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Conferencias cuaresmales. Tema 16

La Resurrección del Señor

Los cuatro evangelistas narran el hecho de la Resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús (Hch 4, 33). Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana (1 Co 15, 17).

El 26 de marzo del año 2000, san Juan Pablo II celebró la Santa Misa en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. Al inicio de la homilía, el Santo Padre dijo: Aquí, en la Basílica del Santo Sepulcro, me arrodillo ante el lugar de su sepultura: “Ved el lugar donde le pusieron”. (…) La tumba está vacía. Es un testimonio silencioso del evento central de la historia humana: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 102). La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz (…) La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. (…) En el umbral de un nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II, Homilía)

La Resurrección de Jesucristo es prenda de nuestra resurrección. Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que murieron. Puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Co 15, 20-21). Y en la Carta de san Pablo a los filipenses leemos: Esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo, que transformará el cuerpo de nuestra humillación, conforme a su cuerpo glorioso, según el poder que Él tiene de someter a Sí todas las cosas (Flp 3, 20-21).

Nuestra resurrección espiritual en Jesucristo: ¿O ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, sepultados juntamente con Él por medio del bautismo en orden a la muerte, para que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminaremos en nueva vida (Rm 6, 3-4); Por consiguiente, si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en lo de arriba no en las cosas de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida permanece oculta con Cristo en Dios (Col 3, 1-3).

Por eso, fe en la resurrección del Señor, fe en que resucitaremos corporalmente un día. Fe también en esas resurrecciones espirituales después de nuestras caídas y miserias: todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). El bautismo ha puesto en nosotros el germen de la gracia, que -cuando la hemos perdido- recuperamos por la penitencia. Necesidad de continuas conversiones, para vivir vida sobrenatural.

Lo que de verdad me interesa es que Cristo haya resucitado, porque es el único hecho que me lleva a pensar que, si el poder de Dios se ejerció en Él, puedo yo tener la esperanza de que se ejerza también misericordiosamente en mí (Teresa Berganza).

San Mateo recoge en su evangelio estas palabras de Cristo: El que persevere hasta el fin, se salvará (Mt 10,22). Ahora le pedimos a Dios que nos ayude a perseverar en el camino emprendido. Y esta perseverancia supone recomenzar cada día. Que cada acto de contrición señale un nuevo paso. Comenzar es de todos; perseverar, de santos. Que tu perseverancia no sea consecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia: que sea una perseverancia reflexiva (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 983).

Confianza en Dios, porque el que ha empezado en vosotros la buena obra, la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6). Además: Pues yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque el que pide recibe; y el busca, halla, y al que llama, han de abrirle (Lc 11, 9-10). Seguiremos teniendo que luchar. Y avanzar paso a paso en el camino de nuestra santificación. Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera (Santa Teresa de Jesús).

San Damián de Molokai, más conocido como el Padre Damián, fue a Molakai, donde estaban los leprosos. Al poco tiempo de estar en aquel infierno de la tierra escribe: Comenzar no es difícil, la dificultad es perseverar. Y persevera aun conociendo que le cuesta. La vista de mis queridos leprosos resulta repugnante… Un día, durante la Misa solemne, estuve a punto de abandonar el altar para respirar aire puro; el recuerdo de Nuestro Señor al abrir la tumba de Lázaro me retuvo.

En el campamento de la IPS (milicia universitaria) se estudiaba las ordenanzas militares. Una de ellas era muy escueta: El Oficial que recibiere la orden de mantener su posición, a toda costa lo hará. Tampoco caben vacilaciones en los hombres de Dios.

Escribió un Padre de la Iglesia: Por una sola razón Dios quiere que los hombres le sirvan: porque, siendo bueno y misericordioso, desea llenar de bienes a quienes perseveran en su servicio. Dios no necesita de nadie, pero el hombre tiene necesidad de la comunión con Dios: perseverar y permanecer en el servicio divino (San Ireneo de Lyon).

Enemigo de la perseverancia: el desaliento, al ver que llegan momentos de lucha: echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). Y diremos con el Salmista: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (Sal 26, 1).

A los cristianos nos está prohibido el desaliento por fuertes que sean las contrariedades que se presenten en el camino. Tenemos que seguir caminando. Se hace y se rehace la vida cuantas veces sea preciso. Todo menos pararse. Si hay que llorar, se llora, pero caminando. No te detengas. Si el aluvión ha anegado tu alma, la amistad con Dios, has de levantarte ¡en seguida! Deja en el barro tu orgullo, abandona el lugar del tropiezo, pide perdón y… ¡adelante! Si cien veces has caído, cien veces tienes que levantarte.

Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda (San Juan Pablo II).

Conveniencia de hacer propósitos concretos. Un propósito que nos puede ayudar mucho: constancia en la confesión y en la dirección espiritual.

En estos días no ha cambiado el mundo. Pero puede haber ocurrido algo mucho más importante: que hayamos descubierto que no son las cosas las que tienen que cambiar, sino que hemos de cambiar nosotros, divinizarnos y, a la vez, hacer nuevas todas las cosas. Las mismas cosas que hacíamos las podemos ahora vivir con una dimensión nueva: si somos fieles a esos propósitos, que libremente queremos hacer, convencidos de que no serán un peso, o mejor, de que es el peso de las alas que nos permiten volar, volar hacia arriba, en lugar de arrastrarnos.

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen.

Conferencias cuaresmales. Tema 15

La Virgen Santísima

Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador (Lc 1, 46-47). Con estas palabras comienza la Virgen María su canto de alabanza a Dios. El Magnificat, pronunciado en casa de Zacarías por la que era Madre de Dios, es un canto de singular belleza poética, pero también con mucha profundidad teológica.

María glorifica a Dios por haberla hecho Madre del Salvador, Cristo Jesús. Reconoce su humildad ante la grandeza de Dios y las maravillas obradas en Ella por el Todopoderoso. Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1, 48), afirma, con voz profética. Una profecía que tiene su cumplimiento a lo largo de toda la historia del Cristianismo.

Es lógico que así sea. Refiriéndose a la veneración que en los veinte siglos de historia los cristianos han tributado a Santa María, oí de labios de san Josemaría Escrivá, días antes de su muerte, el tema de la conversación que él mismo había mantenido con una persona que no entendía bien la actualidad de la piedad mariana. He aquí sus palabras: Me comentaba una vez, en un país americano, un señor con mucha barba: “ahora dicen que esto de las imágenes de la Virgen está pasado de moda, que ya no se llevan las devociones a la Virgen…” Le dejé disparatar lo que quiso, y al final le contesté: “mire, se pasará el amor a la Virgen y las antiguas devociones marianas cuando se pase el amor a las madres. Mientras los hijos quieran a sus madres, los cristianos querrán a la Madre de Dios, que es también Madre suya”. Es un argumento tan humano que no se puede desechar.

El amor a la que es bendita entre las mujeres es una constante de todo el pueblo cristiano durante todas las épocas. Un amor que se ha manifestado de muy diversas formas, pero en todas ellas con un mismo espíritu de piedad filial.

La devoción a Santa María no es una devoción más. Es propio de los buenos hijos querer mucho a su madre, y la Virgen es Madre nuestra. Es una devoción que conduce a Cristo. Ser devoto de Santa María es estar en buenas manos. No hay nada que temer, porque Ella nos llevará siempre hasta su Hijo, Jesús.

Se ha dicho: sin fuente no hay agua; sin espiga no hay pan; sin viña no hay vino; sin María no hay Jesús. Si Cristo nuestro Redentor es el centro de nuestra fe, también en ese centro se da otra presencia: la de María, su Madre. Gracias a su cooperación activa en la salvación obrada por el Verbo encarnado, a su consentimiento libre y amoroso a los planes redentores de Dios, los fieles cristianos nacen a la vida de la gracia. Están tan íntimamente relacionados Cristo y María que como dijo san Pablo VI el Catolicismo no es la Religión de María, pero tampoco es la Religión sin María. Si queremos ser cristianos, debemos ser marianos.

Nunca dejemos que se enfríe el amor a la Virgen en nuestros corazones, sino todo lo contrario, que cada día sea mayor. María es muy cercana a Dios y también muy próxima a nosotros, dispuesta siempre a mostrarse como madre. Por eso, en los acontecimientos donde la alegría brota impetuosamente del corazón y en esas circunstancias en que las penas parecen apagar toda posibilidad de esperanza, en los éxitos que van coronando el trabajo cotidiano y en los fracasos donde la ilusión desaparece del horizonte de nuestro quehacer, en tiempos de bonanza y en épocas de mayor dificultad los cristianos saben que su Madre está con ellos.

A Ella, pues, nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo. Ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de contar con su poderosa ayuda. Y Ella con su presencia solícita y materna nos acompaña por los siempre difíciles y peligrosos senderos de este valle de lágrimas mientras nos encaminamos hacia la Patria celestial.

La verdadera piedad mariana es santa: implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su inmaculada pureza, su paciencia, su dulzura, su espíritu de sacrificio…

Elegida para ser Madre del Verbo encarnado, Dios la dotó de perfección. Concebida sin mancha de culpa original y llena de gracia, fue adornada con todas las virtudes y con los dones del Espíritu Santo.

Fijémonos en las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad en la vida de Santa María.

