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Santa Ana Wang, adolescente mártir

Una joven mártir china (Santa Ana Wang)

Canonización de mártires chinos

En el año del Gran Jubileo conmemorativo de los dos mil años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, san Juan Pablo II canonizó a 120 chinos, mártires de la fe. En su homilía, el papa citó a una adolescente, diciendo: La jovencita Ana Wang, de 14 años, resiste a las amenazas de su verdugo, que la invita a apostatar, y, disponiéndose a la decapitación, con el rostro radiante, declara:  “La puerta del cielo está abierta a todos”, y susurra tres veces “Jesús”.

La causa de canonización de Ana Wang estaba incluida en la del grupo encabezado por el padre jesuita Leone Ignazio Mangin y compuesto en total por cincuenta y seis mártires. El reconocimiento de su martirio fue sancionado el 22 de febrero de 1955. El 17 de abril del mismo año, domingo “in albis”, tuvo lugar la beatificación. La canonización del grupo, incluido en la lista más amplia de 120 mártires chinos, tuvo lugar el 1 de octubre de 2000. El mayor de los mártires tenía 79 años, y el menor, 9 años.

Una niñez dura

Ana Wang nació en 1886, en el pueblo de Machiazhuang, cerca de Weixian, en el sur de la provincia de Hebei del Sur (China), en el seno de una familia pobre. Sus padres eran cristianos y bautizaron a su hija a una edad temprana. Su madre era extremadamente piadosa, pero su padre descuidó la instrucción religiosa y la asistencia a los sacramentos. Ana no tuvo mucho tiempo para recibir el amor de su madre, pues ésta falleció cuando su hija tenía solamente cinco años. Con la muerte de su madre, Ana perdió el apoyo en la fe. Y para colmo de males, su anciana abuela paterna maltrató a la niña obligándola a realizar trabajos duros, como ir a recoger leña, con detrimento de la asistencia a la escuela. Y por tanto, tuvo que renunciar al tiempo de juego para trabajar en el campo.

En los estudios tuvo que aplicarse mucho porque su capacidad académica en comparación con la de sus compañeras era insignificante, debido a estar obligada a trabajar. Pero, a pesar de esto, era una de las mejores alumnas de la clase, logrando buenas calificaciones y ganando premios. Además, en la escuela encontró en su maestra, la hermana Lucy Wang, el apoyo necesario para reafirmarse en su fe cristiana. A los ojos de la religiosa, Ana era una chica piadosa. En una ocasión, unas compañeras, pobres como ella, le dijeron a Ana que se fueran con ellas a robar unas espigas maduras de trigo en un campo cercano. Ella respondió que en el Padrenuestro se le pide a Dios que nos conceda el pan de cada día. En la comunidad cristiana fue muy apreciada, porque supo cantar con dulzura los cantos religiosos, en particular el Avemaría, que le había enseñado su madre. Por ello pudo hacer la primera comunión a una edad más temprana que las demás niñas.

Algún tiempo después, su padre se volvió a casar. En esta ocasión, con una mujer holgazana a la que simplemente le gustaba disfrazarse. Su segunda esposa era también una mujer bautizada, pero a diferencia de la primera ésta era, como su marido, irrespetuosa en los temas de religión. En esta nueva situación familiar -conviviendo con la anciana madre de su padre y con la madrastra-, Ana no fue particularmente querida. Ella, sin embargo, amaba por igual a sus familiares, llegando a regalar, especialmente a su abuela, los pequeños premios que le entregaban en la escuela.

Nuevas pruebas

A pesar de su arduo trabajo, Ana nunca abandonó su vida de oración. Entre su apretada agenda, a menudo se tomaba el tiempo para rezar, poniéndose de rodillas frente a la estatua de la Virgen María. En sus oraciones, pedía especialmente por el eterno descanso de su amada madre y por la paz mundial.

Cuando tenía once años, su padre quiso obligar a Ana a casarse con un joven aristócrata que era mucho mayor que él, desconocido para ella. Ana rechazó totalmente este matrimonio impuesto a la fuerza porque había decidido hacerse en monja algún día; quería ser como sor Lucy. Cuando Ana preguntó a su maestra sobre este tema, la monja le sugirió que rezara con fe: si el Señor quería, se convertiría en su esposa. La negativa a casarse provocó el ridículo de la familia del joven, y también dentro de su propia familia. El padre de Ana se puso furioso y a partir de entonces ignoró a su hija. Ésta se vio obligada a vivir solo confiando en la fe en Dios. Ya entonces, la convivencia con su madrastra era insoportable. 

El comienzo de la persecución

A finales del siglo XIX surgió en China una organización secreta denominada Unidad por el Bien y la Armonía o Sociedad Secreta de Puños y Armonía, más conocida como El Boxer. Esta organización odiaba a los occidentales que llegaban a China continental. Los boxers se rebelaron y rechazaron el dominio extranjero en el comercio, la política, la tecnología y la religión. Quisieron acabar con todas las tradiciones occidentales, incluso los cristianos acusados de ser los responsables de las nominaciones extranjeras en China. Muchos cristianos de Shadong y Shanxi fueron perseguidos y asesinados. Este odio era debido principalmente a los cambios políticos y sociales posteriores a la Guerra del opio. Este conflicto bélico terminó siendo muy perjudicial para la población indígena. El odio de los boxers no sólo se dirigió a los occidentales étnicos, sino también a las religiones occidentales traídas por sus misioneros.

La rebelión de los boxers se generalizó a principios del siglo XX. Ya en el año 1900, el primer día del mes de julio, declararon que las buenas relaciones con los misioneros europeos y con los cristianos habían terminado. Por lo que el cristianismo y todos los que se convirtieron a él, incluso los nativos chinos, fueron vistos como miembros de una comunidad peligrosa y desestabilizadora del país. La revuelta china contra los occidentales había estallado con gran violencia. Los extranjeros tenían que ser repatriados a sus países de origen y los cristianos de nacionalidad china tenían que ser obligados a renunciar a su fe, o serían asesinados por ser antipatrióticos. El resultado fue la masacre de sacerdotes y fieles cristianos en China durante el mes de julio de 1900.

Firmeza en la fe

Dada esta situación, los problemas que Anna tuvo que afrontar fueron muy diferentes a los familiares ya conocidos. El sufrimiento de Anna se intensificó cuando su territorio fue ocupado por los rebeldes boxers. El 21 de julio de 1990 llegaron los boxers armados a la región donde está Machiazhuang. Enseguida los rebeldes mostraron sus colmillos tomando cada aldea que visitaban. Muchas iglesias y escuelas fueron quemadas; y sacerdotes y cristianos fueron brutalmente masacrados.

Cuando los boxers llegaron a Machiazhuang, lo primero que hicieron fue prender fuego a la iglesia del pueblo. El líder de los rebeldes enfrentó a los aldeanos con una alternativa: apostatar o enfrentar la muerte. En ese momento, Ana estaba en el colegio, donde escuchó, junto a sor Lucy, las palabras del jefe de los boxers. Mientras la maestra animaba a las niñas a que se confiaran a la Virgen, Ana estaba serena, con la conciencia tranquila.

El padre de Ana pensó que la mejor manera para salvarla era refugiarse con ella, en un pueblo cercano, en la casa del joven con el quería casar a su hija. Ésta, temiendo verse comprometida de alguna manera, regresó a su casa para tratar de convencer a su madrastra de perseverar en la fe, y a su abuela de no tener miedo a morir. Sin embargo, el ambiente de su casa tampoco le parecía ideal para ella. Entonces, por la noche, Ana recogió sus pocas cosas y se escapó a la escuela pensando que era un lugar era seguro. Antes de ir a la escuela, se acercó a la tumba de su madre para rezar. Al llegar a la escuela no encontró a la hermana Lucy, pues huido a otro lugar con las alumnas Sí estaba el anciano Giuseppe Wang Yumei, que era el guardián de la casa misional y, en ese momento, custodiaba la escuela, para defender a unas mujeres que allí se habían refugiado. Ana fue acogida calurosamente al ser reconocida como la niña que cantaba en la iglesia. La joven pasó su tiempo allí exhortando a los presentes y rezando con fervor, sobre todo cuando, al amanecer, llegó un sacerdote para la celebración de la Eucaristía.

