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Amistad con Jesús

Amistad con Jesús

Ya no os llamo siervos -dijo Jesús a los Doce-, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15, 15). El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano: hacerse amigos del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo (Papa Francisco).

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La multiplicación de los panes

Jesús se preocupa por la gente que está con Él desde hace horas: son miles y tienen hambre. ¿Qué hacer? También los discípulos se plantean el problema, y dicen a Jesús: “Despide a la gente” para que vayan a los poblados cercanos a buscar de comer. Jesús, en cambio, dice: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos quedan desconcertados, y responden: “ No tenemos más que cinco panes y dos peces”. He aquí el milagro: más que una multiplicación es un compartir, animado por la fe y la oración. Comieron todos y sobró: es el signo de Jesús, pan de Dios para la humanidad. Nos pide convertirnos a la fe en la Providencia, saber compartir lo poco que somos y tenemos y no cerrarnos nunca en nosotros mismos (Papa Francisco).

¡Resucitaremos! La muerte ha sido vencida

(Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubiera estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederás”). Lázaro estaba muerto desde hacía cuatro días, cuando llegó Jesús; y a las hermanas Marta y María les dijo palabras que se grabaron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana. Dice así Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre (Jn 11, 25-26). Basados en esta palabra del Señor, creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús, que resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a una vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos, que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quien está unido a Él (Papa Francisco).

La resurrección de los muertos

El Evangelio nos presenta a Jesús enfrentando a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Para ponerlo en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, parten de un caso imaginario: “Una mujer tuvo siete maridos, que murieron uno tras otro”, y preguntan a Jesús: “¿De cuál de ellos será esposa esa mujer después de su muerte?” Jesús, siempre apacible y paciente, en primer lugar responde que la vida después de la muerte, la vida eterna es otra vida, en otra dimensión donde ya no existirá el matrimonio, que está vinculado a nuestra existencia en este mundo. Los resucitados -dice Jesús- serán como los ángeles, y vivirán en un estado diverso, que ahora no podemos experimentar y ni siquiera imaginar. Si miramos sólo con ojo humano, estamos predispuestos a decir que el camino del hombre va de la vida hacia la muerte. Jesús le da un giro a esta perspectiva y afirma que nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida plena. Nosotros estamos en camino, en peregrinación hacia la vida plena, y esa vida plena es la que ilumina nuestro camino (Papa Francisco).

Sentido cristiano de la muerte

Es bello pensar que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Jesús mismo nos despertará. Es bueno recordar en los cementerios no sólo a nuestros seres queridos, sino a todos, también a aquellos a quienes nadie recuerda. La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a rezar por los fieles difuntos, ofreciendo por ellos la celebración eucarística, que es la mejor ayuda espiritual que podemos ofrecer a las almas, particularmente a las más abandonadas. El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros son el testimonio de la confiada esperanza radicada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, porque el hombre está destinado a una vida sin límites que tiene su raíz y su fin en Dios (Papa Franisco).

Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

La liturgia de la Iglesia evoca la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral de Roma, que la tradición define como madre de todas las Iglesias de la Urbe y del Orbe. El templo material, hecho de ladrillos, es signo de la Iglesia viva y operante en la historia, el “templo espiritual” del que Cristo es la piedra viva, rechazada por los hombres pero elegida y preciosa ante Dios (cf. 1 P 2, 4-8). El templo de Dios no es sólo el edificio hecho de ladrillos, sino su cuerpo, hecho de piedras vivas. Por la fuerza del Bautismo, todo cristiano forma parte del edificio espiritual , la Iglesia. Cada uno de nosotros está llamado a ser coherente con el don de la fe y de avanzar por un camino de testimonio cristiano. Esto es un cristiano, no tanto por lo que dice, sino por lo que hace, por el modo como se comporta: testimoniar la fe con la caridad (Papa Francisco).

Juicio Universal

Juicio final

El “tiempo inmediato, entre la primera venida de Jesús y la última: es el tiempo en que vivimos y en él se coloca la parábola de las diez vírgenes que esperan al Esposo, pero como tarda en llegar se duermen. Cinco de ellas, sabias, tienen aceite para encender sus lámparas cuando el Esposo llega de improviso; las otras, las necias, no lo tienen y mientras lo buscan, ya ha comenzado la fiesta nupcial y la puerta para entrar al banquete está cerrada para ellas. El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el que nos otorga, con misericordia y paciencia, antes de su venida final: un tiempo de vigilancia, en que debemos mantener encendidas las luces de la fe, de la esperanza y la caridad; en que mantener nuestros corazones abiertos a la bondad, la belleza y la verdad; tiempo de vivir de acuerdo a Dios porque no sabemos ni el día ni la hora del regreso de Cristo. Lo que se pide de nosotros es estar preparados para el encuentro, lo que significa ser capaces de ver los signos de su presencia, de mantener viva la fe, con la oración, los sacramentos, de estar atentos para no dormirnos ni olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos que se duermen es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano tiene que ser feliz, sentir la alegría de Jesús.

La segunda parábola de los talentos nos hace reflexionar sobre la relación entre cómo usamos los dones recibidos de Dios y su regreso, cuando nos preguntará cómo los hemos utilizado… Esto nos dice que la espera de la venida del Señor es el momento de la acción, de aprovechar los dones de Dios, no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para otros; el tiempo en que buscar siempre que crezca el bien en el mundo. Y sobre todo ahora, en este tiempo de crisis, es importante no encerrarse en sí mismos, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales… hay que abrirse, ser solidarios, preocuparse por los demás. A los jóvenes que estáis en el comienzo del viaje de la vida, os pregunto: ¿Habéis pensado en los talentos que Dios os ha dado? ¿Habéis pensado en cómo ponerlos al servicio de los demás? No enterréis los talentos ¡Apostad por los grandes ideales… que agrandan el corazón, los ideales de servicio que hará fructíferos vuestros talentos!. No se nos da la vida para que la conservamos celosamente para nosotros mismos: se nos da para entregarla. Queridos jóvenes, ¡Tened un ánimo grande. No tengáis miedo de soñar cosas grandes!.

El relato del juicio final narra la segunda venida del Señor, cuando juzgará a todos los seres humanos vivos y muertos. A su derecha estarán los que han actuado de acuerdo a la voluntad de Dios, ayudando al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado; siguiendo así al Señor mismo.

En la narración, a la izquierda del Señor están los que no han socorrido al prójimo. “Esto nos dice que seremos juzgados por Dios en la caridad, según cómo lo hemos amado en los hermanos, especialmente en los más débiles y necesitados. Por supuesto, siempre hay que tener en cuenta que estamos justificados, estamos salvados por la gracia, por un acto gratuito de amor de Dios, que siempre nos precede; nosotros solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios siempre requiere nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a darnos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que confiemos en él, para responder al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y el amor.

No temamos nunca el juicio final, al contrario, nos debe empujar a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres y los pequeños, para que nos comprometamos con el bien y estemos vigilantes en la oración y el amor. Y que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles (Papa Francisco).