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Jesucristo

Jesucristo

Exposición del caso:

Al poco de cumplir 16 años, Javier vio cómo todo se le venía abajo. Su padre, a quien él veía como un próspero hombre de negocios, era encarcelado a raíz de una sentencia por múltiple fraude; se enteró de repente, pues le habían estado ocultando el procedimiento judicial. Para resarcir a los acreedores, habían embargado sus pertenencias. De la amplia casa céntrica donde vivían, tuvo que trasladarse con su madre -era hijo único- a un apartamento pequeño de alquiler en una barriada periférica. Cambió de repente el colegio privado donde estudiaba por un instituto en la nueva zona; lo motivaba la imposibilidad de pagar el colegio, pero hubiera cambiado de todos modos a otro centro docente donde él no fuera conocido, ni, por lo tanto, su situación. Se les cerraron las puertas de sus familiares, y, sin ayuda, su madre tuvo que trabajar en lo que podía encontrar para salir adelante. A Javier, el nuevo ambiente escolar se le antojaba hostil, y se sentía abatido y solo.

En esta situación, al abrir el buzón de su nueva casa, Javier encontró una revista. Se titulaba “Camino, verdad y vida”. Era poco frecuente encontrar en el buzón algo distinto a alguna hoja publicitaria, y Javier lo leyó con avidez. Desde el principio se veía que era de carácter religioso. En los artículos, fueran comentarios de actualidad o reflexiones, la conclusión era que siguiendo a Jesucristo y haciendo caso del Evangelio se transformaba para bien la persona y la sociedad. Javier se dio cuenta de que no parecía proceder de ninguna institución católica, pero no contradecía lo que le habían enseñado siempre. Invitaban a asistir a un “oficio religioso” el sábado por la tarde, y la dirección que daban resultó estar cerca de su nueva casa. Sin nada pensado que hacer el sábado, y con una mezcla de curiosidad y ganas de “probar a ver”, decidió asistir.

El lugar era un templo nuevo, puesto con gusto. En el oficio había oraciones, cánticos, alguna lectura y un sermón más bien largo. Al acabar, se invitaba a los asistentes -no llegaban a cincuenta- a una cena. Javier entró en la sala donde tenía lugar la cena -con varias mesas, alrededor de las que se cenaba de pie, aunque había algún asiento- tímidamente. Enseguida se fijó en él el predicador, que con mucha simpatía le saludó y se interesó por él. Le fue presentando a otras personas, que respondieron amablemente. Le presentó a un chico, de quien dijo que había dejado la droga “al encontrar el verdadero camino”, a lo que él asintió. También presentó a una chica de la que dijo que por el mismo motivo “había dejado su mala vida”. Se quedó hablando con los dos. Al final, el predicador le preguntó si volvería. Javier contestó que si era incompatible con acompañar a su madre a Misa el domingo. Cuando le respondió que no había reparo en ello, él se comprometió a volver.

Al cabo de varias semanas de asistencia, Javier fue invitado a un “curso sobre el Evangelio” y aceptó. Participaban cinco personas. Les dieron un pequeño libro con los cuatro evangelios, y varios folletos. En las clases se empezaron a oír comentarios despectivos sobre “la superstición católica”, y en particular sobre la Eucaristía, a la que calificaban de “rito mágico”. Javier puso cara de pocos amigos, y cuando acabó la clase, el que la impartía le pidió que se quedara. Así lo hizo, y le preguntó qué pensaba de lo que había oído. Javier le dijo que lo que había aprendido siempre era que si Jesucristo era Dios podía hacer esas cosas. La réplica, en tono muy amable, consistió en decirle que había vivido engañado. Le fue leyendo varias citas del Evangelio, en las que se decía que Jesús iba creciendo en sabiduría, o en las que Jesús mismo decía que “no sabía el día ni la hora” del juicio final, que el Padre era mayor que Él, o el pasaje de la Cruz en el que dice “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” -“Y además -prosiguió-, mira a ver si encuentras un solo pasaje del Evangelio en el que Jesús diga que es Dios. Con todo esto, puedes tú juzgar por ti mismo”. En los días siguientes, Javier, en una Biblia de la biblioteca de su instituto, comprobó los pasajes citados, que coincidían. Leyó los evangelios en busca del pasaje en el que Jesucristo dijera que es Dios, pero no lo encontró. Repasó el texto de religión de 1º de bachillerato que allí se utilizaba, pero lo encontró bastante ambiguo.

Volvió la siguiente semana a la clase, y, como esperaba, le preguntó por el asunto pendiente. Javier le dio la razón, y, nervioso, le preguntó si tenía que dejar de ir a Misa. Le contestó que “no se puede servir a dos señores”, y que eligiera. A Javier no le hacía gracia ese paso, pero no tenía argumentos, y en ese momento se podía decir que los dos únicos amigos que tenía eran los jóvenes que había conocido en su primera cena tras el oficio, con los que se veía a menudo. Por eso manifestó que seguía, y, efectivamente, dejó de ir a Misa. A la vez, le empezaron a dar varios folletos dedicados a criticar la fe católica. Sobre Jesucristo, se decía que habían corrompido la fe primitiva con filosofías griegas, que se perdían en sutilezas inútiles con conceptos como “naturaleza” y “persona” (lo ponía también en griego: “físis” y “prósopon”), con distinciones totalmente ajenas a la Biblia y que contradecían el más elemental sentido común, que decía que no se podía ser Dios y hombre a la vez. Como ejemplo de “fábula” proponía el pasaje de la Anunciación: donde sólo se decía que una doncella tendría una particular ayuda del espíritu divino, los católicos habían inventado toda una leyenda de concepciones virginales, y eso que en el mismo evangelio se dice quién era el marido de esa mujer. Javier no se sentía tranquilo al leer eso, pero por otra parte le parecía razonable, y cuando decía lo que sentía en el local donde acudía le respondían que eso era normal que sucediera, y se le pasaría pronto.

La madre de Javier era ajena a todo este proceso. Cuando dejó de ir a Misa, lo atribuyó a la dejadez de la edad; ella misma, anteriormente, lo había descuidado algunas temporadas. Había sido una mujer bastante mundana, pero en su nueva situación había resurgido la devoción a la Virgen que le enseñó su madre y que había tenido de pequeña. Un día, pensó en enmarcar una estampa de la Virgen y ponerla en la habitación de Javier. Lo hizo, pero al poco desapareció. Preguntó a su hijo qué había hecho con ella, y, en un arranque, Javier le dijo altivamente que no quería ídolos en su cuarto, añadiendo que “la han convertido en una diosa, y no es más que una mujer como cualquier otra”. Oyendo aquello, la señora se alarmó. No dijo nada, pero, en ausencia de Javier, rebuscó por su habitación hasta encontrar los folletos que estaba leyendo su hijo. Esa noche, después de cenar, se sentó con Javier. -“Ahora me lo vas a contar todo”, le dijo. -“No tengo nada que contar”. -“Sí, sí que tienes” -replicó, mientras sacaba los folletos que había encontrado-. Javier se vio sin escape, y acabó por contarle toda la historia a su madre. Al acabar, esperaba una bronca, pero no fue así. Su madre se puso a llorar. Empezó a decir que ella tenía la culpa de todo, porque no había sabido educar a su hijo; que lo que había pasado con su marido era culpa suya, porque sólo pensaba en gastar y en gastar, y era ella la que no le había dejado en paz diciéndole que sacara dinero de donde fuera; que ahora iba a perder a su hijo también por su culpa, por no haberle dado un buen ejemplo y educación; y que era un fracaso completo, como mujer, como madre y como cristiana. Javier no sabía qué decir, pero esa escena motivó que tuviera confianza para hablar con su madre. Poco a poco, ésta le fue explicando cómo estaba poco preparado para defender su fe, cómo se iba aislando de todo lo que no fuera esa secta -o le iban aislando-, y, sobre todo, cómo en el fondo lo que pretendían era que la fe que se debe a la Iglesia que fundó Jesucristo pasara a dársela al que había fundado ese grupo que, consciente o inconscientemente, se ponía por encima del mismísimo Jesucristo.

Preguntas que se formulan:

-¿Se afirma en el Nuevo Testamento que Jesucristo es Dios? ¿Lo afirma el propio Jesús de sí mismo? ¿Cómo lo hace? ¿Podrías citar algún pasaje en que esto se ponga de manifiesto? ¿Hay alguna referencia a esto en el Antiguo Testamento?

-¿Son verídicas las citas del Evangelio que le dan como argumento en contra a Javier? ¿Qué significado tienen? ¿Muestran de alguna manera que Jesucristo era hombre? ¿Hay algún pasaje más de la Escritura que lo ponga de manifiesto?

-¿Aparece Jesús en el Evangelio como un solo ser, una sola persona? ¿Actúa como tal? ¿Son adecuados los conceptos de “persona” y “naturaleza” para expresar la realidad de Jesucristo? ¿Cómo se utilizan? ¿Qué significan? ¿Significa que sólo hay que adorar a Jesucristo en su divinidad? ¿Por qué? ¿Qué es la humanidad con respecto a la divinidad?

-¿Qué se dice de la Concepción de Jesucristo en el Evangelio? ¿Tiene ello algún significado particular? ¿Significa que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Cuál es la diferencia entre la filiación divina de Jesucristo y la nuestra? ¿Y su relación?

-¿Puede decirse con propiedad que Santa María es la Madre de Dios? ¿Por qué? ¿Qué privilegios reconoce la fe en la Ssma. Virgen? ¿Por qué los tiene? ¿Supone este reconocimiento “divinizar” a la Virgen? ¿Cómo es el culto que se le da? ¿Por qué decimos que es madre nuestra? ¿Qué papel ocupa en la vida del cristiano?

-¿Es cierto que la vida cristiana se puede resumir en seguir a Jesucristo? ¿Por qué? ¿Ser Dios y hombre a la vez le otorga un papel singular? ¿Qué significa que es Mediador? ¿Qué implicaciones ascéticas tiene esto?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 422-451, 456-478, 484-507, 2665-2669, 2673-2679.

Comentario:

Posiblemente haya más de una historia de adscripción a una secta que no difiera mucho de ésta. Desde luego, es fácil de comprobar que en muchas sectas de origen cristiano -ésta parece tener origen protestante, aunque ha llegado a un punto en el que se puede decir que ya no es propiamente cristiana, pues niega la divinidad de Jesucristo-, las tácticas de captación son como aquí se exponen. Se comienza difundiendo un mensaje “cristiano” lo suficientemente inconcreto como para que todos -al menos, los católicos- estemos de acuerdo. Conforme uno “se va metiendo”, van apareciendo las diferencias, y se va desvelando su verdadera creencia. Son como parásitos del cristianismo: se aprovechan del cristianismo… para sacar a la gente de él.

Este proceso nos enseña la centralidad del misterio de Jesucristo en la fe. Todo acaba dependiendo de la respuesta que se dé a la pregunta de quién es Jesucristo, pues ese todo o se refiere a Él o fue revelado por Él. De ahí lo que sucede en este caso: de una u otra manera, todo acaba confluyendo en la persona de Jesucristo, que acaba siendo la cuestión de la que depende todo lo demás.

