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Viernes, 28 de febrero de 2014

Viernes, 28 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Doctores de la Iglesia (III)

San Pedro Damián (1007-1072). Benedictino. Nacido en Rávena (Italia). Reformador eclesiástico y clerical. Aclamado doctor el 27 de septiembre de 1828 por León XII.

San Bernardo de Claraval (1090-1153). Cisteciense. Nacido en Borgoña (Francia). Llamado “Doctor Melifluo” por su elocuencia. Aclamado doctor el 20 de agosto de 1830 por Pío VIII.

San Hilario de Poitiers (315-368). Obispo. Nacido en Poitiers (Francia), Llamado el “Atanasio de Occidente”. Aclamado doctor el 13 de mayo de 1851 por el beato Pío IX.

San Alfonso María de Ligorio (1696-1787). Patrón de confesores y moralistas. Nacido en Nápoles (Italia). Fundador de los redentoristas. Aclamado doctor el 7 de julio de 1871 por el beato Pío IX.

San Francisco de Sales (1567-1622). Obispo y líder de la contrarreforma. Nacido en Sales (Francia). Patrón de los escritores y de la prensa. Aclamado doctor el 16 de noviembre de 1871 por el beato Pío IX.

 

Jueves, 27 de febrero de 2014

Jueves, 27 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Efemérides

Muere en Sevilla tal día como hoy del año 1940 el siervo de Dios Manuel Siurot.

Semblanza

Maestro de niños pobres

Un azulejo

En la ciudad de Huelva, terminada la Avenida de Buenos Aires, más conocida como la cuesta del carnicero, y en la confluencia con la calle San Andrés, comienza el paseo del Conquero, que termina en el Santuario de Nuestra Señora de la Cinta. Hasta los años cincuenta del siglo XX la mayor parte del paseo era de tierra y discurría por una zona deshabitada. Hoy día el Santuario de la Patrona de Huelva se puede decir que está ya dentro de la ciudad, con la edificación de nuevas barriadas.

En la parte exterior del Santuario, en su blanca pared, hay el azulejo, ya un poco deteriorado por el paso del tiempo que indica que se está en la Avenida de Manuel Siurot. Todo el paseo del Conquero es dicha Avenida. Y ¿quién es Manuel Siurot? Era la pregunta que solían hacer los pequeños a sus mayores. La realidad es que la pregunta sobraba. En el mismo azulejo estaba la respuesta: Avenida de Manuel Siurot …por bueno, por sabio, por generoso maestro de niños pobres…

Manuel Siurot fue un abogado de prestigio que abandonó su carrera, bienestar y comodidad, para convertirse en maestro de los niños pobres de Huelva, rescatando del analfabetismo a la infancia humilde. Durante toda su vida practicó en el día a día el ideal inspirador de su pedagogía: ser un hombre bueno. Quizás el mejor enunciado de su vida dedicada a la atención de los niños lo escribió el propio Siurot con estas letras: Cuando el tren de mi existencia marchaba por la cuesta arriba de la elevación social, el genio de mi destino levantó los raíles de la vía y allá me fui por el terraplén abajo, para encontrar en el fondo del valle no el grito de la catástrofe, sino el fragor humano de la lucha por los niños pobres y abandonados, en cuyos ojos preguntones, bocas hambrientas, pies descalzos, en cuyas lágrimas y risas he acabado de aprender la trabazón sentimental del alma del pueblo. Durante 30 años trabajó gratuitamente en las Escuelas del Sagrado Corazón, fundadas por el beato Manuel González García, y creó un internado de maestros.

Fue un laico comprometido con la Iglesia, que su motor fue el Evangelio; un católico de vanguardia contrario a las medias tintas y a las conveniencias particulares, permaneciendo toda su vida al servicio de la Iglesia; uno de los seglares católicos más preclaro de la primera mitad del siglo XX. Siurot ocupa un lugar destacado en la historia de España como pedagogo, y es considerado apóstol de la infancia. En los albores del siglo XXI, el Obispado de Huelva ha constituido una comisión para su beatificación.

Orígenes modestos

Manuel Siurot nació en La Palma del Condado, localidad de la provincia de Huelva, el 1 de diciembre de 1872. Sus padres eran José Siurot Ruiz, herrador lebrijano que estudió veterinaria en la Escuela Libre de La Palma, y Lutgarda Rodríguez Caro, que le marcó afectiva y religiosamente. Refiriéndose a ella, Manuel Siurot dijo: Mi vida era, cuando niño, como una aurora blanca de fe: Dios era el sol de esa aurora; y mi madre, su ángel.

Manuel vivió en el hogar paterno las esencias del mensaje evangélico. Sus padres cimentaron en él una recia espiritualidad. Las cosas que mi madre me enseñó están grabadas a fuego en el frontispicio de mis convicciones…

En su tierra natal –limpia como una joya y blanca como una pincelada de sol- se forjó el espíritu sensible y cultivado de Manuel Siurot. Mi alma -diría- se formó con las esencias palmerinas y mis huesos con la cal del agua de la Fuente Vieja. La Palma troqueló de manera indeleble su alma: Mi pueblo es para mí una página sentimental escrita en el corazón con todos los perfumes de la infancia.

Con acento filial escribió de su pueblo: “La bella y luminosa torre de la Palma es como un madrigal que la tierra entusiasmada le tira al cielo”…, parece una oración de gracia y luz, la iglesia, un monumento de la piedad y el arte, y la población, una acuarela blanca, rodeada del oro de las viñas y del gris de los olivares. Y a sus paisanos les aplicaba, como nota más relevante, la bondad: Quien dice La Palma, dice calles blancas, piso limpio, caras de hombres buenos, caras de mujeres honestas y bonitas…

Durante toda su vida guardó en su memoria con inmenso cariño los recuerdos de su infancia. La Palma es muy bella. Nací en la popular calle Sevilla y me crié en ella. Jugué con los chiquillos de la Vega… Pasé mi niñez en Gibraleón. Las pedreas, los juegos, las novias (¡novias de los diez años!) están como grabadas al fuego en mi memoria.

En 1881, cuando contaba 9 años de edad, se trasladó con su familia a otro pueblo de la misma provincia, cercano a la capital, Gibraleón.  Tras vivir 5 años en Gibraleón y recién estrenado el año 1887 la familia se trasladó de nuevo, esta vez a Huelva, que en aquella época no alcanzaba los 20.000 habitantes.  En esa tierra, abrazada por el Tinto y el Odiel, echó raíces su incipiente pero auténtico onubensismo. Aquí en Huelva -dijo años más tarde- nacieron mis ideas y tuve la lucha por el porvenir. Aquí nacieron amores que me dieron un hogar…

Y en Huelva, Manuel, con 15 años de edad, inició sus estudios de bachillerato en el Instituto Provincial. En esa etapa de su vida tuvo que alternar el estudio con el trabajo de herrador para ayudar a su padre. Nunca renegó de sus orígenes modestos y en unos juegos florales celebrados en Sevilla, en el año 1917, lo contó con orgullo: Yo aprendí a martillar en la bigornia de mi padre, cuando corrieron por mi frente, junto a las primeras nociones del mundo, las primeras gotas del sudor del trabajo: yo aprendí las primeras páginas de los libros de mis estudios, alumbrado por el resplandor de la fragua del taller. Yo he dormido cansado y gustoso en el lecho tranquilo de la pobreza honrada.

En 1892, año del IV Centenario del Descubrimiento de América, acontecimiento muy celebrado en los lugares colombinos de Huelva, con la asistencia de la Reina Regente María Cristina, Manuel Siurot, a la edad de 19 años, obtuvo el grado de bachiller con las máximas calificaciones. En ese mismo año se matricula en el curso preparatorio de Derecho en la Universidad Literaria de Sevilla. En la ciudad hispalense residió durante los tres primeros cursos de licenciatura que hizo en la Facultad de Derecho. Los dos últimos años de la carrera de leyes los hizo desde Huelva como alumno libre, debido a las estrecheces económicas de su familia. Yo sé por experiencia propia la fatiga y los anhelos de los estudiantes pobres que han de estar entregados de día al trabajo material y han de robar por la noche horas de descanso para ilustrarse y cumplir los deberes del ministerio de sus estudios. Se licenció con un sobresaliente en el ejercicio de Grado de Licenciado. En 1897, con 25 años, era abogado. Ejerció la abogacía en Huelva durante más de 10 años.

Cristiano comprometido

A pesar de la sólida formación cristiana recibida en el ambiente familiar, los embates de la juventud removieron en el joven Siurot los sillares de sus creencias, empujándole hasta el salón de moda de los libres pensadores. Eran los tiempos de mi primera juventud -dijo años después-. La vanidad y el mundo tenían mi pensamiento separado de lo sobrenatural… Visitado por el dolor moral, sentí un deseo irresistible de acudir a Dios… Sí, la semilla del hogar había caído en buena tierra. Y Siurot se unió a un grupo de católicos onubenses, cuyas actividades -inspiradas en los principios evangélicos- constituyeron un modelo de iniciativa social.

Manuel Siurot fue un cristiano comprometido. El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Las palabras de Jesús se cumplieron en Siurot, que aceptó gustoso la invitación del Divino Salvador. Renunció a todo lo material que la vida le ofrecía en aquellos momentos y abrazando la cruz del sacrificio, colocó en el Divino Corazón de Jesús todo su pensamiento y su vida, honrándolo por cuantos medios estaban a su alcance, luchando sin parar por el pobre y para el pobre. Cuando ya no podía personalmente paliar las carencias de los humildes, acudía a Jesús Sacramentado con devotas oraciones y suplicaba a los ricos, tocándolos en el corazón, para que le ayudaran a remediar el hambre de los necesitados.

Su gran amor al Sagrado Corazón de Jesús le llevó a decir: Sólo el sufrimiento nos acerca a Dios, no hay más que la Cruz de Cristo para salvarse, sin dolor no hay salvación… No quiero salud completa, ésta puede alejarme de Dios; quiero mejorar, pero no sanar del todo; quiero que el Señor me deje clavada una banderilla de fuego que sólo me deje trabajar aun más intensamente por mis pobres…

Era miembro de la Adoración Nocturna, perteneció a la Conferencia de San Vicente, fue cofundador del Centro Católico Obrero y daba clases a adultos. También destaca en su vida su devoción a la Virgen, verdadero pilar espiritual suyo. Él llevó siempre una vida mariana y propagó cuanto pudo la devoción a la celestial Señora. También visitó los más afamados santuarios marianos. Santa María fue en todo momento su consuelo y esperanza. Su cariño a la Madre de Dios lo demostró de mil maneras hasta en las dedicatorias que ponía en sus libros. Una de ellas es la siguiente: A la vida, dulzura y esperanza nuestra; a la Inmaculada Virgen milagrosa, porque es la niña de los ojos de Dios, amor de la tierra, gala de los cielos y luz de las cumbres divinas, dedico este libro.

Fue hermano mayor de las Hermandades onubenses de la Cinta y del Rocío. Era un rociero de los buenos, de los que amaban a la Señora de veras, de los que asistían a aquel Rocío sencillo, piadoso y penitente. Se unió estrechamente con el hinojero don Juan Muñoz y Pavón para conseguir la coronación canónica de la imagen de Nuestra Señora de la Rocina. Y un auténtico cintero. En una de las lápidas que hay actualmente en el Santuario del Conquero está este pensamiento de Manuel Siurot: Septiembre es el mes huelvano por excelencia. Agosto, colombino universal. Septiembre es íntimo, familiar, choquero. ¡La Cinta!  

Carácter distintivo de su vida auténticamente evangélica es que habiendo conocido la prosperidad económica y el reconocimiento social, emprendió el camino de la humildad y del sufrimiento, siguiendo la enseñanza del Maestro: Que quien ama a Dios ame también a su hermano. Se desprendió de todo lo terreno y hasta de sí mismo, para cumplir lo mejor posible el Mandamiento nuevo del Señor. Su cristianismo fue lo que le empujó a una gran actividad social que compaginó con su obra pedagógica de enseñar a niños y maestros.

