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LA SIEMBRA DE LA PALABRA DE DIOS. Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

El apóstol san Pablo, en su segunda carta a los cristianos de Corinto, escribe: Siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, estamos en destierro lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión (2 Co 5, 6-7). Dios nos ha creado para que gocemos de la visión beatífica, para que le veamos tal cual es, cara a cara. En esta tierra estamos en camino hacia la casa del Padre. Vivimos de fe. Esta tierra no es nuestra patria; estamos en ella como de paso, cual peregrinos. Nuestra patria es el Cielo, que hay que merecer con la gracia de Dios y nuestras buenas acciones. Nuestra casa no es la que habitamos al presente, que nos sirve tan sólo de morada pasajera; nuestra casa es la eternidad (San Alfonso María de Ligorio, Sermones abreviados 16, 1, 2).

Fe, pero también caminamos con esperanza y con el deseo de vivir junto al Señor. Este deseo hará que no perdamos de vista que aquí, en la tierra, hemos de esforzarnos por ser gratos a Dios.

Después que mi piel se haya destruido, desde mi carne veré a Dios. Yo lo veré por mí mismo, mis ojos lo contemplarán y no otro (Jb 19, 26-27). Este pasaje bíblico nos recuerda una de las verdades de la fe: después de la muerte, si hemos sido fieles a las exigencias de nuestra vocación cristiana, nos espera la felicidad eterna, que deriva de la contemplación de Dios y de la participación en la vida divina. Y, en el fin de los tiempos, cuando el Señor vuelva glorioso sobre la tierra, esperamos la resurrección de la carne.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). La voluntad de Dios está expresada en el Decálogo. Hay una una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los mandamientos de Dios: los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo bueno o malo que hizo durante su vida mortal (2 Co 5, 10). Aquí san Pablo se refiere al juicio particular. El Magisterio de la Iglesia afirma la existencia de este juicio: Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.022). La sentencia de premio (el Cielo) o castigo (el Infierno) depende de los merecimientos del alma durante su vida en la tierra, ya que con la muerte termina el tiempo y la posibilidad de merecer.

Meditar sobre los novísimos (muerte, juicio, infierno y cielo) hace mucho bien. El pensar que Dios nos puede llamar en cualquier momento nos ayuda a vivir siempre bien preparados para comparecer ante el Señor; creer en el Cielo que hay que ganar nos estimula a hacer méritos para conseguirlo; y la existencia del Infierno que hay que evitar hace que luchemos para vencer las tentaciones y no pecar.

El tercer misterio luminoso es El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión. Jesucristo ha venido a la tierra a salvar a toda la humanidad de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte, y abrir así el camino de salvación. Y quiso decirnos que su deseo es tenernos a todos en el paraíso; y que el infierno, de lo que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para todos los que cierren su corazón a su amor.

Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer lugar a los hijos de Israel, este reino mesiánico está destinado a acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario acoger la palabra de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 543). Escribe san Pablo a los cristianos de Roma: …todo el que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero ¿cómo invocarán a Aquél en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rm 10, 13-15).

El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo (Mc 4, 26-27). La semilla que hay que esparcir es la Palabra de Dios, la doctrina de Cristo. Si hay siembra, siempre habrá fruto. La siembra se realiza con la catequesis, que es una de las tareas primordiales de la Iglesia, a la que siempre ha dedicado sus energías. Se ha dicho que un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla en el campo.

La Palabra de Dios se compara a una pequeña semilla sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 5).

Y con muchas parábolas semejantes les anunciaba la palabra, conforme a lo que podían entender (Mc 4, 33). En nuestros días la tarea evangelizadora de la Iglesia es urgente, pues una gran indiferencia religiosa colorea de incredulidad el globo terráqueo. Un desinterés -cada vez mayor- por la formación en la fe recibida se palpa en la vida de muchos cristianos. Hay quienes olvidan que la fe es vida, que las verdades religiosas hay que convertirlas en motor de la propia vida, procurando que influyan en la conducta cotidiana. Bastantes personas bautizadas viven despreocupadas en lo que se refiere a la Religión.

Ante este panorama, hay que reaccionar. Hemos de ser puntos de luz ahora que hay tanta oscuridad e ignorancia de Dios; hemos de ser fuego para encender tantas almas que están apagadas; hemos de ser torrente de ilusión para contagiar nuestros ideales cristianos a los demás; hemos de ser fermento de caridad para romper las cadenas del odio reavivado por los enemigos de la Iglesia; hemos de ser de los que anuncian el Evangelio de la paz y cosas buenas para superar el mal con el bien.

Hay que catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos; transmisores del Cristianismo desde la alegría, pues Dios está vivo y es la fuente de la alegría y de la felicidad. Sí, catequesis en la familia, pero también en las parroquias y en los colegios con ideario cristiano.

La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio, y de esto es de lo que tiene necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni la Iglesia fundada por Él. Es la enseñanza de la Doctrina cristiana que todo bautizado, está obligado a aprender para cumplir sus obligaciones de cristiano; y cuyas partes principales son las verdades que se deben creer, los mandamientos que hay que cumplir, y los medios que tiene a su disposición para santificarse: la oración y los sacramentos.

Repasemos con alguna frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica. Nos vendrá muy bien para combatir la ignorancia religiosa con la doctrina; para catequizar con don de lenguas; para fomentar la vida de piedad, orientando el alma hacia el amor a Dios, a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; para enseñar a rezar, explicando a quién se reza y por qué se reza.

Otra de las parábolas del Señor es la de cizaña. También aquí se habla de sembrar y del Reino de los Cielos. Éste es como un hombre que sembró buena semilla en el campo (Mt 13, 24). Más adelante el mismo Cristo dice que el que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo (Mt 13, 27-28). El Señor siembra la palabra, pero también el diablo siembra, y lo que siembra es el mal, la cizaña. En la parábola se dice: Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue (Mt 13, 25). A veces nos dormimos. Mal sueño. El diablo no se toma vacaciones; aprovecha todas las ocasiones para hacer el mal. Por eso, los cristianos hemos de estar siempre vigilantes. Ahoguemos el mal en abundancia de bien. Tenemos que hacer fructificar la semilla sembrada por el Señor dando a conocer las enseñanzas evangélicas. Y aunque la cizaña sea abundante, al final el triunfo será de Cristo.

No es fácil distinguir entre el trigo y la cizaña hasta que no aparece la espiga granada, como tampoco a veces es fácil separar el bien del mal. Por eso el hombre que sembró semilla buena no se precipitó. Cuando sus siervos le dicen: ¿Quieres que vayamos arrancarla? (Mt 13, 28), les responde: No, no vaya a ser que, al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo . Dejad que crezcan juntos hasta siega. Y al tiempo de la siega les diré a los segadores: “Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero” (Mt 13, 29-30).