No es sorprendente que se argumente con citas del mismo Evangelio contra la divinidad de Jesucristo. El mismo Satanás utilizó citas de la Escritura para tentar al Señor. Desde luego, esas citas, y bastantes más que se pueden añadir, no son nuevas: se empleaban ya en el siglo IV por los arrianos, las mismas y con el mismo propósito: negar que Jesucristo era Dios. Lo que sucede con esto es que la Sagrada Escritura no es un amasijo de versículos aislados. Son textos que transmiten una doctrina que contiene unos misterios que superan nuestro entendimiento, y se necesita referirse a ellos en sus distintos aspectos para poder transmitir la noción adecuada. En este caso, el misterio consiste en que Jesús de Nazareth era Dios y hombre. Si sólo citamos los pasajes que muestran que es Dios, dejaríamos de considerar que es hombre; y si sólo consideramos los pasajes que ponen de manifiesto que es hombre, perderíamos de vista que es Dios. No hay más truco que éste en las citas del sectario. Sólo parece tener aprendidas aquéllas que muestran a Cristo como hombre, en las que, como tal, es inferior a Dios.

Pero existen otras citas, que lo muestran como Dios. Hay alguna muy explícita, como el inicio del evangelio de S. Juan, en que se dice que “el Verbo era Dios” y que “habitó entre nosotros”. Con otras sucede lo que considerábamos al ver el caso relativo a la Santísima Trinidad: esta realidad de Cristo era muy distinta a la esperada por los judíos, y había que revelar progresivamente y con suavidad el misterio a unas cabezas algo duras. Pero los mismos judíos entendían muy bien lo que ahora más de uno se resiste a entender. Por ejemplo, cuando les el señor les decía que “antes de que Abraham naciese, era Yo” (Jn 8, 58), “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30), o el majestuoso “Yo soy” ante la pregunta de Caifás sobre si era el Hijo de Dios (Mt 26, 64; Mc 14, 62; Lc 22, 70). El que lo tomaran por blasfemo ya indica que habían entendido bastante bien qué quería decir el Señor con ello. Todo esto tendría que conocerlo bien ese “maestro”, aunque supere la capacidad de Javier de “verlo” por sí mismo; esto tiene alguna resonancia de las sectas que predican una libre interpretación de la Escritura, difunden Biblias sin comentarios, y luego venden libros sobre qué significa cada frase… Más penosa es la ambigüedad que Javier encuentra en el libro de texto, pues a veces parece, con cosas como ésta, que los católicos tenemos miedo de confesar nuestra fe con claridad e integridad.

En uno de los folletos aparecen unas palabras griegas, que corresponden a “naturaleza” y “persona”. Fueron las que utilizaron los primeros concilios. Y si utilizaban conceptos griegos era… porque lo que hablaban era el griego. Se buscaba precisión, porque los errores obligaban a clarificar y precisar. Jesucristo era un solo ser -se refiere a Sí mismo con un único “Yo”-, y era a la vez verdadero Dios y verdadero -completo: alma y cuerpo- hombre. La mejor manera de expresar esto -en cualquier idioma- es decir que es una sola persona y dos naturalezas. Antes de encarnarse, era una persona divina -la Segunda de la Trinidad- con su naturaleza divina. En un momento dado, tomó para Sí -asumió-, además, una naturaleza humana. Esto no tiene que ver con la filosofía griega. Al revés, lo que sí tenían que ver eran las primeras herejías como el arrianismo, de las que la Iglesia tuvo que defenderse buscando las palabras adecuadas. Y es que el denominador común de las herejías es el intento de encerrar el misterio en los límites de la razón humana. Aquí también se nota, cuando el folleto dice que “contradice el más elemental sentido común” (y se nota asimismo, en general, por esa tendencia de la secta a eliminar todo lo sobrenatural). Es el orgullo humano, que no admite sustituir el “contradice” por el “supera”.

La mejor manera de comprobar qué se cree de Jesucristo es ver el papel que se le otorga a su Madre. La razón es muy sencilla: todos las verdades de fe que se refieren a ella derivan de la relación con su Hijo, y todas tienen un fundamento: el de ser Madre de Dios. Y si es Madre de Dios, es porque el Hijo que engendró… era Dios. Esto no la convierte diosa, pero la coloca en una situación verdaderamente única. En función de ese papel es “la llena de gracia” -Inmaculada desde su concepción-, es virgen -en el Evangelio queda claro que lo es, y perpetuamente-, tiene un papel especial en la Redención, es madre nuestra, y está junto con su Hijo en el Cielo.

Y, por último, podemos considerar que precisamente por ser Jesucristo Dios con Él llegó la “plenitud de los tiempos”. Si no fuera Dios, podría haber venido alguien después para completar lo que enseñó. Pero también se puede mirar a la inversa. Si se anuncia a alguien posterior con un mensaje que modifica el Evangelio o pretende completarlo, difícilmente se puede seguir sosteniendo que Jesucristo es Dios. Por la misma lógica de las cosas, el último en llegar se colocaría por encima de todos los anteriores… y por tanto por encima del mismo Jesucristo. Da en el clavo la madre de Javier cuando se lo hace ver.

Elevación y caída del ángel y el hombre

Elevación y caída del ángel y el hombre

Exposición del caso:

Los padres de Rosa eran muy distintos. Su madre era una mujer que se preocupaba por cualquier cosa y se agobiaba con facilidad. Su padre era un hombre muy seguro de sí mismo. Si su madre siempre insistía en que tuviera cuidado con esto y aquello, su padre le decía frecuentemente que ella podría llegar a donde quisiera llegar en la vida, y que sólo dependía de ella. Rosa, que era la hija mayor, en carácter había salido a su padre. Era muy voluntariosa, con pundonor y ambición. Sacaba las mejores notas en todas las asignaturas, y, aunque exteriormente apenas se notara, reaccionaba con cierta rabia ante un fallo o una nota algo inferior, que le hacía redoblar sus esfuerzos. Rosa quería a los dos, pero su admiración se dirigía sólo a su padre.

Un día llegó una fatal noticia: el padre de Rosa había fallecido en accidente de tráfico. No había culpables: un camión había roto sus frenos y no pudo evitar el arrollar al turismo donde viajaba su padre. Al dolor por la pérdida se sumaba en Rosa un sentimiento de impotencia, que quedó algo solapado por la necesidad urgente de consolar a su madre. Ésta, cuando veía a Rosa, no hacía más que decir -“¡Ay, hija! ¿Y qué será ahora de nosotros?” -“No te preocupes, mamá, saldremos adelante”, era la contestación de Rosa a su madre, pero también se lo decía a ella misma, pensando que tenía que ocupar el puesto que dejaba su padre. Pasaban los días, y esta situación no cambiaba.

Una tarde -Rosa sólo tenía clase por la mañana-, su madre se dirigió a ella: -“Rosa, bonita, ¿me podrías acompañar?” Pero no le dijo a dónde. Salieron las dos, y llegaron a una casa; les abrió una recepcionista, que les dirigió a una sala de espera. Había allí un par de señoras, con cara de preocupación. -“¿No será esto la consulta de un psiquiatra?”, preguntó Rosa en voz baja con tono de alarma. -“No, no. Ya verás, pero tú no digas nada”. Al fin les llegó el turno y pasaron a otra habitación.

Resultó ser la consulta de una pitonisa. No tenía tanta cosa exótica en la habitación y el vestido como hubiera podido imaginar Rosa, aunque sí había alguna cosa que indicaba qué era aquello; y, eso sí, no faltaba una mesa amplia con faldón de terciopelo ni un ambiente de penumbra. La madre de Rosa tenía preocupación por el futuro, y aquella señora -era más bien mayor- la tranquilizó, y predijo alguna contrariedad, que sería superada. Rosa no se acordó después muy bien de esto, porque lo que se le quedó grabado fue lo que dijo de ella misma, aunque dirigiéndose a su madre. -“Tiene usted una hija mayor muy lista -empezó diciendo-. Es brillante en sus estudios, tiene carácter y sabe lo que quiere. Está intentando darle ánimos, y puede usted confiar en ella. Pero cree que lo sabe todo, y no es verdad: ni siquiera se conoce bien a sí misma, y tiene mucho que aprender. Tiene un exceso de confianza en sí misma. Pero debe aprender por sí sola y no fiarse de nadie, porque en caso contrario la engañarán, y caerá en un vicio muy serio, y se desesperará y arruinará su vida”. Rosa no podía articular palabra de lo aterrada que estaba, y tampoco fue capaz de decir palabra alguna a la salida.

“¿De qué me conocía? ¿Quién le ha contado nada de mí?”, eran preguntas que Rosa se hacía continuamente. Empezó a tener alguna pesadilla, y le costaba dormir. En esos momentos de vigilia, empezaba a verse de modo distinto a como se veía anteriormente. Se le hacían patentes defectos que antes no percibía. Se veía a sí misma egoísta, orgullosa y presuntuosa, y además imbécil por no darse cuenta antes. Se veía hipócrita, por pensar que presentaba una fachada inmaculada, pero por dentro no era así, “había de todo” pero ella no había querido verlo y miraba hacia otra parte. Empezó a estar más nerviosa y desconcentrada. Tuvo exámenes y, para sorpresa de todo el mundo, las calificaciones bajaron. Se sentía desanimada, y empezó a abrirse paso la idea de “para qué esforzarse en dar una apariencia de virtud” si no correspondía a la realidad.

A pesar de todo, la bajada en sus notas provocó una reacción. Para Rosa, el que existiera el demonio había sido poco más que un asunto de curiosidad. Pero empezó a pensar en ello más seriamente: “¿y quién, si no?”, se preguntaba. Recordó que de pequeña le habían enseñado a dirigirse al Ángel de la Guarda, pero con el tiempo había abandonado eso, como si fuera una historieta más útil para niños pequeños. Todavía tenía grabado aquel “no fiarse de nadie”, pero comenzó a razonar diciéndose que si existía uno por qué no iba a existir el otro, y, tímidamente, le empezó a pedir ayuda. Al poco tiempo le vino a la cabeza que no se podía vivir sin confiar en nadie, y que tenía amigas que habían confiado en ella preguntando sus dudas, académicas sobre todo pero en algún caso también de otro tipo.

A la salida de una clase se animó a dirigirse a una de ellas: -“Oye, quiero preguntarte algo, pero dime la verdad”. -“¿Qué pasa…?” -“La verdad, ¿qué defectos me ves?” -“¿Que qué…?” -“Sí, defectos. Tengo unos cuantos, ¿no?” -“Hombre, tendrás pecado original, como todo el mundo”. -“Ya, pero no vengas con rodeos. Debo ser un asco de amiga, ¿no?” -“Tampoco te pongas así. A veces eres ‘un poco tuya’, pero en fin…”. Con pocas diferencias, la escena se repitió con alguna amiga más. Rosa no quedaba satisfecha, pues pensaba que no le querían decir lo que pensaban en realidad. Al fin, quedaba una de sus amigas. La había dejado para el final porque “era la que rezaba”, y le parecía que ésa “todo lo arreglaba rezando”, y que por tanto no le iba a dar una respuesta inteligente. La abordó y repitió su pregunta. -“¿Y a qué viene eso?”, fue la respuesta. -“Tú dime”. -“Si no me dices por qué me lo preguntas, yo no digo nada”. -“¡Anda…!”. -“Que no. ¿Pero qué pasa contigo? Sacas las peores notas de tu vida, y ahora vienes con esto…”. -“Bueno, está bien. Quedamos esta tarde a tomar algo y te cuento. Pero con una condición”. -“¿Cuál?” -“Que no te asustes”. -“Mira, no entiendo nada, pero no te preocupes, no me voy a asustar”, contestó, visiblemente desconcertada.

