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Decálogo del abuelo

Decálogo de los abuelos

Vivid con alegría esta etapa final del camino, el atardecer, descubriendo que, junto a sus limitaciones, tiene también sus alegrías.

Aceptad pasar a un segundo plano en la vida de los hijos: en la toma de decisiones, en la disposición de las cosas, en lo que se refieren a vuestros nietos…

Buscad el mayor conocimiento de un Dios que os espera con la misma ternura con que vosotros esperabais, al caer de la tarde, el retorno de vuestros hijos.

Redescubrid el amor a ese hombre o a esa mujer con quien un día ya lejano fundasteis un hogar, tuvisteis unos unos hijos y fue envejeciendo junto a vosotros.

Cuidad el amor a vuestros hijos, los cuales, a la vez que problemas, os aportaron un verdadero enriquecimiento intelectual, afectivo, de carácter…

Estrenad gozosos el amor a vuestros nietos -en lo que habéis reencontrado a vuestros hijos- dándoles vuestro ejemplo, vuestra conversación y vuestra ternura.

Entregaos, en asociaciones con vuestros mismos ideales, al servicio de la sociedad. No dejéis que se pierdan, estériles, vuestros valores y vuestra experiencia.

Aceptad las enfermedades que conllevan vuestras limitaciones. Pero tras ellas, descubrid la mano providente de Quien todo lo dirige al bien de los que ama.

Recordad, finalmente, que hay cuatro palabras que os pueden ayudar para proceder con acierto en el atardecer de la vida. Amar, comprender, disculpar…

…Y sonreír.

Ancianos, pero felices

Ancianos, pero dichosos

Dichoso el anciano que valora su ancianidad, porque en el atardecer sabrá dar gracias a Dios por el gran don de la vida.

Dicho el anciano que es portador de paz y energía creadora, porque contribuirá hasta el último momento a la construcción del mundo.

Dichoso el anciano que se mantiene optimista, porque no tendrá la sensación de haber desperdiciado su vida.

Dichoso el anciano que se acerca al sufrimiento de los demás, porque nunca carecerá de compañía.

Dicho el anciano que no fomenta el egoísmo de vivir buscando sus seguridades, porque las encontrará cubiertas todas por añadidura.

Dichoso el anciano que viviendo su pobreza siembra alegría a su alrededor, porque conocerá el gozo de vivir.

Dichoso el anciano que acepta con mirada confiada y serena sus limitaciones, porque descubrirá la felicidad de la sencillez.

Dichos y felices todos los ancianos que encontrándose solos y abandonados continúan amando, porque se sentirán amados por Dios.

En la escritura ancianidad es siempre bendición de Dios.

Alegría en la fe católica

El cristiano, que es testigo de Cristo y anunciador de la Buena Nueva, es por eso mismo hombre de alegría y hombre de esperanza, hombre de la fundamental afirmación del valor de la existencia, del valor de la Creación y del esperanza en la vida futura. Naturalmente, no se trata ni de una alegría ingenua ni de una esperanza vana. La alegría de la victoria sobre el mal no ofusca la conciencia realista de la existencia del mal en el mundo y en todo hombre. En Evangelio enseña a llamar por su nombre el bien y el mal, pero enseña también que “se puede y se debe vencer el mal con el bien”.

El bien no es fácil, sino que siempre es esa “senda estrecha” de la que Cristo habla en el Evangelio. Así pues, la alegría del bien y la esperanza de su triunfo en el hombre y en el mundo no excluyen el temor de perder este bien, de que esta esperanza se vacíe de contenido.

Alegría cristiana

La alegría esencial de la creación se completa a su vez con la alegría de la salvación, con la alegría de la Redención. El Evangelio es en primer lugar una gran alegría por la salvación del hombre. El Creador del hombre es también su Redentor. La salvación no sólo se enfrenta con el mal en todas las formas de su existir en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el mal. Yo he vencido al mundo, dice Cristo. Son palabras que tienen su plena garantía en el Misterio pascual, en el suceso de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Durante la vigilia de Pascua, la Iglesia canta como transportada: O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem (¡Oh feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan gran Redentor! (Exultet). El motivo de nuestra alegría es pues tener la fuerza con la que derrotar al mal, y recibir la filiación divina, que constituye la esencia de la Buena Nueva. Este poder lo da Dios al hombre en Cristo. El Hijo unigénito viene al mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve del mal.

(San Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza)

Los diez mandamientos de la alegría

Los 10 mandamientos de la alegría

1. La alegría pedirás a Dios cada mañana fielmente.

2. Calma y sonrisa mostrarás incluso en casos de disgusto.

3. En el corazón volverás a decir: Dios que me ama está siempre presente.

4. Sin cesar tú te aplicarás a ver el lado bueno de los demás.

5. La tristeza tú desterrarás de ti implacablemente.

6. Quejas y críticas evitarás. Nada hay más deprimente.

7. A tu trabajo te dedicarás con un corazón gozoso y alegre.

8. A los visitantes reservarás una acogida siempre benévola.

9. Los sufrimientos reconfortarás olvidándote de ellos totalmente. Piensa siempre en positivo.

10. Repartiendo por todas partes la alegría tú la tendrás en primer lugar para ti seguramente.

(Gastón Courtois)

Alegría en la vejez

Alegría en la etapa final de la vida

Toda la sociedad tiene una deuda moral con los ancianos y con razón se ha dicho que el modo en que los pueblos tratan a sus mayores revela su calidad humana. Los cristianos sabemos que la vida del hombre tiene un carácter trascendente; que después de trapasar las diferentes etapas dentro del proceso de crecimiento humano, la madurez es una puerta al infinito, a la eternidad.

Los últimos años de la vida son todo lo contrario a un túnel sombrío que aboca en la muerte como anonadamiento. Partiendo de la concepción cristiana del hombre se ve claro que no tiene sentido el deseo de tantos que anhelan la muerte simplemente para verse libres de las limitaciones que lleva consigo la vejez.

Pero hablemos de la vida y de sus posibilidades porque dentro de la familia cristiana los abuelos están llamados a compartir el gran tesoro de la experiencia. La familia necesita de los abuelos porque ellos pueden colaborar en la estabilidad familiar, la animación de la vida social y la conservación y transmisión de los valores del espíritu. Una persona mayor que verdaderamente crea en Dios es una joya de la que nadie querría desprenderse, es una bendición para la familia.

Alegría

Las olas del mar, como en día de fiesta, lucían mantillas de espuma blanca. Unas a otras se salpicaban de risas, y todas corrían y besaban la orilla. Algunas se volvían a la mar y las otras, sentadas en la arena, se reían. Era de noche cuando me acerqué para que me contaran su fiesta, y todas me salpicaron de alegría.

(Jesús Urteaga, El valor divino de lo humano)