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Campamento de Montejaque (II)

La vida en el campamento era un poco espartana. Comodidades no había ninguna. Escasez de agua, con uno o dos minutos para la ducha colectiva. Explico esto de ducha colectiva. Se trataba de una tubería horizontal a unos dos metros del suelo, con varias alcachofas. La compañía se ponía en fila debajo de la tubería. Eso sí, cada uno procuraba ponerse debajo de una alcachofa y de esta forma se aseguraba que le caería agua encima. Para guardar el pudor, nos duchábamos con el bañador reglamentario del campamento, el famoso UHF. Estas tres letras son las iniciales de un huevo fuera, porque el bañador no conseguía cubrir por completo lo que se quería que permaneciera oculto, aunque en la vida “civil” UHF era el segundo canal de la única televisión que había en España.

Sin servicios. Había unas letrinas y unos lavabos corridos al aire libre. Para el aseo personal había que utilizar un espejo portátil. Y sólo había agua en los momentos previstos por el mando para el aseo, es decir, a primera hora de la mañana, después del toque de diana, y por tarde, antes del tiempo libre.

Pronto nos acostumbramos a los diversos toques militares. El más odioso era el toque de diana, porque se tocaba a las seis y media para despertarnos. Con la diana comenzaba el nuevo día. Inmediatamente había que levantarse y formar. Una vez rota la formación había un tiempo para el aseo personal, arreglar la tienda, recoger los charneques, etc., y también para desayunar. El desayuno consistía en un chusco de pan y un líquido lechoso. Como a mí la leche no me gusta, mi desayuno era solamente el chusco. En este tiempo libre algunos hacían el tigre. Hacer el tigre consistía en volver a acostarse durante el tiempo de aseo. Por supuesto, estaba prohibido. Los otros toques más frecuentes eran fajina (para ir a comer) y retreta (para acostarse). Pero siempre, formando previamente. Para fajina la formación era en Plaza de Armas, donde estábamos todas las unidades del campamento. Y la formación de retreta era por compañía. Una vez formado se leía (estando todos descubiertos y en posición de firme) la orden del día y los servicios del día siguiente.

Algo muy deseado por los milicios era el meteoro, es decir, que lloviera, pues entonces se suspendía casi todas las actividades de la jornada. Pero los meteoros en mis dos campamentos fueron tan escasos que sólo recuerdo algún que otro en la primera semana del primer campamento.

El horario de la mañana era aproximadamente el siguiente. Sobre las siete y cuarto se formaba la compañía para ir a hacer instrucción y tácticas militares en un lugar que le llamábamos el cuadridongolo. Eran varias horas. Al finalizar, se bajaba a la Plaza de Armas para continuar la instrucción y desfilar. Aquí hago un paréntesis. Yo como tengo muy mal oído, me resultaba muy difícil llevar el paso y era lo que en el argot se llamaba piñón fijo. No conseguía ni llevar el paso ni mover los brazos a la hora de desfilar. Además, por mi estatura tenía que estar en primera fila. Los primeros días me resultaron dramáticos. El capitán tuvo una decisión que siempre se la agradeceré. Me colocó en la última fila de la compañía para la instrucción y me dispensó de desfilar. Todo un chollo, pues en la última fila mis posibles fallos en la instrucción no se veían desde donde se colocaba el capitán y demás oficiales. Y el no desfilar era muy descansado. Recuerdo que después de estar en el cuadridongolo yo me iba directamente a la compañía y descansaba en la tienda mientras que mis compañeros se iban a la Plaza de Armas y estaban desfilando un buen rato, expuestos a ser reprendidos, e incluso a ganarse a un arresto, si no lo hacían bien. Después llegaban todos sudorosos a la compañía, donde yo estaba bien descansado. De toda forma este privilegio, aunque cómodo, era para mí humillante. Y por otro lado, pensaba que el ser piñón fijo era un hándicap para conseguir la estrella de seis puntas de alférez. Los tres jalones dorados de sargento no me atraían lo más mínimo.

En el campamento de Montejaque (I)

En el curso 1969-70 hice los trámites para hacer el servicio militar en la IPS (Instrucción Premilitar Superior), es decir, la milicia universitaria. Después de entregar los papeles (instancias, certificado de buena conducta, fotografías…) en las oficinas militares situadas en la calle Baños, n. 50 de Sevilla, realicé una prueba psicológica consistente en unos tests en el cuartel de Regimiento Mixto de Ingenieros de Sevilla. También superé las pruebas físicas, que tuvieron lugar en la Universidad Laboral de Sevilla. Estas pruebas no las hice el día previsto, porque estaba lesionado en una mano. Tuve que esperar unas semanas y hacerlas en la convocatoria de repesca.

La lesión me la produje jugando un partido de fútbol con el equipo del Colegio Mayor Guadaira, en el campo de la RUS (Residencia Universitaria Salesiana).

Los campamentos de la IPS servían para formar oficiales de complemento, pero no todos salían con el empleo de alférez. En mi época un 40% de los aspirantes salían de sargento. Había que estar dos veranos consecutivos en el campamento. Mi primer campamento tuvo una duración de tres meses (junio, julio y agosto). Sin embargo, el segundo sólo fue de dos meses (julio y agosto), pues la IPS iba a desaparecer al año siguiente, siendo sustituida por la IMEC, que ya no sería en campamentos, sino en cuarteles y academias militares.