Acudieron a la cita las dos. Rosa le contó lo de la pitonisa, aunque lo contó como si la iniciativa hubiera sido suya, sin nombrar a su madre. Y a grandes rasgos añadió lo que había pensado después. “Fatal todo, ¿verdad?”, concluyó. La respuesta tampoco fue corta. Su amiga le vino a decir que todos tenemos nuestras virtudes y defectos; que pensaba que lo que le pasaba se debía a que sólo había contado con sus propias fuerzas -“y bastante has hecho, que me pongo yo a funcionar así y no quiero ni pensarlo”, comentaba. “Y mira -prosiguió-, te puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo… Oye, ¿por qué no te lees lo del hijo pródigo y meditas un poco, y te acabas confesando? Y bueno, ahora que te has quedado sin padre podrías pensar que tienes uno en el cielo… Bueno, no sé si…”. -“No, no, tranquila”. -“Bien, pues eso. ¡Ah, y otra cosa!”. -“¿Qué?” -“Nada, que si me podrías explicar un par de problemitas de redes…”. Rosa se apresuró a decir que sí, entendiendo que por parte de su amiga era una delicadeza, no una necesidad.

Al cabo de unos días Rosa y su amiga volvían juntas de clase. -“Oye, que sí, que dio resultado”, dijo Rosa. -“¿Y ya estás más tranquila?” -“Sí, aunque todavía me dura el susto…”. -“¿Por?” -“Estuvo a punto de engañarme”. -“¿De quién estás hablando?” -“Ya sabes tú de quién: ése”. -“¿Ése? ¡Ah, bah! Que le den dos duros. Ha perdido”.

Preguntas que se formulan:

-¿Cómo debe un cristiano encarar el porvenir? ¿Cuida Dios de las personas? ¿Aunque sean pecadoras? ¿Qué significa la providencia divina? ¿A qué se extiende? ¿Hace mal la madre de Rosa en acudir a la pitonisa? ¿Por qué? ¿Es grave esa conducta? ¿Se sirve la providencia divina, en el caso estudiado, de alguna criatura?

-¿Cómo sabemos que existen ángeles y demonios? ¿Se puede apreciar de alguna manera su actuación en el caso estudiado? ¿Cómo actúan en la vida de los hombres? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué significa que el demonio es un ángel caído? ¿Qué tipo de caída fue ésa? ¿Por qué fueron los ángeles sometidos a una prueba? ¿Cuál es el poder del demonio?

-¿Ves alguna semejanza entre la tentación de Adán y Eva, y lo que la pitonisa dice de Rosa? ¿Cuáles? ¿A qué tipo de pecado conducen? ¿Es grave? ¿Cómo se mezclan en esas tentaciones verdad y mentira?

-¿Qué consecuencias del pecado original se hacen patentes en este caso? ¿Cómo eran esos aspectos antes de la caída? ¿Por qué se transmiten esas consecuencias a todos los hombres?

-¿Fue el castigo por el pecado original inmisericorde? ¿Por qué? ¿Es razonable, al menos en algún caso, la desesperanza por el estado en que quedó el hombre? ¿Por qué?

-¿Es cierto que sin apoyarse en Dios no puede llevarse una vida íntegra? ¿No hay alguna excepción? ¿Por qué? ¿Qué es lo que da Dios a los hombres para que puedan vencer en la lucha contra el mal? ¿Tiene algo que ver la gracia con la condición de hijo de Dios? ¿Tenían también gracia divina Adán y Eva antes de la caída? ¿Por qué se dice que es sobrenatural? ¿Para qué se la concedió Dios?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 302-314, 328-336, 374-379, 385-412. Capítulos 2 y 3 del Génesis.

Comentario:

Aparecen en este varios personajes. Algunos se ven, pero otros no se ven, aunque dejan sentir su presencia suficientemente como para confirmar que son tan reales como los que pueden verse.

El primero de estos últimos en aparecer es el diablo. El caso no pretende tratar de la moralidad de acudir a este tipo de consultas, pero ya que este asunto no aparece en ningún otro caso, se puede aclarar aquí. Es gravemente inmoral. La razón principal es porque, si de verdad hay alguien detrás, sólo puede ser el demonio. Como Rosa misma dice, ¿quién si no? No es infrecuente que este tipo de montajes sean un engaño, un tongo, pero otras veces -como ésta- lo que allí se oye sólo puede provenir de alguien muy bien informado. ¿Y quién si no? Porque está claro que ni Dios ni los que están con Él se prestan a este tipo de juegos. Es verdad que en el Antiguo Testamento aparece alguna ocasión en la que sí se prestan, pero reprochando a quien utiliza esos medios, y en todo caso son cosas que suceden antes de Cristo. Porque tras Jesucristo queda muy claro que es Él -y quienes participan de su sacerdocio- el único mediador entre Dios y los hombres, y no lo puede ser por tanto “Madame X”.

Podría también suceder que se buscase conocer el futuro pensando que detrás hay, no un “alguien”, sino un “algo”: fuerzas que dominan nuestro destino. Es, por ejemplo, lo que pasa con la astrología. Pero sigue siendo inmoral, porque, más o menos conscientemente, lo que sustituyen estas pretendidas fuerzas ciegas es nada menos que la providencia divina. Y, ante el futuro, la actitud correcta es la confianza en esa providencia, en Dios mismo, que es nuestro Padre. No es casualidad que proliferen esas pretendidas “ciencias ocultas del destino” en momentos en los que se descuidan la fe y la piedad; ni lo es tampoco que en los ambientes más materialistas abunde más el miedo al futuro y la obsesión por la seguridad.

La realidad es que Dios tiene planes maravillosos para el hombre, y si se truncan es porque los estropea el hombre. Todo ello sin perjuicio de que la sabiduría divina saque bienes mayores de esos estropicios. La felicidad original era una realidad -el paraíso, con sus dones naturales, preternaturales y sobrenaturales-, como también lo fue la tentación original del diablo. Y una de las razones de exponer aquí un caso como éste es que hay bastantes semejanzas entre la tentación de Eva y la que aquí padece Rosa. El “padre de la mentira” (cfr. Jn 8, 44) conoce su oficio, y sabe que las mentiras más creíbles son las que mezclan hábilmente verdad y mentira. El objetivo de ambas tentaciones es el mismo: alejar de la confianza en Dios, y valerse sólo de uno mismo, rechazando la ayuda divina y, con ella, el sometimiento a Dios. Fue más radical la de Adán y Eva: les invitaba -comiendo del prohibido árbol “de la ciencia del bien y del mal”- a determinar por sí mismos qué estaba bien y qué mal, sustituyendo así a Dios: “seréis como Dios” (Gen 3, 5). En el caso de Rosa, no se presenta este aspecto explícitamente, pero sí va implícito en ese “hacerlo todo por sí misma, sin fiarse de nadie”. El relato de Gen 3 muestra también que, como en este caso, el apoyo para la tentación es el amor propio, que el demonio se encarga de azuzar.

También hay un paralelismo en el resultado: “se les abrieron los ojos a ambos” (Gen 3, 7). Aquí se pone de manifiesto cuál es el plan del diablo y su objetivo habitual: la desesperación. Primero intenta cegar para el mal, luego lo presenta crudamente -si puede, exagerándolo- intentando hacer creer que no tiene solución. Puede comprobarse asimismo examinando en el Evangelio la tentación y final de Judas, de quien se dice explícitamente que actuó movido por Satanás.

La situación de Rosa parecía un callejón sin salida, porque salir de esa situación parecía superar sus fuerzas. Pero había alguien más. La actuación del ángel también se hace notar. Y, aunque sea más suave, es más poderosa. No por nada es un vencedor, mientras que el demonio es un vencido. Uno pasó su prueba, el otro no. Y es que Dios, por querer nuestro bien completo, nos quiere vencedores, y por eso corre el riesgo de nuestra libertad. No sólo quiere así a los espíritus puros -los ángeles-, sino también a nosotros. Por eso consta en el caso que las decisiones son de Rosa, y que el poder de ángeles y demonios no va más allá de sugerir -con más suavidad, aunque no menos eficacia, en el caso del ángel, pues éste, a diferencia de su oponente, no quiere violentar-.

“Puede parecer un tópico, pero la verdad es que o te apoyas en Dios o te acabas hundiendo”. Es la verdad. Y no lo es sólo para obtener la gracia y alcanzar nuestra meta sobrenatural. Lo es también para cumplir con nuestros deberes naturales, con la ley natural. El fundamento es que, desde el pecado original, el hombre es un ser “caído”. Y, aunque esté redimido y elevado a un orden sobrenatural, permanecen en él las secuelas del pecado original. Nos guste o no -lo normal es que no-, nuestra naturaleza es una naturaleza dañada (que no es lo mismo que corrompida, como sostenía Lutero). Por eso, toda visión del ser humano según la cual éste puede llegar a la perfección con sus solas fuerzas o en el que baste con cambiar las circunstancias para que se comporte siempre bien -son las teorías “naturalistas”-, es mentira. Era lo que, quizás bastante inconscientemente, pretendía Rosa. Por eso despreciaba a la que pensaba que “todo lo arreglaba rezando”, hasta que… tuvo que doblegar su orgullo y pedir ayuda, y entonces empezó a comprender. Con la actitud que tenía en un principio, aunque todo parecía salirle bien, tarde o temprano acabaría teniendo una crisis, y encontrándose con su propia miseria. Con el agravante de que el orgullo acumulado le haría -así fue- asustarse ante sí misma: las mejores condiciones para caer en la desesperanza. Por fortuna, no le faltó gracia de Dios, Ángel de la Guarda… y una buena amiga. Con todo esto, y un poco de buena voluntad por su parte, pudo vencer, y venció.

La Creación

La creación


Exposición del caso:

Las conferencias no eran precisamente lo que más atraía a Paz, pero cuando en el tablón de anuncios del centro público donde estudiaba el bachillerato vio que se anunciaba una sobre “Las respuestas del feminismo”, decidió asistir. Tenía motivos para ello. Desde siempre, sus dos hermanos mayores se habían aprovechado de lo fácil que era hacerla rabiar para divertirse a su costa, de distintos modos conforme aumentaban sus edades. Todavía recordaba -con el consiguiente enfado- los últimos comentarios de este tipo, con expresiones como “¡Bah!, las mujeres estáis locas”, “pues diles a esas histéricas de amigas tuyas…”, y otras por el estilo. Se quejaba, además, de que eran unos señoritos que nunca echaban una mano en su casa, al contrario que ella, pero sus padres no parecían hacer mucho caso de sus quejas. Además, esa misma mañana una amiga suya le había comentado que había dejado de salir con el chico con el que salía porque -así lo decía- “ésos sólo buscan aprovecharse”. Total, que se encontró ese anuncio justo cuando pensaba que estaba harta de todo eso.

