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Obras son amores y no buenas razones

En septiembre de 2010 Marina y su novio comenzaban el último curso de su carrera. Ambos eran conscientes de la necesidad de tener un buen expediente académico para entrar con buen pie en el mercado laboral. Por ello, durante el curso Esteban dejó de colaborar en la ONG, a la cual el año anterior le había dedicado bastante tiempo; y Marina también se centró exclusivamente en el estudio. En junio, los dos obtuvieron el grado en Ingeniería Informática. Esteban, debido el haber obtenido en varias asignaturas la máxima calificación, nada más sacar el título fue contratado por una empresa para realizar un trabajo de su especialidad: Técnico de Micro Informática. Y viendo que el sueldo apalabrado sería suficiente para poder casarse ya, decidió dar el paso que tanto Marina como él estaban deseando, el de contraer matrimonio. Esta decisión hizo que Marina se planteara su futuro profesional con un trabajo que fuera totalmente compatible con su dedicación a su hogar… y a los hijos que Dios quisiera dar al matrimonio. Mientras tanto, hasta que no se casara, continuaría su labor colaborando en la ONG que estuvo Esteban. Y pronto, sin tomarse unos días de vacaciones, comenzó su trabajo. Éste no le ocupaba más que media jornada, por lo que Marina también pudo ocuparse de lo que estuvo haciendo el verano pasado. Y aunque el año anterior no consiguió más que buenas palabras y nada más, ella no había perdido la esperanza de que esta vez las cosas salieran bien.

El primer día le explicaron la finalidad de la ONG y su tarea. Quienes llegan a Europa necesitan condiciones de recepción y asistencia adecuadas, particularmente quienes tienen necesidades especiales, como niños separados o no acompañados y sobrevivientes de violencia sexual y de género, igualmente, requieren acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes. Por eso hay que promover una mayor solidaridad en los países europeos para asegurar la protección, incluyendo la reunificación familiar y la reubicación eficientes y rápidas. Es decir, un trabajo consistente en agilizar los trámites burocráticos. También le dijeron de la necesidad de un plan de acción más integral que apoye las soluciones a largo plazo para el complejo tema de los flujos migratorios mixtos, así como que ayude a abordar las causas fundamentales, en estrecha cooperación con los países de origen y tránsito, en línea con el derecho internacional.

A los pocos días de estar trabajando, le entregaron la carta de un refugiado. Y empezó a leerla: Hola, soy Naim, un joven que huyó desde Afganistán por las mismas razones que la inmensa mayoría: la violencia y la guerra diaria en nuestro país. Tengo 20 años y vivo en Moria con mi padre y dos hermanas. Mi madre murió en el camino. La más pequeña tiene cuatro años y la otra trece. Hemos dejado nuestro país porque temíamos por nuestras vidas. Estuvimos seis meses entre Irán y Turquía antes de llegar a Grecia en diciembre del año pasado. Así que llevamos cuatro meses en el campo de Moria y, por ahora, pocas posibilidades de salir de aquí en breve tiempo, lo cual hace que mi padre esté depresivo. Pasamos casi todo el tiempo en nuestro habitáculo de madera. Yo procuro dar ánimo y esperanza, pero realmente también yo lo necesito porque estoy desanimado y desesperado. Alguien me ha hablado que vuestra ONG se dedica a la atención de los desplazados por las guerras, y por eso me dirijo a ustedes. Es la única esperanza que aún tengo.

Al terminar de leerla, Marina quiso informarse lo que hay que hacer en casos como éste. Preguntaba a unos y a otros, y nadie le daba una respuesta concreta. Y después de pensarlo mucho, dándole vueltas en la cabeza, vio una posible solución, que no era otra que la de conseguir para el padre y el chico un trabajo, con contrato para que fueran inmigrantes legales. Después de remover Roma con Santiago, se enteró de un hacendado que andaba buscando unos guardeses para una de sus fincas, llamada El Chaparral. Inmediatamente comenzó a hacer gestiones para localizar a esa persona, de la cual sólo tenía escasos datos. Sorprendentemente, en unos días consiguió su propósito. Conectó por internet con el hacendado y quedó con él para hablarle del bien que haría en contratar a la familia del chico de la carta. La conversación no pudo ser más agradable. El propietario de la finca accedió a la propuesta de Marina, pero puso como condición el plazo de un mes para la incorporación de los que serían los nuevos guardeses. Además, el chico trabajaría en las faenas agrícolas propias del campo.

