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Milagros del Señor

El Evangelio narra el encuentro de Jesús con una persona paralítica desde hacía 38 años, que estaba debajo de los pórticos pero no encontraba a nadie que lo sumergiera en las aguas agitadas porque siempre alguien le precedía. Jesús en cambio le ordena levantarse e ir. Un milagro que despierta las críticas de los fariseos porque esto sucedía un sábado, día no permitido.

Aquí encontramos dos enfermedades espirituales fuertes. Dos enfermedades sobre las que nos hará bien reflexionar. De un lado la resignación del enfermo que triste se lamenta. Pienso en tantos cristianos, tantos católicos que sí, son católicos pero sin entusiasmo, tristes. Que dicen: “Sí, es la vida, es así, pero la Iglesia… Voy a misa todos los domingos, pero mejor no meterse, mantengo la fe por motivos de salud, y no tengo necesidad de darla a otro… Mejor cada uno en su casa, tranquilos en la vida… Además si haces algo corres el riesgo que te critiquen. No, mejor no arriesgar…”

Ésta es la enfermedad de la indolencia, de la indiferencia de los cristianos. Esta actitud paraliza el celo apostólico, no se preocupan de salir para anunciar el evangelio. Son personas anestesiadas. Son cristianos tristes, personas no luminosas, personas negativas y esta es una enfermedad de los cristianos. Vamos a misa todos los domingos pero decimos “por favor no nos molesten”. Estos cristianos sin celo apostólico no le hacen bien a la Iglesia. Hay muchos cristianos que son egoístas, sólo para sí mismos. El pecado de la indiferencia es contrario al celo apostólico, de dar la novedad que nos trajo Jesús, que a mí me ha sido dada gratuitamente.

En este pasaje del Evangelio, encontramos también otro pecado, cuando vemos que Jesús es criticado porque realizó una curación siendo día sábado. Es el pecado del formalismo. Cristianos que no dejan lugar a la gracia de Dios. Y a la vida cristiana, la vida de esta gente, es tener todos los documentos en regla, todos los certificados. Los cristianos hipócritas, como éstos, solo se interesan por las formalidades. ¿Era sábado? Entonces no se pueden hacer milagros, la gracia de Dios no puede operar el sábado. Entonces le cierran la puerta a la gracia de Dios.

Los cristianos anestesiados le hacen mal a la Iglesia, como los formalismos, es necesario vencer la inercia espiritual y arriesgar en primera persona para anunciar el Evangelio.

Tenemos a tantos así en la Iglesia, a tantos. Es otro pecado. Primero los que no tienen celo apostólico porque decidieron detenerse en sí mismos, en sus tristezas, en sus resentimientos. Y estos otros que no son capaces de llevar la salvación porque le cierran la puerta.

Para ellos cuentan solamente las formalidades. No se puede, es la palabra que tienen más a mano. A gente así la encontramos también en nosotros. Tantas veces tuvimos apatía o fuimos hipócritas como los fariseos. Son tentaciones que vienen y que debemos conocerlas para defendernos. Y delante de estas dos tentaciones, delante de este “hospital de batalla como símbolo de la Iglesia”, delante a tanta gente herida, Jesús se acerca y pregunta solamente: “¿Quieres sanarte?” Y le da la gracia. Y después cuando encuentra de nuevo al paralítico le dice “no peques más”.

Las dos palabras cristianas son: ¿quieres sanarte?; no peques más. Pero primero lo cura, y después le dice no peques más. Palabras dichas con ternura y con amor. Y este es el camino cristiano, el camino del celo apostólico: acercarse a tantas personas heridas en este hospital de campo, y tantas veces heridas por hombres de la Iglesia. Es una palabra de hermano y de hermana: ¿quieres sanar? Y después cuando va adelante, entonces dice: “No peques más que no te hace bien”. Es mucho mejor así. Las dos palabras de Jesús son más hermosas que la actitud de la indiferencia o de la hipocresía.

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Quinto mandamiento

Jesús decía: Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: Todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermano, lo mató en su corazón. Y quien insulta a su hermano, lo mata en su corazón; quien odia a su hermano, mata a su hermano edn el corazón; quien critica a su hermano , lo mata en su corazón. Tal vez no nos damos cuenta de esto, y luego hablamos, “despachamos” a uno y a otro, criticamos esto y aquello… Y esto es matar al hermano. Por ello es importante conocer qué hay dentro de mí, qué sucede en mi corazón. Si uno comprende a su hermano, a las personas, ama, porque perdona: comprende, perdona, es paciente… ¿Es amor o es odio? Todo esto debemos conocerlo bien. Y pedir al Señor dos gracias. La primera: conocer qué hay en mi corazón, para no engañarnos, para no vivir engañados. La segunda gracia: hacer el bien que está en nuestro corazón, y no hacer el mal que está en nuestro corazón (Papa Francisco).

