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UNIVERSALIDAD DE LA SALVACIÓN. Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Esto dice el Señor: “Guardad el derecho y practicad la justicia, que pronto va a llegar mi salvación y revelarse mi justicia” (Is 56, 1). Estas palabras del Señor ofrecen perspectivas de salvación abiertas a todos los hombres que practican la justicia. La redención realizada por Cristo es universal. En el Antiguo Testamento el Pueblo de Dios era Israel. De la comunidad judía eran excluidos los extranjeros, según aparece en el Levítico y en el Deuteronomio. Y también en los libros de Esdras y Nehemías.

Sin embargo en el libro del profeta Isaías se dice: A los hijos del extranjero que se adhieran al Señor para servirlo y amar el Nombre del Señor, para serle sus siervos, y a cuantos guarden el sábado sin profanarlo, y mantengan mi alianza, les haré entrar en mi monte santo (Is 56, 6-7a). El profeta afirma con estas palabras que Dios sale al encuentro de todo hombre bueno y honesto, sin que haya frontera de ningún tipo que pueda limitar esta realidad. Los lazos para formar parte de la comunidad del pueblo de Dios ya no son estrictamente los de la sangre, sino que son necesarios y suficientes los de la comunión en el culto al verdadero Dios y la práctica de la moralidad establecida por la antigua Alianza. En la nueva Alianza, todos los hombres están llamados a pertenecer a la Iglesia, que es el nuevo Pueblo de Dios. Porque la misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos.

Les daré alegría en mi casa de oración: sus holocaustos y sus sacrificios me serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos (Is 56, 7b). La oración del justo será escuchada, su sacrificio aceptado. Gozará del don más precioso: La presencia de Dios. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66, 4-5). Teniendo en cuenta estas palabras de la Escritura fijémonos en la escena evangélica de la mujer cananea que pide a Jesucristo que cure a su hija que está poseída del demonio.

Situemos el lugar donde ocurrió el encuentro de Jesús con la cananea. Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón (Mt 15, 21). Tiro y Sidón son dos ciudades fenicias, en la corta del mar Mediterráneo. Nunca formaron parte de Galilea, pero se encuentran cerca de su frontera noroeste. Por tanto, en tiempos de Jesús caían fuera de los dominios de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea. Allí se retira el Señor tal vez para evitar la persecución de Herodes y de los judíos, y atender de modo más intenso a la formación de sus apóstoles. En la región de Tiro y Sidón la mayoría de los habitantes eran paganos.

San Marcos dice que el Señor entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido (Mc 7, 24). Entonces una mujer cananea, no perteneciente al pueblo elegido, sino que era gentil, se acercó a Jesús y le dijo: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”. (23) Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: “Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros”(Mt 15, 22-23).

Más que de una enfermedad, se trataba de una posesión diabólica lo que le ocurría a la hija de la “cananea”. La existencia del demonio es una de las verdades contenidas en la Revelación. El diablo es, para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal (Cardenal Ratzinger). Una realidad maléfica, poderosa y personal, opuesta a Dios. Un ser de naturaleza angélica -es el ángel caído- que emplea sus poderes sobrehumanos tratando de apartar al hombre de su camino de salvación.

El demonio, el espíritu del mal, es enemigo del alma humana. El hombre debe combatir, no contra fantasmas -que son irreales, sólo existen en la imaginación- sino contra el mal. Un mal personificado, real, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. El demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser oscuro y perturbador existe realmente y sigue actuando (Beato Pablo VI). Satanás hace la guerra al hombre, pero éste con la ayuda de Dios siempre podrá salir victorioso.

La petición de la mujer cananea es el grito de toda persona que busca amor, acogida y amistad con Cristo. Es el grito de tantas personas en nuestras ciudades anónimas, de muchos de nuestros contemporáneos y de todos los mártires que aún sufren persecución y muerte en el nombre de Jesús: “Señor, ayúdame”. Este mismo grito surge a menudo en nuestros corazones: “Señor, ayúdame”. No respondamos como aquellos que rechazan a las personas que piden, como si atender a los necesitados estuviese reñido con estar cerca del Señor. No, tenemos que ser como Cristo que responde siempre a quien le pide ayuda, con amor, misericordia y compasión (Papa Francisco).

Continuamos leyendo este episodio del Evangelio: Él respondió: “No he sido enviado sino a los ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos”. Pero ella dijo: “Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres”. Y su hija quedó sana en aquel instante (Mt 15, 24-28).

¿Por qué el Señor emplea el diminutivo “perrillos? Para dulcificar así una expresión despectiva que se utilizaba para referirse a los gentiles.

Al principio desconcierta la actitud del Señor. Parece distante y humillante para la mujer cananea. Pero Jesucristo sabe lo que hace: quiere poner a prueba la humildad y la perseverancia de la madre angustiada. Y que quede constancia la fe de aquella mujer en el Señor. Es un modelo de oración para todos. Hay que pedir con fe. La fe tan grande de la cananea se compone de actos puntuales y audaces: la mujer pide aunque parezca inoportuna, insiste aunque se tenga por indigna, persevera ante las dificultades y por fin logra lo que quiere.

Preguntémonos: ¿puede decir el Señor de mí y yo escuchar de sus labios: ¡Qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas!? Lo que deseamos, Señor, es que nuestra fe sea tan fuerte y perseverante como la de aquella madre angustiada por el mal que padecía su hija.

En la oración es importante la perseverancia. Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos: esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos (San Juan María Vianney, Sermón sobre la oración).

Con la descripción pormenorizada de las acciones y las palabras de los dos -de Jesús y de la mujer- se deja notar que, aunque Jesús predicara sólo a los judíos, dirige la salvación a todas las personas, judíos o gentiles. El diálogo, vivo y audaz, nos enseña que la fe en Jesucristo debe vencer todos los obstáculos, incluso la indignidad personal. Es una escena en la que vemos a Jesús cambiando sus planes y saltando fronteras se encuentra con una pagana extranjera. Hoy se diría: una de fuera. Pero esta mujer sirve de ejemplo para la fe de los de dentro. Su fe –mujer, qué grande es tu fe ha conseguido el milagro: su hija quedó sana en aquel instante. Es preciso que no nosotros no olvidemos nunca esta lección.

No desmayes por indigna que sea la persona, por imperfecta que resulte la oración, si ésta se alza humilde y perseverante, Dios la escucha siempre (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 468).