María es Virgen de la Fe, porque en la Anunciación se confió totalmente a Dios, prestándole el homenaje del entendimiento y asentimiento de la voluntad a la revelación hecha por Él. Así cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Por eso, los Santos Padres afirman que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la Virgen María mediante su fe. Y en la Visitación de Santa María a su prima santa Isabel, ésta, movida por el Espíritu Santo, proclama bienaventurada a la Madre del Señor y alaba su fe: Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor (Lc 1, 45).

No ha habido fe como la de María. Vio a su Hijo recién nacido, indefenso, en la cueva de Belén, y lo creyó Creador del mundo. Lo vio huyendo del rey Herodes, y no dejó de creer que Jesús era el Rey de reyes. Lo vio nacer en el tiempo, y no dudó un instante de su eternidad. Lo contempló pobre, necesitado de alimento y de vestido, y lo reconoció como Señor del universo. Lo vio débil, tendido en un pesebre, y tuvo fe en su omnipotencia. Observó su mudez, y creyó que era el Verbo del Padre, la misma Sabiduría increada. Lo sintió llorar, y creyó que era la alegría del paraíso. Lo vio crucificado e insultado, y creyó siempre que era Dios. Lo tuvo muerto en sus brazos, no dudó de la Resurrección. Santa María permaneció siempre en la fe.

María es Virgen de la Esperanza, porque esperó con inefable amor de Madre y durante nueve meses llevó en sus entrañas Al que daría cumplimiento de las esperanzas mesiánicas de toda la humanidad. Conservó la esperanza, después de muerto su Hijo, en la soledad del sábado santo, de que Jesús resucitaría al tercer día. Y una vez que el Señor subió a los Cielos, congregó en el cenáculo a los apóstoles y discípulos, en espera de la venida del Espíritu Santo. Y su esperanza permaneció hasta que fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del Cielo.

Y la invocamos Esperanza nuestra porque Ella fue la Aurora que precedió el nacimiento del Sol de Justicia; porque es Puerta siempre abierta del Cielo y Estrella del mar que nos guía a puerto de salvación.

María es Virgen de la Caridad, porque es Madre del Amor Hermoso. Ella recibió el amor de Dios de una forma desbordante, pues al amor de Hija predilecta y de Madre del Verbo, se sumó el amor que, como Esposo, le otorgó el Espíritu Santo.

Fue la caridad, concretada en espíritu de servicio, la que le impulsó a ir a casa de su prima santa Isabel para ayudarla; es la misericordia de María la que adelanta el comienzo de los milagros de Jesús; siempre será en su amor de Madre en donde encontraremos refugio.

Le pedimos a la Virgen que con su ejemplo, Ella que es modelo de todas las virtudes, nos impulse para ser en el nuevo milenio pregoneros de esperanza, de amor y de paz; que aumente en cada uno de sus hijos la fe, sin la cual no se puede agradar a Dios, ni entrar en la bienaventuranza del Cielo; que, a pesar de nuestras miserias y pecados, estemos siempre llenos de esperanza, confiando en la infinita misericordia de Dios, que se manifiesta de modo especial en el sacramento de la Penitencia; que nuestra caridad sea amor encendido a Cristo, y por Dios, a nuestro prójimo.

A diario (…) Ella hace llegar a nuestros oídos la súplica dirigida a su Hijo en las bodas de Caná: “No tienen vino” (Jn 2, 3). Pero Ella también nos repite las palabras que dirigió a los sirvientes y que son como su testamento: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5) (San Juan Pablo II, Homilía, 14.VI.93). Santa María pide a tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que no nos falte nunca el vino nuevo y mejor del Evangelio: el vino bueno de la caridad, para que sepamos ir al encuentro de todos los hombres para ayudarles en toda la gama de sus necesidades; el vino espléndido y oloroso del afán apostólico y evangelizador, para que nos dé la fuerza y la sabiduría para poder hablar a Dios y hablar de Dios. Y por nuestra parte, procuraremos que siempre esté resonando en nuestros oídos el mejor consejo que pudo salir de tus labios de Madre: Haced lo que Él os diga.

Conservad celosamente ese tierno y confiado amor a la Virgen, que os caracteriza –decía san Juan Pablo II en una ocasión-. No lo dejéis nunca enfriar; (…) Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración del Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el rosario. Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el rosario en familia.

Y como también Santa María es Madre de la Iglesia le decimos en los preámbulos del tercer milenio cristiano: Te confiamos la Iglesia, que te reconoce y confiesa como Madre. Tú que la precediste sobre la tierra en la peregrinación de la fe, confórtala en las dificultades y la pruebas y haz que sea cada vez más en el mundo signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (San Juan Pablo II).

Conferencias cuaresmales. Tema 14

Muerte de Jesús en la Cruz

Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. (…) Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida (Plegaria eucarística IV).

Vamos a contemplar ahora la Pasión y Muerte del Señor. La muerte de Cristo es el signo supremo del amor de Dios por nosotros pecadores, y es modelo de la entrega del hombre en las manos del Padre. Por esto justamente es fuente de vida, victoria sobre el mal y el pecado, principio de vida vivida en obediencia, fidelidad, entrega a Dios y a los hermanos (San Juan Pablo II).

Es cosa muy buena y santa pensar en la Pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En esta santísima escuela se aprende la verdadera sabiduría: en ella la han aprendido todos los santos (San Pablo de la Cruz, Cartas).

Los evangelistas narran con detalles los sucesos de la Pasión del Señor. Estos sucesos quedaron muy grabados en la memoria de los discípulos del Maestro: así se percibe en los discursos de los apóstoles en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en la intensidad de la narración de los cuatro evangelios. ¡Ojalá también queden bien grabados en nuestros corazones!

San Mateo pone de relieve dos cosas: la grandeza de Jesús ante la perfidia de sus acusadores, y el motivo por el cual sufrió todas esas afrentas: lo hizo porque Él es el Siervo doliente, anunciado por los profetas, que cargó con nuestros pecados.

San Marcos destaca, sobre todo, la actuación de las personas que intervinieron en el drama: las autoridades de Israel que, casi con tenacidad, llevaron a la muerte a Jesús, y los discípulos, testigos impotentes, que no sólo no entendían el sentido de los gestos de Cristo, sino que lo dejaron solo en tan dolorosos momentos. Pero en ese marco se levanta la majestad de Jesús: Él sabe lo que le va a ocurrir y sabe que conviene que ocurra. Por eso es Él quien toma la iniciativa en todos los acontecimientos. Con alusiones a diversos textos del Antiguo Testamento revela a los Apóstoles el sentido de cuanto está aconteciendo: la muerte en la cruz ha de consumarse, pero la última palabra es la resurrección.

San Lucas resalta especialmente la misericordia de Jesús que, aun en medio de sus sufrimientos, se preocupa de aquellos con quienes se encuentra: cura al siervo herido de espada, consuela a las mujeres y promete el paraíso al ladrón arrepentido.

San Juan presenta la pasión y muerte de Jesús como una glorificación. Con numerosos detalles destaca que en la pasión se realiza la suprema manifestación de Jesús como el Mesías Rey. Así cuando dice yo soy, los que van a prenderle retroceden y caen por tierra; ante Pilato se declara Rey; y, en todo momento, con actitud de serena majestad, manifiesta su pleno conocimiento y dominio de los acontecimientos en los que se cumple la Voluntad del Padre.

¿Quieres acompañar de cerca, muy de cerca, a Jesús?… Abre el Santo Evangelio y lee la Pasión del Señor. Pero leer sólo, no: vivir. La diferencia es grande. Leer es recordar una cosa que pasó; vivir es hallarse presente en un acontecimiento que está sucediendo ahora mismo, ser uno más en aquellas escenas.

Entonces, deja que tu corazón se expansione, que se ponga junto al Señor. Y cuando notes que se escapa -que eres cobarde, como los otros-, pide perdón por tus cobardías y las mías (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, 9ª Estación, n. 3).

Sí, hay que leer, meditar, las páginas del Evangelio ensangrentadas con la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Sangre que nos purifica, que limpia todas nuestras iniquidades, que ha sido derramada por nuestra salvación. Y en esas páginas veremos a Cristo sufriente, sudando gotas de sangre en Getsemaní; a Cristo azotado y coronado de espinas; a Cristo caminando con la cruz a cuestas hacia el Calvario; a Cristo crucificado y agonizante; a Cristo sin vida en los brazos de su Madre.

A los sufrimientos físicos se une la humillación, el deshonor de padecer un tormento reservado a los esclavos; las befas e injurias del populacho, el desamparo y la ausencia de todo consuelo. Pero ese cúmulo de sufrimientos de Jesús –siendo tan grande- no es comparable con la amargura que le supone cargar con todos los pecados de la humanidad. En el Calvario Él soportaba nuestros dolores (…) ha sido herido por nuestras rebeldías (Is 53, 4-5).

Cuando ese pueblo embravecido grita su odio y destroza a nuestro Señor con una corona, con clavos; cuando la gente le escupe, ve que se ahoga y no puede respirar –es una imagen trágica, dolorosa, dura- Jesús está purificando nuestros pecados y ganando el perdón de Dios para nosotros. Cuando le gritan: “¡Si eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo!”, ese Jesús aparentemente derrotado está triunfando, está redimiendo a la humanidad, salvando a los hombres y abriéndoles las puertas del Cielo.

