Archivo de la etiqueta: Clases

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima primera. Apogeo y ruina del imperio babilónico

Lección trigésima primera

Apogeo y ruina del imperio babilónico

¿Cómo comienza el libro del profeta Daniel? El libro de Daniel comienza contando cómo Daniel, uno de los jóvenes judíos deportados a Babilonia, y tres compañeros suyos (Ananías, Misael y Azarías) entraron al servicio del rey Nabucodonosor II. Y cómo reciben de Dios una sabiduría extraordinaria. Además, el Señor concedió a Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños.

En el libro de este profeta buena parte del contenido es más legendario que histórico, por lo que conviene tener cierta cautela a la hora de tomar todo lo narrado como histórico. Por ejemplo, en el capítulo 6, donde se narra el episodio de Daniel en el foso de los leones, aparece Darío el Medo. De este personaje no hay noticia alguna en la historia. El hecho de contar este episodio es una forma de recalcar cómo Dios salva a los que cumplen las exigencias de la religión judía.

¿Cuál fue el primer sueño que interpretó Daniel? Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey cuál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

¿Cuál la interpretación que le dio a ese sueño? Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

¿Cuál es el mensaje de la interpretación del sueño? La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

¿Gozaron siempre los compañeros de Daniel del favor real? No. Nabucodonosor era muy engreído y orgulloso. Con motivo de sus importantes victorias sobre sus enemigos se llenó de soberbia y se hizo representar por una estatua de oro, y mandó que la adorasen todos sus súbditos y vasallos. Un heraldo del rey proclamó: A vosotros, pueblos, naciones y lenguas, se os ordena: en el momento en que oigáis tocar el cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, os postraréis y adoraréis la estatua que ha erigido el rey Nabucodonosor. Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido (Dn 3, 4-6). Pero Ananías, Misael y Azarías no se postraban ante la estatua, y por esto fueron acusados ante el rey. Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de la provincia de Babilonia, Sadrac, Mesac y Abed-Negó (estos eran los nuevos nombres de los compañeros de Daniel), y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido (Dn 3, 12). Entonces el rey mandó traer a los tres jóvenes hebreos y les preguntó por qué no adoraban la estatua de oro. Sadrac, Mesac y Abed-Negó contestaron al rey Nabucodonosor diciendo: “Nosotros no necesitamos darte respuesta sobre esto. Si existe nuestro Dios, al que adoramos, Él puede librarnos del horno encendido, y Él nos librará, oh rey de tus manos. Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido” (Dn 3, 16-18). Ante esta respuesta, el rey ordenó que los tres jóvenes fueran arrojados al horno. Pero un ángel del Señor los preservó del fuego, de modo que andaban por medio de las llamas bendiciendo a Dios y cantando alabanzas. En vista de tal prodigio, dispuso Nabucodonosor que los sacasen del horno, y glorificó al Dios de Israel.

¿Castigó Dios la soberbia de Nabucodonosor? Sí. Mientras Nabucodonosor II se hacía adorar como una divinidad, tuvo Daniel el valor necesario para anunciarle que algún día habría de verse reducido a la condición de las bestias, y obligado a separarse de las personas por algún tiempo. Y tal como lo profetizó Daniel, ocurrió. Al cabo de doce meses estaba paseando el rey por el palacio real de Babilonia y contemplaba la magnificencia de las obras que había mandado hacer en la capital de su reino, mientras decía: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado para residencia real conforme a la grandeza de mi poder y según la gloria de mi majestad? (Dn 4, 27). Todavía estaba Nabucodonosor autoensalzándose cuando oyó una voz del cielo, diciéndole: A ti te hablan, rey Nabucodonosor. Se te ha quitado el reino. Te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo; te darán a comer hierba como a los toros, y así pasarás siete años hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres y que Él lo da a quien quiere (Dn 4, 28-29). Y al instante se cumplió esta palabra. Nabucodonosor fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas, y las uñas como las de las aves (Dn 4, 30). Sin embargo, al cabo de un tiempo recobró la razón, se humilló ante Dios, y volvió a ocupar el trono, reinando a partir de entonces con más esplendor que antes.

¿Por qué Daniel fue arrojado a un foso con leones? Un sucesor de Nabucodonosor, Darío el Medo, viendo cómo Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas porque poseía un espíritu superior, pensó ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los cortesanos acusaron a Daniel de no obedecer las leyes del rey. Éste, que apreciaba mucho a Daniel, cuando oyó la acusación se disgustó mucho, y se puso a pensar la manera de salvarlo, pues la pena por no obedecer los decretos reales era ser arrojado al foso de los leones. Pero los acusadores le dijeron al rey: Sabes, majestad, que la ley de medos y persas es que cualquier prohibición o decreto que el rey haya establecido no se puede cambiar (Dn 6, 16). Entonces el rey, muy a pesar suyo, mandó que Daniel fuera arrojado al foso de los leones. Pero Dios preservó a Daniel de las garras de los leones, enviando un ángel que cerró las fauces de aquellas fieras. Al cabo de siete días, el rey vio con asombro vivo a Daniel, sin ningún rasguño, porque había confiado en Dios. Luego ordenó el rey que los calumniadores fueron arrojados al foso de los leones y no habían llegado aún al suelo del foso y ya los leones los habían atrapado y triturado todos sus huesos.

En vista de este milagro, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan toda la tierra: Que aumente vuestra paz. De mi parte queda establecido el decreto de que en todos los dominios de mi reino se tiemble y se tema ante el Dios de Daniel. Él es el Dios vivo, que permanece por los siglos. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel del poder de los leones (Dn 6, 26-28). Después de este suceso, Daniel prosperó en el reinado de Darío y en el reinado de Ciro el Persa.

¿Cómo fue la ruina de Babilonia? Al poderoso imperio babilónico le llegó la hora de su fin, de ser destruido, cuando Ciro, rey de Persia, después de haber conquistado los reinos de Media y Lidia, dirigió sus ejércitos contra el de Babilonia. En el año 539 antes de Cristo el rey Nabónido fue vencido y capturado en Borsipa, ciudad caldea. Baltasar (en el libro de Daniel figura como rey, aunque sólo era gobernador de Babilonia) tomó las riendas del poder y creyéndose seguro detrás de las fortificadas murallas de la capital, descuidó la defensa de la ciudad, pues no se preocupaba más en placeres y orgías.

En un gran banquete que dio Baltasar a sus nobles, se puso a beber vino. Bajo el efecto del vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y plata que su padre; Nabucodonosor, se había llevado del Templo de Jerusalén, y que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que se habían llevado de Templo de Jerusalén, bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y piedra. En aquel momento aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro sobre el revoque del muro del palacio real; y el rey veía la palma de la mano que iba escribiendo. Entonces el semblante del rey palideció y sus pensamientos le turbaron; las articulaciones de las caderas se le aflojaron y las rodillas le chocaban una contra otra (Dn 5, 2-6). Aterrorizado Baltasar mandó llamar a los sabios de Babilonia, pero ninguno supo siquiera leer aquel misterioso escrito.

Entonces se acordó de Daniel, y le hizo comparecer. Una vez en su presencia, Baltasar le dijo a Daniel: He oído acerca de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y darme a conocer su interpretación, vestirás de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en autoridad en el reino (Dn 5, 16). Daniel rechazó todos aquellos honores y le dijo a Baltasar: Yo leeré al rey lo escrito y le daré a conocer su interpretación (Dn 5, 17). Y después de recordarle a Baltasar la conducta soberbia del rey Nabucodonosor y su castigo hasta que reconoció el dominio del Dios Altísimo, le dijo: Te has alzado contra el Señor del cielo y te han traído los vasos de su Templo, y tú, tus nobles, tus mujeres y tus concubinas habéis bebido vino en ellos. Has ensalzado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen; mientras que al Dios en cuyas manos está tu vida y al que pertenecen todos tus caminos no lo has glorificado. Por eso, Él, por su parte, ha enviado la palma de esa mano que ha grabado el escrito. Éste es el escrito grabado: Mené, mené, teqel y ufarsin. Y la interpretación de las palabras es ésta: Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; Tequel: ha sido pesado en la balanza, y se te encuentra falto de peso; Ufarsin: tu reino ha sido dividido, y entregado a medos y persas (Dn 5, 23-28).

¿Se cumplió lo anunciado en aquellas misteriosas palabras? El terrible vaticinio se cumplió aquella misma noche, pues fue asesinado Baltasar. Y los persas, después de haber desviado las aguas del río Éufrates, penetraron en Babilonia por el cauce de aquel río, y se apoderaron de la ciudad. Poco tiempo después Ciro entró triunfalmente en la capital entre las aclamaciones del pueblo y de los sacerdotes, y presenció el asalto y la toma de la formidable ciudadela de Nabucodonosor II, que se resistía. Tomado el palacio real, el imperio de Babilonia pasó a manos de Ciro. Era el año 538 antes de Cristo.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima. Cautividad de Babilonia

Lección trigésima

Cautividad de Babilonia

¿Quiénes fueron los últimos reyes de Judá? El inmediato sucesor de Josías fue su hijo Joacaz. Pero éste reinó muy poco tiempo -tres meses- pues el rey de Egipto Necó II lo destronó de Jerusalén y lo hizo prisionero, llevándoselo a Egipto donde murió. Además impuso al país el pago de cien talentos de plata y uno de oro. Destronado Joacaz, el faraón puso en el trono de Judá a Eliaquim, hijo también de Josías, cambiándole el nombre por el de Joaquín. Esto ocurría en el año 608 antes de Cristo. Joaquín I, muy débil de carácter y además entregado a la idolatría, pagó el tributo a Necó II, y, a pesar de las terribles amenazas de los profetas Jeremías y Baruc, desoyó las advertencias del cielo. Su reinado de Joaquín I se caracterizó por la corrupción y la injusticia; él fue el responsable del asesinato del profeta Urías, y no quiso escuchar la palabra del Señor por boca de Jeremías.

A Joaquín I, muerto en el año 598 antes de Cristo, le sucedió su hijo, también llamado Joaquín -Joaquín II-. Éste reinó poco tiempo, pues llevado cautivo a Babilonia por Nabucodonosor. El rey de Babilonia puso en el trono de Judá al tío de Joaquín II, llamado Matanías, al que le fue cambiado el nombre por el de Sedecías. Éste fue el último rey de Judá.

¿Cuándo comenzó la cautividad de Babilonia? Hubo dos deportaciones. La primera durante el reinado de Joaquín II, en el año 597 antes de Cristo, aunque antes ya algunos jóvenes judíos habían sido llevados a Babilonia. En el año 612 antes de Cristo, aún durante el reinado de Josías, Nínive fue destruida por los medos y babilonios, que se repartieron el imperio de Asiria. Creyendo el rey de Egipto Necó II que había llegado el momento propicio para apoderarse de Siria y Palestina, atacó a Nabopolasar, rey de Babilonia. Éste envió contra el faraón a su hijo Nabucodonosor, que derrotó al egipcio en Carquemís.

Después de vencer en Carquemís, Nabucodonosor siguió su expedición y llegó a Jerusalén para someterla; se apoderó de ella, saqueó el Templo, exigió un fuerte tributo para dejar al rey de Judá en libertad, y se llevó consigo a cierto número de judíos, entre ellos al Daniel y a sus compañeros. Esto ocurrió en el año 605 antes de Cristo. Fue el preludio de la cautividad de Babilonia anunciada por los profetas.

Muerto Nabopolasar (año 604 antes de Cristo), le sucedió Nabucodonosor en el trono de Babilonia. Éste rey -Nabucodonosor II- fue el más poderoso de los reyes de Babilonia. El poder de su imperio se extendió por todo el Oriente próximo.

En el año 601 antes de Cristo, Joaquín I, rey de Judá, se rebeló contra Nabucodonosor y atrajo sobre sí los ataques a pequeña escala de los reinos vecinos favorables al poder babilonio. Y Nabucodonosor, rey de Babilonia, subió contra él (Joaquín I); lo sujetó con cadenas de bronce y lo deportó a Babilonia. Nabucodonosor se llevó también a Babilonia parte de los objetos del Templo del Señor y los depositó en su palacio (2 Cro 36, 6-7).

En el año 597 antes de Cristo, nada más comenzar el reinado de Joaquín II, los soldados de Nabucodonosor sitiaron la ciudad de Jerusalén. Luego llegó Nabucodonosor, rey de Babilonia, frente a la ciudad, mientras sus soldados estrechaban el cerco sobre ella. Joaquín II, rey de Judá salió al encuentro del babilonio, y éste lo tomó prisionero. Conquistada la ciudad de Jerusalén, Nabucodonosor saqueó el Templo del Señor, llevándose todos los tesoros del Templo y también los del palacio del rey. Hizo añicos todos los objetos de oro que había fabricado Salomón, rey de Israel, para el Santuario del Señor. Sucedió tal como lo había dicho el Señor. Llevó cautiva a Jerusalén entera, a todos los jefes y a todos los guerreros valientes; hizo diez mil cautivos, todos los herreros y cerrajeros. No dejó más que al pueblo llano pobre. Llevó cautivo a Joaquín, a la madre del rey, a sus esposas, eunucos y a los hombres importantes del país; los llevó a la cautividad desde Jerusalén a Babilonia. A todos los varones fuertes, siete mil, a los herreros y cerrajeros, mil, a todos los guerreros que podían pelear, el rey de Babilonia los llevó a la cautividad de Babilonia (2 R 24, 13-16). Fue la primera deportación.

