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Domingo XXX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Al salir Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran gentío, un mendigo ciego llamado Bartimeo que estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna, al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: “¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!” (Mc 10, 46-47). También nosotros le pedimos al Señor que tenga compasión de nosotros, que somos pecadores. Es la limosna que deseamos: la ayuda y gracia para responder con amor a sus delicadezas. Y le decimos que no queremos ya la limosna de afectos a las criaturas, pues sólo Él puede saciar la sed de nuestro corazón.

Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí! (Mc 10, 48). Bartimeo, por su ceguera, no veía, y la única forma que tenía para sobrevivir era mendigar. Ciego, pero no era tonto: estaba precisamente a la entrada de la ciudad de Jericó, por donde pasaban muchas gentes, de todo tipo. Al pasar Jesús el rumor de la muchedumbre quizás fuera mayor que en otras ocasiones. Cuando se enteró que precisamente Jesús se acercaba, gritó. Habría oído hablar de las curaciones milagrosas de Cristo. Y cuando querían hacerle callar, gritaba aún más fuerte. Seguramente pensó que era su única oportunidad de conseguir la visión que una enfermedad le había quitado, o bien le había privado desde su nacimiento. Los que estaban con Jesucristo pretendían callar al ciego para evitar que el Señor interrumpiera sus palabras, esas palabras de vida eterna. A pesar de esto, el hijo de Timeo era un hombre que no tenía nada, un mendigo ciego, pero que quería la salvación, quería ser curado, y por lo tanto grita más fuerte que el muro de la indiferencia que lo rodea hasta que vence su propósito y consigue llamar a la puerta del corazón de Jesús.

Es el fruto de la fe y de la perseverancia en la oración. Y es una enseñanza para todos nosotros. Hagamos como el ciego de Jericó que invoca la intervención del Maestro con una voz más alta de quien quiere callarlo. Hoy día quieren hacer callar a los cristianos, que no se les oigan en los foros de la sociedad moderna. Una sociedad que está necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio. Y sin embargo, un gran sector de la sociedad no acepta las enseñanzas de Cristo, y, en consecuencia, toma otros derroteros: el hedonismo, el divorcio, el aborto, el control de natalidad, los medios contraceptivos. Estas formas de entender la vida están en claro contraste con la Ley de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. No permanezcamos callados. Hay que difundir la doctrina cristiana, hablar de las benditas exigencias del Evangelio, de nuestra fe. Es necesario proclamar por todos los caminos y rincones del mundo la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… e internet.

Jesús se detuvo y dijo: “Llamadle”. Llaman al ciego, diciéndole: “¡Animo, levántate! Te llama” (Mc 10, 49). Es una gracia cuando Jesús se detuvo y dijo: “mirad allí, traedlo a mí”. Así hace que los que le rodean giren la cabeza hacia aquel pobre ciego que sufre, que está necesitado de ayuda. Es como si les dijera, nos dijera a nosotros cristianos del tercer milenio: No me miréis solo a mí. Si, me tenéis que mirar, pero no solo a mí. Miradme también en los demás, en los necesitados.

Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús (Mc 10, 50). Comenta san Josemaría Escrivá: ¡Tirando su capa! No sé si tú habrás estado en la guerra. Hace ya muchos años, yo pude pisar alguna vez el campo de batalla, después de algunas horas de haber acabado la pelea; y allí había, abandonados por el suelo, mantas, cantimploras y macutos llenos de recuerdos de familia: cartas, fotografías de personas amadas… ¡Y no eran de los derrotados; eran de los victoriosos! Aquello, todo aquello les sobraba para correr más aprisa y saltar el parapeto enemigo. Como a Bartimeo, para correr detrás de Cristo. No olvides que, para llegar hasta Cristo se precisa el sacrificio; tirar todo lo que estorbe (Es Cristo que pasa).

Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: “¿Qué quieres que te haga?” El ciego le dijo: “Rabboní, ¡que vea!” Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino (Mc 10, 51-52). Este pasaje del Evangelio comienza con un no ver, un ciego, y termina con un ver: Todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios (Lc 18, 43). No solamente le pedimos al Señor que tenga misericordia y se compadezca de nosotros, sino que también le decimos, como Bartimeo, Señor, haz que yo vea; haz que vea con los ojos de mi alma, con los ojos de la fe, con los ojos de la obediencia, con la limpieza de mi vida. Que yo vea con mi inteligencia, para defender al Señor en todos los ámbitos del mundo (San Josemaría Escrivá).

Jesús, en su paso por la tierra, trató a gente de todas las clases sociales, de diversas edades (ancianos, jóvenes) y profesiones (soldados, pescadores, recaudadores de impuestos), a creyentes y no creyentes, a sanos y enfermos, a ricos y pobres… Gente del Pueblo elegido. Jeremías, cuando anuncia el feliz regreso de los deportados, dice: Lanzad gritos de alegría por Jacob, cantad himnos de gozo a la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: “¡Ha salvado el Señor a su pueblo, al Resto de Israel!” Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Con ellos vienen ciegos y cojos, embarazadas y paridas juntas. Una enorme comunidad vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre (Jr 31, 7-9). El pueblo volverá a la tierra emocionado ante la bondad de Dios. El pasaje destaca los cuidados de Dios. Él se manifiesta como “padre para Israel”, destacando su misericordia.

También en la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, caben todo tipo de personas. Y Jesucristo nos da a conocer a Dios como Padre. El pueblo de Dios es un pueblo que no excluye a pobres y desfavorecidos, es más, los incluye. Dice el profeta: “Entre ellos hay ciegos y cojos”. Es una familia de familias, en la cual quien tiene dificultades no se encuentra marginado, dejado atrás, sino que consigue estar al mismo paso que los otros, porque este pueblo camina al paso de los últimos; como se hace en las familias, y como nos enseña el Señor, que se ha hecho pobre entre los pobres, pequeño con los pequeños, último con los últimos. No lo ha hecho para excluir a los ricos, a los grandes y a los primeros, sino porque es el único modo de salvarlos también a ellos, para salvar a todos: ir con los pequeños, con los excluidos y con los últimos (Papa Francisco).

Por ese cuidado paternal de Dios, existe en la Iglesia el sacerdocio. Cristo es el Sumo Sacerdote que puede realmente liberarnos de todo pecado. El único Sacerdote perfecto. Nuestro Sumo Sacerdote, Jesucristo, eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñaran, en nombre suyo, el oficio sacerdotal: ejerciendo públicamente en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de Maestro, Sacerdote y Pastor. Porque todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios; para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede compadecerse hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él rodeado de flaqueza (Hb 5, 1-2). Estas palabras de la Carta a los Hebreos constituyen una definición, breve y exacta, de lo que es todo sacerdote, pues tiene como oficio propio el de ser mediador entre Dios y el pueblo. Los sacerdotes participan de la misma misión de Cristo: por un lado, entrega al pueblo las cosas divinas; y, por otro, ofrece a Dios las oraciones del pueblo, y satisface a Dios por los pecados de ese mismo pueblo.

El sacerdote, cuya identidad es ser Cristo mismo- está llamado a sembrar la semilla de la palabra de Dios -la semilla que lleva en sí el reino de Dios-, a distribuir la misericordia divina, y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Su vida es de total dedicación a Cristo; es una vocación que requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría (San Juan Pablo II). El sacerdote debe atender a la salvación de las almas con toda solicitud, con la caridad y con el consejo, siendo instrumento de Cristo o prolongación de su santísima Humanidad.

Como buen pastor, debe hacer todas las cosas para salvar las almas, rescatadas por Cristo a tan gran precio, y encaminarlas hacia el amor de Dios. El oficio de buen pastor es un oficio delicado en extremo: exige mucho amor y mucha paciencia, valentía, competencia, mansedumbre; también, prontitud de ánimo y un gran sentido de responsabilidad. El descuido de esta misión ocasionaría gravísimos daños al pueblo de Dios: el mal pastor lleva a la muerte incluso a las ovejas fuertes (San Agustín).

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo (Hb 5, 3). Los sacerdotes no actúan en nombre propio, ni so representantes del pueblo, sino que desempeñan su misión sagrada en nombre de Dios. Entre las cualidades morales que son necesarias al sacerdote están la misericordia y la compasión, dos virtudes que le llevarán a acoger a los pecadores y a la vez le moverán al deseo de reparar por sus pecados. El sacerdote, como todo hombre, es pecador. Por eso, en el ceremonial del Antiguo Testamento para el Día de la expiación, el Sumo Sacerdote, antes de entrar en el “Santo de los Santos”, ofrecía un sacrificio por sus propios pecados; asimismo, los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen la responsabilidad de ser santos, de rechazar el pecado, de pedir perdón por sus propias faltas y de interceder por los pecadores. El modelo que el sacerdote debe considerar siempre es el de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Palabras de Benedicto XVI a los presbíteros de Roma: Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Ésta es nuestra vocación sacerdotal: sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar fruto.

Presentemos también al Señor la urgente necesidad que la Iglesia tiene de encontrar jóvenes generosos y dispuestos a asumir la gozosa tarea de hacer ministerialmente presente a Cristo. Y pidamos a Santa María por la santidad de todos los sacerdotes y para que todos los cristianos veamos con los ojos de la fe y sintamos en nuestro corazón el amor paternal de Dios.

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Se acercan a él (Jesús) Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: “Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos” (Mc 10, 35). Santiago y Juan se dirigen a Jesús para pedirle algo que deseaban de todo corazón: estar junto a su Maestro bien cerca, pero no solamente aquí en la tierra, sino también en el Cielo. Y piden con confianza, pues habían oído de labios del Señor: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). También a nosotros Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados. Preguntémonos: ¿Acudimos al Señor con humildad, confianza y perseverancia, o nos cansamos fácilmente cuando no nos escucha enseguida? Si hablamos con el Señor en una oración de petición, en ese diálogo filial con Dios, oiremos la misma pregunta que hizo Jesús a los dos hermanos: ¿Qué queréis que os conceda? (Mc 10, 36). Es entonces cuando los boanerges (hijos del trueno) manifestaron su deseo. Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda (Mc 10, 37). Hay que reconocer que fueron muy atrevidos.