Se había imaginado a la conferenciante con atuendo de “rockera” y gritando más que hablando. No fue así: encontró que era una mujer vestida con elegancia y de voz suave. Empezó haciendo un repaso histórico sobre una sociedad “machista” que marginaba a una mujer dominada, incluso en nuestros días. Hasta aquí, Paz escuchó lo que esperaba oír; lo novedoso vino después. Buscando la razón de fondo de esa situación, indicó que, yendo al fundamento último, había que encontrar éste en “un desequilibrio en la evolución de las especies superiores, que se pone particularmente de manifiesto en la más evolucionada, el ‘homo sapiens’”. Explicó que se ponía de manifiesto más claramente en aspectos como una fuerza física inferior y la “carga completa, o casi, sobre la descendencia, tanto en la gestación como en la crianza”. Siguió diciendo que esto suponía claramente una injusticia, pero que no tenía sentido buscar culpables, pues no se podía culpar a “que la combinatoria del azar haya encontrado esa línea evolutiva”, ni siquiera a “los humanos, que no podían dejar de actuar como lo hicieron pues el comportamiento de cada cual debía ser necesariamente reflejo de su dotación instintiva”. No se trataba de sentenciar pasadas culpas, sino de remediar la situación, creando una sociedad nueva. “Es cierto -puntualizó la conferenciante- que últimamente se han producido avances, pues la moderna tecnología proporciona medios para superar en buena parte la inferioridad en la fuerza física, y el reconocimiento de derechos como el aborto permite por fin a la mujer la disposición absoluta sobre su propio cuerpo, y por tanto sobre su vida, derecho del que injustamente había sido alienada, pero no puede considerarse suficiente por cuanto sólo resuelve parte del problema y son avances reversibles”. Era necesaria –añadió- una solución completa e irreversible, “que debe pasar necesariamente por un cambio en la constitución misma del ser humano; es decir, un cambio en la naturaleza del homo sapiens, que se vislumbra como posible merced a los avances de la ingeniería genética, cuyos primeros pasos estamos siguiendo”. Reconoció que “aún es pronto para perfilar al detalle el resultado apetecido”, pero que “hay varias líneas investigativas, de diverso alcance, cuyos objetivos van desde la liberación de la carga gestatoria hasta una equiparación corporal que obligaría a redefinir la sexualidad y presentar una diversidad de alternativas dentro de ésta”.

El turno de preguntas sirvió para que se reafirmase la conferenciante. Sólo hubo dos intervenciones que la pudieron poner en aprietos. En la primera, una preguntó si esas investigaciones eran propiciadas por la “dotación instintiva” de sus agentes, pero la respuesta estaba llena de tecnicismos que Paz no entendía -ya antes el significado de algunas palabras se le escapaba, y había suplido por intuición-. La segunda consistió en preguntar si la experiencia familiar de la conferenciante confirmaba sus teorías, pero ésta -que parecía algo irritada al oír eso- vino a contestar elegantemente que eso era irrelevante para el tema.

-“¿Qué tal la conferencia?”, preguntaron sus amigas a Paz cuando la vieron al día siguiente. -“Uf, sabía un montonazo”, contestó, y pasó a explicar lo que había expuesto, o lo que había entendido de ello. Para sorpresa de Paz, en vez de admiración hubo críticas. -“¡Pero si eso es lo mismo de Frankenstein! ¡Como en la película, igual!”, dijo una. -“Mira, ¿sabes lo que te digo? Que cuando me toque ya procuraré mirar bien con quién me caso, pero cuando me case quiero tener algún niño, no encargar un prefabricado” -fue la réplica de otra-. Paz no era de las que rectifican fácilmente, y mantenía que “a lo mejor es que yo no sé explicarlo muy bien, pero si la hubierais oído seguro que le dabais la razón en bastantes cosas”.

Al día siguiente, Paz volvía a su casa acompañada de su mejor amiga, Miriam. Salió de nuevo el tema de la conferencia, sobre todo porque Paz se sentía incomprendida. -“Mira -le dijo Miriam-, de verdad que lo he estado pensando, y fríamente. Hace poco leí un artículo sobre ecología, y venía a decir que queríamos hacer un mundo nuevo fabricado, y cuando nos hemos dado cuenta nos estaba saliendo una porquería, y estábamos dejando el mundo hecho un asco. Y ésa quiere hacer lo mismo con la gente. Pues conmigo no, gracias”. -“Vaya, si lo ves así…” -“¿Y cómo quieres que lo vea? Las cosas son lo que son, ¿no? ¿Y ésa qué pretende? Para liberar a la mujer, al final lo que quiere es fabricar otra cosa que ya no se sabe si es mujer o qué es. ¡Pues vaya plan! ¿O es que tal como somos no servimos? Si ése es su feminismo, por mí se lo puede quedar para ella solita”. -“Sí, supongo que sí”, contestó esta vez Paz, un poco decepcionada por tener que darle la razón. En el fondo, empezaba a darse cuenta de que la solución a sus problemas pasaba por quejarse menos y aprender a madurar.

Preguntas que se formulan:

-¿Puede el universo ser resultado de la “combinatoria del azar”? ¿Por qué? ¿Es compatible con que haya una “línea evolutiva”? ¿Cuál es la razón? ¿Es la creación por Dios la única explicación posible del universo? ¿Podría deberse a algún otro ser? ¿Por qué? ¿Se pueden conocer estas verdades por la razón? ¿Añade la Revelación algún conocimiento? ¿Es la creación compatible con la teoría evolucionista? ¿En qué sentido?

-¿Es el ser humano simplemente una especie superior más evolucionada que las demás? ¿Qué le distingue? ¿Cómo se puede conocer que además de materia tiene espíritu? ¿Pueden explicarse inteligencia y voluntad como funciones corporales? ¿Por qué? ¿Es materialista la conferenciante? ¿Es congruente con ello lo que dice del comportamiento necesario determinado por su “dotación instintiva”? ¿Niega con esto la libertad? ¿Es certera la objeción que se le pone? ¿Por qué?

-¿Puede afirmarse que en la naturaleza hay desequilibrios e injusticias? ¿Por qué? ¿Puede decirse que todo lo creado es bueno? ¿Qué se quiere decir con ello? ¿Cómo se compagina con el hecho de que haya catástrofes naturales, defectos físicos, enfermedades, etc.?

-¿Tiene consecuencias prácticas el saberse una criatura? ¿Puede decirse que tenemos un derecho a la disposición absoluta de nuestro cuerpo o de nuestra vida? ¿Por qué? ¿Se niega así la libertad? ¿Por qué? ¿Tenemos derecho a intentar cambiar nuestra naturaleza? ¿Por qué? ¿Resultaría posible? ¿A qué resultados daría lugar? ¿Tienen razón las amigas de Paz en sus críticas a la conferencia? ¿Por qué?

-¿Tiene el hombre dominio sobre el universo creado? ¿Por qué? ¿Tienen los animales algún derecho sobre el hombre? ¿Cuál es el motivo? ¿Es su dominio absoluto? ¿Tiene el deber de respetar la naturaleza? ¿Supone ese deber el reconocimiento de Dios como Creador? ¿Tiene la ecología algún papel en la doctrina católica?

-¿Es acertado lo que piensa Miriam? ¿Qué juicio te merece el feminismo de la conferenciante? ¿Sería verdaderamente liberador? ¿Por qué? ¿Es la diferenciación sexual un enriquecimiento para la especie humana? ¿Forma parte de la personalidad? ¿Se empobrece ésta si se pretende suprimir o atenuar su modalidad sexual? ¿Por qué? ¿Puede existir un feminismo fundamentado en la doctrina cristiana? ¿Qué vendría a decir?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 279-300, 355-373. Dos primeros capítulos del Génesis.

Comentario:

La primera cuestión que surge con este caso es precisamente su tema: ¿trata este caso sobre la Creación, o del hombre? La Creación abarca todo el universo creado. Por encima del ser humano están los ángeles, pero de estos nos ocuparemos en el próximo caso. Por debajo están los seres irracionales, pero éstos no presentan problema alguno, salvo en su relación con el hombre. Por eso, este caso está centrado en el hombre.

La conferenciante no se refiere a Dios ni a si el mundo es creado o no por Él, pero implícitamente lo niega. Tal como lo concibe, en su visión del universo Dios no tiene cabida. Si volvemos al primer caso, vemos que la agnóstica Bárbara dice que el orden del universo “puede deberse a Dios, o puede deberse al azar, o a otra cosa”. Esta conferenciante, afirmando lo segundo, niega implícitamente lo primero. Para ella la explicación última está en la materia. La materia no es inteligente, y por tanto su evolución no obedece a un plan, sino al azar. La materia en sí misma es uniforme, y sólo varía en cantidad y extensión: de ahí que los cambios queden reducidos a puras combinaciones “de lo mismo”. Y eso nos da lo que para ella es la clave del universo: la “combinatoria del azar”.

¿No cabe por tanto admitir la evolución? Sí que cabe, pero el cristianismo ve, más allá de las leyes de la evolución -que corresponde a la ciencia investigar, y sobre lo que hoy por hoy hay muchas incógnitas por despejar- el plan creador, más perfecto en cuanto incluye en los seres vivos un dinamismo perfeccionador. Desde la perspectiva cristiana, lo que sucede es que la evolución sin Dios sería un absurdo, pues de lo inferior, por sí sólo, no puede salir lo superior: nadie da lo que no tiene.

Pero la evolución tiene un límite: el espíritu. Éste no puede salir de la materia, sino sólo de un acto creador de Dios. Por eso, en el hombre, aunque el componente material puede ser resultado de una evolución, no lo puede ser el componente espiritual, el alma. De ahí que negar a Dios conduce a negar el alma espiritual. ¿Qué sería entonces el hombre? Un animal más, que sólo se distinguiría del resto por haber evolucionado más deprisa. Esto es lo que piensa la conferenciante. Decir que es la especie más evolucionada puede no ser concluyente en este sentido, pero queda claro cuando afirma que el comportamiento humano viene determinado por su “dotación instintiva”: puro instinto, que, por ser lo único determinante, no deja sitio para la inteligencia y la voluntad, ni siquiera para la propiedad fundamental de la voluntad: la libertad. Es una curiosa liberación la que apoya esta mujer, que nos rebaja al nivel de los animales: puro instinto, y determinado, sin libertad. Por eso dice que propiamente no hay culpables de la “injusticia” (otro concepto que indirectamente excluye a Dios: si el creador es Dios, difícilmente se puede concebir un Dios “injusto”): para que exista culpa debe haber libertad.

Aquí radica la principal contradicción de la conferenciante, que se pone de manifiesto en la primera de las intervenciones que se mencionan. Si todo es una línea evolutiva ciega, y el comportamiento mera función del instinto, no hay cabida para proponerse cambiar nada. Ni siquiera tendría sentido intentar convencer -la conferencia misma-, pues sólo cabe dejarse llevar. Tampoco tendría sentido hablar de “derechos”. Sólo los tienen las personas, los seres con inteligencia y voluntad, que tienen un valor en sí mismos. Los animales no tienen derechos -por mucho que algunos se empeñen en concedérselos, al menos en algunos casos- y en el mundo animal el individuo se subordina completamente a la especie. Es lo mismo que ha sucedido en las sociedades que han pretendido hacer un “paraíso” partiendo de una ideología que sólo veía en el hombre a una especie más evolucionada que otras: en nombre de “la utopía” han sacrificado muchas vidas. El marxismo ha sido un claro ejemplo de ello.

Lo que dice Miriam a Paz en el último párrafo es muy sensato, y nos pone en contacto con un tema que va cobrando una creciente importancia: la ecología. En un sentido amplio, significa respeto a la naturaleza. El hombre es el rey de la Creación. Es el dueño del mundo. Pero eso no significa que sea el dueño absoluto del universo. En primer lugar, no llega a abarcarlo, por mucho que cada vez sepa más de él y amplíe su dominio. En segundo lugar, debe cuidar de él, respetando su naturaleza. No se trata sólo de pensar que hay que legar a las generaciones futuras un lugar habitable. Hay que pensar también que la naturaleza misma se resiste a ser cambiada: cada vez que se intenta, no sale una naturaleza nueva, sino una degeneración de la que había. Esto debe hacer pensar al hombre, que debe verse como un administrador de la naturaleza, situación que remite a un Dueño que nos la ha dado. La ecología, bien entendida, conduce a aceptar un Dios Creador.

