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Un incidente con el perro

Cuando llegaron a un lugar con varias casas relativamente próximas unas de otras, se acercaron a la primera. Ahora estaban seguros de que pronto su búsqueda obtendría el resultado apetecido. La casa era un antiguo caserón restaurado y acondicionado, que estaba rodeada de una cerca de piedras semiderruida, y todavía en algunas partes conservaba su alambrada de espinos.

-Preguntemos aquí, dijo Conrado.

La puerta de la fachada daba la impresión de no usarse, por lo que se fueron a la parte de detrás en busca de otra puerta, después de cerrar la cancela por la que habían entrado. La encontraron y, cuando Conrado iba a pulsar el timbre, un pastor alemán con sus ladridos les dio un susto mayúsculo. Pablo salió corriendo hacia el murete de piedras, mientras que su primo optó instintivamente por quedarse quieto. Siempre había oído el refrán: perro ladrador, poco mordedor, y que no es conveniente correr cuando un perro ladra; pero para eso hay que tener mucha sangre fría, que él demostró tener en esa ocasión. Afortunadamente, el perro estaba sujeto con una cadena -más bien corta- que le impedía llegar hasta el sitio donde Conrado estaba. Éste, al darse cuenta, gritó a Pablo:

-¡Vuelve, vuelve!

Sin embargo, su primo no volvió. Su suerte fue adversa. Al saltar la cerca, con el pie izquierdo derribó varias piedras, y su pantalón bermudas quedó enganchado por un espino de los alambres que se lo rasgó de arriba abajo, dejando al descubierto el slip y, parcialmente, el trasero. Todo esto hizo que cayera al suelo, lastimándose la rodilla derecha y haciéndose unos rasguños en las palmas de las manos, pues las colocó para evitar dar con la cara en el suelo. Sacudiéndose el polvo estaba cuando llegó Conrado. Al verse, ambos rieron. Más cómica y ridícula no podía ser la situación, que fue definida por Pablo de kafkiana.

-¡Maldito perro!, exclamó Pablo, añadiendo: Y ahora, ¿qué hacemos?

-Lo primero, curar tu herida. Estás sangrando un poco por la rodilla.

-No es nada. Me di al caer con una piedra y me produjo un pequeño corte, pero ya ha dejado de salir sangre.

-Sí, pero hay que limpiarla. Toma mi pañuelo; está sin usar, y límpiate. ¿Te duele la rodilla?

-No, nada. Tengo también unos rasguños en las manos, pero totalmente superficiales. Si hubiera agua por aquí…

-Y el alambre, ¿te ha rasguñado?

-No lo sé. Pero mira el destrozo que ha hecho. Me he quedado sin pantalón y… ahora, ¿cómo vuelvo a casa sin él?

Conrado de nuevo se rio. Efectivamente, era un problema. Pero lo primero que hizo fue comprobar visualmente que los espinos no habían tocado las nalgas ni los muslos del accidentado. Un respiro, porque los alambres estaban bastantes oxidados. Para reponerse del susto -y de la carrera, en el caso de Pablo- se sentaron al borde del camino.

-Pablo, ¿quieres que te cuente un chiste?

-Bueno, uno; pero hay que pensar en hacer algo.

-Es de vascos. En un bar hay un grupo de hombres jugando al mus en un local anexo. Entra rápido el camarero y dice: “¡Por favor! ¿Está aquí Joseba Gabica? Es urgente. Que vaya rápido al caserío, porque su mujer ha tenido un grave accidente doméstico”. Uno de los jugadores al mus se levanta rápido, va a la puerta, ve una bicicleta, se monta y al cabo de unos metros se cae y se da un porrazo tremendo. Mientras se levanta dice: -“Lo tengo bien merecido por precipitado. Ni sé montar en bicicleta, ni tengo caserío, ni estoy casado ni me llamo Joseba Gabica”.

-O sea, que me he precipitado en salir corriendo… sin comprobar que el perro tenía una cadena.

-No te des por aludido. Sólo era un chiste. Dijiste que hay que hacer algo…

-Sí.

-Pues tendrás que reparar la cerca poniendo las piedras que has derribado.

-Supongo que lo dices en broma.

-Tú, ¿qué crees?

Voluntariado en África

Para Marta, sus vacaciones iban a ser reducidas a poco más de una quincena o, a lo sumo, tres semanas, durante el mes de julio; tiempo previsto para hacer el Camino de Santiago con un grupo de jóvenes de la parroquia de su barrio. En agosto estudiaría para recuperar en septiembre dos asignaturas, el Inglés y las Matemáticas. Pero, comparada con Charo, se consideraba afortunada. Por las mañanas, estudio; y por las tardes podría salir con sus amigas.

El verano del año próximo pienso pasar unas vacaciones solidarias, con una ONG, ayudando a niños del Tercer Mundo -añadió Marta, después de explicar su plan veraniego-. Mi hermana Pilar estuvo el año pasado en Chad colaborando con unos misioneros, y dice que mola un montón.

Con cierto escepticismo por lo que oía, Daniel intervino:

Sí, tu hermana ya ha terminado medicina, y puede trabajar como médico, pero tú, ¿qué harías? Porque supongo que no pensarás ir en plan pijo, sólo para hacerte unos fotos con unas criaturas desnutridas.

Tú, Daniel, siempre igual -dijo tomando la palabra Belén, un poco indignada, en defensa de su amiga-. Se puede hacer muchas cosas, como enseñar a cuidar la higiene, o acondicionar viviendas. Y aunque no se solucione ningún problema serio, sí se puede ayudar, o por lo menos que los niños se lo pasen bien jugando.

Mi hermana volvió muy contenta -de nuevo era Marta la que hablaba-. Pese a las duras experiencias vividas, dice que vale la pena.

¿Cómo se le ocurrió ir?, preguntó Alicia a Marta, interesada por el nuevo tema que había surgido.