Vemos la paciencia de Dios. La parábola es una advertencia y un aviso. Dios tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9), pero exige obras que avalen la conversión. El tiempo de la siega es el fin del mundo, el día del Juicio Universal. Al final, Cristo -Hijo del hombre triunfante- juzgará a todos y dará a cada uno su merecido.

El campo es el mundo. Por otra parábola del Señor -la del sembrador- sabemos que no toda semilla que es arrojada al campo da fruto, por diversos motivos (cae junto al camino y es pisoteada o se la come los pájaros; o cae sobre piedras o en medio de las espinas), pero hay una parte que cayó en la tierra buena, y cuando nació dio fruto al ciento por uno (Lc 8, 8). Estamos llamados a trabajar en ese campo que es el mundo entero, a gastar nuestros días en una tarea de siembra, a preparar una tierra para que la simiente esparcida a voleo por el Sembrador Divino dé un fruto al ciento por uno.

Esta tarea consiste en llevar los tesoros de la fe a los confines de la tierra; en encauzar la energía que brota de la juventud hacia el inmenso mar sin fondo del amor de Dios; en sacudir de su poltronería a los cristianos aburguesados. Hay que labrar la tierra arrancando la mala hierba de las pasiones, hasta convertirla en buena tierra donde la semilla arraigue. Entonces habrá frutos de santidad y verdaderos milagros de la gracia, como brotar un amor ardiente por Jesucristo en los corazones de aquellos que en el desierto de sus vidas, de esa vidas sin Cristo, se inclinaban hacia la tierra como plantas sin agua; florecer en la tierra joven alegría donde antes sólo había tristeza; generosidad en medio de un campo sembrado de hipocresía por el enemigo de la verdad; libertad en ojos llorosos bañados por lágrimas de esclavitud.

Cuando llegue el momento de mayor dificultad -que lo habrá-, las horas de cansancios y fatigas, y tengamos que soportar en esta siembra de la Palabra de Dios el peso del día y del calor, acudamos a Santa María. Ella hará que recobremos fuerzas para seguir trabajando con ilusión y vibración apostólica en la viña del Señor.

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CON CRISTO, LA VICTORIA ES NUESTRA. Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado. Y cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca (Plegaria eucarística IV). Estas pocas palabras son como un canto a la misericordia de Dios, y una llamada a la esperanza porque cuando el hombre pecó, Dios se compadeció de él y decidió salvarle. Por tanto, no perdamos nunca la esperanza.

El hombre, creado por Dios, desobedece un mandato divino, y enseguida experimenta los efectos del pecado. Yavé Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. Él replicó: “¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?” (Gn 3, 9-11). El hombre y la mujer han conocido el mal y lo proyectan, antes que nada, a lo que les es más propio e inmediato: sus propios cuerpos. Se ha roto la armonía interior, descrita así por el autor sagrado: Ambos estaban desnudos, el hombre y su mujer, y no sentían vergüenza (Gn 2, 25). Por el pecado surgió la concupiscencia. El dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra. Y al mismo tiempo, se rompió la amistad entre el hombre y Dios. El hombre rehuye su presencia para no ser visto por su Creador en su desnuda realidad, que no es otra que la de ser pecador. ¡Como si Dios no conociese lo que ha pasado!

Y hay una tercera ruptura. También se rompió la armonía entre el hombre y la mujer: él la culpa a ella. Dijo el hombre: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí” (Gn 3, 12). A partir de entonces la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones y sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio.

También la mujer se excusa ante Dios, echando las culpas a la serpiente. Dijo, pues, Yavé Dios a la mujer: “¿Por qué lo has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me sedujo, y comí” (Gn 3, 13). Pero los tres -el hombre, la mujer y la serpiente han tenido su parte de responsabilidad, por lo que a los tres se les anuncia el castigo. He aquí las palabras de Dios dirigidas a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza mientras tú le herirás en el talón (Gn 3, 14-15).

El castigo que Dios impone a la serpiente incluye el enfrentamiento perpetuo entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el “Protoevangelio”, el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Redentor. La victoria sobre el diablo la llevará a cabo un descendiente de la mujer, el Mesías. La Iglesia siempre ha entendido estos versículos del “Protoevangelio” en sentido mesiánico referidos a Jesucristo, y ha visto en la mujer, madre del Salvador prometido, a la Virgen María.

Nuestros primeros padres -Adán y Eva- fueron expulsados del paraíso terrenal por desobedecer a Dios. Salieron tristes por haber perdido la amistad con Dios y los dones sobrenaturales y preternaturales, pero con la esperanza del Mesías. Por eso recorremos el camino de la vida con esperanza. A pesar de las muchas dificultades que podamos tener, sabemos que en esperanza fuimos salvados (Rm 8, 24). Una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, n. 1).

Dios no es un Dios que desde su inmutable serenidad espiritual presida impasible la suerte de los hombres y el curso de la historia. Es un Dios vivo, que ve la miseria del hombre y escucha sus clamores. Es un Dios que se interesa por la vida, un Dios que libera y guía, un Dios que interviene en la historia y abre camino a una nueva historia. Es un Dios de esperanza.

San Pablo también nos habla de esperanza: Quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos pondrá a su lado con vosotros. Porque todo es para vuestro bien (2 Co 4, 14-15). La esperanza de conseguir una gloria eterna. Esta vida terrena no está exenta de tribulaciones, y tiene fin. Por eso nosotros no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las visibles son pasajeras, y en cambio las invisibles, eternas (2 Co 4, 18).

Ante realidades sociales difíciles y complejas es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable. La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe. La esperanza cristiana nos mueve, de una parte, a no perder nunca de vista la meta última de nuestra peregrinación terrena, que es la posesión de Dios en el Cielo; y, de otra, a alcanzar paz en la lucha, firmeza en las dificultades, victoria en las tentaciones, aunque de cuando en cuando caigamos por tierra, a causa de la debilidad humana, y hayamos de levantarnos (Javier Echevarría, Carta 1.I.1998, Romana n. 26).

El linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. Jesucristo ha venido a la tierra a arrancar el dominio que el demonio tenía sobre el mundo, con una lucha incesante, y siempre vence. Por eso, cuan seamos tentados por Satanás, acudamos pronto al Señor. Con su ayuda rechazaremos la tentación, saldremos victoriosos. Los Santos Evangelios repetidas veces muestra el poder del Señor sobre el demonio y las fuerzas diabólicas. Un tipo de milagros que realiza Cristo es expulsión de demonios en personas poseídas por espíritus malignos (expulsa los demonios del poseso de Gerasa; hace hablar a un poseso mudo…). Las expulsiones de demonios que narran los evangelistas vienen resumidas en los Hechos de los Apóstoles, en el discurso de san Pedro ante Cornelio y su familia. Hablando de Cristo dijo: Pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído bajo el poder del diablo (Hch 10, 38).

