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EL DÍA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En la primera carta de san Pablo a los tesalonicenses, el Apóstol, después de referirse a la segunda venida de Cristo a la tierra y de los acontecimientos que sucederán, escribe: Acerca del tiempo y de las circunstancias, hermanos, no necesitáis que os escriba, porque vosotros mismos sabéis muy bien que el día del Señor vendrá como un ladrón en la noche. Así, pues, cuando clamen: “Paz y seguridad”, entonces, de repente, se precipitará sobre ellos la ruina -como dolores de parto de la que está encinta-, sin que puedan escapar (1Ts 5, 1-3). ¿Cuál será el día del Señor? En la Sagrada Escritura aparece varias veces esta expresión –El día del Señor- referida a ese momento, en el que Dios interviene de modo decisivo e inapelable.

Los profetas hablan del “día de Yavé”, unas veces con acento de temor, y otras como con acento de esperanza. Nuestro Señor Jesucristo, en el sermón escatológico, anunció la destrucción de Jerusalén con unos rasgos similares a los utilizados por los profetas para hablar del “día de Yavé”. La ruina del Templo clausura la era judaica en la historia de la salvación, y prefigura la segunda venida de Cristo como Juez universal. En las cartas de san Pablo, lo mismo que en otros escritos del Nuevo Testamento, el “día del Señor” es el día del Juicio Universal, cuando Cristo aparezca en plenitud de gloria como Juez. El Apóstol de los gentiles se sirve de algunos ejemplos utilizados por el Señor en su predicación sobre la ruina de Jerusalén y el fin del mundo –el ladrón en la noche, los dolores de parto- para prevenir acerca de lo inesperado de ese día y con el fin de exhortar a estar preparados en todo momento. La segunda venida del Señor sorprenderá a todos los hombres en lo que estén haciendo, ya sea bueno o malo. De ahí que es temerario diferir el arrepentimiento para más tarde.

Pero vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón; pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino estemos en vela y seamos sobrios (1 Ts 5, 4-6). El ladrón llega de noche, cuando amparado por las tinieblas puede sorprender desprevenido al dueño de la casa. Ya Jesucristo había recurrido a esta metáfora, al decir que si el padre de familia supiera a qué hora vendrían a robarle, estaría entonces vigilando. Con ello se nos exhorta a vivir siempre en actitud de alerta, siempre en gracia de Dios, inmersos en la luz, en la luz de la fe. De este modo, si caminamos en la luz, del mismo modo que Él está en la luz, entonces tenemos comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado (1 Jn 1, 7).

La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha indicado con esta expresión el gran don traído por Jesucristo, que en el Evangelio de San Juan se presenta con estas palabras: “Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas”. En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, “cuyos rayos dan la vida”. Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso (Papa Francisco).

En el mismo sentido nos enseña la Iglesia que nuestros corazones se iluminan por medio de la fe (Catecismo Romano). Vivamos, por tanto, una vida transparente, transida por la luz divina. Así “el día del Señor”, que también se puede aplicar al día de la muerte de cada uno, no nos encontrará desprevenidos, aunque llegue de repente. Tengamos en cuenta la exhortación de san Pablo, estemos siempre vigilantes, pues no sabemos con certeza cuál será el último día de nuestra vida. El verdadero cristiano está siempre dispuesto a comparecer ante Dios. Porque, en cada instante -si lucha para vivir como hombre de Cristo-, se encuentra preparado para cumplir su deber (Surco, n. 875).

Estar preparados es tener las manos llenas de buenas obras. Para esto debemos hacer fructificar los dones que Dios nos ha concedido, porque el Señor nos pedirá cuenta. El mismo Jesús nos lo dice en la parábola de los talentos. Aunque es un poco larga, vamos a leerla entera. El Señor está hablando del Reino de los Cielos y dice: Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo el que había recibido dos, ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. llegado el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco diciendo: “Señor, cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado también el que había recibido los dos talentos: “Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado”. Le respondió su amo: “Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor”. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: “Señor, sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparcirte; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo”. Le respondió su amo, diciendo: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo de donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado mi dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses”. “Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que parece tener se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 25, 14-30).

Entregó sus bienes a sus servidores, dándoles a cada uno una cantidad según su capacidad. Los servidores no sabían lo que podría durar la ausencia: unos meses o quizá varios años. De igual manera, cada uno de nosotros, que hemos recibido talentos de Dios, no sabemos el tiempo que disponemos de vida. Cada vez menos, eso sí que es cierto. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hacer rendir los talentos. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar. No olvidemos nunca que también nosotros rendiremos cuenta a Dios de todos los dones de naturaleza y de gracia, recibidos del Señor.

¿Qué talentos hemos recibido de Dios? El hombre de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la eucaristía, la fe en el Padre celestial, su perdón… sus bienes más preciosos. Éste es el patrimonio que Él nos confía. No sólo para custodiar, sino para hacer fructificar. Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si dijera: “Aquí tienes mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y haz amplio uso de ellos”. Y nosotros, ¿qué hemos hecho con ello? ¿A quién hemos “contagiado” de nuestra fe (Homilía, 16.XI.2014).

Demos gracias a Dios por los talentos recibidos -nos lo ha dejado en depósito-, y trabajemos con ellos para ofrecer al Señor los frutos que hayamos conseguido. Él siempre es buen pagador. Que nunca nos sintamos orgullosos de lo que no es nuestro. Que no los ocultemos por falsa humildad. Que lo hagamos fructificar en beneficio de los que más necesitan una mano amiga. Cristo Jesús nos pide que negociemos con los talentos recibidos, que ocupemos los días en hacer el bien, en sembrar paz y alegría a nuestro alrededor, en difundir el mensaje evangélico, en poner amor de Dios en el trabajo que realizamos, en dedicar tiempo a las obras de misericordia, en santificar los deberes de nuestro estado… El tiempo pasa, como pasó para aquellos servidores de la parábola. Sí, también para el siervo malo, para el que se quedó tranquilamente en su casa, sin hacer nada para hacer fructificar el talento recibido. pasó el tiempo. Pero sus días estaban vacíos de buenas obras, su vida carecía de sentido. Demasiada pereza. Cuando se presentó a su señor, tuvo que oír aquellas palabras duras, de reprobación, y recibir el castigo merecido.

Entre los talentos que Dios nos dado, está el tiempo. Tú no puedes hacer que el día se detenga. Pero lo que sí puedes hacer es aprovecharlo y no perderlo (Proverbio latino). Con razón se llama tiempo perdido el que se gasta sin servicio de Dios ni provecho del prójimo. Cuando alguien entierra este talento que es el tiempo que Dios nos ha concedido de vida, está haciendo lo mismo que el siervo holgazán.

También el Señor nos ha dado una capacidad para el trabajo. En el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. Por tanto, debemos exigirnos en el cumplimiento de nuestros deberes profesionales, fijándonos -con motivo de ese empeño- el afán sincero de dar a Dios toda la gloria con un trabajo bien acabado, cumplido con diligencia por amor suyo. También son talentos esas cualidades concretas para realizar determinadas actividades, y sería una pena que no les sacásemos todo el aprovechamiento posible.

