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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Primeras persecuciones. Saulo)

Primeras persecuciones. Saulo

¿Cómo surgieron los diáconos en la Iglesia? Al crecer el número de los creyentes en Jesucristo, los de la lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Entonces los apóstoles dijeron: No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra (Hch 6, 2-3). Aceptada la propuesta por la comunidad de los fieles, eligieron a los llamados diáconos. Estos fueron: Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.

¿Fue Esteban el primer mártir del cristianismo? Sí. Esteban era un hombre lleno de gracia y poder, que realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Entonces unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con él, pero no pudieron replicar a los argumentos de Esteban ni resistir a la sabiduría divina que salía de su boca. Al no lograr rebatir las palabras de Esteban, aquellos hombres de la sinagoga indujeron a unos que asegurasen: Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios (Hch 6, 11). Llevado Esteban ante el Sanedrín, confundió a sus acusadores, e increpó a los judíos por su incredulidad y terca resistencia a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Mientras Esteban hablaba, todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel (Hch 6, 15). En un momento determinado, Esteban, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios,y dijo: Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios (Hch 7, 56). Al oír estas palabras, los judíos se taparon los oídos, lanzando gritos de horror, como si hubieran oído una blasfemia; y empujándole a la afueras de la ciudad, se pusieron a apedrearlo. Los que lapidaban a Esteban dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, que aprobaba aquella muerte violenta. Mientras tanto, Esteban repetía esta invocación: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59), y antes de expirar, clamó con voz potente: Señor, no les tenga en cuenta este pecado (Hch 7, 60). Y dichas estas palabras, murió. Unos hombres piadosos enterraron su cuerpo e hicieron gran duelo por él.

¿Qué pasó en Jerusalén a raíz del martirio de Esteban? La muerte de san Esteban fue como la señal del inicio de una violenta persecución contra la Iglesia naciente en Jerusalén. Todos los fieles, excepto los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria. Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra de Dios. El diácono Felipe predicó el Evangelio en Samaria y fueron muchos los que se convirtieron. También en los Hechos de los apóstoles se narra la conversión de un eunuco etíope al que Felipe le explicó un pasaje profético de la Escritura referente a Jesucristo.

¿Qué pasó con aquel joven llamado Saulo que presenció la muerte de Esteban? Cuando se desencadenó en Jerusalén la persecución contra los discípulos del Señor, Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres (Hch 8, 3). Saulo era un joven fariseo originario de Tarso de Cilicia, que movido por un falso celo por la Ley de Moisés, cometía contra los creyentes en el Señor Jesús toda clase de violencia. Y habiendo oído que en Damasco se habían convertido al cristianismo algunos judíos, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriesen que pertenecían al Camino, hombres y mujeres (Hch 9, 1-2).

¿Llegó a cumplir sus deseos? No, porque en el camino de Damasco ocurrió un hecho prodigioso. Cuando Saulo se aproximaba a la ciudad, de pronto una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9, 4). El joven preguntó: ¿Quién eres, Señor? (Hch 9, 5). Y de nuevo oyó la voz: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer (Hch 9, 5-6). Se levantó Saulo, y aunque tenía los ojos abiertos no veía nada, de modo que sus compañeros lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

Al cabo de ese tiempo, Dios llamó a un discípulo de Jesús, llamado Ananías, para que fuera donde estaba Saulo. Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió y recobró las fuerzas (Hch 9, 17-19).

¿Qué hizo Saulo en los días siguientes a su conversión? Profundamente agradecido a Dios, comenzó Saulo muy pronto a predicar en las sinagogas de Damasco, disputando con los judíos, y probándoles con la autoridad de la Escritura, unida a la de los milagros, que Jesucristo era el verdadero Mesías anunciado por los profetas, y el Redentor del género humano. Los oyentes quedaban pasmados y comentaban: “¿No es éste el que hacía estragos en Jerusalén con los invocan ese nombre? Y ¿no había venido aquí precisamente para llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?” (Hch 9, 21).

Transcurridos tres años, Saulo volvió a Jerusalén. Bernabé lo presentó a los apóstoles y Pablo les contó cómo había visto al Señor en el camino de Damasco, lo que le había dicho y cómo en Damasco había predicado en el nombre de Jesús.

Después, durante toda su vida, Pablo se ocupó principalmente en la conversión de los gentiles, y por eso ha pasado a la historia como el Apóstol de las gentes.

¿Quién fue el primer gentil que convirtió al cristianismo? Un centurión llamado Cornelio. La historia de su conversión está narrada en los Hechos de los apóstoles.

Cornelio vivía en Cesarea. Era un centurión de la cohorte llamada Itálica. Hombre piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios. Hallándose un día en oración, un ángel del Señor, llamándole por su nombre, le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han sido recordadas ante Dios. Ahora manda a alguien a Joppe y haz venir a un tal Simón llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, que tiene su casa a orillas del mar (Hch 10, 4-6). Enseguida envió Cornelio a dos hombres y a un soldado piadoso a Joppe. Cuando estaban ya cerca de la ciudad, Dios manifestó a Pedro, en una visión, que los gentiles estaban llamados, lo mismo que los judíos, a la gracia del bautismo; por esto, cuando los enviados del centurión se presentaron a Pedro, éste no opuso ningún reparo en ir con ellos a Cesarea.

Cornelio, rodeado de sus familiares y amigos, recibió a Pedro con mucho respeto. Después de haberle contado su visión, pidió que le dijese lo que el Señor quería darle a conocer. Comenzó Pedro a explicarle la vida y doctrina de Jesucristo; mientras el apóstol estaba hablando, descendió el Espíritu Santo de una manera visible sobre todos los que escuchaba a Pedro y les comunicó el don de lenguas. Entonces Pedro dijo: ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47), y mandó que fuesen bautizados Cornelio y todos sus parientes y amigos que allí estaban. Estos fueron los primeros gentiles convertidos.

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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 1ª (Pentecostés. Principio de la Iglesia)

Pentecostés. Principio de la Iglesia

¿Cuándo se cumplió la promesa del Señor de enviar al Espíritu Santo? Después de la Ascensión del Señor los apóstoles volvieron a Jerusalén, y estuvieron en el cenáculo, en el mismo lugar en el cual Cristo celebró la Última Cena con ellos, dedicados a la oración en espera del cumplimiento de la promesa del envío del Espíritu Santo, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con otros discípulos del Señor.

Estando allí, para reemplazar a Judas Iscariote eligieron a Matías, el cual fue asociado a los once apóstoles.

El día de Pentecostés, décimo después de la Ascensión, estando todos juntos en el cenáculo, de pronto se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban. Al mismo tiempo aparecieron unas lenguas como de fuego posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a alabar a Dios en diversas lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

¿Qué era el día de Pentecostés? La palabra Pentecostés es un vocablo griego, que significa cincuenta. En el pueblo israelita se instituyó la fiesta de Pentecostés para recordar la promulgación de la Ley, y se celebraba cincuenta días después de la conmemoración de la salida de los judíos de Egipto, es decir, de la Pascua.

Para los cristianos Pentecostés es la fiesta con la cual la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, que tuvo lugar en el mismo día de la fiesta judía de Pentecostés. Se celebra cincuenta días después de la Resurrección del Señor.

