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Fiesta del Corpus Christi

Al remontarnos a los orígenes del Corpsu Christi, surge el recuerdo de una piadosa niña belga, nacida en 1193 en Rétine, que a edad temprana ingresó en el monasterio de Monte Cornillón, cerca de Lieja.

Esta religiosa, conocida con el nombre de Beata Juliana de Mont-Cornillon, era muy devota de la Sagrada Eucaristía y en una revelación privada recibió el encargo divino de que es estableciera una fiesta en honor del Santísimo Sacramento. Al principio mantuvo en secreto estas revelaciones, hasta que en 1230, al ser elegida superiora del monasterio, encontró en el arcipreste de la catedral de Lieja, Jacques Pantaleón de Troyes, un activo colaborador.

No tardó así en acordarse, en un sínodo diocesano, la institución de la nueva fiesta del Corpus Christi, con oficio propio, la cual se celebró por primera vez en Liez, en 1247.

Algún tiempo después, el arcipreste Pantaleón fue nombrado obispo de Verdún y después patriarca de Jerusalén. Finalmente, en 1261, resultó elegido Papa, con el nombre de Urbano IV.

Milagro de Bolsena

A la circunstancia favorable de un Papa propicio se unió un milagro ocurrido en 1262 y célebre en los anales de la Iglesia medieval. Un sacerdote alemán, fiel al Señor en todo, dudaba, sin embargo del sacramento del Cuerpo y la sangre de Cristo. Continuamente pedía Dios que le quiata sus dudas.

Yendo cierto día hacia Roma, llegó al castillo de Bolsena, de la diócesis de Orvieto, y se dispuso a celebrar la misa en la iglesia de Santa Cristina. Fue entonces cuando, teniendo en sus manos y encima del cáliz la Hostia consagrada, la Forma apareció rodeada de sangre, salvo la parte que cubría los dedos. La sangre corrió luego por toda la Forma, así como por los corporales.

El papa Urbano IV se encontraba justamente en Orvieto y a él le llevaron el precioso paño. A la vista del prodigio, surgió la idea de erigir la catedral de Orvieto y más tarde la de construir un riquísimo relicario.

El 11 de agosto de 1264 Urbano IV promulgó la bula Transiturus con la que instituía, con carácter universal, la nueva solemnidad en honor del Santísimo Sacramento. La fiesta debía celebrarse el jueves posterior a la octava de Pentecostés.

La “Nova Solemnitas” -como se la llamó durante mucho tiempo- hubo de superar tiempos difíciles. Clemente V, en el concilio ecuménico de Vienne del Delfinado, tuvo que volverla a restablecer en 1311 con la bula Si Dominum. Juan XXII tuvo que hacer algo parecido en 1317. Fue entonces cuando la fiesta en cuestión fue aceptada universalmente.

Sin embargo, ninguno de los tres papas que la promovieron hacen alusión a la procesión eucarística. Fue después cuando ésta se añadió a la solemnidad.

En el siglo XI, en el norte de Europa se llevaba en la procesión del Domingo de Ramos la Sagrada Eucaristía, y también con gran piedad popular se venían haciendo las procesiones al lugar de la reserva el Jueves y el Viernes Santo.

La procesión del Santísimo Sacramento propiamente dicha aparece a fines del siglo XIII.

La Eucaristía se llevó en un principi cubierta dentro de los cálices, vasos o custodias cerrados o velados, pero pronto se pasó a los más diversos e ingeniosos sistemas de ostensorios.

Su uso se propagó a lo largo de los siglos XIV y XV y fue aceptada en Roma en el siglo XV por Martín V y luego por Eugenio IV.

Inmaculada Concepción. Homilía

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN (A)

Lecturas: Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

El Misterio concepcionista. Celebramos hoy una fiesta grande de la Iglesia en honor de la Virgen María. Recordamos en este día uno de los privilegios con que Dios ha adornado a su Madre: su Concepción sin mancha de pecado original. Esta verdad de fe fue definida solemnemente el 8 de diciembre de 1854 por el beato Pío IX.

El hecho de celebrar la Inmaculada Concepción en Adviento ayuda a comprender mejor su sentido: María fue concebida Inmaculada porque iba a ser la Madre de Dios hecho Hombre y en atención a los méritos del Hijo al que Ella dio la naturaleza humana, gracias a la cual pudo ser Salvador y Redentor. Ella es la llena de gracia, toda santa. Es la mujer que aparece en la 1ª lectura, en perpetua enemistad con Satanás, la que aplasta la cabeza de la serpiente. María es la mayor obra y más pura hechura de Dios.

Modelo de santidad. Nada manchado hay en Ella. Es el esplendor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Más que Ella sólo Dios. En Ella habita el Señor, en Ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo (Benedicto XVI). El pueblo cristiano ha traducido a su lenguaje este misterio, llamando a Santa María con una sola palabra: la Purísima.

Hace tiempo a un pintor famoso le encargaron un cuadro de la Inmaculada. El artista fue a buscar el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo. Y tuvo suerte, porque enseguida encontró a una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar para servir de modelo de un cuadro de la Virgen. La joven se sorprendió, pero aceptó, y dijo al artista: –Hoy no puede ser, iré mañana a su estudio de pintura. Al día siguiente la chica acudió al taller del pintor, y después de los saludos previos, dijo la joven: –Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente. La verdadera devoción a Santa María nos debe llevar a tratar de parecernos más a Ella. Y como Ella no tiene ninguna mancha, nosotros debemos procurar no tener ningún pecado.

Piedad mariana. El beato Pío IX encargó a un prelado de la Curia romana la redacción del documento por el cual proclamaba el Dogma de la Inmaculada: la bula Ineffabilis Deus. Una vez concluido su trabajo, el prelado rogó al Papa que le diese y firmase una copia del documento, pues era su deseo que cuando muriese le pusieran esa copia en el féretro para que le sirviese de pasaporte para el Cielo. Y pienso que hizo bien, pues el cariño a nuestra Madre, la devoción a la Virgen, la piedad mariana es camino que nos lleva a Jesús, y por tanto, a la vida eterna.

La devoción a María no es una devoción más. En la vida de quien ama a Dios no puede faltar el amor a la criatura a quien Dios más ama. La verdadera piedad mariana es santa: implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su oración, su inmaculada pureza, su paciencia, su dulzura, su espíritu de sacrificio…

La Encarnación del Verbo

Anunciación del Ángel a María

Primer punto luminoso que une el cielo y la tierra; primero de los más grandes acontecimientos en los siglos. El Hijo de Dios, Verbo del Padre, por quien fue hecho todo lo que fue hecho (Jn 1, 3) en el orden de la creación, asume en este misterio la naturaleza humana, se hace hombre, para poder ser el redentor, el salvador del hombre y de la humanidad entera.

María Inmaculada, la más bella, la más fragante flor de la creación, con su He aquí la esclava del Señor (Lc 1, 38) como respuesta a las palabras del Ángel, acepta el honor de la maternidad divina, que en el mismo instante se realiza en Ella. Y nosotros, nacidos un día con nuestro padre Adán hijos adoptivos de Dios y luego caídos, volvemos hoy, hermanos todos, hijos adoptivos del Padre, restituidos a la adopción con la redenció que se inicia. A los pies de la cruz seremos hijos de María con ese Jesús que Ella concibe hoy. Será desde hoy mater Dei, y luego mater nostra.

(Cardenal Roncalli-San Juan XXIII)