En el libro de los Proverbios está la alabanza a la mujer perfecta. En ella vemos a los que saben hacer lo oportuno en todas las circunstancias concretas de la vida, haciendo fructificar los talentos recibidos de Dios. Una mujer fuerte ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no le faltará ganancia. Le procura bien y no mal todos los días de la vida. Busca lana y lino y trabaja con diligencia. Aplica sus manos a la rueca, sus palmas empuñan el huso. Abre su palma al indigente, y extiende su mano al pobre. Falaz es la gracia y vana la hermosura, la mujer que teme a Dios será alabada. Dadle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas (Pr 31, 10-13.19-20.30-31). En esta fuerte mujer está prefigurada la Virgen María. Dios le concedió la plenitud de gracia, todas las virtudes e infinidad de dones. Estos fueron sus talentos a los que supo sacarles el máximo rendimiento.

A Santa María se suele invocar como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

A la Santísima Virgen le pedimos cuando rezamos el Avemaría que ruegue a Dios por nosotros en todo instante, pero especialmente en la hora de nuestra muerte, en “día del Señor” para cada uno. Y seguros estamos que Ella hará que nos presentemos ante el Señor bien preparados, con los talentos que Dios nos concedió y con los otros que hayamos ganados negociando con los primeros. Y entonces, por la infinita misericordia de Dios, escucharemos de labios de Nuestro Señor Jesucristo Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor.

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CON LAS LÁMPARAS ENCENDIDAS. Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; las necias al tomar sus lámparas no llevaron consigo aceite; las prudentes en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡señor, señor, ábrenos! Pero él les respondió: en verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora (Mt 25, 1-13).

La enseñanza principal de la parábola que hemos leído es la exhortación a la vigilancia. Hemos de estar siempre vigilantes. El Señor nos puede llamar en cualquier momento y siempre debemos estar preparados para salir a su encuentro, para entrar con él a las bodas. Las vírgenes prudentes tomaron aceite en las alcuzas juntamente con sus lámparas. Las otras cinco, -las necias- también eran vírgenes, pero al tomar las lámparas, no tomaron consigo aceite. Ese pequeño descuido hizo que fueran rechazadas.

El Señor no pierde ocasión de aconsejarnos, directamente o por medio de parábola, que estemos siempre alerta. ¿Quién nos asegura la vida terrena hoy, mañana o pasado? Los accidentes y las muertes repentinas no avisan. Pero el Señor sí que nos avisa de que estemos siempre en vela, preparado, muy unido a Él. Seguramente todos preferimos que el Señor nos conceda una muerte consciente, sabiendo que dejamos este mundo y vamos a la Patria celestial con Él. De esta forma podremos preparar mejor ese momento tan importante, sabiendo que quien decidirá nuestro destino eterno será Jesús, nuestro Amigo, que un día vendrá a llevarnos consigo.

Y nosotros, ¿cómo estamos preparados? En la práctica es tener la luz de la fe, que se mantiene viva con el aceite de la caridad. No es suficiente saberse miembro de la Iglesia, sino que es preciso estar vigilantes y prevenir con buenas obras la venida de Cristo. Esta vigilancia ha de ser continua, perseverante, porque continuo es el ataque del demonio que, como león rugiente, merodea buscando a quien devorar (1 P 5, 8). Un Padre de la Iglesia nos aconseja: Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad, con las obras…; prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen…, aliméntalas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca a la sala del banquete, donde su lámpara nunca se extinguirá (San Agustín).

Otra enseñanza de la parábola es la importancia de las cosas pequeñas. El cuidado amoroso de las cosas pequeñas es camino que conduce a Dios. El que es fiel en poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel, también es infiel en lo mucho (Lc 16, 10). Atentos, pues, a las cosas pequeñas, especialmente a las que se refieren a la vida de piedad. El Señor no es indiferente a un amor que sabe estar en los detalles. Cuidemos la urbanidad de la piedad, por ejemplo, haciendo bien las genuflexiones, rezando jaculatorias, guardando silencio en la iglesia, vistiendo con la ropa adecuada cuando asistimos a la Eucaristía, adoptando la postura correcta en las diversas partes de la Misa, prestando atención a las oraciones vocales… Alguien puede decir que son pequeñeces, sí, pero es el aceite, aquel aceite que no tomaron las vírgenes necias.

La vida es un conjunto de cosas pequeñas, de pequeños deberes. Y la santidad se alcanza en el heroísmo en la vida ordinaria, en lo pequeño. Son las cosas pequeñas hechas por amor, las que perfeccionan a un alma. ¿Has visto cómo levantaron aquel edificio de grandeza imponente? -Un ladrillo, y otro. Miles. Pero, uno a uno. -Y sacos de cemento, uno a uno. Y sillares, que suponen poco, ante la mole del conjunto. -Y trozos de hierro. -Y obreros que trabajan, día a día, las mismas horas… ¿Viste cómo alzaron aquel edificio de grandeza imponente? … -¡A fuerza de cosas pequeñas! (San Josemaría Escrivá).

El apóstol san Pablo, en su primera carta a los cristianos de Tesalónica, hace alusión a todos aquellos que murieron estando bien preparados para salir al encuentro del Señor. No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá con Él a los que murieron (1 Ts 4, 13-14). La expresión los que han muerto podemos sustituirla por esta otra: los que duermen, expresión que fue muy empleada por los primeros cristianos para referirse a los que murieron en la fe de Cristo. Ese modo de expresarse adquiere todo su sentido a causa de la fe en la Resurrección de Jesús y en que todos resucitaremos. No es un mero eufemismo, sino un modo de dejar claro que la muerte no es el fin. ¿Por qué se dice que duermen -se pregunta san Agustín- sino porque en su día serán resucitados?

En el Credo confesamos: Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Ésta es nuestra fe. Sabemos que la muerte no sólo el límite de nuestros días sobre la tierra, sino también la culminación de una vida en unión con Cristo, y pórtico de entrada en la Gloria. ¿Cuándo resucitaremos? La respuesta nos la da san Pablo: Cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán en primer lugar los que murieron en Cristo (1 Ts 4, 16). En la segunda venida de Cristo a la tierra, cuando sea el fin del mundo. Y resucitaremos con nuestro cuerpo, de igual manera que resucitó Jesucristo.

En el prefacio de la Misa de difuntos decimos: La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. Ésta es nuestra esperanza. Y porque queremos llegar a la mansión eterna del cielo, seguimos el consejo que Cristo da al terminar la narración de la parábola de las vírgenes: Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Llegará un día en que cada de nosotros oiremos una voz que nos dice: ¡mirad, ya viene el esposo, salid a su encuentro! Le pedimos al Señor que en ese momento nuestras lámparas se puedan encender porque hemos procurado durante la vida tener el aceite de la fe, de la esperanza y de la caridad.

También san Pablo, en la citada carta, nos habla de otro encuentro. Al referirse a la Parusía, y a la aparición de Jesucristo con toda su gloria, dice: Seremos arrebatados a las nubes (…) al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante, estemos siempre con el Señor. Consolaos con estas palabras (1 Ts 4, 17-18). Después del Juicio Universal, que tendrá lugar en ese momento, los justos -y por la infinita misericordia esperamos ser contados entre ellos- pasarán a gozar con el cuerpo y el alma de la bienaventuranza eterna, de la visión beatífica, contemplando a Dios cara a cara. Con esa felicidad Dios premia con creces todos los esfuerzos que se hayan realizado para conseguirla.

