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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Padres de la Iglesia)

Padres de la Iglesia

¿Qué se entiende por Padres de la Iglesia? Los Padres de la Iglesia son antiguos escritores cristianos -de los siete primeros siglos- que con su sabiduría alimentaban la fe del Pueblo de Dios y garantizaban con su santidad la doctrina que predicaban. Destacaron por su ciencia teológica contenida en libros importantes acerca de la fe y de la Moral cristiana.

Para defender y propagar la fe, amenazada por las diversas herejías, Dios suscitó en el seno de la Iglesia a hombres santos que fueron el baluarte inexpugnable del Evangelio, tanto por sus heroicas virtudes como por la profundidad de su ciencia y por su celo incansable.

Los Padres de la Iglesia están clasificados en dos grupos: padres griegos y padres latinos, según la lengua en que publicaron sus escritos.

¿Quiénes son los Padres griegos más importantes? San Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno y san Juan Crisóstomo, todos del siglo IV.

San Atanasio. Nació en el año 296. Fue Patriarca de Alejandría de Egipto. Es una de las figuras más extraordinarias de la historia de la Iglesia. Preclaro por su santidad y doctrina. Defendió con valentía la fe católica desde el tiempo del emperador Constantino hasta Valente, por lo cual tuvo que soportar numerosas asechanzas y sufrir duras persecuciones por parte de los arrianos y ser desterrado en varias ocasiones. En el Concilio de Nicea combatió las tesis de la herejía de Arrio, que fueron condenadas. Al final de su vida regresó a la Iglesia que se le había confiado, donde, después de haber luchado y sufrido mucho con heroica paciencia, descansó en la paz de Cristo en el cuadragésimo sexto aniversario de su ordenación episcopal. Era el año 373.

San Basilio. Nació en el año 329. Fue obispo de Cesarea de Capadocia, apodado Magno por su doctrina y sabiduría, enseñó a los monjes la meditación de la Escritura, el trabajo en la obediencia y la caridad fraterna, ordenando su vida según las reglas que él mismo redactó. Fue valeroso impugnador del arrianismo, pero combatió principalmente contra el macedonianismo. Con sus egregios escritos educó a los fieles. También brilló por su trabajo pastoral en favor de los pobres, a los que destinó la herencia recibida de sus padres, y de los enfermos, a los cuales construyó un hospital donde él mismo iba a curar a los enfermos. Falleció el día uno de enero del año 379.

San Gregorio Nacianceno. Nació en el año 328. Es uno de los tres grandes Padres capodocios. Amigo de san Basilio. Fue obispo de Sancina, en Constantinopla, y finalmente de Nacianzo. Defendió con vehemencia la divinidad del Verbo, y mereció por ello ser llamado “Teólogo”. Murió en el año 389.

San Juan Crisóstomo. Nació en el año 347. Patriarca de Constantinopla, antioqueño de nacimiento, que, ordenado presbítero, llegó a ser llamado “Crisóstomo”. Fue una de las figuras más notables del siglo IV por la santidad y por la elevación carácter; pero debe la mayor celebridad a su incomparable elocuencia. La mayor parte de sus escritos son de origen homilético. Combatió a los arrianos. Gran pastor y maestro de la fe en la sede constantinopolitana. Expulsado de su sede por la emperatriz Eudoxia, fue desterrado por insidias de sus enemigos, y al volver del exilio por decreto del papa san Inocencio I, como consecuencia de los malos tratos de sus guardianes durante el camino de regreso, entregó su alma a Dios en Gumenek, localidad del Ponto, el catorce de septiembre del año 407.

¿Qué otros Padres griegos hay? Entre los Padres griegos notables están: san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Epifanio y san Cirilo de Alejandría.

San Cirilo de Jerusalén. Fue obispo de Jerusalén, que, a causa de la fe, sufrió muchas injurias por parte de los arrianos y fue expulsado con frecuencia de la sede. Con oraciones y catequesis expuso admirablemente la doctrina ortodoxa, las Escrituras y los sagrados misterios. Murió en el año 444.

San Gregorio de Nisa. Vivió en el siglo IV. Siendo obispo de Nisa, sus escasas capacidades de gobierno dieron ocasión de ser acusado injustamente de haber administrado mal los bienes de la Iglesia. Admirable por su vida y doctrina, que por haber confesado la recta fe fue expulsado de su sede por el emperador arriano Valente. Junto a su hermano san Basilio Magno de Cesarea y san Gregorio Nacianceno, forma el trío de los grandes padres capadocios. Murió antes del año 400.

San Epifanio. Fue obispo que sobresalió por su vasta erudición y conocimiento de las ciencias sagradas, y fue admirable también por su santidad de vida, por su celosa defensa de la fe católica, por su generosidad para con los pobres y por su poder taumatúrgico. Murió en Salamina (Chipre) en el año 403.

San Cirilo de Alejandría. Elegido para ocupar la sede de Alejandría de Egipto, mostró singular solicitud por la integridad de la fe católica, y que en el Concilio de Éfeso defendió el dogma de la única persona en Cristo (la persona divina del Hijo) y de la divina maternidad de la Virgen María. Murió en el año 444.

¿Cuáles son los Padres latinos más importantes? San Hilario, san Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín y san Gregorio I Magno.

San Hilario. Nació en el año 300. Obispo de la sede de Poitiers, en tiempo del emperador Constancio, el cual había abrazado la herejía arriana. Fue llamado el Atanasio de Occidente, apelativo que habla muy alto en favor de su firmeza como defensor de la fe contra los arrianos. Luchó denodadamente en favor de la fe nicena acerca de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, y fue desterrado por orden imperial por esta razón a Frigia durante cuatro años. Fue por todas partes el terror de los herejes. Compuso los celebérrimos comentarios a los Salmos y al evangelio de san Mateo. Sus escritos manifiestan claramente su gran valor y profunda ciencia. Murió en el año 367.

San Ambrosio. Nació en el año 340. Hizo la carrera de magistratura y en el año 372 fue nombrado Prefecto de la ciudad de Milán. Desempeñó su cargo con tal acierto y tanta virtud, que dos años después el pueblo y el clero de Milán lo aclamaron como obispo, siendo aún catecúmeno. Fue un verdadero pastor y doctor de los fieles, ejerció preferentemente la caridad para con todos, defendió valerosamente la libertad de la Iglesia y la recta doctrina de la fe en contra de los arrianos, y catequizó al pueblo con los comentarios y la composición de himnos. Además era un excelente orador, amigo y consejeros de emperadores y escritor fecundo. Influyó notablemente sobre los acontecimientos de su época. Murió en el año 397.

San Jerónimo. Nació en el año 346, en Dalmacia. Es sobre todo célebre por la traducción de la Sagrada Escritura que realizó después de haber estudiado a fondo la Biblia y el hebreo. Su versión, conocida con el nombre de Vulgata, fue la versión oficial de la Iglesia hasta que aparición la Neovulgata.

Estudió en Roma, ciudad en la que cultivó con esmero todos los saberes y recibió el bautismo cristiano. Después, seducido por el valor de la vida contemplativa, se entregó a la existencia ascética al ir al Oriente, donde se ordenó de presbítero. Vuelto a Roma, fue secretario del papa san Dámaso I, hasta que, tras fijar su residencia en Belén de Judea, vivió una vida monástica de gran austeridad dedicado a traducir y explicar las Sagradas Escrituras, revelándose como insigne doctor. De modo admirable fue partícipe en muchas necesidades de la Iglesia y, finalmente, llegado a una edad provecta, descansó en la paz del Señor en el año 420.

San Agustín. Nació en el año 354. En su juventud siguió los errores del maniqueísmo. Convertido a la fe católica gracias a las oraciones de su madre santa Mónica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe. Fue un gran defensor de la ortodoxia frente a los herejes, hasta que consiguió desarmar y desenmascarar a los maniqueos, donatistas, pelagianos, semipelagianos y arrianos. Escribió grandes tratados de teología. Entre sus numerosas obras destacan las Confesiones y la Ciudad de Dios. Murió en el año 430.

San Gregorio I Magno. Nació en el año 540. Fue religioso benedictino. Siendo monje ejerció ya de legado pontificio en Constantinopla. En septiembre del año 590 fue elegido Romano Pontífice. Ha pasado a la historia con el calificativo de Magno. Fue hombre de inteligencia privilegiada y de amplia cultura que, por la profundidad de la huella que dejó con su predicación y escritos, además de la santidad de vida. Su ejemplaridad y heroísmo de su vida cristiana han sido reconocidos por la Iglesia. Resolvió problemas temporales y, como siervo de los siervos de Dios, atendió a los valores espirituales, mostrándose como verdadero pastor en el gobierno de la Iglesia, ayudando sobre manera a los necesitados, fomentando la vida monástica y propagando y reafirmando la fe por doquier, para lo cual escribió muchas y célebres obras sobre temas morales y pastorales. A él se debe el canto llamado gregoriano. Murió en el año 604.

¿Qué otros Padres latinos hay? San León I Magno, san Pedro Crisólogo y san Isidoro.

San León I. Nacido en Etruria, primero fue diácono diligente en la Urbe, y después, elevado a la cátedra de Pedro, mereció con todo derecho ser llamado “Magno”, tanto por apacentar a su grey con una exquisita y prudente predicación como por mantener la doctrina ortodoxa sobre la encarnación de Dios, valientemente afirmada por los legados del Concilio Ecuménico de Calcedonia, hasta que descansó en el Señor en Roma en el año 461.

San Pedro Crisólogo. Fue obispo de Rávena, que, habiendo recibido el nombre del santo apóstol, desempeñó su ministerio tan perfectamente que consiguió captar a multitudes en la red de su celestial doctrina y las sació con la dulzura de su palabra. Murió hacia el año 450.

