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DOS MANDAMIENTOS INSEPARABLES. Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “Maestro: ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 34-40).

San Mateo bien claro dice: le preguntó para tentarle. Su intención no era recta. Hay malicia, nada de inocencia. Pregunta a Jesús para hacerlo caer en una trampa. El Señor sabe que el doctor de la ley no actúa de buena fe, pero no quiere desaprovechar la ocasión que se le brinda para dar buena doctrina. Ante la pregunta, Cristo pone de relieve que toda la Ley se condensa en dos mandamientos: el primero y más importante consiste en el amor incondicional a Dios; el segundo es consecuencia y efecto del primero: porque cuando es amado el hombre, dice santo Tomás de Aquino, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios.

Quien ama de veras a Dios ama también a sus iguales, porque verá en ellos a sus hermanos, hijos del mismo Padre, redimidos por la misma sangre de Nuestro Señor Jesucristo: Tenemos este mandato de Dios: que el que ame a Dios ame también a su hermano (1 Jn 4, 21). Hay en cambio un peligro: si amamos al hombre por el hombre, sin referencia a Dios, este amor se convierte en obstáculo que impide el cumplimiento del primer precepto; y entonces deja también de ser verdadero amor al prójimo. Pero el amor al prójimo por Dios es prueba patente de que amamos a Dios: si alguien dice: amo a Dios, pero desprecia a su hermano, es un mentiroso (1Jn 4, 20).

Con su respuesta, el Señor nos dice que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. La novedad de Jesús consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos -el amor a Dios y el amor al prójimo- revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

Dios es amor (1 Jn 4, 8), y el hombre -creado a imagen y semejanza de Dios- es capaz de amar. Por tanto, en el hombre debe prevalecer siempre el amor. En primer lugar, el amor a Dios. Y este amor de Dios no va en detrimento del amor a nuestro prójimo, sino todo lo contrario. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior, pero no exclusivo (Juan Pablo I).

San Juan, inspirado, escribe: Carísimos, amémonos unos a otros porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce (1 Jn 4, 7). El amor a nuestro prójimo es la respuesta obligada al amor de Dios, es manifestación del amor a Dios. Amándonos unos a otros, estamos en comunión con Dios. El anhelo más profundo del corazón humano, que consiste en ver y poseer a Dios, no se puede saciar en esta vida, porque a Dios nadie lo ha visto (1 Jn 4, 12); al prójimo, en cambio, lo vemos. De ahí que en esta vida, para estar en comunión con Dios, el camino sea la caridad fraterna.

El papa Francisco comenta este pasaje evangélico diciendo: A la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor (Homilía 26.X.2014).

Jesucristo dijo: No penséis que he venido a abolir la la Ley o los Profetas; no he venido a abolir sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Con estas palabras el Señor enseña el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse lo más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos judiciales y ceremoniales fueron dados por Dios para una etapa concreta en la historia de la salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observación material no obliga de suyo a los cristianos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento, en cambio, conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas.

La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los profetas constituía un don de Dios para el pueblo como anticipo de la ley definitiva que daría Cristo o Mesías. Jesús lleva a su plenitud la Ley de Moisés. En el libro del Éxodo se recogen un conjunto de leyes sociales, algunas en forma de prohibiciones y con amenazas de castigo. Así dice el Señor: “No oprimirás ni vejarás al forastero porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque si lo explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si toma en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverá antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, y ¿dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí yo lo escucharé, porque soy compasivo (Ex 22, 20-26).

La ley evangélica va a más. No sólo se dice lo que no se debe hacer con el prójimo (viuda, huérfano, pobre, forastero…) sino que claramente se dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Con estas palabras no establece aquí el Señor que la medida del amor al prójimo deba ser la del amor a uno mismo. Amar al prójimo como a uno mismo significa que así como toda persona se ama a sí misma, debe amar también a su prójimo. El amor a los otros como el amor a uno mismo se fundamentan en el amor de Dios. La medida del amor al prójimo está en el Evangelio según san Juan: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 15, 12).

¿Cómo hay que amar a Dios? Sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano: es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) (Benedicto XVI).

El amor de Dios que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones es un amor completamente gratuito, como el de Dios. Ama sin interés, sin esperar nada a cambio. Toda la santidad y la perfección del alma consisten en el amor a Dios, nuestro sumo bien. ¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo.

¿Cómo sabemos si amamos a Dios? La respuesta nos la da el mismo Cristo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Desde sus primeras enseñanzas, Jesús deja claro que para entrar en el Cielo una sola cosa es necesaria: el amor a Dios, y al prójimo por Dios.

¿Cómo hay que amar al prójimo? El amor que Dios nos ha demostrado con la Encarnación y muerte redentora de su Hijo, nos hace deudores de un amor semejante al suyo; en consecuencia, debemos amar al prójimo con la gratuidad y el desinterés con que Él nos amó primero.

La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Este refrán nos indica que, por bueno que sea preocuparnos de las necesidades de los demás, debemos intentar resolver primero las nuestras pues, de no hacerlo así, podemos limitar el alcance de nuestros actos caritativos a los demás o incluso imposibilitarlos. Una persona que por sacar de una secta a varias personas intentara conseguir su amistad, para convencerlas después de su error, asistiendo con ellas a las actividades de la secta, poniendo en peligro su fe, no está viviendo bien la caridad.

Hay que amar al prójimo por amor a Dios. De ahí que, en unos casos, el amor a Dios exigirá poner por delante de la nuestra una necesidad del prójimo y, en otros casos, no: dependen del diverso valor que tengan, a luz del amor de Dios, los bienes espirituales y materiales que estén juego. Es evidente que los bienes del espíritu tienen una precedencia absoluta sobre los bienes materiales, incluso el de la propia vida. de ahí que siempre hay que salvar ante todo los bienes espirituales, sean propios o del prójimo.

Cuando se trata del supremo bien espiritual, que es la salvación del alma, de ningún modo se puede correr el peligro cierto de perder la propia alma. Esto lo refleja bien la parábola de la vírgenes necias y prudentes, al negarse éstas al darles el aceite, no sea que no alcance para vosotras y nosotras (Mt 25, 9). No obstante, está claro que hemos de hacer todo lo posible para sacar al prójimo del peligro de condenación, conscientes de que quien contribuye a que el pecador se convierta de su extravío, se salvará él mismo de la muerte eterna y cubrirá la muchedumbre de sus pecados (St 5, 20). Una frase de san Josemaría Escrivá expresa hasta dónde llegar: Por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios.