El fundamento de toda su vida residía en el amor de Dios. Su vida interior estuvo polarizada por dos grandes amores: la Eucaristía y la Virgen. Su veneración al Santísimo Sacramento era el motor de toda su obra. La Sagrada Eucaristía le servía de estímulo para seguir amando al pobre. Era de comunión diaria, en una época en que esta práctica no era nada corriente.

Su tiempo

En la época que le tocó vivir -época complicada y difícil de España, reflejada en las corrientes literarias del momento- se mezclaban los cantos de sirenas del industrialismo y del progreso con las lágrimas amargas de una gran parte de la población, pobre e ignorante. Siurot supo denunciar las desigualdades injustas, por lo que se convirtió en diana a la que apuntaban directamente tirios y troyanos. Para unos era un reaccionario y para otros un elemento izquierdoso camuflado. Pero en realidad era solamente un hombre bueno, un discípulo de Jesús, al que veía constantemente en sus hermanos más pobres y necesitados. Dios mío -preguntaba públicamente- ¿cómo viven los pobres? ¡Qué vergüenza para los ricos que los pobres vivan como viven y cuánta responsabilidad tenemos todos delante de Dios!

Eran años en los que en Europa el utilitarismo lo había invadido todo. Años de soberbia y de escándalos: la vida muelle de la burguesía no pudo ocultar la cara sórdida de la existencia de la clase obrera. Mientras unos (pocos) lo tenían todo, otros (muchos) no tenían nada. Con fortaleza y claridad alzó su voz para decir: Yo digo que todo esto del progreso es mentira y toda esta civilización, una farsa, y todas las altanerías sociales, un insulto, mientras haya niños que tienen que llorar, sufrir y avergonzarse para pedir de comer.

Con voz profética vio a una Europa que yacía entre las cenizas del materialismo, hedonismo, y con ausencia de los valores cristianos: En Europa, los hombres, en su mayor parte, han cortado por completo sus relaciones con lo sobrenatural; no queda más que lo temporal (…). Lo característico de la vida moderna es el escándalo.

La situación de España no era menos dramática. Los vocablos escuela y despensa sintetizaron las dos dimensiones del hambre que padecía la gran mayoría de los españoles. El constante pesimismo que generaba tal situación hizo surgir un grupo de españoles -entre ellos, Manuel Siurot- que se propuso regenerar el país. El palmerino, con una pregunta que era toda una denuncia, decía: ¿No es perfectamente estúpido que, estando en nuestras manos ser más buenos, más cultos, más dignos, más puros, más hombres, nos empeñemos con necia y sucia labor de escarabajos en hacer la vida más infeliz cien veces de lo que naturalmente es?

Aquel ambiente de su época le acercó a los pobres, no con el orgullo de dar, sino con la fraternidad de servir, y le llevó a dedicar su vida y su patrimonio al servicio de la regeneración social, humana y moral de la sociedad de sus días. Se comprometió con ahínco de apóstol a los desheredados de la fortuna para sembrar la fe y la cultura mediante una copiosa labor en la realización de una gran obra social y de caridad cristiana. Como el mejor de los paladines sociales, puso sus manos en la mancera hasta dejar amorosamente su último aliento en la besana de una tierra que soñó siempre más feliz.

Formación de un hogar

El 6 de octubre de 1901 Siurot contrajo matrimonio con Manuela de Mora Claros, joven perteneciente a una distinguida y adinerada familia de Huelva, con la que tuvo una hija. Ella será quien le ayude durante años con su abnegación y su patrimonio a realizar su altruista labor docente. Así lo reconocía Siurot y así lo confirmó Antonia, única hija del matrimonio: Toda la obra de mi padre se debe a mi madre, que era una santa. Ella era el alma de todo.

Doña Manuela –Manolita la llamaba cariñosamente su marido- fue una gran mujer, un ejemplo a seguir de mujer cristiana abnegada y humilde; vivió dedicada totalmente a su familia y apoyó sin reserva la gran labor de apostolado de su marido. Sufrió con él, compartió con él, sacrificó sus ausencias por él para que pudiera dedicarse en cuerpo y alma a esa labor heroicamente hermosa como fueron los niños pobres. Nunca tuvo la menor queja en los días de soledad a pesar de que, para cualquier esposa, la compañía de su marido es de gran importancia y necesidad. El propio Siurot dijo de ella: Dulce compañera, te robé muchos ratos de hogar para dedicarlos a los niños pobres de la escuela. Los niños pobres y yo, estamos en deuda contigo.

Para Siurot su mujer fue consuelo en los momentos duros y amargos. El brazo que sirvió de apoyo para fortalecerle en las horas difíciles de tormenta y negrura; fue consejera cuando surgía una indecisión; fue mujer generosa que no dudó en ayudar a su marido en los de aprietos económicos, como lo prueba el gesto de deshacerse de un piano que había pertenecido a su familia para aliviar a su marido en un momento de apuro económico para la escuela.    

La donación sin límites a los pobres no restó ni un ápice el amor de Siurot a los suyos. Entre ingenuo y pícaro a la vez, sentaba a Antoñita sobre sus rodillas para embelesarla con sus recuerdos y ocurrencias. Siempre amó y defendió la vida familiar. Su convencimiento tenía hondas raíces, alimentadas de forma ejemplar, que le marcaron en lo más íntimo de su ser, en el hogar que le vio nacer.

Llegada a Huelva de un joven sacerdote

Durante la vida de Manuel Siurot la provincia de Huelva entera pertenecía a la archidiócesis de Sevilla, y su capital era entonces, en términos pastorales, una ciudad difícil. El 1 de marzo de 1905, el arzobispo de Sevilla, el beato Marcelo Spínola, decidió enviar a la ciudad del Tinto y del Odiel a un joven sacerdote llamado Manuel González García como párroco de la Parroquia Mayor de San Pedro. Y tres meses más tarde, don Manuel es nombrado arcipreste de Huelva. Años más tarde, aquel sacerdote será obispo de Málaga, primero, y de Palencia, después, pero siempre será conocido como el Arcipreste de Huelva. Hoy día se le venera en los altares, pues fue beatificado por Juan Pablo II el 29 de abril de 2001.

El encuentro de don Manuel González con Manuel Siurot fue providencial para la ciudad onubense y para los niños pobres. Huelva entonces vivía en una auténtica etapa de colonialismo, ya que las Minas de Riotinto estaban en auge, pero la riqueza salía al extranjero. Sólo el 38 por ciento de los niños en edad escolar estaban matriculados y no existían escuelas ni maestros que los pudieran atender. Además, la acción conjunta del laicismo masónico, las injusticias sociales, la influencia protestante, y los brotes violentos del extremismo anticlerical, había debilitado de forma alarmante la vida religiosa de la ciudad. Como consecuencia de todo esto, la indiferencia religiosa era creciente y llamativa, tanto en los adultos como en los niños.

Los dos Manueles (Manuel González y Manuel Siurot) eran como dos cuerpos con una sola alma. Al conocer al nuevo párroco de San Pedro, quedó Siurot conquistado por el influjo personal de aquél. Y a su vez, el joven sacerdote, que veía las excepcionales dotes de Siurot y la gloria que podía dar al Corazón de Jesús poniéndolas a su servicio, lo hizo colaborador suyo en las obras de acción social católica que emprendía en Huelva, al mismo tiempo que iba conduciendo su alma hacia las alturas de la vida sobrenatural.

Siurot era el otro yo de don Manuel y viceversa. La inquietud social de don Manuel González se hizo voz y acción en Siurot. El arcipreste contó con él para todo, como católico y como abogado. En 1907 los dos viajaron a Granada y visitaron las Escuelas del Ave María del sacerdote Andrés Manjón. Siurot quedó impresionado viendo al anciano sacerdote celebrar la Santa Misa, predicar a los niños, haciéndose él mismo niño. Incluso soñó con que Manjón le daba un sobre y le decía que no lo abriera hasta que se terminaran las escuelas que hacía don Manuel González en Huelva. Siurot dio el siguiente testimonio de Andrés Manjón: Aquel viejecito lo había todo. De canónigo se hizo maestro, de rico se hizo pobre, sí, pobre, hasta no tener que comer muchos días, y todo por los niños, todo por la ardiente caridad del Crucificado que en Manjón había tomado aquella forma. Dinero, carrera, prestigio, voluntad, todo lo había dado, todo lo tenía gastado, menos el corazón. El misterioso sueño de Siurot se desveló el 25 de enero de 1908, día que el arzobispo de Sevilla, cardenal Enrique Almaraz y Santos, inauguró las Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús, en el barrio de San Francisco. Siurot colaboraría plenamente en las recién creadas escuelas, en aquellas escuelas que se llenarían de niños pobres, los desheredados de la fortuna. Descalzos, mal alimentados, con las carnes amoratadas por el frío.

Su vocación de maestro

A la bendición de las Escuelas acudieron 500 niños pobres y su comportamiento fue poco ejemplar, verdaderamente cafre. Entonces el arcipreste dijo a Siurot: Hermano, esto es horrible, es barbarie que hay que matarla con maestros que se entreguen con alma y vida y corazón. ¿Dónde están los maestros, Dios mío?¿Qué sabe usted de maestros? El interpelado miró entonces a una imagen de la Virgen y rezó una breve plegaria. Después, según sus palabras: Y tuve la visión cierta de que se había abierto el famoso sobre y que decía allí dentro: Los niños pobres te esperan. Y dijo a la Virgen: Por ti Madre mía y se abrazó a don Manuel González diciéndole: ¿Me quiere usted aceptar como maestro? Y el abogado de carrera prometedora se convirtió entonces en maestro. Siurot había cambiado la toga por el pupitre pobre de una escuela. Más tarde, Siurot mismo contó: La dirección de mi vida, orientada hacia la escuela y los niños, me apartó del camino de las grandes posiciones en la sociedad… Yo ansiaba ganar dinero y anhelaba aplausos y mi gloria. Pero salió al encuentro mío, en el camino de la vida, el dolor, y me uní al fragor humano de la lucha por los niños pobres y abandonados. Después de conocer sus miserias, su frío y su hambre, lo que hice fue la cosa más natural del mundo… Hay que vivir con el pobre, más cerca del pobre. Únicamente así agradaremos a Dios y habrá paz en el mundo.

En 1916 don Manuel González dejó Huelva, pues había sido nombrado obispo auxiliar de Málaga. Tras la marcha del arcipreste, Manuel Siurot asumió la plena responsabilidad de las Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús, manteniéndolas en funcionamiento hasta su muerte.

Su pedagogía

Para entender la pedagogía de Siurot hay que adentrarse en su pensamiento sobre los niños. Algo deben tener los niños de divinos cuando el Maestro inmortal de los siglos ha exigido parecerse a ellos para dar la entrada en su Reino. Al maestro le exigía para que hiciera lo mejor posible su tarea educativa conocer bien a sus alumnos. Para educar, me parece poco todo el conocimiento que de los niños tenga el educador. Además, debía ganarse a los pequeños con mansedumbre y caridad, no con golpes y castigos. En cada niño tiene la sociedad una alcancía para el porvenir. Si echa en ella insultos, hambre, injurias, fríos, durezas, egoísmos y porrazos, cuando venga la pubertad y se rompa la hucha, es lo más probable que de allí salga una fiera. Por el contrario, si echa allí dentro dulzura, pan, caricias y amores cristianos, es lo más probable que de allí salga un hombre. En las escuelas siurotianas estaba prohibido pegar a los niños y el maestro debía ser alegre y jugar con sus alumnos.

En el camino al amor a los niños que necesariamente ha de recorrer el maestro señalaba tres etapas distintas: primero, una gran simpatía; segundo, un gran cansancio; y finalmente, un gran amor hacia ellos. Amor y cariño apoyados en el conocimiento que de los niños se va teniendo, y que va creciendo en la medida que el tiempo avanza. La pobreza de nuestros niños nos obliga a una pedagogía complicada con la necesidad de dar a las criaturas pan y corazón; ropa para que se abriguen sus cuerpos, besos para que se abriguen sus penas y mucha intimidad cariñosa.