Aún con el lógico contento de lo logrado, Marina sabía que aún quedaba lo más difícil de resolver: sacar a Naim con su padre y sus dos hermanas del campo de refugiados. Sin embargo, no resultó nada complicado, pues la ONG para la que trabajaba tenía bastante experiencia en casos parecidos. Y cuando todavía no había pasado ni siquiera tres semanas del plazo acordado, la familia afgana ya estaba viviendo en la casa de los guardeses de El Chaparral.

Concurso literario

Como todos los años, el colegio Los Álamos había convocado un certamen literario con motivo de las fiestas colegiales que siempre se celebraban a finales del segundo trimestre. En el concurso había varias categorías según las edades, y en el que los concursantes podían presentar trabajos de cualquier género literario: poesías, cuentos, novelas, ensayo, teatro… Los temas eran totalmente libres, así como la extensión de los trabajos. Javier Terriza, alumno de Los Álamos, envió por correo electrónico a todos sus amigos de otros centros docentes las bases del concurso. Sabía que les interesaría a Jacobo Prieto, Raúl Prada y Carolina Saéz, y quizás a algún otro más. De sus compañeros del colegio, seguramente concursarían Carlos Armenteros y Alberto López. Él también tenía pensado escribir una novela corta para presentarla.

Guillermo Sanz, el profesor de Lengua y verdadero promotor del concurso, había animado a sus alumnos a participar, diciéndoles:

Hace ya veinte años, cuando llegué a este colegio, un alumno mío me enseñó un cuento que había escrito. Hablando en plata, aquello era un bodrio. Le hice ver cómo repetía palabras pudiendo emplear sinónimos; el mal uso de la puntuación; la cantidad excesiva de gerundios; demasiadas oraciones subordinadas, en las que el lector se perdía; y los “que” aparecían en cada párrafo como setas en un otoño lluvioso. Sinceramente, me entró ganas de decirle: “No es lo tuyo escribir, dedícate a otra cosa”. Pero no, le animé a seguir escribiendo. Ya iría puliendo el estilo, aprendiendo a expresar sus ideas en el papel. Hace pocos días me ha traído su última publicación. En Wikipedia se dice de él: “Escritor español, autor de novelas de literatura infantil y literatura juvenil. Compagina la docencia universitaria como profesor de Literatura con su labor como novelista. Hasta la fecha ha publicado más de quince obras, entre las que destacan por la buena acogida de la crítica…”, y cita unos cuantos títulos. Por tanto, así como para llegar a un sitio, hay que comenzar a caminar, para ser escritor el día de mañana, es preciso empezar a escribir ya. En ninguna actividad artística, a las primeras de cambio sale una obra medianamente buena, y mucho menos, una obra maestra. Los grandes literatos también tuvieron que tachar y rehacer lo que iban escribiendo, antes de publicar sus obras.

*****

Javier estuvo indeciso a la hora de ponerse ante el ordenador. Sí, escribiría una novela, pero… ¿de fantasía?, ¿de misterio?, ¿de terror? No. Quería algo intimista, que a la vez fuera una denuncia de la sociedad actual. Hay que transmitir un mensaje, se decía. Y eligió como tema la falta de entendimiento entre padres e hijos, la incomunicación entre adultos y niños, el llamado conflicto generacional. Bastante arduo le resultó plasmar su idea en la treintena de folios escritos en una semana, el tiempo que él mismo se había fijado para escribir la novela. Al imprimirla, ¡vaya fatalidad!, la impresora se quedó sin tinta en el séptimo folio. Enseguida telefoneó a Raúl exponerle el problema surgido.