El apóstol san Pablo supo juntar maravillosamente el amor a Dios y el amor al prójimo. Siempre buscó la gloria de Dios y el bien de las almas. Él escribió a los tesalonicenses: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien (1 Ts 1, 5). Agradece con alegría la acción divina en los fieles de Tesalónica. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con alegría del Espíritu Santo (1 Ts 1, 6). Ciertamente Jesús es el modelo por excelencia a imitar, pero el ejemplo de san Pablo conducía hacia Cristo. Además, se goza el Apóstol de los gentiles de ver que la labor evangelizadora había alcanzado el fruto de la conversión a Dios, meta a la que tendía toda su predicación. Cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro (1 Ts 1, 9-10).

En el Corazón Inmaculado de María se dan esos dos amores: el amor a Dios, pues es Madre de Dios, y el amor a nosotros, que somos hijos suyos. Que Ella nos ayude a vivir los dos mandamientos en los que se resumen los diez mandamientos de la ley de Dios.

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EL HONOR Y LA GLORIA PARA DIOS. Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, a quien he tomado por su diestra, para someter ante él las naciones y desatar las cinturas (desarmar pues es de la cintura donde cuelga la espada) de los reyes, para abrir ante él las puertas, y que no cierren las puertas de las ciudades (Is 45, 1). En la historia del pueblo elegido, el rey era ungido. Samuel ungió primeramente a Saúl, y después a David; y los demás reyes, tanto del reino de Israel como del reino de Judá fueron ungidos por algún sacerdote o un profeta. Salomón recibió la unción de manos del sacerdote Sadoc. Por eso sorprende que Isaías otorgue a un extranjero que no conocía al verdadero Dios, a Ciro, rey de los persas, el título de “ungido”. Sí, no era judío, pero el rey de Persia fue reconocido por el pueblo elegido como una especie de Mesías redentor.

Ciro, cuyo imperio era el más grande de la tierra, se distinguió por una política de tolerancia religiosa hacia los pueblos de su gran imperio. Cuando conquistó Babilonia, donde estaban los judíos desterrados, decidió devolverlos a su tierra, a Palestina. Para ello publicó un edicto, según consta en la Sagrada Escritura: El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor anunciada por Jeremías, despertó el Señor el espíritu de Ciro, que en todo su reino hizo proclama de palabra y por escrito el siguiente edicto: “Habla Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de vosotros pertenezca a este pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén…” (2 Cro 36, 22-23). Gracias a este edicto, los judíos desterrados desde los tiempos de Nabucodonosor regresaron a su tierra de Judá y reconstruyeron el templo. No sólo hizo que los judíos exiliados regresarán a Jerusalén, a la tierra prometida como en un nuevo éxodo, sino que hizo que se devolvieran todos los tesoros arrebatados por los babilonios al templo de Jerusalén y les dio gran cantidad de dinero para la reconstrucción de todas esas obras.

Por eso Isaías presenta a Ciro como ungido, siervo del Señor, pese a que no pertenecía al pueblo elegido. Y los judíos agradecidos lo presentan en sus escritos bíblicos, como un hombre extraordinario, creyente en Dios y ungido por Él, hasta tal punto que el autor sagrado afirma que, al ser reconstruida Jerusalén, el Señor dice a Ciro: Tú eres mi pastor, el que realizará mi voluntad, quien dice a Jerusalén: “Serás reedificada”, y al Templo: “Pondrán de nuevo tus cimientos” (Is 44, 28). Se refiera a Ciro como instrumento de la voluntad de Dios y siendo llamado “pastor”, título que en la Biblia se aplica con frecuencia al rey y al Mesías. Al darle Isaías el título de ungido, que es claramente mesiánico, lo reconoce como instrumento de Dios para el cumplimiento de sus planes mesiánicos: someter a las naciones… destronar a los reyes… que las ciudades se rindan ante él… que no le cierren sus puertas…

Ciro es investido como mesías, como un rey extranjero y pagano que es instrumento de una nueva liberación, cumpliendo así la voluntad salvadora de Dios a favor de su pueblo. Sin conocer a Dios, supo llevar a cabo sus planes y convertirse en mediador de la liberación de Israel. Pero para que Ciro no se crea un dios; y no haya confusión dándosele al instrumento el honor debido a Dios, el Señor por medio de Isaías le dice: Te he llamado por tu nombre, te he dado un título, aunque tú no me conozcas. Yo soy el Señor, y no hay ningún otro, fuera de mí no hay dios. Yo te he ceñido, aunque tú no me conozcas, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí: Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (Is 45, 4-6).

El cristiano debe saberse instrumento en las manos de Dios para hacer el bien. Instrumento dotado de inteligencia y voluntad, que debe poner en acción para servir a Dios. Pero tiene que evitar el engreimiento si ha servido bien, porque ha cumplido lo que tenía que hacer. Su actitud es reconocer con humildad la gracia que ha recibido para realizar obras buenas, sin pretender ser alabados por ellas. Ser consciente de los dones de Dios -de los talentos recibidos- lleva a no vanagloriarse de ellos, sino a sentir la responsabilidad de darles fruto. Debe actuar siempre con rectitud de intención en todas sus obras. Al único Dios, el honor y la gloria (1 Tm 1, 17). En definitiva, es darle a Dios lo que es suyo.

San Pablo fue un gigante que llevó la Buena Nueva de Jesucristo por muchos lugares. Fue un instrumento del Espíritu Santo para la evangelización. Fundó varias iglesias, entre otras la iglesia de los tesalonicenses (1Ts 1, 1). En ningún momento se vanaglorió de lo que había hecho por la extensión de la fe cristiana. Al ver la fidelidad de los de Tesalónica rompe en acción de gracias a Dios. Damos continuamente dando gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 1, 2-3), reconociendo que él es sólo el instrumento del que se ha valido Dios. Él ha puesto su palabra para anunciar a Jesucristo, pero la eficacia viene de Dios. Nuestro evangelio no se os predicó sólo con palabras, sino de modo convincente, con poder y la fuerza del Espíritu Santo (1Ts 1, 5).

En el Evangelio vemos cómo Cristo dice con rotundidad: Dar a Dios lo que es Dios, con ocasión de una pregunta tendenciosa que le hicieron sus enemigos. Los fariseos procuraban cazar a Cristo en alguna palabra comprometedora, y para ello le prepararon una trampa. Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. Dinos, por tanto, que te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?” (Mt 22, 16-17).

Llama la atención de cómo se unen fariseos y herodianos para conspirar contra Jesús. Los herodianos eran partidarios de la política de Herodes y su dinastía: veían de buen grado la dominación romana y, en materia religiosa, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos eran celosos cumplidores de la Ley, extremadamente antirromanos, y consideraban a Herodes como un usurpador. No se puede imaginar diferencia más radical. Esta unión tan sorprendente indica hasta qué punto odiaban al Señor. Si el Maestro contesta que es lícito pagar el tributo al César, tendrán motivo para acusarle de ser partidario de la ocupación de Palestina por los romanos; en caso de respuesta negativa, dirán que no respeta el orden político establecido.

