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Homilía del Viernes Santo (Ciclo B)

El Viernes Santo la Iglesia no celebra la Santa Misa. Los fieles se reúnen en los templos para la Acción litúrgica de la Pasión del Señor. Ésta está estructurada en cuatro partes. La primera es la liturgia de la Palabra en la que se lee de forma dialogada el relato de la Pasión del Evangelio según san Juan. Después viene la oración universal de los fieles, y a continuación la adoración de la Santa Cruz. Termina con la distribución de la comunión a los fieles.

Contemplemos estas páginas ensangrentadas del Evangelio, al hilo de las palabras del papa Francisco. La humillación de Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinan desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo envía posteriormente a Herodes, y éste lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumir la responsabilidad de su destino. Pienso ahora en tanta gente, en tantos inmigrantes, en tantos prófugos, en tantos refugiados, en aquellos de los cuales muchos no quieren asumir la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, profiriendo incluso que en lugar de él sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en la cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc, 23, 46). Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio (Homilía 20.III.2016).

En la Pasión del Señor vemos a Cristo orando en Getsemaní, sufriente, flagelado, coronado de espinas, caminando con la cruz, crucificado, contado entre malhechores, muerto y sepultado. Cristo bebió hasta el fondo el cáliz del sufrimiento humano, por eso dice al hombre que sufre ven y sígueme. Nuestro Señor asumió todo el mal de la condición humana sobre la tierra, excepto el pecado, para sacar de él el bien salvífico.

En la primera lectura se lee parte del Canto del Siervo de Yavé, también conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes (Is 53, 4). Vemos la misericordia de Dios para nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos.

En el Gólgota contemplamos a Cristo clavado en la cruz. Levantado en alto sobre la tierra, está cumpliendo el designio eterno y misericordioso de la Trinidad Beatísima: la salvación del género humano por medio de la muerte del Verbo encarnado en el altar de la Cruz. Dios nos quiere muy cerca de la Cruz. No hay santidad sin unión con Cristo crucificado. Estemos, como Santa María, el Discípulo amado y las Santas Mujeres, acompañando a Jesús en su agonía, siendo consuelo de Dios.

Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús en la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. ¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso (Papa Francisco, Homilía 6.III.2019).

Desde la Cruz, Cristo imparte la lección de Las Siete Palabras.

Jesús se dirige al Padre en tono de súplica: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, XI Estación).

Cabe distinguir dos partes en la plegaria del Señor: la petición escueta: Padre, perdónales, y la disculpa añadida: porque no saben lo que hacen. En las dos se nos muestra como quien cumple lo que predica, y como modelo a imitar. Había predicado el deber de perdonar las ofensas y aun de amar a los enemigos, porque había venido a este mundo para ofrecerse como Víctima para la remisión de los pecados y alcanzarnos el perdón.

Sorprenden a primera vista las disculpas con que Jesús acompaña la petición de perdón: Porque no saben lo que hacen. Son palabras del amor, de la misericordia y de la justicia perfecta que valoran hasta el máximo las atenuantes de nuestros pecados. No cabe duda de que los responsables directos tenían conciencia clara de que estaban condenando a un inocente, cometiendo un homicidio; pero no entendían, en aquellos momentos de apasionamiento, que estaban cometiendo un deicidio. En este sentido san Pedro dice a los judíos, estimulándoles al arrepentimiento, que obraron por ignorancia, y san Pablo añade que de haber conocido la sabiduría divina no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. En esta inadvertencia se apoya Jesús, misericordioso, para disculparles.

En toda acción pecaminosa el hombre tiene zonas más o menos extensas de oscuridad, de apasionamiento, de obcecación que, sin anular su libertad y responsabilidad, hacen posible que se ejecute la acción mala atraído por los aspectos engañosamente buenos que presenta. Y esto constituye una atenuante en lo malo que hacemos.

