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Homilía del Domingo V de Cuaresma (Ciclo B)

Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le rogaron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús (Jn 12, 20-22). Las personas no creyentes que buscan sinceramente la verdad, nos están diciendo a nosotros, los cristianos: Queremos ver a Jesús, aunque no lo expresen con estas palabras. Están esperando que alguien las conduzcan a Cristo, que se identifica con la Verdad; y solamente en Él encontrarán la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Y ese alguien eres tú, soy yo. A esas personas de buena fe debemos ayudarles a encontrar la estrella -como la estrella de los Reyes Magos- que indica donde está Cristo.

Existe un gran número de hombres y mujeres, con espíritu de generosidad y con buenas disposiciones, que no conocen a Cristo ni su mensaje salvífico, pero si lo conocieran, sin duda alguna, amarían al Señor. Cada uno de nosotros debemos ser esa mano amiga que les ayude a encontrar a Jesús y enseñarles a amarlo. Es preciso que seamos audaces, sintiendo la urgencia del amor de Cristo, en la labor apostólica concreta de cada uno, y en la oración y mortificación para hacer la Iglesia en esta época.

Que conozcan a Cristo, que sigan a Cristo, porque fuera de Cristo no hay paz ni felicidad; sin Cristo, no hay vida eterna. Sólo con Cristo hay libertad; sin Él el hombre está esclavizado por el pecado, es rehén de ideologías aberrantes, camina a ciegas en la oscuridad del error. Cristo es la Verdad. Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 32). El Verbo encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige nuestra libertad hacia el bien.

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios: El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11, 23).

Éste es el sentido único de la vida: conocer a Cristo. Conocer a Cristo como amigo: como alguien que se preocupa de vosotros y de las personas que viven aquí o en cualquier otro sitio, sin distinción de lengua, raza o color. Toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo: Él es el “hombre perfecto” que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle: con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar; con su oración atrae a la oración; con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (Catecismo de la Iglesia Católica).

Nuestro deseo es que sean realidad las palabras del profeta Jeremías: Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: “Conoced al Señor”, pues todos ellos me conocerán desde el menor al mayor -oráculo del Señor-, porque habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado (Jr 31-34).

Sí, hemos de ayudar a otras personas a que conozcan a Jesús, que es el Amor hecho carne. Cristo no es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos forzosamente distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros. Pero la mejor manera de ayudar a esas personas es siempre con el ejemplo de nuestra vida cristiana, dando testimonio de verdaderos discípulos de Jesús.

A quienes también hoy quieren saber quién es Jesús podemos ofrecerle tres cosas, tres: el evangelio; el crucifijo; y el testimonio de nuestra fe, pobre, pero sincera. El evangelio: allí podemos encontrar a Jesús, escucharlo, y conocerlo: para que se pueda llevar en el bolso, en el bolsillo, leerlo con frecuencia, un pasaje, un párrafo cada día, la Palabra de Dios es luz para nuestro camino. El crucifijo signo del amor de Jesús que se ha donado por nosotros; y después, una fe que se traduce en gestos simples de caridad fraterna. Pero principalmente, en la coherencia de vida entre lo que decimos y lo que vivimos. El evangelio, el crucifijo y el testimonio (Papa Francisco).

En el Evangelio está la Nueva Alianza, también profetizada por Jeremías, que ha de permanecer para siempre. Esta alianza viene definidas por tres características: es nueva, es interior y es afectiva. Es nueva no tanto en relación con la Antigua Alianza que quedó caduca, sino en cuanto es definitiva y no habrá otra. Es interior, puesto que está plasmada en el corazón de cada individuo. Su contenido es la Ley de Dios que está escrita en lo más íntimo de la persona. Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré (Jr 31, 33). Y es afectiva en cuanto que está basada en la relación amorosa entre y los suyos.

El autor sagrado de la Carta a los Hebreos nos dice que Cristo por su obediencia al Padre se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Hb 5, 9). La obediencia del Señor es para nosotros fuente de salvación y ejemplo que debemos seguir. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. Es preciso que Cristo sea anunciado a todos los hombres. La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él. Mostremos a ese Jesús que ha venido a la tierra para buscar a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Como buen samaritano de la familia humana, se acercó a la gente para sanarla de sus pecados y llevarla a la casa del Padre.

Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará (Jn 12, 26). Jesucristo quiere que cada uno de nosotros le sirva. Es un misterio de los designios divinos que Él -que es todo, que tiene todo y no necesita de nada ni de nadie- quiera necesitar de nuestro servicio para que su doctrina y la salvación operada por Él lleguen a todos hombres. Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzarlo a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 299-300).

Ante las dificultades de la vida, y en un ambiente lleno de materialismo sin dejar espacio al espíritu, hay quienes se preguntan: ¿Qué puedo hacer yo para sanar a una sociedad profundamente cansada y enferma? ¿Cómo dar sentido a la vida? Para el cristiano que es coherente con su fe ese sentido tiene un nombre: el nombre de Jesucristo. Ha encontrado a Jesús. Él se ha convertido en su esperanza. Sólo Él es la solución de los problemas de la humanidad; sólo Él es la verdadera salvación del mundo. Él es el maestro, el único cuyas enseñanzas no pasan, el único que enseña con autoridad divina.

“¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaba el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Y lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida (Benedicto XVI, Homilía 15.IV.2006). En nuestro caminar por los senderos de la verdad, la sinceridad y la autenticidad, tenemos un modelo ideal. Ese modelo es Jesucristo, Cristo en su humanidad, Cristo hombre. Pero tengamos en cuenta de que Él no es sólo nuestra meta; es también el camino que conduce a donde vamos. En ese camino actúa como Pastor; llega incluso a entregarse a sí mismo como alimento para el viaje.

Jesucristo aprovecha la presencia de aquellos griegos para hablar de su sacrificio redentor. Ahora mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! (Jn 12, 27). Ante la evocación de la muerte que le espera, Jesucristo se turba y se dirige al Padre con una oración muy parecida a la de Getsemaní. De este modo el Señor, en cuanto hombre, busca filialmente apoyo en el amor y en el poder de su Padre Dios, para fortalecerse y ser fiel a su misión. Es un consuelo para nosotros, tantas veces débiles en el momento difícil de la prueba; entonces, como Jesús, hemos de apoyarnos en la fuerza de Dios: porque Tú eres mi fortaleza y mi refugio (Sal 30, 4).

¡Padre, glorifica tu nombre! Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré (Jn 12, 28). Esta petición que hace Jesucristo a su Padre es semejante a la que viene en el Padrenuestro, la oración aprendida de labios del Señor: Santificado sea tu Nombre. En la Sagrada Escritura “gloria” indica santidad y el poder de Dios. La respuesta a la petición de Jesús es una nueva teofanía donde, al igual de las del Bautismo de Cristo y la de la Transfiguración, Dios Padre da testimonio de la divinidad de Jesucristo. En esta teofanía la voz del Padre ratifica de modo solemne que en el Señor habita la plenitud de la divinidad.

Ahora bien, la afirmación de la divinidad de Jesús no debe servir de pretexto para atenuar su condición humana. Jesús es el Hijo de Dios, preexistente en el seno del Padre, que subsiste en una naturaleza humana singular: es el Hijo quien siente, quien habla, quien mira, quien sufre, quien desea, quiere, entiende, confía en el Padre, ama, obedece y se entrega humanamente, con toda la verdad de su naturaleza humana. Y como hombre muere. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Señalando de que muerte iba a morir (Jn 12, 32-33). El Señor desde la Cruz atrae a todos los hombres, pues todos pueden contemplarlo crucificado.

Cada cristiano, siguiendo a Cristo, ha de ser una bandera enarbolada, una luz puesta sobre el candelero: bien unido por la oración y mortificación a la Cruz, en cada momento y circunstancia de la vida, ha de manifestar a los hombres el amor salvador de Dios Padre.

Si buscas a María, encontrarás “necesariamente” a Jesús, y aprenderás ‑siempre con mayor profundidad‑ lo que hay en el Corazón de Dios (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 661). La Virgen hará que cada día conozcamos mejor a su Hijo.

Homilía del Domingo IV de Cuaresma (Ciclo B)

En la segunda lectura de la Misa del domingo Laetare están unos versículos de la Carta a los Efesios que hacen referencia a la misericordia divina. Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo, -por gracia habéis sido salvados- (Ef 2, 4-5). La misericordia de Dios es la mayor manifestación de su amor, pues refleja la gratuidad absoluta del amor divino proyectado sobre el hombre pecador, y que, en vez de castigar, perdona y da la vida. Sí, la vida de la gracia, pues por el pecado estábamos muertos como dice san Pablo.

Así como un muerto no es capaz de darse a sí mismo la vida, así, quienes estaban muertos por el pecado no podían alcanzar por sí solos la gracia, la vida sobrenatural. Únicamente Cristo, mediante la Redención, proporciona esa vida nueva que comienza con la justificación y que tiene como fin la resurrección y la felicidad. Con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús (Ef 2, 6). El Apóstol de los gentiles habla de esa vida de la gracia y, en consecuencia, de nuestra futura resurrección y glorificación con Cristo en los cielos; todo ello como si se tratara de algo ya realizado. La razón es ésta: Jesucristo es nuestra Cabeza y todos formamos con Él un solo cuerpo, de modo que, como miembros del cuerpo participamos de la condición de la Cabeza. Cristo, después de su Resurrección. Y Ascensión a los cielos está sentado a la derecha del Padre. San Agustín lo expresa diciendo: El cuerpo de Cristo que es la Iglesia, ha de estar a la derecha, en la bienaventuranza. Aunque nuestro cuerpo no esté allá todavía, ya tenemos allá la esperanza.

Habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe (Ef 2, 8-9). La salvación es obra de Dios, realizada gratuitamente; es decir, tiene su origen en la misericordia divina. Esta salvación opera en el hombre mediante la fe, que es la aceptación, por parte del hombre, de la salvación que se le ofrece en Jesucristo. Ahora bien, incluso la fe, nos dice san Pablo, es un don de Dios, y el hombre no puede ni merecerla ni adquirirla con sus solas fuerzas naturales, no es obra de la propia y exclusiva libertad humana, sino que en el reconocimiento y asentimiento a Cristo Salvador está actuando, ya desde el primer momento, la gracia de Dios.

Cuando san Pablo dice que la fe no procede de las obras, se está refiriendo a las obras que el hombre pudiera realizar por sí mismo, con independencia de la gracia. Entonces el hombre tendría algo de qué gloriarse ante Dios, algo que le proporcionaría la salvación al margen de la obra de Cristo, lo cual es inadmisible, porque entonces ningún sentido tendría la cruz del Señor, ni la misma encarnación del Verbo, que se ha hecho para nosotros sabiduría, justicia y redención, para que, como está escrito: El que se gloría, que se gloríe en el Señor (1 Co 1, 30-31).

Hechura suya somos: nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras (Ef 2, 10). El cristiano ha sido hecho nueva criatura al ser injertado en Cristo por el Bautismo Una vez justificado por el Bautismo, el cristiano ha de ser coherente con su fe, es decir, con su nueva vida. Y precisamente la vida de la gracia le impulsa a realizar esas buenas obras que Dios aguarda ver realizadas -porque así lo había dispuesto previamente- para que se consume la salvación. La autenticidad de la fe se demuestra con las obras: la fe, si no tiene obras, está realmente muerta (St 2, 17). Sin esas obras -ejercicio de las virtudes teologales y morales- no sólo quedaría muerta la fe, sino que sería falso también el amor a Dios y al prójimo.

En la primera lectura, tomada del libro 2 Crónicas, escuetamente hace referencia a la cautividad de Babilonia. Antes de la deportación, el Señor dio al pueblo judío varios avisos, pero en vano. Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según todas las costumbres abominables de las gentes, y mancharon la Casa del Señor, que él se había consagrado en Jerusalén. El Señor, el Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio (2 Cro 36, 14-16). También en el Evangelio vemos como Jesucristo habla del camino equivocado que conduce al infierno, para que no lo tomemos. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella (Mt 7 13). Y además advierte: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26). Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29).

Después de los avisos sin que los jefes de los sacerdotes y el pueblo se enmendaran, vino el castigo. El rey de los caldeos con su ejército entró en Jerusalén a fuego y sangre, y a los que escaparon de la espada los llevó cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos (2 Cro 36, 20). Ahora bien, la cautividad de Babilonia fue temporal como había sido profetizado por Jeremías: Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años (2 Cro 36, 21). Sin embargo el infierno es eterno. Es algo que no hay que olvidar nunca. Por tanto, evitemos el pecado; y si alguna vez cedemos a la tentación, acudamos con prontitud al sacramento de la Penitencia.

El pasaje evangélico recoge palabras del Señor referentes al juicio que todos hemos de pasar después de la muerte. El deseo de Dios es que todos nos salvemos. Es lo que le dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. (Jn 3, 16-17). Toda nuestra religión es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros.

El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios (Jn 3, 18). Jesucristo exige como primer requisito para participar de su amor la fe en Él. Con ella pasamos de las tinieblas a la luz y entramos en camino de salvación. Quien acoge la luz se salva, y quien prefiere las tinieblas se condena. Éste es el juicio: Que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal odia la luz y no viene a la luz, para que no sus obras no sean reprobadas. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios (Jn 3, 19-21).

Con acentos tristes, el evangelista san Juan, en el prólogo de su Evangelio, habla de la ingratitud de los hombres, creados por Dios con especial amor. No sólo no le reconocieron como su Creador y Señor, sino que desde el primer momento pretendieron ponerse en su lugar, rebelándose contra Él. Pero el amor de Dios no se apagó: a lo largo de toda la historia de la humanidad, siguió derramando gracias sobre sus criaturas.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente por Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Javier Echevarría, Artículo 26.VI.1997, Romana, n. 24, p.105).

La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: Si Dios nos ha creado, si nos ha redimido, si nos ama hasta el punto de entregar a su hijo Unigénito, si nos espera -¡cada día!- como esperaba aquel padre de la parábola a su hijo pródigo, ¿cómo no va a desear que le tratemos amorosamente? Extraño sería no hablar con Dios, apartarse de Él, olvidarle, desenvolverse en actividades ajenas a esos toques ininterrumpidos de la gracia (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 251). Si amamos a Dios en el tiempo, seremos amados por Dios en la eternidad.

Antes de subir al Cielo, Jesucristo dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, se condenará (Mc 16, 15-16). El Bautismo es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento, según se deduce de las palabras de Cristo que acabamos de citar. Y también de las que le había dicho a Nicodemo: En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos (Jn 3, 5).

Además del sacramento del Bautismo están el Bautismo de sangre y el Bautismo de deseo, que también salvan. Se dice que una persona ha recibido el Bautismo de sangre cuando sin estar bautizada muere a causa de la fe. Es el caso de algunos mártires que, sin haber recibido el sacramento del Bautismo, dieron su vida por Cristo. Y los catecúmenos, y todos aquellos que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, que mueren sin recibir las aguas bautismales, se salvan por el Bautismo de deseo.

El Bautismo de deseo es el deseo de recibir el sacramento de Bautismo. El deseo de ser bautizado puede ser explícito o implícito. Tienen deseo explícito los catecúmenos. Éstos se están preparando para recibir el sacramento. Y lo desean implícitamente los que sin haber conocido la Iglesia ni la doctrina de Jesucristo sin culpa propia viven rectamente según la ley natural. Éstos, tienen deseo implícito de pertenecer a la Iglesia, y de hecho pertenecen de algún modo a ella, pues si la conocieran, pedirían el Bautismo.

En los santos evangelios aparece el bautismo de Juan, pero también el que realizaban los apóstoles, que son distintos del sacramento del Bautismo instituido por Cristo y que es necesario para la salvación. Se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque había allí mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba (Jn 3, 22-23). San Juan, en otro versículo de su Evangelio, aclara que no era Jesús mismo quien bautizaba, sino sus discípulos. Aquel rito no era todavía el Bautismo cristiano- pues éste sólo comienza después de la Resurrección de Cristo, sino que ambos bautismos, el de san Juan Bautista y el que realizaban los discípulos del Señor, tenían por finalidad acercar a esos bautizados a Cristo y preparar el camino para la fe futura.

Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna (Hb 4, 16). En el Magnificat, Santa María canta la misericordia, el amor alegre de Dios que viene a devolver la felicidad a un mundo entristecido. Ella es la primera Hija de la misericordia de Dios; y a la vez que Hija, es Madre del Dios de misericordia: por eso la llamamos Mater misericordiæ y acudimos a Ella para conseguir la misericordia.

Homilía del Domingo III de Cuaresma (Ciclo B)

La Iglesia quiere que recordemos la Ley de Dios al poner como primera lectura de la Misa del tercer domingo de Cuaresma el comienzo del capítulo del libro Éxodo donde está el Decálogo. Los diez mandamientos son el núcleo de la ética del Antiguo Testamento y mantienen su valor en el Nuevo Testamento: Jesucristo los recuerda frecuentemente y los completa. Además, todos los preceptos de la ley natural están incluidos en el Decálogo. Su cumplimiento es necesario para alcanzar la vida eterna.

Amarás a Dios sobre todas las cosas es la formulación del primer mandamiento que recogen los catecismos. En el texto de Éxodo es más amplia la formulación: Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto (Ex 20, 2-5). Se indica dos aspectos: el monoteísmo y la obligación de no adorar ídolos ni imágenes del Señor. En definitiva es la prohibición de la idolatría.

Siendo Dios es único verdadero, no puede tolerar ni el culto a otros dioses ni la adoración idolátrica a las imágenes. La idolatría es el pecado más grave y el más condenado en la Biblia.

El pecado de idolatría no es solamente adorar becerros de oro o pachamamas (representaciones de la Madre Tierra), sino también divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátase de dioses o demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del estado, del dinero, etc. Y hoy día no es un pecado poco corriente, sino todo lo contrario.

Este mandamiento no prohíbe la veneración de las imágenes, porque éstas son representaciones o de Jesús que, como hombre verdadero, tenía un cuerpo, o de los santos, cuya figura puede ser representada y venerada. Además veneración no es adoración.

No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios; porque el Señor no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso (Ex 20, 7). El respeto al nombre de Dios es el respeto a Dios mismo. De ahí que esté prohibido invocar el nombre del Señor para dar consistencia al mal, sea en un proceso judicial si se comete perjurio, sea en el juramento de hacer algo mal, sea incluso en la blasfemia. En genera, este mandamiento prohíbe cualquier abuso, cualquier falta de respeto, cualquier invocación irreverente del nombre de Dios. Y dicho en forma positiva, el segundo mandamiento del Decálogo prescribe respetar el nombre del Señor.