En una homilía, el papa Francisco decía: El problema no es “cuándo” sucederán las señales premonitorias de los últimos tiempos, sino el de estar preparados para el encuentro. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. La perspectiva del final no nos desvía de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Es esa virtud tan difícil de vivir: la esperanza, la más pequeñas de las virtudes, pero la más fuerte. Y nuestra esperanza tiene un rostro: el rostro del Señor resucitado, que viene “con gran poder y gloria”, que manifiesta su amor crucificado, transfigurado en la resurrección. El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz; la demostración de que el sacrificio de uno mismo por amor al prójimo y a imitación de Cristo, es el único poder victorioso y el único punto fijo en medio de la confusión y tragedias del mundo.

Como tardase en venir el esposo. Y viene el sueño. Procuremos nosotros estar siempre despiertos, yendo al encuentro de Dios. Y Dios sí viene a nosotros. Se adelanta. Lo dice el autor sagrado del libro de la Sabiduría. La sabiduría es resplandeciente e imperecedera; los que la aman la contemplan con facilidad, los que la buscan, la encuentran. Se adelanta a darse a conocer a quienes la anhelan. Quien madruga por ella no pasará fatigas, la encontrará sentada a la puerta. Pensar en ella es sensatez perfecta; quien vela por ella pronto estará libre de preocupaciones. Que ella misma anda buscando a los que le son dignos, se les muestra en los caminos con actitud benigna y les sale al encuentro llena de solicitud. Su comienzo verdadero es el deseo de instrucción, y desvelo de la instrucción, el amor (Sb 6, 12-17).

Salieron al recibir al esposo. Cuando oyeron el clamoreo de la llegada del esposo, las vírgenes prudentes no se quedaron en la casa esperando, sino que fueron a su encuentro con sus lámparas encendidas. Quien quiere conocer la verdad, no se queda quieto, sino que la busca con la luz de la razón. La Verdad es Jesucristo, el Verbo del Padre, la Sabiduría divina, que es resplandeciente e imperecedera. Jesucristo es la Verdad hecha Persona, que atrae hacia Sí al mundo. La luz irradiada por Jesús es el resplandor de la verdad. Cualquier otra verdad es un fragmento de la Verdad que es Él y remite a Él. Dios da la luz de la fe. Para que el quien busca la verdad la encuentre. En el texto bíblico, la sabiduría aparece personificada, es un atributo de Dios, y los atributos divinos se identifican con Dios. La Sabiduría -Dios- se adelanta a darse a conocer, desee y ponga los medios para adquirirla.

Invoquemos a la Santísima Virgen como Sedes Sapientiae. María es trono de la Sabiduría, ante todo, por haber concebido en su seno al mismo Verbo de Dios, Palabra Eterna del Padre, y a demás, por ser Esposa del Espíritu Santo, que la colma de sus dones. Pero lo es también por Contemplativa, porque tuvo un corazón humilde, vacío de sí mismo, capaz de recibir y de acoger y de guardar amorosamente cada Palabra del Señor, meditándola y haciéndola suya. De esta forma, la Llena de Gracia aprendió a crecer -como su Hijo- en Gracia y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres.

LA MISIÓN DEL BUEN PASTOR. Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Vosotros os habéis apartado del camino, habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 2, 8). Dios, por medio del profeta Malaquías, reprocha a los sacerdotes de Israel, a los que tenían la misión de guiar al pueblo elegido, de no haberlo hecho. En definitiva, de no ser buenos pastores. Tenían que conducir a los israelitas por el buen camino, pero al no obedecer el mandato del Señor de poner todo el corazón en glorificar el nombre de Dios, ese nombre que es respetado en las naciones (Ml 1, 14), han conducido al pueblo por una senda equivocada, haciendo tropezar a muchos. Por eso -dice el Señor de los ejércitos- os he hecho despreciables y abyectos para todos los pueblos, ya que nadie de vosotros guardó mis caminos e hicisteis acepción de personas ante la Ley (Ml 2, 9). Y de ahí que resulte ineficaz su tarea de pastorear: Enviaré contra vosotros la maldición y maldeciré vuestras bendiciones (Ml 2, 2). Para que resulte eficaz su ministerio, el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre la ley de Leví: el temor de Dios, la humildad y la veracidad en el hablar. Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses, se describe el comportamiento lleno de dulzura del buen pastor: Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. (1 Ts 2, 7-9). Esta conducta deben seguir todos los que en la Iglesia anuncian el Evangelio (sacerdotes, catequistas, misioneros y maestros). Bien lo entendió el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores. Al igual que san Pablo, deben transmitir la doctrina evangélica y, al mismo tiempo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. La vida de trabajo reforzó la autoridad moral del Apóstol de los gentiles cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería, y sirve de admirable modelo para todas las generaciones de cristianos. San Juan Crisóstomo, poniéndose en el lugar de san Pablo, glosaba: Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo.

La predicación del Evangelio requiere toda clase de atenciones, pero ha de ofrecer certezas sólidas basadas en la palabra de Dios que permitan el arraigo, desarrollo y madurez en la fe de quienes la han recibido. Por tanto, se debe conservar, transmitir, exponer y difundir la doctrina católica con absoluta fidelidad. Pero también sabiendo acoger a todos, sin ninguna distinción. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? (Ml 2, 10). El buen pastor debe amar a sus ovejas. San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en particular; con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en su vida de modo coherente con la fe. Por eso, su predicación fue eficaz y pudo escribir: No cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes (1 Ts 2, 13).

En el Evangelio vemos cómo Jesús pone en contraste la conducta de los escribas y fariseos con la que debe ser la de los maestros cristianos. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “rabbí” (Mt 23, 1-7). Estas palabras son una dura acusación contra los escribas y fariseos. En ellas delata sus principales vicios y corrupciones; y al mismo tiempo muestran el dolor y la compasión de Jesús hacia las gentes sencillas, mal conducidas por aquéllos, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Jesús ve en la situación de su tiempo cumplida la profecía de Ezequiel, en la que Dios, por medio de este profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías.

Moisés entregó al pueblo la Ley que había recibido de Dios. Los escribas, que pertenecían en su mayoría al partido de los fariseos, tenían a su cargo enseñar al pueblo la Ley mosaica; por eso se decía de ellos que estaban sentados sobre la cátedra de Moisés. El Señor reconoce la autoridad con que los escribas y fariseos enseñan, en cuanto que transmiten la Ley de Moisés; pero previene al pueblo y a sus discípulos acerca de ellos, distinguiendo entre la Ley que ellos leen y enseñan en las sinagogas y las interpretaciones prácticas que ellos muestran con su vida. También san Pablo -fariseo e hijo de fariseo, manifestará acerca de sus antiguos colegas un juicio idéntico al de Jesús: Tú, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?; tú, que predicas no hurtar, hurtas…; tú, que te glorías en la Ley, con la violación de la misma Ley, deshonras a Dios. Vosotros sois la causa, como dice la Escritura, de que sea blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles (Rm 2, 21-24).

Los fariseos y escribas decían, pero no hacían. Además, buscaban los honores, que los tuvieran por justos y sabios, que les saludaran en las plazas y que la gente les llamaran maestros. Los cristianos debemos servir y humillarnos. Pero siempre, independientemente de la conducta de los pastores, los fieles deben hacer y cumplir las enseñanzas del Señor. La tentación de la vanidad y de la codicia siempre está presente. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con dedo (Papa Francisco). Hay que predicar también con el ejemplo. Jesucristo dijo e hizo. Habló de rezar por los que nos persiguen y fue lo que Él hizo cuando le estaban clavando en la cruz.