Buen conocedor de la infancia sabía que en los niños había cosas de ángeles y cosas de demonios, por eso insistía debemos defender la integridad de las primeras y hacer todo lo posible para destruir las segundas. Su pretensión era hacer hombres de bien. Es preciso ser culto -reclamaba Siurot-. No exigimos una cultura extensa de sabio, sino cultura moral, religiosa y humana; enseñanza sana de derechos y deberes, adoración del amor fraternal que todos los hombres nos debemos, según la ley de Dios, y respeto sentido y afectuoso del derecho ajeno.

Sus ideas sobre la enseñanza de los niños es el tema de su primera obra de contenido pedagógico, escrita en el año 1910, titulada Cada Maestrito, y con un curioso subtítulo: Observaciones pedagógicas de uno que no ha visto en su vida un libro de pedagogía. En ella estudia Siurot las experiencias pedagógicas observadas en sus escuelas, tratando ciertos problemas de análisis, meditación y experiencia, desde el punto de vista del maestro. Está escrita con un estilo brillante, sencillo y claro, sin emplear neologismos, en el se resume la idea y el sentimiento de un pedagogo sin preparación científica, pero que adquiere una gran experiencia del trato humano con los alumnos.

Tres años después, en 1913, escribió otro libro –Cosas de niños-, también de carácter pedagógico, que viene a ser la continuación del anterior. Va dirigido a los niños, se introduce en su alma estudiando sus maravillosas reacciones y la psicología infantil. El libro, ligero y agradable, hace pensar y sentir, y es muy útil para padres y educadores por las normas que contiene sobre educación infantil.

Al final de su carrera de pedagogo, Siurot decía a unos doce mil maestros que lo homenajeaban: Os autorizo para que os riáis de mi sistema de enseñanza. No hay tal sistema. Hay sólo experiencias prácticas. Su humildad explosionaba así, pero cierto es que su forma de enseñanza era nueva, que sus alumnos aprendían; que su labor era bien acogida y hasta alabada por todos. En una ocasión el rey Alfonso XIII, dirigiéndose a la hija de Siurot, le dijo: Mira, las escuelas son estupendas, pero tu padre es único. Otro testimonio sobre la labor pedagógica de Siurot es de su contemporáneo y comprovinciano Juan Francisco Muñoz y Pabón dijo: Pido a Dios que en cada escuela haya un Siurot, es decir, un pedagogo de primera fuerza y, como tal, un apóstol y un apologista, un moralizador de costumbres, un hombre de Jesucristo, que pasa por el mundo haciendo el bien, como el Divino Modelo.

La obra de Manuel Siurot, pese a no contar con los medios de comunicación modernos, saltó las fronteras onubenses y sevillanas y transcendió a Madrid y al resto de España, y cruzó los Pirineos y el océano Atlántico. The Times escribió: Si la fama de este sistema pedagógico promovido por Manuel Siurot no ha llegado aún a Inglaterra, sólo se debe a que su modestia no busca la publicidad. En la revista de Nueva York Scholand Society se publicó un informa sobre las Escuelas del Sagrado Corazón de Huelva, donde se afirmaba: Si Huelva y don Manuel Siurot, en vez de pertenecer a España pertenecieran a este país de la publicidad, de seguro que la fama tanto de Huelva como de don Manuel Siurot se hubieran extendido de otra costa primero, y después a los países extranjeros. En el periódico La Croix de París se escribió: Si el sistema de Manuel Siurot se extiende a todas las escuelas, España estará bien pronto regenerada. Y en el Mercurio chileno se escribió: Hay en Huelva un hombre de alma grande, apóstol de una fe social, que se llama Manuel Siurot.

Un viaje a la República Argentina

Siendo joven, Manuel Siurot tomó parte muy activa en el IV Centenario del Descubrimiento de América. Más adelante será Vicepresidente de la Real Sociedad Colombina Onubense. Su onubensismo le hizo defensor del papel primordial de la gente de Palos y de Huelva en la gesta descubridora de Cristóbal Colón. Defendió ante las más altas instancias de España el derecho histórico de su patria chica a ocupar el lugar de honor en todo lo concerniente al Descubrimiento del Nuevo Mundo. Su argumento era contundente: América vive en la provincia de Huelva. En la patria de los Pinzones está la patria de todo americano. Hoy su voz, aunque apagada, sigue clamando por este derecho histórico con sabor a mar océana y a hombría huelvana.

Escribió numerosos artículos en torno a la epopeya del Descubrimiento, entre ellos, uno titulado: El triunfo de las carabelas, que le valió en 1926 el premio nacional “Mariano de Cavia” de periodismo. Y como síntesis de su ideal de fraternidad hispanoamericana, publicó La obra maestra de España. Éste era su pensamiento: La Patria no empieza en el Pirineo y acaba en el Estrecho. Eso será la Patria política. Hay una Patria que no puede borrar ni los tiempos ni las influencias extrañas.

En el año 1910 viajó a Argentina como miembro de la representación oficial de España en los actos celebrativos del I Centenario de la Independencia de aquella República sudamericana. Siurot representaba a la Real Sociedad Colombina Onubense. Su sentir hispanoamericano le acreditaba como gran americanista y el más prestigioso representante de Huelva en aquellas efemérides.

Enamorado como estaba de los Lugares Colombinos de su provincia, en una serie de conferencias y discursos, además de artículos aparecidos en los principales periódicos bonaerenses, dio a conocer el espíritu de La Rábida, aquel que impulsó a fray Antonio de Marchena y a fray Juan Pérez a apoyar a Colón en su viaje descubridor, y el mismo que hace que todas las naciones iberoamericanas se sientan hermanadas. El espíritu que hizo que España diera a aquellos territorios de ultramar su lengua, su religión y su cultura, mezclando su sangre con la raza cobriza, para crear un nuevo hombre y una nueva raza hispanoamericana. América desconoce a La Rábida (salvo honrosas excepciones), pero nuestra labor ha de ser ésa: que La Rábida sea conocida por todos. (…) Colón es una idea y una voluntad decidida. Palos es la mano de obra del Descubrimiento, la realización práctica de aquella idea; La Rábida es el nido donde se cobijaron las esperanzas rotas y se encendieron luces apagadas en la lucha. Para él, La Rábida podría servir de nexo entre América y Europa: La Rábida representa la idea de la raza. Los pueblos americanos representan el momento lleno de fecundidad y grandeza en la evolución de aquella idea. Sus discursos en el país de La Plata arrancaron lágrimas de muchos y los aplausos de todos.

Internado de maestros   

En 1919 Siurot fundó el Internado Gratuito de Maestros “La Milagrosa”, donde chavales inteligentes, pero pobres, sin ningún recurso económico, y de buena conducta cristiana, se educaban, estudiaban y acudían a la Escuela Normal para recibir la enseñanza y lecciones de magisterio. Hasta 1934, allí se les dio una formación completa que propició la renovación de las enseñanzas escolares. Más de 130 maestros salieron del Internado de “La Milagrosa”.

 El balance de Siurot fue una vida entregada a los pobres y treinta años trabajando sin cobrar una peseta; 25.000 alumnos educados en las Escuelas del Sagrado Corazón, y en las de El Polvorín y Santuario de la Cinta.

De su obra, buena y solidaria, hay que decir que no sólo consumió en ella su brillante porvenir, sus disponibilidades económicas, sus energías físicas de atleta, sino que la cuidó y la vivificó día a día y gota a gota, con amor de humanidad intensísimo, único capital de Siurot que no llegó a consumirse porque era inacabable. Todo lo demás lo gastó generosamente para dar a los más necesitados pan y corazón, y romper para siempre las cadenas opresoras y denigrantes de su infortunio.

Neutralidad política

En el corazón de Manuel Siurot cabían todos. Por eso no militó nunca en ningún partido político, permaneciendo al servicio de todos en actitud democrática. En el pueblo nací, en él vivo y en él quiero morir. No actúo ni actuaré en política mientras vivan mis Escuelas y esté yo con ellas… Además, ni entiendo ni quiero, ni tengo vocación para la política. Su única política, nacida de su fuerte compromiso cristiano, consistió en hacer el máximo bien, especialmente a los pobres y necesitados. Mi democracia está más en el corazón que en los labios, pues ella existe donde haya uno y otro hombre capaces de relacionarse por el corazón. Se acercó a todos y en todas las circunstancias: al obrero y al patrono; al anciano y a la viuda vergonzante y, sobre todo, a los niños pobres, que eran como las niñas de sus ojos. Su afán era atender a los desfavorecidos y la educación de la infancia humilde de Huelva.

Y así lo hizo. En la huelga de los mineros de Riotinto de 1913, repartió 6.506 comidas a los hijos hambrientos de los huelguistas. Entre 1914 y 1915, con motivo de la Gran Guerra Europea (la I Mundial), entregó 88.355 raciones de comida a los niños pobres. Y en la huelga de Riotinto de 1920 buscó limosnas por toda España y América para dar de comer a más de 800 niños durante 5 meses, superando las 100.000 raciones, para que sus padres pudieran pactar con la empresa sin sentirse coaccionados por el hambre de sus hijos.

Fiel a sus convicciones, el humanista onubense renunció en varias ocasiones a cargos nacionales en el Ministerio de Instrucción Pública e incluso el de Inspector General de Enseñanza Primaria de la República Argentina. Ello no fue óbice para atender los requerimientos que la nación o las necesidades sociales le demandaban.

En 1927, Manuel Siurot aceptó ser miembro de la Asamblea Nacional, dejando antes claro su absoluta neutralidad política, de la que hizo gala durante el tiempo que ocupó su escaño parlamentario. En más de una ocasión su voz se oyó aludiendo a Huelva y a la educación. Es lo más natural del mundo que yo defienda a Huelva -comentó alguna vez-, pues a la justicia se me une el cariño. Su crítica fue siempre elegante y didáctica. El problema de España -dijo en otra ocasión- es un problema de personas, de españoles… Las ideas políticas no certifican una buena o mala conducta. Para gobernar hacen falta honestidad, talento, patriotismo, cultura equilibrada, corazón y calzones. Ahora hacen falta también enaguas. Sus palabras, a veces, no eran bien recibidas por algunos profesionales de la política. Éstos, heridos en su vanidad, solapadamente buscaban la ocasión para ensombrecer la talla humana de Siurot. Él, valientemente, salía al paso: Si patrocinar a los niños hambrientos y alimentar a las pobres mujeres para que sus pechos exhaustos manen el licor de la vida es sindicalismo, yo soy sindicalista con todo mi corazón.   

Para hacer el retrato político de Siurot, servirían de lienzo las palabras del pintor Eugenio Hermoso: De tal forma era atrayente aquel buenazo y simpático amigo, Siurot, que hasta hombres de ideas contrarias a las suyas, católicas a marchamartillo, le seguían, le adoraban y… acababan por claudicar “siurizándose”.

Su amistad con el rey Alfonso XIII y con la Casa Real española le enmarcó en el monarquismo, pero sin perder un ápice de su neutralidad política.

Su obra literaria

La obra literaria de Siurot es extensa y variada, como su propia personalidad. Fue poeta, escritor, periodista, pedagogo, orador… Además de sus libros, escribió numerosos artículos periodísticos, publicados en diversos diarios de Huelva, Sevilla y Madrid, y en las revistas El Granito de Arena y Cada Maestrito, esta última fundada por él en el año 1918.

