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Evangelización de América (VIII)

La pedagogía misionera

Los métodos de catequización de los misioneros españoles utilizados en América, en un principio fueron similares a los seguidos en Granada tras la conquista. En un primer período de euforia se pretendió seguir la denominada “técnica del perfeccionamiento”, partiendo de las tradiciones indígenas; hasta que el peligro de sincretismo o fusión de religiones aconsejaron a los religiosos dejar la utilización de las semejanzas entre las religiones indígenas y el cristianismo.

Después se siguió el procedimiento drástico de la tabula rasa, es decir, el destruir todo rasgo de idolatría, para empezar a construir desde cero. Este sistema comportaba una auténtica desilusión sobre la capacidad del indio para asimilar la doctrina que se le explicaba. El primer obispo de Quito, en un informe, aseguraba que sus catecúmenos no podían rebasar el nivel mental de los españoles de quince años y no se podía pasar de ahí. Esta consideración del indio como un perpetuo menor de edad predominó en las misiones americanas hasta fines del siglo XVI. Los misioneros -que trataban a los indios con indulgencia- se contentaban , debidos a la consideración anterior, con progresos lentos.

Para la instrucción de los indios -con espíritu poco capaz de abstracción-, los misioneros tuvieron que emplear procedimientos destinados a impresionar los sentidos y a vincular las ideas a la totalidad del cuerpo y de la sensibilidad. El P. Antonio de Roa, hablando del infierno, se lanzó sobre carbones ardientes e hizo observar a los indios que si no podían soportar aquel dolor, cómo sería el fuego eterno. Cada vez que encontraba o erigía una cruz, se hacía injuriar y golpear, puesto que Jesucristo sufrió todo esto para redimir los pecados de los hombres. De este modo fijaba en la memoria de los indios el recuerdo de sus enseñanzas.

Como el alfabeto era muy abstracto para los indios y su uso implicaba una revolución intelectual, era preciso asociar la representación de las letras con la de unos objetos que el indio pudiera manejar, razón por la cual los misioneros en su catequesis también se valieron de cuadros que constituían un catecismo en imágenes, de la representación de los misterios de la religión cristiana.

Por último, debido a la obra del P. Acosta, los misioneros llegaron a constatar un tercer método, que pudiéramos llamar “técnica de comprensión”, intermedio hasta cierto punto de los otros dos. Había de partir de la tradición indígena, para utilizarla como medio de penetrar los secretos del alma del indio y su auténtica personalidad: sólo con este conocimiento profundo por parte del misionero del extraño mundo interior que tiene delante podrá enfrentarse con sus problemas espirituales.

Y enseñaron también los misioneros con el ejemplo, viviendo lo que enseñaban. Dieron ejemplo de la entrega total al prójimo para grabar su enseñanza en los espíritus. Vivían con los indios y morían por ellos, totalmente identificados. Sus fatigas y privaciones eran tales que la mortalidad entre los religiosos alcanzó grandes proporciones.

Basados en el principio de que “para ser cristianos los indios necesitaban primeros ser hombres”, los misioneros trataron de civilizarlos. El empeño revistió dos facetas: la concentración de los indios en poblados y la acomodación de su sistema de vida a la dignidad humana. Los religiosos procuraron la concentración de los indios bajo su dirección, así como el aislamiento de los mismos del contacto -a veces- corruptor de los blancos. Los misioneros edificaron poblados con casas de varias piezas, colegios e iglesias. Enseñaron a los indios a vestirse y alimentarse convenientemente. Construyeron fuentes, canalizaciones, acueductos.

La concentración en poblados, además de tener su aspecto civilizador, evitaba una diseminación que dificultaba la labor evangelizadora y que constituía una fuente de actos idolátricos, por lo que el tema fue abordado en varios concilios. Así tenemos que la concentración, denominada entonces “reducción”, fue ordenada por la Junta eclesiástica de México de 1546, por el I y III concilios de esta ciudad (1555 y 1585) y el III de Lima (1582-83).