Pero el “homo sapiens”, a diferencia de los animales, no siempre escarmienta. Cuando pretender sustituir a la naturaleza por la técnica -cosa distinta de desarrollar la técnica cuidando la naturaleza- está mostrando su fracaso en el mundo, hay quien quiere repetir la experiencia con el hombre mismo, quizá pensando en que ese tipo de experimentos “no contaminan”. La conferenciante no lo disimula: quiere cambiar la naturaleza humana. Y deja entrever que uno de los aspectos de la naturaleza que quiere cambiar es la sexualidad misma: quiere eliminar la diferencia sexual. Aciertan las amigas de Paz en comparar esta pretensión con la historia de Frankestein: un producto fantástico inventado en el siglo pasado, cuando el descubrimiento de la electricidad podía hacer pensar que serviría para fabricar una especie de “superhombre”. El resultado fue un monstruo. La conferenciante también pretende fabricar -el medio propuesto lo confirma: ingeniería genética- un “nuevo” ser humano. Si se le hiciera caso, se harían monstruosidades, y saldrían monstruos.

Hay por tanto también una ecología humana. La misma ley natural es ecología humana: pide al hombre que se comporte respetando su misma naturaleza. Y esta ecología humana proporciona fundamentos para entender correctamente el feminismo. La naturaleza misma nos enseña la igualdad hombre-mujer en dignidad y derechos. Pero también enseña que hay una diversidad sexual por naturaleza. Y, para lograr plenamente lo primero, el camino no pasa por pretender ignorar lo segundo, y menos aún por pretender cambiarlo. Bien lo entienden las amigas de Paz cuando consideran la maternidad como una riqueza -para la conferenciante era sólo una carga-, y su sustitución por una fabricación como una aberración. Quieren hacerse valer como son, y es ése el auténtico feminismo: hacerse valer como mujeres, y no en la medida en que dejen de serlo, en su comportamiento, su actitud y su misma naturaleza, complementaria -o sea, con riquezas propias- de la del varón.

El caso debe servir también para aprender a no dejarse deslumbrar por quienes se presentan con un cuidado atuendo de intelectualidad, porque a veces lo que se esconde tras toda esa apariencia puede ser… una monstruosidad.

La Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad

Exposición del caso:

Al comenzar un nuevo curso, Covadonga -tiene 16 años- encuentra que la profesora de religión es nueva. Pronto descubren las alumnas que es una joven inexperta -está dando sus primeros pasos en la docencia-, que todavía no sabe controlar bien la clase, se pone nerviosa con facilidad y no parece sentirse muy segura. Un día, después de comer en el colegio, Covadonga se reúne con sus amigas y sale en la conversación la profesora nueva. Animándose unas a otras, deciden entre todas montar en la próxima clase de religión -esa misma tarde- lo que llaman “un vacile”, a fin de intentar sacar de quicio a la profesora.

El tema de la clase de religión de ese día era la relación fe-razón. Cuando la profesora dijo que no hay nada en la fe que contradiga a la razón, empezó la contestación. Fue Covadonga la que interrumpió: -“¿Cómo que no?” -“Como que no…” –-“¿Ah, no? ¿Y la Trinidad, qué?” -“La Trinidad divina es un misterio que supera la razón, pero no la contradice”. Fue otra voz la que interrumpió esta vez: -“Pero, oiga: ¿cómo no va a ser una contradicción ser a la vez uno y tres?” -“Lo sería si se aplicara a lo mismo: pero es un sólo Dios, y tres personas”. -“Pues es lo mismo, ¿no? -terció otra-: yo soy un ser humano y una persona; es impensable que en mi ser humano hubiera tres personas como yo”. -“¡Ay, no, por favor!”, se oyó una voz, seguida de una risa generalizada. -“¡Callaos! -dijo la profesora-. Parece mentira que os podáis tomar así a la ligera algo tan importante de la fe y la vida cristiana”. -“Oiga -saltó otra-, pero el otro día dijo que el ser de Dios era simple y sin partes, y que a eso se llegaba por la razón. Pues si hay tres personas tendrán que tener alguna cosa que las diferencie, ¿no?” -“Es que sólo se diferencian precisamente en ser personas distintas -contestó la profesora-. Bueno, esto es bastante difícil de explicar, y no hay tiempo para eso ahora”. Otra de las alumnas intervino: -“Pero si se puede explicar…, entonces no es un misterio”. -“Se puede dar una explicación para ver que no es un absurdo, pero se sigue sin entender cómo es eso”. -“Oiga, ¿puedo preguntar una cosa?”, dijo otra alumna. -“A ver…” -“¿Sale en alguna parte del Evangelio que hay tres personas en Dios?” -“De manera tan explícita no, pero sí que sale”. -“¿Y por qué no de manera explícita?” -“Mira -contestó la profesora, que a estas alturas ya estaba a punto de perder la paciencia-, yo no he escrito los Evangelios. Si está como está será por algo; a lo mejor es para que se vayan dando cuenta poco a poco cabezas tan duras como las vuestras”. Se oyó una nueva voz: -“Pero si no está tan claro a lo mejor no pasa nada por creerlo o no creerlo…”. Ahí acabó la paciencia de la profesora. Empezó a decir lo que le podría pasar a la siguiente que dijera una estupidez, y siguió con cosas como que esa clase merecería estar en “educación especial”, que si continuaban así no iban a hacer nada de provecho en la vida, etc. Estando así, sonó el timbre anunciando el final. Covadonga y sus amigas salieron sonrientes, por haber logrado lo que querían: sabotear la clase.

De vuelta a casa, Covadonga empezó a preguntarse si no se habría pasado de la raya, pensando en lo que dijo la profesora sobre que se estaban tomando a la ligera algo que realmente era tan importante como su fe. En un momento dado consideró qué habría podido decirles una que no fuese cristiana si hubiese asistido a esa clase, y llegó a la conclusión de que había sido todo “de vergüenza”. Fue al día siguiente a pedir perdón a la profesora. -“¿Por…?”, preguntó ésta. -“Por lo de ayer. Fue culpa mía”. -“Bueno, no sólo tuya”. -“Y… ¿puedo preguntar un cosa? Esta vez en serio…” -“¿Qué es?” -“Es que dijo que la Trinidad es muy importante para la vida cristiana. ¿Es verdad?” -“Sí”. -“Pero no parece que influya en lo que yo tenga que hacer”. Siguió una larga explicación sobre la acción de Dios en el alma, la gracia, la liturgia, la oración, escuchada con interés. -“Pues sí que era serio, sí”, concluyó.

Preguntas que se formulan:

-¿Aparece la distinción de personas divinas en la Sagrada Escritura? ¿Aparece en los dos Testamentos, o sólo en el nuevo? ¿Por qué? ¿Aparece de modo explícito? ¿En qué sentido? ¿Conoces algún pasaje del Evangelio que muestre al Padre y al Hijo como personas distintas? ¿Y alguno que muestre como tal al Espíritu Santo?

-¿Qué es en Dios uno y qué trino? ¿Qué entendemos por “persona” y qué por “esencia”? ¿Hay contradicción en afirmar a la vez la Unidad y la Trinidad en Dios? ¿La habría si se afirmara de un ser humano? ¿Cuál es la diferencia?

-¿En qué se distinguen las personas divinas? ¿Sus nombres las relacionan (expresan relación)? ¿Qué clase de relaciones son? ¿Cuántas hay? Si lo único distinto en Dios son las relaciones, ¿pueden identificarse éstas con las personas divinas? ¿Puede decirse que cada una es parte de Dios? ¿Por qué? ¿Hay alguna distinción entre ellas en el obrar divino (ad extra)? ¿Por qué entonces atribuimos algunas operaciones a una de las tres Personas? ¿Hay algún fundamento para esa atribución? ¿Sabes qué es una “misión” divina?

-¿Por qué crees que Dios ha querido revelar este misterio? ¿Es verdaderamente importante para la vida cristiana? ¿Por qué? ¿Cómo se manifiesta en la liturgia? ¿Cómo debe manifestarse en la vida de piedad?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-260, 1077, 1084, 1091.

Comentario:

Como se anunciaba en el comentario al caso anterior, en este misterio central de la fe cristiana se pone de manifiesto la “paradoja” como en ningún otro: Dios es uno y tres, es Uno y Trino. Habría contradicción si el “uno” y el “tres” se refirieran a lo mismo, al mismo aspecto. Pero no es así. Uno es el ser: hay un solo Dios. Tres son las personas. Lo incomprensible es cómo puede un ser comprender en sí mismo tres personas. Lo que no cabe hacer es poner como punto de comparación al ser humano, pues es algo exclusivo de Dios. Es un misterio, pero no un absurdo.

Las objeciones que pone el alumnado, independientemente de su intención, son atinadas. Las respuestas de la profesora, mientras conserva el control de sí misma, también lo son: resumen la doctrina y la teología católica sobre el tema. No se trata en este comentario de explicarlas más detalladamente: lo hacen los puntos del Catecismo que se señalan. Lo curioso es que la profesora también acierta cuando, tras ser preguntada sobre el porqué no aparece más explícitamente en la Escritura que son tres Personas en un sólo Dios, pierde un poco los papeles y contesta que quizás es para que se vayan dando cuenta poco a poco unas cabezas duras. Ése es el motivo, aunque sean otras las cabezas: tan sorprendente era este misterio para los judíos contemporáneos del Señor, que tenía que revelarse de ese modo, y, aún así, acusaron al Señor de blasfemo por decir que era Hijo de Dios.

Es también verdad que éste es un misterio muy importante para la vida cristiana. A primera vista no lo parece: ¿qué tendrá que ver cómo es Dios en sí con cómo debemos de comportarnos nosotros? Pues mucho, porque los cristianos estamos llamados a comportarnos como hijos de Dios. Y esto es así porque somos constituidos verdaderamente en hijos de Dios. Y somos hechos hijos de Dios por medio de Jesucristo, que es el Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. O sea, que nos hacemos partícipes de la filiación del Hijo: participamos de su filiación, y, por tanto, de la vida trinitaria. En esto consiste la gracia, y la gloria del cielo. Y es que Dios no revela misterios “porque sí”, ni para que lo contemplemos como una pieza de museo, ni menos aún para complicarnos la cabeza buscando una explicación. Lo hace porque tiene una relevancia central en esa nueva vida que nos consiguió el Hijo de Dios encarnado. De paso, es también muy bonito y muy consolador pensar que, precisamente porque Dios es amor y nos destina al Amor, Dios no está solo: no es un “Yo”, sino un “Nosotros”.

La naturaleza de Dios

La naturaleza de Dios

Exposición del caso:

Aunque dentro de la programación televisiva no son los informativos lo que más atrae a José Luis, viendo un sábado la televisión se encontró con un programa de reportajes extensos sobre temas de actualidad, y despertó su interés. Los reportajes pasaron revista a un par de zonas conflictivas del mundo, y desfilaron crudas imágenes de un panorama desolador: hambre, guerras, asesinatos, refugiados sin hogar, destrucciones, odios. José Luis quedó impresionado; tanto, que le costó conciliar el sueño, y aquella noche tuvo pesadillas.

Al día siguiente, domingo, fue a Misa a su parroquia. El Evangelio que tocaba leer invitaba al abandono en la providencia divina. En la homilía, el sacerdote habló de la inmensa bondad divina, y de la providencia de Dios, que cuida de sus hijos, de forma que busca su bien en todo, y nada sucede sin que Dios lo quiera o lo permita. Interiormente, José Luis protestaba al oír aquello, comparándolo con lo que había visto el día anterior. Casi le parecía un cruel sarcasmo: ¿cómo se puede ser bueno y poderoso, y permitir que pasen esas cosas? Incluso pasó por su cabeza la idea, que había oído alguna vez, de que Dios se haya desentendido del mundo una vez creado, dejándolo a su suerte; pero sabía que no eran católicos los que pregonaban eso, y no quiso darlo por bueno.

