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Canonización del papa de la “Humanae vitae”

El pontificado de Pablo VI fue dramático, un auténtico calvario para el Papa. Los tres primeros años fueron los del Concilio Vaticano II, llenos de esperanzas, y el resto, la época postconciliar, los años de la contestación dentro de la Iglesia. Era incontestable la tempestad que asolaba a la barca de Pedro. El Papa era plenamente consciente de la crisis provocada por los que interpretaron torcidamente los documentos conciliares: Creíamos que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia, pero en cambio ha llegado un día nublado, tormentoso, oscuro, lleno de búsquedas e incertidumbres y no resulta fácil transmitir la alegría de la comunión.

También, refiriéndose a la situación de la Iglesia, dijo: Tengo la sensación de que por algún resquicio ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Y había añadido entonces que si en el Evangelio, en los labios de Cristo se menciona tantas veces a este enemigo de los hombres, también en nuestro tiempo él creía en algo preternatural que había venido al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio Ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpa en el himno de júbilo, sembrando la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud y la insatisfacción.

Una vez finalizado el Concilio Vaticano II, al Pablo VI le correspondió la difícil tarea de su aplicación. Ello exigía mucha fortaleza interior, con espíritu hondamente cimentado en el Señor; se requería ser hombre de profunda oración para discernir, a la luz del Espíritu, los caminos seguros por donde conducir al Pueblo de Dios en medio de las dificultades propias de todo proceso de cambio, adecuación, de renovación… propias también de la furia del enemigo, cuyas fuerzas buscan prevalecer sobre la Iglesia de Cristo.

Lo que al Pablo VI le tocó vivir como Pastor universal de la grey del Señor, lo resumió el papa san Juan Pablo II en un valiosísimo testimonio, pues él había podido “observar de cerca” su actividad: Me maravillaron siempre su profunda prudencia y valentía, así como su constancia y paciencia en el difícil período posconciliar de su pontificado -escribió en la encíclica Redemptor hominis-. Como timonel de la Iglesia, barca de Pedro, sabía conservar una tranquilidad y un equilibrio prudencial incluso en los momentos más críticos, cuando parecía que ella era sacudida desde dentro, manteniendo una esperanza inconmovible en su compactibilidad.

El cardenal Albino Luciani (futuro Juan Pablo I), en la homilía que pronunció en la catedral de San Marcos de Venecia en el funeral de Pablo VI, hizo referencia al calvario del papa difuntoI: Defender y conservar la fe fue el primer punto de su programa. En el discurso de coronación, el 30 de junio de 1963, había declarado: “Defenderemos a la Santa Iglesia de los errores de doctrina y de costumbre que, dentro y fuera de sus fronteras, amenazan su integridad y oscurecen su belleza”. San Pablo había escrito a los Gálatas: “Si un ángel bajado del cielo os anunciara una buena nueva distinta de la que os hemos anunciado, ¡fuera con él!” (Ga 1, 8). En nuestros días, los ángeles pueden ser la cultura, la modernidad, el “aggiornamiento”. Todas estas cosas las apreciaba el papa Pablo VI, pero cuando le parecieron contrarias al Evangelio y a su doctrina, las rechazó inflexiblemente. Basta citar la “Humanae vitae”, su “Credo”, su postura acerca del catecismo holandés, la clara afirmación sobre la existencia del diablo. Alguien ha dicho que la “Humanae vitae” representó el suicidio de Pablo VI, la caída de su popularidad y el comienzo de las feroces críticas. Sí, en cierto sentido es así, pero él lo había previsto y, siempre con san Pablo, se había dicho: “Qué, ¿trato ahora de congraciarme con los hombres o con Dios?, o ¿busco yo contentar a los hombres? Si todavía tratara de contentar a los hombres, no podría estar al servicio de Cristo” (Ga 1, 10).

El 6 de agosto de 1978, fiesta de la Transfiguración del Señor, Pablo VI entregaba su alma a Dios. En ese día pasó del calvario que había sufrido aquí en la tierra al monte Tabor, al Cielo, donde recibió el premio de la vida eterna. La Iglesia reconoce la santidad de su vida canonizándole el 14 de octubre de 2018.

Al rebasar la barrera de los ochenta años Pablo VI hacía frecuentes referencias a su muerte, que la contemplaba ya próxima. Sabía que ya había librado su batalla y estaba preparado para marcharse. Pero antes quería cumplir con un último deber. El martes, 1 de agosto, a pesar de encontrarse enfermo, decide acudir a la iglesia parroquial Delle Frattocchie para rezar ante la tumba del cardenal Pizzardo.

El cardenal Pizzardo había sido su maestro en Roma y era quien le había hecho entrar en la Secretaría de Estado. Pero también le hizo sufrir mucho cuando era superior suyo. Con el presagio de su ya cercana muerte, buscó con este gesto la reconciliación total, si es que todavía quedaba algo por perdonar. Si aún hay alguna diferencia entre nosotros dos, la arreglo aquí, pues quiero marcharme en paz al encuentro del Señor. Para añadir a continuación: En el inicio de nuestra vida fue el cardenal Pizzardo quien nos introdujo en la Curia Vaticana. Ahora que estamos al final, esperamos que sea él mismo quien nos introduzca en otra Curia, la más importante, el Paraíso.

Pablo VI ha pasado a la historia como el papa de la Humanae vitae. El 25 de julio de 1968, el año de las célebres revueltas estudiantiles, firmó la encíclica Humanae vitae. Ningún documento anterior del Magisterio pontificio había sido publicado en medio de tan amargo vendaval como éste. Tiempo después, cuando monseñor Casaroli le pregunta a Pablo VI cuándo había sentido con más fuerza la asistencia del Espíritu Santo, el Papa le contestó, sin vacilar, que cuando, después de haberlo meditado mucho, firmó la encíclica Humanae vitae. Con aquella firma, firmó su propia pasión.

Una semana después de la publicación de la encíclica, Pablo VI abría su corazón en una Audiencia pública y dijo: Nunca hemos sentido tanto el peso de nuestra misión como en esta circunstancia. ¡Cuántas veces tuvimos la impresión de estar oprimidos por este cúmulo de documentaciones! (…); ¡cuántas veces nos sentimos angustiados ante el dilema entre una fácil condescendencia para las opiniones corrientes o bien una sentencia que la sociedad actual soportaría mal, o que fuera, arbitrariamente, demasiado grave para la vida conyugal!

La Humanae vitae, pasión y gloria de Pablo VI, aborda una de las cuestiones de mayor transcendencia tanto en el orden personal como en el social: la regulación de la natalidad. En esta encíclica profética, la suprema autoridad de la Iglesia recordaba a todos los hombres de buena voluntad otra aplicación de aquel lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre: el acto sexual conyugal y la procreación forman una parte de un todo lleno de amor que al hombre no le es lícito romper poniendo barreras químicas o físicas que separen el aspecto unitivo del aspecto procreativo.

La Humanae vitae es un grito profético lanzado al mundo para recordar la doctrina de siempre, la que garantiza mejor el verdadero bien del hombre y de la familia. Ya Pío XI, en el año 1931, afirmó con claridad la doctrina católica en la encíclica Casti Connubii: Todo uso del matrimonio en el ejercicio del cual, por artificio de los hombres, el acto queda privado de su poder natural de procrear la vida, ofende a la ley de Dios y a la ley natural. En el mismo sentido se había pronunciado Pío XII en sus discursos a las comadronas.

Un grito, una advertencia: Non licet! (No es lícito) cuando toda una sociedad se veía tentada de romper las barreras del amor conyugal y a cegar -haciéndolas estériles- las fuentes de la vida.

Pablo VI fue quemando su vida en una incansable labor en favor de la Iglesia a la que tanto amor mostró. Su inmediato sucesor -Juan Pablo I- diría: En quince años de pontificado, este Papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y sufre por la Iglesia de Cristo. Fue llamado a su presencia por el Padre Eterno en una fiesta del Señor, la de la Transfiguración. Acaso el Señor mismo, con este signo de su amorosa Providencia, quiso rubricar con sello divino aquello que Pablo VI, pocos años antes, había escrito en una preciosa Exhortación Apostólica sobre la alegría cristiana -la Gaudete in Domino– “…existen muchas moradas en la casa del Padre y, para quienes el Espíritu abrasa el corazón, muchas maneras de morir a sí mismos y de alcanzar la santa alegría de la resurrección. La efusión de la sangre no es el único camino. Sin embargo, el combate por el Reino incluye necesariamente la experiencia de una pasión de amor (…) per crucem ad lucem, y de este mundo al Padre, en el soplo vivificador del Espíritu”. Y ciertamente, el Padre Eterno quiso que este hijo suyo, habiendo pasado por muchos sufrimientos y habiendo entregado ejemplarmente su vida en servicio amoroso a la Iglesia, pasase “de la cruz a la luz” en el día en que la Iglesia entera celebraba la gran Fiesta de la Transfiguración, que indica esperanzada la meta final a la que conduce la muerte física de todo fiel cristiano.

El papa Pablo VI deseó con todo su corazón enunciar el fundamento teológico del papel maternal de María respecto a la Iglesia y quiso proclamarla Madre de la Iglesia. La proclamación se hizo el 21 de noviembre de 1964 en la Basílica de San Pedro. Cuando el Papa pronunció el nuevo título mariano, los padres conciliares se levantaron llenos de entusiasmo como para dar su asentimiento y manifestar su júbilo. Los aplausos parecían no tener fin. Muchos obispos se quitaron su mitra en señal de devoción.

Estas fueron las palabras de la proclamación de Santa María como Madre de la Iglesia. Hemos creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico y particularmente entrañable para Nos, pues con síntesis maravillosa expresa el puesto privilegiado que este Concilio ha reconocido a la Virgen en la santa Iglesia. Así, pues, para gloria de la Virgen María y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo cristiano, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.

Invoquemos y honremos a Santa María con este título tan bonito de Madre de la Iglesia como quiso Pablo VI que lo hiciéramos al proclamarla Madre de todo el pueblo cristiano.