Éstos son los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy (San Juan Pablo II).

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Mt 23, 8-12). Frente a la apetencia de honores, que mostraban los fariseos, el Señor insiste en que toda autoridad, y con más razón si es religiosa, debe ser ejercida como un servicio a los demás. Y, como tal, no puede ser instrumentalizada para satisfacer la vanidad o la avaricia personales. La enseñanza de Cristo es absolutamente clara: el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El espíritu de orgullo y de ambición nunca debe estar presente en quienes tienen la misión de pastorear a sus hermanos, los hombres.

¿Quién es el buen pastor? En principio, todo fiel cristiano debería ser buen pastor del prójimo. Pero más en concreto, todos los que tienen la misión de dar una formación cristiana a otros fieles (sacerdotes, catequistas, misioneros, maestros…). Y en especial, los sacerdotes. Decía Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma: El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

El modelo de Buen Pastor es Jesucristo. Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma (Mt 9, 36). En efecto, Nuestro Señor se llenó de compasión -el verbo griego es más profundamente expresivo: conmoverse en las entrañas- al ver al pueblo, porque sus pastores, en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. El papa Francisco se fija en los cuatro verbos que aparecen en ese versículo evangélico: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar “los verbos del Pastor”. Ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra.

Un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar al invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él.

El trabajo de pastorear produce cansancio, pero en ese cansancio hay que ver la belleza de la dedicación por los demás. El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Como el buen pastor siempre está cerca de sus ovejas, así los que tienen en la Iglesia el oficio de guiar a los fieles por el camino del Evangelio debe estar siempre de servicio y tener una cercanía con las personas que les han sido confiadas. Por supuesto, esto cansa pero, según palabras del papa Francisco, es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. Pero a pesar de esta fatiga, el papa Francisco indica a los sacerdotes que no pueden ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Y reitera la necesidad de pastores con olor a oveja y sonrisa de padre. Y añade: Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba.

Mis ovejas escuchan mi voz. Para el buen Pastor, lo que está lejos, periférico, lo que está perdido y despreciado es objeto de una atención mayor, y la Iglesia no puede sino hacer suya esta predilección y esta atención. En la Iglesia, los primeros son quienes tienen mayor necesidad, humana, espiritual, material, más necesidad. Hay que ir a buscar las ovejas perdidas. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se ha representado la figura del buen pastor, la del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros.

Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos dependen de los buenos pastores. Si a la cabeza de una parroquia hay un buen cura o párroco, se verá allí inmediatamente florecer la devoción, la frecuencia de sacramentos, oración mental en conformidad con el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, y según el Eclesiástico: Qualis est rector civitatis, tales et inhabitantes in ea (San Alfonso María de Ligorio).

Acudimos al patrocinio de la Divina Pastora para que cuide de nosotros que formamos parte del rebaño del Buen Pastor, Cristo Jesús.

DOS MANDAMIENTOS INSEPARABLES. Homilía del Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: “Maestro: ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?” Él respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas (Mt 22, 34-40).

San Mateo bien claro dice: le preguntó para tentarle. Su intención no era recta. Hay malicia, nada de inocencia. Pregunta a Jesús para hacerlo caer en una trampa. El Señor sabe que el doctor de la ley no actúa de buena fe, pero no quiere desaprovechar la ocasión que se le brinda para dar buena doctrina. Ante la pregunta, Cristo pone de relieve que toda la Ley se condensa en dos mandamientos: el primero y más importante consiste en el amor incondicional a Dios; el segundo es consecuencia y efecto del primero: porque cuando es amado el hombre, dice santo Tomás de Aquino, es amado Dios ya que el hombre es imagen de Dios.

Quien ama de veras a Dios ama también a sus iguales, porque verá en ellos a sus hermanos, hijos del mismo Padre, redimidos por la misma sangre de Nuestro Señor Jesucristo: Tenemos este mandato de Dios: que el que ame a Dios ame también a su hermano (1 Jn 4, 21). Hay en cambio un peligro: si amamos al hombre por el hombre, sin referencia a Dios, este amor se convierte en obstáculo que impide el cumplimiento del primer precepto; y entonces deja también de ser verdadero amor al prójimo. Pero el amor al prójimo por Dios es prueba patente de que amamos a Dios: si alguien dice: amo a Dios, pero desprecia a su hermano, es un mentiroso (1Jn 4, 20).

Con su respuesta, el Señor nos dice que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo. La novedad de Jesús consiste precisamente en poner juntos estos dos mandamientos -el amor a Dios y el amor al prójimo- revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

Dios es amor (1 Jn 4, 8), y el hombre -creado a imagen y semejanza de Dios- es capaz de amar. Por tanto, en el hombre debe prevalecer siempre el amor. En primer lugar, el amor a Dios. Y este amor de Dios no va en detrimento del amor a nuestro prójimo, sino todo lo contrario. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior, pero no exclusivo (Juan Pablo I).

San Juan, inspirado, escribe: Carísimos, amémonos unos a otros porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce (1 Jn 4, 7). El amor a nuestro prójimo es la respuesta obligada al amor de Dios, es manifestación del amor a Dios. Amándonos unos a otros, estamos en comunión con Dios. El anhelo más profundo del corazón humano, que consiste en ver y poseer a Dios, no se puede saciar en esta vida, porque a Dios nadie lo ha visto (1 Jn 4, 12); al prójimo, en cambio, lo vemos. De ahí que en esta vida, para estar en comunión con Dios, el camino sea la caridad fraterna.

El papa Francisco comenta este pasaje evangélico diciendo: A la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. Ya no podemos separar la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos ya dividir la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la proximidad a su vida, especialmente a sus heridas. Recordad esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto amas tú? Y cada uno se da la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor (Homilía 26.X.2014).

Jesucristo dijo: No penséis que he venido a abolir la la Ley o los Profetas; no he venido a abolir sino a darles su plenitud (Mt 5, 17). Con estas palabras el Señor enseña el valor perenne del Antiguo Testamento, en cuanto que es palabra de Dios; goza, por tanto, de autoridad divina y no puede despreciarse lo más mínimo. En la Antigua Ley había preceptos morales, judiciales y litúrgicos. Los preceptos judiciales y ceremoniales fueron dados por Dios para una etapa concreta en la historia de la salvación, a saber, hasta la venida de Cristo; su observación material no obliga de suyo a los cristianos. Los preceptos morales del Antiguo Testamento, en cambio, conservan en el Nuevo su valor, porque son principalmente promulgaciones concretas, divino-positivas, de la ley natural. Nuestro Señor les da, con todo, su significación y sus exigencias más profundas.

La ley promulgada por medio de Moisés y explicada por los profetas constituía un don de Dios para el pueblo como anticipo de la ley definitiva que daría Cristo o Mesías. Jesús lleva a su plenitud la Ley de Moisés. En el libro del Éxodo se recogen un conjunto de leyes sociales, algunas en forma de prohibiciones y con amenazas de castigo. Así dice el Señor: “No oprimirás ni vejarás al forastero porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque si lo explotas y ellos gritan a mí yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero cargándole intereses. Si toma en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverá antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, y ¿dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí yo lo escucharé, porque soy compasivo (Ex 22, 20-26).