Supongo que lo hizo por vivir una experiencia que le llevara a comprender una realidad diferente. Y por ayudar, claro. Aquí tengo una carta que me escribió estando allí. Leo unas líneas: “La vida aquí no es nada fácil, pero como médico, la forma de socorrer a esta gente es estando con ellos. Sé que lo que hacemos es algo puntual. Colaborar no es fácil en este país, pues Chad es muy inseguro. Aquí te asaltan ‘coupeurs de route’, ladrones armados que disparan al conductor y roban. A veces, ir a un hospital situado a menos de un kilómetro de dónde vivimos los cooperantes se convierte en una odisea. Las condiciones de vida son paupérrimas, pero vale la pena ayudar a multitud de personas, que carecen de lo más elemental para vivir. En más de una ocasión he pensado: ‘Te la juegas, pero da mucho’. Y es así. Aquí aún no se han perdido valores, que en Occidente han desaparecido por el individualismo, como la familia, la comunidad o la solidaridad. No existen los antidepresivos porque tienen cosas más importantes de las que preocuparse. Podría decirse que ellos, los nativos, me ayudan más a mí que yo a ellos. Estás aquí y se te viene a la cabeza que la vida en Europa parece insultante, ridícula”.

¿Qué dijeron tus padres cuando leyeron la carta de tu hermana? Supongo que se asustarían, especialmente tu madre, inquirió Alejandro, que hasta entonces no había intervenido, aunque sí permaneció atento a todo lo que se estaba hablando.

No tienen noticia de la carta. Me la envió a mí, y como comprenderás, no se me ha ocurrido enseñársela a ellos.

Un día en la playa

Poco antes de las diez de la mañana del Sábado Santo Marta y Belén ya estaban en la estación de autobuses y acomodadas en los asientos del autocar que les llevaría a la playa. Sin embargo, aún no había aparecido Conrado.

Seguro que no viene, comentó Belén.

Pues me dijo que sí, y que yo sepa es un tío legal. Siempre se porta bien, dijo Marta, con bastante nerviosismo.

Bueno, tampoco pasa nada porque no venga.

Pero, mejor es que sí.

Quizás, al ver el mal día que hace… Mira, por ahí llega.

Menos mal, dijo suspirando Marta. Ya te decía que… y antes de terminar la frase, se dijo a sí misma: Está guapísimo.

Con el tiempo justo de sacar el billete y subirse al autobús, había llegado Conrado. El autocar iba medio vacío. Después de saludar a sus compañeras de clase, o ya amigas, se sentó cerca de ellas y les comentó:

Vaya tiempecito.

Y para sus adentros: ¡Qué original he estado!

*****

Ya en La Antilla, Conrado fue presentado a Silvia. Ésta tenía dieciséis años. Veraneaba en aquella playa del litoral onubense. Y en los veranos coincidía con Belén, de ahí su amistad. Estaba en el chalé pasando el fin de semana con otra chica, Maribel Herrera, un poco mayor, quizás de diecisiete años. Aunque lloviznaba un poco, Conrado decidió correr por la playa. Las chicas se quedaron esperando al resto de los invitados, amigas y amigos. En el cielo aparecieron unos claros. El día parecía que iba a abrirse y, efectivamente, así ocurrió. Al mediodía ya lucía un sol primaveral. Habían tenido suerte las jóvenes: podían tomar el sol y ponerse un poco morenitas. Al volver Conrado, se las encontró en la terraza en unas tumbonas. Silvia y su amiga estaban en bikini; Belén, con una minifalda y una camisa parcialmente desabrochada, dejando ver un escote generoso; Marta se había puesto un short y una camiseta, ambas prendas ajustadas. Estaba muy sexy.

Conrado, hay una fiesta esta noche, aquí. Los padres de Silvia no están y nos podemos quedar. Ya hemos llamado a casa, no hay problemas por parte de nuestros padres para volver a Huelva mañana por la tarde. Espero que tú también te quedes, dijo Marta.

El joven, estupefacto, no sabía cómo reaccionar, qué hacer. Aquella fiesta no estaba prevista en el plan. Hay que deshojar una margarita para decidir, pensó. Se produjo un silencio, sólo roto por el rumor del oleaje. Ante el mutismo de Conrado, Marta insistió. También Belén le pedía que participara en la fiesta.

No sé si me quedaré -dijo el chico-. He quedado mañana domingo con un amigo para terminar el trabajo de arte. Tengo aún que ver las fotos que hice ayer… Bueno, llamaré luego a este amigo… y ya veremos.

Mientras estaba diciendo esto, llegaron dos chicas y cuatro chicos. Eran los amigos invitados por Silvia a su chalé para pasar el día y asistir a la fiesta. Ellos eran un poco mayores, cerca de los veinte años; ellas, más o menos de la misma edad que Silvia. Hubo saludos y las correspondientes presentaciones. Los saludos -con abrazo incluido- demasiados afectuosos por parte de los amigos, especialmente con la anfitriona. El grupo formado, casi una docena de jóvenes, era más bien heterogéneo en cuanto a edades. Unos, eran aún adolescentes; y otros, de adolescentes no tenían ya nada. La margarita ya está deshojada, se dijo a sí mismo Conrado.

Los recién llegados aportaban bebidas para la comida y para la fiesta de la noche. El aperitivo lo tomaron en la terraza. Los chicos, a excepción de Conrado, bebieron cervezas en cantidad. Parecían esponjas. Para el almuerzo pasaron al comedor. Marta y Belén no se cambiaron de atuendo para comer, pero tampoco lo hicieron Silvia y su amiga Maribel. Aunque era una comida informal, Conrado procuró que Marta se sentara a su lado, y así se lo indicó ostensiblemente, de forma que todos se dieron cuenta de su deseo. Marta, un poco perpleja, no cabía en sí de felicidad. Durante el almuerzo quien más o menos se levantaba para ir trayendo cosas de la cocina y del frigorífico. La sangría fue abundante, se bebieron varias jarras. Conrado fue sobrio y, en la medida que pudo, procuró que Marta no bebiera tanto como los demás comensales. En cierto modo lo consiguió, pero no del todo. En una ida a la cocina para traer refrescos, Conrado observó que en el frigorífico había varias botellas de bebidas alcohólicas de bastantes grados de alcohol (ginebra, vodka, vermut, whisky), reservadas para la noche.

