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Homilía de la Solemnidad de San José (Ciclo B)

La genealogía de Jesús que aparece en el capítulo 1 del Evangelio según san Mateo termina con este versículo: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16). Es la primera vez que aparece el nombre de san José en los Santos Evangelios, diciendo de él que era el esposo de la Virgen María. Es de señalar que el evangelista, para indicar el nacimiento de Jesús, usa una fórmula completamente diversa de la aplicada a los demás personajes de la genealogía. La genealogía dice: Abrahán engendró a Isaac; Isaac a Jacob… (Mt 1, 2), y así con todos los que aparecen. Sin embargo, no se dice que José engendró a Jesús. El padre de Jesús es Dios, pero el santo Patriarca, al ser esposo de Santa María, fue el padre legal de Jesús.

Entre los hebreos las genealogías se hacían por vía masculina; y en las dos genealogías de Cristo contenidas en los Evangelios se ve que san José era descendiente del rey David. Y también Santa María era de linaje davídico, ya que era costumbre ordinaria celebrar los esponsales entre los miembros de una misma estirpe. Por tanto, Jesucristo descendía de David, como profetizó el profeta Natán cuando le dijo a David: Esto dice el Señor. Yo seré para él padre y él será para mí hijo (2 S 7, 14). Estas palabras las pudo decir san José con propiedad. Él tuvo la misión dada por Dios de hacer de padre de Jesús. Y así aparece repetidas en el Evangelio. Por ejemplo, cuando María y José encontraron en el Templo de Jerusalén al Niño Jesús después de estar tres días buscándole, dijo la Virgen a su Hijo: Hijo, ¿por qué nos ha hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos (Lc 2, 48).

Sobre el Santo Patriarca recayó la misión de custodiar al Hijo de Dios, al Rey del mundo; la misión de custodiar la virginidad, la santidad de María; la misión de cooperar ‑único llamado a participar del conocimiento del gran misterio escondido a los siglos‑ en la Encarnación divina y en la salvación del género humano (Pío XI, Alocución 19.III.1928).

San José merece el reconocimiento, el cariño y la devoción de todos porque supo custodiar a su esposa, Santa María, y a Jesús, nuestro Redentor. Ser “custodio” es la característica de san José: es su gran misión, ser custodio. Miremos a José como el modelo de educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento “en sabiduría, edad y gracia”. 1. En “edad”. José, junto con María, se ocupó de Jesús ante todo desde el este punto de vista, es dice, lo “crió”, preocupándose de que no le faltase lo necesario para un un desarrollo sano. José enseñó a Jesús incluso su trabajo, y Jesús aprendió a ser carpintero con su padre José. Así, José ayudó a crecer a Jesús. 2. La “sabiduría”, José educó al pequeño Jesús en la escucha de las Sagradas Escrituras, sobre todo acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. 3. La dimensión de la “gracia”. La parte reservada a san José es más limitada. Pero sería un grave error pensar que un padre y una madre no pueden hacer nada para educar a los hijos en el crecimiento en a gracia de Dios (Papa Francisco, Homilía 19.III.2014).

Habiéndose celebrado los desposorios entre María y José, pero antes de que viviesen juntos, estando Ella en su casa de Nazaret, tuvo lugar la Anunciación. El arcángel san Gabriel, de parte de Dios, pide a María su consentimiento para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se encarne en sus purísimas entrañas. Al decir la Virgen hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 38) se produjo el acontecimiento más maravilloso de la historia de la Humanidad: la Encarnación. Santa María concibió en su seno al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. El evangelista san Mateo narra escuetamente este hecho: La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto (Mt 1, 18-19). Es de suponer el desconcierto de José al darse cuenta del estado de buena esperanza de su esposa. Y sin dudar lo más mínimo de la santidad de María, decidió con gran dolor dejarla ocultamente. Para él era un sacrificio grande, como lo fue el de Abrahán cuando Dios le pidió que le ofreciera en sacrificio su hijo Isaac: renunciar a lo más precioso, a la persona más amada. Pero, como en el caso del Patriarca del Antiguo Testamento el Señor intervino: encontró la fe que buscaba y abre un camino distinto, una vía de amor y de felicidad.

Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Dios ilumina oportunamente al hombre que actúa con rectitud y confía en el poder y sabiduría divina ante situaciones que supera la comprensión de la razón humana. Y es lo que hizo con san José. Y éste hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa (Mt 1, 24). Destaca en la conducta de san José su prontitud para seguir las indicaciones que le vienen del Cielo. La vida de san José no fue fácil, pero él se movió siempre de la lógica divina. Otro, tal vez, se hubiera rebelado ante tan continuo cambio de planes, ante tanta contrariedad (viajes inesperados en momentos inoportunos, huidas…), pero en el santo Patriarca no hubo una sola queja, ni un solo reproche. Hizo todo lo que Dios le pedía, poniendo en ello su entendimiento y su corazón, y sin necesidad de pruebas o de señales extraordinarias.

San Mateo explícitamente dice que san José era justo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya, pero su silencio está lleno de grandeza. En cambio, ha descrito sus acciones; acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura. Fue un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. Destaca en el santo Patriarca su obediencia a lo que Dios le pide. Y se le ve como un hombre sereno, de permanente sonrisa, porque en su alma rebosaba la paz de Dios, y aunque fueron muchas y muy graves las dificultades que debió afrontar, jamás perdió los nervios, porque era un varón santo.

En el Calendario Litúrgico aparece otra fiesta de san José. Es la de san José Obrero, que fue instituida por el papa Pío XII el día 1 de mayo de 1955. San José cumplió con fortaleza y cariño la misión que Dios le confió. Y se hizo santo sin dejar su humilde trabajo de artesano, como para recordarnos a todos que en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios en el sitio donde Él nos ha colocado, haciendo muy bien y con amor las cosas corrientes de cada día. San José supo santificarse en los quehaceres cotidianos, en su taller y en su hogar, en su trabajo y en su familia. Señor, concédenos tu gracia. Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José ‑a quien tanto quiero y venero‑, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 72).

En Nazaret, en el hogar de la Sagrada Familia y en el taller de san José, se presenta José, María y Jesús como una familia de trabajadores. La Virgen María fue ama de casa; san José, carpintero; y Jesús, primero aprendiz de carpintería, y luego tuvo el mismo oficio de san José. Cuando Jesús va a Nazaret, una vez que ha comenzado su vida pública, en la ciudad donde se crió era conocido como el “hijo del carpintero”, o incluso “el carpintero”. En los años de su infancia, el Niño Jesús estaría muy a gusto en los brazos o sobre las rodillas de José, y más tarde siendo ya adolescente, en la carpintería cerca de José aprendiendo el oficio.

En su viaje a Tierra Santa, san Pablo VI estuvo en Nazaret, donde dijo: Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento de su Evangelio. Se nos ofrece una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irreemplazable que es su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función social. Finalmente, aquí aprenderemos también la lección del trabajo. Nazaret, la casa del hijo del artesano: cómo deseamos comprender más en este lugar la austera pero redentora ley del trabajo humano y exaltarla debidamente; restablecer la conciencia de su dignidad, de manera que fuera a todos patente; recordar aquí, bajo este techo, que el trabajo no puede ser un fin en sí mismo, y que su dignidad y la libertad para ejercerlo no provienen tan sólo de sus motivos económicos, sino también de aquellos otros valores que lo encauzan hacia un fin más noble (Alocución 5.I.1964).

San José nos da una santa envidia por su cercanía con Jesús y María. Nuestro deseo es vivir como él: muy pegados a Jesús; queremos aprender de él la forma de vivir las virtudes, de santificar el trabajo y la vida familiar. Ningún hombre ha estado nunca tan cerca de Jesús como san José. ¿Acaso las palabras pueden sustituir al gozo de la compañía? No necesitamos decir nada si Cristo vive en nosotros. Por eso todos los santos han tenido una especial predilección por san José. Su secreto estaba, justamente en lo esencial: ser de Cristo, vivir en Él, con Él y para Él. Con san José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó de paz el amable taller de Nazaret (San Josemaría Escrivá).

La muerte de san José es uno de los silencios de su vida: no sabemos en qué momento preciso tuvo lugar. La última vez que aparece en el Evangelio es cuando Jesús tenía doce años. Parece ser que debió morir antes de que Jesús comenzara su ministerio público. Es significativo que en las bodas de Caná se diga que es invitada María y no se nombre a su esposo. También sabemos que José no estuvo en el Calvario cuando Jesús murió. Si hubiera vivido aún, Cristo no habría confiado el cuidado de su Madre al apóstol san Juan. Pero sí sabemos que no pudo tener san José una muerte más apacible, rodeado de Jesús y de María, que le atendían piadosamente. Jesús le confortaría con palabras de vida eterna. María, con los cuidados y atenciones que se tienen con un enfermo a quien se quiere de verdad. Por tanto, es lógico que san José haya sido proclamado Patrono de la buena muerte. A él acudiremos cuando tengamos que ayudar a otros en sus últimos momentos, y le pediremos ayuda cuando vayamos a partir hacia la casa del Padre. Él nos llevará de la mano ante Jesús y María.

Un niño que buscó ser santo (Guido de Fontgalland)

Una ofrenda de alabanza (Siervo de Dios Guido de Fontgalland)

De familia noble

Guy Pierre Emmanuel de Fontgalland nació el 30 de noviembre de 1913. Fue bautizado el 7 de diciembre de 1913, en la iglesia de San Agustín, de París. Su padre era el conde Pierre Heurard de Fontgalland, un abogado prestigioso y católico militante, que contrajo matrimonio con Marie Renée Mathevon. Ésta tenía la intención de ingresar en un convento de carmelitas, pero Dios dispuso otra cosa. El obispo Enmanuel Martin de Gibergues, obispo de Valence (Drôme) y amigo de la familia, presentó a Pierre a la joven Marie, y surgió el amor entre los dos jóvenes. El mismo obispo los unió en santo matrimonio y bautizó a Guy cuando éste nació.

Guy tenía las cualidades y los defectos de un niño corriente. Se mostró orgulloso y caprichoso con su madre y enfadadizo con su hermano Marc, nacido en 1916, pero también era sensible, afectuoso y cariñoso. Fue especialmente sincero y leal, confesaba sus faltas aun a pesar de exponerse a ser castigado. Murió con la reputación de nunca haber dicho una sola mentira. Reflejó una fe muy infantil inspirada en santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz (aún no había sido ni siquiera beatificada, pero a quien su madre venera). En enero de 1917 visitó su tumba en Lisieux, donde acompañó a su madre en peregrinación. Aunque muy joven, trató de imitar a Jesús en todo. Charló con él en la intimidad de su habitación y, posteriormente, después de recibir la Santa Comunión. Ofrecía todos los días pequeños sacrificios para intentar agradar a Jesús.

Primera Comunión

Tenía sólo cinco años cuando manifestó su deseo de hacer su Primera Comunión y, al año siguiente, su deseo de ser sacerdote. Aprendió a leer y escribir en dos meses y se inscribió en las clases de catecismo parroquial. El 22 de mayo de 1921 aprovechó las disposiciones del papa san Pío X en favor de la comunión temprana y pronto se convirtió en apóstol dentro de la cofradía de la Cruzada Eucarística. Ese día, después de un mes de preparación, puntuado por 118 sacrificios que registró diligentemente, hizo su Primera Comunión en la Iglesia de St-Honoré d’Eylau. Tuvo una revelación de su próxima muerte, pero la mantuvo en secreto para no entristecer a sus familiares. Jesús le dijo que pronto le llevaría al Cielo, y Guy respondió: Sí.

Después de su Primera Comunión, Guido solía decir: «Cuando se quiere comulgar es preciso pensar en ello desde la víspera y prepararse, “echando flores al Nino Jesús”, como decía sor Teresita, ofreciendo pequeños sacrificios por su amor. No escatimaba momento ni tiempo en propaganda para la Comunión. Quería que todos participaran de esta fiesta, de este manjar divino… que nadie se quedara sin recibir a Dios vivo como alimento.

En octubre de 1921 ingresó en el colegio san Luis Gonzaga de París, donde fue un estudiante mediocre a pesar de su inteligencia y curiosidad. Además es atolondrado y perezoso en sus estudios, pero se corrige y mejora. No llamó la atención sobre sí mismo, pero se destacó por su caridad y su compañerismo. Protegía a los estudiantes más débiles pero no se defendía cuando le atacaban a él, perdonaba a sus oponentes y no guardó rencores ni resentimientos de dureza, nunca se enfurruñaba y rehusaba acusar a otros o hablar mal de ellos para no causar problemas.

Peregrinación a Lourdes y muerte

En julio de 1924, Guy Pierre fue con su familia de peregrinación a Lourdes. Frente a la gruta, tuvo la confirmación de su revelación anterior de que moriría pronto, un sábado, el día de la Santísima Virgen María. En la noche del 7 al 8 de diciembre, enfermó de difteria. Siguió un período de crisis y remisiones durante el cual, sabiendo que moriría a pesar del optimismo de sus médicos, reveló su doble secreto a su madre, y para consolarla le dijo: Querida mamá, tengo que contarte un secreto: estoy a punto de morir. La Virgen vendrá a llevarme con Ella. La idea de dejar a papá, a Mark y sobre todo a ti me hizo sufrir. Solo porque Dios lo quiere, me dejo llevar. La Virgen me dijo que desde tus brazos pasaré a los suyos. No llores, mamá, va a ser tan dulce morir así. Afrontó el dolor con valentía y murió de asfixia en París, el sábado 24 de enero de 1925, a la edad de once años.

