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Vanidad de vanidades

En la liturgia del domingo XVIII del tiempo ordinario (ciclo A) resuena la palabra provocadora de Qohélet: ¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! En cambio, el encuentro con Jesús vivo, en su gran familia que es la Iglesia, colma el corazón de alegría, porque lo llena de vida auténtica, de un bien profundo, que no pasa y no se marchita. Pero esta experiencia debe afrontar la vanidad cotidiana, el veneno del vacío que se insinúa en nuestras sociedades basadas en la ganancia y en el tener, que engañan a los jóvenes con el consumismo. El evangelio del citado domingo nos alerta precisamente de la absurdidad de fundar la propia felicidad en el tener. El rico dice a sí mismo: Alma mía, tienes a disposición muchos bienes… descansa, come, bebe y diviértete. Pero Dios le dice: Necio, esta noche te van a reclamar la vida. Y lo que has acumulado, ¿de quién será? (cf. Lc 12, 19-20). La verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos. Ese amor que viene de Dios y que hace que lo compartamos entre nosotros y nos ayudemos. Quien experimenta esto no teme la muerte y recibe la paz del corazón (Papa Francisco).

Nostalgia de Dios

Los Magos expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón. La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente. La santa nostalgia de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventuras. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la cual, semana a semana, implora diciendo: “Ven, Señor Jesús” (Papa Francisco).

Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en el rostro de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de “la orfandad espiritual”. Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, entregando su vida nos entregó también a su Madre. Y nosotros queremos recibirla en nuestro corazón y en nuestra familia. Queremos encontramos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces; que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que Ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad (Papa Francisco).

La mejor noticia de la historia

Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño “ha nacido para nosotros”, “se nos ha dado”, como anuncia Isaías. Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al “Príncipe de la paz” y ser entre las naciones su instrumento eficaz (Papa Francisco).

El poder de un Niño. Navidad 2018

Hoy la Iglesia revive el asombro de la Virgen María, de san José y de los pastores de Belén, contemplando al Niño que ha nacido y que está acostado en el pesebre. Jesús, el Salvador. En este día lleno de luz, resuena el anuncio del Profeta: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. El poder de un Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Es el poder que creó el cielo y la tierra, que da vida a cada criatura: es la fuerza que atrae al hombre y a la mujer, y hace de ellos una sola carne, una sola existencia; es el poder que regenera la vida, que perdona las culpas, reconcilia a los enemigos, transforma el mal en bien. Paz sobre la tierra a todos los hombres de buena voluntad, que cada día trabajan, con discreción y paciencia, en la familia y en la sociedad para construir un mundo más humano y más justo, sostenidos por la convicción de que solo con la paz es posible un futuro más próspero para todos. Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: es el “Príncipe de la paz”. Acojámoslo (Papa Francisco).

La alegría que viene de la cercanía de Dios

El Tiempo de Adviento nos invita a una vigilancia espiritual para preparar el camino del Señor que viene. La liturgia nos propone otra actitud interior con la cual vivir esta espera del Señor, es decir, la alegría. El corazón del hombre desea la alegría:todos deseamos la alegría, cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad. ¿Pero cuál es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y testimoniar? Es la que viene de la cercanía de Dios, de su presencia en nuestra vida. Desde que Jesús entró en la historia, con su nacimiento en Belén, la humanidad recibió un brote del reino de Dios, como un terreno que recibe la semilla, la promesa de la cosecha futura. También san Pablo indica las condiciones para ser “misioneros de la alegría”: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, cooperando con su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal. Si este es nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en muchas casas y ayudar a las personas y a las familias a redescubrir que en Jesús está la salvación (Papa Francisco).

Navidad

María es aquella que hizo posible la encarnación del Hijo de Dios, la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos (Rm 16, 25). Hizo posible la encarnación del Verbo gracias precisamente a su “sí” humilde y valiente. María nos enseña a captar el momento favorable en el que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta disponible y generosa. Y Jesús pasa. En efecto, el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, que tuvo lugar históricamente hace más de dos mil años, se realiza, como acontecimiento espiritual, en el “hoy” de la Liturgia. El Verbo, que encontró una morada en el seno virginal de María, en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de cada cristiano: pasa y llama (Papa Francico).

La luz de Cristo

Con la mirada orientada hacia la Navidad ya cercana, la Iglesia nos invita a testimoniar que Jesús no es un personaje del pasado; Él es la Palabra de Dios que sigue iluminando el camino del hombre; sus gestos -los sacramentos- son la manifestación de la ternura, del consuelo y del amor del Padre hacia cada ser humano. Que la Virgen María, Causa de nuestra alegría, nos haga cada vez más alegres en el Señor, que viene a liberarnos de muchas esclavitudes interiores y exteriores (Papa Francisco).

La Virgen de Guadalupe

En la festividad de la Virgen de Guadalupe, cantamos con Ella su Magníficat y le confiamos la vida de nuestros pueblos y la misión continental de la Iglesia. Cuando se apareció a san Juan Diego en el Tepeyac, dio lugar a una nueva visitación. Tantos saltaron de gozo y esperanza ante su visita y ante el don de su Hijo, y la más perfecta discípula del Señor se convirtió en la “gran misionera que trajo el evangelio a nuestra América”. Por su intercesión, la fe cristiana fue convirtiéndose en el más rico tesoro del alma de los pueblos americanos, cuya perla preciosa es Jesucristo. Y si la pusilanimidad mundana nos amenaza, que nos haga sentir su voz de madre: ¿Por qué tienes miedo? ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? (Papa Franisco).

En la fiesta de la Virgen de Guadalupe

María es la primera discípula y misionera, la nueva arca de laAlianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros templos, sale a visitar y acompañar con su presencia la gestación de Juan. Así lo hizo también en 1531: la Virgen de Guadalupe corrió al Tepeyac para servir y acompañar a ese pueblo que estaba gestándose con dolor, convirtiéndose en su Madre y la de todos nuestros pueblos. Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar; los hermanos se podrán pelear, pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha en favor de la fraternidad. Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a los hijos. Así es María con nosotros; somos sus hijos: Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispresión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del Evangelio. Lucha para darle “carne” al Evangelio. Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa por siempre por medio de aquellos que logran “hacer carne” su (Papa Francisco).