Conociendo Jesús su malicia, respondió: “¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo”. Y ellos le mostraron un denario. Él les dijo: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” “Del César”, contestaron. Entonces les dijo: “Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 18-20). Jesucristo salió airoso de la prueba. La respuesta de Jesús supera el horizonte humano de sus tentadores; está por encima del sí y del no, que querían arrancarle. Su respuesta es absolutamente fiel a la predicación que hace del Reino de Dios: Dar al César lo que le corresponde, pero no más de ello, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Jesucristo, con esta respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento de los cívicos, sin menoscabo de los derechos superiores de Dios.

¿Qué hay que dar al César? San Pablo da la respuesta cuando escribe acerca de la obediencia a los poderes públicos. Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos, a quien respeto, respeto; a quien honor, honor (Rm 13, 7). Por tanto, entre las cosas debidas a la autoridad están la honra, el respeto y el pagar impuestos; porque es justo, de obligación grave, contribuir a la existencia del ordenamiento temporal, que permite la salvaguardia del bien común, que haya seguridad, protección contra la violencia y el desorden, y asegura una vida más humana.

El temor filial al Señor es el fundamento del respeto a la autoridad. Jesús enseña el deber de cumplir con fidelidad las obligaciones propias de ciudadanos y san Pablo, haciendo eco de las enseñanzas del Maestro, recuerda que toda autoridad viene de Dios. El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.900).

¿Qué hay que dar a Dios? Hoy día hay quienes han tergiversado las palabras de Cristo y dicen, aunque no palabras sino con hechos: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que el César le quiera dar. Pero Jesús lo digo bien claro: Y a Dios lo que es de Dios. Hay que darle evidentemente todos los mandamientos, que implican el amor y la entrega personales. En el primer mandamiento del Decálogo se incluye el deber de adorar a Dios. Para amar a Dios hay que la ejerce que reconocer antes su señorío y adorarle.

Los deberes para con Dios están en la virtud de la religión. Ésta es la virtud que nos lleva a dar a Dios el culto y el honor debido como Creador y Ser Supremo, Principio y Soberano. Comprende doctrinas, normas de vida moral y ritos sagrados por los que se da culto a Dios. Y obliga a rendir culto de adoración a Dios, y cumplir de todos los deberes religiosos, entre otros, el de la oración. No basta que creamos en Dios, es preciso también que le reconozcamos como a nuestro Padre y soberano Señor.

La doctrina de Jesucristo está por encima de cualquier planteamiento político, y si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Guadium et spes, n. 43).

Nuestro Señor, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, pero avisó claramente que deben respetarse los derechos superiores de Dios, y señaló también cómo parte de la voluntad de Dios es el cumplimiento fiel de los deberes cívicos.

De este pasaje evangélico podemos sacar otra enseñanza. El Señor nos ha dicho: Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). No seamos ingenuos. Hemos visto la mala intención de los enemigos de Cristo. No buscan en el diálogo con el Señor aclarar sus dudas, sino el retorcer las palabras del Maestro. Hoy día se habla mucho del diálogo, como si en el hecho mismo de dialogar ya estuviera la solución de los problemas. Sí, hay que creer en el diálogo, pero solamente cuando ambas partes, con voluntad recta, buscan el entendimiento mutuo. Sin embargo, no hay que creer en el diálogo entre los que defienden el error a la vez que pisotean derechos divinos y humanos, y los que saben permanecer firmes en la verdad. Y no porque estos últimos sean incapaces de dialogar, sino porque los primeros utilizan con doblez el diálogo para la consecución de sus inconfesables fines.

No se puede creer en el diálogo cuando es transigencia en lo que no se debe transigir. Aún estamos pagando las consecuencias del diálogo de Eva con el padre de la mentira, y eso que ocurrió en el mismo principio de la humanidad.

Santa María se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar las enseñanzas de Hijo. Y le pedimos que siempre pongamos por obra las palabras del Señor: Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

EL BANQUETE DE LAS BODAS DEL HIJO DEL REY. Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). Desde el principio, Dios habla con el hombre. La caída de nuestros primeros padres acarreó la ruina del género humano e introdujo en el mundo la muerte. El paraíso terrenal se convirtió en un valle de lágrimas. Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido decidió redimirlo. En el Protoevangelio se habla ya de la salvación. El hombre es expulsado del paraíso, pero con esperanza. Vendrá un Mesías que abrirá las puertas del Cielo que el hombre había cerrado con su pecado. En la Sagrada Escritura está narrada la Historia de la Salvación. Los profetas hablan en nombre de Dios, y manifiestan verdades sobrenaturales y naturales acerca de la naturaleza divina y del decreto de salvación para con el hombre.

La Redención es universal. Así se deduce estas palabras del profeta Isaías: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos (Is 25, 6). El Señor ha preparado a todos los pueblos un singular banquete. Dios les hará partícipes de manjares suculentos y vinos exquisitos. Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable. Es un anuncio del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” del que habla san Juan en el Apocalipsis. Alegrémonos, saltemos de júbilo; démosle gloria, pues llegaron las bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa; le han regalado un vestido de lino deslumbrante y puro: el lino son las buenas obras de los santos. Entonces me dijo: Escribe: Bienaventurados los llamados a las bodas del Cordero (Ap 19, 7-9). La alegría de los santos, de la Iglesia celeste, se refleja en alabanzas a Dios, por la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el demonio; y por la plena instauración del Reino de Dios, que es amor y se manifiesta en un banquete de bodas, en las nupcias del Cordero. Con esas nupcias, contemplada desde la perspectiva del final de la historia, se está mostrando a la Iglesia de todos los tiempos, y el objetivo y la tarea cotidiana de los cristianos: preparar su vestido nupcial -mediante las buenas obras, la alabanza y la vida santa- para entrar en el banquete de bodas.

Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8). Esta profecía de Isaías se cumplió con Jesucristo. San Pablo, en la primera carta a los cristianos de Corinto, cita esta predicción, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad , y este cuerpo mortal se haya convertido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 54-55). Y también san Juan se refiere al versículo de Isaías al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugarás toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria: allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

La figura del banquete adquiere en el Nuevo Testamento una significación peculiar, pues le sirve a Jesús para describir el Reino de Dios. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo (Mt 22, 1-2). Con esta parábola –la de los invitados a las bodas– el Señor explica la formación de la Iglesia como convocatoria universal a la salvación. Todos los hombres estamos invitados al banquete de Dios, aunque no todos participarán del mismo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 3-4). Con qué cariño Jesucristo nos ha preparado un lugar en el Cielo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando yo me haya marchado y os haya preparado el lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

El rey no se da por vencido a la primera negativa de los invitados. Insiste. La conversión va precedida de una gracia actual que da gratuitamente Dios. Si el pecador rechaza esta gracia, Dios no está obligado a concederle otra gracia. Si la da, es por su infinita misericordia. El pecador impenitente es como los invitados al banquete de boda que rechazan la invitación. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad (Mt 22, 5-7). Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero respeta nuestra libertad. Si alguien se empecina en el pecado sin arrepentirse no se salva, pero porque él lo ha querido. Y será castigado como los invitaron que rehusaron ir a las bodas del hijo del rey. El rechazo a la invitación por parte de muchos es tan grave que merece un castigo definitivo. Ante la llamada de Dios a la aceptación de la fe y de sus consecuencias, a la conversión, no hay intereses humanos que se puedan oponer razonablemente. No admite excusas.