Sí, la Pasión es la hora en que culmina el odio de sus adversarios y del mundo hacia Jesús: la hora del poder de las tinieblas que alcanza incluso a sus discípulos pues le abandonan o niegan. Pero al pie de la cruz se da también la suprema confesión de fe en Él: la fe de la Santísima Virgen, a la que el Señor entrega como Madre de los hombres representados en el discípulo amado. Cristo con su muerte redentora quita el pecado del mundo. Junto con la sangre, del costado del Señor brota agua, símbolo del bautismo y del Espíritu Santo prometido.

Se cuenta en la biografía de santa Brígida de Suecia que, cuando tenía diez años, se le apareció Cristo en la Cruz, diciéndole: -Mira cómo estoy herido. -¿Quién te ha hecho eso, Señor? -Los que me desprecian y se olvidan de mi amor me han hecho esto, le dijo el Señor.

Fijémonos en primer lugar en Judas Iscariote. Entonces, uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes a decirles: -¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba la ocasión propicia para entregárselo (Mt 26 14-16).

Desde algún tiempo antes de su traición, Judas se fue separando poco a poco de Jesús. Dejó de vibrar como al principio, ante los horizontes sobrenaturales que el Maestro abría a sus discípulos. Cada vez con más frecuencia, disentía en su interior de las enseñanzas y el espíritu de Jesucristo; en ocasiones, incluso lo manifestó exteriormente, como cuando María de Betania derramó un rico perfume sobre los pies del Señor. Jesús intentó por todos los medios recuperar su amistad; la última vez, en el huerto donde Nuestro Señor se había recogido en oración. Pero Judas no reaccionó. No cortó a tiempo y se obcecó en el mal.

Judas se ve abandonado por aquellos que han sido cómplices de su traición. Y no teniendo ningún asidero en el que apoyarse, por haber rechazado el único que podía dárselo, arroja al suelo del Templo las monedas de plata, precio de su traición, con la misma fuerza con la que hubiera deseado arrojar de sí el pecado cometido. La tragedia de Judas consiste en que, conociendo el error de su conducta, en lugar de esperar en la misericordia del Maestro -él, que ha sido testigo de ella tantas veces- se desespera: fue y se ahorcó, relata escuetamente el Evangelio.

Otro apóstol protagonista del drama fue san Pedro. Salió entonces el otro discípulo que era conocido del sumo sacerdote, habló con la portera e introdujo a Pedro. La muchacha portera le dijo a Pedro: -¿No eres también tú de los discípulos de este hombre? -No lo soy -respondió él. Estaban allí los criados y los servidores, que habían hecho fuego, porque hacía frío, y se calentaban. Pedro también estaba con ellos calentándose (…) y le dijeron: -¿No eres tú también de sus discípulos? Él lo negó y dijo: -No lo soy. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: -¿No te he visto yo en el huerto con él? Pedro volvió a negarlo, e inmediatamente cantó el gallo (Jn 18, 16-18. 25-27). Entonces Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: “Antes que cante el gallo dos veces, me habrá negado tres”. Y rompió a llorar (Mc 14, 72).

El arrepentimiento de Pedro fue bueno. También él -como Judas- ha traicionado al Maestro: ha negado conocerle por tres veces. Sin embargo, al darse cuenta de la maldad de su crimen, confiando en la misericordia del Señor, llora y pide perdón. ¡Bien experimentado tiene, como Judas, que Jesús está siempre dispuesto a perdonar!

Otro personaje: el procurador romano Poncio Pilato, que fue el que condenó a muerte a Jesús. Pilato se dirigió otra vez a los judíos y les dijo: -Yo no encuentro en él ninguna culpa. Vosotros tenéis la costumbre de que os suelte a uno por la Pascua, ¿queréis que os suelte al Rey de los judíos? Entonces volvieron a gritar: -¡A ése no, a Barrabás! -Barrabás era un ladrón. Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran (Jn 18, 38-19, 1). Y tiene lugar la flagelación del Señor, que se considera en el segundo misterio doloroso del Santo Rosario.

El misterio trae a nuestra memoria el suplicio, tan despiadado, de los innumerables golpes sobre los miembros inmaculados y santos de Jesús.

El compuesto humano comprende alma y cuerpo. El cuerpo experimenta las tentaciones más humillantes; la voluntad, más débil quizá, puede ser arrastrada fácilmente. Encontraremos, pues, en el misterio una llamada a la penitencia, penitencia saludable porque implica y produce la verdadera salud del hombre, que es salud en su validez corporal y al mismo tiempo salud en el sentido de salvación espiritual.

Grande es la enseñanza que de aquí se desprende para todos. No seremos llamados al martirio cruento, pero sí a la disciplina constante, a la mortificación cotidiana de las pasiones. Ahora bien, por este camino, verdadero “viacrucis”, camino cotidiano, inevitable, indispensable, que a veces incluso puede resultar heroico en sus exigencias, paso a paso llegamos a una semejanza cada vez más perfecta con Jesucristo, a participar en su méritos, a ser lavados en su sangre inmaculada de toda culpa, nosotros y todos (Cardenal Roncalli -San Juan XXIII).

Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?” -Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!”

Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… ‘Crucifige eum!’ -¡Crucifícalo!” (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 296).

Pilato, queriendo contentar a la muchedumbre, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado (Mc 15, 15). La sentencia más injusta que ha habido en toda la historia de la humanidad, la sentencia de Pilato, que condena a muerte al Hijo de Dios, fue permitida por Dios Padre a causa de su infinito amor al hombre.

Jesús camina con la cruz a cuestas hacia el Calvario. Es el tercer misterio doloroso.

La vida humana es un peregrinar continuo, largo y pesado. Siempre hacia arriba, por la cuesta pedregosa, por el camino marcado a todos en aquella colina. En este misterio Jesús representa al género humano. ¡Ay si no tuviéramos, cada uno de nosotros, su cruz1 El hombre, tentado de egoísmo, de insensibilidad, antes o después sucumbiría en el camino.

Contemplando a Jesús que sube al Calvario aprenderemos, antes con el corazón que con la mente, a abrazar y besar la cruz, a llevarla con generosidad, con entusiasmo, según las palabras de la Imitación de Cristo: “En la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la protección frente a los enemigos, la efusión de una celeste suavidad (Cardenal Roncalli -San Juan XXIII).

Cuando llegaron al lugar llamado “Calavera”, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23, 33). Pongámonos frente a Jesús sobre el Calvario. Y miremos lo que ha hecho por nosotros y los que nosotros hemos hecho por Él. ¡Qué diferencia! Pues que sepamos comprender el amor que debemos sentir por Él.

Sólo unas pocas almas fieles acompañan al Señor en el abandono del Gólgota: ni el odio de los príncipes de los judíos, ni la brutalidad de los soldados, ni las burlas y ofensas de la muchedumbre, han podido alejarlas de este escenario de amor y de dolor. En primer lugar, la Madre de Jesús, María. Ella no se había hallado presente en la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, ni en los momentos de los grandes milagros, excepto el de Caná de Galilea. Pero en el momento del fracaso humano de Cristo, cuando recibe vituperios en vez de alabanzas, allí está, junto a la cruz de su Hijo. Se encuentra junto a Jesús para ofrecerle un poco de consuelo en aquella hora de dolor, dispuesta a colaborar con Él hasta el fin en el rescate de los hombres.

Y desde la Cruz, Cristo imparte la lección de Las Siete Palabras.

Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Amor y perdón. ¿Hasta siete veces? No, hasta setenta veces siete, siempre. Que sepamos perdonar a los que nos ofenden. No he tenido que aprender a perdonar, porque Dios me enseñó a amar (San Josemaría Escrivá).

Hoy estará conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43). Misericordia divina y valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

Ahí tienes a tu madre… He ahí a tu hijo (Jn 19, 26-27). La Virgen es nuestra Madre. A Cristo le han quitado todo, pero Él nos da a su Madre.

Tengo sed (Jn 19, 28). Sed de almas, ansia de redención. Alma sacerdotal de Cristo: salvar a todos. Pidámosle tener sus mismos sentimientos redentores.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mc 15, 34). La soledad, el sufrimiento.

Todo está consumado (Jn 19, 30). Todo lo hizo bien.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). Abandono filial. Confianza y abandono en nuestro Padre Dios.

La muerte de Jesús es fruto del amor: de un amor incomensurable a la humanidad entera y a cada uno de los hombres y mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga. Contemplar la figura de Cristo muerto en la Cruz por nosotros, nos interpela a cada uno directamente y nos mueve a tratar de devolverle amor, a ser generosos en la entrega.

Junto a María, esperemos la resurrección de Cristo, el triunfo definitivo del Señor.

Conferencias cuaresmales. Tema 13

La Eucaristía

Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1).

Jesucristo ha de volver al Padre, pero nos quiere con toda su alma, y desea quedarse con nosotros. La omnipotencia de Dios hace posible que se vaya y, a la vez, se quede. Mis delicias son estar entre los hijos de los hombres (Pr 8, 31). Desear estar al amado es propio de todo el que ama. Y este deseo del Corazón de Jesús es el que le ha obligado a instituir la Eucaristía (Beato Marcelo Spínola).

Cristo no ha querido dejarnos solos y separarse de nosotros, sino antes ha decidido permanecer muy cerca, para prestarnos su auxilio. Es, no hay duda, nuestro fiel amigo; su corazón, el corazón del mejor amigo entre los amigos. Por eso ha instituido la Eucaristía (Beato Marcelo Spínola).

En la Última Cena Cristo instituye el Sacramento de la Eucaristía. San Lucas comienza la narración con unas palabras del Señor: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22, 15). Es tan importante lo que ocurrió durante aquella cena que hay en el Nuevo Testamento cuatro relatos, bien detallados.

Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este es el cáliz de la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Co 11, 23-26).

La Eucaristía es Sacrificio y Sacramento. El Sacrificio de la Misa y el Sacrificio de la Cruz son un solo y único Sacrificio, porque una sola e idéntica es la Víctima: el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes es el mismo que se ofreció a sí mismo en el Calvario, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse. Y también hay un único Sacerdote: Jesucristo. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona et in nomine Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo (San Josemaría Escrivá).

La Santa Misa es el único Sacrificio de la Nueva Alianza. No es una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un Sacrificio propio y verdadero por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima gratísima (Pío XII).

Jesucristo está presente en la Santa Misa, tanto en la persona del ministro como, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Las palabras de la consagración no son sólo el recuerdo de un acontecimiento sino que, además, realizan aquello que significan: lo que muy bien se designa con el vocablo transubstanciación. Esta palabra expresa muy bien lo que ocurre: la admirable conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Jesucristo y de toda la substancia del vino en su preciosa Sangre. Bajo cada especie, se contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del mismo Jesucristo Señor nuestro.

La Santa Misa, centro de la vida cristiana, fuente de vida sobrenatural. Decía san Josemaría Escrivá: Vivir la Santa Misa es permanecer en oración continua; convencernos de que para cada uno de nosotros, es éste un encuentro personal con Dios: adoramos, alabamos, pedimos, damos gracias, reparamos por nuestros pecados, nos purificamos, nos sentimos una sola cosa en Cristo, con todos los cristianos.

Asistamos a la Santa Misa con devoción, como si fuese la única Misa de nuestra vida. Si hubiéramos estado en el Calvario, durante la Primera Misa, la Muerte de Cristo, con qué atención y cariño la habríamos seguido. Pues cada Misa es la actualización del Sacrificio del Calvario.

La Eucaristía como Sacramento. Jesucristo no sólo viene a las manos del sacerdote que celebra; después se queda reservado en el Sagrario, cuando el sacerdote guarda allí las especies sacramentales. Jesucristo permanece realmente en el Sagrario: con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. No me cansaré de repetirlo, ahora que atacan la presencia real de Cristo en las especies sacramentales. Está en el Tabernáculo, Jesucristo, el Hijo de Santa María siempre Virgen. El que nació de sus entrañas. El que trabajó calladamente en Nazaret, después de nacer pobre en Belén. El que predicó, el que padeció la pasión y muerte en la Cruz. El que resucitó y subió a los cielos (San Josemaría Escrivá).

Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed (Jn 6, 35). Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo (Jn 6, 51).

Comunión frecuente.

Tú has escrito muy bien de Mí, Tomás ‑dijo Cristo a Tomás de Aquino un día en Nápoles, por boca de una imagen del Señor Crucificado‑. ¿Qué recompensa quieres de Mí por tu trabajo?

‑Tú mismo, Señor ‑respondió Santo Tomás.

Ese maravilloso regalo que pidió el Doctor Angélico lo podemos recibir todos los días en la Comunión.

¡Cuántos años comulgando a diario! ‑Otro sería santo ‑me has dicho‑, y yo ¡siempre igual!

‑Hijo ‑te he respondido‑, sigue con la diaria Comunión, y piensa: ¿qué sería yo, si no hubiera comulgado? (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 534).

Los frutos de la comunión. La comunión acrecienta nuestra unión con Cristo. Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Cristo Jesús. En efecto, el Señor dice: Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él (Jn 6, 56).

La Sagrada Comunión conserva, acrecienta y renueva la vida de la gracia recibida en el Bautismo. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse con la comunión eucarística.

La comunión nos separa del pecado. Además, como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales. Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con él por el pecado mortal.

Es Sacramento de unidad. Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.

Preparación para la Misa. Con actos de fe, de amor, de esperanza. Lectura de algún libro que trate de la Santa Misa. Oraciones del devocionario.

Acción de gracias. Que nuestra vida sea un dar gracias por haberle recibido, y un prepararnos para recibirle de nuevo (San Josemaría Escrivá). Cuando la preparación para comulgar ha sido descuidada es raro que la acción de gracias no se vea cortada por muchas distracciones; por el contrario nuestras acciones de gracias son tanto más sosegadas y fervientes cuanto más seriamente nos hemos preparado para comulgar. En general una buena acción de gracias supone una buena preparación.

Jesucristo en el Sagrario. El deseo de un obispo santo: Pido ser enterrado junto a un Sagrario para que mis huesos después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! (Beato Manuel González García)

Jesús está en el Sagrario y podemos hablarle como hacían sus discípulos y contarle lo que nos ilusiona o nos preocupa. Y siempre encontramos a Cristo atentísimo hacia lo nuestro. Jamás encontraremos un oyente tan atento, tan bien dispuesto para lo que le contamos o pedimos. Allí, el Señor, nos espera siempre pacientemente.

Piedad eucarística. La visita al Santísimo Sacramento. La comunión espiritual.

Nuestra Señora fue concebida inmaculada, para recibir al Señor: meditadlo (San Josemaría Escrivá).

Conferencias cuaresmales. Tema 12

Caridad

El lavatorio de pies. Y comenzada la cena (…) se levantó de la mesa, se quitó los vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en la jofaina, y comenzó a lavar los pies de los discípulos (…). Así, pues, cuando les hubo lavado sus pies, y después de tomar sus vestidos, se puso de nuevo a la mesa, y les dijo: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 4-5.12-17).

La primera virtud es la caridad. Ahora quedan estas tres: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad (1 Co 13, 13) Y es lógico que sea así, puesto que Dios es caridad y el que permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16).

En bastantes lugares del Nuevo Testamento se habla de la caridad. Citamos dos textos: Carísimos, amémonos unos a otros porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce (1 Jn 4,7); Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos para con otros (Jn 13, 34-35);

Caridad: Amor a Dios y amor al prójimo. La caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad (Santo Tomás de Aquino).

Los Mandamientos de la Ley de Dios se reducen a dos: Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primer y máximo mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos está cifrada toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 37-40).

Amor al prójimo, necesario para que sea auténtico el amor a Dios. Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve (1 Jn 4, 20). El que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, ése está aún en las tinieblas (1 Jn 2, 9). Hay que ver en el rostro del prójimo, el rostro de Cristo.

Amor de Dios a nosotros: En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo, como propiciación para nuestros pecados (1 Jn 4, 10). Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3, 16). Vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí (Ga 2, 20).

El segundo mandamiento es semejante al primero. Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. Quien aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis que todo homicida no tiene en sí la vida eterna. En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. Pues el que tuviere bienes del mundo y, viendo a su hermano tener necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo la caridad de Dios permanece en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad (1 Jn 3, 14-18).

Éste es mi precepto: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 12-13).

Respeto al prójimo, el cristiano sabe que debe comportarse como el Maestro, que lavó los pies a los discípulos; es decir, debe asumir una actitud constante de comprensión, ayuda fraterna, servicio, amor, caridad con todos y sobre todo con los más necesitados y los que sufren más, hasta llegar a la caridad heroica (San Juan Pablo II).

La caridad debe manifestarse en obras. Repasemos las obras de misericordia. No olvidemos que seremos juzgados por Cristo y en ese juicio se verá cómo hemos vividos la caridad con nuestro prójimo.

Dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; visitar y cuidar a los enfermos; corregir al que yerra; dar buen consejo al que lo necesita; redimir al cautivo; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; enterrar a los muertos; rogar a Dios por los vivos y los difuntos; perdonar las injurias; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; consolar al triste; enseñar al que no sabe.

Fraternidad, que es consecuencia de la filiación: todos somos hijos de Dios.

Esta tierra pertenece a Dios, pero ha sido dada al conjunto de los hombres. Dios no quiere el despilfarro de los unos y el hambre de los otros, la abundancia de unos porque su suelo es generoso, y el despojamiento de los otros porque no tienen esta suerte. No tiene que haber privilegios para los ricos y los fuertes, e injusticia para los pobres y los minusválidos. Todos son iguales en dignidad. (…) Ciertamente, es bueno que cada uno tenga una responsabilidad personal, desarrolle sus talentos, se apropie una parte de la naturaleza para revalorizarla. Pero Dios ha querido un mundo en el que se comparte, se es solidario, se presta ayuda mutua (San Juan Pablo II).

Detalles en los que se reflejan que una persona no piensa en el bien de los demás:

a) dejar el coche pegado a otro, impidiendo que el dueño de éste pueda abrir la puerta para entrar en su automóvil. O aparcar el coche de tal forma que los demás tengan que hacer extrañas y difíciles maniobras para sacar el suyo.

b) no cuidar la limpieza de los lugares públicos, por ejemplo, dejar basura en un parque o en el campo.

c) colarse en una cola, etc.

La caridad es universal. Abarca a todos, incluso a los enemigos: Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amada a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 43-45). Ejemplo de san Esteban.

Orden de la caridad: comenzando por los que -según diversos conceptos- están más cerca de nosotros, se extiende a todos los hombres, sin excluir ninguno.

Para vivir bien la caridad hay que pelear contra el egoísmo en la vida de familia, en el trabajo y en las relaciones de amistad. Y evitar también los egoísmos colectivos (familia, grupo social, nación…).