Los libros de contenido pedagógicos son: Cada Maestrito, Cosas de niños, Luz de las cumbres y resplandores de la Cruz, obra de meditación espiritual, que resume su intensa religiosidad, su suprema exaltación del espíritu, muy en línea de las mejores obras de la literatura mística española, y Filosofía en gotas, que es un trabajo bonito, esencia de perfume cristiano, observándose en el libro las inquietudes espirituales del autor. Los otros libros son de temas diversos: La romería del Rocío, que fue escrito en 1918 como prólogo a la coronación canónica de la Virgen del Rocío. Esta obra tiene un gran valor histórico, pues es la primera obra literaria que se escribió sobre la Romería del Rocío. La emoción de España, en el que narra el viaje que cuatro alumnos y un profesor realizan por España, examinando la geografía y la historia, el arte y la psicología de cada ciudad. Con esta obra trató de crear y educar el amor de España tan desarraigado en su tiempo. Sal y Sol es una obra simpática y humorística, que recoge una serie de episodios cortos, verídicos, donde se describe la gracia de los trabajadores del mar, honrados marineros del Golfo de Onuba, y las ingenuidades de los chiquillos de Huelva. Mi relicario de Italia, es un libro de sus recuerdos artísticos del viaje que realizó a Italia en 1904 con motivo del quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. La obra maestra de España, escrito en 1930, y en el que trata con objetividad la gran obra cultural de España en América. España, Las Castillas, en esta obra trata de la grandeza de España y la grandeza de Castilla, describiendo la vida, el color y el ambiente de Burgos y el Cid, Ávila y Santa Teresa, Segovia, Madrid, Toledo, etc. La nueva emoción de España, escrito en 1937, es una adaptación al momento presente -1937, en plena guerra civil- de su anterior obra (La emoción de España), después de catorce difíciles años transcurridos, en los que España había sufrido dolores y desgarros, mutilaciones y ríos de sangre y muerte. ¡Salaos son! Tipos de gracia, son episodios verídicos a los que adornó con su fino ingenio.

Siurot fue un extraordinario periodista. Escribió en ABC, de Madrid y Sevilla, Blanco y Negro, El Correo de Andalucía, El Debate, La Unión y Diario de Huelva. Pero también es de resaltar su obra oral, sus importantes discursos y conferencias por muchas ciudades de España y del extranjero, donde puso de manifiesto sus grandes y elocuentes dotes oratorias. En ellos explicaba sus métodos pedagógicos, o defendía la enseñanza de la Religión en las Escuelas, ante la corriente que trataba de implantar el laicismo escolar. En otra ocasión habló sobre la obra mística de Santa Teresa de Jesús, en una conferencia titulada Florales y Teresianas, pronunciada en la Universidad de Salamanca. Una vez fue el Mantenedor de los Juegos Florales de Sevilla; otra, el que pronunció el discurso -titulado Madre Cristiana- con que se inauguró el Congreso de Educación Católica, en el Teatro Real de Madrid, con asistencia del rey Alfonso XIII, del Gobierno de la nación y de destacadas personalidades de la vida educativa española. En la Asamblea Nacional habló un día en defensa de los maestros, cuyo sueldo era realmente de hambre, y otro, defendiendo el aumento de los presupuestos de Educación en España. En 1938 fue nombrado miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y el tema de su discurso de ingreso fue Sevilla la lírica.

El final de una vida

Los últimos años de su vida fueron más bien amargos. Ya en la II República, implantada en abril de 1931, fallaron las ayudas para las escuelas y con el inicio de la guerra civil en 1936, vendría su destrucción y la persecución a Siurot.

Cuando tenía 56 años, circunstancias familiares y de salud le llevaron a Sevilla, a la que quiso como una novia. Aunque se acercaba a Huelva con asiduidad, la enfermedad fue reduciendo las posibilidades de desplazamiento, pero no su cariño. Cuando llego a los sesenta años, vuelvo los ojos atrás y contemplo mi vida entera dedicada a trabajar por Huelva. He gastado mi vida en el interés de Huelva. Y así fue. Hasta el final de sus días su credencial de presentación estuvo firmada con estas palabras: Manuel Siurot Rodríguez. Huelva.

Siurot se durmió en el Señor en el año 1940, después de una vida dedicada a ver a Jesús en los niños y los pobres. Sus últimas palabras fueron éstas: Jesús mío, Tú eres la Resurrección y la Vida; Tú eres la Verdad; la única Verdad, Tú, Jesús mío.

El epitafio de su primera sepultura decía así: Manuel Siurot Rodríguez murió santamente en Sevilla el 27 de Febrero de 1940. Para honrar el santo e imperecedero recuerdo de este hombre ejemplar, que siendo por tantos y justificados títulos ilustre y excelentísimo, quiso con evangélica humildad llamarse hasta el último instante “maestro de niños pobres”, como timbre más alto de su cristiana ejecutoria.

En la actualidad está enterrado en la Capilla Bautismal de la Iglesia parroquial de La Palma del Condado. Así lo indica una lápida: D. Manuel Siurot Rodríguez, insigne Pedagogo, elocuente orador y eximio escritor, que consagró toda su vida a la educación cristiana de los niños pobres. Nació en La Palma del Condado el 1 de Diciembre de 1872, falleció santamente en Sevilla el 27 de Febrero de 1940. Al lado de la pila donde recibió las aguas bautismales, reposan sus restos mortales. La Palma XXVIII de Junio MCMXCVII.

 

 

 

 

 

 

Miércoles, 26 de febrero de 2014

Miércoles, 26 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Efemérides

Muere en Roma tal día como hoy del año 1930 el cardenal Rafael Merry del Val. Fue Cardenal Secretario durante el pontificado de san Pío X.

Semblanza

Cardenal Secretario de Estado

Los motivos de una decisión

San Pío X siguió la vieja costumbre de crear cardenal al secretario del cónclave en el cual había sido elegido papa. Y además lo escogió como Secretario de Estado. La persona elegida fue Rafael Merry del Val, hombre muy culto, tan piadoso como sagaz diplomático. El mismo Papa dio explicaciones de su decisión al cardenal francés Mathieu: He escogido a monseñor Merry del Val por ser políglota. Habla correctamente cinco o seis lenguas. Nacido en Inglaterra, educado en Bélgica, diplomático en Viena, español de nacionalidad, conoce los asuntos de muchos países. Un santo sucede a otro santo. Es muy modesto.

Vocación sacerdotal

Rafael Merry del Val nació en Londres el 10 de octubre de 1865, en el seno de una familia aristocrática española. Tras cursar sus estudios secundarios en Bruselas, ingresó en la Universidad de Ushaw (Inglaterra), en donde se despertaría su vocación sacerdotal.

Era un joven buen deportista, apasionado por el tenis, el ajedrez, la equitación, la esgrima. Un día, su padre, el Marqués Merry del Val, diplomático de carrera, para probar la firmeza de los propósitos de su hijo de ser sacerdote, le dijo: ¿Cómo podrás ser sacerdote, Rafael, tú que eres tan amante de los deportes, de los juegos y de la equitación?, haciéndole ver que una vez que fuera sacerdote tendría que prescindir de ejercitar esas aficiones por falta de tiempo debido a la dedicación que le exigiría su ministerio. ¡Por Dios se puede y se debe sacrificarlo todo!, fue su respuesta firme y decidida.

Una audiencia papal

Un buen día de 1885 León XIII recibió en audiencia al diplomático español que fue acompañado por su hijo Rafael. El Papa estuvo afectuoso con sus visitantes, y después de un momento de diálogo se interesó por el joven, preguntando al padre: Y ahora, ¿adónde va este muchacho? La respuesta no se hizo esperar. Santidad, entra en el Colegio Escocés. Y nueva pregunta del Pontífice: ¿Y por qué el Colegio Escocés? El interpelado responde: Santo Padre, no habiendo en Roma Colegio Español, me parece el más indicado. El Colegio Escocés goza de buena fama y está situado magníficamente. Al oír esta respuesta, León XIII dijo como para sus adentros: Cierto que es un buen colegio y tiene un rector excelente… Y se quedó pensativo. Al rato añadió: Yo no quiero que vaya a ese Colegio. El sitio apropiado para él es la Academia Pontificia de Eclesiásticos Nobles. Éste es su ambiente.Santo Padre -se atrevió a replicar el Marqués Merry del Val-. Rafael es muy joven. Lo más conveniente para él es un seminario, donde esté sujeto a la disciplina necesaria para su formación. Este razonamiento no convenció a León XIII: De ningún modo. Mi deseo es que vaya a la Academia Pontificia de Eclesiásticos Nobles. Pero el ilustre visitante no estaba tampoco muy dispuesto a ceder: Santidad, ya está admitido en el Colegio Escocés. Creo que no está bien el volvernos atrás. Esto sería un trastorno. -Bien. Ya veremos, concluyó el Papa.

León XIII los despidió con una sonrisa y con exquisita amabilidad. Horas después, el embajador de España en Roma, Marqués de Molins, visitó a Merry del Val y le dijo: Traigo una noticia para ustedes. El Santo Padre me ha llamado y me ha comunicado que los que vienen a Roma deben obedecer al Papa, o de lo contrario, más vale que se marchen. Tanto el padre como el hijo lo comprendieron enseguida. La suerte del joven Rafael estaba echada. Entraría, según el deseo de León XIII, en la Academia Pontificia de Eclesiásticos Nobles.

En la Academia Pontificia de Eclesiásticos Nobles

La gran inteligencia de la que estaba dotado y el dominio de diversos idiomas que poseía le abrieron pronto al joven Merry del Val las puertas de las más altas distinciones académicas. En 1886 se doctoró en Filosofía, y cuatro años más tarde, en Teología. La licenciatura en Derecho Canónico la obtuvo en 1891. Distinguido por el afecto y la admiración de León XIII, éste le encomendó, aun antes de ordenarse, difíciles misiones, de las que el noble eclesiástico salió airoso.

En el año 1887, cuando contaba 22 años de edad, el Papa le nombró secretario de una comisión extraordinaria, presidida por monseñor Ruffo Scilla para presentar a la reina Victoria de Inglaterra la felicitación de León XIII con ocasión del quincuagésimo aniversario del reinado de la Soberana inglesa. El joven clérigo, pretendió, por humildad, eludir aquel honroso cargo. Santo Padre -rogó al Papa-, desearía no abandonar mi Academia, y cedo gustoso ese honor a otros que tienen más méritos que yo. León XIII, dándose cuenta de la humildad y sencillez del joven, respondió a la súplica: Hemos resuelto enviar a Londres precisamente a uno que no quiera.

El 30 de diciembre de 1888 recibió la ordenación sacerdotal. Secretario de diversas delegaciones pontificias antes las cortes europeas, fue nombrado en 1897 Delegado Apostólico Extraordinario en Canadá. El éxito alcanzado en la breve, pero difícil, tarea en dicho país y el gran predicamento de que gozaba en los ambientes romanos, junto con la creciente simpatía del Pontífice, explican que, en 1900, fuera designado Presidente de la Academia de Nobles Eclesiásticos.

Hábil polemista

Motivo especial de los desvelos ecuménicos de León XIII era el retorno de los anglicanos a la unidad de la Iglesia. Realizó con este fin diversas tentativas, entre otras, una interesante y emotiva carta dirigida a los ingleses –Ad Anglos-, del 15 de abril de 1895, en la que el sabio y celoso Pontífice recomendaba fervorosamente la unidad de las inteligencias y de los corazones en una sola fe. En la redacción de esta encíclica tuvo gran parte monseñor Merry del Val, buen conocedor del estado en que se hallaba Inglaterra respecto a la verdad católica y que compartía con el Santo Padre el deseo ardiente de convertir a la fe católica a la nación que le había nacer.

En el año 1896 León XIII nombró una comisión pontificia para que estudiase la validez de las ordenaciones anglicanas. Merry del Val fue nombrado secretario de la comisión. La tarea era muy delicada. La comisión celebró doce sesiones, revisó todos los archivos, utilizó todos los documentos, ponderó bien las cosas, e hizo un estudio profundo. Monseñor Merry del Val desplegó una actividad incansable. Su conocimiento de la legua inglesa y de la historia religiosa de aquella nación fue una valiosa ayuda para la resolución del problema.

Terminadas las sesiones, se comunicó al Papa el resultado de aquella vasta, diligente y concienzuda investigación. La conclusión fue una rotunda negativa. De ningún modo puede admitirse la validez de las ordenaciones anglicanas.  Con este informe, León XIII publicó la carta Apostolicae curae, en la que abiertamente declaraba de una manera tajante y definitiva la invalidez de las ordenaciones del clero anglicano.

Algunos hombres sinceros y rectos se convirtieron al Catolicismo, tales como el hijo del arzobispo de Canterbury, Robert Hugh Beson, clérigo anglicano que después de convertido se hizo sacerdote y adquirió renombre como novelista, y el notable predicador Vernon Johnson.