En estos primeros invitados está representado Israel, pues no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico. Dios había elegido a Israel para que fuera mediador de la salvación; pero cuando estaba ya todo preparado y envió a su Hijo, los primeros invitados -el Israel más digno- lo rechazaron. Por eso Dios ahora fundará su Iglesia con los despreciados de Israel y con los paganos.

El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda”. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales (Mt 22, 8-10). Los que responden a la llamada son malos y buenos, y no todos son dignos porque no todos se han convertido el traje de bodas. Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

El Señor acaba la narración de la parábola haciendo referencia al traje de boda. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos (Mt 22, 11-14). San Gregorio Magno se pregunta y él mismo se responde: ¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad.

El papa Francisco, comentando esta parábola, dice: La invitación al banquete de bodas tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta. La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. Solamente hay una condición: vestir el traje de bodas, es decir, testimoniar la caridad hacia Dios y el prójimo. Como Dios es remunerador –En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús (Flp 4, 19)- y no se deja ganar en generosidad, quien vive la caridad recibirá la gloria eterna ganada por Jesucristo. Aconsejaba san León Magno: Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá.

La parábola de los invitados a las bodas ofrece muchas claves para el apostolado y la misión de los cristianos. La invitación a esta fiesta prefigura al deseo divino de la salvación de los hombres. Dios llama a todos al banquete, que es el Reino de los Cielos. Fueron avisados los convidados: Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso. Hoy día hay que recordarles a muchos que Dios nos ha creado para el banquete celestial, que es desatino ocuparse de las cuestiones temporales olvidándose de los asuntos de su alma; ya que la riqueza de esta vida, comparada con la felicidad eterna, no es nada. La invitación de Dios exige muchas veces sacrificar intereses humanos y habrá personas que no sean capaces de captar la grandeza de lo que Dios ofrece, pero no por eso los siervos del Señor deben dejar de empeñarse en buscar nuevos invitados porque todavía queda sitio.

No desfallezcamos en el estupendo intento de poner al descubierto las inquietudes espirituales que hay en todas las almas para ofrecerles la satisfacción oportuna. Especialmente en los tiempos actuales, es muy importante enseñar o recordar, a quienes tratamos, que la vida terrena es una etapa transitoria de la existencia humana. Dios nos ha creado para la vida eterna, nos ha destinado a participar de su misma Vida divina, alcanzando así una dicha completa e inacabable (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con San José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y nobles que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo… Y en el Cielo, en un día eterno, se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación (Is 25, 9). A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Flp 4, 20).

El Cielo es el único bien que está al alcance de todas las fortunas. Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión para perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona. Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13), y con la ayuda de la Virgen María para vestir el traje de boda y participar en el banquete que Dios nos ha preparado en el Cielo.

EN LA VIÑA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agrazones (Is 5, 1-2). Con estas palabras comienza el profeta Isaías la “canción de la viña”, una pequeña obra maestra de la poesía judía. Esta canción solía cantarse en el otoño, durante la vendimia. Por viña se entiende un terreno plantado de muchas vides. Y el fruto de la vid es la uva. La uva pisada en el lagar da el vino. El Salmista dice que el vino “alegra el corazón”.

Para el profeta, la viña es la “casa de Israel”, y Dios, el viñador. A pesar de los muchos cuidados que puso el labrador, las vides no dieron buenas uvas, sino agrazones, recimillos de uvas que nunca maduran, inservibles para sacar vino. Bajo la imagen del viñador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de justicia de su pueblo. De ahí que se pregunte: ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas, y dio agrazones? (Is 5, 4). Este versículo ha pasado a la liturgia del Viernes Santo, en los Improperios, en esas sentidas quejas que Jesucristo dirige a su pueblo, al cual había colmado de beneficios. ¿Qué más debí hacer por ti que no hiciese? Yo te planté como viña preciosísima: ¡y tú me has salido tan amarga!

En los Improperios, que se canta durante la adoración de la Cruz, se recuerda lo que hizo Dios por el Pueblo elegido: Te saqué de la tierra de Egipto; te abrí paso en el mar; te llevé durante cuarenta por el desierto y te serví de guía; te alimenté con el maná y te di de beber una agua saludable; te entré en una tierra muy buena… La ingratitud de la “casa de Israel” está patente en la Pasión del Señor: Preparaste una cruz para tu Salvador; me diste a beber hiel y vinagre; con una lanza abriste mi costado; me entregaste a los príncipes de los sacerdotes; me llevaste al pretorio de Pilato; me moliste a bofetadas y azotes; me heriste con una caña y pusiste en mi cabeza una corona de espinas; me levantaste en el patíbulo de la Cruz.

La Palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor eligió. Como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así se comporta Dios con nosotros. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? ¿Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino?

Fijémonos en algunos de los beneficios que hemos recibido de Dios. En primer lugar, Dios nos ha creado y somos hijos suyos. Después, Cristo nos ha redimido y nos ha abierto las puertas del Cielo. También, estamos bautizados en la Iglesia Católica. Además nos ha dado a su Madre como Madre nuestra. ¿Y en cuántas ocasiones nos ha perdonado los pecados? Y podríamos seguir diciendo más dones. Pero lo más importante ya está dicho: somos hijos de Dios y el Señor nos ha preparado un lugar maravilloso para que seamos eternamente felices. Hemos sido creados para la gloria del Cielo. Y en la tierra estamos de camino hacia ese lugar de felicidad.

De la “casa de Israel”, Dios esperaba juicio y encontró prejuicios, justicia y encontró lamentos (Is 5, 7). Dios espera de nosotros que demos frutos de santidad. Triste cosa sería que el Señor no encontrara en nuestra vida esos frutos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. Sin embargo, existe la posibilidad -Dios no lo permita- de ofenderle. El pecado es negación de la fidelidad a Cristo. Las palabras de la Escritura son fuertes: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos (Hb 4, 6). No defraudemos a Dios y demos los frutos del Espíritu, que son: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la mansedumbre, el dominio de sí (Ga 5, 22-23).

En una de sus parábolas -la de los viñadores homicidas-, Jesucristo comienza con una evocación implícita a la “canción de la viña”. Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí (Mt 21, 33). En esta parábola Jesús compendia la historia de la salvación y la suya propia.

