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Homilía de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (Ciclo B)

FIESTA DE LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ (B)

Lecturas: Nm 21, 4b-9; Flp 2, 6-11; Jn 3, 13-17

Origen de la fiesta. En el año 614, el rey Cosroes de los persas conquistó Jerusalén. La reliquia de la Santa Cruz, que se veneraba en una iglesia de la Ciudad Santa desde que fue encontrada milagrosamente por santa Elena en el siglo IV, la tomaron los persas como botín de guerra, llevándosela a la ciudad de Ctesifonte. El mundo cristiano se estremeció ante aquella profanación. El emperador cristiano, Heraclio, se aprestó a recuperar el Santo Madero. Después de invocar al Señor y a su Madre Santísima, emprendió la guerra contra los persas. En el año 627 consiguió la victoria definitiva.

La Sagrada Reliquia de la Pasión del Señor fue recuperada, y para conmemorar este acontecimiento, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que ya se celebraba en muchos lugares, se extendió a todo el orbe cristiano. Cuenta una vieja tradición que cuando el emperador, vestido con todas las insignias de la realeza, quiso llevar personalmente la Cruz de Cristo hasta su primitivo lugar en el monte Calvario, el peso del Santo Madero fue haciéndose más y más insoportable.

Llevando la propia Cruz. Zacarías, obispo de Jerusalén, hizo ver al emperador que para llevar a cuesta la Cruz debería despojarse de la pompa de la realeza, e imitar la pobreza y la humildad de Cristo, que se había abrazado a la Cruz en la desnudez más absoluta. Heraclio se vistió entonces de humildes ropas de penitente y, descalzo, pudo llevar la Santa Cruz hasta el lugar donde había sido arrancada por los infieles.

Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga (Mc 8, 32). La vida cristiana es un camino divino, marcado por las huellas de Jesucristo en su paso por esta tierra. Y esta senda hay que recorrerla llevando nuestra propia Cruz. No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá).

El poder de la Cruz.La Cruz de Cristo en el corazón, y sobre los hombros, llevada a peso, con generosidad, con garbo, con alegría, y comprobaremos entonces que la carga del Señor es ligera y suave su yugo. El encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad de Dios, van ineludiblemente unidos.

La Cruz tiene la fuerza de atraer a los hombres hacia Dios. Así vemos en la calle de la Amargura a un Cireneo contrariado, obligado a llevar la Cruz, que se convierte en un Simón enamorado de Cristo a quien ayuda con cariño a llevar el peso del Santo Madero; y el llanto dolorido de las mujeres de Jerusalén. En el Calvario, el arrepentimiento del aquel malhechor, san Dimas; el toque de gracia al centurión romano que reconoce la divinidad del Ajusticiado; y la compunción de la multitud del pueblo que volvía del Gólgota golpeándose el pecho.

Homilía de la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Fiesta de luz. Hoy en Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación, diremos en el prefacio de la Misa de Epifanía. Celebramos la manifestación Cristo a los gentiles, representados por aquellos Magos llegados de Oriente para adorar al Niño de Belén. La luz que brilló en Navidad es como un foco de luz que, en medio de las tinieblas, guía a los hombres hacia Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación. Pero en esta fiesta de luz, hay una nota triste. Hay quienes, como Herodes, no se alegran con la noticia que traen los Magos, la del nacimiento del Mesías. Se quedan en la sombra del pecado. Es el misterio del mal: La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas (Jn 3, 19).

 

Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna (1 Jn 1, 5), y también Dios es amor (1 Jn 4, 8). La luz que iluminó en la noche el portal de Belén y que fue manifestada después a los pastores, aparece ahora como estrella, como verdadero manantial luminoso, a los Magos revelando el amor de Dios en la Persona del Verbo encarnado. Aquellos misteriosos personajes, guiados por la estrella, llegan a Belén y encuentran al Niño en brazos de su Madre.

Siguió caminando. Un jeque viajaba por el desierto. Llevaba mercancía de mucho valor, toda una riqueza en piedras preciosas. A consecuencia del fuego de los arenales, un camello extenuado, cayó. El arca que llevaba se rompió dejando esparcidas sobre las arenas joyas y brillantes. El príncipe, no teniendo con qué recoger aquel tesoro, dijo a los miembros de su séquito que cogiesen lo que cada uno quisiera para sí. Mientras éstos se abalanzaban en recoger las joyas, el jeque siguió adelante su camino. De pronto, escuchó los pasos de alguien que caminaba detrás de él. Se volvió y vio que era uno de sus pajes, que le seguía. Y tú, ¿no te quedas a recoger nada?, le preguntó. El joven respondió con sencillez: Yo sigo a mi rey.

Seguir a nuestro Rey, seguir a Cristo es toda una aventura, una aventura divina que llena de felicidad y de gozo. Sin la estrella, sin la luz de Belén, perdemos el norte de nuestra vida, la meta se hace inalcanzable, la vida carece de sentido.

 

La costumbre de los regalos. Hay quienes están obsesionados por los deseos de riqueza, y se quedan en el camino. No siguen la estrella, no encuentran a Cristo. Totalmente atrapados por la sociedad de consumo, están inmovilizados, son incapaces de caminar hacia Belén. Prefieren el lujo, la ostentación y el despilfarro.

Los regalos de Reyes es una costumbre que tiene sus raíces en el episodio evangélico de los dones ofrecidos por los Magos al Niño Jesús y, en su sentido más radical, en el don que Dios Padre ha concedido a la humanidad con el nacimiento de su Hijo encarnado. Es deseable que esta costumbre mantenga un carácter religioso. Esto ayudará a convertir el regalo en una expresión de piedad cristiana. Los Magos ofrecieron dones al Niño. Que cada uno piense qué le va a regalar a Jesús.