La carta Apostolicae curae levantó una gran polvoreda y una desorientación enorme entre los anglicanos. Hubo protestas y diatribas contra la Iglesia Católica. Merry del Val salió en defensa del Papa y de la Iglesia, teniendo una pública discusión con un ministro anglicano. En el desarrollo del debate habló el joven prelado con tanta fuerza de argumentos, con tan solidez de doctrina, que llamó la atención de cuantos oyeron sus palabras. Los anglicanos que se hallaban presentes no pudieron resistir sus razonamientos. Se sintieron anonadados ante la elocuencia de aquel vigoroso apóstol que supo defender prestigiosamente los derechos del Papa y de la Iglesia. Más tarde Merry del Val publicó un folleto replicando a otro que había publicado el ministro anglicano con el que había sostenido aquella pública disputa. Por último salió a la luz otro trabajo suyo, publicado con el título: A propósito de las ordenaciones anglicanas. Trabajo en el que manifestó su profundo estudio sobre la cuestión y que suscitó gran interés en la prensa católica y hasta en la protestante. Con estas actuaciones Merry del Val cobró gran fama de teólogo y de hábil polemista.

Secretario del cónclave de 1903

El 20 de julio de1903 murió León XIII. El Sacro Colegio Cardenalicio decide elegir a Merry del Val para secretario del cónclave del que saldría el sucesor del Papa difunto.

Durante la celebración del cónclave, al anunciarse el resultado de los primeros escrutinios, claramente se vio una tendencia de los votos hacia el cardenal Sarto, patriarca de Venecia, con gran disgusto de éste. En su agonía espiritual, puesto de rodillas en la capilla Paulina, rogaba a Dios y a la Virgen María que los cardenales no le votasen a él. Así pasó un rato, hasta que sintió que alguien le tocaba ligeramente en la espalda. Se volvió y vio al joven secretario del cónclave, el arzobispo Merry del Val, que se arrodillaba a su lado mientras le decía: Los señores Cardenales me envían para suplicaros que no rechacéis la elección si recae sobre vos. ¡Valor, Eminencia; tenga valor! Vos, que habéis tenido habilidad suficiente para pilotar tan bien la góndola de Venecia, la tendréis asimismo para conducir en Roma la barca de San Pedro.

El 4 de agosto de 1903 el Patriarca de Venecia, cardenal Sarto, fue elegido papa, tomando el nombre de Pío X. El nuevo Pontífice confirmó en sus cargos a todos los prelados de la Curia. La única excepción fue la de la Secretaría de Estado. Para este puesto de honor y de confianza, además de una gran responsabilidad, encontró un colaborador infatigable, complemento providencial de su personalidad: monseñor Merry del Val.

Desde el primer instante, Merry del Val había provocado un sentimiento de confianza y atracción en Pío X, quien, pese a sus reiteradas súplicas, en contrario, le designó su Secretario de Estado. El Santo Padre entiende el Pontificado como un puesto de lucha, de abnegación y de sufrimiento. Por esto, le dice a monseñor Merry del Val cuando éste se resiste a aceptar el cargo: Trabajaremos juntos y sufriremos juntos, por amor a la Iglesia. Y el 9 de noviembre de 1903 le concedió la púrpura cardenalicia a la edad de 38 años.

Al recibir el nombramiento de Secretario de Estado, Merry del Val esbozó el siguiente comentario: El nuevo Papa ha querido ser humilde hasta en la elección de su primera criatura.

Plena identificación con el Papa

La identificación de Merry del Val con el Papa fue total en toda la problemática y la obra de gobierno acometidas durante el pontificado de San Pío X. Especialmente compenetrados estuvieron en la crisis con la Hija Primogénita de la Iglesia, Francia. El Gobierno francés presidido por el masón Combes sacó la ley llamada de las cultuales, que era profundamente injuriosa hacia Dios. San Pío X sólo tenía dos alternativas: aceptarla, renovando el Concordato; o rechazarla, exponiendo a los católicos franceses a una persecución por parte de las autoridades gubernativas y a la expoliación fiscal. En todo momento el Pontífice contó con la valiosa ayuda de su Secretario de Estado. Cuando recibió copia de la ley francesa de manos de Merry del Val, la colocó sobre el altar de su capilla privada y aquella noche se la pasó haciendo oración. Al día siguiente, cuando el cardenal español le pidió la respuesta que había de dar al Gobierno galo, contestó con gran firmeza: Non possumus (no podemos), y añadió: Eminencia, mire al crucifijo: ¿Qué dice? Nos dice: Non possumus. Pues ésta es nuestra respuesta.

Caridad y fortaleza

Merry del Val era muy sensible ante los problemas de su época y abierto a todas las manifestaciones de la civilización moderna. Fiel a la ortodoxia, se mostró siempre muy firme ante las corrientes modernistas. Cuando tenía que corregir lo hacía con la fortaleza necesaria, pero sin faltar a la caridad, como refleja el siguiente hecho: Un día que salía de paseo se encontró con un cochero que blasfemaba horrorosamente contra la Santísima Virgen. Le reprochó sus palabras con enérgica dignidad, y tomándole el número del carruaje, le dijo que le denunciaría como transgresor de una disposición de la Ley Civil. El cochero quedó avergonzado, le pidió disculpas, suplicándole que le perdonase y le prometió que cambiaría de lenguaje.

Otro día, estando en Poggio Fidoni, en el valle de  Rieti, preguntó enseguida por el párroco, excelente sacerdote, y le respondieron que estaba fuera, pues se había dirigido a asistir a un moribundo. El cardenal expresó el deseo de visitar igualmente la iglesia. Al entrar allí, se arrodilló ante el altar mayor, diciendo una oración. Terminada la plegaria, se levantó y, mirando al Sagrario, observó que estaba entre abierto. Subió al altar, cerró cuidadosamente la puertecita del Sagrario con la llavecita que estaba en la cerradura y sobre un trozo de papel, escribió estas palabras: El párroco. ¿Dejará abierto su joyero?, y firmó: Cardenal Merry del Val.

Tarea pastoral y vida de piedad

Merry del Val supo hacer compatible su trabajo en la Curia con un intenso apostolado social en los suburbios romanos, especialmente en el barrio del Transtévere. Fundó la Pía Asociación del Sagrado Corazón de Jesús para los jóvenes de aquellas zonas de la Urbe. No quiero en la Asociación nada que no sea piedad y la caridad de Cristo, escribió. Cuando en una ocasión le pidieron que los jóvenes de la Asociación participaran en manifestaciones callejeras con otros grupos del movimiento obrero, contestó: A mí me basta con hacer buenos católicos y honrados padres de familia; de esta manera tengo la seguridad de haber hechos buenos ciudadanos. La Iglesia de Dios, más que con la guerrilla callejera, se defiende con la plegaria, con el amor y la caridad de Cristo.

Gracias a él le fue concedida la dignidad cardenalicia al arzobispo de Bolonia, monseñor Della Chiesa. San Pío X apreciaba a Della Chiesa, pero acaso temía su significación política, de la que era un síntoma que el Gobierno francés le hubiera nombrado Caballero de la Legión de Honor. El caso es que viendo Merry del Val en el último consistorio del papa Sarto la omisión de Della Chiesa en la nota que el Pontífice le había entregado, exclamó humildemente volviéndose a Pío X: Padre Santo, ¿y el arzobispo de Bolonia? ¿Qué dirá el mundo de una exclusión que dura siete años? A lo que Pío X, tras breve reflexión, incluyó en la lista de la última promoción de cardenales que hizo el nombre de Giacomo della Chiesa, que había de sucederle seis meses después en la cátedra de San Pedro con el nombre de Benedicto XV.

Tras la muerte de Pío X, con el correspondiente cese de la Secretaría de Estado, intensificó el apostolado social, de tal forma que esta labor, junto con la secretaría del Santo Oficio, cargo para el que fue nombrado por Benedicto XV, y la redacción de sus testimoniales para el proceso de beatificación del papa Sarto, absorbieron los principales afanes de la última etapa de su existencia.

Era hombre de gran piedad y alma enamorada de la Eucaristía. Secundando los deseos de Pío X, exhortaba a los fieles a la comunión frecuente, pero preparándola bien. Recordemos -decía una vez- que la mejor preparación para la comunión no consiste en recitar fórmulas, dichas a menudo con distracción o por costumbre, sino en el fiel cumplimiento de nuestros deberes, aceptando y ofreciendo al Señor las penas y contrariedades que nos ocurren, con intención de que sirvan, esos actos nuestros, como preparación para la comunión. Y en otra ocasión: Nuestras mejores comuniones no son aquéllas en las cuales nos parece experimentar un gran sentimiento de ternura hacia Jesús en su Santa Eucaristía, sino aquéllas en las cuales nos acercamos a Él con mayor humildad, contrición y confianza.

El Angelus de Getsemaní

El cardenal Merry del Val compuso varias oraciones, entre otras: Letanías de la humildad, Oración para pedir la conversión de un alma, El Ángelus de Getsemaní. Esta última es de la siguiente forma

V/. El Ángel del Señor se apareció para asistir a Jesús.

            R/. Y fue consolado por el Espíritu Santo.

            Padrenuestro.

Dulce Corazón de mi Jesús.

Haz que yo te ame siempre más.

V/. Heme aquí en agonía: si es posible, pase de mí este cáliz.

            R/: Mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya.

            Padrenuestro

Dulce Corazón de mi Jesús.

Haz que yo te ame siempre más.

V/. El Verbo hecho carne fue clavado en la Cruz.

            R/.  Y padeció por nosotros.

            Padrenuestro.

Dulce corazón de mi Jesús.

Haz que yo te ame siempre más.

V/. Ten misericordia de nosotros, ¡oh Jesús!

            R/. Para que seamos dignos de tu consolación.

 

Oración: Os rogamos, ¡oh Señor!, que derraméis vuestras gracias en nuestros corazones para que nosotros, por quienes vuestro Unigénito Jesús ofreció su agonía en el Huerto de los Olivos, podamos, por su Pasión y Cruz, renacer a la gloria de su Resurrección; por medio de Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Muerte

Rafael Merry del Val, cuando nada lo hacía presagiar, murió en Roma el 26 febrero de 1930, a consecuencia de una sencilla intervención quirúrgica. En la actualidad se halla abierto su proceso de beatificación, habiéndose ya declarado la heroicidad de las virtudes cristianas del Siervo de Dios.

 

Martes, 25 de febrero de 2014

Martes, 25 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Doctores de la Iglesia (II)

San Buenaventura (1217-1274). Teólogo franciscano. Nacido en Toscana (Italia). Llamado el “Doctor Seráfico”. Aclamado doctor el 14 de marzo de 1588 por Sixto V.

San Anselmo (1033-1109). Arzobispo de Canterbury. Nacido en Aosta (Italia). Padre del escolasticismo. Aclamado doctor el 3 de febrero de 1720 por Clemente XI.

San Isidoro de Sevilla (560-636). Arzobispo, teólogo, historiador. Nacido en Cartagena (España). Reconocido como el hombre más sabio de su época. Aclamado doctor el 25 de abril de 1772 por Inocencio XIII.

San Pedro Crisólogo (400-450). Obispo de Rávena. Nacido en Imola (Italia). Llamado “palabra de oro”. Aclamado doctor el 10 de febrero de 1729 por Benedicto XIII.

San León I Magno (400-461). Papa. Nacido en Toscana (Italia). Combatió las herejías nestoriana, monofisita, maniqueísta y la pelagiana. Aclamado doctor el 15 de octubre de 1754 por Benedicto XIV.

Lunes, 24 de febrero de 2014

Lunes, 24 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

Doctores de la Iglesia (I)

Ordenados cronológicamente por la fecha de la aclamación

San Agustín (354-430). Obispo de Hipona. Nacido en Tagaste (Argelia). “Doctor de la Gracia”. Aclamado doctor el 20 de septiembre de 1295 por Bonifacio VIII.

San Ambrosio (340-397). Nacido en Milán (Italia). Combatió el arrianismo en Occidente. Obispo de Milán. Aclamado doctor el 20 de septiembre de 1295 por Bonifacio VIII.

San Jerónimo (343-429). Nacido en Dalmacia (Croacia). Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Aclamado doctor el 20 de septiembre de 1295 por Bonifacio VIII.