No temamos nosotros pedir demasiado. Seamos atrevidos, como los niños pequeños, que a Dios le gusta este atrevimiento, clara manifestación de amor y de confianza sin límites; y pidamos mucho. En la oración de los fieles en la Misa hay una cuantas peticiones que hacemos a Dios. Tengamos fe en la eficacia de nuestra petición. En la carta que escribió san Clemente Romano a los corintios está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías (San Clemente I, Carta a los Corintios).

Dios siempre escucha nuestras peticiones, pero en su Sabiduría infinita tiene dispuestas las cosas a veces de manera distinta de cómo nosotros quisiéramos. Por eso Jesús les dice a Santiago y a Juan: Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está dispuesto (Mc 10, 40). Pero antes de decirles esto, les preguntó: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Ellos le dijeron: “Sí, podemos”. Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber, sí lo beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado (Mc 10, 38-39). Con la imagen del cáliz, Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.

Beber el cáliz significa sufrir persecuciones y martirio por el seguimiento de Cristo. Podemos: Los hijos de Zebedeo contestaron audazmente que sí; esta generosa expresión evoca aquella otra que escribiría años más tarde san Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). Después de la respuesta afirmativa de los dos hermanos, el Señor les profetiza que sí beberán el cáliz. Y efectivamente, así fue. Santiago el Mayor murió mártir en Jerusalén hacia el año 44. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Y san Juan después de haber sufrido cárcel y azotes en Jerusalén, padeció largo destierro en la isla de Patmos.

También en nuestros días, a principios del tercer milenio de cristianismo, muchos hermanos nuestros en la fe están bebiendo el cáliz de la persecución, el cáliz del martirio. Los mártires de hoy -que son muchos- no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar, verdaderamente, de “una nube de testigos”: los mártires de hoy.

La Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que fueron llamados juntos al supremo testimonio del Evangelio. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron fuerza para permanecer fieles. Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena. Conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia. Ellos no eran barnizados; eran cristianos hasta el final; pidámosle su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad (Papa Francisco).

Recemos también por esos miles de cristianos que, lejos de las ambiciones terrenas, son capaces de beber cada día el cáliz de la pobreza, de la soledad, de la lejanía de sus familias y patria. Están entregando su vida, día a día, para anunciar el mensaje de Cristo en tierras de misión.

Al decir Cristo el cáliz que yo voy a beber y el bautismo conque yo voy a ser bautizado, se refiere a su Pasión, profetizada por Isaías en los Cantos del Siervo de Yavé, que hablan de un “siervo” que padece una serie de sufrimientos con valor redentor. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos (Is 53, 10-11).

Los sufrimientos del siervo no son consecuencia de una culpa personal, sino que tiene un valor de expiación vicaria. Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina (Teodoreto de Ciro). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. San Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo estas palabras de Isaías: Tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado.

San Mateo ofrece la verdadera interpretación de los milagros de Jesús a la luz de la profecía de Isaías: las obras de Jesús son también una revelación sobre su Persona: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1505).

Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención: Toda la vida de Cristo es misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 517).

Continuemos con el relato del pasaje evangélico. Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan (Mc 10, 41). Es admirable la humildad de los Apóstoles que no callaron sus momentos anteriores de flaqueza y de miseria, sino que las contaron con sinceridad a los primeros cristianos. También Dios ha querido que en los Santos Evangelios quedara constancia histórica de aquellas primeras debilidades de los que iban a ser columnas inconmovibles de la Iglesia. Son las maravillas que obra en las almas la gracia de Dios. Nunca deberemos ser pesimistas al considerar nuestras propias miserias, porque por la gracia podemos dejar esas flaquezas y debilidades.

En la Carta a los Hebreos se dice que tenemos un Sumo Sacerdote que ha penetrado en los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firme nuestra confesión de fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que siendo como nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (Hb 4, 14-15). El Señor se compadece de nuestras miserias. Por eso debemos poner nuestra confianza en Él, tener fe en su misericordia. Cristo Jesús no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos (Teodoreto de Ciro).

Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno (Hb 4, 16). Hemos de acudir siempre a la misericordia de Dios; una misericordia que no tiene límites. Aún cuando el hombre, con ingratitud hacia su Creador, se rebeló contra Él, el amor de Dios no se apagó: en el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Y a lo largo de toda la historia, sigue derramando gracias sobre sus criaturas.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente porque Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Javier Echevarría).

Santiago y Juan querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios, reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realizaciones terrenas… Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán de poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad. Jesús, llamándoles, les dice: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos” (Mc 10, 42-45).

El ejemplo y las palabras del Señor son como un impulso para que todos sintamos la obligación de vivir el auténtico espíritu de servicio cristiano. Sólo el Hijo de Dios bajado del Cielo y sometido a las humillaciones a la que Él quiso entregarse (Belén, Nazaret, el Calvario, la Hostia Santísima) puede pedir al hombre que se haga el último, si quiere ser el primero. Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los demás con visión netamente sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. Esta actitud cristiana chocará sin duda con los criterios humanos. Sin embargo el “orgullo” del cristiano, identificado con Cristo, consistirá precisamente en servir.

María fue “deprisa” a casa de santa Isabel cuando se enteró del embarazo de su prima. Se levanta y va a servir a Isabel que está necesitada. Nos da ejemplo de espíritu de servicio. El servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Pidamos a la Virgen que sepamos servir con alegría, como hizo Ella.

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” (Mc 10, 17). Quien pregunta es un joven israelita que ha crecido a la sombra de la Ley del Señor. Y seguramente su pregunta surgió de la profundidad de su corazón, porque es una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. Al comentar este pasaje evangélico, san Juan Pablo II dijo: Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro que revela plenamente la voluntad de Dios y enseña la verdad sobre el obrar moral.

Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10, 18). Con esta respuesta, el Señor indica a su interlocutor -y a todos nosotros- que la respuesta a la pregunta que le ha hecho el joven sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a Aquél que sólo es el Bueno. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque Él es el Bien. Por tanto, interrogarse sobre el bien significa en su último término dirigirse a Dios, que es la plenitud de la bondad.

En los tiempos actuales, en que falsos profetas han sembrado una confusión muy grande en temas morales, y se ha perdido el sentido del pecado de tal forma que no se ve pecado en nada, hay que decir que el bien es pertenecer a Dios, obedecerle cumpliendo los mandamientos, y que sólo ahí está la felicidad del hombre. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19, 17). No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre (Mc 10, 19). Diciendo esto, el Señor enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los preceptos de Dios. Los mandamientos de la Ley de Dios indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud (Mc 10, 20). No es fácil decir con la conciencia tranquila todo eso lo he guardado, si se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. En toda la Ley Dios se hace conocer y reconocer como Aquél que solo es Bueno, como Aquél que, a pesar del pecado del hombre, continúa siendo el modelo del obrar humano, según su misma llamada: Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo (Lv 19, 2); como Aquél que, fiel a su amor por el hombre, le da su Ley para restablecer la armonía originaria con el Creador y todo lo creado, y aún más, para introducirlo en su amor. Teniendo en cuenta esto, la vida moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre.

Algunos se preguntarán: ¿Es posible observar siempre, durante toda la vida, la Ley de Dios? Con solo esfuerzo humano, el hombre no logra cumplir la Ley. El cumplimiento puede lograrse sólo como un don de Dios. Es decir, con la ayuda de la gracia, la respuesta es afirmativa. Cristo nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia.

San Mateo recoge una nueva pregunta del joven: ¿Qué me falta aún? (Mt 19, 20). El joven, ante la persona de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. El Maestro bueno le invita a emprender el camino de la perfección. Fijando la mirada en él, le dijo: Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme (Mc 10, 21). El camino y el contenido de esta perfección consiste en el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismo. Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Apóstoles; pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo. Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana.

La conclusión del diálogo de Jesús con el joven rico es amarga. La respuesta del joven a la invitación divina fue negativa. No quiso arriesgar nada, tuvo miedo a ser generoso. No se decidió a desprenderse de sus riquezas; y una tristeza invadió todo su ser. El evangelista dice: Se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes (Mc 10, 22). También hoy día, como en otros tiempos, hay quienes se asustan de la llamada de Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones humanas. Tanto el Señor como los apóstoles vieron marcharse al joven.

La conducta del joven rico dio ocasión a Jesucristo para exponer la doctrina sobre el uso de los bienes materiales, pues el apego a ellos puede llegar a ser una verdadera idolatría que impide el acceso al Reino de Dios. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: “¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios”. Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: “Y ¿quién se podrá salvar?” (Mc 10, 23-26). Ante esta pregunta de sus discípulos, el Maestro pone ante los ojos el poder de Dios, y les responde diciendo: Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios (Mc 10, 27). Para recorrer el camino que conduce al Cielo, que no es otro que imitar y revivir el amor de Cristo, no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido. El don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer fruto es la caridad.

En la Sagrada Escritura se nos habla de la verdadera riqueza que es la Sabiduría, este don del Espíritu Santo que nos hace saborear las cosas de Dios. Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos (Sb 7, 7-11). El sabio por excelencia de la tradición del Antiguo Testamento, el rey Salomón, no recibió la sabiduría por nacimiento. Por eso la imploró, la suplicó. Y prefirió la sabiduría a todos los bienes, cetros y tronos, piedras preciosas, oro y plata, salud y belleza, hasta la luz del sol. Porque pidió la sabiduría y no otras cosas, Dios le concedió junto a ella todos los bienes que no había pedido.