*****

Conrado se daba perfecta cuenta de que Marta le estaba tirando los tejos, y decidió, nada más de acabar de comer, invitarla a dar un paseo por la playa. La chica se puso un poco nerviosa y le parecía que su corazón daba un vuelco; no salía de su asombro, pero era lo que más deseaba en aquel momento. Está claro que él está interesado por mí. Seguramente se me declarará, o me pedirá salir juntos, pensó Marta.

Ponte algo de abrigo, porque hay unas nubes y a veces ocultan el sol. Al sol no hace frío, pero en la sombra, sí, le aconsejó Conrado.

La muchacha le hizo caso, y tomó una rebeca.

¿Qué te parece si nos acercamos a aquel chiringuito y tomamos allí el café?, propuso el chico.

Ella asintió. Sentados en una mesa, ambos pidieron un café granizado. Conrado hasta entonces se había mostrado sereno, aparentemente imperturbable, pero de repente un nerviosismo se apoderó de él y era incapaz de conversar. Marta, contenta e ilusionada, dejaba volar la imaginación, mientras fingía estar indiferente.

Marta, quizás te haya extrañado el haberte pedido que me acompañaras a dar un paseo. La realidad es que me ha salido espontáneo. Pero quiero decirte algo que no sé cómo empezar. Y un sudor empezó a recorrer todo el cuerpo del muchacho; se sentía acalorado.

¿Ah, sí…? apenas consiguió decir la adolescente, lenta en reaccionar, quizás debido a la sangría que había bebido.

Mira, desde que llegué al instituto tú has sido amable conmigo; te lo agradezco mucho, pues te habrás dado cuenta de que algunos han pretendido hacerme la vida imposible. Me han insultado y, además, han dicho cosas falsas de mí, como que no soy varonil y otras lindezas por el estilo.

Marta permanecía en silencio, alucinada por las palabras sinceras de Conrado. Éste continuó hablando:

Aunque no hemos hablado mucho, y nunca como ahora, los dos solos, voy a decirte una cosa…

Al muchacho parecía que le faltaba aire, apenas podía respirar. Estaba tenso. Se quedó un momento dubitativo, pero prosiguió:

-Lo siento. Hay cosas que no fáciles de decir. Quizás hieran, pero creo que debo decírtelas. Si hubiera querido, ya me habría enrollado contigo, sin esperar a la fiesta de esta noche. Me lo has puesto muy fácil…

Marta enrojeció, no se sabe si de rabia o de vergüenza, o por las dos cosas a la vez. Ni por asomo esperaba que le dijera aquello y, sin embargo, él tenía razón.

Con lo que acababa de decir Conrado, se había creado una situación nueva y los dos se daban cuenta de la tirantez existente. Ella se quedó sin habla y completamente pálida.

Conrado, visiblemente nervioso y tragando saliva, siguió:

Sé que eres una chica decente, por eso tu comportamiento de hoy, lleno de ambigüedad y de demasiada coquetería con todos, me ha extrañado. No te va el papel de marchosa. Seguramente sea debido al ambiente frívolo y sensual, de tonteo, que hay en el chalé de Silvia, con esa panda de manos largas que son esos amigos suyos. Parecían pulpos con sus tentáculos, manoseando a quien se ponía delante. Y ella y su amiguita, andando prácticamente desnudas por la casa.

Sólo estaban en bañador, acertó a decir Marta con voz muy débil, y enfadada.

Efectivamente, algo muy apropiado para bañarse, pero para nada más…, bueno, también para tomar el sol. Oye, Marta, no te enfades. ¿Sabes por qué quise que te sentara junto a mí? Pues te lo voy a decir. Porque tu compañía me resulta muy grata. Te aprecio mucho, cantidad. Pero además, estando sentada en medio de Belén y de mí, estabas protegida de las manos largas.

¿Tú crees que soy una cualquiera, que me hubiera dejado tocar?

En absoluto, pero había mucha sangría con bastante alcohol por medio, y el exceso en la bebida acostumbra a jugar malas pasadas. ¿No te diste cuenta de qué estaban bebidos? Y también ellas. Hazme el favor, atiende. Yo sé distinguir un clínex de una mujer. El clínex se usa y se tira luego. ¿Comprendes? Pues hay quienes no solamente usan -mejor es decir abusan- de las chicas y, después…

Ya tengo bastante con aguantar los sermones de mi padre para que tú me largues otro, espetó Marta, desafiante.

Si quieres, me callo. Pero…

Bueno…, perdona, titubeó Marta, bajando la vista, avergonzada.

Yo no soy de los que se enrollan con las niñas por lo que te he dicho ya: no sois como los clínex, pero hoy hay otra razón. Me caes muy bien. Eres una buena chica y espero que seamos amigos siempre…, no descarto nada, aunque con quince años… ¿sabes?, además, apenas nos conocemos. Demos tiempo al tiempo. ¿Comprendes?

La verdad, no mucho, contestó ella, bastante intrigada, mientras se preguntaba: ¿Qué querrá decirme?

Te he dicho que no descarto nada. Quizás más adelante, esta amistad sea algo más. Y el otro motivo está en esta frase que aprendí hace poco tiempo: Amarse entre hombre y mujer, entre chico y chica, es respetar al otro, en su cuerpo, en su corazón, en su libertad.