La ley evangélica va a más. No sólo se dice lo que no se debe hacer con el prójimo (viuda, huérfano, pobre, forastero…) sino que claramente se dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Con estas palabras no establece aquí el Señor que la medida del amor al prójimo deba ser la del amor a uno mismo. Amar al prójimo como a uno mismo significa que así como toda persona se ama a sí misma, debe amar también a su prójimo. El amor a los otros como el amor a uno mismo se fundamentan en el amor de Dios. La medida del amor al prójimo está en el Evangelio según san Juan: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 15, 12).

¿Cómo hay que amar a Dios? Sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano: es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57) (Benedicto XVI).

El amor de Dios que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones es un amor completamente gratuito, como el de Dios. Ama sin interés, sin esperar nada a cambio. Toda la santidad y la perfección del alma consisten en el amor a Dios, nuestro sumo bien. ¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. Considera, oh hombre -así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo.

¿Cómo sabemos si amamos a Dios? La respuesta nos la da el mismo Cristo. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Desde sus primeras enseñanzas, Jesús deja claro que para entrar en el Cielo una sola cosa es necesaria: el amor a Dios, y al prójimo por Dios.

¿Cómo hay que amar al prójimo? El amor que Dios nos ha demostrado con la Encarnación y muerte redentora de su Hijo, nos hace deudores de un amor semejante al suyo; en consecuencia, debemos amar al prójimo con la gratuidad y el desinterés con que Él nos amó primero.

La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Este refrán nos indica que, por bueno que sea preocuparnos de las necesidades de los demás, debemos intentar resolver primero las nuestras pues, de no hacerlo así, podemos limitar el alcance de nuestros actos caritativos a los demás o incluso imposibilitarlos. Una persona que por sacar de una secta a varias personas intentara conseguir su amistad, para convencerlas después de su error, asistiendo con ellas a las actividades de la secta, poniendo en peligro su fe, no está viviendo bien la caridad.

Hay que amar al prójimo por amor a Dios. De ahí que, en unos casos, el amor a Dios exigirá poner por delante de la nuestra una necesidad del prójimo y, en otros casos, no: dependen del diverso valor que tengan, a luz del amor de Dios, los bienes espirituales y materiales que estén juego. Es evidente que los bienes del espíritu tienen una precedencia absoluta sobre los bienes materiales, incluso el de la propia vida. de ahí que siempre hay que salvar ante todo los bienes espirituales, sean propios o del prójimo.

Cuando se trata del supremo bien espiritual, que es la salvación del alma, de ningún modo se puede correr el peligro cierto de perder la propia alma. Esto lo refleja bien la parábola de la vírgenes necias y prudentes, al negarse éstas al darles el aceite, no sea que no alcance para vosotras y nosotras (Mt 25, 9). No obstante, está claro que hemos de hacer todo lo posible para sacar al prójimo del peligro de condenación, conscientes de que quien contribuye a que el pecador se convierta de su extravío, se salvará él mismo de la muerte eterna y cubrirá la muchedumbre de sus pecados (St 5, 20). Una frase de san Josemaría Escrivá expresa hasta dónde llegar: Por salvar un alma, hemos de ir hasta las mismas puertas del infierno. Más allá no, porque más allá no se puede amar a Dios.

El apóstol san Pablo supo juntar maravillosamente el amor a Dios y el amor al prójimo. Siempre buscó la gloria de Dios y el bien de las almas. Él escribió a los tesalonicenses: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien (1 Ts 1, 5). Agradece con alegría la acción divina en los fieles de Tesalónica. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con alegría del Espíritu Santo (1 Ts 1, 6). Ciertamente Jesús es el modelo por excelencia a imitar, pero el ejemplo de san Pablo conducía hacia Cristo. Además, se goza el Apóstol de los gentiles de ver que la labor evangelizadora había alcanzado el fruto de la conversión a Dios, meta a la que tendía toda su predicación. Cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro (1 Ts 1, 9-10).

En el Corazón Inmaculado de María se dan esos dos amores: el amor a Dios, pues es Madre de Dios, y el amor a nosotros, que somos hijos suyos. Que Ella nos ayude a vivir los dos mandamientos en los que se resumen los diez mandamientos de la ley de Dios.

EL HONOR Y LA GLORIA PARA DIOS. Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Así dice el Señor a su ungido, a Ciro, a quien he tomado por su diestra, para someter ante él las naciones y desatar las cinturas (desarmar pues es de la cintura donde cuelga la espada) de los reyes, para abrir ante él las puertas, y que no cierren las puertas de las ciudades (Is 45, 1). En la historia del pueblo elegido, el rey era ungido. Samuel ungió primeramente a Saúl, y después a David; y los demás reyes, tanto del reino de Israel como del reino de Judá fueron ungidos por algún sacerdote o un profeta. Salomón recibió la unción de manos del sacerdote Sadoc. Por eso sorprende que Isaías otorgue a un extranjero que no conocía al verdadero Dios, a Ciro, rey de los persas, el título de “ungido”. Sí, no era judío, pero el rey de Persia fue reconocido por el pueblo elegido como una especie de Mesías redentor.

Ciro, cuyo imperio era el más grande de la tierra, se distinguió por una política de tolerancia religiosa hacia los pueblos de su gran imperio. Cuando conquistó Babilonia, donde estaban los judíos desterrados, decidió devolverlos a su tierra, a Palestina. Para ello publicó un edicto, según consta en la Sagrada Escritura: El año primero de Ciro, rey de Persia, para que se cumpliera la palabra del Señor anunciada por Jeremías, despertó el Señor el espíritu de Ciro, que en todo su reino hizo proclama de palabra y por escrito el siguiente edicto: “Habla Ciro, rey de Persia: el Señor, Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha encomendado construirle un templo en Jerusalén, que está en la región de Judá. El que de vosotros pertenezca a este pueblo, que su Dios lo acompañe y suba a Jerusalén…” (2 Cro 36, 22-23). Gracias a este edicto, los judíos desterrados desde los tiempos de Nabucodonosor regresaron a su tierra de Judá y reconstruyeron el templo. No sólo hizo que los judíos exiliados regresarán a Jerusalén, a la tierra prometida como en un nuevo éxodo, sino que hizo que se devolvieran todos los tesoros arrebatados por los babilonios al templo de Jerusalén y les dio gran cantidad de dinero para la reconstrucción de todas esas obras.