San Isidoro. Discípulo de su hermano san Leandro y sucesor suyo en la sede de Sevilla, en la Hispania Bética, escribió con erudición, convocó y presidió varios concilios, y trabajó con celo y sabiduría por la fe católica y por la observancia de la disciplina eclesiástica. Murió en el año 636.

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Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Herejías principales)

Herejías principales

¿Qué gran bien trajo a la Iglesia la paz que gozó después de las persecuciones? La libertad de la Iglesia fue también la hora de la formulación de la fe cristiana; es decir, de la exposición precisa de su doctrina sobre los los misterios esenciales de la Revelación: la Santísima Trinidad, la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, la Encarnación y la persona de Jesucristo. La formulación de los dogmas (verdades de fe) fue necesaria porque habían surgido doctrinas erróneas que explicaban estos misterios con ideas contrarias a la fe cristiana. Estas explicaciones parciales de las verdades de fe se les llamó herejías.

¿Qué es una herejía? Es toda doctrina errónea, mantenida con pertinacia por quien ya había admitido la fe cristiana negando alguna verdad de las propuestas por la Iglesia como reveladas.

¿Cuál fue la causa de las herejías? Con el triunfo del cristianismo no desapareció totalmente el espíritu pagano de la sociedad, sino que en todas las regiones del Imperio persistió en supersticiones populares, en las especulaciones filosóficas y en las instituciones públicas. Ésta fue la causa de que la pureza de la fe y de las costumbres cristianas padeciesen notables desviaciones y apareciesen las herejías.

Hay herejías que van contra la doctrina católica de la Santísima Trinidad, que podemos denominar trinitarias; otras sobre la Encarnación del Verbo, que son las herejías cristológicas; y hay otras herejías sobre diversas verdades de la fe cristiana, entre ellas, el pelagianismo, que yerra sobre la Gracia.

Las herejías más importantes, que turbaron la paz de la Iglesia, son del siglo IV al siglo VI. Aunque ya anteriormente la Iglesia había combatido el gnosticismo, el marcionismo, el montanismo y el maniqueísmo.

¿Qué es el gnosticismo? Es una tendencia filosófico-religiosa de los siglos I-III. Más que un movimiento unitario, el gnosticismo es considerado como una serie de sectas heréticas que amalgamaban doctrinas judías o paganas con los dogmas cristianos. Para los gnósticos la salvación está en el conocimiento, y ensalzan la dimensión espiritual de la persona y desprecia el cuerpo y la realidad material.

Los gnósticos sostenían que la materia es eterna; que había dos principios: uno del bien y otro del mal; que el Dios y el Creador del mundo son dos seres distintos; que Jesucristo había padecido sólo en apariencia, porque no tenía cuerpo real, sino fantástico. El gnosticismo fue combatido por diversos papas, especialmente por san Telesforo, que gobernó la Iglesia del año 125 al 136.

¿Cuál fue la primera gran herejía? El marcionismo. Esta herejía debe su nombre a Marción. Éste era natural de Sínope (hoy Turquía). Llegado a Roma en el año 139 decidió fundar su propia Iglesia al ser expulsado de la comunidad cristiana a la que concurría en al año 144. Marción, en sus enseñanzas, diferenciaba el Dios revelado en el Nuevo Testamento del Dios del Antiguo Testamento, siendo el primero misericordioso y benévolo a diferencia del Dios de Israel al que entendía como el de justicia, señor del mundo en el que había impuesto la ley y el temor. Consideraba al cristianismo como la sustitución del judaísmo y no como su cumplimento.

Estableció el primer canon conocido del Nuevo Testamento, del que aceptaba como canónicos sólo al Evangelio de Lucas y las diez Espístolas de san Pablo, rechazando el resto como todo el Antiguo Testamento. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen María según la carne, como así también negaba su muerte real en la cruz al carecer Aquél de un cuerpo real (sólo era aparente). Practicante de un ascetismo riguroso, prohibió el vino, la carne y el matrimonio, pues Marción considera que la carnalidad es corrupta, o un simple reflejo de la realidad, por ello ordena la abstinencia carnal, rechaza el placer en cualquier forma, obligando a los creyentes de su Iglesia a una vida de pobreza y privación extrema, la cual fue parte importante para el fin de esta herejía, pues incluso se opuso al placer sexual dentro del matrimonio. Combatieron esta herejía San Ireneo, Tertuliano, San Justino, Melitón de Sardes y Teófilo de Antioquía.

Un discípulo de Marción, Apeles, dio un nuevo impulso a sus doctrinas, pero modificándolas en algunos aspectos. Rechazó el principio dualista del gnosticísmo, afirmando que la creación había sido obra de un ángel caído y no del Demiurgo (a quien identificaba con el Dios del Antiguo Testamento). Creyó en la preexistencia de las almas, considerando que las mismas habían sido encerradas en un cuerpo al ser arrojadas al mundo material, salvo en el caso de Cristo que por su condición celestial no fue éste el que estuvo en el mundo terrenal sino su apariencia. Definitivamente, el marcionismo se extinguió en el siglo V.

¿En qué consiste la herejía llamada montanismo? El conocimiento que se tiene de esta herejía se funda en los escritos de autores cristianos, como Eusebio de Cesarea, Clemente de Alejandría y Orígenes. De mayor importancia es una fuente original en los escritos de Tertuliano, que se adhirió al montanismo al final de su vida.

El montanismo surgió en la segunda mitad del siglo II, en Frigia. Allí, un hombre llamado Montano se sintió transportado a estados de éxtasis durante los cuales profería advertencias proféticas. Luego se unieron a él dos mujeres, Prisca y Maximila, que también empezaron a profetizar. Montano y sus profetisas anunciaban el final inminente del mundo. Esta profecía fue acogida rápidamente en distintos estratos de la sociedad, organizándose en comunidades que realizaron una propaganda muy activa entre cristianos y paganos.

La doctrina montanista era extremadamente rigurosa y extremista. Afirmaba que el fin de los tiempos se acercaba; exigía la práctica frecuente del ayuno, la preparación al martirio, la abstención de alimentos húmedos. Prohibía las segundas nupcias, la asistencia a espectáculos, el hacer el servicio militar, el adorno y todo lujo en las personas. Y no permitía que nadie apelase a la fuga en tiempo de persecución. Además negaba el perdón a los que habían pecado mortalmente después del bautismo incluso en el caso de que hiciera penitencia. Todo lo cual era preparación para el reinado de mil años de Cristo en la tierra. El montanismo fue condenado por la Iglesia.

¿Qué es el maniqueísmo? Esta herejía debe su nombre a Manes, nacido en Mesopotamia, a principios del siglo III. El fundamento del maniqueísmo era el dualismo, o sea la existencia de dos principios opuestos e irreductibles: el Bien y el Mal, que eran asociados a la Luz y a las Tinieblas. Estos dos principios estaban en una eterna lucha. Conforme a esta doctrina, cada criatura era buena o mala según el principio que la dominase.

Los maniqueos consideraban que el espíritu del hombre es de Dios pero el cuerpo del hombre es del demonio. En el hombre, el espíritu o Luz se encuentra cautivo por causa de la materia corporal; por lo tanto, creen que es necesario practicar un estricto ascetismo para iniciar el proceso de liberación de la Luz atrapada. Despreciaban por eso la materia, incluso el cuerpo.

En la práctica, el maniqueísmo niega la responsabilidad humana por los males cometidos porque cree que no son producto de la libre voluntad, sino del dominio del mal sobre nuestra vida. Por esto consideraban al pavo su animal sagrado, porque sus colores en el plumaje revelaban los distintos estados espirituales por los que pasaba el cuerpo para lograr purificarse y transformarse en el espíritu divino.

A fines del siglo III tomó el maniqueísmo apariencias de herejía cristiana y fue combatido por la Iglesia.

¿Qué herejía condenó el concilio de Nicea? El arrianismo. Esta herejía tomó nombre de un presbítero de Alejandría llamado Arrio, que a principios del siglo IV negó la divinidad del Verbo. Por tanto, para él Jesús no era Dios como el Padre, sino solamente una criatura. La doctrina herética de Arrio contenía errores relativos a la Trinidad y a Cristo.

Arrio consiguió atraerse muchos partidarios, que se llamaron arrianos. Informado el emperador Constantino de los progresos del arrianismo y de la perturbación que producía, promovió el Concilio de Nicea I, el primero de los ecuménicos. A este concilio acudieron trescientos dieciocho obispos, que se reunieron bajo la presidencia de los legados del Papa. La asamblea conciliar examinó la doctrina de Arrio y la condenó como opuesta a la creencia constante y universal de la Iglesia. En este concilio, celebrado en el año 325, se definió que el Verbo es Dios, consustancial al Padre, de la misma naturaleza divina y con las mismas perfecciones. Y se promulgó el Símbolo Niceno, que es una profesión de fe, en el que se definía la Trinidad de las Personas divinas y que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre.

¿Hay otra herejía trinitaria condenada por un Concilio? Sí. El Concilio de Constantinopla condenó el macedonianismo. Macedonio, patriarca de Constantinopla, negaba la divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo. Para rebatir esta herejía, el Concilio de Constantinopla, celebrado en el año 381, definió como dogma de fe que el Espíritu Santo es Dios, pues procede del Padre y del Hijo. La Profesión de fe o Símbolo Niceno-constantinopolitano es el Credo que recitan los católicos en la misa dominical.

¿Qué herejía importante surgió a principios del siglo V? El nestorianismo, que debe su nombre a Nestorio, patriarca de Constantinopla. Éste distinguía dos personas en Jesucristo, una divina y otra humana, negando así la unidad personal de Cristo. Además decía que la Virgen María no era madre de Dios, sino sólo madre de la persona humana de Cristo. Esta herejía fue rebatida por san Cirilo de Alejandría.