¿Y la segunda…? Algunos años después vino la segunda deportación. En el lugar de Joaquín II, puso Nabucodonosor a Matanías -tío del rey depuesto- cambiándole el nombre por el de Sedecías. Éste obró el mal a los ojos del Señor, su Dios; y no quiso humillarse ante el profeta Jeremías que hablaba de parte del Señor. Además se rebeló contra el rey Nabucodonosor que le había hecho jurar fidelidad en el nombre de Dios. Endureció su cerviz y decidió en su corazón, con firmeza, no volver al Señor, Dios de Israel (2 Cro 36, 12-13). Entonces apareció por segunda vez el ejército de Nabucodonosor cerca de los muros de Jerusalén, que fue tomada por asalto después de 18 meses de sitio. El Señor hizo subir contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a los mejores hombres jóvenes en el interior del Santuario sin tener piedad ni de muchachos ni de doncellas, ni de ancianos ni de viejos; a todos los puso en sus manos. Se llevó a Babilonia todos los objetos del Templo, grandes y pequeños, los tesoros del Templo y los de rey y de los oficiales. Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa. Así se cumplió la palabra del Señor pronunciada por Jeremías: “Hasta que el país llegue a disfrutar los sábados perdidos, vivirá en un sábado prolongado durante los días de la desolación, en concreto, setenta años” (2 Cro 36, 17-21). Sólo quedaron en la Judea los habitantes más pobres del campo, que se dedicaron al cultivo de la tierra. Esta segunda deportación ocurrió en el año 587 antes de Cristo.

¿Y qué pasó con Sedecías? En un principio, el rey de Judá pudo escapar, pero después fue capturado. Llevado a presencia del rey de Babilonia, que pronunció sentencia contra él. Degollaron a los hijos de Sedecías ante sus propios ojos. Luego hizo sacarle los ojos a Sedecías, lo mandó atar con cadenas de bronce y lo hizo conducir a Babilonia (2 R 25, 7).

Así acabó el reino de Judá, víctima, lo mismo que el de Israel, de sus prevaricaciones contra el Dios de sus padres, después de haber subsistido 345 años, del año 932 al año 587 antes de Cristo.

¿Fue para los judíos esta cautividad tan dura como la esclavitud en Egipto? No. Nabucodonosor trató con bastante humanidad a los cautivos, permitiéndoles adquirir tierras, dedicarse al comercio y juzgarse por sus propias leyes, de suerte que los judíos no dejaron de subsistir como pueblo particular. Demostraron gran habilidad en el comercio y en política, por lo cual su condición mejoró poco a poco, y algunos alcanzaron gran influencia y poder.

¿Qué profetas son de la época de la cautividad de Babilonia? Están Daniel, Ezequiel y Jeremías.

Ezequiel fue un sacerdote y profeta hebreo, exiliado a Babilonia, que ejerció su ministerio durante el cautiverio de Israel en Babilonia y sostuvo el ánimo y la fe de los cautivos diseminados por las márgenes del río Éufrates. A diferencia de otros profetas, Ezequiel decía captar importantes revelaciones en forma de visiones simbólicas de parte de Dios, por lo que se caracteriza por las descripciones detalladas de sus visiones.

Ezequiel fue llevado cautivo a Babilonia junto con el rey Joaquín I de Judá e internado en la región de Caldea. Cinco años después, a los treinta de su edad, Dios lo llamó a la misión de profeta, que ejerció entre los desterrados durante 22 años, es decir hasta el año 570 antes de Cristo.

A pesar de las calamidades del destierro, los primeros cautivos (los deportados en el año 597 antes de Cristo) no dejaban de abrigar esperanzas de que el cautiverio terminaría pronto y de que el Señor, Dios de Israel, no permitiría la destrucción de la santa ciudad de Jerusalén y de su Templo. Había, además, falsos profetas. Estos engañaban al pueblo prometiéndole, en un futuro cercano, el retorno al país de sus padres. Tanto mayor fue el desengaño de los infelices cuando llegó la noticia de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo. No pocos perdieron la fe y cayeron en la desesperación. La labor del profeta Ezequiel consistió, principalmente, en someter a la amonestación, llamar al arrepentimiento, y combatir el paso de los judíos a la religión de los conquistadores. Predicó contra la corrupción moral y la práctica de costumbres babilónicas (que él consideraba bárbaras). Y proclamó contra ideas erróneas acerca del pronto viaje de retorno a Jerusalén. Para consolarlos escribió Ezequiel, con los más vivos y bellos colores, las esperanzas del tiempo mesiánico. Las profecías de Ezequiel descuellan por la riqueza de alegorías, imágenes y acciones simbólicas de tal manera que han sido llamadas “mar de la palabra divina” y “laberinto de los secretos de Dios”.

El profeta Jeremías nació el año 650 antes de Cristo, y a partir del año 585 antes de Cristo (que es el año que va a Egipto) no se sabe nada de él, ni por tanto el año de su muerte. Es otro de los profetas mayores. Además de ser el autor del libro de Jeremías, escribió el libro de las Lamentaciones. Era un hombre sensible y tímido de ordinario, pero de sublimes arranques cuando hablaba por inspiración de Dios. Sufrió grandes persecuciones por parte de los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, y varias veces estuvo a punto de ser condenado a muerte, pero al fin su virtud y su justicia fueron reconocidas por el pueblo, cuando éste, en castigo de sus propios pecados, fue llevado a Babilonia.

La labor de Jeremías fue llamar al arrepentimiento al reino de Judá y principalmente a los reyes Joaquín I, Joaquín II y Sedecías, debido al castigo impuesto por Dios de que serían conquistados por los caldeos si no volvían su corazón hacia Dios. Su vida como profeta se caracterizó por soportar con una férrea entereza los múltiples apremios y acusaciones que sufrió a manos de estos reyes y de los principales de Israel, desde azotes hasta ser abandonado en estanques o encerrado entre rejas.

Con sus profecías sobre la invasión de los “pueblos del norte” (Babilonia) desafió la política y el paganismo de los últimos reyes de Judea, y anunció el castigo de Dios por la violencia y corrupción social, que rompían la alianza con Dios: Hablan de paz, pero no hay paz, escribió.

La primera versión del libro de Jeremías fue destruida a fuego por el rey Joaquín I, bajo cuyo gobierno el profeta vivió en continuo peligro de muerte. La persecución contra Jeremías se acrecentó bajo el mandato de Sedecías. Éste a pesar de reconocerlo como portador de la palabra de Dios, lo trató con crueldad y lo acusó de espía de los babilonios, porque el profeta proclamó que el reino Judá sería destruido si no se arrepentía de sus pecados y de no retomar la alianza con Dios. Jeremías llegó a lamentarse por su destino, pero finalmente decidió continuar su misión profética.

¿Y Daniel…? Entre los cautivos había bastantes hijos de familias nobles y distinguidas, como lo eran Daniel, Ananías, Misael y Azarías, descendientes de la sangre real de David. Encantado el rey de Babilonia de las bellas cualidades de estos jóvenes, los hizo educar a su lado, con intención de agregarlos a su servidumbre. Dios recompensó las virtudes de estos jóvenes y su fidelidad a la Ley de Moisés concediéndoles una sabiduría nada común, y a Daniel, el don de interpretar sueños. En poco tiempo llegaron a gozar del favor del rey y a desempeñar cargos importantes en la corte real.

Siendo Daniel muy joven se había dado a conocer porque salvó de una ignominiosa muerte a una virtuosa mujer llamada Susana, acusada falsamente por dos viejos infames.

¿Cómo lo consiguió salvarla? Susana era una mujer casada, bella y temerosa de Dios. Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la Ley de Moisés. Su marido Joaquín era muy rico y tenía un jardín contiguo a su casa. La hermosura de Susana levantó deseos lujuriosos en dos ancianos perversos. Ambos estaban locos de pasión por ella, pero no se comunicaron su pena el uno al otro, pues les daba vergüenza manifestar su deseo ya que querían unirse a ella. Cada día acechaban ansiosamente para verla (Dn 13, 10-11). Un día los dos ancianos se confesaron su deseo y planearon juntos el momento propicio en el que pudiera encontrarla sola. Y esto ocurrió un día cuando Susana salió de su casa acompañada de dos criadas para bañarse en el jardín porque hacía mucho calor. Nadie estaba en el jardín excepto los dos ancianos, que se habían escondido. Susana dijo a las criadas: Traedme el aceite y los ungüentos, y cerrad la puerta del jardín mientras me baño (Dn 13, 17). Cuando se fueron las criadas, los dos ancianos fueron hacia ella y le dijeron: “Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que danos tu consentimiento y únete a nosotros. Si no daremos testimonio contra ti de que un joven estaba contigo y por eso habías mandado afuera a las criadas”. Susana lanzó un gemido y dijo: “Estoy atrapada por todas partes: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero mejor es para mí no hacerlo y caer en vuestras manos que pecar delante del Señor” (Dn 13, 20-23). Ante la negativa de Susana, los ancianos la denunciaron por adúltera, diciendo: Mientras nosotros paseábamos solos por el jardín, salió ésta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces llegó hasta ella un joven que estaba escondido y se unió a ella. Nosotros estábamos en una esquina del jardín y, al ver aquella iniquidad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero a él no pudimos sujetarlo, porque era más fuerte que nosotros y, abriendo la puerta, salió corriendo. En cambio, a ésta la agarramos y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. De esto damos testimonio (Dn 13, 36-41). El pueblo reunido en asamblea creyó a los ancianos, y Susana fue condenada a muerte. Cuando la llevaba para ejecutarla, apareció Daniel, que gritó con fuerte voz: “Yo soy inocente de la sangre de ésta”. Toda la gente se volvió hacia él, y le preguntaron: “¿Qué es eso que estás diciendo?” Él, en pie en medio de ellos, contestó: “¿Tan necios sois, hijos de Israel? ¿Así, sin hacer juicio ni conocer toda la verdad, condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque ésos han dado falso testimonio contra ella” (Dn 13, 46-49). Entonces Daniel llamó a los dos ancianos infames para interrogarles separadamente. Primero llamó a uno y le preguntó bajo qué árbol vio a Susana abrazado con el joven. El anciano contestó: Debajo de la acacia (Dn 13, 54). Después llamó al otro para hacerle la misma pregunta. Éste respondió: Debajo de la encina (Dn 13, 58). Y así demostró Daniel que los dos ancianos habían dado falso testimonio contra Susana. El pueblo actuó según la Ley de Moisés y dieron muerte a los dos viejos perversos. De esta forma salvó Daniel a Susana de una muerte injusta.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima novena. Ezequías, Manasés y Josías

Lección vigésima novena

Ezequías, Manasés y Josías

¿En qué años reinó Ezequías en Judá? Ezquías fue rey de Judá entre los años 726 al 697 antes de Cristo Cuando comenzó a reinar tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Hizo lo recto a los ojos del Señor, tal como lo había hecho su padre David (2 R 18, 3). Es el juicio positivo que hacen de Ezequías los autores de los libros 2 Reyes y 2 Crónicas.

¿Fue piadoso Ezequías? Sí. Fue un rey según el corazón de Dios. Llevó a cabo la reforma religiosa que abarcaba los aspectos más importantes del culto. Así, al comienzo de su reinado procedió a la reapertura del Templo que había cerrado su antecesor Ajaz. Además llevó a cabo la purificación del Templo, ofreciendo sacrificios al Señor en expiación por los pecados de Judá y de todo Israel. También restableció el culto y la celebración solemne de la Pascua en todo el país, que había caído en el olvido desde mucho tiempo. Acometió lo que ninguno de sus antecesores se había atrevido a hacer: la destrucción de todo lo idolátrico. Y reorganizó el servicio de los sacerdotes en el Templo. Todo lo hizo para buscar de todo corazón a Dios (2 Cro 31, 21). Y aunque tuvo algunas flaquezas, supo arrepentirse y humillarse ante Dios.

¿Narra la Sagrada Escritura alguna de estas flaquezas? Sí. Hay un momento en que Ezequías no fue agradecido con Dios, que le había curado de una grave enfermedad. Ezequías enfermó de muerte, y el profeta Isaías, hijo de Amós, fue a visitarle y le dijo: “Ordena tu casa, porque morirás tú y no vivirás”. Volvió Ezequías el rostro a la pared, y oró al Seño diciendo: “Te ruego, Señor, que recuerdes que he caminado en tu presencia con sinceridad, y con perfecto corazón, y que he hecho lo que era bueno a tus ojos”. Y rompió a llorar con grande llanto. Luego habló el Señor a Isaías y le dijo: “Vuelve a Ezequías y dile: esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Sabe que te añadiré otros quince años de vida; y libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad, y la protegeré, dice el Señor Todopoderoso” (Is 36, 1-6). Y así fue. Pero Ezequías no correspondió al beneficio recibido, sino que se enorgulleció su corazón y atrajo el furor divino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén. Sin embargo, Ezequías se humilló de la soberbia de su corazón y con él todos los habitantes de Jerusalén, y no recayó sobre ellos el furor del Señor durante la vida de Ezequías (2 Cro 32, 25-26).