Evangelización de América (VII)

Organización territorial (continuación)

B) Parroquias y doctrinas. Las diócesis estaban integradas por otras dos circunscripciones, denominadas parroquias y doctrinas según estuviera por hispanocriollos o por indios convertidos respectivamente.

Las parroquias tenían por titular al párroco, preferentemente del clero secular, pero a veces, cuando no había suficiencia de clero diocesano, eran regidad por religiosos.

Sin embargo, en las doctrinas se encontraba al frente el doctrinero o párroco de indios, que en la mayoría de los casos pertenecían a las Órdenes religiosas. Cada doctrina solía constar de una “cabecera” o pueblo principal y de un número no fijo de “aledaños” o “estancias”.

Para hacernos una idea de la diversidad existente entre las doctrinas, veamos los casos siguientes:

La diócesis de Michoacán tenía en 1565 siete doctrinas, cada de ellas con un número de “estancias” que variaban entre dos y 22, hasta un total de 72, algunas de ellas situadas a más de 20 leguas de la “cabecera” y todas atendidas por siete religiosos y cuatro clérigos.

La diócesis de Yucatán tenía en 1586 doce doctrinas, 122 “estancias” (que oscilaban entre cuatro y 23 por doctrina), distantes entre dos y 30 leguas de la “cabecera”, atendidas por 38 religiosos y habitadas por unos 30.000 indios.

Tanto las parroquias como las doctrinas dependían directamente del obispo diocesano, aún cuando los doctrineros y algunos párrocos fueran religiosos.

C) Misiones. Los territorios indios aún no cristianizados, recibían el nombre de misiones, independientemente del hecho de estar ubicados o no dentro de una diócesis. Las relaciones de las misiones con el obispo eran de hecho nulas, debido a la exención y privilegios de las Órdenes religiosas, ya que, como norma, eran casi siempre religiosos los que estaban al frente de las misiones.

Las misiones de un territorio caracterizado étnica o geográficamente solían correr al cargo de la misma Orden. Una vez cristianizado, el territorio se convertía en doctrina.

 

Evangelización de América (VI)

Organización territorial

Durante la época de la Evangelización hay que distinguir las siguientes divisiones eclesiásticas en el Continente americano:

a) Las diócesis. A lo largo del primer siglo de la Evangelización llegaron a existir 32 diócesis en toda América. La creación de estas diócesis sigue el ritmo y los pasos de la pacificación de los diversos territorios.

En su proceso se pueden ver tres etapas:

1ª etapa. Llamada la de aceleración (1511-1520), en la que surgen cinco obispados, todos ellos circunscriptos en la zona del Caribe.

2ª etapa. Denominada la de intensificación, en la que tras diez años de inactividad (sólo se erige una diócesis9, se crean diócesis en los grandes territorios conquistados. Esta etapa comprende los años del 1530 al 1548.

3ª etapa. Conocida por el nombre de la estabilización (552-1577), en la que sólo se añaden siete obispados a los ya existentes.

Las diócesis creadas durante el siglo XVI, contando con la de La Paz y la de Santa Cruz de la Sierra como una, ya que fueron erigidas en 1605 por desmembración de la diócesis de Charcas, y con la suprimida de Verapaz, estaban enclavadas:

4 en la Audiencia de Santo Domingo; 2 en la de Guadalajara; 5 en la de México; 5 en la Guatemala; 1 en la Panamá; 3 en la de Santa Fe; 2 en la de Quito; 5 en la de Lima; 3 en la de Charcas; y 2 en la de Chile.

Hasta 1546 el metropolitano de todas las diócesis americanas fue el arzobispo de Sevilla. El 11 de febrero de 1546 se crearon los arzobispados de Santa Domingo (Caribe, Florida y Norte de Venezuela), de México (Nueva españa y América Central) y de Lima (Panamá y resto de América del Sur), a los que en 1564 se les sumó el de Santa Fe.