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron (Mt 21, 34-39). Claramente se puede ver el siguiente simbolismo. Los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos. De este envío de los profetas hace referencia la Carta a los Hebreos: En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas (Hb 1, 1).

Los jefes de Israel, que habían recibido el encargo de cuidar de la viña del Señor, no actuaron como administradores, sino como dueños tiranos. Pese a los esfuerzos de Dios por hacer que el pueblo elegido diera frutos, la resistencia de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo, hizo que la viña no diera los frutos deseados.

En el hijo del dueño de la viña está simbolizado a Jesús. El hijo amado (Mc 12, 6) es Jesús. En estos últimos días (Dios) nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo (Hb 1, 2). El hecho de que el hijo fuera arrojado fuera de la viña y matado, es lo que le ocurrió al Señor. En la Historia de la Salvación vemos que Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Su muerte tuvo lugar fuera de los muros de Jerusalén.

Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús les dijo: “¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?” Por esto os dijo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos (Mt 40-43). El evangelista habla del castigo de los viñadores homicidas. Es lógico el castigo de Dios, ya profetizado por Isaías: Os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que no descarguen lluvia en ella (Is 5, 5-6). San Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a un pueblo que rinda sus frutos, en clara alusión a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, cuyo fundamento es Cristo resucitado, piedra que rechazaron los constructores, los judíos.

El plan de Dios de redimir a la humanidad no fracasa con el rechazo del Mesías por parte de Israel. Este rechazo hizo que Dios escogiera un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. San Ireneo, comentando esta parábola, escribió: (La viña) el Señor Dios la consignó -no ya cercada, sino dilatada por todo e mundo- a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavando en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben al Espíritu.

Los frutos de este nuevo Pueblo de Dios son patentes. La historia de la Iglesia es una historia de santidad con el resplandor de Dios en sus santos. La Iglesia mejorado a la humanidad porque ha sido fiel a Cristo y lo ha hecho precisamente en la medida que ha sido fiel a sus mandamientos. De ella se puede decir que es la cepa de las delicias (Is 5, 7) de la viña del Señor. Ahora bien, los frutos están en relación con la docilidad a la acción de Dios. Para dar fruto es preciso ser dócil al plan de Dios. Cada fiel cristiano, miembro de la Iglesia Católica, tiene su propia vocación, ha recibido de Dios una porción de su viña amada en su vida, ha sido colocado en un lugar preciso de la Iglesia y tiene una misión personal e intransferible. No la podemos desempeñar de cualquier modo o según nuestros caprichos. El éxito de la fecundidad espiritual radica en la obediencia al Plan de Dios, como se ve en la vida de los santos. El secreto radica en la identificación con Cristo obediente que sufre y ofrece su vida en rescate por la salvación de los hombres.

¿Cuál es esa porción de viña que he recibido? ¿Cómo la trabajo y la cuido? ¿Hasta qué punto soy consciente de que los frutos son de Dios y debo entregárselo a Él? Cada uno le decimos ahora al Señor: Gracias por los dones que me has dado, por las gracias con que me has enriquecido, por las personas que me han sido confiadas. Quiero entregarte los frutos de las buenas obras que Tú me pides. También te entrego las ganas de producir más y mejores frutos en actitudes y palabras que me hagan poder contestar a ese amor tan inmenso que me tienes.

Tengamos en cuenta las palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 8-9). Todas las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, y le sirven al cristiano para acercarse a Dios. Por eso se las entregamos a Dios, son los frutos que le ofrecemos y por los que le damos gracias.

Mientras estemos trabajando en la viña del Señor, encontraremos dificultades. Pero no debe haber motivo de inquietud. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Santa María, Huerto cerrado (Ct 4, 12), toma bajo tu protección materna a todos los operarios de la viña de tu Hijo, y haz que sepamos ofrecer a Dios el fruto de nuestro esfuerzo por extender el Reino de Dios por toda la tierra. Y que con nuestro trabajo haya en la tierra paz, libertad, verdad, justicia y esperanza.

EL “SÍ” A DIOS. Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Jesucristo, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, dijo ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Éste le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? El primero, dijeron ellos (Mt 21, 28-31). Aquí se ve dos actitudes claramente diferentes. Un hijo -el mayor- hizo la voluntad de su padre, y el otro, no. También a cada uno de nosotros nos dice Dios que vayamos a trabajar a su viña. ¿Y cuál es nuestra respuesta? No basta decir “sí”, sino hacer lo que el Señor nos pide. El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Seguramente todos estaremos pensando en otra actitud, que es la más correcta: decir sí y hacerlo. Ésta debe ser nuestra actitud, que es la Jesucristo.

El papa Benedicto XVI, comentando esta parábola, dijo: En el Evangelio se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. Éste dice “sí” y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios. Jesús, entrando en el mundo, dijo: “He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). A quien hemos de imitar es al Señor, Él es nuestro modelo.

La ruina le sobrevino al género humano por la desobediencia. El hombre ha sido redimido por Cristo: la Redención es fruto de la obediencia libre de Jesucristo a la Voluntad del Padre. Pues como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos (Rm 5, 19). Cristo nos dio un ejemplo maravilloso de obediencia. En toda su vida se ve ese afán de cumplir los decretos divinos, y manifestó repetidas veces su ardiente deseo de cumplir la Voluntad del Padre: Mi alimento es hacer la Voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34). En su oración de Getsemaní, se nos muestra como ejemplo de unión perfecta con el querer de Dios: no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir.

El “sí” de Cristo va acompañado de obras. No solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta la muerte. En el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, san Pablo dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 5-8).

Jesús, durante su vida terrena -en todo momento- cumplió la voluntad del Padre en humildad y obediencia. Según los decretos divinos, murió en la cruz por todos los hombres -por nosotros- y nos ha redimido de nuestra soberbia y obstinación. Por esa obediencia del Señor, Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos (Flp 2, 9-10). Seamos agradecidos con el Señor, dándole gracias por su sacrificio redentor, y doblemos las rodillas ante su Nombre confesando con nuestra lengua, junto con los discípulos de la primera generación: Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 11).

El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad (Benedicto XVI). El mismo Jesús indicó el camino del Cielo: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Procuremos, pues, querer con Él lo que Él quiera, sin otra voluntad que la suya.

Después de que los interlocutores de Jesús respondieran a la pregunta que les hizo, prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto, os movisteis después a penitencia para poder creer en él (Mt 21, 31-32). San Juan Bautista había enseñado el camino de la santidad, anunciando el Reino de Dios y predicando la conversión. Los sacerdotes, ancianos escribas y fariseos no le habían creído, a pesar de jactarse de una actitud oficial de fidelidad a los planes de Dios. Estaban representados por el hijo que dice “voy” y luego no va. En cambio los publicanos y las meretrices que se arrepintieron y rectificaron su vida les precederán en el Reino: vienen a ser el hijo que dice “no voy”, pero luego va. El Señor pone de relieve que la penitencia y la conversión pueden enderezar y situar a todos en camino de santidad, aunque hayan vivido mucho tiempo alejados de Dios.