En los Hechos de los Apóstoles se ve claramente que el designio salvífico de Dios es también para los gentiles. En casa del centurión Cornelio, san Pedro dice: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier pueblole es agradable todo el que le teme y obra la justicia (Hch 10, 34-35). Y cuando el apóstol Pedro explicó porqué había recibido en la Iglesia a Cornelio, los cristianos se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: Luego también a los gentiles les ha concedido Dios la conversión para la Vida (Hch 11, 18).

Para la difusión del Evangelio entre los gentiles Dios elige a san Pablo. Cuando Ananías pone algunos reparos para ir a donde está Saulo después de su conversión, el Señor le dice: Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch 9, 15). Y san Pablo sabe que su misión es predicar el Evangelio a los gentiles, pero procurando a la vez la salvación de los judíos. Pero a vosotros, los gentiles, os digo: siendo yo, en efecto, apóstol de las gentes, hago honor a mi ministerio, por si de alguna forma provoco celo a los de mi raza y salvo a algunos de ellos (Rm 11, 13-14). La conversión de los gentiles debe ser ocasión de celo para que los judíos también se conviertan. Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos? Porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables Rm 11, 28-29). Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel. A todos, judíos y gentiles, se extiende el amor de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. La Iglesia de Cristo debe ser testimonio y continuación de esta actitud.

Pues así como vosotros en otro tiempo fuisteis desobedientes a Dios, y ahora habéis alcanzado misericordia a causa de su desobediencia, así también ellos ahora no han obedecido, para que vosotros alcancéis misericordia, a fin de que también ellos consigan misericordia. Porque Dios encerró a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos (Rm 11, 30-32). La bondad de Dios es infinita. Aunque tanto los judíos como los gentiles desobecedieron a Dios, el Señor se apiada de todos y perdona sus miserias.

En nuestra vida encontramos personas de diferentes confesiones cristianas, o de otras religiones, o no creyentes. En muchos casos, el Señor pone en nuestro camino a católicos que se dicen no practicantes, o que afirman que han perdido la fe. Hemos de seguir el ejemplo de Jesús, que atiende a la mujer cananea y busca a todos.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia.

Acudamos a Santa María, pidiéndole que la difusión del Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra para que todos los pueblos alaben a Dios.

FE EN LA ORACIÓN Y EN EL APOSTOLADO. Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el primer libro de los Reyes se cuenta que Elías entró en una cueva para pasar la noche. Y el Señor le preguntó: ¿Qué te trae aquí, Elías? (1 R 19, 9). Cuando entramos en una iglesia, también nos pregunta el Señor a cada uno: ¿Qué te trae aquí? Unas veces responderemos: Señor, vengo a participar de tu Sacrificio, del único sacrificio de la Nueva Alianza. Y quiero que mi participación sea plena, consciente y activa como mi santa madre la Iglesia lo desea. En otras ocasiones le diremos al Señor: Vengo a visitarte, porque sé que Tú me esperas pacientemente en el Sagrario y quiero hacerte compañía. O bien, vengo Señor a hablar Contigo, a hacer un rato de oración. A eso hemos venido ahora al oratorio, y de rodillas delante del Sagrario comenzamos nuestra meditación, esta conversación con el Señor.

Después de responder Elías a Dios, un ángel le dice al profeta: Sal y quédate en la montaña, delante del Señor (1 R 19, 11). A continuación se lee en este pasaje bíblico que narra el encuentro de Elías con el Señor: Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la puerta de la cueva (1 R 19, 11-13). Dios habla, y su voz es como un susurro que va directamente al corazón. Por eso, para escuchar su voz debemos apartarnos del bullicio mundano, del ruido que atolondra a tantas personas, de la algarabía imperante en el ambiente que nos rodea.

Para hablar con Dios es necesario el recogimiento, el silencio exterior. En el silencio se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída. La oración es siempre abrirse al Espíritu Santo, una escucha de la palabra de Dios. Hacer oración es hablar con el Señor como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, es una conversación de tú a tú (San Josemaría Escrivá).Y en el Catecismo de la iglesia Católica se dice que la oración es un cara a cara con Dios, de donde se extrae luz y fuerza; y a veces, un debatirse o una queja, y siempre, una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia

Tenemos el ejemplo de Jesucristo. Él buscaba el recogimiento para hablar con su Padre: Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí (Mt 14, 22-23). En el Evangelio vemos cómo Cristo se retiraba a lugares solitarios para hacer oración.

Solamente el que hace oración es capaz luego de ver a Dios en los sucesos de la vida ordinaria, de tener presencia de Dios a lo largo del día y de ver las cosas de esta tierra con visión sobrenatural, porque el Señor se hace el encontradizo todos los días de nuestra vida: basta que abramos bien los ojos, y veremos a Jesús que nos busca, que nos espera, que nos da la mano para que caminemos más deprisa (Beato Álvaro del Portillo). Cristo no nos deja nunca solos. Es más, nos acompaña por el camino como hizo con los discípulos de Emaús. Y cuando en la oración nos metemos en las escenas del Evangelio, Él es quien nos las explica, nos revela las enseñanzas que encierran.

El Señor dice a los apóstoles que se fueran en la barca a la otra orilla del lago y ocurrió que mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario (Mt 14, 24). Se había desencadenado una tempestad en el lago de Genesaret. Las aguas se arremolinaron con grave peligro para la barca. También a nosotros el Señor nos pide que, dentro de la barca de la Iglesia, rememos mar adentro, que no permanezcamos en la orilla, cuando hay en el mar del mundo muchas almas que hay que ganarlas para Cristo. Pero tengamos en cuenta que la primera condición para remar mar adentro requiere cultivar un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha diaria de la Palabra de Dios.

En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: “¡Es un fantasma!” y llenos de miedo empezaron a gritar (Mt 14, 25-26). Y en este mar por el que navegamos también hay tormentas y escollos, dificultades de todo tipo. Pero al igual que Jesús, caminando sobre las aguas, fue al encuentro de los suyos, también el Señor está con nosotros y nos dice: Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo (Mt 14, 27). Este episodio evangélico ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, o cuando cunde el desánimo, el Señor nos anima, nos estimula a pedir, y nos tiende la mano.

Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. “Ven” le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: “¡Señor, sálvame!” Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 28-31).

En estos versículos del Evangelio según San Mateo en los que nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas del mar de Tiberíades, destaca el impulso espontáneo de Simón Pedro. En el apóstol Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo (Papa Francisco).

¡Qué importante es la oración personal! Que le pidamos a Jesús que, como a Pedro, nos digas que vayamos hacia Él, pasando por encima de las aguas de la muerte, del pecado, de los criterios del mundo. Pero solamente podremos ir hasta el Señor si confiamos en su poder, no cuando nos fiemos de nuestras fuerzas.