¿Tuvo prosperidad Ezequías? Sí. Tuvo abundante riqueza y buena fama. Se construyó depósitos para el oro, la plata y las piedras preciosas, para los aromas, los escudos y para todos los objetos de valor. Y también almacenes para la cosecha de trigo, de mosto y de aceite; establos para toda clase de animales, y apriscos para el ganado. Además, se construyó ciudades y adquirió ganado mayor y menor en abundancia, porque Dios le había concedido gran cantidad de bienes. Fue él quien cegó la salida superior de las aguas de Guijón y las desvió por un canal subterráneo hacia Jerusalén. Y tuvo éxito en todas sus empresas.

¿Y en el terreno político y bélico? Ezequías presenció la caída del reino del Norte y la cautividad de Israel. Entretanto el rey de Asiria, Sargón II, afianzado en el trono, emprendió una serie de conquistas, pero habiendo sido vencido a orillas del Tigris por los reyes de Babilonia y de Elam, se le sublevaron todos los pueblos de Occidente, entre ellos el reino de Judá, sostenidos por el rey de Egipto. Con las victorias de Carcar, sobre los sirios, y de Rafia, sobre egipcios y filisteos, el rey de Asiria logró someter de nuevo a los pueblos sublevados. Después, mientras guerreaba contra las tribus de Armenia, Merodac-Baladán, rey de Babilonia, fomentó una nueva rebelión de egipcios, judíos y filisteos, que cesaron de pagar el tributo a Asiria. Entonces, el rey de Asiria entró en el reino de Judá, se apoderó de las plazas fuertes principales, pero no atacó a Jerusalén porque Ezequías se sometió.

Cuatro años después de conquistar Babilonia, el rey Sargón fue asesinado en su palacio de Nínive. Era el año 705 antes de Cristo. Le sucedió su hijo Senaquerib, que se vio obligado a reconquistar casi todas las provincias del imperio asirio, sublevadas a la muerte de su padre. Resolvió Senaquerib destruir el reino de Judá, como su padre había destruido el de Israel. Al frente de un ejército formidable se apoderó de todas las ciudades de Judá, con excepción de Jerusalén. El rey asirio, dando por descontado su completo triunfo sobre Ezequías, se dirigió contra los filisteos, tomó Ascalón y cerca de Ecrón venció a los egipcios que habían acudido en ayuda de los judíos, filisteos y otros pueblos palestinos.

Mientras tanto, Ezequías hizo los preparativos que exigían las circunstancias para salvar Jerusalén; y estando preparando la defensa de la ciudad de David, recibió una carta de Senaquerib, en la que insultaba al Señor, Dios de Israel, en estos términos: Como los dioses de las naciones de la tierra que no libraron a sus pueblos de mi mano, así es el Dios de Ezequías que tampoco podrá librar a su pueblo (2 Cro 32, 17). Y cuando Senaquerib hubo sometido a todos los pueblos comarcanos, se dirigió contra Jerusalén, enviando por delante unos emisarios. Los emisarios gritaban en lengua judía al pueblo de Jerusalén, que estaba en lo alto de la muralla, con el fin de atemorizarlo y desmoralizarlo, y así poder ocupar la ciudad. Hablaban del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, que son obra de manos humanas (2 Cro 32, 18-19). Entonces, Ezequías, como hombre piadoso que era, y el profeta Isaías suplicaron a Dios, llenos de confianza en el poder de Dios. Sus esperanzas no quedaron defraudadas, pues el Señor envió un ángel que exterminó a todos los guerreros, a los príncipes y a los jefes del campamento del rey de Asiria; éste se tuvo que volver avergonzado a su país. Y cuando entraba en el templo de su dios, algunos de sus hijos, salidos de sus entrañas, lo mataron a espada. Así el Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos los demás enemigos, y les concedió paz en sus alrededores. Entonces muchos trajeron a Jerusalén ofrendas al Señor y objetos valiosos para Ezequías, rey de Judá, que con todo esto alcanzó gran prestigio ante todos los pueblos (2 Cro 32, 21-23).

¿Fue Isaías uno de los grandes profetas? Sí. Es uno de los cuatro profetas mayores. Era de la familia de David, y comenzó a profetizar durante el reinado de Ajaz. Pero principalmente profetizó durante el reinado de Ezequías. El libro de Isaías es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo, después del libro de los Salmos. El profeta Isaías anunció con más claridad que ningún otro escrito profético a Jesucristo y la economía de la salvación cristiana. San Agustín dijo de Isaías: Este profeta, entre las reprensiones que hace, las instrucciones que da y las amenazas futuras que anuncia al pueblo pecador, profetizó sobre Cristo y la Iglesia muchas más cosas que los otros profetas. Tan es así, que algunos dicen que es más evangelista que profeta (De civitate Dei 18, 29, 1). Además de las profecías mesiánicas, también profetizó sobre otras cosas, por ejemplo, vaticinó la destrucción de los reinos de Israel y de Judá, y la cautividad de Babilonia.

¿Cuáles son las más conocidas profecías mesiánicas de Isaías? Una de ellas es la concepción virginal de Jesús y la divinidad del Mesías. El evangelista san Mateo, al escribir sobre el nacimiento de Jesús, cita al profeta Isaías: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros (Mt 1, 23). Y otra es la descripción profética de la Pasión del Señor, que está recogida en los Poemas del Siervo de Yavé.

¿Qué dijo en concreto Isaías sobre la Pasión de Cristo? Entregué mis espaldas a los que me azotaban, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me escarnecías y escupían (Is 50, 5-6). Su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres (Is 52, 14). No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento; y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él. Tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades; y nosotros le reputamos como leproso, y como un hombre herido por Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fue él llagado, y despedazado por nuestros pecados; el castigo de nuestras culpas sobre él recayó y con sus llagas fuimos sanados. Como ovejas descarriadas éramos todos nosotros: cada cual se desvió por su camino, y el Señor cargó sobre sus hombros la iniquidad por todos nosotros. Se ofreció porque él mismo lo quiso. Fue maltratado, pero él se humilló, y no abrió su boca; conducido fue a la muerte, como oveja va al matadero, y no abrió siquiera su boca como cordero que está mudo delante del que lo trasquila. Sin defensa y sin justicia fue condenado y sobre su suerte, ¿quién la contará?, porque fue arrancado de la tierra de los vivientes; por las maldades de su pueblo ha sido condenado a muerte. E hicieron su sepultura con el malvado, y con el rico su sepulcro, aunque él no hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Quiso el Señor consumirlo con el sufrimiento; ofreciendo su vida por el pecado, verá una descendencia larga, prolongará sus días y por él se cumplirá la voluntad del Señor. Por cuanto padeció, verá el fruto de los afanes de su alma, y quedará saciado. Con sus sufrimientos, mi siervo justificará a muchos al cargar sobre sí los pecados de ellos. Por esto, le daré como porción suya una gran muchedumbre, y repartirá los despojos de los fuertes, porque entregó su vida a la muerte y con los malvados fue contado; tomó sobre sí los pecados de todos y rogó por los transgresores (Is 53, 2-12).

A partir de la muerte de Jesús en la cruz y de la resurrección del Señor, los Apóstoles entendieron que en Cristo se habían cumplido las profecías de Isaías. El evangelista san Mateo lo dice expresamente al recordar cómo actuaba Jesús curando y ocultando su gloria: Para que se cumpliera el anuncio del profeta Isaías: “He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien mi alma se complace. Haré descansar mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a las gentes. No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y no apagará la mecha humeante hasta hacer triunfar el derecho; y en su nombre pondrán las naciones su esperanza” (Mt 12, 16-21). En el mismo sentido, al narrar la pasión del Señor, los evangelistas parece que tienen delante los poemas del Siervo sufriente para mostrar el valor expiatorio de la muerte de Cristo.

¿A quién reprendió más Isaías? Al rey Manasés, hijo y sucesor de Ezequías, por las muchas impiedades que cometía.

¿Tan impío fue Manasés? Manasés fue el rey que más tiempo reinó en Judá, cuarenta y cinco años en el trono. Desde el punto de vista religioso su reinado hay que calificarlo de funesto, pues fue totalmente contrario a la reforma que había emprendido Ezequías. Hizo lo malo a los ojos del Señor según las abominaciones de los gentiles que el Señor había arrojado delante de los israelitas. Volvió a edificar los lugares altos que había destruido su padre Ezequías. Levantó altares a Baal y construyó una Aserá como había hecho Ajab, rey de Israel. Adoró a todo el ejército del cielo y le tributó culto (2 R 21, 2-3). Entre sus impiedades están: Hizo pasar a su hijo por el fuego. Echó conjuros y practicó magia negra. Nombró nigromantes y adivinos. Se prodigó en hacer lo malo a los ojos del Señor para irritarle (2 R 21, 6).

Tan desastroso fue reinado que por su causa Dios decidió la ruina de Jerusalén. Manasés derramó además muchísima sangre inocente, hasta llenar Jerusalén de un extremo a otro; esto sin contar el pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo malo a los ojos del Señor (2 R 21, 16). Según la tradición judía, entre la sangre inocente derramada por Manasés está la del profeta Isaías. Así aparece en un libro no inspirado conocido como La ascensión de Isaías, en el que narra que irritado el rey contra el profeta porque éste le reprendía sus impiedades, ordenó aserrarlo con una sierra de madera.

¿Se hizo esperar el castigo del cielo? No. El Señor castigó a Manasés poniendo Jerusalén y a su rey en manos de los babilonios, que llevaron a Manasés atado con cadenas a Babilonia. El Señor habló por medio de los profetas diciendo: A causa de las abominaciones que ha cometido Manasés, rey de Judá, peores que las que cometiron antes que él los amorreos, y por haber hecho pecar de idolatría incluso a Judá, por eso dice el Señor, Dios de Israel: “He aquí que voy a traer tal desgracia sobre Jerusalén y Judá que a cuantos la escuchen les zumbarán los oídos. Extenderé sobre Jerusalén el cordel de Samaría y la plomada de Ajab, limpiaré a Jerusalén como se limpia un vaso que se friega y se vuelve boca abajo. Desecharé el resto de mi heredad y los entregaré en manos de sus enemigos. Serán objeto de despojo y rapiña para todos sus enemigos, porque hicieron lo malo a mis ojos y se convirtieron en mis irritadores, desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy” (2 R 21, 11-15).

¿Se convirtió Manasés? Sí. Estando cautivo en Babilonia se convirtió de sus pecados. Al verse angustiado trató de aplacar el rostro del Señor, su Dios; se humilló ante el Dios de sus padres, y le suplicó. El Señor se conmovió y escuchó su plegaria; le hizo volver a Jerusalén para seguir reinando. Así Manasés reconoció que el Señor es Dios (2 Cro 33, 12-13). Al volver a Jerusalén, Manasés restableció el culto del verdadero Dios y reinó en esforzándose en reparar los males que había hecho a su pueblo.

¿Cuál fue la plegaria de Manasés? Hay una Oración de Manasés, que es un salmo apócrifo, breve. Es una plegaria piadosa que trata sobre la infinita compasión de Dios y la eficacia del verdadero arrepentimiento. He pecado, Señor, he pecado y mis faltas yo conozco, pero Te pido suplicante: ¡Aparta de mí tu enojo, Señor, aparta de mí tu enojo, y no me hagas perecer junto a mis faltas ni, eternamente resentido, me prestes atención a las maldades ni me condenes a los abismos de la tierra! Porque Tú eres, Señor, el Dios de los que se arrepienten y en mí mostrarás tu bondad ya que aun siendo indigno, me salvarás conforme a tu mucha misericordia.

¿Hay algún de particular relieve durante el reinado de Manasés? Sí. El asedio de la ciudad de Betulia por parte del general asirio Holofernes, y el desenlace del mismo, gracias a Judit. La historia está contada en el libro de Judit. Este libro tiene muchos anacronismos y nombres simbólicos como la ciudad misma, Betulia, que no aparece en ningún otro lugar. Por esta razón no parece que pueda considerarse un libro histórico en sentido estricto.

