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LA ALEGRÍADEL PERDÓN. Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Si he borrado tus crímenes, y no he querido acordarme de tus pecados, ha sido únicamente por amor a mí mismo (Is 43, 25). El profeta Isaías se refiere a los pecados de Israel, y cómo éstos son borrados por Dios. Queda manifiesta la infinita misericordia de Dios. Todo pecado es rechazo del amor paterno de Dios, ofensa a Dios, desagrada a Dios. Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, y me cansaste con tus iniquidades (Is 43, 24). El misterio de la Redención está, en su misma raíz, unida de hecho con la realidad del pecado. La salvación de la que habla la divina Revelación es, ante todo, la liberación del pecado.

El sacrificio de la Cruz nos hace comprende la gravedad del pecado. Dios ama a su criatura, al hombre, y aunque le ofenden profundamente los pecados, no por eso deja de amarle. Lo ama también en su caída y no lo abandona así mismo. Lleva su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo al sacrificio redentor del Calvario. Cristo lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. La misericordia de Dios es tan grande, que el mismo Dios se hace Niño en Belén, Pan en el Sagrario y Reo en la Cruz, para que el hombre alcance su salvación.

Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor. En la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo que se había marchado de la casa paterna vuelve a su casa y dice: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21), el padre lo acoge de nuevo y le perdona, sin echarle en cara su mal comportamiento. En Cafarnaún, cuando ponen delante de Jesús a un paralítico, lo primero que le dice el Señor a aquel hombre que yace en la camilla es: Tus pecados te son perdonados (Mt 9, 2). Estando Jesús invitado a comer en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer pecadora le ungió los pies con perfume. El fariseo se decía a sí mismo: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora (Lc 7, 39). El Señor, conociendo lo que estaba pensando Simón, le dijo refiriéndose a la mujer pecadora: Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho (Lc 7, 47). En la escena de la mujer adúltera, Cristo les dijo a los que le habían aquella mujer: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero (Jn 8, 7). Y después, dirigiéndose a la mujer, le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más (Jn 8, 11). En el mismo día de su Resurrección, Jesucristo transmite a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20, 23).

El evangelista san Juan escribió: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1, 8-9). Todos estamos necesitados de misericordia. La misericordia de Jesús ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! No es sólo un sentimiento, es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual.

Fijémonos en el pasaje evangélico del paralítico de Cafarnaún. Está en una casa Jesús predicando, anunciando la llegada del Reino de Dios, ante un gentío, y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-5). Es de resaltar la relación entre la fe y el perdón de los pecados. Los que llevan al paralítico muestran la fe que tenían en Cristo, y el Señor movido por ello perdona los pecados del enfermo. El paralítico y quienes lo llevan piden a Jesús la curación del cuerpo. Reconocen en el Señor que tiene poderes sobrenaturales para hacer milagros. Pero Cristo se interesa más por la salud del alma y pone remedio perdonando los pecados.

El paralítico simboliza al pecador que yace en el pecado, a todo hombre al que los pecados impiden llegar a Dios. Los que llevan la camilla representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios. ¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de algunos perdona a los otros, y mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor a Ella, lo que a ti podría negarte (San Ambrosio).

Cristo perdona los pecados del paralítico. La pregunta que se hacen los escribas –¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Mc 2, 7)- es lógica. Si los pecados son ofensa a Dios, sólo éste puede perdonarlos. Y precisamente, porque Jesucristo es Dios perdona los pecados. Además, transmitió este poder de perdonar los pecados a su Iglesia, instituyendo el sacramento de la Penitencia. Conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: “¿Por qué pensáis así en vuestros corazones?” (Mc 2, 8). Aquí se manifiesta la divinidad de Nuestro Señor: perdona los pecados; conoce por Sí mismo la intimidad del corazón humano -sabe lo que los escribas pensaban en su corazones (Mc 2, 6)-, y tiene poder para curar al instante las enfermedades corporales. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos (Mc 2, 10-12). Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Por eso curó a aquel hombre de las dos parálisis: la del cuerpo, que le impedía andar; y la espiritual por la cual no podía retornar a Dios.

Nuestro Señor Jesucristo ejerció el poder de perdonar los pecados y, por su infinita misericordia, quiso extenderlo a su Iglesia, transmitiéndolo a los Apóstoles y a sus sucesores en el ministerio sacerdotal. Los sacerdotes ejercitan el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia no en virtud propia, sino que actuando en nombre de Cristo –in persona Christi- son instrumentos en manos del Señor. Con los ojos de la fe, en el sacerdote debemos ver a Cristo mismo, a Dios, y recibir las palabras de la absolución con la fe firme de que es el propio Jesús quien las dice por boca del sacerdote. Por esta razón, el ministro del sacramento de la Reconciliación no dice: Cristo te absuelva… sino yo te absuelvo de tus pecados…, en primera persona, en una identificación plena con el mismo Jesucristo.

La confesión es el sacramento de la alegría. No solamente porque el penitente siente gozo al recobrar la gracia de Dios, sino también por la alegría que tiene Dios cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón. Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7). También es el sacramento de la misericordia. ¿Habéis visto una manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor? Dios Creador nos lleva a llenarnos de admiración y de agradecimiento. Dios Redentor nos conmueve. Un Dios que se queda en la Eucaristía, hecho alimento por amor nuestro, nos llena de ansias de corresponder. Un Dios que vivifica y da sentido sobrenatural a todas nuestras acciones, asentado en el centro del alma en gracia es inefable… Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! (San Josemaría Escrivá).

Antes de la Última Cena, Jesucristo lavó los pies a sus Apóstoles. Él, en el sacramento de la Penitencia, lava nuestra alma, con el baño de su amor, que tiene la fuerza purificadora de limpiarnos de la impureza y de la miseria. Lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

¿Cuál es la mesa del Señor? Podemos referirnos a la mesa del banquete eucarístico, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para acercarse a comulgar hay que estar limpios. Nunca nadie podrá recibir la Comunión con toda la dignidad que el Señor se merece, pero Cristo instituyó la Eucaristía para que pudiéramos recibirle a pesar de nuestras miserias y flaquezas, siempre que se tenga el alma limpia de pecados mortales. La Iglesia dice: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Volvamos al Cenáculo. Después del breve diálogo de san Pedro con el Señor sobre si debía o no lavarle los pies, el Señor dijo: Vosotros estáis limpios, aunque no todos (Jn 13, 10). La excepción era Judas Iscariote. Éste no estuvo presente cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía, porque el evangelista san Juan dice: Aquél, (Judas) habiendo tomado el bocado, salió enseguida. Era de noche (Jn 13, 30). Los otros once sí estaban limpios y recibieron sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

También el Cielo suele representarse como un banquete, al cual hay que acudir vestido con el traje de fiesta. Por tanto, también es necesario -si se ha tenido la desgracia de pecar gravemente- purificarse en la Confesión para participar del banquete celestial. Preguntémonos: ¿Me confieso lo antes posible después de haber ofendido a Dios? ¿Me acerco a la Sagrada Comunión lo más limpio posible, con el alma en gracia?

