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Homilía de la Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo B)

Al final del tiempo litúrgico de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del Bautismo del Señor. Es como un recordatorio del Bautismo que un día recibimos, y nos trae a la memoria nuestro nacimiento como hijos de Dios.

El pasaje evangélico de la Misa de esta fiesta nos presenta a Cristo que acude al río Jordán donde Juan está bautizando. Jesús está en medio del pueblo. El gentío no es solo un fondo de la escena, sino un componente esencial del evento. Antes de sumergirse en el agua, Jesús “se sumerge” en la multitud, se une a ella asumiendo plenamente la condición humana, compartiendo todo, excepto el pecado. En su santidad divina, llena de gracia y de misericordia, el Hijo de Dios se hizo carne para quitar de nosotros y cargar sobre sí el pecado del mundo: tomar nuestras miserias, nuestra condición humana (Papa Francisco).

En el Jordán hubo una verdadera epifanía, una manifestación en la que Jesús se da a conocer. Es una de las tres epifanías que la Iglesia celebra. La más conocida es la de la adoración de los Magos de Oriente. En esta Dios se manifiesta a aquellos hombres procedentes del mundo pagano mostrando la divinidad de Jesús por medio de una estrella. Otra es la de las Bodas de Caná, en la que Cristo se manifiesta a sus discípulos con un milagro. Manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos (Jn 2, 11). Y la del Bautismo del Señor es una manifestación pública a los judíos como Hijo de Dios y como Mesías, ratificada con la presencia de la Santísima Trinidad. La voz de Dios Padre, venida del Cielo, revela a Juan el Bautista y al pueblo judío -y en ellos a todos los hombres- el profundo misterio de la divinidad de Cristo. Estas dos últimas están recogidas en los misterios luminosos del Santo Rosario.

En la epifanía del Jordán, Jesucristo, yendo a bautizarse por Juan, en medio de la gente penitente de su pueblo, manifiesta la lógica y el significado de su misión. Uniéndose al pueblo que pide a Juan el bautismo de conversión, Jesús también comparte el profundo deseo de renovación interior. Y el Espíritu Santo que desciende sobre Él “como una paloma” es la señal de que con Jesús comienza un nuevo mundo, una “nueva creación” que incluye a todos los que acogen a Cristo en su vida (Papa Francisco).

En los tres evangelios sinópticos está narrado el Bautismo del Señor. El relato de san Marcos va precedido por la distinción que hace Juan de su bautismo del que instituyó Cristo. Además da testimonio del Señor: Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1, 7-8). En el bautismo de Juan sólo se significaba la gracia, como en los otros ritos del Antiguo Testamento. En el Bautismo cristiano, instituido por Jesucristo, el rito bautismal no sólo significa la gracia, sino que la causa eficazmente, esto es, la confiere. Decía santo Tomás de Aquino: Por el Bautismo de la Nueva Ley los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. En cambio, por el bautismo de Juan sólo era lavado con agua el cuerpo.

¿Por qué Juan dice que Jesús os bautizará con Espíritu Santo? Porque los efectos del Bautismo cristiano, como todas las realidades pertenecientes a la santificación de las almas, se atribuyen al Espíritu Santo, el “Santificador”. Es de advertir que, como todas las obras ad extra de Dios (es decir, que son exteriores a la vida íntima de la Trinidad Beatísima), la santificación de las almas es obra común de las tres Personas Divinas.

¿Cuáles son los efectos del Bautismo instituido por Cristo? El sacramento del Bautismo confiere la primera gracia santificante, por la que se perdona el pecado original, y también los actuales, si los hay; remite toda pena por ellos debida; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los demás sacramentos (Catecismo Mayor, n. 553).

El Bautismo no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe, de la cual forma parte el cuerpo de la Iglesia y sus sacramentos, le dé la vida, la vida eterna (Benedicto XVI). Ésta es la finalidad del Bautismo, pues inserta en la comunión con Cristo, y sólo Cristo es el camino para alcanzar la verdadera vida, la felicidad sin fin del cielo.

Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él (Mc, 1, 9-10).

El Bautismo de Jesús es el comienzo de la vida pública del Señor, de su misión en el mundo como enviado del Padre para manifestar su bondad y su amor a los hombres. Esta misión se realiza en una unión constante y perfecta con el Padre y el Espíritu Santo.

Y se oyó una voz que venía de los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11). La voz del Padre da testimonio de Jesús. Cristo es el Hijo de Dios, en quien el Padre tiene puesta su complacencia. También a cada uno de nosotros, que somos hijos de Dios desde el día en que fuimos bautizados, están dirigidas las palabras del Padre. Salvando la infinita diferencia entre Cristo y nosotros, procuremos que Dios pueda decirnos: En ti tengo puesta mi complacencia. Este amor de Dios, que hemos recibido en el Bautismo, es una llama que ha sido encendida en nuestros corazones y es preciso que la mantengamos siempre encendida con la oración y la caridad.

La misión de Cristo estuvo profetizada por Isaías. He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas. Yo, el Señor te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas (Is 42, 1-4.6-7).

También la misión de la Iglesia y la de todo cristiano, para ser fiel y fructífera, está llamada a “injertarse” en la del Señor. Se trata de regenerar continuamente en la oración la evangelización y el apostolado, para dar un claro testimonio cristiano, no según los proyectos humanos, sino el plan y estilo de Dios.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia.

Esta misión evangelizadora de la Iglesia ya aparece en las páginas de los Hechos de los Apóstoles. Pero no solamente la predicación apostólica está dirigida a los judíos, sino también a los gentiles. En el primer discurso que san Pedro dirige a los no judíos , dice: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos (Hch 10, 34-36). Para Dios no hay acepción de personas y desea salvar a todos los hombres mediante el anuncio del Evangelio. Ya en el Antiguo Testamento estaba profetizado que los judíos y gentiles formarían una única nación bajo el Mesías, y en las palabras de Jesús, que llama a todos a formar parte de su Reino.

En este discurso, san Pedro hace una síntesis de la vida del Señor. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él (Hch 10, 37-38). Y culmina con la afirmación de que Dios le resucitó al tercer día (Hch 10, 40).

Refiriéndose a esta misión de llevar la luz a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino, y este camino lo señalaba san Juan Pablo II con estas palabras: Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual.

La misión confiada a la Iglesia por Nuestro Señor, está aún lejos de cumplirse. A principios del tercer milenio después de su venida, mirando a las naciones y continentes, a la humanidad entera, vemos que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio. Es el Espíritu Santo quien impulsa a anunciar las grandes obras de Dios. Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe; y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16).

Hay que hablar de Dios a todos los hombres, porque por todos ha muerto Cristo en la cruz: a los niños; a los mayores; a los creyentes; a los que no creen; a los jóvenes; a los intelectuales; a los obreros; a todas las clases sociales; a los políticos; a los genios; a los que gobiernan; a los pobres; a los ricos; a los enfermos; a los sanos; a los que sufren; a los que mueren.

Santa María, Estrella de la Evangelización, ayúdanos a cumplir nuestra misión apostólica que tenemos, como bautizados, de llevar la luz de Cristo a todos los pueblos, teniendo en cuenta que para Dios no hay acepción de personas.

Homilía del Domingo II de Navidad (Ciclo B)

En la Misa del Domingo II de Navidad se lee el Prólogo del Evangelio según san Juan. Son los dieciocho primeros versículos del capítulo 1, y en ellos está expresado de manera concentrada el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo, el Verbo eterno de Dios, creador del mundo junto al Padre, luz verdadera, se ha encarnado para comunicar al mundo la luz, la revelación definitiva y salvadora para todos los hombres. Sin embargo, los judíos no lo han recibido aún a pesar de haber tenido el testimonio del Bautista; pero a quienes le reciben y creen en Él los eleva a la condición de hijos de Dios. El Prólogo contiene en esencia los grandes temas que san Juan ira desarrollando en su Evangelio: manifestación de Cristo, luz, verdad, vida, gloria, revelación del Padre, fe e incredulidad.

Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios (Jn 1, 11-12). El papa Francisco comenta estos dos versículos diciendo: El Evangelista no oculta la dramaticidad de la Encarnación del Hijo de Dios, subrayando que al don del amor de Dios se responde con la no acogida por parte de los hombres. El Verbo es la luz, y sin embargo los hombres han preferido las tinieblas. El Verbo viene a su casa, pero los suyos no lo recibieron. Nosotros estamos llamados a abrir de par en par la puerta de nuestro corazón a la Palabra de Dios, a Jesús, para llegar a ser así hijos de Dios. Recibamos a Cristo, dejemos que Él ilumine nuestra mente con su luz, esa luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). Y seremos hijos de Dios. Cristo es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia. La gracia nos hace realmente hijos de Dios.

Las tres lecturas de la Misa hacen referencia a la eternidad. En la primera, del libro del Eclesiástico (Sirácida), la Sabiduría está personificada y dice de sí misma: En el principio, antes de los siglos, me formó y existiré para siempre (Si 24, 9). La Sabiduría es una propiedad divina, es eterna. Está íntimamente unida a Dios, ya que procede de Él, es su Palabra y, por tanto, una persona divina, identificada con el Verbo de Dios. Antes de los siglos, antes del tiempo, desde siempre, desde toda la eternidad, la Sabiduría existe. San Juan comienza su Evangelio diciendo: En el principio… para destacar la eternidad del Verbo de Dios, de esa Palabra que en el tiempo se encarna. La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.(Jn 1, 14). Y san Pablo, en la Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (Ef 1, 3-4). Antes de la existencia del mundo, es decir, desde toda la eternidad, Dios Padre en su Hijo nos eligió.