Manifestaciones de caridad en el trato con los demás, en la vida ordinaria. Comprensión y paciencia: saber vencer el mal genio. Justicia: en las relaciones interpersonales (al juzgar, oír a los dos partes, y calibrar los testimonios).

Evitar siempre la murmuración y el juicio temerario.

Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto: si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar. Hay que convivir, hay que comprender, hay que disculpar, hay que ser fraternos; y, como aconsejaba san Juan de la Cruz, en todo momento “hay que poner amor, donde no hay amor, para sacar amor”, también en esas circunstancias aparentemente intranscendentes que nos brindan el trabajo profesional y las relaciones familiares y sociales (San Josemaría Escrivá).

La caridad va siempre acompañada del perdón de las ofensas. Es significativa la siguiente anécdota: Estando próximo a morir el rey Carlos III de España, se le acercó el Arzobispo de Toledo, Primado de España, para hablarle del perdón a los enemigos. El rey moribundo replicó: ¿Había de esperar este trance para perdonarles? Todos lo fueron ya en el momento de la ofensa.

La caridad nos tiene que llevar a fijarnos siempre en lo positivo, en las virtudes de los demás, y no en sus defectos, a querer a los demás con obras, a mortificarnos en una serie de pequeños detalles, para hacerles la vida amable.

Terminamos con un consejo de san Josemaría Escrivá: La Virgen. ¿Quién puede ser mejor Maestra de amor a Dios que esta Reina, que esta Señora, que esta Madre, que tiene la relación más íntima con la Trinidad: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, y que es a la vez Madre nuestra? -Acude personalmente a su intercesión (Forja, n. 555).

Conferencias cuaresmales. Tema 11

Apostolado

Jesucristo nos dice: Yo vine para tengan vida, y la tengan en abundante (Jn 10, 10). Para eso, comenzó a hacer y enseñar (Hch 1, 1).

El mundo actual es una gran tierra de misión, incluso en los países de antigua tradición cristiana. En todas partes, hoy el neopaganismo y el proceso de secularización constituyen un gran desafío al mensaje evangélico. Pero, al mismo tiempo, se presentan -también en nuestros días- nuevas ocasiones para anunciar el Evangelio; se nota, por ejemplo, una creciente nostalgia de lo sagrado, de los valores auténticos, de la oración. Por esto, el mundo de hoy tiene necesidad de muchos apóstoles (San Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, 1989).

Cristo quiere servirse de nosotros como instrumentos para esta gran tarea de anunciar el Evangelio en los inicios del tercer milenio cristiano, que es la época que nos ha tocado vivir. San Pablo dijo: Somos colaboradores de Dios (1 Co 3, 9). Y antes, es el mismo Jesucristo quien nos invita a ser apóstoles: Venid en pos de Mí, y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Y Él es quien manda a Simón Pedro y a los demás apóstoles: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5, 4).

Nos encontramos cada día con amigos, colegas y parientes desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por los caminos de la vida porque han perdido la esperanza. Nosotros hemos de ayudarles a encontrar el camino que conduce a la vida eterna, que no es otro que Cristo, Camino, Verdad y Vida (Jn 14, 6).

Formamos todos parte de un mismo Cuerpo, el Cuerpo Místico de Jesucristo, que es la Iglesia. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado.

Y Dios abre a la Iglesia horizontes de una humanidad más preparada para la siembra evangélica. Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos (San Juan Pablo II, Redemptoris Missio, n. 3).

Escribió san Pablo: Porque si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, pues es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9, 16).

Hacer apostolado es colaborar con Dios en el crecimiento de la vida sobrenatural de los demás. O con palabras de san Juan Pablo II: El anuncio del Evangelio, el servicio a la fe, es acercar Cristo a los hombres y acercar los hombres a Cristo. El Catecismo de la Iglesia Católica da la siguiente definición: Se llama “apostolado” a “toda la actividad del Cuerpo Místico” que tiende a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra” (n. 863).

El fin del apostolado es, pues, llevar a todos la luz, el fuego, el calor y la alegría de Cristo. Para eso, poner los medios sobrenaturales: Por ellos yo me santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17, 19).

La oración y la mortificación son preparación necesaria para todo apostolado. Es preciso que seas “hombre de Dios”, hombre de vida interior, hombre de oración y de sacrificio. -Tu apostolado debe ser una superabundancia de tu vida “para adentro” (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 961). Además, da muy buen resultado buscar la complicidad del Ángel Custodio. Gánate al Ángel Custodio de aquel a quien quieras traer a tu apostolado. -Es siempre un gran “cómplice” (San josemaría Escrivá, Camino, n. 563).

En el apostolado hay que ver almas, almas que han sido creadas por Dios para el Cielo. De cien almas nos interesa las cien, pues no hay un alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de toda su Sangre (San Josemaría Escrivá). Eso hará que no dejemos a nadie de lado. Fijémonos en el ejemplo de Cristo. Trata a toda clase de personas, según conviene a cada uno: Nicodemo, la Samaritana, Zaqueo… Con qué fuerza decía san Josemaría Escrivá: Por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios.

Existe un gran número de almas, generosas y bien dispuestas, que buscan a Cristo, quizá sin saberlo, y esperan una mano amiga que les ayude a encontrarlo y les enseñe a amarlo. Es preciso que seamos audaces, sintiendo la urgencia del amor de Cristo, en la labor apostólica (Javier Echevarría, Carta 14.II.1997, n. 3).

“Hominem non habeo” -no tengo a nadie que me ayude. Esto podrían asegurar, ¡desdichadamente!, muchos enfermos y paralíticos del espíritu, que pueden servir… y deben servir.

Señor: que nunca me quede indiferente ante las almas (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 212).

Modo de hacer el apostolado. Primero el ejemplo: Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos (Mt 5, 16). En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras (San Antonio de Padua).

Convéncete: tu apostolado consiste en difundir bondad, luz, entusiasmo, generosidad, espíritu de sacrificio, constancia en el trabajo, profundidad en el estudio, amplitud en la entrega, estar al día, obediencia absoluta y alegre a la Iglesia, caridad perfecta…

-Nadie da lo que no tiene (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 927).

Testimonio, sí. Pero este apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida; el verdadero apostolado busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa (Concilio Vaticano II).

Es necesario, pues, hablar de Jesucristo, ejercitar el apostolado de la palabra. Hablar de Dios es un tema misterioso y atractivo. Un tema atractivo porque las gentes, cansadas de sucedáneos, tienen sus inteligencias y sus corazones hambrientos de Dios. Un tema misterioso porque nuestro Dios es tan grande que supera infinitamente la capacidad del entendimiento humano (Javier Echevarría, Carta 1,XII.1998).

La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras:

oralmente: “los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu Santo les enseñó”;

por escrito: “los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 76).

Hay que salir a los caminos -hoy tan llenos de falsos profetas-, y dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural (Beato Álvaro del Portillo). Y decía Juan Pablo I, en una de las homilías de su corto Pontificado: La evangelización, los sacramentos y la santidad de vida son tres aspectos de un único camino: la evangelización prepara para la recepción de los sacramentos, y los sacramentos conducen a vivir cristianamente a quienes los han recibido.

Apostolado de amistad y de confidencia. Uno a uno. Los amigos llegan a hablar de los temas más personales y profundos: es natural que se comuniquen lo que piensan y hacen en relación con su vida espiritual. Con comprensión -a veces será necesaria mucha paciencia-, cariño, constancia… y santa intransigencia en la doctrina. Me habéis oído decir tantas veces (…) que el mayor enemigo de Cristo y de la Iglesia es la ignorancia, y que, por eso, tenemos obligación de formarnos, de conocer bien la doctrina para luego transmitirla, sin desfigurarla, a pesar de nuestros errores personales (San Josemaría Escrivá).

Apostolado que empieza por la propia familia. La sociedad necesita una familia en la que los padres sean los primeros catequistas de sus hijos; una familia en la que los padres den libertad a sus hijos y, sin embargo, permanezcan cerca de ellos; una familia en la que se reza (San Juan Pablo II). Y en la Exhortación apostólica Familiaris consortio nos pregunta el papa san Juan Pablo II: ¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, (…), a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? (…) ¿Sabéis rezar con vuestros hijos, (…), al menos alguna vez?

Para que el apostolado sea fecundo, debe ser perseverante. Paciencia. Hemos de hacer el apostolado de Cristo, sin buscar el éxito personal: uno es el que siembra y otro el que recoge (Jn 4, 37). Ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios que es quien hacer crecer (1 Co 3, 7). También hay que tener fe, porque es Dios quien actúa, sirviéndose de nosotros. Audacia, y a la vez, respeto a la libertad: hay que saber provocar la ocasión de hablar de Dios.

Volvieron los setenta y dos discípulos llenos de alegría, diciendo: Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Los apóstoles y discípulos del Señor vuelven llenos de entusiasmo por los frutos de su misión apostólica. Han comprobado la eficacia de Dios en sus propias vidas. Es la alegría que todo hombre experimenta al sentirse instrumento de Dios.

Entonces dijo a los discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 37-39). Al comenzar el tercer milenio del cristianismo, san Juan Pablo II hacía esta oración, que tiene plena actualidad: Señor Jesús, plenitud de los tiempos y Señor de la historia. Tú, palabra del Dios vivo, renueva en la Iglesia el espíritu misionero, para que todos los pueblos lleguen a conocerte, verdadero hijo de Dios y verdadero Hijo del hombre, único Mediador entre el hombre y Dios.