El principio del terror

Los refugiados en la escuela, vieron con horror que los incendios provocados por los boxers se acercaban cada vez más. Cuando los soldados rebeldes estaban a punto de llegar a la escuela, Giuseppe Wang dijo a los allí reunidos, entre los que se encontraban algunas madres con sus hijos, que se refugiaran en el sótano de la escuela; que él intentaría engañar a los atacantes dándoles la bienvenida en la entrada principal. Como Guiseppe se negó a hablar para no delatar a los que estaban escondidos, el jefe de los boxers ordenó disparar contra las ventanas del edificio: el choque de los cristales asustó a los niños, quienes, gritando, les hicieron descubrir el escondite.

Descubiertos, todos los refugiados fueron luego obligados a subirse a un carro y llevados al pueblo donde se encontraba la sede de los Boxers. Ana presenció los interrogatorios a los que fueron sometidos el anciano guardián y Lucía Wang, madre de Andrea, de nueve años, y de una niña más pequeña. El primero en morir fue Giuseppe Wang, herido en la garganta por una lanza y decapitado. Como los presos estaban horrorizados, pero no se movían, los perseguidores adoptaron un sistema para hacerlos ceder: separaron a los niños de las madres y luego los condujeron a una pequeña habitación adyacente a dos habitaciones. Una, ubicada al oeste, estaba indicado por un cartel que decía “Liberación”, donde los soldados habían amasado juguetes, abanicos y otras mercancías; si entraban, se salvarían. La otra, al este, estaba marcada con las palabras “Muerte”. Ante la perplejidad de los niños, los boxers decidieron traer a algunas de las mujeres y ponerlas frente a la misma elección. La madrastra de Anna, que estaba entre ellos, apostató y señaló la presencia de su hijastra; los rebeldes luego le ordenaron que la llevara a la habitación oeste con ella. La niña la siguió hablándole para hacerla desistir de su apostasía, pero al ver que sus palabras no surtían efecto, se dio la vuelta, mezclándose con los que permanecían fieles a su fe. Así lo dice el salesiano P. Eugenio Pilla, en la biografía titulada “Lirio púrpura de Tai-Ning”, publicada por Edizioni Paoline en 1960. Otras fuentes, sin embargo, afirman que, cuando la madrastra se dirigía a la habitación oeste, la de la “Liberación”, de pronto se dio la vuelta y, tirando de Ana del brazo, quiso arrastrarla. Ella, agarrada a los postes de la puerta, gritó: “Creo en Dios, soy cristiana. No quiero renunciar a Dios, ¡Jesús, sálvame! ¡Quiero creer en Dios. Quiero ser católica. ¡No quiero dejar la Iglesia! ¡Jesús, ayúdame!”

Las madres que no habían apostatado se enfrentaban a una nueva amenaza: volver a la religión de sus antepasados ​​o ser enterradas vivas con sus hijos; lo mismo sucedió con los niños. Luego se les dio una noche de reflexión. La oferta fue rechazada, lo que hizo enfurecer al líder de los boxers. De hecho, los cristianos insistieron: “¡Nacimos católicos, seguiremos siendo católicos de por vida!” Al observar las velas que iluminaban la habitación donde estaba encerrada con los demás, Ana comentó: “Estas velas son de la iglesia. ¡Mira qué hermosas son estas llamas! Sin embargo, ¡la gloria del cielo es millones de veces más gloriosa que estas hermosas llamas!” Dicho esto, los guió en la oración de la tarde.

El martirio

Al día siguiente, 22 de julio de 1900, las mujeres y niños fueron conducidos a un claro, donde se habían preparado tumbas. Antes habían pasado por un nuevo interrogatorio al que no respondieron, pues se animaron con la mirada de Ana. Los soldados les dijeron que si seguían siendo tercos en su propósito, debían ir a las tumbas con sus hijos. Las mujeres avanzaron, y Ana sugirió, en voz baja, que se arrodillaran al pasar frente a la iglesia del pueblo. El jefe de los boxers ordenó entonces que todos fueran golpeados con la espada, empezando por el mayor, y empujados a las tumbas. Las amenazas de los boxers no consiguieron disminuir la fe de católicos, que estuvieron siempre dispuestos a entregar su antes de renegar de su fe. Al final, todos fueron decapitados. Una de las últimas en caer fue Lucía Wang, quien, tras declarar nuevamente que era cristiana y que su hijo Andrea también lo era, les dijo a sus verdugos que primero debían matar al chico. Así lo hicieron: primero decapitaron al niño, luego a su madre y a su hermana menor.

Cuando llegaron los más jóvenes, Ana se preparó intensificando su oración, como cuando estaba en su iglesia. El jefe de los boxers, llamado Song, se detuvo al verla hermosa y joven, reflexionó por un momento y luego le ordenó a Ana que dejara su religión. Inmersa en la oración, ni siquiera lo escuchó. El hombre luego  le tocó la frente y reafirmó su petición. Ana se levantó, dio un paso atrás y gritó: “¡No me toques!” Poco después, se calmó y dijo: “Soy católica. Jamás negaré a Dios, prefiero morir”. Entonces el soldado le propuso que si ella apostataba, la casaría con un hombre muy rico. La niña respondió: “Nunca dejaré mi religión”, y señalando el pueblo y su iglesia, añadió: “Además, ya estoy comprometida ”, refiriéndose tanto al Señor como a su parroquia, es decir, a la Iglesia.

Furioso, Song cortó un trozo de carne de su hombro izquierdo y reiteró su pedido, pero al recibir una nueva negativa, cortó su brazo izquierdo limpiamente. Ana, que se quedó de rodillas, dijo con una sonrisa: “La puerta del cielo está abierta para todos”. Luego, susurrando el nombre de Jesús tres veces, ofreció su cuello al verdugo.
Un testigo dijo que, después de la decapitación, el resto del cuerpo permaneció de rodillas durante mucho tiempo y no cayó hasta que un soldado lo pateó. Otro testigo, una anciana que conocía muy bien a la niña, afirmó haber visto su alma ir al cielo, vestida con un vestido de seda azul y verde, con una corona de flores en la cabeza.

Los cuerpos de los mártires fueron arrojados a una fosa seca y abandonados para que se pudrieran allí. La gente del pueblo no se atrevió a ir en contra de las órdenes de los boxers, que prohibían enterrarlos. Una semana después, después de que las fuerzas del gobierno chino tomaran el control de la situación, los del pueblo llegaron a la fosa donde se dejaron los cadáveres de las víctimas para enterrarlos adecuadamente. Hay quienes afirman que ningún cuerpo se pudrió en absoluto.

Epílogo

El 6 de noviembre de 1901 se exhumaron los cadáveres, para otorgarles un entierro adecuado. El padre Albert Wetterwald, que presidió la ceremonia, escribió en su informe: “Cuando los oficiales, trabajando con cautela, entre un silencio solemne quitaron la capa de tierra que cubría los cadáveres; cuando todas las miradas codiciosas vieron las extremidades y cabezas de las víctimas confundidas, pero intactas, fue un grito de admiración y dolor al mismo tiempo. Los paganos clamaron por un milagro. Los cristianos lloraron, pero más con alegría que con tristeza”. Después del solemne funeral, los aldeanos de Ana comenzaron a invocar su intercesión, que fue probada por numerosas gracias singulares. En el plano de las curaciones espirituales, sin embargo, los primeros beneficiados fueron los miembros de la familia a los que tanto había amado a pesar de todo: la abuela murió santa, mientras que la madrastra volvió a ser católica. El padre, que también volvió a la fe, quedó ciego: le rezó a su hija para que le devolviera la vista, pero no sucedió. Mas aceptó esa condición para expiar sus pecados.