Y en el tiempo, el Hijo de Dios se hizo hombre. Cristo fue concebido en el seno virginal de Santa María y asumió nuestra naturaleza humana para revelar el amor eterno del Creador y Padre, así como manifestar la dignidad de toda persona humana. El evangelista san Juan, que estuvo muy de cerca al Verbo encarnado (fue apóstol de Jesucristo), lo vio lleno de gracia y de verdad.

Los términos “gracia y verdad” son sinónimos de “bondad y fidelidad”, dos atributos que en el Antiguo Testamento se aplican constantemente al Señor. Así, la gracia viene a ser la manifestación del amor de Dios por los hombres, de su bondad, de su misericordia, de su piedad. La verdad implica la permanencia, la lealtad, la constancia, la fidelidad. Jesús, que el Verbo de Dios hecho hombre, esto es, Dios mismo, es por ello el Unigénito del Padre; el pontífice misericordioso y fiel (Hb 2, 17). Estas dos cualidades, el ser bueno y fiel, son como el compendio y la síntesis de la grandeza de Cristo. Y son también, de forma correlativa, aunque en grado infinitamente menor, las cualidades primordiales de todo cristiano, como expresamente lo dijo el Señor cuando alabó al siervo bueno y fiel (Mt 25, 21).

A Dios nadie le ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer (Jn 1, 18). Ninguna Revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí mismo que la Encarnación de su Verbo eterno. Jesucristo es la imagen visible del Dios invisible. Con la Encarnación, el Hijo de Dios se ha hecho semejante a nosotros menos en el pecado. Dios, el invisible, está vivo y presente en Jesús. Éste es Dios-con-nosotros: quien le conoce, conoce a Dios; quien le ve, ve a Dios; quien le sigue, sigue a Dios; quien se une a Él está unido a Dios. El cristianismo comienza con la encarnación del Verbo. Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en Persona a hablar de sí al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarlo.

San Pablo escribe a los cristianos de Éfeso: Al tener noticia de vuestra fe en el Señor Jesús y de vuestra caridad para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros recordándoos en mis oraciones (Ef 1, 15-16). La solicitud del Apóstol de los gentiles constituye un admirable ejemplo, especialmente para los responsables de la formación cristiana. Y estos responsables son los sacerdotes, catequistas, formadores, educadores, maestros que, como san Pablo, han de pedir en sus oraciones por quienes dependen de ellos, deben dar gracias a Dios por los progresos de sus almas, y han de rogar al Espíritu Santo que les sea concedido el don de sabiduría e inteligencia.

La constante preocupación de los que tienen la misión de formar, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús. Además, han de fijarse cómo formó Jesucristo a sus Apóstoles. El Señor derrocha amor: forma sus mentes, fortalece sus voluntades, corrige sus defectos, endereza sus intenciones, hasta hacer de ellos con el envío del Espíritu Santo, las columnas sobre las que se edifica la Iglesia.

¿Cuál es la petición que hace san Pablo? El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos (Ef 1, 17-18). El Apóstol emplea la expresión el Dios de nuestro Señor Jesucristo,es decir, el Dios que se ha revelado a través de Cristo y al cual Jesús mismo en cuanto hombre en petición de ayuda. Es el mismo Dios que antes -en el Antiguo Testamento- era designado como el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Es el Dios personal, a quien se le reconoce por su relación con Cristo, el Hijo, que como mediador de la Nueva Alianza, obtiene de Dios Padre todo cuanto le pide. Y lo mismo nosotros si nos unimos a Él, según lo prometió: Si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá (Jn 16, 23). Pide luces especiales del Espíritu Santo para se conozcan bien la fe verdadera y la voluntad de Dios en diversas circunstancias. Y junto al conocimiento profundo de Dios, también pide para los cristianos el conocimiento pleno y vital de la esperanza, pues ambas realidades -Dios y nuestra esperanza- van inseparablemente unidas.

El Señor ha dado inteligencia al hombre para que lo conozca, ame y sirva, y voluntad para que ponga en práctica la ley moral. En esto reside la felicidad verdadera. Por esto hay que estudiar a fondo la doctrina cristiana para adquirir convicciones firmes y estables; y robustecer la voluntad con la oración y los sacramentos.

Un verdad de fe fundamental es la Encarnación del Hijo de Dios y, por tanto, la divinidad del Señor. Esto lo subraya particularmente en todo su Evangelio el apóstol Juan. En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1). Jesús es el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El Señor no comenzó a existir al hacerse hombre, sino que antes de tomar carne en las entrañas virginales de María, antes que todas las criaturas, existía en la eternidad divina como Verbo consubstancial al Padre y al Espíritu Santo. Esta es una verdad luminosa, gracias a la cual se pueden valorar las palabras y los hechos que san Juan recoge en el cuarto Evangelio.

Hay herejes modernos que distinguen entre “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. San Juan Pablo II salió al paso de esa herejía diciendo: Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma claramente que el Verbo, que estaba en el principio con Dios, es el mismo que se hizo carne. Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un Jesús de la historia, que sería distinto del Cristo de la fe. La Iglesia conoce y confiesa a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.

El evangelista Juan en el Prólogo hace referencia al testimonio que dio de Jesús su Precursor. Juan da testimonio de él y clama: Éste era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo (Jn 1, 15). Más adelante da a conocer en capítulos posteriores de su Evangelio la misión de Juan Bautista como testigo de la mesianidad y divinidad de Jesús, que en el anterior versículo resume de modo muy concentrado. Según los planes de Dios, así como los Apóstoles darán testimonio de Jesús después de su Resurrección, el Bautista será el testigo elegido para anunciar a Cristo en el momento de iniciar el ministerio público.

Ser cristiano significa dar testimonio de Jesús. Y nosotros, cristianos del siglo XXI, debemos ser testigos de Cristo; hemos de procurar ser hombres constantemente apostólicos, consumidos por el celo de Jesucristo por las almas. El Señor se sirvió de los primeros cristianos para dilatar su Reino. También hoy la Iglesia necesita que todos los bautizados estemos dispuestos a ser apóstoles comprometidos personalmente, con plena generosidad, en la tarea de difundir la fe en este tercer milenio. Quienes con la ayuda de Dios han acogido el llamamiento de Cristo y han respondido libremente a ella, se sienten por su parte urgidos por el amor de Cristo a anunciar por todas partes en el mundo la Buena Nueva. Este tesoro recibido de los apóstoles ha sido guardado fielmente por sus sucesores. Todos los fieles de Cristo son llamados a transmitirlo de generación en generación, anunciando la fe, viviéndola en la comunión fraterna y celebrándola en la liturgia y en la oración (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 3).

La Trinidad Beatísima irrumpe en la vida de la siempre Virgen, y por medio del ángel le manifiesta los eternos designios de asociarla a la Historia de la Salvación, verificando en su seno la Encarnación del Verbo, la unión hipostática. Desde el momento, tantos siglos esperado, en que María acepta libremente la proposición divina, comienza a ser Madre de Dios y a participar de una manera activa en la obra de la Redención que su Hijo había de llevar a cabo. Agradezcamos a la Virgen María su fiat (hágase), su “sí” a Dios que hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios.

Homilía de la Fiesta de la Sagrada Familia (Ciclo B)

La Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia durante la octava de Navidad. La familia compuesta por la trinidad de la tierra -Jesús, María y José- es modelo de todas las familias cristianas. La Familia de Nazaret vivía en la sencillez, la oración, el amor, la unidad y el trabajo, y es ejemplo para todas las familias de todos los tiempos.

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor (Lc 2, 22-24) . Días después del nacimiento del Niño Jesús, sus padres (aunque la concepción de Jesús fue virginal, sin intervención de varón, José ejerció de padre de Jesús) fueron al Templo de Jerusalén para presentar al Niño. Con esto quieren confirmar que su hijo pertenece a Dios y que ellos son los custodios de su vida, pero no son los propietarios. Y esto es algo que deben tener en cuenta todos los padres: son custodios de la vida de los hijos y deben ayudarlos a crecer, a madurar.

Santa María y san José no ahorraron sacrificios para proteger la vida del Niño. El amor y la disponibilidad para hacer la voluntad de Dios fueron el ambiente de la Sagrada Familia. ¡Cuánta falta hacen hoy a la familia cristiana -y a cada cristiano- los valores que se cultivaron en el hogar de Nazaret, en un clima de oración ante la presencia de Dios! Pidamos a Jesús, María y José por todas las familias cristianas del mundo para que se mantengan unidas en el amor y en la fe, que respeten la vida, que sean ante la sociedad de nuestros días un signo vivo del amor de Dios.

Cuánto bien nos hace pensar que María y José enseñaron a Jesús a decir sus oraciones. Y esto es una peregrinación, la peregrinación de educar en la oración. Y también nos hace bien saber que durante la jornada rezaban juntos; y que el sábado iban juntos a la sinagoga para escuchar las escrituras de la Ley y los Profetas, y alabar a Dios con todo el pueblo. Y durante la peregrinación a Jerusalén, ciertamente cantaban con las palabras del Salmo: “¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor” (Sal 122, 1-2). Qué importante es para nuestras familias caminar juntos para alcanzar una misma meta: un camino donde nos encontramos con dificultades, pero también con momentos de alegría y consuelo (Papa Francisco).

En la Carta a los Colosenses, san Pablo exhorta a los miembros de la familia cómo deben comportarse. Mujeres, sed dóciles a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no os excedáis al reprender a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados (Col 3, 18-21). En vida del Apóstol de los gentiles la mujer era considerada como inferior al hombre. Sin atacar de modo frontal esta mentalidad de su época, establece en sus verdaderos términos la situación de la mujer en la familia: ciertamente el marido tiene una misión importante que realizar, pero también la mujer tiene una labor específica, insustituible, que llevar a cabo. La mujer no es su esclava, pues tiene igual dignidad que el hombre y debe ser tratada por él con respeto y amor sincero.

San Pablo da por supuesto que en la familia hay una autoridad, y que esa autoridad es propia del marido por designio del Creador. El puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible. Revelando y viviendo en la tierra la misma paternidad de Dios, el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia (San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 25).

Eva fue entregada por Dios a Adán como compañera inseparable y complemento del hombre y, por tanto, debe vivir en concordia con él. Varón y mujer tienen funciones distintas aunque complementarias, en la vida familiar; ambos tienen igual dignidad, en cuanto que son personas humanas. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor, evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 49). Por eso el marido debe poner especial empeño en amar y respetar la dignidad de su esposa: No eres su amo -escribe san Ambrosio- sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer. Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé agradecido con ella por su amor.

¿Y los hijos? Estos deben obedecer a sus padres en todo, como Dios ha mandado, señalando una exigencia de la naturaleza humana. Esta obediencia se refiere a todo lo que no se oponga a la voluntad divina, para que sea agradable al Señor, pues como enseñó Jesucristo: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí (Mt 10, 37), y la obligación cesa al emanciparse los hijos.

En la primera lectura de la Misa de la Sagrada Familia se lee una obligación de los hijos con sus padres cuando estos ya son mayores y no pueden valerse por sí mismos. Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor. Pues el servicio hecho al padre no quedará en olvido, será para ti restauración en lugar de tus pecados (Si 3, 12-14). Este deber de piedad filial está recogido en el Catecismo de la iglesia Católica: El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (n. 2218).

El autor sagrado del Eclesiástico (Sirácida) hace referencia a la recompensa que reciben los hijos que cuidan y respetan a sus padres. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si 3, 4-7).

¿Y los padres? Por su parte, los padres han de cuidar con esmero la educación de los hijos. El primer deber y el mayor privilegio de los padres es el de transmitir a los hijos la fe cristiana. El hogar debe ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. ¿Hay alguna otra obra humana tan noble y bella como la de ayudar a los hijos a ganarse el Cielo? En toda familia debe haber un intercambio educativo entre padres e hijos, en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la educación de una familia auténticamente humana y cristiana. Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenando en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 21).

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección (Col 3, 12-14). En el hogar familiar es preciso dar paso a la bondad acompañada por todo el cortejo de virtudes cristianas, unidas por la caridad, que caracteriza al hombre nuevo. Las virtudes que enumera san Pablo son diversas manifestaciones de la caridad que es el vínculo de la perfección. Entre esas virtudes cabe destacar la mansedumbre y la paciencia, el perdón y el agradecimiento, reflejo a su vez de una virtud esencial: la humildad. Sólo una persona humilde está en condiciones de perdonar y agradecer de corazón, porque sólo ella es consciente de que todo lo que tiene lo ha recibido de Dios. De ahí que trate a su prójimo con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario, de modo que con sus obras dé testimonio de su fe y caridad.

La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre (Col 3, 16-17). La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos; cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. El agradecimiento ha de llevar a glorificar al Señor, a dirigirle cantos de gozo y gratitud.

El padre Patrick Peyton (1909-1992) fue un apóstol del Rosario en el siglo XX. Estuvo 51 años haciendo el apostolado sacerdotal al servicio de las familias y de la promoción del Santo Rosario. El slogan que eligió para el rosario en familia fue: Familia que reza unida permanece unida. El papa Francisco recomienda la lectura de la Sagrada Escritura en el ámbito familiar: La Biblia no es para ponerla en una estantería sino para tenerla a mano. Es para leerla a menudo, todos los días, ya sea individualmente o en grupo, marido y mujer, padres e hijos; tal vez por la noche, sobre todo los domingos. ¡Así la familia camina, con la luz y el poder de la Palabra de Dios! Y permanece unida.

El pasaje evangélico de la Misa de la Sagrada Familia termina diciendo: Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba en él (Lc 2, 39-40). San Lucas omite los sucesos de la huida y permanencia en Egipto que acontecieron antes de que María y José con el Niño se fueran a vivir a Nazaret. Estos acontecimientos están narrados en el Evangelio según San Mateo. Y ¿en qué sentido Jesús crecía y se fortalecía? Nuestro Señor Jesucristo en cuanto niño, es decir, revestido de la fragilidad de la naturaleza humana, debía crecer y fortalecerse; pero en cuanto Verbo eterno de Dios no necesitaba fortalecerse ni crecer. De donde muy bien se le describe lleno de sabiduría y de gracia (san Beda).

María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios, y uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo.

Homilía de la Natividad del Señor (Ciclo B)

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del Cielo. San Lucas relata el nacimiento de Jesucristo de forma escueta, pero precisa. María y José han ido a Belén para empadronarse. Y sucedió que estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada (Lc 2, 6-7). Llegó el momento anunciado por el arcángel san Gabriel en Nazaret: Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (Lc 1, 31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos; el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad. El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer: un pesebre es su primer lecho. El pueblo cristiano ha representado en el arte -especialmente en la pintura- este acontecimiento con imaginación y fantasía, pero siempre con piedad y de acuerdo con la verdad histórica de lo que ocurrió en la noche de Belén. La contemplación del nacimiento del Señor nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquél que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él (Papa Francisco). El misterio de Navidad es luz y alegría, es al mismo un misterio de esperanza.

El nacimiento del Señor fue en la noche, según se deduce de este versículo evangélico: Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche (Lc 2, 8). El cielo estaba estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Isaías había profetizado: El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos (Is 9, 1-2). La humanidad, sumergida en la oscuridad del pecado, necesitaba la luz; una luz que significara amor. Y esa luz brilló. Es lo que ocurrió en la noche de Belén. En el establo de Belén apareció la gran luz que el mundo esperaba. En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da así mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. Con su nacimiento, el Señor trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos la noche envuelve sus vidas y a los que atraviesan las tinieblas del sufrimiento. Y su Palabra rompe el silencio para dar respuesta y sentido a todos los interrogantes sobre nuestra existencia: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿por qué moriré?

Igual que los pastores, queremos estar rodeados de la luz de Belén, de esa luz que nunca se apaga, que ilumina a los hombres en su caminar por la historia. Dios viene a habitar con los hombres, elige la tierra como su morada para estar junto al hombre y dejarse encontrar allí donde el hombre vive sus días en la alegría y el dolor. Por tanto, la tierra no es solo “un valle de lágrimas”, sino el lugar donde Dios mismo ha puesto su tienda, es el lugar del encuentro de Dios con el hombre, de la solidaridad de Dios con los hombres. Dios ha querido compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse una sola cosa con nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios (Papa Francisco, Homilía 24.XII.2013).

Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres (Tt, 2, 11). Las palabras del apóstol san Pablo manifiesta el misterio de la noche santa de Navidad: ha aparecido la gracia de Dios; en el Niño que se nos ha dado se hace concreto el amor de Dios para con nosotros. Los pastores ven sencillamente a un niño en un pesebre y comprenden que en Él está toda la luz, toda la alegría que necesita la humanidad. Nosotros en Belén contemplamos la sencillez frágil de un Niño recién nacido, la dulzura de verlo recostado, la ternura de los pañales que lo cubren, pero allí está Dios que se ha hecho Niño. La manifestación de la gloria del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo (Tt 2, 13). San Pablo, con estas palabras hace una clara confesión de la divinidad del Niño de Belén, de quien afirma que es Dios y Salvador.

¿Qué vieron los pastores? ¿Qué vemos nosotros? Con los ojos de la fe vemos algo extraordinario, único: El Verbo, la Palabra eterna de Dios, se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, Él mismo, visible en Aquél que es su verdadera imagen. En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente.

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Viene a traer la paz, con bondad y dulzura. El poder de este Niño, Hijo de Dios y de María, no es el poder de este mundo, basado en la fuerza y en la riqueza, es el poder del amor. Es el poder que creó el cielo y la tierra, que da vida a cada criatura: es la fuerza que atrae al hombre y a la mujer, y hace de ellos una sola carne, una sola existencia; es el poder que regenera la vida, que perdona las culpas, reconcilia a los enemigos, transforma el mal en bien. Paz sobre la tierra a todos los hombres de buena voluntad, que cada día trabajan, con discreción y paciencia, en la familia y en la sociedad para construir un mundo más humano y más justo, sostenidos por la convicción de que solo con la paz es posible un futuro más próspero para todos.

Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarle. Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarle (Benedicto XVI). Jesús es el Enmanuel, Dios con nosotros. En la noche de Navidad, Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él. El pesebre de Belén es una cátedra. Allí se pone de manifiesto la ternura de Dios. Desde esa cátedra, la Santísima Trinidad, con el concurso incondicionado de María y José, nos imparte lecciones de olvido de sí, de humildad, de pobreza, de abandono… Su lección mejor es la humildad. El que es Dios, Rey de reyes y Señor de señores, Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez queriendo nacer pobre, en la humildad de un establo, en un lugar destinado para animales. El Hijo de Dios eligió la pobreza para sí mismo en su nacimiento. Este hecho es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad y de la pobreza.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros está el imperio, y lleva por nombre: “Consejero maravilloso”, “Dios Fuerte”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de Paz” (Is 9, 5). Isaías se refiere al Niño de Belén, a Enmanuel, un verdadero don de Dios para la humanidad, que significa la presencia de Dios. El profeta le atribuye cuatro propiedades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (“Consejero maravilloso”), el valor de David (“Dios fuerte”), los dotes de gobierno de Moisés (“Padre sempiterno”) y las virtudes de los antiguos patriarcas (“Príncipe de la paz”). La tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser da cada uno de esos nombres: Es “Admirable” en su nacimiento; “Consejero” en su predicación, “Dios”, en sus obras, “Padre perpetuo” en la resurrección, y “Príncipe de la paz” en la bienaventuranza eterna (Diversos sermones 53, 1).