¿Tuvieron conocimiento los judíos de este acontecimiento? Sí. Con motivo de la fiesta de Pentecostés residían en Jerusalén muchos judíos devotos venidos de diversos países. Muchos de éstos, al oír el ruido producido, acudieron al lugar donde estaban los discípulos del Señor y quedaron desconcertados porque cada uno oía a los apóstoles hablar en su propia lengua de las grandezas de Dios. Entonces, Pedro tomando la palabra les hizo ver que el prodigio de que eran testigos había sido anunciado por los profetas; además, les recordó los milagros con que Jesucristo había probado su divinidad, entre otros, el de la resurrección de entre los muertos; y por último añadió: Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quienes vosotros habéis crucificado (Hch 2, 36).

¿Cuál fue la reacción de los que oyeron las palabras de Pedro? Aquellos judíos se sintieron compungidos de corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? (Hch 2, 37). Pedro les contestó: Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para el perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hch 2, 38). Los que aceptaron la propuesta de Pedro se bautizaron, y aquel día fueron agregadas al grupo de los discípulos unas tres mil personas. Por eso, en el día de Pentecostés se celebra también el nacimiento de la Iglesia de Cristo.

¿Cómo era la vida de los primeros fieles de la Iglesia? Los cristianos de la Iglesia primitiva no sólo eran asiduos en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones, sino que vivían muy unidos por la caridad, teniendo todos sus bienes en común, pues vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Diariamente acudían unánimemente al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando (Hch 2, 46-47).

¿Acompañaron hechos prodigiosos a la misión de los apóstoles? Sí. Numerosos milagros vinieron a confirmar la misión que el Señor había conferido a los apóstoles, e hicieron aumentar considerablemente el número de los creyentes.

Un milagro muy notable fue la curación de un cojo de nacimiento. Lo narra san Lucas en los Hechos de los apóstoles de la siguiente forma: Pedro y Juan subían al templo a la oración a la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada “Hermosa”, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan , les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: “Míranos”. Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que había sucedido (Hch 3, 1-10).

¿Qué hizo Pedro al ver maravillado el pueblo que había presenciado el milagro? No desaprovechó la ocasión para hablar a los que asombrados habían acudido al pórtico llamado de Salomón para ver al que momentos antes era paralítico junto con los dos apóstoles, y dirigió la palabra a los allí presentes. Pedro les habló de Jesucristo y de su doctrina. El resultado de esta nueva predicación de Pedro fue la conversión de cinco mil personas.

¿Permanecieron inactivos los sacerdotes, saduceos y los otros enemigos del Señor? No. Mientras que Pedro y Juan hablaban al pueblo se presentaron los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados porque los apóstoles enseñaban al pueblo y anunciaban cumplida en Jesús la resurrección de los muertos. Apresaron a Pedro y a Juan y lo metieron en la cárcel hasta el día siguiente.

Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: “¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?” Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: “Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre se presenta este sano ante vosotros (Hch 4, 5-10). Viendo la seguridad de Pedro y Juan, los del Sanedrín deliberaron aparte y decidieron prohibir a los apóstoles que hablaran de Jesús y que enseñasen en su Nombre. Entonces los dos apóstoles les dijeron: ¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído (Hch 4, 19-20). Entonces, repitiendo la prohibición, los soltaron con amenazas, pues no hallaron motivo para castigarlos, y por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por la milagrosa curación del tullido.

¿Continuó el Sanedrín la persecución contra los apóstoles? Sí. Algún tiempo después los metieron de nuevo en la cárcel; mas durante la noche un ángel del Señor los sacó. Más tarde otra vez fueron conducidos ante el sumo sacerdote. Éste les dijo: Solamente os hemos ordenado que no enseñéis sobre este Nombre, y habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre (Hch 5, 28). Los apóstoles le contestaron: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29).

Cada vez más irritados los miembros del Sanedrín, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se reunieron para tratar de hacer morir a los apóstoles, y sólo se opuso un doctor de la Ley, llamado Gamaliel, que les dijo: Varones israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Días pasados se levantó Teudas, diciendo que él era alguien, y se le allegaron como unos cuatrocientos hombres. Fue muerto, y todos cuantos le seguían se disolvieron, quedando reducidos a nada. Después se levantó Judas el Galileo, en los días del empadronamiento, y arrastró al pueblo en pos de sí; mas pereciendo él también, cuantos le seguían se dispersaron. Ahora os digo: Dejad a esos hombres, dejadlos; porque, si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero, si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios (Hch 5, 35-39). Los componentes del Sanedrín se dejaron persuadir, pero antes de dejar libres a los apóstoles, éstos fueron azotados. Además les conminaron que no hablasen en el nombre de Jesús. Los apóstoles se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de padecer por el nombre de Jesús.

A pesar de las persecuciones sufridas y de las amenazas recibidas, en el templo y en las casas los apóstoles no cesaron ningún día de hablar de Cristo Jesús.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima séptima. Los judíos, tributarios de los romanos

Lección trigésima séptima

Los judíos, tributarios de los romanos

¿Cómo fue la vida religiosa de los judíos en los años de dominación extranjera? La pérdida de la independencia desde los tiempos de Nabucodonosor II de Babilonia, tuvo una influencia decisiva sobre el desarrollo de la vida religiosa entre los judíos. Desde entonces desapareció radicalmente su propensión a la idolatría, pues, viéndose subyugados por pueblos paganos, buscaron una especie de compensación en su religión. Se acrecentó tanto con esto su estima por la Ley de Moisés, que llegó ésta a ser el único código legislativo de la nación. Por desgracia con la dinastía de los Asmoneos se perdió parte de este fervor religioso, pues los nuevos gobernantes de Palestina mostraron menos ardor en pro de la religión que en agrandar el territorio nacional y acrecentar el prestigio de su familia. Juan Hircano I, hijo y sucesor de Simón, acentuó esta tendencia. En su tiempo surgieron los fariseos y los saduceos, que con sus disensiones llevaron el país a la ruina.

¿Se restableció la monarquía? Sí. Cinco siglos habían transcurrido ya desde la cautividad de Babilonia, cuando Aristóbulo I, hijo de Hircano I, tomó el título de rey. Esto ocurrió en el año 106 antes de Cristo. Aristóbulo murió un año después de proclamarse rey, y le sucedió su hermano Alejandro Janeo, cuyo reinado duró veintisiete años, y cuya muerte fue un alivio para todo el pueblo. La viuda de Alejandro conservó todavía el poder durante nueve años, al cabo de los cuales sus dos hijos, Hircano II y Aristóbulo II se disputaron encarnizadamente el trono. Pompeyo, general romano, intervino en la disputa declarándose a favor de Hircano, a quien colocó en el trono. Éste, por agradecimiento, se hizo tributario de los romanos. Era el año 63 antes de Cristo. Por fin, el año 40 antes de Cristo, el Senado romano concedió el título de rey a Herodes. Éste era idumeo de origen. Después de tres años de lucha, Herodes fue reconocido rey por los judíos.