En 1901, la rebelión finalmente fue frustrada y el gobierno chino decidió modernizarse. El pueblo chino finalmente abrió los ojos a las acciones sociales realizadas por las naciones occidentales a través de la construcción de hospitales y escuelas católicas.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX

Un joven católico militante (Beato Bartolomé Blanco Márquez)

Un joven mártir

Bartolomé Blanco murió mártir. Y pocas horas antes de morir ofreció su testimonio de amor y de perdón en dos cartas. Tenía 21 años cuando fue fusilado por los enemigos de la Religión. Era un joven con deseos de trabajar y de vivir. Ante sí veía el futuro abierto. Además, estaba enamorado. Su novia, Maruja, era una de sus mayores alegrías.

A Bartolomé, como a tantos miles de cristianos en España y en el mundo entero, le llegó la hora de la prueba. En su Patria se había encendido un odio feroz contra Cristo y contra la Iglesia. Muchos hombres y mujeres eran asesinados simplemente por el “delito” de ser católicos.

Todos sabían que Bartolomé era un católico convencido. Había estudiado con los salesianos, y era secretario de los jóvenes de la acción católica de su pueblo natal, Pozoblanco (Córdoba).

El 18 de agosto de 1936 fue arrestado. Tuvo varias semanas para prepararse al martirio. El 24 de septiembre fue trasladado a la ciudad de Jaén donde fue sometido a un juicio “legal” y rapidísimo. La sentencia llegó el 29 de setiembre: condena a muerte. Le quedaban tres días antes de ser fusilado.

El 1 de octubre escribió una carta de despedida a su novia. En ella descubre la fe de un corazón que mira a la muerte de frente y que sabe que lo único importante es Dios.

Su infancia

Bartolomé nació en Pozoblanco, un pueblo de la provincia de Córdoba, el día de Navidad -25 de diciembre- del año 1914, hijo del matrimonio formado por Ismael Blanco Yun y Felisa Márquez Galán. Vivió sus tres primeros años de vida en una casa de la calle Andrés Peralbe. Cuando aún no había cumplido cuatro años, quedó huérfano de madre, pues Felisa murió el día 30 de octubre de 1918. Desde entonces, su padre y él se fueron a vivir a casa de sus tías Ana y Emigdia, hermanos de su padre, que se hacen cargo de él. Y Bartolomé pasa a ser un “hijo más” en la casa.

Desde la escuela de párvulos pasa a la escuela pública dirigida por don Fausto Tovar Angulo. Y allí se distinguió por su capacidad y por su sabiduría. Su maestro le dio el título de capitán, título que ostentó hasta que se puso a trabajar.

En el oficio de sillero

Una luctuosa desgracia ensombrece su vida. Cuando Bartolomé está pasando de la pubertad a la adolescencia, murió su padre en un accidente. Era el 6 de septiembre de 1926, en las proximidades de Hinojosa del Duque, un carro ocasionó la muerte de Ismael Blanco. Desde ese fatídico día era huérfano de padre y de madre.

Poco tiempo después, con sólo doce años, dejó la escuela pública y se puso a trabajar en el oficio de sillero, junto a sus primos Antonio y Nemesio. Y comenzó a frecuentar el Oratorio del colegio salesiano de Pozoblanco -del que fue catequista- adquiriendo alma salesiana. Dotado de una gran inteligencia y de un gran deseo de formarse, contó con la ayuda de don Antonio do Muiño, director del colegio salesiano. Éste le facilitó máquina de escribir y libros, invitándole a participar en los círculos de estudios, auténtica palestra de formación.

En la Acción Católica

En el año 1932 se fundó en Pozoblanco la Juventud Masculina de acción Católica, de la que Bartolomé fue secretario, cuando sólo tenía dieciocho años. En esta época se interesa por la Doctrina Social de la Iglesia e inicia su apostolado entre los obreros valiéndose de sus dotes como orador.

En enero de 1934 viaja a Madrid y es presentado al presidente de la Junta Central de Acción Católica, Ángel Herrera Oria, que también era fundador del Instituto Social Obrero. Don Ángel le facilitó a Bartolomé la participación en un curso de formación en el citado Instituto. Esto le permitió viajar junto con once compañeros por Francia, Bélgica y Holanda para conocer de cerca las organizaciones obreras católicas de esos países. A su vuelta, en poco menos de un año fundó ocho sindicatos católicos en diversas poblaciones de la provincia de Córdoba.

Su apostolado y su vida cristiana se basaba en la oración, la Eucaristía, la participación frecuente de los Sacramentos, la dirección espiritual, la devoción a la Virgen María, y sólida formación espiritual.

Prisión y martirio

Al iniciarse el 18 de julio de 1936 la guerra civil española, Bartolomé hacía el servicio militar en Cádiz y durante una semana de permiso es detenido en Pozoblanco el día 18 de agosto de 1936 por su condición de dirigente católico. A partir de su detención se preparó para el martirio con gran piedad. En la cárcel de Pozoblanco su comportamiento fue ejemplar, donde jamás pierde la serenidad ni el buen humor. El 24 de septiembre es trasladado a la cárcel de Jaén, en cuyo pabellón de “Villa Cisneros” tuvo la suerte de coincidir con quince sacerdotes y otros seglares fervorosos. El día 29 es juzgado por su condición de propagandista católico. Se defendió solo ante el tribunal. Tanto el juez como el secretario del tribunal no dudaron en mostrarle su admiración por las dotes que le adornaban. Debido a su elocuencia y la firmeza con la que defendió sus profundas creencias, trataron de ganarlo para su causa al comprobar sus cualidades como líder social, pero lo consiguieron. Fue condenado a muerte.

Durante el juicio sumarísimo, Bartolomé dejó constancia inequívoca de su fe cristiana y profesó con entereza inquebrantable sus convicciones religiosas. Bartolomé oyó al fiscal solicitar en su contra la pena de muerte y dijo sin inmutarse que nada tenía que alegar. No pidió que le cambiaran la pena capital y ante el tribunal comentó sin inmutarse que si seguía vivo seguiría siendo un católico militante. Siempre se había caracterizado por confesar su fe con optimismo, elegancia y valentía.

El día 1 de octubre, vísperas de su muerte, escribió una carta a sus familiares y otra a su novia Maruja. Ambas cartas constituyen una prueba fehaciente de su fe.

Antes de entrar “en capilla” -celda reservada a los condenados a muerte- repartió sus ropas entre los presos más necesitados, mientras confortaba a los que, como él, morirían al rayar el alba. “Era tanta su alegría que parecía dar la impresión de ir a uno banquete o a una boda”, declaró, años después, un preso que logró salvar la vida en la cárcel de Jaén.

Sus compañeros de prisión han conservado los emotivos detalles de su salida para la muerte. Era la mañana del día 2 de octubre, el de su su martirio. Estando en su celda y momentos antes de ser conducido al camión que le iba a llevar al lugar de la ejecución se descalzó para ir con los pies descalzos para parecerse más a Jesucristo. Él mismo explicó este gesto: Jesucristo fue descalzo al calvario, así quiero ir yo también. Además al ponerle las esposas, las besó con reverencia sorprendiendo al guardia que se las puso, y comentó: Beso estas cadenas que me han de abrir las puertas del Cielo. No aceptó ser fusilado de espaldas, según le proponían sus verdugos, ni que se le vendaran los ojos: Quien muere por Cristo, debe hacerlo de frente y con el pecho descubierto. ¡Viva Cristo Rey!”, fueron sus últimas palabras. Y después de la exclamación de “Viva Cristo Rey” cayó acribillado junto a una encina.

Carta de despedida a sus familiares

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Queridas tías y primos: Cuando faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia.

He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho.

Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos.

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero que vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal.

Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudiera servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que ls use en provecho de la Religión.

No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas.

Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.

Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación, Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo. Os abrazo a todos.

Bartolomé.

Carta en la que se despide de su novia

Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936

Maruja de mi alma: tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte.

Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual bálsamo benéfico , van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro a la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo.

Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme , me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.

Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.

¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenos, si no acertamos a salvar el alma.

Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, para ti mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.

Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.

Bartolomé.

Glorificación.

Sus restos mortales reposan en la iglesia salesiana de Pozoblanco. El 28 de noviembre de 2007 fue beatificado por Benedicto XVI en la plaza de San Pedro de Roma, juntamente con otros 497 mártires de la persecución religiosa habida en España en los años de la década de los treinta. El beato Bartolomé Blanco Márquez es patrono de la pastoral juvenil de la diócesis de Córdoba.