En el momento de la Independencia eran ocho las sedes metropolitanas y treinta y seis las sufragáneas.

Como es lógico, al frente de cada diócesis estaba el obispo. Su nombramiento se realizaba siguiendo los trámites del derecho de presentación de que gozaba el Monarca español. Unas veces a iniciativa propia, y otras aceptando sugerencias de ultramar, el Consejo de Indias presentaba tres nombres al rey, que seleccionaba a la persona que consideraba más capacitada, cuyo nombre era propuesto a Roma, pues en última instancia era la Santa Sede quien realizaba el nombramiento.

Los criterios fundamentales de selección para los candidatos al episcopado eran tres: a) Formación teológica, por los problemas se le plantearían allende los mares; b) Su experiencia de gobierno, por las delicadas situaciones que tendría que afrontar; c) Su ejemplaridad de vida, porque tendrá que ejercer su labor pastoral entre cristianos recientes.

Los obispos en el ejercicio de su misión contaron con dos flancos especialmente delicados: a) las autoridades civiles, pues en sus relaciones entraba por medio el derecho de patronato, por lo que fueron frecuentes los roces; b9 las Órdenes religiosas, por la defensa a ultranza que hacían éstas de sus excepcionales privilegios, que recortaban sensiblemente las facultades episcopales.

Como dato significativo, desde 1511 hasta 1600 llegó a haber en América un total de 214 obispos, de ellos ninguno indio, nueve criollos y 142 procedentes de las distintas Órdenes religiosas.

Evangelización de América (V)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

(4)

En Chile, la evangelización se inició muy pronto, con las primeras exploraciones. Las Órdenes religiosas se establecieron inmediatamente. Los mercedarios llegaron en 1550, los dominicos -a ruegos de Felipe II- estaban ya en Santiago a finales de 1577 y crearon la provincia de chile, Argentina y Paraguay.

En 1563 los franciscanos -establecidos en Chile desde 1552- fundaban convento en Santiago, aunque no se organizaron en provincia religiosa independiente hasta 1572. En 1593 llegaron los jesuitas, y dos años más tarde los agustinos.

Las dificultades para la cristianización de Chile fueron enormes. A las normales de escasez de claro y otras semejantes, habría de añadir la pobreza del territorio y la terrible guerra de los araucanos que comenzó en 1553.

Evangelización de América (IV)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

(3)

En Perú la evangelización comienza al mismo tiempo que la conquista. Pizarro llevó consigo a dos sacerdotes, el religioso dominico fray Vicente Valverde (que fue el primer obispo de Cuzco), y al clérigo secular Juan de Sosa. La cristianización, llevada por las Órdenes religiosas, se extendió rápidamente. En 1535 los mercedarios -llegados en los comienzos de la conquista- iniciaron su labor misionera en San Miguel de Piura, y desde allí se fueron hacia el sur. En 1539, avanzando hacia el norte, llegaron a Pasto. En 1556 erigieron la provincia de Cuzco, abarcando tierras de Perú, Bolivia, Norte de Argentina y Paraguay; tenían entonces 16 conventos y 17 doctrinas, con 114 sacerdotes. Más tarde fundaron la provincia de San Miguel de Lima, que a fines del siglo XVI tenían 161 sacerdotes en 13 conventos y 47 doctrinas.

Los franciscanos, establecidos en Lima desde 1535, se extendieron por todo el territorio, desde Quito (1538) hasta Potosí (1547). En 1553 tenían ya 18 casas desde Tierra Firme hasta Tucumán.

Los dominicos, llegados a Lima en 1532, centraron su actividad en la Ciudad de los Reyes y a sus alrededores y desde allí pasaron a misionar las regiones de Quito (1540), de la Paz y de La Plata.

Aunque en un principio sólo se dedicaron a evangelizar a los indios, más tarde, también trabajaron en las ciudades al aumentar la población española.

