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Hay Dios y los demás

Empezaste a vislumbrar un horizonte distinto al que acostumbrabas divisar con tu miopía hedonista de la vida. Antes, para ti sólo la búsqueda del placer era la brújula que guiaba tu caminar por el tiempo. No es que fueras como el rico Epulón de la parábola evangélica, aunque no distabas mucho de él porque estabas muy aburguesado, y en ningún momento pensabas en dedicar parte de tu energía vital en socorrer o aliviar el dolor de tu prójimo.

Un día, alguien te gritó: “Deja el yo cuando hay Dios y los demás”. Esas palabras te hirieron. Era verdad que en ti el ego dominaba todo tu ser, pero no te considerabas egoísta, y, sin embargo, tu mundo se reducía a un caprichoso vivir sin compromisos (complicaciones, dirías tu) con la realidad sangrante de los muchos lázaros que con manos suplicantes y rostros dolientes te miraban buscando no una limosna, sino algo de amor que saliera de tu endurecido corazón.

En la noche de aquel día, no pudiste conciliar el sueño. El “deja el yo” resonaba continuamente en tus oídos, mientras que luchabas por acallar aquella voz. Sí, estabas decidido a seguir el camino cómodo de tu yo. Pero… “hay Dios y los demás”.

Sin querer se abría ante ti una opción entre egoísmo y altruismo. Hacía tiempo que el placer egoísta era el ídolo al que lo habías sacrificado todo, convirtiéndolo en el verdadero dios de tu persona. Aquel alguien al decirte que hay Dios no se había referido a ese dios hecho por ti a tu medida y capricho, sino al Dios que es amor.