Su fiesta se celebra el 6 de noviembre.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX

MI SUERTE ESTÁ EN TU MANO (Sal 15)

Homilía de Mons. Juan Antonio Reig Pla,

Obispo de Alcalá de Henares,

en el LXXXII Aniversario de los mártires de Paracuellos

 18 de noviembre de 2018

Acabamos de escuchar de labios del Salmista una de las expresiones más consoladoras de la Sagrada Escritura: «El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en su mano» (Sal 15). Estas palabras se cumplen en todos los mártires que están enterrados en este cementerio que hemos convenido en llamar la Catedral de los mártires del siglo XX en España. Quienes los arrastraron descalzos y atados de dos en dos, quienes los fusilaron en este arroyo de San José de Paracuellos de Jarama pensaban que los entregaban definitivamente al exterminio. Sin embargo, del mismo modo que José, vendido por sus hermanos y colocado en el abismo de una fosa, fue la salvación para su pueblo (Gen 37, ss), hoy este lugar santo se levanta como una bandera tejida de amor a Dios que alimenta la fe de nuestro pueblo. Se quería convertir este paraje del arroyo de San José en un lugar de muerte y, sin embargo, ahora lo vemos convertido en un vergel regado por la sangre de los inocentes mártires que, unida a la sangre del Cordero, se extiende en sus siete fosas como los brazos de un candelabro que alumbra el caminar de España y fortalece la fe de nuestro pueblo.

Las cruces blancas de este jardín hermoso están inhiestas, anunciando la victoria sobre el odio y sobre la muerte. Son las cruces del amor, las cruces del perdón que nos recuerdan donde hemos sido amados y de donde ha brotado la victoria definitiva de la resurrección y la vida.

Nuestros hermanos beatos, y cuantos los acompañan en este cementerio, sabían bien, como San Pablo, de quien se habían fiado (2 Tim 1, 1) y, habiendo buscado su refugio en Dios, tenían muy presentes las palabras del Salmo: «no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción» (Sal 15).

Nuestros hermanos mártires ya conocieron los tiempos difíciles de los que habla el texto del profeta Daniel que hemos proclamado (Dan 12, 1-3). Eran tiempos en los que el odio a la fe quería destruir el alma católica de nuestro pueblo y con ello cometer la peor de las injusticias: encerrarnos en los muros estrechos de este mundo y privarnos de la justicia del cielo y de la gloria de los bienaventurados. Pero los mártires, reconociéndose como hijos de Dios desde el bautismo, sabían bien que habían sido inscritos en el libro de la vida para que, con la ayuda de la gracia redentora de Cristo, un día pudieran gozar de la dicha del cielo. Ellos «no amaron tanto su vida que temieran la muerte» (Ap. 12, 11), por eso su testimonio de fidelidad es el mejor legado que hemos recibido y nos alientan en nuestro peregrinar como pueblo santo de Dios.

Los beatos mártires – sacerdotes, religiosos y fieles laicos – supieron confiarse al juicio de Dios, convencidos de que «los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza e ignominia perpetua» (Dan 12, 2). Su muerte no ha sido un fracaso. Todo lo contrario. Su muerte, perdonando y gritando – algunos llevando el rosario en la mano – ¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!, hoy nos permite reconocerlos por el juicio de la Iglesia como «sabios que brillan como el fulgor del firmamento … o como las estrellas por toda la eternidad» (Dan 12, 3). De ellos aprendemos que en la historia la última palabra no la tiene la injusticia. Existe el juicio de Dios y creemos firmemente en la resurrección de la carne porque nuestro cuerpo es, como  el de Jesucristo, un cuerpo para la gloria. Él, como nos recordaba la Carta a los Hebreos, ya ha entrado en el Santuario del cielo y con su humanidad está sentado a la derecha del Padre e intercede por nosotros. Su único sacrificio por el perdón de los pecados es la raíz de nuestra esperanza. Él es en verdad quien ha enseñado a los mártires el sendero de la vida y quien les regala el gozo en su presencia y la alegría perpetua a su derecha (Cf. Sal 15).

También a nosotros nos ha tocado vivir en estos momentos “tiempos difíciles”. De nuevo en España vuelve a hacer su presencia el odio a la fe, la indiferencia religiosa y la persecución que pretende desterrar de nuevo la cruz y las huellas de tantos santos que han llenado de vigor el alma católica de nuestro pueblo. De nuevo, inspirándose en una cultura de muerte, se pretende hacer olvidar la soberanía amorosa de Dios Creador y Redentor, para afirmar la absoluta soberanía del hombre rompiendo sus vínculos con el propio cuerpo, con la familia, con la tradición y con Dios. Con esta cultura, que exalta al individuo y promueve una libertad perversa desvinculada de la verdad, se está generando un pensamiento único y totalitario que cristaliza en leyes inicuas que permiten la muerte de los inocentes en el inicio de la vida o en su etapa final y que destruyen la grandeza del matrimonio o el bien social de la familia.

En este mundo, en el que la palabra y el honor están perdiendo su significado, nosotros, como los mártires, hemos de confiar en Dios y hemos de sembrar nuestra tierra de la belleza de la fe y de la alegría de nuestra comunión con Dios y con los hermanos en la Iglesia. Como los testigos de la fe, cuyos cuerpos descansan en este Camposanto, somos conscientes de que con la humanidad de Jesucristo, el Verbo encarnado, la eternidad ha entrado en el tiempo. Por eso el cristianismo anuncia una novedad absoluta. No estamos solos. El Señor nos acompaña. Es más, estamos unidos a Él por el bautismo y, resucitado y glorioso, se hace presente en la Eucaristía que nos regala el cielo en la tierra. Esta misma celebración, en memoria de los mártires, no solo nos recuerda que somos para la eternidad, sino que nos regala la misma eternidad en el tiempo como pregustación de la gloria y del mismo cielo.

Con tan buen equipaje no hemos de temer desgastar nuestra vida en la evangelización y en el afán de devolver a nuestro pueblo el alma católica que nos ha caracterizado y ha hecho de nosotros un pueblo misionero. Hoy, cuando celebramos la Jornada Mundial de los Pobres a la que nos invita el Papa Francisco, es bueno recordar que no hay peor pobreza que la falta de Dios y que nuestra mejor limosna, junto con el cuidado de los más necesitados, es ofrecerles de manera humilde el testimonio de nuestra fe y la acogida como hermanos en la comunidad cristiana.

Es posible que algunos, en el contexto de la noche cultural y el olvido de Dios que estamos viviendo, se pregunten: pero ¿podremos resistir? Los mártires, y los ya beatificados, nos dan la respuesta. Ellos nos ponen de manifiesto que la victoria de Cristo, la victoria de la cruz, se extiende en el tiempo con los mártires y nos puede alcanzar a nosotros. Unidos a ellos también podemos decir con el Salmista: «Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré» (Sal 15). Fortalecidos por la gracia, con la alegría que promueve en nosotros el amor de Dios, hemos de sentirnos todos misioneros llevando en nuestros labios el anuncio del Evangelio y promoviendo el bien en todos los ámbitos de nuestra vida personal, familiar y social. La respuesta que espera la situación que vivimos en España es la santidad. Para ello, como hicieron los mártires, hemos de confiarnos al juicio de Dios, siempre dispuestos a abrazar la verdad como auténtico camino para la paz y la reconciliación.

Con la resurrección de Jesucristo, queridos hermanos, la muerte ya no tiene poder. Su victoria es nuestra victoria. Por eso el anuncio de la venida del Hijo del hombre «sobre las nubes con gran poder y gloria» (Mc 13, 26) nos llena de esperanza porque como dice el mismo evangelio, Él «enviará a los ángeles y reunirá a los elegidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo» (Mc 13, 27).

Con todos los mártires beatos abrimos nuestro corazón a Dios y elevamos nuestras súplicas para que nos cuente entre sus elegidos. Como nos advierte el Señor, queremos aprender de la higuera que cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabemos que el verano está cerca. Del mismo modo, asistidos por el Espíritu Santo, queremos detectar en nuestro mundo los signos que nos hablan de Dios y nos invitan a secundar los caminos que Él quiere abrir en nuestra historia. Nos anima la fe en Cristo y la confianza en sus palabras cuando nos dice: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31).