Santificarás las fiestas. Así enunciamos el tercer mandamiento de la ley de Dios. Recuerda el día del sábado para santificarlo (Ex 20, 8). La Iglesia, manteniendo el precepto del Decálogo, lo traslada al domingo, porque en ese día de la semana resucitó el Señor, verdad que fundamenta nuestra fe. Además, porque el domingo de Pentecostés el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, manifestándose públicamente la Iglesia delante de una multitud de personas de diversas naciones que estaban en Jerusalén. Y, por último, para que los cristianos no confundieran las fiestas cristianas con las judías.

Este mandamiento se cumple participando en la Santa Misa en los domingos y fiestas de precepto y absteniéndose de realizar en esos días actos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. El primer mandamiento de la Iglesia determina y precisa el mandamiento del Decálogo de santificar las fiestas. Impuso la Iglesia este precepto, porque inspirada por Dios, no halló medio más digno y adecuado para tributar a Dios el honor que le es debido y el culto público de adoración que se merece como soberano Señor nuestro. La Misa es, en efecto, el acto más excelente y sublime que podemos ofrecer a Dios, por cuanto que es el mismo sacrificio ofrecido por Jesucristo en el Calvario, sacrificio de infinito valor, que sin cesar renueva en los altares del mundo entero Nuestro Señor.

Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Ex 20, 12). El mandamiento no afecta sólo a los hijos más jóvenes, que tienen obligación de someterse a los padres sino a todos, puestos que las ofensas de los hijos mayores son las que merecen el grave castigo de la maldición. La promesa de una larga vida a los que cumplen este mandamiento indica la importancia para el individuo y la trascendencia que tiene la familia para la sociedad.

No matarás (Ex 20, 13), es la formulación escueta del quinto mandamiento. Así se protege toda vida humana. Dios nos ordena conservar la salud y la vida propias, así como las ajenas, tanto en lo espiritual como en lo temporal. De modo que en forma positiva podría expresarse el quinto mandamiento diciendo: Respetarás toda vida humana.

Este mandamiento prohíbe directamente la muerte por venganza del enemigo personal, es decir, el asesinato. El homicidio es contrario a la ley divina porque la vida sólo es de Dios. Él es que la da y el que la quita. La enseñanza de la Iglesia indica que sólo en circunstancias muy concretas como la legítima defensa individual o social puede llegarse a privar de la vida a una persona.

La muerte provocada de los más débiles (aborto, eutanasia directa…) son de más gravedad. En la encíclica Evangelium vitae, san Juan Pablo II expresó con rigor la doctrina de la Iglesia acerca de este mandamiento que tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente. Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral.

No cometerás adulterio (Ex 20, 14). Este sexto mandamiento está orientado a salvaguardar la santidad del matrimonio. Con el progreso de la revelación se irá aclarando que no sólo el adulterio es grave, al lesionar los derechos del otro cónyuge, sino todo desorden sexual degrada la dignidad de la persona y es una ofensa contra Dios. La Tradición de la Iglesia ha entendido este precepto como una regulación completa de la sexualidad humana.

Jesucristo, con su vida y su enseñanza, interpreta el plan de Dios: Habéis oído que se dijo: no cometerás adulterio. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5, 27-28). Y es bueno recordar que los divorciados que se casan de nuevo por lo civil (no pueden contraer nuevo matrimonio canónico, al ser el matrimonio anterior indisoluble) viven en estado de pecado, pues bien claro lo dijo Nuestro Señor: Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con la repudiada por su marido, comete adulterio (Lc 16, 18).

No robarás (Ex 20, 15). Nos manda Dios respetar el derecho del prójimo a los bienes de fortuna, y de guardar la justicia en todo lo que mira a la hacienda de los demás. Su cumplimiento es la salvaguardia de la justicia y del derecho de propiedad, y el fundamento del orden, de la paz y del trabajo sociales.

También va involucrada en este mandamiento la obligación de pagar las deudas, dar el justo jornal a los operarios, pagar los impuestos, inquirir el dueño de lo hallado, y -en caso de infracción – restituir cuanto antes lo robado y reparar la injusticia cometida (los derechos vulnerados y los daños causados). Y además exige el respeto a las promesas y a los contratos estipulados.

No darás testimonio falso contra tu prójimo (Ex 20, 16). En los catecismos se formula así: No dirás falsos testimonios ni mentirás. Este mandamiento trata de la veracidad, que es una virtud de nobleza en la convivencia humana que inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente. Jesucristo nos dio ejemplo y debió ser tan significativo que hasta sus mismos enemigos lo reconocieron, alabándole por ello: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar de nadie, pues no haces acepción de personas (Mt 22,16). Y además, esta virtud atrae las simpatías de cualquier persona normal, aunque no tenga el don de la fe. Nuestro Señor la estimó en gran manera, dejando constancia de ello en la alabanza que pronunció de Natanael: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez (Jn 1, 47).

El falso testimonio es declarar en un juicio algo que no es verdad y que perjudica al prójimo, pudiendo causarle daños irreparables al ser condenado siendo inocente. Supone un triple pecado, porque en realidad es una mentira que contiene dos agravantes: perjurio (por violación de un juramento); e injusticia (por el daño injusto que se hace al prójimo declarando contra él). Es siempre pecado mortal, sin que admita parvedad de materia.

La mentira es afirmar lo contrario de lo que se siente o piensa, con intención de engañar. Cuando se realiza no con palabras sino con gestos se llama simulación, y si es en toda la conducta, se llama hipocresía. En nuestros días se ha hecho de la mentira una técnica. Muchos se sirven de ella para la consecución de sus fines. Es necesario sanear las relaciones humanas, volviendo a recomponerlas en un clima de verdad y de transparencia.

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo (Ex 20, 17). En este versículo están los dos últimos mandamientos del Decálogo: No consentirás pensamientos ni deseos impuros y No codiciarás los bienes ajenos. En el primero Dios nos ordena que seamos puros y limpios en pensamientos y deseos. Es decir, que guardemos la virtud de la castidad en lo interior. El segundo es toda una invitación a abandonarse en la providencia del Padre del cielo que libera de la inquietud por el mañana. Como el desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos, Dios nos ordena con este mandamiento que intentemos orientar rectamente nuestros deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no nos impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto. Este último precepto del Decálogo manda, además, que cada uno se contente con el estado en que Dios le ha puesto y sufra con paciencia y resignación la pobreza, cuando el Señor le quiera en ese estado.

También la Iglesia nos recuerda con el pasaje evangélico el comportamiento lleno de respeto y piedad que se debe tener en los lugares de culto. Jesús encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2, 14-16).

A las iglesias vamos a rezar o a participar de los actos de culto. Existe una urbanidad de la piedad, que hace referencia a las posturas que hay que adoptar en los diversos momentos de la celebración, los vestidos que sean decentes, propios para un lugar sagrado. No es correcto acudir a la casa de Dios con ropa para hacer deporte. Está fuera de lugar hablar dentro del templo. Es una falta de consideración con el Señor que está en el sagrario. Hay celebraciones especiales: bodas, bautizos, primeras comuniones y funerales, en las que acuden familiares, amigos y conocidos. Quizás algunas veces el Señor se ha sentido molesto porque en estas ocasiones hemos convertido la iglesia, que es lugar de oración, en un salón de encuentros, donde todos se saludan sin reparar lo más mínimo en que están en la casa de Dios.

Y por último,en la segunda lectura de la Misa, san Pablo nos dice: Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1 Co 1, 22-25). Jesucristo es la Verdad. Acerquémonos al Maestro porque Él es la Sabiduría de Dios encarnada, y encontraremos respuesta a los anhelos de nuestro corazón. Sólo Cristo tiene palabras de vida eterna porque Él es la Vida misma. Jesús nos trae a Dios, nos lleva a Dios, con Él toda nuestra vida se transforma, se renueva, y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos, desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos. Por eso os digo a cada uno de vosotros: “Pon a Cristo” en tu vida y encontrarás un amigo del que siempre podrás fiarte (Papa Francisco).

Santa María, Asiento de la Sabiduría, ayúdanos a ser buenos discípulos de tu Hijo, el Maestro divino.

Homilía del Domingo II de Cuaresma (Ciclo B)

En el Génesis está la historia de Abrahán. El Señor dijo a Abrán: “vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 1-3). La llamada de Dios a Abrahán significa el comienzo de una nueva etapa en la relación de Dios con la humanidad, pues la alianza con Abrahán redundará en bendición para todos los pueblos.

Dios promete una descendencia numerosa a Abrahán, siendo éste y su esposa Sara de edad avanzada. El Señor es fiel a su promesa concediendo a Abrahán un hijo de Sara. Y cuando Isaac es ya un adolescente, Dios pide al patriarca que sacrifique a su hijo. Dios puso a prueba a Abrahán y le dijo: “¡Abrahán, Abrahán!” Éste respondió: “Heme aquí”. Entonces le dijo: “Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré” (Gn 22, 1-2). Con este mandato, Dios quiere que Abrahán le muestre su fidelidad estando dispuesto a sacrificar su hijo como reconocimiento que éste pertenece a Dios.