En una ocasión llevaron ante Jesús a un endemoniado ciego y mudo. Y lo curó, de manera que el mudo hablaba y veía. Entonces los fariseos y escribas dijeron: Está poseído por Beelzebul y por el príncipe de los demonios expulsa los demonios (Mc 3. 22). Con estas palabras acusan a Cristo de ser instrumento del diablo. La obstinación de los enemigos de Jesús no cede ante la evidencia del milagro. Puesto que no pueden negar el valor extraordinario del hecho, lo atribuyen a artes demoníacas, con el intento de negar que Jesús es el Mesías. El Señor les replica con un razonamiento que no permite escapatoria, y después de preguntarles: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? (Mc 3, 23), dice: Yo expulso los demonios por el Espíritu de Dios (Mt 12, 28). Las expulsiones de demonios que hace son pruebas evidentes de que con Él ha llegado el Reino de Dios y, por tanto, el diablo –príncipe de este mundo (Jn 12, 31)- ha sido arrojado fuera, bien lejos de sus dominios.

Después de referirse al poder por el cual expulsa los demonios, Jesús dice: Cuando uno es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros; pero si llega otro más fuerte y le vence, le quita sus armas en las que confiaba y reparte su botín (Lc 11, 21-22). El fuerte y bien armado es el demonio, que con su poder tenía esclavizado al hombre; pero Jesucristo, más fuerte que él, ha venido, le ha vencido y le ha desalojado de donde se había enseñoreado. Por eso, por muy fuertes que sean los ataques del demonio, con Cristo no hay nada qué temer. Pero tengamos en cuenta que el demonio no descansa en su lucha contra el hombre. No se toma vacaciones, solía decir san Josemaría Escrivá. Una vez rechazado por la gracia de Dios, de nuevo ataca. Conocedor de esto, san Pedro nos recomienda vivir sobrios y vigilantes porque vuestro enemigo el diablo da vueltas alrededor de vosotros con león rugiente buscando a quien devorar: resistidle fuertes en la fe (1 P 5, 8-9).

Este poder de expulsar demonios Jesucristo se lo ha dado a su Iglesia. En mi nombre expulsarán demonios (Mc 16, 17). Cuando volvieron los discípulos después de la misión que el Señor les ha encomendado –los envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar donde él había de ir (Lc 10, 1)-, dijeron llenos de alegría a su Maestro: ¡Señor! hasta los demonios se nos sometían en tu nombre (Lc 10, 17). Y Jesús les dijo: Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo (Lc 10, 18). Y es que desde Cristo el demonio se bate en retirada, pues ha sido vencido.

Jesús acompaña su palabra con signos y milagros para atestiguar que el Reino está presente en Él, el Mesías. Si bien cura a algunas personas, Él no ha venido para abolir todos los males de esta tierra, sino ante todo para liberarnos de la esclavitud del pecado. La expulsión de los demonios anuncia que su Cruz se alzará victoriosa sobre “el príncipe de este mundo” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 108).

Con los exorcismos se expulsan los demonios de las personas poseídas por el diablo. Las expulsiones de demonios que se realizan en nombre de Jesús tienen una gran importancia en la historia de la salvación. Además, para alejar al demonio está el agua bendita. Santa Teresa de Jesús recomendaba: Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Y lo decía por experiencia propia. Estaba una vez en un oratorio, y aparecióme hacia el lado izquierdo, de abominable figura; en especial miré la boca, porque me habló, que la tenía espantable. Parecía le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra. Díjome espantablemente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas. Yo tuve gran temor y santigüéme como pude, y desapareció y tornó luego. Por dos veces me acaeció esto. Yo no sabía qué me hacer. Tenía allí agua bendita y echélo hacia aquella parte, y nunca más tornó. De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más para no tornar.

Estando Jesús hablando, llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan” (Mc 3, 32-33). En arameo -la lengua hablada por Jesús- se usaba la expresión “hermanos”, para designar también a los sobrinos, primos y parientes en general. Así, en el Génesis aparecen Abrahán y su sobrino Lot, y en algún momento se refieren a ellos como hermanos. Por eso, la Iglesia siempre ha entendido este pasaje como no referidos a otros hijos de la Virgen María. Estos hermanos aludidos son, pues, parientes próximos de Jesús.

Enterado del aviso, Jesús dice: ¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos? (Mc 3, 33), se pregunta Cristo, y Él mismo da la respuesta: Quien hace la voluntad de Dios (Mc 3, 35). El Señor afirma que el cumplimiento de la voluntad de Dios otorga un parentesco con Él más estrecho que el natural de la sangre. Por eso, la inclusión aquí de la Madre de Jesús es muy significativa ya que la Virgen María es la criatura que mejor ha correspondido al querer de Dios.

El camino del Cielo es el cumplimiento de la voluntad de Dios, no el repetir su nombre. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Por eso le decimos al Señor, con palabras del Salmista: Enséñame a hacer tu voluntad, porque eres mi Dios (Sal 146, 10). Y también se lo pedimos a Santa María.

Corpus Christi

La Eucaristía no es un premio para los buenos, sino que es fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos ayuda a dar pasos, a caminar. En la fiesta del Corpus Christi tenemos la alegría no sólo de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que la procesión exprese nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos hizo recorrer a través del desierto de nuestras pobrezas, para hacernos salir de la condición servir, alimentándonos con su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre (Papa Francisco).

EL DOBLE PRECEPTO DOMINICAL. Homilía del Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Guardarás el día del sábado para santificarlo, como te lo ha mandado Yavé tu Dios. Seis días trabajarás y harás todas tus tareas, pero el día séptimo es día de descanso para Yavé tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que vive en tus ciudades; de modo que puedan descansar, como tú, tu siervo, y tu sierva. Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso Yavé tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado (Dt 5, 12-15). Los pueblos antiguos tuvieron sus días festivos dedicados a sus divinidades, al descanso, al esparcimiento; pero no se encuentra entre ellos una institución regular del descanso sabático, tal como aparece en la legislación mosaica.

El motivo humanitario que se le da en el libro del Deuteronomio -el descanso de la familia, criados y animales- recordando la esclavitud de los hebreos en Egipto, es distinto del motivo teológico que se da en el libro del Éxodo -el recuerdo de la creación y el descanso de Dios en el séptimo día-. Sin embargo, los dos aspectos se complementan, y subrayan que el sábado debe dedicarse a Dios y al descanso.