¿Cuál es esa historia? Un poderoso ejército asirio mandado por el general Holofernes se dirigía a Jerusalén y que, antes de llegar a la capital del reino de Judá, puso asedio a la ciudad de Betulia. Los israelitas, atemorizados, invocaron la protección de Dios. La larga duración del asedio lleva a los habitantes de Betulia a una situación desesperada al borde de la rendición. Ante esta situación tan dramática, una piadosa viuda, joven aún y de buena apariencia y muy hermosa, después de rezar confiadamente a Dios, pidiendo la ayuda del cielo para llevar a cabo un plan audaz y peligroso que ha pensado para salvar a su pueblo, salió con su doncella de la ciudad sitiada y se dirigió al campamento enemigo; allí logró tener acceso hasta Holofernes. Éste se asombró de la belleza de Judit, y organizó un banquete, y le dijo al eunuco que estaba al mando de todos sus asuntos: Anda y convence a la mujer hebrea que está contigo para que venga aquí y coma y beba con nosotros. Sería una vergüenza para nuestra reputación si despedimos a una mujer como ella sin haber disfrutado de su compañía; porque si no la seducimos se burlará de nosotros (Jdt 12, 11-12). El eunuco, llamado Bagoa, comunicó a Judit la invitación que le había hecho Holofernes, y Judit le dijo: ¿Quién soy yo para oponerme a mi señor? Haré enseguida todo lo que sea de su agrado; y esto será mi alegría hasta el día de mi muerte (Jdt 12, 14).

Judit acudió al banquete ataviada con sus mejores galas y se puso todos los adornos femeninos. Cuando Judit entró en el lugar que se celebraba el banquete, Holofernes quedó fascinado por ella, su alma se turbó y se llenó de deseos de estar con ella, porque desde el día en que la vio buscaba la ocasión de seducirla (Jdt 12, 16). Judit comió y bebió lo que su doncella le había preparado, sin beber del vino del banquete. Holofernes se alegró por su presencia y bebió muchísimo vino, tanto como no había bebido nunca en un solo día desde que nació (Jdt 12, 20). Bebió tanto hasta perder el sentido. Por el contrario, la heroína hebrea fue austera en medio de aquel ambiente relajado y sensual. Y comentó san Ambrosio este detalle de austeridad: ¿Qué diré de la sobriedad? Pues si Judit hubiese bebido, habría dormido con el adúltero, pero como no bebió, la sobriedad de una sola pudo, sin dificultad, vencer y ganar a los ejércitos ebrios (De viduis 7, 40).

¿Cómo fue esa victoria? Después de la orgía, cuando se hizo de noche, los comensales se retiraron a sus tiendas, y Holofernes se fue a la suya. Todos se fueron a la cama cansados por la gran cantidad de vino que habían bebido. En la tienda sólo se quedó Judit con Holofernes, que estaba tendido sobre su cama saturado de vino. Entonces Judit mandó a su doncella que permaneciera fuera de su dormitorio y vigilara su salida como todos los días, porque le había dicho que iba a salir para hacer su oración. También se lo había mencionado a Bagoa. Todos se habían marchado de allí y nadie, pequeño o grande, se había quedado en el dormitorio. Judit, de pie a lado de la cama de Holofernes, dijo en su corazón: “Señor, Dios de todo poder, mira en esta hora la obra de mis manos para glorificación de Jerusalén; porque ahora es el momento de preservar tu heredad y de dar cumplimiento a mi propósito de destruir a los enemigos que se han levantado contra nosotros”. Luego se acercó a la columna de la cama que estaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó de allí su alfanje, se arrimó a la cama, y, agarrándole por el cabello, dijo: “Dame fuerza, Señor, Dios de Israel, en el día de hoy”. Entonces con toda su fuerza le asestó dos golpes en el cuello y le cortó la cabeza. A continuación hizo rodar su cuerpo fuera del lecho y arrancó la cortina de las columnas. Poco después salió y entregó la cabeza de Holofernes a su doncella, que la escondió en la alforja de los alimentos. Las dos salieron juntas, como de costumbre, para hacer oración. Atravesaron el campamento, rodearon aquel valle, subieron la ladera del monte de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad (Jdt 13, 1-10). Ya dentro de la ciudad, Judit mostró la cabeza de Holofernes. Todo el pueblo se llenó de asombro y alabaron a Dios diciendo: ¡Bendito seas, Dios nuestro, que has aniquilado en el día de hoy a los enemigos de tu pueblo! (Jdt 13, 12). Los asirios, viéndose privados de su jefe, fueron presa del pánico y del miedo, y se dieron a la fuga.

¿Hay algunas analogías entre Judit y la Virgen María? Sí. Ozías, uno de los jefes de la ciudad, dijo a Judit: Bendita seas tú de parte de Dios altísimo, hija, por encima de todas las mujeres de la tierra, y bendito sea Dios, que creó los cielos y la tierra, que te ha guiado para herir en la cabeza al príncipe de nuestros enemigos. Porque la esperanza que tú has tenido no se alejará del corazón de los hombres que se acuerden para siempre del poder de Dios. Que Dios te conceda esto para exaltación eterna, que te llene de bienes, ya que no dudaste en poner en peligro tu vida a causa de la humillación de nuestro pueblo, sino que nos has librado de nuestra perdición portándote rectamente delante de nuestro Dios (Jdt 13, 18-20). Las palabras de bendición pronunciadas por Ozías en las que alude a que ha herido la cabeza del enemigo, contienen una cierta referencia al protoevangelio –Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y éste te aplastarás la cabeza (Gn 3, 15)-. También por este motivo, en la tradición cristiana se han subrayado las analogías entre Judit y María Santísima. Por ejemplo, el paralelismo entre la bendición de Ozías: Bendita tú, de parte de Dios Altísimo, hija, por encima de todas las mujeres, y bendito Dios, que creó los cielos y la tierra; y la bendición de santa Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1, 42). Además, el libro de Judit se usa en la liturgia de la Iglesia en las fiestas de la Virgen María.

¿Quién sucedió a Manasés? Su hijo Amón, que hizo todo lo malo que había hecho su padre antes de su conversión. Dio culto a los ídolos, adorándolos; abandonó al Señor, Dios de sus padres, y no anduvo por los caminos del Señor. El reinado de Amón fue breve, dos años, pues sus servidores urdieron una trama contra él y le mataron en su palacio. Pero el pueblo llano hirió a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y en su lugar proclamó rey a su hijo Josías (2 R 21, 24).

¿Siguió Josías los pasos de Amón, su padre? No. Obró con rectitud a los ojos del Señor y siguió en todo los caminos de David, su padre, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. En el año octavo de su reinado, cuando todavía era un muchacho, comenzó a buscar al Dios de David, su padre (2 Cro 34, 2-3). Fue muy piadoso. Siguió al Señor de todo corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, siguiendo en todo la ley de Moisés. Con gran celo comenzó las reformas religiosas, destruyendo los ídolos esculpidos y fundidos y los lugares del culto idolátrico. Además, durante se reinado tuvo lugar el hallazgo del libro de la Ley. La mayor alabanza que hace la Sagrada Escritura de Josías es el de haber seguido fielmente el modelo davídico. Como correspondía a un rey piadoso, la primera preocupación de Josías fue reparar el Templo en el que habita el Señor, bastante necesitado de ser restaurado, después de los excesos cometidos por Manasés.

¿Qué otros hechos son destacables en el reinado de Josías? La renovación de la Alianza. Estando el rey en el Templo del Señor junto con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el más pequeño al mayor, estableció la alianza ante el Señor, comprometiéndose a caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, preceptos y leyes con todo el corazón y toda el alma; y a cumplir las palabras escritas en el Libro de la Alianza.

También hay que señalar la celebración de la Pascua. Josías dio órdenes a todo el pueblo diciendo: “Celebrad la Pascua en honor del Señor, Dios nuestro, según está escrito en este libro de la alianza”. Pues no había sido celebrada una Pascua como ésta desde los días en los que jueces gobernaban Israel, ni durante el tiempo de los reyes de Israel ni de los de Judá. Solamente el año decimoctavo del rey Josías fue celebrada esta Pascua en Jerusalén en honor del Señor (2 R 23, 21-23).

¿Cómo murió Josías? En pleno combate. En sus días el faraón Necó, rey de Egipto, subió en ayuda del rey de Asiria hasta el río Éufrates. El rey Josías fue a su encuentro y aquél le mató en Meguido, en cuanto lo vio. Sus siervos lo subieron muerto al carro, lo llevaron de Meguido a Jerusalén, y lo enterraron en su sepulcro (2 R 23, 29-30). Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. El profeta Jeremías compuso una elegía por él. Todos los cantores y cantoras siguen recordando a Josías hasta el día de hoy en sus elegías; se han transmitido como tradición y están escritas en las lamentaciones (2 Cro 35, 24-25).

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima octava. Reino de Judá

Lección vigésima octava

Reino de Judá

¿Quién reinó en Judá cuando murió Salomón? Roboán. Salomón, como su padre David, reinó sobre todas las tribus de Israel. Cuando murió le sucedió su hijo Roboán. Pero éste no pudo reinar sobre todo el pueblo israelita, porque poco después de acceder al trono, se rebelaron contra él diez tribus, capitaneadas por Jeroboán, y constituyeron el reino de Israel. Sólo las tribus de Judá y de Benjamín permanecieron con Roboán, que se instaló en Jerusalén. Al principio de su reinado, Roboán se mostró fiel observador de la ley de Dios; pero muy pronto cayó en la idolatría como su padre.

¿Fueron buenos los reyes de Judá? El primer sucesor de Roboán fue su hijo Abías. Entre los hechos más importantes del reinado de Abías está la victoria de Judá sobre Jeroboán, rey de Israel. Dios bendijo a Abías afianzando su reinado y concediéndole una familia numerosa, es decir, le retribuyó personalmente y lo hizo de modo inmediato por haber permanecido fiel. Sin embargo, no en toda su vida mantuvo esa conducta de fidelidad, pues continuó con todos los pecados que su padre había cometido antes que él y su corazón no fue obediente al Señor, su Dios (1 R 15, 3).

A Abías le sucedió su hijo Asá. Asá obró lo bueno y recto a los ojos del Señor, su Dios. Exhortó a Judá a buscar al Señor, Dios de sus padres, y a cumplir la Ley y los mandamientos (2 Cro 14, 1.3). El reino de Judá gozó de paz y tranquilidad durante su mandato. Además, Asá dio normas contra la idolatría, y consiguió que volviera a renacer en Judá la fidelidad al Señor. Asá es el primer rey de Judá descendiente de David que es alabado por su conducta religiosa.

En el reino de Norte ningún rey recibió una valoración positiva respecto a su fidelidad a Dios, pues permitieron, e incluso fomentaron la idolatría. En el reino del Sur sí hay reyes que obraron el bien, aunque permitieron aún la existencia de lugares de culto idolátrico. Como reyes piadosos y notables por sus virtudes merecen especial mención Josafat, Ezequías y Josías, aunque también hay otros de los que se dice que hizo lo recto a los ojos del Señor durante toda su vida (2 R 12, 3), como Amasías, Azarías y Jotan.

Sin embargo, la mayoría de los reyes de Judá siguieron la conducta de Roboán a pesar de las amonestaciones de los profetas. Entre los que se distinguieron por sus crímenes e impiedades figuran Jorán, Ocozías y, sobre todo, la reina Atalía.

¿Qué crímenes cometió Atalía? Cuando Atalía, madre de Ocozías, vio que había muerto su hijo, determinó exterminar toda la descendencia real de la casa de Judá (2 Cro 22, 10), y ordenó degollar a todos los hijos de Ocozías para reinar ella en vez de ellos. Además estableció el culto de Baal en Judá.

¿Murieron todos? No. Se salvó Joás, porque cuando comenzó la matanza Yehoseba, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, recogió a Joás, hijo de Ocozías, lo sacó entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, y lo escondió junto con su nodriza en una habitación con camas. De esta forma Yehoseba, hija del rey Jorán, esposa del sacerdote Yehoyadá y hermana de Ocozías, sustrajo a Joás de la vista de Atalía y evitó que lo asesinaran. Se quedó con ellos en el Templo de Dios durante seis años. Mientras tanto, Atalía reinaba en el país (2 Cro 22, 11-12). Así, salvando a Joás, se garantizó la permanencia de la dinastía davídica.

¿Llegó a reinar Joás? Sí. Librado de la muerte, fue educado en el Templo por el sacerdote Yehoyadá y por Yehoseba. En cuanto Joás llegó a la edad de siete años, Yehoyadá lo proclamó rey en el Templo. El sacerdote dijo a los levitas y a los jefes del ejército allí presentes: Aquí está el hijo del rey. Él es quien debe reinar como ha prometido el Señor a los hijos de David (Cro 23, 3). Y después a Joás le ungieron y le pusieron la corona y las insignias reales.

¿Y Atalía…? Cuando Atalía oyó las voces del pueblo que corría aclamando al rey, se acercó también ella a la gente que estaba en el Templo del Señor, y vio al rey de pie sobre su sede, a la entrada; y a los jefes y las trompetas rodeando al rey. Todo el pueblo llano expresaba su alegría, las trompetas sonaban y los cantores entonaban sus cantos de alabanza acompañados por los instrumentos musicales. Entonces Atalía se rasgó las vestiduras y gritó: “¡Traición, traición!” El sacerdote Yehoyadá ordenó a los jefes de cien que controlaban el ejército: “Sacadla de entre las filas de guardianes. El que vaya tras ella que muera a espada”. Pues el sacerdote había ordenado: “No la matéis en el Templo del Señor”. Ellos le echaron mano, y cuando era conducida por el camino de la puerta de los caballos hacia el palacio real, allí le dieron muerte (2 Cro 23, 12-15).

