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En la sierra de Aracena

La casa de sus abuelos estaba situada a la salida del pueblo, en la carretera HU-8122, que va a Cortelazor. Era un chalet grande, con dos pisos, jardín y porche. En la planta baja estaba el vestíbulo de entrada, un saloncito que se comunicaba con el comedor, el dormitorio de los abuelos con cuarto de baño, un recibidor, la cocina, un cuarto de aseos. Además, una habitación contigua a la cocina para la chica de servicio. En la planta superior, sólo había habitaciones y dos cuartos de lavabos con sus correspondientes inodoros y duchas. En tiempos pasados, se llenaba la casa en el estío, pues los abuelos habían tenido siete hijos -cinco varones y dos chicas- , pero ahora rara vez estaban ocupadas todas las habitaciones.

Al llegar, Conrado estudió la situación en la que se encontraba para perfilar un plan de operaciones para su estancia allí. Los Marines estaba cerca de varios pueblos, especialmente de Fuenteheridos, Aracena y Cortelazor. También había unas cuantas -no muchas- urbanizaciones con instalaciones deportivas. Y un aliciente importante de la sierra era las excursiones por aquellos parajes y caminos para el senderismo. Además, se informó de las fiestas patronales de los pueblos cercanos. Sí, será un verano distinto, pero no aburrido, se dijo Conrado a sí mismo. Para empezar, una agradable sorpresa: la casa rural tan odiada por Charo estaba en Cortelazor, a menos de diez kilómetros de la suya, distancia asequible en bicicleta. Pero, además, también durante un mes estarían en casa de los abuelos dos primos suyos: Pablo y Elena, los dos hijos más pequeños de la hermana de su madre. No les conocía de nada. Quizás alguna vez, cuando eran Pablo y Conrado eran muy pequeños, y antes de nacer Elena, habrían coincidido los dos primos en alguna celebración familiar… Vivían ahora en Madrid, pero antes estuvieron varios años en Chile. Pablo era de su edad, sólo unos meses mayor que él. Elena iba a cumplir en septiembre once años. Y José David que vendría en la segunda quincena de agosto.

Cielo estrellado

La noche de estrellas

La noche, silenciosa, quieta.

Tu mirada hacia la infinitud del espacio celeste,

morada de estrellas inalcanzables.

Horas llenas de oscuridad…

…llegó la luz primera del nuevo día.

La aurora, luz sonrosada del amanecer,

borró de tu cielo las estrellas.

Horas de sol hiriente… y mediodía,

con su cegadora claridad.

Una brisa en la tarde,

y un sol andariego hacia el ocaso.

El crepúsculo, con su horizonte de fuego.

Atrás queda tu ansiedad.

Luminarias en el firmamento

tímidamente suspendidas en el vacío etéreo…

…y en la noche, tu cielo de estrellas.

A escribir se aprende escribiendo… y tachando

Con motivo de la próxima fiesta del colegio donde estudiaba Javier Terriza, se había convocado un concurso literario, con varias categorías según las edades, y en el que los concursantes podían presentar trabajos de cualquier género literario: poesías, cuentos, novelas, ensayo, teatro… Los temas eran totalmente libres, así como la extensión de los trabajos. Javier envió por e-mail a todos sus amigos alumnos de otros centros docentes las bases del concurso. Sabía que a Jacobo Prieto, Raúl Prada y Carolina Saéz les interesaría, y quizás a algún otro más. De sus compañeros del colegio, seguramente concursarían Carlos Armenteros y Alberto López. Él también tenía pensado escribir una novela corta para presentarla.

Guillermo Sanz, el profesor de Lengua y verdadero promotor del concurso, había animado a sus alumnos a participar, diciéndoles:

Hace ya veinte años, cuando llegué a este colegio, un alumno mío me enseñó un cuento que había escrito. Hablando en plata, aquello era un bodrio. Le hice ver cómo repetía palabras pudiendo emplear sinónimos; el mal uso de la puntuación; la cantidad excesiva de gerundios; demasiadas oraciones subordinadas, en las que el lector se perdía; y los “que” aparecían en cada párrafo como setas en un otoño lluvioso. Sinceramente, me entró ganas de decirle: “Lo tuyo no es escribir, dedícate a otra cosa”. Pero no, le animé a seguir escribiendo. Ya iría puliendo el estilo, aprendiendo a expresar sus ideas en el papel. Hace pocos días me ha traído su última publicación. En Wikipedia se dice de él: “Escritor español, autor de novelas de literatura infantil y literatura juvenil. Compagina la docencia universitaria como profesor de Literatura con su labor como novelista. Hasta la fecha ha publicado más de quince obras, entre las que destacan por la buena acogida de la crítica…”, y cita unos cuantos títulos. Por tanto, así como para llegar a un sitio, hay que comenzar a caminar, para ser escritor el día de mañana, es preciso empezar a escribir ya. En ninguna actividad artística, a las primeras de cambio sale una obra medianamente buena, y mucho menos, una obra maestra. Los grandes literatos también tuvieron que tachar y rehacer lo que iban escribiendo, antes de publicar sus obras.

Ideas claras y el buen escribir

Es una pena emplear una buena pluma -facilidad para escribir bien- para hacer apología del vicio. Más mérito tiene resaltar comportamientos virtuosos.

Describir escenas de sexo no es nada original. Es mejor aprovechar la cualidad de bien escribir para narrar actos virtuosos.

Si buscas honestidad, no te quepa la menor duda que la encontrarás. Es verdad que en el mundo hay mucha falsedad. Pero también hay gente buena, aunque esas personas no hagan ruido.

Siempre es más difícil describir la virtud que el vicio. Que sea ese el intento de los que, por suerte, tienen la facilidad de escribir bien.