El día 1 de junio de 1970, en la antigua estación de la Renfe de San Bernardo comenzó nuestra vida militar, y en un tren militar viajamos a Montejaque. El tren salió de Sevilla a las 11 de la noche. Y llegó a la estación de La Indiana al amanecer. De la estación fuimos, ya formados militarmente, al cercano campamento de Montejaque. Éste estaba situado en la ladera de un monte, cerca de Ronda, en la provincia de Málaga. El nombre está tomado de un pueblo de los alrededores que se llama Montejaque.

Pertenecía al arma de Ingenieros, en la sección de Transmisiones. Mi compañía era la 24, perteneciente a la 6ª agrupación, y, como las 23 restantes unidades, estaba formada por 100 caballeros aspirantes a oficial de complemento (Caoc). La mayoría de caoc de la 24 eran compañeros de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla. También había otros de otras universidades y escuelas técnicas (Granada, Murcia, Valencia y Politécnico de Grado Medio de La Rábida) y de diversas carreras (Ciencias Físicas, Ingenieros Técnicos Industriales).

Aquel verano, en el campamento de Montejaque estaban unos 2.400 universitarios haciendo la IPS, agrupados en 4 agrupaciones (3 pertenecientes al Arma de Infantería, con 4 compañías cada una; y 1 perteneciente al Arma de Ingenieros, también con 4 compañías -2 de zapadores y 2 de transmisiones-), 1 escuadrón del Arma de Caballería (4 escuadras) y 1 batallón del Arma de Artillería (4 baterías). La mitad de los 2.400 caoc eran del primer año, y la otra mitad, del segundo año. También estaban las fuerzas auxiliares, compuestas por soldados de reemplazo, y se dedicaban a las faenas domésticas: cocina, comedores, limpiezas…

Los cien de la 24 compañía fuimos distribuidos en diez tiendas de campaña (diez en cada una). A mí me tocó la primera. También fuimos numerados por orden alfabético. Mi número era el 8. En la tienda 1ª estábamos 7 de la Escuela de Ingenieros de Sevilla, pero sí había una representación muy diversificada de las provincias de origen de cada uno. En total, éramos de 9 provincias distintas. Éstas eran: Córdoba, Sevilla (con dos), Cádiz, Huelva, Valladolid, Valencia, Murcia, Granada y Jaén. He aquí los apellidos de los de mi tienda: Álamo, Alonso, Aguilar, Alcolea, Álvarez, Arias, Arroquia, Barba y Benlloch, además del mío, Azcárate.

Algunos caoc de la 24 tenían su apodo, como Aguilar, que era conocido por Coqui; Alonso, por el Sordo, pues un día en el ejercicio de tiro en la galería se quedó medio sordo con los disparos del Mauser. Otros motes tenían relación con la anatomía, como el nabito y el nabón, que se lo pusieron sus propios compañeros de tienda. A otro le llamábamos el guerrillero, pues siempre era voluntario para hacer los ejercicios de combate propuestos por el capitán. Y los que se tomaban muy en serio la milicia universitaria para conseguir un buen número, eran los pringones.

El capitán de la compañía era un valenciano llamado Francisco Calleja, que enseguida le empezamos a nombrarlo entre nosotros como Pacoca. Y los oficiales subalternos eran: el teniente Francisco López Jiménez, de la escala activa del ejército, y los alféreces Almela y De la Torre, de la escala de complemento. En su favor hay que decir que ninguno de los cuatro puso arresto alguno en el campamento del año 1970.

Al frente de la agrupación de Ingenieros estaba el comandante Torre. Pronto le empezamos a llamar el enanito de la calle Baños, por ser hombre de baja estatura y porque le conocimos en las oficinas militares de la citada calle sevillana cuando entregamos la instancia para la IPS.

Un coronel era el jefe del campamento. Su apellido era Casado. Se le veía poco, sólo entre los jardines que rodeaban las oficinas del campamento (puesto de mando, jefatura de estudios) para recibir las novedades a la hora de formar para la oración y arriada de la bandera. Por vérsele siempre entre las matas recibió el apodo del conejito.

No me fue mal el primer campamento, pues saqué el número 33. Pero pasé un mal momento cuando el capitán vio el lanzagranadas de mi tienda muy sucio y yo en aquella semana era el jefe de tienda, por lo que me gané una pequeña bronca y una mala nota. Pienso que si hubiera sido otro, habría sido arrestado. Me parece que el capitán me consideraba una persona responsable, y por eso no salía de su asombro al ver sucio el lanzagranadas de mi tienda siendo yo el jefe y por tanto el responsable de todo el armamento depositado en la tienda.

Al año siguiente pasamos a la Compañía 22. Al ser caballeros aspirantes del segundo año, mejoramos la vivienda. Ya no era una tienda de lona, sino una construcción semiesférica de fábrica, semejante a un iglú de los esquimales, totalmente blanqueada, por lo que se la conocía con el nombre de huevo. El capitán era el mismo del año anterior, el apodado Pacoca. Y el teniente -Francisco López Jiménez- también repetía con nosotros. Los alféreces eran: López García y López Armenteros, de la escala de complemento. En la primera mitad el segundo campamento fui furriel de servicios, por lo que estuve libre de hacer servicios. En este campamento avancé un puesto, pues saqué el número 32, lo que significaba que salía de alférez.