Es muy sustancioso el final de este pasaje: Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt 14, 32-33). Y comenta el papa Francisco: Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la “poca fe”. Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos. Donde hay miedo no hay fe y donde hay fe no hay miedo. Hay que vaciarse de miedo y llenarse de Cristo.

De los labios de los apóstoles brotó la confesión de fe en la divinidad de Jesús. También nosotros, en nuestro apostolado, proclamamos la misma fe, la fe del cristiano: Verdaderamente eres Hijo de Dios. Lo que caracteriza a la fe cristiana, a diferencia de todas las otras religiones, es la certeza de que el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, la segunda Persona de la Trinidad que ha venido al mundo. Ésta es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos. Dios, el invisible, está vivo y presente en Jesús. Jesús de Nazaret es Dios-con-nosotros.

Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor. Por eso, debemos construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina. Pero este apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida; el verdadero apostolado busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa (Concilio Vaticano II).

Nos interesan todas las almas, solía decir san Josemaría Escrivá, y daba la razón: No hay un alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de toda su sangre. Este interés por todos lo sentía vivamente san Pablo, el Apóstol de los gentiles. Recorrió varias regiones de la cuenca del Mediterráneo anunciando la buena nueva de Cristo. Pero especialmente le preocupaba los de su misma raza, los judíos. Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne. Ésos son los israelitas: a ellos pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo, el cual es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén (Rm 9, 1-5). Con estas letras, san Pablo muestra un gran amor hacia los de su raza, enseña que la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto más bien en que Dios quiso asumir una naturaleza humana de la raza hebrea.

A nosotros, cristianos, nos preocupa toda la humanidad. Pero… Me parecen muy lógicas tus ansias de que la humanidad entera conozca a Cristo. Pero comienza con la responsabilidad de salvar las almas de los que contigo conviven, de santificar a cada uno de tus compañeros de trabajo o de estudio… -Ésta es la principal misión que el Señor te ha encomendado (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 953).

Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13), escribió san Pablo. Con Jesús lo podemos todo. Ésta es nuestra esperanza. Y si alguna vez la esperanza se debilita, fijémonos en las palabras de san Gregorio de Nisa: El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano.

Encomendemos a la Virgen Santa la suerte de la humanidad, para que se le abra al mundo un horizonte nuevo y prometedor de fraternidad, solidaridad y paz.

EL BANQUETE DE LA ALIANZA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XVIII del TIempo Ordinario. (Ciclo A)

En el capítulo 8 de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma hay unos versículos que expresan una de las declaraciones más elocuentes del Apóstol de los gentiles: la fuerza omnipotente de Aquel (Dios Padre) que ama a la criatura humana, hasta el punto de entregar a la muerte a su propio Hijo Unigénito, hará que salgamos victoriosos de los ataques y padecimientos. Los cristianos, con tal de que queramos acoger los beneficios divinos, podemos tener la certeza de alcanzar la salvación, porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias.

Leamos esos versículos: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 8, 35.37-39). Por tanto, nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni temor de la muerte, ni amor a la vida, ni príncipes de los demonios, ni potestades del mundo, ni tormentos que nos hacen sufrir….

Con la enumeración de fuerzas superiores al hombre, san Pablo quiere expresar que nada ni nadie es más fuerte que el amor irrevocable que se nos ha dado en Cristo Jesús. Es cierto que todavía, mientras vivimos, no hemos alcanzado la salvación, pero tenemos la certeza de lograrla merced a las gracias que Dios no deja de darnos. Éste es el motivo por el cual vivimos como hijos de Dios, sin miedo a la vida ni miedo a la muerte. Muy bien lo dijo Orígenes cuando comentó la epístola a los Romanos: Mientras contemos con el amor de Dios, no recibiremos ningún daño. En efecto, el amor con que nos ha amado ha raptado nuestro afecto hacia Él, nos ha conseguido que no sintamos ni el dolor ni la crucifixión del cuerpo. Por eso, en todas las cosas venceremos. Eso es lo que dice la esposa del “Cantar de los Cantares”, al afirmar: “Estoy herida por el amor”. Así también recibe nuestra alma la herida del amor de Cristo; aunque el cuerpo sea entregado a la espada, no sentirá las heridas de la carne gracias a la herida del amor.

El amor de Dios es misericordioso. En la iglesia del Señor San Jorge, de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla -también conocida como la iglesia de la Santa Caridad- están representadas las siete obras de misericordia corporales en seis cuadros de Bartolomé Esteban Murillo y en una escultura de Pedro Roldán que está en el retablo. La representación de cada obra de misericordia está sacada de un pasaje de la Biblia. Así vemos como en la Sagrada Escritura Dios nos habla de la misericordia, no sólo con palabras sino también con obras.

En el cuadro de la primera -visitar y cuidar a los enfermos- está la escena evangélica de la curación de un paralítico que por sí solo no consigue sumergirse en la piscina cuando un ángel remueve las aguas. Jesús le ayuda, le acompaña y además, con solo tocarle, le cura. El cuadro de la segunda -dar de comer al hambriento- muestra el milagro de la multiplicación de los panes realizado por Jesucristo para dar de comer a una multitud. En el cuadro de la tercera -dar de beber al sediento- está representada la escena bíblica de cuando Moisés golpeó la roca e hizo brotar de ella un manantial de agua para saciar la sed del pueblo israelita. El cuadro de la cuarta -dar posada al peregrino- representa a Abrahán dando hospedaje a tres misteriosos personajes -ángeles- que pasaban delante de su tienda. En el cuadro de la quinta -vestir al desnudo- se ve al padre del hijo pródigo que recibe a su hijo y ordena a los criados que traigan ropa limpia y nueva para vestir a aquel hijo que estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido encontrado. El cuadro de la sexta -redimir al cautivo- representa a san Pedro siendo liberado de la cárcel por un ángel. Y en el retablo está la séptima -enterrar a los muertos- con unas imágenes que representan la sepultura de Cristo.

Vamos a fijarnos en la escena evangélica de la multiplicación de los panes. El milagro según lo cuenta san Mateo está precedido por estos dos versículos: Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos (Mt 14, 13-14). La figura del Señor atrae porque predica con la palabra y con el ejemplo. No como los fariseos que dicen, pero no hacen; atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas (Mt 23, 3-4). Toda la vida de Cristo se resumió en el deseo de comunicar a los hombres el fuego del amor divino. Su mensaje trae la felicidad a los hombres y la salvación del mundo.