Enterado el papa san Celestino I de los errores que propalaba Nestorio, le escribió una carta exhortándole a que no causara semejante escándalo; pero Nestorio se negó a retractarse de su doctrina heterodoxa. Entonces se convocó un concilio en la ciudad de Éfeso, que se celebró en el año 431. En el Concilio de Éfeso se definió que en Jesucristo sólo hay una Persona, la del Hijo que, siendo Dios, asumió la naturaleza humana. Además proclamó que la Virgen María es verdaderamente Madre de Dios, por ser madre de Cristo que es Dios y hombre. Santa María dio al mundo una naturaleza humana unida hipostáticamente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

San Cirilo de Alejandría, padre conciliar de Éfeso, escribió en una carta: El pueblo entero de la ciudad de Éfeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución… Cuando se supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzamos a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada.

¿Qué otra herejía importante hay sobre Jesucristo? El monofisismo, también llamado eutiquianismo, por ser Eutiques el autor de esta doctrina herética. El error de Eutiques era el extremo opuesto al de Nestorio. Para los monofisitas las dos naturalezas (divina y humana) de Jesús están tan unidas en la Persona del Hijo, que se han fusionado y no se distinguen entre sí. Por tanto, en Cristo solo hay una naturaleza, pues la naturaleza humana después de la Encarnación ha sido absorbida por la divina.

El patriarca de Constantinopla, san Flaviano, procuró la retractación de Eutiques, pero éste, engreído con el número e influencia de los adheridos a su doctrina, se negó a ello obstinadamente.

Los errores de los monofisitas fueron denunciados al papa san León Magno, quien convocó el Concilio de Calcedonia (año 451). La asamblea conciliar comenzó con la lectura de una carta de san León Magno a san Flaviano en la que se rebatía los errores monofisitas. Concluida la lectura los asistentes, puestos en pie en su gran mayoría, proclamaron al unísono: Creemos lo que han creído nuestros Padres. Ésta es la fe los Apóstoles. ¡Pedro ha hablado por boca de León!

En el Concilio de Calcedonia, año 451, se impuso la doctrina ortodoxa de las dos naturalezas de Cristo sobre el monofisismo. Se definió solemnemente que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y que su naturaleza divina y su naturaleza humana son reales, pues entre ellas no se da confusión, cambio, división ni separación. Es decir, Jesucristo es, al mismo tiempo, verdadero Dios, como el Padre y el Espíritu Santo, y verdadero hombre, como nosotros. Las dos naturalezas están unidas en una sola Persona, que es la del Hijo de Dios.

¿Qué otras herejías sobre la Trinidad son dignas de resaltar? Está el monarquismo, herejía surgida a finales del siglo II. El nombre se debe a Tertuliano. Esta herejía enseña que en Dios no hay más que una Persona. Y según la forma que los defensores del monarquismo explican la persona de Jesucristo, se dividen en dos grupos o tendencias: monarquismo modalista (modelismo) y monarquismo dinamista o adopcionista (adopcionismo).

El adopcionismo sostiene que Cristo es tan solo un hombre aunque nacido de forma sobrenatural de la Virgen María por obra del Espíritu Santo. Este hombre habría recibido en el bautismo un particular poder divino y la adopción de hijo por parte de Dios.

Los principales defensores de esta herejía fueron Teódoto el Curtidor, de Bizancio, que la transplantó a Roma hacia el año 190 y fue excomulgado por el papa Víctor I (189-198); Pablo de Samosata, obispo de Antioquía, a quien un Sínodo en Antioquía lo destituyó como hereje el año 268, y el obispo Fotino de Sirmio, depuesto el año 351 por el Sínodo de Sirmio.

El modalismo afirma también una única Persona divina, pero que actúa según diferentes funciones o modos. Aplicado al principio a Jesucristo, sostuvo que el mismo y único Dios que era el Padre había sufrido la pasión y la cruz por nosotros, y recibió el nombre de patripasianismo. Más tarde se extendió también al Espíritu Santo, desarrollándose así la doctrina completa, que sostenía que las tres personas de la Trinidad no eran más que tres modos, máscara o funciones por medio de las cuales actuaba la única Persona divina.

El patripasianismo fue defendido principalmente por Noeto de Esmirna, contra el cual escribió Hipólito; Práxeas, de Asia Menor, a quien combatió Tertuliano.

Sabelio fue quien más tarde aplicó la misma doctrina errónea al Espíritu Santo, sosteniendo que en la creación el Dios unipersonal se revela como Padre, en la redención como Hijo, y en la obra de la santificación como Espíritu Santo. El papa san Calixto I (217-222) excomulgó a Sabelio. La herejía fue condenada de manera definitiva por el papa san Dionisio (259-268).

Otra herejía trinitaria es el subordinacionismo. Esta surgió en el siglo II y considera al Hijo como inferior y subordinado al Padre.

¿Qué otras herejías hay que son cristológicas? Docetismo, apolinarismo, monotelismo y monoenergismo.

El docetismo es una herejía que niega la realidad carnal del cuerpo de Cristo, reduciéndola a mera apariencia.

El apolinarismo es la herejía cristológica del siglo IV que negaba la existencia del alma humana en Cristo. En el siglo IV, el obispo Apolinar de Laodicea para refutar el arrianismo, cayó en el error de suprimir el alma racional de la naturaleza humana de Cristo que quedaría asumida por el Verbo, para así explicar mejor la unión entre el elemento divino y el elemento humano en Cristo.

El monotelismo es una herejía cristológica. Enseña que en Cristo, aunque hay dos naturalezas, no había más que una sola voluntad, la divina, y un solo modo de obrar. El papa san Eugenio I, que ocupó la Sede romana desde agosto de 654 a junio de 657, combatió sin descanso esta herejía.

Años antes el papa Honorio I, en plena controversia monotelita (herejía que afirma que en Cristo hay una sola voluntad), escribió una carta ambigua que, aunque sin salirse de la ortodoxia, se prestaba a una interpretación en el sentido defendido por los monotelitas. Honorio I decía que había que confesar sencillamente un solo Jesucristo que realiza en las dos naturalezas las obras de la divinidad y las de la humanidad. Es necesario, ante todo, poner a salvo la voluntad personal y debe reconocerse alguna unidad de voluntad, ya que el Verbo ha tomado nuestra naturaleza, mas no el pecado que hay en ella. Donde el papa hablaba de una unidad de voluntad moral, trataban los herejes de entender unidad de voluntad física.

El monoenergismo es una herejía que afirma la existencia de un solo tipo de actividad en Cristo, que es la energía divina. La doctrina católica es la existencia de dos formas de energía en Cristo, humana y divina. Esta herejía fue condenada en el Concilio III de Constantinopla, celebrado en el año 681.

¿Hubo herejías que no hicieran referencia a la Santísima Trinidad y al misterio de la Encarnación? Sí. El pelagianismo. Esta herejía como la mayoría de ellas, tomó el nombre de su autor. En este caso de un monje bretón llamado Pelagio, que vivió a finales del siglo IV. Pelagio afirmaba que los seres humanos nacían inocentes, sin mancha del pecado original o heredado. El pecado de Adán no afectó a las generaciones futuras de la humanidad. Los pelagianos, pues, negaban la existencia del pecado original y la necesidad de la gracia para la salvación de las almas.

Está además el semipelagianismo. Esta doctrina quería conciliar las ideas de los pelagianos con la doctrina ortodoxa sobre la gracia y el pecado original. El semipelagianismo esencialmente enseña que la humanidad está manchada por el pecado, pero no al grado de no poder cooperar con la gracia de Dios por nosotros mismos.

La doctrina pelagiana fue refutada por san Agustín, y condenada en varios concilios. El papa san Inocencio I confirmó y renovó las decisiones conciliares contra el pelagianismo, y entonces san Agustín pronunció la famosa frase, tantas veces repetidas: Habló Roma, la causa ha terminado.

También hay otra herejía llamada milenarismo. Según esta herejía Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años, antes del último combate con el mal, la condena del diablo al perder toda su influencia para la eternidad y el Juicio Universal. Esta doctrina errónea tuvo influencia en la Iglesia del siglo II.

Una herejía que apareció en España en el año 380 es el priscilianismo, que debe su nombre a Prisciliano. La doctrina del priscilianismo era una mezcla o fusión de casi todas las herejías anteriores. Los priscilianistas eran antitrinitario, pues negaban el dogma de la Trinidad y defendía una concepción unitaria. Su doctrina trinitaria era sabeliana, al no admitir distinción de personas, sino de atributos o modos de manifestarse en la esencia divina. Además afirmaban que los ángeles y las almas humanas eran, en esencial, de la misma sustancia de Dios. Negaban la encarnación del Verbo, atribuyendo a Jesús un cuerpo sólo aparente. Y predicaba la interpretación individual de la Biblia.

¿Hubo alguna herejía respecto a la veneración de las imágenes? Sí, la iconoclasia. Los seguidores de esta doctrina heterodoxa -los iconclastas- negaban el culto debido a las sagradas imágenes, las destruían y perseguían a quienes las veneraban. Esta herejía tuvo su auge en Bizancio, sobre todo en la época del emperador León III el Isáurico (siglo VIII), que ordenó la destrucción de todas las representaciones de Jesús, de la Virgen María y, especialmente, de los santos.

Las creencias de los iconoclastas son contrarias a las de los iconódulos. Se denomina iconodulía a la veneración (dulía) de imágenes (iconos). La iconodulía se diferencia de la idolatría en que no se adoran las imágenes en sí (como ocurre con la idolatría). El icono es reconocido como espejo de lo divino que ayuda a la meditación y al rezo, pero nunca es adorado.

¿Qué enseñanza se puede sacar de la lucha de la Iglesia contra las herejías? Las herejías acabaron por ser ventajosas para la religión, pues en vez de alterar la pureza de la fe, sirvieron por el contrario, para hacer que ésta brillase con más esplendor, y además dieron ocasión a que la Iglesia formulase más categórica y terminantemente algunos dogmas, y mostrase con evidencia que se apoyaban en la Sagrada Escritura y en la Tradición.