Su muerte causó sensación. Hubo una procesión continua de padres, amigos y religiosos en la casa número 37 de la calle Vital donde el cuerpo rodeado de flores blancas fue expuesto durante 52 horas con un permiso especial. Una fotografía de Guy en su lecho de muerte, tomada en ese momento, fue enviada o entregada, como era costumbre en aquel época, en su memoria por un total de 500 copias.

Después de una ceremonia en la iglesia de Nuestra Señora de Gracia en Passy, el ataúd se llevó a la Gare de Lyon y se colocó en un coche fúnebre con el escudo de las armas de la familia Fontgalland. El funeral en la catedral de Die (Drôme), ciudad de donde era originaria la familia, tuvo lugar el viernes 30 de enero de 1925, en medio de una multitud muy numerosa. A fines de 1925, el padre rector del colegio San Luis Gonzaga escribió: Realmente la forma en que se difunde la historia de esta pequeña vida es asombrosa; el dedo de Dios está aquí.

Guy Pierre de Fontgalland fue considerado en el período de entreguerras como el santo católico potencial más joven que no fue un mártir. Su proceso de beatificación se abrió el 15 de noviembre de 1941 y fue cerrado el 18 de noviembre de 1947.

Fama de santidad

La llamada a la santidad comienza en el bautismo; no tenemos que esperar a tener canas y ser ancianos para servir a Dios. Los santos jóvenes nos dicen algo de la santidad, y su ejemplo es especialmente luminoso, pues dedican sus jóvenes vidas a Dios. La juventud necesita héroes que admirar, cuya valentía, determinación y gran amor a Dios y a la Iglesia fueron el incentivo para superar tentaciones y dificultades. El ejemplo de los santos se contrapone al de los ídolos de paja que son, con demasiada frecuencia, los únicos que se proponen hoy en día. Esto fue lo que motivó a varios sacerdotes, incluido el arzobispo de París, animaron a Marie Renée Mathevon una breve biografía de su hijo. Madame de Fontgalland la escribió en tres días, pocas semanas después de la muerte de Guy, del 23 al 25 de marzo. El nuncio apostólico en París, Mons. Cerretti, escribió el prólogo del libro. Esta semblanza fue publicada en en otoño, primero en una edición de 400, luego 4.000, luego 95.000 copias. Fue traducido a trece idiomas.

De toda Francia y luego de todo el mundo, se escribió más sobre Guy Pierre. Muchas personas fueeron a orar a su tumba y visitaron a sus padres. Los pedidos de imágenes conmemorativas de él se cuentan por cientos de miles. Se reclaman recuerdos (cientos de miles de fotografías de él se imprimen en cuarenta y ocho idiomas diferentes) y reliquias (se distribuyen 726.000 piezas de su ropa). Se le dedican obras en varios idiomas.

En 1936, el 25 de marzo, su cuerpo fue trasladado a la capilla Sainte Paule en Valence (Drôme), al sudeste de Francia, para que velase por la vocación de los seminaristas. El 11 de septiembre, sus padres y su hermano fueron recibidos por el papa Pío XI, que había promovido su causa. El Papa había comentado en 1925, al enterarse de la muerte de Guy Pierre: Aquella flor más, que apenas florece aquí abajo, ha difundido en su séquito tan bello perfume de piedad hacia la Eucaristía, la Madre celestial y el Papa. …

En la inauguración de la gigantesca imagen de Cristo Redentor en Río de Janeiro, en octubre de 1931, el episcopado brasileño y más de quinientos sacerdotes pidieron la beatificación del niño. Esta petición era el eco de las 650.000 firmas ya enviadas a Roma o París entre 1926 y 1931. Al año siguiente, el 15 de junio, el arzobispo de París constituyó un tribunal diocesano para investigar su causa. Hasta el 1 de marzo de 1934, se documentaron y atribuyeron a él 244 conversiones, 698 vocaciones religiosas, 742 curaciones atestiguadas por médicos y aproximadamente 85.000 otras gracias. Para entonces ya habían sido enviadas a Roma millares de firmas de niños y adultos pidiendo al Papa que acelerase la causa de beatificación de Guy Pierre.

El registro de la investigación tiene 1804 páginas. Fue enviado a la Congregación de las Causas de los Santos (entonces, Congregación de Ritos) de Roma, el 8 de febrero de 1937. Pío XI murió dos años después. La decisión de suspender la causa se conoció informa informalmente en noviembre de 1941, en la apertura del proceso ordinario, luego oficialmente el 18 de noviembre de 1947, diez años después del cierre de la investigación diocesana.

Anécdotas de su vida

En el juego: Era tiempo de la preparación para su Primera Comunión y entre juegos Guy le hizo un desaire a su pequeño hermano. La madre, molesta por esta actitud, le sentenció severamente: El Señor no está ahora en tu corazón. Ante estas palabras de su madre, Guy se inquietaba e interrumpía el juego para ir a su madre, hacía que ella apoyara el oído en su pecho, sintiera su corazón y le dijese si el Señor había vuelto ya. Ella respondía: todavía no. Por dos ocasiones repitió este acto. En la tercera ocasión, el pequeño se impacientó ante la respuesta negativa de su madre y le dijo con autoridad: Tú no lo sientes, pero yo siento muy bien que Jesús ha vuelto.

Sacrificios: Acostumbrado a las pequeñas penitencias por amor a Dios, destacamos la que solía hacer en las épocas de frío. Como él deseaba ser como Jesús, se quitaba el calorífero de agua caliente que le ponía su madre por las noches debido al frío que sufría en los pies y se lo ofrecía al Niño Jesús.

Eucaristía: El amor de Guy por la Eucaristía se recoge en sus propias palabras: El buen Dios nos ha dado la prueba más grande de su amor al instituir la Eucaristía y querer habitar con nosotros. No hay que tener miedo en ir a visitarle a la Iglesia y hablarle como a nuestro mayor amigo; es necesario recibirle con frecuencia en nuestro corazón preparándonos a su visita.

Una tarde, fue con su hermano a un circo ecuestre. Su institutriz le preguntó qué había visto en el paseo. Guy dijo: En lugar de mirar los ejercicios ecuestres, traté de contar cuántos niños y adultos había, y cuántos de ellos amaban al buen Jesús. Mañana en mi comunión oraré por las personas del circo. Sus oraciones convirtieron a un chico de nombre Hugh y con él a un joven de la compañía ecuestre llamado Tom Pouce Tim.

Virgen: Guy sentía un amor muy especial y tierno por la Santísima Virgen María. Decía de Ella: ¡Y pensar que la Virgen es más buena que todas las mamás juntas!

Una niña santa (Venerable Anne de Guigné)

Aprendiz del sufrimiento (Venerable Anne de Guigné)

Huérfana de padre

Anne de Guigné nació en 1911, en Annecy-le Vieux. Era la mayor de cuatro hermanos. Su padre era el conde Jacques de Guigné, de profesión militar; y su madre, Antoinette de Charette, era sobrina nieta del conocido general François de Charette. Hasta los cuatro años se la veía como una niña celosa y orgullosa. Cuando tenía tres años ocurrió un acontecimiento que cambiaría la historia de Europa y que a ella le afectaría.

El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero del Imperio austro-húngaro, era asesinado en Sarajevo por un estudiante bosnio, llamado Princip, al servicio de la organización paneslavista la Mano Negra, dirigida desde Belgrado. La noticia del magnicidio conmovió el viejo continente, pues para muchos fue la chispa que agitó los ánimos e hizo estallar una tremenda tempestad llena de odio. El pistoletazo de Sarajevo fue la mecha que incendió el polvorín europeo, dando lugar a la gran tragedia que se cernió sobre Europa: la I Guerra Mundial.

El impulso hacia la guerra, lento al principio, y luego, a medida que transcurrían los días de julio, a un paso terriblemente acelerado. Ahora, los hombres que habían jugado con fuego, los estadistas de Austria, Rusia, Alemania y Francia, intentaban contener la hoguera creciente. La decisión de movilizar los ejércitos y desenfrenar las palabras era demasiado grave. Reyes y emperadores -los regios parientes de Europa- se enviaban unos a otros patéticos, afectuosos y desesperados telegramas suplicando la paz. Pero los lazos de familia fueron demasiado frágiles para impedir lo inevitable. El canciller austríaco, Berchtold, estimó que era preciso humillar a Serbia. El 28 de julio, Austria, contando con el apoyo de Alemania, declaró la guerra al país balcánico. Era la primera declaración de guerra. Después se sucedieron otras declaraciones, y a lo largo de todas las fronteras de las grandes naciones europeas comenzaron a dispararse los fusiles, que irían intensificando el fuego a medida que llegaban las divisiones y el estampido de los cañones acompañaba el tableteo de las ametralladoras en el tremendo holocausto.

Jacques de Guigné, siendo segundo teniente del 13º Batallón, Chambéry de Chasseurs Alpins, marchó al frente. El 29 de julio de 1915, el padre de Anne murió liderando un ataque contra los alemanes. Durante el tiempo bélico, todas las familias de Francia sabían que la visita de un funcionario del estado civil o de un miembro del clero era para comunicar una muerte en el campo de batalla. Por eso, cuando Antoinette de Charette vio a don Métral, párroco de Annecy-le-Vieux, acercarse a su casa para llamar a la puerta, entendió que su marido, ya herido en tres ocasiones, nunca más volvería.

Un cambio notorio

Cuando Antoinette comunicó a Anne, que tan sólo tenía cuatro años, la muerte de su padre, le dijo: Anne, si quieres consolarme, tienes que ser buena. Y la niña con comprensión madura, supo consolar a su madre diciéndole que su padre se había levantado con los ángeles. Desde aquel momento, Anne fue diferente, pues dejó de ser desobediente, soberbia y celosa. En cambio, trabajó duro para complacer a su madre y se volvió muy piadosa. Y comenzó a llevar una lucha continua y acérrima para ser buena. Saldrá victoriosa del combate para lograr su transformación interior gracias a su voluntad pero sobre todo -según sus propias palabras- por la oración y los sacrificios que se impuso. A veces se la verá ponerse colorada y apretar sus pequeños puños para dominar su genio ante las contrariedades encontradas: luego poco a poco se espaciaron las crisis y en su entorno todos llegaron a pensar que todo le resulta agradable. Su camino hacia Dios es su amor por su madre que quiere consolar.

Primera comunión

Anne de Guigné hizo su primera comunión unos pocos años después del decreto Quam Singulari de san Pío X (8 de agosto de 1910) promoviendo la comunión temprana en los niños. Él mismo tuvo que esperar hasta la edad de 12 años para hacer su primera comunión. Las virtudes heroicas de la pequeña Anne fue uno de los frutos de este decreto.

El 26 de marzo de 1917, Anne de Guigné recibió por vez primera a Jesús Sacramentado, etapa decisiva en su ascenso a la perfección. Incluso antes de la dolorosa muerte de su padre en la guerra, ella le pidió a su madre que le hablara sobre su primera comunión. La señora Guigné escribió el 28 de junio de 1915: Me sorprende su inteligencia: me habla mucho de su primera comunión, y sobre todo me pide que se le hable al respecto. Sus respuestas a menudo me sorprenden, y yo voy a comprar un catecismo pequeño que le enseñaré poco a poco. Y es que Anne deseaba con todo su ser y toda su alma recibir a Jesús en la Hostia Santa. Este deseo hizo que se preparara para su primera comunión con alegría.

Sólo hay una cosa que le importaba antes de ese gran día: Tener un corazón puro y llenar sus días de pequeños sacrificios. Su padre no estaría allí, pero le asistiría desde el cielo. El gran día tan esperado por fin llega. La noche del 25 al 26 de marzo de 1917, Nénette no durmió mucho y, a menudo llamaba al Buen Jesús. Desde el amanecer hasta la Misa, ella casi no hablaba. Entró con los ojos bajos a la capilla de las Auxiliadoras y allí, uniendo todo su corazón a las oraciones que se hicieron con los otros niños, ella se mantuvo en total meditación.

En octubre de 1916, Nénette (apelativo familiar de Anne) tuvo la alegría de iniciar su catequesis con las Religiosas Auxiliadoras de Cannes. Y aunque no era niña dotada para los estudios seculares, ella mostró una notable clarividencia para el catecismo. Ella evolucionaba con perfecta facilidad en medio de veinte niñas, todas mayores que ella. Ella las sobrepasaba con su joven ciencia. Para su primera confesión, se le recomendó no dejarse intimidar, ella exclamó: ¡Tener miedo del sacerdote! Pero, ¿cómo voy a tener miedo, si él toma el lugar de Nuestro Señor?

La Superiora de las Auxiliadoras del Purgatorio consideró que Anne estaba lista para su primera comunión. Debido a su corta edad necesitaba una dispensa para poder comulgar pues ni siquiera ha cumplido seis años. El obispo, reacio a concederla, quiso someterla a un severo examen. Un sacerdote jesuita la examinó. Nada confundió a la pequeña Anne, quien oró al Espíritu Santo con todas las fuerzas de su corazón. Estas son algunas de sus brillantes respuestas: ¿Qué sacramentos ha recibido? El bautismo y la penitencia. ¿Y cuáles va a recibir?La Eucaristía y la confirmación. ¿Y más tarde?Tal vez el matrimonio. ¿Y el Orden?Oh! Padre, el sacramento del Orden, eso es para usted. ¿Cuáles son sus defectos dominantes?El orgullo y la desobediencia. Y superó el examen con facilidad. Cuando el obispo le preguntó al sacerdote que la había examinado por el resultado del examen, el jesuita dijo: Mi deseo es que tengamos todos el nivel de conocimiento de la religión como esta niña. Así, Nénette aún no tenía seis años, pero sí uso de razón y pudo hacer su primera comunión.

El fervor con el que ella recibió la Santa Hostia no se puede describir -dijo su madre-, pero su dulce rostro delataba una felicidad ideal y perfecta. Nénette, al hacer su primera comunión, le dijo a Jesús: Niño Jesús, te quiero. Y para darte gusto, voy a obedecer siempre. Anne también se consagró el día de su primera comunión a la Virgen María.

La Madre Saint-Raymond dio este hermoso testimonio en ese día maravilloso: La alegría de su primera comunión era increíble… Habiendo reunido a todos los pequeños, yo les dije: “Nosotros no podíamos darles algo mejor porque nosotros ya les hemos dado a Jesús”. En ese momento, brilló en los ojos de Nénette un destello de alegría que nunca olvidaré.

Anne escribió el siguiente cántico para su primera comunión: Préstamelo, ¡Oh María mi buena Madre! // Préstame tu Hijo, sólo un segundo // deposítalo en mis humildes brazos. // Concédeme, María que bese los pies de tu querido Hijo // que tantas gracias me dió. // ¡Cuánto deseo, Oh María, // recibir a tu Hijo en mis brazos! //¡Dámelo, dámelo! // ¡Cuán feliz estoy ahora // que lo tengo conmigo!

Dos semanas después de su primera comunión, el 10 de abril de 1917, un martes de Pascua, Anne recibió el sacramento de la confirmación de las manos de monseñor Henri-Louis Capon, entonces obispo de Niza. Ella recibió el sacramento muy joven, y no por una excepción, sino porque la costumbre en la época era dar la confirmación poco tiempo antes o después de la primera comunión.

Para Anne de Guigné el faro que alumbra su camino de conversión es su primer encuentro con Jesús en la comunión. Después de la muerte de su hija, su madre escribió: La primera comunión en sí marca una segunda etapa: a partir de ahí, no veo más que una ascensión regular y sin interrupción. Su madre estaba convencida de que ella se sobrepuso a sus defectos dominantes (el orgullo y la desobediencia) a través del Jesús obediente que ella recibió en la Santa Eucaristía. Nénette prometió en una nota: Siempre seré muy sabia para complacer al pequeño y adorado Jesús y para complacer a mamá. El Niño Jesús, me parece que me respondió en mi corazón. Yo dije que quería ser muy obediente y me pareció oír: “Sí, sé obediente”.

Una vida en la presencia de Dios

Anne de Guigné llevó una vida ordinaria, sin ningún prodigio, pero la intensidad de su amor a Dios y a los demás, supo dar a su vida, conducida por el Espíritu Santo. En los pocos años de su vida se descubre la luminosa limpidez de la relación de esta niña con Dios, la maravillosa aventura de una niña cuyo universo llegó a ser ofrenda pura, transparente a lo Divino, inmenso como el Amor. Desde su primera comunión hasta su muerte fue un período de cambio continuo de lo menos perfecto a lo más perfecto; una fase en la que el Amor divino fue revelado a su corazón de niña; una fase devotamente activa para la conversión de los pecadores, los pobres y los afligidos, para su pequeño hermano y hermanas. Su madre fue capaz de afirmar: Esta niña vivía siempre en la presencia de Dios, pues su comportamiento habitual era una prueba clara y manifiesta de la atracción divina, y de la docilidad con la que Anne respondía.

La vida de Anne, de ahora en adelante, seguirá de forma sencilla y constante bajo el impulso del Espíritu. Nunca he visto nada comparable a la acción que el Espíritu Santo estaba operando en ella, declaró la Madre Saint-Raymond, la religiosa que fue su catequista. Ésta le preguntó una vez: Y el niño Jesús ¿no te dice nada? Anne duda un momento, por humildad, en contestar, y confesó: Si, Madre, cuando estoy muy recogida, no siempre. Y a la pregunta: ¿Y que te dice el niño Jesús?, la niña responde: Me dice que me quiere mucho. Esto también se lo dijo a uno de sus primos: El buen Jesús me quiere mucho, y yo lo quiero mucho también. Su madre declaró que un día le preguntó por qué no quería utilizar su misal, y ella le contestó: Porque me sé de memoria las oraciones de mi misal y me distraigo a menudo leyéndolas, mientras que cuando le hablo al niño Jesús no me distraigo en absoluto. Es como cuando se habla con alguien, Mamá, se sabe muy bien lo que se dice.

El transcurso de su corta vida expresa la paz de una gran felicidad íntima, alimentada por su amor a Dios que se extiende, a medida que va avanzando en edad, a un círculo cada vez más amplio de personas: sus padres, su familia, su entorno, los enfermos, los pobres, los incrédulos. Ella vive, reza, sufre por los demás. Padeció de reuma, supo lo que era el sufrimiento y lo hizo ofrenda: Jesús, se lo ofrezco; o bien: Oh no, no sufro, aprendo a sufrir. En diciembre 1921 sufrió una enfermedad cerebral, probablemente una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: Dios mío, quiero todo lo que Tu quieras, añadiendo sistemáticamente a las oraciones que hacían para su cura: “… y cure también a los demás enfermos”.

Muerte

Anne comenzó a tener dolores de cabeza debido al dolor de columna, pero aún así hizo su trabajo en la escuela. Se puso tan mal que entró en coma y el médico vio que tenía meningitis. A una monja que acudió a pedirle a Anne enferma si podía ofrecer algunas horas de sufrimiento para un alma en peligro, ella le respondió: Estoy dispuesta, pero no hoy. Todo el día ya está concertado con Dios, cada hora. Cuarenta y ocho horas antes de su muerte, llamó a su madre para decirle que ve a su ángel custodio, y luego a su hermano y hermanas para decirles: ¡Venid a ver… oh, pero venid a ver lo bonito que es!

Anne de Guigné falleció en Cannes al alba del sábado 14 de enero 1922, después de un último intercambio con la monja que la acompañaba: Hermana, ¿puedo ir con los ángeles? -Si, mi niña bonita. -¡Gracias, hermana, oh gracias! Y en la paz del Señor descansó. Eran las cinco y media de la mañana.

Testimonios

Las marcas del camino de piedad de Anne son sus pensamientos, que reflejan la intensidad de su vida espiritual, y los numerosos testimonios de su entorno relatando los continuos esfuerzos que hacía para progresar en su conversión. Es imposible hacer una selección significativa de estos testimonios, ya que cada uno de ellos manifiestan una cualidad de corazón o la voluntad de deshacerse de un defecto, o una riqueza espiritual extraordinaria. He aquí algunos testimonios:

Lo que yo decía en el catecismo, testifica la Madre Saint-Raymond, respondía en ella a la voz interior, a los deseos, a las necesidades, a las aspiraciones de su alma. Ella ya había entendido lo que le enseñaba, por haberlo experimentado: mi palabra era sólo una proyección verbal de su vida interior.

Encontramos varias veces a la niña arrodillada en un escalón de la escalera durante el día. Cuando se le preguntaba qué estaba haciendo allí, decía:Le doy gracias a Jesús de que quiera entrar en mi corazón”. O la oíamos murmurar en medio de una ocupación, un juego, que ella abandonaba un momento: “Gracias, Jesús”.

La acción divina realizará en ella en poco tiempo, lo que años de esfuerzo humano no podrían haber hecho. Esto es lo que pone de relieve la Madre Saint-Raymond: Tantas virtudes no podrían explicarse humanamente. Era necesario que el Espíritu Santo realizara todas estas maravillas, ya que un niño nunca habría tenido la fortaleza de ser tan constante en el amor de la perfección. Es la gracia que hacía todo, y ella siguió el movimiento de la gracia; y cuanto más daba ella, más el Buen Dios la dirigía y Anne mejoraba aún más. Era un movimiento de retornos perpetuos, de perpetuo rendimiento, de movimiento perpetuo, de aumentos perpetuos de amor. Y, repitiendo las palabras del confesor de Anne: El Espíritu Santo hacía todo lo que quería en esta pequeña alma, la religiosa concluyó: ¡Estas palabras lo explican todo.

Las citas que siguen son algunos resúmenes de anécdotas que ilustran la vida de esta niña y son hechos ejemplares:

Su madre dijo de ella: Muy pequeña, antes de sus cuatro años, su obediencia era muy difícil; se resistía, incluso con violencia, y a partir de ese momento, comenzó a dominarse, para llegar a una obediencia ciega… y eso le costó mucho. Desde la edad de cuatro años hasta su muerte, su esfuerzo para alcanzar la perfección siempre fue constante. Nada espectacular… no hay hechos deslumbrantes, pero sus actos más pequeños fueron inspirados por el Espíritu Divino, y en ellos puso todo su amor.

El testimonio de su profesora, la señorita Basset es: No hay nada extraordinario en su vida, si no es su perseverancia para hacerse buena. El secreto de su ascensión espiritual: la oración y la voluntad. Ella fue la que me enseñó lo que es amar a Dios…

Un sacerdote, el padre Jacquemont, dio este testimonio: “Mi niña, ¿amas al Buen Dios?” Ella me respondió con tal intensidad de la mirada y de toda la fisonomía: “Padre, lo amo con toda mi alma” que nunca jamás podré olvidar aquél ardor de amor que reflejaba.

Dijeron de ella. Una amiga cercana: Anne tenía un amor de Dios que no puede ser expresado. Una tía de Anne afirmó: Me pareció que de tener una falta en la conciencia, no habría sido capaz de sostener esa mirada. Una religiosa: Se ve Dios en sus ojos. Una pequeña compañera: No se la puede mirar sin convertirse en algo mejor y sin pensar en Dios. Una incrédula que asistió a un réquiem por un miembro de su familia, al ver la faz radiante de Anne después de la comunión, escribió: Verdaderamente, es algo divino. Ya no puedo creer que no hay Dios.

En una carta de Jeanne Voillaume a su prima Hélène de Comulier, escrita en febrero de 1922, poco después de la muerte de Anne, se lee: Me dices lacónicamente que Anne murió. Es cierto que pasé no más de tres horas con ella. ¡Pues bien! Te aseguro que nunca olvidaré la sensación de pureza extraordinaria que me dejó esa niña.

Sus pensamientos

Cuando tenía cinco años le pusieron cataplasmas sinapesados. Ella dijo: Esto quema demasiado, pero mi pequeño Jesús te lo ofrezco.

A su madre le dijo en noviembre de 1918 para consolarla: ¡Oh, Mamá, no tengas pena! Papá querido es infinitamente feliz. Él nos ve, y nos ama; y un día iremos con él. No llores más por favor.

Para llegar a ser más buena quiero hacer un sacrificio.

Tenemos alegrías en la tierra, pero duran poco; la que dura, es haberse sacrificado.

En otoño de 1921 dijo: Comprendo que se sufra y se sienta pena, pero porque ¿atormentarse ya que Dios está presente?

¡Qué bien estoy, mamá, y que feliz!, ¡El niño Jesús me dice que me quiere mucho más que yo a Él!

A su hermano Jacques le aconseja: ¿Por qué no te diriges a tu Ángel Custodio? Él te ayudará.

Cuando hizo la primera comunión colocó la siguiente nota sobre el altar: Mi niño Jesús, yo le amo, y para complacerte tomo la resolución de obedecer siempre.

Nota para su madre en el año 1917: El niño Jesús, creo que me contestó en mi corazón: yo le decía que quería ser muy obediente y me pareció oír “sí, sélo”.

Quiero que mi corazón sea puro como un lirio para Jesús.

Nota tomada en un ejercicio espiritual en 1920: Quiero que Jesús viva y crezca en mí. ¿Cómo lograrlo?

Bien podemos sufrir por Jesús, puesto que Jesús sufrió por nosotros.

En una imagen del Calvario dibujada por ella, Anne había escrito: De pie delante de la cruz donde colgaba su Hijo, la Madre dolorosa lloraba resignada. Concédame la gracia de llorar con Ella. Y añadía: Porque a Jesús no se le ama bastante.

Proceso de beatificación

La muerte de Anne de Guigné fue en olor de santidad. Tras sólo once años de vida, dejó una extraordinaria fama de santidad, que se extendió rápidamente después de su muerte, tanto en Francia como en otros países. Para la opinión general, esta niña es una santa, según los testimonios y los artículos que se publican sobre ella. Por lo que el obispo de Annecy abrió en 1932 el proceso de beatificación. Pero en aquella época hay una dificultad para la marcha de la causa: la Iglesia nunca había tenido que juzgar de la santidad de una niña que no fuera mártir. Años después este obstáculo desapareció, y las investigaciones realizadas en Roma sobre la heroicidad de las virtudes de la infancia se concluyeron positivamente en 1981. El 3 de marzo 1990 el papa san Juan Pablo II firmó el decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes de Anne de Guigné y proclamándola “Venerable”.