Las palabras de Cristo –los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Diostraducidas al lenguaje de nuestro tiempo, podrían sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe (Benedicto XVI). Sin embargo, aclaraba Benedicto XVI, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella como alejados de Jesús y del Reino de Dios. Absolutamente no.

En el Evangelio se cita nombres de publicanos que son santos: Mateo y Zaqueo. Y en el Santoral de la Iglesia hay santas que fueron prostitutas antes de su conversión. Y son santas porque se arrepintieron de sus pecados, de su mala vida, e hicieron penitencia. Citemos a dos: Santa Pelagia de Antioquía y santa María Egipcíaca. Pues, por muy grande que sea el pecado, cuando hay arrepentimiento, la misericordia divina es mayor. Esta misericordia es diáfana desde el principio de la Revelación bíblica, puesto que Dios siempre está pronto a perdonar. Dice Dios por medio del profeta Ezequiel: Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida. Ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá (Ez 18, 27-28).

Jesús hablaba a los judíos que viéndole no creyeron en Él ni se arrepintieron de sus malas obras. Pero también es una invitación para que recemos por la conversión de los pecadores, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10). La conversión salva. La Iglesia no duda nunca en denunciar la malicia del pecado; proclama la necesidad de la conversión, e invita a los pecadores a reconciliarse con Dios. La conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es preciso cumplirlo, aunque cueste. Jacinta, vidente de Fátima, le dijo a su hermano Francisco: Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores. Seamos generosos en la oración y en el sacrificio por la conversión de los pecadores.

Otra enseñanza de la parábola, es la libertad que Dios nos ha concedido. Cuando el hijo mayor le dice que no, el padre no le obliga. Si va después a la viña, es por ha recapacitado, y libremente decide hacer lo que su padre le ha pedido. Comentaba Benedicto XVI: Ante todas las cosas terribles que suceden hoy en el mundo, hay teólogos que dicen que Dios de ningún modo puede ser omnipotente. Frente a esto, nosotros profesamos nuestra fe en Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y nos alegramos y agradecemos que Él sea omnipotente. Pero, al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que Él ejerce su poder de manera distinta a como nosotros, los hombres, solemos hacer. Él mismo ha puesto un límite a su poder al reconocer la libertad de sus criaturas. Estamos alegres y reconocidos por el don de la libertad. Pero cuando vemos las cosas tremendas que suceden por su causa, nos asustamos. Fiémonos de Dios, cuyo poder se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón.

No hay duda alguna que Dios desea nuestra salvación. Es un Dios cercano y su corazón se conmueve por nosotros. Es un Dios lleno de amor, su misericordia es infinita. Pero para que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es preciso que nosotros -libremente- le digamos “sí”, que le abramos las puertas de nuestro corazón. Para el perdón se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro “sí”, y, por decirlo de alguna forma, lo mendiga. Ése el proceder de Dios.

Y vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Qué no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo? (Ez 18, 25). Es posible que los sacerdotes y ancianos del pueblo, al escuchar a Cristo también dijeran lo mismo que sus antepasados –no es justo el proceder del Señor-. Pero si ellos, los expertos en religión de su pueblo, no hubieran convertido su religiosidad en una rutina, que hizo que percibieran el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia, no habrían recibido el reproche del Señor, ni advertencia: Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muere (Ez 18, 26).

La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo. San Pablo nos exhorta: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir (Flp 2, 1-2). Queramos nosotros dar alegría a Dios. Digamos siempre “sí” a Dios. Hagamos lo que Él nos pida. No hay para mí mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad (3 Jn 1, 4).

Para decir “sí” se requiere la humildad. Nos dice san Pablo: No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás (Flp 2, 3-4). La humildad es una virtud que en el mundo de hoy y, en general, de todos los tiempos, no goza de gran estima, pero sólo desde la humildad se puede escuchar la Palabra de Dios que nos invita a trabajar en su viña.

La humildad de Santa María hizo posible que respondiera al ángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). María anticipa así la tercera invocación del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”. Dice “sí” a la voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice “sí” a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad; con un gran “sí” inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su “no” a la voluntad de Dios habían cerrado esta puerta (Benedicto XVI).

La Virgen nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero ella nos dice: “¡Sé valiente!, di también tú: Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida diciendo “sí” a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

PARÁBOLA DE LOS OBREROS DE LA VIÑA. Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña (Mt 20, 1). Con estas palabras comienza Jesucristo a contar la parábola de los obreros de la viña. En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se hace referencia a la viña. ¿Cuál es la viña del Señor? Al principio, era el pueblo que había elegido, Israel. Dios dedicó a su viña los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa. Sin embargo, esta viña en vez de dar uvas dio agrazones. Después, con la venida de Cristo, la viña es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Israel. El amor de Dios a la Iglesia también es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Esta viña -la Iglesia- ha dado buena uva, frutos de santidad. Su historia es una historia de santidad.

El señor de la viña sale en busca de obreros. Aquí podemos ver una llamada por parte de Dios a todos los hombres para que formen parte de la Iglesia. Pero también una llamada a todos los bautizados, para que vivamos una exigencia de nuestra vocación cristiana que es el apostolado. En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia. Sí, todos, en la variedad de los carismas y de los ministerios, estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

A veces, ser obreros en la viña del Señor puede ser difícil, los compromisos se multiplican, las exigencias son muchas y no faltan los problemas. Hay que aprender a sacar diariamente de la relación de amor con Dios en la oración la fuerza para llevar el anuncio profético de salvación; y centrar nuestra existencia en lo esencial del Evangelio, cultivando la fraternidad dentro del pueblo de Dios. Con fe encontramos en la Eucaristía la energía necesaria para desempeñar bien nuestro trabajo en la viña del Señor.

Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña (Mt 20, 2). El trabajo fiel en la viña del Señor, la disponibilidad al servicio del Evangelio tiene su recompensa. Sabemos que Dios es fiel a sus promesas y permanecemos en la esperanza de que se cumplan las palabras del apóstol Pedro: Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita (1 Pe 5, 4). Todos nosotros con el bautismo hemos sido llamados a seguir y servir a Jesús; sabemos que no podemos y no debemos esperar aplausos y reconocimientos en esta tierra. La verdadera recompensa del discípulo fiel está “en los cielos”: es Cristo mismo. No olvidemos nunca esta verdad. Cualquiera que sea el servicio que Dios nos llama a desempeñar en su viña, debe estar siempre animado por una humilde adhesión a su voluntad.