¿Qué hecho ocurrido en el siglo VII dio origen a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz? Al comienzo del siglo VII había en el Imperio Bizantino bastante agitación interna. Esta circunstancia fue aprovechada por el rey Cosroes de los persas que, con sus tropas, invadió parte del Imperio, como era Siria y Asia Menor. Y ciudades de gran tradición cristiana cayeron en su poder: Damasco, Jerusalén, Alejandría… La Ciudad Santa fue conquistada por los persas en el año 614. Y después de la conquista, fue saqueada y arrasada. Y para colmo de males, la reliquia de la Santa Cruz, que se veneraba en una iglesia de Jerusalén después de que fuera encontrada milagrosamente por santa Elena, fue tomada como botín de guerra y conducida a la ciudad de Ctesifonte.

El mundo cristiano se estremeció ante la profanación realizada por los persas. El emperador cristiano, Heraclio, confortado por el patriarca de Constantinopla, se aprestó a recuperar los Santos Lugares y el Santo Madero. Después de invocar al Señor y a su Madre Santísima, emprendió la guerra contra los persas y derrotó una y otra vez al enemigo hasta alcanzar la victoria definitiva. Corría el año 627.

La Sagrada Reliquia de la Pasión del Señor fue recuperada, y para conmemorar este acontecimiento, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que ya se celebraba en muchos lugares, se extendió a todo el orbe cristiano. Antes de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II existía otra fiesta referente a la Santa Cruz. Era la de la Invención de la Santa Cruz. Se celebraba el 3 de mayo para conmemorar el hecho milagroso que protagonizó santa Elena.

Compendio de Historia de la Iglesia. curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 3ª (Reinado de Constantino)

Reinado de Constantino

¿Cuándo acabaron las persecuciones? Diocleciano y Maximiniano se vieron obligados abdicar, y con la muerte Galerio se apaciguó gradualmente la persecución. Las autoridades romanas resolvieron cambiar su política hacia la Iglesia, contando con que casi un 10% de la población del Imperio era ya cristiana.

La verdadera libertad para la Iglesia llegó con el emperador Constantino. Éste era hijo de Constancio Cloro y de santa Elena. Aunque era pagano cuando sucedió a su padre en calidad de César, permitió a los cristianos la libre práctica de su religión.

En el año 313, un año después de la victoria en la batalla del Puente Milvio, dispuso la promulgación del edicto de Milán, que concedía a la Iglesia la plena libertad religiosa.

¿Qué hecho prodigioso ocurrió en vísperas de la batalla del Puente Milvio? Marchaba Constantino hacia Roma, que estaba ocupada por Majencio, hijo de Maximiano. Éste quería adueñarse de los territorios que le correspondía a Constantino. Sabiendo lo poderoso que era el ejército de su rival, y comprendiendo que necesitaba un auxilio extraordinario para vencer en la batalla, Constantino rogó al Dios de los cristianos que se dignase venir en su ayuda. Su oración fue atendida.

Estando acampado en las afueras de Roma, en un lugar llamado Saxa Rubra, hacia el mediodía apareció en el cielo a la vista de todo el ejército una cruz luminosa, alrededor de la cual leían estas palabras: In hoc signo vinces (Con esta señal vencerás). A la noche siguiente Constantino tuvo un sueño en que Jesucristo le mandó hacer un estandarte, tomando como modelo la cruz que había aparecido en el cielo, y que lo llevase en las batalla como salvaguardia contra su enemigo. Hizo Constantino lo que se le había ordenado en sueños. Y lleno de confianza en el auxilio de Dios, libró batalla contra su rival en el Puente Milvio. Majencio fue vencido y en su precipitada fuga se ahogó en el río Tíber. Con esta victoria, Constantino quedó dueño de todo el Occidente. Entró en Roma y fue coronado emperador.

¿Qué hizo Constantino desde aquella victoria en el Puente Milvio? Aunque Constantino no se hizo cristiano hasta el final de sus días, desde el día en que venció a Majencio con la ayuda del Cielo favoreció al cristianismo. Mandó poner por remate en su corona la cruz, prenda de su victoria; dispuso que fuese enarbolada en las banderas de sus legiones y que se colocase en lo más alto del Capitolio, para que allí anunciase al mundo entero el triunfo de Jesús crucificado.

En el año 313 publicó el Edicto de Milán, por el cual se concedía a los cristianos el libre ejercicio de su culto, con la restitución de las iglesias y otros inmuebles de que habían sido despojado. La trascendencia del aquel documento imperial fue inmensa, y acogida con gran gozo por los fieles. Atrás quedaban tres siglos de reprensión imperial. Cesadas las persecuciones y permitido el culto público y la predicación, el auge del cristianismo fue espectacular. Se construyeron muchos templos y los principios morales del Evangelio inspiraron de modo progresivo las leyes civiles y las costumbres de la sociedad.

¿Llegó a ser el cristianismo religión oficial del Imperio? Sí. En el año 380 el emperador Teodosio el Grande promulgó en Tesalónica la constitución Cunctos Populos que ordenaba a todos los pueblos la adhesión al cristianismo, convirtiéndolo en la religión oficial del imperio. Este acto fue, en realidad, una certificación del alto nivel de cristianización que ya tenía la sociedad romana y una medida de cohesión política del Estado, en unos tiempos en los que hallaba en franca disolución.

¿Qué influencia ha tenido la Iglesia en la historia? Aunque las persecuciones romanas acabaron en tiempos del emperador Constantino, la Iglesia de Cristo ha sido perseguida durante toda su existencia.

Cuando consiguió la paz, la Iglesia ha ido dilatando a lo largo de la historia su benéfica influencia a la Humanidad, pero en todo momento ha tenido que superar obstáculos, porque las herejías y la violencia de los poderes públicos han estado presentes dificultando la labor de la Iglesia. Por eso, toda la existencia de la Iglesia ha sido -y es- una lucha continuada. Para hacer frente a sus enemigos, la Iglesia cuenta con la asistencia del Espíritu Santo y la promesa cumplida del Señor que nunca la dejaría. Siempre ha sido fiel en su misión de enseñar la verdad, de inducir a la práctica de las virtudes, y de acudir al socorro de los más necesitados.

Cuando la lucha ha sido más encarnizada, la resistencia más penosa y difícil, las necesidades más apremiantes, Dios siempre ha sacado de sus infinitos tesoros de amor algunos medios auxiliares selectos, privilegiados, y así aparecieron los grandes doctores, los santos y una infinidad de cristianos que vivieron con generosidad las benditas exigencias del Evangelio.

La Iglesia, peregrina y misionera, penitente y caminante, orante y evangelizadora, va por los caminos de la historia entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la Cruz del Señor hasta que vuelva. Y confortada con el auxilio divino, atravesará siglos y siglos, siempre perseguida y siempre triunfante, sin cesar nunca en la afirmación de las verdades contenidas en el Credo y en la impugnación del error. Siempre fiel y constante en la misión que recibió de Jesucristo, trabajando con anhelo para conducir a los hombres a la salvación.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Décima persecución)

Décima persecución

¿Qué emperador ordenó la décima persecución? El emperador Diocleciano fue el que promovió la décima y última de las persecuciones generales, que fue la de mayor duración y la más cruel de todas. Esta persecución tuvo mayor incidencia en la parte occidental de Imperio.

¿A qué se debe esta mayor incidencia en Occidente? Al poco tiempo de ser emperador, Diocleciano dio a Maximiano Hércules el título de Augusto y le hizo compartir el poder con él, de tal forma que Diocleciano gobernaba el Oriente desde Nicomedia, y Maximiano las provincias occidentales del Imperio. Como Maximiano tenía un odio mortal a los cristianos, no cesó de perseguirlos, y a la vez, alentaba a Diocleciano para los persiguiese en las provincias orientales. Por eso mientras la Iglesia de Oriente disfrutaba de paz, en la de Occidente todos los días aumentaba el número de mártires y de confesores de la fe.

¿Cuáles son los mártires más conocidos de la última persecución? El centurión san Marcelo y el escribano imperial san Casiano dieron testimonio de su fe en Tánger. En Roma, san Ginés, que se convirtió al cristianismo parodiando en el teatro las ceremonias del bautismo, y san Sebastián, oficial de la guardia pretoriana. En la Penísula Ibérica, las santas Justa y Rufina, de Sevilla; santa Leocadia, de Toledo; santa Eulalia, de Barcelona; santa Marina, en Galicia; santa Engracia y dieciocho familiares suyos, en Zaragoza. En las Galias: san Víctor, en Marsella; san Luciano, en Beauvais; san Quintín, en Picardía; y en el Valais (Suiza), los soldados de la legión tebana.

¿Cómo murió san Sebastián? Un infeliz apóstata dio parte al sucesor de Cromacio en la Prefectura de Roma de la condición cristiana de Sebastián. Y que era él el que convertía a los gentiles, y el que mantenía en la fe a los cristianos. El Prefecto no se atrevió a arrestarle, por el elevado empleo que ocupaba en la Corte, hasta dar parte al Emperador, informándole de la religión y del celo ardiente del primer capitán de sus guardias. Asombrado Maximiano, mandó traer a su presencia a Sebastián, y con expresión violenta le recriminó su ingratitud por haber intentando atraer la cólera de los dioses contra el Emperador y contra el Imperio, introduciendo hasta en la misma casa imperial una creencia tan perniciosa al Estado.

Sebastián, con tranquila dignidad y con el mayor respeto, confiesa su fe en Cristo. Y a continuación dijo que a su modo de entender no podía hacer servicio más importante al Emperador y al Imperio que adorar a un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar a su deber por el culto que rendía a Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al Príncipe y al Estado como tener vasallos fieles que, menospreciando a los dioses falsos, hiciesen oración incesantemente al Creador del universo por la salud del Emperador y del Imperio.