El reposo sabático, a fuerza de casuística y rigorismo, fue convirtiéndose para los judíos en una práctica agobiante que Cristo Jesús corrige, según vemos en los Santos Evangelios. Ejemplo de la casuística de los escribas y fariseos: arrancar espigas equivalía a segar; frotarlas, a trillar; faenas agrícolas vedadas en sábado.

El descanso es algo querido por Dios. Pero como dice un comentario oficioso judío para poder cumplir el precepto de descansar en el séptimo día, hay obligación de trabajar durante los seis días que preceden. Si una persona no tiene trabajo, debe buscarlo: si tiene una propiedad abandonada, que la repare; si tiene un campo mal cuidado, que lo cultive bien. Y la enseñanza tradicional judía ha enseñado que, durante los seis días de la semana, los israelitas son colaboradores de Dios en la creación, precisamente trabajando por mejorar y realzar lo que Dios ha creado. Y, de modo paralelo, en el séptimo día ellos descansan junto con Dios y proclaman que Él es el Señor.

El domingo es el Día del Señor, día de fiesta para los cristianos. La Iglesia, desde la época apostólica, celebra el domingo en lugar del sábado, recordando la Resurrección del Señor; y, a propósito del descanso dominical y de su sentido, enseña: La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.184).

El domingo libre del trabajo significa que la prioridad no la tiene lo económico sino lo humano, lo gratuito, las relaciones no comerciales sino familiares, amistosas y para los creyentes la relación con Dios y con la comunidad. Quizá ha llegado la hora de preguntarnos si trabajar el domingo constituye una verdadera libertad. Porque el Dios de las sorpresas es el Dios que sorprende y rompe los esquemas para que lleguemos a ser más libres: es el Dios de la libertad (Papa Francisco).

El descanso dominical es de imperiosa necesidad para el hombre desde cualquier punto de vista que se le considere. El cuerpo humano reclama periódicamente algún reposo para reponerse con la oportuna interrupción del trabajo. Además, sobre las necesidades corporales están las sociales, las familiares y las espirituales, a las que también hay que atender.

El descanso no debe ser interpretado ni vivido como un simple no hacer nada -pérdida de tiempo- sino como la ocupación positiva en otras tareas. Por ejemplo, pasar más tiempo con la familia para atender a la educación de los hijos; cultivar una amistad, etc.

Exigen este descanso: La gloria de Dios, pues en los demás días de la semana resulta más dificultoso, por razón de trabajo, hacer actos de culto a Dios, obras de caridad…; El interés de la propia alma, para que pueda atender mejor al cultivo y desenvolvimiento de sus facultades superiores; La salud y el bienestar del cuerpo, pues sus fuerzas son limitadas, y sin el descanso semanal acabarían por agotarse; La vida de familia, cuyos miembros se hallan con frecuencia separados durante la semana por causa del trabajo y apenas pueden verse y comunicarse un rato diariamente; El bien de la sociedad, la cual tiene tiempo y ocasión para tributar a Dios culto público, y, además, porque sus miembros tienen ocasión de mantener y estrechar sus relaciones y amistades sociales.

Hay causas que eximen del descanso dominical, entre otras: la necesidad, la caridad, la piedad y el bien público. Por necesidad se permiten trabajos de cocineros, panaderos, ferroviarios, etc. La caridad para con el prójimo autoriza trabajar por los enfermos y los pobres que se hallan en necesidad apremiante, etc. La piedad permite algunas obras anejas al esplendor del culto divino, por ejemplo, que se prepare lo necesario para una función religiosa próxima, etc. El bien público permite el trabajo de los bomberos, guardias y otros muchos servicios públicos que el bien común no admite que se aplacen.

El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por tanto, el Hijo del Hombre es señor también del sábado (Mc 2, 27-28). Estas palabras dichas por Jesucristo a los fariseos, cuando éstos se escandalizaron de que los discípulos de Jesús desgranaran unas espigas para comérselas en día de sábado, indican que Dios había instituido el sábado en bien del hombre, para que pudiera descansar y dedicarse con paz y alegría al culto divino. La interpretación del sentido de la institución divina del sábado hecha por los fariseos había convertido este día en ocasión de angustia y preocupación a causa de la multitud de prescripciones y prohibiciones. Además, al proclamarse señor del sábado, Jesús -el Hijo del Hombre- afirma su divinidad y poder universal.

¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se vio necesitado, y tuvo hambre él y los aque estaban con él? ¿Cómo entró en la Casa de Dios en tiempos de Abiatar, Sumo Sacerdote, y comió los panes de la proposición, que no es lícito comer más que a los sacerdotes, y los dio también a los que estaban con él? (Mc 2, 25-26). Cristo también explica lo que Dios había establecido en el Antiguo Testamento en orden a los preceptos de la Ley: los de menor rango ceden ante los principales. Y así, un precepto ceremonial cede ante un precepto de ley natural. En este caso, el precepto de que los panes de la proposición sólo los pueden comer los sacerdotes no está por encima de las necesidades elementales de subsistencia.

El Concilio Vaticano II se inspira en este pasaje evangélico para subrayar el valor de la persona por encima del desarrollo del desarrollo económico y social: El orden social y su progresivo desarrollo deben en todo momento subordinarse al bien de la persona, ya que el orden de las cosas debe someterse al orden de las personas y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlos sobre la justicia, vivificarlo por el amor (Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 26).

Entró (Jesús) en la sinagoga, donde se encontraba un hombre que tenía la mano seca. Le observaban (los fariseos) de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle (Mc 3, 1-2). Con estas palabras san Marcos nos hace contemplar una doble esclavitud: la del hombre con su mano paralizada, esclavo de su enfermedad, y la de los fariseos, esclavos de sus actitudes rígidas, legalistas. Cristo hace que el hombre de la mano seca se ponga en un lugar bien visible. Y dice a los fariseos: ¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, para salvar la vida de un hombre o quitársela? (Mc 3, 4). Esta pregunta está hecha con mala intención. Jesús momentos antes se ha presentado como señor del sábado. La respuesta de Cristo fue la curación del hombre que tenía la mano seca. Con este milagro rompe las cadenas de la doble esclavitud: hace ver a los rígidos que su casuística no es la vía de la libertad; y al hombre de la mano paralizada le libera de la enfermedad. El cristiano no debe ver los preceptos del Señor como algo que se preste a la casuística. El consejo de san Pablo es: No ir más allá de lo escrito (2 Co 4, 6).

Con el milagro corrobora Jesús su enseñanza: Es lícito hacer el bien en sábado. Quiere decir el Señor que ninguna ley puede oponerse a la realización del bien; rechaza, por tanto, la interpretación falsa que hacen los fariseos, apegados a la letra, a costa del honor de Dios y del bien de los hombres.

