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El Cristo de la Buena Muerte

Este artículo forma parte de un libro que estoy escribiendo, titulado: “La pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva”. Lo pongo ahora en el blog por el tema de la eutanasia. En mi país -España- se va a aprobar una perversa ley que permite matar a los ancianos, como es la ley de la eutanasia.

Ilustre y Agustiana Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Madre de la Consolación y Correa en sus Dolores

Colgado del madero, solo y abandonado de todos, Jesús quiere abrazar a todo hombre. A cada uno de nosotros. Se ha inmolado hasta el sacrificio supremo. Quiso apurar el cáliz hasta la última gota e hizo ofrenda de su vida al Padre. A las tres de la tarde del primer viernes santo de la historia, el sufrimiento de Jesús llega hasta el límite. En actitud de oración y de obediencia, entrega su vida al Padre. Se ha consumado la Redención. Sí, todo queda consumado. Las tinieblas y la oscuridad llenan la tierra en aquella hora porque el hombre no ha querido reconocer la luz verdadera. Jesucristo ha muerto, se ha dejado arropar por la muerte. Su muerte ha tenido una influencia decisiva en la historia de la Humanidad. Con ella Cristo venció a la misma muerte y nos dio vida, nos trajo la salvación. Las puertas del Cielo, que quedaron cerradas tras el pecado de nuestros primeros padres, han sido abiertas por Cristo al morir crucificado. La muerte de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte: después, resurrección.

De la iglesia del Convento de Santa María de Gracia de las monjas agustinas inicia su cortejo procesional la Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. En el “paso” del Señor está la imagen del divino Crucificado. Jesús muerto es la Cruz, en suplicio infamante y doloroso. Su muerte –afrentosísima y horrenda- vence a la misma muerte…. da la vida… trajo la salvación. Es la Buena Muerte, la mejor de las muertes, a pesar del sufrimiento y dolor que la acompañó. La muerte por crucifixión se contaba entre las más terribles conocidas en la antigüedad. La pérdida de sangre, que causa una sed insoportable; la progresiva rigidez de los músculos, la intensa fiebre provocada por la sed y el dolor que acompaña al más leve movimiento para respirar o dar tregua a la fatiga, son el cuadro de una agonía espantosa, que se prolongaba durante horas, y que, en el caso de organismos particularmente robustos, podía durar varios días. Asfixia, fiebre, pérdida de sangre… agonía… la Cruz, voz auténtica del sufrimiento. Pocos suplicios como el de la cruz podían dar satisfacción a las ansias redentoras de Cristo.

¿Qué es una buena muerte? ¿Una muerte sin dolor? Es una muerte en conformidad con la voluntad de Dios. Una muerte que abre las puertas del Cielo. Es un eufemismo decir que poner fin con la muerte a los sufrimientos de los enfermos incurables es una buena muerte o una muerte digna. Sólo se puede calificar de buena la muerte de una persona que muere en paz con Dios y aceptando su voluntad. La doctrina médico-jurídica que afirma la legitimidad de la eutanasia es contraria a la doctrina cristiana. La eutanasia tiene una doble malicia: la del suicidio y la del homicidio; es un asesinato que nunca jamás está permitido por la ley de Dios. La muerte de los mártires, con todo el dolor de los suplicios a que fueron sometidos, fue una buena muerte porque derramaron su sangre por su fe, y después de la muerte se encontraron con Jesús en el Cielo. Sin embargo, la muerte de una persona que pide la eutanasia y muere sin dolor alguno, plácidamente, es una mala muerte porque muere apartado de Dios, sin respetar la ley divina, y al traspasar el umbral de la muerte se encuentra con la puerta que le lleva al infierno. Sí, la eutanasia precipita -si no hay arrepentimiento antes de morir- en el infierno; porque es la muerte de alguien que usurpado el derecho exclusivo de Dios a la vida y a la muerte.

Son tiempos difíciles los que vivimos, en los cuales ha aparecido la llamada cultura de la muerte que presenta al aborto -verdadero asesinato en el propio seno materno del ser humano más inocente e indefenso que existe- como progreso; y a la eutanasia como una muerte digna. A Ti, Cristo de la Buena Muerte, te confiamos la causa de la vida. Haz que tus hijos sepamos anunciar con firmeza y amor a los hombres y mujeres de nuestra época el Evangelio de la vida; y, junto con todos los hombres de buena voluntad, construir la cultura de la vida, basada en la verdad, en el amor y en el respeto a toda vida humana, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida. Hablando del cuerpo humano, san Pablo dijo: Sois edificación de Dios. Nadie tiene derecho a destruir lo que Dios ha edificado. En la época actual, con la cultura de la muerte que algunos quieren implantar en la sociedad, hay que resaltar que sólo Dios es dueño de la vida; Él la da y Él la quita. Nadie puede usurpar este derecho divino. Si alguno destruye su cuerpo, destruye el templo de Dios. He aquí la malicia de la eutanasia.