Cristo nos enseña a perdonar y a buscar disculpas para nuestros ofensores, y así abrirles la puerta a la esperanza del perdón y del arrepentimiento, dejando a Dios el juicio definitivo de los hombres. Esta caridad heroica fue practicada desde el principio por los cristianos. Así, el primer mártir, san Esteban, muere suplicando el perdón divino para sus verdugos. Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (Camino, n. 452).

Amor y perdón. ¿Hasta siete veces? No, hasta setenta veces siete, siempre. Que sepamos perdonar a los que no ofenden.

Hoy estará conmigo en el Paraíso (Lc 23, 43). Al responder al buen ladrón Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna del hombre; que es infinitamente misericordioso y no rechaza al alma que se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

Además, con esas palabras dirigidas a san Dimas el Señor nos revela una verdad fundamental de nuestra fe: Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio, como las que son recibidas por Jesús en el Paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón-, constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida por completo el día de la Resurrección, en que estas almas se unirán con sus cuerpos (San Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 28).

Ahí tienes a tu madre… He ahí a tu hijo (Jn 19, 26-27). San Juan Pablo II comentaba estas palabras de Cristo crucificado: Al pie de la cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento… participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora. Pero, a diferencia de la fe de los discípulos que huían, era una fe mucho más iluminada… Jesús dice a su madre: “Mujer, aquí tienes a tu hijo…” Puede decirse que, si la maternidad de María respecto de los hombres, ya había sido delineada anteriormente, ahora es precisada y establecida claramente… Esta nueva “maternidad de María”, engendrada por la fe, es fruto del nuevo amor que maduró en ella definitivamente junto a la cruz, por medio de su participación en el amor redentor del Hijo (Encíclica Redemptoris Mater, nn. 18. 23).

Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ofrece también hoy, precisamente a través del Rosario, aquella solicitud materna para todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo amado: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!” (Rosarium Virginis Mariae, n. 7).

La Virgen es nuestra Madre. A Cristo le han quitado todo, pero Él nos da a su Madre.

Tengo sed (Jn 19, 28). El suplicio de la cruz llevaba consigo la natural deshidratación. Y de ahí que Cristo dijera: Tengo sed. Para también se puede ver en la sed de Jesús una manifestación de su deseo ardiente por cumplir la voluntad del Padre y salvar todas las almas. Su sed es de almas; su sed es ansia de redención; su sed es manifestación de su alma sacerdotal; su sed es salvar a todos. Pidámosle al Señor tener sus mismos sentimientos redentores.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mc 15, 34). Estas palabras, pronunciadas en arameo, son el comienzo del Salmo 21, la oración del justo que, perseguido y acorralado por todas partes, se ve en extrema soledad, como un gusano, oprobio de los hombres y desprecio del pueblo (Sal 21, 7). Desde el abismo de esta miseria y máximo abandono, el justo acude a Yavé: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (…) En verdad tú eres mi esperanza desde el seno de mi madre (…) No retrases tu socorro. Apresúrate a venir en mi auxilio (Sal 21, 2.10.20). Así pues, esta interpelación de Cristo, lejos de traducir un momento de desesperación, revela la rotunda confianza en su Padre celestial, el único en quien puede apoyarse en medio del dolor, a quien puede quejarse como Hijo y en quien se abandona sin reservas.

Una de las situaciones más dolorosas para el hombre es sentirse solo frente a la incomprensión y persecución de todos, presa de la inseguridad y del miedo. Dios permite estas pruebas para que, experimentada nuestra propia pequeñez y la caducidad del mundo, pongamos toda esperanza sólo en Él, que saca bien de los males para quienes le aman.

Todo está consumado (Jn 19, 30). Este grito de Cristo resuena como el clamor de un rey en el momento de la victoria. Cuando cae su sangre, derramada por nosotros, Jesús con una fuerza increíble en un moribundo, grita: Consummatum est! En el cuerpo destrozado del Señor se ha reanudado la amistad entre Dios y el hombre: ha desaparecido la antigua e irreconciliable enemistad entre el pecado de la criatura y la justicia del Creador, entre la mancha del alma y la santidad del Padre de las almas. Ya somos aceptados “entre los que ama” (Robert H. Benson, La amistad de Cristo).