Los agustinos se desplegaron desde 1550 en dirección casi simultánea a Quito (1563) y a Cuzco – Arequipa.

Los jesuitas llegaron a Perú en 1568 y se instalaron en Lima, y después en Cuzco (1571), a donde los llevó el virrey Francisco de Toledo. Sucesivamente fundaron en Potosí (1574), Juli (1577) y Arequipa (1578). En 1601 tenían en Perú 150 sacerdotes, 80 de los cuales conocían las lenguas indígenas.

Tucumán fue una prolongación del Perú, mientras que el resto del Río de la Plata constituyó un foco evangelizador independiente, con su centro en Asunción.

Evangelización de América (III)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

(2)

La Orden franciscana a finales del siglo XVI estaba organizada en cinco provincias religiosas. Dato importante fue la creación de Colegios apostólicos para la formación de sus misioneros.

Los dominicos llegaron a México en julio de 1526. Eran ocho, pero sólo tres pudieron sobrevivir. Su expansión, de centro a sur hasta llegar a Guatemala, abarca dos polos de importancia desigual: valle de México y región mixtecozapoteca. Durante el siglo VI constituyeron cuatro provincias en Nueva España.

En 1533 se establecieron los agustinos, que siguieron tres rutas de expansión: 1) en dirección nordeste de la capital de Nueva España (Huasteca); 2) en dirección sur (Estado de Guerrero); y 3) la región de Toluca (Michoacán).

En 1572 llegaron los jesuitas. Comenzaron su acción evangelizadora en el nordeste de Nueva España. Establecieron misiones en el último decenio del siglo XVI en Sinaloa (1591) y Tepehuanes (1596), al NO mexicano, entre chichimecas.

Un último dato sobre el establecimiento de los misioneros en el antiguo imperio azteca: hacia 1570 había 74 conventos de franciscanos, 39 de dominicos y 40 de agustinos.

En Florida las primeras expediciones habían llevado consigo algunos misioneros de diversas Órdenes religiosas (trinitarios, franciscanos y dominicos), que trabajaron con dificultades para la sistematización de una evangelización ordenada de todos aquellos nativos sin conseguir la estabilización de su labor. En 1573 llegaban al territorios religiosos franciscanos que consiguieron establecerse de manera definitiva.

En América Central, Yucatán fue un floreciente centro de misiones franciscanas (1547), Guatemala fue de mercedarias (1536), franciscanas (1541) y dominicas (1537-50), mientras que Nicaragua fue evangelizada por franciscanos desde 1527 y por losa mercedarios desde 1528.

En la costa septentrional de Venezuela, después de los fallidos intentos de 1515-21, hubo tres focos estables de evangelización realizada por los dominicos: 1) Santa marta (1529); 2) Coro (1531), que sirvió de base para su expansión hasta el sureste; Cartagena de Indias (1534), de donde se inició la penetración misionera hacia el Sur y hacia el Oeste.

Con la llegada de los franciscanos y dominicos a Santa Fe de Bogotá (1550), esta ciudad se convirtió en base para la evangelización de Nueva Granada, en la que también intervinieron los agustinos a partir de 1575, los mercedarios, que llegaron en el año 1580, y los jesuitas, establecidos desde 1599.

Evangelización de América (II)

Las Órdenes religiosas en la Evangelización de América y su propagación por el Nuevo Mundo (Siglo XVI)

(1)

La obra de cristianización de los territorios del Nuevo Mundo fue realizada principalmente por los religiosos. Desde 1493, un año después del Descubrimiento, estaban ya en América los franciscanos y los mercedarios; en 1510 llegaron los dominicos; después, en 1532, los agustinos y, finalmente, a partir de 1566, los hijos de san Ignacio de Loyola.

A estas cinco Órdenes se las considera y denomina Órdenes misioneras americanas, no porque se limitaran a la evangelización, sino porque el peso de esta última recayó casi exclusivamente en ellas.