El mandato divino parece un contrasentido: Abrahán ya había perdido a Ismael, el hijo que había tenido con la esclava de Sara -Agar- pues el Señor le dijo que expulsara a Agar y su hijo. Aunque esta petición le desagradó mucho, obedeció a Dios. El Señor cuidó de Ismael: Dios estaba con el niño (Gn 21, 20). Ahora Dios le pide la inmolación del hijo que le que queda. Desprenderse del hijo significaba desprenderse incluso del cumplimiento de la promesa que veía realizado en Isaac. A pesar de todo, Abrahán obedece. Su fe no vaciló. Para él, en su vida Dios está en primer lugar.

Llegados al lugar que le había dicho Dios, construyó allí Abrahán el altar, y dispuso la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y le puso sobre el ara, encima de la leña. Alargó Abrahán la mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Entonces le llamó el Ángel del Señor desde los cielos diciendo: “¡Abrahán, Abrahán!” Él dijo: “Heme aquí”. Dijo el Ángel: “No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único” (Gn 22, 9-12). A Dios le basta ver la intención sincera de Abrahán de cumplir lo que se le pedía. Con ello es ya como si lo hubiera realizado.

El patriarca -comenta san Juan Crisóstomo- se hizo sacerdote del niño y, ciertamente, con el propósito ensangrentó su (mano) derecha y ofreció el sacrificio. Pero por la inefable misericordia de Dios, volvió habiendo recibido al hijo sano y salvo se le atribuye (el sacrificio) a causa de la voluntad, fue rescatado (el hijo) con brillante corona, luchó el combate decisivo, y manifestó en todo la piedad de su intención.

La fidelidad de Abrahán a Dios es premiada. Por mí mismo juro, oráculo del Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz (Gn 22, 16-18).

Isaac es figura de Jesucristo. Su sacrificio constituye un modelo anticipado del sacrificio de Cristo en el Calvario. En efecto, aparece el padre que entrega al hijo; el hijo que se entrega voluntariamente al sacrificio secundando el querer del padre. Igual que Cristo fue al Gólgota llevando la cruz, Isaac sube al monte llevando la leña necesaria para el sacrificio. Por la obediencia de Abrahán y la disposición de Isaac, serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Los Santos Padres han visto en el sacrificio de Isaac prefigurada la Pasión de Cristo, el Hijo Único del Padre.

Haciendo una comparación implícita entre Isaac y Jesucristo, san Pablo ve la culminación del amor de Dios en la muerte de Cristo, cuando escribe: El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? (Rm 8, 32). Si el detener la mano de Abrahán representaba ya una manifestación del amor de Dios, mayor aún es esa manifestación cuando permite la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio por todos los hombres.

En los santos evangelios se narra la subida de Jesús al monte Calvario, donde murió crucificado. Allí estaba sin parecer ni hermosura, como un hombre fracasado, abandonado por los suyos e insultado por sus enemigos. Pero también los evangelistas relatan otra subida de Cristo, ésta al monte Tabor con tres de sus discípulos. Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo (Mc 9, 2-3). Aquí aparece con el esplendor de su gloria divina. La “luminosidad” que caracteriza este hecho extraordinario simboliza el objetivo: iluminar las mentes y los corazones de los discípulos para que puedan comprender claramente quién es su Maestro. Es un destello de luz que se abre de pronto sobre el misterio de Jesús e ilumina toda su persona y toda su historia.

¿En qué consistió la Transfiguración del Señor? Para poder entender de algún modo este hecho milagroso de la vida de Cristo hay que tener en cuenta que el Señor, para poder redimirnos con su Pasión y muerte, renunció voluntariamente a la gloria de su cuerpo y se encarnó en carne pasible, no gloriosa, haciéndose semejante en todo a nosotros menos en el pecado. En el momento de la Transfiguración, Jesucristo quiere que la gloria que le correspondía por ser Dios, y que su alma tenía desde el momento de la Encarnación, aparezca milagrosamente en su cuerpo. Aprendamos de esa actitud de Jesús. En su vida terrena, no ha querido ni siquiera la gloria que le pertenecía, porque teniendo derecho a ser tratado como Dios, ha asumido la forma de siervo, de esclavo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 62). Teniendo en cuenta Quién se encarna (la dignidad de la persona y la gloria de su alma), era conveniente la gloria del cuerpo de Jesús. Pero teniendo en cuenta para qué se encarna (la finalidad de la Encarnación), no era conveniente, de modo habitual, dicha gloria. Cristo muestra su gloria en la Transfiguración para movernos al deseo de la gloria divina que se nos dará, y así, con esta esperanza, entendamos que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con aquella gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm 8, 18).

Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Tomando la palabra Pedro dice a Jesús: “Maestro, qué bien estamos aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Mc 9, 4-5). En el Tabor Jesucristo está acompañado por los dos representantes máximos del Antiguo Testamento, de la Ley y los Profetas. En el Cielo, Jesucristo estará rodeado de la multitud de los ángeles y de todos los santos. La Transfiguración fue un cierto anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra. El deseo de Pedro de permanecer indefinidamente en el Tabor contemplando la gloria de Jesús se cumplirá para cada uno de nosotros, cuando por la misericordia de Dios lleguemos al Cielo. Por eso, este misterio de la vida del Señor es motivo de esperanza para nosotros.

Esperamos salir siempre victoriosos de las tentaciones y alcanzar el Cielo, no por nuestras propias fuerzas, sino por la virtud de Aquél que nos amado desde toda la eternidad, y que no dudó en entregar a la muerte a su mismo Hijo Unigénito para nuestra salvación. Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros? (Rm 8, 32-34).

Es cierto que todavía, mientras vivimos, no hemos alcanzado la salvación, pero tenemos seguridad de que la alcanzaremos precisamente porque Dios no dejará de darnos todas las gracias necesarias para que suceda así: basta que nosotros queramos recibir estos beneficios divinos. Nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni el temor de la muerte, ni el amor de la vida, ni los ángeles malos, ni los príncipes de los demonios, ni las potestades del mundo, ni los tormentos que nos hacen sufrir, ni aquellos sufrimientos que nos amenazan, ni todo lo más terrible y funesto que pueda sucedernos. Con Dios, junto a Dios no hay nada que temer.

Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: “Éste es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 7). En el monte Tabor, al igual que ocurrió en el río Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan, una manifestación de la Santísima Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube.

La Transfiguración fue temporal. Una vez acabada, los tres apóstoles mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, pero se preguntaban qué era lo de “resucitar de entre los muertos” (Mc 9, 8-10). Sin embargo la gloria del Cielo es eterna.

Pedro, Santiago y Juan como judíos piadosos que eran creían en la resurrección de los muertos, pues esta verdad está revelada en el Antiguo Testamento. Sin embargo, no eran capaces de entender la verdad profunda de la Muerte y Resurrección del Señor, porque sólo consideraban el aspecto glorioso y triunfador del Mesías, a pesar de que también estaban profetizados sus sufrimientos y su muerte. De ahí las disquisiciones de los tres apóstoles que no se atreven a preguntar directamente al Señor por su Resurrección.

En cierta ocasión, una mujer, oyendo en una iglesia que el predicador hablaba del sacrificio de Abrahán, comentó: Dios no habría pedido ese sacrificio a una madre. Y, sin embargo, lo pidió a la Madre de su Hijo, y Ella, llena de la fe de Abrahán, ofreció generosamente a Dios a su Hijo crucificado, porque creía que la Cruz sería signo de la historia de la salvación y que aparecería en el cielo para concluir victoriosamente esa historia. Agradezcamos a Santa María su aceptación en el sacrificio redentor de su Hijo, a la vez que le pedimos que nos consiga del Cielo la gracia de transfigurarnos en otro Cristo, dando muerte al “hombre viejo” que llevamos.

Homilía del Domingo I de Cuaresma (Ciclo B)

En la primera lectura de la Misa del primer domingo de Cuaresma está relatada la Alianza que hizo Dios con Noé y sus hijos: He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia, y con toda alma viviente que os acompaña: las aves, los ganados y todas las alimañas que hay con vosotros, con todo lo que ha salido del arca, todos los animales de la tierra. Establezco mi alianza con vosotros, y no volverá nunca más a ser aniquilada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra (Gn 9, 9-11).

La promesa que Dios había hecho, al mostrar su agrado ante el sacrificio que le había hecho Noé en acción de gracias, de no enviar más un diluvio sobre la tierra, la renueva en el marco de una alianza. Ésta es la primera de las diversas alianzas que Dios libremente a lo largo de todo el Antiguo Testamento va realizando con los hombres. La alianza con Noé se extiende a toda la creación purificada y renovada por el diluvio. Después vendrá la alianza con Abrahán, que afectará sólo a él y a sus descendientes. Y por último, la alianza que establece con Moisés en el Sinaí, que está limitada al pueblo de Israel.

Pero como los hombres no fueron capaces de guardar estas sucesivas alianzas, Dios prometió, por boca de los profetas, establecer en los tiempos mesiánicos una nueva alianza: Pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos mi pueblo (Jr 31, 33). Esta promesa se cumplió en Cristo, como él mismo dijo al instituir el sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros (Lc 22, 20).

Como señal de la primera alianza, Dios hizo aparecer en el cielo el arco iris. Ésta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo haga nublarse la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne (Gn 9, 12-14).