También en nuestros días -como en todas las épocas- hay que seguir a Cristo, caminar al encuentro de Cristo: solo Él es la solución de todos nuestros problemas; solo Él es el camino, la verdad y la vida; solo Él es la verdadera salvación del mundo; solo Él es la esperanza de la humanidad. Y fuera de Cristo no hay paz ni felicidad, no hay vida eterna y, lo que es más trágico, la vida humana revienta de asco y de rabia.

Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: “Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimento”. Pero Jesús les dijo: “No hace falta que se vaya, dadles vosotros de comer”. Ellos le respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Él les dijo: “Traédmelos aquí”. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (Mt 14, 15-21).

Cristo es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Aquí le vemos, dejando el descanso -un descanso merecido-, tomar la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Sí, nuestro Dios es misericordioso, se compadece de las miserias humanas. San Mateo, además de contar el milagro de la multiplicación, recuerda la curación de los enfermos. Ésta es otra de las enseñanzas del divino Maestro. A veces, no hay más remedio que olvidarse del propio descanso para atender, como buenos samaritanos, a personas que tienen necesidades materiales o espirituales.

La actitud del Señor es ejemplar para el cristiano. Ante la muchedumbre desperdigada se llena de compasión y les da un doble alimento: el espiritual de su enseñanza y el material del alimento corporal. Así todo discípulo de Cristo debe practicar no solamente las obras de misericordia corporales, sino también las espirituales. Las acciones de Jesús que se narran en los santos Evangelios son muy significativas, ya que con ellas señala el cumplimiento de las profecías, según las cuales Dios mismo iba a ser el pastor de su pueblo guiándolo y alimentándolo. El relato muestra que Jesús no está solamente satisfaciendo la necesidad corporal de las muchedumbres, sino que con sus gestos -que son muy semejantes a los de la institución de la Eucaristía- anuncia el banquete mesiánico en el que Él es el anfitrión.

La acción de alimentar al pueblo en un lugar desierto evoca los episodios del éxodo, cuando Dios sustentaba a su pueblo, y prefigura la Eucaristía, alimento del cristiano en su camino hacia Dios. Por eso, en la tradición cristiana el milagro ha sido interpretado como una figura anticipada de la Sagrada Eucaristía. También se ha visto en esta escena evangélica una figura del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que se alimenta de la palabra de Cristo y del pan de la Eucaristía. La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, no ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 21).

Jesús, para realizar este gran milagro, busca la libre cooperación de los hombres y quiere que de sus discípulos que aporten los panes y los peces y que los distribuyan a la muchedumbre. Algo semejante ocurre en la Iglesia donde el Señor se nos ofrece en el banquete eucarístico a través de sus ministros.

Recogieron doce cestos llenos de sobras. La esplendidez del milagro es una muestra de la plenitud mesiánica. Elías dio a la viuda lo que era indispensable para su sustento. En cambio, Jesús da con generosidad, con abundancia. Cristo quiso que se recogieran las sobras de aquella comida, para que aprendamos a no desperdiciar los bienes materiales, que son dones de Dios. El derroche de estos dones, el gasto caprichoso es opuesto al espíritu cristiano y al sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza. El mandato de Cristo es una hermosa lección de economía -en el sentido más noble y más pleno de la palabra- para nuestra época, dominada por el derroche. El beato Pablo VI dijo en la ONU: Vuestra tarea consiste en conseguir que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y no en fomentar el control artificial de nacimientos -que sería irracional- a fin de disminuir el número de comensales en el banquete de la vida.

En la recogida de los panes sobrantes, los Santos Padres evocan a Moisés que distribuía “el maná” según las necesidades de cada uno, de modo que lo que sobraba se llenaba de gusanos. La Eucaristía, como alimento del alma, es y significa un don que Dios nos da “cada día”. Es, además del sacrificio de la Nueva Alianza, el banquete del Cuerpo del Señor. Banquete ya profetizado por Isaías cuando invita al banquete de la Alianza del Señor: ¡Todos los sedientos, venid a las aguas! Y los que no tengáis dinero, ¡venid! Comprad y comed. Venid. Comprad sin dinero y sin nada a cambio, vino y leche. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestros salarios en lo que no sacia? Escuchadme con atención y comeréis cosa buena, y os deleitaréis con manjares substanciosos. Prestad oídos y venid a Mí. Escuchad y vivirá vuestra alma. Sellaré con vosotros una alianza eterna, las misericordias fieles prometidas a David (Is 55, 1-3). En la Eucaristía, banquete de la Nueva Alianza, se hacen plena realidad las palabras del profeta en las palabras que el Señor pronunció al instituir este sacramento: Tomad y comed el verdadero pan de vida, el manjar más exquisito, que no se puede comprar con nada. Por eso la invitación del profeta Elías sigue siendo una llamada a que el cristiano se beneficie de la Sagrada Eucaristía.

El papa beato Pablo VI, exhortando a los fieles a participar en la celebración dominical, escribía: ¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna (Gaudete in Domino, n. 322).

La Virgen María recibió el amor de Dios de una forma desbordante, pues al amor de Hija predilecta y de Madre del Verbo, se sumó el amor que, como Esposo, le otorgó el Espíritu Santo. Por eso le pedimos que siempre tengamos el corazón abierto para recibir el amor de Cristo, manifestado en la locura del amor divino que es la Eucaristía.

TRES PARÁBOLAS SOBRE EL REINO DE LOS CIELOS. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro 1 Reyes se cuenta la petición que hizo Salomón al comienzo de su reinado a Dios. El Señor le dijo: Pide qué quieres que te dé (1 R 3, 5). El joven rey, consciente de su responsabilidad, respondió a Dios diciendo: Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande? (1 R 3, 9). La petición de Salomón fue grata a Dios porque está hecha con humildad y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo. Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición.

En la carta que escribió san Clemente I a los cristianos de Corinto está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.

Cuando hay humildad en la oración y se pide son cosas buenas, como hizo Salomón, Dios concede esos bienes. Lo dice el mismo Cristo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). Y la respuesta de Dios a la petición de Salomón es: Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después (1 R 3, 11-12).

El Padrenuestro -la oración que nos enseñó Jesucristo- es un ejemplo de oración de petición. En el Padre Nuestro, las tres primera peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal. Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat” respecto a las siete peticiones: “Así sea” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2857; n. 2865).

En la Plegaria eucarística I -también llamada Canon romano- le pedimos a Dios lo más importante: líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos, que es lo mismo que pedirle la perseverancia final. El apóstol san Pablo escribe a los cristianos de Roma: Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que fuesen conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó también los llamó , y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó (Rm 8, 28-30).