Las puertas de las casas de Belén se cerraron para María y José, para Dios. También hoy día hay personas que han cerrado las puertas de su corazón a Dios, y el amor misericordioso de Cristo no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Ojalá Jesús encuentre en nuestras almas una acogida amorosa. Abramos de par en par las puertas de nuestro corazón a Cristo, pues viene a visitarnos, quiere vivir en medio de nosotros para liberarnos de todo lo que impida nuestra verdadera felicidad. Dios viene a salvarnos.

En Belén nació Jesucristo, el Hijo de Dios. Este nacimiento cambió el mundo, la historia de la humanidad. El Salvador del mundo vino a compartir la naturaleza humana. El hombre no está ya solo ni abandonado. La Virgen María ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar existencia humana, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Desde su cátedra de Belén, el Niño Jesús muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño “ha nacido para nosotros”, “se nos ha dado”, como anuncia Isaías. Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al “Príncipe de la paz” y ser entre las naciones su instrumento eficaz (Papa Francisco, Homilía 25.XII.2015).

En el portal encontramos a la Virgen María y a san José, contemplando a Jesús Niño y mostrándolo a todos los que se han acercado a verle. El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a acoger con total apertura de espíritu a Jesús, que por amor se hizo nuestro hermano. Gracias al “sí” de María fue posible la encarnación del Verbo; y Ella se convirtió en Madre de Dios sin perder la virginidad. Y ahora en Belén vemos que no tiene a su divino Hijo sólo para sí misma, sino que nos pide a todos nosotros que abramos las puertas de nuestro a Jesús.

Y también en el portal nos fijamos en José, y observamos una actitud de protección del Niño y de María. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto. Y una vez pasado el peligro, trajo a la de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica (Papa Francisco, Homilía 24.XII.2020).

Le pedimos a María y a José que nos ayuden a percibir el asombro por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.

Preguntas sobre la infancia de Jesucristo

¿Me puedes decir cuáles son las principales de estas profecías?

Estaba escrito que el Mesías sería descendiente del rey David. Dios prometió a David: Suscitaré de ti un descendiente tuyo, salido de tus entrañas, y consolidaré su realeza; su reino durará para siempre. Yo seré para Él un padre y Él será para mí un hijo (2 S 7, 12-14). El profeta Miqueas afirmó que Belén sería el lugar del nacimiento del Mesías: Y tú Belén, pequeña entre las ciudades de Judá, de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel (Mi 5, 1). Isaías anunció que nacería de una virgen y que sería verdadero Dios: He aquí que una virgen da a luz un hijo y le llama Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14). Este mismo profeta predijo los milagros que realizaría: Dios mismo vendrá y os salvará. Entonces verán los ciegos, oirán los sordos, andarán los cojos y hablarán los mudos (Is 35, 4-6). Daniel, con la profecía de las setenta semanas, indicó el año que nacería Cristo. El rey David contó detalles de la Pasión de Jesús: Traspasaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos. Se dividieron mis vestidos y echaron suertes sobre mi túnica (Sal 21, 17-19).

La Pasión del Señor fue descrita seiscientos años antes que ocurriera por el profeta Isaías, en el canto llamado Siervo de Yavé, que está en el capítulo 53 del libro de Isaías. Este canto se le ha llamado la Pasión según Isaías. Los rasgos del Siervo de Yavé descritos por el profeta coinciden sorprendentemente con los del Mesías Salvador según el relato de la Pasión que hacen los evangelistas. Isaías escribió: Mirad, mi siervo tendrá éxito… Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como varón de dolores, acostumbrado al sufrimiento, ante el cual se oculta el rostro; despreciado y desestimado… El Señor cargó sobre él nuestros crímenes. Maltratado voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca… Fue puesto entre los malhechores y ha tomado sobre sí los pecados de todos.

También estaba profetizada su estancia en Egipto: Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1); su entrada triunfal en Jerusalén: Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Za 9, 9); y que sería vendido por treinta monedas de plata: Yo les dije: -Si os parece bien, dadme mi paga, y si no, dejadlo. Ellos pesaron mi paga: treinta siclos de plata. Me dijo el Señor: -Echa en el tesoro el valioso precio con que he sido tasado por ellos. Tomé los treinta siclos de plata y los eché en el tesoro del Templo del Señor (Za 11, 12-13).

Y el último de los profetas, san Juan Bautista, lo anunció y lo señaló como el Mesías que ya había llegado: He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29).

Preguntas sobre la infancia de Jesucristo

¿Hay en los Evangelios datos por los que podemos saber que Jesucristo era Dios?

En los Evangelios hay una serie de datos que muestran que Jesús quiso dejar claro que Él era Dios. Se presentó muchas veces como Dios, igual al Padre. Una de las cosas que dijo fue: El que me ve a mí, ve al Padre (Jn 14, 9), hasta el punto de hacer esta afirmación inaudita: Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30). Afirmó tener poder para perdonar los pecados, que sólo Dios posee. Aceptó la adoración, que sólo se debe a Dios. Interpretó y aclaró lo que Dios quiso decir en la Ley. También dijo que juzgaría a todos los hombres y mujeres al final del mundo. Además, sus obras manifiestan que Él es Dios. Así, por ejemplo, todos los milagros que realizó. El mayor de los milagros fue su propia resurrección. El mismo Jesús había dado como argumento máximo de su condición de Mesías el dato de que resucitaría al tercer día después de muerto, hecho que Él había anunciado numerosas veces. También es prueba de la divinidad de Cristo el cumplimiento en él de las profecías mesiánicas.