La Iglesia: la familia de los hijos de Dios

(Red que echan en el mar y recoge toda clase de peces). Allí donde vamos, hasta en la más pequeña parroquia, en el rincón más perdido de la tierra, está la única Iglesia; nosotros estamos en casa, estamos en familia, estamos entre hermanos y hermanas. Y esto es un gran don de Dios. La Iglesia es una sola para todos. No existe una Iglesia para los europeos, una para los africanos, una para los americanos, una para los asiáticos, una para quien vive en Oceanía, no; es la misma en todo lugar. Es como una familia: se puede estar lejos, distribuidos por el mundo, pero los vínculos profundos que unen a todos los miembros de la familia permanecen sólidos cualquiera que sea la distancia (Papa Francisco).

Marta y María

Marta y María: María, a los pies de Jesús, “escuchaba su palabra” , mientras que Marta estaba ocupada en muchos servicios (cf. Jn 10, 39-40). Ambas ofrecen acogida al Señor que está de paso, pero lo hacen de modo diverso. María se pone a los pies de Jesús, en escucha; Marta en cambio se deja absorber por las cosas que hay que preparar, y está tan ocupada que se dirige a Jesús diciendo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me hata dejado sola para servir? Dile que me eche una mano (Jn 10, 40). Y Jesús le responde reprendiéndola con dulzura: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; sólo una es necesaria. No se trata de la contraposición entre dos actitudes: la escucha de la Palabra del Señor, la contemplación, y el servicio concreto al prójimo. Son dos aspectos, ambos esenciales para nuestra vida cristiana; aspectos que nunca se han de separar, sino vivir en profunda unidad y armonía. ¿Por qué Marta recibe la reprensión, si bien hecha con dulzura? Porque consideró esencial sólo lo que estaba haciendo, es decir, estaba demasiado absorbida y preocupada por las cosas que había que “hacer”. En un cristiano, las obras de servicio y de caridad nunca están separadas de la fuente principal de cada acción nuestra: es decir, la escucha de la Palabra del Señor, el estar a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo (Papa Francisco).

Jesús enseñaba con autoridad

(Jesús les enseñaba con autoridad, y no como los escribas). Los escribas en aquel tiempo hablaban al pueblo pero su mensaje no llegaba al corazón del pueblo y el pueblo que los escuchaba se marchaba. Ninguna de estas voces (escribas, saduceos, zelotes, esenios) tenía la fuerza de enardecer los corazones del pueblo. Las multitudes escuchaban a Jesús y el corazón se caldeaba, porque su mensaje llegaba al corazón. Él “enseñaba como uno que tiene autoridad”. Jesús se acercaba al pueblo; Jesús curaba el corazón del pueblo; Jesús entendía las dificultades del pueblo; Jesús no tenía vergüenza de hablar con los pecadores, salía a buscarlos; Jesús sentía alegría, le gustaba estar con su pueblo. Y es Él mismo quien lo explica: Yo soy el buen pastor. Las ovejas escuchan mi voz y me siguen (Papa Francisco).

Los perseguidores de la Iglesia están haciendo una labor diabólica

El odio una palabra fuerte usada por Jesús. Precisamente odio. Él que es maestro del amor, al que gustaba tanto hablar de amor, habla de odio. Pero a Él le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Y nos dice “¡No tengáis miedo! El mundo os odiará. Sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí”. Y nos recuerda también lo que quizás había dicho en otra ocasión a los discípulos: “recordad la palabra que os dije: un siervo no es más grande que su señor. Si me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros”. La vía de los cristianos es la vía de Jesús. Para seguirlo no hay otra que la marcada por Jesús, es una consecuencia del odio del mundo y también del príncipe de este odio en el mundo.

Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. El origen del odio es éste: somos salvados y aquél príncipe del mundo, que no quiere que seamos salvados, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. Muchas comunidades cristianas son perseguidas en el mundo. En este tiempo más que en los primeros tiempos. Hoy, ahora, en este día, en esta hora. ¿Por qué? Porque el espíritu del mundo odia.

Normalmente a la persecución se llega tras haber recorrido un camino largo. Pensemos en cómo el príncipe de este mundo quiso engañar a Jesús cuando estaba en el desierto: “¡Venga valiente! ¿Tienes hambre? Come. Tú puedes hacerlo”. Le ha invitado incluso un poco a la vanidad: “¡Atrévete! Tú has venido para salvar a la gente. Ahorra tiempo, ve al templo, tírate y toda la gente verá el milagro y se acabó: tendrás autoridad”. Pero pensemos en esto: ¡Jesús nunca respondió a este príncipe con sus palabras! Nunca. Era Dios. Nunca. Fue, para la respuesta, a buscar las palabras de Dios y respondió con la palabra de Dios.

Un mensaje para el hombre de hoy: Con el príncipe de este mundo no se puede dialogar. Que quede claro. El diálogo es otra cosa: es necesario entre nosotros, es necesario para la paz. El diálogo es un hábito, es una actitud que debemos tener entre nosotros para oírnos, para comprendernos. Y debe mantenerse siempre. El diálogo nace de la caridad, del amor. Con aquél príncipe no se puede dialogar; se puede solo responder con la palabra de Dios que nos defiende. El príncipe del mundo nos odia. Y como ha hecho con Jesús hará con nosotros: “Pero mira, haz esto… es una pequeña estafa… no es nada… es pequeña” y así empieza a llevarnos por una vía un poquito injusta. Empieza por pequeñas cosas, luego inicia con las lisonjas y con ellas “nos reblandece” hasta que caemos en la trampa. Jesús nos ha dicho: “Os envío como ovejitas en medio de los lobos. Sed prudentes pero sencillos”.