Estas palabras inspiradas nos llenan de confianza en Dios. Estamos en este mundo en tensión entre lo que ya poseemos y somos y lo que anhelamos. Pero nada del porvenir es dejado por Dios al acaso. Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte del designio salvador de Dios. Omnia in bonum! (todo para bien). Al igual que Jesús llamó a los apóstoles, también llama a cada hombre para que le siga. Sí, cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes (Camino, n. 755). Cada uno de nosotros tiene que entender y creer: Dios me llama. Desde la eternidad, Dios nos ha amado como personas únicas e irrepetibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo, que nos dice, como ha dicho a los apóstoles: Ven y sígueme.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. El seguimiento de Cristo da la felicidad al hombre. Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Y además es el camino de la gloria, pues Jesús vino a buscar a todos los hombres y mujeres (llamamiento). Como buen samaritano de la familia humana, se ha acercado a la gente para sanarla de sus pecados (justificación) y de las heridas que la vida inflige, y llevarla a la casa del Padre (glorificación).

El Reino de los Cielos (la casa del Padre), es presentado por Cristo como el valor supremo, lo máximo que puede aspirar el hombre, en dos parábolas: la del tesoro escondido y la de la perla. En las dos, el Señor se refiere a la actitud del hombre para alcanzarlo. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo el Reino de los cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra (Mt 13, 44-46).

Aún siendo muy parecidas las dos parábolas, hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra queda inundado de un profundo gozo. Así es la fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo: a veces se presenta de modo inesperado, otras sigue a una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud del hombre es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: va, vende cuanto tiene y compra. El desprendimiento, la generosidad, es condición indispensable para alcanzarlo. Decía santa Teresa de Jesús que es exigible esa generosidad por parte del hombre porque Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo. Y san Josemaría Escrivá: Quien entiende el reino que Cristo propone advierte que vale la pena jugarse todo para conseguirlo… el reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par (Es Cristo que pasa, n. 180).

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos (Benedicto XVI, Homilía 6.V.2006).

Dios convoca a todos los hombres al Reino de los Cielos. Y la Iglesia hace eco de esta convocatoria. Sin embargo, hay quienes hacen oídos sordos a esta llamada, y no se muestran dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Y también el Señor lo explica con otra parábola: la de la red barredera. Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 13, 47-50).

Esta parábola está referida en un ambiente de pescadores. La red barredera es larga, y al extenderla entre dos barcas y arrastrarla recoge, junto con toda clase de peces, otras muchas cosas: algas, hierbas, diversos objetos… Algunos han visto en la red a la Iglesia, y en el mar, al mundo. La enseñanza que encierra es la verdad del juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías (o novísimos), especialmente al juicio y al infierno; con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de estas verdades. Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno (San Gregorio Magno).

Jesucristo habla del infierno cuando se refiere al horno de fuego donde habrá llanto y rechinar de dientes. Es de fe definida que existe el infierno. Aunque alguno se pregunte, ¿realmente existe el infierno? La respuesta es afirmativa. Sí, el infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno.

Hay que reconocer que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. Se debe exponer la fe católica sobre el infierno con completa fidelidad a la doctrina del Evangelio. Es necesario evitar cualquier tentación de atenuar esta verdad de fe.

Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). La voluntad salvífica de Dios queda manifestada tanta en la muerte amorosa en la Cruz de su Hijo como en las graves advertencias que nos hace Jesucristo de la terrible realidad del infierno. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal), y persistir en él hasta el final. La existencia del infierno nos enfrenta con la realidad de nuestra libertad: tenemos toda la gracia para vencer y ser felices aquí y en la otra vida. Pero somos libres de construir nuestra vida desoyendo a Dios, de hacernos desgraciados aquí y para siempre. Sin embargo, no hay que tener miedo a la libertad. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor (San Josemaría Escrivá). Queremos hacer uso de nuestra libertad para amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica). La existencia de este lugar de castigo constituye un llamamiento a la conversión. También habla de la necesidad de hacer apostolado: no podemos dejar a la gente que viva en pecado, que ponga en peligro su felicidad eterna. Seamos conscientes de que junto a nosotros pueden vivir personas que no están habitualmente en gracia de Dios. Sintamos la urgencia grave de ayudarles, de decirles la verdad de su situación.

En la Salve le pedimos a la Virgen María que nos mire con ojos misericordiosos y que ruegue por nosotros, intercediendo ante su santísimo Hijo, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, para que nos encontremos entre los elegidos de Dios y entremos en el Reino de los Cielos que el mismo Dios nos ha preparado y prometido como premio a nuestra fidelidad al Evangelio.

LA MISERICORDIA DE DIOS; PACIENCIA Y JUSTICIA. Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el Evangelio según san Mateo se recogen las palabras de Cristo sobre el Juicio Final. Será cuando se haya acabado este mundo. Entonces vendrá de nuevo Jesucristo a la tierra, pero esta vez para ser Juez de vivos y muertos. Todos los hombres compareceremos ante Él. Nuestro Señor describe cómo será ese Juicio. Seremos juzgados según cómo hayamos vivido las obras de misericordia. El Juez es Jesucristo. No hay instancias superiores, porque fuera de ti no hay otro Dios que se cuide de todo, al que tenga que explicar que no juzgaste injustamente (Sb 12, 13). Estas palabras de la Escritura están impregnadas de la fe más recia en la bondad y poder de Dios, que es único y omnipotente y no tiene que rendir cuentas a nadie.

Dios es siempre justo. Tu poder es el principio de la justicia, y el ser Señor de todas las cosas te hace perdonar a todos. Muestras tu fuerza al que no cree en la perfección de tu poder, y a quienes la reconocen dejas convictos de su atrevimiento (Sb 12, 16-17). El omnímodo poder de Dios no le convierte en un tirano injusto, sino todo lo contrario. Además su justicia no está reñida con su misericordia y benignidad. Por eso el autor sagrado dice: Tú, dueño de la fuerza, juzgas con benignidad, y nos gobiernas con gran indulgencia; porque, cuando quieres, hacer valer tu poder. Por estos hechos enseñaste a tu pueblo que el justo ha de ser amigo del hombre, y llenaste a tus hijos de buena esperanza, pues, después de pecar, das ocasión para el arrepentimiento (Sb 12, 18-19).

Dios se muestra misericordioso con su pueblo, Israel, que cree en Él, pero también con toda la humanidad, con todos los hombres, cuyas malas obras castiga con indulgencia para darles ocasión de convertirse de su malicia, como dice el salmista: das ocasión para el arrepentimiento. Sin embargo, no dejará de castigar a los que se empecinan en su incredulidad y malicia. Cuando Jesucristo envió a sus apóstoles a que fueran por todo el mundo para predicar el Evangelio a toda criatura, les dijo: El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará (Mc 16, 16).

Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero en nuestra naturaleza humana está el fomes peccati o concupiscencia, que es la tendencia que el ser humano tiene hacia el mal. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o metafóricamente fomes peccati: “La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien ‘el que legítimamente luchare, será coronado’” (2 Tm 2 ,5) (Concilio de Trento) (n. 1.264).

Porque Dios sabe que nuestra naturaleza -aunque ha sido sanada y redimida- continúa dañada por el pecado de origen, nos ha revelado por medio de san Pablo que el Espíritu acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos lo que debemos pedir como conviene; pero el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables. Pero el que sondea los corazones sabe cual es el deseo del Espíritu, porque intercede según Dios en favor de los santos (Rm 8, 26-27). Además tiene paciencia con nosotros y siempre está dispuesto a perdonar.

Hay una parábola del Señor -la de la cizaña- que hace referencia a lo que ocurrirá al fin del mundo, pero también sobre la paciencia. Esta parábola complementa a la del sembrador, aunque en sentido distinto. Y también el divino Maestro la explica. El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt13, 24-25). El campo es el mundo, dirá el Señor en la explicación. Dios nos ha dado el mundo por heredad y es misión del cristiano sembrar la buena semilla, difundir la doctrina cristiana para que muchas almas conozcan y amen a Cristo, hacerse eco a las enseñanzas de la Iglesia.

Los tiempos actuales son también tiempos recios según la expresión de santa Teresa de Jesús para referirse a la época que le tocó vivir. El enemigo -el diablo- siembra mucha cizaña, mientras dormían los hombres. Quizá haya tanta cizaña en el mundo de hoy día porque los católicos hemos estado dormidos. Ya es hora de salir del sueño. La falta de celo apostólico y de ilusión por transmitir los ideales cristianos, en bastantes católicos, es el sueño malo que permite al enemigo la siembra del error, la ausencia de valores morales, la promulgación de leyes claramente contrarias a la ley de Dios. Por tanto, no podemos estar dormidos cuando la siembra de cizaña es abundante.

Continuemos con la parábola. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña (Mt 13, 26). Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres -los cristianos especialmente- se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara (Es Cristo que pasa, n. 123).

Al darse cuenta los hombres que debieron estar despiertos siempre de que con el trigo crecía la cizaña, se acercaron al dueño del campo y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? (Mt 13, 27). Y el amo de aquellos siervos en vez de echarles en cara su negligencia, sin perder la serenidad les dice: Algún enemigo lo habrá hecho (Mt 13, 28). Entonces aquellos hombres propusieron a su señor arrancar la cizaña. Pero éste les respondió: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero (Mt 13, 29-30). El amo sabe que la cosecha de trigo no se ha de malograr aunque haya cizaña.

Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: inimicus homo hoc fecit, ¡ha sido el enemigo! (San Juan Crisóstomo). Por más que la cizaña amenace invadir y ahogar el buen trigo, la fe nos dice que mientras dura la vida es tiempo de conversión y de misericordia. Crecerá el trigo entre las malas hierbas, y la fe y el amor acabarán por romper la resistencia diabólica que se opone a que los hombres vuelvan a los caminos de Dios. Lo nuestro es sembrar el bien, ahogar el mal con abundancia de bien. A pesar de las sombras que oscurecen el panorama del porvenir inmediato de nuestro mundo, no nos falta la esperanza, porque Cristo es la Luz que disipa las tinieblas. El triunfo del Señor está asegurado, porque Él nunca pierde batallas. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). El bien sembrado por los católicos acabará ahogando el mal de la cizaña.

Como hizo con otras parábolas, también Jesús explica ésta a sus apóstoles. El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se reúne la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre (Mt 13, 37-43).

Partimos de esta premisa. Dios quiere que todos los hombres se salven. No predestina a ninguno al infierno. A todos les da la gracia suficiente para salvarse. Sin embargo el Señor habla de los hijos del Maligno. Viene a la memoria la respuesta que dio un chiquillo a su catequista cuando éste le preguntó: ¿Quién creó a los demonios?, y el chaval dijo: Dios los creó ángeles, pero ellos se hicieron demonios. Pues bien, el Señor siembra la palabra, y hay quienes la acogen en su corazón y viven conformes a esa palabra: son los hijos del Reino. Pero también el diablo siembra sus asechanzas -la cizaña-; y desgraciadamente obtiene fruto en algunos hombres, que son los que Jesús llama los hijos del Maligno. Y tanto los hijos del Reino como los hijos del Maligno están en este mundo.

Ya pasó en vida de Jesús, donde su predicación del Reino encontró la oposición que Satanás sembró en los enemigos del Señor. Y pasa en la vida de la Iglesia, ya que es inevitable que los hijos de Dios convivan con los hijos del Maligno: el mal y el bien coexisten y se desarrollan a lo largo de la historia. La enseñanza del divino Maestro versa sobre la paciencia: como no es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, tampoco a veces es fácil separar el bien y el mal. Pero al final, Cristo -Hijo de Dios triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

Dios es remunerador: premia a los buenos y castiga a los malos. Pero esto ocurrirá en el momento de la siega -el fin del mundo-, cuando los segadores -los ángeles- reúnan la cizaña para quemarla y almacenen el trigo en granero -el Cielo-. En el Juicio Final resplandecerá la justicia de Dios, pero también su misericordia. Entre los justos habrán muchos que gracias a la paciencia de Dios no fueron castigados en el momento de cometer la maldad y, después de pecar, les dio la ocasión de arrepentirse, y aprovecharon esa gracia del arrepentimiento logrando de Dios el perdón de sus pecados.

Le pedimos a la Virgen María -en Ella sólo hubo trigo bueno- que nos ayude para que la simiente que Cristo Jesús, su Hijo, ha sembrado en nuestra alma produzca los frutos que Dios espera, frutos apostólicos y de santidad.

PALABRA ETERNA DE DIOS. Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecunda, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado (Is 55, 10-11). Con esta comparación el profeta Isaías describe la eficacia poderosa y fecunda de la palabra de Dios. Ella realiza la salvación que anuncia. Esta palabra de Dios personificada es figura de la Encarnación de Jesucristo, Palabra eterna del Padre, que desciende a la tierra para salvar a los hombres.

La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. Leyendo la Biblia se contempla y se aprende a conocer la vida de Jesucristo, pues la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada de misterio de Cristo, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo. Hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo.