Los religiosos adoptaron dos sistemas para llegar al Continente americano. Uno, previa selección y autorización del Consejo de Indias, era en calidad de misioneros. Desde 1493 a 1600 unos 5.428 religiosos realizaron el viaje por este sistema. Durante los siglos XV y XVI se realizaron 415 expediciones de misioneros a América bajo el mando de un superior y con destino preferente a territorios sin cristianizar o en vías de cristianización. Los gastos del viaje corrían por cuenta de la Real Hacienda, pues con la concesión a la Corona española por parte de la Santa Sede del derecho de patronato sobre la Iglesia en América estaba la obligación de enviar misioneros.

El otro sistema, sin carácter de misioneros y, por lo mismo, sin necesidad de aprobación del Consejo de Indias y sin gozar de la subvención regia. De esta forma se trasladaron a América durante el siglo XVI un número de religiosos no definido, aunque inferior al de los misioneros. El grupo de los no misioneros se dirigían a territorios ya evangelizados, cuya labor consistía en la actividad pastoral entre población ya cristiana.

La inmensa mayoría de los religiosos embarcados eran españoles. Sólo enel grupo de los misioneros habían 70 no españoles. Casi todos eran sacerdotes. Entre los que iban a misiones, sólo figuraban 118 estudiantes y 95 hermanos o coadjutores.

La evangelización y sus primeras experiencias misionales comenzaron en las Antillas. En 1493 llegaron a La Española los primeros misioneros -franciscanos y mercedarios-, que evangelizaron esta isla y las restantes del Caribe, donde también estuvieron los dominicos a partir de 1510.

Sería en las Antillas donde surgieron graves problemas misionales, entre otros, la rápida extinción de los indios. Hacia 1520 se calcula que vivían en La Española solamente 16.000 indios, de cerca del millón que debió haber en 1492. Esta mortandad atribuida en un principio a los abusos y brutalidades de los colonizadores, hoy se explica más bien -sin negar aquellos excesos- por los efectos del contacto entre dos razas tan distintas propicio para la transmisión de virus que originaban epidemias para las cuales no había inmunización ni defensas naturales.

A pesar de estos problemas iniciales, la empresa de evangelización se inició con muy buenos augurios.

Desde La española como base se hicieron tres intentos para una cristianización pacífica del norte de Venezuela: en 1514 por los dominicos en Cunamá; en 1515-20 por los franciscanos en el mismo sitio y por los dominicos en la zona próxima de Chichirivichi; y en 1521 por religiosos de ambas órdenes, de nuevo en Cunamá. Los tres intentos fracasaron por la sublevación de los indios.

Un segundo foco de irradiación evangelizadora fue Darién (Panamá9, donde desde 1514 los hijos de san Francisco y de santo Domingo misionaron territorios limítrofes.

A partir de 1521 empieza la evangelización de Nueva España, con la llegada de los franciscanos, aunque el mercedario P. Olmedo puede ser considerado como el primer apóstol de Nueva españa. Acompañó a Hernán Cortés en la conquista y murió en 1524. El 13 de agosto llegaron procedentes de Flandes, los primeros franciscanos: eran los sacerdotes belgas Juan Dekkers, Juan de Amberes y el lego Pedro de Gante. Los dos primeros acompañaron a Cortés en su malograda expedición a Honduras (octubre 1524). El lego Pedro residió en México el resto de su vida llegando a ser figura destacada en la historia eclesiástica y civil de Nueva España.

La evangelización ordenada y metódica comenzó con la llegada de los “doce” -18 de junio de 1524- dirigidos por fray Martín de Valencia. Pronto serían centenares, que abarcaron casi todo el territorio mexicano, convirtiéndolo en el campo más brillante de toda la evangelización americana. Poco después llegaron las otras Órdenes y, para facilitar la labor evangelizadora, se dividieron el territorio tomando la ciudad de México como centro: los agustinos se situaron al NO y al S; los dominicos, al SE; y los franciscanos al N y NE, llegando también al Yucatán. Cuando arribaron los jesuitas les fue encomendada la zona del extremo nordeste del México actual.