Quienes defienden y apoyan una ley de eutanasia se sitúan contra la Ley de Dios que está por encima de toda ley humana, y al margen de las enseñanzas de la Iglesia y de su fe; y tendrán que dar cuenta a Dios de esa defensa y apoyo a una ley perversa e inicua que está hecha para matar. La compasión con los enfermos incurables está en los cuidados paliativos, que son expresión de la caridad que se debe a la persona humana que se encuentra en la fase final de la vida.

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Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí, Eloí, lemá sabacthaní (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: Mira, llama a Elías. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba a beber diciendo: Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo. Y Jesús dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Esta frase del Señor en la cruz es la clave para entender lo ocurrido en el Calvario. Eloi, Eloi, ¿lamá sabacthaní? es el comienzo del salmo 22. Este salmo cuenta la historia de un justo perseguido que, sin embargo, triunfará: conseguirá que con sus sufrimientos el Señor sea alabado en toda la tierra y se anuncie la justicia en el pueblo que está por nacer. Entre los oprobios que sufren el justo perseguido y Jesús están: el escarnio de la gente, la burla por invocar a Dios, el reparto de las vestiduras, etc. La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán. El triunfo de la misión de Cristo lo ve el evangelista san Marcos en los dos acontecimientos que siguen a la muerte del Señor: la ruptura del velo del Templo, que simboliza la desaparición de las barreras entre el pueblo de Dios y los gentiles, y la confesión de la divinidad de Jesús por parte de un gentil, que señala cómo todas las gentes pueden confesar a Dios.

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte no es el final, es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos. Jesucristo con su muerte y resurrección nos ha concedido la herencia eterna; somos ya hijos de Dios.

Miremos a la Cruz para ver a Cristo muerto. El rostro del Señor aparece desfigurado porque es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes. Por eso, el pensamiento de la muerte debemos iluminarlo y purificarlo con la luz que nos viene de la muerte de Cristo. Ésta nos dice que nuestra muerte ha sido vencida y redimida. Como Cristo llegó a la vida a través de la muerte, del mismo modo los creyentes en Cristo están llamados al gozo de la resurrección y de la vida inmortal a través de la muerte. Para el hombre la muerte es el momento del encuentro con Dios, es el principio de la vida que no tendrá fin (San Juan Pablo II).

¡Cristo de la Buena Muerte!, tu muerte es la prueba más palpable del inmenso amor que me tienes. No quiero acostumbrarme a ver los misterios de tu pasión en los “pasos” por las calles de Huelva. Haz que los contemple con los ojos de la fe, y que sepa agradecerte esa libertad que me has dado al morir clavado en la Cruz venciendo a mis enemigos: el pecado y la muerte… y a Satanás. Al pie del Santo Madero, junto a Santa María, quiero estar para mirar a menudo la “cátedra de Dios”: la Santa Cruz. Porque Tú, Jesús, en la Cruz eres la brújula de mi vida, la que me orienta al Cielo.

 

La Iglesia

La Iglesia ha sufrido la difamación y la calumnia. Un famoso caso de información no veraz es el de Galileo. Se ha difundido, y hay gente que piensa que sucedió así, que Galileo (1564-1642) fue condenado por un tribunal eclesiástico que no comprendió sus conocimientos científicos, que fue torturado y quemado en la hoguera. En realidad no sufrió ningún tipo de maltrato físico. Se le condenó a no difundir sus hipótesis hasta que no se demostrasen y, condenado a prisión, la pena fue conmutada por arresto domiciliario. Continuó con su trabajo y publicó en esa época su obra más importante.

La realeza de Cristo

LA REALEZA DE CRISTO

Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón (…) Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -“Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz”- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y Jesús le promete: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”: su Reino (Papa Francisco).

En Hebrón, las tribus de Israel le dijeron a David: El Señor te ha prometido: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel” (2 S 5, 2). Y los ancianos, después de hacer un pacto con David ante el Señor, ungieron a David como rey de Israel (2 S 5, 3). David tenía treinta años cuando comenzó a reinar. Años después, Dios por medio del profeta Natán, comunicó a David: Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre (2 S 7, 16).

En Jesucristo, descendiente según la carne de David, se cumple esta profecía: Él es rey y su reino permanecerá para siempre. San Pablo, en la carta a los cristianos de Colosas, escribió: Dios nos sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados (Col 1, 13-14). Las tinieblas designan el mal y las potencias del Maligno. Muriendo en la cruz, Cristo, que es Luz verdadera, nos rescató del reino de las tinieblas, de la tiranía del Maligno, de la esclavitud del pecado, para trasladarnos al reino de la luz, en el que podemos gozar de libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

La Iglesia celebra en su liturgia la realeza de Cristo. El último domingo del año litúrgico es la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Y su reino un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz (Prefacio de la Misa).

Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo (Jn 18, 37). Y, efectivamente, Jesús quiere reinar en el corazón de cada hombre. Quiere reinar en tu corazón. Al Señor hay que darle el corazón entero. Jesús no se conforma con medios corazones. Ved si en vuestro corazón hay algún rincón que no es de Dios, y echad de allí lo que estorbe (San Josemaría Escrivá). Reinará Cristo en nuestro corazón si lo tenemos libre, sin dejarle que se apegue a las cosas terrenas.

Ya en su nacimiento se habla de su realeza. Cuando los Magos de Oriente llegan a Jerusalén preguntan: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? (Mt 2, 2). Y en Belén ofrecen al Niño Jesús oro, incienso y mirra. Al ofrecerle oro lo reconocen com rey.

En una ocasión, después de la multiplicación de los panes, quisieron hacer rey al Señor. Lo cuenta san Juan: Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían: “Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo”. Jesús conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerlo rey, se retiró otra vez al monte Él solo (Jn 6, 14-15). La reacción ante el milagro muestra que los que se beneficiaron de aquel prodigio reconocieron a Jesús como el Profeta, el Mesías prometido en el Antiguo Testamento, pero pensaron en un mesianismo terreno y nacionalista: quisieron hacerle rey porque consideraron que el Mesías había de traerle abundancia de bienes terrenos y librarlos de la dominación romana. Pero como dijo Cristo a Pilato, su reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

Ante la decisión de aquellos hombres, el Señor se limita a escapar de aquel lugar, para evitar una proclamación popular ajena a su verdadera misión mesiánica. En el diálogo con Poncio Pilato dirá que su reino no es de este mundo (Jn 18, 36). Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que le desviara de su misión de salvar a toda la humanidad. No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes políticas. Su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación.

El título y poder de rey pertenecen en derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia (Col 1, 15-17).

Es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con su Sangre. Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos (Col 1 18-20). .

El procurador romano Poncio Pilato proclamó, aunque sin pretenderlo, rey a Jesús cuando presentó al Señor a los judíos diciendo: Aquí está vuestro Rey (Jn 19, 14).La solemnidad del momento en que lo dijo viene destacada por la indicación del lugar -el Litóstrotos-, del día -la Parasceve- y de la hora -hacia las doce del mediodía-. Los representantes de los judíos rechazaron abiertamente a quien es el verdadero Rey anunciado por los profetas.

Es un Rey triunfador. Su victoria está en la Cruz. Sus mismos enemigos, muy a pesar de ellos, lo reconocieron como rey. En el monte Calvario estaba el pueblo mirando al Crucificado mientras los jefes religiosos de Israel se burlaban del Señor diciendo: A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido (Lc 23, 35). También los soldados romanos se burlaban de Él, hacen escarnio con grosería de la realeza de Jesús, pero, sin saberlo, le confiesan lo que es: Rey, diciéndole: Si tú eres Rey de los judíos, sálvate a ti mismo (Lc 23, 37). Como dijo san Jerónimo sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado (Comentario al Evangelio según san Mateo). La realeza del Señor quedó bien patente a todos, pues había encima de Él una inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23, 38).

Escribió un Padre de la Iglesia: Cuando lo vistieron de púrpura para burlarse de Él cumplieron lo profetizado: era Rey. Y aunque lo hicieron para burlarse de Él, consiguieron que se adaptase a Él el símbolo de la dignidad regia. Y aunque le perforaron con una corona de espinas, sin embargo fue una corona, y fue coronado por unos soldados como los reyes son proclamados por los soldados (San Cirilo de Jerusalén). Aunque es aclamado Rey de los Judíos sólo de modo grotesco, en este episodio evangélico se pone de relieve la realeza de nuestro Señor. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan.

Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo derramado en tus venas se ocultaba celosamente, y para los que te vieron eras sólo un despojo humano, unos restos inútiles… Dios sin vida para hacernos vivir. Dejaste de alentar para infundirnos aliento. Te sometiste al abandono, a la traición, al desamparo, para que cifremos nuestra dicha en sentirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la posibilidad de morir. No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor (Ernestina de Champourcin).

Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!” Pero el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 39-43).

El buen ladrón confiesa la realeza de Cristo, sabe que el Señor va a reinar en un Reino sin ocaso. Por eso le pide: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Con las mismas palabras del buen ladrón le pedimos al Señor que se acuerde de nosotros; que nos lleve a su reino. Al responder a san Dimas, Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna de los hombres; y que es también infinitamente misericordioso, pues no rechaza a quien se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

Comenta san Ambrosio: El Señor concede siempre más de lo que se le pide; el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino. Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad revelado por Él: el amor del Padre.

Pidamos Santa María, Reina y Madre del Rey del Universo, su ayuda para que siempre Cristo reine en nuestras vidas.