¿Qué hecho destacado hay en el reinado de Joás? La reparación del Templo del Señor. Al comenzar a reinar, Joás sólo tenía siete años. Siendo niño no podía tomar decisiones de algún calibre. Fueron los sacerdotes quienes decidieron acometer las obras para reparar el Templo del Señor, considerando su mal estado debido al tiempo transcurrido desde su construcción -más de 130 años- y al abandono de los reyes anteriores. Cuando alcanzó la mayoría de edad, Joás asumió la gestión económica de las obras, dejando también algunos beneficios a los sacerdotes. Su preocupación por el Templo del Señor es el motivo por el que el autor del libro 2 Reyes hace una valoración positiva de todo su reinado, si bien, como sucedió con todos los reyes de Judá anteriores a Ezequías, juzga negativamente su falta de decisión para suprimir otros lugares de culto distintos del Templo de Jerusalén.

¿Se puede incluir a Joás entre los reyes buenos de Judá? No. Ya se ha mencionado la valoración que se hace de él en 2 Reyes; sin embargo en el libro 2 Crónicas se hace referencia de la infidelidad de Joás. Si al principio de su reinado -y mientras vivió Yehoyadá- gobernó bien, en la segunda etapa de su reinado -tras la muerte de Yehoyadá-, Joás se volvió soberbio e impío. El final de su reinado fue de deslealtad al Señor y de idolatría. Los desastres bélicos y las conjuras vinieron como castigo por los pecados del rey. El delito más grave que cometió Joás fue la lapidación del hijo de Yehoyadá, el profeta Zacarías (distinto del último de los profetas menores), porque le recordaba el cumplimiento de sus deberes y se había atrevido a denunciar los delitos del rey. Como consecuencia de este crimen Joás perderá su vida en una conspiración contra él.

¿Es de esta época el profeta Jonás? Si esta época es la de los reinados de Amasías en Judá (años 798-769, antes de Cristo) y de Jeroboán II en Israel (años 788-747, antes de Cristo), sí. Jonás es hijo de Amitay, y éste es uno de los profetas del reino de Norte durante el reinado de Jeroboán II.

¿Cuál es la historia de Jonás? Esta historia está relatada en el libro de Jonás. El Señor le dijo al profeta Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en contra de ella, porque su perversidad ha subido hasta mí (Jon 1, 2). Pero el profeta, considerando la ingrata que era su misión -la de anunciar la ruina de Nínive a los propios ninivitas- desobedeció al Señor, y tratando de huir de Dios, se embarcó hacia Tarsis. Pero fue una fuga frustrada. Dios, por medio de una tempestad y valiéndose de un gran pez, hizo que Jonás no consiguiera su propósito.

¿Un gran pez…? Sí. Apenas la nave en la que se embarcó Jonás estuvo en altamar, se desencadenó una terrible tormenta que puso en peligro de naufragio al barco. La tripulación atemorizada pensó que toda aquella tempestad era un castigo del cielo, pues alguien que iba a bordo habría irritado a su dios. Mientras tanto Jonás había bajado a la bodega del barco, se había acostado y estaba durmiendo profundamente. Los marineros le despertaron y le dijeron: ¿Qué haces tú dormido? ¡Levántate, e invoca a tu dios! A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos (Jon 1, 6). Y decidieron echar suertes para saber quién era el causante de este mal. La suerte cayó sobre Jonás. Entonces los marineros le dijeron: “Haz el favor de decirnos por causa de quién nos ha venido este mal. ¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes¿ ¿Cuál es tu país y de qué pueblo eres?” Él les respondió: “Yo soy hebreo, y adoro al Señor, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra firme”. Los hombres se llenaron de un gran temor y le preguntaron: “¿Qué es lo que has hecho” -pues comprendieron que estaba huyendo de la presencia del Señor, por lo que les había contado (Jon 1, 8-10). Y Jonás confesó su falta, y añadió: Agarradme y arrojadme al mar, y el mar se os calmará, pues sé que esta tormenta os ha venido por mi culpa (Jon 1, 12). Entonces los marineros lo arrojaron al mar. El Señor dispuso que un pez enorme se tragara a Jonás. Estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches (Jon 2, 1). Al cabo de esos tres días, el pez vomitó a Jonás sobre tierra firme.

¿Y luego…? De nuevo fue dirigida la palabra del Señor a Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en ella el mensaje que voy a decirte (Jon 3, 2). El profeta esta vez obedeció. Su predicación anunciaba la destrucción de la ciudad: Dentro de cuarenta días Nínive será destruida (Jon 3, 4). Los ninivitas creyeron a Dios y ordenaron un ayuno. El rey hizo publicar esta orden: Cúbranse de saco los hombres y las bestias, y con toda fuerza clamen a Dios. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de las iniquidades de sus manos. Quién sabe si Dios no tornará y se arrepentirá y aplacará el ardor de su cólera, de suerte que no nos deje perecer (Jon 3, 8-9). Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido de su mala conducta, tuvo compasión de ellos y no llevó a cabo el mal con el que había amenazado. Esta compasión que Dios había tenido con Nínive no fue del agrado de Jonás, que se llevó un gran disgusto y se enojó. Pero el Señor le hizo ver la razón de su misericordia.

¿Qué enseñanza se saca de la historia de Jonás? Que Dios es benigno y clemente, paciente y de mucha misericordia (Jl 2, 13), lento a la cólera y rico en misericordia; es el Señor bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 144, 6-9). Es un Dios que no hace oídos sordos a las peticiones de perdón que se le hacen, que perdona al pecador cuando éste se convierte y se arrepiente de sus pecados. Jesucristo en su predicación alude a Jonás como una señal: Creciendo la muchedumbre, comenzó a decir: “Esta generación es una generación mala; pide una señal, y no le será dada otra señal que la de Jonás. Porque como fue Jonás señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo del hombre para esta generación. Los ninivitas se levantarán en el juicio contra esta generación y la condenarán porque hicieron penitencia a la predicación de Jonás, y hay aquí más que Jonás” (Lc 11, 29-30.32).

¿Es Jonás figura de Cristo? Sí. Al salir Jonás con vida del vientre del gran pez después de haber estado allí tres días, es figura de Jesucristo, que resucitó glorioso al tercer día de haber sido sepultado. El mismo Señor hizo alusión a Jonás para hablar de su resurrección: Como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra tres días y tres noches (Mt 12, 40).

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima séptima. Historia de Tobías

Lección vigésima séptima

Historia de Tobías

¿En qué libro de la Biblia está narrada la historia de Tobías? En el libro que se llama precisamente de Tobías.

¿En cuántas partes puede dividirse el libro de Tobías? En tres. En una primera parte se presenta la desgracia y oración de Tobit, padre de Tobías, en Nínive (Asiria), y la de Sara en Ecbatana (Media). En la segunda se narra el viaje que hace Tobías a Media acompañado del arcángel Rafael. Y en la tercera y última se cuenta el regreso de Tobías a la casa de su padre Tobit, y la curación de éste, así como sus últimos días en la tierra.

¿Quién era Tobit? Era un judío de los que fueron deportados de Israel y llevados cautivos a Nínive. Hombre piadoso. Desde su juventud había sido constante y fiel en el culto del verdadero Dios, sin adorar al becerro de oro, como hicieron muchos israelitas.

Durante su cautiverio se hizo acreedor a las consideraciones de Salmanasar, el rey de Asiria, que le había dado permiso para ir a donde quisiera; pero Tobit no hizo uso de las deferencias y autorización del rey, sino para el bien de su pueblo, que se hallaba tiranizado; además era el consuelo de los pobres, prestaba dinero sin interés alguno, practicaba obras de misericordia, y cuidaba especialmente de dar sepultura a los muertos.

¿Qué desgracia le ocurrió a Tobit? Cierto día, después de enterrar un cadáver, se sentó en el patio de su casa, junto a la pared, y se quedó dormido. No sabía que encima de mí, en la pared, había unos pájaros; éstos dejaron caer sus excrementos todavía calientes sobre mis ojos, y me salieron unas manchas blancas. Acudí a los médicos para que me curaran y cuantas más medicinas me aplicaron, tanto más quedaban ciegos mis ojos por las manchas, hasta que me quedé ciego por completo (Tb 2, 10). Como consecuencia de la ceguera, Tobit quedó sumido en la pobreza. Además se encontró con la incomprensión de su esposa. En esa situación elevó su oración a Dios pidiendo la muerte: Haz ahora conmigo lo que quieras y ordena que me sea retirado mi espíritu, de manera que yo desaparezca de la faz de la tierra y me convierta en polvo; porque prefiero la muerte antes que la vida, puesto que he oído reproches injustos y se ha apoderado de mí una enorme tristeza. Manda, Señor, que me libre de este sufrimiento y envíame al lugar eterno, pero no apartes de mí tu rostro, Señor, porque prefiero morir a ver tanto sufrimiento en mi vida y escuchar tales improperios (Tb 3, 6).

La versión latina de la Biblia Vulgata incluye una reflexión sobre el sentido de las desgracias sufridas por Tobit: El Señor permitió que le llegara esta prueba para que quedara a quienes vienen detrás un ejemplo de su paciencia como la del santo Job. Puesto que desde su infancia había tenido temor de Dios y había guardado sus mandatos, no se irritó contra Dios cuando le vino la desgracia de la ceguera, sino que permaneció en el temor de Dios, dando gracias a Dios todos los días de su vida. Y así como al santo Job le insultaban reyes, así familiares y parientes de Tobit se reían de su forma de vida diciéndole: “¿Dónde está tu esperanza por la que dabas limosnas y enterrabas a los muertos?” Pero Tobit les replicaba: “No habléis así, porque somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza” (Tb 2, 12-18).

¿Quién era Sara y qué desgracia tuvo? Sara, hija de Ragüel, era una joven de una familia judía, también en el destierro. Vivía en Ecbatana de Media. Había sido dada en matrimonio a siete maridos sucesivos, pero en la noche de la boda Asmodeo, el perverso demonio, los había matado antes de que se hubieran unido a ella como se suele hacer con una esposa (Tb 3, 8). A esta desgracia se le unió el tener que escuchar las injurias de una criada de su padre. Ésta le dijo: ¡Eres tú la que matas a tus maridos! Has sido entregada a siete maridos, pero de ninguno de ellos has tomado nombre. ¿Por qué nos castigas por culpa de que hayan muerto tus maridos? ¡Vete tras ellos, y que no veamos nunca un hijo o una hija tuyos! (Tb 3, 8-9). Todo esto hizo que Sara se entristeciera y pensara en ahorcarse. Pero no llegó a cometer este gran pecado del suicidio por el amor a su padre. Pensó y se dijo: Puede que injurien a mi padre y le digan: “La única hija que has tenido, para ti muy querida, se ha ahorcado por los disgustos. Entonces arrastraré la ancianidad de mi padre hasta el sepulcro a causa de la tristeza. Es preferible que no me ahorque, sino que suplique al Señor que me conceda la muerte; así, ya no volveré a escuchar injurias en mi vida” (Tb 3, 10).

La versión Vulgata de la Biblia no menciona que Sara pensara en quitarse la vida, sino que dice: Subió al patio de arriba de su casa y se pasó tres días con sus noches sin comer ni beber, pidiendo incesantemente entre lágrimas que Dios la librase de aquella humillación.

¿Cuál fue la oración de Sara? Bendito seas, Dios misericordioso, y bendito sea tu nombre por siempre. Que te bendigan todas tus obras por los siglos. Ahora, a ti levanto mi rostro y mis ojos. Ordena que yo desaparezca de la tierra, para que no oiga más insultos. Tú sabes, Señor, que soy pura respecto a cualquier contacto con varón, y que no he manchado mi nombre ni el de mi padre en la tierra de mi cautividad. Soy hija única de mi padre; no posee ningún otro hijo que pueda heredarle, ni tiene parientes próximos o familiares lejanos para darme en matrimonio. Ya he perdido siete maridos, ¿para qué me sirve la vida? Si no te parece bien quitarme la vida, escucha, Señor, el improperio contra mí (Tb 3, 11-15).

¿Llegó a oídos de Dios la oración de Tobit y de Sara? Sí. Dios envió al arcángel Rafael para curar a los dos: a Tobit de su ceguera; y a Sara la liberó del perverso Asmodeo, y así la joven pudo contraer matrimonio con el hijo de Tobit, Tobías. Esto está narrado en el libro de Tobías.