Preguntas sobre la infancia de Jesús

Fue entonces cuando Herodes mató a los Inocentes…

Efectivamente. Entonces Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos (Mt 2, 16). La Iglesia ha visto en estos niños a los primeros mártires que dan su vida por Cristo. El martirio obró en ellos la misma gracia que confiere el Bautismo.

Santo Tomás de Aquino se preguntó: Puesto que no podían hacer uso de su libertad, ¿cómo se puede decir que murieron por Cristo?, para responder así: Dios no hubiese permitido esa matanza si no hubiese sido útil a aquellos niños. San Agustín dice que dudar de que tal matanza fue útil a esos niños es lo mismo que dudar de que el Bautismo sea útil a los niños. Pues los inocentes sufrieron como mártires y confesaron a Cristo no hablando, sino muriendo.

Preguntas sobre la infancia de Jesucristo

Fue entonces cuando Herodes mató a los Inocentes…

Efectivamente. Entonces Herodes, al ver que los Magos le habían engañado, se irritó en extremo y mandó matar a todos los niños que había en Belén y toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos (Mt 2, 16). La Iglesia ha visto en estos niños a los primeros mártires que dan su vida por Cristo. El martirio obró en ellos la misma gracia que confiere el Bautismo.

Santo Tomás de Aquino se preguntó: Puesto que no podían hacer uso de su libertad, ¿cómo se puede decir que murieron por Cristo?, para responder así: Dios no hubiese permitido esa matanza si no hubiese sido útil a aquellos niños. San Agustín dice que dudar de que tal matanza fue útil a esos niños es lo mismo que dudar de que el Bautismo sea útil a los niños. Pues los inocentes sufrieron como mártires y confesaron a Cristo no hablando, sino muriendo.

Preguntas sobre la infancia de Jesús

Has dicho que Herodes hizo una matanza de niños en Belén sin conseguir su objetivo de acabar con la vida de Cristo. ¿Cómo el niño Jesús se salvó de la muerte?

Dios, por medio de un ángel, avisó a san José que Herodes quería matar a Jesús, por lo que debía huir a Egipto. San José hizo lo que se le dijo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y huyó a Egipto (Mt 2, 14).

Preguntas sobre la infancia de Jesús

¿Pasó totalmente inadvertido el nacimiento de Cristo?

No. En Belén, un ángel anuncia a unos pastores el nacimiento del Salvador. Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre (Lc 2, 11-12). Los pastores acudieron al lugar donde nació Jesús. Al verlo, reconocieron las cosas que les habían dicho anunciadas acerca de este niño. Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho (Lc 2, 17-18).

También en Jerusalén tuvieron noticias del nacimiento de Jesucristo. Cuando unos Magos llegados de Oriente preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle (Mt 2, 2), el rey Herodes el Grande reunió a los sabios de la Ciudad Santa y les interrogó dónde había de nacer el Mesías. Obtenida la respuesta, decidió acabar con la vida de Jesús, originando la matanza de los niños menores de dos años de Belén.

Además, en Oriente, los Magos supieron del nacimiento del Señor a través del estudio de los astros. Dios quiso valerse de una estrella para conducir hasta Cristo a los representantes de los gentiles, que habían de creer.

Si en la época de César Augusto hubiera existido la prensa diaria, quizá en algún periódico de Roma hubiera aparecido la siguiente noticia, no en primera plana, sino en pequeño recuadrito, con este titular: “Rumores sobre un milagroso nacimiento en Judea”: Belén, 1. Los rumores sobre el nacimiento de un niño excepcional, hijo de la tribu de David, continúan en esta pequeña aldea. El nacido, de nombre Jesús, es hijo de un modesto carpintero, radicado en Nazaret y que había acudido, junto a su esposa María, a cumplir el empadronamiento obligatorio en el pueblo de sus mayores. La gran afluencia de judíos a esta comarca, para satisfacer la misma exigencia, obligó a los esposos a pernoctar en un establo, donde nació el pequeño. La noticia se difundió entre los pastores de las cercanías, que rindieron pleitesía al infante y le reconocieron como rey de los Judíos. Rumores sin confirmar hablan de una expedición de magos de Oriente que le ofrendaron oro, incienso y mirra, y que habían cubierto la larga travesía siguiendo una estrella. Las fuerzas romanas de ocupación han restado importancia a este suceso y, por su parte, el monarca Herodes, que se ha entrevistado con los enviados orientales, ha declinado hacer cualquier tipo de declaraciones. Hay, por tanto, un mutismo oficial.