Las palabras de inocencia y honradez que pronunció Sebastián son completamente inútiles. Irritado el Emperador mandó al instante, sin otra forma de proceso, que Sebastián fuese asaeteado. Aun así, el capitán de la guardia pretoriana agradeció al que le había delatado la oportunidad que le brindaba de morir por Cristo.

Para cumplir la sentencia del César condujeron a Sebastián al estadio del Monte Palatino. Allí fue asaeteado por sus mismos soldados. Dándolo por muerto, es abandonado atado al árbol del suplicio. Los cristianos van a recoger su cuerpo y descubren con admiración y gozo que aún tiene vida. Una ilustre romana, la matrona Irene, viuda del mártir Castulo, lo oculta en su casa y cuida de sus heridas hasta que se restablece plenamente.

Una vez restablecido, Sebastián, -conocedor ahora en carne propia de las inmensas dificultades y atroces tormentos a que son sometidos los cristianos, sin amilanarse lo más mínimo, se siente llamado a dar una prueba más de reciedumbre y entereza cristianas- fue a buscar al Emperador, y en el lugar llamado Mirador de Eliogábalo, comparece espontáneamente ante él para interceder a favor de los cristianos. ¿Es posible, señor -le dice con valor y respeto-, que eternamente os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que perpetuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles y que a solas sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades.

Atónito Maximiano al ver y al oír hablar a un hombre que ya tenía por muerto, le pregunta: ¿Eres tú aquél mismo Sebastián a quien yo mandé quitar la vida, condenándole a que fuese asaeteado? Sí, señor -responde el antiguo capitán de la guardia pretoriana-, el mismo Sebastián soy; y mi Señor Jesucristo me conservó la misma vida, para que en presencia de todo este pueblo viniese ahora a dar público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor a los cristianos.

El Emperador reacciona coléricamente ordenando que fuese allí mismo apaleado hasta que muriese. Orden que fue cumplida al momento. Este segundo y definitivo martirio tuvo lugar en el año 304.

¿Qué ocurrió con la legión tebana? Esta legión del ejército romano de Oriente que procedía de Tebas (Egipto), y cuyos oficiales, entre los que se encontraban Mauricio el tebano, Exuperio y Cándido, se habían convertidos al cristianismo. Igualmente, los soldados eran cristianos.

Estando Maximiano acampado con su ejército en los Alpes, se enteró que los legionarios tebanos eran cristianos, y tomó la resolución de exterminarlos. Dispuso que todo el ejército tuviese parte en los sacrificios que se iban a ofrecer a los dioses del Imperio; pero los soldados de la legión tebana dijeron al emisario imperial: Hemos venido a las Galias para luchar contra los enemigos de Roma y no para renegar de nuestro Dios. Y no obedecieron la orden de Maximiano. Éste, irritado, hizo diezmar la legión tebana; pero el martirio de sus compañeros, en vez de intimidar a los supervivientes les dio más valor. Una nueva orden imperial y fueron diezmados de nuevo aquellos legionarios cristianos. A los que quedaban se les ordenó sacrificar a los dioses. Entonces, san Mauricio escribió al emperador diciéndole: Señor, somos soldados vuestros, pero antes somos siervos de Dios. Os debemos el servicio de la guerra, pero debemos a Dios la inocencia de nuestras costumbres. Si de vos recibimos la paga, Aquél nos ha dado y nos conserva la vida. No podemos obedeceros, renunciando a Dios, Creador nuestro y vuestro, al que habíamos prestado juramento antes de prestarlo a vos. Si hay que escoger entre la obediencia debida a un hombre y la que se debe a Dios, optamos decididamente por ésta… No temáis trastornos ni disturbios por nuestra parte: los cristianos sabemos morir, pero no sublevarnos, y aunque tenemos armas no nos serviremos de ellas; preferimos morir inocentes que vivir culpados.

Exasperado Maximiano, ordenó que los supervivientes de la legión fuesen pasados a cuchillo. San Mauricio y los demás legionarios tebanos depusieron las armas y, sin poner resistencia alguna, se dejaron matar. Solamente se les oyó exhortarse mutuamente a morir de una manera digna y generosa por el nombre de Jesucristo.

¿Firmó Diocleciano nuevos edictos contra los cristianos? Sí. En el año 292, Diocleciano y Maximiano Hércules, para atender mejor las fronteras del Imperio, que todas las partes se hallaban amenazadas, incorporaron cada uno un asociado, que recibió el título de César. Diocleciano tomó a su yerno Galerio, hombre brutal y astuto, y Maximiano eligió a Constancio Cloro, que era una persona benévola y tolerante.

Galerio abrigaba contra los cristianos un odio tan profundo como el de Maximiano, y ambos redoblaron sus esfuerzos para inducir a Diocleciano los antiguos edictos de persecución. Aunque Diocleciano estuvo indeciso durante algún tiempo acabó por ceder, y el 24 de febrero del año 303 firmó un decreto que condenaba a los cristianos al más completo exterminio. Y en ese mismo año promulgó dos nuevos edictos contra los clérigos.

Y aún hubo un cuarto edicto, publicado en el año 304, referentes a todos los fieles. En él se decía: Serán destruidas todas las iglesias y arrojados a la hoguera sus libros. Los cristianos quedarán privados de sus bienes, honores y dignidades y condenados a muerte sin distinción de clase ni condición. Cualquiera podrá perseguirlos ante los tribunales de justicia, y ellos no serán admitidos a reclamar contra ninguna persona. En una palabra: los cristianos quedaban fuera de la ley, sin ningún apoyo ante las autoridades civiles.

¿Con qué nombre se conoce estos años de la décima persecución? El tiempo que duró esta cruel persecución se conoce con el nombre la era de los mártires.

Poco después de la firma de los edictos contra los cristianos, se desencadenó una persecución de la forma más atroz en todas las provincias del Imperio. Sólo las Galias, España y Gran Bretaña, por depender de Constancio Cloro, se vieron libres. Sin embargo la tranquilidad en España duró poco tiempo, porque seguía gobernada por Daciano, y éste, que ya había procurado acabar con el cristianismo, volvió no pocas veces a dejarse llevar de su aversión hacia los fieles y de su espíritu sanguinario, causando numerosas víctimas.

En los demás países que formaban parte del Imperio romano, los cristianos fueron perseguidos con el mayor rigor, y muy pronto las cárceles se llenaron de fieles, hasta el punto de faltar sitio para colocar a los verdaderos criminales. Sufrieron las torturas más horribles, porque los jueces tenían orden de emplear cuantas clases de suplicio pudiesen imaginar. En Roma y Nicomedia se derramó muchísima sangre cristiana; en Egipto diariamente se arrojaba las víctimas a millares. Frigia, que era una ciudad cristiana, fue allanada por el ejército romano e incendiada con todos sus habitantes. Varios papas, centenares de obispos e incalculable número de fieles perecieron en esta persecución, llamada con propiedad la era de los mártires.

Entre los muchísimos que dieron testimonio de su fe en Cristo en la era de los mártires está: santa Lucía, en Siracusa de Sicilia; los papas san Marcelino, san Marcelo I y san Eusebio, y la virgen santa Inés, en Roma; san Pedro, obispo de Alejandría; san Metodio, obispo de Olimpia; y en España, san Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza. En esta ciudad muchos cristianos fueron martirizados en las afueras, tan pronto como salieron expulsados de la población. Su número fue tan considerable, que se los venera bajo la advocación de los Innumerables mártires de Zaragoza.

¿Cómo fue martirizado san Vicente? Daciano encarceló al obispo de Zaragoza, Valero, y a su diácono Vicente, los cuales fueron llevados a Valencia, donde sufrieron un largo y penoso cautiverio. Juzgados, Valero fue condenado al destierro, pero Vicente estaba destinado a pasar por diversas y crueles torturas. Primeramente lo tendieron en el potro y le estiraron los miembros con tal violencia que sus huesos quedaron dislocados. Después dispuso Daciano que le azotasen con varas y le rasgasen los costados con uñas de hierro. Con tal castigo la carne del mártir saltó en jirones y quedaron a la vista sus entrañas. Sin embargo, san Vicente estaba radiante de gozo celestial, sin que el tremendo dolor le arrancase una sola queja.

Confundido Daciano, recurrió a los medios de persuasión y procuró ganar a Vicente con expresiones de hipócrita ternura. El santo diácono le replicó: Lengua de víbora, menos temo los tormentos que tus pérfidas caricias; descarga en mi cuerpo todo el peso de tu furor y yo te haré ver que la fe del cristiano le comunica fuerza invencible. Entonces, viendo que no doblegaba la fortaleza del mártir, Daciano hizo que lo ataran a una parrilla y que la colocaran sobre el fuego. Estando en este suplicio, san Vicente elevó sus miradas al cielo y se unió a Dios en fervorosa oración.

No murió san Vicente en la parrilla, y Daciano lo volvió a encarcelar. En la primera noche de prisión, el calabozo del mártir se llenó de resplandor, y éste unió su voz a la de los ángeles que con cánticos le consolaban. El carcelero, que fue testigo de este hecho maravilloso, se convirtió al momento, y pidió ser bautizado. Enterado Daciano de este prodigio, y considerando que atormentar de nuevo a san Vicente contribuiría a aumentar el esplendor de su triunfo, cambió de táctica. Hizo colocar al mártir en una cama, y llamó a los médicos; pero ya no le faltaba a san Vicente más que ir a recibir la corona, y murió apenas lo pusieron sobre el lecho, como si su alma se negase ya a animar un cuerpo que sólo debía servir para glorificar a Jesucristo.