Al salir, los fariseos, junto con los herodianos, celebraron enseguida una reunión contra él, para ver cómo perderle (Mc 3, 6). Los que se escandalizaron del milagro del Señor, no tienen inconveniente en planear su muerte, aunque sea en sábado.

El Día del Señor ha tenido siempre en la vida de la Iglesia una consideración privilegiada. Recuerda todas las semanas la Resurrección de Cristo. Es la Pascua de la semana, en la que se celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Para el domingo resulta adecuada la exclamación del Salmista: Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117, 24).

Hoy día se ha consolidado ampliamente la práctica del “fin de semana”, entendido como tiempo semanal de reposo, vivido a veces lejos de la vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales, políticas y deportivas, cuyo desarrollo coincide en general precisamente con los días festivos (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4). Existe el peligro real de que, para muchas personas, el domingo pierda el significado originario y se reduzca a un puro “fin de semana”, sin referencia alguna a su sentido cristiano. A los discípulos de Cristo se pide de todos modos que no confundan la celebración del domingo, que debe ser una verdadera santificación del día del Señor, con el “fin de semana”, entendido fundamentalmente como tiempo de mero descanso o diversión (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 4).

Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, desde los primeros siglos la Iglesia no han dejado de recordar a los fieles cristianos la necesidad de participar en la Misa. Dejad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, porque es vuestra alabanza a Dios. Pues, ¿qué disculpa tendrán ante Dios aquellos que no se reúnen en el día del Señor para escuchar la palabra de vida y nutrirse con el alimento divino que es eterno (Didascalia de los Apóstoles).

San Justino, en su primera Apología dirigida al emperador Antonino y al Senado, describía con orgullo la práctica cristiana de la asamblea dominical que reunía en el mismo lugar a los cristianos del campo y de las ciudades. Cuando, durante la persecución de Diocleciano, sus asambleas fueron prohibidas con gran severidad, fueron muchos los cristianos valerosos que desafiaron el edicto imperial y aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical. Es el caso de los mártires de Abitinia, en África pronsular, que respondieron a sus acusadores: “Sin temor alguno hemos celebrado la cena del Señor, porque no se puede aplazar; es nuestra ley”; “nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. Y una de las mártires confesó: “Sí, he ido a la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiana” (San Juan Pablo II, Carta apostólica Dies Domini, n. 46).

En el domingo los fieles tienen obligación grave de cumplir con el precepto dominical, pues la Eucaristía fundamenta y ratifica toda práctica cristiana. La Ley de Dios manda santificar las fiestas. Por tanto, el domingo es un día para santificarlo y santificarnos, no para divertirnos solamente, y mucho menos pecar con pretexto de diversión. Este tercer mandamiento del Decálogo se cumple participando en la Santa Misa y absteniéndose de realizar trabajos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. Esta obligación está recogida en las leyes de la Iglesia. El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa, y se abstendrán además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo (Código de Derecho Canónico, c. 1247).

Imitemos a la Virgen María a escuchar y a guardar en el corazón la Palabra de Dios que se proclama en la Misa dominical, y de Ella, que estuvo en la primera Misa -la del Calvario-, aprendamos a estar a los pies de la Cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo.

EL MATRIMONIO CRISTIANO. Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Te desposaré conmigo para siempre, nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y la ternura. Yo te desposaré conmigo en la fidelidad y conocerás al Señor (Os 2, 21-22). Con estas palabras el profeta Oseas se refiere a la relación de Dios con Israel como de amor esponsal. Este amor exige fidelidad. Fidelidad que Dios siempre cumple. No así Israel que en no pocas veces cae en la idolatría, adorando a otros dioses. Pero es tan grande el amor que el Señor tiene por su pueblo que, a pesar de las infidelidades de Israel, se decide siempre a conquistarlo de nuevo para empezar una etapa de esplendor en sus relaciones.

Yo mismo la seduciré, la conduciré al desierto y le hablaré al corazón. Y desde allí le daré sus viñas y el valle de Acor será puerta de esperanza, allí me responderá como en los días de su juventud, como el día que subió de la tierra de Egipto (Os 2, 16-17). El profeta habla decididamente de Dios y de su pueblo. Evoca con nostalgia la vida del Pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto, después de salir de Egipto, como época dorada en la que el Señor era el único Dios para su pueblo.

Israel es el Pueblo de Dios, el pueblo elegido. Y la alianza de Dios con su pueblo es esponsal. El Señor reclama una absoluta exclusividad, pues es el único y exclusivo Dios. No hay más Dios que Él. Esta exclusividad en el amor matrimonial será perpetua. Dios mantendrá la ayuda singular a Israel, que será en amor y misericordia.

Dios eligió a Israel para pueblo suyo, hizo alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de la historia y lo fue santificando. Todo esto sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo. En el Nuevo Testamento, el Señor convoca a todas las gentes, judíos y gentiles, para que se unan, no según la carne, sino en el Espíritu. Ahora el Pueblo de Dios es la Iglesia. Todos los hombres están llamados a pertenecer al nuevo Pueblo de Dios.

La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 153). También la unión de Jesucristo con su Iglesia es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

A diferencia de Israel, la Iglesia ha sido siempre fiel a Cristo, su Esposo. Ha dilatado el reino de Cristo; ha hecho partícipes a todos los hombres de la redención salvadora; proclama la Palabra de Dios sin deformarla lo más mínimo; y orienta verdaderamente todo el mundo hacia Cristo Jesús. Decía san Juan Pablo II: La Iglesia es Pueblo de Dios en camino. Por algo, y no en vano, los primeros cristianos que siguieron a Cristo fueron llamados los “hombres del camino”. La Iglesia, en su recorrido por las sendas de la historia, no deja de afirmar constantemente la presencia de Jesús de Nazaret, ya que en el camino de todo cristiano está presente el misterioso Peregrino de Emaús, que sigue acompañando a los suyos, iluminándolos con su palabra esclarecedora y alimentándolos con su Cuerpo y Sangre, pan de vida eterna.

Cuando le preguntaron al Señor: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿Acaso pueden ayunar los convidados a la boda, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar (Mc 2, 18-19). Con esta respuesta, Jesucristo se designa como el Esposo. Por eso la alegría de la Iglesia de saberse siempre acompañada por su Esposo. Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

La Iglesia es la esposa sin mancha del Cordero inmaculado, a la que Cristo unió consigo en pacto indisoluble. Gran misterio es éste, me refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32) Por tanto, la Iglesia está unida a Cristo y sumisa a Él por el amor y la fidelidad. Y el amor de Cristo a su Iglesia es el fundamento del amor entre los esposos cristianos. La grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano se fundamenta en que éste es una proyección de la unión de Cristo con la Iglesia.

Dios creó al hombre por amor y también lo llama al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Habiéndolo creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es muy bueno a los ojos del Creador.

El matrimonio constituye una íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por Dios y provista de leyes propias. Esta comunidad se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal es irrevocable. La fidelidad matrimonial expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada.

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana (Benedicto XVI).

El amor matrimonial es donación propia al otro, pero tan íntima y noble, tan leal y confiada, que por una parte exige todo, y por otra excluye a todos. Si se admitiera reservas, provisionalidad, separación, ya no sería verdadero amor, sino habría incertidumbre, temor, sospechas. Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. La Iglesia sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio.

Los fariseos, “para ponerlo a prueba”, plantearon a Jesús la cuestión sobre el divorcio: “Si era lícito a un marido repudiar a la propia mujer”. Y Jesús respondió ante todo preguntándoles lo que decía la ley y explicando por qué Moisés hizo esa ley de ese modo. De la casuística va al centro del problema: “Desde el inicio de la creación; Dios los hizo varón y mujer; por ello el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne”. El Señor eligió precisamente esta imagen para explicar el amor que Él tiene con su pueblo. Un amor grande hasta el punto que aun cuando el pueblo no es fiel, Él habla con palabras de amor. Cuán hermoso es el amor, cuán hermoso es el matrimonio (Papa Francisco). Efectivamente el matrimonio es hermoso. Cristo Jesús le ha restituido a su primitiva dignidad, lo ha honrado y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia.

Después de decir el motivo por qué sus discípulos no ayunan, Jesucristo sigue hablando: Nadie echa vino nuevo en odres viejos; pues de lo contrario, el vino rompe los odres, y se pierden el vino y los odres; por eso, el vino nuevo se echa en odres nuevos (Mc 2, 22). El vino nuevo del amor limpio de un hombre y una mujer no se echa en los odres viejos de la cultura de la provisionalidad, del matrimonio a prueba o de la cohabitación durante el noviazgo. Esos odres viejos hacen trizas la vida. Al contraer matrimonio por la Iglesia, ese amor se vierte en odres nuevos, que es ponerse en camino juntos, mano con mano, confiando en la gran mano del Señor. ¡Siempre y para toda la vida! Con esta confianza en la fidelidad de Dios se afronta la aventura de formar una familia.

“Prometo serte fiel, en la prosperidad y en la adversidad…” Los novios (al decirlo) no saben lo que sucederá, no saben la prosperidad o adversidad que les espera. Necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos con confianza, para quererse el uno al otro día a día, y perdonarse cada día. Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte a la familia: la oración. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos y se apaga la alegría… (Papa Francisco).

Hoy día muchos jóvenes tienen miedo a fracasar en su matrimonio. A estos les dice el papa Francisco: Jóvenes, no tengáis miedo de dar pasos definitivos, como el del matrimonio: profundizad en vuestro amor, respetando sus tiempos y las expresiones, orad, preparaos bien, pero después tened confianza en que el Señor no os deja solos. Hacedle entrar en vuestra casa como uno de la familia: Él os sostendrá siempre.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual también nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza (2 Co 3, 5-6).El Apóstol de los gentiles reconoce el poder de la gracia que le hace idóneo para el ministerio que Dios le ha confiado. Igualmente, es la gracia de Dios la que hace que los esposos cristianos vivan su matrimonio conforme al querer divino.

La fuente de esta gracia es Cristo. Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el Sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros, de estar sometidos unos a otros en el temor de Cristo (Ef 5, 21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero.

Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios (2 Co 3, 4). Confiemos también en Santa María, Madre del Amor Hermoso. Ella, en las bodas de Caná de Galilea intercedió ante su Hijo para que los nuevos esposos no pasaran un apuro, también ahora intercede ante Dios por la santidad de los matrimonios cristianos.

LA ALEGRÍADEL PERDÓN. Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Si he borrado tus crímenes, y no he querido acordarme de tus pecados, ha sido únicamente por amor a mí mismo (Is 43, 25). El profeta Isaías se refiere a los pecados de Israel, y cómo éstos son borrados por Dios. Queda manifiesta la infinita misericordia de Dios. Todo pecado es rechazo del amor paterno de Dios, ofensa a Dios, desagrada a Dios. Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, y me cansaste con tus iniquidades (Is 43, 24). El misterio de la Redención está, en su misma raíz, unida de hecho con la realidad del pecado. La salvación de la que habla la divina Revelación es, ante todo, la liberación del pecado.

El sacrificio de la Cruz nos hace comprende la gravedad del pecado. Dios ama a su criatura, al hombre, y aunque le ofenden profundamente los pecados, no por eso deja de amarle. Lo ama también en su caída y no lo abandona así mismo. Lleva su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo al sacrificio redentor del Calvario. Cristo lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. La misericordia de Dios es tan grande, que el mismo Dios se hace Niño en Belén, Pan en el Sagrario y Reo en la Cruz, para que el hombre alcance su salvación.

Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor. En la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo que se había marchado de la casa paterna vuelve a su casa y dice: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21), el padre lo acoge de nuevo y le perdona, sin echarle en cara su mal comportamiento. En Cafarnaún, cuando ponen delante de Jesús a un paralítico, lo primero que le dice el Señor a aquel hombre que yace en la camilla es: Tus pecados te son perdonados (Mt 9, 2). Estando Jesús invitado a comer en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer pecadora le ungió los pies con perfume. El fariseo se decía a sí mismo: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora (Lc 7, 39). El Señor, conociendo lo que estaba pensando Simón, le dijo refiriéndose a la mujer pecadora: Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho (Lc 7, 47). En la escena de la mujer adúltera, Cristo les dijo a los que le habían aquella mujer: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero (Jn 8, 7). Y después, dirigiéndose a la mujer, le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más (Jn 8, 11). En el mismo día de su Resurrección, Jesucristo transmite a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20, 23).

El evangelista san Juan escribió: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1, 8-9). Todos estamos necesitados de misericordia. La misericordia de Jesús ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! No es sólo un sentimiento, es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual.

Fijémonos en el pasaje evangélico del paralítico de Cafarnaún. Está en una casa Jesús predicando, anunciando la llegada del Reino de Dios, ante un gentío, y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-5). Es de resaltar la relación entre la fe y el perdón de los pecados. Los que llevan al paralítico muestran la fe que tenían en Cristo, y el Señor movido por ello perdona los pecados del enfermo. El paralítico y quienes lo llevan piden a Jesús la curación del cuerpo. Reconocen en el Señor que tiene poderes sobrenaturales para hacer milagros. Pero Cristo se interesa más por la salud del alma y pone remedio perdonando los pecados.