Todo está consumado, porque Cristo ha cumplido a misión por la que vino al mundo. Se ha abierto para el pecador la puerta de la salvación. Desde el momento de la muerte del Señor ya no hay pecados imperdonables. Se dice que la caridad consiste en perdonar lo imperdonable y amar lo imposible de amar. Y la sangre preciosísima de Cristo se ha convertido en una fuente en la que se laven el pecador y el impuro, donde todos nos purifiquemos del pecado.

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). En el momento cumbre de su existencia terrena, en el abandono aparentemente más absoluto, Jesucristo hace un acto de suprema confianza, se arroja en los brazos de su Padre, y libremente entrega su vida. Cristo no murió forzado ni contra su voluntad, sino cuando quiso. En Cristo nuestro Señor fue cosa singular que murió cuando Él quiso morir, y que recibió la muerte no tanto producida por fuerza extraña como voluntariamente. Pero no sólo escogió la muerte, sino que también determinó el lugar y el tiempo en que había de morir; por eso escribió Isaías: “Se ofreció en sacrificio porque Él mismo quiso” (Is 53, 7). Y el Señor antes de su Pasión, dijo: “Doy mi vida para tomarla de nuevo (…). Tengo poder para darla y tengo poder para tomarla de nuevo” (Jn 10, 17-18) (Catecismo Romano, I, 6, 7).

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30). Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39). Esta profesión de fe fue proclamada por un centurión romano al ver como había expirado Cristo en la cruz. En el primer Viernes Santo de la historia, en medio de la oscuridad –la tierra se cubrió de tinieblas (Lc 23, 44); se oscureció el sol (Lc 23, 45)- el Crucificado era reconocido como el Hijo de Dios. Del mismo modo que el centurión romano viendo como Jesús moría comprendió que era el Hijo de Dios, también nosotros, viendo y contemplando el Crucifijo, podemos comprender quién era realmente Dios, que revela en Él la medida de su amor hacia el hombre.

Muerto Jesús, José de Arimatea y Nicodemo desclavan de la cruz el cuerpo muerto de Jesús. Ambos eran discípulos de Cristo, aunque ocultamente por temor a los judíos (Jn 19, 38). ¡Cuántos cristianos hoy día aún con respetos humanos, que no dan la cara por Cristo! La muerte del Señor enseguida da sus frutos. José de Arimatea y Nicodemo vencen los respetos humanos, ya no tienen miedo a los judíos, y se muestran, en la hora del aparente fracaso de Jesús, como discípulos del Maestro. Su cariño al Señor se manifiesta en el cuidado y extremada delicadeza con que tomaron el Cuerpo de Cristo. Su ejemplo constituye una manifestación de piedad hacia los difuntos.

Mientras el Cuerpo del Jesús es depositado en el sepulcro, su Alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633). Tras la muerte de Cristo acompañemos a Santa María en su soledad del sábado santo, con la esperanza puesta en la Resurrección del Señor.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXVII)

Epílogo

El 14 de junio de 1993, día de feliz memoria para diócesis de Huelva, san Juan Pablo II estuvo en Huelva, en su viaje apostólico a los “Lugares Colombinos” para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento y Evangelización del Nuevo Mundo. Fue una jornada especialmente mariana. Delante de la Sagrada Imagen de la Virgen de la Cinta, después de orar un rato, celebró la Santa Misa. Luego estuvo en Moguer, donde también rezó a la Virgen de Montemayor. En La Rábida coronó canónicamente a la Nuestra Señora de los Milagros, Patrona de Palos de la Frontera. Una vez coronada la Sagrada Imagen, el Romano Pontífice dirigió a la Virgen una plegaria llena de amor. Terminó su estancia en nuestra diócesis en el santuario de Nuestra Señora del Rocío. Allí dijo los fieles congregados:

Vuestra devoción a la Virgen, manifestada en la Romería de Pentecostés, en vuestras peregrinaciones al Santuario y en vuestras actividades en las Hermandades, tiene mucho de positivo y alentador, pero se le ha acumulado también, como vosotros decís, “polvo del camino”, que es necesario purificar. Es necesario, pues, que, ahondando en los fundamentos de esta devoción, seáis capaces de dar a estas raíces de fe su plenitud evangélica; esto es, que descubráis las razones profundas de la presencia de María en vuestras vidas como modelo en el peregrinar de la fe y hagáis así que afloren, a nivel personal y comunitario, los genuinos motivos devocionales que tienen su apoyo en las enseñanzas evangélicas. En efecto, desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces evangélicas de la fe, reduciéndola a mera expresión folklórica o costumbrista sería traicionar su verdadera esencia. Es la fe cristiana, es la devoción a María, es el deseo de imitarla lo que da autenticidad a las manifestaciones religiosas y marianas de nuestro pueblo. Pero esa devoción mariana, tan arraigada en esta tierra de María Santísima, necesita ser esclarecida y alimentada continuamente con la escucha y la meditación de la palabra de Dios, haciendo de ella la pauta inspiradora de nuestra conducta en todos los ámbitos de nuestra existencia cotidiana.

Estas palabras también las podemos considerar dirigidas a las hermandades de la Semana Santa de Huelva, salvando las diferencias que hay entre una romería a la Virgen y los desfiles procesionales de la Pasión del Señor. Hay mucho de positivo y alentador en nuestras hermandades y cofradías, pero también hay que hacer examen para ver lo que haya que purificar. Pues a veces se puede quedar en lo superficial, y considerar las procesiones como algo del acervo cultural de la ciudad, sin profundizar en los valores morales. Existe el riesgo de desligar la manifestación de religiosidad popular de las raíces evangélicas de la fe, reduciéndola a mera expresión folklórica o costumbrista; de ofertar las procesiones de Semana Santa como reclamo atractivo lleno de arte para el turismo. Para evitar ese riesgo hagamos más hincapié en las escenas de la Pasión que está representadas en la iconografía de los “pasos”, y destacando siempre que es un acontecimiento religioso, en que se manifiesta la fe y la devoción de un pueblo hacia su Redentor.

Habrá comprobado el lector de este libro que me he centrado en exclusiva en los pasajes evangélicos y en los relatos transmitidos por la tradición de los misterios centrales de la Redención, y las enseñanzas de vida cristiana que contienen. A la Virgen de la Cinta, Celestial Patrona de Huelva, le pido que todos los que sentimos y amamos nuestra Semana Santa sepamos siempre acompañar a Nuestro Señor en el Calvario para después estar con Él por toda una eternidad de la gloria del Tabor.

Homilía del Jueves Santo (Ciclo B)

Con la Misa in coena Domini comienza el Santo Triduo Pascual. El Jueves Santo la Iglesia celebra la institución de dos sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal. En la primera lectura de la Misa se lee el pasaje del libro del Éxodo en el cual se narra la institución de la Pascua judía. Ésta conmemoraba la salida de los israelitas después del paso del Señor por la tierra de Egipto hiriendo a todos los primogénitos de los egipcios, librándoles de la esclavitud del Faraón. El Señor había ordenado a los hebreos que la sangre del cordero sacrificado para la cena pascual fuera untada en las dos jambas y el dintel de las casas donde lo coman (Ex 12, 7) para que fuera señal de las casas donde moraban. Cuando yo vea la sangre pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora cuando yo hiera el país de Egipto (Ex 12, 13). Termina el relato con el mandato de conmemorar este hecho. Éste será un día memorable para vosotros, y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta para siempre (Ex 12, 14).