Mártires de la pureza

Por supuesto que también ha habido mujeres cristianas casadas que, sin ser vírgenes, prefirieron perder la vida antes que consentir tener intimidad con alguien que no fuera su esposo.

E igualmente hay varones que no sólo han sabido defender su propia virginidad sino que hasta han muerto mártires a causa de ello. Por ejemplo,:

San Pelayo de Córdoba, de 14 años, prisionero de los musulmanes, que fue torturado y finalmente decapitado en el año 925 no sólo por no abandonar la fe cristiana sino por no dejarse tocar por el emir Abderrramán.

Y san Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, condenados a muerte en 1887 no sólo por ser cristianos sino por negarse a mantener relaciones homosexuales con el rey de Uganda.

Mártires de la virtud de la pureza

LAS MÁRTIRES DE LA PUREZA

Su testimonio cristiano es la vivencia de la virtud de la pureza tanto en el alma como en el cuerpo. Y es a partir de santa María Goretti que se acuñó el término “mártires de la pureza”, el cual se refiere a mujeres cristianas que han muerto martirizadas in defensum castitatis (“en defensa de la castidad”). Sin embargo, desde los primeros siglos de la Iglesia ya hubo casos así.

Algunos consideran que santa Inés, de 12 años, quien consagró su virginidad a Cristo, fue la primera mártir de la pureza ya que en el año 304, durante su proceso judicial, hubo intentos -bloqueados por el Cielo- para quitarle su pureza (la ley romana prohibía la ejecución de vírgenes, por eso primero eran violadas para llevar a cabo la sentencia). Sin embargo, santa Inés no murió por defender su virginidad sino por negarse a apostatar de su fe cristiana.

Entre las muchas mártires de la pureza se pueden mencionar:

Santa Pelagia de Antioquía, de 15 años, que murió al saltar desde el techo de una casa para huir de unos soldados romanos para que no la violaran.

Santa Irene de Tesalónica, mártir del año 305. Antes de ser ejecutada por ser cristiana, fue llevada a una casa de vicios para ser mancillada, pero Dios intervino milagrosamente y su virtud virginal fue preservada.

Santa Tomaide de Egipto, que en el año 476 se iba a casar con un pescador, pero su futuro suegro intentó seducirla, y ante su resistencia la mató con su espada.

Santa Saturnina de Arrás, germana de noble cuna que a los 12 años hizo voto de perpetua castidad, y que a los 20 huyó al monte porque sus padres trataban de casarla; pero el joven pretendiente la siguió e intentó satisfacer sus apetitos, y como ella no consintió, él la mató cortándole la cabeza.

Santa Solange de Bourges, campesina francesa con los carismas de sanación de los enfermos y de expulsión de los demonios. Fue raptada por un hombre, quien la decapitó en el año 880 porque ella defendió su virginidad.

Santa Belina de Landreville, francesa, hija de un granjero virtuoso. En 1153 fue acosada por un terrateniente; como ella se resistió, él le partió el cráneo con su espada en el año 1135.

Beata Carolina Kóska, campesina polaca de 16 años que en 1914 fue sacada de su casa por un soldado ruso que intentó mancillarla en el bosque, y como ella se resistió la mató con la bayoneta de su rifle.

Dos hermanos santos: San Francisco Marto y Santa Jacinta Marto

San Francisco Marto y santa Jacinta Marto

El 13 de mayo de 1917 la Virgen María se apareció a tres pastorcitos en Fátima. Varias decenas de años después, en el mismo lugar, san Juan Pablo II beatificó a dos de aquellos niños (Francisco Marto y su hermana Jacinta). Asistió a la ceremonia una carmelita de 93 años, sor María Lucia de Jesús y del Inmaculado Corazón, única superviviente de los tres videntes.

Desde muy temprana edad, Francisco y Jacinta aprendieron a cuidarse de las malas relaciones, y por tanto preferían la compañía de Lucia dos Santos, prima de ellos, la cual les hablaba de Jesucristo. Los tres pasaban juntos el día, cuidando de las ovejas, rezando y jugando. Aunque su vida era muy dura, nunca estaban tristes, si bien a veces se enfadaban y reñían, porque Jacinta era un tanto caprichosa y Lucia tenía un genio muy vivo. Eran, en suma, unos niños normales, que no tenían nada de místicos.

Antes de las apariciones de la Virgen, a los tres niños se les apareció un ángel. Éste les dijo: Consolad a vuestro Dios. Estas palabras impresionaron vivamente a Francisco y orientaron toda su vida. Sólo a él Dios se dio a conocer muy triste, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo respondió: Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él. Quiso ser el Consolador de Jesús. Su pena era ver a Jesús ofendido; su ideal, consolarlo. Desde entonces hasta su muerte, vivirá movido por el único deseo -que expresa muy bien el modo pensar de los niños- de consolar y dar alegría a Jesús, y para esto hará todos los sacrificios que pueda.

Tanto él como su hermana fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días en ardiente expectativa de entrar en el cielo. Y de hecho, su espera no se prolongó.

El 13 de julio, durante la aparición de la Virgen, tuvo lugar una visión del infierno. Jacinta se quedó tan impresionada con esta visión, que a partir de entonces todas las mortificaciones y penitencias le parecían pocas con tal de salvar a los pecadores. Años más tarde, su prima Lucia dijo de Jacinta: Vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno, cuya pavorosa visión tanto le impresionó. Alguna vez me preguntaba: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”

San Pelayo: Mártir de la pureza

San Pelayo

Según la tradición Pelayo nació en Albeos, diócesis de Tuy (Galicia) hacia el año 912, justamente cuando empezaba a reinar en Córdoba el califa Abderramán III, que será el causante de su muerte. Pelayo crece al lado de su tío Hermogio, obispo de Tuy, que se preocupa por instruirlo en las ciencias humanas, pero sobre todo por formarlo en la fe y en la piedad.

En el año 920 Abderramán ataca los reinos cristianos del norte de España, que le hacen frente en Valdejunquera. En esta batalla Hermogio es hecho prisionero y llevado como cautivo a Córdoba. Le permiten que vuelva a Tuy para tramitar el rescate, pero entretanto debe dejar a su sobrino como rehén.

Pelayo permanece unos cuatro años en la cárcel de Córdoba, durante los cuales la fe en Cristo va creciendo con fuerza en su corazón. Y cuando intentan apartarlo de ella y comprometer lo más íntimo de su ser, la dignidad de su cuerpo y de su alma, no logran su propósito. Fue entonces cuando despertó la atención del poderoso Abderramán III por su educación y por las discusiones que mantenía con los musulmanes defendiendo sus creencias cristianas. Llamado a presencia del emir, éste se ilusionó con la idea de poseer al joven Pelayo… Todo el poder de un califa frente a la debilidad de un adolescente. La pretensión del soberano era doble: comprar el alma y el cuerpo de Pelayo, pero éste, libre pese a la cautividad, no quiso venderse, ni en un sentido ni en otro.

Según las antiguas narraciones Abderramán III le hizo su ofrecimiento: Niño, grandes honores te aguardan; ya ves mi riqueza y mi poder: pues una gran parte de todo ello será para ti. Tendrás oro, plata, vestidos, alhajas, caballos; tendrás un magnifico palacio junto al real alcázar, y en él tendrás esclavos, esclavas y cuanto puedas apetecer. Pero es preciso que te hagas musulmán como yo, porque he oído que eres cristiano y que empiezas a discutir en defensa de tu religión”.

A todo esto, Pelayo le respondió: Sí, ¡oh rey!, soy cristiano; lo he sido y lo seré. Todas tus riquezas no valen nada. No pienses que por cosas tan pasajeras voy a renegar de Cristo, que es mi Señor y tuyo, aunque no lo quieras”.

Llevado de su desatado instinto sexual, se adelantó hacia él y le tocó su túnica con las manos. Lleno de ira, el santo adolescente retrocedió, diciendo: ¡Atrás, perro! ¿Crees acaso que soy como esos jóvenes infames que te acompañan?”.

Abderramán no se anduvo con contemplaciones y Pelayo pagó su fidelidad a Cristo con la muerte, el 26 de junio de 925. Dicen algunos que una catapulta de guerra lo lanzó desde un patio del alcázar hasta la otra orilla del Guadalquivir; casi muerto, fue degollado por un guardia. Pero, en algún retablo, como en el mismo “Martirologio, se alude a otro modo de martirio: siendo desgarrada su carne con tenazas.

Sus reliquias, recogidas por los cristianos de la ciudad, se trasladan hacia el norte de España. La peregrinación desde el lugar de su martirio hasta Oviedo difunde la noticia del testimonio impresionante del joven Pelayo. Numerosas parroquias lo adoptan como santo patrono. Sobre todo, en León donde, en un primer momento, depositan sus reliquias en un monasterio construido a tal efecto. Una vez en Oviedo, en el año 994, la comunidad de monjas benedictinas que lo acoge coloca la urna de las reliquias debajo del altar mayor de la Iglesia del cenobio, que a partir de entonces pasar a llamarse “Monasterio de San Pelayo.

Carlo Acutis, el joven de la Eucaristía

El “ciberapóstol” de la Eucaristía (Venerable Carlo Acutis)

Un modelo para los jóvenes

En la exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, publicada tras el Sínodo de Obispos sobre los Jóvenes, el papa Francisco se dirige especialmente a la gente joven. En ese documento invita a fijarse en la vida de santos jóvenes; y al referirse al mundo digital, señala ciertos peligros como son el aislamiento, el ensimismamiento o el placer vacío, pero también dice que no hay que olvidar a jóvenes que en estos ámbitos son creativos y a veces geniales, y cita como ejemplo al joven venerable Carlo Acutis, que fue un entusiasta de la informática. El Papa indica que la vida y testimonio de Carlo demuestran cómo la santidad es posible en todas las edades.

Infancia

Carlo Acutis nació el 3 de mayo de 1991 en Londres (Inglaterra). Sus padres -Andrea Acutis y Antonia Salzano- eran milaneses y se encontraban temporalmente en la capital inglesa por motivos laborales. El 18 de mayo es bautizado en la Iglesia londinense de Nuestra Señora de los Dolores. Pocos meses después del nacimiento de Carlo, la familia regresó a Milán. Crece en un entorno familiar sereno y acomodado, aunque sus padres eran poco practicantes en lo religioso. Sin embargo, Carlo comenzó a mostrar interés por las cosas de Dios, haciendo que sus padres fueran volviendo a la práctica religiosa. En la ciudad lombarda el chico asistió a la escuela primaria con las Hermanas Marcelinas; luego para cursar secundaria y bachillerato fue al Liceo Clásico León XIII, dirigido por los jesuitas.

Carlo era un niño como cualquier otro pero además tenía una pasión: Jesucristo. Su madre dijo de él: Era un muchacho experto con las computadoras, leía textos de ingeniería informática y dejaba a todos estupefactos, pero este don lo ponía al servicio del voluntariado y lo utilizaba para ayudar a sus amigos. Su gran generosidad lo hacía interesarse en todos. Estar cerca de Carlo era estar cerca de una fuente de agua fresca.

Vida de piedad

Desde muy joven, procuró vivir su fe en todos los aspectos de su vida. A los siete años pidió recibir por vez primera a Jesús Sacramentado; y gracias a un permiso especial pudo ver cumplido su deseo, que nada tenía que ver con un capricho. El obispo Pasquale Macchi personalmente comprueba la madurez y la formación cristiana de Carlo, condiciones para anticipar su primera comunión. Además recomienda a la familia que celebre el sacramento en un lugar recogido. Y así, el martes 16 de junio de 1998, con sólo siete años recibe por primera vez el Cuerpo de Cristo en el monasterio de Bernaga, un lugar de silencio colocado en la cima de un monte. Su amor a Jesús presente en la Eucaristía era inmenso y solía decir: La Eucaristía es mi autopista para el Cielo. Desde su infancia, y sobre todo después de su primera comunión, diariamente asistía a Misa y rezaba el Rosario. También hacía un rato de adoración eucarística, antes o después de la Misa. La adoración hace de él un compañero de Jesús. Este rato de adoración produjo en Carlo gozo, paz serenidad, dominio de sí mismo, capacidad de ver de lejos, no tener miedo a la muerte, vivir una vida para los demás. Y en más de una ocasión comentó: ¿Cómo es posible estar tristes teniendo a Dios siempre con nosotros? Somos más afortunados que los Apóstoles que vivieron con Jesús hace 2000 años: para encontrarnos con Él basta con que entremos en la Iglesia. Y añadía: Jerusalén está al lado de nuestras casas. También se preguntaba como era posible que tanta gente hiciera colas interminables para asistir a eventos mundanos como un concierto de rock, y a lo mejor, aun siendo católicos, no encontraran el tiempo para estar cinco segundos en silencio frente al sagrario donde está realmente Jesús.