¿Las persecuciones dieron el resultado deseado por los perseguidores? Las persecuciones no consiguieron el objetivo pretendido, el de acabar con el cristianismo. Defraudaron por completo las expectativas de los paganos, pues por todas las partes los cristianos se mostraban dispuestos a morir, a pesar de los terribles tormentos a que fueran sometidos, antes que renegar de Jesucristo. El resultado es que muchos cristianos, mártires de la fe, alcanzaron el cielo, y la Iglesia apareció resplandeciente por el valor heroico de sus fieles; de suerte que los esfuerzos de los enemigos del cristianismo para destruir la religión de Cristo sirvieron para su magnífico triunfo.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Desde la quinta hasta la décima persecución)

Desde la quinta hasta la décima persecución

¿Quién ordenó la quinta persecución? El emperador Septimio Severo, en el año 203. Al principio de su reinado se mostró favorable a los cristianos; mas duró poco este buen comienzo, porque luego dictó nuevo edicto de persecución, y reaparecieron los tormentos y suplicios. Tan general y sangrienta fue esta persecución, que alcanzó a la Península Ibérica, donde apenas se habían dejado sentir las anteriores.

¿Cuáles son los mártires más notables de esta persecución? San Ireneo, sucesor de san Potino en la sede episcopal de Lyon. Este obispo fue un buen apologista. Debatió en muchas ocasiones acerca del respeto a la tradición apostólica y, en defensa de la fe católica, publicó un célebre tratado contra la herejía. Coronó con su martirio su laborioso y fecundo episcopado. Pero no sólo fue mártir el pastor de la diócesis, sino que cerca de 20.000 cristianos de Lyon también consiguieron la palma del martirio.

No fue menor el encono de los perseguidores de Cartago y su comarca. Aquí dos distinguidas damas Perpetua y Felicidad, a la cabeza de muchos cristianos, marcharon a la muerte con una alegría que sólo podía infundirles el amor de Dios, por quien iban a sufrir martirio.

¿Qué son los apologistas? Los autores de las apologías. La apología es la defensa elogiosa que los teólogos hacen de las verdades de la fe cristiana, refutando las objeciones de sus adversarios. Florecieron sobre todo en los tres primeros siglos, cuando la Iglesia sufrió enconados ataques del paganismo.

¿Cuáles son los apologistas más conocidos? Quizás el más importante fue Tertuliano, sacerdote de Cartago. Entre sus numerosos escritos tiene una elocuente apología para refutar las múltiples calumnias que se propalaban contra los cristianos, escrita poco antes de la persecución de Septimio Severo. En ella decía a los paganos: Somos de ayer, y llenamos ya vuestras ciudades, vuestros campos y fortalezas, el palacio y el Senado: solamente os hemos dejado los templos. Siendo, como somos, numerosos, podríamos recurrir a las armas, sobre todo nosotros que no tememos a la muerte, si no fuera porque, según nuestras máximas, debemos antes morir que matar… ¿Qué hacemos para que merezcamos la muerte? ¡Vosotros, los que juzgáis a los criminales, hablad! ¿Hay entre ellos uno solo que sea cristiano? Tráigase para prueba el registro de los tribunales… Atormentadnos, torturadnos, aplastadnos: vuestra más refinada crueldad no os servirá de nada, porque cuanto más seguéis, más nos multiplicaremos. La sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Antes de Tertuliano hubo otro famoso apologista, san Justino. Éste era filósofo griego. Y después sobresalieron Orígenes, llamado el Príncipe de los Apologistas y Lactancio, que mereció el sobrenombre de Cicerón cristiano.

¿Quiénes ordenaron la sexta y séptima persecución? Los emperadores Maximino y Decio dieron sus nombres a estas dos persecuciones. La primera tuvo lugar en el año 227; y la segunda, en el año 250.

El edicto de Maximino iba dirigido principalmente contra los obispos y sacerdotes, que, en efecto, se vieron perseguidos con el más extremado rigor, habiendo dado la vida por Jesucristo, en esa época, los papas san Ponciano y san Antero, el sacerdote romano san Hipólito, y la virgen santa Bárbara.

El advenimiento de Decio al imperio fue la señal de una de las sangrientas persecuciones que tuvieron que soportar los cristianos. En esta persecución hubo bastantes lapsi (caídos), es decir, cristianos que consistieron en participar en un sacrificio pagano a los dioses de Roma. Pero también innumerables mártires, entre los que están el papa san Fabián; san Basilio, obispo de Antioquía; san Pionio, sacerdote de Esmirna; la virgen mártir santa Águeda, de Palermo.

También sufrió martirio en esta persecución el niño Cirilo, de Cesarea, que fue entregado por su propio padre al juez pagano, al ver la inutilidad de sus esfuerzos para hacerle apostatar. Camino del suplicio, Cirilo decía a los que lloraban viéndole ir a la muerte con tan poca edad: En lugar de llorar os regocijaríais como yo, si conocierais la esperanza que me anima.

¿Hubo otras persecuciones en el siglo III? Sí, la octava persecución decretada por el emperador Valeriano en el año 257 y la novena, durante el imperio de Aureliano, en el año 274. Este emperador, que al principio se mostró benigno con los cristianos, acabó por desenterrar los sangrientos edictos de sus predecores.

En la primera de estas persecuciones fueron martirizados en Roma el niño san Tarsicio, el papa san Sixto II y su diácono san Lorenzo; en Cartago, el obispo san Cipriano; y en España, san Fructuoso, obispo de Tarragona, y sus diáconos san Augurio y san Eulogio. Y en la segunda, el papa san Félix I.

A san Tarsicio se le conoce como el niño mártir de la Eucaristía y Patrón de los monaguillos. Ésta es su historia: Valeriano, emperador romano duro y sanguinario, perseguía a los cristianos como enemigos del Imperio y estaba dispuesto a acabar con ellos. Los cristianos se escondían en las catacumbas o cementerios romanos para poder celebrar la Eucaristía. Con alguna frecuencia, los soldados los sorprendían llevándolos al martirio.

Un día que celebraba la Eucaristía el papa Sixto II en las catacumbas, se acordó de los cristianos que estaban en la cárcel y que no tenían sacerdote, y sintió gran lástima hacia ellos porque no podían fortalecer su espíritu para resistir en la lucha, si no recibían el cuerpo del Señor. Pero, ¿quién sería el alma generosa que se ofreciera para llevarles el Cuerpo de Cristo? Muchos se ofrecieron voluntarios, entre ellos Tarsicio, que tenía once años. Tarsicio dijo al Papa: Padre, nadie sospechará de mí por mis pocos años.

El Papa tomó las Sagradas Formas y las colocó con gran devoción en un relicario, diciéndole a Tarsicio: Cuídalas bien, hijo mío. El niño dijo: Descuide, Padre, que nadie las tocará; antes pasarán por mi cadáver. Al poco rato de salir de las catacumbas, se encontró Tarsicio con unos muchachos de su edad que estaban jugando. Hola, Tarsicio, juega con nosotros. Necesitamos un compañero. Tarsicio, mientras apretaba sus manos sobre su pecho, dijo: No, no puedo. Otra vez será. Entonces, uno de aquellos mozalbetes exclamó: A ver, a ver. ¿Qué llevas ahí escondido? Se acercaron a él, lo zarandearon y lo derribaron a tierra. Los agresores intentaron abrir los brazos de Tarsicio sin conseguirlo. Entonces comenzaron darle pedradas, cada vez con más fuerza y más rabia. Tarsicio, en el suelo, iba derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se saldrán con la suya, pensaba para sí Tarsicio, mientras encomendaba su alma a Dios. Por nada del mundo permitió que le robasen aquellos Misterios a los que amaba más que a sí mismo.

Momentos después pasó por allí Cuadrado, un fornido soldado que estaba en el periódo de catecumenado y que por eso conocía a Tarsicio. Al verle, los brutales niños huyeron corriendo. Poco después, Tarsicio agonizó llevado en brazos de Cuadrado hacia las catacumbas donde estaba el Papa. Al llegar, Tarsicio ya había entregado su alma a Dios.

¿Cómo fue martirizado san Lorenzo? San Lorenzo era el diácono de la Iglesia de Roma y depositario de los fondos destinados al sostenimiento de los pobres. Al ver san Lorenzo como el papa san Sixto II era llevado al martirio, lamentaba profundamente ser separado del papa, pero éste le dijo: ¡Ánimo, hijo mío, que no tardarás en seguirme! Entretanto apresúrate a distribuir en limosnas los tesoros que te están confiados.

Y efectivamente, tres días después se cumplió esta predicción. El prefecto de Roma mandó buscar a san Lorenzo y, cuando éste compareció ante él, le dijo el prefecto: Asegúranme que vuestra Iglesia es muy rica, y que posee gran cantidad de vasijas de oro y plata, aparte de otros grandes tesoros. Entrégamelo todo, el emperador lo necesita. San Lorenzo contestó que ya no tenía en su poder ninguna riqueza, porque los bienes de que era administrador los había distribuido entre los pobres.

Entonces el prefecto hizo que azotasen primeramente al santo diácono, y después que fuera tendido en una parrilla candente. Colocado en ella, san Lorenzo se puso a hacer oración sin que de su boca saliera la menor queja. Pasado un rato dijo con total serenidad a su verdugo: Ya estoy bastante asado de este lado; vuélveme del otro y come, si quieres. Poco después murió, rogando a Dios por la conversión de Roma, que había sido regada ya con la sangre de tantos mártires.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Tercera y cuarta persecuciones)

Tercera y cuarta persecuciones

¿Cuándo tuvo lugar la tercera persecución? A comienzos del siglo II, bajo el imperio de Trajano. En el año 106, Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador para consultarle sobre la conducta que debía seguir respecto de los cristianos. En la carta, refiriéndose a los cristianos, le decía: Todo su crimen consiste en cantar himnos en honor de Cristo. Son numerosos: los hay de toda edad y estado, tanto en las poblaciones como en el campo, de modo que los templos de nuestros dioses se ven casi desiertos. Por lo demás, su vida es pura e inocente. En la respuesta, Trajano decía que no debía andar en averiguaciones con relación a los cristianos, pero si eran acusados y convictos de serlo, debía condenarlos a muerte.