¿Cómo se conocieron Tobías y Sara? La historia es un poco larga. Todo empieza porque Tobit se acordó del dinero que había dejado en depósito a Gabael, en Ragués, en la región de Media. Y pensó: “Yo he pedido la muerte. ¿Por qué no llamo a mi hijo Tobías, y le informa sobre ese dinero antes de morir?” (Tb 4, 2). Y llamó a su hijo para aconsejarle.

¿Qué consejos dio Tobit a su hijo? Cuando yo muera, dame una sepultura digna; honra a tu madre y no la abandones durante todos los días de su vida; haz lo que es bueno a sus ojos y no la pongas triste en nada. Acuérdate de ella, hijo, porque ha pasado muchos peligros cuando estabas en su seno. Cuando ella muera, dale sepultura junto a mí en la misma tumba. Hijo, acuérdate del Señor todos tus días y no quieras pecar ni vulnerar sus preceptos. Realiza obras buenas todos los días de tu vida y no vayas por caminos de iniquidad, porque los que actúan con rectitud tendrán éxito en sus obras, igual que todos los que practican la justicia. Reparte limosnas de tus bienes, y que tu mirada no tenga recelo al hacerla; no apartes tu rostro de ningún necesitado, para que el rostro de Dios no se aparte de ti. Repártela según lo que tengas, hijo: si tienes mucho, reparte abundantes limosnas; si tuvieses poco, no tengas miedo de repartir limosnas conforme a ese poco. De esta manera atesorarás un buen premio para el día de la necesidad; pues la limosna libera de la muerte e impide caer en la tiniebla. La limosna es un buen regalo para todos lo que la realizan en presencia del Altísimo. Apártate, hijo, de toda fornicación, y, en primer lugar, contrae matrimonio con una mujer de la descendencia de tus padres; no te cases con una extraña que no sea de la tribu de tu padre, pues somos hijos de profetas. Noé, Abrahán, Isaac y Jacob son desde siempre nuestros padres; recuerda, hijo, que todos se casaron con mujeres que descendían de sus hermanos, fueron bendecidos en sus hijos, y su descendencia heredará la tierra. Tú, hijo, ama a tus hermanos y no sea soberbio tu corazón ni con los hijos ni con las hijas de tu pueblo, y recibe como esposa a una de ellas. Porque la soberbia es causa de perdición y de gran desorden, y en la ociosidad están la miseria y la escasez. Además, la ociosidad es la madre de la penuria. No retengas el salario de cualquier hombre que trabaje para ti, sino entrégaselo enseguida; así cuando sirvas a Dios, él te recompensará. Hijo, esmérate en todas tus obras y sé educado en todo tu comportamiento. Lo que odias no se lo hagas a nadie. No beba vino hasta la embriaguez y que ésta no sea tu compañera de camino. Reparte tu pan con el hambriento y tus vestidos con los desnudos. Da en limosna todo lo que te sobre, y tu mirada no tenga recelo al dar limosna. Esparce tus panes y derrama tu vino sobre los sepulcros de los justos y no los des a los pecadores. Busca el consejo de todo hombre prudente y no desprecies ninguna advertencia valiosa. Bendice al Señor Dios en todo momento, y suplícale que tus caminos sean rectos y que todas tus sendas y proyectos terminen bien. Pues no todas las gentes tienen este pensamiento, sino que es el mismo Señor el que les da los buenos pensamientos, y el que, a quien Él quiere, humilla hasta lo más profundo del hades. Ahora, hijo, ten presentes estos preceptos míos y que no se borren de tu corazón (Tb 4, 2-19).

Después darle estos consejos a su hijo, Tobit le hizo saber a Tobías que había dejado dinero en depósito a Gabael, en Ragués de Media, y que era preciso que fuera a recuperarlo. Y por último, aún le dio otro consejo: Hijo, no temas porque nos hayamos convertido en pobres. Poseerás muchos bienes, si temes a Dios, te apartas de todo pecado, y obras el bien delante del Señor, tu Dios (Tb 4, 21).

¿Qué precauciones tomó Tobías antes de iniciar el viaje a Ragués de Media? Para que Tobías pudiera recuperar el dinero que su padre había dejado en depósito a Gabael, Tobit le dio el recibo de Gabael que le entregó este último hacía ya veinte años cuando recibió el dinero. Además, como Tobías no conocía el camino a Media, su padre le dijo que se buscara un hombre fiel que le acompañara. Enseguida Tobías encontró al ángel Rafael, que se presentó ante él, pero Tobías no sabía que fuera un ángel de Dios. Y le preguntó: “¿De dónde eres, joven?” Contestó: “Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos, que he venido aquí a buscar trabajo”. Tobías le dijo: “¿Conoces el camino para ir a Media?” Él respondió: “Sí. He estado allí muchas veces; soy experto y conozco bien todos los caminos. Con frecuencia he ido a Media y me he alojado en casa de Gabael, nuestro hermano, que vive en Ragués de Media. Hay dos días de camino desde Ecbatana hasta Ragués, pues se encuentra en la montaña” (Tb 5, 4-6).

Tobías le dijo a su padre que ya había encontrado al que le acompañaría en el viaje. Tobit se interesó no sólo de que el guía fuera capaz de conducir a su hijo a Media, sino de que resultara una buena compañía para él, que fuera un buen judío. Al ser preguntado el ángel por su nombre, Rafael dijo: Yo soy Azarías, hijo del gran Ananías, uno de tus hermanos (Tb 5, 13).

¿Por qué el ángel Rafael dio estos dos nombres? Los nombres que el ángel puso ante el padre de Tobías son significativos: Azarías quiere decir “Dios ayuda”, y Ananías “Dios es misericordioso”.

¿Fue dolorosa la despedida? Tobit bendijo a los dos jóvenes. A continuación Tobías, antes de emprender su camino, besó a su padre y a su madre. Tobit le dijo: “¡Que tengas buen viaje!” Su madre se puso a llorar y dijo a Tobit: “¿Por qué has enviado a mi hijo? ¿No es él el bastón de nuestra mano, el que entra y sale delante de nosotros? Que el dinero no se añada al dinero, sino que sea basura en comparación a nuestro hijo. Con lo que el Señor nos ha dado para vivir, teníamos bastante”. Pero Tobit contestó: “No digas eso. Nuestro hijo tendrá un buen viaje y regresará sano a nosotros; tus ojos lo verán el día que vuelva sano junto a ti. No pienses así, ni tengas miedo por ellos, hermana. Le acompaña un ángel bueno que le hará fácil el camino y nos lo devolverá sano” (Tb 5, 17-22).

¿Hubo incidencias en el viaje? Sí. Al anochecer del primer día acamparon en la orilla del río Tigris. El joven Tobías se introdujo en las aguas del río para lavarse los pies, y he aquí que un pez enorme se le acercó e intentó devorar el pie del muchacho. Éste comenzó a gritar, y entonces el ángel le dijo: “¡Agárralo y no lo dejes escapar!” El muchacho se apoderó del pez y lo sacó a tierra. El ángel le dijo: “Raja el pez, sácale la hiel, el corazón y el hígado, y guárdalos; los intestinos, tíralos. La hiel, el corazón y el hígado sirven como medicamentos” (Tb 6, 4-5). Tobías hizo lo que le indicó el ángel, pero se quedó intrigado por las últimas palabras de Rafael. ¿Cómo podrían servir de medicamento aquellas partes del pez? Y el ángel se lo explicó: Cuando se queman el corazón y el hígado del pez delante de un hombre o mujer poseídos por un demonio o espíritu maligno, alejan de ellos toda posesión y desaparecen de ellos para siempre. La hiel sirve para untar los ojos de un hombre al que le hayan salido manchas blancas; al soplar sobre las manchas blancas, los ojos se curan (Tb 6, 8-9).

¿Recuperó Tobías el dinero? Sí, pero hay algo más interesante. Cuando Tobías y Azarías llegaron a Media, por indicación del ángel se hospedaron en Ecbatana, en la casa de Ragüel. Éste era pariente de Tobit, y tenía una hija llamada Sara. Rafael aconsejó a Tobías que la tomara por esposa, ya que Sara -le dijo el ángel- es una muchacha prudente, fuerte y muy guapa; además su padre es bueno (Tb 6, 12). El joven Tobías manifestó a Rafael su temor en tomar a la joven por esposa porque había llegado a sus oídos que ya había sido dada a siete maridos y que murieron en sus aposentos nupciales por la noche, cuando iban a acercarse a ella. También he oído decir que los mataba un demonio. Por eso tengo miedo, pues el demonio está celoso por ella y a ella no le hace ningún daño, pero mata a quien pretende acercársele (Tb 6, 14-15). El ángel le tranquilizó. No te preocupes de ese demonio, y cásate. Yo sé que esta noche te la entregarán como esposa. Cuando entres en el aposento nupcial, toma parte del hígado y del corazón del pez y ponlos sobre las brasas del incienso. Surgirá un aroma que, al ser inhalado por ese demonio, lo ahuyentará y ya nunca más aparecerá junto a ella (Tb 6, 16-17).

¿Se casaron Tobías y Sara? Sí. Ragüel no tuvo inconveniente alguno en conceder la mano de su hija a Tobías, pero tanto él como su mujer Edna temían que también en esta ocasión como en las siete anteriores, en la noche de bodas, muriera el marido de Sara. Pero esta vez no ocurrió. Tobías hizo con el hígado y el corazón del pez lo que le había dicho el ángel, y el demonio Asmodeo desapareció. Una vez que Tobías y Sara en el aposento, el joven dijo a Sara: Vamos a rezar y a suplicar a nuestro Señor que haga descender sobre nosotros misericordia y salvación (Tb 8, 4). Y los dos juntos rezaron a Dios antes de acostarse.

¿Cuál fue la oración de Tobías? ¡Bendito eres, Dios de nuestros padres, y bendito tu nombre por todos los siglos de los siglos! ¡Que los cielos y tu creación entera te bendigan por siempre jamás! Tú creaste a Adán y creaste para él a Eva, su mujer, para que fuera su ayuda y su apoyo. De ambos ha surgido el género humano. Tú dijiste que no era bueno que el hombre estuviera solo: “Hagámosle una ayuda semejante a él”. Ahora tomo a esta pariente mía no por causa del placer, sino con rectitud de intención. Ten misericordia de ella y de mí, para que alcancemos junto la ancianidad (Tb 8, 7).

¿Y el dinero…? La celebración de la boda duró varios días. Mientras tanto, Azarías se acercó a Ragués, a casa de Gabael, con el recibo, y recuperó el dinero.

¿Fue prolongada la ausencia de la casa paterna de Tobías? Sí. Tanto se prolongó la ausencia del joven con motivo de su boda, que sus padres sufrían una angustiosa inquietud. Tobit había calculado el tiempo que tardaría su hijo en ir a Media y volver, y viendo que ya se había cumplido sin que Tobías hubiera vuelto, se temió lo peor. Igualmente angustiada estaba Ana, su esposa. Ésta pensaba que su hijo había muerto, pero aún tenía cierta esperanza. Todos los días salía al camino por el que su hijo había marchado, y no hacía caso de nadie. Al ocultarse el sol, entraba en casa, se lamentaba y se pasaba toda la noche llorando sin poder dormir (Tb 10, 7). Y así durante largo tiempo, hasta que un día, estando sentada mirando en lontananza el camino se dio cuenta de que regresaba su hijo. Se levantó para darle la buena noticia a Tobit, su marido. Ambos salieron a recibir a Tobías. Éste, después de abrazar a sus padres, hizo lo que le había indicado Azarías, es decir, colocó la hiel del pez en los ojos de Tobit, le aplicó el medicamento, y con las manos le quitó las manchas blancas de las comisuras de sus ojos. Y Tobit recobró la vista.

Tobías entró en casa alegre y bendiciendo a Dios con toda su voz. Relató Tobías a su padre que había sido favorecido en su viaje y que había recobrado el dinero y había recibido como esposa a Sara, la hija de Ragüel, que también venía y estaba ya cerca de las puertas de Nínive (Tb 11, 15). Entonces Tobit salió, feliz y bendiciendo a Dios, hasta la puerta de Nínive al encuentro de su nuera.

¿Y Azarías…? Tobit dijo a su hijo que recompensara al joven que le había acompañado en el viaje. Tobías quiso pagarle a Azarías la mitad de todo lo que había traído. Entonces, Rafael dijo a Tobit y a Tobías: Bendecid a Dios y proclamad ante todos los vivientes el bien que os ha hecho, para que alaben y canten himnos en su nombre. Manifestad con veneración a todos los hombres las acciones de Dios y no dejéis de proclamarlo. Es bueno mantener oculto el secreto real, pero también lo es manifestar y proclamar las acciones de Dios con veneración. Practicad el bien, y el mal no os encontrará. Buena es la oración sincera, y es preferible la limosna con justicia a la abundancia inicua. Es mucho mejor dar una limosna que atesorar oro. La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Lo que dan limosna gozarán de una larga vida. Los que cometen pecado e iniquidad son enemigos de su propia vida. Os explicaré toda la verdad sin ocultaros nada. Ya os he mostrado y os he dicho que es bueno mantener oculto el secreto real, y manifestar gloriosamente las acciones de Dios. Cuando Sara y tú hacíais oración era yo el que presentaba el testimonio de vuestra plegaria ante la gloria del Señor. Lo mismo que cuando enterrabas a los muertos (Tb 12, 6-12).