Igualmente tenía devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María. Con frecuencia repetía esta oración: Corazón divino de Jesús, yo te ofrezco por medio del Corazón Inmaculado de María, Madre de la Iglesia, y en unión al sacrificio eucarístico, las oraciones y las acciones, los gozos y sufrimientos de este día, en reparación de los pecados, por la salvación de todos los hombres, en la gracia del Espíritu Santo, por la gloria de Dios Padre.

También tenía un gran amor a la Virgen María, a la que consideraba como su confidente. En más de una ocasión dijo: María es la única mujer de mi vida. Es un apasionado de las historias de las apariciones de Virgen el Lourdes y en Fátima. Visita esos dos lugares marianos con sus padres. Y medita las palabras que la Virgen dirige a santa Bernadette, y luego aquellas otras dirigidas a Lucia, santa Jacinta y san Francisco, preguntándose sobre el sentido que tienen para él. Le impresiona mucho la visión que los tres pastorcitos tuvieron del infierno; y decide rezar cada día, con las oraciones sugeridas por la Virgen a los tres videntes, y así incluye la siguiente oración: Jesús mío perdona nuestras culpas, presérvanos del fuego del infierno, lleva al cielo todas las almas, y especialmente las que más necesitan de tu misericordia.

Igualmente era devoto de los santos, cuyos modelos fueron san Francisco de Asís, san Antonio de Padua, santa Jacinta Marto, santo Domingo Savio, san Luis Gonzaga y san Tarsicio, que, a excepción de los dos primeros, fueron santos que murieron jóvenes. También tenía devoción a los ángeles, y en su corazón latía amor a la Iglesia, traducido en fidelidad al Papa y a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

Particular devoción le tenía al apóstol san Juan, el discípulo amado de Jesús. Es maravilloso -decía Carlo- porque todos los hombres están llamados a ser como Juan, discípulos predilectos, basta hacerse almas eucarísticas, permitiendo a Dios que obre en nosotros las maravillas que sólo Él puede hacer. Pero hace falta la libre adhesión de nuestra voluntad. Dios no quiere forzar a nadie. Quiere nuestro amor libre. Él sentía esa llamada a ser amigo íntimo de Jesús. Por eso quiere imitar al apóstol adolescente, y poner su corazón en Cristo.

Apreciaba el sacramento de la Penitencia, confesándose frecuentemente -cada semana-, y afirmaba: El defecto más pequeño nos tiene anclados a la tierra como le pasa a los globos que están tenidos abajo por el hilo en la mano. Y llena de verdad y belleza es está imagen suya: Igual que para viajar y subir alto en un globo aerostático hay que descargar pesos, también el alma para elevarse al Cielo necesita quitarse de encima esos pequeños pesos que son los pecados veniales.

Un adolescente normal

Su adolescencia fue como la de cualquier otro joven, pasaba tiempo con su familia y sus amigos. Carlo vivía con alegría su ser “joven”, su edad , sin drama, sin tensión, sin temor; estaba feliz de ser joven y, día tras día, capturaba lo bello, lo bueno, de la vida. Gracias a su intensa vida espiritual vivió plenamente y alegremente los quince años que Dios le concedió vida, dejando un profundo rastro de luminosidad y serenidad en quienes lo conocieron. Carlo había entendido el verdadero valor de la vida como don de Dios, como esfuerzo, como respuesta a dar al Señor Jesús día a día amor.

Le gustaba remontar cometas, disfrutaba de la naturaleza y de los animales. Jugaba al fútbol con sus amigos, y también con la PlayStation. Era muy amado y buscado por sus compañeros y amigos por su simpatía y vivacidad. En el colegio, Carlo jamás ocultó su fe, e invitaba a sus amigos y compañeros a ir juntos a Misa y volver a Dios, dando testimonio de vida cristiana. La fe la vivió en la vida cotidiana a través del cumplimiento de sus deberes en el estudio y en la vida de oración. A pesar de pertenecer a una familia acomodada vivía de manera muy austera.

También dedicaba parte de su tiempo en ayudar a personas sin hogar. Con sus primeros ahorros compró un saco de dormir para un mendigo que veía siempre en su camino a la iglesia para asistir a Misa. Y por la noche solía llevar comida a quienes vivían en la calle, a veces parte de su propia cena. Prestaba ayuda como voluntario en los comedores populares y en la atención a las personas necesitadas: los sin techo, los inmigrantes, los discapacitados, los niños y los mendigos.

En la parroquia de “Santa Maria Segreta” fue catequista, preparando muy bien las clases de catecismo que daba a los niños. Usó la tecnología de las comunicaciones y de los medios de comunicación para la evangelización. Creó páginas web para dar a conocer la doctrina católica. Sabía dedicar tiempo a los demás, estando disponible para todos. Sus amigos y compañeros del colegio lo buscaban para que les resolviera problemas con los ordenadores.

El recuerdo que dejó entre sus compañeros del colegio era el de un chico valiente y libre, capaz de bromear y reír, pero también fuerte a la hora de controlarse a sí mismo, sobre todo en la relación con las chicas, sin ser nunca grosero u ofensivo. Sus amigos estaban asombrados por verle cuidar tanto una virtud “pasada de moda”, la pureza, junto a un sereno rigor en la vida moral. Convencía a sus amigas y compañeras a que no banalizaran su cuerpo, sino que lo consideraran por lo que es: el templo del Espíritu Santo. También les decía a sus amigos que al utilizar internet no cayeran en las trampas de la pornografía, ya que hipnotiza y hace caer a tantos adolescentes el el túnel de la dependencia y en la esclavitud del pecado. Y afirmaba: ¿Dónde está el placer del hombre de vencer mil batallas si no es capaz de vencerse a sí mismo? El amor propio, no, pero sí la gloria de Dios. Un profesor suyo de religión dio el siguiente testimonio: A lo largo de una discusión en clase sobre el tema del aborto Carlo fue el único que se opuso.

Genio de la informática

Carlo fue un apasionado de la informática, desarrollando un especial talento para esta ciencia. Tenía conocimientos muy avanzados para su edad. Ha sido considerado como un genio en esta disciplina. Decidió utilizar sus conocimientos de informática para difundir el amor al Santísimo Sacramento. Por esto es conocido como el “ciberapóstol de la Eucaristía”. Con tan sólo 14 años supo idear y organizar un material audiovisual relacionado con sus creencias religiosas acerca de la Eucaristía siendo precursor del uso de estos materiales para la difusión masiva de contenidos religiosos. Fruto de su trabajo, fue una exposición virtual sobre los milagros eucarísticos en el mundo. Este trabajo le llevó tres años, luego de viajar mucho y recoger información, pues había logrado involucrar a sus padres para que le acompañaran a todos los lugares del mundo en los que se hubieran producido milagros de este tipo reconocidos por la Iglesia. Ardua su tarea de recopilar todos los milagros e informar detalladamente de cada uno, algo que no existía hasta ese momento, pero lo consiguió.

La exposición, que recoge un total de 136 milagros, se ha difundido por los cinco continentes. Solo en los Estados Unidos ha llegado a millares de parroquias y a cien universidades; en el resto del mundo, a cientos de parroquias y algunos de los santuarios marianos más famosos, como Fátima, Lourdes y Guadalupe.

Su pensamiento en frases

En un cuaderno, Carlo escribió: La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios. La conversión no es otra cosa que desviar la mirada desde lo bajo hacia lo alto: basta un simple movimiento de los ojos.

Como buen católico amaba a la Iglesia, y le dolía que otros la criticaran. Por eso dijo: Criticar a la Iglesia es criticarnos a nosotros mismos.

Siendo consciente de las cualidades recibidas de Dios, solía decir alentando a cada uno a hacer fructificar los dones personales que Dios le dio: Todos nacemos originales, pero muchos mueren como fotocopias. Éste ha sido el lema más emocionante, especialmente los jóvenes.

Su preocupación por el bien espiritual de los demás le hacía exclamar: ¿Por qué los hombres se preocupan tanto por la belleza de su cuerpo y no se preocupan por la belleza de su alma?

Fue un gran amigo de Jesús, y de aquí que dijera: Estar siempre unido a Jesús: ese es mi proyecto de vida. Y llevaba un convencimiento en su corazón: Vamos rectos al Paraíso, si nos acercamos todos los días a la Eucaristía.

Llevó una vida austera, preocupándose solamente por lo esencial. Él no quería tener un par de zapatos de más, aunque sus padres querían comprarles otros. Dejó escrito: El dinero sólo son papel de basura: lo que cuenta en la vida es la nobleza del alma, es decir, la manera con que se ama a Dios y al prójimo.

Su slogan más difundido y el más radical es: No yo, sino Dios, pues para él, sólo la vida en Dios puede asegurar la alegría.

Él siempre quiso tener cerca a Jesucristo. Le vio en la enfermedad, en la gente de su entorno, en los necesitados pero sobre todo en ese amor desmesurado a la Eucaristía. A los once años escribió: ¡Cuantas más eucaristías recibamos más nos pareceremos a Jesús y ya en esta tierra disfrutaremos del Paraíso!

Enfermedad y muerte

A principios de octubre del 2006, Carlo enfermó. Parecía una gripe normal y corriente, pero fue diagnosticado con una leucemia fulminante del tipo M3, la más agresiva. No había ninguna posibilidad de curación. Pocos meses antes y aún sin conocer su enfermedad, Carlo había predicho su muerte, lo cual quedó registrado en un vídeo. Estoy destinado a morir; moriré joven, dijo con mucha paz y serenidad; y manifestó que si moría, le gustaría que lo enterraran en Asís. Una vez conocida la enfermedad fue hospitalizado. Al cruzar la puerta del hospital, Carlo le dijo a su madre: De aquí ya no salgo. Más tarde, también les comentó a sus padres: Ofrezco al Señor los sufrimientos que tendré que padecer por el Papa y por la Iglesia, para no tener que estar en el Purgatorio y poder ir directo al Cielo. Durante la enfermedad mostró una valentía sobrehumana y mucha fe, a la vez que intentaba minimizar unos dolores que los médicos calificaban de atroces. Cuando la enfermera le preguntaba cómo se sentía con esos dolores, Carlo respondía: Bien. Hay gente que sufre mucho más que yo. De noche no duerme por causa de los dolores, pero a la enfermera que le pregunta si desea tener cerca a su madre él le contesta: No despierte a mi madre, que está cansada y se preocuparía más.

Murió en olor de santidad en el hospistal San Gerardo de Monza a los pocos días de ser diagnosticado, el 12 de octubre de 2006, con sólo 15 años. Dos días antes de su muerte había pedido recibir la Unción de los Enfermos y el Viático.

Fama de santidad

El día de su funeral, la iglesia y el cementerio estaban llenos de gente. Su madre recuerda que había gente que ella no conocía de nada. Muchos de los asistieron eran personas sin hogar, inmigrantes, mendigos, niños…, a los que Carlo había ayudado sin que su familia lo supiese. Aquella gente le hablaba de Carlo, de lo que él había hecho por ellos, y que ella no sabía nada. Su familia accedió a su petición de ser enterrado en Asís, que era el lugar del mundo preferido por Carlo.

Carlo Acutis va camino de los altares. Su vida -según recuerdan los que le rodearon olía a santidad– ha ayudado a muchos a descubrir el amor de Dios desde bien pequeño y el don de la Eucaristía uniendo a católicos de todos los países. Su fama de santidad comenzó a expandirse con rapidez por todo el mundo, de manera misteriosa. Alrededor de su vida ha sucedido algo grande, ante lo cual me inclino, comentaba el jefe de la Oficina para la Causa de los Santos de la diócesis milanesa. Existen más de doscientos sitios y blogs que hablan sobre él en diferentes idiomas. Ya hay muchas historias de conversión relacionadas con él, que ocurrieron tras su muerte. Los padres del Siervo de Dios reciben cartas y solicitudes de oración de todo el mundo, y gran parte de este material fue recolectado durante la fase de beatificación diocesana.

Proceso de beatificación y canonización

El 12 de octubre de 2016, en sexto aniversario de su muerte, se decide comenzar su proceso de beatificación, y semanas después, el 24 de noviembre de 2012, el arzobispo de Milán empezó los actos preliminares para la causa de canonización del Siervo de Dios Carlo Acutis. El comienzo del proceso tuvo lugar el 15 de febrero de 2013 en la Archidiócesis de Milán. El 24 de noviembre de 2016, con la firma del cardenal Angelo Scola, se cerró en la Curia milanesa la fase diocesana del proceso y pasó la causa a Roma. Debemos dar gracias al Señor por este gran don que se nos da en la actualidad. Personalmente, estoy seguro de que Carlo pronto será llevado a los altares, convirtiéndose así en un punto de referencia muy valioso para todos nosotros y especialmente para nuestros hijos, dijo el arzobispo de Milán.

El 5 de julio de 2018, el papa Francisco aprobó el decreto de virtudes heroicas del Siervo de Dios, declarando venerable a Carlo Acutis. Este decisión del Papa en tan corto espacio de tiempo fue acogida con entusiasmo y es motivo de consideración para todos aquellos que ven en Carlo un modelo de evangelizador del siglo XXI. Su jornada giraba en torno a Jesús, que estaba en el centro. Las personas que se dejan transformar por Jesús y tienen esta fuerte amistad con Dios interpelan a los otros, irradian la imagen de Dios, afirmaba su madre.

El 6 de abril de 2019, sus restos mortales fueron trasladados al “Santuario del Despojo”, en Asís, lugar donde san Francisco de Asís “dejó todo para seguir al Señor”. Desde entonces su cuerpo descansa en un sepulcro en la nave derecha del Santuario, donde cientos de fieles acuden a rezar y a encomendarse a su intercesión.

El 21 de febrero de 2020, el papa Francisco aprobó un milagro atribuido a Carlo Acutis, necesaria para su beatificación. La noticia fue recibida con mucha alegría por el obispo de Asís -Domenico Sorrentino- que exclamó: ¡Carlo Acutis será próximamente beato! Una gran alegría para los muchos devotos de Carlo en todo el mundo. Una gran alegría especialmente para los jóvenes, que encuentran en él un modelo de vida

El milagro fue la curación inexplicable de un niño en Brasil. El padre Marcelo Tenorio, vicepostulador de la causa de canonización de Carlo, cuenta lo sucedido aquel día: El 12 de octubre de 2010, en la capilla de Nuestra Señora Aparecida, en nuestra parroquia de Campo Grande (Mato Grosso del Sur), en el momento de la bendición con la reliquia, se acercó un niño acompañado por su abuelo. El niño estaba enfermo de páncreas anular, una enfermedad congénita que se estaba tratando. Esta enfermedad causaba que el niño vomitara todo el tiempo, lo que lo debilitaba y lo abatía mucho, porque todo lo que comía lo devolvía, incluido el líquido. Ya llevaba una toalla, porque su situación era grave. Cada vez más débil, debilitado, encontraría una muerte segura. Durante la bendición, el niño le preguntó a su abuelo qué debía pedir y éste le dijo que rezara, pidiendo “para dejar de vomitar”, y así sucedió. Cuando llegó el turno del enfermo, tocó la reliquia de Carlo y dijo con voz firme: “Dejar de vomitar” y, a partir de entonces, ya no vomitó. En febrero de 2011, la familia ordenó que se realizaran nuevas pruebas al niño y se descubrió que estaba completamente curado.

Carlo Acutis, con solo 15 años, se inscribe en ese catálogo de niños y jóvenes que por sus vidas, han narrado la belleza y la alegría de donarse a Dios y al bien de los demás.

Fundador de los Hermanos Maristas (San Marcelino Champagnat)

Un educador santo (San Marcelino Champagnat)

En el seno de una familia cristiana

Año 1789. Estalla la Revolución Francesa. En ese mismo año, en una pequeña aldea, llamada Rosey, cerca de Marlhes, y a pocos kilómetros de Lyon, el 20 de mayo nace Marcelino Champagnat. Es el noveno hijo del matrimonio formado por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat. Al día siguiente de nacer, fiesta ese año de la Ascensión del Señor, recibe las aguas bautismales. Además de Marcelino, se le pone los nombres de José y Benito.

En el seno de su numerosa familia -campesina, cristiana y de costumbres sobrias y sanas- Marcelino fue educado en la rectitud y entrega a los demás. Su madre y una tía del niño -que también se llamaba María, muy piadosa y de vida ejemplar, y que había sido arrojada del convento por los revolucionarios-, se ocuparon de su formación cristiana.

Los primeros años de la vida de Marcelino coincidieron con el desarrollo de la Revolución y el desmantelamiento del Antiguo Régimen. Siendo aún muy niño, al oír hablar de la Revolución con espanto a su madre y a su tía, preguntó a ésta última: ¿Qué es la revolución, tía?; ¿es una persona o alguna bestia? La buena mujer le contestó: Pobre hijito, quiera Dios que nunca experimentes lo que es la revolución; más cruel es que todas las fieras del campo.

Especialmente dura fue para la Iglesia la Revolución: confiscación de todos los bienes de la Iglesia por parte del Estado, constitución civil del clero, disolución de todas las Órdenes religiosas, reducción del número de obispos, deportación de los sacerdotes -la mitad del clero- que se negaron a emitir el juramento de la constitución civil que tenía rasgos galicanos totalmente inaceptables por Roma, cruel asesinato de tres obispos y de trescientos sacerdotes. Como consecuencia de la persecución, más de cuarenta mil clérigos tuvieron que buscar refugio en el extranjero…

Una visita a Rosey

En 1803, cuando Francia comenzaba a resurgir del caos en la que la había sumido la Revolución, era obispo de Lyon el cardenal Fesch. Este ilustre prelado encargó a su vicario general, reverendo Courbon, que pusiese los medios necesarios para fomentar las vocaciones al sacerdocio, pues muchas parroquias de la diócesis estaban sin sacerdotes.

Courbon envió al reverendo Duplaix, profesor del seminario mayor de Lyon, a la parroquia de Marlhes. El párroco, reverendo Allirot, le habló de la familia Champagnat.

La visita a Rosey del eclesiástico que buscaba seminaristas cambió totalmente la vida del joven Marcelino, que por aquel entonces contaba 14 años de edad y se dedicaba a las faenas agrícolas. Cuando Juan Bautista Champagnat dijo a sus hijos: Este señor sacerdote viene por vosotros para que estudiéis para el sacerdocio. La respuesta de Marcelino fue inmediata: Aceptaré, puesto que Dios lo quiere. Y de aquella decisión no titubeó jamás.

Sacerdote de Jesucristo

En octubre de 1805, cuando tenía 16 años y sin una formación intelectual suficiente, ingresó en el seminario menor de Verrières, cerca de Montbrison, donde permaneció durante ocho años. Gracias a su tesón, logró superar las dificultades del retraso en sus estudios. En 1813, Marcelino, al terminar los estudios humanísticos, pasó al seminario mayor de Lyon. Después de una preparación fervorosa en el aspecto espiritual, esmerada en la práctica de la virtud e intensa en el orden intelectual, el 22 de julio de 1816, monseñor Dubourg, obispo de Nueva Orleáns, con el beneplácito del cardenal Fesch, ordenó de presbítero a Marcelino Champagnat. Ya era sacerdote de Jesucristo.

De su época de Lyon data la idea de una asociación bajo la protección de la santísima Virgen -luego hecha realidad-. Idea de unos seminaristas -entre ellos, Marcelino- llenos de amor por el servicio a la Iglesia, que germinó más tarde en la que fue la Sociedad de María, cuyo jefe indiscutible fue el Venerable Claudio Colín y que contaría de tres ramas: los Padres, los Hermanos y las Hermanas Maristas.

Ya ordenado, antes de salir de Lyon, Marcelino subió al santuario de Nuestra Señora de Fourvière para consagrarse a Ella y encomendarle el ministerio que le habían señalado. Después de la Misa, postrado ante la imagen de la Virgen, hizo el siguiente acto de consagración: Virgen Santísima, hacia Vos, que sois tesoro de misericordia y canal de las gracias de Dios, elevo mis manos suplicantes para pediros que me toméis bajo vuestro amparo, e intercedáis por mí ante vuestro adorable Hijo, rogándole me conceda las gracias que necesito para ser digno ministro de los altares. Bajo vuestros auspicios quiero consagrarme a la salvación de las almas. Nada puedo por mí mismo, Madre de misericordia, absolutamente nada, lo reconozco; pero Vos lo podéis todo con vuestro valimiento. Virgen Santísima, en Vos pongo enteramente mi confianza. Os ofrezco, os doy y os consagro mi persona, mis trabajos, y los actos todos de mi vida.

Coadjutor de La Valla

El 12 de octubre de 1816 se le designó como coadjutor de La Valla, del cantón de Saint Chamond (Loira), parroquia diseminada en varios caseríos en profundos valles y por las escarpadas montañas del Pilat.

Los habitantes de La Valla eran, por lo general, buenos, sencillos y de arraigadas creencias religiosas, pero muy ignorantes de las verdades cristianas, debido a varias causas, principalmente a su situación aislada y montañosa. La mayor parte de los feligreses se hallaban dispersos en muchas aldehuelas de difícil acceso; por eso acudían muy de tarde en tarde a la iglesia.

Hombre realista, Marcelino se dedicó con todas sus fuerzas a la tarea de encauzar y renovar en el pueblo la vida cristiana, un tanto abandonada por las conmociones político-sociales de fines del siglo XVIII y las guerras napoleónicas de principios del XIX. Desde el primer momento se lanzó con impetuoso afán a formar a la niñez en las normas de la fe, siendo un celoso y magnífico catequista, a escuchar -incansable- las confesiones, a predicar sin descanso las verdades divinas, exponiéndolas en discurso sencillo y atrayente, a visitar a los enfermos y moribundos con abnegación y lleno de caridad.

Cual pastor vigilante, se propuso trabajar sin desmayo hasta desarraigar las costumbres malignas, principalmente los bailes tan arraigados, la lectura de libros perversos, la afición a la embriaguez y la infenal costumbre de lanzar contra Dios la execrable blasfemia.

Con un joven moribundo

Un buen día le llamaron para que atendiera a un jovencillo de 12 años gravemente enfermo. El reverendo Champagnat acudió sin demora como era su costumbre. Antes de confesarle quiso enterarse de si tenía por lo menos los más indispensables conocimientos de religión para recibir con fruto el sacramento de la Penitencia. Se quedó consternado al comprobar que nada sabía, ni siquiera si existía Dios. Sin pérdida de tiempo se sentó a la cabecera de la cama y durante dos horas estuvo enseñándoles las verdades esenciales y preparándole para la confesión. Le confesó y aún permaneció algún tiempo junto al enfermo ayudándole a hacer actos de amor de Dios y de contrición. A los pocos minutos de irse Marcelino para atender a otro enfermo, murió el niño.

En el alma del joven coadjutor de La Valla brotó un sentimiento de gozo por haber llegado a tiempo de salvar a aquel niño, pero mezclado con otro de espanto al pensar en el peligro que había corrido de perderse para siempre. Y un pensamiento vino a su mente: ¡Cuántos niños se hallarán en idénticas circunstancias con respecto a su salvación, porque no tienen quien les enseñe las verdades de fe!

En los planes de la proyectada Sociedad de María de Padres Maristas no entraba que hubiera Hermanos encargados de la enseñanza, pero Marcelino con machacona insistencia repetía necesitamos Hermanos para educar a los niños. Su propuesta no halló eco. Sólo le dijeron: Encárguese usted de los Hermanos, puesto que es idea suya. Encargo que aceptó gustoso, y desde entonces sus aspiraciones, proyectos y trabajos se encaminaban a su realización. Y por eso se encomendaba a Dios continuamente y le decía: Heme aquí, Señor, para hacer vuestra voluntad. Pero otras veces, temiendo ser víctima de una ilusión, exclamaba: Dios mío, apartad de mí este pensamiento si no proviene de Vos, y si no ha de redundar en vuestra mayor gloria y en bien de las almas.

La fundación de una congregación

La muerte de aquel jovencillo que instruyó en las verdades de fe y le confesó momentos antes de morir fue la luz que disipó las dudas, y Marcelino Champagnat se decide a fundar una congregación de Hermanos cuya misión fuera la de enseñar a los niños pobres la doctrina cristiana.

Para empezar, la primera tarea a que se entregó fue la reorganización de la escuela en su parroquia. Poco a poco llegó a conseguir, de niños sin instrucción, jóvenes entusiastas entregados a la vocación de educadores.

A un joven llamado Juan Bautista Audras, recomendable por sus costumbres puras y por su amor a la virtud, que se dirigía espiritualmente con él, le preguntó si le gustaría ser miembro del nuevo Instituto. Y ésta fue la respuesta del muchacho: Desde que tengo la dicha de estar bajo su dirección, sólo he pedido a Dios una virtud, la de obedecerle; y una gracia, la de renunciar a mi propia voluntad; por eso puede hacer usted de mí lo que le plazca con tal que yo sea religioso. Y así, Juan Bautista Audras, junto con Juan María Granjon, vino a ser el primer miembro de la Sociedad religiosa de los Hermanos Maristas.

Con aquellos dos jóvenes resolvió Marcelino Champagnat dar comienzo a su Instituto. El 2 de enero de 1817 iniciaron la vida de comunidad en una casita que estaba cerca de la casa parroquial. Allí los formó en las virtudes religiosas, les enseñó la doctrina cristiana y ascética y los primeros elementos de la ciencia profana. Al mismo tiempo que se dedicaban a la enseñanza de los demás y a su propia formación, los dos novicios, para poder subsistir, hubieron de entregarse a las faenas que su ingenio les daba a entender.

Llegada de nuevas vocaciones

En aquel ambiente lleno de sencillez y sacrificio, Marcelino puso los cimientos de su obra que no tardó en crecer con rapidez. En la primavera llegó una nueva vocación, Antonio Couturier, chico bueno y piadoso, pero sin ninguna instrucción.

Tiempo después, los padres de Juan Bautista Audras, desconocedores de la fundación de Champagnat y de la vocación de su hijo, instaron a éste para que volviese a casa; pero el chico, firme en sus propósitos, rogó a sus padres que le dejasen seguir aquella vocación. Éstos no hicieron caso de sus ruegos y enviaron a uno de sus hijos mayores para que, sin contemplaciones, le volviese a casa. Cuando Juan Bautista recibió aquella orden terminante, consternado acudió al Fundador y le dijo llorando: Ha venido mi hermano para llevarme con él a casa. Yo no quiero ir en modo alguno. Le ruego haga comprender a mis padres que ésta es mi vocación y que deben dejarme tranquilo. Don Marcelino le tranquilizó y animó, y fue al encuentro del recién llegado: ¿De modo que viene a llevarse a su hermano?, le dijo. El joven respondió: Sí, señor cura; mis padres me han mandado que le acompañe a casa.

