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La Iglesia perseguida

No digáis que la Iglesia fue siempre aliada de los poderosos y, por tanto, cómplice de la esclavitud de los pueblos. El Cristianismo nació como una promesa de liberación, y por eso fue combatido ferozmente por los príncipes de las naciones. Repasad la historia de la Iglesia y veréis que todos, desde los emperadores de los primeros siglos hasta los gobiernos de nuestra época, se han opuesto a los cristianos y los han diezmado.

(Papini, Carta de Celestino VI a los hombres)

En la eternidad

En su primer viaje a Alemania, san Juan Pablo II tuvo mucho trabajo, una agenda muy apretada. Estando en Munich, el cardenal Ratzinger, arzobispo de Munich, se dio cuenta del inmenso trabajo del Papa. Y consiguió un rato de descanso para el Papa al mediodía. San Juan Pablo II accedió y se retiró a su habitación, pero enseguida llamó a Ratzinger. Éste fue a la habitación y encontró al Papa rezando el Breviario. -“¡Santidad, ahora usted debe descansar!” Y san Juan Pablo II respondió: -“Ya descansaré en la eternidad”. Era realmente infatigable.

Anécdota de san Juan XXIII

El cardenal Frings pronunció en 1961 en Génova una conferencia que trataba sobre el Concilio que se iba a celebrar. Se la había escrito Ratzinger. Fue un poco polémica. Más tarde, el cardenal fue llamado por san Juan XXIII. Frings pensó que al Papa no le había gustado la conferencia (fue publicada). Al llegar al Vaticano, san Juan XXIII le dijo: “Eminencia, debo darle las gracias. Leí anoche su discurso. ¡Qué feliz coincidencia de pensamiento!” Frings respondió: “Santo Padre, la conferencia no la escribí yo, sino un joven catedrático”. A ello replicó el Papa: “Señor cardenal, tampoco yo escribí mi última encíclica. Lo importante es con qué se identifica uno”.

La Iglesia

 

La Iglesia es nuestra Madre; a Ella se lo debemos todo; Ella nos ha engendrado a la vida nueva, a la vida de la gracia, que nos proporcionará nuestra felicidad eterna; nos ha dado la fe, y con su Magisterio nos la conserva íntegra y fecunda; nos ha dado la gracia; es la dispensadora de los sacramentos; nos ha dado la caridad (…); nos une, nos educa en el amor, en el humanismo verdadero, en la comprensión y en la edificación de sí misma; nos guía, nos defiende, nos dirige por los caminos de la esperanza, nos anticipa el deseo escatológico de la vida futura y nos hace gustar anticipadamente su felicidad.

(Beato Pablo VI, Alocución 15.VI.1966)

El año de los cuatro papas

El año de los cuatro papas

En el transcurso del año 1276 cuatro papas sucesivamente ocuparon la silla apostólica. El primero de ellos fue el Beato Gregorio X (1271-1276), el papa que instituyó el cónclave para evitar períodos de sede vacante prolongados. Falleció en Arezzo el 10 de enero de 1276.

El 21 de enero fue elegido pontífice el dominico Pedro de Tarantasia, que tomó el nombre de Inocencio V. Su pontificado fue corto, pues murió cinco meses después de su elección, el 22 de junio. Fue beatificado por León XIII en 1898.

En un cónclave celebrado en Letrán, el 11 de julio salió elegido papa el cardenal Ottobono Fieschi, con el nombre de Adriano V. Falleció cinco semanas después, el 18 de agosto, antes de ser ordenado sacerdote y, por consiguiente, consagrado obispo.

El 8 de septiembre había un nuevo papa. Era Juan XXI, que tampoco tuvo un pontificado duradero -sólo unos meses-, pues murió el 20 de mayo de 1277. Eso sí, había conseguido superar el 31 de diciembre de 1276.

¿Quién era el verdadero papa?

Un verdadero problema

El Cisma de Occidente representó seguramente el punto más bajo en la historia medieval del Papado. Es cierto que no era nada nuevo que en la Iglesia se contemplara cómo un antipapa disputaba la Sede de San Pedro al legítimo sucesor del Príncipe de los Apóstoles, pero jamás los enfrentamientos habían durado tanto tiempo, ni nunca antes había resultado tan oscuro saber quién el papa legítimo. Tan difícil fue el señalar cuál era el verdadero pontífice que el arzobispo de Toledo sustituyó el nombre del papa en el canon de la Misa por la fórmula: Por aquél que es el papa legítimo.

Tanto en la obediencia de Roma como en la de Aviñón hubo personas santas convencidas de la legitimidad del papa a quien obedecía. Santa Catalina de Siena se decantó por el de Roma, mientras que san Vicente Ferrer lo hacía por el de Aviñón.

Sin respuesta

Martín V, el papa de la unidad tras el Cisma de Occidente, cuando se refería a cualquiera de los papas del cisma (Urbano VI, Clemente VII, Bonifacio IX, Inocencio VII, Benedicto XIII, Alejandro V, Juan XXIII y Gregorio XII) los denominaba  como elegido papa en su obediencia. ¿Quiénes papas legítimos y quiénes antipapas? La pregunta no tiene respuesta. Es lo mismo que preguntar si en la elección de Urbano VI (origen del cisma) los cardenales actuaron con libertad o con miedo debido a la presión a que fueron sometidos por el pueblo romano.

La posterior elección de nombres de los pontífices romanos han considerado como legítimos a Urbano VI y sus sucesores romanos, pero también hay que tener en cuenta que Rodrigo de Borja consideró verdadero papa a Alejandro V, de la obediencia de Pisa, al tomar el nombre de Alejandro VI cuando fue elegido papa. También Pedro Francisco Orsini (Benedicto XIII) en el siglo XVIII consideraba legítimo papa a Benedicto XIII (Pedro de Luna), ya que después de aceptar el Pontificado empezó a llamarse Benedicto XIV. Solamente modificó el ordinal de su nombre a petición de los romanos, que nunca quisieron considerar a los papas de las otras obediencias como verdaderos papas.

El nombre de los Papas

El cambio de nombre

El primer papa que se cambió el nombre al ser elegido, fue Juan II. Se llamaba Mercurio, nombre de la mitología pagana que llevaba el dios de los ladrones. El papa recién elegido creyó oportuno cambiar de nombre y tomó el de Juan. Con esta decisión creó un precedente que, más adelante, justificaría el nacimiento de una tradición típicamente pontificia: el cambio de nombre de los llamados a ocupar la Silla de San Pedro.

Los últimos papas que no cambiaron de nombre al ser elegidos fueron Adriano VI y Marcelo II, ya en la época del Renacimiento.

Nombre compuesto

Hasta la elección de Juan Pablo I, en el año 1978, ningún papa había tomado un nombre compuesto.

Juan Pablo I explicó al día siguiente de su elección el motivo por el cual había elegido el nombre compuesto de Juan Pablo: Después vino la cuestión del nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la Basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el papa Pablo no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la Plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan rojo. Por otra parte, en quince años de pontificado este papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo».