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Anécdota. (Los retratos de la Madre)

San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, estuvo un día en Sevilla durante la Semana Santa, y quiso ver una procesión, para rezar. Se conmovió profundamente con la devoción de la gente, y allá se quedó, metido en su oración, sin darse cuenta de quien estaba a su alrededor. Y contaba: Me fui a la luna. Viendo aquella imagen de la Virgen tan preciosa, ni me daba cuenta que estaba en Sevilla, ni en la calle. Y alguien me tocó así, en el hombro. Me volví y encontré a un hombre del pueblo, que me dijo: “Padre cura; “¡ésta no vale na! ¡La nuestra es la que vale!” De primera intención casi me pareció una blasfemia. Después pensé: “Tiene razón; cuando yo enseño retratos de mi madre, aunque me gustan todos, también digo: éste, éste es el bueno”.

Anécdota (Paracerse a nuestra Madre, la Virgen María)

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a ella cada día: los hijos deben parecerse a su Madre.

En cierta ocasión, un pintor famoso iba a dibujar una Inmaculada. Buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, se fijó en una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar en su taller para servir de modelo de una imagen de la Virgen. La joven se quedó sorprendida; pero, después de serenarse, dijo al artista: Hoy no puede ser; iré mañana.

Al día siguiente, después de los saludos previos, dijo la joven al pintor: Ayer no me atreví a servir de modelo para una imagen de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente.

La fiesta de la Inmaculada Concepción

Fiesta de la Inmaculada Concepción

La proclamación de la maternidad divina de María, del Concilio de Éfeso (año 431), hizo surgir una serie de fiestas marianas en la Iglesia, partiendo de Jerusalén, donde se había desplegado en torno a la de la Asunción, celebrada ya unos años antes del Concilio de Éfeso en Jerusalén y Belén, bajo la denominación de Theotokos (Madre de Dios).

A partir de Éfeso fue surgiendo entre el pueblo cristiano y sus teólogos una piadosa creencia en torno a la Inmaculada Concepción, por el hecho de ser ésta madre del Redentor. Varios Padres y teólogos enseñaron esa doctrina en los primeros siglos, contándose, entre ellos, san Efrén de Siria (siglo IV), y san Prócolo, patriarca de Constantinopla, (siglo V), quien emplea aquella comparación tan expresiva: Dios es como el alfarero que, teniendo la posibilidad de fabricar un vaso limpio, jamás hubiese hecho uno manchado.

La fiesta de la concepción de santa Ana, celebrada en la Iglesia bizantina, desde el siglo VIII, fue trasladada a Inglaterra en el siglo XI, convirtiéndose, a mediados del siglo XII, en la de la Concepción de María. De aquí se extendió a la Normandía francesa, y, finalmente, a todas partes.

Entre el siglo XI y el siglo XIX en que tiene lugar la definición del beato Pío IX (1846-1878), se desarrolla una discusión teológica prolongada sobre el tema. Del lado negativo se colocaban los dominicos, que seguían a santo Tomás de Aquino (1225-1274), mientras en el positivo militaban los franciscanos, continuadores del beato Juan Duns Scoto (1266-1308).

El tratado de Eadmero Cantuariensis, discípulo de san Anselmo (+ 1109), sobre la Inmaculada Concepción, despertó notable interés y, a partir del siglo XIII, la tesis adquirió apoyo notable de parte de los franciscanos, que adoptaron la fiesta en 1263.

Los papas autorizaron la celebración de la Inmaculada en su estancia en Aviñón y la constitución Cum praeexcelsa, de Sixto IV (1491-1484), la introdujo en la diócesis de Roma y, en la bula Gravis nimis (año 1483), concedió especiales indulgencias a quienes celebraban su fiesta. El Concilio de Basilea, en su fase cismática, llegó a definir la Inmaculada Concepción como dogma (año 1437), si bien en la sesión XXVI del 17 de septiembre de 1439, declaró la doctrina sobre la Inmaculada Concepción como opinión piadosa y conforme con el culto de la Iglesia y con la fe católica.

Esta doctrina siguió progresando en los documentos de Julio II (1503-1513), León X (1513-1521), Pío IV (1559-1565), Sixto V (1585-1590), y entre los intelectuales. La universidad de París (año 1497), por ejemplo, y despúes las de Colonia y Maguncia, exigieron el juramento en la Inmaculada Concepción para obtener el grado de doctor, siendo requisito, ya en el siglo XVII, en 150 universidades europeas.

En general, puede decirse que, hacia mediados del siglo XVII, la causa de la Inmaculada había ya triunfado. Las mismas universidades, las ciudades, los príncipes y personas particulares hacían voto especial de defender, incluso con la propia sangre, el privilegio de María. Varios teólogos dedican tratados al tema de la Inmaculada, y poetas, escritores y pintores, como Bartolomé Esteban Murillo (1612-1682), exaltaron el misterio en obras de valor inmortal.

El magisterio de la Iglesia fue tomando postura, cada vez más clara, en favor de la tradición inmaculista. San Pío V (1566-1572) incluyó la fiesta en el misal romano; Paulo V (1605-1621), en un Breve (12 de septiembre de 1617) manda que nadie ose afirmar ni defender la opinión contraria; Alejandro VIII (1655-1667), en su bula Sollicitudo omnium ecclesiarum (año 1661), confirmó las disposiciones precedentes e instituyó la fiesta de la inmaculada, dando con ello, por supuesto, el dogma de la Inmaculada; y Clemente XI hizo obligatoria la fiesta para todo el rito romano (año 1708). por fin, el beato Pío IX definió el dogma de la Inmaculada el 8 de diciembre de 1854, después de consultar a un grupo de teólogos (año 1848) y de obispos, reunidos en Roma (año 1849), y cuatro años después de la proclamación del dogma vino la confirmación del Cielo. En varias apariciones ente el 11 y el 16 de febrero de 1858 la Virgen de Lourdes se identificaba, ante san Bernardette Soubirous (1844-1879) diciendo: Yo soy la Inmaculada Concepción.