Después de una breve conversación, en la cual el Fundador animó al hermano de Juan Bautista a que siguiera el mismo camino que éste, regresó a su casa con la firme decisión de convencer a sus padres que dejara a su hermanos menor y a él mismo seguir la vocación religiosa en el Instituto fundado por el abate Champagnat. Y tal resolución debió mostrar que, al cabo de pocos días, se unía a la incipiente comunidad para ser el cuarto de sus miembros con el nombre de Hermano Lorenzo. Pocos después ingresó otro joven de quince años, llamado Bartolomé Badard. Era la quinta vocación con que Dios bendecía a la naciente congregación religiosa.

Expansión

En el año 1819 los Hermanos se hicieron cargo de la escuela de La Valla. Después, las de Marlhes, Saint-Sauveur, Tarantaise y Bourg-Argental. Tras fundar algunas escuelas rurales en la región, Marcelino Champagnat se decidió por la construcción de la Casa Noviciado -Hermitage- en las inmediaciones de La Valla. Y en 1824, para dedicarse por completo al desarrollo del Instituto de los Hermanos Maristas, dejó, con la autorización de sus superiores eclesiásticos, el cargo de coadjutor de la parroquia.

No se ahorró ningún esfuerzo. Dedicó todo su talento y entusiasmo a incrementar y perfeccionar su amada Sociedad -se lee en el Decreto de Beatificación-; no le apartó de su noble empeño la enfermedad tremenda que le aquejaba; ni la marcha de algunos de los Hermanos que volvían al siglo, ni el peso de las deudas que a veces le oprimían; como tampoco quebraron la esperanza de quien únicamente en Dios confiaba, los repetidos fracasos de las gestiones al intentar el público reconocimiento de la Sociedad.

La Sociedad que había fundado era una congregación religiosa, siempre creciente. Para afianzarla, escribió letra por letra sus Constituciones, llenas de prudencia, y en 1826 se obligó ante Dios, y ligó a sus hijos con la emisión de los votos.

No faltaron dificultades y espinas en la vida de Marcelino Champagnat. Desde que inició la obra de la fundación del Instituto tuvo que enfrentarse con la cruz de la contradicción. De la misma manera que suele emplearse la prueba del fuego para poner de manifiesto la bondad el oro, así también se sometió a dura prueba la virtud y la constancia del Siervo de Dios -afirma el Decreto de Beatificación-. No pocas veces fue víctima de odios vehementes y objeto de tremendas inculpaciones; pero en medio de tantas angustias que le oprimían, a todos ofreció el eximio espectáculo de su paciencia y modestia.

Elección de su sucesor y muerte santa

Dos problemas, en especial, le preocuparon: el reconocimiento oficial de la naciente institución, y su organización autónoma, dentro de la Sociedad de María. Al primero no llegó a darle solución, a pesar de las gestiones que realizó en París durante 1830; lo consiguió su inmediato sucesor conforme había predicho el mismo Marcelino antes de morir. El segundo se resolvió con un decreto de Roma, separando ambas instituciones. Los Hermanos eligieron para superior al Hermano Francisco (Gabriel Rivat), al que desde la infancia había formado Marcelino en su espíritu e ideales.

Marcelino Champagnat murió en olor de santidad el 6 de junio de 1840, a los 51 años, tras haber dictado el testamento espiritual a los Hermanos, síntesis de sus más queridos deseos y pauta a seguir de sus hijos. El 29 de mayo de 1955 fue beatificado por Pío XII, y el 18 de abril de 1999 Juan Pablo II lo canonizó solemnemente en la Plaza de San Pedro. Sus restos reposan en el Hermitage.

Su pensamiento

La semblanza de Marcelino la encontramos en los libros escritos por sus primeros discípulos, que fielmente nos han legado su espíritu y enseñanza. Fue ante todo un educador nato; aprovechó cuanto su época había incorporado a la educación, dándole siempre una orientación religiosa. Captó la importancia de la formación del hombre en sus primeros años, e hizo perdurar ese espíritu apostólico mediante una institución que sigue el ideal de su Fundador.

Una de sus preocupaciones fue la transmisión de la doctrina cristiana. Sobre la enseñanza del catecismo decía: Hay varios modos de dar bien la lección de catecismo, o sea, de enseñar las verdades de la salvación para guiar por el camino del bien a los niños y a las personas mayores. Enseña bien el catecismo el que reza por los niños que le están confiados, y por la conversión de los pecadores y de los infieles. Enseña bien el catecismo quien da siempre buen ejemplo y es en todo momento modelo de piedad, de regularidad, modestia y caridad.

En otra ocasión, hablando a los Hermanos sobre su tarea en las escuelas, les dijo: Para educar a los niños, hay que amarlos, y amarlos a todos por igual.

Sobre las clases de religión hablaba siempre de cuatro fines: a) dar a conocer a Jesucristo y hacerle amar; b) mostrar las dulzuras, los encantos y los frutos de la virtud y la dicha que sienten los que la practican; c) indicarles con el mismo esmero la disformidad y fealdad del vicio, y los males y castigos que acarrea e inspirarles gran temor de cometer pecado; d) ganar el corazón del niño induciéndole a amar la religión y a cumplir todos sus deberes por amor.

Totalmente convencido de que toda virtud y santidad se cifra en conocer, amar e imitar a Jesucristo, hacía de la vida del divino Salvador el tema ordinario de sus sermones y pláticas. En muchas de sus cartas recuerdan a los Hermanos que su finalidad primera y principal es enseñar a los niños lo mucho que les amó Jesucristo y sigue amándoles, y la obligación en que se hallan de corresponder con todo el amor de que sean capaces.

En una ocasión le comentó a un Hermano: El principal motivo que debe inducirnos a huir del pecado y a detestarlo, es el de la ofensa a Dios. Pues bien, esa ofensa la cometen todos los que pecan, de modo que si sólo lo aborrecemos en nosotros mismos y no en los demás, no es perfecto nuestro amor a Dios, ni tampoco detestamos sino imperfectamente el pecado. Sólo huimos de él a causa de los males que nos acarrea, en lugar de temerlo, combatirlo y evitarlo únicamente porque disgusta a Dios y ha sido causa de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Su celo por la salvación de las almas era constante, fruto de la caridad. No se puede amar a Dios sin desear que sea conocido, amado y servido por todos los hombres, sin sentir aflicción a verle ofendido, y desear facilitar al prójimo los bienes espirituales que le ayuden a alcanzar la vida eterna. Con frecuencia repetía: Ver que Dios es ofendido y que las almas se pierden, son para mí dos cosas insoportables y que me parten el corazón.

Amor a la Virgen

San Marcelino Champagnat desde su infancia tuvo especialísima devoción a la Virgen. Tomó como divisa: Todo a Jesús por María; todo a María para Jesús. De sus pláticas son las siguientes ideas: El muy devoto de María será ciertamente muy amante de Jesús. Lo vemos en los santos que fueron fervorosos devotos de la Virgen, como San Bernardo, San Buenaventura, San Francisco de Asís, San Alfonso María de Ligorio. Todos ellos se distinguieron por su amor ardientísimo a Jesús.

Nada quiere María para sí: cuando la servimos, cuando nos consagramos a Ella, nos acoge para entregarnos a Jesús, y para llenarnos de Jesús.

Jesús confió a su Madre sólo al discípulo amado, para que entendamos que únicamente a las almas privilegiadas, sobre las que tiene designios especiales de misericordia, regala con esa devoción especialísima a Nuestra Señora.

Santa Micaela del Santísimo Sacramento, la enamorada de las mujeres descarriadas

La Fundadora de las Adoratrices (Santa Micaela del Santísimo Sacramento)

Santa Micaela del Santísimo Sacramento nació en Madrid el día 1 de enero de 1809. Era hija de una familia aristocrática, y ya desde niña tuvo preocupación por los pobres y necesitados.

Santa Micaela era una mujer llena de bondad y ternura con todos, de rostro de gran belleza y adornada por una deliciosa sonrisa. Manifiesta la santa que tenía un genio muy vivo, y hasta colérico. A veces le costaba dominar su temperamento impetuoso cuando trataba con alguien impertinente. Tenía que hacer muchos actos de mansedumbre, pero siempre en ella brilló la amabilidad y la sensatez en el trato con las personas. A santa Micaela le daba mucha pena el extravío de tantas jóvenes que, viniendo de los pueblos míseros a las capitales en busca de trabajo, caían en las garras de los prostíbulos.

Santa Micaela hizo amistad con una señora muy caritativa, doña Ignacia Rico, la cual visitaba el hospital de San Juan de Dios en Madrid. Santa Micaela acompañó a doña Ignacia a dicho hospital, y visitaron la sección de mujeres afectadas de enfermedades venéreas. Vio santa Micaela a una joven muy bella postrada en la cama, y en el rostro tenía el estigma de una vida crapulosa. Santa Micaela se acercó a ella y comenzó a conversar. La joven le contó que ella había sido engañada por un joven que se hacía pasar por marqués. Se celebró la boda en Madrid, y a los pocos días el falso marqués desapareció, dejándola abandonada. Ella, no atreviéndose a regresar a su pueblo ante la burla que podía sufrir de amigas y familiares, en Madrid se entregó a la prostitución, y en un lupanar contrajo una enfermedad venérea no acababa de curarse. Santa Micaela no podía dormir, pensando en aquella joven. Al día siguiente se llevó a la joven a una casa de confianza, hasta que recobrara la salud. Habló con los padres y les contó la vida desgraciada de su hija. Los padres, conmovidos, recibieron a su hija con todo amor.

Santa Micaela con aquella joven engañada despertó a la misión para la que Dios la llamaba: salvar del vicio a la juventud femenina, y arrancarla de los prostíbulos. Santa Micaela observó que todas las chicas que salían del hospital no tenían dónde ir, y menos dónde trabajar, y entonces volvían a caer en manos de las alcahuetas y proxenetas. Santa Micaela tenía una casa que convirtió en colegio, para recoger a todas las chicas que estaban expuestas a caer en manos de la prostitución. En este colegio aprendían cultura, religión y labores, y se les buscaba ona colocación con un trabajo honrado. Para esta labor santa Micaela tuvo la colaboración de seis señoras de la aristocracia. Éste fue el primer paso que santa Micaela dio, salvando a miles de adolescentes y jóvenes de caer en las garras de los burdeles, procurando que llevaran una vida de trabajo y honradez.

Santa Micaela visitaba también a los pobres en sus destartaladas casas, llenas de miseria y fétido olor, que a ella le daba tal repugnancia que tenía que hacer grandes esfuerzos para vencerse y permanecer en aquellas casas con las pobres y desventuradas familias, llevándoles el socorro para sus necesidades.

Santa Micaela tuvo varios pretendientes para casarse, pero ella ya tenía resuelto cómo iba a ser su vida: Estar al servicio de las pobres descarriadas, y el amor a jesús sacramentado. Un día se encontró santa Micaela que no tenía dinero para el sustento del colegio, y con harto dolor subastó su caballo, al que tanto quería. Al verlo salir de la cuadra se echó a llorar. Santa Micaela era buena amazona. Un marqués compró el caballo. Enterado el marqués de la gran pena que tenía santa Micaela por haber subastado el caballo, se lo devolvió. Cuando le entregaron el caballo, volvió a llorar al recuperarlo; pero santa Micaela comprendió que no debía tener tanto apego a un animal y lo vendió en el mercado de ganado por siete mil reales.

Santa Micaela había estado una temporada en París visitando a sus hermanos, que eran embajadores. Cuando regresó a Madrid, lo primero que hizo fue visitar su querido colegio. En él reinaba la más absoluta rebeldía. Las señoras que regían el colegio en ausencia de santa Micaela le dijeron: este colegio hay que cerrarlo. Estas chicas son incorregibles. Santa Micaela se propuso seguir en el colegio. Aquellas jóvenes y adolescentes la necesitaban; de lo contrario, caerían en la prostitución. La marquesa de Malpica le prometió ayudarla, y otras señoras también. Santa Micaela incluso iba por las casas más pobres y míseras, buscando adolescentes y jóvenes para llevarlas al colegio, porque además de sufrir hambre y miseria estaban expuestas a caer en manos de los explotadores, los proxenetas y las amas de los prostíbulos. Ellas dócilmente se dejaban llevar al colegio, debido a la dulce persuasión de la santa.

De momento santa Micaela vivía en su palacio con sus criados. Ella sintió la voz de Dios en su interior: A ti te quiero yo en mi obra. Pero el renunciar a las comodidades en que la santa santa Micaela vivía le era muy duro. Pero Dios insistía: A ti te quiero yo en mi obra. Dios le exigía que tenía que vivir con las colegialas y renunciar al lujo de su vida.

Poco a poco la envidia empezó a cebarse en santa Micaela. Algunos despectivamente decían: Pobre Micaela, tan guapa, elegante y de tanto sentido común que parecía tener, y meterse en esos problemas. Muchos pensaron que estaba loca por pensar en desgracias ajenas.