¿Se dio a conocer el ángel? Sí. Después le dijo a Tobit: Dios me ha enviado para curarte a ti y a tu nuera Sara. Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que servimos y estamos presentes ante la gloria del Señor (Tb 12, 15). Al oír esta revelación, tanto el padre como el hijo se quedaron atónitos, y se postraron en tierra, sobrecogidos de espanto. Entonces el ángel añadió: No temáis. La paz esté con vosotros. Alabad a Dios por los siglos de los siglos. Mientras he permanecido con vosotros no os he acompañado por iniciativa mía, sino por voluntad de Dios. Alabadlo todos los días y cantadle himnos. Os habréis dado cuenta de que yo no comía nada, sino que aparecía a vuestros ojos como una visión. Ahora, alabad al Señor sobre la tierra y proclamad a Dios. Yo subo hacia el que me ha enviado. Poned por escrito todo lo que os ha sucedido (Tb 12, 17-20). Y dicho esto, desapareció.

¿Fue Tobías un hijo ejemplar? Sí. Tobit tenía sesenta y dos años cuando quedó ciego, y después de la vuelta de su hijo y de recobrar la vista vivió en la abundancia y repartió limosnas. Durante toda su vida bendijo a Dios y proclamó su grandeza. Cuando sintió que su muerte estaba próxima le dijo a Tobías que tomara a sus hijos y se marchasen de Nínive, cuya próxima ruina había anunciado el profeta Nahúm. Cuando murió, fue sepultado por su hijo con el honor debido. Igualmente, al morir Ana, Tobías la enterró junto a su padre. Y siguiendo el consejo de Tobit se marchó con su esposa a Media. Se estableció en Ecbatana en casa de su suegro Ragüel. Cuidó de la ancianidad de sus suegros de forma digna y les dio sepultura en Ecbatana de Media (Tb 14, 12-13). Tobías murió estimado por todos. Antes de morir bendijo al Señor Dios por todos los siglos de los siglos.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima sexta. Últimos reyes de Israel

Lección vigésima sexta

Últimos reyes de Israel

¿Quién sucedió a Ajab? Su hijo Ocozías. Éste, como todos los reyes de Israel, siguió el camino de la idolatría, dando culto a Baal, al que adoró. Además de la influencia mala de su padre, también está la de su madre Jezabel, no menos nefasta. Su conducta irritó a Dios. El final de su reinado vino como consecuencia de un accidente que tuvo en su palacio de Samaría y del que quedó maltrecho. Estando en el lecho, envió emisarios con el encargo de consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón, si sobreviviría de sus heridas. Entonces Dios habló al profeta Elías para que le dijera a Ocozías: Porque enviaste mensajeros a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón -¿acaso no había Dios en Israel para consultar su palabra?-, por eso no has de bajar del lecho al que subirte, pues vas a morir (2 R 1, 16). Y así ocurrió.

¿Quién fue el siguiente rey de Israel? Al morir Ocozías sin descendencia, le sucedió en el trono de Israel su hermano Jorán. Éste también hizo el mal a los ojos del Señor, pero no tanto como su padre y su madre, pues quitó la estela de Baal que había construido su padre. En el reinado de Jorán se cumplió el castigo del Señor contra la casa de Ajab por medio de Elías. Dios se valió de Jehú, general del ejército de Jorán, como instrumento de su justicia divina.

¿Cómo llegó Jehú a ser rey de Israel? El profeta Elías había recibido ya del Señor la orden de consagrar a Jehú como rey de Israel, pero fue su discípulo Eliseo quien la ejecutó. Pero no fue él personalmente quien ungió a Jehú, sino uno de los discípulos de los profetas. El joven profeta fue a Ramot-Galaad, donde se encontraba Jehú, y derramó el aceite sobre la cabeza de Jehú y le dijo: Esto dice el Señor, Dios de Israel: “Te he ungido como rey sobre el pueblo del Señor, sobre Israel. Golpearás a la casa de tu señor Ajab, y así yo vengaré la sangre de mis siervos los profetas y la de todos los siervos del Señor, derramada por Jezabel (2 R 9, 6-7). Después de la unción, el profeta -cumplida su misión- se fue.

¿Cómo murió Jorán? Una vez que fue reconocido como rey, Jehú fue a Yizreel donde se encontraba Jorán convaleciendo de las heridas que había recibido en la defensa de Ramot-Galaad, ciudad atacada por Jazael, rey de Siria. Enterado Jorán de que se acercaba Jehú, salió en su carro a su encuentro. Se encontraron en el campo de Nabot. Cuando Jorán vio a Jehú, le dijo: “¿Hay paz?” Éste respondió: “¿Qué paz? Todavía perduran las fornicaciones de tu madre Jezabel y sus muchas hechicerías” (2 R 9, 22). Entonces se dio cuenta Jorán de la traición de su general, e intentó huir en su carro. Pero Jehú echó mano al arco e hirió a Jorán entre las costillas de forma que la flecha le atravesó el corazón y quedó tendido en el carro (2 R 9, 24). Jehú mando arrojar el cadáver de Jorán en el campo de Nabot.

¿Y Jezabel…? Cuando Jehú entró en Yizreel vio asomada a la ventana de palacio a Jezabel. Entonces ordenó a los propios eunucos de la reina que la arrojaran. Y así fue. Una vez muerta Jezabel, Jehú dijo a los eunucos: “Encargaos de esa maldita y enterradla, pues era hija de rey”. Fueron a enterrarla pero no encontraron de ella más que el cráneo, los pies y las palmas de las manos. Volvieron y se lo contaron a Jehú. Éste dijo: “Es la palabra del Señor que fue pronunciada por medio de su siervo Elías, el tesbita, cuando dijo: ‘En la heredad de Yizreel los perros comerán la carne de Jezabel. El cadáver de Jezabel será como estiércol del campo de la heredad de Yireel, para que no pueda decirse: Ésta es Jezabel’” (2 R 9, 34-37). En los días posteriores fueron muertos todos los descendientes de Ajab.

¿Cuál fue la conducta de Jehú? Jehú fue el iniciador de una nueva dinastía, y el instrumento por el cual se cumplió las profecías de castigo que Dios había hecho a Ajab; y además fue el que erradicó el culto de Baal en Israel. El Señor le dijo a Jehú: Puesto que has obrado bien haciendo lo que es recto a mis ojos, y has tratado a la casa de Ajab tal como era mi deseo, cuatro generaciones de tus hijos te sucederán en el trono de Israel (2 R 10, 30). Sin embargo Jehú no se preocupó de caminar según la Ley del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón, ni se apartó de los pecados con que Jeroboán hizo pecar a Israel.

¿Quiénes fueron los últimos reyes del reino del Norte? Se cumplió lo que Dios había dicho a Jehú. Cuatro generaciones de los descendientes de Jehú ocuparon el trono de Israel, empezando por su hijo Joacaz. A éste le sucedió su hijo Joás. A la muerte de Joás, fue entronizado Jeroboán II. El sucesor de éste fue su hijo Zacarías. Con Zacarías acaba la dinastía de Jehú.

Salum se conjuró contra Zacarías, y le mató, reinando en su lugar. Pero poco tiempo ocupó el trono de Israel porque al mes, en una conspiración contra él fue herido y muerto por Menajem, que pasó a ser el nuevo rey. A éste, que no murió de muerte violenta, le sucedió su hijo Pecajías. El sucesor de Pecajías fue Pecaj, capitán de Pecajías, que se rebeló contra su rey y lo mató para ocupar el trono. Idéntica suerte tuvo Pecaj. Contra él conspiró Oseas. Éste hirió de muerte al rey y reinó en su lugar. Oseas fue el último rey de Israel. Todos estos reyes hicieron lo malo a los ojos del Señor.

¿Cómo fueron los últimos tiempos del reino de Israel? Jehú y sus sucesores tuvieron que sostener frecuentes guerras contra los reyes de Asiria, y, por lo general, con suerte adversa, porque el Señor había abandonado a Israel a causa de la idolatría. Jeroboán II aprovechando la debilidad en que se encontraba Asiria después de la muerte de Salmanasar III, logró extender considerablemente su reino, restableciendo las fronteras de Israel desde la entrada de Jamat hasta el mar de Arabá, y formó una poderosa confederación con Azarías, rey de Judá, y Benadad III de Damasco; pero después de su muerte el país cayó en la más completa anarquía; los reyes subían al trono por el asesinato y en medio de desastrosas guerras civiles. Aprovechando este estado de perturbación, Teglatpalasar III de Asiria extendió su dominio por el oeste del Éufrates e hizo tributarios suyos a los reyes de Israel.

Oseas, el último rey de Israel, se había sometido a Asiria. Pero al morir Teglatpalasar III y ocupar el trono de Asiria un nuevo rey, Salmanasar V, Oseas vio la posibilidad de liberarse del yugo asirio y se alió con el rey de Egipto, y rehusó pagar tributos al rey asirio. En vista de lo cual Salmanasar V ordenó sitiar a Samaría. Entretanto estalló en Nínive una revolución que acabó con la dinastía reinante, y Sargón, uno de los generales, subió al trono asirio en sustitución de Salmanasar V, reinando con el nombre de Sargón II.

No habiendo recibido Samaría auxilio alguno del rey de Egipto, cayó en poder de los sitiadores. Esto ocurría en el año 721 antes de Cristo. Todo Israel fue anexionado a Asiria; Oseas fue llevado cautivo a Nínive; y muchos de los habitantes de Samaría se disiparon por diferentes provincias del imperio asirio. Fue el fin del reino de Israel, que había subsistido 211 años, del 932 al 721 antes de Cristo.

Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima quinta. Reino de Israel

Lección vigésima quinta

Reino de Israel

¿En qué años reinó Jeroboán? El primer rey de Israel después del cisma de Samaría fue Jeroboán que reinó del año 932 al 911 antes de Cristo.

¿Fue ejemplar la conducta de Jeroboán? En absoluto, pues favoreció la idolatría. Temeroso de que las tribus se volvieran a la casa de David, reconociendo a Roboán, se dijo para sus adentros: Si este pueblo sube a ofrecer sacrificios al Templo del Señor en Jerusalén y su corazón se vuelve hacia su señor Roboán, rey de Judá, me matarán y se volverán con Roboán (1 R 12, 27). Entonces decidió fabricar dos becerros de oro, y dijo al pueblo: Ya habéis subido bastante a Jerusalén. Israel, aquí están tus dioses que te sacaron del país de Egipto (1 R 12, 28). Un becerro de oro lo colocó en Betel; y el otro, en Dan. Y esto fue causa de pecado, pues el pueblo iba ante el uno y ante el otro hasta Dan. Además, al mismo tiempo desterró de su reino a todos los levitas y sacerdotes del Dios verdadero. En su conjunto el reinado de Jeroboán se caracteriza por el pecado de idolatría, tanto el que cometió él mismo como el que hizo cometer a Israel. Jeroboán se convertirá en tipo de rey idólatra de modo semejante a como David lo es del rey fiel a Dios.

¿Cuál fue el castigo que recibió Jeroboán? Un hijo de Jeroboán, llamado Abías, cuando aún era un niño cayó enfermo. Dios, por medio del profeta Ajías, hizo saber a Jeroboán que su hijo moriría. Le hará duelo todo Israel, y lo enterrarán pues éste será el único de los de Jeroboán que vaya a un sepulcro, ya que en él se ha encontrado algo bueno para el Señor, Dios de Israel, en la casa de Jeroboán. El Señor establecerá un rey sobre Israel que destruirá la casa de Jeroboán (1 R 14, 13-14). El no recibir sepultura resalta la dureza del castigo divino, pues se consideraba como la mayor de las desgracias para un hombre.

¿Quién sucedió a Jeroboán? Su hijo Nadab. Pero su reinado duró muy poco tiempo, solamente dos años. Hizo el mal a los ojos del Señor; siguió los caminos de su padre y los pecados con los que éste hizo pecar a Israel (1 R 15, 26). Contra Nadab se conjuró Basá, que asesinó al rey y se puso en su lugar. Cuando comenzó a reinar Basá dio muerte a toda la casa de Jeroboán hasta eliminarla, según había profetizado Ajías.

¿Fue mejor Basá que sus antecesores? No, de ningún modo. También hizo el mal a los ojos del Señor y siguió los caminos de Jeroboán y los pecados con los que éste hizo pecar a Israel, por lo que Dios le castigó. Por medio del profeta Jehú, el Señor le hizo saber a Basá que a su casa le ocurriría lo mismo que a la casa de Jeroboán. A aquél de Basá que muera en la ciudad se lo comerán los perros, y al que muera en el campo se lo comerán las aves del cielo (1 R 16, 4).