San Pablo bien sabía la recompensa que le esperaba: la unión perenne con Cristo. Por eso entiende la muerte como una liberación de las ataduras terrenas, para ir enseguida a estar con Cristo. Gracias a Cristo, la muerte tiene un sentido. Es el momento de recibir la recompensa eterna. Así se entienden las palabras del Apóstol de las gentiles: Cristo será glorificado en mi cuerpo, tanto en mi vida como en mi muerte. Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia (Flp 1, 20-21). La muerte es una “ganancia”, pues supone poder ver a Dios definitivamente cara a cara. Vivir en el cielo es estar con Dios, el Sumo Bien para el cual el hombre ha sido creado.

En la carta que escribe a los cristianos de Filipos manifiesta su decisión de continuar trabajando en la viña del Señor, a pesar de su deseo de contemplar ya a Cristo. Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe (Flp 1, 22-25). El apóstol abraza la vida terrena convencido de que tiene mucha tarea por hacer. Sabe que agrada a Dios lo que ha decidido porque aprovecha a la salvación de muchos. A san Pablo sólo le importa que los filipenses lleven una vida digna del Evangelio de Cristo (Flp 1, 27).

El amo de la viña salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo”. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?” Le contestaron: “Porque nadie nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 3-7). Aquel hombre sabía que la labor que requería su viña no bastaban con los que habían contratado a primera hora de la mañana. Y esto lo vemos en la Iglesia. Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor. En el Evangelio de san Lucas está estas palabras de Cristo: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10, 2). Por eso le pedimos a Dios: Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña.

Id también vosotros a mi viña. Estas salidas del dueño de la viña a diversas horas del día, nos sugiere otra idea, que es ésta: durante toda la vida del hombre, Dios le está llamando a la conversión, a la santidad, para que alcance el Reino de los cielos. Y todos los hombres son llamados a la santidad. como dice el Concilio Vaticano II: Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado (Lumen Gentium). La santidad está a nuestro alcance, pero exige esfuerzo. La búsqueda de la santidad es otra forma de trabajar en la viña del Señor. Hay que pelear contra la inclinación al mal, contra la pereza, la soberbia y las tentaciones. Y un trabajo bien hecho siempre da frutos. Para alcanzarla, hemos de aprovechar los medios que la Iglesia, instrumento universal de salvación, ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir los deberes familiares, profesionales, sociales.

Al amanecer, a la hora tercia, a la hora sexta, a la hora nona, a la undécima y a cualquier hora del día puede Dios llamar a la conversión. Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca. Que el impío deje su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar (Is 55, 6-7). Dios invita a la conversión. Para trabajar en la viña del Señor es necesario decidirse, a volver a Dios. Y no es preciso buscarle porque el Señor se deja encontrar, es más, es Él quien va en busca de la oveja perdida, de quien se ha alejado de la viña. El hombre que está en la plaza, parado, ocioso, no debe dejar pasar esa oportunidad que Dios le brinda. No hagamos oídos sordos a la llamada a trabajar en la viña, a convertirnos. Hasta la última hora del día hay posibilidad de convertirse. Pero, después, llegada la noche, ya no es posible. San Agustín, urgiendo a la conversión, escribió: No digas, pues, “Mañana me convertiré, mañana agradaré a Dios, y todas mis iniquidades de hoy y de ayer se me perdonarán”. Dices verdad al afirmar que Dios prometió el perdón a tu conversión; pero no prometió el día de mañana a tu dilación.

Continuemos con la lectura de la parábola. A la caída de la tarde le dijo el amo a su administrador: “Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros”. Vinieron lo de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: “A estos últimos que han trabajado sólo una hora los ha hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor”. Él le respondió a cada uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20, 8-15).

Esta segunda parte de la parábola nos enseña la bondad y misericordia de Dios, superior a los criterios de justicia humanos. Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (Is 55, 8), pudo decir el amo de la viña a los obreros de la primera hora, a los que soportado el peso del día y del calor. Las palabras citadas del profeta Isaías evidencian cómo en numerosas ocasiones hacemos planteamientos pequeños o nos quedamos cortos ante las grandes cosas que Dios nos tiene preparadas. Todos somos deudores de la libre disposición de la bondad divina que nos ha llamado a trabajar en su viña. Aquellos obreros llamados al amanecer, con su actitud, parecen acusar al amo de injusticia. Ni Dios es injusto ni nosotros debemos juzgarle. Tengamos en cuenta estas otras palabras de Dios recogidas por Isaías: Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos, y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos (Is 55, 9).

En las justicias humanas no caben los criterios de la generosidad de Dios: tanto trabajas, tanto cobras. Sin faltar a su palabra -había dicho que recibirían un denario- el Señor da a todos por igual -un denario- porque le mueve el amor y mira las necesidades, no las horas de trabajo. Siempre da más de lo que merecemos. Son tantos los beneficios, tantas gracias, como recibimos de su mano. Y todo por pura bondad.

Nuestra actitud natural debe ser el de aceptar sus dones y darle gracias por todo, agradeciéndole especialmente que haya querido con nosotros en su plan salvífico. Por otro lado, se resalta que lo importante es responder positivamente a la llamada divina sin importar el momento en que se produzca. Serán verdaderos discípulos los que conozcan esa bondad divina y la manifiesten con obras.

Es motivo de más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión (lc 15, 7). Igualmente es para motivo de alegría ver que a lo largo del día van llegando obreros a la viña del Señor y comparten con nosotros el trabajo siempre fatigoso de la vendimia de la vid, para preparar el vino de la Misericordia divina. A ellos y a los que han soportado el peso de una larga jornada, al final del día, Dios los llama para acogerlo en sus brazos paternos llenos de bondad.

Al final de la parábola, el Señor dice: Así los últimos serán primeros y los primeros últimos (Mt 20, 16). Estas expresión podemos considerarla referida al pueblo hebreo: Dios lo llamó a primera hora, aunque al final se ha dirigido también a los gentiles.

Pidamos a Santa María que todos los que trabajamos juntos en la viña del Señor, el Padre celestial, al final de la vida terrena, a cualquier hora y en cualquier momento, nos acoja en su reino eterno, liberados definitivamente de lo que quede en nosotros de la fragilidad humana, y nos conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio.

EL PERDÓN DE LAS OFENSAS. Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el libro del Eclesiástico, también conocido como el Sirácida, se le aconseja al hombre: Piensa en las postrimerías, y dejarás de odiar: son corrupción y muerte; y cumple los mandamientos. Recuerda la ley y la alianza del Señor. No te enojes con tu prójimo y no tengas en cuenta sus errores (Si 28, 6-9). Estas palabras de la Escritura las tuvo muy presentes el beato Pablo VI. El Papa Montini, consciente del final de su vida, quiso cumplir con un último deber. Acudió a rezar ante la tumba del cardenal Pizzardo. Éste había sido su maestro en Roma y era quien le había hecho entrar en la Secretaría de Estado. Pero también le hizo sufrir mucho cuando era superior suyo. Con el presagio de su ya cercana muerte, buscó con este gesto la reconciliación total, si es que todavía quedaba algo por perdonar. Si aún hay alguna diferencia entre nosotros dos -dijo-, la arreglo aquí, pues quiero marcharme en paz al encuentro del Señor.