Un día la llamó el arzobispo de Toledo para reprenderla por aquellas imposibles reformas que la santa pensaba llevar a cabo en la juventud. El arzobispo, después de indagaren la vida que llevaba santa Micaela, le dijo: Señora, cásese usted de una vez, y déjese de reformar a muchachas que no tiene compostura. Pero santa Micaela se consagró más firmemente a la educación de tantas adolescentes y jóvenes que venían al colegio pidiendo ayuda y protección. Entonces santa Micaela tomó la resolución de cerrar su palacio, y se vino a vivir con las colegialas para siempre. Se despojó de sus vestidos elegantes, y se vistió un hábito religioso negro y sencillo.

El arzobispo le retiró la licencia de tener la Eucaristía en la capilla del colegio. Vino el emisario, y santa Micaela lo convenció para que dejara a Jesús sacramentado. Los dos fueron a la capilla y estuvieron orando. A la salida le dijo el sacerdote: Usted tiene preso a Jesús sacramentado con cadenas de amor. Siga su obra, que Dios es quien la guía. Santa Micaela volvió a la capilla y, postrada ante el sagrario, exclamó: Señor, triunfamos. Guárdame, Señor, a mí y yo te guardaré a ti.

Estando su hermano mayor de embajador en París, santa Micaela fue a visitarlo y pasó unos días en su compañía. Un mediodía comieron ella, su hermano y su cuñada con los reyes de Francia. El rey dijo a santa Micaela: Ya me he enterado de que usted visita a un soldado inválido, le da usted de comer, le barre la habitación y la muda la cama; ¿por qué lo hace? Ella sonriendo le dijo: es que ese pobre soldado sufría mucho del estómago, como yo también sufro. Mientras duró su visita a sus hermanos en París, estuvo presente santa Micaela en los barrios más pobres y en los tugurios llenos de miseria. Hablaba con las gentes, les llevaba un socorro, los sonrería con dulzura y dejaba en el ánimo de los pobres paz y consuelo.

Se presentó en el colegio una joven pidiendo protección. La había despachado del hospital por blasfema y escandalosa. Estaba enferma con pústulas en la cara y sarna en el cuerpo. Temía santa Micaela un contagio en las alumnas, y fue al sagrario a consultar con el Señor. Y el Señor le inspiró: La enferma no contagiará a la enfermera que la cuide, y se curará de alma y cuerpo. Con el tiempo se curó. Trajo la joven al colegio a sus dos hermanas, de muy mala conducta en la vida, y las tres hermanas llevaron en el colegio una conducta intachable.

Santa Micaela una mañana tomó un coche para trasladarse al colegio. Eran coches sucios y destartalados, y algunos cocheros bastante groseros. Al subier ella en el coche, se fijó en el cochero, Juan, estaba borracho, y juzgó santa Micaela más prudente bajarse y tomar otro coche. El cochero llenó de insultos a santa Micaela. Ésta no le contestó. Pocos días después, al tomar santa Micaela otro coche, le dijo el cochero: Señorita, el cochero Juan, que la insultó, está muy grave. Y santa Micaela se fue a casa del cochero. Éste estaba postrado en un camastro. Santa Micaela trajo a su médico y lo sirvió en todo; y Juan, el cochero, se curó totalmente y se hizo amigo de la santa; de tal forma que un día se declaró un incendio en el colegio y Juan, con peligro de su vida, ayudó a sofocarlo.

Había en el hospital de san Juan de Dios una mujer leprosa. Estaba casi abandonada, pues nadie quería acercarse a ella y ayudarla. Santa Micaela, que estaba visitando a varios enfermos, se acercó a ella; y lo primero que hizo fue abrazarla y conversó con ella. El mal olor era insoportable. Santa Micaela mudó sus ropas, le cambió las sábanas y le dio de comer. Con estas maniobras santa Micaela se hizo un rasguño, y quedó contagiada de la lepra; y así se lo confirmó el médico que la vio. Santa Mocaela fue a la capilla y, postrada ante el sagrario, dijo: Señor, por caridad he contraído la lepra. Mira lo que haces conmigo. Y al instante le desapareció la lepra.

Cayó sobre las alumnas del colegio una fuerte gripe. Sólo permanecieron en pie santa Micaela y su inseparable Isabel, antigua criada de su palacio. Quince días permanecieron en pie sin apenas dormir, atendiendo a las enfermas. Ellas dos tuvieron que hacer de todo: limpiar, cocinar, lavar y dar la comida a las enfermas. Y cuando las alumnas se curaron, santa Micaela y su ayudante Isabel estaban totalmente agotadas. Su hermano, de elevada posición social, envió a un criado al colegio para saber si su hermana vivía. El criado le dijo a la santa: De parte de su hermano que, como esos trabajos que se toma los hace por capricho, no le tiene nada de lástima. Y tres años estuvo su hermano sin ver a su hermana Micaela. Por fin fue su hermano a verla; y la encontró postrada en cama, con u fuerte reuma y malestar, y con los pies hinchados. Su hermano, al verla, le impresionó tanto que sufrió un desmayo. Entonces su hermano se dio cuenta de lo injusto que había sido con su hermana, y reanudó de nuevo el cariño con Micaela.

María era una joven de gran belleza; estaba casada y tenía tres hijos. Como le había sido infiel a su marido, éste la abandonó, llevándose a sus tres hijos. Ella, no teniendo dinero, empezó a pasar hambre. Como era una mujer muy hermosa, santa Micaela temió que algún hombre rico se la echara por querida, y la recogió en el colegio. La joven María a veces se echaba a llorar, y daba unos gritos que las alumnas se sobrecogían de angustia y pena. Poco a poco se fue sosegando, y empezó a colaborar como maestra en el colegio. Era una mujer muy culta, y tocaba admirablemente el piano. Era elegante, y en su trato fina y educada. Por fin se fue sometiendo a los consejos de la santa. Con el tiempo fue una gran colaboradora.

Santa Micaela fundó la admirable Orden Religiosa de las Adoratrices, cutos fines principales eran: El amor a Jesús sacramentado, y el amor y la educación de la juventus femenina descarriada.

Una joven muy agraciada acababa de salir del hospital, y entró en el colegio para su convalecencia. Era una mujer amante de un hombre de posición muy elevada, que traía desunida a la familia. El marido pensaba abandonar a su esposa e irse con la joven a vivir a otra ciudad. Entró en el colegio con la condición de no ser castigada. La joven era de un carácter arisco, y pronto metió cizaña en el colegio Un día la maestra de esta joven impuso el castigo de besar el suelo. Ella le contestó: Yo no beso el suelo; la madre Micaela me prometió que no me castigarían. Vino santa Micaela y corroboró lo que decía la joven; y dijo la santa con dulzura: Yo he prometido a Dios que todos los castigos que se impongan a esta joven yo los asumo, así que yo besaré el suelo. Santa Micaela se postró en el suelo y lo besó. Todas las alumnas se arrodillaron y besaron también el suelo. La joven Paz, que así se llamaba, rompió a llorar y pidió a santa Micaela que en adelante se le impusieran castigos, que ella los cumpliría. Cuando llegó el tiempo de salir la joven Paz del colegio, determinó quedarse para siempre. Le resultaba imposible abandonar a santa Micaela, una mujer tan admirable, tan buena, y sobre todo cariñosa con ella y con todos.

Santa Micaela solía visitar en su casa a una joven de gran belleza, a la que había conocido en el hospital. En una visita santa Micaela la vio tan rara, que le dijo a la joven: Tú me ocultas algo. La joven se echó a llorar, y le dijo que se había concertado con un rico marqués para vivir con todo lujo en un piso elegante. La santa le dijo: Estos ricos se aprovechan de vosotras una temporada, hasta que encuentran otra más guapa que tú, y tú vas a la calle a pedir limosna o a un prostíbulo a vivir una vida de infiernos y luego de miseria. Elige. Mi colegio lo tienes abierto. La joven se marchó al colegio con santa Micaela. De estos casos tuvo, en los que salvó a adolescentes y jóvene de caer en las horribles garras de los hombres adinerados.

Santa Micaela sacaba tiempo para visitar a los necesitados en sus tugurios. El mal olor de las viviendas, a veces nauseabundo, se impregnaba en sus vestidos. Para evitar tal olor se daba colonia, pero ella creyó que era mortificarse poco usando colonia. Su confesor la reprendió, diciéndole: Bien puede usted usar el agua de colonia y perfumarse, pues a mí me gusta que venga usted a comulgar con un delicado perfume. Me es muy grato.

El gran amor que santa Micaela tenía a Jesús sacramentado trataba de infundirlo en todas las almas del colegio. Impuso como saludo: Alabado sea el Santísimo Sacramento.

Santa Micaela era muy aficionada a la música, y tocaba maravillosamente el arpa. Por la noche, ya muy cansada de los trabajos del colegio, le gustaba tocar el arpa, y con las melodías musicales descansaba. Pero una noche en que tenía la ventana abierta tocó el arpa tan magistralmente, que los transeúntes que la habían oído le tributaron grandes aplausos.

Le aconteció a veces a santa Micaela no tener dinero ni alimentos para sus colegialas. Eran las once de la mañana y no había ni pan. Santa Micaela se fue a la capilla y, postrándose ante el sagrario, le dio unos golpecitos y le dijo al Señor: Señor, dame pan para mis chicas, que no tienen qué comer. Y en ese instante entró en el colegio un religioso que acababa de llegar de Filipinas y quería ver el centro dechicas recogidas, pues había oído grandes ponderaciones de él. El religioso, visto el colegio, quedó admirado del orden, del silencio y de la piedad que reinaban en él. Al marcharse, el religioso dijo a la santa: Permítame que contribuya con un donativo a tan hermosa obra. Y le entregó doscientos cuarenta reales. Inmediatamente la santa compró arroz, huevos, pescado y pan; y tucieron las colegialas una comida exquisita y abundante. Santa Micaela estaba conmovida por el regalo que Dios le hizo.

Un día vino un comerciante al colegio a cobrar quinientos reales que la santa le debía, y lo hizo en medio de insultos a la santa. Ella no estaba, y el comerciante esperó. A continuación vino un señor deseando estar con santa Micaela, y también esperó. Cuando llegó santa Micaela, el caballero la saludó respetuosamente y le entregó un sobre que contenía quinientos reales. El comerciante reclamaba sus quinientos reales, y la santa se los entregó. Pidió el comerciante mil perdones y se marchó. Santa Micaela quedó admirada de la ayuda de la Providencia. De estos casos tuvo en su vida bastantes.

Santa Micaela impuso a las colegialas orden, disciplina y silencio en las clases. Confiesa santa Micaela que le costaba a ella guardar silencio, pues su temperamento era expansivo, franco y alegre. Ella manifiesta: Era yo muy parlera. Su gran amor fue Jesús en la Eucaristía.

En el colegio, en el que estaban acogidas cientos de chicas pobres, el trato que tenía santa Micaela con ellas era de lo más amable y respetuoso. Un día una joven le dio a santa Micaela una mala contestación, y la santa en un impulso colérico le dio a la joven una bofetada. Al pronto comprendió la santa que ése no era el camino de la educación que debía dar. Y santa Micaela se puso de rodillas, le pidió perdón a la joven y luego la besó. Formó el propósito de no pegar jamás a nadie.

Santa Micaela fundó colegios para acoger a chicas abandonadas en Madrid, San Sebastián, Cádiz, Sevilla, Zaragoza, Burgos, Bilbao, Barcelona, Ávila, Zamora, Votoria, etc. Todo el mundo pedía abrir nuevos colegios bajo la dirección de la santa. Numerosas jóvenes y señoras se ofrecieron para colaborar y trabajar en los colegios de santa Micaela. Y es entonces cuando la santa tiene que viajar continuamente en numerosas diligencias para realizar sus fundaciones y vigilar las ya fundadas.

Tuvo que regresar a Madrid, pues se había declarado la peste. Muchas de sus alumnas cayeron enfermas. Aconsejada por los médicos, fueron trasladadas al palacio de su hermano en Guadalajara. Instalaron con toda comodidad a las enfermas y fueron bien atendidas.

Santa Micaela recibió la noticia de la enfermedad de cólera en Valencia, y por tanto en su colegio había entrado dicha enfermedad. Cuando llegó a Valencia, se ofreció al arzobispo para asistir a los enfermos, que eran innumerables. Al día siguiente ya estaba san Micaela sirviendo y ayudando a los apestados. A los pocos días santa Micaela comenzó a sentirse enferma; eran los síntomas del cólera. Empezó a tener vómitos y calambres. Se puso gravísima. En medio de sus convulsiones tenía los ojos cerrados, y en sus labios una oración. Recibió con gran amor y alegría la Eucaristía. Antes de morir, dijo con gozo: Hijas mías, tanto os quiero, que ni al cielo quisiera subir sola y sin la compañía de alguna de vosotras. Con estas palabras dejó de existir. Y su deseo se cumplió, pues al poco rato de morir la santa, la hermana Ángeles, colaboradora de la santa, también moría en la paz del Señor. Ambos cadáveres recibieron sepultura en el cementerio de san Martín de Madrid. Era el año 1865. Más tarde santa Micaela del Santísimo Sacramento fue canonizada por la Iglesia Católica.