Marta, sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas. No sabía por qué lloraba. Quizás de felicidad, por las últimas palabras de Conrado; tal vez de arrepentimiento por su actitud frívola, temeraria; o de rabia y vergüenza. El hecho es que lloraba. Se llevó las manos a los ojos para secarse las lágrimas. Conrado le ofreció un pañuelo. Ella lo aceptó, dándole las gracias. El muchacho, con ternura, le dijo:

Marta, estás bonita también llorando, lo que hizo sonreír a la chica. Y con mayor fluidez que antes, continuó hablando:

-No me voy a quedar a la fiesta. No me inspira ninguna confianza los amigos de Silvia. Han llenado el frigorífico de bebidas alcohólicas; he visto que tenían papelillos de liar tabaco, seguramente para hacerse unos porros; y las dos chicas que trajeron… y la amiguita de Silvia… En fin, ojalá me equivoque, pero me huele que va a ser una fiesta en lo que va a haber drogas, sexo y alcohol. Me gustaría que tú tampoco te quedaras.

Conrado, exageras un montón. Sí, hay varias botellas de alcohol, pero me ha dicho Silvia que seremos muchos. Además, no voy a dejar sola a Belén.

Pues habla con ella, y la convences…

*****

A ninguno de los dos le apetecía volver a la casa de Silvia, por lo que decidieron, después de pagar la consumición, levantarse de la mesa del aquel merendero y pasear por la orilla del mar. La tarde empezaba a ponerse desapacible. Menos mal que Marta había cogido la rebeca, pues se había levantado un viento fresco. Conrado, a pesar de no estar abrigado, prefería pasar frío a estar en un ambiente que no era precisamente al que estaba acostumbrado.

El autobús para Huelva salía a las ocho. Después de pasar por el chalé, Conrado se dirigió a la parada con tiempo de sobra. Belén le había insistido para que se quedara. Marta permaneció en silencio. No había comentado aún con su amiga el motivo de la decisión del chico. Una vez que éste se despidió de ellas, Marta habló con Belén.

A diferencia de la ida, el autocar estaba con pocas plazas libres. Nada más arrancar, el conductor frenó para parar. Dos chicas llegaban corriendo. Conrado había empezado a leer una novela, por lo que no prestó atención alguna a las viajeras retrasadas. Éstas, después de subir, fueron por el pasillo hacia el fondo del autobús buscando donde sentarse. Y es entonces cuando Conrado las vio. Eran Marta y Belén. Esta última, como saludo, le guiñó un ojo con complicidad. El chico sonrió y respiró aliviado.

*****

En Huelva, Conrado acompañó a sus amigas hasta la casa de cada una. Primero fueron a la de Marta. La joven había permanecido seria durante el viaje y así continuó después. Al despedirse, Conrado le dijo:

Ayer, al saludarnos, me besaste en cada mejilla. Y hoy, ahora que nos despedimos, ¿no me besas?

El semblante serio de Marta cambió por completo, como por arte de magia con el toque de una varita, apareciendo sonriente, con una sonrisa alegre. Y se acercó al muchacho para besarle en la cara. El rubor subía por sus mejillas, sintiéndose presa de radiante felicidad.

Al quedarse solos Belén y Conrado, ella dijo:

¿Sabes que tú le gustas a Marta? No quiero hacer de celestina, pero te diré que es una chica encantadora, sin malicia alguna. Ella me ha contado la conversación que habéis tenido. Las dos te agradecemos que nos haya aguado la fiesta. Hoy nos ha demostrado tu hombría de bien. Podías haberte aprovechado tanto de Marta como de mí, pero… y sin acabar, se echó a llorar.

Cuando se despidieron, Conrado besó las mejillas, aún húmedas por las lágrimas, de Belén.

Nostalgia de Huelva

Las páginas más entrañables del libro, en las que el autor había volcado todos sus sentimientos, eran las dedicadas a los amigos de su adolescencia. Muchos de ellos se abrieron camino por la vida lejos de Huelva. Al terminar el bachillerato, los jóvenes onubenses que decidían ir a la Universidad no les quedaban más remedio que marcharse de la ciudad, pues en la vieja Onuba sólo se podía cursar estudios en la Escuela de Facultativos de Minas, en la de Comercio y en la Normal de Magisterio. Y así, gente de Huelva, en la edad prometedora de su juventud, emprendieron la aventura de su porvenir en ciudades con Universidad y Escuelas Superiores de Ingeniería. Muchos de ellos, no regresaron. Mientras aún estaban estudiando la carrera, volvían en los períodos vacacionales, pero una vez licenciados y al encontrar trabajo, normalmente en la misma ciudad en las que habían cursado sus estudios universitarios, rara vez se les veían por Huelva. Sin embargo, había algo común en todos ellos: la añoranza de su ciudad natal. Añoranza bien expresada en una charla pronunciada por uno de estos onubenses, con motivo de la celebración de la fiesta de la Virgen de la Cinta en Madrid:

En la línea del horizonte, donde el cielo parece juntarse con la tierra, lejana y rosa vio el poeta, desde su Moguer natal, a Huelva, la ciudad en la que muchos de los aquí presentes hemos nacido. Y los onubenses que, por diversos avatares de la vida, vivimos en otros puntos de la geografía española sentimos esa lejanía. Añoramos el pasear por las calles de la vieja Onuba. Con nostalgia recordamos nuestros juegos infantiles en la plaza de las Monjas o en la de la Merced; los atardeceres, en el ocaso del día, con el cielo rojo sobre las marismas del Odiel; el navegar por la ría en bote de remo, o en la canoa que conducía a las cercanas playas; las excursiones a La Rábida, donde los muros del monasterio franciscano hablan de una historia simpar: el descubrimiento de todo un Continente y el inicio de la Evangelización de pueblos remotos. Pero lo que más se echa de menos, es el caminar por el Conquero para llegar al Santuario de Nuestra Señora de la Cinta. ¡En cuántas ocasiones nos hemos acercado a ese lugar bendito, tan querido por los onubenses, para rezarle a nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta, tan choquera y marinera como sus hijos!