Una vez más, la celebración de esta Eucaristía en este cementerio de los mártires de Paracuellos de Jarama es una invitación a dar gracias a Dios por su testimonio. Inmersos en una nueva guerra cultural propiciada por el laicismo y la increencia, nuestro trabajo, en comunión con la Hermandad de Nuestra Señora de los mártires de Paracuellos y con todas las órdenes y congregaciones religiosas cuyos mártires reposan aquí, está encaminado a transformar este Camposanto en un referente de amor a Dios y a España. Para todos, y en especial para los jóvenes, hemos de ofrecerlo como un lugar donde han florecido la fe y las demás virtudes cristianas. Este cementerio es un verdadero jardín donde reposan ya ciento cuarenta y tres beatos (63 religiosos Agustinos, 22 Hospitalarios de San Juan de Dios, 13 Dominicos, 6 Salesianos, 15 Misioneros Oblatos, 3 Hermanos Maristas, 1 sacerdote de la Orden de San Jerónimo, 1 Capuchino, 1 religioso de la Orden del Carmen, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle) y 9 miembros de la Familia Vicenciana). Todos ellos, unidos a muchos de los que fueron sacrificados aquí, pusieron de manifiesto el poder del perdón y la llamada a la reconciliación.

Tan solo los santos, en efecto, son la respuesta a este momento que vivimos en España. Como los mártires que confiaron en Dios, nosotros deseamos poner en manos de Cristo nuestras vidas, nuestras familias y la totalidad de nuestro pueblo, convencidos de que con Dios lo tenemos todo y, sin Dios, no tenemos nada.

Una vez más al concluir la Eucaristía, expondremos al Santísimo y en procesión iremos a bendecir las fosas y a rezar por nuestros hermanos enterrados, por sus familiares y por la paz de nuestro pueblo.

Que la Virgen María, Reina de los mártires, interceda por todos nosotros y nos conceda ser un pueblo fiel a Cristo y que España pueda siempre caminar por las sendas de la justicia y de la paz.  Que la Virgen María, como Madre amorosa y Puerta del cielo, presente ante su Hijo Jesucristo nuestras oraciones por todos los fieles difuntos que aguardan la resurrección en este cementerio de Paracuellos. Que ella nos ayude a mantener a España unida como una familia, familia que se honra en la memoria de nuestros hermanos mártires que se mantuvieron fieles hasta el final. Amén.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España en el siglo XX

Obispo y mártir (Beato Florentino Asensio)

Una cruel persecución

En pleno siglo XX se produjo una de las más tremendas persecuciones contra la Iglesia. Durante la guerra civil española (1936-39), especialmente en los primeros meses, en la zona de dominio republicano-marxista se prohibió toda manifestación de signo religioso y, por el solo hecho de creer en Dios, fueron asesinados 13 obispos, 4.317 sacerdotes, 2.489 religiosos, 283 religiosas, 249 seminaristas y muchos millares de seglares. Felizmente y para gloria de estos mártires -entre los que contaban mujeres, ancianos y muchachos casi niños-, ni los pelotones de ejecución ni los tormentos a que fueron sometidos consiguieron apartarlos de la fe.

Además, en la cruel persecución se destruyeron templos, imágenes, signos y objetos de culto en tan cantidad que pocas veces se encontrará en la ya dos veces milenaria historia de la Iglesia una acción materialmente tan devastadora, consumada con el intento deliberado de eliminar la dimensión religiosa de la vida de una nación. Sólo los templos saqueados, incendiados o arrasados alcanzan la cifra de veinte mil.

Uno de los mártires fue Florentino Asensio Barroso, obispo titular in partibus de Eurea de Epiro y administrador apostólico de Barbastro, beatificado por el papa Juan Pablo II el 4 de mayo de 1996.

Breve fue su pontificado en la ciudad del Vero, pues no llegó a colmar los cinco meses. El 16 de marzo de 1936 había llegado a Barbastro, donde fue recibido por un gran gentío, a pesar de la tensión anticlerical que latía en la ciudad. Al bajar del coche dijo, como presintiendo su drama: Ya estamos aquí. Ecce ascendimus Hierosolymam (He aquí que subimos a Jerusalén). Y sonrió, lleno de paz y de conformidad. El 9 de agosto, a las tres de la madrugada, en el kilómetro 3 de la carretera de Sariñena fue fusilado.

Primeros años de su vida

El obispo mártir había nacido el 16 de octubre de 1877 en Villasexmir, pueblecito vallisoletano del partido judicial de Mota del Marqués, del arciprestazgo de Torrelobatón, entonces de la diócesis de Palencia y hoy de la archidiócesis de Valladolid. Cuando Florentino contaba tres años de edad su familia se trasladó a Villavieja del Cerro. Sintiendo la llamada al sacerdocio, acudió a una preceptoría de preparación para el seminario diocesano que el párroco de Villavieja, D. Santiago Herrero, dirigía.

En el seminario destaca por su aplicación escolar, pero sobre todo por su conducta y virtudes, como proclamaron sus compañeros, hasta afirmar uno de ellos que en Florentino veía un santo dentro de lo humano. Recibió la ordenación sacerdotal el 1 de junio de 1901, de manos de monseñor Cidad, obispo auxiliar del cardenal Cascajares. Quiso celebrar su primera Misa solemne en Villavieja en un día muy señalado para él, el 16 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, devoción que polarizó siempre los fervores de Florentino. Treinta y cinco años después, en la misma iglesia parroquial ofició su primer pontifical, ya hecho obispo.

Cargos pastorales

Su primer cargo pastoral fue el de coadjutor de Villaverde de Medina. De su actuación en aquel pueblo declaró D. Norberto Iscar, un párroco del lugar que años después recopilaba recuerdos e informes sobre D. Florentino, en estos términos: Todos los que le conocieron me hablan de su carácter sencillo y afable; de su labor paciente y diaria, de su solicitud por la enseñanza del catecismo a los niños y adultos, de su celo por visitar a los enfermos a quienes consolaba y trataba de remediar en sus necesidades. Implantó en el pueblo el Apostolado de la Oración, la Congregación de la Hijas de María y la Obra del Pan de los Pobres para socorrer a los necesitados.

Poco más de un año estuvo en Villaverde, pues el nuevo arzobispo de Valladolid, monseñor Cos y Macho, le llamó a la ciudad del Pisuerga para darle el cargo de archivero episcopal. El 13 de abril de 1903 ya está en Valladolid, canónicamente adscrito a la parroquia de San Ildefonso y como capellán de las Hermanitas de los Pobres. Dos años después el arzobispo le nombra su capellán y mayordomo, empleo que le obligó a residir en la sede del Arzobispado de modo habitual. No por ello renunció a una intensa actividad apostólica. Desde el 2 de enero de 1905, y durante 24 años seguidos, compaginó sus funciones en el palacio episcopal con la de capellán de la Religiosas Siervas de Jesús. En este último cargo destacó por su piedad, asiduidad y celo en el servicio del culto, del confesonario, de la catequesis y formación de religiosa. Le tenían como sacerdote en todo ejemplar por su sencillez, su modestia y su fervor. También atendió el Monasterio de Las Huelgas Reales, y según testimonio de una religiosa, los días que D. Florentino iba al Monasterio había que retrasar la hora de cerrar la iglesia por la gente que acudía su confesonario. Y asimismo, en las Rvdas. Oblatas del Santísimo Redentor, y en las Hijas de la Caridad del Hospital de Santa María de Esgueva. En todos estos centros gozó de fama de prudente confesor y celoso director de almas.