San Gregorio I Magno (540-604). Papa. Nacido en Roma (Italia). Defendió la primacía papal y trabajó por la reforma del clero y la vida monástica. Aclamado doctor el 20 de septiembre de 1295 por Bonifacio VIII.

Santo Tomás de Aquino (225-1274). Filósofo dominico y teólogo. Nacido en Aquino (Italia). Llamado “Doctor Angélico”. Autor de la Suma Teológica, obra insigne de teología. Patrón de las escuelas católicas y de la educación. Aclamado doctor el 11 de  abril de 1567 por san Pío V.

San Atanasio (290-373). Obispo de Alejandría (Egipto). Principal opositor al arrianismo. Padre de la Ortodoxia. Aclamado doctor en el año 1568 por san Pío V.

San Basilio el Grande (329-379). Nacido en Capadocia (Turquía). Padre del monacato oriental. Aclamado doctor en el año 1568 por san Pío V.

San Juan Crisóstomo (347-407). Obispo de Contantinopla. Nacido en Antioquía (Siria). Patrón de los predicadores. Llamado “boca de oro” por su elocuencia. Aclamado doctor en el año 1568 por san Pío V.

San Gregorio Nacianceno (330-390). Nacido en Nacianzo (Turquía). Llamado el Demóstenes cristiano por su elocuencia. Aclamado doctor en el año 1568 por san Pío V.

 

Domingo, 23 de febrero de 2014

Domingo, 23 de febrero de 2014

Domingo VII del Tiempo Ordinario

Lecturas: Lv 19, 1-2.17-18; 1 Co 3, 16-23; Mt 5, 38-48

Homilía

Ley del amor. En la 1ª lectura, Dios habla a Moisés para que diga a los hijos de Israel: No odiarás de corazón a tu hermano (…). No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. La ley del talión ojo por ojo, diente por diente– es superada por la Ley mosaica. Pero Cristo va más allá. La Ley evangélica es la del amor. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen 

Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo. Cuando lo estaban crucificando, oró a Dios Padre por sus propios verdugos: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 14). Y a la largo de la historia del Cristianismo, los santos han seguido el ejemplo del Maestro, como el primer mártir, san Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Sin la oración de Esteban, la Iglesia no tendría a Pablo (San Agustín).

Una exigencia de santidad. Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. Son santas todas las personas que viven de acuerdo con las enseñanzas de Cristo. Exigencia de la santidad es vivir las virtudes, empezando por la caridad. Y ésta está reñida con el odio, la envidia, la venganza, el rencor y con cualquier forma de maltrato o discriminación. El “perdono, pero no olvido” no es una forma de vivir la caridad cristiana.

Desde la fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con un contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones (Mons. Javier Echevarría).

Un testimonio valioso. La beata Teresa de Calcuta, hablando del trabajo de sus religiosas –Misioneras de la Caridad-, dijo: Servimos a Jesús en los pobres. Es a Él a quien cuidamos, visitamos, vestimos, alimentamos y confortamos cuando atendemos a los pobres, a los desheredados, a los enfermos, a los huérfanos, a los moribundos… Todo, todo lo que hacemos ‑nuestra oración, nuestro trabajo, nuestro sufrimiento‑ es por Jesús. Nuestra vida no tiene otra razón de ser, otra motivación.

Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto. En sentido estricto, nunca el hombre llegará a la perfección de Dios. El Señor quiere decir con estas palabras que la perfección divina debe ser el modelo que ha de tender el fiel cristiano. Éste siempre podrá avanzar por la senda indicada por Cristo para alcanzar la santidad. El divino Maestro es Modelo de toda perfección. Identificarse con Cristo significa vivir el mandato del amor al prójimo, sentirse solidario con todos, sin  ninguna discriminación. El cristiano cree que en la historia humana la última palabra pertenece al amor, porque Dios es amor.

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En otros años: Memoria libre de San Policarpo

Memoria de san Policarpo, obispo y mártir, discípulo de san Juan y el último de los testigos de los acontecimientos apostólicos, quie en tiempo de los emperadores Marco Antonino Y Lucio Aurelio Cómodo, cuando contaba ya casi noventa años, fue quemado vivo en el anfiteatro de Esmirna de Asia, actual Turquía, en presencia del procónsul y del pueblo, mientras daba gracias a Dios Padre por haberle contado entre los mártires y permitido participar del cáliz de Cristo (Martirologio Romano).

Sábado, 22 de febrero de 2014

Sábado, 22 de febrero de 2014

Fiesta de la Cátedra del Apóstol San Pedro

Fiesta de la cátedra de san Pedro, apóstol, a quien el Señor dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En el día en que los romanos acostumbraban a recordar a sus difuntos, se celebra la sede de aquel apóstol, cuyo sepulcro se conserva en el campo Vaticano, y que ha sido llamado a presidir en la Caridad a toda la Iglesia (Martirologio Romano).

Meditación

Celebra la Iglesia en el día de hoy la Cátedra de San Pedro. Esta fiesta nos estimula a alimentar la vida personal con la fe fundada en el testimonio de san Pedro y de los demás apóstoles. Si imitamos su ejemplo, podremos ser testigos de Cristo en el mundo.

Esta fiesta que figura en la liturgia latina tiene una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Después de su Resurrección, Jesucristo se apareció repetidas veces a sus discípulos. Y en una de ellas, después de la pesca milagrosa de los ciento cincuenta y tres peces grandes, confirió a san Pedro el Primado de la Iglesia. El Señor preguntó por tres veces a Simón Pedro si le amaba, y el apóstol respondió afirmativamente, aunque era consciente de su debilidad. Por eso dijo con mucha humildad y sinceridad: Señor, tú sabes que te amo. Y Cristo le dice: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Con estas palabras le confiere la jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño.

El Primado es una gracia concedida a san Pedro y a sus sucesores; es uno de los elementos fundacionales de la Iglesia para custodiar y proteger su unidad. Además, el Primado de Pedro se perpetúa en todos y cada uno de sus sucesores por disposición de Cristo, no por costumbre o legislación humana.

San Pedro elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia, comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. Fue puesto en la cúspide del Colegio Apostólico no como el primero entre iguales, sino como Vicario de Cristo, y esto lo comprendieron los demás apóstoles respetando con obediencia las especiales prerrogativas concedidas a san Pedro. Éste fue consciente desde el primer momento de su primacía. Así, el mismo día de Pentecostés, se le ve, lleno del Espíritu Santo, dirigiéndose a los judíos; en la elección de san Matías desempeñó una función singular de indudable primacía; los primeros cristianos reconocieron la disposición del Señor de que fuera él quien abriera las puertas de la Iglesia a los gentiles, como una prueba más de que poseía preeminencia sobre los demás apóstoles; en el concilio de Jerusalén fue también el Príncipe de los Apóstoles quien pronunció la palabra decisiva y proclamó la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales de los judíos; es él quien castigó severamente a los esposos Ananás y Safira, por mentir sobre el precio del campo que habían vendido; y, es él quien amenazó con la venganza divina a Simón el Mago por su pretensión de comprar con dinero el poder de otorgar el Espíritu Santo.

¿Cuál fue la primera “cátedra” de san Pedro? La primera sede de la Iglesia fue el Cenáculo, y con toda probabilidad en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue a Antioquia, ciudad situada a orillas del rió Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli  del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde “por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hch 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquia (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Desde Antioquia la Providencia llevó a Pedro a la capital del Imperio romano, a Roma. Con su estancia y martirio en Roma, san Pedro unió -no sin una particular inspiración divina- la Sede romana y el Primado universal. Lo recordó el 22 de octubre de 1978 el siervo de Dios Juan Pablo II en la homilía que pronunció en la Misa con la que comenzaba su ministerio petrino: Hoy el nuevo obispo de Roma inicia solemnemente su ministerio y la misión de Pedro. En esta ciudad, en efecto, Pedro ha realizado y completado la misión que le fue confiada por el Señor. El Señor se dirigió a él diciendo: “Cuando eras más joven, tú te ceñías e ibas a donde querías, cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. ¡Pedro ha llegado a Roma! ¿Qué le ha guiado y traído a esta ciudad, corazón del Imperio romano, sino la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Acaso este pescador de Galilea no habría deseado venir hasta aquí. Acaso, habría preferido permanecer allí, sobre las orillas del lago de Genesaret, con su barca, con sus redes. ¡Pero, guiado por el Señor, obediente a su inspiración, ha llegado aquí! Según una antigua tradición, durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero intervino el Señor, saliéndole al encuentro. Pedro se dirigió a Él preguntando: “¿A dónde vas, Señor?”, y el Señor le respondió inmediatamente: “Voy a Roma, a fin de ser crucificado por segunda vez”. Pedro volvió a Roma y aquí permaneció hasta el momento de la su crucifixión. Sí, hermanos e hijos; Roma es la Sede de Pedro. A lo largo de los siglos siempre le han sucedido en esta Sede nuevos obispos. Hoy uno nuevo sube a la Cátedra romana de Pedro, un obispo lleno de temor, consciente de su indignidad, y ¿cómo no temblar ante la grandeza de semejante llamada y ante la universal misión de esta Sede romana.   

Tenemos , pues, el camino recorrido por san Pedro. En primer lugar, Jerusalén, Iglesia naciente, y de aquí a Antioquia, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Y por último, Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

La Sede de Roma fue -y es- reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como “la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles Pedro y Pablo”; y añade: “Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes”. A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma: “¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no sólo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios (Benedicto XVI, Discurso 22.II.2006).

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hace la Iglesia latina en el día de hoy, significa reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de salvación.

Consultar a Roma o Roma ha hablado son expresiones que indican a Roma como fuente segura de la doctrina católica. Entre los numerosos testimonios de los Padres de la Iglesia sobre las consultas a Roma, está el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. He aquí su testimonio: He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia.

La fiesta de hoy también nos habla de fidelidad al Magisterio de la Iglesia, a las enseñanzas del Romano Pontífice y de los obispos en comunión con él. La Iglesia ha sido constituida por Cristo, y no podemos pretender hacerla según nuestros criterios personales. Tiene por voluntad de su Fundador una guía formada por el Sucesor de Pedro y de los Apóstoles: ello implica, por fidelidad a Cristo, fidelidad al Magisterio de la Iglesia (Juan Pablo II, Discurso 7.XI.1982). Y el mismo Pontífice dijo en otra ocasión: No se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia “Cuerpo de Cristo”; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (Discurso, 1.XI.1982).

Por tanto, hay que procurar siempre y en todas las cosas sentire cum Ecclesia, sentir con la Iglesia de Cristo. No tenemos otra doctrina que la que enseña el Magisterio de la Santa Sede. Aceptamos todo lo que este Magisterio acepta, y rechazamos todo lo que él rechaza (San Josemaría Escrivá). Es indudable que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso que las enseñanzas sobre la doctrina de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias.

La Iglesia respeta los ámbitos que no le son propios, pero no deja de señalar un rumbo moral, que no es divergente o contrario, sino que coincide con las exigencias de la dignidad de la persona humana y los derechos y libertades a ella inherentes. Y que constituyen la plataforma de una sana sociedad.

El Papa es quien hace las veces de Cristo en la tierra, hemos de amarle, escucharle, porque en su voz está la verdad. Y hacemos que esta verdad llegue a todos los rincones de la tierra, sin deformaciones, para que, lo mismo que cuando Cristo caminaba sobre la tierra, muchos desorientados vean la luz, y muchos afligidos recobren la esperanza. Un propósito que podemos hacer es conocer bien el magisterio pontificio, los documentos más recientes, o más importantes, de la Santa Sede. Hoy día, con los medios de comunicación que hay, podemos estar al día de todo lo que el Papa dice. Sus homilías están en Internet. Aprovecharlas para hacer la oración. También los mensajes, discursos… No nos quedemos con la breve reseña que viene en algunos periódicos. Y difundir su palabra.