Encontramos en este pasaje bíblico un reflejo de las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, donde nuestro Señor nos exhorta a buscar ante todo el reino de Dios y su justicia; el resto se nos dará por añadidura; manifiesta la superioridad de los bienes espirituales sobre los materiales. Los espirituales nos consiguen la amistad de Dios. Si un hombre pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría; por el contrario, si, fiándose de la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo (Benedicto XVI)

El seguir a Cristo, estar con Él, ser acompañado en el camino de la vida por Él, es un bien inmenso. San Pedro con total confianza le dijo al Señor: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mc 10, 28). Seguir a Jesús significa renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo; es poner nuestra confianza en Él, sabiendo que nos indicará el camino de la salvación. Así pues, quien emprende el camino siguiendo a Cristo encuentra vida en abundancia, poniéndose del todo a disposición de Dios y de su reino. Y el Señor no se deja ganar en generosidad: Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna (Mc 10, 29-30).

Respondiendo a la pregunta de san Pedro, Jesús expresa la parte positiva de la entrega a Él y por el Evangelio: además de la vida eterna, el discípulo, al ser y saberse hijo de Dios y hermano de sus hermanos, multiplica por cien lo que entregó. En esa promesa el Señor incluye las persecuciones, pero éstas, como ya lo experimentaron san Pedro y los demás apóstoles, engendran alegría cuando se sufren por Cristo. En cambio, rechazar la voz de Dios es condenarse a la tristeza.

La raíz profunda del seguimiento a Cristo es el amor. El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio (Papa Francisco).

En el Evangelio Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. El papa Francisco habla de su experiencia de este seguimiento de Cristo: Seguir a Jesús siempre es difícil. Para mí fue difícil. Hay momentos difíciles, en los que te sientes solo, te sientes árido, sin gozo interior. Hay momentos oscuros, de oscuridad interior. Pero es muy bello seguir a Jesús, ir por el camino de Jesús, que luego sopesas y sigues adelante. Y luego llegan momentos más bellos. Pero nadie debe pensar que en la vida no habrá dificultades.

De los tres evangelios sinópticos, sólo el de san Marcos dice que Jesús fijó la mirada en el adolescente que se dirigió a Él llamándole Maestro bueno. ¿Cómo era la mirada de Jesús? En algunas ocasiones su mirada aparecía como imperiosa y entrañable; en otras, estaba llena de amor, como fue cuando miró al joven rico. También hubo circunstancias en que la mirada del Señor se llenaba de tristeza; y a veces, era una mirada de compasión. Pero siempre la mirada de Jesús es viva y eficaz como la Palabra de Dios que penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4, 12). La mirada penetrante de Jesús ponía el descubierto el alma frente a Dios. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta (Hb 4, 13). Es algo que debemos tener el cuenta, pues seremos juzgados por el mismo Señor. Nuestra intimidad más honda, nuestros pensamientos e intenciones quedarán patentes ante Jesús; nada permanecerá oculto para Dios.

El Señor nos mira con cariño, con ese amor propio de un corazón lleno de ternura. Acojamos el amor misericordioso del Señor, sin defraudarle nunca. Él, con su mirada, nos indica el camino de la perfección, que no es otro que el de seguirle. Se lo pedimos a Santa María. Ella se entregó por completo a la llamada de Dios, convirtiéndose así en fuente de la bondad que mana de Él. ¡Madre, guíanos hacia tu Hijo! Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento.

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Entonces dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda adecuada para él (Gn 2, 18). Formó una mujer y la presentó al hombre (Gn 2, 22). El matrimonio, instituido por Dios, autor de la naturaleza humana, desde el inicio de la vida del hombre sobre la tierra, forma parte del designio de Dios sobre la humanidad. Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne (Gn 2, 24).

La Sagrada Escritura se sirve reiteradamente de la imagen del matrimonio para expresar el amor de Dios a los hombres. Del matrimonio como “obra de Dios” se trata en varios lugares tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento. Hay unanimidad en los Santos Padres al proclamar el origen divino del matrimonio. Todos sostienen que el matrimonio ha sido querido por Dios desde el “principio”. Y por tener el matrimonio su origen en Dios, sólo a Él corresponde señalar la naturaleza, fines y propiedades esenciales del matrimonio, como lo recordó Cristo en el Sermón de la montaña.

El matrimonio no fue instituido ni establecido por obra de los hombres, sino por obra de Dios; que fue protegido, confirmado y elevado no con leyes de los hombres, sino del Autor mismo de la naturaleza, Dios, y del Restaurador de la misma naturaleza, Cristo Señor; leyes, por tanto, que no pueden estar sujetas al arbitrio de los hombres, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges (Pío XI, Encíclica Casti connubii). Por tanto, lo decimos de nuevo -conviene insistir-, el matrimonio en lo que respecta a su naturaleza, fines y propiedades, no depende de la voluntad humana.

El matrimonio hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer, y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son.

De los dos relatos bíblicos de la Creación del hombre, leídos en la Tradición de la Iglesia a la luz de la revelación definitiva en Cristo, se desprenden algunos elementos fundamentales para comprender el plan divino sobre el matrimonio.

En primer lugar, Dios, que es Amor y vive en mismo un misterio de comunión personal de amor, ha creado al hombre, varón y mujer, a su imagen y semejanza, es decir, con la dignidad de persona, y por tanto como un ser capaz de amar y ser amado. Más aún, lo ha creado por amor y lo llama al amor, no a la soledad: ésta es la vocación fundamental e innata de todo ser humano.

En segundo lugar, varón y mujer son iguales en su dignidad de personas y, a la vez, distintos: su condición sexuada -masculina o femenina- es condición de la persona entera, que da lugar a dos modos diversos, igualmente originarios, de ser persona humana.

En tercer lugar, precisamente esa diversidad los hace complementarios: entre todas criaturas vivientes solo el varón y la mujer se reconocen como ayuda adecuada el uno para el otro en cuanto personas: como otro yo a quien es posible amar.

En cuarto lugar, en virtud de esa complementariedad natural, la atracción espontánea entre varón y mujer puede convertirse, por obra de su entrega mutua, en una unión tan profunda que hace de los dos “una sola carne”, y por tanto es indivisible (como la propia carne, que no puede separarse sin mutilación) y exige fidelidad exclusiva y perpetua (no pueden ser ya otra carne, siendo una sola).

Y por último, esa unión lleva aparejada la bendición divina de la fecundidad, como promesa y como misión conjunta del varón y la mujer hechos una sola carne por elección y entrega recíproca.

Por tanto, la dignidad personal del varón y de la mujer, y su consiguiente vocación al amor, encuentran una primera y fundamental concreción en el matrimonio: una comunión de amor fecunda, que -a semejanza del amor divino- se vuelca en dar la vida a otros y en cuidar del mundo, ámbito de la existencia humana.

De este modo, la unión conyugal es imagen visible grabada en la naturaleza humana desde su origen- de la comunión de amor personal que se da en la vida íntima de Dios, y del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Al mismo tiempo, y por la misma razón, es imagen de la realización plena de la vocación del hombre al amor, que culmina en la unión eterna con Dios.

El matrimonio es de institución divina, no humana. Se define así: Es la unión marital de un hombre y una mujer, entre personas legítimas, para formar una comunidad indivisa de vida. Es unión, que significa tanto el consentimiento interior y exterior por el que se contrae el matrimonio, como el vínculo permanente que nace de ese consentimiento. Y esa unión es marital, ya que el hombre y la mujer en el matrimonio se unen para llevar una legítima vida marital, entregando y recibiendo el derecho mutuo a la unión física de por sí apta para engendrar hijos.

Además, la unión debe ser de un hombre y una mujer, personas de distinto sexo. No es matrimonio, por mucho que en algunos países se haya legalizado, el llamado matrimonio homosexual. Pero también hay que fijarse en los dos artículos –un y una-, pues se excluye del concepto de matrimonio la poligamia. También se dice que esa unión debe ser entre personas legítimas, pues, por ley natural o por ley positiva, no todas las personas pueden contraer matrimonio, o bien no lo pueden contraer con determinadas personas.

Termina la definición dada con estas palabras: para formar una comunidad indivisa de vida. Con esto se quiere decir que el matrimonio es indisoluble, y exige que sea así también la unión de vida que origina: unión de vida doméstica, es decir, de habitación, mesa y lecho; unión de voluntades por la caridad y el deseo de actuar en común.

El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas: es una auténtica vocación sobrenatural (Es Cristo que pasa, n. 23). El apóstol san Pablo, en la carta que escribió a los cristianos de Éfeso, al referirse al matrimonio como sacramento, dice: Este misterio es grande, mas yo lo declaro de Cristo y de la Iglesia (Ef 5, 32). Decía san Josemaría Escrivá en una homilía que tituló El matrimonio, vocación cristiana que el matrimonio es un contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre, porque -queramos o no. el matrimonio instituido por Jesucristo es indisoluble: signo sagrado que santifica, acción de Jesús, que invade el alma de los que se casan y les invita a seguirle, transformando toda la vida matrimonial en un andar divino en la tierra.

El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación, asumido en el designio total de la salvación, adquiere también en él nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad, lo ha honrado y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia.

En el siglo XIX había en Francia un profesor insigne, Federico Ozanam (beatificado por san Juan Pablo II). Enseñaba en La Sorbona. Era elocuente, estupendo. Tenía un amigo sacerdote, Lacordaire, que solía decir: Éste es tan estupendo y bueno que se hará sacerdote y llegará a ser todo un obispo. Pero no. Encontró a una señorita excelente y se casaron. A Lacordaire no le sentó bien y dijo: Pobre Ozanam, también él ha caído en la trampa. Dos años después Lacordaire viajó a Roma y fue recibido por el papa beato Pío IX. Venga, venga, padre -le dijo el Pontífice-; siempre había oído decir que Jesús instituyó siete sacramentos; ahora viene usted, me revuelve las cartas y me dice que ha instituido seis sacramentos y una trampa. No, padre, el Matrimonio no es una trampa, es un sacramento muy grande.

Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquélla; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10, 11-12). La indisolubilidad del matrimonio fue establecida por Dios, no es un capricho de la Iglesia. Ésta interpreta de modo autorizado el Evangelio, e igualmente hace con la Ley natural.

Nuestro Señor Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. Su Iglesia no debe permitir que su doctrina en esta materia sea oscurecida. Sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio (San Juan Pablo II, Discurso 17.XI.1978). El divorcio es una espada de Damocles sobre el amor de los esposos: engendra incertidumbre, temor, sospechas.

El amor matrimonial es donación propia al otro, pero tan íntima y noble, tan leal y confiada, que por una parte exige todo, y por otra excluye a todos. El otro amor es un amor decapitado si admite reservas, provisionalidad, separación.

Se ha dicho: El matrimonio cristiano son las dos orillas de un río, y el puente, Dios. Mientras subsista el puente, siempre estarán unidas las orillas. Si los esposos tienen siempre en medio de ellos a Jesús, también con su oración en común, no les será difícil caminar juntos con amor, fidelidad, acuerdo mutuo, comprensión recíproca y paciencia, con paz; y sus hijos recibirán de ellos la educación mejor, el mejor buen ejemplo, el recuerdo más entrañable y saludable.

En el libro de Tobías está el consejo que da el arcángel san Rafael al joven Tobías cuando éste va a casarse con Sara: Óyeme, y te enseñaré cuáles son aquellos sobre quienes tiene potestad el demonio. Son los que abrazan con tal disposición el matrimonio, que apartan de sí y de su mente a Dios, dejándose llevar de su pasión, como el caballo y el mulo que no tienen entendimiento; ésos son sobre quienes tiene poder el demonio (Tb 6, 16-17).

Un matrimonio cristiano no puede desear cegar las fuentes de la vida. Porque su amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio… Además, como recordaba Tobías a Sara, los esposos saben quenosotros somos hijos de santos, y no podemos juntarnos a manera de los gentiles, que no conocen a Dios” (Surco, n. 846).

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

Santa María, Reina de la familia, haz que todos los hombres y mujeres que han recibido la vocación cristiana al matrimonio lo vivan santamente.

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Descendió el Señor en la nube y habló con él (Moisés). Luego tomó un poco del espíritu que había en Moisés y lo infundió a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo. Se habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían ido a la tienda, eran de los señalados. Y profetizaban en el campamento (Nm 11, 25-26). San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje bíblico, dice: Se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros. En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo, y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, cita esa promesa de Dios, que está en el libro del profeta Joel: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán (Hch 2, 17-18).

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión y transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas. No sólo lo recibieron los que habían sido reunidos por Moisés en la tienda, sino también el espíritu reposó sobre Eldad y Medad que, habiéndose quedado en el campamento, no habían acudido a la tienda. Lo mismo ocurrió en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva. Además de los que estaban reunidos en el cenáculo, también otros muchos recibieron el Espíritu Santo, como es el caso de Cornelio y sus familiares. San Pedro había acudido a la casa de Cornelio y estando allí hablando de Jesucristo descendió el Espíritu Santo sobre todos (Hch 10, 44). Y viendo lo sucedido, san Pedro dijo: ¿Podrá alguien negar el agua para bautizar a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47). Esta escena de la casa de Cornelio presenta cierta analogía con lo ocurrido en Pentecostés. Allí fue dado el Espíritu Santo a los primeros discípulos, todos ellos judíos. Ahora se comunica también a los gentiles, de modo inesperado e irresistible.

Volvamos al texto bíblico del libro de los Números. Un muchacho corrió a referíserlo a Moisés, y le dijo: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento”. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, replicó: “Mi señor Moisés, prohíbeselo” (Nm 11, 27-28). En el Evangelio hay un pasaje parecido. Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros” (Mc 9, 38). Josué y Juan son dos jóvenes celosos por las cosas de Dios, pero con un celo mal enfocado. Josué pidió a Moisés que prohibiera a Eldad y a Medad que profetizaran; y el apóstol Juan no pidió a Jesús que prohibiera a uno que expulsaba demonios en su Nombre, sino que manifestó a Cristo un hecho ya consumado: se lo hemos prohibido. Las respuestas que recibieron son semejantes. Moisés dijo a Josué: ¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá todos los del pueblo fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su espíritu! (Nm 11, 29). Y Jesús contestó al discípulo amado: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros (Mc 9, 39-40).

No se lo prohibáis. Con su respuesta a Juan, Cristo previene a sus discípulos -y en ellos, a todos los cristianos- contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en los trabajos de apostolado, que está bien expresado en el triste refrán: El bien, si no lo hago yo, ya no es bien. Asimilemos la enseñanza del Señor, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo. San Josemaría Escrivá aconsejaba: Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. -Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Después, tú a tu camino: persuádete de que no tienes otro (Camino, n. 965). En la Iglesia hay diversos carismas. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Son muchos los que trabajan en la viña del Señor. Debido a la acción del Espíritu Santo, hay en la Iglesia una relación entre multiplicidad y unidad; es decir, armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu.

En la Iglesia primitiva vemos a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión distinta que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo, y fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar en la riqueza de la fe, y se convirtió en el Apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo. Los ministerios y los carismas en la Iglesia, son dones del Señor resucitado y elevado al cielo. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles (Benedicto XVI).

Dios no se deja ganar en generosidad y siembra. Siembra su presencia en nuestro mundo. Amor que nos da la certeza honda: somos buscados por Él, somos esperados por Él. Esa confianza es la que lleva al discípulo a estimular, acompañar y hacer crecer todas la buenas iniciativas que existen a su alrededor. Dios quieren que todos sus hijos participen de la fiesta del Evangelio. No impidáis todo lo bueno, dice Jesús, por el contrario, a crecer. Poner en duda la obra del Espíritu, dar la impresión de que la misma no tiene nada que ver con aquellos que “no son parte de nuestro grupo”, que no son “como nosotros”, es una tentación peligrosa. No bloquea solamente la conversión a la fe, sino que constituye una perversión de la fe. La fe abre la “ventana” a la presencia actuante del Espíritu y nos muestra que, como la felicidad, la santidad está siempre ligada a los pequeños gestos. “El que os dé a beber un vaso de agua en nombre -dice Jesús, pequeño gesto- no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41) (Papa Francisco).

El Señor habla de recompensa por el bien que se hace, pero no deja de advertir que los que realicen el mal -en especial, a los que escandalicen- sufrirán castigos eternos. Y así se comprende esas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal. Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Mc 9, 42-43.45.47-48). Estas advertencias van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda estimación de bienes temporales.

Con la palabra gehenna, Cristo se refiere al infierno. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035). Para evitar este castigo eterno, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con Él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.

En la Carta de Santiago, el autor sagrado reprende con extraordinaria severidad el comportamiento y los abusos de algunos. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5, 3-6). A esos hay que recordarles las palabras del Señor: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

La Iglesia continuamente implora la misericordia de Dios, que quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). En el Canon romano de la Misa le decimos a Dios: Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. Y en la Liturgia de la horas hay un himno que nos habla de la misericordia de Dios: El Señor nos ha redimido por su muerte en la cruz. Por tu amor y compasión no nos dejes en poder de nuestras culpas, ilumina nuestras vidas, renovados por la sangre de tu Hijo. Hemos sido pecadores y nos hemos rebelado contra ti; no nos niegues, Padre nuestro, el abrazo de tu gran misericordia.

En su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, para pedir a los hombres “no ofender más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Es el dolor de la Madre que la hace hablar; está en juego la suerte de sus hijos. Por eso decía a los pastorcillos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificio por los pecadores, que muchas almas van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellos” (San Juan Pablo II, Homilía 13.V.2000).

Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 30-31). Nuestro Señor Jesucristo anuncia repetidas veces a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. San Mateo cuenta a continuación de la última vez que Jesús hace este anuncio que se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, que se llamaba Caifás, y acordaron apoderarse de Jesús con engaño y darle muerte (Mt 26, 3-4). San Juan también habla de una convocatoria. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín (Jn 11, 47). Y ¿cuál fue el motivo? Ver qué hacer con Jesús. Y la decisión tomada fue el de darle muerte. Anteriormente san Juan se refiere a otra reunión, también de los sacerdotes y fariseos. En esta ocasión Nicodemo salió en defensa de Jesús: ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberlo oído antes y conocer lo que ha hecho? (Jn 7, 51). ¿Hubo unanimidad en la condena del Señor? No, porque José de Arimatea, varón bueno y justo, miembro del Consejo, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 50-51).

Lo tratado en esas reuniones aparece en el libro de la Sabiduría, escrito siglos antes de la pasión del Señor: Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara pecados contra la Ley y nos culpa de faltas contra la educación que recibimos. Veamos si son veraces sus palabras, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si el justo es de verdad hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su rectitud y probar su paciencia. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le asistirá (Sb 2, 12.17-20). Estas palabras de los impíos, dichas de forma irónica, tienen eco en los ultrajes de los escribas, fariseos, ancianos y príncipes de los sacerdotes contra Jesús en la cruz. Confió en Dios, que le salve ahora si le quiere de verdad, porque dijo:”Soy Hijo de Dios” (Mt 27, 43); Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 32); El pueblo estaba mirando, y los jefes se burlaban de él y decían: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si él es el Cristo de Dios, el elegido (Lc 23, 35).

Jesús dice a sus apóstoles lo que le va a suceder en Jerusalén, pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle (Mc 9, 32). San Marcos muestra la dificultad de los discípulos para entender las palabras de Jesús. No se les pasa por la cabeza que el Mesías tenga que sufrir y morir de forma afrentosa. Y es que únicamente con la gracia es posible entender estas verdades. Comenta san Anastasio de Antioquía: Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Predecían también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas estas, que sólo las conoce Él y aquellos a quienes las revela.

¿Por qué temían preguntarle? Quizás para que su Maestro no diera más detalles de los sufrimientos que iba a padecer, lo cual les entristecería más aún. Pero si se sabe ciertamente por qué callaron cuando, estando ya en casa, les preguntó: “¿De qué hablabais por el camino?” (Mc 9, 33). Aquí el evangelista sí dice el motivo: Callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor (Mc 9, 34). Lo que Jesús preguntó a sus apóstoles, una pregunta aparentemente indiscreta. Y esa pregunta también puede hacérnosla a nosotros hoy. Es como si nos dijera: ¿De qué habláis cotidianamente? ¿Cuáles son vuestras aspiraciones? Los apóstoles callaron porque les daba vergüenza decirle a Jesús de lo que hablaban. Como a los discípulos de ayer, también hoy a nosotros, nos puede acompañar la misma discusión: ¿Quién es el más importante?

El Señor sabía aprovechar las ocasiones para ir formando a los suyos. Esta vez con motivo de una discusión de sus discípulos mantenida a sus espaldas. Entonces se sentó y, llamando a los doce, les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todo” (Mc 9, 35). Y les habla de la actitud que deben tener, que debemos tener los cristianos. Una actitud de servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, pues el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir (Mc 10, 45). Jesús nos dice que la vida auténtica se vive en el compromiso concreto con el prójimo: servir, cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo. Son los rostros sufrientes, desprotegidos y angustiados a los que Jesús propone mirar e invita concretamente a amar.

Entre las personas más frágiles están los niños. Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquél que me ha enviado” (Mc 9, 36-37). En los Santos Evangelios se ve la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Mc 10, 14). Los ángeles de los niños reflejan la mirada de Dios, y Dios no pierde nunca de vista a los niños. Existe una tierna y misteriosa relación de Dios con el alma de los niños. Es una relación real que Dios quiere y Dios la cuida. El niño está listo desde el nacimiento para sentirse amado por Dios. En el alma inocente de los niños está el amor de Dios. Si miramos a los niños con los ojos de Jesús, podríamos realmente entender en qué sentido protegemos a la humanidad. Los niños son una promesa de vida, y Dios vigila esta promesa desde el primer instante.

Los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y también para la Iglesia, porque nos remiten constantemente a la condición necesaria para entrar en el reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor y perdón.

A mí me gusta decir que en una sociedad bien constituida los privilegios solamente deben ser para los niños y para los ancianos, porque el futuro de un pueblo está en manos de ellos. Los niños porque ciertamente llevarán la fuerza delante de la historia y los ancianos porque son la sede de la sabiduría de un pueblo y tienen que aportar esa sabiduría. Los horrores de la manipulación educativa que hemos vivido en las grandes dictaduras genocidas del siglo XX no han desaparecido: conservan su actualidad bajo ropajes diversos y propuestas que fuerzan a caminar a los niños por el camino dictatorial del “pensamiento único”. Me decía hace poco un gran educador: “A veces uno no sabe si con estos proyectos educativos manda al niño a la escuela o a un campo de reeducación”. Me viene a la mente el logotipo de la Sagrada Familia sobre un burrito escapando a Egipto defendiendo al Niño. A veces para defender hay que escapar. A veces hay que quedarse y proteger. A veces hay que pelear. Pero siempre hay que tener ternura (Papa Francisco).

El mismo Dios se hizo niño en Belén, y será para siempre signo de ternura y de su presencia en el mundo. El Niño de Belén es frágil, como todos los recién nacidos. No sabe hablar y, sin embargo, es la Palabra que se ha hecho carne, que ha venido a cambiar el corazón y la vida de los hombres. Este Niño, como todo niño, es débil y necesita ayuda y protección. También hoy los niños necesitan ser acogidos y defendidos desde el seno materno. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano.

Queremos para ellos un mundo mejor. En la Carta de Santiago se habla de la existencia en el mundo de envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad (St 3, 16). Es verdad, pero hay que continuar leyendo. En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia es sembrado con paz entre aquellos que promueven la paz (St 3, 17-18). ¿Quiénes promueven la paz? Los “pacíficos” de las Bienaventuranzas, que son -debemos ser los cristianos- los que crean a su alrededor un ambiente propicio para el desarrollo de la justicia y la santidad. Todo cristiano que se esfuerza por vivir de acuerdo con la fe recibida realiza una siembra de santidad y justicia llena de paz. Sólo así, sembrando paz y alegría, se construye un mundo más humano y más fraterno para ofrecérselos a los niños de hoy.

Vemos que en el mundo hay guerras y peleas entre los hombres. ¿De dónde proceden? El apóstol Santiago contesta, preguntando a su vez: ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (St 4, 1). El pecado de Adán rompió la armonía que existía en el mundo; se desataron las pasiones. El hombre estropeó el mundo que Dios había creado. ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios (St 4, 4).

¿Pero qué se entiende por mundo? La palabra mundo tiene varias acepciones. La primera designa al conjunto de la creación, y dentro de ella la humanidad, los hombres, a quienes Dios ama entrañablemente. En este contexto se entiende la enseñanza de san Josemaría Escrivá: El mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yavé lo miró y vio que era bueno. En segundo lugar, mundo indica los bienes de la tierra, de suyo caducos y que pueden presentar oposición a los bienes del espíritu. Finalmente, porque los hombres malos han sido esclavizados por el pecado y por el demonio, príncipe de este mundo, el mundo es considerado a veces como enemigo de Dios y contrario a Cristo y a sus seguidores. En este sentido el mundo es malo, y por eso Jesús no es del mundo, ni lo son sus discípulos. Sí, el cristiano no es mundano, pero está en el mundo. Son cosas diferentes. Y está en medio del mundo para cristianizar la sociedad desde dentro. Un escritor francés dijo: El mundo sólo será salvado por unos cuantos hombres que estén plenamente en el mundo, pero que no se parezcan en nada al mundo.

En la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Ese don requiere ser implorado incesantemente en la oración. Recordemos el cartel: En la base de la paz está la oración. Este don se debe implorar y se debe acoger cada día con empeño, en las situaciones en las que nos encontramos. Le pedimos a Santa María, Reina de la paz, por este don divino para que los niños de hoy encuentren un mundo mejor.

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Homilía (Ciclo B)

Celebra la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La Cruz es misterio de amor, misterio que sólo se entiende desde el corazón y desde el amor, y al cual sólo puede aproximarse en la oración y en las lágrimas. En la Cruz se reveló al máximo el amor de Dios por la humanidad. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito (Jn 3, 16). y por este motivo exaltamos la Cruz en la que murió Cristo. El Padre “dio” al Hijo para salvarnos, y esto implicó la muerte de Jesús, y la muerte en la Cruz. Por medio de la Cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La Cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2014).

La Cruz parece determinar el fracaso de Jesús, pero en realidad manifiesta su victoria. En el Calvario, quienes se burlaban de Él, le decían: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz (Mt 27, 40). Pero era verdadero lo contrario: precisamente porque era el Hijo de Dios estaba allí, en la Cruz. Cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa Cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero.

¿Por qué fue necesaria la Cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La Cruz de Jesús expresa toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. El árbol del conocimiento del bien y del mal colocado en medio del Paraíso, hizo tanto mal; por él vino la ruina del género humano. Por el árbol de la Cruz, situado en el Calvario, nos trajo la salvación; en él Cristo nos abrió las puertas del Cielo. La Cruz nos salva de las consecuencias del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer del fruto del árbol del Paraíso. Por eso la Cruz es camino para encontrar a Jesucristo, nuestro Redentor, que da su vida por amor. Porque la Cruz nos habla de un Dios que ha querido asumir la historia del hombre y caminar con nosotros tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para librarnos de la esclavitud del pecado.

Ha llevado él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el árbol de la cruz, a fin de que muertos al pecado, vivamos a la justicia. Por sus llagas habéis sido curados (1 P, 2, 24). En la Cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. Jesús en la Cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la Cruz. La Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría de ser salvados.

La primera lectura de la Misa de esta fiesta de la Cruz está tomada del libro de los Números. Se narra la protesta del pueblo contra Moisés, que es al mismo tiempo contra Dios. ¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese alimento tan ligero (Nm 21, 5). Ante esta nueva queja de los israelitas, el Señor les envió serpientes venenosas que mordían al pueblo, y murió mucha gente de Israel (Nm 21, 6). Ya en el Paraíso terrenal una serpiente -el demonio- con su veneno consiguió -al engañar a Eva- introducir la muerte en el mundo. Ante el castigo, Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. También nosotros tenemos un intercesor en el Cielo. Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo (1 Jn 2, 1). Reconociendo su pecado, el pueblo pidió a Moisés: Ruega al Señor que aparte de nosotros las serpientes (Nm 21, 7). La paciencia de Dios no tiene límite y su misericordia es infinita. La súplica de Moisés en favor del pueblo hizo que Dios levantara el castigo.

El Señor dijo a Moisés: “Haz una serpiente venenosa y ponla sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá”. Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida (Nm 21, 8-9). Y así hizo Moisés una serpiente de bronce colocándola sobre un mástil. Esta serpiente era el remedio indicado por Dios para curar a quienes eran mordidos por las serpientes venenosas en el desierto. La serpiente de bronce curaba, pero era signo de dos cosas: del pecado hecho por la serpiente, de la seducción de la serpiente, de la astucia de la serpiente; y también era señal de la cruz de Cristo. Era una profecía. La salvación sólo viene de la cruz, pero de esta cruz que es Dios hecho hombre. No hay salvación en las ideas, no hay salvación en la buena voluntad, en el deseo de ser buenos… No. La única salvación está en Cristo crucificado, porque sólo Él, como significaba la serpiente de bronce, ha sido capaz de tomar todo el veneno del pecado y nos ha curado allí (Papa Francisco, Homilía 4.IV.2017).

La serpiente de bronce se menciona en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la Cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre para que todo el que crea tenga vida en él (Jn 3, 14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia Él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.

La segunda lectura es el conocido himno de la Carta a los Filipenses, conocido como la kénosis. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre (Flp 2, 6-11). Este es uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento que revelan la divinidad de Jesucristo. Es un testimonio claro de que los cristianos proclamaban desde el principio que Jesús, nacido en Belén, crucificado, muerto y sepultado, el mismo que resucitó, era verdaderamente Dios y hombre a la vez.

El himno se puede dividir en tres partes. La primera, trata de la humillación de Cristo al hacerse hombre. La segunda, constituye el centro de todo el pasaje, y proclama hasta qué límite llegó su humildad: en su condición de hombre aceptó por obediencia morir en la Cruz. La tercera, describe su gloriosa exaltación. San Pablo tiene presente la divinidad de Jesús, en virtud de la cual existía desde toda la eternidad. Centra su atención, no obstante, en la muerte en la Cruz como ejemplo supremo de humildad. Su humillación no consistió solamente hacerse hombre, como nosotros, ocultando la gloria de su Divinidad en su Humanidad santísima, sino que además llevó una vida de sacrificios y sufrimientos, que alcanzarían su consumación en la Cruz, en la que fue despojado de todo, como un esclavo. Pero, una vez cumplida su misión, vuelve a manifestarse con toda la gloria que en virtud de su naturaleza divina le corresponde, y que su naturaleza humana había merecido.

El Hombre-Dios, Jesucristo, culmina su existencia terrena en la Cruz, y, por la Cruz, entra en su gloria, como Señor y Mesías. Cristo nos da una admirable lección de humildad y obediencia; y nos invita a seguirle, pero por su mismo camino, el de la Cruz, el de la humillación. Y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27). La vida cristiana es un camino divino, marcado por las huellas de Jesucristo en su paso por esta tierra. Y esta senda hay que recorrerla llevando nuestra propia Cruz. No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz. Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá). Sí, el encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad de Dios, van ineludiblemente unidos. No es posible un cristianismo sin Cruz. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin Cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, pero no discípulos del Señor.

Cuando miramos a Jesús en la Cruz, hay cuadros bonitos pero la realidad es otra: Cristo estaba, sobre todo, ensangrentado por nuestros pecados. Ésta es la realidad que Él ha tomado para vencer a la serpiente en su campo. Mirar la Cruz de Jesús, no las cruces artísticas, bien pintadas: mirar la realidad, que era la cruz en ese tiempo. Si un cristiano quiere ir adelante en el camino de la vida cristiana debe abajarse, como se abajó Jesús. Es el camino de la humildad, sí, pero también de llevar sobre sí las humillaciones como las ha llevado Jesús (Papa Francisco, Homilía 14.IX.2015).

El pasaje evangélico narra el encuentro de Jesús con Nicodemo. En el desarrollo del mismo, el Señor explica el misterio de la Cruz: Jesús bajado del Cielo para llevarnos a nosotros a subir al Cielo. Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre (Jn 3, 13). Es una afirmación solemne de la divinidad de Jesús. Nadie sube al Cielo y, por tanto, nadie puede conocer perfectamente los secretos de Dios, sino el mismo Dios que se encarnó y bajó del Cielo: Jesús, Segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Hombre profetizado en el Antiguo Testamento, el cual ha sido concedido señorío eterno sobre todos los pueblos, naciones y lenguas. Al encarnarse el Verbo no deja de ser Dios. Y así, aunque está en la tierra en cuanto hombre, no por eso deja de estar en el Cielo en cuanto Dios. Sólo después de la Resurrección y Ascensión, Jesucristo está en el Cielo también en cuanto hombre.

Con su paso por la tierra, Cristo nos enseña el camino del Cielo; nos invita a recorrer esa senda con Él. Y ésta es nuestra alegría: caminar con Jesús. Sin embargo, que nadie piense que la vida cristiana es cómoda, porque la vía escogida por Nuestro Señor es la vía de la Cruz. Pero no tengamos miedo a la Cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. Por eso, cuando la tierra cubra nuestro cuerpo, sobre la tumba: la Cruz. Esa Cruz que, en medio de la muerte, es señal de vida, de resurrección.

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19, 25). ¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen la Cruz de su Hijo! Aprendamos de Ella a amar la Santa Cruz.

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo )

En Cesarea de Filipo tuvo lugar la confesión de Pedro en la mesianidad de Jesús, diciendo: Tú eres el Cristo (Mc 8, 30). El evangelista san Mateo añade a esas palabras estas otras: El Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16); y san Lucas pone en boca de Pedro: El Cristo de Dios (Lc 9, 20). Inmediatamente después esta confesión, Jesucristo anuncia por primera vez a los apóstoles su pasión, muerte y resurrección. Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días (Mc 8, 31). En otras dos ocasiones el Señor hablará de su pasión, pero concretando más: El Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles; se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, pero al tercer día resucitará (Mc 10, 33-34). En la tercera predicción, Jesús dice: Se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por medio de los Profetas acerca del Hijo del hombre (Lc 18, 31).

De todos los Profetas, el que describe con más señales la pasión y muerte de Cristo es Isaías, en los poemas del Siervo de Yavé, también conocidos como La Pasión del Señor según Isaías. Por eso, a este profeta se le ha llamado el evangelista del Antiguo Testamento. Nuestro Señor citaría a Isaías en esos anuncios de su pasión y muerte, como también en la conversación que mantuvo con los discípulos de Emaús cuando comenzando por Moisés y por todos los Profetas les interpretaba en todas las Escrituras lo que se refería a Él (Lc 24, 27).

En su pasión, Cristo en todo momento acepta la voluntad de Dios Padre. En Getsemaní, le dice a su Padre: Si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Seiscientos años, ya estaba profetizado: Yo no me he rebelado, no me he echado atrás (Is 50, 5). Cristo conocía bien la Escritura. Era consciente de los sufrimientos que iba a padecer. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas a quienes me arrancaban la barba. No he ocultado mi rostro a las afrentas y salivazos (Is 50, 6). Es exactamente lo que hizo Nuestro Señor. Su docilidad a la voluntad divina le llevó a aceptar sin rechistar ni queja alguna esos sufrimientos. El Señor Dios me sostiene, por eso no me siento avergonzado; por eso he endurecido mi rostro como el pedernal y sé que no quedaré avergonzado. Cerca está el que me justifica: ¿quién litigará conmigo? Comparezcamos juntos. ¿Quién es mi adversario? Que se acerque a mí (Is 50, 7-8). Estos dos versículos destacan la fortaleza del Siervo de Yavé: si sufre en silencio no es por cobardía, sino porque Dios le ayuda y le hace más fuerte que sus verdugos. Él saldrá victorioso, permanecerá, mientras sus adversarios se desvanecerán. Todos ellos se gastarán como un vestido, la polilla los devorará (Is 50, 9).

Los evangelistas vieron cumplidas la profecía de Isaías en Jesucristo, especialmente en lo que se refiere al valor del sufrimiento y a la fortaleza callada del Siervo de Yavé. Jesús anunciando su pasión y muerte se revela como Siervo sufriente. La descripción de los sufrimientos que tuvo que afrontar resonó en el corazón de los primeros cristianos -y deben continuar resonando hoy días en nuestros corazones- al meditar que comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas (Mt 26, 67), y que más adelante los soldados romanos le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían e hincando las rodillas se postraban ante él (Mc 15, 19). El Señor se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, de forma que puso su cuerpo, sus espaldas a los golpes; y los latigazos hirieron ese divino pecho y sus mejillas no se apartaron de las bofetadas.

San Pablo hace alusión en la Carta a los Romanos a estas palabras de Isaías: Mirad, el Señor Dios me sostiene, ¿quién podrá condenarme? (Is 50, 9), al aplicar a Cristo Jesús la función de interceder por los elegidos en el pleito permanente con los enemigos del alma: ¿quién puede pretender vencer en una causa contra Dios? Sí, Jesucristo que murió, resucitó y está a la derecha de Dios, intercede por nosotros. En la historia bimilenaria de la Iglesia siempre ha habido persecuciones contra los discípulos del Señor. Cuando se habla de persecuciones contra los cristianos, no hay que remontarse sólo a los primeros siglos, a las persecuciones de los emperadores romanos. La Iglesia ha sido atacada en todas las épocas. Ya lo dijo Cristo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. (Jn 15, 18).

Como todos sabemos, el siglo XX fue un tiempo de martirio. Muy bien lo puso de relieve el Papa Juan Pablo II, que pidió a la Iglesia “actualizar el Martirologio” y canonizó y beatificó a numerosos mártires de la historia reciente. Por tanto, si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, al inicio del tercer milenio se puede esperar un renovado florecimiento de la Iglesia, especialmente donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio (Benedicto XVI). También en estos albores del siglo XXI se persigue a los cristianos. Hay un laicismo sectario y anticatólico que pretende que lo religioso no tenga ninguna influencia en la vida ordinaria de los hombres, además de querer ridiculizar a los creyentes. Pero esta pretensión es como tratar de morder un bloque de granito. La victoria siempre caerá del lado de Dios.

¿Por qué anuncia Jesús su pasión? Para enseñar a sus discípulos -y a todos los cristianos de todos los tiempos- el verdadero sentido de su misión: la salvación se realiza a través del sufrimiento y de la cruz. A san Pedro le costó comprender que el triunfo de Cristo fuera realmente la cruz, y con gran osadía, tomando a Jesús aparte se puso a reprenderle (Mc 8, 32). Es como si le hubiera dicho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de la cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin cruz. Por ese atrevimiento, oyó de labios del Señor una fuerte reprensión: ¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres (Mc 8, 33). Jesucristo le reprendió abiertamente porque su modo de ver las cosas era incompatible con el plan salvífico de Dios. Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Comenta el papa Francisco: Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor, somo mundanos. Quisiera que todos tuviéramos el valor de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la Sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado.