A la salida, se fijó en el tablón de anuncios junto a la puerta de entrada. No solía detenerse a mirarlo, pero esa vez sí lo hizo. Se fijó en una especie de ciclo de conferencias de divulgación teológica. Una de ellas tenía por título “Qué sabemos de Dios”, y sólo faltaban diez días para que tuviera lugar. Decidió asistir.

El conferenciante fue presentado como un ilustre teólogo, y a José Luis le pareció que, efectivamente, parecía sabio. En honor a la verdad, José Luis tuvo que reconocer que no entendió todo lo que dijo, pero sí le pareció que había captado lo fundamental. La tesis central partía de que Dios es un ser infinito y trascendente, y por eso infinitamente trascendente. Así pues, nos separaba de Él una distancia infinita, de modo que sólo podíamos decir que era absolutamente distinto: el “Totalmente Otro” fue la expresión que empleó. Por eso todo intento de conocer con propiedad qué es Dios estaba condenado al fracaso. Los atributos que aplicamos a Dios no pasarían de ser pura metáfora, imágenes humanas -antropomorfismos-, palabras útiles para “andar por casa”, pero que en realidad nada dicen de lo que Dios es en sí.

A José Luis le pareció convincente la exposición: estaba todo bien razonado, parecía dar respuesta a lo que la inquietaba -si no sabemos, no podemos juzgar-, y el conferenciante era católico, no “un descreído de esos”. Sólo quedaba una sombra de duda: en el turno de preguntas, un señor le dijo que si nada sabemos sobre Dios no podemos afirmar ni siquiera que existe. La pega parecía sensata, y de la contestación no había entendido nada, lo que relacionó con sus exámenes: cuando sabía lo preguntado, la contestación era clara y directa; cuando no lo sabía, se “enrollaba” y la exposición se hacía bastante opaca. Una vez más no sabía qué pensar. Preguntó a su madre, pero ésta dijo que el tema “le superaba”, y que a lo mejor estaba intentando comprender más de lo que se puede. Preguntó a su padre, pero le comentó que estas cosas hay que estudiarlas en serio, lo que él no había hecho. Acabó preguntando a todo el mundo, y algún amigo le dijo que si tantas ganas tenía…, que rezara pidiendo luces. Al final, fue a preguntar al sacerdote del colegio: le contó la cuestión y las respuestas que había recibido. El comentario del sacerdote fue un tanto inesperado: las respuestas, por separado, podían ser insuficientes, pero si juntaba las tres ahí estaba la solución.

Preguntas que se formulan:

-¿Qué significa que Dios es trascendente? ¿A qué se opone? ¿Supone la trascendencia divina que no hay nada que nos une a Dios? ¿Qué es lo que nos une? ¿El ser de las criaturas debe tener algo en común o alguna semejanza con Dios? ¿Por qué? ¿No atenta esa semejanza contra la infinitud de Dios? ¿Puede haber semejanza entre lo finito y lo infinito? ¿En virtud de qué?

-¿Conocemos realmente cómo es Dios? ¿Cómo conocemos los atributos que aplicamos a Dios? ¿Cómo los aplicamos a Dios? ¿Nos dan a conocer cómo es Dios? ¿Nos dan a conocer algo de Dios? ¿Qué nos dan a conocer? ¿Es cierto que desconocemos de Dios mucho más de lo que conocemos? ¿Por qué?

-¿Qué tipo de perfecciones atribuimos a Dios? ¿Se pueden decir de Dios todas en el mismo sentido? ¿Cuáles atribuimos en sentido propio? ¿Por qué? ¿Qué atributos de Dios conoces?

-¿Podría Dios desentenderse completamente de sus criaturas, dejándolas a su suerte? ¿Por qué? ¿Quiere Dios necesariamente el bien para ellas? ¿Las quiere a todas por igual?

-¿Qué contestación darías a las protestas de José Luis? ¿Cómo juzgarías los argumentos de la conferencia? ¿Es correcta la objeción que se le pone al conferenciante? ¿Por qué? ¿Es certero lo que dice el sacerdote del colegio? ¿Por qué?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 36-43, 200-221.

Comentario:

Los misterios de la fe suelen aparecer como algo paradójico: incluyen dos aspectos que a primera vista son inconciliables entre sí. Quizá el caso más notable es el que se estudiará en el próximo caso. Pero lo mismo sucede con el conocimiento de Dios. Dios trasciende el universo, pero a la vez está en la profundidad más íntima de cada ser; Dios es infinitamente justo, pero también es infinitamente misericordioso; conocemos atributos de Dios -que es la suma bondad, la suma sabiduría, la suma vida, etc.-, pero a la vez no conocemos la naturaleza divina.

La tentación más fácil -y muy frecuente en la historia- es intentar resolver el problema eliminando uno de los términos. Es lo que hace el conferenciante. “Se queda” con la trascendencia, y pierde así el contacto con las criaturas, que es la vía por la que nuestro conocimiento puede ascender a Dios. El resultado es que, como bien ve el que le formula la objeción, al no poder ascender a Dios no podemos decir siquiera que existe. Esta posición tiene un nombre, “teología negativa”, que es de procedencia protestante. Esta manera de proceder puede dar una solución al problema que en un momento dado se esté considerando -así sucede con José Luis-, pero su desarrollo conduce a un callejón sin salida, como intuye acertadamente el protagonista del caso. Y no sirve de nada aquí que el conferenciante recurra a metáforas o signos: éstos se pueden emplear sólo cuando se sabe de antemano a qué se refieren.

La verdadera solución está en tomar todos los aspectos y mostrar que la contradicción es aparente. Lo primero nos lo proporciona la fe. Lo segundo es tarea de la teología. La fe nos señala desde el principio que estamos tratando de un misterio -en este caso, no es difícil comprender que sólo el entendimiento divino es capaz de conocer plenamente a Dios: un Dios que cupiera en nuestra cabeza sería un dios limitado, no sería Dios-: por lo tanto, es algo que “nos supera”. La teología muestra lo que sabemos a pesar de nuestra limitación, y resuelve las aparentes contradicciones; no es un asunto fácil si se quiere hacer con rigor, y por lo tanto requiere estudio. Y como el amor propio humano es reacio a admitir limitaciones, y siempre existen tentaciones de simplificar las cosas para hacerlas asequibles -lo malo es que a costa de la verdad-, es necesaria una rectitud y sencillez que difícilmente se obtiene sin rezar. De ahí la necesidad de una vida de piedad (que, además, gracias a los dones del Espíritu Santo va proporcionando un cierto conocimiento “connatural” de Dios). Esto explica la contestación del sacerdote, muy acertada, que parece desconcertar a José Luis.

La gran paradoja es que podemos decir que conocemos la esencia divina, y que no la conocemos, y ambas cosas son ciertas. Ya ha sido dicho que la solución no está en suprimir una de las dos afirmaciones. Tampoco en admitir una contradicción: sería admitir el absurdo. En resumidas cuentas, está en decir que sabemos el qué pero no el cómo. Conocemos que una serie de perfecciones son propias de Dios (en términos técnicos, las unidas al ser, no a la condición material de éste; por ejemplo, se le puede atribuir la bondad o la belleza, pero no la velocidad), por ser el Ser Supremo, causa de los demás seres. Cuando se hace algo se da de lo que se tiene, y por eso lo causado siempre dice algo de la causa. En el caso de Dios, lo causado es el ser, que abarca toda otra perfección. Por eso podemos decir que las criaturas participan del Ser de Dios, con sus perfecciones. Pero sólo conocemos esas perfecciones en las criaturas. Sabemos que en Dios están en grado supremo, pero no tenemos idea de cómo es cualquiera de esas perfecciones.

La misma solución, aunque con matices propios, tiene el problema del mal. Desde siempre el sufrimiento y el mal han sido “piedras de escándalo”: han puesto a las personas crudamente frente al sentido de la vida, y han acercado a los hombres a Dios, o los han alejado de Él. Han creado santos y apóstatas. Pero la única respuesta válida viene de la fe. Los matices propios vienen del hecho de que entra en juego una historia: la historia de la humanidad. Al principio de la creación sí que existía ese mundo sin dolor: el paraíso. Pero el pecado del hombre alteró todo: la muerte, el dolor, el desorden, vinieron como castigo; y vinieron por esa inclinación al pecado que produjo, que hace que los seres humanos se causen daño unos a otros. ¿Y por qué no eliminó Jesucristo todos esos males? Pues no lo quiso hacer porque, uniéndolos a su Obra Redentora, sacó de ellos bienes mayores y una mayor gloria eterna para el hombre al permitirle asociarse a su sufrimiento redentor. Sólo la fe, el sentido trascendente de la vida -la definitiva es la eterna-, y la buena voluntad hacen posible conocer esto, aceptarlo e incluso quererlo. Es uno de los más importantes “secretos” del cristianismo, uno de los pilares de la vida cristiana. Y permite ver, a través de ese sufrimiento -otra vez la paradoja- la inmensa bondad de Dios. Efectivamente, no es católico -ni cristiano- el llamado “deísmo” que piensa en un Dios que se ha desentendido del mundo.

La Fe

La Fe

Exposición del caso:

Gonzalo atiende semanalmente una catequesis para niños pequeños en un barrio extremo de su ciudad. El número de asistentes, afortunadamente, va creciendo, y con él la necesidad de más catequistas. Consciente de ello, Gonzalo decide proponer a uno de su clase, Antonio, que colabore con esta labor.

Explicando en qué consiste la catequesis, Gonzalo, para animar a su amigo, le cuenta que por esa barriada han aparecido recientemente miembros de una secta, al parecer bien preparados y con abundantes medios, que están consiguiendo atraer a más de uno. -“¡Fíjate, qué desastre!”, apostilla. -“¿Qué desastre? ¿Por qué? Si les sirve…” -“¿Cómo que si les sirve?” -“Pues sí. Si están convencidos de lo suyo, y les sirve para hacer el bien y rezar y pensar en los demás y todo eso, pues yo no lo veo tan mal”. -“¡Pero cómo va a estar bien eso, si es mentira!”. -“Vaya, no pensarás que tienes el monopolio de la verdad tú solo”. Gonzalo insistió: -“¡Pero…, cómo va a ser verdad eso! Si les viene todo de un americano, que seguro que estaba ‘grillado’”. -“Lo mismo pensarán ellos de ti. Y tú sacas tu Biblia y tus demostraciones. Y ellos sacan la suya, y sus demostraciones. Y si a alguien le parece más convincente lo tuyo, se apunta a lo tuyo. Y si les convence más lo de ellos, pues se apuntará a ellos”.

Gonzalo no esperaba esa reacción. No insistió porque se dio cuenta de que no valía la pena intentar que Antonio fuera a la catequesis: ¿cómo va a enseñar el catecismo alguien con esas ideas? ¡A él era a quien había que catequizar! Se quedó con el asunto en la cabeza, y empezó a buscar libros para encontrar respuesta. Primero quiso informarse sobre la secta. Encontró que, efectivamente, su creencia dependía de una especie de “profeta” reciente; que simplificaba todo, especialmente a base de eliminar lo sobrenatural; y que su versión de la Escritura estaba manipulada. No tardó en darse cuenta de que por ese camino era muy poco probable que convenciese a Antonio. Escudriñó después varios libros a la búsqueda de pruebas de la verdad de la fe católica. Parecía que se atascaba de nuevo: “Si le digo que hay milagros -pensaba-, me va a salir con que demuestre que son milagros de verdad; si le digo lo de las profecías, dirá que de las cosas pasadas cualquiera profetiza ‘a tiro hecho’, y las futuras como todavía no se han cumplido…; si voy con esto de la altura moral, me vendrá con el cuento de los monjes tibetanos o qué sé yo…” A todo esto, su madre había notado el afán de Gonzalo por los libros de teología y su cara de contrariedad, y le preguntó qué sucedía. Gonzalo, que ya estaba a punto de rendirse, se lo contó. -“Creo que no vas a llegar muy lejos por ahí -fue la respuesta-. Estas cosas no suelen ser problema de demostraciones. Es…, no sé cómo decirlo…, es lo que dice tu padre: o vives como piensas, o piensas como vives. ¿Entiendes?” -“Mmm…, creo que sí”, contestó, sin entender mucho pero dispuesto a pensarlo despacio.