¿Por qué Herodes ha pasado a la historia con el epíteto de Grande? Nombrado Herodes rey por gracia y merced de Roma, comenzó su reinado haciendo matar a los supervivientes de la familia de los Macabeos. Su carácter sombrío y cruel le precipitó en una larga serie de crímenes y de desgracias familiares: los asesinatos de su mujer y de sus tres hijos, sacrificados por sospechar que conspiraban contra él, fueron el triste preludio de la matanza de los Inocentes en Belén, al final de su reinado. Sin embargo, la historia le ha dado a Herodes el título de Grande por las importantes obras que hizo, y por su gran fausto y ostentación. Reedificó la ciudad de Samaría, embelleció Jerusalén con suntuosos monumentos, y restauró el Templo de Jerusalén con magnificencia.

¿Qué pasó con la monarquía de Herodes cuando éste murió? Tres hijos de Herodes se dividieron el reino de su padre: Arquelao obtuvo Judea, Idumea y Samaría, con el título de rey; Herodes Antipas -el que hizo matar a Juan Bautista-, quedó como tetrarca de Perea y de Galilea; y Filipo fue tetrarca de Iturea y de la Traconítide.

Arquelao se hizo odioso a sus súbditos por su despotismo. Llamado a Roma para justificarse de las quejas presentadas contra él, fue depuesto del trono y desterrado a las Galias, donde acabó sus días. Los territorios de su reino, declarados provincia romana, fueron administrados por un procurador. El más conocido de los procuradores romanos de Judea fue Poncio Pilato, el cual condenó a Jesucristo a morir crucificado.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima sexta. Los Macabeos

Lección trigésima sexta

Los Macabeos

¿Quiénes eran los Macabeos? No debe confundirse los Macabeos, hijos de Matatías, con los siete hermanos cuyo martirio ya se ha narrado. Entre estas dos familias no hay de común más que el heroísmo religioso y el nombre, que significa testigo del Señor.

¿Fue helenizado el pueblo judío? En la época de la dominación griega, con la consiguiente helenización, hubo unos israelitas que propusieron a los demás del pueblo: “Vayamos y establezcamos una alianza con los pueblos que nos rodean, pues desde que nos hemos separado de ellos nos han sobrevenido infinidad de males” Esta propuesta fue de su agrado y algunos del pueblo decidieron dirigirse al rey, que les concedió autorización para observar las costumbres de los gentiles. Entonces construyeron un gimnasio según las tradiciones de los gentiles. Ocultaron la señal de la circuncisión, se apartaron de la alianza santa, se coaligaron con las naciones y se vendieron para obrar el mal (1 M 1, 11-15).

Vivir las costumbres de los gentiles era incompatible con la fidelidad al Señor y a la Alianza, pues la pertenencia al pueblo de Dios exigía un comportamiento moral distinto del de los gentiles. Los gimnasios estaban presididos por dioses paganos, y además, como los ejercicios atléticos se realizaban desnudos, los judíos que acudían a los gimnasios ocultaban los signos de la circuncisión. Pero no todo el pueblo vio con buenos ojos la helenización. Muchos permanecieron fieles al Dios de Israel.

¿Por qué se sublevaron los Macabeos? La persecución de Antíoco Epífanes contra los judíos fue tan cruel, que hizo que los judíos se sublevaran contra su opresor.

¿Cómo fue la persecución? Antíoco, después de someter a Egipto, se fue a Israel y entró con arrogancia en el Santuario de Jerusalén, despojándolo completamente. Se lo llevó todo y se marchó a su tierra, tras verter mucha sangre y pronunciar palabras llenas de arrogancia. Dos años después envió a las ciudades de Judá al recaudador jefe de los impuestos, que se presentó en Jerusalén con un gran ejército. Les dirigió con engaño palabras de paz, y ellos le creyeron. Pero, de repente, cayó sobre la ciudad, infligió sobre ella un gran daño y destruyó sus casas y las murallas que la rodeaban. Se llevaron cautivos a las mujeres y a los niños, y se apropiaron de los ganados. Luego fortificaron la ciudad de David con una muralla alta y sólida y con grandes torres, convirtiéndola en su Ciudadela. Pusieron allí gente pecadora, a hombres malvados, que se hicieron fuertes en ella: introdujeron armas y avituallamiento, y almacenaron allí lo obtenido en el saqueo de Jerusalén. Se convirtió en una peligrosa trampa: fue una insidia contra el Santuario, un adversario maligno para Israel en todo tiempo. Derramaron sangre inocente alrededor del Santuario y lo profanaron. Por su culpa tuvieron que huir los habitantes de Jerusalén, que se convirtió en casa de extranjeros. Se hizo extraña a su linaje, y sus propios hijos tuvieron que abandonarla. Su Santuario quedó yermo como un desierto, sus días de fiesta se convirtieron en días de duelo, sus sábados en oprobio, su honor en nada. Conforme había sido se esplendor, así se multiplicó su ignominia, y su magnificencia se convirtió en duelo (1 M 1, 20-40).

El rey Antíoco Epífanes prohibió el cumplimiento de la Ley judía, exigiendo a los judíos el abandono de sus tradiciones. Quien no cumpliera lo mandado en el decreto real sería condenado a muerte. Mucha gente del pueblo, que había abandonado la Ley, obedecieron la orden del rey, pero otros muchos observantes de la Ley se vieron obligados a esconderse en cualquier clase de refugios.

En las ciudades circundantes de Judá se levantaron altares y se comenzó a quemar incienso ante las puertas de las casas y en las plazas. Rompieron y arrojaron al fuego todos los libros de la Ley que encontraron. Al que sorprendían en cualquier parte con el libro de la alianza, o al que observaba la Ley, el decreto del rey lo condenaba a muerte. Empleaban la fuerza contra Israel, contra todos los que, mes tras mes, eran descubiertos en las ciudades (1 M 1, 54-58). Conforme al mandato, mataban a las mujeres que habían circuncidado a sus hijos -con los niños colgando del cuello- y a sus familiares y a los que habían practicado la circuncisión. Pero muchos en Israel se mantuvieron fieles y se llenaron de valor para no comer alimentos impuros. Prefirieron morir antes que mancharse con la comida o profanar la alianza santa. Y, en efecto, murieron y fue muy grande la ira que se desencadenó sobre Israel (1 M 1, 62-64).

¿Cómo comenzó la sublevación de los judíos? El sacerdote Matatías fue quien dio la señal de este levantamiento general. Habiendo salido de Jerusalén, se estableció en Modín. Estando en este pueblo, llegaron los enviados del rey y le dijeron: “Tú eres príncipe noble y poderoso en esta ciudad y estás respaldado por hijos y hermanos. Así que ahora acércate tú primero y cumple la orden del rey, como han hecho todos los pueblo, los varones de Judá y los que se han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey y seréis honrados con plata, oro e innumerables regalos”. Pero Matatías respondió a grandes voces: “¡Aunque todos los pueblos que están bajo el imperio del rey le obedezcan y cada uno se aparte del culto establecido por sus padres acatando las órdenes del rey, mis hijos, mis hermanos y yo viviremos conforme a la alianza de nuestros padres! ¡Qué Dios nos libre de abandonar la Ley y las costumbres! ¡No obedeceremos los mandatos del rey para no apartarnos de nuestro culto ni a derecha ni a izquierda!” En cuanto terminó de pronunciar estas palabras, un judío se presentó delante de todos para sacrificar, conforme al mandato del rey, sobre el altar que había en Modín. Al verlo, Matatías se encendió de celo y sus entrañas se estremecieron. Se llenó de justa cólera y fue corriendo a matarlo sobre el altar. Y en ese mismo momento mató también al funcionario real que obligaba a hacer sacrificios, y derribó el altar. Así pues, se llenó de celo por la ley como había hecho Finés contra Zimrí, el hijo de Salú. Entonces Matatías gritó por la ciudad con fuerte voz: “¡Todo el que sienta celo por la Ley y quiera mantener la alianza, que me siga!” Y él y sus hijos huyeron a los montes y abandonaron todo lo que tenían en la ciudad (1 M 2, 17-28).