Ir a confesarse es ir a encontrarse con Dios, que reconcilia, que perdona y que hace fiesta. ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar. No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo. Y te hace sentir la alegría del perdón. El sacramento de la Penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios. En la Confesión Dios hace desaparecer los pecados, los borra totalmente. Por eso nos dice por medio del profeta Isaías: No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas (Is 43, 18).

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el Cielo (Mt 18, 18). Es una promesa del Señor. Y escribe san Pablo: Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él “Amén” a la gloria de Dios (2 Co 1, 20). Dios cumple sus promesas, es fiel a su Palabra.

La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 278).

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LA SÚPLICA DE UN LEPROSO. Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: “Quiero, queda limpio” Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio (Mc 1, 40-42). Explicando el Evangelio durante una sesión de catequesis, san Manuel González pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Aquel hombre enfermo de lepra confía en el poder milagroso de Jesús y pide con confianza, basándose en la misericordia de Cristo. Su oración es confiada y humilde. No hay en él una actitud exigente. ¿Cómo no iba a querer Nuestro Señor limpiarle de la lepra? Cristo se compadeció del leproso y le curó milagrosamente.

El enfermo de lepra llevará los vestidos rasgados, el cabello desgreñado, cubierta la barba, y al pasar gritará: “¡impuro, impuro!” (Lv 13, 45), ordenó Moisés. Al ser una enfermedad que se creía muy contagiosa, para evitar su propagación los leprosos debían vivir alejados de las ciudades y pueblos. Su situación resultaba muy penosa. Al trasladarse de un sitio a otro, debían avisar gritando su condición de personas “impuras”. Y para ser distinguidos por los demás fácilmente, llevaba la ropa desgarrada y el pelo sin peinar. En los Evangelios aparecen a menudo personas leprosas, de las cuales Jesús se compadece y les limpia de tan terrible enfermedad, siendo la curación de los leprosos uno de los signos mesiánicos predichos en el Antiguo Testamento. Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva (Mt 11, 5).

Cuando se habla de leprosos, es lógico referirse a san Damián de Molokai. Este santo misionero del siglo XIX, verdadero mártir de la caridad, pidió ser enviado a una isla del Pacífico -Molokai- donde eran deportados los leprosos, para poder atenderlos, tanto espiritualmente como en sus necesidades materiales. Allí fue testigo de la continua degradación de sus condiciones de vida de aquellos enfermos. Los leprosos, muertos en vida, sin fe en la que apoyarse, recibían a los que llegaban con una sentencia: En este lugar no hay ley. Y efectivamente, así era. El aquí ya no hay ley convierte a los débiles en esclavos y a los niños en juguetes sexuales. La angustia y la desesperación eran compañeras de la enfermedad. Había que ahogarlas en el alcohol y el sexo, por lo que la inmoralidad y la depravación imperaban en aquel cementerio viviente. No fue pura poesía haber llamado a Molokai el paraíso infernal o el pueblo de los locos.

San Damián se fue a vivir con los leprosos, a enterrarse con ellos. No sólo convivió con su enfermedad. Convivió también con su pobreza, llegando a ser tan pobre, que no supo que lo era. Llegó al corazón de aquellos seres sufrientes y marginados, porque los tocó, los abrazó con el saludo hawaiano tradicional, conversó con ellos en su propia lengua, vendó sus heridas, amputó cuando fue necesario sus dedos y sus pies, compartió con ellos su pipa, comió el plato de poi, rió con ellos, jugó con sus hijos enfermos, no mostró ningún signo de repulsión ante sus desfiguraciones… San Damián fue aceptado por los enfermos de lepra como uno de ellos. Siembro la buena semilla ‑escribió‑ entre lágrimas. De la mañana a la noche estoy en medio de miserias físicas y morales que destrozan el corazón. Sin embargo, me esfuerzo por mostrarme siempre alegre, para levantar el coraje de mis pobres enfermos.

De la diaria adoración del Santísimo Sacramento sacó las fuerzas necesarias. En 1886 escribió: Por ser la Santa Eucaristía el pan del sacerdote, me siento feliz, muy contento y resignado en la situación un tanto excepcional en la que la Divina Providencia me ha colocado… Sin la presencia constante de nuestro Divino Maestro en mi pobre capilla, jamás podría haber perseverado en unir mi suerte a la de los pobres leprosos de Molokai. Él supo desde el primer momento que comenzar no es difícil, sino que la dificultad está en perseverar. Y perseveró aun reconociendo que le costó. Claramente lo dijo: Resulta repulsivo verlos, sin duda, pero tienen un alma rescatada al precio de la Sangre del Salvador. También Él, en su misericordia, consoló a los leprosos. Si yo no puedo curarlos, sí que dispongo de los medios para consolarlos. Confío en que muchos, purificados de la lepra del alma por los sacramentos, sean dignos, un día del cielo.

Al darse cuenta de que él mismo había contraído la lepra, san Damián pudo decir: Nosotros los leprosos. Esta frase atravesó como un dardo de amor al corazón del pueblo más miserable de la tierra. A la terrible sentencia En este lugar no hay ley, san Damián opuso su Nosotros los leprosos que le acompañará hasta la muerte. En una carta escribió: Estoy leproso. ¡Bendito sea el Buen Dios! Después de cuatro terribles años de sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, murió san Damián en Molokai como un leproso más. Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la lepra, quien llevó a san Damián temprano a la muerte.

Volviendo al pasaje evangélico de la curación del leproso, san Marcos dice de Jesús: Compadecido, extendió la mano, le tocó. Orígenes se pregunta: ¿Por qué le tocó el Señor, cuando la Ley prohibía tocar a los leprosos? Él mismo contesta: Le tocó para demostrar humildad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, para no odiar a nadie en razón de las heridas o manchas del cuerpo. Y el papa Francisco comenta: La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto de contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos “toca” y nos dona su gracia.

En la lepra, veían los israelitas, un castigo de Dios. Y la curación de esta enfermedad era considerada como una de las bendiciones divinas. Moisés prescribió que el leproso que se curara de la enfermedad se presentara al sacerdote, para que constatara la curación y así extender un certificado declarándolo sano y permitiéndole reintegrarse a la vida civil y religiosa de Israel.

Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio (Mc 1, 44). Vemos aquí que además de la misericordia, Jesucristo manifiesta también su respeto a lo establecido en la Ley.

Más terrible que la lepra corporal es la lepra del alma: la impureza. Por eso hay que hablar de la castidad o pureza. La pureza es una virtud hermosa que hace al hombre muy grato a Dios; y es totalmente necesaria para conseguir la intimidad con Él. Nuestro Señor promete la visión beatífica, el Cielo, a cambio de un corazón limpio, sin manchas de impureza. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8), es una de las bienaventuranzas. El vicio opuesto a esta virtud es la impureza, que pudre el alma, enemista con Dios, ciega y entorpece el entendimiento para lo espiritual, es fuente de soberbia y una puerta bastante ancha de las que introducen en el Infierno. Vale la pena, por tanto, esforzarse, poner los medios, ser heroico si es preciso, para poseer esa limpieza de corazón.

La pureza no es la primera virtud cristiana, pero sin ella no es posible la caridad. Ocupa un quinto o sexto lugar. Es una virtud posible. Dios no pide imposibles. Para vivirla tenemos todas las gracias suficientes, capaces de contrarrestar la influencia de un ambiente de sensualidad.

La virtud de la castidad exige poner los medios para evitar las ocasiones de pecado. La pureza de corazón es una tarea para el hombre, que debe realizar constantemente el esfuerzo de luchar contra las fuerzas del mal, contra los que empujan desde el exterior y las que actúan desde el interior, que lo quieren apartar de Dios (San Juan Pablo II). Por tanto, para vivirla, además de frecuentar los sacramentos (Comunión y Confesión), hay que cuidar el pudor y la modestia; ser exigentes en la guarda de la imaginación y de los sentidos; no aflojar en la vida de piedad; y cultivar una conciencia delicada, que sabe evitar hasta la más pequeña ocasión de pecado, y lleva a tener una sinceridad absoluta en la confesión sacramental y en la dirección espiritual.

Preguntémonos con valentía si estamos poniendo los medios para conservar la limpieza de corazón. ¿Me dejo arrastrar en algo, aunque parezca una cosa sin importancia, por el asedio de descarada sensualidad que predomina en la calle, en la prensa, en la televisión? ¿Pido a la Virgen ayuda para vencer las tentaciones?

De nuevo volvemos al Evangelio. El Señor le dijo al que había curado: No digas nada a nadie. Pero una vez que se fue, comenzó a proclamar y a divulgar la noticia (Mc 1, 45). Lo mismo había dicho Jesús a dos ciegos, a los que milagrosamente les devolvió la vista. Mirad que nadie lo sepa. Ellos, en cambio, en cuanto salieron divulgaron la noticia por toda aquella comarca (Mt, 9, 30-31). Puede sorprender la “desobediencia” tanto de los ciegos como del leproso que habían curados. No hicieron caso a Jesús y divulgan lo que ha hecho con ellos. San Juan Crisóstomo explica su actitud como un no poder contenerse y comenta: Lo que Él (Jesús) nos quiere enseñar es que jamás hablemos de nosotros mismos ni consintamos que otros nos elogien; mas si la gloria ha de referirse a Dios, no sólo no hemos de impedirlo, sino que podemos mandarlo.

En todo debemos buscar la gloria de Dios. Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 783). Divulguemos las maravillas de Dios. San Pablo nos dice: Ya comáis, ya bebáis, ya hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios (1 Co 10, 31). En todas las acciones -también en aquellas que pudieran parecer más intrascendentes, como el comer y el beber- el cristiano debe buscar la gloria de Dios, rectificando siempre la intención. La piedad cristiana facilita ese recuerdo de Dios aconsejando una oración antes y después de las comidas.

La vida de la Virgen fue un canto de alabanza a Dios. En el Magníficat da gloria a Dios. Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador (Lc 1, 46-47). Imitemos a Santa María en glorificar a Dios.

LA PRINCIPAL ACTIVIDAD DE JESÚS. Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Porque si evangelizo, no es para mí un motivo de gloria, porque es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9, 16). Con estas palabras del apóstol san Pablo la Iglesia recuerda a todos los fieles la llamada que el Señor les hace para que difundan la Buena Nueva de la Salvación por todas las partes. El apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida. Si es necesario dar buen ejemplo, por supuesto, pues como decía san Antonio de Padua: En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras. Con nuestra conducta debemos reflejar como en un espejo la luz de Dios, mas es preciso que el espejo esté limpio. Pero el verdadero apóstol -todo cristiano está llamado al apostolado- busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra: ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa.

Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo con una misión encomendada (1 Co 9, 17). Hay un mandato de Cristo para que evangelicemos, el mismo que dio a los apóstoles antes de subir al Cielo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). No vale excusas para no hacer lo que el Señor nos pide. San Juan Crisóstomo salía al paso de las posibles disculpas ante esta obligación: No hay nada más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás. No digas: no puedo ayudar a los demás, pues si eres cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Sí podemos -y debemos- llevar a todos la luz, el fuego, el calor y la alegría de Cristo. El Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano.

Cristo nos llama no solamente a caminar con Él en esta peregrinación de vida. Él nos envía en su lugar, para servirle de mensajeros de la verdad, para ser su testimonio en el mundo. En este mundo en el que muchos están en busca del camino, de la verdad y de la vida, pero no saben a dónde ir. No podemos faltar a esta llamada urgente del Señor.

¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por el Evangelio (1 Co 9, 18). Dios no se deja ganar en generosidad. Todo el bien que hagamos será recompensado con creces. Bien claro está en el Evangelio. Cuando los discípulos de Cristo regresaron llenos de alegría después de una misión apostólica y le dijeron a su Maestro: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre (Lc 10, 17), el Señor les dice: No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos (Lc 10, 20).

Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a los más que pueda. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para tener yo también parte en él (1 Co 9, 19.22-23). San Pablo se hace todo para todos, con corazón grande, deseoso de salvar al mayor número posible de almas, a costa de los mayores sacrificios y pasando por las humillaciones que sean necesarias. El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos -con su trato- la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: “debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 124).

El evangelista san Marcos nos cuenta con detalles lo que hizo el Señor un día en Cafarnaún. Estuvo en la sinagoga predicando, curó a muchos enfermos, entre otros a la suegra de Simón Pedro que tenía fiebre y dedicó tiempo a la oración. Al atardecer, cuando se puso el sol, llevaba hasta él a todos los enfermos y a los endemoniados; y estaba toda la ciudad agolpada junto a la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades, y expulsó a muchos demonios, y no les dejaba hablar, porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba (Mc 1, 32-35). Predicar y curar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación anuncia el reino de Dios, y con la curación demuestra que este reino ya ha llegado.

Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del hombre. Es el verdadero Salvador. Cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz de la palabra de Dios y la fuerza de la gracia a quienes sufren (Papa Francisco). Procuremos hacerlo con entrega generosa, sin tacañería; con amor evangélico, no con simple filantropía; y con la ternura propia de una madre.

En los Evangelios son frecuentes las referencias al particular amor e interés de nuestro Señor por los enfermos y por todos los que sufren. Jesús amó a los que sufren, y esta actitud suya ha pasado a su Iglesia. La Iglesia ha aprendido de Cristo a amar a los enfermos. En un encuentro con enfermos, san Juan Pablo II les dijo: Es para mí uno de los encuentros más importantes de mi viaje apostólico. Porque en vosotros me encuentro de manera especial con Cristo que sufre, con Cristo que pasó curando a los enfermos, que se identifica de tal modo con vosotros que considera hecho a Él lo que a vosotros se hace. A lo largo de los siglos, la Iglesia se hecho particularmente “cercana” de quienes sufren. Y pide que se atienda a las personas enfermas con abnegación y espíritu de sacrificio. En cada enfermo, cualquiera que sea, reconoced y servid a Cristo mismo; haced que en vuestros gestos y en vuestras palabras perciba los signos de su amor misericordioso (Benedicto XVI).

Especial cuidado se ha de prestar a los moribundos, ayudándoles a vivir sus últimos momentos con dignidad y paz, y facilitándoles los auxilios espirituales de la oración y de los sacramentos (Penitencia, Unción de los enfermos y Comunión) para que estén bien preparados para el encuentro con el Dios vivo.

Continuemos con el relato de la estancia de Jesús en Cafarnaún. Se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Son muchos los pasajes del Evangelio que refieren la oración de Jesús. Oración de alabanza y acción de gracias, oración de petición. El Señor quiere enseñarnos con su ejemplo cuál ha de ser nuestra actitud cristiana: entablar habitualmente un diálogo filial con Dios, en medio y con ocasión de nuestras actividades ordinarias, con el fin de que con nuestra vida demos gloria a Dios.

Salió a buscarle Simón y los que estaban con él; y, cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te buscan”. Y les dijo: “Vayamos a otra parte, a las aldeas próximas, para que predique también allí, pues para esto he venido”. Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios (Mc 1, 36-39). Jesucristo nos dice que su misión es predicar. Y para predicar su mensaje salvífico envió a los apóstoles por todo el mundo, a todas partes, incluso los lugares más recónditos. La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación.

La predicación del Señor no consiste sólo en palabras. Es una doctrina acompañada por la eficacia de unos hechos. También la Iglesia ha sido enviada a predicar la salvación. Y todos los fieles hemos de escuchar devotamente la predicación del Evangelio, y todos hemos de sentir, a la vez, la responsabilidad de transmitirlo con palabras y con hechos. Jesucristo enseña también con su vida. Y acepta el dolor. Tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo… Por eso los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor, de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado. Tienen en sus manos un gran tesoro con el cual pueden hacer mucho bien a los demás.

¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los del jornalero? (Jb 7, 1). Las imágenes de la milicia y del jornalero son muy gráficas para expresar las penalidades que sufre el hombre durante su vida entera.

Recuerda que mi vida es como un soplo, que mis ojos no volverán a ver la dicha (Jb 7, 7). Job arguye que si su fin va a ser la muerte, no tiene sentido su dolor. Ve la muerte como meta y fin de las angustias de la vida. ¿Qué respuesta da el cristianismo al dolor? La respuesta está en el Evangelio. Sólo hay que ver a Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio del dolor, y también una promesa de que habrá una recompensa. La fe invita a los enfermos, a los que sufren, a encontrar en Jesús apoyo y consuelo, y a no perder jamás la esperanza. En la prueba y en la enfermedad Dios nos visita misteriosamente y, si nos abandonamos a su voluntad, podemos experimentar la fuerza de su amor (Benedicto XVI). Por eso podemos hablar de esperanza en el dolor.

San Juan Pablo II, en la carta apostólica Salvifici doloris, recordaba una idea que está en la base de la vida cristiana: afrontar el sufrimiento como camino de salvación, no sólo personal sino para toda la Iglesia y la sociedad. Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). Con estas palabras, san Pablo indica el valor salvífico del dolor, de la visión cristiana del sufrimiento humano, que unido al de Cristo tiene sentido.

Tarde o temprano el dolor llama a nuestra puerta y, aunque no queramos abrirle, entra dramáticamente en nuestra existencia. Muchas personas hacen todos los esfuerzos posibles para huir de todo género de dolor. No se dan cuenta de que el sufrimiento -además de ser inevitable mientras vivamos sobre la tierra-, desde que ha sido redimido por Cristo en la Cruz, puede llegar a ser un medio de purificación, de crecimiento espiritual (Javier Echevarría).

Las enfermedades del cuerpo las da Dios para la salud del alma (San Francisco de Asís). Es necesario sufrir con paciencia la enfermedad; y aprovecharla para unirse a la Pasión de Jesucristo. Un sacerdote asesinado mientras oraba había escrito: Sólo seremos capaces de salvación ofreciendo nuestra propia carne. Debemos cargar con el mal del mundo, debemos compartir el dolor, absorbiéndolo en nuestra propia carne hasta el fondo, como hizo Jesús.

Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo, y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin Ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización. Nosotros hoy fijamos en Ella la mirada, para que nos ayude anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores (Papa Francisco).

LLAMADAS A LA CONVERSIÓN. Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro de Jonás se narra la misión que Dios encomendó a este profeta. No era un encargo agradable el de anunciar a los habitantes de una ciudad la destrucción de la misma. Es decir, profetizarles un tremendo castigo por su perversidad. Por eso, Jonás tomó la decisión equivocada de desobedecer el mandato de Dios, huyendo a Tarsis. Sin embargo, Dios se encargó de que Jonás no consiguiera su propósito. Y por segunda vez, el Señor le dijo a Jonás lo que tenía que hacer. Si antes el profeta desobedeció, ahora obedece. “Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga”. Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yavé. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días. Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida” (Jon 3, 2-4).

¡Qué importante es obedecer a la primera! Es lo que tiene más mérito. El que obedece con fidelidad no conoce demoras, evita dejarlo para mañana, no sabe qué es el retraso, antepone a todo al que manda. Tiene puestos los ojos para ver, los oídos para escuchar, la lengua para hablar, las manos para trabajar, los pies para caminar. Todo se pone en acto para cumplir la voluntad del que manda (San Bernardo, Sermones diversos 41, 7).

¡Qué diferencia tan grande entre la actitud de Jonás y la de los apóstoles! En el Evangelio según Marcos vemos cómo los apóstoles, ante la invitación de Cristo: Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Al instante dejaron las redes y le siguieron (Mc 1, 17-18).

En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios amenaza con castigos a ciudades por los pecados y maldades de sus habitantes. Amenazas que son cumplidas. Así, Sodoma y Gomorra fueron aniquiladas por una lluvia de azufre y fuego. Sin embargo, en el caso de Nínive la amenaza divina no se cumplió. ¿El motivo? Porque los habitantes de Nínive se convirtieron de su mala conducta. Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor (Jon 3, 5). Reconocieron su mala conducta, no justificaron sus pecados. Hubo una verdadera conversión. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo (Jon 3, 10).

En muchos lugares de la Biblia se habla de la misericordia de Dios. Y éste, el de conversión de los ninivitas es uno de ellos. Cuando el hombre pecador se arrepiente, Dios borra su pecado. Y es que nuestro Dios, el único Dios que existe, es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en misericordia (Sal 144, 8). Por medio del profeta Joel, el Señor nos exhorta: Convertíos a mí de todo corazón (Jl 2, 12). Es una llamada fuerte y clara. Dios no quiere la muerte del impío, sino que se convierta y viva.

La inminente llegada del Reino de Dios exigía una auténtica conversión del hombre hacia Dios. Ya los Profetas habían hablado de la necesidad de convertirse y volverse de los malos caminos que seguía Israel lejos de Dios. Volved, hijos descastados, Yo curaré vuestras infidelidades (Jr 3, 22). Jeremías dice al pueblo elegido que vuelva a Dios, que Él puede perdonar los pecados. E Israel responde reconociendo el pecado de sus padres y de ellos mismos. Con esperanza vuelve a Dios. ¡Aquí estamos. A Ti venimos, porque Tú eres el Señor, nuestro Dios! (Jr 3, 22). Isaías habla de conversión y de salvación: Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos (Is 30, 15). También el profeta Oseas hace una llamada a la conversión: ¡Conviértete, Israel, al Señor, tu Dios, pues caíste por tu culpa! Preparaos las palabras y convertíos al Señor (Os 14, 2-3).

Por eso, la insistencia tanto de san Juan Bautista como del Señor en invitar a la conversión. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15).

Jesucristo inicia la proclamación del Evangelio con las mismas palabras de san Juan. El Precursor había preparado el camino al Señor. Preparar nuestra vida es propio del amor de Dios. Él no nos hace cristianos por generación espontánea. Es una obra de preparación que Jesús lleva adelante en muchas generaciones. También ahora, en el siglo XXI, se nos pide que nos convirtamos. Es el papa Francisco quien dice: Hay una llamada a los que viven de las apariencias, los cristianos de las apariencias. Estos se creen vivos pero están muertos, y el Señor les pide estar vigilantes. Las apariencias son el sudario de estos cristianos: están muertos y el Señor los llama a la conversión. ¿Yo soy de estos cristianos de las apariencias? ¿Tengo vida dentro, tengo una vida espiritual? ¿Siento al Espíritu Santo, escucho al Espíritu Santo, voy adelante, o…? Pero, si todo parece bien, no tengo nada que reprocharme: tengo una buena familia, la gente no habla mal de mí, tengo todo lo necesario, estoy en gracia de Dios, estoy tranquilo. Los cristianos de apariencia ¡están muertos! Buscar algo vivo dentro y con la memoria y el estado de alerta, vigorizar esto para que se pueda ir hacia adelante. Conversión: desde las apariencias a la realidad. De la tibieza al fervor.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: No he venido a llamar a justos sino a pecadores (Lc 5, 32). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida para remisión de los pecados (Lc 24, 47). Una vez que el Señor ascendió al Cielo, los Apóstoles insisten en que es preciso convertirse, cambiar de actitud y de vida como condición previa para recibir el Reino de Dios.

¿Qué se entiende por conversión? Un aspecto de la conversión es la renuncia al pecado, lo que supone detestar el pecado cometido. No basta proponerse cambiar de vida, sino que requiere dolerse de la falta cometida, tener la actitud del salmista: Reconozco mis culpas, y mi pecado está siempre ante mí (Sal 50, 5). Convertirse es en primer lugar alejarse positivamente del pecado, de su servidumbre; romper con las ataduras del pecado que son iniquidad, injusticia, oposición a la Ley de Dios.

Pero el aspecto principal de la conversión es el movimiento de vuelta a Dios, el reconocimiento de que el pecado es ante todo ofensa a Dios, alejamiento de Él. Contra Ti, sólo contra Ti he pecado (Sal 50, 6), canta el salmista (en este caso, el rey David), y debe ser el principal pensamiento de quien se convierte. La conversión exige volver ordenar la vida hacia Dios, de forma que nada en la existencia del hombre quede desvinculado de su Creador.

La Iglesia, siguiendo a su divino Fundador, con sus invitaciones a la conversión, viene providencialmente a sacarnos de la indolencia, de la falta de sensibilidad para las cosas de Dios, del seguir adelante por inercia, de la tibieza… o del pecado. ¿Por qué debemos volver a Dios? Preguntaba el papa Francisco en una homilía, y él mismo respondía: Porque algo no está bien en nosotros, no está bien en la sociedad, en la Iglesia, y necesitamos cambiar, dar un viraje. Y esto se llama tener necesidad de convertirnos. Y nos recordaba que Dios es fiel, es siempre fiel, porque no puede negarse a sí mismo, sigue siendo rico en bondad y misericordia, y está siempre dispuesto a perdonar y recomenzar de nuevo. El primer deber de la Iglesia es proclamar la misericordia de Dios, llamar a la conversión y conducir a todos los hombres a la salvación del Señor. Y siempre es tiempo de conversión.

Sí, la Iglesia profesa y proclama la conversión. La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor, al que “Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (2 Co 1, 3) es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo. La conversión a Dios es siempre fruto del “reencuentro” de este Padre, rico en misericordia (San Juan Pablo II, Encíclica Dives in misericordia, n. 13).

Todos necesitamos convertirnos. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos presenta la trayectoria de dos hijos, y los dos necesitan convertirse. El pequeño porque ha usado su libertad para alejarse del amor de su padre, buscando la felicidad en un lugar equivocado, encontrando solamente la amargura. Y el mayor porque ha permanecido junto a su padre con un amor sin libertad, mas como siervo distante que como buen hijo y hermano. No presenta la parábola un tercer hijo que no necesite conversión: quiere el Señor que nos percatemos de que todos, sin excepción, hemos de fomentar en nuestra alma la búsqueda del amor, el rechazo del propio yo egoísta y enfermizo, la donación en libertad. Como enseña san Agustín, “para los enfermos vino Cristo, y a todos los encontró enfermos”, de manera que “creerse sano es la peor enfermedad”. Todos necesitamos convertirnos (Javier Echevarría).

Se dice de Alfonso X el Sabio -era aficionado a lo astronomía- que mientras estudiaba el cielo, y conquistaba los astros, iba perdiendo la tierra. Peor es la actitud de los que, por querer ganar la tierra, por hacer oídos sordos a la llamada de Dios a la conversión, pierden el Cielo.

Es un error dejar la conversión para más adelante. Hay que tener en cuenta estas palabras de san Agustín: No digas, pues: “Mañana me convertiré, mañana contentaré a Dios, y de todos mis pecados pasados y presentes quedaré perdonado”. Dices bien que Dios ha prometido perdón al que se convierte; pero no ha prometido el día de mañana a las personas (Comentario sobre el Salmo 144).

Hermanos, os digo esto: el tiempo es corto (1 Co 7, 29). Tanto san Pablo como los demás Apóstoles recuerdan en sus escritos la brevedad de la vida terrena, como un estímulo para aprovechar con intensidad todos los momentos en servicio de Dios y, por Él, a todos los hombres. Y mientras hay tiempo se puede rectificar, volver al buen camino si se ha tenido la desgracia de salirse de él. Después y mañana son dos palabras molestas, síntoma de pesimismo y de derrota, que, con esta otra: imposible, hemos borrado definitivamente de nuestro diccionario. ¡Hoy y ahora! (San Josemaría Escrivá).

La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso acudimos a Ella para que nos obtenga de su divino Hijo la gracia de permanecer fieles. Y le decimos: Madre, no permitas que me aleje del buen camino. Si por debilidad esto ocurriera, haz que me convierta enseguida, Y si alguna vez me enfrío, o si se entibia algún rinconcillo de mi corazón, corrígeme enseguida, fomenta mi compunción y mi dolor, y haz que yo ame con más fidelidad.

EL DÍA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En la primera carta de san Pablo a los tesalonicenses, el Apóstol, después de referirse a la segunda venida de Cristo a la tierra y de los acontecimientos que sucederán, escribe: Acerca del tiempo y de las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, porque vosotros mismos sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Así, pues, cuando clamen: “Paz y seguridad”, entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina -como dolores de parto de la que está encinta-, sin que puedan escapar (1Ts 5, 1-3). ¿Cuál será el día del Señor? En la Sagrada Escritura aparece varias veces esta expresión –El día del Señor- referida a ese momento, en el que Dios interviene de modo decisivo e inapelable.

Los profetas hablan del “día de Yavé”, unas veces con acento de temor, y otras como con acento de esperanza. Nuestro Señor Jesucristo, en el sermón escatológico, anunció la destrucción de Jerusalén con unos rasgos similares a los utilizados por los profetas para hablar del “día de Yavé”. La ruina del Templo clausura la era judaica en la historia de la salvación, y prefigura la segunda venida de Cristo como Juez universal. En las cartas de san Pablo, lo mismo que en otros escritos del Nuevo Testamento, el “día del Señor” es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparezca en plenitud de gloria como Juez. El Apóstol de los gentiles se sirve de algunos ejemplos utilizados por el Señor en su predicación sobre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo –el ladrón en la noche, los dolores de parto- para prevenir acerca de lo inesperado de ese día y con el fin de exhortar a estar preparados en todo momento. La segunda venida del Señor sorprenderá a todos los hombres en lo que estén haciendo, ya sea bueno o malo. De ahí que es temerario diferir el arrepentimiento para más tarde.

Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y seamos sobrios (1 Ts 5, 4-6). El ladrón llega de noche, cuando amparado por las tinieblas puede sorprender desprevenido al dueño de la casa. Ya Jesucristo había recurrido a esta metáfora, al decir que si el padre de familia supiera a qué hora vendrían a robarle, estaría entonces vigilando. Con ello se nos exhorta a vivir siempre en actitud de alerta, siempre en gracia de Dios, inmersos en la luz, en la luz de la fe. De este modo, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado (1 Jn 1, 7).

La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de San Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, “cuyos rayos dan la vida”. Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso (Papa Francisco).

En el mismo sentido nos enseña la Iglesia que nuestros corazones se iluminan por medio de la fe (Catecismo Romano). Vivamos, por tanto, una vida transparente, transida por la luz divina. Así “el día del Señor”, que también se puede aplicar al día de la muerte de cada uno, no nos encontrará desprevenidos, aunque llegue de repente. Tengamos en cuenta la exhortación de san Pablo, estemos siempre vigilantes, pues no sabemos con certeza cuál será el último día de nuestra vida. El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante -si lucha para vivir como hombre de Cristo-, se encuentra preparado para cumplir su deber (Surco, n. 875).

Estar preparados es tener las manos llenas de buenas obras. Para esto debemos hacer fructificar los dones que Dios nos ha concedido, porque el Señor nos pedirá cuenta. El mismo Jesús nos lo dice en la parábola de los talentos. Aunque es un poco larga, vamos a leerla entera. El Señor está hablando del Reino de los Cielos y dice: Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo el que había recibido dos, ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. llegado el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado también el que había recibido los dos talentos: “Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparcirte; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Le respondió su amo, diciendo: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo de donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado mi dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses”. “Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que parece tener se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 14-30).

Entregó sus bienes a sus servidores, dándoles a cada uno una cantidad según su capacidad. Los servidores no sabían lo que podría durar la ausencia: unos meses o quizá varios años. De igual manera, cada uno de nosotros, que hemos recibido talentos de Dios, no sabemos el tiempo que disponemos de vida. Cada vez menos, eso sí que es cierto. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hacer rendir los talentos. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar. No olvidemos nunca que también nosotros rendiremos cuenta a Dios de todos los dones de naturaleza y de gracia, recibidos del Señor.

¿Qué talentos hemos recibido de Dios? El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… sus bienes más preciosos. Éste es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para hacer fructificar. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si dijera: “Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ellos”. Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos “contagiado” de nuestra fe (Homilía, 16.XI.2014).

Demos gracias a Dios por los talentos recibidos -nos lo ha dejado en depósito-, y trabajemos con ellos para ofrecer al Señor los frutos que hayamos conseguido. Él siempre es buen pagador. Que nunca nos sintamos orgullosos de lo que no es nuestro. Que no los ocultemos por falsa humildad. Que lo hagamos fructificar en beneficio de los que más necesitan una mano amiga. Cristo Jesús nos pide que negociemos con los talentos recibidos, que ocupemos los días en hacer el bien, en sembrar paz y alegría a nuestro alrededor, en difundir el mensaje evangélico, en poner amor de Dios en el trabajo que realizamos, en dedicar tiempo a las obras de misericordia, en santificar los deberes de nuestro estado… El tiempo pasa, como pasó para aquellos servidores de la parábola. Sí, también para el siervo malo, para el que se quedó tranquilamente en su casa, sin hacer nada para hacer fructificar el talento recibido. pasó el tiempo. Pero sus días estaban vacíos de buenas obras, su vida carecía de sentido. Demasiada pereza. Cuando se presentó a su señor, tuvo que oír aquellas palabras duras, de reprobación, y recibir el castigo merecido.

Entre los talentos que Dios nos dado, está el tiempo. Tú no puedes hacer que el día se detenga. Pero lo que sí puedes hacer es aprovecharlo y no perderlo (Proverbio latino). Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Cuando alguien entierra este talento que es el tiempo que Dios nos ha concedido de vida, está haciendo lo mismo que el siervo holgazán.

También el Señor nos ha dado una capacidad para el trabajo. En el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. Por tanto, debemos exigirnos en el cumplimiento de nuestros deberes profesionales, fijándonos -con motivo de ese empeño- el afán sincero de dar a Dios toda la gloria con un trabajo bien acabado, cumplido con diligencia por amor suyo. También son talentos esas cualidades concretas para realizar determinadas actividades, y sería una pena que no les sacásemos todo el aprovechamiento posible.

En el libro de los Proverbios está la alabanza a la mujer perfecta. En ella vemos a los que saben hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, haciendo fructificar los talentos recibidos de Dios. Una mujer fuerte ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no le faltará ganancia. Le procura bien y no mal todos los días de la vida. Busca lana y lino y trabaja con diligencia. Aplica sus manos a la rueca, sus palmas empuñan el huso. Abre su palma al indigente, y extiende su mano al pobre. Falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios será alabada. Dadle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas (Pr 31, 10-13.19-20.30-31). En esta fuerte mujer está prefigurada la Virgen María. Dios le concedió la plenitud de gracia, todas las virtudes e infinidad de dones. Estos fueron sus talentos a los que supo sacarles el máximo rendimiento.

A Santa María se suele invocar como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

A la Santísima Virgen le pedimos cuando rezamos el Avemaría que ruegue a Dios por nosotros en todo instante, pero especialmente en la hora de nuestra muerte, en “día del Señor” para cada uno. Y seguros estamos que Ella hará que nos presentemos ante el Señor bien preparados, con los talentos que Dios nos concedió y con los otros que hayamos ganados negociando con los primeros. Y entonces, por la infinita misericordia de Dios, escucharemos de labios de Nuestro Señor Jesucristo Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor.

CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS. Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; las necias al tomar sus lámparas no llevaron consigo aceite; las prudentes en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡señor, señor, ábrenos! Pero él les respondió: en verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 1-13).

La enseñanza principal de la parábola que hemos leído es la exhortación a la vigilancia. Hemos de estar siempre vigilantes. El Señor nos puede llamar en cualquier momento y siempre debemos estar preparados para salir a su encuentro, para entrar con él a las bodas. Las vírgenes prudentes tomaron aceite en las alcuzas juntamente con sus lámparas. Las otras cinco, -las necias- también eran vírgenes, pero al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite. Ese pequeño descuido hizo que fueran rechazadas.

El Señor no pierde ocasión de aconsejarnos, directamente o por medio de parábola, que estemos siempre alerta. ¿Quién nos asegura la vida terrena hoy, mañana o pasado? Los accidentes y las muertes repentinas no avisan. Pero el Señor sí que nos avisa de que estemos siempre en vela, preparado, muy unido a Él. Seguramente todos preferimos que el Señor nos conceda una muerte consciente, sabiendo que dejamos este mundo y vamos a la Patria celestial con Él. De esta forma podremos preparar mejor ese momento tan importante, sabiendo que quien decidirá nuestro destino eterno será Jesús, nuestro Amigo, que un día vendrá a llevarnos consigo.

Y nosotros, ¿cómo estamos preparados? En la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. No es suficiente saberse miembro de la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo. Esta vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, como león rugiente, merodea buscando a quien devorar (1 P 5, 8). Un Padre de la Iglesia nos aconseja: Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras…; prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen…, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca a la sala del banquete, donde su lámpara nunca se extinguirá (San Agustín).

Otra enseñanza de la parábola es la importancia de las cosas pequeñas. El cuidado amoroso de las cosas pequeñas es camino que conduce a Dios. El que es fiel en poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho (Lc 16, 10). Atentos, pues, a las cosas pequeñas, especialmente a las que se refieren a la vida de piedad. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles. Cuidemos la urbanidad de la piedad, por ejemplo, haciendo bien las genuflexiones, rezando jaculatorias, guardando silencio en la iglesia, vistiendo con la ropa adecuada cuando asistimos a la Eucaristía, adoptando la postura correcta en las diversas partes de la Misa, prestando atención a las oraciones vocales… Alguien puede decir que son pequeñeces, sí, pero es el aceite, aquel aceite que no tomaron las vírgenes necias.

La vida es un conjunto de cosas pequeñas, de pequeños deberes. Y la santidad se alcanza en el heroísmo en la vida ordinaria, en lo pequeño. Son las cosas pequeñas hechas por amor, las que perfeccionan a un alma. ¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. -Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas… ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente? … -¡A fuerza de cosas pequeñas! (San Josemaría Escrivá).

El apóstol san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, hace alusión a todos aquellos que murieron estando bien preparados para salir al encuentro del Señor. No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron (1 Ts 4, 13-14). La expresión los que han muerto podemos sustituirla por esta otra: los que duermen, expresión que fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo. Ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús y en que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. ¿Por qué se dice que duermen -se pregunta san Agustín- sino porque en su día serán resucitados?

En el Credo confesamos: Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Ésta es nuestra fe. Sabemos que la muerte no sólo el límite de nuestros días sobre la tierra, sino también la culminación de una vida en unión con Cristo, y pórtico de entrada en la Gloria. ¿Cuándo resucitaremos? La respuesta nos la da san Pablo: Cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán en primer lugar los que murieron en Cristo (1 Ts 4, 16). En la segunda venida de Cristo a la tierra, cuando sea el fin del mundo. Y resucitaremos con nuestro cuerpo, de igual manera que resucitó Jesucristo.

En el prefacio de la Misa de difuntos decimos: La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Ésta es nuestra esperanza. Y porque queremos llegar a la mansión eterna del cielo, seguimos el consejo que Cristo da al terminar la narración de la parábola de las vírgenes: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Llegará un día en que cada de nosotros oiremos una voz que nos dice: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! Le pedimos al Señor que en ese momento nuestras lámparas se puedan encender porque hemos procurado durante la vida tener el aceite de la fe, de la esperanza y de la caridad.

También san Pablo, en la citada carta, nos habla de otro encuentro. Al referirse a la Parusía, y a la aparición de Jesucristo con toda su gloria, dice: Seremos arrebatados a las nubes (…) al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante, estemos siempre con el Señor. Consolaos con estas palabras (1 Ts 4, 17-18). Después del Juicio Universal, que tendrá lugar en ese momento, los justos -y por la infinita misericordia esperamos ser contados entre ellos- pasarán a gozar con el cuerpo y el alma de la bienaventuranza eterna, de la visión beatífica, contemplando a Dios cara a cara. Con esa felicidad Dios premia con creces todos los esfuerzos que se hayan realizado para conseguirla.

En una homilía, el papa Francisco decía: El problema no es “cuándo” sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el de estar preparados para el encuentro. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeñas de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran poder y gloria”, que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo.

Como tardase en venir el esposo. Y viene el sueño. Procuremos nosotros estar siempre despiertos, yendo al encuentro de Dios. Y Dios sí viene a nosotros. Se adelanta. Lo dice el autor sagrado del libro de la Sabiduría. La sabiduría es resplandeciente e imperecedera; los que la aman la contemplan con facilidad, los que la buscan, la encuentran. Se adelanta a darse a conocer a quienes la anhelan. Quien madruga por ella no pasará fatigas, la encontrará sentada a la puerta. Pensar en ella es sensatez perfecta; quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones. Que ella misma anda buscando a los que le son dignos, se les muestra en los caminos con actitud benigna y les sale al encuentro llena de solicitud. Su comienzo verdadero es el deseo de instrucción, y desvelo de la instrucción, el amor (Sb 6, 12-17).

Salieron al recibir al esposo. Cuando oyeron el clamoreo de la llegada del esposo, las vírgenes prudentes no se quedaron en la casa esperando, sino que fueron a su encuentro con sus lámparas encendidas. Quien quiere conocer la verdad, no se queda quieto, sino que la busca con la luz de la razón. La Verdad es Jesucristo, el Verbo del Padre, la Sabiduría divina, que es resplandeciente e imperecedera. Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él. Dios da la luz de la fe. Para que el quien busca la verdad la encuentre. En el texto bíblico, la sabiduría aparece personificada, es un atributo de Dios, y los atributos divinos se identifican con Dios. La Sabiduría -Dios- se adelanta a darse a conocer, desee y ponga los medios para adquirirla.

Invoquemos a la Santísima Virgen como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

LA MISIÓN DEL BUEN PASTOR. Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Vosotros os habéis apartado del camino, habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 2, 8). Dios, por medio del profeta Malaquías, reprocha a los sacerdotes de Israel, a los que tenían la misión de guiar al pueblo elegido, de no haberlo hecho. En definitiva, de no ser buenos pastores. Tenían que conducir a los israelitas por el buen camino, pero al no obedecer el mandato del Señor de poner todo el corazón en glorificar el nombre de Dios, ese nombre que es respetado en las naciones (Ml 1, 14), han conducido al pueblo por una senda equivocada, haciendo tropezar a muchos. Por eso -dice el Señor de los ejércitos- os he hecho despreciables y abyectos para todos los pueblos, ya que nadie de vosotros guardó mis caminos e hicisteis acepción de personas ante la Ley (Ml 2, 9). Y de ahí que resulte ineficaz su tarea de pastorear: Enviaré contra vosotros la maldición y maldeciré vuestras bendiciones (Ml 2, 2). Para que resulte eficaz su ministerio, el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre la ley de Leví: el temor de Dios, la humildad y la veracidad en el hablar. Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses, se describe el comportamiento lleno de dulzura del buen pastor: Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. (1 Ts 2, 7-9). Esta conducta deben seguir todos los que en la Iglesia anuncian el Evangelio (sacerdotes, catequistas, misioneros y maestros). Bien lo entendió el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores. Al igual que san Pablo, deben transmitir la doctrina evangélica y, al mismo tiempo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. La vida de trabajo reforzó la autoridad moral del Apóstol de los gentiles cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería, y sirve de admirable modelo para todas las generaciones de cristianos. San Juan Crisóstomo, poniéndose en el lugar de san Pablo, glosaba: Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo.

La predicación del Evangelio requiere toda clase de atenciones, pero ha de ofrecer certezas sólidas basadas en la palabra de Dios que permitan el arraigo, desarrollo y madurez en la fe de quienes la han recibido. Por tanto, se debe conservar, transmitir, exponer y difundir la doctrina católica con absoluta fidelidad. Pero también sabiendo acoger a todos, sin ninguna distinción. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? (Ml 2, 10). El buen pastor debe amar a sus ovejas. San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en particular; con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en su vida de modo coherente con la fe. Por eso, su predicación fue eficaz y pudo escribir: No cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes (1 Ts 2, 13).

En el Evangelio vemos cómo Jesús pone en contraste la conducta de los escribas y fariseos con la que debe ser la de los maestros cristianos. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “rabbí” (Mt 23, 1-7). Estas palabras son una dura acusación contra los escribas y fariseos. En ellas delata sus principales vicios y corrupciones; y al mismo tiempo muestran el dolor y la compasión de Jesús hacia las gentes sencillas, mal conducidas por aquéllos, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Jesús ve en la situación de su tiempo cumplida la profecía de Ezequiel, en la que Dios, por medio de este profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías.

Moisés entregó al pueblo la Ley que había recibido de Dios. Los escribas, que pertenecían en su mayoría al partido de los fariseos, tenían a su cargo enseñar al pueblo la Ley mosaica; por eso se decía de ellos que estaban sentados sobre la cátedra de Moisés. El Señor reconoce la autoridad con que los escribas y fariseos enseñan, en cuanto que transmiten la Ley de Moisés; pero previene al pueblo y a sus discípulos acerca de ellos, distinguiendo entre la Ley que ellos leen y enseñan en las sinagogas y las interpretaciones prácticas que ellos muestran con su vida. También san Pablo -fariseo e hijo de fariseo, manifestará acerca de sus antiguos colegas un juicio idéntico al de Jesús: Tú, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?; tú, que predicas no hurtar, hurtas…; tú, que te glorías en la Ley, con la violación de la misma Ley, deshonras a Dios. Vosotros sois la causa, como dice la Escritura, de que sea blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles (Rm 2, 21-24).

Los fariseos y escribas decían, pero no hacían. Además, buscaban los honores, que los tuvieran por justos y sabios, que les saludaran en las plazas y que la gente les llamaran maestros. Los cristianos debemos servir y humillarnos. Pero siempre, independientemente de la conducta de los pastores, los fieles deben hacer y cumplir las enseñanzas del Señor. La tentación de la vanidad y de la codicia siempre está presente. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con dedo (Papa Francisco). Hay que predicar también con el ejemplo. Jesucristo dijo e hizo. Habló de rezar por los que nos persiguen y fue lo que Él hizo cuando le estaban clavando en la cruz.

Éstos son los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy (San Juan Pablo II).

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Mt 23, 8-12). Frente a la apetencia de honores, que mostraban los fariseos, el Señor insiste en que toda autoridad, y con más razón si es religiosa, debe ser ejercida como un servicio a los demás. Y, como tal, no puede ser instrumentalizada para satisfacer la vanidad o la avaricia personales. La enseñanza de Cristo es absolutamente clara: el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El espíritu de orgullo y de ambición nunca debe estar presente en quienes tienen la misión de pastorear a sus hermanos, los hombres.

¿Quién es el buen pastor? En principio, todo fiel cristiano debería ser buen pastor del prójimo. Pero más en concreto, todos los que tienen la misión de dar una formación cristiana a otros fieles (sacerdotes, catequistas, misioneros, maestros…). Y en especial, los sacerdotes. Decía Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma: El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

El modelo de Buen Pastor es Jesucristo. Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma (Mt 9, 36). En efecto, Nuestro Señor se llenó de compasión -el verbo griego es más profundamente expresivo: conmoverse en las entrañas- al ver al pueblo, porque sus pastores, en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. El papa Francisco se fija en los cuatro verbos que aparecen en ese versículo evangélico: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar “los verbos del Pastor”. Ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra.

Un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar al invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él.

El trabajo de pastorear produce cansancio, pero en ese cansancio hay que ver la belleza de la dedicación por los demás. El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Como el buen pastor siempre está cerca de sus ovejas, así los que tienen en la Iglesia el oficio de guiar a los fieles por el camino del Evangelio debe estar siempre de servicio y tener una cercanía con las personas que les han sido confiadas. Por supuesto, esto cansa pero, según palabras del papa Francisco, es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. Pero a pesar de esta fatiga, el papa Francisco indica a los sacerdotes que no pueden ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Y reitera la necesidad de pastores con olor a oveja y sonrisa de padre. Y añade: Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba.

Mis ovejas escuchan mi voz. Para el buen Pastor, lo que está lejos, periférico, lo que está perdido y despreciado es objeto de una atención mayor, y la Iglesia no puede sino hacer suya esta predilección y esta atención. En la Iglesia, los primeros son quienes tienen mayor necesidad, humana, espiritual, material, más necesidad. Hay que ir a buscar las ovejas perdidas. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se ha representado la figura del buen pastor, la del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros.

Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos dependen de los buenos pastores. Si a la cabeza de una parroquia hay un buen cura o párroco, se verá allí inmediatamente florecer la devoción, la frecuencia de sacramentos, oración mental en conformidad con el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, y según el Eclesiástico: Qualis est rector civitatis, tales et inhabitantes in ea (San Alfonso María de Ligorio).

Acudimos al patrocinio de la Divina Pastora para que cuide de nosotros que formamos parte del rebaño del Buen Pastor, Cristo Jesús.