Gracias al trabajo de Conrado, la primera edición de Aires del Odiel salió de la imprenta a principios de abril. En el periódico local apareció la crítica del libro:

Manuel Siurot, una de las mejores plumas andaluzas de principios del siglo XX, llevó a su libro “Sal y sol” unos personajes, recios, cuerpos fuertes y almas de niños; eran los marineros del estuario del Odiel. Ahora, cuando se ha entrado en otro siglo y Huelva es una ciudad moderna, el onubense Francisco Díez ha tenido el acierto de relatar en un precioso libro, salpicado de anécdotas, estampas y narraciones, sus recuerdos de la Huelva que vivió en sus años de juventud. Por él desfilan hombres sencillos, protagonistas de la vida onubense de los años centrales del pasado siglo, pero también los jóvenes de aquellos años que hoy día, ya en su madurez, por doquier que están van haciendo “patria chica” en su entorno. Los fuertes caracteres aparecen dibujados con pocos trazos, lo mismo que las costumbres y tradiciones de una época, que aunque reciente, parece alejada por los cambios introducidos en la manera de vivir las ciudades. En realidad, asistimos en las páginas de “Aires del Odiel” a la transformación de una capital de provincia, Huelva; y un aire nostálgico, suavemente poético, se extiende por todo el libro. La ingenua gracia de una gente que va desapareciendo brota, fresca y salada en cada episodio. En fin, un libro entretenido, escrito con pasión y galanura.

Los años apasionantes de Huelva

Ya estaba el mes de febrero en su segunda mitad, y Conrado tenía unos días de vacaciones después de los exámenes de las asignaturas cuatrimestrales. Su abuelo le había pedido que le ayudara en un libro que había escrito. La ayuda consistía en pasarlo al ordenador, y una vez informatizado, enviarlo a una imprenta para su publicación. El libro, titulado Aires del Odiel, era de los recuerdos que su autor tenía de los años de su juventud en la Huelva de mediados del siglo XX. Con este trabajo, Conrado fue sumergiéndose en “los apasionantes años”, según su abuelo, de las dos décadas centrales del pasado siglo. En realidad, en aquella veintena de años ocurrieron hechos sorprendentes en la ciudad como la fuerte nevada caída en la tarde y noche del 1 al 2 de febrero del año 1954, amaneciendo Huelva totalmente blanca, algo que nunca había ocurrido, pues ni los más viejos del lugar recordaban otra nevada. Otro acontecimiento fue la llegada de autobuses modernos de la nueva empresa -municipal, por cierto- de transportes urbanos, con seis líneas. Durante algún tiempo, los nuevos autobuses coincidieron por las calles con los destartalados autobuses amarillos, llamados tranvías, de una empresa privada que hacían sólo tres líneas. La desigual competencia, debido a la modernidad hizo que los “amarillos” desaparecieran. No dejaba de ser curioso y extraño para Conrado al leer lo escrito por su abuelo que la gente llamara tranvías a los autobuses, en una ciudad en que nunca hubo tranvías en el transporte público.

En la época historiada en Aires del Odiel, Huelva vibraba con su torero, el Litri, verdadero ídolo de los onubenses. En todas las tardes del largo verano era esperado por todos el sonido estrepitoso de unos cohetes anunciadores de lo conseguido por el diestro en la corrida toreada en ese día. Cada cohete era una oreja; si se oían dos cohetes muy seguidos, el trofeo conseguido era el rabo. Al sonar el primer cohete, la ciudad se paraba literalmente, haciéndose silenciosa (los que iban andando, se detenían; los que estaban en las terrazas de los bares, interrumpían su conversación…), esperando más cohetes. Al final, especialmente cuando los cohetes hablaban de rabos, en no pocas ocasiones el silencio se rompían en aplausos y gritos de hurra espontáneos, mientras los transeúntes se felicitaban mutuamente por el éxito obtenido por el Litri. Ninguna mella le hizo a este fervor litrista la aparición en el mundo de los toros de otro torero onubense, el Chamaco, auténtico fenómeno del toreo tremendista.

En un capítulo dedicado a los deportes, está la crónica del partido jugado por el Recreativo en Elche, publicada por el periódico Odiel. La victoria de los onubenses en ese partido supuso la culminación de la temporada 1956-57 con el ansiado ascenso a la segunda división. Pero no sólo da cuenta de este hecho, sino la desaparición del Velódromo, que no era precisamente una instalación para practicar el ciclismo de pista, sino -cosas de Huelva- el campo de fútbol. Para sustituir el histórico Velódromo se construyó un estadio. Después, durante algunos años, el Recreativo fue un equipo ascensor-descensor entre la segunda y la tercera división. Pero la auténtica gloria deportiva de Huelva era un billarista llamado Pepe Gálvez, varias veces campeón de Europa e, incluso en alguna ocasión, del mundo.

En sus Memorias, el abuelo de Conrado recoge también un acontecimiento religioso: la creación de la diócesis de Huelva. El 15 de marzo de 1954 llegó a Huelva su primer obispo, Mons. Pedro Cantero Cuadrado. Enseguida, el prelado fue apodado “el adoquín”, debido a su nombre y apellidos.

En otro capítulo aparece el entusiástico recibimiento por parte de los onubenses en el año 1964 al ministro de Industria y al comisario para el Plan de Desarrollo por habérsele concedido a Huelva el Polo de Promoción Industrial, que tan decisivo sería en los años posteriores para el crecimiento y desarrollo de la ciudad, dejando de ser la ciudad-cenicienta que hasta por aquel entonces era. Botón de muestra de este convertirse en una ciudad moderna fue la desaparición de las casas de la marinera calle de Enmedio para construir la Gran Vía.