Profesor

En los años 1905 y 1906 obtuvo la licenciatura y el doctorado por la Universidad Pontificia de Valladolid, lo que le habilitó también para ejercer la docencia en dicha Universidad. En 1916 recibía de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades el nombramiento de profesor. Anteriormente, en 1910 fue nombrado beneficiado de la catedral, y en 1918, canónigo. Al ser promovido a la Sagrada Púrpura su arzobispo, acompañó a monseñor Cos y Macho a Roma, donde conoció al papa san Pío X. A la muerte del cardenal Cos y Macho, ocurrida en 1919, pasa a ocupar la sede vallisoletana monseñor Remigio Gandásegui, que nombra a D. Florentino confesor del Seminario Conciliar. De su esmero y solvencia en este cometido, está el testimonio del que fue cardenal Primado de España, monseñor González Martín: Con frecuencia me confesé con él durante el trienio filosófico, cuando yo tenía 15 a 17 años. Mi recuerdo personal me permite evocarle como un sacerdote muy fervoroso, muy fino y muy delicado espiritualmente; muy capaz de despertar en nosotros los seminaristas, deseos de virtud y vida santa.

En el año 1925 fue nombrado párroco de la catedral metropolitana, a cuya jurisdicción y cuidados pastorales se adscribía todo el personal que prestaba servicios a la catedral. Cargaban también sobre él los servicios ordinarios de culto, predicación, catequesis, confesiones, atención a los enfermos… Los 10 años dedicados a esta función fueron de absoluta ejemplaridad y diligencia.

La predicación fue para D. Florentino una verdadera vocación que cultivó desde el comienzo de su vida sacerdotal hasta los últimos días de su vida. Preparaba sus sermones con esmero y escribía cuanto decía, de principio a fin. Para él la predicación era, más que un desahogo, un deber de su espíritu y celo apostólico.

Obispo

Un día de otoño de 1935 -12 de octubre- fue llamado a Ávila por monseñor Tedeschini, nuncio apostólico en España, para hacerle saber que la Santa Sede se proponía elevarlo a la dignidad episcopal con nombramiento de Administrador Apostólico de Barbastro, sede que había quedado vacante por traslado del obispo redentorista P. Nicanor Mutiloa Irurita a la sede de Tarazona. Sorprendido, y honradamente convencido de que a él no le iba tal dignidad, se resistió hasta el máximo, según testificó el propio nuncio, Federico Tedeschini: El candidato D. Florentino Asensio Barroso, es dignísimo como persona y no indigno como candidato al episcopado. Le llamé y expuse la soberana voluntad (del Papa) que le destinaba a Barbastro. Durante la conversación, el sacerdote, que es sin duda una persona enteramente de Dios, se resistió por todos los medios. Desde Valladolid, el canónigo Asensio escribió al Nuncio declinando la propuesta. Y a duras penas, terminó aceptando la carga de aquella Administración Apostólica. Todo analizado, creo que hará mucho bien, dará mucha gloria a Dios y hará mucho bien a las almas. Parece ser que después de una abundante correspondencia, el representante del Papa zanjó la cuestión con estas palabras: O acepta usted el cargo o será considerado como hijo rebelde de la Santa Sede.

La consagración episcopal tuvo lugar el 26 de enero de 1936. Actuó de consangrante el arzobispo de Valadolid, monseñor Gandásegui, acompañado por los co-consagrantes Manuel de Castro y Alonso, arzobispo de Burgos, y Manuel Arce Ochotorena, a la sazón obispo de Zamora.

Tiempos difíciles

Los tiempos eran difíciles para la Iglesia en España. La situación se agravaba por momentos y el estallido revolucionario, que ya en 1934 había causado muchas víctimas y graves daños en Asturias y en otras partes, amenazaba de nuevo. Para el 16 de febrero, se habían convocado elecciones legislativas y el nuevo obispo quiso dejar pasar aquella circunstancia, antes de emprender la marcha y comenzar la tarea en Barbastro. Pero quiso estar en su nuevo destino antes de que comenzase la Semana Santa de aquel año, y decidió realizar la entrada solemne en su sede el día 15 de marzo, III domingo de cuaresma. Noticia que difundió El Cruzado Aragonés, semanario católico.

Las elecciones generales de febrero, con el triunfo del Frente Popular, encresparon aún más las aguas, no siendo Barbastro ajena a la agitación de aquellos tiempos. Había en la ciudad del Vero grupos organizados que fomentaban la subversión y el sectarismo anticlerical. Durante el pontificado del obispo Mutiloa ya se habían producido la profanación del cementerio y el asalto al Seminario Diocesano.

En Barbastro

Monseñor Asensio salió de Valladolid el 13 de marzo, en marzo rumbo a Zaragoza. Al despedirse de la comunidad del Monasterio de Las Huelgas Reales la abadesa le dijo, lamentándose: En qué tiempo le toca ir a tierras tan lejanas. Y D. Florentino contestó: ¿Y qué? Todo se reduce a que me maten y vaya antes al cielo. La parada en la capital aragonesa era ineludible para postrarse ante la Virgen del Pilar y para cumplimentar a su metropolitano, monseñor Rigoberto Doménech. Estando en Zaragoza, pudo percibir los primeros aires de la tormenta que se cernía sobre su persona.

Al circular la noticia de su llegada, se supo que elementos provocadores estaban apostados en la carretera de Huesca para perturbar el acto o atentar contra la persona del nuevo prelado. El Cabildo de la Catedral lo alertó. Y el Obispo retrasó su llegada al día siguiente, 16 de marzo, lunes. Llegó protegido y sigilosamente. La “recepción” fue en la Catedral, donde se habían congregado los fieles para recibirle sin más boato que la cordialidad y el ceremonial litúrgico prescrito para tales casos.

En la alocución dijo que era la Providencia quien le traía a Barbastro para ser padre de todos en cualquier circunstancia, pero preferentemente en las adversas… Que había llegado el momento de estrecharnos todos las manos para que no existiesen odios, ni rencores, ni envidias, ni prejuicios, hasta conseguir que todos seamos realmente buenos hermanos como hijos de un mismo Padre.

Primeros problemas

Pocos días después -el 18 de marzo-, el Ayuntamiento hizo llegar al Obispo el acuerdo que se había tomado en la sesión municipal de prohibir el toque de campanas como anuncio de actos de culto, de festividades religiosas y cualquier otro tipo que no sea expresamente autorizado por esta Alcaldía. Porque decían que el frecuente toque de campanas constituye una molestia que debe evitarse… es anuncio contrario al sentir popular… abuso flagrante y reto a las creencias u opiniones opuestas… propaganda hiriente para muchos… turbadora del reposo de todos.

Sin hacer en ningún momento dejación de derechos, monseñor Asensio dio pruebas de talento y de moderación.

Pero el asunto que le dio más quebraderos de cabeza fue la defensa del Seminario Diocesano, cuyo edificio se había adjudicado el Ayuntamiento por la fuerza en el año 1933, y que sólo tras penosos esfuerzos pudo ser recuperado por monseñor Mutiloa, predecesor de D. Florentino en la sede episcopal de Barbastro. El recién llegado obispo hizo lo que buenamente pudo en el viejo pleito sobre la propiedad del Seminario. A las amenazas del Ayuntamiento de apoderarse de nuevo del inmueble, monseñor Asensio opuso una táctica dilatoria, entre amable y prudente. Logró así, al menos, que los seminaristas acabasen el curso. Cuando en mayo de 1936 las turbas asaltaron el edificio, consiguió salvar los objetos más importantes de la iglesia, de la biblioteca… Al iniciarse la demolición del Seminario, acudió al Tribunal Supremo y depositó la fianza legal, con lo que frenó por el momento los hechos consumados.

En el ámbito social acudió en auxilio de la clase obrera, tan maltratada. Entregó de sus fondos unas 2.000 pesetas para aliviar a los parados, una cantidad respetable para aquellos tiempos. Mandó también realizar obras en la tapia del huerto del Obispado para dar trabajo a algunos desempleados. Inició, por otra parte, el Sindicato Católico en su diócesis, como alternativa a los sindicatos de ideología anticristiana.

El ambiente de Barbastro era tenso, el clima anticlerical de un sector de la población estaba totalmente enrarecido. D. Florentino presentía la tragedia. Cuando el 2 de julio subió al Monasterio de las Religiosas Capuchinas para presidir la elección de una nueva abadesa, dijo en la plática previa a la votación: Quien sea la elegida tome la cruz y siga a Jesús cargado con la suya hasta el Calvario, para ser allí crucificada con Él. ¡Qué dicha si algún día llegamos a ser mártires! ¿Quién sabe si no lo seremos? Para él, la cruz, el calvario y el martirio estaban tan sólo a días vistas.