Si en cambio nos dejamos coger por el espíritu de vanidad y pensamos contestar a los lobos haciéndonos lobos nosotros mismos “estos os comerán vivos”. Porque si dejas de ser oveja, no tienes un pastor que te defienda y caes en las manos de estos lobos. Vosotros podríais preguntar: “Padre, pero ¿cual es el arma para defenderse de estas seducciones, de estos fuegos artificiales que hace el príncipe de este mundo, de las lisonjas?” El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Pensemos en Jesús cuando le dan una bofetada: qué humildad, qué mansedumbre. Podía insultar y en cambio ha hecho solo una pregunta humilde y mansa. Pensemos en Jesús, en su pasión. El profeta dice de Él: “como una oveja que va al matadero, no grita nada”. La humildad. Humildad y mansedumbre: estas son las armas que el príncipe del mundo, el espíritu del mundo no tolera, porque sus propuestas son de poder mundano, propuestas de vanidad, propuestas de riquezas. La humildad y la mansedumbre no las tolera. Jesús es manso y humilde de corazón y hoy nos hace pensar en este odio del príncipe del mundo contra nosotros, contra los seguidores de Jesús. Y pensemos en las armas que tenemos para defendernos: sigamos siendo ovejitas, porque así tendremos un pastor que nos defienda.

Creo en Dios Padre…

Las lecturas bíblicas que hemos leído (la rebelión y muerte de Absalón, hijo de David, y la resurrección de la hija de Jairo) presentan la figura de dos padres: la del rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la sinagoga, que pide a Jesús que cure a su hija. Es llamativo el llanto de David frente a la noticia del asesinato del hijo, a pesar de que su hijo combatía contra él para conquistar el reino. El ejército de David vence, pero a él no le interesaba la victoria. “¡Esperaba al hijo! ¡Le interesaba sólo el hijo! Era rey, era jefe del país, pero era padre”. Y así, “cuando llega la noticia del final de su hijo, fue sacudido por un temblor: subió al piso de arriba… y lloró”.

Decía yéndose: Hijo mío, Absalón. ¡Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío! Éste es el corazón de un padre, que no rechaza nunca a su hijo. “Es un ladrón. Es un enemigo. Pero es mi hijo”. Y no reniega la paternidad: llora… Dos veces David llora por un hijo: ésta y la otra cuando iba a morir el hijo del adulterio. También aquella vez hizo ayuno, penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era padre!

El otro padre es el jefe de la Sinagoga. Un persona importante pero delante de la enfermedad de la hija no tiene miedo de postrarse a los pies de Jesús: “¡Mi hija está muriendo, ven a imponerle las manos, para que sea salvada y viva!” No tiene vergüenza, no piensa en lo que puedan decir los otros, porque es padre.

David y Jairo son dos padres: ¡Para ellos lo más importante es el hijo y la hija! No hay otra cosa. ¡Lo único importante! Nos hace pensar en lo primero que decimos a Dios en el Credo: Creo en Dios Padre… Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! “Pero, padre, ¡Dios no llora!” ¡Cómo que no! Recordemos a Jesús, cuando ha llorado en Jerusalén. “¡Jerusalén, Jerusalén! Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas!” ¡Dios llora! Dios llora como un padre por sus hijos. Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y no los rechaza nunca aunque sean rebeldes, siempre les espera. ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y ese llanto de Jesús es precisamente la figura del llanto del Padre, que nos quiere a todos con Él.

En los momentos difíciles el Padre responde. Recordemos a Isaac, cuando va con Abrahán a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se había dado cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía angustia en el corazón! ¿Y qué dice? “¡Padre!” Y en seguida: “¡Aquí estoy hijo!” El padre responde.

Así, Jesús, en el huerto de los Olivos dice con angustia en el corazón: “¡Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz!” Y los ángeles fueron a darle fuerza. ¡Así es nuestro Dios: es Padre! ¡Es un Padre así!.

Un padre como el que espera al hijo pródigo que se ha ido con todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba todo los días y “lo vio de lejos”. ¡Ese es nuestro Dios! Dios tiene corazón de Padre que espera y no rechaza al hijo rebelde. Asimismo nuestra paternidad es la de los padres de familia como la paternidad espiritual de los obispos y sacerdotes debe ser como ésta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no puede entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto necesita al hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cerca de sí, tan cerca como la gallina quiere a su pollitos.

Vayamos hoy a casa con estas dos imágenes: David que llora y el otro, jefe de la sinagoga, que se postra delante de Jesús, sin miedo de pasar vergüenza y hacer reír a los otros. Estaban en juego los hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos imágenes decimos: Creo en Dios Padre… Y pidamos al Espíritu Santo -porque solamente Él, el Espíritu Santo- que nos enseñe a decir ¡Abba, Padre! ¡Es una gracia! ¡Poder decir a Dios Padre! con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pidámosla a Él (Papa Francisco).