Un escritor cristiano de los primeros siglos -Tertuliano- comentó: Sentencia extraña, pues prohíbe hacer indagaciones sobre si los cristianos son inocentes y, sin embargo, manda castigarlos como si fuesen culpables.

¿Cuáles son los mártires más conocidos de esta persecución? En la persecución de Trajano los mártires más notables son el papa san Clemente I; san Ignacio, obispo de Antioquía; y el obispo san Simeón, que fue el sucesor del apóstol Santiago el Menor en la sede de Jerusalén. Este santo obispo era ya centenario en edad cuando fue reducido a prisión por la fe; y después de haber sufrido muchos tormentos, tuvo la dicha de morir en una cruz como Nuestro Señor Jesucristo, de quien era pariente.

Durante el reinado de Adriano, sucesor de Trajano, aunque el emperador se mostró tolerante, hubo también muchos mártires, entre los que figuran santa Sinforosa y sus siete hijos.

¿Por qué escribía cartas san Ignacio cuando fue llevado de Antioquía a Roma para ser martirizado? San Ignacio, discípulo del apóstol san Juan y segundo sucesor de san Pedro en la sede de Antioquía, venía siendo, desde hacía cuarenta años, la admiración de la Iglesia por sus eminentes virtudes. En una visita de Trajano a Antioquía, el emperador hizo que lo llevasen a su presencia, y después de un largo interrogatorio fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio.

El viaje de san Ignacio fue un continuo triunfo y una provechosa misión: por todas partes los fieles cristianos salían a su encuentro para besar sus cadenas y mostrarle profunda veneración. Durante el viaje, mientras experimentaba la ferocidad de sus centinelas, semejante a la de los leopardos, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias, en las cuales exhortaba a los hermanos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a que no le impidiesen poder ser inmolado como víctima por Cristo.

En cuanto llegó a Roma, fue llevado al anfiteatro, y al ver los leones que se iban a lanzar sobre él, repitió, lleno de júbilo, aquello que antes había escrito a los romanos: ¡Trigo soy de Cristo y debo ser triturado por los dientes de las fieras para hacerme digno de Jesucristo! Momentos después veía cumplidos sus ardientes deseos. Los fieles recogieron sus ensangrentados y sagrados restos, y los enviaron a la Iglesia de Antioquía. Era el año 107.

¿Transcurrió tiempo entre la tercera y cuarta persecución? Sí, seis décadas. La cuarta persecución tuvo lugar bajo el reinado de Marco Aurelio, en al año 167. El emperador, prevenido contra los cristianos por las calumnias que se divulgaban, renovó los edictos de persecución que se habían dictado contra ellos.

Como mártires más notables están: San Policarpo, obispo de Esmirna (Asia Menor), martirizado en tiempos del reinado de Antonino Pío; en Roma fue martirizada santa Felicitas y sus siete hijos; también en la capital del Imperio dieron testimonio de su fe con el martirio san Justino, apologista de la religión cristiana, y la virgen santa Cecilia; y en las Galias, san Potino, primer obispo de Lyon, y san Sinforiano de Autún. Éste último era un joven, que supo mantener valerosamente su fe en presencia del juez pagano y fue condenado a morir decapitado. Cuando lo llevaban al patíbulo, su misma madre le exhortaba al martirio con estas palabras: ¡Mi querido hijo Sinforiano: acuérdate de Dios, ten valor! No se debe temer una muerte que nos lleva seguramente a la vida. Mira al cielo, hijo mío; desprecia los tormentos de un instante, que han convertirse en felicidad eterna.

San Potino, discípulo de Policarpo, fue la primera víctima de la persecución de Lyon, de donde era obispo. Como ya no podía andar a causa de su ancianidad, fue llevado al tribunal del Procónsul, donde confesó públicamente la fe de Jesucristo. Entregado con tal motivo a discreción del populacho desenfrenado, expiró en la cárcel dos días después, víctima de la violencia que había sufrido.

Otros muchos cristianos alcanzaron la palma del martirio a la vez que el santo obispo. Entre ellos, el adolescente de 15 años san Póntico, hermano de la joven esclava Blandina. Ésta, a pesar de su débil complexión, se mostró valiente en la fe, y con energía sobrehumana cansó a los verdugos encargados de martirizarla, repitiendo en medio de las mayores torturas: ¡Soy cristiana! Nosotros no hacemos mal a nadie ni cometemos ningún crimen.

¿Se conocen detalles del proceso y martirio de san Policarpo? Sí. Existe la Pasión de san Policarpo. Se entiende por Pasión de un mártir al relato de su proceso y de su suplicio.

San Policarpo fue denunciado por uno de sus sirvientes que también indicó el sitio donde se había refugiado, y fue hecho preso. Presentado al procónsul de Asia, éste quiso al principio inducirle a que renegase de la fe, diciéndole: Compadécete de ti mismo, maldice a Cristo, y te daré la libertad. San Policarpo contestó: ¿Por qué he de maldecirle? Hace ochenta y seis años que le sirvo y no me ha hecho sino bien. ¡soy cristiano! Si queréis conocer la doctrina de los cristianos, concededme sólo un día y os instruiré en ella.

Al oír estas palabras, el procónsul le ordenó: Justifícate ante el pueblo, y persuádele. San Policarpo le dijo: No; nuestra religión nos enseña a tributar los honores debidos al que está en el poder, siempre que no son sean incompatibles con la ley de Dios; debo, pues, contestaros cuando me preguntéis, pero como el pueblo no es mi juez, ninguna obligación tengo de justificarme ante él.

Irritado, el proncósul le amenazó: ¿Sabes tú que puedo mandar que te echen a las fieras? A lo que san Policarpo respondió con calma: Ya podéis hacerlas preparar. El procónsul de nuevo le amenaza, esta vez con un castigo mayor: Te haré morir abrasado. Y el santo obispo de Esmirna dijo: Me amenazáis con un fuego que sólo quema un momento, y es porque no conocéis el fuego eterno que está reservado a los impíos.

A petición del pueblo, el procónsul condenó a san Policarpo a ser quemado vivo. Cuando todo estaba preparado, el mártir se subió encima de la leña, dejando entrever su gozo; como quisieran atarlo a un poste, díjoles: Dejadme; es inútil esa precaución, toda vez que el me da fuerzas para sufrir me las dará también para mantenerme firme en medio de las llamas. Y dicho esto, se puso en oración.

Algunos instantes después prendieron fuego a la leña, y se levantaron grandes llamas; pero, por un milagro que llenó de consuelo a los fieles, las llamas, en lugar de abrasar a san Policarpo, se desplegaron alrededor de su cabeza como las velas de un barco henchidas por el viento. Se pusieron furiosos los paganos, y pidieron a gritos que le atravesasen de una estocada. Así se hizo, y, por un nuevo prodigio, la sangre del santo mártir apagó el fuego.

¿Hubo alguna tregua durante esta persecución? Sí. Hubo una tregua motivada por el siguiente hecho milagroso. Hallándose Marco Aurelio en guerra con los marcomanos, pueblo bárbaro y errante de Germania, se encontró cercado por ellos en un estrecho desfiladero, donde se había metido imprudentemente. El calor era asfixiante, y falto de agua el ejército romano se veía en la cruel alternativa de morir de sed o caer en manos del enemigo que se había posesionado de las alturas. En tan apurado trance, los soldados de la legión Melitina, cristianos en su mayor parte, doblan la rodilla e imploran el socorro de Dios con esa fe viva y ardiente que obra milagros. De repente se cubre el cielo de nubes, y mientras una benéfica lluvia refresca el campamento romano, un espantoso pedrisco, acompañado de truenos y relámpagos, destroza y dispersa las tropas enemigas. Desde entonces se dio el nombre de Fulminante a la legión Melitina. Este hecho ocurrió en el año 174.

El mismo emperador reconoció en una comunicación dirigida al Senado, que el ejército romano debía su salvación a las oraciones de los cristianos, y por ello prohibió que los molestaran en lo sucesivo bajo pretexto de religión.

Para conservar el recuerdo de aquel acontecimiento, lo hizo grabar Marco Aurelio en el pedestal de una columna que todavía existe en Roma, y es conocida con el nombre de Columna Antonina. Desgraciadamente olvidó pronto el emperador el gran beneficio recibido, y, apenas transcurridos tres años, el fuego de la persecución volvió a encenderse en las Galias, especialmente en la ciudades Autún y Lyon.

Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Persecuciones de la Iglesia)

Persecuciones de la Iglesia

¿Por qué los cristianos fueron perseguidos en el Imperio romano? El cristianismo se expandió rápidamente por el Imperio romano, primero entre los judíos y luego entre todos los gentiles. Este rápido crecimiento fue facilitado por la unidad y tranquilidad social del Imperio. Además contribuyó en la difusión del cristianismo el buen sistema de comunicación con las calzadas romanas, una relativa estabilidad institucional y el desarrollo de una cultura común que utilizaba como lenguas universales el latín y el griego.

La expansión del cristianismo provocó enfrentamientos con las autoridades romanas, lo que fue objeto de sangrientas y crueles persecuciones. La causa de los primeros recelos imperiales hacia los cristianos fue la identificación inicial con los judíos, cuya destrucción procuraba Roma. No obstante, fueron los judíos los instigadores de las primeras persecuciones. Para estos, la conversión al cristianismo significaba romper con la comunidad religiosa, la sinagoga. Los conversos eran considerados traidores. Por este motivo, ya los judíos habían provocado persecuciones en Siria y Palestina.

Sin embargo, para los paganos la conversión no supuso en principio un problema, pues en el Imperio se había establecido libertad para los diversos cultos y religiones. Las dificultades surgieron cuando las autoridades romanas impusieron el culto obligatorio al emperador y a Roma en todo el Imperio. Los cristianos eran buenos súbditos del emperador, pero se negaron a darle culto de adoración. Antes que caer en el pecado de idolatría estaban dispuestos a morir. Por eso el Imperio los acusó de “ateísmo” y de “superstición ilícita”.

