”.

La mejor manera de comprobar qué se cree de Jesucristo es ver el papel que se le otorga a su Madre. La razón es muy sencilla: todos las verdades de fe que se refieren a ella derivan de la relación con su Hijo, y todas tienen un fundamento: el de ser Madre de Dios. Y si es Madre de Dios, es porque el Hijo que engendró… era Dios. Esto no la convierte diosa, pero la coloca en una situación verdaderamente única. En función de ese papel es “la llena de gracia” -Inmaculada desde su concepción-, es virgen -en el Evangelio queda claro que lo es, y perpetuamente-, tiene un papel especial en la Redención, es madre nuestra, y está junto con su Hijo en el Cielo.

Y, por último, podemos considerar que precisamente por ser Jesucristo Dios con Él llegó la “plenitud de los tiempos”. Si no fuera Dios, podría haber venido alguien después para completar lo que enseñó. Pero también se puede mirar a la inversa. Si se anuncia a alguien posterior con un mensaje que modifica el Evangelio o pretende completarlo, difícilmente se puede seguir sosteniendo que Jesucristo es Dios. Por la misma lógica de las cosas, el último en llegar se colocaría por encima de todos los anteriores… y por tanto por encima del mismo Jesucristo. Da en el clavo la madre de Javier cuando se lo hace ver.