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La verdad sobre Jesucristo

Jesucristo. Es el Hijo de Dios hecho hombre que nació de la Virgen María, perfecto Dios y perfecto hombre.

¿Qué ha dicho Jesucristo de sí mismo?

Jesús dijo:

‑Yo soy el Mesías (Jn 4, 26).

‑Yo soy Rey (Jn 18, 37).

‑Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).

‑Yo soy la luz del mundo… (Jn 8, 2).

‑Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11, 25).

‑Yo soy el pan de vida (Jn 6, 35).

‑Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último (Ap 22, 13).

‑Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30).

‑El Padre está en mí y Yo en el Padre (Jn 10, 38).

‑El que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9).

Jesucristo mismo se proclamó Hijo de Dios y Dios verdadero.

La fe de la Iglesia

Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma claramente que el Verbo, que estaba en el principio con Dios, es el mismo que se hizo carne (Jn 1, 2.14). Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un Jesús de la historia, que sería distinto del Cristo de la fe. La Iglesia conoce y confiesa a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Redemptoris Missio, n. 6).

Lo que caracteriza a la fe cristiana, a diferencia de todas las otras religiones, es la certeza de que el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, la segunda Persona de la Trinidad que ha venido al mundo. Ésta es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos cuando canta “el gran misterio de piedad”: Él ha sido manifestado en la carne (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 463). Dios, el invisible, está vivo y presente en Jesús, el hijo de María, la Theotokos, la Madre de Dios. Jesús de Nazaret es Dios-con-nosotros, el Emmanuel: quien le conoce, conoce a Dios; quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a Dios; quien se une a Él está unido a Dios. En Jesús, nacido en Belén, Dios se apropia la condición humana y se hace accesible, estableciendo una alianza con el hombre (Juan Pablo II, Mensaje 29.VI.1999).

Un pensamiento

La vida de Jesucristo en la tierra obliga a los hombres a tomar postura; o con Dios, o contra Dios: el que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11,23).

¿Quién es el prójimo?

Prójimo. Es cualquier persona humana respecto de otra, considerada bajo el concepto de los oficios de caridad y benevolencia que todos recíprocamente nos debemos.

Parábola del buen samaritano

Un doctor de la Ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús continuó diciendo: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y vino a caer en manos de unos ladrones, los cuales, después de despojarle y herirle, se fueron dejándole medio muerto. Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote; vio al hombre y pasó de largo. Igualmente un levita pasó por aquel sitio, le vio y pasó de largo; pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba, y al verle, se movió a compasión, se acercó, le vendó las heridas después de echar en ellas aceite y vino; le montó en su propia caballería, le condujo a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y si gastares algo más, yo te lo pagaré a mi vuelta”. “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo con el que cayó en manos de ladrones?” Respondió: “El que tuvo misericordia con él”. Y Jesús le dijo: “Vete, y haz tú lo mismo” (Lc 10, 29-37).

La mirada de Jesús

En el Evangelio según san Juan, se narra que en la comida con los discípulos tras la resurrección, se plasma la tercera mirada de Jesús a Pedro. La mirada es la confirmación de la misión, y también con la mirada Jesús pide confirmación sobre el amor de Pedro. Tres veces el Señor pide a Pedro que proclame su amor y le insta a alimentar a sus ovejas. A la tercera pregunta, Pedro se entristeció, casi llorando… Entristecido porque por tercera vez le preguntó ¿me amas?, él dijo: Señor, tú lo sabes todo; sabes que te amo… En el camino morque Él ha hecho, todos estamos bajo su mirada. Él siempre nos mira con amor. Nos pide algo, nos perdona algo y nos da una misión. Ahora Jesús está sobre el altar. Cada uno de nosotros pensemos: Señor, estás aquí, entre nosotros. Tu mirada fija en mí. Dime lo que debo hacer. Cómo debo llorar mis errores, mis pecados; ¿cuál es el valor con el que tengo que seguir adelante en el camino que tú recorriste primero? (Papa Francisaco).

Arrepentimiento del hombre y misericordia de Dios

Hay un pasaje del Evangelio que muestra maravillosamente la misericordia de Dios con quien se arrepiente: nos enseñan esas líneas que un instante de humildad, de aceptación de la pena merecida por la propia culpa, es capaz de forzar el corazón de Dios. Es aquella escena última de la vida de Jesús, cuando -colgado en la Cruz, entre dos malhechores- escuchó el gemido arrepentido y sincero del buen ladrón: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino (Lc 23, 42). Aquel hombre sufría merecidamente el rigor de la justicia humana. Había gastado su vida inútilmente, apartado de Dios; pero se reconoció miserable, digno de muerte: Nosotros, en verdad, estamos justamente en el suplicio, pues pagamos la pena merecida por nuestros delitos; mas Éste ningún mal ha hecho (Lc 23, 40-41). este instante de arrepentimiento bastó para llevarle directamente al Cielo: Y le dijo Jesús: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43).

Anunciar la Buena Noticia

Los Apóstoles, incapaces de soportar el escándalo de la pasión de su Maestro, el Espíritu les dará una clave de lectura para introducirlos en la verdad y en la belleza de la salvación. Estos hombres, antes asustados y paralizados, encerrados en el cenáculo para evitar las consecuencias del viernes santo, ya no se avergonzarán de ser discípulos de Cristo, ya no temblarán ante los tribunales humanos. Gracias al Espíritu Santo, ellos comprenden “toda la verdad”, esto es: que la muerte de Jesús no es su derrota, sino la expresión extrema del amor de Dios. Amor que en la Resurrección vence a la muerte y exalta a Jesús como el Viviente, el Señor, el Redentor del hombre, el Señor de la historia y del mundo. Y este realidad, de la cual ellos son testigos, se convierte en Buena Noticia que se debe anunciar a todos (Papa Francisco).