Los Padres de la Iglesia y los escritores eclesiásticos han visto en el arco iris el primer anuncio de la Nueva Alianza. En él Dios estableció con los hombres una alianza por medio de su Hijo Jesucristo; muriendo Éste en la cruz, Dios nos reconcilió consigo, lavándonos de nuestros pecados en su sangre y nos dio por medio de Él el Espíritu Santo de su amor, instituyendo el bautismo de agua y del Espíritu Santo por el que renacemos. Por tanto, aquel arco que aparece en las nubes es signo del Hijo de Dios. Es signo de que Dios no volverá a destruir toda carne mediante las aguas del diluvio; el Hijo de Dios mismo, a quien una nube recubrió, y el que está más elevado allá de las nubes, por encima de todos los cielos, es para siempre un signo recordatorio a los ojos de Dios Padre, un memorial eterno de nuestra paz: después de que Él en su carne destruyó la enemistad, está firme la amistad entre Dios y los hombres, que ya no son siervos, sino amigos e hijos de Dios (Ruperto de Deutz).

Con Cristo vino la nueva y definitiva Alianza. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 14-15). Con estas palabras comienza Jesucristo su predicación. La nueva etapa de la Historia de la Salvación, la llegada del Reino de Dios que trae consigo la obra redentora de Cristo, exige un cambio radical en la conducta del hombre hacia Dios. Es una invitación a la conversión. La Redención es una intervención salvífica especial de Dios a favor de los hombres, que implica, a su vez, una exigencia de que éstos se abran a la gracia divina y se conviertan.

La conversión es necesaria dada la condición pecadora de la humanidad tras el pecado original. Para recibir la salvación que Cristo trae, la llegada del Reino, todos los hombres necesitan hacer penitencia de su vida anterior; esto es, convertirse de su caminar alejándose de Dios a un caminar acercándose a Él. Puesto que por medio está el pecado, no hay posibilidad de dar la vuelta hacia Dios sin conversión, sin penitencia.

Una conversión honda que se debe manifestar en propósitos firmes de lucha interior y de mejora. La Iglesia, como Madre y Maestra, no se cansa de proponer a los hombres la reconciliación, y no duda en denunciar la malicia del pecado, en proclamar la necesidad de la conversión, en invitar y pedir a los hombres “reconciliarse con Dios”. Hablar de reconciliación y conversión es necesariamente hablar del sacramento de la misericordia divina, que es la Confesión.

La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II).

San Marcos cuenta que Jesús después de ser bautizado por Juan en el Jordán estuvo en el desierto. A continuación, el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días (Mc 1, 12-13). La Iglesia quiere que todos los cristianos nos unamos durante los días de la Cuaresma con oración y penitencia al misterio del Señor en el desierto. Y desde siempre ha aconsejado los ejercicios espirituales, también llamados cursos de retiro, en los que, en el silencio de la oración, el alma medita sobre su vocación cristiana y su correspondencia a los beneficios recibidos del Cielo, con el fin de mejorar y avanzar en el camino de una mayor identificación con la voluntad divina.

Estos días de retiro constituyen un momento particular de la gracia de Dios para nosotros. Son un regalo que nos ha preparado el Señor y Maestro. Nos resultan completamente indispensables. En medio de los muchos trabajos, de los importantes deberes que nos ocupan, todos nosotros apreciamos de un modo particular estos retiros que nos permiten atender exclusivamente a los problemas más esenciales, y aplicar -en cierto sentido- a todas las demás cosas de que se compone nuestra vida cotidiana la más profunda medida que es el mismo Cristo (San Juan Pablo II). Son días dedicados totalmente a la escucha del Señor, que siempre nos habla, pero espera de nosotros una mayor atención.

Son días de silencio y de gracia intensa. El sacerdote que predica los ejercicios espirituales procura, ante todo, hacer ver a Cristo; y plantea los temas fundamentales, es decir, las cuestiones eternas, los grandes temas de la fe, de la vida… Estas preguntas nunca pierden su actualidad, nunca pasan de moda.

Con una imagen gráfica, repleta de contenido, san Josemaría Escrivá decía que asistir al curso de retiro es como ir al médico divino, para hacer un repaso ‑un reconocimiento‑ y ver cómo estamos. En otras ocasiones, recurriendo al símil del automóvil que necesita repostar periódicamente en una estación de servicio, recordaba que al curso de retiro se va para cargar el alma de amor de Dios y de deseos de santidad. Durante el curso de retiro, además de examinar la conciencia para arrancar los posibles gérmenes de tibieza que hayan podido introducirse en la vida de uno, es conveniente hacer propósitos para hacer siempre el bien con ansias de santidad; y pedir la ayuda de Dios para perseverar en la buena conducta.

En esos días de retiro es de mucho provecho para el alma meditar cómo Cristo llevó a cabo la obra de la Redención. Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevaros a Dios (1 P 3, 18). El Sacrificio del Señor es único y suficiente para obtener con sobreabundancia la remisión de todos los pecados. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo ayuda a comprender: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est).

Los frutos de la Cruz se aplican a los hombres, de manera especial, a través de los Sacramentos, particularmente al participar en la Santa Misa, renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.

En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados, en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el Arca, en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua (1 P 3, 19-20). Estos dos versículos resultan una de las referencias claras del Nuevo Testamento al descenso del Señor a los infiernos, es decir, al seno de Abrahán. Jesucristo, tras morir en la Cruz, fue a llevar su mensaje de salvación a los espíritus cautivos: muchos Padres de la Iglesia se inclinan a pensar que se trata de los justos del Antiguo Testamento que -no pudiendo entrar en el Cielo antes del cumplimiento de la Redención- estaban retenidos en seno de Abrahán, también llamados limbo de los justos.

La alusión a los contemporáneos de Noé se explica, con probabilidad, porque entre los judíos de la época de san Pedro eran considerados -junto con los habitantes de Sodoma y Gomorra- como exponente máximo de pecadores antiguos. El Príncipe de los Apóstoles enseñaría con esta referencia el alcance universal de la Redención: incluso los contemporáneos de Noé, si se arrepintieron, han podido alcanzar la salvación en virtud de los méritos de Jesucristo. Por tanto, la conversión, el arrepentimiento es siempre posible mientras hay vida.

Ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo (1 P 3, 21). San Pedro deja bien claro que la salvación está en la Iglesia de Cristo. Las aguas del diluvio son figura de las del Bautismo: como Noé y su familia se salvaron en el Arca a través de las aguas, ahora los hombres se salvan a través del Bautismo, por el que son incorporados a la Iglesia.

A Jesús siempre se va y se “vuelve” por María (San Josemaría Escrivá).

Conversión

La Tertio Millennio adveniente nos ofrece una hermosa meditación de la parábola xdel hijo pródigo, aque simboliza el camino de conversión al que están llamados todos los cristianos. La meditación de esas páginas del evangelio, nos llena de admiración agradecida ante el inmenso Amor de Dios Padre.

Porque siempre es tiempo de conversión. En la parábola se nos cuenta la trayectoria de “dos hijos”, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido juntoi a su padre con un amor sin libertad, más como siervo distante que buen hijo y hermano.

No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos, de manera que creerse sano es la peor enfermedad. Todos necesitamos convertirnos cada día (Javier Echevarría, Artículo en Romana, n.24, pág. 103).

Jesús es colocado en el sepulcro

Jesús es colocado en el sepulcro

Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían (Mc 15, 42-47).

José de Arimatea, hombre importante, varón bueno y justo, pide a Poncio Pilato el cuerpo sin vida de Jesús para darle sepultura. También Nicodemo acude para esta piadosa acción. Éste lleva consigo con una gran cantidad de mirra y áloe para embalsamar el cuerpo de Jesús. Los dos desclavan con sumo cariño el cuerpo del Señor, lo envuelven en una sábana limpia y lo colocan en un sepulcro nuevo que está en un huerto cercano. El sepulcro era propiedad de José Arimatea, y en el cual todavía no había colocado nadie. San Juan dice que el cuerpo del Señor fue sepultado como es costumbre dar sepultura entre los judíos (Jn 19, 40).

Nicodemo -hombre de la secta de los fariseos, maestro en Israel e importante entre los judíos- había defendido a Jesús en una de las reuniones del Sanedrín. Lo narra san Juan: Entonces Nicodemo, el mismo que de noche fue a Jesús, y que era uno de ellos, les dijo: “¿Acaso nuestra Ley condena a nadie sin haberle oído primero y sin haber examinado su proceder?” Respondieron (los fariseos): “¿Eres quizá galileo como él? Examina la escritura y verás cómo no hay ningún profeta originario de Galilea”. En seguida se retiraron cada uno a su casa (Jn 7, 50-51). Y José de Arimatea, miembro ilustre del Consejo, es decir, del Sanedrín, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 51), disintiendo claramente de sus colegas cuando condenaron a muerte a Cristo. Por tanto, no había participado en la condena de Jesús. Y él sí esperaba el Reino de Dios anunciado por Cristo. San Mateo dice que José de Arimatea era rico, propietario del sepulcro que él había hecho excavar en la roca. Además este evangelista, con unas indicaciones -el sepulcro nuevo (lo puso en su sepulcro, que era nuevo –Mt 27, 60-) y la gran piedra (hizo rodar una gran piedra -Mt 27, 60-), el sello y la guardia (ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y poniendo la guardia -Mt 27, 66-) señala la verdadera muerte de Cristo.