El paralítico simboliza al pecador que yace en el pecado, a todo hombre al que los pecados impiden llegar a Dios. Los que llevan la camilla representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios. ¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de algunos perdona a los otros, y mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor a Ella, lo que a ti podría negarte (San Ambrosio).

Cristo perdona los pecados del paralítico. La pregunta que se hacen los escribas –¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Mc 2, 7)- es lógica. Si los pecados son ofensa a Dios, sólo éste puede perdonarlos. Y precisamente, porque Jesucristo es Dios perdona los pecados. Además, transmitió este poder de perdonar los pecados a su Iglesia, instituyendo el sacramento de la Penitencia. Conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: “¿Por qué pensáis así en vuestros corazones?” (Mc 2, 8). Aquí se manifiesta la divinidad de Nuestro Señor: perdona los pecados; conoce por Sí mismo la intimidad del corazón humano -sabe lo que los escribas pensaban en su corazones (Mc 2, 6)-, y tiene poder para curar al instante las enfermedades corporales. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos (Mc 2, 10-12). Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Por eso curó a aquel hombre de las dos parálisis: la del cuerpo, que le impedía andar; y la espiritual por la cual no podía retornar a Dios.

Nuestro Señor Jesucristo ejerció el poder de perdonar los pecados y, por su infinita misericordia, quiso extenderlo a su Iglesia, transmitiéndolo a los Apóstoles y a sus sucesores en el ministerio sacerdotal. Los sacerdotes ejercitan el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia no en virtud propia, sino que actuando en nombre de Cristo –in persona Christi- son instrumentos en manos del Señor. Con los ojos de la fe, en el sacerdote debemos ver a Cristo mismo, a Dios, y recibir las palabras de la absolución con la fe firme de que es el propio Jesús quien las dice por boca del sacerdote. Por esta razón, el ministro del sacramento de la Reconciliación no dice: Cristo te absuelva… sino yo te absuelvo de tus pecados…, en primera persona, en una identificación plena con el mismo Jesucristo.

La confesión es el sacramento de la alegría. No solamente porque el penitente siente gozo al recobrar la gracia de Dios, sino también por la alegría que tiene Dios cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón. Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7). También es el sacramento de la misericordia. ¿Habéis visto una manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor? Dios Creador nos lleva a llenarnos de admiración y de agradecimiento. Dios Redentor nos conmueve. Un Dios que se queda en la Eucaristía, hecho alimento por amor nuestro, nos llena de ansias de corresponder. Un Dios que vivifica y da sentido sobrenatural a todas nuestras acciones, asentado en el centro del alma en gracia es inefable… Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! (San Josemaría Escrivá).

Antes de la Última Cena, Jesucristo lavó los pies a sus Apóstoles. Él, en el sacramento de la Penitencia, lava nuestra alma, con el baño de su amor, que tiene la fuerza purificadora de limpiarnos de la impureza y de la miseria. Lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

¿Cuál es la mesa del Señor? Podemos referirnos a la mesa del banquete eucarístico, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para acercarse a comulgar hay que estar limpios. Nunca nadie podrá recibir la Comunión con toda la dignidad que el Señor se merece, pero Cristo instituyó la Eucaristía para que pudiéramos recibirle a pesar de nuestras miserias y flaquezas, siempre que se tenga el alma limpia de pecados mortales. La Iglesia dice: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Volvamos al Cenáculo. Después del breve diálogo de san Pedro con el Señor sobre si debía o no lavarle los pies, el Señor dijo: Vosotros estáis limpios, aunque no todos (Jn 13, 10). La excepción era Judas Iscariote. Éste no estuvo presente cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía, porque el evangelista san Juan dice: Aquél, (Judas) habiendo tomado el bocado, salió enseguida. Era de noche (Jn 13, 30). Los otros once sí estaban limpios y recibieron sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

También el Cielo suele representarse como un banquete, al cual hay que acudir vestido con el traje de fiesta. Por tanto, también es necesario -si se ha tenido la desgracia de pecar gravemente- purificarse en la Confesión para participar del banquete celestial. Preguntémonos: ¿Me confieso lo antes posible después de haber ofendido a Dios? ¿Me acerco a la Sagrada Comunión lo más limpio posible, con el alma en gracia?

Ir a confesarse es ir a encontrarse con Dios, que reconcilia, que perdona y que hace fiesta. ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar. No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo. Y te hace sentir la alegría del perdón. El sacramento de la Penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios. En la Confesión Dios hace desaparecer los pecados, los borra totalmente. Por eso nos dice por medio del profeta Isaías: No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas (Is 43, 18).

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el Cielo (Mt 18, 18). Es una promesa del Señor. Y escribe san Pablo: Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él “Amén” a la gloria de Dios (2 Co 1, 20). Dios cumple sus promesas, es fiel a su Palabra.

La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 278).

LA SÚPLICA DE UN LEPROSO. Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio” Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio (Mc 1, 40-42). Explicando el Evangelio durante una sesión de catequesis, san Manuel González pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Aquel hombre enfermo de lepra confía en el poder milagroso de Jesús y pide con confianza, basándose en la misericordia de Cristo. Su oración es confiada y humilde. No hay en él una actitud exigente. ¿Cómo no iba a querer Nuestro Señor limpiarle de la lepra? Cristo se compadeció del leproso y le curó milagrosamente.

El enfermo de lepra llevará los vestidos rasgados, el cabello desgreñado, cubierta la barba, y al pasar gritará: “¡impuro, impuro!” (Lv 13, 45), ordenó Moisés. Al ser una enfermedad que se creía muy contagiosa, para evitar su propagación los leprosos debían vivir alejados de las ciudades y pueblos. Su situación resultaba muy penosa. Al trasladarse de un sitio a otro, debían avisar gritando su condición de personas “impuras”. Y para ser distinguidos por los demás fácilmente, llevaba la ropa desgarrada y el pelo sin peinar. En los Evangelios aparecen a menudo personas leprosas, de las cuales Jesús se compadece y les limpia de tan terrible enfermedad, siendo la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento. Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt 11, 5).

Cuando se habla de leprosos, es lógico referirse a san Damián de Molokai. Este santo misionero del siglo XIX, verdadero mártir de la caridad, pidió ser enviado a una isla del Pacífico -Molokai- donde eran deportados los leprosos, para poder atenderlos, tanto espiritualmente como en sus necesidades materiales. Allí fue testigo de la continua degradación de sus condiciones de vida de aquellos enfermos. Los leprosos, muertos en vida, sin fe en la que apoyarse, recibían a los que llegaban con una sentencia: En este lugar no hay ley. Y efectivamente, así era. El aquí ya no hay ley convierte a los débiles en esclavos y a los niños en juguetes sexuales. La angustia y la desesperación eran compañeras de la enfermedad. Había que ahogarlas en el alcohol y el sexo, por lo que la inmoralidad y la depravación imperaban en aquel cementerio viviente. No fue pura poesía haber llamado a Molokai el paraíso infernal o el pueblo de los locos.

