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Jesús, el Amor hecho carne

La gracia que ha aparecido en el mundo es Jesús, nacido de María Virgen, Dios y hombre verdadero. Ha venido a nuestra historia, ha compartido nuestro camino. Ha venido para liberarnos de las tinieblas y darnos la luz. En Él ha aparecido la gracia, la misericordia, la ternura del Padre: Jesús es el Amor hecho carne. No es solamente un maestro de sabiduría, no es un ideal al que tendemos y del que nos sabemos forzosamente distantes, es el sentido de la vida y de la historia que ha puesto su tienda entre nosotros (Papa Francisco).

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Sentido cristiano de la Navidad

¡Ven, Señor! Es una invitación a comprender qué sucede a nuestro alrededor: si viene el Señor o si no viene; si hay sitio para el Señor o hay sitio para las fiestas, para hacer compras, hacer ruido. Una reflexión que lleva a una pregunta dirigida a nosotros mismos: ¿Nuestra alma está abierta, como estaba abierta la Virgen? ¿O nuestra alma está cerrada y hemos colgado en la puerta un cartel, muy educado, que dice: Se ruega no molestar? Con la Virgen y con la madre Iglesia nos hará bien repetir hoy en oración estas invocaciones: oh sabiduría, oh llave de David, oh rey de las naciones, ven, ven. Una oración que se convierte en examen de conciencia, para verificar cómo es nuestra alma y hacer que sea un alma abierta, un alma grande para recibir al Señor en estos días. Un alma que comienza a sentir lo que mañana en la antífona nos dirá la Iglesia: Hoy sabréis que vendrá el Señor, y mañana veréis su gloria (Papa Francisco).

Navidad: la Virgen María y San José

María, después de acoger el anuncio del Ángel, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Cuando José se dio cuenta del hecho, quedó desconcertado. José quiere hacer la voluntad de Dios y decide, seguramente con gran dolor, repudiar a María en privado. Una prueba semejante a la del sacrificio de Abrahán, cuando Dios le pidió el hijo Isaac: renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso de Abrahán, el Señor interviene: encontró la fe que buscaba y abre un camino distinto, una vía de amor y de felicidad. Nosotros celebramos la Navidad contemplando a María y a José: María, la mujer llena de gracia que tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que prefirió creer al Señor en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Con ellos, caminamos juntos hacia Belén (Papa Francisco).

El Señor está cerca

En la última semana que precede a la Navidad la Iglesia repite la oración: ¡Ven, Señor! Y haciendo así, llama al Señor con tantos nombres distintos, llenos de un mensaje sobre el Señor mismo: Oh sabiduría, oh Dios poderoso, oh raíz de Jesé, oh sol, oh rey de las naciones, oh Emanuel. La Iglesia hace esto porque está en espera de un parto. En efecto, también la Iglesia, en esa semana, es como María: en espera del parto. En su corazón la Virgen sentía lo que sienten todas las mujeres en ese momento. En su corazón decía seguramente al niño que llevaba en su seno: Ven, quieto mirarte a la cara porque me han dicho que serás grande. Es una experiencia espiritual que vivimos también nosotros como la Iglesia, porque acompañamos a la Virgen en este camino de espera. Y queremos apresurar este nacimiento del Señor. ¡Ven! (Papa Francisco).

Espíritu de curiosidad

Hay un pasaje del Evangelio en el que nos encontramos ante un espíritu, contrario al de la sabiduría de Dios: el espíritu de curiosidad. Es cuando queremos adueñarnos de los proyectos de Dios, del futuro, de las cosas, conocer todo, tener todo entre las manos. ¿Cuándo vendrá el reino de Dios? ¡Curiosos! Querían saber la fecha, el día… Este espíritu de curiosidad nos impulsa a mirar sólo los detalles, las noticias, las pequeñas noticias de cada día: ¿cómo se hará esto? Es el cómo, es el espíritu del cómo. No es un buen espíritu: es el espíritu de dispersión, de alejarse de Dios, el espíritu de hablar demasiado. Jesús nos dice una cosa interesante: este espíritu de curiosidad, que es mundano, nos lleva a la confusión. El Reino de Dios no viene en la confusión. Como Dios no habló al profeta Elías en el viento, en la tormenta, en el tifón. Habló en la brisa suave, la brisa que era sabiduría. No buscar cosas extrañas, no buscar novedad con esta curiosidad mundana. Dejemos que el Espíritu nos lleve adelante con la sabiduría que es una brisa suave (Papa Francisco).

El silencio del Adviento

Un hilo sonoro de silencio: así se acerca el Señor, con la sonoridad del silencio que es propia del amor. Y dice a cada hombre: Tú eres pequeño, débil pecador, pero yo te digo que te he convertido en trillo nuevo, de dientes dobles. Triturarás los montes y los desmenuzarás, y los cerros convertirás en tamo. Así, Él se hace pequeño para hacerme fuerte. Va a la muerte, en señal de esa “condescendencia”, para que yo pueda vivir. Esta es la música del lenguaje del Señor. Nosotros, preparándonos para la Navidad tenemos que escucharla. Nos hará bien, mucho bien. Por lo general, la Navidad es una fiesta con mucho ruido. Nos hará bien un poco de silencio, para oír estas palabras de amor, de tanta cercanía, estas palabras de ternura. Debemos hacer silencio en este tiempo porque estamos en vigilante espera (Papa Francisco).

El Reino de Dios

(¿Cuándo vendrá el Reino de Dios? Vendrá un día en el que os dirán: “aquí está”, o “allí está”; no os vayáis, no lo sigáis). El Reino de Dios no es un espectáculo. El espectáculo muchas veces es la caricatura del Reino de Dios. ¡El espectáculo! El Señor nunca dice que el Reino de Dios es un espectáculo. ¡Es una fiesta! Pero es diferente. Es fiesta, cierto, es bellísima. Una gran fiesta. Y el Cielo será una fiesta, pero no un espectáculo. Y nuestra debilidad humana prefiere el espectáculo. El Reino de Dios es silencioso, crece dentro. Lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad, en nuestra tierra, que nosotros debemos preparar. Cuando uno piensa en la perseverancia de tantos cristianos, que llevan adelante la familia, que cuidan de sus hijos, cuidan de los abuelos y llegan al final de mes con medio euro solamente, pero rezan, allí está el Reino de Dios, escondido, en esa santidad de todos los ías. El Reino de Dios no está lejos de nosotros, ¡está cerca! (Papa Francisco).