Sí, ven ahora. Estoy aquí, en casa… con Juanma, haciendo unas traducciones de alemán. Puedes imprimir tu novela en mi impresora. Yo he escrito una poesía, pero me da no sé qué…

Déjate de tonterías, preséntala al concurso. En un momento estoy ahí.

Y así fue, al cabo de un rato, Javier llegó con un disquete e imprimió la novela. Con las hojas en las manos, fue comentándosela a los dos amigos, leyendo algún que otro párrafo.

Fijaos lo que he escrito: “José Luis -le decía el padre a su hijo adolescente con el que no se entendía muy bien-; he dedicado muy poco tiempo a estar contigo, a conocer tus problemas… Pero ten la seguridad de que, ahora en adelante, vas a encontrar en mí al mejor de tus amigos”. El muchacho, mirándole fijamente a los ojos, le contestó: “Papá: amigos ya tengo muchos; lo que yo necesito es un padre”. ¿Qué os parece?

Estoy totalmente de acuerdo con tu protagonista, Javier -dijo Raúl-. Además, aunque se tenga mucha confianza con un padre, hay asuntos que no se hablan con él, y con los amigos, sí. Y no porque la materia de estos asuntos sea mala o inmoral o inconveniente. Por ejemplo, si a uno le gusta una niña de su clase, seguramente se lo comentará a sus amigos, pero no a su padre.

Conversando hace tres días con mi preceptor del colegio sobre mi novela -de nuevo era Javier quien hablaba-, él me dijo que la amistad no aporta nada a la paternidad; están en planos distintos. En la amistad hay horizontalidad, mientras que en la paternidad hay verticalidad. Con los amigos, la reciprocidad es igualitaria; con los padres, es desigual. Un buen padre no necesita para nada ser amigo de su hijo. Él lo tiene claro, me lo dio a entender. Además me recalcó que falta de comunicación no es enfrentamiento, y me sugirió que pusiese cómo cada hombre es hijo de su tiempo, y los tiempos cambian, e incluso las formas de pensar en una misma persona en las diversas etapas de su vida, aunque mantenga siempre sus principios. Al terminar, añadió: “Sí, los tiempos cambian, pero hay cosas que permanecen inmutables, como son los valores éticos y morales”.

Juanma se mantuvo al margen de la conversación, silencioso, pero atento. Sólo al final, cuando Javier se disponía irse, rompió su mutismo para decirle a Raúl:

Enséñale tu poesía a Javier.

A Raúl no le quedó más remedio que mostrársela, pero se resistió a leerla como se lo pedía Javier. La había titulado: La noche de estrellas.

La noche, silenciosa, quieta.

Tu mirada hacia la infinitud del espacio celeste,

morada de estrellas inalcanzables.

Horas llenas de oscuridad…

…llegó la luz primera del nuevo día.

La aurora, luz sonrosada del amanecer,

borró de tu cielo las estrellas.

Horas de sol hiriente… y mediodía,

con su cegadora claridad.

Una brisa en la tarde,

y un sol andariego hacia el ocaso.

El crepúsculo, con su horizonte de fuego.

Atrás queda tu ansiedad.

Luminarias en el firmamento

tímidamente suspendidas en el vacío etéreo…

…y en la noche, tu cielo de estrellas.

Javier, después de leerla detenidamente en silencio y, a continuación, de recitarla en voz alta, insistió a su amigo para que concursara.

No se pierde nada por presentarla, y sí se puede ganar algo. Bueno, adiós.

Y se fue muy agradecido.

Matrimonio

Una vez ya iniciada la conversación entre las dos amigas, ésta derivó sobre el matrimonio. Isabella manifestó su buena suerte de haber conocido a Nacho; y Marina expresó su deseo de acertar al elegir al chico con el que vaya a casarse.

-Siendo sincera te diré que me da miedo a equivocarme en algo tan fundamental como es el amor. ¡Qué importante es elegir bien a la persona con la que una va a compartir su vida para formar una familia!

-Cuando empecé a salir con Nacho, alguien -no recuerdo exactamente quien fue- me dijo: El noviazgo es para conocerse bien y cultivar un amor paciente, detallista y respetuoso que todavía no es definitivo, pero que tiene un horizonte de compromiso.

-Lo que tengo muy claro es que la atracción física, aunque sea algo importante, no lo es todo, afirmó Marina.

-Es el punto de partida… El primer contacto visual atractivo es como la “tarjeta de visitas”.

-Sí, totalmente de acuerdo. Pero enamorarse de un chico sólo por su físico, es un error que no pocas cometen.

-Es verdad lo que dices. Un chico puede ser un adonis o un joven Apolo, y si quieres, un dios nórdico rubio y alto, pero si es superficial o inmaduro, incapaz de asumir las responsabilidades que conllevan el matrimonio, es mejor olvidarse de él.

-Ya te he dicho más de una vez que hace mucha ilusión casarme, formar una familia. Y pienso que un matrimonio puede funcionar muy bien sin necesidad de estar locamente enamorados. Ahora bien, yo sólo me casaría con un chico que compartiera conmigo las ideas religiosas que tengo y que él y yo nos tuviéramos un cariño mutuo, auténtico.

-¿Crees que lo encontrarás?

-Por supuesto que sí.

-¿Acaso Fermín…?

-Por qué no. Reúne las condiciones que te he dicho, pero aún no ha movido ficha…

-¿Y si la mueves?

-Isabella, ya veré… ¿Tú que crees que haré?

Isabella sonrió, pero no sin contestar la pregunta de Marina.

Corremos un riesgo

A Isabella le faltó tiempo para decirle a su amiga que esas Navidades serían las primeras que iba a celebrarla con Nacho. Atrás quedaban los años en los que su novio pasaba estas fiestas en América, en plena temporada taurina de allá, sin el calor familiar propio de los días navideños.

-En la nochebuena y en el día de Navidad estaremos con mi madre, en mi casa –dijo Isabella-; y la nochevieja y el día primero del 2009, con la familia de Nacho. Para mí es un alivio grande que este año no se haya ido a torear durante el invierno a América. Así, por lo menos, no tengo la inquietud que me invade los días en que se viste de luces. Y el estar tranquila, sin nervios, es lo que me recomendó el médico que me dio el alta. Gracias a Dios, lo estoy consiguiendo.

-También a mí me dijeron que me tomara las cosas con calma; y que no me agobiara con los estudios, ya que al incorporarme a las clases dos meses después de haber comenzado el curso, sentí un poco de ansiedad para recuperar los temas que ya se habían explicado y ponerme al día en todas las asignaturas, manifestó Marina.

-Totalmente lógico…, mala cosa es la ansiedad, precisó Isabella.

-Sí, además me aconsejaron: “Nada de quedarte en casa encerrada los fines de semana; sal con tus amigas… y amigos”. Y eso fue lo primero que hice. Algunos me preguntaron el por qué me había incorporado a finales de octubre a las clases, que si me había pasado algo. Yo dudé contarles el motivo, pero como -quiera o no quiera- todo termina sabiéndose, decidí decírselos. Y he aquí una grata sorpresa: todos -no sé cómo decirlo- me mostraron palpablemente su amistad, su apoyo y su deseo de ayudarme en lo que fuera preciso.

-¡Qué bueno que conectaras de nuevo con tus amigos de la facultad!

-Un compañero se ofreció en explicarme las materias que ya se habían dado durante mi ausencia. Y yo acepté.

-¿Aquél que estaba interesado por ti?, preguntó Isabella.

-No, no es Esteban. ¡Ojalá hubiese sido él! Ya te dije lo del feeling…, respondió con rapidez Marina, pero dejando inconclusa la respuesta.

-Y ese que te está ayudando en los estudios, ¿no estará tirándote los tejos?, comentó Isabella con una amplia sonrisa.

Es posible…, musitó Marina. Y enseguida añadió: Desde entonces, todas las mañanas de los sábados viene a mi casa como “profesor”. Y ahora te cuento la conversación surrealista, por llamarla de alguna manera, que tuvimos el primer día en que empezó las clases de recuperación.

-Cuéntame, cuéntame…

-De entrada, me dijo Fermín -así se llama-: -“Marina, corremos un riesgo con estas clases particulares”. Quedé sorprendida. -“¿Qué riesgo?”, pregunté. Y él, con una sonrisa, me contestó: “Que terminemos siendo novios”. A mí me entró la risa y le dije: “No es un riesgo, porque el riesgo es la posibilidad de que se produzca un contratiempo o una desgracia, de que alguien o algo sufra perjuicio o daño. Y el ennoviarnos es también una posibilidad, pero una bonita posibilidad… de algo bueno… señal de un enamoramiento mutuo. Ya veremos si esa posibilidad se convierte en realidad. Si así fuera, estupendo. Y si no, pues no pasa nada”. Y añadí para no crearle falsas expectativas: “En el presente, no estoy enamorada de ti… ni de nadie. En el futuro -y no tiene por qué ser lejano- espero enamorarme de alguien, y ¿por qué no de ti?”. Él, sin contener la risa, me dijo: “Ese es también mi caso. No estoy enamorado, pero te diré que me caes muy bien”. Al oírle decir esto último, lo de caerle bien, le dije: “Es lógico -y recíproco- si no, no seríamos amigos”.

-Lo que le dijiste, más que crearle falsas expectativas, es todo lo contrario.

-Si tú lo dices… Ya llevamos cuatro semanas y tengo que reconocer que mi amistad con él va encendiéndose a medida que estamos juntos esas mañanas de los sábados. Nos comportamos con naturalidad, él como profesor y yo como alumna; pero una vez acabada la clase, como amigos. El primer día, al despedirse, agarró mi cabeza con sus manos para acercarla hacia él y me plantó un beso en cada mejilla. Y desde entonces, así nos saludamos cuando Fermín llega, y al despedirse. Bueno, en alguna otra ocasión, he sido yo quien ha tomado la iniciativa besándole en las dos caras.

-Por lo que me cuentas, la impresión que saco es de que perseverar por ese camino que habéis emprendido acabaréis, sin duda alguna, enamorados y ennoviados, apostilló Isabella.

-Eso es lo que también a mí me parece…, ya el tiempo dirá… Con sinceridad te digo que cuando estoy con él no siento mariposas en el estómago, pero sí noto crecer mis sentimientos y afectos hacia él. La última vez, mientras me estaba explicando algo, nuestros ojos se encontraron más de una vez, sosteniendo la mirada unos segundos. Al darme cuenta, me ruboricé y agaché la cabeza nerviosa, para fijar la vista en el cuaderno en los que tomaba apuntes.

-¿Habéis salido ya juntos alguna vez?

-Solos, no; ni siquiera me lo ha propuesto. Las tardes de los sábados salgo en grupo, con amigas y amigos… entre los que está Fermín.

-¿Y Esteban?

-Éste sólo ha venido una vez, fue el primer sábado después de incorporarme al curso.

Las novias de los diez años

Al terminar 6º de Primaria, Patricio, con once años, era un niño rubio, de ojos profundos y azules, de carácter dulce, aniñado e inocente, y de aspecto tímido. Las amigas de Fátima, lo piropeaban. –¡Qué guapo eres!; Cuando seas mayor, todas las niñas te rifarán, solían decirle cuando lo veían, a la vez que lo besaban. Su hermana, complacida, las regañaban diciéndoles: -No se lo digáis, que se lo va a creer, y además se va poner rojo como un tomate. Y efectivamente, las pálidas mejillas del chiquillo se llenaban de rubor. Pero a pesar de este sonrojo, con mucho desparpajo y muy ufano, les preguntaba quien de ellas quería ser su novia, y añadía: -Si sois varias, me rifáis. Al oír esto, Fátima le decía: -No seas desvergonzado, si ya tienes novia… Lo dijo en broma, pero cierta razón tenía.