San Damián se fue a vivir con los leprosos, a enterrarse con ellos. No sólo convivió con su enfermedad. Convivió también con su pobreza, llegando a ser tan pobre, que no supo que lo era. Llegó al corazón de aquellos seres sufrientes y marginados, porque los tocó, los abrazó con el saludo hawaiano tradicional, conversó con ellos en su propia lengua, vendó sus heridas, amputó cuando fue necesario sus dedos y sus pies, compartió con ellos su pipa, comió el plato de poi, rió con ellos, jugó con sus hijos enfermos, no mostró ningún signo de repulsión ante sus desfiguraciones… San Damián fue aceptado por los enfermos de lepra como uno de ellos. Siembro la buena semilla ‑escribió‑ entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos.

De la diaria adoración del Santísimo Sacramento sacó las fuerzas necesarias. En 1886 escribió: Por ser la Santa Eucaristía el pan del sacerdote, me siento feliz, muy contento y resignado en la situación un tanto excepcional en la que la Divina Providencia me ha colocado… Sin la presencia constante de nuestro Divino Maestro en mi pobre capilla, jamás podría haber perseverado en unir mi suerte a la de los pobres leprosos de Molokai. Él supo desde el primer momento que comenzar no es difícil, sino que la dificultad está en perseverar. Y perseveró aun reconociendo que le costó. Claramente lo dijo: Resulta repulsivo verlos, sin duda, pero tienen un alma rescatada al precio de la Sangre del Salvador. También Él, en su misericordia, consoló a los leprosos. Si yo no puedo curarlos, sí que dispongo de los medios para consolarlos. Confío en que muchos, purificados de la lepra del alma por los sacramentos, sean dignos, un día del cielo.

Al darse cuenta de que él mismo había contraído la lepra, san Damián pudo decir: Nosotros los leprosos. Esta frase atravesó como un dardo de amor al corazón del pueblo más miserable de la tierra. A la terrible sentencia En este lugar no hay ley, san Damián opuso su Nosotros los leprosos que le acompañará hasta la muerte. En una carta escribió: Estoy leproso. ¡Bendito sea el Buen Dios! Después de cuatro terribles años de sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, murió san Damián en Molokai como un leproso más. Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la lepra, quien llevó a san Damián temprano a la muerte.

Volviendo al pasaje evangélico de la curación del leproso, san Marcos dice de Jesús: Compadecido, extendió la mano, le tocó. Orígenes se pregunta: ¿Por qué le tocó el Señor, cuando la Ley prohibía tocar a los leprosos? Él mismo contesta: Le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo. Y el papa Francisco comenta: La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto de contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos “toca” y nos dona su gracia.

En la lepra, veían los israelitas, un castigo de Dios. Y la curación de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones divinas. Moisés prescribió que el leproso que se curara de la enfermedad se presentara al sacerdote, para que constatara la curación y así extender un certificado declarándolo sano y permitiéndole reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel.

Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio (Mc 1, 44). Vemos aquí que además de la misericordia, Jesucristo manifiesta también su respeto a lo establecido en la Ley.

Más terrible que la lepra corporal es la lepra del alma: la impureza. Por eso hay que hablar de la castidad o pureza. La pureza es una virtud hermosa que hace al hombre muy grato a Dios; y es totalmente necesaria para conseguir la intimidad con Él. Nuestro Señor promete la visión beatífica, el Cielo, a cambio de un corazón limpio, sin manchas de impureza. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8), es una de las bienaventuranzas. El vicio opuesto a esta virtud es la impureza, que pudre el alma, enemista con Dios, ciega y entorpece el entendimiento para lo espiritual, es fuente de soberbia y una puerta bastante ancha de las que introducen en el Infierno. Vale la pena, por tanto, esforzarse, poner los medios, ser heroico si es preciso, para poseer esa limpieza de corazón.

La pureza no es la primera virtud cristiana, pero sin ella no es posible la caridad. Ocupa un quinto o sexto lugar. Es una virtud posible. Dios no pide imposibles. Para vivirla tenemos todas las gracias suficientes, capaces de contrarrestar la influencia de un ambiente de sensualidad.

La virtud de la castidad exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. La pureza de corazón es una tarea para el hombre, que debe realizar constantemente el esfuerzo de luchar contra las fuerzas del mal, contra los que empujan desde el exterior y las que actúan desde el interior, que lo quieren apartar de Dios (San Juan Pablo II). Por tanto, para vivirla, además de frecuentar los sacramentos (Comunión y Confesión), hay que cuidar el pudor y la modestia; ser exigentes en la guarda de la imaginación y de los sentidos; no aflojar en la vida de piedad; y cultivar una conciencia delicada, que sabe evitar hasta la más pequeña ocasión de pecado, y lleva a tener una sinceridad absoluta en la confesión sacramental y en la dirección espiritual.

Preguntémonos con valentía si estamos poniendo los medios para conservar la limpieza de corazón. ¿Me dejo arrastrar en algo, aunque parezca una cosa sin importancia, por el asedio de descarada sensualidad que predomina en la calle, en la prensa, en la televisión? ¿Pido a la Virgen ayuda para vencer las tentaciones?

De nuevo volvemos al Evangelio. El Señor le dijo al que había curado: No digas nada a nadie. Pero una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia (Mc 1, 45). Lo mismo había dicho Jesús a dos ciegos, a los que milagrosamente les devolvió la vista. Mirad que nadie lo sepa. Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca (Mt, 9, 30-31). Puede sorprender la “desobediencia” tanto de los ciegos como del leproso que habían curados. No hicieron caso a Jesús y divulgan lo que ha hecho con ellos. San Juan Crisóstomo explica su actitud como un no poder contenerse y comenta: Lo que Él (Jesús) nos quiere enseñar es que jamás hablemos de nosotros mismos ni consintamos que otros nos elogien; mas si la gloria ha de referirse a Dios, no sólo no hemos de impedirlo, sino que podemos mandarlo.

En todo debemos buscar la gloria de Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 783). Divulguemos las maravillas de Dios. San Pablo nos dice: Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co 10, 31). En todas las acciones -también en aquellas que pudieran parecer más intrascendentes, como el comer y el beber- el cristiano debe buscar la gloria de Dios, rectificando siempre la intención. La piedad cristiana facilita ese recuerdo de Dios aconsejando una oración antes y después de las comidas.

La vida de la Virgen fue un canto de alabanza a Dios. En el Magníficat da gloria a Dios. Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador (Lc 1, 46-47). Imitemos a Santa María en glorificar a Dios.