¿Quiénes fueron los inmediatos sucesores de Basá? Cuando murió Basá subió al trono de Israel su hijo Elá. Pero he aquí que la historia de la conjura contra Nadab se repite con Elá, pues un siervo de éste, Zimri, asesinó al rey y se sentó en el trono. Además, Zimri exterminó a toda la casa de Basá sin dejar ningún varón, ni pariente, ni amigo, según la palabra que pronunció el Señor contra Basá por medio del profeta Jehú. Poco tiempo -menos de un año- reinó Zimri, pues el pueblo se sublevó contra él y proclamó rey a Omrí, jefe del ejército de Israel. Al ver Zimri que la ciudad iba a ser tomada, entró en la fortaleza del palacio real, prendió fuego al palacio estando él dentro, y murió a causa de los pecados que había cometido por hacer el mal a los ojos del Señor (1 R 16, 18-19). Tampoco la conducta de Omrí fue conforme a la voluntad, pues se portó peor que todos sus predecesores. A su muerte, le sucedió su hijo Ajab. Éste excedió en iniquidades a los anteriores reyes de Israel. Por instigación de su mujer Jezabel, hija del rey de los sidonios, introdujo en Samaría el culto a Baal, y persiguió cruelmente a los profetas de Dios.

¿Qué profeta sobresale en esta época? En tiempos de estos reyes impíos, Dios suscitó en Israel unos profetas cuya actividad fue crucial para mantener el culto del Dios verdadero, pues se veía seriamente amenazado por la idolatría. Entre estos profetas sobresale Elías, cuyo nombre significa “mi Dios es el Señor”. Elías es un profeta errante que va de una parte a otra obedeciendo la palabra del Señor.

¿Qué le dijo Elías al rey Ajab? Dios mandó a Elías que fuese a decir a Ajab: Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que durante estos años no habrá rocío ni lluvia, si no es por mi palabra (1 R 17, 1). Y efectivamente, en Israel hubo una gran sequía que duró varios años. Esta sequía da la impresión de ser un castigo divino por impiedad del rey, pero en realidad se trata de un motivo para mostrar la superioridad del Dios de Israel sobre el dios cananeo Baal. La religión cananea consideraba al dios Baal dueño de las fuerzas naturales: de la lluvia, de las tormentas, de la fecundidad, etc. Mediante el profeta Elías, el verdadero Dios se revela distinto, superior y trascendente a esas fuerzas por grandes que sean y a la vez Señor de todas ellas.

La profecía que hace Elías de una gran sequía supone la descalificación radical del culto a Baal, dios de la lluvia, pues sólo el Dios de Israel es dueño de la naturaleza.

¿Qué acontecimientos sobresalen en la vida de Elías? Hechos milagrosos como la multiplicación de la harina y el aceite; la resurrección de un joven; la disputa con los profetas de Baal en el monte Carmelo; y el traslado del profeta al cielo en medio de un torbellino de nubes y viento.

¿Cómo fue el pasaje de la multiplicación de la harina y el aceite? En los años de la gran sequía, por orden de Dios, Elías se trasladó a una ciudad llamada Sarepta, situada al sur de Sidón. Al entrar en Sarepta vio a una mujer viuda que recogía leña, y le pidió que le diera un vaso de agua. Cuando la mujer fue a por el agua, el profeta le dijo que también le trajera un trozo de pan. Entonces la mujer le dijo: Vive el Señor, tu Dios, que no tengo ni una hogaza: sólo un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mí. Lo comeremos y luego moriremos (1 R 17, 12). Pero Elías le dijo que le hiciera una torta para él, y después otra para ella y su hijo, asegurándole en nombre del Dios de Israel: El cuenco de harina no quedará sin nada y la alcuza de aceite no se vaciará hasta el día que el Señor conceda la lluvia a la superficie del suelo (1 R 17, 14). La mujer hizo según la palabra de Elías, y comieron el profeta, la mujer y su hijo durante días. La harina del cuenco no se acabó ni el aceite de la alcuza se vació, como había profetizado Elías.

¿Y la resurrección…? Después de todo esto, el hijo de la viuda enfermó, y su enfermedad se agravó hasta el punto de que al niño ya no le quedó aliento. Entonces ella le dijo a Elías: “¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¿Has venido para recordarme mi pecado y traer la muerte a mi hijo?” Él le contestó: “Déjame a tu hijo”. Lo tomó de su regazo, lo llevó a la habitación de arriba donde él residía y lo acostó sobre su cama. Después clamó al Señor y dijo: “¡Señor, Dios mío! ¿También vas a hacer daño a la viuda que me ha dado hospedaje dejando morir a su hijo?” Se tendió tres veces sobre el niño y clamó al Señor diciendo: “¡Señor, Dios mío, que la vida de este niño vuelva a él!” El Señor escuchó la voz de Elías y la vida del niño volvió de nuevo a él y revivió. Elías tomó al niño y lo bajó de la habitación alta de la casa. Lo entregó a su madre y le dijo: “Mira a tu hijo vivo”. Respondió la mujer a Elías: “Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdadera” (1 R 17, 17- 24).

¿En qué consistió la disputa de Elías con los profetas de Baal? En una ocasión el rey Ajab al ver a Elías le increpó: ¿Tú aquí, mal agüero de Israel? (1 R 18, 17), dándole a entender que el profeta era la causa de la ruina de Israel. Y Elías contestó al rey: No traigo yo el mal agüero a Israel, sino tú y la casa de tu padre con vuestro abandono de los preceptos del Señor, pues te has ido tras los baales (1 R 18, 18). Y dijo Elías a Ajab que convocase a todo el pueblo en el monte Carmelo, y que acudiesen también los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. El rey hizo lo que había pedido Elías, y al monte Carmelo acudieron los israelitas y los profetas de Baal. Entonces Elías dijo: ¿Hasta cuándo estaréis claudicando en vuestra religión? Si el Señor es el verdadero Dios, adoradle; si es Baal, seguidle (1 R 18, 21). Como el pueblo permaneció sin decir nada, Elías continuó hablando: Solamente he quedado yo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta hombres. Traednos dos novillos: que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña sin prenderle fuego; yo prepararé el otro, lo pondré sobre la leña y tampoco le prenderé fuego. Vosotros invocaréis el nombre de vuestro dios y yo invocaré el nombre del Señor. El dios que responda con el fuego, ése es el verdadero Dios (1 R 18, 22-24). Al pueblo allí congregado le pareció bien la propuesta de Elías.

En primer lugar fueron los profetas de Baal quienes prepararon un novillo y lo pusieron sobre un altar de piedra con la leña. Enseguida comenzaron a invocar el nombre de Baal, diciendo: ¡Baal, respóndenos! (1 R 18, 26). Y estuvieron rogando a su ídolo desde la mañana hasta el mediodía, pero no hubo ni una voz ni quien respondiera mientras los profetas de Baal danzaban en torno al altar que habían levantado. Al mediodía Elías se reía de ellos y les decía: “Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero quizá esté meditando, o tenga alguna necesidad, o esté de viaje, o a lo mejor está dormido y tiene que despertarse” (1 R 18, 27). Y ellos daban más voces y, según sus ritos, se hacían incisiones con espadas y lanzas hasta que la sangre corría por su cuerpo. Pero no hubo respuesta alguna de su dios, sin que éste les hiciera caso.

Cuando le tocó el turno a Elías, éste levantó un altar con doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob. Luego amontonó la leña, despedazó el novillo y lo puso sobre la leña. Además roció con agua abundante el novillo y la leña. Y elevando las manos al cielo, dijo: Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, muestra hoy que Tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu siervo, y he hecho todo esto por orden tuya. Respóndeme, Señor, respóndeme para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor, su Dios, y que Tú has hecho volver de nuevo su corazón (1 R 18, 36-37). Al momento bajó sobre el altar fuego del cielo, que consumió no solamente la leña, sino también el novillo y hasta las piedras.

En vista de este prodigio, el pueblo cayó rostro en tierra y exclamó: “¡El Señor es el verdadero Dios! ¡El Señor es el verdadero Dios!” Elías les ordenó: “¡Agarrad a los profetas de Baal sin que escape ninguno de ellos!” Lo agarraron y Elías los mandó bajar al torrente Quisón donde les dio muerte (1 R 18, 39-40). Después el profeta Elías se puso en oración, prometió que cesaría el hambre, y, aunque el cielo estaba despejado de nubes, aseguró al rey Ajab que no llegaría la noche sin que sobreviniera una fuerte lluvia sobre la tierra. Y así fue. Después de tres años y medio de sequía vino la lluvia benéfica para el cese del hambre.

¿Cómo es esa historia? El rey Ajab quiso hacerse con una viña que estaba situada junto a su palacio. Habló con Nabot, que era el propietario de la viña, proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”. Nabot respondió a Ajab: “Que el Señor me libre de darte la heredad de mis padres” (1 R 21, 2-3). Esta respuesta negativa de Nabot irritó al rey, y le causó un pesar tan grande que le hizo perder las ganas de comer. Cuando su Jezabel supo la causa de aquel abatimiento, le dijo: Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot (1 R 21, 7). Y pagó a dos hombres corruptos para que testimoniaran falsamente contra Nabot delante del pueblo diciendo: Nabot ha maldecido a Dios y al rey (1 R 21, 13). Entonces, ante esta calumnia, sacaron a Nabot fuera de la ciudad para lapidarlo hasta que muriera. Al tener noticia cierta de la muerte de Nabot, Jezabel le dijo a Ajab que ya se podía quedar con la viña de Nabot, pues éste había muerto. Entonces el rey se apoderó de modo tan inicuo de la viña que Nabot no había querido venderle.

¿Quedó sin castigo esta iniquidad de Ajab? No. Enterado Elías de esta iniquidad le dijo al rey Ajab: Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor. Yo traeré el mal sobre ti, borraré tu posteridad y le eliminaré a Ajab cualquier varón en Israel, esclavo o libre (1 R 21 20-21). Ciertamente no hubo nadie como Ajab que se vendiera para hacer tantas iniquidades pues fue inducido por su esposa Jezabel. También a ésta la castigó Dios, pues Elías dijo: También para Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel” (1 R 21, 23). Cuando Ajab escuchó las palabras de Elías rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó. ¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa (1 R 21, 29). A pesar de su conducta reprobable, Ajab tuvo ese gesto de conversión que es reconocido y valorado por Dios. El Señor siempre aprecia la penitencia y recompensa por ella: a Ajab le concede todavía un sucesor antes de exterminar su casa.

¿Se cumplió la profecía de que Jezabel sería devorada por los perros? Sí. Por haber hecho hacer matar a Nabot para que Ajab se quedara con la viña de su víctima, una vez muerta Jezabel de forma violenta, su cadáver fue comido por los perros. La muerte de Jezabel ocurrió cuando Jehú destronó a Jorán

¿Cómo murió Ajab? Habiéndose aliados los reyes de Israel y de Judá contra Siria para recuperar Ramot-Galaad, entraron en guerra. Cuando el combate arreció una flecha hirió mortalmente a Ajab, estando éste en su carro de batalla. La sangre de la herida corrió hasta el fondo del carro. Al lavar el carro se observó que los perros habían lamido la sangre derramada por Ajab, y así se vio cumplido lo que había profetizado Elías.

¿Cómo fue arrebatado Elías al cielo? Aproximándose el tiempo en que Elías debía abandonar la tierra, se trasladó con su discípulo Eliseo a orillas del río Jordán, y tocando con su capa las aguas del río, se dividieron para dejarles paso. Cuando estaban ya en la otra orilla, Elías le dijo a Eliseo: “Pide qué he de hacer antes de que sea arrebatado de tu lado”. Contestó Eliseo: “Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu”. Él contestó: “Has pedido algo muy difícil. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá; y si no, no sucederá” (2 R 2, 9-10). Cuando iban caminando juntos, pasó un carro de fuego, tirado por unos caballos asimismo de fuego, el cual arrebató a Elías como un torbellino. Eliseo vio cómo a Elías se le caía el manto y desparecía de su vista. Luego recogió el manto que se le había caído a Elías al ser arrebatado al cielo.

¿Pasó a Eliseo el don de profecía y la potestad de hacer milagros de Elías? Sí. Así lo atestiguan los milagros que hizo. Después de ser arrebatado Elías al cielo, Eliseo se volvió hacia el Jordán, y lo pasó con auxilio del aquel manto, repitiéndose el milagro que anteriormente había hecho el profeta Elías. Muchos prodigios hizo el nuevo profeta, entre otros: Volvió dulces las aguas de las fuentes de Jericó, que eran muy amargas; resucitó al hijo de una buena mujer de Sunam, que le había dado hospitalidad; y el general sirio Naamán quedó curado de la lepra tan pronto como, por orden de Eliseo, se fue a lavar siete veces en las aguas del Jordán. Otro hecho de la vida de Eliseo: Subió desde allí a Betel, y cuando iba por el camino unos niños vinieron de la ciudad y se reían de él diciendo: “Sube, calvo; sube, calvo”. Él se volvió, los vio y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del bosque dos osos y despedazaron a cuarenta y dos chicos (2 R 2, 23-24).