Meditad a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la verdad (Benedicto XVI). La lectura de la Sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración.

De modo especial se recomienda la lectura meditada del Nuevo Testamento, donde está el testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, le vieron con sus ojos, le escucharon con sus oídos y le tocaron con sus manos. De modo particular está recomendada la lectura de los Santos Evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras. Cristo es el modelo de nuestra vida, y es necesario meditar su paso en la tierra. Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 2).

Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 3). Con estas palabras comienza el Señor la parábola del sembrador. El Sembrador divino arroja la simiente, que no es otra cosa que la palabra del Reino. El sembrador coge con su mano un puñado de semilla del saco que lleva a bandolera y la arroja a voleo. Y ocurre que al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta (Mt 13, 4-8). Y el mismo Cristo explica a sus discípulos el sentido de la parábola.

Nuestra Madre la Iglesia Santa, con su Magisterio, nos explica el sentido de la Sagrada Escritura. Por eso, al leer la Biblia es conveniente ver las notas al pie de página a los diversos versículos. En esto se diferencia una Biblia católica de una no católica. Para los protestantes está la libre interpretación de la Escritura. Los católicos sabemos que la Iglesia es la depositaria de la Revelación divina y tiene por misión interpretarla. Para esto cuenta con la ayuda del Espíritu Santo.

Ésta es la explicación del Señor: A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta (Mt 13, 19-23).

El mensaje de esta parábola puede resumirse así: ¿Por qué la palabra de Dios produce efectos tan dispares en las personas? Hay que tener en cuenta que nos movemos en el misterio de la gracia que Dios concede y de la correspondencia del hombre a la gracia recibida. Además, hay que salvaguardar los dos aspectos: la libertad de Dios al dar la gracia y la libertad del hombre al corresponder. Dios revela con su Palabra. Jesucristo que es la plenitud de la Revelación. La palabra de Jesús, tanto en los tiempos de Cristo como en todas las épocas, necesita una buena acogida de los hombres. Hay quienes la oyen sin entenderla, y ni siquiera hacen un esfuerzo para comprenderla: son sordos a Dios, como las autoridades religiosas de Israel, que escuchaban al Señor, pero ellos estaban acechando a Jesús para malinterpretar las enseñanzas del divino Maestro. Otros son débiles o inconstantes, como las muchedumbres que oyeron la predicación de Cristo o se beneficiaron de sus milagros, y, en cambio, le dejaron solo en la hora de la prueba, en la pasión. Otros fallan, pero no por debilidad cuando hay que defender la palabra, sino porque la palabra del Señor no puede fructificar en una vida que no sea recta.

Pero la palabra de Dios es más poderosa que las disposiciones de los hombres, y cuando es enviada a la tierra es fecunda siempre, como dijo el profeta Isaías al compararla con la lluvia y la nieve que descienden del cielo y no vuelven sin fructificar.

La palabra de Jesús, sus enseñanzas que están recogidas en los santos evangelios, en cuanto palabra de Dios puede fructificar en mayor o menor proporción, porque los hombres no somos iguales, pero siempre es eficaz. Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz (Balduino de Canterbury).

Cada cristiano debe reflexionar: La Palabra llega cada día al campo de mi vida. Y a veces no encuentra esa tierra buena (esponjosa y abonada) que produce mucho fruto, sino un terreno pedregoso, lleno de maleza. Hay que preparar la tierra quitando las malas hierbas de la inconstancia, de la pereza, de la seducción de las riquezas, de la sensualidad, de los afanes mundanos…, de todo lo que impida que la semilla produzca el fruto deseado por el Sembrador. El fruto llegará cuando el campo esté preparado, es decir, cuando se escucha la Palabra, se medita en el corazón y se entiende.

La semilla -la Palabra de Dios- es alimento para nuestra alma, firmeza para nuestra fe, sustento y vigor interno para nuestra vida cristiana. En la Sagrada Escritura vemos la intimidad de Dios, que se nos muestra en ella. Su conocimiento se ordena al amor, a la amistad con Dios.

La Biblia consta del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, pero en toda ella hay unidad. Transmite un único mensaje: el de la salvación. En los libros del Nuevo Testamento -tanto en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas paulinas y las de otros apóstoles- se hace referencia al Antiguo Testamento. Especialmente vemos en el Evangelio según san Mateo -y también en los otros tres restantes- como en Cristo se cumplen las profecías mesiánicas.

El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo Testamento y el Antiguo está patente en el Nuevo. El profeta Isaías escribe: Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65, 17); Porque como los cielos nuevos y la tierra nueva que voy a hacer -oráculo del Señor-, así permanecerá vuestro linaje y vuestro nombre (Is 66, 22), y en continuidad con estas palabras del profeta, san Pablo amplía la liberación obrada por Cristo a la creación material. La espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el momento presente (Rm 8, 19-22).

La creación material se encontraba sujeta a la vanidad, es decir, estaba corrompida a causa del pecado de nuestros primeros padres, según se deduce de lo que Dios dijo a Adán: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas y comerás las plantas del campos (Gn 3, 17-18). San Pablo entiende que la liberación del cosmos es consecuencia de la liberación del hombre, de la redención obrada por Cristo. Y una vez que han sido eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el apóstol san Juan ve con luz profética la instauración plena del Reino de Dios: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron (Ap 21, 1). Un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso.

En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1, 1). Dios crea con su palabra. Dijo Dios: Haya luz. Y hubo luz (Gn 1, 3), y así fue creando el firmamento, los árboles, la hierba verde, las lumbreras del cielo, las aves, los peces, los animales y al hombre. En la obra creadora participó el Verbo, la Palabra de Dios. Todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1, 3). Y es el Verbo encarnado, Jesucristo, quien recapitula en Sí todo lo creado y entregar al Padre su Reino. Dios ha vencido la muerte y en Jesús ha inaugurado definitivamente su Reino, los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales la creación ya no gime ni sufre dolores de parto. Durante su vida terrena Jesús es el profeta del Reino. Después de su Pasión, Resurrección y Ascensión al Cielo, liberada ya la creación de la esclavitud de la corrupción, Jesucristo participa del poder de Dios y de su dominio sobre el mundo.

María Santísima es la mujer del silencio y de la escucha (San Juan Pablo II), que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Fue reconocida como Madre por Jesucristo y ensalzada por Él como bienaventurada, por escuchar y practicar la Palabra de Dios. Ella nos alcanzará del Espíritu Santo que conozcamos y nos enamoremos de Cristo en la Escritura Santa, y que sepamos transmitir la Palabra de Dios con don de lenguas.