Por eso Isaías presenta a Ciro como ungido, siervo del Señor, pese a que no pertenecía al pueblo elegido. Y los judíos agradecidos lo presentan en sus escritos bíblicos, como un hombre extraordinario, creyente en Dios y ungido por Él, hasta tal punto que el autor sagrado afirma que, al ser reconstruida Jerusalén, el Señor dice a Ciro: Tú eres mi pastor, el que realizará mi voluntad, quien dice a Jerusalén: “Serás reedificada”, y al Templo: “Pondrán de nuevo tus cimientos” (Is 44, 28). Se refiera a Ciro como instrumento de la voluntad de Dios y siendo llamado “pastor”, título que en la Biblia se aplica con frecuencia al rey y al Mesías. Al darle Isaías el título de ungido, que es claramente mesiánico, lo reconoce como instrumento de Dios para el cumplimiento de sus planes mesiánicos: someter a las naciones… destronar a los reyes… que las ciudades se rindan ante él… que no le cierren sus puertas…

Ciro es investido como mesías, como un rey extranjero y pagano que es instrumento de una nueva liberación, cumpliendo así la voluntad salvadora de Dios a favor de su pueblo. Sin conocer a Dios, supo llevar a cabo sus planes y convertirse en mediador de la liberación de Israel. Pero para que Ciro no se crea un dios; y no haya confusión dándosele al instrumento el honor debido a Dios, el Señor por medio de Isaías le dice: Te he llamado por tu nombre, te he dado un título, aunque tú no me conozcas. Yo soy el Señor, y no hay ningún otro, fuera de mí no hay dios. Yo te he ceñido, aunque tú no me conozcas, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí: Yo soy el Señor, y no hay ningún otro (Is 45, 4-6).

El cristiano debe saberse instrumento en las manos de Dios para hacer el bien. Instrumento dotado de inteligencia y voluntad, que debe poner en acción para servir a Dios. Pero tiene que evitar el engreimiento si ha servido bien, porque ha cumplido lo que tenía que hacer. Su actitud es reconocer con humildad la gracia que ha recibido para realizar obras buenas, sin pretender ser alabados por ellas. Ser consciente de los dones de Dios -de los talentos recibidos- lleva a no vanagloriarse de ellos, sino a sentir la responsabilidad de darles fruto. Debe actuar siempre con rectitud de intención en todas sus obras. Al único Dios, el honor y la gloria (1 Tm 1, 17). En definitiva, es darle a Dios lo que es suyo.

San Pablo fue un gigante que llevó la Buena Nueva de Jesucristo por muchos lugares. Fue un instrumento del Espíritu Santo para la evangelización. Fundó varias iglesias, entre otras la iglesia de los tesalonicenses (1Ts 1, 1). En ningún momento se vanaglorió de lo que había hecho por la extensión de la fe cristiana. Al ver la fidelidad de los de Tesalónica rompe en acción de gracias a Dios. Damos continuamente dando gracias a Dios por todos vosotros, teniéndoos presentes en nuestras oraciones. Sin cesar recordamos ante Dios y Padre vuestra fe operativa, vuestra caridad esforzada y vuestra constante esperanza en nuestro Señor Jesucristo (1 Ts 1, 2-3), reconociendo que él es sólo el instrumento del que se ha valido Dios. Él ha puesto su palabra para anunciar a Jesucristo, pero la eficacia viene de Dios. Nuestro evangelio no se os predicó sólo con palabras, sino de modo convincente, con poder y la fuerza del Espíritu Santo (1Ts 1, 5).

En el Evangelio vemos cómo Cristo dice con rotundidad: Dar a Dios lo que es Dios, con ocasión de una pregunta tendenciosa que le hicieron sus enemigos. Los fariseos procuraban cazar a Cristo en alguna palabra comprometedora, y para ello le prepararon una trampa. Y le enviaron a sus discípulos, con los herodianos, a que le preguntaran: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el camino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de personas. Dinos, por tanto, que te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?” (Mt 22, 16-17).

Llama la atención de cómo se unen fariseos y herodianos para conspirar contra Jesús. Los herodianos eran partidarios de la política de Herodes y su dinastía: veían de buen grado la dominación romana y, en materia religiosa, compartían las ideas materialistas de los saduceos. Los fariseos eran celosos cumplidores de la Ley, extremadamente antirromanos, y consideraban a Herodes como un usurpador. No se puede imaginar diferencia más radical. Esta unión tan sorprendente indica hasta qué punto odiaban al Señor. Si el Maestro contesta que es lícito pagar el tributo al César, tendrán motivo para acusarle de ser partidario de la ocupación de Palestina por los romanos; en caso de respuesta negativa, dirán que no respeta el orden político establecido.

Conociendo Jesús su malicia, respondió: “¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo”. Y ellos le mostraron un denario. Él les dijo: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” “Del César”, contestaron. Entonces les dijo: “Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 18-20). Jesucristo salió airoso de la prueba. La respuesta de Jesús supera el horizonte humano de sus tentadores; está por encima del sí y del no, que querían arrancarle. Su respuesta es absolutamente fiel a la predicación que hace del Reino de Dios: Dar al César lo que le corresponde, pero no más de ello, sin dejar de dar también a Dios lo que le pertenece. Jesucristo, con esta respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, el cumplimiento de los cívicos, sin menoscabo de los derechos superiores de Dios.

¿Qué hay que dar al César? San Pablo da la respuesta cuando escribe acerca de la obediencia a los poderes públicos. Dad a cada uno lo debido: a quien tributo, tributo; a quien impuestos, impuestos, a quien respeto, respeto; a quien honor, honor (Rm 13, 7). Por tanto, entre las cosas debidas a la autoridad están la honra, el respeto y el pagar impuestos; porque es justo, de obligación grave, contribuir a la existencia del ordenamiento temporal, que permite la salvaguardia del bien común, que haya seguridad, protección contra la violencia y el desorden, y asegura una vida más humana.

El temor filial al Señor es el fundamento del respeto a la autoridad. Jesús enseña el deber de cumplir con fidelidad las obligaciones propias de ciudadanos y san Pablo, haciendo eco de las enseñanzas del Maestro, recuerda que toda autoridad viene de Dios. El deber de obediencia impone a todos la obligación de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, según su mérito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.900).

¿Qué hay que dar a Dios? Hoy día hay quienes han tergiversado las palabras de Cristo y dicen, aunque no palabras sino con hechos: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que el César le quiera dar. Pero Jesús lo digo bien claro: Y a Dios lo que es de Dios. Hay que darle evidentemente todos los mandamientos, que implican el amor y la entrega personales. En el primer mandamiento del Decálogo se incluye el deber de adorar a Dios. Para amar a Dios hay que la ejerce que reconocer antes su señorío y adorarle.

Los deberes para con Dios están en la virtud de la religión. Ésta es la virtud que nos lleva a dar a Dios el culto y el honor debido como Creador y Ser Supremo, Principio y Soberano. Comprende doctrinas, normas de vida moral y ritos sagrados por los que se da culto a Dios. Y obliga a rendir culto de adoración a Dios, y cumplir de todos los deberes religiosos, entre otros, el de la oración. No basta que creamos en Dios, es preciso también que le reconozcamos como a nuestro Padre y soberano Señor.

La doctrina de Jesucristo está por encima de cualquier planteamiento político, y si los fieles, en ejercicio de su libertad, eligen una determinada solución para los asuntos de carácter temporal recuerden que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva la autoridad de la Iglesia a favor de su opinión (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Guadium et spes, n. 43).

Nuestro Señor, con su respuesta, reconoció el poder civil y sus derechos, pero avisó claramente que deben respetarse los derechos superiores de Dios, y señaló también cómo parte de la voluntad de Dios es el cumplimiento fiel de los deberes cívicos.