Cumple los mandamientos. La Ley de Dios también es conocida como el Decálogo, pues son diez los mandamientos escritos en las tablas que Dios entregó a Moisés en el Sinaí. El quinto, que se enuncia de forma negativa –no matarás-, podría decirse de un modo positivo –respetarás toda vida humana-. Dios nos ordena conservar la salud y la vida propias, así como las ajenas, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Pero también nos manda querer bien a todos y amarlos, aun a los enemigos; hacer el bien a todos, dentro de las posibilidades, cuando la ocasión se presenta… y perdonar a los que nos han ofendido.

La venganza no es cristiana. La ley del talión ha sido superada por la ley evangélica de la caridad. Tampoco es propio de un discípulo del Señor tener una lista de agravios. ¿Qué razón tienes para no amar? ¿que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero si amas por Cristo, ésas son razones, que te han de mover a amar más aún (San Juan Crisóstomo).

Son pecados internos contra el quinto mandamiento el odio, la ira y la venganza. El rencor y la cólera son odiosos; y el hombre pecador los tendrás en el corazón. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas (Si 27, 33-28, 1). No hay que buscar discordias, sino la reconciliación y la paz. No se puede tener el ánimo irritado contra el prójimo. Pensemos cómo Dios nos ha perdonado. Hay que perdonar al prójimo para poder ser perdonado por Dios. Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, por tu oración, se te perdonarán los pecados. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? El hombre que no tiene misericordia con su semejante, ¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados? Si él, siendo mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? ¿Y pide a Dios la reconciliación? (Si 28, 2-5). Se cuenta que estando próximo a morir el rey Carlos III de España, se le acercó el arzobispo de Toledo para hablarle del perdón a los enemigos. ¿Había de esperar a este trance para perdonarles? -se oyó decir al rey-. Todos lo fueron ya en el momento de la ofensa.

Nuestro Señor Jesucristo tenía presentes estas palabras de la Escritura al enseñar en el Padrenuestro: perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 14). Y comenta un Padre de la Iglesia: Aunque no les cause ningún mal (a los enemigos), si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado (San Juan Crisóstomo). Quien tiene una lista de agravios; quien es incapaz de pasar por alto una ofensa; quien es rencoroso, ¿cómo puede rezar el Padrenuestro?

El papa Francisco comenta la petición Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que ofenden, diciendo: En estas palabras del Padrenuestro está todo el proyecto de vida basado en la misericordia. La misericordia, la indulgencia, la condonación de la deuda, no es algo sólo devocional, privado, un paliativo espiritual, una especie de óleo que ayuda a ser más suaves, más buenos, no. Es la profecía de un mundo nuevo (Homilía 5.VII.14).

Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 452). A veces se mete el amor propio, la soberbia, y uno se reafirma en que la ofensa que se le ha hecho exige una respuesta adecuada. Esto es una tentación contra la caridad que hay que vencer perdonando inmediatamente.

Bien ilustrativa de lo que estamos diciendo es la parábola del siervo despiadado. Esta parábola la pronunció Jesucristo inmediatamente después de contestar a Simón Pedro a la pregunta: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? (Mt 18, 21). Cristo al responder: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 22), dice que hay que perdonar siempre. No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre (San Juan Crisóstomo).

Queramos o no, todos nosotros tenemos enemigos. Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos y nos da este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. Cristo perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarlos. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos. Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no solamente cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna pequeña enemistad.

La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entres sí (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.844).

Cómo decíamos, después decir Jesucristo que hay que perdonar siempre, comienza a decir: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda (Mt 18, 23-27).

Nosotros, profanos en el valor de las monedas de la antigüedad, no tenemos ni idea lo que era aquella deuda: diez mil talentos. Gracias a Dios están los estudiosos de la Sagrada Escritura, y estos nos dicen que un talento valía unos seis mil denarios, y que un denario equivalía el jornal de un trabajador. Por tanto, la deuda de aquel hombre era una cantidad desorbitada -sesenta millones de denarios- e imposible de restituir. Pero he aquí, que ante la súplica del siervo, el señor le condonó toda la deuda. Ahora nos podemos preguntarnos: ¿Cuánto le debo a Dios? Porque es cierto que todos somos deudores de Dios. Por mucho que sea, Dios, en su infinita misericordia, nos perdona siempre. Y esto ocurre cuando vamos al sacramento de la penitencia.

La cifra desorbitante es una exageración, pero con ella, el Maestro quiere resaltar su clemencia con los pecadores. Por grandes que sean los pecados, hay que tener en cuenta que ningún pecado es demasiado grande, ninguno es más grande que la misericordia de Dios. Sí, la misericordia divina es más grande que todas nuestras infidelidades. Pero también esa exageración nos dice que el pecado es una insondable iniquidad, una injuria a Dios, que tiene algo de infinito; y que el pecador no puede satisfacer esa deuda. Sólo el perdón de Dios hace desaparecer el pecado.

Jesucristo instituyó el sacramento de la Penitencia para perdonar los pecados. Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la Iglesia. Por eso, quien dice que se confiesa directamente con Dios, no se le perdona los pecados.

Continuemos con el relato de la parábola. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes”. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía (Mt 18, 28-30). Destaca aquí el Señor la dureza de corazón de aquel siervo que, tras haber sido perdonado de su inmensa deuda, no perdonó a su compañero. Ésta es la verdad de la ingratitud del hombre con respecto a Dios misericordioso y la dureza nuestra respecto de nuestros semejantes, a los que nos cuesta perdonar aun los defectos pequeños. Por eso, le pedimos al Señor que haga nuestro corazón compasivo, a la medida del suyo; que sepamos perdonar enseguida cuando somos ofendidos.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti? Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía (Mt 18, 31-34). Su falta de caridad hizo que su señor lo castigara. Termina Jesús la parábola diciendo: Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano (Mt 18, 35).

El papa Francisco nos dice: No podemos seguir a Jesús por el camino de la caridad si no nos queremos antes entre nosotros, si no nos esforzarnos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno sus propias limitaciones y sus propios errores. Debemos hacer las obras de misericordia, pero con misericordia. Con el corazón ahí. Las obras de caridad, con caridad, con ternura y siempre con humildad. Y el apóstol san Pablo nos da unas razones para el ejercicio de la caridad fraterna: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos (Rm 14, 7-9). Por tanto, ningún cristiano vive o muere para sí mismo, sino que vive y muere también para Dios, al que dará cuenta. Pues la caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.

Santa María, Madre de misericordia y Refugio de los pecadores, intercede a tu divino Hijo por nosotros para que nuestro corazón, estando libre de resentimientos, se llene cada vez más de amor a Dios y al prójimo.