Para esta tarea apasionante de siembra y de pesca contamos con la ayuda de la que es Reina de los Apóstoles, Santa María.

Conferencias cuaresmales. Tema 10

Deberes familiares

Vida oculta de Jesucristo: treinta años en el hogar de Nazaret. Las gentes le conocían como faber (el carpintero), fabri filius (el hijo del carpintero).

Santifica el trabajo profesional ordinario y la vida de familia. Ejemplo maravilloso a seguir.

Con la imaginación penetremos en el taller de José y en el hogar de Nazaret. Aprenderemos de Jesús, María y José a santificarnos en las tareas cotidianas. Veremos un trabajo bien realizado. Una familia en la que cada uno de los miembros está pendiente de los demás. Amor y ayuda. Espíritu de servicio.

Todos hemos sido llamados a seguir la vida de Jesucristo: para el casado, el estado matrimonial es el camino que Dios le ha señalado para que se santifique.

El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado ‑con la gracia de Dios‑ todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive (San Josemaría Escrivá).

No dejarse llevar por una mística ojalatera: allí donde estamos es donde Dios quiere nuestra santidad.

En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… (San Josemaría Escrivá).

Importancia de la familia en nuestro mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad entraña una responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. La autoridad civil ha de considerar como deber grave el reconocimiento de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y fomentarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica (n. 2210).

La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2205).

La familia que reza unida, permanece unida.

Las condiciones modernas y los cambios sociales han creado nuevos modelos y nuevas dificultades para la vida familiar y para el matrimonio cristiano. Deseo deciros: no os desaniméis, no sigáis la tendencia a considerar pasada de moda a una familia perfectamente unida. Hoy más que nunca la familia cristiana es enormemente importante para la Iglesia y para la sociedad (San Juan Pablo II).

Consideremos los ratos de vida de familia como muy importantes, dedicándoles tiempo. Cuidado con la profesionalitis y con la televisionitis. Ambas cosas pueden destruir la vida familiar.

Sucede que la gente empieza a ser esclava de la televisión. Y, con la posibilidad de elegir diferentes programas, puede llegar a destruir la familia: al marido, por ejemplo, le gusta ver esto en un canal; a la mujer, aquello en otro…, y riñen. Al final, para evitar discusiones, cada uno conecta su televisor, se dedica a ver su programa y no hablan entre ellos. Es una pena, un desastre (Beato Álvaro del Portillo).

El matrimonio y los hijos. Los que Dios quiera. Todos son una bendición de Dios.

Durante el Concilio Vaticano II un cardenal de la Iglesia dio testimonio de su familia, fundada en Cristo. Dijo que era el undécimo de doce hijos de un pobre obrero manual. Sus padres no dudaron nunca de la Providencia; creyeron las palabras de Cristo sobre las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni llenan los graneros, pero que son alimentadas por Dios… Creían que la primera preocupación debe ser la de buscar el reino de Dios, convencidos de que Dios les daría más de lo necesario para vivir.

Honrar padre y madre, dice el cuarto mandamiento de Dios. Pero para que los hijos puedan honrar a sus padres, han de ser considerados y acogidos como don de Dios. Sí, todo niño es un don de Dios, un don a veces difícil de aceptar, pero siempre es un don inestimable (San Juan Pablo II).

Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la Ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos.

Decía san Juan XXIII: En el pensamiento de la Iglesia un hogar verdaderamente cristiano es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños y donde aprenden a hacerse no solamente hombres, sino también hijos de Dios.

El cuarto mandamiento también obliga a los padres. Por derecho natural y divino, y por exigencia de la virtud de la piedad, los padres tienen gravísima obligación de amar a sus hijos, atenderles corporal y espiritualmente y procurarles un porvenir humano proporcionado a su estado y condición social.

El amor a los hijos debe ser afectivo y efectivo, prudente, natural y sobrenatural.

La atención debe ser corporal (traerlos al mundo, alimentarlos, acogerlos en el propio hogar, satisfacer sus necesidades corporales) y espiritual (formación intelectual, moral y religiosa), facilitándoles la práctica de la vida cristiana, dándoles buen ejemplo, vigilándoles y corrigiéndoles.

El porvenir humano que deben procurarles exige que les den oficio o carrera, según sus posibilidades económicas, y que respeten su libertad en la elección de estado.

La educación de los hijos. ¿No serás tú la madre del muchacho que se me quejaba?: Nunca veo a mamá porque siempre está dando conferencias sobre la educación de los hijos (Jesús Urteaga).

En Suecia, en una ocasión, un chico solicitó a los tribunales: otros padres que viajaran menos, que tuvieran menos fiestas y más vida familiar.

Educar hijos, es elevarlos hasta Dios, es decir, asegurarles en la tierra todos los auxilios materiales y espirituales que le les son necesarios para el pleno desenvolvimiento de la gracia de su bautismo y enseñarles a conducirse, en medio de los hombres, como hijos de Dios camino de la casa del Padre.

La sociedad necesita una familia en la que los padres sean los primeros catequistas de sus hijos.

¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? ¿Sabéis rezar con vuestros hijos, al menos alguna vez? (San Juan Pablo II).

Iniciativas. Catequesis familiar: los hijos (o los nietos), los amigos de los hijos, los hijos de los vecinos, etc.

Hogares cristianos, luminosos y alegres.

Un ambiente de confianza y no de temor. Donde haya diversión sana y no aburrimiento. Con estímulos en vez de reprimendas. Donde se respire alegría y no mal humor.

La vocación de los hijos. Caricia de Dios. Motivo de orgullo santo.

Me gustaría gritar al oído de tantas y de tantos: no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría (Surco, n. 22).

Ver como modelo la vida de Jesús, María y José en el hogar de Nazaret.

Conferencias cuaresmales. Tema 9

El nacimiento de Jesús

A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero para que, sirviéndote sólo a ti, su creador, dominara todo lo creado. Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte sino que compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca. Reiteraste, además, tu alianza a los hombres; por los profetas los fuiste llevando con la esperanza de salvación. Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado, anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo (Plegaria eucarística IV).

Al cumplirse la plenitud de los tiempos nace nuestro Señor Jesucristo. Su nacimiento está narrado escuetamente por san Mateo y san Lucas. Sin embargo, los dos evangelistas no dejan de subrayar dos detalles: el lugar del nacimiento, Belén, y la pobreza y desamparo materiales que lo acompañaron. En este rato de oración vamos a fijarnos en ese ejemplo que nos da Cristo de desprendimiento de los bienes materiales.

En la Carta a los Filipenses escribió san Pablo: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombre (Flp 2, 5-7). Pasando de la plenitud divina a la condición de siervo, Jesucristo quiere nacer en la pobreza, y nos enseña así cuál debe ser nuestra actitud ante los bienes materiales.

Esta actitud la describe muy bien el Concilio Vaticano II: El hombre, redimido por Cristo y hecho en el Espíritu Santo nueva creatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las mira y respeta como objetos salidos de la mano de Dios. Dando gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las creaturas con pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra de veras en la posesión del mundo, como quien nada tiene y es dueño de todo. Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (Constitución Gaudium et spes).

En una homilía nos dijo el papa san Juan Pablo II: Nuestro Padre celestial sabe bien que tenemos necesidad de diversas cosas materiales. Pero sepamos buscarlas y usarlas en conformidad con su voluntad. Los valores que se pueden “tener”, jamás debe convertirse en nuestro fin último. (…) Jamás hay que tender hacia los bienes materiales de esta manera, ni usarlos de ese modo, como si fuera un fin en sí mismo.

Jesucristo no sólo nos dio ejemplo de pobreza en su nacimiento en la gruta de Belén, sino también durante toda su vida. Las zorras tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20). Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (1 Co 8, 9). En la encarnación Cristo se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, y nos dio la redención, que es fruto sobre todo de su sangre derramada sobre la cruz.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (Mt 5, 3). La pobreza en el espíritu, es decir, la pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y de una austeridad en el uso de ellos. La Sagrada Escritura no condena las riquezas en sí mismas, ni el poseerlas legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en ellas la confianza. La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 69).

Jesucristo no aparece como un pordiosero: lleva una túnica buena, sin costura. Los soldados, después de crucificar a Jesús, recogieron sus ropas e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y además la túnica. La túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces entre sí: -No la rompamos. Mejor, la echamos a suerte a ver a quién le toca (Jn 19, 23-24); sabe comportarse socialmente con distinción e incluso hace notar que no se han tenido con Él los detalles habituales de delicadeza. Y vuelto hacia la mujer, le dijo a Simón: -¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los enjugado con sus cabellos. No me diste el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio ha ungido mis pies con perfume (Lc 7, 44-46).

Así nos hace ver Jesucristo que lo decisivo es el desprendimiento: Donde está tu tesoro allí estará tu corazón (Mt 6, 21). No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio de las cosas. -Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 632).

El amor a la pobreza afirma el amor de Dios, y es, en efecto, uno de los consejos que da el Señor a quien quiere seguirle sinceramente. El amor a la pobreza purifica, anula otro amor más bajo que llevamos dentro, la concupiscencia de los ojos; y la disminución de la concupiscencia significa el aumento de la caridad. El amor a la pobreza afirma la confianza en Dios, hacer poner los ojos en la verdadera esperanza.