¿Le siguieron muchos? Después hacer aquel llamamiento general a las armas, bien pronto se vio a la cabeza de un ejército de cinco mil hombres, con el cual recorrió Palestina, destruyendo los ídolos, matando a los partidarios de Antíoco y emancipando así la Ley santa de la opresión en que estaba sumida. Sorprendido por la muerte en medio de sus victorias, este santo hombre encomendó a sus cinco hijos (Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán) la tarea de continuar la lucha para librar a Israel de la tiranía de Antíoco.

¿Qué dijo Matatías a sus hijos antes de morir? Presintiendo Matatías que se acercaba su última hora, reunió a sus hijos para decirle: Ahora imperan la soberbia y el ultraje; es tiempo de ruina y de gran furia. Ahora, hijos, encendeos de celo por la Ley. Dad vuestras vidas por la alianza de nuestros padres. Recordad las obras que vuestros padres realizaron en su tiempo. Recibid una gran gloria y un nombre eterno. Abrahán ¿no fue contado fiel en la prueba y le fue contado como justicia? José, en el momento de angustia, observó la Ley y se convirtió en señor de Egipto. Nuestro padre Finés, por estar encendido de una gran celo, recibió la alianza del sacerdocio eterno. Josué, por haber cumplido el mandato, se convirtió en juez de Israel. Caleb, por dar testimonio en la asamblea, recibió una herencia en la tierra. David, por ser misericordioso, recibió el trono del reino para siempre. Elías, por estar encendido de un gran celo por la Ley, fue transportado al cielo. Ananías, Azarías y Misael, por ser fieles, fueron librados del fuego. Daniel, por su inocencia, fue salvado de la boca de los leones. Consideradlo así a lo largo de todos los tiempos. Porque todos los que confían en Él no desfallecerán. Y no tengáis miedo a las palabras de un hombre pecador, porque su gloria irá al estercolero y será para los gusanos. Hoy será exaltado, pero mañana no se le encontrará: habrá vuelto al polvo del que salió y sus planes se desvanecerán. Hijos, sed fuertes y permaneced firmes en la Ley que en ella seréis glorificados. Aquí está vuestro hermano Simón. Sé que es un hombre sensato. Escuchadle siempre. Él será vuestro padre. Y Judas Macabeo, que ha sido valiente desde su juventud, será vuestro jefe militar y dirigirá la guerra del pueblo. Atraed hacia vosotros a los que observen la Ley y haced justicia a vuestro pueblo. Devolved a los gentiles mal por mal y cumplid las prescripciones de la Ley (1 M 2, 49-68).

¿Consiguió Judas Macabeo grandes victorias? Sí. En los dos libros de los Macabeos se narran las batallas y victorias que obtuvo Judas Macabeo. Éste, que recibió y transmitió a su familia el glorioso nombre de Macabeo, sucedió a su padre, Matatías, y fue uno de los más grandes héroes de que pudo gloriarse el pueblo de Israel.

Judas Macabeo tuvo un sueño, en la cual se veía victorioso de muchas batallas. Ésta fue su visión: Onías, el que fuera sumo sacerdote, hombre bueno y honrado, modesto en su comportamiento, de carácter afable, que empleaba correctamente las palabras y desde niño se había ejercitado en todo lo pertinente a la virtud, extendiendo las manos oraba por todo el pueblo judío. Después apareció igualmente otro hombre que se distinguía por sus canas y su dignidad; y la majestad que le rodeaba era admirable y grandiosa. Onías tomó la palabra y dijo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora tanto por el pueblo y la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios”. Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó una espada a Judas diciendo al dársela: “Toma esta espada santa, don de Dios, con la que destruirás a los enemigos (2 M 15, 12-16).

Efectivamente, con muchos menos medios consiguió Judas Macabeo derrotar a cinco grandes ejércitos sirios, rescató la ciudad de Jerusalén y restableció el culto del verdadero Dios.

¿Cómo reaccionó Antíoco Epífanes al enterarse de los triunfos de los judíos? Estaba el rey Antíoco en guerra con Persia cuando le llegó la noticia de la última victoria de Judas Macabeo, y, furioso, tomó enseguida el camino de Jerusalén, y dijo orgullosamente: Cuando llegue allí, haré de Jerusalén un cementerio de judíos (2 M 9, 4). Apenas había acabado de pronunciar esta amenaza, Dios le golpeó con una herida incurable, que le roía las entrañas en medio de los más atroces dolores. Sin embargo, lleno de soberbia, respirando fuego en su furor contra los judíos, ordenó acelerar la marcha. Pero abatido por la enfermedad, reconoció que pesaba sobre él la mano del Dios de Israel. Y no pudiendo soportar ni su propio hedor dijo: Justo es someterse a Dios y no sentirse igual a Dios siendo mortal (2 M 9, 12). Y llamando a sus amigos, les dijo: El sueño se aparta de mis ojos y mi corazón desfallece por lo congoja. Me he dicho a mí mismo: ¡a qué grado de aflicción he llegado! ¡En qué terrible zozobra me encuentro! ¡Yo, que era tan generoso y apreciado mientras gobernaba! Ahora recuerdo los daños que he perpetrado contra Jerusalén al apoderarme de todos los utensilios de plata y oro que estaban allí, y mandar exterminar a los habitantes de Judá sin razón alguna. Reconozco que ésta es la causa de que me hayan sobrevenido estos males. Mirad, muero con una gran tristeza en un país extranjero (1 M 6, 10-13). Antíoco Epífanes murió el año 164 antes de Cristo.

¿Con la muerte de Antíoco Epífanes vino la paz? No. A Antíoco IV le sucedió su hijo Antíoco V Eupátor. Durante su reinado continuó la lucha, que Judas sostuvo constantemente con el mismo valor y resultados ventajosos. Una de las batallas, la que se dio en las llanuras de Bet-Zacaría, se hizo memorable por el heroísmo de Eleazar, hermano de Judas.

¿Qué hizo Eleazar? Durante la batalla, Eleazar vio que uno de los elefantes del ejército enemigo estaba protegido con corazas reales, y pensó que allí estaría el rey. Y entonces dio su vida por salvar a su pueblo y ganarse un renombre eterno; se lanzó con arrojo contra el animal por en medio de la falange, matando a diestra y siniestra, y haciendo que se apartaran de él a ambos lados. A continuación, se colocó debajo del elefante, le clavó la espada y lo mató; pero el elefante cayó en tierra sobre él y Eleazar murió allí (1 M 6, 44-46).

¿Invocaba Judas Macabeo a Dios en las batallas? Por supuesto. En una batalla contra Gorgias y los idumeos, viendo Judas que los hombres de su ejército se encontraban exhaustos, pues estaban luchando desde hacía mucho tiempo, invocó al Señor para que se mostrara como aliado y guía en la batalla, y después lanzó el grito de guerra, consiguiendo la victoria. En esta batalla quedaron muertos en el campo bastantes judíos, y, cuando al día siguiente los compañeros de Judas fueron a trasladar los cuerpos de los que habían caído para darles sepultura, vieron debajo de las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos que la Ley prohíbe a los judíos. Se hizo evidente a todos que aquellos había caído por esta causa. Entonces, todos, después de alabar los designios del Señor juez justo que hace manifiestas las cosas ocultas, recurrieron a la oración pidiendo que el pecado cometido fuese completamente perdonado. El valeroso Judas exhortó a la multitud a mantenerse sin pecado, tras haber contemplado con sus ojos lo sucedido por el pecado de los que habían caído. Y haciendo una colecta entre sus hombres de hasta dos mil dracmas de plata, la envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando recta y noblemente al pensar en la resurrección. Porque si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarán, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. Pero si pensaban en la bellísima recompensa reservada a los que se duermen piadosamente, su pensamiento era santo y devoto. Por eso hizo el sacrificio expiatorio por los difuntos, para que fueran perdonados sus pecados (2 M 12, 41-46).

¿Murió Judas Macabeo en combate? Sí. No dejaba de reconocer Judas que su pueblo se cansaba de aquella cruelísima guerra sin tregua ni descanso; por esto buscó el apoyo de alguna nación fuerte, y concluyó un tratado de alianza con los romanos; pero antes de que recibiera ningún refuerzo, fue de nuevo invadida Palestina por los sirios. El general sirio Báquides, con un gran ejército, presentó batalla a los judíos. Éstos sólo eran tres mil hombres selectos bajo las órdenes de Judas Macabeo. Los soldados judíos, cuando vieron el ejército enemigo tan numeroso, se llenaron de tanto miedo que muchos huyeron del campamento. Sólo ochocientos permanecieron fieles, dispuestos a luchar. Judas, muy afligido, dijo a los ochocientos: “Levantémonos y vayamos contra nuestros enemigos. Quizá todavía podemos pelear contra ellos”. Pero le trataban de disuadir con estas palabras. “No podemos. Es mejor que nosotros mismos nos pongamos a salvo ahora. Más tarde volveremos con nuestros hermanos y les haremos frente. Nosotros somos muy pocos”. Judas dijo: “¡Jamás haremos semejante cosa como huir de ellos! Si ha llegado nuestra hora, moriremos valientemente por nuestros hermanos y no toleramos que se cuestionen nuestra gloria” (1 M 9, 8-10).

La batalla fue muy dura, cayendo heridos de muerte muchos hombres de los dos ejércitos. También Judas cayó mortalmente herido, y entonces los suyos huyeron. Era el año 161 antes de Cristo. Jonatán y Simón recogieron el cuerpo sin vida de su hermano y le dieron sepultura en la tumba de sus padres en Modín. Todo Israel lloró y se lamentó por él con gran dolor. Hicieron duelo por él durante muchos días y decían: “¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!” (1 M 9, 21).

¿Continuó la guerra…? Muerto Judas Macabeo, ocuparon su lugar sucesivamente sus hermanos Jonatán y Simón, a quienes cupo la gloria de libertar completamente a su pueblo de la dominación de los reyes de Siria. La nación judía, agradecida, resolvió que la doble autoridad de rey y sumo sacerdote fuera hereditaria en la familia de los Macabeos. Así empezó la dinastía de los Asmoneos, que gobernó Palestina hasta el advenimiento de Herodes el Grande.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima quinta. Los judíos, tributarios de los sirios

Lección trigésima quinta

Los judíos, tributarios de los sirios

¿Hasta cuándo los judíos fueron tributarios de los egipcios? Hasta el año 198 antes de Cristo. En el reinado de Ptolomeo IV Filopátor, rey de Egipto, siendo perseguidos los hebreos, consiguieron sacudir el yugo de Egipto y se entregaron a Antíocos III el Grande, rey de Siria. Y aunque los judíos fueron bien tratados por el rey sirio, que siempre deseó captar su afecto, después se vieron abrumados de impuestos por los sucesores de Antíoco III.

¿Qué pasó cuando el rey Seleuco quiso apoderarse del tesoro del Templo? Cuando la ciudad santa vivía en paz y se observaban lo más perfectamente posible las leyes, debido a la piedad y a la aversión al mal del sumo sacerdote Onías, sucedía que los mismos reyes honraban el Templo y enriquecían el Santuario con los más espléndidos regalos. Incluso Seleuco, rey de Asia, sufragaba con sus propios ingresos todos los gastos relativos al servicio de los sacrificios (2 M 3, 1-3). Sin embargo, viéndose obligado Seleuco IV a pagar un enorme tributo a los romanos, e informado de que el tesoro del Templo de Jerusalén estaba lleno de inenarrables riquezas, hasta el punto de que la cantidad de dinero era incalculable, y que además no estaba vinculado a las cuentas de los sacrificios, sino que era posible ponerlo bajo la potestad del rey (2 M 3, 6), para suplir los recursos pecuniarios que le faltaban quiso apoderarse del tesoro del Templo. Seleuco encargó a Heliodoro, que estaba al frente de sus negocios, que se hiciera con la mencionada riqueza del Templo.

Heliodoro se encontró con la oposición del sumo sacerdote Onías. Éste y todo el pueblo hicieron rogativas al cielo para que el enviado de Seleuco no llevara a cabo su sacrílega misión. Heliodoro, por su parte, llevaba a cabo lo que había dispuesto. Y allí mismo, estando él con su escolta junto al tesoro, el Soberano de los espíritus y de toda potestad realizó una manifestación tan grande que todos los que se habían atrevido a acompañarle, despavoridos por el poder de Dios, se volvieron débiles y cobardes. Pues se les apareció un caballo montado por un terrible jinete y enjaezado con un bellísimo arnés. El caballo levantó con furia contra Heliodoro sus patas delanteras, y el que lo montaba dejó ver que llevaba una armadura de oro. Se les aparecieron también dos jóvenes de impresionante fuerza, bellísimos de apariencia y magníficamente vestidos, que colocándose a ambos lados le azotaban sin cesar causándole múltiples heridas (2 M 3, 23-26). Onías oró a Dios para que conservara la vida de Heliodoro, que estaba realmente en su último aliento, y ofreció un sacrificio por su salud. Y mientras el sumo sacerdote hacía el sacrificio de expiación, aquellos mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria, se aparecieron de nuevo a Heliodoro, y permaneciendo en pie le dijeron: “Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías porque por él el Señor te conserva la vida; y tú, que has recibido este azote del cielo, anuncia a todos la grandeza del poder de Dios”. Y tras decir esto desaparecieron (2 M 3, 33-34).