El Pastor no abandona a las ovejas

Tan grave era la situación, que varias personalidades eclesiásticas, entre ellas el obispo de Huesca y el arcediano del Pilar de Zaragoza, le aconsejaron que se alejase de la diócesis. La respuesta de D. Florentino, al oír tales consejos, siempre era la misma: Yo no abandono la viña que el Señor me ha confiado. Quiero correr la misma suerte de mi diócesis. Y, sin vacilar en ningún instante, siguió en su puesto ofreciéndose en holocausto. Él vivía en el clima de la confianza en el Señor. Veinte siglos atrás en Jerusalén habían crucificado al Hijo de Dios, y a lo largo de la historia, una multitud de hombres y mujeres habían sufrido persecuciones, violencias y martirios a causa de su fe. D. Florentino presentía que el Señor le llevaba por el mismo camino.

Una sangrienta persecución

El 13 de julio era asesinado en Madrid el jefe de la oposición parlamentaria, José Calvo Sotelo, por las fuerzas de seguridad del Estado. España entera se conmovió. Aquel crimen fue el detonante que desencadenó la Guerra Civil española. Cuatro días después, el 17 de julio, se produjo el alzamiento del ejército de África. Al día siguiente, por la mañana, el secretario de Cámara del Obispado fue a despachar con el prelado. Éste le preguntó: ¿Has oído lo del levantamiento de África? Su colaborador le contestó: Sí, lo he oído, Sr. Obispo. Y el Obispo comentó: Veremos lo que el Señor nos prepara.

A partir de aquel momento, se desarrolló en toda la diócesis de Barbastro una sangrienta persecución religiosa. El 19 de julio fueron detenidos dos sacerdotes, entre ellos el Vicario General. En la mañana del 20, un piquete de milicianos comunica al Sr. Obispo que quedaba detenido en el palacio episcopal, prohibiéndole toda comunicación con el exterior. Dos días más tarde, D. Florentino es trasladado al colegio de los Padres Escolapios, transformado en cárcel, donde fueron llegando varias decenas de religiosos, algunos sacerdotes y algún seglar en calidad de presos.

En D. Florentino la oración fue el soporte y sedante para la tensión de aquellos días. Si todos los allí encarcelados recibieron de él un refuerzo de la fe, la muerte presentida, ya cercana, pedía redoblar las energías del espíritu. Nadie podía apartarle de los grandes asideros de su alma: la oración que hacía delante de la Eucaristía, oculta en el gabinete de física del colegio, desagraviando, y la Sagrada Comunión que recibía diariamente; el recuerdo de la Virgen María con la práctica del Rosario Perpetuo; y, sobre todo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al cual comenzó una novena el día 31 de julio, terminándola el 8 de agosto con una confesión general, momentos antes de salir para sufrir el martirio.

El martirio

El 6 de agosto empezaron los interrogatorios. Al atardecer del 8, el Obispo fue citado de nuevo por dos milicianos a declarar. Presagiando lo peor, se acercó al prior de los benedictinos y le dijo: Por lo que pudiera ocurrir, déme la absolución. Aquella noche fue encerrado en la cárcel. A la una de la madrugada D. Florentino habló a los religiosos y demás personas que allí habían: Hijos míos, voy a daros mi última bendición, y después, como nuestro Maestro Jesús, celebraré mi última cena con vosotros. Algunos de los presentes se echaron a llorar, y añadió el prelado: No, no lloréis, porque esta noche es muy grata para mí. Elevemos nuestras plegarias al Todopoderoso para que salve a España de nuestros enemigos. A las tres le sacaron de la cárcel camino del Calvario. Su pasión había comenzado.

Cuando lo fueron a buscar en la cárcel, Mariano Abad, conocido por el Enterrador y que capitaneaba el piquete de ejecución, se quedó mirando con fijeza a monseñor Asensio, que vestía una chaqueta que no era suya y con mal aspecto, y soltando aquel personaje siniestro una blasfemia, le dijo: ¿Tú eres el Obispo? Pues, ¡si pareces un pastor!, a la vez que le daba un empellón despectivo y añadía: ¡No tengas miedo, hombre! Si es verdad eso que predicáis, irás al cielo. Lo único que dice el Obispo es: Sí, y rogaré por vosotros. Y entre insultos y blasfemias, el Enterrador le ató las manos detrás de la espalda con alambre, mientras decía: A éste, como es el pez gordo, lo ato yo. Y a continuación se consumó la burla más sangrienta y nefasta de toda la historia de Barbastro, el escarnio del Obispo.

Le bajaron la ropa, entre carcajadas, para ver si realmente era hombre como los demás. D. Florentino bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra. Entre frases groseras e insultantes, risas y algarabía, uno de los presentes se acerca a sus genitales y, con sacrílega burla, le enseña una navaja cabritera y le corta los testículos. El obispo palideció, pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las Cinco tremendas Llagas. Le cosieron la herida, el escroto, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Le apretaron una toalla para frenar la hemorragia. El Enterrador rezongó: Habéis tenido el capricho de hacer esto, y ahora vamos a tener que llevarlo a cuestas hasta el camión, “si se enfría”.

El obispo fue empujado sin consideración al camión, y llevado a fusilar. Le obligaron a ir por su propio pie, chorreando sangre, a primeras horas del día 9 de agosto. Para los asesinos era un perro, una pobre bestia amansada y derruida. Ante los ojos de Dios y de los creyentes, era la imagen ensangrentada y bellísima de un nuevo mártir, en el trance supremo de su inmolación. El heroico prelado iba camino de su Gólgota diciendo en voz alta y alborazada: Qué noche más hermosa para mí; voy a la casa del Señor. Uno de los milicianos no entendía de qué podía alegrarse en aquel trance, y comentó: Se ve que no sabe a dónde lo llevamos… Y D. Florentino, serenamente, dice: Me lleváis a la casa de mi Dios y mi Señor; me lleváis a la gloria. Yo os perdono. En el cielo rogaré por vosotros… Sus verdugos le decían: Anda, tocino, date prisas. Y él: No, si por más que me hagáis, yo os he de perdonar.

Extenuado, llegó al lugar de la ejecución. Al recibir la descarga, los milicianos le oyeron decir: Señor, compadécete de mí. Su muerte no fue instantánea. Su agonía duró aproximadamente una hora, pues no le dieron el tiro de gracia, sino que lo dejaron morir desangrándose para que sufriera más. La agonía le arrancaba lamentos, se le oía decir: Dios mío, abridme pronto las puertas del cielo. También dijo: Señor, no retardéis el último momento. Y repetía muchas veces que ofrecía su sangre por la salvación de su diócesis.

Una vez muerto, Mariano Abad dijo: Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado. Esto está en marcha. Luego añadió como arrancándose de la cabeza una pesadilla: ¿Te has fijado, el Obispo? ¡Qué serenidad! Aun en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios… ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece hasta como si tuvieran satisfacción. Se quedó mirando al vacío y de repente: No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer. Y de los 140 sacerdotes de la diócesis de Barbastro fueron asesinados 114.

El cadáver del Obispo mártir fue arrojado a la fosa común. Al finalizar la Guerra Civil se procedió a la exhumación de los restos de las víctimas. El cadáver de D. Florentino pudo identificarse. Trasladados sus restos en un primer momento a la cripta de la Catedral con gran solemnidad, años más tarde fueron depositados bajo el altar de la Capilla de San Carlos. Una vez beatificado, su fiesta se celebra el 9 de agosto.

Memoria histórica de la persecución religiosa en España durante el Siglo XX: Los mártires de Cordoba

La Iglesia reconoce como martirio el asesinato en la diócesis de Córdoba de 127 católicos entre julio y octubre de 1936, a manos de personas armadas del Frente Popular. Es el grupo del sacerdote diocesano Juan Elías Medina y 126 compañeros mártires.