Después de reprender a san Pedro, Jesús dice claramente que quien quiera seguirle tiene que estar dispuesto a la renuncia de sí mismo. Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8, 34-35). Estas palabras del Señor debieron de parecer estremecedoras a quienes las escuchaban, pero dan la medida de lo que Cristo exige para seguirle: no un entusiasmo pasajero, ni una dedicación momentánea, sino la renuncia de sí mismo, el cargar cada uno con su cruz. Porque la meta que el Señor quiere para todos es la bienaventuranza del Cielo. Y a la luz de la vida eterna es como se ha de valorar la vida presente que es transitoria, relativa, medio para conseguir la vida definitiva de la Gloria. Morir por la fe es don para algunos, para todos aquellos que Dios concede la palma del martirio; pero vivir la fe es una llamada para todos. No damos la vida sólo en el momento de la muerte: debemos darla día a día, siendo testigos de Cristo en el mundo actual.

La senda que hemos de recorrer se dibuja muy clara: la ha trazado Jesucristo durante su vida terrena, y la Iglesia la conserva intacta mediante sus sacramentos y sus enseñanzas, que nos hablan de cumplir amorosamente la Voluntad del Padre. Nosotros estamos llamados a caminar por el sendero abierto por el Hijo de Dios hecho hombre, para compartir así su marcha gozosa hacia el Padre, también en los momentos de auténtico dolor (Javier Echevarría).

Hay quienes pretenden convertir el cristianismo en algo fácil, sin sacrificio alguno; de hacerlo conformista y con el modo de vida mundano. Es una tremenda equivocación. El cristianismo no puede dispensarse de la cruz. Sin cruz, se convertiría en una interpretación cómoda de la vida que no conduciría al Cielo. El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una Gran Promesa: la promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas. Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4).

El apóstol Santiago especifica que la fe debe tener obras. ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? (St 2, 14). Una fe sin obras no puede salvar. En la vida del cristiano tiene que haber una completa sintonía y coherencia entre la fe que profesa y las obras que practica. Las tres virtudes teologales están estrechamente relacionadas. Por eso se debe mantener encendidas las luces de la fe, de la esperanza y la caridad. Preguntémonos: ¿A quién hemos “contagiado” con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos alentado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo?

Fe y esperanza. Quien no tiene fe, no tiene luz; quien no tiene religión, no tiene esperanza. Y la fe y la esperanza aseguran que nuestra vida continúa más allá de ese terrible momento que se llama muerte.

Fe y caridad. La fe, además de suponer una firme adhesión a las verdades reveladas, ha de influir en la vida ordinaria. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Es un ejemplo muy gráfico. Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas. La fe, si no tiene obras, está realmente muerta (St 2, 17). La doctrina cristiana llama también “fe muerta” a la persona que está en pecado mortal: al no estar en gracia de Dios, no tiene la caridad, que es como el alma -la forma- de todas las virtudes. La fe si no va acompañada de la esperanza y de la caridad, ni une perfectamente con Cristo, ni hace miembro vivo de su Cuerpo. Por cuya razón se dice con toda verdad que “la fe sin obras está muerta y ociosa (Concilio de Trento).

Alguno podrá decir: “¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe” (St 2, 18). El apóstol Santiago subraya con fuerza el contrasentido que encierra una fe desprovista de obras. Fe. ‑Da pena ver de qué abundante manera la tienen en su boca muchos cristianos y con qué poca abundancia la ponen en sus obras. ‑No parece sino que es virtud para predicarla, y no para practicarla (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 579).

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre. Ella nos precede y continuamente nos confirma en la fe. A Ella confiamos nuestro itinerario de fe, de una fe con obras, de una fe que nos hace ver en la Cruz de Cristo nuestra salvación.

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el Evangelio según san Lucas se narra que cuando estando ya cerca el tiempo de su partida, Jesucristo decidió ir a Jerusalén. Y envió por delante unos mensajeros, que entraron en una aldea de samaritanos para prepararle hospedaje, y no lo acogieron, porque daba la impresión de ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Santiago y Juan dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?” Y volviéndose, les reprendió, y se fueron a otro pueblo (Lc 9, 52-56).

Es muy posible que a los dos apóstoles les viniera a la memoria lo que sucedió con Sodoma y Gomorra, de cómo Dios castigó aquellas dos ciudades, con una lluvia de fuego azufre que destruyó todo. Y sintiendo como una gran ofensa a su Maestro que no le recibieran, de que cerraran las puertas del pueblo a Jesús, pensaron que los samaritanos de aquella aldea debían ser castigados. Jesús reprocha a los apóstoles Santiago y Juan este deseo de venganza. Con paciencia les explica a sus discípulos que esto que le piden los hijos del Zebedeo es opuesto a la misión del Mesías, que no ha venido a perder a los hombres sino a salvarlos. Comenta el papa Francisco: El Señor se giró y les reprochó: “Éste no es nuestro espíritu”. El Señor va siempre adelante, nos hace conocer cómo es el camino del cristiano. No es, en este caso, un camino de venganza. El Espíritu cristiano es otra cosa, dice el Señor. Es el espíritu que Él nos hará ver en el momento más fuerte de su vida, en la pasión, espíritu de humildad, espíritu de mansedumbre.

Cuando vemos tantas injusticias en este mundo; clínicas que se dedican a matar seres humanos en el seno materno; el negocio bien floreciente de la pornografía; el tráfico de drogas; los abusos sexuales a los niños; ideologías totalmente contrarias a lo establecido por Dios al crear al hombre (varón y mujer); soldados niños en guerras tribales; prostitución infantil en países subdesarrollados; traficantes de seres humanos convertidos en esclavos; leyes opuestas a la Ley de Dios como la del matrimonio entre personas del mismo sexo… ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres (Benedicto XVI).

Lo nuestro es la impaciencia, nosotros tenemos una gran prisa por juzgar, clasificar, poner de este lado a los buenos y del otro a los malos. Sin embargo, Dios es paciente, sabe esperar. Dios es un Padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Jesucristo, con su ejemplo, nos enseña que el celo por las cosas de Dios no debe ser áspero y violento.

La paciencia de Dios no es indiferencia ante el mal. No se puede crear confusión entre el bien y el mal. En la parábola de la cizaña, ante la impaciencia de los servidores por arrancar la mala hierba, está la actitud del propietario del campo que es de espera paciente, pero de una espera fundada en la certeza de que el mal no tiene ni la primera ni la última palabra. Y ante la cizaña que vemos hoy día en el mundo, el cristiano, fiel discípulo del Señor Jesús, está llamado a imitar la paciencia de Dios, alimentar la esperanza con el apoyo de una firme confianza en la victoria del bien, es decir de Dios. ¿Y cuántas veces, gracias a esta paciencia de Dios, la cizaña misma, es decir el corazón malo con muchos pecados, al final ha llegado a ser buen trigo? San Pedro escribe en su segunda Carta: (El Señor) usa de paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 P 3, 9). El Príncipe de los apóstoles recuerda que, en su gran misericordia, Dios no busca la condenación, sino que todos los hombres se salven y usa con ellos de una maravillosa paciencia. ¿Hemos pensado en la paciencia de Dios, en la paciencia que tiene con cada uno de nosotros?

En el mundo, en nuestra sociedad, al igual que en el campo de la parábola de la cizaña, se ha sembrado el mal en medio del bien, de tal modo que es imposible a nosotros los hombres separarlos claramente; pero Dios, al final, podrá hacerlo. Nada se escapa a Dios (Qo 3, 15). Jesucristo dijo a los que le apresaron, a los sumos sacerdotes, oficiales del Templo y ancianos: Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Luego, ¿el hombre pecador tiene su hora? -Sí…, ¡y Dios su eternidad! (Camino, n. 734). Al final, Dios dará a cada uno el premio o el castigo que haya merecido, según está escrito el libro del profeta Isaías: Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará (Is 35, 4).

Él vendrá y os salvará. Isaías profetiza la venida del Mesías, del Salvador del mundo, y los milagros que probarán que es el que “había de venir”. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán; saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo (Is 35, 5-6). El mismo Cristo hará referencia a estos milagros como señal de la llegada de los tiempos mesiánicos cuando respondió a los discípulos del Bautista a la pregunta: ¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro? (Mt 11, 3). El Señor respondió: Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan sanos y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se anuncia el evangelio (Mt 11, 4-5).

En el Evangelio según san Marcos se narra uno de estos signos propios del Mesías y de su Reino. Se trata de la curación milagrosa de un sordomudo. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. Él, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: “Effatá”, que quiere decir: “¡Abrete!” Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente. Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7, 32-37).

Este milagro realizado por Jesucristo es un acontecimiento prodigioso que muestra cómo el Señor restablece la plena comunicación del hombre con Dios y con los otros hombres. En la curación del sordomudo podemos encontrar una imagen de la actuación de Dios en las almas: para creer, es necesario que Dios abra nuestro corazón, a fin de que podamos escuchar su palabra. Y después, anunciar con nuestra lengua las riquezas insondables de las enseñanzas de Cristo. El sordomudo que es llevado ante Jesús se transforma en el símbolo del no-creyente que recorre un camino hacia la fe. En efecto, su sordera expresa la incapacidad de escuchar y de comprender no solo las palabras de los hombres, sino también la Palabra de Dios. Y san Pablo nos recuerda que “la fe nace del mensaje que se escucha”. En el Bautismo, están el gesto y la palabra de Jesús: “¡Effatá!-¡Ábrete!” Y el milagro se cumplió: en el Bautismo hemos sido curados de la sordera del egoísmo y del mutismo de la cerrazón y del pecado y hemos sido incorporados a la gran familia de la Iglesia; podemos escuchar a Dios que nos habla y comunicar su Palabra a cuantos no la han escuchado nunca o a quien la ha olvidado y sepultado bajo las espinas de las preocupaciones y de los engaños del mundo (Papa Francisco).

Todo bautizado ha de confesar a Cristo ante el mundo, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado. Después de haber encontrado a Cristo, después de haber descubierto quién es Él, se debe sentir la necesidad de anunciarlo.

Manarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; el páramo se trocará en estanque, y secarral en manantiales de aguas (Is 35, 6-7). Es otra señal de la llegada del Mesías profetizada por Isaías. San Justino, mostrando al judío Trifón que esta profecía se cumple en Cristo, señala: Fuente de agua viva de parte de Dios brotó este Cristo en el desierto del conocimiento de Dios, es decir, en la tierra de las naciones.

En el pasaje de la samaritana, el Señor le ofrece a aquella mujer que ha ido a sacar agua del pozo de Jacob un agua capaz de saciar la sed de una vez para siempre. El que beba del agua que yo le daré, no tendrá nunca más sed, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta a la vida eterna (Jn 4, 14). Podemos ver en esta agua de la que habla Jesús el agua del Bautismo. Cristo se refiere a la transformación que realiza en cada hombre la participación de la vida divina, la gracia santificante, la presencia del Espíritu Santo, el don más excelente que habrían de recibir cuantos creyesen en Él.

Son muchas las ansiedades que bullen en nuestro interior, intensos deseos de felicidad y paz; quien recibe al Señor y se une a Él como los sarmientos a la vid, no sólo sacia su sed, sino que además se transforma en fuente de agua viva. Por eso dijo : Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, brotarán de su seno ríos de agua viva (Jn 7, 37-38). El Señor se presenta como Aquel que puede saciar el corazón del hombre y darle paz.

Tenemos en Cristo tres fuentes de gracia. La primera es de misericordia, en la que nos podemos purificar de todas las manchas de nuestros pecados. La segunda fuente es de amor; quien medita en los sufrimientos e ignominias de Jesucristo por nuestro amor, desde el nacimiento hasta la muerte, es imposible que no se sienta abrasado en la feliz hoguera que vino a encender por la tierra en los corazones de todos los hombres. La tercera fuente es de paz; quien desee la paz del corazón venga a mí, que soy el Dios de la paz (San Alfonso María de Ligorio).

Los ríos de agua viva riegan todas las naciones. Cristo vino a salvar a todos los hombres, porque Dios no admite acepción de personas (Dt 10, 17). Todos los que reciben las aguas bautismales son hechos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Ga 3, 26-28). Y todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación a la santidad y de idéntico destino, que es la vida eterna.

Es contrario al plan divino toda forma de discriminación, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión. Por eso el apóstol Santiago en su Carta se dirige a aquellos cristianos que hacían acepción o discriminación de personas por razón de su nivel social. Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: “Tú, siéntate aquí, en un buen lugar”; y en cambio al pobre le decís: “Tú, quédate ahí de pie”, o “Siéntate a mis pies”. ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? (St 2, 1-5).

Con el mismo amor con que Dios nos ama -y con su paciencia- realicemos gestos de fraternidad, de perdón y de reconciliación. Y le pedimos a Santa María que interceda ante su Hijo para que Él –fuente de agua que salta hasta la vida eterna– prepare nuestros corazones al encuentro con los demás hombres más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión.; y que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia, que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz. Y así ser manantiales de agua viva.

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Homilía (Ciclo B)

En el capítulo 6 del Evangelio según san Juan está la promesa de la Eucaristía. Después del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se retiró de nuevo al monte Él solo (Jn 6, 15), y los discípulos se hicieron a la mar, navegando hacia Cafarnaún. Durante la travesía, el Señor, andando sobre las aguas, se reunió con los apóstoles en la barca. Cuando llegaron a la orilla, muchísimas personas esperaban a Jesús. Al verlo, le dijeron: “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado (Jn 6, 25-26). Con su respuesta el Señor corrige la falta de rectitud de intención que les movía a seguirle, y de esta forma, los prepara para que puedan entender el llamado Discurso del Pan de Vida.

Cristo hace referencia a dos clases de alimentos: el perecedero y el que permanece para la vida eterna. El primero -el alimento corporal- sirve para la vida de este mundo; el segundo -el espiritual- sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Este alimento, que sólo Dios puede darnos, consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. Incluso, por infinito amor divino, en la Sagrada Eucaristía se nos da como alimento del alma el mismo autor de esos dones: Jesucristo. Él es el Pan de Vida.

Jesús les dice a los judíos: Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello (Jn 6, 27). O sea, buscad la salvación en el encuentro con Dios. Con estas palabras (Jesús) nos quiere hacer entender que más allá del hambre física el hombre lleva consigo un hambre más importante que no puede ser saciada con el alimento normal. Se trata de hambre de vida, hambre de eternidad que solamente Él puede satisfacer en cuanto es “el Pan de Vida”. Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento cotidiano, no, no elimina la preocupación de todo esto que puede volver la vida más avanzada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final en la eternidad, está en el encuentro con Él. Y este encuentro nos ilumina durante todos los días de nuestra vida, también los sufrimientos y las preocupaciones, serán iluminados por la esperanza de este encuentro (Papa Francisco, Homilía).

El discurso del Señor comienza con una introducción a modo de diálogo entre Jesús y los judíos. Estos le preguntan: “¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). La respuesta a esta pregunta nos interesa. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Hace dos mil años que Dios envió al mundo a su Hijo, el Mesías esperado no sólo por Israel, sino por toda la humanidad. ¿Y que pasó? Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). ¿Quiénes eran los suyos? Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquél por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge (Benedicto XVI).

¡Qué triste! A veces estamos tan ocupados en nosotros mismos que necesitamos todo el espacio y todo el tiempo para nuestras cosas, y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros, o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Sigamos con el diálogo. Los judíos preguntan de nuevo a Jesús: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: “Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 30-31). El maná fue una manifestación más de la especial providencia de Dios para con su pueblo durante su peregrinación por el desierto. Los israelitas, después de salir de Egipto, estando en el desierto tenían la necesidad perentoria de alimentarse. Al ver la escasez de alimentos, les dijeron a Moisés y Aarón: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yavé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea (Ex 16, 3). Pero ¿cómo Dios iba a permitir que su pueblo muriera de hambre en del desierto? Si Dios se cuida de las aves del cielo, ¿cómo no va a preocuparse de los hombres que valen más que las aves? Pero Cristo nos habló de buscar en primer lugar los bienes celestiales. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6, 33). La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida. Y Cristo nos da el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33).

Dios escuchó las quejas -murmuraciones- de su pueblo e hizo que todos los días apareciera en el campamento, caído del cielo, el maná. Por la mañana había una capa de rocío en torno al campamento. Y al evaporarse la capa de rocío apareció sobre el suelo del desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: “¿Qué es esto?” Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yavé os da por alimento” (Ex 16, 13-15). El maná era para los israelitas no sólo alivio para el hambre, sino, sobre todo, una señal de la presencia divina en un triple sentido: el Señor que los sacó del Egipto no los abandona; Él manifiesta la majestad de su gloria dominando sobre las criaturas; no los ha sacado para hacerlo morir, sino para que sigan viviendo a pesar de las dificultades.

Al pedirle una señal para que crean en Él, Jesucristo les dice: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo (Jn 6, 32). Los interlocutores de Jesús sabían que el maná -aquel alimento que diariamente recogían los judíos en su caminar por el desierto- era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso pidieron al Señor que realice un portento semejante. Pero no podían ni siquiera sospechar que el maná era figura de una gran don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía. Y Nuestro Señor les revela abiertamente que Él mismo es el pan que ha bajado del Cielo.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6, 34-35). Ir a Jesús es creer en Él, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que Él es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones del hombre. ¡Qué hermosa en nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 582). También nosotros le pedimos al Señor que nos dé el Pan de Vida. Señor, son muchos los trabajos que nos agobian día a día para procurar el alimento y el bienestar corporal perecedero. Y Tú nos dice: Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna. Te refieres al Pan de Vida. Y a veces qué poca importancia damos algunos días a la Eucaristía, que es el pan de Dios que baja del Cielo y da la vida al mundo. Le pedimos al Señor, con todo nuestro corazón que nos dé siempre de ese Pan, del Pan eucarístico, y que lo recibamos con toda el hambre de nuestra alma, con toda la gratitud de nuestro corazón.

Os digo esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de su mente (Ef 4, 17). El cristiano está llamado a la santidad. Por eso debe tener hambre de santidad y, de un modo muy especial, hambre de recibir a Cristo en la Eucaristía, alimento espiritual de su Cuerpo y de su Sangre, el Pan de Vida que le robustece para la lucha de cada día, dándole la fortaleza que necesita para entregarse generosamente a Dios y a los demás. Una santidad que está reñida por una vida disoluta y alejada de Dios, semejante a la que vivían los gentiles.

Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15, 4). Esta relación de íntima y recíproca “permanencia” nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para “saciarnos” de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el Cielo (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine). La Eucaristía es el alimento que nos sirve para la vida, el que nos da el mismo Jesucristo.

Yavé dijo a Moisés: “Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria” (Ex 16, 4). El signo del maná -con toda la experiencia del Éxodo- contenía en sí esta dimensión: era figura de un alimento que satisface la profunda hambre de amor, de vida y de eternidad que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo. Su Cuerpo es verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor.

Este Pan de Vida hace que nos despojemos del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias (Ef 4, 22), que renovemos el espíritu de nuestra mente y que nos revistamos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 24). La Eucaristía, como todo alimento, nos fortalece en la lucha contra las inclinaciones desordenadas de la concupiscencia y sus malos efectos, y nos ayuda a enfocar con visión sobrenatural todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, tal como conviene al hombre nuevo.

Jesús en la Eucaristía se hace alimento, el verdadero alimento que sustenta nuestra vida, incluso en los momentos durante los cuales la calle se vuelve dura y los obstáculos retardan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el compartir, el don. Lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte se vuelve riqueza, porque la potencia de Dios, que es la del amor, baja dentro de nuestra pobreza para transformarla (Papa Francisco).

Que Santa María, mujer eucarística, nos ayude a ser almas de Eucaristía.