Días después, se le presentó a Gonzalo una buena oportunidad. Se encontró con Antonio, y éste, un poco frívolamente, le preguntó: -“¿Qué? ¿Has encontrado ya alguien para esa catequesis?” Gonzalo respondió que no, y a su vez preguntó: -“Oye, ¿pero es verdad que tú no tienes fe?” -“Tío, no es eso. Unas cosas me convencen más y otras menos…” -“¿Como cuáles?” Antonio empezó a enumerar una serie de cosas: el que no se puedan divorciar matrimonios rotos, el que la Iglesia sea “cerrada” y no haya libertad de expresión ni democracia, el que haya que “obedecer ciegamente”, el que obliguen a ir a Misa, y otras cosas del mismo estilo. Gonzalo hizo una pausa, en la que recordó una vez más lo que le había dicho su madre, y por fin se lanzó. -“Mira, todo eso estaría muy bien si no fuera por una cosa”. -“¿Cuál?” -“Que todo eso es una excusa”. -“¿Una excusa de qué?” -“Una excusa para no hacer nada y para justificarte. Mira, con estas cosas te juegas mucho, ¿verdad?” -“Sí, supongo que sí” (el tono de Antonio era algo displicente). -“Pues si te juegas mucho, hay motivos más que suficientes para asegurarse, para buscar dónde está la verdad y por qué. Pero no: tú ahí te quedas parado, a la espera de que alguien te convenza, te demuestre…, y si no, nada; vamos, que si Dios viniera a intentar convencerte, tú a lo mejor te dignarías hacerle caso, a ver si lo consigue. Eso es mucha ‘cara’”. -“Oye, que yo nunca he dicho eso…” -“Decirlo no, pero es lo que haces. Tienes una serie de ideas, que por cierto creo que ninguna es tuya, que curiosamente coinciden todas en que dejan hacer lo que te da la real gana y en que piden explicaciones a los demás: hasta que todo el mundo se justifique y logre convencerte, tú a hacer lo que quieres y a no mirar en ti mismo si está bien lo que haces y si todas esas ideas son honradas o no pasan de ser excusas… ¡mira qué bien!”.

No esperaba Gonzalo que su amigo diera el brazo a torcer fácilmente, pero estaba satisfecho porque Antonio comenzaba a dar muestras de enfado, lo que -pensaba él- era síntoma de que le había afectado lo que le había dicho. Ya conocía a Antonio, y cuando éste pasó al ataque personal -que si era un fanático, un orgulloso, etc.- no le pilló desprevenido. No quiso contestar a eso, y se limitó a decir que “si pica lo que te he dicho será por algo; yo ya no te digo nada; tú verás si te piensas esto o sigues con lo mismo, que probablemente no te lo creas ni tú”. En el fondo, sí pensaba insistir, pero un poco más adelante: presentía que para que “digiriese” lo que le había dicho hacía falta un poco de tiempo. De momento, lo que sí veía era que, en cualquier caso, algo positivo ya había sacado: su propia fe salía reforzada de esto, y había aprendido unas cuantas cosas.

Preguntas que se formulan:

-¿Se deben aceptar las verdades de la fe porque nos convenzan? ¿Por qué se deben aceptar? ¿Está justificado no creer en algo que no convence? ¿Y en algo sobre lo que vemos razones para rechazarlo? ¿Por qué? ¿Cómo definirías entonces la fe?

-¿Se puede tener fe para unas cosas y no tenerla para otras? ¿Cuál es el motivo?

-¿Puede decirse que la Iglesia Católica tiene el “monopolio” de la fe? ¿Cómo juzga la Iglesia a las demás creencias? ¿Se puede decir que una creencia es buena si sirve para portarse bien? ¿Y que todas tienen igual valor con tal de que se crean sinceramente? ¿Qué noción de la fe tienen los que defienden estas ideas?

-¿Se puede demostrar la fe? ¿Por qué? ¿Tienen algún valor los argumentos que encuentra Gonzalo en los libros? ¿A qué conducen? ¿Podrías añadir algún otro argumento a los que aparecen? ¿Pueden demostrar alguna cosa? ¿En qué sentido la teología puede ayudar a la fe?

-¿Son evidentes las verdades de fe? ¿Se podría decir que se conocen con la misma firmeza que si fueran evidentes? ¿Por qué? ¿Cómo explicarías que no hay orgullo, fanatismo, intolerancia o falta de comprensión cuando hay una fe firme? ¿En qué consiste el “complejo de superioridad” del cristiano? ¿Es compatible con la humildad? ¿La exige? ¿En qué sentido?

-¿Es cierto lo que dice la madre de Gonzalo? ¿Podrías explicarlo? ¿Por qué crees que se ha deteriorado la fe de Antonio? ¿Por qué la fe de Gonzalo sale reforzada después de este episodio?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 142-144, 150-162, 172-175, 819, 842-845, 856.

Comentario:

Ante todo, es preciso comprender qué se entiende, en un sentido amplio, por fe. La fe no se dirige primariamente a “algo”, sino más bien a “alguien”. La fe es un “fiarse”, y uno no se fía de las cosas, sino de las personas. Cuando hay fe en alguien, se acepta lo que dice no tanto por lo que se dice en sí, sino más bien por quién lo dice. Supone aceptar un “algo”, pero por causa del “alguien” de quien nos fiamos. Cuando el motivo por el que se tiene algo como verdad es que nos convence, está claro de quién nos fiamos: de nosotros mismos. Al menos, supone no confiar plenamente en quien lo afirma. Y en este caso se trata nada menos que de Dios.

Antonio sólo tiene fe en lo que le convence. No se trata tan sólo de discernir, entre varias “ofertas” que pretenden tener la Revelación divina, cuál dice la verdad. No pretende que las respectivas “demostraciones” muestren la verdad, sino que convenzan; por eso, lo que él llama “demostraciones” no lo son en realidad, o al menos son concluyentes en sí mismas, sino sólo en cuanto “le” convenzan. Prueba de ello es que en su visión no parece importar que una religión diga la verdad, sino sólo “que sirva” para ser mejor. Para él, la religión no es algo “verdadero”, sino sólo “útil”. Parece ver en ella una oferta variada de personas -a las que “concede” buena intención, eso sí- que crean un montaje, con base a ideas particulares, opiniones, hipótesis, o lo que sea: todo, menos la verdad que proviene de Dios. Hay, pues, no ya una incertidumbre sobre cuál es la verdadera religión, sino un verdadero agnosticismo encubierto. Y no está de más aclarar que, por supuesto, la religión es “útil” -sería más adecuado decir benefactora-, pero lo es en la medida en que es verdadera: no se pueden disociar “verdad” y “bien”.

Y si nos preguntan a los católicos si pretendemos tener “el monopolio de la verdad”, ¿hay que contestar que sí? En realidad, no está muy bien formulada la pregunta: contestar que sí a secas da a entender que tenemos todo y los demás nada. Es verdad lo primero, pero no lo segundo. Las demás religiones tienen parcelas de verdad, que en algún caso son muy elevadas, y, en la medida en que las tienen, pueden hacer el bien; pero la plenitud de la Revelación corresponde sólo a la Iglesia Católica. No podría ser de otro modo, si de lo que estamos tratando es de la verdad: ante afirmaciones contrarias, sólo una de ellas puede ser verdad, y por tanto en los temas discrepantes, entre varios que reivindican tener la verdad, sólo la puede tener uno.

¿Y por qué ese uno tiene que ser la Iglesia Católica? No es muy difícil, al menos si se examina con profundidad, descartar bastantes creencias, por sostener cosas absurdas, tener origen incierto o enseñar una moral indigna, pero eso no resuelve todo el problema. Aquí entran en juego las “investigaciones” de Gonzalo. Los argumentos que estudia son perfectamente válidos, siempre que se sea consciente de que tienen una “utilidad limitada”, es decir, insuficiente para garantizar el ulterior acto de fe. Constituyen lo que se han llamado preambula fidei, y muestran que es razonable adherirse a la fe católica, y que sólo ella tiene todas las garantías de autenticidad. Sitúan, a quien honradamente busca la verdad, a la puerta de la fe. Pero no más allá. Porque tener fe no será nunca fruto de comprobar la veracidad de la conclusión de un razonamiento, sino la respuesta a una gracia de Dios que mueve a creer, y, por tanto, un don de Dios, inalcanzable con las solas fuerzas humanas. Es el rechazo de esta gracia -por ejemplo, cuando pretendemos condicionar nuestra adhesión a tener una seguridad que sólo proporciona la evidencia: ésta sustituiría a la confianza- lo que es culpable, y, por tanto, un pecado. Es también interesante saber que, de todos los argumentos -“motivos de credibilidad”- expuestos, el más importante es el fruto de santidad de la Iglesia (cosa distinta son a veces las apariencias o los “clichés” propagandísticos, que se disipan cuando se examinan las cosas de cerca y con rigor). Es cierto que puede haber santidad en comunión imperfecta con la Iglesia, pero sigue siendo fruto de la santidad de la única Iglesia. De ahí la fuerza que tiene el enseñar las vidas de los santos, más aún cuando se trata de santos cercanos en el tiempo y circunstancias.

Pero, para dar sus frutos, la búsqueda de la verdad debe ser honrada. Aquí sucede algo parecido al primer caso. Lo que dice la madre de Gonzalo es verdad, sobre todo en un caso como éste en que Antonio, a diferencia de lo que parecía ocurrir con Bárbara, ha sido educado en la fe católica. Ha habido un rechazo -al menos práctico- de ésta, y eso no sucede sin motivo. Hay cosas que no entiende -la respuesta a cada uno de sus argumentos se hará en los respectivos casos que traten esos temas-, pero eso es la excusa, o al menos la consecuencia, no la causa. La causa la expone bien Gonzalo, y -menos impulsivamente que Margarita en el primer caso- actúa bien: no hay otra manera de “despertar” a Antonio.

Y por último, aunque sea un asunto que poco afecta al tema de este caso, el caso nos recuerda que, en las tareas de formación cristiana, aunque sea la catequesis más elemental, la primera necesidad es comprobar y cuidar la formación de quienes se pretende que formen a los demás.

La Revelación sobrenatural

La Revelación sobrenatural

Exposición del caso:

Aunque normalmente se limitaba a mirar las fotografías y poco más, a Eduardo no se le escapaba que el semanario que compraba su padre “no se llevaba muy bien” con la Iglesia: con frecuencia aprovechaba cualquier motivo para atacar la doctrina y la jerarquía. A su madre -mujer piadosa y más culta de lo que parecía-, no le gustaba, pero su padre decía que aunque ese aspecto no le agradaba, era el semanario que mejor informaba y que, además, “no hay otra cosa”.