En su niñez no faltaron los juegos, ni siquiera su primer amorcito. En esto no era una excepción. Siempre se ha hablado de las novias de los diez años que algunos chiquillos han tenido a esa temprana edad. Hacía ya un año que Patricio había conocido a Fabiola en una fiesta. ¿Cómo la conoció? De vez en cuando, Patricio salía con su primo Marcelo -éste era un año mayor que él-, con el que se llevaba de maravilla. Aunque Patricio no tenía hermanos de su edad, sin embargo varios primos suyos tenían más o menos sus mismos años, unos un poco mayores, y otros, más pequeños. De todos, su preferido era Marcelo. En las vacaciones, siempre estaban juntos. Un día Marcelo fue invitado por un compañero de su clase a su cumpleaños. Marcelo puso como excusa para no ir que ese día ya había quedado con Patricio para ir al cine, lo cual no era verdad. Ante la insistencia del amigo, Marcelo condicionó su asistencia si también podía ir su primo. -Encantado que venga Patricio, le dijo su amigo. Por lo que el día de la fiesta los dos primos se presentaron en el chalet de Emiliano, el cumpleañero. Éste era el único chico en su casa, con tres hermanas mayores que él; y una más pequeña, Fabiola, a la que le llevaba sólo un año. Pero los cinco sin grandes diferencias de edad; vinieron al mundo muy seguidos. Sofía, que era la mayor, sólo tenía seis años más que Fabiola.

La fiesta estuvo muy concurrida, en total dieciséis, ochos niñas y otros tantos niños. En el jardín merendaron, y después de la merienda empezaron los juegos. El primero, el de las prendas. Para este juego todos se colocaron en corro, sentados en el césped, con la particularidad de que cada uno de los participantes tenía tanto a su izquierda como a su derecha otro del sexo opuesto. Patricio quedó entre las dos hermanas mayores de Emiliano, y directamente enfrente a Fabiola. Antes de comenzar a jugar, Sofía explicó de lo que se trataba.

-Seguro que casi todos sabéis de qué va este juego, pero por los que no lo sepan, lo voy a explicar brevemente -comenzó a decir-. Cada uno tenéis que elegir un oficio, por ejemplo: segador, costurera, barbero, planchadora, bombero, enfermera, camillero, escritora, etc. En un momento determinado, cuando yo lo diga, todos comenzaremos a cantar: “Antón, Antón, Antón pirulero; cada cual, cada cual, atienda a su juego”. Todos corearemos la canción acompañándola con palmas. Y cuando se llegue al “atienda su juego” cada uno debe reproducir mediante mímica el oficio que ha elegido. El que no lo haga a su debido tiempo, como castigo deberá pagar una prenda, y todos los demás continuaremos cantando la canción como sigue: “y el que no lo atienda, pagará una prenda”.

-¿Qué tipo de prenda?, preguntó Emiliano.

-Pues ya puede ser parte de la ropa que llevamos puesta, o bien algún objeto personal, como puede ser el reloj, un anillo, el móvil, la cadena con la medalla, zarcillos, el monedero, un bolso… o incluso un piercing y un largo etcétera. Como estamos en verano, nada de pagar con una prenda de vestir. Si fuera invierno, la cosa cambia. ¿entendido?, especificó Sofía.

-¿Y cómo se puede recuperar lo que se entrega?, volvió a preguntar el cumpleañero.

-Bueno, siempre existe la posibilidad de no pagar con una prenda, si el que la tiene que pagar hace lo que le digamos, aunque le dé vergüenza hacerlo. Por ejemplo, dar las buenas tardes a la vecina de la casa de enfrente, bailar o cantar, dar un beso a alguien del grupo, beberse una copa de un trago, pasear por la calle haciendo el tonto… En definitiva cualquier cosa que se nos pueda ocurrir que puede ser original o atrevida.