Además asoma por el libro una serie de lamentos por verdaderas pérdidas, que hoy día serían valiosas piezas de museo. Entre estas pérdidas enumera los camiones del parque de bomberos. Hasta bien entrada la década de los sesenta, el material móvil contra incendios eran tres o cuatro camiones totalmente anticuados de ruedas macizas, con sus bombas, mangueras y depósitos, que cualquier forastero que pasaba delante del parque de bomberos creía que el parque era un museo. Y con cierta razón, porque las matrículas de los vehículos eran H y un número de tres cifras, siendo la primera de ellas el 1. Cuando se adquirieron nuevos camiones, totalmente modernizados, seguramente los viejos trastos fueron desguazados y convertidos en chatarra. Idéntica suerte debieron correr las pequeñas y singulares locomotoras de diesel de los trenes que llevaban el mineral al puerto, de diseño completamente distinto a las de vapor de la Renfe. Pero la pérdida más lamentable para el autor de Aires del Odiel era la desaparición de la línea férrea de vía estrecha entre Riotinto y Huelva, con sus coquetas estaciones. Al cesar la explotación de las minas de Riotinto por su poca rentabilidad, el ferrocarril minero quedó en desuso, y el descuido con el consiguiente abandono hizo que desapareciera, incluso los raíles. Si en la Huelva de entonces hubiera habido alguien con visión de futuro, seguramente hoy la provincia contaría con un turístico tren de época bordeando en su recorrido las orillas del río Tinto, después de pasar por las marismas, para introducirse por la comarca del Andévalo hasta el mismo corazón de la Cuenca Minera.

Afortunadamente -se lee en el libro- se ha conservado el Muelle de Riotinto, símbolo de la ciudad, convertido en un paseo sobre las aguas de la ría del Odiel. Aunque es de desear que se reconstruya los dos arcos que tenía, uno sobre la carretera de la Punta del Sebo, y el otro, sobre el ferrocarril del Puerto.

Conrado, al leer este párrafo, dejó de escribir en el ordenador, salió de su habitación y se fue a la sala de estar para preguntarle a su abuelo a qué arcos se refería. El abuelo, después de buscar en un cajón de su escritorio, mostró algunas postales del Muelle en las que aparecían dichos arcos.

-Realmente es una pena que los quitaran, comentó el chico.

Las compañeras del colegio

Siguiendo con la conversación, de los profesores pasaron a hablar de las niñas de la clase. Charo Pizarro fue calificada por Marcos como aprendiz de pija.

-Desde que su padre, “el bucarito”, se hizo rico, a Charo le ha dado por lo pijo. No hay más verla con los modelitos con que viene a clase, y con el tonteo que tiene encima.

-¿Por qué le llaman a su padre “el bucarito”?, preguntó Conrado, extrañado por ese mote tan curioso, pero parecido al del butanito, el apodo de un conocido periodista de la radio.

-Porque empezó su negocio vendiendo cacharros de barro y de cristal, como vasos, tazas, platos, búcaros o botijos… en un puesto que estaba a la entrada del mercado, respondió Soria.

-A mí, la que más me sorprende es Katia Valle, dijo Daniel.

-Explícate, profirió Marcos.

-Porque es muy contradictoria en su manera de ser -comenzó a explicar Daniel-. Por sus ideas, es de un progre que echa para atrás. Sin embargo, no es de ésas feministas radicales, sino todo lo contrario, es muy femenina, algo coqueta, pero desprovista de la menor falsedad. Quizás por timidez, no se relaciona mucho con los de la clase; y siempre tiene un aire de tristeza en su rostro, como un poco acomplejada.

-No sé por qué será ese complejo, porque, aunque no sea una de esas bellezas que deslumbran, guapa sí que es, fue lo que se le ocurrió comentar a Conrado.

-Además, saca buenas notas, apostilló Marcos.

-Sí, no niego que sea mona y lista, pero para mí que hay algo que hace que muestre tristeza en su semblante y en sus gestos, apostilló Daniel.

-¿Y qué me decís de Aisha?, preguntó Marcos.

-¡¿La mora?!, exclamó Daniel.

-No es mora, aclaró Conrado. Son moros los del norte de África limítrofe con España, y ella es de Arabia Saudí.

-Para mí que todos los islámicos eran moros, terció Daniel.

-A mí Aisha me cae muy bien. Está totalmente integrada en la clase, y es simpática, aunque un poco reservada, comentó Marcos.

-Tan integrada no está, Marcos. Si lo estuviera como dices tú no llevaría el hijab, dijo Daniel.

-¿Hijab…?, inquirió Conrado.

-Sí, el pañuelo que cubre el pelo, le respondió Daniel.

-Pues sí lo está. Se relaciona con todos -insistió Marcos-. Hace ya cuatro años que vive en España.

-Que yo sepa, nunca se apunta a los planes que organizamos… Ni cumpleaños, ni excursiones, ni fiesta de final de trimestre, dijo Daniel.

Iba a replicarle Marcos, cuando Conrado, después de mirar su reloj, dijo:

-Nos tenemos que acercarnos a la parada, pues ya queda poco para las seis.

Y los tres se levantaron del banco para dirigirse al lugar de donde salía el autocar para Huelva.

El profesor de Literatura

También del profesor de Literatura hablaron, aunque éste salió mejor parado que el Chacho, no porque estuviera exento de manías, sino porque era mucho más cercano a los alumnos, pero tampoco se había librado don Román Escurite de ser moteado por sus alumnos. El mote no era otro que el Perabá, pues siempre que pillaba a alguien copiando en un examen, le retiraba la hoja donde escribía mientras le decía:

-Suspenso, por Per Abat, en clara alusión al copista del poema Cantar de mio Cid.