La Orden franciscana a finales del siglo Xvi estaba organizada en cinco provincias religiosas. Dato importante fue la creación de Colegios apostólicos para la formación de sus misioneros.

Los dominicos llegaron a México en julio de 1526. Eran ocho, pero sólo tres pudieron sobrevivir. Su expansión, de centro a sur hasta llegar a Guatemala, abarca dos polos de importancia desigual: valle de México y región mixtecozapoteca. Durante el siglo VI constituyeron cuatro provincias en Nueva España.

En 1533 se establecieron los agustinos, que siguieron tres rutas de expansión: 1) en dirección nordeste de la capital de Nueva España (Huasteca); 2) en dirección sur (Estado de Guerrero); y 3) la región de Toluca (Michoacán).

En 1572 llegaron los jesuitas. Comenzaron su acción evangelizadora en el nordeste de Nueva España. Establecieron misiones en el último decenio del siglo XVI en Sinaloa (1591) y Tepehuanes (1596), al NO mexicano, entre chichimecas.

Un último dato sobre el establecimiento de los misioneros en el antiguo imperio azteca: hacia 1570 había 74 conventos de franciscanos, 39 de dominicos y 40 de agustinos.

Evangelización de América (I)

Evangelización de América

Fue España la que abrió la comunicación entre Occidente y el Continente americano y la que, en gran parte, llevó al mismo la luz de la fe en Cristo, junto con Portugal. (…) En efecto, de Palos de la Frontera partieron las primeras carabelas, de vuestros lares salieron los primeros evangelizadores, a los que tantos otros han seguido hasta nuestros días. (…) He venido (…) a postrarme ante la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, para dar gracias a Dios por esa gesta y por la contribución esencial de hombres y mujeres de España en una sin par obra de evangelización (San Juan Pablo II, Discurso en el aeropuerto de Zaragoza, 10.X.1984).

La obra de evangelización de América constituye una epopeya –gesta, tarea ingente y secular, una de las páginas más bellas en toda la historia de la evangelización llevada a cabo por la Iglesia, según san Juan Pablo II- sólo comparable (aunque por desgracia mucho menos conocida) a la del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Tan increíbles como las hazañas de Hernán Cortés en el impero azteca o las de Pizarro en Perú, fueron las correrías apostólicas de santo Toribio Alonso de Mogrovejo, que recorrió a pie o en mula millares de kilómetros a través de montañas y selvas en viajes interminables y que bautizó por sus manos a varios cientos de miles de indios. En 1594 el santo arzobispo de Lima en carta dirigida al rey Felipe II escribía haber recorrido en mula 15.000 kilómetros y confirmado a medio millón de personas; o las de san Francisco Solano, que en el más puro estilo franciscano recorrió durante años la Pampa y el Chaco sin más impedimenta que su altar portátil, su crucifijo y su violín.

Una evangelización que fue posible por el esfuerzo y la generosidad de todo un país. Las palabras de agradecimiento de san Juan Pablo II en Zaragoza son bien elocuentes de la labor realizada: ¡Gracias, pues, en nombre de la Iglesia! ¡Gracias a aquellas familias españolas que en los cuarenta primeros años después de descubrirse el Nuevo Mundo enviaron allí cerca de 3.000 religiosos y unos 400 clérigos! ¡gracias porque, en estos cinco siglos, más de 200.000 misioneros españoles han marchado a servir a la Iglesia en Hispanoamérica!

A pesar de las deficiencias y flaquezas que hubo -como en toda empresa realizada por hombres- en la labor evangelizadora, se trata de una obra colosal por sus dimensiones, por la rapidez con que se realizó y por las circunstancias que la acompañaron.