Nicodemo y José de Arimatea, discípulos ocultos de Cristo, desafiando todos los riesgos, son ahora, en los momentos difíciles, cuando todos huyen con la excepción de san Juan, los que dan la cara. Se preocupan del cuerpo del Maestro, ofreciéndole lo único que pueden: un lugar para su reposo. Realizan con exquisita veneración cuanto se requería para sepultar piadosamente el cuerpo de Jesús. Lo hacen cuando ya no esperaban humanamente nada, movidos sólo por un fuerte sentido de lealtad. Nos dan un ejemplo claro para todo discípulo de Cristo, que por amor a Él debe arriesgar honra, posición y dinero. José de Arimatea y Nicodemus visitan a Jesús ocultamente y a la hora del triunfo. Pero son valientes declarando ante la autoridad su amor a Cristo –audacter– con audacia a la hora de la cobardía. -Aprende (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 841).

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15, 3), sino también que “gustase de la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624). El que nació sin nada, yace ahora en un sepulcro que no es suyo. Se ha despojado de todo, de su propia vida, para que nosotros vivamos la Vida de los hijos de Dios.

Poncio Pilato, cerciorado por el centurión, entregó el cuerpo a José. San Marcos señala la verdadera muerte de Jesucristo, verificada incluso por la autoridad romana. En el Credo (Símbolo de los Apóstoles) profesamos esta verdad de fe: Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Frente a cualquier tipo de docetismo -herejía que negaba la verdadera Humanidad de Cristo-, los primeros cristianos afirmaban la verdadera muerte y la verdadera resurrección del Señor.

En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había colocado nadie (Jn 19, 41). Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto -el de los Olivos- y sepultado en un huerto -el del sepulcro-, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto -el paraíso-. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también san Agustín: Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él (Comentario al Evangelio según san Juan).

En los tres evangelios sinópticos se mencionan la presencia de algunas mujeres en el momento en que Cristo es sepultado. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro (Mt 27, 61). María Magdalena y María la de José observaban dónde lo colocaban (Mc 15, 47). Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo (Lc 23, 55). Estas mujeres que san Lucas no menciona con sus nombres son María Magdalena y María -la madre de Santiago el Menor y de José- y Salomé -la madre de los hijos de Zebedeo-, y otras que permanecen en el anonimato. Es tan grande el amor de estas mujeres a Cristo, que no se alejan del sepulcro hasta el último momento, cuando -por necesidad de observar el reposo sabático- no tienen más remedio que marcharse. Aunque no lo dicen los evangelistas, también estaba presente la Virgen María acompañada por san Juan. Después de la muerte de Jesús, la multitud abandona la cima del Calvario. Solamente se quedan María, la Madre de Jesús, con algunas de las santas mujeres y san Juan. Todos están en un silencio roto por los sollozos, mientras José de Arimatea y Nicodemos bajan de la Cruz el cuerpo sin vida del Señor. Entre los dos toman el cuerpo de Jesús y lo dejan en brazos de su Santísima Madre. Se renueva el dolor de María (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, XIII Estación).

San Lucas dice que las santas mujeres, después de ver cómo sepultaron a Jesús, regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto (Lc 23, 56). Ellas pensaban terminar -con esos detalles propios de la mujer- lo que había quedado por hacer, pues tuvieron que limitarse a hacer lo imprescindible. Esperarían a la mañana del domingo para terminar de embalsamar el cuerpo del Señor. Hay que resaltar que cuando nació Jesús no tuvo siquiera la cuna de un niño pobre: un pesebre fue su cuna. Durante su ministerio público no tenía donde reclinar la cabeza. En su muerte estuvo desprendido hasta de sus vestidos. Pero cuando su cuerpo es entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, le veneración, el respeto y el amor de éstos hizo que fuera enterrado como un judío pudiente. El cuerpo muerto del Señor quedó en manos de los que le quieren de verdad y todos porfían por ver quién tiene más atenciones con Él. Buen ejemplo nos dieron aquellos primeros seguidores del Señor al no escatimar nada en las cosas que se refieren al Señor. Un ejemplo de valentía, de seguirle abiertamente, cuando esto no sea, como se dice en nuestros días, políticamente correcto, ni popular en el ambiente que nos rodea.

Cristo está presente en la Eucaristía, en los sagrarios de nuestras iglesias, y está vivo, pero tan indefenso como en el sepulcro de José de Arimatea. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos; y esto, a costa de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Todo nos debe parecer poco para el Señor. Cada uno, en la medida que esté de su parte, debe colaborar para que el culto a Jesús en la Eucaristía tenga la dignidad y riqueza que el Señor merece y espera de nosotros. El esmero en todo esto es expresión de nuestro cariño y un testimonio público de fe y amor.

El cuerpo de Jesús queda en el sepulcro, pero ¿y el alma del Señor? El Símbolo de los Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día. Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero descendió como Salvador proclamando la buena nueva a los almas que allí estaban detenidas.

La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham”. Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados sino para liberar a los justos que le habían precedido (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633).

Hay una homilía antigua para el Sábado Santo, que recoge el momento del encuentro de Jesús con Adán. Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos… Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va a liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo…”Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho Hijo tuyo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate entre los muertos, yo soy la vida de los muertos”.

La Virgen María, Madre Dolorosa, estuvo en todo momento junto a su Hijo muerto. Una vez que Jesús fue sepultado, Santa María vivió aquellas horas de soledad con esperanza y con fe en la resurrección de Jesucristo. Ella no fue a buscar en la mañana del primer día de la semana Al que vive. ¡Cristo ha resucitado! Muerte y Vida lucharon y la muerte fue vencida. Resucitar con Cristo para la vida eterna es nuestra esperanza y la meta a la que queremos llegar. Que la Virgen nos ayude a conseguirla.

Jesús muere en la cruz

Jesús muere en la cruz

Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente:”Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní” (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Mira, llama a Elías”. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba a beber diciendo: “Dejad, a ver si viene elías a bajarlo”. Y Jesús dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo (Mc 15, 33-38).

En el siglo XX, en la década de los sesenta, apareció la llamada teología de la muerte de Dios. Ésta consistía en decir que el hombre había llegado a una madurez tal que ya no necesitaba de Dios; y veía al mundo contemporáneo como un mundo en el que el hombre parece llamado a vivir sin apoyarse en Dios. Y cuando Dios no es necesario es como si hubiera muerto. Esta teología verdaderamente disparatada ha tenido una cierta influencia en el comportamiento de muchos hombres, dando paso a la secularización, entendida ésta como una comprensión atea del mundo y de la sociedad. En nuestros días vemos como hay quienes viven como si Dios no existiera, han marginado de sus vidas a Dios.

Contemplemos la muerte de Dios encarnado, de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús muere en la Cruz. La muerte del Señor sí que ha tenido una influencia decisiva en la historia de la humanidad. Con su muerte, Cristo venció a la misma muerte y nos dio vida, nos trajo la salvación. Las puertas del Cielo, que quedaron cerradas tras el pecado de nuestros primeros padres, han sido abiertas por Cristo al morir crucificado.

La muerte de Jesús es fruto del amor: de un amor incomensurable a la humanidad entera y a cada uno de los hombres y mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga. Colgado del madero, solo y abandonado de todos, Jesús quiere abrazar a todo hombre. A cada uno de nosotros. Se ha inmolado hasta el sacrificio supremo. Quiso apurar el cáliz hasta la última gota e hizo ofrenda de su vida al Padre.

La figura de Cristo muerto en la Cruz por nosotros, nos interpela a cada uno directamente y nos mueve a tratar de devolverle amor, a ser generosos en la entrega. Hay que revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

El Señor ha salvado al mundo con la cruz; ha devuelto a la humanidad la esperanza y el derecho a la vida con su muerte. No se puede honrar a Cristo si no se le reconoce como Salvador, si no se reconoce el misterio de su santa cruz (San Juan Pablo II, Discurso, 30.VI.1985). En Cristo crucificado se hace patente la plenitud del amor de Dios al mundo, al hombre. A las tres de la tarde del primer viernes santo de la historia, el sufrimiento de Jesús llega hasta el límite. En actitud de oración y de obediencia, entrega su vida al Padre. Se ha consumado la redención.

Sí, todo queda consumado. Las tinieblas y la oscuridad llenan la tierra porque el hombre no ha querido reconocer la luz verdadera. Jesucristo ha traspasado la barrera de la muerte, se ha dejado arropar por ella. También en esto nos da ejemplo: no teme a la muerte, porque la muerte no es el final, porque la muerte es el paso que nos lleva a la vida verdadera, a la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos. Jesucristo con su muerte y resurrección nos ha concedido la herencia eterna; somos ya hijos de Dios.

En el Canto del Siervo de Yavé, también conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes (Is 53, 4-5). Vemos la misericordia de Dios para con nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos.

La muerte por crucifixión se contaba entre las más terribles conocidas en la antigüedad. La pérdida de sangre, que causa una sed insoportable; la progresiva rigidez de los músculos, la intensa fiebre provocada por la sed y el dolor que acompaña al más leve movimiento para respirar o dar tregua a la fatiga, son el cuadro de una agonía espantosa, que se prolongaba durante horas, y que, en el caso de organismos particularmente robustos, podía durar varios días. Pocos suplicios como el de la cruz podían dar satisfacción a las ansias redentoras de Cristo.