Cuando Heliodoro regresó a la corte de Seleuco IV y le contó lo ocurrido, el rey le preguntó qué clase de hombre sería apto para ser enviado a Jerusalén para hacerse con el tesoro del Templo. Heliodoro respondió: Si tienes algún enemigo o hay algún conspirador del gobierno, envíale allí y lo recibirás azotado si es que sobrevive, porque ciertamente hay una fuerza divina alrededor del Templo. Pues el que tiene su morada en el cielo es quien cuida y ayuda a aquel Templo, y destruye, golpeándoles, a cuantos se acercan para causarle mal (2 M 3, 38-39).

¿Quién sucedió a Seleuco IV? Antíoco IV Epífanes. Cuando murió Alejandro Magno, sus generales asumieron el poder, cada uno en su región, imponiéndose la corona real. A éstos les sucedieron sus hijos, multiplicando la maldad sobre la tierra. De éstos brotó una raíz pecadora: Antíoco Epífanes (1 M 1, 10). Subió al trono en el año ciento treinta y siete de la dominación griega.

¿Es famoso este rey? Sí, tristemente célebre porque organizó una violenta persecución contra los judíos. Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

Muchos judíos tuvieron la desgracia de apostatar, alejándose de la alianza santa, y comenzaron a obrar el mal. Pero otros prefirieron morir antes que renegar de su fe. Entre éstos estaba Eleazar.

¿Cuál es la historia de Eleazar? Eleazar era un escriba, hombre de avanzada edad. Los enviados del rey se empeñaron que comieran carne de cerdo, algo prohibido por la Ley de Moisés. Al negarse el venerable anciano, le abrieron la boca para forzarle a comer. Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, escupiendo el bocado mostró el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.

Algunos, llevados de una falsa compasión, le dijeron que comiera carne de la que estaba permitido comer, y así fingir comer de la carne prohibida. De esta forma se libraría de la muerte. Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación (2 M 6, 23). Y dijo a los que le pedían que fingiera: Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. Por eso, entregando valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes (2 M 6, 24-28). Tras pronunciar estas palabras, fue conducido al tormento. Y cuando estaba a punto de morir por las heridas, aún tuvo fuerzas para decir: Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuerte dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él (2 M 6, 30). Y murió Eleazar dejando a su nación y a los siglos venideros un gran ejemplo de entereza en la fidelidad de Dios.

¿El martirio de Eleazar fue el único de aquella persecución? No. También la Sagrada Escritura recoge otro hermoso ejemplo de fidelidad a Dios hasta la muerte: el martirio de los siete hermanos Macabeos y de su madre.

¿Cómo fue? Los siete hermanos habían sido detenidos con su madre, y el rey Antíoco les ordenó comer carne de cerdo prohibida. Como se negaron, los flagelaron con látigos. Uno de ellos, haciendo de portavoz, le dijo al rey: ¿Qué quieres preguntarnos o saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que transgredir las leyes de nuestros padres (2 M 7, 2). Entonces el rey, enfurecido, mandó que a aquel que había hablado le cortaran la lengua, le arrancaran la piel de la cabeza y le amputaran los brazos; y después, que fuera arrojado a una caldera de aceite hirviendo. Mientras estaba sufriendo tales tormentos, sus hermanos se exhortaban entre sí junto a su madre a morir noblemente, diciendo: El Señor Dios ve desde lo alto, y verdaderamente nos consuela tal como afirmó Moisés en el canto de liberación diciendo: “Consolará a sus siervos” (2 M 7, 6).

Después de haber muerto el primero, llevaron al suplicio al segundo y, tras arrancarle la piel de la cabeza junto con el cabello, le preguntaron si comería carne de cerdo, pues en caso negativo su cuerpo sería torturado miembro a miembro. La respuesta fue: ¡No! (2 M 7, 8). Y recibió el mismo tormento que el primero. Poco antes de morir dijo: Tú, malvado, nos borras de la vida presente, pero el Señor de los cielos y la tierra nos resucitará a una vida nueva y eterna a quienes hemos muerto por sus leyes (2 M 7, 9). Luego de morir éste, comenzó a ser torturado el tercero, y, cuando se lo mandaron, sacó inmediatamente la lengua y extendió voluntariamente las manos, y dijo con dignidad: De Dios he recibido estos miembros, y, por sus leyes, los desprecio, pero espero obtenerlos nuevamente del Señor (2 M 7, 11). Muerto éste, comenzaron a torturar al cuarto con los mismos tormentos que aplicaron a sus hermanos. Y antes de expirar, dijo: Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios da de ser resucitados de nuevo por Él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 M 7, 14).

Cuando estaban atormentando al quinto, éste mirando a Antíoco Epífanes le dijo: Tienes poder entre los hombres, aun siendo mortal, y haces lo que quieres; pero no pienses que nuestra raza ha sido abandonada por Dios. Tú espera y verás la grandeza de su fuerza y cómo te castigará a ti y a tu descendencia (2 M 7, 16-17). Tras éste trajeron al sexto, y después de torturarle, cuando estaba a punto de morir, dijo al rey: No te engañes tontamente, pues nosotros sufrimos todo esto por nuestra culpa, por haber pecado contra nuestro Dios; por eso nos suceden cosas que causan admiración. Pero no pienses que tú quedarás impune, habiendo intentado combatir a Dios (2 M 7, 18-19).

¿Y la madre…? La madre fue de todo punto admirable; y digna de gloriosa memoria. Viendo morir a sus hijos en medio de aquellos tremendos tormentos, lo soportaba con serenidad gracias a la esperanza en el Señor. Ella exhortaba a sus hijos a que fueran fieles a Dios; e imprimiendo a su talante femenino un coraje varonil les decía. No sé cómo aparecisteis en mi vientre; yo no os di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de vosotros. Por eso el creador del mundo, que plasmó al hombre en el principio y dispuso el origen de todas las cosas, os devolverá de nuevo misericordiosamente el espíritu y la vida, puesto que ahora, a causa de sus leyes, no os preocupáis de vosotros mismos (2 M 7, 22-23).

¿Y el más pequeño…? Habían muerto ya seis de los hermanos, y quedaba todavía uno, el más joven, que era aún casi un niño. Esperando convencerlo, el rey Antíoco le prometió riquezas y multitud de bienes si abandonaba la religión de sus padres, pero el joven permaneció impasible ante estas promesas del rey, sin hacerle caso alguno. Entonces Antíoco llamó a la madre para que aconsejara al muchacho que salvase la vida. Aparentando ella que iba a obedecer, se acercó a su hijo y le dijo: Hijo, apiádate de mí que te he llevado nueve meses en el vientre, te he amamantado durante tres años, te he educado y guiado hasta esta edad, y te he proporcionado el alimento. Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ello reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano. No tengas miedo de este verdugo, sino sé digno de tus hermanos, acepta la muerte para que, en el tiempo de la misericordia, te recupere junto con tus hermanos (2 M 7, 27- 29).