Aunque era muy exigente, raro era el alumno que suspendía con él. Cada viernes había una prueba puntuable. Y no sólo examinaba del contenido del libro de texto, sino que también exigía la lectura de libros de la literatura castellana. El alumno que suspendía un examen podía presentarse cuando quisiera a examinarse de nuevo, si el Perabá se encontraba en su despacho, que era lo habitual; y no una sola vez, sino varias. Con estas facilidades para recuperar no era difícil llegar al final de la evaluación con el aprobado.

Además, también contaba positivamente en la puntuación final de la evaluación las poesías que voluntariamente recitaban los alumnos fuera de la clase y en horas extraescolares. Lo de las horas extraescolares tenía su razón de ser. Era para evitar que los alumnos, con motivo de ir al despacho de don Román a recitar una poesía, se perdieran parte de la clase de otra asignatura. El Perabá, después de muchos años de docencia, estaba ya bien sobre avisado de la picaresca de los alumnos. Por otro lado, el carácter un poco bohemio que hacía compatible con la elegancia en el bien vestir y con el clasicismo de la buena educación era otro ingrediente para que los alumnos tuvieran con él confianza y a la vez respeto. El cierto aire de artista se manifestaba claramente en la decoración de su despacho, pues éste era una especie de museo, con todo tipo de objetos (cuadros, metopas, cornamentas de venado, vidrios y lozas, trofeos deportivos, medallones conmemorativos…).

Mérito suyo era el que al acabar cada curso, un buen número de sus alumnos ya se habían aficionado a la lectura. Antes de las vacaciones, don Román recomendaba algunas novelas para leer durante el verano, a la vez que advertía que no todo lo que había en el mercado editorial era legible. Solía decir a sus alumnos para que no leyeran bazofia:

-En la actualidad hay novelistas, con una desmesurada propaganda, que su “éxito” estriba en ensuciar con su pluma páginas y páginas con descripciones escabrosas e inmorales, o de pornografía barata, para escribir sobre el amor. No se percatan de que lo que relatan es puro estiércol de burdel, pero no la belleza de la vida y del amor. Demuestran no tener idea alguna del corazón humano.

Las novelas que últimamente había recomendado eran: Palabras en la arena, de José Ramón Ayllón; Blanca como la nieve, roja como la sangre, de Alessandro D’Avenia; Un paso en falso, de Sofie Laguna; y Perdona si te llamo amor, de Federico Moccia. Sin embargo, nunca dio el título de libro alguno no recomendable, para evitar que algunos chicos se sintieran tentados a leerlo por curiosidad, precisamente por ser desaconsejable desde el punto de vista moral.

En la zona minera de Huelva

La amistad con Raúl facilitó a Conrado integrarse en la vida del instituto, aunque todavía continuaba siendo molestado por un exiguo grupo de sus compañeros. Además, con las notas sacadas en la primera evaluación, el chico malagueño adquirió cierto crédito en la clase, de tal forma que el segundo trimestre le estaba resultando mucho más llevadero: ya se contaba con él para planes tanto escolares como extraescolares. Para la realización de tareas en equipo, muchos querían tenerle a él en su grupo. Así, un día de las pasadas vacaciones de Navidades, viajó con Daniel Ruiz y Marcos Soria a la cuenca minera de Huelva para hacer un trabajo que les había sugerido el profesor de Ciencias Naturales sobre los distintos minerales que se extraen en las minas de la provincia. La presentación del trabajo suponía para los alumnos un positivo. Los positivos acumulados durante la evaluación, en teoría, tenían reflejo en las notas, pero casi siempre sólo valían para contrarrestar los negativos que, con mucha más facilidad, daba el profesor a sus alumnos, por faltas verdaderamente nimias de comportamiento.

*****

Al pasar por Zalamea la Real, Conrado mencionó la obra de Calderón de la Barca, El alcalde de Zalamea, por lo que Marcos se vio obligado a decirle que la Zalamea de la obra dramática no era ese pueblo, sino la localidad extremeña de Zalamea de la Serena. El autobús de línea les dejó en la localidad Minas de Río Tinto. Después de unos años de inactividad, se había reanudado la explotación de las minas de la zona. Con suerte, pudieron acercarse al lugar donde estaban los depósitos del mineral extraído para ser transportado. Allí, después de que un segurata un poco borde les dijera que nada de pasar a los depósitos, un directivo de la compañía minera que casualmente estaba en la puerta de entrada, interesándose por lo que querían los chicos, les permitió pasar acompañados por un empleado de la empresa para que cogieran trozos pequeños de calcopirita y de otras variaciones de pirita. El empleado, muy amablemente, les explicó las distintas clases de pirita y las características de este mineral mientras se acercaban al lugar donde se almacenaba el mineral. Conrado con un bolígrafo iba anotando todo en un cuaderno.

Conrado y Daniel seguían con atención las explicaciones, pero Marcos se dedicó a fotografiar. Especialmente hizo varias fotos de la mina, cuya explotación es a cielo abierto, y da la impresión de ser un paisaje lunar, como el cráter de un enorme volcán de nuestro satélite. También fotografió el río, único en el mundo por el color rojizo de sus aguas. Antes de despedirse de la persona que les había acompañado, Daniel le preguntó por la historia de la explotación de aquella mina.

-Todo está en Wikipedia, fue la respuesta que obtuvo.

*****

Ya pasadas las dos de la tarde, en un bus interurbano se trasladaron a Nerva. En este pueblo almorzaron con los bocadillos que les había preparado la madre de Daniel. Por una guía turística editada por el ayuntamiento nervense, se enteraron que estaban en una tierra de artistas. Los tres sabían que en Nerva había nacido uno de los más ilustres personajes de la provincia, el pintor Daniel Vázquez Díaz, pero desconocían la existencia de otros artistas nervenses.

Terminada la comida, no les quedó más remedio que esperar hasta las seis, que era la hora que salía el autobús para regresar a Huelva. Sentados en uno de los bancos del parque que les daba el sol, estuvieron de cháchara, hablando especialmente de algunos profesores, como el de Ciencias Naturales y el de Literatura. El primero, ya mayor, bajito, y a punto de jubilarse, era conocido por el Chacho. Conrado preguntó a Marcos y a Daniel el porqué de ese mote.