Miremos a la Cruz para ver a Cristo muerto. Todo el cuerpo llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X Estación, punto de meditación 2). El rostro del Señor aparece desfigurado porque es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes.

Nuestro Señor Jesucristo, siendo inocente, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Is 53, 12). Su Pasión fue un derroche de amor, a veces, tan mal correspondido por los hombres. Es fuerte la expresión de san Pablo: Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues está escrito: “Maldito todo el que es colgado del madero” (Ga 3, 13).

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros?, se preguntaba santo Tomás de Aquino. Y él mismo respondía: Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar. Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado. La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes (Suma teológica).

Ejemplo de paciencia, de humildad, de obediencia, de desprendimiento… Pero nos fijamos en el ejemplo que nos da de amor. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él.

En su primera encíclica, el papa Benedicto XVI escribió: En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo (…) ayuda a comprender: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (Encíclica Deus caritas est).

Los atroces dolores de Cristo en su Pasión, el terrible suplicio de la Cruz, nos enseñan, en una insustituible lección y de la manera más expresiva posible -sin palabras, con hechos- la gravedad infinita del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30). Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39). Esta profesión de fe fue proclamada por un centurión romano al ver como había expirado Cristo en la cruz. En medio de la oscuridad –la tierra se cubrió de tinieblas (Lc 23, 44); se oscureció el sol (Lc 23, 45)- el Crucificado era reconocido como el Hijo de Dios. La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Esta frase del Señor en la cruz es la clave para entender lo ocurrido en el Calvario. Eloi, Eloi, ¿lamá sabacthaní? es el comienzo del salmo 22. Este salmo cuenta la historia de un justo perseguido que, sin embargo, triunfará: conseguirá que con sus sufrimientos el Señor sea alabado en toda la tierra y se anuncie la justicia en el pueblo que está por nacer. Entre los oprobios que sufren el justo perseguido y Jesús están: el escarnio de la gente, la burla por invocar a Dios, el reparto de las vestiduras, etc. El triunfo de la misión de Cristo lo ve el evangelista san Marcos en los dos acontecimientos que siguen a la muerte del Señor: la ruptura del velo del Templo, que simboliza la desaparición de las barreras entre el pueblo de Dios y los gentiles, y la confesión de la divinidad de Jesús por parte de un gentil, que señala cómo todas las gentes pueden confesar a Dios.

Una mujer, oyendo en una iglesia que el predicador hablaba del sacrificio de Abrahán, comentó: Dios no habría pedido ese sacrificio a una madre. Y, sin embargo, lo pidió a la Madre de su Hijo, y Ella, llena de la fe de Abrahán, ofreció generosamente a Dios a su Hijo crucificado, porque creía que la Cruz sería signo de la historia de la salvación y que aparecería en el cielo para concluir victoriosamente esa historia.

La muerte de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte: después, resurrección.

Jesús colgado de la cruz, su Madre y el discípulo

Jesús colgado en la cruz, su Madre y el discípulo

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto al ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19, 25-27).

Cuando María y José llevaron al niño Jesús al templo de Jerusalén para ser presentado, el anciano Simeón -hombre justo y temeroso- al verlos entrar, se acercó a ellos y tomó al niño y bendijo a Dios. Después dijo a María, la madre de Jesús: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2, 34-35). La profecía de Simeón se cumple en el Calvario. La Madre de Jesús está al pie de la cruz de su Hijo, contemplando la agonía y muerte de Cristo. Junto a Ella están otras santas mujeres y Juan, el discípulo amado.

Jesús crucificado se despojó de su rango… haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 7-8) . Al pie de la cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento… participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora. La Virgen María quiso asociarse a la obra de nuestra salvación. Unida especialmente a Cristo, su corazón de madre se ve traspasado por un dolor hecho de entrega. Ella, en el momento de la Anunciación del ángel, dijo: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). En el Calvario volvió a renovar esa entrega total, absoluta, a los planes de Dios.

En el monte Calvario hay tres grupos de personas. Están los soldados romanos, obedeciendo órdenes. Su trabajo aquel viernes era crucificar a tres reos y mantener el orden. Mientras Cristo, clavado en la cruz, está consumando la obra de la Redención, ellos pasan de este acontecimiento decisivo en la historia de la humanidad, mostrando una indiferencia total. Pero hay otro grupo peor: el formado por los fariseos, los príncipes de los sacerdotes, los escribas, los ancianos -los miembros del Sanedrín- y otros muchos que han acudido al Calvario por odio. Y lo demuestran insultando a Jesús con burlas, ironías y blasfemias. El tercer grupo es más bien reducido. Lo forman la Madre de Jesús, unas pocas mujeres y un chico joven. Están al pie de la cruz por amor.

¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen María a su Hijo agonizando en una cruz! No hay corazón que ame a Dios como el suyo. En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IV Estación). Jesús, viendo a su madre… y sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, le entrega un nuevo hijo para que cuide de Ella. Juan es el elegido para custodiar a María. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros.

La declaración de María como Madre del discípulo amado entra a formar parte de la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Por tanto, además de un acto de piedad filial, se trata de algo más trascendente: la maternidad espiritual de María. Éste es el momento el que la corredención de la Virgen María adquiere toda su fuerza y sentido. Escribe un comentarista de este pasaje evangélico: Ahora sí que advertimos cómo María estuvo unida con Jesús, ahora la maternidad divina de Nuestra Señora alcanza toda su magnitud, ahora la Virgen Santísima es constituida Madre espiritual de todos los creyentes. El discípulo amado representa a quienes seguirán al Maestro y en el apóstol Juan reciben a Santa María como Madre.

Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 140). Desde entonces Santa María es Madre de todos los hombres y, particularmente de los cristianos. Ella ha tomado bajo su protección materna a toda la familia humana. La Virgen es nuestra Madre y nosotros invocaremos su nombre especialmente en el Avemaría; y también en las demás oraciones y jaculatorias -oraciones breves- que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos. Y al invocar el nombre de María nos sentiremos con más paz, más seguros, con más deseos de pureza.

María es muy cercana a Dios y también muy próxima a nosotros, dispuesta siempre a comprendernos. María es -según palabras del beato Pablo VI- la obra maestra de Dios, roza las fronteras de la divinidad. Más que Ella sólo Dios. Y próxima a nosotros, por ser Madre de todos los hombres y refugio de los pecadores.

Acudamos siempre con confianza filial a Santa María. Podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como ella oró por sí misma: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: Hágase tu voluntad. Que nuestro amor a la Virgen sea tierno. No lo dejemos nunca enfriar; que no sea un amor abstracto, sino encarnado.

Sí, acudimos a Santa María como hijos ante cualquier necesidad del cuerpo o del alma. A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las debilidades, para ser fortalecidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de que su ayuda no nos ha de faltar.

Cuando el papa san Juan Pablo II pisó por primera vez tierra española dijo: Motivo particular de esperanza es para mí la sólida devoción que este pueblo, con sus pastores al frente, profesa, privada y públicamente, a la Madre de Dios y Madre nuestra. Pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su concepción inmaculada hasta su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, pasando por su perpetua virginidad. No olvidéis este rasgo vuestro. Mientras sea este vuestro distintivo, estáis en buenas manos. No habéis de temer (Discurso 31.X.1982).

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a Ella: los hijos deben parecerse a su Madre. Ella es la Purísima, y en la medida en que tengamos el alma y el corazón más limpios nos pareceremos más a la Virgen. En cierta ocasión a un pintor famoso se le encargó un cuadro de la Inmaculada. El artista, buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, encontró a una chica cuya cara correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a pasar por su estudio para servir de modelo de una Virgen que deseaba pintar. La muchacha se quedó sorprendida, pero después de serenarse, dijo al pintor: Hoy no puede ser, iré mañana. Al día siguiente, la chica se presentó en el estudio, y después de los saludos, dijo al artista: Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir de modelo menos indignamente.

Cristo confió su Madre a Juan, el apóstol adolescente que amaba a su Maestro con toda la pureza de un corazón que nunca estuvo corrompido. Una de las advocaciones marianas es Madre del Amor Hermoso. Con esta advocación pedimos a la Virgen por la virtud de la castidad. Con humildad y confianza le rogamos que fortalezca nuestro corazón y nos obtenga de su Hijo el don de la santa pureza.

La limpieza de corazón es condición indispensable para gozar de la visión de Dios. En nuestros días se habla mucho de ecología, de la purificación del ambiente físico, de los peligros de la contaminación, de las temidas mareas negras… Pero muy poco de una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios. Es un ambiente permisivo y claramente agresivo el que se respira en la sociedad actual, en el que no rara vez se ridiculiza la virtud de la castidad a través de medios audiovisuales y de comunicación, con programas corruptores que dañan claramente las imágenes de la familia, de la bondad de la sexualidad humana y de la fidelidad matrimonial. Un ambiente que pone en peligro la inocencia de las almas de los niños y la pureza de los jóvenes.

No tengamos miedo ni respetos humanos en ir en contra de las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios. Con la ayuda de Santa María, anunciemos al mundo la buena nueva sobre la pureza de corazón y, con el ejemplo de nuestra vida limpia, transmitir el mensaje de la civilización del amor. Las circunstancias son adversas -generalización del clima de sensualidad, falta de formación, pérdida del sentido del pecado…- y las tentaciones y los peligros de pecar son abundantes, pero contamos con la protección de nuestra Madre. Por nuestra parte, procuraremos poner los medios para evitar las ocasiones de pecado, para mantenernos vigilantes en esta materia tan pegajosa, para adquirir una conciencia recta y delicada que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones.

