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La avaricia rompe el saco

Había un labrador que tenía un borriquillo con el que se ganaba la vida. En invierno salía de su pueblo y se dirigía al bosque. Allí cortaba la leña, la amontonaba en pequeños haces y a continuación la cargaba sobre el lomo del animal. En verano salía también, muy de mañana, y se encaminaba a las frescas fuentes de la montaña para llenar los cántaros y llevar el agua a sus parientes y paisanos. Un día pensó que podía ganar más dinero si conseguía que el jumento comiese un poco menos. Era un pensamiento egoísta, pero la ambición le pudo. Decidió que el animal ayunaría un día a la semana. Dicho y hecho; el miércoles, al llegar a su establo, el pollino se encontró con que faltaba el alimento diario. Pasó la semana, y como no había ocurrido nada de particular, nuestro hombre decidió que a partir de entonces serían dos los días de ayuno. Así transcurrió la segunda semana, y el burrito continuaba trabajando sin desmayo. A la quinta semana eran cinco los días de ayuno, y cuando llegó la sexta, el pobre animal se murió. Entonces fue cuando el campesino, lleno de filosofía, exclamó contrariado: ¡Qué lástima, ahora que se estaba acostumbrando!

La puerta de la vida

Piénsalo bien, extranjero, dijo el Mandarín sentado en su trono de nácar. –En esta sala, como ves, hay dos puertas… -Ya sé, ya sé…, una de las puertas conduce a un pozo lleno de serpientes, y la otra a un caballo , una bolsa de oro y un salvoconducto para abandonar tu reino; ¿no es así? Sir Charles Campbell me lo contó todo a su regreso a Inglaterra. -Eres muy astuto, extranjero, pero voy a hacerte un pequeño cambio de programa. Las dos puertas están ahora guardadas por un solo soldado y a él es quien únicamente puedes preguntar. Con una sola pregunta y sin saber si el soldado es de los que siempre mienten o de los que siempre dicen la verdad.

Sir Alexander Winston palideció, pero su ágil mente de explorador encontró rápidamente la solución. ¿Cuál es?

La pregunta de sir Alexander Winston fue: Si yo te hubiera preguntado cuál es la puerta que conduce a la libertad, ¿qué puerta me habrías indicado? Si el soldado es de los que siempre dicen la verdad, le indicará la puerta correcta. Si es un mentiroso, también le indicará la puerta correcta, porque mentirá sobre la mentira que hubiera dicho al hacerle la pregunta directa.

Allá, en las montañas

Allá en la montaña -me dicen- vive un hombre de Dios. Le hemos visto rezar en la noche y fatigarse durante el día. Ve allí, a la montaña. Si mañana estás aquí, verás a las doce lucir una estrella.

Ese hombre de Dios -me enteré después- baja muy de mañana al pueblo que se encuentra al pie de la montaña. Trabaja con ilusión, sin olvidar a su Dios. Al terminar su labor comienza la ascensión pina y dura, con su borrico de carga; cuando más fuertemente pega el sol, se encuentra todos los días junto a la fuente clara de la montaña. Su boca pastosa se aliviaría con el agua, pero puede siempre más su amor, y siempre, cada día, ofrece ese pequeño dolor, se lo ofrece a su Padre-Dios. El cielo, en recompensa, con la luz del mediodía, dibuja entre las nubes una estrella. Así todos los días.

Han pasado unos meses, y un pequeñuelo se ha acercado a contemplar la vida de aquel pobre anciano. Un muchacho sin años, que pide aventuras, le quiere imitar. Pero el anciano le disuade: “No podrás, pequeño, sufrir esta vida”. Pero él insistió tanto, que trataron de poner su tesón a prueba un solo día.

Rezaron de noche a su Dios. Y muy de madrugada bajaron con la leña en el borriquillo al trabajo duro del amanecer. Los dos trabajaron, el viejo y el niño. Terminaron la labor, y de nuevo, tirando del jumento, iniciaron la subida. El pequeño jadea, se cansa y sonríe. ¿No podrá más? Las piedras, sujetas en falso, le hacen perder el equilibrio, y rueda alguna vez con pequeños gritos. Se levanta, sacude su alforja y sigue adelante. Ahora se le van los ojos hacia la fuente. Será un buen descanso. El muchacho mira al agua y mira al viejo.

-Si el viejo no bebe, ¿podré beber yo?

Y en el viejo, otra duda: -¿Me mortificaré, Señor? ¡No beberá el niño si no bebo yo!

Indecisión. ¿Mortificación o caridad? Una de las dos ha de postergarse en aquel momento.

Y pudo más la caridad. -Beberé para que él se atreva a beber.

Y el viejo se acercó a la fuente y bebió de ella. Al muchacho se le escapó un grito de alegría y se volcó en las aguas.

Los dos ahora descansan. Pero el buen viejo reflexiona: -¿Me sonreirá hoy también el cielo con su estrella?

Y con temor levantó, lentamente, sus ojos a las nubes.

En el cielo, aquel día, lucieron dos estrellas.

(Jesús Urteaga, El valor divino de lo humano)

El chico paduano

La carta de mi padre ha causado en mí gran impresión. No seré un soldado cobarde, pero iría más a gusto a la escuela si el maestro nos contase cada día una historia como la que hoy nos ha explicado. Dice que nos va a contar una todos los meses. La de hoy se llamaba: “El pequeño patriota paduano”. La voy a escribir:

Un barco francés salió un día de Barcelona con destino a Génova. En él viajaban gentes de todos los países: franceses, suizos, alemanes; y entre ellos se encontraba un niño de unos once años que siempre estaba aislado, no hablaba con nadie.

El pobre estaba muy mal vestido. Y tenía razón para estar triste: sus padres le habían entregado dos años antes a unos titiriteros que pasaban por Padua, quienes, a fuerza de golpes y patadas le habían enseñado a hacer unas piruetas, haciéndole pasar hambre, hasta que al fin se escapó y, pidiendo ayuda al cónsul de Italia en Barcelona, éste la había ayudado a embarcándole con una carta para el alcalde de Génova,a quien rogaba que mandase al muchacho a sus padres.

Había gente en el barco que le preguntaban, pero él no respondía nunca. Hasta que un día, tres hombres que no eran italianos le hicieron hablar a base de insistencia, y el chico les contó su historia. Los viajeros, aunque no sabían italiano, entendieron lo que les decía y, compadecidos, le dieron algunas monedas.

El chico dio las gracias y se fue a cubierta. Allí se puso a pensar en lo que podría comprar al llegar a Génova: podría comer algo que no fuera el duro pan del que se había alimentado casi exclusivamente durante dos años. También comprar una chaqueta para presentarse decentemente ante sus padres.

Estaba en estos pensamientos, cuando oyó a los tres viajeros que le escucharon, que hablaban entre sí de numerosos viajes alrededor del mundo.

Y vinieron a hablar de Italia. Uno empezó quejándose de los ferrocarriles, otro de las calles, otro de la gente.

Italia es un pueblo de estafadores, dijo uno. De bandidos, dijo otro y el tercero abrió la boca para decir algo ofensivo, pero no llegó a hacerlo, porque sobre sus cabezas cayeron multitud de monedas.

Al alzar las cabezas indignados, vieron al pequeño muchacho paduano, que les dijo: yo no acepto dinero de los que insultan a mi patria.

(Edmondo De Amicis, Corazón)