Es bueno el esfuerzo por mejorar de posición, pero con desprendimiento personal, con la mirada puesta en Dios, sin dejar que el corazón se apegue a las cosas de la tierra y pierda fuerza en su camino hacia la eternidad: No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban (Mt 6, 19-20). Haceos bolsas que no se gastan con el tiempo, un tesoro inagotable en el cielo, adonde no alcanzan los ladrones, ni la polilla lo destruye (Lc 12, 33).

Tus riquezas tendrás que dejarlas aquí, lo quieras o no; por el contrario, la gloria que hayas adquirido con tus buenas obras la llevarás hasta el Señor (San Basilio Magno, Homilía sobre la caridad).

Y les propuso una parábola diciendo: Las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto. Y se puso a pensar para sus adentros: “¿Qué puedo hacer, ya que no tengo dónde guardar mi cosecha?” Y se dijo: “Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces le diré a mi alma: ‘Alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien’”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche te va a reclamar el alma; lo que has preparado, ¿para quién será?” Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios (Lc 12, 16-21).

Después de aquel encuentro de Cristo con un joven rico, en el que el Señor le invitó a vender todos sus bienes y seguirle, y el joven no tuvo la generosidad suficiente para aceptar la invitación divina, Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad os dijo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos (Mt 19, 23). Para vivir el desprendimiento de los bienes materiales, hemos de procurar ir mortificando también nuestra comodidad, no crearnos necesidades. No olvidemos que los bienes materiales se parecen al agua del mar: cuanto más se bebe, más se siente la sed.

Ofrecer a Dios con alegría la privación, cuando nos falte algo que necesitamos o que es conveniente. Padecer necesidad es algo que puede sucederle a cualquiera; pero saber padecerla es propio de las almas grandes (San Agustín). Ese rico que difícilmente entrará en el Reino de los Cielos no es tanto el que tiene, cuanto el que quiere tener, aquel cuyo corazón está puesto en los bienes materiales.

Sobriedad, templanza. Dar el buen olor de Cristo. Evitar los caprichos. El gasto caprichoso es lo más opuesto al espíritu de mortificación y a un sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza y de amor a la Cruz. Ser poco complacientes con nosotros mismos y más bien espléndidos con los demás. Sin ser mezquinos, saber cuidar y aprovechar las cosas que tenemos, para que duren y no se gasten inútilmente. Lo que a uno le sobre, a otros les falta.

También el ejercicio de la virtud de la justicia, en nuestras relaciones con los demás y en todas sus formas, requiere un ánimo desprendido, un corazón libre de esas ataduras. Más aún cuando se trata -y esto es propio de un cristiano- de no limitarse a satisfacer la propia justicia, sino de superar sus exigencias, ejercitando generosidad la caridad.

En definitiva ese desasimiento supone una plenitud interior: tener el corazón lleno de Dios, encendido de amor. Así no necesitaremos arroparnos con cosas, así daremos a los bienes terrenos el valor relativo que tienen.

Contemplando el nacimiento de Cristo en la más absoluta pobreza, podemos preguntarnos: ¿Aspiro de verdad a vivir desprendido de los bienes materiales? ¿Procuro mantener libre mi corazón, frente a las solicitaciones del ambiente? ¿Rehuyo la vida fácil y comodona? ¿Recibo con alegría los momentos de estrechez económica que puedan presentarse?

El hogar de Nazaret es una escuela de virtudes. Fijémonos bien en cómo san José, la Virgen María y Jesús vivieron la pobreza: con alegría y señorío. Pidamos a Santa María que también nosotros tengamos el corazón libre de las ataduras de los bienes materiales para tenerlo siempre puesto en Dios.

Conferencias cuaresmales. Tema 8

Humanidad Santísima de Jesucristo

Al comienzo del tercer milenio del Cristianismo, el papa san Juan Pablo II invitaba a todos los católicos en la clausura del Año Santo (el Jubileo del año 2000) a contemplar el rostro de Cristo: Queremos ver a Jesús (Jn 12, 21). Esta petición, hecha al apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en nuestros oídos en este Año jubilar (Carta apostólica Novo Millennio ineunte, n. 16). San Juan Pablo II hacía considerar que como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy -nos piden- que no sólo hablemos de Cristo, sino en cierto modo que se lo hagamos ver.

¡Queremos ver a Jesús!, grita la gente. Pero la gente quiere ver a Jesús no sólo en las imágenes de nuestras iglesias, en los escritos y en las lecciones de nuestras escuelas, en el arte y en la doctrina católica. Quiere verlo sobre todo dentro de nosotros, en nuestra vida de cristianos, en nuestros hogares, en nuestro lugar de trabajo.

El cometido de la Iglesia no es otro que el de reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio. Ahí está nuestra misión como miembros de la Iglesia: mostrar el rostro de Cristo, dar testimonio de nuestra fe en el Señor. Pero nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro.

La contemplación de la Humanidad Santísima del Señor es camino para avanzar en el amor y para comprender con mayor hondura que la vida cristiana consiste en unirse a Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre, vivir su misma vida, tratarle más cada día. Procuremos, pues, tener la mirada más fija en el rostro del Señor. Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en toda nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo (Plegaria eucarística IV).

En los Santos Evangelios podemos contemplar el misterio del Verbo encarnado. Son varios los pasajes en los que aparece muy claramente la Humanidad de Cristo. Los evangelistas, y en especial san Juan, narran a veces detalles que pueden parecer irrelevantes, pero no lo son. Jesús, como nosotros, se fatiga realmente, necesita reponer fuerzas, siente hambre y sed; pero aun en medio del cansancio no desprecia ocasión para hacer el bien a las almas.

Tenía que pasar por Samaría. Llegó, pues, a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Vino una mujer a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber. Sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos (Jn 4, 4-6). El Señor experimenta el cansancio. Después de andar una buena caminata, se cansa.

En una homilía, san Josemaría Escrivá comenta este pasaje evangélico. Recoged los ojos del alma y revivid despacio la escena: Jesucristo, perfectus Deus, perfectus homo está fatigado por el camino y por el trabajo apostólico. Como quizá os ha sucedido alguna vez a vosotros, que acabáis rendidos, porque no aguantáis más. Es conmovedor observar al Maestro agotado. Además, tiene hambre: los discípulos han ido al pueblo vecino para buscar algo de comer. Y tiene sed (…) Cuando nos cansemos -en el trabajo, en el estudio, en la tarea apostólica-, cuando encontremos cerrazón en el horizonte, entonces, los ojos a Cristo: a Jesús bueno, a Jesús cansado, a Jesús hambriento y sediento. ¡Cómo te haces entender, Señor! ¡Cómo te haces querer! Te muestras como nosotros, en todo menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones, nuestras culpas. Porque no importan ni el cansancio, ni el hambre, ni la sed, ni las lágrimas… Cristo se cansó, pasó hambre, estuvo sediento, lloró. Lo que importa es la lucha -una contienda amable, porque el Señor permanece siempre a nuestro lado- para cumplir la voluntad del Padre que está en los cielos (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 176 y 201).

Cristo tiene un corazón humano, con una capacidad de compasión inmensa. Los Evangelios hablan muchas veces de la misericordia y compasión del Señor ante las necesidades de los hombres. En una ocasión se compadece de los que andan como ovejas sin pastor; en otra, se preocupa de las multitudes que le siguen y no tienen qué comer. Su compasión es para todas las personas necesitadas. Siempre tiene una palabra de consuelo, de aliento, de perdón: nunca pasa indiferente. Pero sobre todo, le duelen los pecadores que caminan por el mundo sin conocer la luz y la verdad.

Cristo, ante la tumba de su amigo Lázaro, lloró. Tú y yo podemos contemplar la profundidad y delicadeza de los sentimientos de Jesús. Si la muerte corporal del amigo arranca lágrimas al Señor, ¿qué no hará la muerte espiritual del pecador, causa de su condenación eterna? Cristo lloró: llore también el hombre sobre sí mismo. ¿Por qué lloró Cristo sino para enseñar al hombre a llorar? (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de san Juan, 49, 19). Lloremos nosotros también, pero por nuestros pecados, para que volvamos a la vida de la gracia por la conversión y el arrepentimiento. No despreciemos las lágrimas del Señor, que llora por nosotros, pecadores: Jesús es tu amigo. -El Amigo. -Con corazón de carne, como el tuyo. -Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro… Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti (Camino, n. 422).

Somos cristianos, discípulos del Maestro. Si queremos ser coherentes con esta realidad, hemos de llevar una vida auténticamente cristiana, que no es otra cosa que enamorarse de Jesucristo, seguirle de cerca. Es nuestro modelo: El gran secreto de la santidad se reduce a parecerse más y más a Él, que es el único y amable Modelo (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 752).

Después de contemplar y ¡vivir! la Pasión del Señor, contemplemos a Cristo resucitado. Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe. La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo (…). La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: Tú sabes que te quiero. Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por él: Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. (…) La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él es el mismo ayer, hoy y siempre (San Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio ineunte, n. 28).

Con su Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia humana, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado.

La santificación no tiene su centro en la lucha contra el pecado, no es algo negativo; ni consiste esencialmente en difíciles especulaciones o en enormes esfuerzos de la voluntad. La vida cristiana tiene su centro en Jesucristo, objeto de nuestra fe y amor. Se apoya en la confianza depositada en Jesucristo, que es hombre y nos comprende, que es nuestro amigo, que ha venido a salvar atrayendo, no a condenar.