-¿No te has fijado que cuando dice muchacho, la mu apenas la pronuncia, y lo que se oye es chacho?, le aclaró Daniel.

-Es un profesor echado a la antigua, que no tiene nada de cintura y con un montón de manías que nos trae fritos a todos -añadió Marcos-. Por cualquier cosa dice: “Chacho, negativo”.

-Lo que estuvo bien fue la agarrada que tuvo con “el Cantin”, comentó como de pasada Daniel.

-¿Qué pasó?, inquirió Conrado.

-Fue el año pasado, en tercero -comenzó a decir Marcos, adelantándose a Daniel en responder-. “El Chacho” nos daba Física y Química. En un examen de formulación, varios de la clase dibujaron tres o cuatro figuras geométricas en la pizarra, señalando con letras los vértices, lados… que no era otra cosa que una clave de las fórmulas que podrían salir en el examen. Como una de las manías de “el Chacho” es que la pizarra esté borrada al empezar cada clase, al ver aquellas figuras mandó quitarlas al encargado de borrar, además de ponerle un “negativo” por no haberlo hecho antes. El encargado era Álvaro Barroso, que protestó, pero no tuvo más remedio que borrar la pizarra. Como Barroso es un poco pijo, llevaba los pantalones un poco bajo de tal forma que se viera la marca del calzoncillo. Bueno, un poco bajo… no, sino bastante bajo.

-Los pijos, los no pijos y también los macarras; es la moda, apostilló Conrado.

-Un poco hortera sí que es que se vea el gayumbo, dijo Marcos.

-Pues sí, pero la moda es la moda -dijo Daniel, antes de continuar el relato-. Cuando “el Chacho”, vio a Barroso, le dijo de mala forma: “Súbase el pantalón que se le ve el calzoncillo”. Y “el Cantin”, sin hacerle caso, dijo: “Es como ahora se lleva”, añadiendo que él como era joven estaba en lo último de la moda, no como otros que eran carrozas. “El Chacho” se dio por aludido y enrojeció de rabia, y perdiendo totalmente los papeles, le soltó a Barroso: “Eres un Cantinflas, y que sepas que el calzoncillo es ropa interior y no semiexterior”. Y fue cuando Barroso se pasó al decir: “Yo seré un Cantinflas, pero usted es un Charlot, porque todas sus clases son una charlotada”.

-¿Expulsarían a Barroso del instituto por unos días?, preguntó Conrado.

-No, porque la clase se puso a favor de él, y “el Chacho”, quizás para no complicarse la vida, no dio parte a la dirección, pues fue él el primero en insultar -respondió Marcos-. Eso sí, a Barroso se le ha quedado el mote de “el Cantin”.

-“El Chacho” se ha quedado anclado hace ya veinte años como mínimo -aclaró Daniel, por si sus compañeros tenían alguna duda-. Sólo hay que fijarse en los exámenes. Las preguntas están escritas a máquina en unas cuartillas que en su tiempo debían ser blancas, pero ahora más que amarillentas están negras. Además, ejerce la autoridad a base de poner negativos; y siempre, desde detrás de la mesa que está encima de la tarima, quizás para disimular su baja estatura.

-¿Siempre da clase en el gabinete de Ciencias?, preguntó Conrado.

-Por supuesto -afirmó Soria-. Lo considera como algo suyo. Allí no entra nadie sin que él esté. Lo controla todo. Además, ha sido él quien ha montado el gabinete. Todas las colecciones de conchas marinas, de minerales, de insectos, de animales disecados, de hojas…, que están en las vitrinas, las ha hecho “el Chacho”. También consiguió la canina, no se sabe cómo.

-¿La canina?, preguntó Conrado con extrañeza.

-Sí, la canina que hay, contestó Marcos.

Conrado, dándose cuenta de que su pregunta no había sido entendida, la formuló de distinta forma:

-¿Qué es una canina?

Fue entonces cuando Daniel le explicó que una canina es el esqueleto de un hombre.

Inmediatamente después de que le contestara Daniel, Conrado abrió su mochila y sacó la libreta para escribir algo. Un poco extrañado, Soria le preguntó qué anotaba.

-El significado de la palabra canina.

-¿Y la apuntas en la libreta?, inquirió Daniel.

-Es que son muchas…, estaba diciendo Conrado, y antes de que terminara la frase, de nuevo Ruiz habló para decir:

-Muchas… ¿qué?

-Pues la cantidad de palabrejas que se usan solamente aquí. No hay más remedio que apuntarlas para que no se me olviden.

-Déjame ver qué palabras tienes escritas, le pidió Marcos.

Conrado le pasó la libreta, y Marcos comenzó a leer en voz alta las palabras y expresiones allí anotadas:

cosqui (golpe en la cabeza), illo (chiquillo), aguamala (medusa), ni mijita (ni hablar), citrato (regaliz), pero (manzana), chícharo (guisante), aljofifa (paño basto para limpiar el suelo), estar pillao (no estar bueno de la cabeza), no ni na (claro que sí), calentito (churro), trochería (tontería, algo sin pies ni cabeza), trompo (peonza), ¿qué no de qué? (¿cómo qué no?), saborío (antipático)… Las leyó todas hasta la última anotada: canina (esqueleto humano).

La expresión que más gracia causó fue el pescado de la picardía, pues ni Daniel ni Marcos sabían qué pez era hasta que Conrado les contó que su abuela así se refería a un pez que se llamaba japuta.

-¡Ah!, chaputa, exclamó Daniel.

-No, chaputa, sino japuta -aclaró Conrado-. En Málaga también lo hay, porque es un pez del mar Mediterráneo.

-Sí, pero en Huelva decimos chaputa, dijo Daniel, sin querer dar su brazo a torcer.