REY JUSTO Y VICTORIOSO. Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Zc 9, 9). Estas palabras es una profecía sobre el Mesías. El profeta Zacarías habla a Jerusalén (hija de Sión) y a sus habitantes (hija de Jerusalén) como representantes de todo el pueblo elegido. Invita al regocijo y a cantar de júbilo para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos. Llega a Jerusalén su rey, descendiente de David. Es un rey justo porque cumple perfectamente la voluntad de Dios. Y es victorioso porque goza de la protección y salvación divinas. Ese rey era el Salvador, según el profeta Isaías: Decid a la hija de Sión: Mira que llega tu salvador (Is 62, 11). Es además “humilde” y “pacífico”, pues no aparece montado a caballo con manifestación de poder como los reyes de la antigüedad. Los rasgos de este rey son semejantes a los del “siervo de Yavé” del que hablaba Isaías.

Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David. Y dice el Catecismo de la Iglesia Católica: El “Rey de la Gloria” entra en su ciudad “montado en un asno”: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (n. 559).

Clemente de Alejandría se fija en la repetición: sobre un asno, sobre un borrico. Y en sentido alegórico entiende la referencia al joven pollino como alusión a los hombres no sujetos al mal: No era suficiente decir sólo “pollino” (asno), sino que ha añadido “joven” (borrico), para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Y habría que mencionar la juventud de la Esposa de Cristo, la Iglesia. El papa beato Pablo VI en un quirógrafo a san Josemaría Escrivá hizo alusión a la juventud de la Iglesia, al referirse a la fundación del Opus Dei: La Institución, nacida en este tiempo nuestro como expresión de la perenne juventud de la Iglesia. Y años más tarde, el papa Benedicto XVI, en la homilía que pronunció en la Misa del inicio de su Pontificado, dijo: La Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven.

Anunciará la paz a las naciones y su dominio se extenderá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra (Za 9, 10). Cristo es Príncipe de la paz (Is 9, 5), de esa paz que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). En los comienzos del tercer milenio, que tantas esperanzas ha despertado, existe la amenaza tenebrosa de la violencia y de la guerra. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz (…), ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 78).

Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Hay que ser, en expresión de san Josemaría Escrivá, sembradores de paz y de alegría.

Jesucristo es Rey. Él mismo lo proclamó delante de Poncio Pilato: Yo soy Rey (Jn 18, 37). Jesús se llena de gozo por los que le aceptan como Rey y Mesías, por los que creen en Él, la gente sencilla y humilde, que no confía en su propia sabiduría, que no se estiman a sí mismos por prudentes y sabios. Son todos aquellos que escuchan la voz. Y este gozo hace exclamar al Señor: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25). Jesús nos anuncia su Reino, el reino de los Cielos, el Reino de Dios, porque así le ha parecido bien a Dios Padre… y nos da a conocer al Padre. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mt 11, 27).

Recibamos todo lo que Cristo nos ha revelado con humildad. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Para creer es necesario ser humilde, porque por la fe el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia (Surco, n. 259). Sin humildad no hay virtud. El Santo Cura de Ars lo expresó así: La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). El “yugo” era una palabra que se utilizaba para referirse a la Ley de Moisés, que con el paso del tiempo se había sobrecargado de minuciosas prácticas insoportables y, a cambio no daba la paz del corazón. San Pedro hace referencia a este “yugo” en el Concilio de Jerusalén: ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? (Hch 15, 10). Sin embargo, el yugo del Señor es suave porque está hecho con vínculos de afecto…, con lazos de amor. La carga de Cristo alivia el peso de nuestras miserias, nos da alas para volar hacia Dios.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Estas palabras de Cristo nos invitan a imitarle en la mansedumbre y humildad de corazón. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Antes de su Pasión, quiso dejarnos un ejemplo bien gráfico de humildad: el lavatorio de los pies. Después de lavar los pies a sus discípulos, tarea reservada para los siervos y criados, Jesús dijo a sus Apóstoles: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 12-16).

La humildad es la verdad, y hace que el cristiano conozca su miseria, su condición pecadora, pero también su grandeza de hijos de Dios. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios. Lejos de vanagloriarse, piensa que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre, que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido, es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien (San Agustín).

Lo opuesto a la humildad es la soberbia. El soberbio confía sólo en sí mismo, pero no consigue nada. Se ha olvidado de las palabras de Cristo: Sin Mí nada podéis hacer (Jn 15, 5). Con Dios, sí que podemos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). La soberbia hace que no se reconozca los pecados. El soberbio no se reconoce como pecador y, por tanto, no ve la necesidad de arrepentirse. Es humano que el hombre, habiendo pecado, lo reconozca y pida misericordia. Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse a uno mismo. (San Juan Pablo II). Cuidado con la soberbia. El pecado del ángel caído fue de soberbia. El pecado de nuestros primeros padres también fue de soberbia. Estemos atentos para que no se meta en nuestra vida la vanidad, el orgullo, el amor propio, la soberbia.

Con humildad acogeremos la palabra de Dios, esa palabra que nos hará vivir según el Espíritu. Lo dijo san Pablo: Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rm 8, 9). Con fe y humildad abrimos las puertas de nuestro corazón a Dios. Y si alguien no deja entrar en su vida a Dios, no quiere que Jesús reine en su corazón, ese no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Él, y vivirá según la carne.

El Apóstol especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo. La primera es la vida según el Espíritu, en la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con la ayuda de la gracia divina contra las inclinaciones de la concupiscencia. Esta vida no se reduce al mero estar pasivos y a unas cuantas prácticas piadosas, sino que es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor nos pide en cada instante y se realizan al impulso del Espíritu Santo.

La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. Le pedimos al Señor su gracia y fortaleza para no caer en este modo de vida, que aleja de Dios y conduce a la muerte, como advierte san Pablo: Porque si vivís según la carne, moriréis (Rm 8, 13). ¿A qué muerte? Como todos los hombres mueren, no se trata de la muerte del cuerpo, sino que la muerte a la que se refiere el Apóstol es la muerte eterna.

Es necesario someterse al Espíritu -comenta san Juan Crisóstomo-, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal. Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta de una vida inmortal. En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección. Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8, 11). .

Abramos nuestro corazón a ese Rey que viene a nosotros con mansedumbre y humildad, acojamos su amor misericordioso y dejemos que Él ilumine con la Verdad que nos ha revelado nuestra mente y acaricie con su gracia nuestro corazón. Y así viviremos según el Espíritu.

Con la ayuda maternal de Santa María deseamos ser sembradores de paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, Rey del Universo.