De este pasaje evangélico podemos sacar otra enseñanza. El Señor nos ha dicho: Os envío como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). No seamos ingenuos. Hemos visto la mala intención de los enemigos de Cristo. No buscan en el diálogo con el Señor aclarar sus dudas, sino el retorcer las palabras del Maestro. Hoy día se habla mucho del diálogo, como si en el hecho mismo de dialogar ya estuviera la solución de los problemas. Sí, hay que creer en el diálogo, pero solamente cuando ambas partes, con voluntad recta, buscan el entendimiento mutuo. Sin embargo, no hay que creer en el diálogo entre los que defienden el error a la vez que pisotean derechos divinos y humanos, y los que saben permanecer firmes en la verdad. Y no porque estos últimos sean incapaces de dialogar, sino porque los primeros utilizan con doblez el diálogo para la consecución de sus inconfesables fines.

No se puede creer en el diálogo cuando es transigencia en lo que no se debe transigir. Aún estamos pagando las consecuencias del diálogo de Eva con el padre de la mentira, y eso que ocurrió en el mismo principio de la humanidad.

Santa María se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar las enseñanzas de Hijo. Y le pedimos que siempre pongamos por obra las palabras del Señor: Dad, pues al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

EL BANQUETE DE LAS BODAS DEL HIJO DEL REY. Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). Desde el principio, Dios habla con el hombre. La caída de nuestros primeros padres acarreó la ruina del género humano e introdujo en el mundo la muerte. El paraíso terrenal se convirtió en un valle de lágrimas. Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido decidió redimirlo. En el Protoevangelio se habla ya de la salvación. El hombre es expulsado del paraíso, pero con esperanza. Vendrá un Mesías que abrirá las puertas del Cielo que el hombre había cerrado con su pecado. En la Sagrada Escritura está narrada la Historia de la Salvación. Los profetas hablan en nombre de Dios, y manifiestan verdades sobrenaturales y naturales acerca de la naturaleza divina y del decreto de salvación para con el hombre.

La Redención es universal. Así se deduce estas palabras del profeta Isaías: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos (Is 25, 6). El Señor ha preparado a todos los pueblos un singular banquete. Dios les hará partícipes de manjares suculentos y vinos exquisitos. Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable. Es un anuncio del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” del que habla san Juan en el Apocalipsis. Alegrémonos, saltemos de júbilo; démosle gloria, pues llegaron las bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa; le han regalado un vestido de lino deslumbrante y puro: el lino son las buenas obras de los santos. Entonces me dijo: Escribe: Bienaventurados los llamados a las bodas del Cordero (Ap 19, 7-9). La alegría de los santos, de la Iglesia celeste, se refleja en alabanzas a Dios, por la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el demonio; y por la plena instauración del Reino de Dios, que es amor y se manifiesta en un banquete de bodas, en las nupcias del Cordero. Con esas nupcias, contemplada desde la perspectiva del final de la historia, se está mostrando a la Iglesia de todos los tiempos, y el objetivo y la tarea cotidiana de los cristianos: preparar su vestido nupcial -mediante las buenas obras, la alabanza y la vida santa- para entrar en el banquete de bodas.

Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8). Esta profecía de Isaías se cumplió con Jesucristo. San Pablo, en la primera carta a los cristianos de Corinto, cita esta predicción, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad , y este cuerpo mortal se haya convertido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 54-55). Y también san Juan se refiere al versículo de Isaías al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugarás toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria: allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

La figura del banquete adquiere en el Nuevo Testamento una significación peculiar, pues le sirve a Jesús para describir el Reino de Dios. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo (Mt 22, 1-2). Con esta parábola –la de los invitados a las bodas– el Señor explica la formación de la Iglesia como convocatoria universal a la salvación. Todos los hombres estamos invitados al banquete de Dios, aunque no todos participarán del mismo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 3-4). Con qué cariño Jesucristo nos ha preparado un lugar en el Cielo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando yo me haya marchado y os haya preparado el lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

El rey no se da por vencido a la primera negativa de los invitados. Insiste. La conversión va precedida de una gracia actual que da gratuitamente Dios. Si el pecador rechaza esta gracia, Dios no está obligado a concederle otra gracia. Si la da, es por su infinita misericordia. El pecador impenitente es como los invitados al banquete de boda que rechazan la invitación. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad (Mt 22, 5-7). Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero respeta nuestra libertad. Si alguien se empecina en el pecado sin arrepentirse no se salva, pero porque él lo ha querido. Y será castigado como los invitaron que rehusaron ir a las bodas del hijo del rey. El rechazo a la invitación por parte de muchos es tan grave que merece un castigo definitivo. Ante la llamada de Dios a la aceptación de la fe y de sus consecuencias, a la conversión, no hay intereses humanos que se puedan oponer razonablemente. No admite excusas.

En estos primeros invitados está representado Israel, pues no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico. Dios había elegido a Israel para que fuera mediador de la salvación; pero cuando estaba ya todo preparado y envió a su Hijo, los primeros invitados -el Israel más digno- lo rechazaron. Por eso Dios ahora fundará su Iglesia con los despreciados de Israel y con los paganos.

El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda”. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales (Mt 22, 8-10). Los que responden a la llamada son malos y buenos, y no todos son dignos porque no todos se han convertido el traje de bodas. Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

El Señor acaba la narración de la parábola haciendo referencia al traje de boda. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos (Mt 22, 11-14). San Gregorio Magno se pregunta y él mismo se responde: ¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad.

El papa Francisco, comentando esta parábola, dice: La invitación al banquete de bodas tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta. La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. Solamente hay una condición: vestir el traje de bodas, es decir, testimoniar la caridad hacia Dios y el prójimo. Como Dios es remunerador –En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús (Flp 4, 19)- y no se deja ganar en generosidad, quien vive la caridad recibirá la gloria eterna ganada por Jesucristo. Aconsejaba san León Magno: Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá.

La parábola de los invitados a las bodas ofrece muchas claves para el apostolado y la misión de los cristianos. La invitación a esta fiesta prefigura al deseo divino de la salvación de los hombres. Dios llama a todos al banquete, que es el Reino de los Cielos. Fueron avisados los convidados: Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso. Hoy día hay que recordarles a muchos que Dios nos ha creado para el banquete celestial, que es desatino ocuparse de las cuestiones temporales olvidándose de los asuntos de su alma; ya que la riqueza de esta vida, comparada con la felicidad eterna, no es nada. La invitación de Dios exige muchas veces sacrificar intereses humanos y habrá personas que no sean capaces de captar la grandeza de lo que Dios ofrece, pero no por eso los siervos del Señor deben dejar de empeñarse en buscar nuevos invitados porque todavía queda sitio.

No desfallezcamos en el estupendo intento de poner al descubierto las inquietudes espirituales que hay en todas las almas para ofrecerles la satisfacción oportuna. Especialmente en los tiempos actuales, es muy importante enseñar o recordar, a quienes tratamos, que la vida terrena es una etapa transitoria de la existencia humana. Dios nos ha creado para la vida eterna, nos ha destinado a participar de su misma Vida divina, alcanzando así una dicha completa e inacabable (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con San José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y nobles que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo… Y en el Cielo, en un día eterno, se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación (Is 25, 9). A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Flp 4, 20).

El Cielo es el único bien que está al alcance de todas las fortunas. Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión para perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona. Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13), y con la ayuda de la Virgen María para vestir el traje de boda y participar en el banquete que Dios nos ha preparado en el Cielo.