Apenas acabó de hablar su madre, el joven respondió al rey diciéndole: ¿A qué esperáis? Yo no voy a obedecer el mandato del rey, sino que obedezco el mandamiento de la Ley que fue dada a nuestros padres por medio de Moisés. Y tú, que has sido el iniciador de todos los males contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. Pues nosotros sufrimos por nuestros pecados, y si el Señor viviente se ha irritado con nosotros por un breve tiempo para castigarnos y corregirnos, de nuevo se reconciliará con sus siervos. Pero tú, sacrílego, el más impío de todos los hombres, no te ensalces vanamente alimentando esperanzas inconfesables cuando levantas la mano contra los hijos del cielo, pues todavía no has escapado al juicio del Dios todopoderoso que ve todas las cosas. Porque ahora nuestros hermanos, tras haber soportado un breve tormento, han adquirido la promesa de Dios de una vida eterna; pero tú sufrirás por el juicio de Dios el justo castigo de tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego cuerpo y alma por las leyes de los padres, suplicando que Dios sea pronto misericordioso con la nación, y que tú, entre tormentos y azotes, confieses que sólo Él es Dios. Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso justamente desatada sobre toda nuestra raza (2 M 7, 30-38). Antíoco, lleno de rabia, se ensañó con el joven mucho más que con sus hermanos. El menor de los hermanos Macabeos pasó puro a la otra vida, confiando totalmente en el Señor. La madre murió la última después que sus hijos.

Compendio de Historia Sagrada. curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima cuarta. Los judíos, tributarios de los griegos y de los egipcios

Lección trigésima cuarta

Los judíos, tributarios de los griegos y de los egipcios

¿Cuándo fue destruido el imperio persa? En la segunda mitad del siglo IV antes de Cristo, durante el reinado de Darío III Codomano, undécimo sucesor de Ciro, fue destruido el imperio persa por Alejandro Magno, rey de Macedonia. Éste rey, el más célebre conquistador de la Antigüedad, había lanzado su campaña de conquista del inmenso imperio persa, y se vio coronada por uno de los éxitos militares más grandes de la historia. A pesar del poderío del rey macedonio, los judíos siguieron fieles a sus antiguos dominadores.

¿Cuál fue la reacción de Alejandro Magno por esta fidelidad de los judíos? Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro se desvió hacia el sur, conquistando Tiro y luego Egipto, pasando por el territorio de Israel. Cuando el rey de Macedonia sitiaba la ciudad de Tiro, pidió ayuda al Sumo Sacerdote de los judíos, Jado, que entonces gobernaba en Jerusalén; pero éste, que tenía empeñado su juramento de fidelidad con Darío III, no quiso prestársela, por lo que Alejandro se dirigió hacia Jerusalén con ánimo de apoderarse de ella. Y entonces ocurrió una historia fascinante acerca del primer encuentro entre Alejandro y los judíos de Israel, quienes se encontraban bajo el dominio del imperio persa. La narración de esta historia se encuentra registrada tanto en el Talmud como en el libro Antigüedades judías del historiador judío Flavio Josefo.

¿Cuál es esa historia? Viéndose en tan apurado trance, y temiendo que Alejandro fuera a destruir Jerusalén, el Sumo Sacerdote no recurrió a las armas para rechazar a tan formidable enemigo, sino que, después de implorar el auxilio de Dios con rogativas públicas, salió al encuentro de Alejandro Magno, acompañado de los sacerdotes y levitas, con trajes ceremoniales, y seguido del pueblo en masa. A la vista del imponente séquito del Sumo Sacerdote, que llevaba el nombre de Yavé escrito con letras de oro en sus vestiduras, Alejandro se bajó de su caballo e hizo una reverencia al Sumo Sacerdote, y eso que el rey macedonio raramente -quizá nunca- se postraba ante alguien. Según el relato de Flavio Josefo, cuando el general Parmerio le preguntó la razón, Alejandro respondió: No hice una reverencia ante él, sino ante el Dios que lo ha honrado con el Sumo Sacerdocio; pues he visto a esta misma persona en un sueño, con esta misma apariencia. Efectivamente, en tiempos anteriores había visto en un sueño al anciano sacerdote que le había prometido el imperio de Asia. Mientras que Alejandro poseído de santo respeto, se inclinó ante Jado y adoró al Dios verdadero, los judíos lanzaban gritos de alegría deseando al joven rey conquistador todo género de prosperidades.

¿Entró Alejandro Magno en la Ciudad Santa? Alejandro Magno interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio y, por tanto, se apiadó de Jerusalén. Entró triunfalmente en Jerusalén y subió al Templo para ofrecer sacrificios al Señor. Después, el Sumo Sacerdote le leyó en el libro de Daniel la profecía según la cual un príncipe griego conquistaría el imperio de los persas y sería el rey más poderoso de la tierra. Feliz el rey de Macedonia al verse así designado en el libro de un profeta, trató con gran benevolencia a los judíos, y en vez de castigarlos como era su intención primera, los eximió de todo impuesto, permitiéndoles, además, conservar sus leyes y su religión. Esto ocurría en el año 332 antes de Cristo.

¿Qué pasó a la muerte de Alejandro Magno? Unos pocos años después murió Alejandro en Babilonia, y tras veinte años de guerra sus generales se dividieron el imperio, quedando Palestina bajo el poder de los reyes de Egipto, que la dominaron durante más de un siglo (del año 301 antes de Cristo al año 198).

¿Qué hecho religioso importante hubo durante este período de tiempo? Uno de los reyes egipcios, Ptolomeo II Filadelfo, mandó traducir del hebreo al griego los libros del Antiguo Testamento, trabajo que fue encomendado a setenta y dos doctores, escogidos entre las tribus por el Sumo Sacerdote Eleazar. El resultado de aquella traducción el la conocida Versión de los Setenta de la Biblia.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima tercera. Historia de Ester

Lección trigésima tercera

Historia de Ester

¿En qué libro de la Biblia está la historia de Ester? En el libro de Ester. En este libro se narra cómo Dios escuchó las oraciones de su pueblo y lo salvó del grave peligro surgido por una persecución que sus enemigos habían suscitado contra él. Dios se valió de Ester para que la amenaza de extinción que se cernía sobre los judíos desapareciera.

¿Sobre todos los judíos? No, sino sobre los que no habían regresado del destierro, pues no todos los judíos cautivos en Babilonia hicieron uso de la facultad de volver a su país. Muchos se quedaron definitivamente en aquella tierra extranjera. Entre éstos estaban Mardoqueo, de la tribu de Benjamín, y su sobrina Ester. Habitaban los dos en la ciudad de Susa, capital de Persia, y eran fieles observantes de la Ley de Moisés.

¿Quién era Ester? Una joven judía, huérfana de padre y madre, que había sido criada por su tío. Ester era muy hermosa y de bellísimas prendas personales. Permitió Dios que cuando Asuero, rey de Persia, repudió a su esposa, la reina Vasti, pusiera los ojos en Ester, cuyo origen ignoraba. Y así la muchacha judía pasó a ocupar el lugar de la repudiada Vasti. El hecho de que Ester se convirtiera en reina, fue la salvación de los judíos.