En la Basílica de San Pedro de Roma se encuentra el monumento a la la Cátedra de San Pedro, obra de Bernini, realizada en forma de gran trono, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san agustín y san ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. El 22 de febrero de 2006, la primera vez que celebraba Benedicto XVI esta fiesta de la Cátedra de San Pedro, decía el Papa a los asistentes a la audiencia que se estaba celebrando en la sala de Pablo VI: Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas  velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado. Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que me sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio a diario a toda la Iglesia.

Geográficamente estamos lejos de Roma, no tenemos hoy la oportunidad de estar delante de ese monumento de la Cátedra de San Pedro, pero sí podemos -y lo haremos- rezar por el Papa para que cumpla bien con su misión de padre, pastor y maestro de toda la Iglesia. Se lo pedimos a Dios por la intercesión de Santa María, Madre de la Iglesia.

Viernes, 21 de febrero de 2014

Viernes, 21 de febrero de 2014

Memoria libre de San Pedro Damiani

Memoria de san Pedro Damiani, cardenal obispo de Ostia y doctor de la Iglesia. Habiendo entrado en el eremo de Fonte Avellana, promovió denodadamente la vida religiosa, Y en los tiempos difíciles de la reforma de la Iglesia, trabajó para que los monjes se dedicasen a la santidad de la contemplación, los clérigos a la integridad de vida, y para que el pueblo cristiano mantuviese la comunión con la Sede Apostólica. Falleció el día veintidós de febrero en la ciudad de Favencia, en la región italiana de Emilia-Romaña (Martirologio Romano).

Pensamientos

El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído (Concepción Arenal).

El hacha del leñador le pidió al árbol el mango. Y el árbol se lo dio (Rabindranath Tagore).

Nada sabéis si sólo sabéis mandar, reprender y corregir. Todo lo sabéis si sabéis haceros amar (Fenelon).

La sociedad humana tal como ha sido creada por Dios está compuesta por elementos desiguales y querer igualarlos es imposible, ya que sería la destrucción de la sociedad misma (León XIII).

El cumplimiento de los deberes religiosos nos dispone admirablemente al cumplimiento de todos los demás (Lady Pennitong).

Jueves, 20 de febrero de 2014

Jueves, 20 de febrero de 2014

Feria del Tiempo Ordinario

En Aljustrel, lugar cercano a Fátima, en Portugal, beata Jacinta Marto, la cual, siendo aún niña de tierna edad, aceptó con toda paciencia la grave enfermedad que le aquejaba y demostró siempre una gran devoción a la Santísima Virgen María (Martirologio Romano).

Semblanza

Una niña sólo en años

Un ofrecimiento

El 13 de mayo del Año Santo del Gran Jubileo del 2000, en Fátima tuvo lugar una solemne ceremonia de beatificación: Juan Pablo II elevó a los altares a dos niños pastores -Francisco Marto y a su hermana Jacinta-, videntes de la Virgen María, juntamente con su prima Lucia. En la homilía, el Papa refiriéndose a la pastorcita dijo: Con su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, a pedir a los hombres que “no ofendieran más a Dios, nuestro Señor, que ya ha sido muy ofendido”. Su dolor de madre la impulsa a hablar; está en juego el destino de sus hijos. Por eso pedía a los pastorcitos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique  y pida por ellas”.   La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores. Un día -cuando tanto ella como Francisco ya habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en cama- la Virgen María fue a visitarlos a su casa, como cuenta la pequeña: “Nuestra Señora vino a vernos, y dijo que muy pronto volvería a buscar a Francisco para llevarlo al cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir a más pecadores. Le dije que sí”. Y, al acercarse el momento de la muerte de Francisco, Jacinta le recomienda: “Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores”. Jacinta se había quedado tan impresionada con la visión del infierno, durante la aparición del 13 de julio, que todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores.

Carácter

Jacinta nació en Aljustrel el 11 de marzo de 1910, y falleció en un hospital de Lisboa el 20 de febrero de 1920. A pesar de ser la más pequeña de los tres pastorcitos, fue tal vez la más privilegiada. Además de presenciar cuando sólo tenía siete años de edad todas las apariciones en que estuvieron su prima Lucia y su hermano Francisco, fue favorecida con varias apariciones especiales de Nuestra Señora. Su vida se resume en rezar y hacer todos los sacrificios posibles para la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María. Su prima Lucia dijo de ella: Jacinta fue, según me parece, aquella a quien la Santísima Virgen comunicó mayor abundancia de gracia, conocimiento de Dios y de la virtud. Tenía un porte siempre serio, modesto y amable, que parecería traslucir en todos sus actos una presencia de Dios propia de personas avanzadas ya en edad y de gran virtud. Ella era una niña sólo en años.

Era alegre, juguetona y dicharachera, la más vivaracha de los tres videntes. Pero también caprichosa y testaruda. El candor de la niñez se le escapaba por todos los poros del cuerpo. A veces, su temperamento vivo y sensible hacía que por cualquier nonada estallara en alegría, o bien se deshiciera en lágrimas, lo cual desagradaba a su prima e inseparable compañera de juegos. Pero cuando la Virgen le explicó que su vocación sería ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores dio un cambio asombroso.

A través de la gracia que había recibido y con la ayuda de la Virgen, Jacinta, tan ferviente en su amor a Dios y su deseo de las almas, fue consumida por una sed insaciable de salvar a las pobres almas en peligro del infierno. La gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes en la Iglesia, la necesidad  y el amor por los sacramentos, todo esto era de primer orden en su vida. Ella vivió el mensaje de Fátima para la salvación de las almas de todo el mundo, demostrando un gran espíritu misionero.

Mamá, he visto a la Virgen

El domingo 13 de mayo de 1917 Lucia, Francisco y Jacinta después de haber ido a misa salieron al campo con las ovejas. Cerca del mediodía, cuando el sol estaba en su cenit, los tres niños llegaron a la Cova da Iria. Allí tuvo lugar la primera aparición de la Virgen. Vieron en el centro de una gran aureola de luz que también a ellos envolvía a una hermosa señora más resplandeciente que el sol.

Al cabo de unos minutos, la Señora se alejó en dirección al Levante, y la maravillosa Visión se desvaneció en la luz del día. Los tres pequeños pastores contemplaron la Aparición, pero Ella solamente habló con Lucia. Francisco no oyó nada, aunque percibió cuanto dijo su prima. Jacinta lo oyó todo, pero no tomó parte en la conversación. Llenos de alegría y felicidad, los niños quedan como extasiados. Jacinta no hace más que repetir: ¡Oh, qué hermosa era la Señora! Su prima, viéndola tan entusiasmada, le recomendó que no contara nada. ¡No diré nada! ¡No diré nada! ¡No tengas miedo!, dijo la más pequeña de los videntes. Cuando al atardecer, después de haber reunido las ovejas, volvieron a casa, antes de despedirse, Lucia dijo a sus primos: Silencio absoluto, ¿comprendéis? Y fue Francisco quien esta vez contestó: Sí, sí; callaremos.

Los padres de Francisco y Jacinta -Manuel Pedro Marto y Olimpia dos Santos- pasaron aquel domingo anterior a la Ascensión fuera de casa. Habían ido al mercado de Batalha. Al regresar, salió a su encuentro Jacinta. Ésta, abrazando a su madre, le dijo: Mamá, hoy he visto a la Santísima Virgen en la Cova da Iria.

El asombro de Olimpia al oír estas palabras en labios de su hija fue mayúsculo. En la cena dijo a Jacinta que contase la verdad de lo que había ocurrido. La niña refirió minuciosamente a toda la familia reunida el hecho extraordinario con todos sus detalles. Francisco confirmaba cada una de sus palabras, pero, fiel a lo convenido, no añadió ni un detalle ni un comentario.

Al día siguiente, Olimpia contó lo ocurrido a su cuñada María Rosa de Jesús, madre de Lucia. Ésta no daba crédito a lo que escuchaba, y muy a pesar suyo la noticia de la supuesta aparición de la Virgen se propagó rápidamente gracias a los comadreos, y no encontraba más que incrédulos y lenguas que se despachaban a gusto.

En la cárcel del pueblo

La incomprensión familiar fue el primer sufrimiento que tuvieron que padecer los tres niños, pero no el único. E, incluso, fueron víctimas de un secuestro por parte del alcalde de Vila Nova de Ourem, que los sometió a castigos físicos con la intención de que revelaran el contenido del mensaje que habían recibido del Cielo. Pero los videntes lo soportaron todo con una heroica disposición hacia el martirio.

En el relato de Lucia, cuando ésta habla de la estancia de los tres niños en la cárcel del pueblo, se lee: Cuando después de habernos separado (haciéndoles creer a cada uno que los otros dos ya habían muerto y confesado su mentira), volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel, diciendo que dentro de poco nos iban a buscar para freírnos, Jacinta se acercó a la ventana que daba a la feria de ganado. Pensé al principio que estaría distrayéndose; pero enseguida vi que lloraba. Fui a buscarla y le pregunté por qué lloraba. Respondió: -“Porque vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres ni a nuestras madres. Al menos, yo querría ver a mi madre”. -“Entonces, ¿tú no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?” -“Quiero, quiero”. Y con lágrimas bañándole la cara, las manos y los ojos levantados al cielo, repitió el ofrecimiento. Los presos que presenciaban esta escena querían consolarnos. -“Todo lo que tenéis que hacer -decían- es decir al señor administrador ese secreto. ¿Qué os importa que esa Señora no quiera?” -“Eso nunca -respondió Jacinta con viveza-; antes prefiero morir”.

En otro momento, uno de los presos comenzó a tocar el acordeón para distraer a los chicos Nos preguntaron si sabíamos bailar  -recordaba años después Lucia-, dijimos que sí sabíamos el fandango y la vira. Jacinta entonces fue compañera de un pobre ladrón que, viéndola tan pequeña, acabó bailando con ella en los brazos. Y termina la mayor de los pastorcitos su recuerdo de la aquella aventura en la cárcel en la que estaban dispuestos a morir antes que revelar el secreto que la Virgen les había comunicado comentando como de pasada: Es verdad, pero éramos niños y apenas pensábamos. Jacinta tenía para el baile una inclinación especial y mucho arte (…) Sin embargo, cuando se aproximó S. Juan o el carnaval, ella misma me dijo: -“Yo ahora no bailo más” -“¿Por qué?” -“Porque quiero ofrecer este sacrificio al Señor”. 

Amor grande por el Santo Padre

En el corazón de Jacinta arraigó un gran amor por el Papa, después de la primera aparición, cuando unos sacerdotes le explicaron que debía rezar por el Santo Padre. Con frecuencia, ella manifestaba con toda la inocencia de su alma santa su ardiente deseo: ¡Quién me diera ver al Santo Padre! Viene aquí tanta gente y el Santo Padre no viene nunca.

Este amor grande le llevó a ofrecer muchos sacrificios por el Vicario de Cristo en la tierra. Un día el Cielo le recompensó por su afecto al Papa con una visión. No sé cómo fue –comentó a Lucia-. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, llorando con las manos en la cara. Fuera de la casa había mucha gente: unos le tiraban piedras, otros le maldecían y decíanle cosas muy feas. ¡Pobrecito Santo Padre!, tenemos que rezar mucho por él. En otra ocasión, estando los tres pastorcitos en el campo, mientras rezaban la oración que les había enseñado el Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y dijo a su prima: ¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer?… ¿Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?

Después de estos acontecimientos, los niños -especialmente Jacinta- llevaban en sus corazones al Santo Padre, y oraban constantemente por él. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres avemarías por el Papa después de cada rosario que rezaban. El día de su beatificación, Juan Pablo II agradeció a la pastorcita todo lo que había hecho por el Papa: Expreso mi gratitud también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones que ofreció por el Santo Padre, a quien había visto en gran sufrimiento.

Amor a Jesucristo

Jacinta era de una piedad muy intensa -asistía diariamente a la Santa Misa- que la llevó a estar muy cerca del Corazón Inmaculado de María. Este amor la dirigía siempre y de una manera profunda al Sagrado Corazón de Jesús y al deseo de recibirle en la Comunión. Nada le atraía más que el pasar tiempo acompañando a Jesús Eucarístico sintiendo su presencia real. Decía con frecuencia: Cuanto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús.

Especialmente tenía una gran devoción a Jesús crucificado, gustándole besar un crucifijo que tenía en su casa. Cuando escuchaba relatos de la Pasión del Señor y los sufrimientos que padeció antes de morir en la cruz, sin poder evitarlo, se ponía a llorar y decía con pena: ¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no he de cometer nunca ningún pecado. No quiero que Nuestro Señor sufra más.

Con un celo inmenso, Jacinta se separaba de las cosas del mundo para prestar toda su atención a las cosas del Cielo. Buscaba el silencio y la soledad para darse a la contemplación. Cuánto amo a Nuestro Señor -decía a su prima Lucia-. A veces siento que tengo fuego en el corazón, pero que no me quema.

La visión del infierno

El viernes 13 de julio de 1917 tuvo lugar la tercera aparición de la Virgen a los tres niños. Además de los videntes, había acudido una multitud de personas. Al punto del mediodía, después de un relámpago deslumbrador y dentro de una aureola de intensa luz, la Señora del Cielo se presentó a los tres pastorcitos.

En el transcurso de esta aparición tuvo lugar una visión del infierno. Años más tarde, Lucia así la describió: Nuestra Señora separó de nuevo las manos, como en las veces precedentes. El haz de luz proyectado pareció penetrar en la tierra y nos vimos como dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos, negros y ardientes, los demonios y las almas en forma humana, semejantes a brasas transparentes. Sostenidas en el aire por las llamas, caían por todas partes igual que las chispas en los grandes incendios, entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperación que hacían temblar de espanto. Fue seguramente durante esa visión cuando yo lancé la exclamación de horror que se asegura fue oída. Esta visión duró sólo un instante y tuvimos que agradecer a nuestra cariñosa Madre del Cielo que nos hubiese anticipado que nos conducía al Paraíso; de otra suerte, creo que hubiésemos muerto de terror y miedo. Entonces, como para pedir socorro, levantamos los ojos hacia la Santísima Virgen, que nos dijo con ternura y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra (se refería a la Primera Guerra Mundial, en la que participaba Portugal) terminará, pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”.

También contó Lucia que Jacinta vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó. Alguna vez me preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

Espíritu de penitencia

Desde la primera aparición, los tres pastorcitos buscaban como multiplicar las mortificaciones para convertir pecadores. Mortificaban su voluntad y su carácter; se privaban del alimento y daban la comida a los niños pobres; ayunaban con frecuencia todo un día, especialmente en tiempo de Cuaresma;  renunciaban a sus juegos preferidos para entregarse más tiempo a la oración; se pasaban un novenario y hasta un mes -el más caluroso, el de agosto- sin beber agua; comían bellotas y aceitunas amargas; y otras muchas cosas. No se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras que caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche, pero en una aparición, la Virgen les dijo: Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día. Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la última enfermedad, durante la cual aparecía manchada de sangre.

Jacinta por su natural espontáneo y simpático dejaba traslucir lo que suponían aquellas penitencias. La cuerda que llevaban en la cintura los tres videntes era algo verdaderamente duro, como señalaría más tarde Lucia: Ya fuese por el grosor o aspereza de la cuerda, ya fuese porque a veces la apretábamos mucho, este instrumento nos hacía sufrir horriblemente. Jacinta dejaba, a veces, caer algunas lágrimas, debido al daño que le causaba. Yo le decía que se la quitase, pero ella me respondía: “¡No!, quiero ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor en reparación y por la conversión de los pecadores”.

Un hecho prodigioso

En la vida de Jacinta se cuenta el siguiente hecho: Había una familia cuyo hijo había desaparecido como pródigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendara a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido. No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de la mano y le condujo hasta un camino, donde le dejó, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrarse con el joven, repuso que no, pero que sí había rogado mucho a la Virgen por él.

Enfermedad

Jacinta y Francisco cayeron enfermos en diciembre de 1918, atacados por una epidemia de gripe (bronco-neumonía) que causó muchas víctimas en toda Europa. Jacinta mejoró su estado de salud y, aunque débil, pudo dejar la cama. No así su hermano, que para él la enfermedad fue mortal. Poco después de morir de Francisco, a Jacinta, que sufrió mucho por la muerte de su hermano, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones, como consecuencia de la bronco-neumonía que había padecido. Los primeros síntomas, fuertes dolores en el pecho, los mantuvo en secreto como ofrenda de reparación por los pecados cometidos contra la Virgen.

Un día, estando ya enferma ella como su hermano Francisco, llamó con urgencia a su prima. Tenía una gran confidencia que hacerle. En cuanto llegó, y le dijo: Nuestra Señora vino a vernos. Nos ha dicho que vendrá muy pronto a llevarse a Francisco para el Cielo. A mí me preguntó si quería todavía convertir a más pecadores. Yo le dije que sí. Me ha anunciado  que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho, pero que debo soportarlo todo por la conversión de los pecadores, en reparación por las ofensas hechas al Inmaculado Corazón de María y por el amor de Jesús. Le pregunté si tú ibas conmigo. Dijo que no. Esto es lo que cuesta más. Dijo que me llevaría mi madre y después ¡quedaría sola!

En verano de 1919 llegó el día de ir al hospital, en Vila Nova de Ourem, donde verdaderamente tuvo que sufrir mucho. Durante su enfermedad, Jacinta siguió recibiendo visitas de la Virgen, que le transmitió varios mensajes en la línea de las anteriores revelaciones: prevención ante los pecados y los excesos del comunismo y la relajación de la moral y de las costumbres, necesidad de penitencia para la conversión de los pecadores, etc. Después de un tiempo, volvió otra vez para su casa de Aljustrel, con una gran herida abierta en el pecho, sufriendo sin una sola queja las curas que le hacían a diario y que tenían que producirle gran dolor.

El último sacrificio

En otra aparición posterior, la Virgen María le anunció nuevas cruces y sacrificios, según contó Jacinta a Lucia: Me dijo que voy para Lisboa, para otro hospital; que no vuelvo a veros ni a ti ni a mis padres; que después de sufrir mucho moriré sola, pero que no tenga miedo, que Ella me irá a buscar allí para llevarme al Cielo.

En enero de 1920, como su salud no mejoraba, un doctor especialista insistió a la madre de Jacinta a que la llevasen a un hospital de Lisboa, para atenderla. Fue, pues, trasladada a la capital de Portugal, para ser sometida a una exploración más detallada y a una operación. Antes de partir, en una despedida que cortaba el corazón, abrazada a su prima Lucia dijo: ¡Nunca más nos volveremos a ver! Reza mucho por mí hasta que yo vaya para el Cielo. Después allí, yo pediré mucho por ti. No digas nunca el secreto a ninguno, aunque te maten. Ama mucho a Jesús y al Inmaculado Corazón de María y haz muchos sacrificios por los pecadores. Olimpia la acompañó en el viaje, pero después de unos días tuvo que regresar.

En Lisboa una familia se había ofrecido para tenerla en su casa, pero cuando vio a la pequeña enferma en estado de salud tan lamentable se negó a recibirla. Entonces la madre de Jacinta solicitó una plaza para su hija en el orfanato de Nuestra Señora de los Milagros, que estaba dirigido por Sor Purificación Godinho. Ésta -llamada madrina por las niñas huérfanas de aquel establecimiento benéfico- acogió a la niña con alegría y cariño.

El 10 de febrero de 1920, ya en el hospital de Dona Estefania, tuvo lugar la operación y en la que la pequeña enferma no pudo recibir ninguna anestesia. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de la niña fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la intención de siempre. La intervención quirúrgica no tuvo el éxito deseado. Una semana más tarde Jacinta le dijo a la madrina Godinho, que había a verla: La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El último sacrificio que le pidió la Virgen a Jacinta fue el de morir sola. La noche del 20 de febrero, tras un año y tres meses de dolorosa enfermedad, Nuestra Señora vino para llevarse al Cielo a su predilecta sin que nadie estuviese a su lado en el último momento.  El párroco que la había confesado esa misma tarde, dejó el Viático para el día siguiente, al no preverse un desenlace tan inmediato. Jacinta sabía, porque se lo había dicho la Virgen, el día y la hora en que moriría, y además solita. Tenía apenas nueve años.

Años después, su prima Sor Lucia escribió de ella: Tengo la esperanza de que el Señor, para gloria de la Virgen, le concederá la aureola de la santidad (…) Es admirable cómo ella captó el espíritu de oración y sacrificio que la Virgen nos recomendó. Conservo de ella una gran estima de santidad.

Su mensaje

Los mensajes que la Virgen fue comunicando a los tres videntes de Fátima exhortaban al arrepentimiento, a la conversión y a la práctica de la oración y la penitencia en reparación por los pecados de la humanidad. Además, antes de morir, Jacinta dictó a su madrina Godinho lo que Nuestra Señora se había dignado comunicarle en las últimas apariciones, ya estando ella enferma.

Entre otras cosas dijo:

Sobre los pecados: * Los pecados que llevan más almas al infierno son los de carne. * Han de venir unas modas que han de ofender mucho a Nuestro Señor. * Los pecados del mundo son muy grandes. * Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo para cambiar de vida. * Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte de Nuestro Señor ni hacen penitencia. * Muchos matrimonios no son buenos, no agradan a Nuestro Señor ni son de Dios.

Sobre las guerras: * Las guerras no son sino castigos por los pecados del mundo. * Es preciso hacer penitencia. Si la gente se enmienda, Nuestro Señor todavía salvará al mundo; mas si no se enmienda, vendrá el castigo.

Sobre los sacerdotes: * Los sacerdotes sólo deben ocuparse de las cosas de la Iglesia. * Los sacerdotes deben ser puros, muy puros. * La desobediencia de los sacerdotes y de los religiosos a sus superiores y al Santo Padre, ofende mucho a Nuestro Señor.

Sobre las virtudes cristianas: * No ande rodeada de lujo; huya de las riquezas. * No hable mal de nadie y huya de quien hable mal. * Tenga mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al Cielo. * La mortificación y los sacrificios agradan mucho a Nuestro Señor.

Al despedirse de su prima le hizo estas recomendaciones: Ya falta poco para irme al Cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Corazón Inmaculado de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón de María que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro del pecho, que me está abrasando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María.

 

 

Miércoles, 19 de febrero de 2014

Miércoles, 19 de febrero de 2013

Feria del Tiempo Ordinario

Doctores de la Iglesia

Se llama doctores de la Iglesia a una serie de personas, treinta y cinco hoy día, que han sentado doctrina en el campo de la religión cristiana. La dignidad fue concedida por el papa Bonifacio VIII(1294-1303) que aclama a los cuatro primeros doctores de la Iglesia. El decreto de este Papa ordenando que sus fiestas fueran consideradas como dobles en toda la Iglesia se conserva en su Libro VI de decretales.

Para ser aclamado como doctor de la Iglesia, una persona ha de cumplir tres requisitos: eminens doctrina (conocimiento eminente); insignis vitae sanctitas (alto grado de santidad); y Ecclesiae declaratio (proclamación por la Iglesia). Aunque el decreto de Benedicto XIV que regula la cuestión otorga la capacidad de realizar la aclamación tanto al Papa como a un Concilio Ecuménico, hasta la fecha ha sido el Papa el que ha conferido tan alta dignidad.

En cuanto al procedimiento, la Congregación de Ritos Sagrados emite el decreto y el Papa lo aprueba, y todo ello, naturalmente, después de un cuidadoso examen de los escritos del santo.

Anécdota

San Josemaría solía acercarse a rezar a la Basílica Vaticana. Durante muchos años lo hacía casi a diario. Frente a la Basílica y a los Palacios Vaticanos recitaba el Símbolo Apostólico, intercalando algunas palabras. Por ejemplo, cuando llegaba a la frase Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, etc. decía siempre tres veces seguidas: Creo en Madre la Iglesia Romana, a pesar de los pesares. En una ocasión creyó oportuno contar esta devoción suya al entonces Secretario de Estado, Cardenal Tardini, y cuando éste le preguntó qué quería decir con a pesar de los pesares, san Josemaría le respondió con simpatía: Sus errores personales, Eminencia, sus errores personales y los míos (Javier Echevarría, Homilía 26.VI.2006)