Jesús es nuestro camino. Nos acompaña, como hizo con los discípulos de Emaús. Nos muestra el sentido de nuestro caminar. Nos reconduce cuando erramos el camino. Nos levanta cuando caemos. Nos espera al final del camino, cuando llegue el momento del reposo y del gozo (San Juan Pablo II).

La vida cristiana es una continua acción de gracias porque Dios está de nuestra parte, junto a nosotros, con nosotros, en nosotros. La vida cristiana es profundamente humana. El corazón tiene un importante lugar en la obra de nuestra santidad, porque Dios se ha puesto a su alcance.

De este rato de oración podemos sacar un propósito bien concreto: conocer más y más al Señor. Conocer a Cristo como amigo, como alguien que se preocupa de cada uno de nosotros. Jesucristo, maestro, modelo, amigo y compañero, es el Hijo de Dios hecho hombre, Dios con nosotros. Dios vivo que, muerto en la cruz y resucitado, ha querido permanecer a nuestro lado para brindarnos el calor de su amistad divina, llenándonos de su gracia y haciéndonos semejantes a Él.

Conociéndole bien podremos vivir su vida y subir los escalones para identificarnos con el Señor: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle, de tal forma que también nosotros podamos decir con san Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).

Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra -obras y dichos de Cristo- no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. -El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, como el Apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?…” -¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario, y léelo y vívelo como norma concreta. -Así han procedido los santos (Forja, n. 779).

Y terminamos con una acción de gracias. ¡Gracias, Jesús mío!, porque has querido hacerte perfecto Hombre, con un Corazón amante y amabilísimo, que ama hasta la muerte y sufre; que se llena de gozo y de dolor; que se entusiasma con los caminos de los hombres, y nos muestra el que lleva al Cielo; que se sujeta heroicamente al deber, y se conduce por la misericordia; que vela por los pobres y por los ricos; que cuida de los pecadores y de los justos… -¡Gracias, Jesús mío, y danos un corazón a la medida del Tuyo! (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 813).

Pidamos a la Virgen María su ayuda para contemplar la Humanidad Santísima de Jesucristo que se formó en sus purísimas entrañas.

Conferencias cuaresmales. Tema 7

Infierno, Purgatorio y Cielo

La predicación sobre el infierno en muchas misiones populares de tiempos pasados convertía el mensaje cristiano de salvación en un mensaje de amenaza. Las descripciones detalladas de todos los tormentos y torturas imaginables, que en un principio eran sólo metáforas y luego se entendieron como descripciones exactas de un mundo subterráneo, tuvieron como efecto que en el pasado para no pocos cristianos la fe estuvo fuertemente imbuida de miedo, y que, de rebote, en la conciencia de la fe cristiana actual el infierno se haya convertido en motivo de burla y que en la predicación actual generalmente se evite hablar de él (F. J. Nocke, Escatología). Pero la sobriedad en exponer la fe católica sobre el infierno, debe ir acompañada de una completa fidelidad y apertura a la doctrina del Evangelio en éste como en cualquier otro tema. Es necesario evitar cualquier tentación de atenuar las verdades de fe.

En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno” (n. 1.033).

Cristo Jesús habla en repetidas ocasiones -sí, con frecuencia- del fuego que nunca se apaga reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse. En el Juicio Final los condenados oirán de labios del Señor las terribles palabras: ¡Alejaos de mí, malditos al fuego eterno! (Mt 25, 41).

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035).

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con destino eterno.

La Iglesia toma en serio la libertad humana; y la Misericordia divina ha concedido la libertad al hombre como condición para obtener la salvación (aunque el reverso de este don sea la posibilidad del abuso de esa libertad, que conduciría a la condenación eterna). Se dice, con frecuencia, Dios es demasiado bueno para que haya un infierno; es demasiado bueno para tolerar el infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios.

Cuenta Quevedo en el libro de Los Sueños su paseo por el Infierno y lo que allí iba encontrando. En uno de los lugares más horrorosos se detuvo a preguntar a un demonio quiénes eran los que en tal sitio estaban, y éste le contestó: Estos son los de: “Dios es piadoso”. El autor se sorprende no poco: ¿cómo es posible que haya gente condenada si tanto han hablado de la misericordia de divina? Pero el demonio le hace saber que así es y precisamente por eso: porque obraban mal y se quedaban tan tranquilos diciéndose a sí mismos: Dios es piadoso, y no mira niñerías; para eso es la misericordia divina tanta; y con esto, mientras ellos haciendo el mal esperan en Dios, nosotros los esperamos acá. El propio demonio se encarga de explicar: No merece piedad de Dios, quien sabiendo que es tanta, la convierte en licencia, y no en provecho espiritual.

Los pasajes evangélicos en los que se habla de este lugar de castigo constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran (Mt 7, 13-14).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que “quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión” (2 P 3, 9): Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (Canon Romano) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.037).

Conversión, ahora, cuanto antes. De nuevo cito a Quevedo. Éste describe unas mazmorras oscurísimas dentro del mismo Infierno, donde se oía gran ruido de cadenas y grilletes, fuego, azotes y gritos. Según cuenta en su libro de Los Sueños, tuvo interés en preguntar por los que allí estaban y se le informó que aquéllos eran los de: ¡Oh, quién hubiera! Como no acabara de comprender, recibió la siguiente explicación: Son gente necia que en el mundo vivían mal, y se condenó sin entenderlo, y ahora acá se les va todo en decir: “¡Oh, quién hubiera oído Misa! ¡Oh, quién hubiera callado! ¡Oh, quién hubiera favorecido al pobre! ¡Oh, quién no hubiera hurtado!” Y podrían añadirse muchos otros lamentos; si yo hubiera dicho la verdad; si yo hubiera sido fiel en el matrimonio; si yo no hubiera blasfemado…

Jesucristo advierte: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26); Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene mas perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). Confianza en Dios. La ley evangélica es el amor, y si amo, para mí no habrá infierno (San Josemaría Escrivá, Forja, n. 1.047).

Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.030).

El Purgatorio es un lugar de purificación. Allí se sufre, pero también se ama, y lo más importante, se tiene la certeza de que más tarde o más temprano, se estará con Dios para siempre en la Gloria. El purgatorio es una misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 889).

Ha llegado la hora de ver a Dios. La terrible tensión con la que es esperada la sentencia divina ha desaparecido, pero Dios, a causa de las culpas no expiadas, niega su visión por un tiempo más o menos largo. Con todo, para esas almas sería el peor tormento liberarles de la purificación porque supondría el aplazamiento indefinido de la visión de Dios. El Purgatorio no es un infierno temporal y atenuado sino, la antesala del Cielo. Con amor encendido, aunque imperfecto, adoran las benditas almas del Purgatorio la santidad de Dios, y quieren esa purificación porque les permitirá ver a Dios, máximo deseo del corazón humano.

Nosotros podemos aligerar el rigor de esas penas del Purgatorio -tanto las nuestras como las de los demás- así como su duración (de la que nada sabemos por la Revelación) con nuestros sufragios, con la penitencia, con las indulgencias. Es un dogma de que podemos ayudar eficazmente a los difuntos. De hecho, la muerte no destruye más que la proximidad física de unos con otros. Por la unión con el Señor y la doctrina de la Comunión de los Santos, nos está permitido establecer una corriente de amor y de gracia con quienes están en la Iglesia Purgante.

La comunión con los difuntos. La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cristianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oraciones “pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 45). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 958).

Y hablemos ahora del Cielo. Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En Él y por Él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto, los herederos de su vida bienaventurada (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1).

No desfallezcamos en el estupendo intento de poner al descubierto las inquietudes espirituales que hay en todas las almas, para ofrecerles la satisfacción oportuna. Especialmente en los tiempos actuales, es muy importante enseñar o recordar, a quienes tratamos, que la vida terrena es una etapa transitoria de la existencia humana. Dios nos ha creado para la vida eterna, nos ha destinado a participar de su misma vida divina, alcanzando así una dicha completa e inacabable. Este don de la Trinidad Santísima sólo se alcanza en plenitud después de la muerte corporal, pero comienza ya aquí abajo. “Ésta es la vida eterna: que te conozca a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado” (Jn 17, 3) (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

La vida humana tiene un destino que no se identifica con la oscuridad de la muerte. Hay una patria futura para todos nosotros, la casa del Padre, a la que llamamos Cielo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas (…) voy a prepararos el lugar. Cuando yo me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 1-3).

Hay otro pasaje evangélico que llena de confianza a los discípulos de Cristo: Y dijo Jesús a los doce: ¿queréis iros vosotros también? Respondió Simón Pedro: Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios (Jn 6, 67-69).

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con san José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y noble que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo… (Rellena los puntos suspensivos con todos los fuertes anhelos, con todos tus grandes deseos, y aún te quedarás corto. El Cielo es mucho más). San Pablo escribió del Cielo: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co 2, 9).

El Cielo nos habla de esperanza, de esta virtud siempre ilusionante. A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 139).

Navegamos por los mares de la vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

A cada uno, a cada una, del modo oportuno, hemos de manifestarle: ¡Dios ha pensado en ti desde toda la eternidad! ¡Dios te ama! ¡Dios ha preparado para ti un lugar maravilloso, el Cielo, donde Él mismo se te concederá en posesión y goce para siempre, saciando con creces las ansias de felicidad que anidan en tu corazón! (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

Santa María, Esperanza nuestra, Estrella de los mares, nos guiará siempre hacia el puerto de salvación, hacia el Cielo.