Mientras hablaba Sofía, los ojos de Patricio estaban fijos en Fabiola. Ésta era una preciosidad de criatura, de esas que guardan un encanto por su sencillez. Por un instante sus miradas se cruzaron, y ella, al darse cuenta, bajó la vista al suelo, pero no pudo resistirse de volver a mirar a Patricio, que continuaba mirándola. Esta vez la mantuvo al darse cuenta cómo el chico le sonreía, y le devolvió la sonrisa. Dándose cuenta de que no prestaba atención a las reglas del juego que explicaba Sofía, se dijo a sí misma: -Hay que estar atenta al juego, y puso atención a las últimas instrucciones que estaba dando su hermana.

-Hoy vamos a darle al “castigado”, en caso de que quiera rescatar su prenda, la posibilidad de hacer una de las dos cosas que le digamos. ¿Estáis de acuerdo?

La respuesta fue un “sí” unánime.

Comenzado el juego, fue Patricio el primero en tener que pagar una prenda. Él optó por hacer lo que le dijeran. Entonces le apartaron del grupo mientras que los demás deliberaban. Marcelo sugirió que su primo cantara una canción, pues sabía que Patricio era lo más negado para el canto. Quería ver si se atrevía a cantar, lo cual sería algo inédito. Al cabo de un rato, Sofía le llamó para decirle lo que habían decidido.

-Tienes que hacer una de estas dos cosas: cantar una canción, la que quieras; o darle un beso a la niña que quiera que sea tu novia.

Entre las cualidades que Dios le había dado, no estaba precisamente el tener buen oído. Era incapaz de dar dos notas seguidas. Y él lo sabía muy bien, por lo que nunca cantó él solo. Y en esta ocasión no estaba dispuesto a hacer el ridículo delante de los demás, y más estando presente Fabiola, por lo que se decantó por la otra posibilidad. Sin dudarlo, se acercó a Fabiola para darle dos besos, uno en cada mejilla, ante el asombro de la chiquilla, que se puso totalmente colorada, y en medio de las risas y aplausos de los demás.

El juego continuó. Y también Fabiola fue “castigada” a entregar una prenda. Ella, como estaba haciendo todos los que recibían este “castigo”, prefirió hacer lo que le dijeran. A diferencia de Patricio, ella cantaba como los ángeles y además bailaba el hola up maravillosamente. Apartada Fátima del grupo, Sofía propuso a los demás jugadores que su hermana, para rescatar la prenda, eligiera entre cantar una canción o bailar el hola up. Pero esta propuesta no prosperó. Las chicas del grupo y algunos de los chicos consiguieron que debía elegir entre las dos cosas que se le ofreció a Patricio. Sofía, consciente de lo que le gustaba cantar a su hermana, accedió. Estaba segura de que iba a elegir cantar. Y llamó a Fabiola.

Tienes que hacer una de estas dos cosas: cantar una canción, la que quieras; o darle un beso al niño que quiera que sea tu novio.

Al acabar de decir esto, Sofía le dijo a Emiliano que cogiera la guitarra para acompañar a Fabiola en el canto. Pero antes de que su hermano se levantara, ella con paso decidido fue a donde estaba Patricio, e hizo lo mismo el chico había hecho con ella: darle dos besos, uno en cada mejilla, mientras estallaba un gran aplauso. Así surgió el “noviazgo”, aunque ni Fabiola ni Patricio querían considerado como tal. Sin embargo, ninguno de los dos negaban el mutuo cariño que se tenían. Mas al llegar a la primera adolescencia, viendo ambos que su “noviazgo” era una chiquillada, optaron por ponerle fin, y continuar siendo amigos… dejando la puerta abierta por si lo que fue una chiquillada en los años de la niñez pudiera convertirse en el futuro en un noviazgo de verdad.