Se puede resumir en tres las causas de las persecuciones: a) Roma tenía su religión oficial y vio en el cristianismo una amenaza para el prestigio de sus divinidades; b) El paganismo había provocado costumbres decadentes en el Imperio. Los cristianos encarnaban un nuevo tipo de conducta moral que dejaba en evidencia los vicios paganos; y c) Los cristianos fueron víctimas de calumnias por parte de los paganos, que los acusaban de ser enemigos del Imperio y propagaban contra ellos toda clase de infamias. Especialmente eran los sacerdotes de los ídolos los que propalaban las atroces calumnias.

¿Qué géneros de violencia se emplearon en las persecuciones? No hubo género de violencia a que no se acudiese para doblegar la constancia de los cristianos: unos eran desterrados; otros encerrados en oscuros calabozos; también se les despojaba de sus bienes; asimismo otros eran condenados a trabajar en las minas como esclavos; y se les quitaba la vida con los más crueles tormentos.

Las persecuciones fueron muy crueles y ocasionaron numerosos mártires. A la vez, tuvieron efectos positivos: ayudaron a fortalecer la fe de los creyentes; mantuvieron la unidad de la doctrina y contribuyeron a que se observarse la pureza de las costumbres.

¿Qué son las catacumbas? Para ponerse a cubierto, en lo posible, de los peligros que amenazaban la fe, los fieles de Roma se refugiaban en galerías subterráneas, situadas cerca de la ciudad. Estas galerías son conocidas con el nombre de catacumbas. Allí los cristianos se reunían para celebrar los santos misterios de la Religión cristiana. También en las catacumbas se enterraban los restos mortales de los cristianos, especialmente de los mártires. En estos venerables lugares se encuentran aún hoy día preciosos vestigios del primitivo arte cristiano.

¿Cuánto tiempo duraron las persecuciones romanas? Aproximadamente durante tres siglos, desde la de Nerón, en los años 64-67, hasta la de Diocleciano, la mayor de todas, a comienzos del siglo IV.

No todo este tiempo fue de persecución. Durante los tres siglos, hubo períodos de tolerancia y de paz para los cristianos. Comúnmente se habla de diez persecuciones generales, porque fueron decretadas o autorizadas por los emperadores y se hacían extensivas a la mayor parte de los pueblos que integraban el Imperio romano.

¿Cuándo fue la primera persecución? La primera persecución de Roma contra la Iglesia fue suscitada por el emperador Nerón, en los años 64-67. El origen de la persecución fue un incendio provocado al parecer por el mismo emperador en la ciudad de Roma, en el que las llamas devastaron gran parte de la Urbe. Para desviar sospechas se acusó a los cristianos de ser los autores del incendio, y se les impuso los más terribles castigos.

Al principio la persecución se circunscribió a la capital del Imperio, donde la sangre derramada por los mártires cristianos fue bien abundante. Más tarde, la persecución se extendió a otras provincias de la Península Itálica.

Fue especialmente despiadada esta persecución, pues se puso en práctica un refinamiento de crueldad desconocido hasta entonces. Cubrían a unos con pieles de animales para entregarlos a perros hambrientos; vestían a otros con sacos embadurnados de pez y azufre, colgándolos después en postes, donde les prendían fuego, y alumbraban así por las noches los jardines del palacio imperial. Se organizaban en estos jardines, para diversión del pueblo, carreras nocturnas de cuadrigas al resplandor de tan horribles antorchas.

¿Cuáles fueron los mártires principales de esta persecución? Los apóstoles san Pedro y san Pablo.

El papa Benedicto XVI hablando del martirio de san Pablo dijo: Su martirio se narra por primera vez en los “Hechos de Pablo”, escritos hacia finales del siglo II, los cuales refieren que Nerón lo condenó a muerte por decapitación, ejecutada inmediatamente después. La fecha de la muerte varía ya en las fuentes antiguas, que la sitúan entre la persecución desencadenada por Nerón mismo tras el incendio de Roma en julio del año 64 y el último año de su reinado, es decir, el 68. El cálculo depende mucho de la cronología de la llegada de san Pablo a Roma, un debate en el que no podemos entrar aquí. Tradiciones sucesivas precisarán otros dos elementos. Uno, el más legendario, es que el martirio tuvo lugar en las “Acquae Salviae”, en la vía Laurentina, con un triple rebote de la cabeza, cada uno de los cuales causó la salida de un chorro de agua, por lo que el lugar desde entonces hasta ahora se ha llamado “Tre Fontane” (Hechos de Pedro y Pablo del Pseudo Marcelo, del siglo V). El otro, en consonancia con el antiguo testimonio del presbítero Gayo, es que su sepultura tuvo lugar no sólo “fuera de la ciudad…, en la segunda milla de la vía Ostiense”, sino más precisamente “en la hacienda de Lucina”, que era una matrona cristiana (Pasión de Pablo del Pseudo Abdías, del siglo VI). Aquí, en el siglo IV, el emperador Constantino erigió una primera iglesia, después muy ampliada entre los siglos IV y V por los emperadores Valentiniano II, Teodosio y Arcadio. Después del incendio de 1800, se erigió aquí la actual basílica de San Pablo extramuros.

San Pedro fue primeramente encarcelado en hediondo calabozo de la cárcel Mamertina. Estando en la prisión no dejó de trabajar por la salvación de las almas. Sus carceleros Proceso y Martiniano, por las palabras de san Pedro, creyeron en Jesucristo, y fueron bautizados con el agua que el Príncipe de los Apóstoles hizo brotar milagrosamente en un rincón del calabozo. Después fue condenado a morir crucificado. El Apóstol pidió que lo clavasen hacia abajo, porque se consideraba indigno de morir en la misma forma que su divino Maestro. Fue enterrado en el monte Vaticano, donde actualmente está la Basílica de San Pedro.

¿Cuál es la tradición del “Quo vadis”? Según una antigua tradición (que ha tenido magnífica expresión literaria en una novela de Henryk Sienkiewicz), durante la primera persecución contra los cristianos, decretada por Nerón, los cristianos aconsejaron a san Pedro que abandonase Roma. El primer papa, después de dudar mucho decidió seguir este consejo. El Apóstol acompañado por un joven llamado Nazario se alejaba, silencioso y sumido en el dolor, de la capital del Imperio a través de la campiña romana. De pronto le pareció que el sol venía hacia ellos.

¡Mira, Nazario!

¿Qué ocurre, señor? ¿Qué pasa? No distingo bien…

¿No ves esa claridad que se acerca?

No veo nada, padre.

¡Es un hombre! ¡Un hombre que viene hacia nosotros, envuelto en los fulgores del sol!

A continuación san Pedro cayó de rodillas y de sus labios brotaron estas palabras: ¡Cristo! ¡Cristo!

Y tras un breve silencio murmuró, entre sollozos: Quo vadis, Domine? (¿A dónde vas, Señor?)

San Pedro escuchó entonces una voz dulce y triste que decía: A Roma, puesto que tú huyes, para que me crucifiquen de nuevo en tu lugar.

San Pedro comprendió enseguida que su lugar estaba en Roma. Se levantó y, en silencio, dio la vuelta hacia la ciudad de las Siete Colinas.

Nazario, que no había visto ni oído nada, sorprendido, preguntó: Quo vadis, Domine?

¡A Roma, hijo mío!, respondió san Pedro.

¿Quién ordenó la segunda persecución? Aunque no se habían revocado los edictos persecutorios contra los seguidores de Cristo que promulgó Nerón, los cristianos gozaron de algún respiro durante los reinados de los emperadores Vespasiano y Tito.

Tampoco Domiciano los persiguió en sus primeros años; pero más tarde se empeñó en ser adorado como dios, y porque los cristianos se negaron a ello, en el año 95 ordenó que se cumpliesen rigurosamente por todas las regiones del Imperio los antiguos edictos de persecución. Y lo hizo con tanta saña que parecía que había heredado toda la crueldad de Nerón.

Entre los muchos cristianos, de toda edad y condición, que murieron, víctimas de la ferocidad de Domiciano, se cuentan su primo, el cónsul Flavio Clemente, y su sobrina Flavia Domitila.

¿Fue martirizado el apóstol san Juan? El evangelista san Juan participó en el primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén (año 50). De Palestina marchó a Éfeso. No se sabe si Juan llevó a esta ciudad de Asia Menor a la Santísima Virgen, o ésta ya había sido asunta al Cielo.

En tiempos del emperador Domiciano sufrió destierro en la isla de Patmos, donde escribió con luz profética el Apocalipsis. Pero antes de ser desterrado, según la tradición, se le condenó a ser arrojado a una tinaja de aceite hirviendo, pero Dios le conservó milagrosamente la vida. De nuevo en Éfeso, a la vuelta del destierro, es cuando Juan, solícito por el cuidado de la Iglesia, escribió inspirado tres cartas y el Evangelio. Hasta el final de su vida -ocurrida al comienzo del imperio de Trajano (años 98 al 117)- fue constante en su desvelo para que se mantuvieran la pureza de la fe y la fidelidad al mandamiento del amor fraterno.

Y es el amor, la caridad, el tema predominante de sus escritos. Identifica a Dios con la caridad –Dios es caridad (1 Jn 4, 16)- y nos transmite con fidelidad el mandato nuevo del Señor. San Jerónimo, en su Comentario sobre la epístola a los Gálatas, cuenta lo siguiente: El apóstol san Juan, al final de su vida, cuando vivía en Éfeso, siempre hacía la misma exhortación a los fieles que acudían a verle: “Hijitos, amaos unos a otros”. Tal era la insistencia, que sus discípulos le preguntaron: “¿Por qué siempre dices esto?” Y les respondió: “Porque éste es el precepto del Señor y su solo cumplimiento es más que suficiente”.