Entre los nuevos mártires hay casi 80 sacerdotes, 5 seminaristas, 3 religiosos franciscanos, una religiosa Hija del Patrocinio de María y casi 40 laicos, incluyendo dos matrimonios (uno de Villaralto y otro de Puente Genil) y a la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz, que fue una de las primeras mujeres farmacéuticas de España (se licenció en 1905) y presidenta de la Acción Católica local.

Entre los asesinados en Córdoba presentados a consideración de la Causa de los Santos había ocho parejas de hermanos, dos hermanos seminaristas de Puente Genil; varios tíos con sus sobrinos; una madre y dos hijas, varias primas… Entre ellos se incluye también Baltasar Torrero Béjar, padre mártir de un sacerdote salesiano mártir beatificado ya en 2007, Antonio Torrero Luque.

Entre los laicos asesinados había varios agricultores, un pequeño comerciante de libros y objetos religiosos, un notario, varios sacristanes… La mayoría pertenecían a la Adoración Nocturna o a la Acción Católica.

El mártir de más edad de este grupo fue la anciana Hija del Patrocinio de María, María del Consuelo González Rodríguez, martirizada en Baena con ochenta y seis años.

El mártir más joven del grupo es Antonio Gaitán Perabad, asesinado en El Carpio, al que le faltaban 6 días para cumplir 16 años. Su hermana, Araceli Gaitán, religiosa de la Institución Teresiana, ha guardado su memoria. “Cuando mis padres le propusieron que podía irse a Córdoba a estudiar el Bachillerato, él les dijo: ‘Yo no dejo solo a papá en el comercio’. (Teníamos una tienda). Él sabía muy bien que su padre necesitaba su ayuda.

Fue un hijo fiel, bueno y trabajador, hasta el final de su vida”. Prefirió morir, aunque le ofrecían la vida, antes que abandonar a su padre”, recuerda ella. Escribe así los hechos (según recoge Iglesia en Córdoba, en octubre de 2010):

Cuando sacaban a todos los presos para llevarlos en un camión al paredón del Cementerio, un miliciano -¡forastero!- le dio lástima y le preguntó:

-Niño, ¿tienes madre?

-Sí, señor.

-¡Vete corriendo con ella!

-¿Y qué van a hacer con mi padre?

-¡No te preocupes! ¡Vete!

-Yo no dejo solo a mi padre… donde él vaya, voy yo.

Y ante la posibilidad de librarse de la muerte, eligió ir con su padre y, abrazado a él, murieron todos fusilados”.

Isidra Fernández era la presidenta de Acción Católica en Villaralto. Ella y su marido, Isidoro Fernández, fueron retenidos algunas semanas y después los llevaron al pozo de la mina de cobre de Cantos Blancos, en Alcaracejos.

Los ataron con los brazos en forma de cruz en las rejas de una de sus entradas. Allí les azotaron y pincharon con cañas y varas. Parece que también abusaron de la mujer en presencia del marido. Ella se mostró firme y daba ánimos a su esposo. “Isidoro, di conmigo: ¡Viva Cristo Rey! Que nos matan, di: ¡Viva Cristo Rey!”, le exhortaba ella. Les dispararon con escopeta desde cerca y a ella la remataron degollándola.

Ya muertos, los arrojaron por el pozo, pero el cadáver de ella permaneció sobre una viga que atravesaba el pozo, como se descubrió 3 años después cuando al acabar la guerra se sacaron los cuerpos. Los cuerpos de ambos fueron depositados en unos nichos del cementerio de la localidad de Villaralto.

La historia de la farmacéutica de Palma del Río, Blanca de Lucía Ortiz: Era hija de farmacéutico y se licenció en farmacia en 1905, una de las mujeres pioneras en esta carrera. Su padre era agnóstico, con fama de reservado y arisco y de haber tratado mal a su mujer; la madre era devota y abierta, y así lo sería también Blanca. Quedó viuda en 1919, con 44 años y sin hijos.

Blanca de Lucía Ortiz, la farmacéutica asesinada en Palma del Río en 1936 “por católica”

Como farmacéutica titular del pueblo, regalaba medicinas a los más pobres y las dejaba a fiar a otros muchos. También era generosa en donativos a las iglesias. Era presidenta de Acción Católica. No militaba en ningún partido, pero muchas personas católicas, de varios partidos de derechas, pasaban por su farmacia y se quedaban hablando, porque era un punto de socialización local.

Al terminar la jornada en la farmacia, rezaba el rosario con sus empleados y leían un capítulo de la vida de algún santo. Ya mayor, financiaba la educación de Pepitín, hijo del matrimonio que la atendía y ayudaba. También iba a misa diaria, por lo general al hospital de San Sebastián, a veces a la parroquia. El párroco, Juan Navas, otro de los mártires de este grupo, solía pasarse por la farmacia a comprar regalices que luego regalaba a los niños de la parroquia.


Cuando empezó la violencia, doña Blanca pensó que no irían a por ella. ¿Quién quiere atacar a una farmacéutica de 61 años? Pero la encerraron en la cárcel municipal y después la llevaron a pie hasta el puente de hierro sobre el Guadalquivir, la desnudaron, la torturaron, la vejaron y la arrojaron al río, probablemente ya muerta. No se encontró el cadáver. No hubo testigos de los hechos, pero los asesinos presumían de lo que habían hecho y muchos lo oyeron por el pueblo. Parece que el objetivo era aterrorizar al pueblo.

En el libro 38 de defunciones de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Palma del Río, se lee: “a 20 de agosto de 1936, doña Blanca de Lucía y Ortiz fue sacada de la prisión en la que la detenían por católica los rojos marxistas. Y después de martirizarla con ensañamiento le dieron muerte”. En otras partidas de defunción de víctimas de la izquierda radical esos días no se detalla ni el enseñamiento ni el motivo religioso, pero sí en el caso de la farmacéutica.

Su figura inspira la de doña Marta en la novela de Mariano Aguayo Furtivos del 36. El 16 de septiembre de 1936, el diario ABC, edición Andalucía, recoge el testimonio de un cajero de banco en Palma del Río que explicaba cómo mataron “al cura párroco, don Juan Navas, gran filántropo de los pobres, por el solo hecho, así se lo notificaron al asesinarlo, de ser cura; al Jefe de Correos, don Hermenegildo Pérez, por el simple motivo de serles antipático; a la

farmacéutica doña Blanca de Lucía, casi anciana, después de vejaciones inconfesables; una vez asesinada, desnuda, la arrojaron con una piedra al río”.

En el archivo de la parroquia se lee que el párroco, Juan Navas y Rodríguez Carretero, era “persona enamorada de la caridad, de tal manera, que con su dinero (el que ganaba, pues no poseía fortuna) sabía llegar a todos los necesitados siendo queridísimo de estos y al preguntar por qué se le mataba le respondieron textualmente que ellos no mataban a don Juan Navas sino al cura”.

Añade el texto: “don Rafael Rodríguez y Rodríguez, persona piadosa y gran amigo suyo, asegura y da su palabra de decir verdad, que en la tarde del 19 de julio, último día que lo vio, le dijo que él se entregaba en las manos de Dios pues a El le había ofrecido su vida por la salvación de España”. El párroco estuvo 20 días en la cárcel en la que sufrió humillaciones, hasta que fue asesinado el 16 de agosto de 1936.

Los milicianos mataron a unas 40 o 50 personas esos días, incluyendo a los 4 médicos del pueblo y el juez. No mataron más clérigos porque se habían ido previamente siguiendo órdenes de sus superiores. Se supo que la orden de matar a los médicos la dio otro médico que era socialista y masón.

Martirio=Testimonio

“Martirio”, en la tradición de la palabra griega, significa testimonio. Así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio de Jesús para dar testimonio de Él. Un testimonio que muchas veces termina con el sacrificio de la vida. La cuestión central es que el cristianismo no es una religión de sólo ideas, de pura teología, de estética, de mandamientos. Nosotros somos un pueblo que sigue a Jesucristo y da testimonio, quier dar testimonio de Jesucristo. Y este testimonio algunas veces llega a costar la vida (Papa Francisco).