Un día, hojeando la revista, reparó en una foto en color que presentaba a unos padres jóvenes sonriendo con un hermoso bebé en brazos. Era un “niño-probeta”. Eduardo sintió curiosidad por el asunto, y leyó el artículo. Daba algunas estadísticas y noticias sobre tratamientos contra la infertilidad, y al final, tras aludir a la alegría que llevaba a los hogares, comentaba que no se explica cómo la Iglesia Católica no permite la fecundación “in vitro” y otras técnicas, cerrando la puerta de la felicidad para tantas parejas. Hacía referencia a la disociación entre la Iglesia (que se había anclado en el pasado) y el mundo actual, y juzgaba que si no quería “perder el tren de la vida” y automarginarse, la Iglesia tenía que adaptarse, revisando su “catálogo de prohibiciones”. Varias páginas más adelante, se volvía a arremeter contra la doctrina católica en términos parecidos, esta vez a propósito del control de la población. La foto en este caso recogía a unos indígenas muy escuálidos, de cara inexpresiva.

Eduardo no sabía qué pensar, y a la hora de comer sacó el tema en la mesa. Su hermana Asunción -estudiaba 4º de Historia- parecía estar bastante de acuerdo con la revista. Dijo que no es lo mismo el siglo I que el XX, y que en aquel tiempo no había problema de superpoblación, y tenía sentido prohibir cosas que entonces dañaban a la sociedad, mientras que ahora la favorecerían. Ella –añadió- sabía de historia, pero pensaba que lo mismo ocurriría en otros asuntos. Su madre replicaba que eso era “una barbaridad” y que esos problemas pueden arreglarse de otro modo. Su padre dio la razón a su madre señalando que, efectivamente, hay mucho excedente de alimentos y mucho niño para adoptar: “siempre se apuntan a lo fácil”, concluyó.

Al cabo de un rato, llamaron a la puerta, y fue a abrir Eduardo. Era Engracia. Procedente de un pueblo, había trabajado tres años como empleada viviendo en la casa. Se había casado hacía poco -tras un gran esfuerzo por parte de la madre de Eduardo para que fuera a la preparación en la parroquia y se casaran allí, pues el chico no quería-, pero seguía yendo a trabajar, al menos hasta que encontrasen otra chica. Estaba llorosa, y Eduardo lo notó: -“¿Te pasa algo?” -“No”. -“Sí que te pasa”. -“Que no, que no es nada”. Eduardo no se convenció, y dio un grito: -“¡Mamá, mamá! ¡Ven, que a Engracia le pasa algo!”. Acudió su madre, la llevaron al salón, se sentaron, y tras preguntar un rato qué sucedía, al final estalló en sollozos y se lo contó. Resultaba que su marido le había ocultado, hasta ese mismo día, que era portador del virus del SIDA. La consolaron como pudieron, y le dijeron que ya hablarían con más calma del asunto.

Días después, por la noche, estaban en el salón los padres de Eduardo y éste. Salió a conversación la situación de Engracia, la prevención de la enfermedad, y con ello el preservativo. El padre parecía a favor: -“¿Qué va a hacer si no? ¿Dejar que la mate?” –“Pero no puede ser; eso es inmoral”. -“¿Y quién ha dicho eso?” -“Pues la Iglesia…”. -“Pero eso no es ningún dogma: es su visión de las cosas que van saliendo”. -“Vaya, no sé yo si eso es muy correcto…; la Iglesia no habla en nombre propio”. -“¡Que no, mujer, que no! Que una cosa son las cuestiones de fe, que o las crees o nada, y otra cómo resolver los problemas de la vida”. -“Mira, que tampoco es dogma que no robes…”. -“¡Pero está en la Biblia! ¿Y esto, en qué parte de la Biblia sale esto? ¿Lo que predican no tiene que estar en la Biblia? ¡Pues entonces…!”. -“No, si a mí también me da pena, pero…”. -“Pero además -la interrumpió-, ¿no es también la Iglesia el cura que la preparó? Porque fue a verle, ¿y qué le dijo?” -“Pues -tuvo que admitir ella-, le dijo que en principio eso no está bien…, pero que su caso era un poco especial… que habría que ver…” -“¡Vamos, que no se atrevió a decirle que sí!”. -“Más parece que no se atrevió a decirle que no”, intervino por primera y última vez Eduardo. -“¡Tú cállate! ¿Qué sabrás tú de esto? No, si cuando te pilla lejos puedes teorizar lo que quieras, pero cuando ves de cerca las cosas…”. -“Bueno, tienen su autoridad, ¿no? Mira a ver por qué dicen lo que dicen”. -“¿Su autoridad? ¡Que no sean orgullosos! ¡Nada, que ellos contra todo el mundo! ¡Todo el mundo ve clara una cosa, pero no, ellos ‘erre que erre’!”. A estas alturas ya estaba levantando bastante la voz.

Eduardo estaba un poco enfadado a resultas de la discusión; a su madre ya se le había escapado alguna vez un “con tu padre no se puede discutir”, y comprobarlo no era grato. Tenía que reconocer que, efectivamente, de eso no sabía mucho, pero, bien mirado, ¿tanto sabía él?, ¿y de qué sabía tanto? -“¡Claro, la revista!”, dijo de repente. “Iguales -pensó-: llaman orgullosos a los demás, y ellos, mira…” Y, además, su madre tenía razón: no se molestan en ver por qué dicen lo que dicen cuando no coinciden con lo suyo. Por otra parte, le daba mucha pena la situación de Engracia, y le hacía sufrir el pensar que estuviese condenada a la infelicidad. Esto le había despertado, pues hasta entonces había vivido como si esas cosas sólo pasaran en los “culebrones” televisivos. Concluyó que “no podía ir así por la vida” y que tenía que enterarse en serio de todas esas cosas.

Preguntas que se formulan:

-¿Habla la Iglesia en nombre propio? ¿En nombre de quién lo hace? ¿Con qué autoridad? ¿Lo hace infaliblemente? ¿En virtud de qué? ¿Puede acusársela por ello de orgullo?

-¿Qué es la Revelación? ¿Abarca sólo materias que sólo pueden conocerse por fe? ¿Qué es un misterio? ¿Piden los misterios sólo su aceptación por la inteligencia, o afectan también a la vida? ¿Podrías poner un ejemplo de ello? ¿Qué es un dogma? ¿La Revelación incluye sólo dogmas?

-¿Tiene la Iglesia autoridad para enseñar verdades de índole natural? ¿Por qué? ¿Qué aporta con esta enseñanza? ¿Ves en el caso estudiado la necesidad de esta enseñanza? ¿En qué?

-¿Se contiene toda la Revelación en la Biblia? ¿Toda verdad de fe tiene que estar en ella? ¿Por qué? ¿Dónde más se contiene? ¿Qué es la Tradición? ¿Son evidentes las enseñanzas de la Escritura, o necesitan interpretación? ¿Quién la interpreta con autoridad? ¿Por qué?

-¿Es la Iglesia “propietaria” de las verdades reveladas? ¿Puede disponer de ellas? ¿Con qué título las posee? ¿En qué sentido es el Magisterio fuente de la Revelación?

-¿Cuándo se completó el depósito revelado? ¿Está condicionado por la situación y la cultura de la época? ¿Por qué? ¿Puede haber alguna razón que justifique un cambio? ¿Cabe algún progreso? ¿De qué tipo? ¿En virtud de qué, si el depósito está completo, puede juzgarse una situación nueva? ¿Es la única misión del Magisterio de la Iglesia custodiar el depósito de la fe? ¿Tiene derecho a juzgar “las cosas que van saliendo”? ¿En virtud de qué? ¿Debe adaptarse la doctrina a las diferentes épocas o sociedades? ¿Por qué? ¿Pueden juzgarse éstas a la luz de la doctrina? ¿En qué sentido?

-¿Cuándo se puede decir que la Iglesia enseña una doctrina? ¿Quién tiene autoridad para hablar en nombre de Ella?

Bibliografía

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 74-95, 101-114, 785, 888-892.

Comentario:

El problema alrededor del cual gira este caso se ha escogido no sólo por ser de mucha actualidad, sino por ser un tema en el que resulta más difícil comprender la postura de la Iglesia que en otros asuntos. Es cuando uno se siente más inclinado a pensar otra cosa, cuando se pone de manifiesto si se considera a la Iglesia depositaria de la Revelación divina, o si se considera su criterio como una opinión más, de la que por tanto se puede discrepar. Puede ser orgullo sostener una opinión “contra todo el mundo”, pero sólo si se trata de la opinión propia; la Iglesia, en cambio, hace suyas las palabras de Cristo: “mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn. 7, 16). Eso no es orgullo: es fidelidad.

En cambio, en el padre de Eduardo sí que hay orgullo. Es un hombre que tiene fe y parece haber recibido una buena formación, pero un excesivo apego a su opinión y, en general, una excesiva confianza en sí mismo, han permitido que esa fe se erosione. Posiblemente se da una autosuficiencia -un pensar que está definitivamente bien formado- que ha hecho que se descuide, y el constante bombardeo ideológico de unas publicaciones anticatólicas sin el contrapeso del cuidado por su formación ha comenzado a influenciar su manera de ver las cosas, aunque él no se dé cuenta. Ante una situación difícil, y en medio de un acaloramiento, afloran varias de estas deformaciones.

Es frecuente que, cuando se pone en tela de juicio la doctrina de la Iglesia Católica, se utilice por quienes lo hacen -frecuentemente personas sin fe- una noción de religión muy influenciada por ideas protestantes. Aquí sucede esto. El protestantismo rechaza la mediación eclesial, o sea, que la doctrina venga de Dios a través de a Iglesia; en vez de ello, sostienen la libre interpretación de la Biblia por cada creyente, y es la Biblia su única fuente de la Revelación: para el protestantismo no cuenta la Tradición. Y además, es la fe sin obras la que salva. Por eso se disocia “las cuestiones de fe” de “los problemas de la vida” (fe sin obras); por eso se separan las verdades de fe -“los dogmas”- de la “visión de las cosas que van saliendo” (falta de mediación eclesial: “la fe” fue algo revelado hace muchos siglos, y así la doctrina sobre las cuestiones que surgen después queda en mera opinión); por eso “lo que se predica tiene que estar en la Biblia” (negación de la Tradición como fuente de la Revelación).

En cambio, la Iglesia se sabe depositaria de la Revelación. “Depósito” aquí se refiere a un término jurídico, por el que la entrega “en depósito” obliga al depositario a la custodia fiel e íntegra de lo depositado. Esta entrega es la Tradición, y la obligación perdura a través del tiempo: por eso la Iglesia habla de Tradición viva. La misma Sagrada Escritura nos es entregada por esa Tradición viva, y su custodia íntegra requiere su continua interpretación, también frente a las cuestiones “que van surgiendo”. Así se ve también claramente que lo que hay que creer es depósito íntegro, no sólo “los dogmas”: éstos no son más que declaraciones solemnes sobre algunos puntos importantes, que se formulan cuando se considera necesario. Sus contenidos forman parte del depósito, pero no son el depósito.

En cuanto a lo que dice Asunción, no queda claro el alcance que da a su afirmación, pero parece ver la doctrina de la Iglesia desde una postura de relativismo historicista: es el producto de una época. Sería un producto humano, no una Revelación divina. Y no se trata de que la doctrina no permita adaptarse a los distintos problemas que surgen en la historia, sino más bien de que afirma que esas soluciones no pueden pasar por negar las verdades fundamentales sobre Dios y el hombre: no solucionarían nada, o serían soluciones que causarían males peores. Si de esto estuviera firmemente convencido el sacerdote al que había acudido Engracia, no hubiera vacilado en su respuesta. Más consciente de ello parece Eduardo, y por eso su reacción es acertada.