Sin respetos humanos ni miedo al que dirán, pero con claridad y caridad, queremos decirles a nuestros coetáneos que la castidad protege al amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios; proclama también la nobleza del sexo, y lo encamina al matrimonio, que Jesucristo elevó de simple contrato natural a sacramento de la Nueva Ley. Al mismo tiempo, la virtud de la pureza traza un cauce al instinto, de modo que la generación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de un amor limpio y puro, de una donación libre y responsable -plenamente humana-, concorde al decoro y santidad de los hijos de Dios.

San Juan participó en el primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén (año 50). De Palestina marchó a Éfeso. No se sabe si Juan llevó a esta ciudad de Asia Menor a la Santísima Virgen, o ésta ya había sido asunta al Cielo; pero lo que sí se puede decir con seguridad es que cuidó de Ella con filial solicitud hasta el último momento. Cumplió a la perfección el encargo que le fue dado por Cristo en el Calvario.

En el Calvario, cuando Cristo dijo a su Madre: ahí tienes a tu hijo, señalando a Juan, es como si le hubiese dicho: ése es el que me sustituye en mi lugar para que cuide de Ti como un hijo. Y al discípulo al decirle he ahí a tu madre, como le rogara: hónrala y cuida de Ella como madre tuya. Con estas palabras dio el Salvador a la Santísima Virgen un corazón de madre para con san Juan, y al discípulo amado un corazón de hijo para con Santa María.

No es necesario decirle a la Virgen monstra te esse Matrem! porque siempre se muestra como Madre solícita en las necesidades de sus hijos. Jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a su protección, implorando su auxilio, haya sido desamparado. Y si Ella nos pide -que si nos lo pide- monstra te esse filium!… que como san Juan siempre nos mostremos como buenos hijos de tan buena Madre.

Jesús promete su reino al ladrón arrepentido

Jesús promete su reino al ladrón arrepentido

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 39-43).

El profeta Isaías en el Canto del Siervo de Yavé describe la Pasión del Señor. Y fue contado entre los malhechores (Is 53, 12). Esta profecía se cumplió. Con Él llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23, 32-33). Mientras uno insulta a Jesús, el otro reconoce sus errores y se da cuenta de la grandeza del que va a morir junto a él.

Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Al responder al buen ladrón Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna del hombre; que es infinitamente misericordioso y no rechaza al alma que se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida. La promesa de Cristo al buen ladrón es una invitación a luchar por amor hasta el último instante.

Además, con esas palabras dirigidas a san Dimas el Señor nos revela una verdad fundamental de nuestra fe: Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio, como las que son recibidas por Jesús en el Paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón-, constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida por completo el día de la Resurrección, en que estas almas se unirán con sus cuerpos (Beato Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 28).

Tanto Gestas como Dimas, cuyas vidas se están apagando junto a Cristo, son el ejemplo de tantas personas que viven apartadas de Dios, sumergidas en el pecado. Pero la misericordia y la gracia de Dios son más grandes que los pecados de los hombres. La escena de los dos ladrones nos invita a admirar los designios de la Divina Providencia y de la libertad humana. Ambos se encontraban en la misma situación: en presencia del Sumo y Eterno Sacerdote, que se ofreció por ellos y por todos los hombres; uno se endurece, se desespera y blasfema, mientras que el otro se arrepiente, acude a Cristo en oración confiada, y obtiene la promesa de su inmediata salvación.

El Señor -comenta san Ambrosio- concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino (Homilía sobre el Evangelio según san Lucas). Y otro Padre de la Iglesia -san Juan Crisóstomo- escribió: Porque una cosa es el hombre cuando juzga a quien no conoce, y otra cosa es Dios, que penetra las conciencias. Entre los hombres, a la confesión sigue el castigo; mientras que ante Dios, a la confesión sigue la salvación (Homilía sobre la Cruz y el ladrón).

San Dimas confesó su mala vida. Nosotros, en verdad, estamos merecidamente, pues recibimos lo debido por lo que hemos hecho. Y obtuvo el perdón porque creyó que Jesús dejaba este mundo para entrar en su Reino, lo reconoció como el Señor.

En varias parábolas Jesucristo habla del perdón de los pecados cuando el pecador reconoce su culpa y se ve necesitado de misericordia. El hijo pródigo fue perdonado cuando dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21). El publicano que casi ni se atrevía a entrar en el Templo al dirigirse a Dios diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! (Lc 18, 13) volvió a su casa justificado. En el Antiguo Testamento, el rey David fue perdonado de sus pecados cuando los reconoció. Su arrepentimiento le llevó a componer el salmo Miserere.

Hay cierto paralelismo entre estos dos ladrones y los apóstoles san Pedro y Judas Iscariote. No solamente porque el apóstol traidor fuera ladrón -que lo era-, sino porque tanto Simón Pedro como Judas durante la Pasión de Cristo pecaron gravemente. Uno negó conocer a su Maestro; el otro lo entregó a sus enemigos por unas monedas. El paralelismo está en la distinta suerte que corrieron. San Pedro, con su arrepentimiento sincero -lloró amargamente su pecado-, fue perdonado al igual que san Dimas. Judas Iscariote siguió el mismo camino de Gestas: se desesperó sin confiar en la misericordia divina.

Mientras caminamos en esta vida, todos pecamos, pero también todos podemos arrepentirnos. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos al perdón. Por eso nadie debe desesperar, sino fomentar una firme esperanza en el auxilio divino. Pero ninguno puede presumir de su propia salvación porque no tenemos certeza absoluta de nuestra perseverancia final. Esta relativa incertidumbre es un acicate que Dios nos pone para que estemos siempre vigilantes y podamos así progresar en la tarea de nuestra santificación cristiana.

El beato Manuel González fue un buen catequista. Un día, dando catequesis en su parroquia, pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso del Evangelio. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Pues eso fue exactamente lo que hizo el buen ladrón: pilló al Señor por su Corazón, con aquellas palabras en las que reconoce la inocencia de Jesús y por la jaculatoria Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Nuestro Señor no se deja ganar en generosidad. Cristo… a cambio de unos pocos panes, da de comer a miles de hambrientos; por el trabajo de llenar de agua unas tinajas, pondrá a nuestra disposición seiscientos litros de vino; por un beso en sus pies y un poco de perfume en su cabeza, nos perdonará los pecados; por la tenacidad que supone romper un techo y bajar un paralítico con unas cuerdas, nos curará milagrosamente de la parálisis del alma y del cuerpo; por ponernos en camino cuando Él nos mande, borrará nuestra lepra; por una jaculatoria nos meterá al final en el Paraíso.

Señor, si quieres me puedes limpiar. Estas palabras son otra jaculatoria sacada del Evangelio. Si se lo decimos de todo corazón, Él limpiará nuestra alma, nos borrará los pecados. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Es el amor misericordioso que resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús ha perdonado siempre, a todos absuelve de cualquier pecado, por grave que sea. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20) escribió san Pablo.

En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste se manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.851).

Jesucristo redimió a todo el género humano, la redención es universal. Pero para salvarse hay que poner por obra sus enseñanzas y acudir a los medios de santificación, entre otros, los sacramentos de la Iglesia, que son verdaderos manantiales de la gracia.

La Iglesia toma en serio la libertad humana y la Misericordia divina que ha concedido la libertad al hombre, como condición para obtener la salvación (aunque el reverso de este don sea la posibilidad del abuso de esa libertad, que conduciría a la condenación eterna). Se dice, con frecuencia, Dios es demasiado bueno para que haya un infierno; demasiado bueno para tolerar el infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios.

Suertes dispares la de Gestas y la de san Dimas. Los dos tuvieron la misma oportunidad de salvarse. Uno no la aprovechó; el otro, sí. Se sabe con certeza de personas que están en el cielo -los santos canonizados-, sin embargo la Iglesia no ha dicho de alguien que esté en el infierno. Pero el infierno existe. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035).

En el Evangelio vemos como Jesucristo habla en varias ocasiones de este lugar de castigo. En el Juicio final dirá a los que estén a su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno… (Mt 25, 41). El único verdadero mal sobre la tierra es el pecado, capaz de privar al alma, por toda la eternidad, de la visión de Dios. Pero mientras hay vida, hay esperanza. Pecado de desesperación fue el de Judas Iscariote cuando, después de darse cuenta de haber entregado a un inocente, se ahorcó. Ahora bien, hay que evitar también el pecado de presunción, que es la confianza excesiva y temeraria de alcanzar la salvación por las propias fuerzas, sin la gracia de Dios.

San Dimas murió en amistad con Dios. Hay muchas personas que viven alejadas de Dios. No podemos permanecer indiferentes ante esta realidad. A algunas les podremos hablar y animarles para que vuelvan a reconciliarse con Dios. Pero a la inmensa mayoría, no. Entonces, ¿qué hacer? Pedir a Dios por la conversión de los pecadores. Si rezamos mucho por esta intención, seguramente en el Cielo nos encontraremos con muchos que como el buen ladrón consiguió la salvación eterna al final de su vida.

La Virgen se pondría contentísima al ver el primer fruto de la muerte de su Hijo.