EN LA VIÑA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agrazones (Is 5, 1-2). Con estas palabras comienza el profeta Isaías la “canción de la viña”, una pequeña obra maestra de la poesía judía. Esta canción solía cantarse en el otoño, durante la vendimia. Por viña se entiende un terreno plantado de muchas vides. Y el fruto de la vid es la uva. La uva pisada en el lagar da el vino. El Salmista dice que el vino “alegra el corazón”.

Para el profeta, la viña es la “casa de Israel”, y Dios, el viñador. A pesar de los muchos cuidados que puso el labrador, las vides no dieron buenas uvas, sino agrazones, recimillos de uvas que nunca maduran, inservibles para sacar vino. Bajo la imagen del viñador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de justicia de su pueblo. De ahí que se pregunte: ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas, y dio agrazones? (Is 5, 4). Este versículo ha pasado a la liturgia del Viernes Santo, en los Improperios, en esas sentidas quejas que Jesucristo dirige a su pueblo, al cual había colmado de beneficios. ¿Qué más debí hacer por ti que no hiciese? Yo te planté como viña preciosísima: ¡y tú me has salido tan amarga!

En los Improperios, que se canta durante la adoración de la Cruz, se recuerda lo que hizo Dios por el Pueblo elegido: Te saqué de la tierra de Egipto; te abrí paso en el mar; te llevé durante cuarenta por el desierto y te serví de guía; te alimenté con el maná y te di de beber una agua saludable; te entré en una tierra muy buena… La ingratitud de la “casa de Israel” está patente en la Pasión del Señor: Preparaste una cruz para tu Salvador; me diste a beber hiel y vinagre; con una lanza abriste mi costado; me entregaste a los príncipes de los sacerdotes; me llevaste al pretorio de Pilato; me moliste a bofetadas y azotes; me heriste con una caña y pusiste en mi cabeza una corona de espinas; me levantaste en el patíbulo de la Cruz.

La Palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor eligió. Como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así se comporta Dios con nosotros. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? ¿Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino?

Fijémonos en algunos de los beneficios que hemos recibido de Dios. En primer lugar, Dios nos ha creado y somos hijos suyos. Después, Cristo nos ha redimido y nos ha abierto las puertas del Cielo. También, estamos bautizados en la Iglesia Católica. Además nos ha dado a su Madre como Madre nuestra. ¿Y en cuántas ocasiones nos ha perdonado los pecados? Y podríamos seguir diciendo más dones. Pero lo más importante ya está dicho: somos hijos de Dios y el Señor nos ha preparado un lugar maravilloso para que seamos eternamente felices. Hemos sido creados para la gloria del Cielo. Y en la tierra estamos de camino hacia ese lugar de felicidad.

De la “casa de Israel”, Dios esperaba juicio y encontró prejuicios, justicia y encontró lamentos (Is 5, 7). Dios espera de nosotros que demos frutos de santidad. Triste cosa sería que el Señor no encontrara en nuestra vida esos frutos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. Sin embargo, existe la posibilidad -Dios no lo permita- de ofenderle. El pecado es negación de la fidelidad a Cristo. Las palabras de la Escritura son fuertes: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos (Hb 4, 6). No defraudemos a Dios y demos los frutos del Espíritu, que son: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la mansedumbre, el dominio de sí (Ga 5, 22-23).

En una de sus parábolas -la de los viñadores homicidas-, Jesucristo comienza con una evocación implícita a la “canción de la viña”. Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí (Mt 21, 33). En esta parábola Jesús compendia la historia de la salvación y la suya propia.

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron (Mt 21, 34-39). Claramente se puede ver el siguiente simbolismo. Los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos. De este envío de los profetas hace referencia la Carta a los Hebreos: En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas (Hb 1, 1).

Los jefes de Israel, que habían recibido el encargo de cuidar de la viña del Señor, no actuaron como administradores, sino como dueños tiranos. Pese a los esfuerzos de Dios por hacer que el pueblo elegido diera frutos, la resistencia de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo, hizo que la viña no diera los frutos deseados.

En el hijo del dueño de la viña está simbolizado a Jesús. El hijo amado (Mc 12, 6) es Jesús. En estos últimos días (Dios) nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo (Hb 1, 2). El hecho de que el hijo fuera arrojado fuera de la viña y matado, es lo que le ocurrió al Señor. En la Historia de la Salvación vemos que Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Su muerte tuvo lugar fuera de los muros de Jerusalén.

Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús les dijo: “¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?” Por esto os dijo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos (Mt 40-43). El evangelista habla del castigo de los viñadores homicidas. Es lógico el castigo de Dios, ya profetizado por Isaías: Os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que no descarguen lluvia en ella (Is 5, 5-6). San Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a un pueblo que rinda sus frutos, en clara alusión a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, cuyo fundamento es Cristo resucitado, piedra que rechazaron los constructores, los judíos.

El plan de Dios de redimir a la humanidad no fracasa con el rechazo del Mesías por parte de Israel. Este rechazo hizo que Dios escogiera un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. San Ireneo, comentando esta parábola, escribió: (La viña) el Señor Dios la consignó -no ya cercada, sino dilatada por todo e mundo- a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavando en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben al Espíritu.

Los frutos de este nuevo Pueblo de Dios son patentes. La historia de la Iglesia es una historia de santidad con el resplandor de Dios en sus santos. La Iglesia mejorado a la humanidad porque ha sido fiel a Cristo y lo ha hecho precisamente en la medida que ha sido fiel a sus mandamientos. De ella se puede decir que es la cepa de las delicias (Is 5, 7) de la viña del Señor. Ahora bien, los frutos están en relación con la docilidad a la acción de Dios. Para dar fruto es preciso ser dócil al plan de Dios. Cada fiel cristiano, miembro de la Iglesia Católica, tiene su propia vocación, ha recibido de Dios una porción de su viña amada en su vida, ha sido colocado en un lugar preciso de la Iglesia y tiene una misión personal e intransferible. No la podemos desempeñar de cualquier modo o según nuestros caprichos. El éxito de la fecundidad espiritual radica en la obediencia al Plan de Dios, como se ve en la vida de los santos. El secreto radica en la identificación con Cristo obediente que sufre y ofrece su vida en rescate por la salvación de los hombres.

¿Cuál es esa porción de viña que he recibido? ¿Cómo la trabajo y la cuido? ¿Hasta qué punto soy consciente de que los frutos son de Dios y debo entregárselo a Él? Cada uno le decimos ahora al Señor: Gracias por los dones que me has dado, por las gracias con que me has enriquecido, por las personas que me han sido confiadas. Quiero entregarte los frutos de las buenas obras que Tú me pides. También te entrego las ganas de producir más y mejores frutos en actitudes y palabras que me hagan poder contestar a ese amor tan inmenso que me tienes.

Tengamos en cuenta las palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 8-9). Todas las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, y le sirven al cristiano para acercarse a Dios. Por eso se las entregamos a Dios, son los frutos que le ofrecemos y por los que le damos gracias.

Mientras estemos trabajando en la viña del Señor, encontraremos dificultades. Pero no debe haber motivo de inquietud. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Santa María, Huerto cerrado (Ct 4, 12), toma bajo tu protección materna a todos los operarios de la viña de tu Hijo, y haz que sepamos ofrecer a Dios el fruto de nuestro esfuerzo por extender el Reino de Dios por toda la tierra. Y que con nuestro trabajo haya en la tierra paz, libertad, verdad, justicia y esperanza.