¿Por qué se decidió exterminar a los judíos? Por un enfrentamiento entre Mardoqueo y Amán. Éste era el primer ministro y favorito del rey. Mardoqueo denunció una conspiración contra Asuero. Bigtán y Teres, dos de los eunucos del rey, guardianes de la entrada, se enfadaron y tramaron echarle mano al rey Asuero. Mardoqueo que supo de esto se lo contó a la reina Ester, y ella se lo dijo al rey en nombre de Mardoqueo. El asunto se investigó y se descubrió, por lo que los dos fueron colgados de un árbol (Est 2, 22-23). Pero Mardoqueo no recibió ningún beneficio por haber descubierto la conjura contra el rey. Mientras tanto, Amán, gozando del favor del rey, se irritó de sobremanera al saber que Mardoqueo no le reverenciaba doblando la rodilla cuando él aparecía en público, y resolvió perderle con todos los de su nación. Para ello, hizo creer al rey Asuero que los judíos habitantes aún en Persia eran sus mayores enemigos; y valiéndose de su influencia ante el rey, consiguió que se promulgara un edicto para que los judíos fueran exterminados en todas las provincias del imperio en un mismo día.

¿Cuál fue la reacción de los judíos? Los judíos, al tener noticia del decreto, quedaron consternados y se pusieron a orar a Dios. Señor, Dios, Tú eres el único Dios arriba en el cielo y no hay ningún otro Dios fuera de ti. Si hubiésemos cumplido tu ley y tus preceptos, viviríamos con paz y seguridad durante toda nuestra vida. Pero ahora, por no haber cumplido tus preceptos, nos ha sobrevenido esta gran tribulación. Señor, Tú eres justo, clemente, excelso y grandioso, y todos tus caminos son justos. Así que ahora, Señor, no entregues a tus hijos a la cautividad ni a nuestras mujeres a la profanación ni a la perdición, ya que te has mostrado propicio con nosotros desde Egipto hasta ahora. Ten misericordia de lo que más aprecias y no entregues tu heredad a la infamia, de modo que nos dominen nuestros enemigos (Est 3, 15). Y Mardoqueo pidió a la reina Ester que intercediera al rey por su pueblo, y tanto el uno como la otra se dirigieron al Señor en oración.

¿Qué hizo Ester? Decidió presentarse ante el rey Asuero, a pesar de que la ley prohibía, bajo pena de muerte, presentarse al rey sin haber sido llamado. Presa de angustia por el inminente peligro de muerte, oró al Señor. Después de fortalecer su espíritu con la oración y la penitencia, acompañada de dos doncellas, se fue a la estancia donde el rey Asuero recibía los homenajes de la corte. Apareció en la sala real Ester reluciente en la plenitud de su belleza, con el rostro alegre como el de una enamorada, aunque su corazón estaba abrumado por el miedo. Franqueadas todas las puertas, se encontró en presencia del rey. Éste se hallaba sentado en el trono real, vestido con lo adecuado para las ceremonias públicas, fastuoso, con oro y piedras preciosas; ciertamente presentaba un aspecto terrorífico, y en su mano sostenía el cetro de oro (Est 5, 20). Un rayo de cólera brilló en los ojos del rey al ver presentarse ante él a Ester, y, como ésta se dio cuenta, sintió que se desvanecía, se demudó su rostro y apoyó la cabeza sobre una de las doncellas que le acompañaban. Pero el Dios de los judíos y Señor de todas las criaturas mudó en dulzura el ánimo del rey, que preocupado descendió del trono, la tomó entre sus brazos, y mientras se reponía la animaba con palabras afectuosas: “Ester, ¿qué te sucede, hermana mía y consorte del reino? Yo soy tu hermano, no tengas miedo. No morirás, porque esta ley no va contigo sino que es sólo para la gente vulgar. Acércate” (Est 5, 2). Y Asuero le preguntó qué deseaba, dispuesto a complacerla en todo. Entonces Ester, después de sufrir un segundo desmayo, volvió en sí y suplicó al rey que asistiese al día siguiente, en compañía de Amán, a un banquete que les iba a preparar, y durante el cual le manifestaría su deseo. Asuero accedió a su ruego.

¿Y qué pasó? Aquella noche, no pudiendo Asuero conciliar el sueño hizo que le leyesen los anales de su reinado, y al recordar el favor que le había prestado Mardoqueo descubriendo una conjuración contra su vida, preguntó: ¿Qué honor o dignidad se ha concedido a Mardoqueo por esto? (Est 6, 3), y la respuesta fue negativa. Pocas horas después se presentó Amán en palacio. Al verlo, el rey Asuero le dijo: “¿Qué debería hacerse con el hombre a quien el rey ha decidido honrar?” Amán pensó en su corazón: “¿A quién puede haber decidido el rey tributar honor sino a mí?” Y Amán contestó al rey: “El hombre a quien el rey ha decidido honrar debe ser revestido con indumentaria real, debe montar en el caballo que cabalga el rey, y le ha de ser impuesta sobre su cabeza la corona real. La indumentaria y el caballo le han de ser entregados por el más noble de los servidores del rey. Revestirán al hombre a quien el rey ha decidido honrar, lo harán cabalgar sobre el caballo por las calles de la ciudad, y proclamarán delante de él: Así se hace con el hombre a quien el rey ha decidido honrar(Est 6, 7-9). Entonces Asuero le ordenó que hiciese eso con Mardoqueo. Y a Amán no le quedó otro remedio que hacerlo, para mayor humillación y vergüenza suya.

¿Y el banquete de la reina…? Según lo previsto, el rey asistió acompañado de Amán al banquete que ofreció la reina Ester. Durante el convite el rey instó a Ester para que le manifestase su deseo. Entonces la reina dijo: “Si he encontrado gracia a tus ojos, oh rey, y si le parece bien al rey, concédeme mi vida, porque es lo que te estoy pidiendo, la de mi pueblo, porque eso es lo que busco. Pues mi pueblo y yo hemos sido vendidos al exterminio, a la muerte y a la eliminación. Ojalá hubiéramos sido vendidos como siervos y esclavas; en ese caso me callaría, pues esa angustia no me parecería suficiente como para molestar al rey”. El rey Asuero dijo a la reina Ester: “¿Quién es y dónde está aquel al que su corazón ha movido a actuar así?” Ester replicó: “El adversario y enemigo es este perverso Amán”. Amán se quedó aterrado delante del rey y de la reina (Est 7, 3-6).

Indignado, Asuero hizo prender al perverso Amán y sabiendo que éste había hecho preparar una horca para ahorcar a Mardoqueo, mandó que el mismo Amán fuera colgado de esa horca. No se contentó Asuero con revocar el decreto de proscripción dado contra los judíos, sino que, enterado de que Mardoqueo era tío de Ester, lo llamó a palacio, le asignó todos los bienes de Amán y le nombró primer ministro. Desde entonces vivieron pacíficamente los judíos bajo la dominación de los persas.

¿Es figura Ester de la Virgen María? Sí. La reina Ester, única que fue exenta de una ley de muerte, obteniendo del rey, su esposo, la gracia para todo un pueblo, es figura de María, única mujer preservada de la mancha del pecado original, y madre llena de misericordia, que no cesa de mediar ante su Hijo para obtener el perdón de nuestros pecados.