La liberación de los israelitas de la esclavitud prefigura la que Jesucristo vendría a hacer: redimir a los hombres de la esclavitud del pecado, mediante su sacrificio en la Cruz. Por tanto, la celebración de la Pascua hebrea era el marco más adecuado para instituir la nueva Pascua cristiana. Jesucristo quiso celebrar la Pascua antes de su pasión y muerte. Sus discípulos le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” Jesús respondió: “Id a la ciudad, a casa de tal persona, y comunicadle: El Maestro dice: mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos” (Mt 26, 17-18). Los discípulos prepararon la cena. Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 14). Con estas palabras de Cristo comienza la Última Cena. Jesús sabe bien que celebra su última Pascua, y su amor se desborda ante el ya próximo desenlace de su existencia terrena. Este amor es sin límites, hasta el fin. Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1).

Dios ama así: hasta el extremo. Y da la vida por cada uno de nosotros, y se enorgullece de ello y lo quiere así por que Él tiene amor: “Amar hasta el extremo”. No es fácil, porque todos nosotros somos pecadores, tenemos límites, defectos, tantas cosas. Todos sabemos amar, pero no somos como Dios que ama sin mirar las consecuencias, hasta el extremo. Y nos da el ejemplo: para enseñarlo, Él, que era “el jefe”, que era Dios, lava los pies a sus discípulos (Papa Francisco, Homilía 13.IV.2017). San Juan es el único de los evangelistas que narra el lavatorio de los pies. Jesús se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido (Jn 13, 4-5). Lavar los pies era una costumbre de aquella época, antes de los almuerzos y de las cenas, porque no existía el calzado que existe hoy día y la gente andaba entre el polvo. Por lo tanto, uno de los gestos para recibir a una persona en casa, y también a la hora de comer, era lavarle los pies. Era tarea de los criados, pero Cristo, siendo Maestro y Señor de sus discípulos, quiso lavarles los pies antes de la cena.

Es de imaginar la cara de sorpresa de los Apóstoles al ver a Jesús realizar esa tarea. San Pedro se resiste a que su Maestro le lave los pies. “Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?” Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde”. Le dice Pedro: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Le dice Simón Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza” (Jn 13, 6-9). No quería, pero Jesús le explicó que tenía que ser así, que Él había venido al mundo para servir, para servirnos, para hacerse esclavo por nosotros, para dar su vida por nosotros, para amar hasta el extremo. En definitiva, para que le imitemos. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13, 15). Con estas palabras nos está hablando de la virtud de la caridad, del amor fraterno que debemos tener los cristianos, con verdadero espíritu de servicio.

Cuando Jesús advirtió a Pedro que si no se dejaba lavar los pies no tendría parte con Él, el Apóstol se mostró dispuesto a dejarse lavar no solamente los pies, sino también las manos y la cabeza. Entonces el Señor dijo: “El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos”. Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: “No estáis limpios todos” (Jn 13, 10-11). Cristo habla de la limpieza de los Apóstoles en el momento inmediato a la institución de la Eucaristía. Es una alusión a la necesidad de tener el alma limpia de pecado para recibirle sacramentalmente en la sagrada comunión. San Pablo se hace eco de esta enseñanza cuando escribe: Quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor (1 Co, 11, 27). La Iglesia Católica, basada en estas enseñanzas de Jesús y de los Apóstoles, establece que para comulgar es preciso confesarse previamente, si hay conciencia, o duda positiva, de pecado grave.

San Juan no relata la institución de la Eucaristía; los otros tres evangelistas, sí. Y también san Pablo en su primera carta a los cristianos de Corinto. El relato paulino es la segunda lectura de la Misa. Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía”. Y de la misma manera, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: “Éste cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces lo bebáis, hacedlo en recuerdo mío”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga (1 Co 11, 23-26). En este texto vemos la fe de la Iglesia desde sus inicios en el misterio eucarístico. Contiene puntos fundamentales de la fe cristiana sobre la Eucaristía. En primer lugar, la institución de este Sacramento por Jesucristo y la presencia real del Señor. El segundo punto es la institución del sacerdocio cristiano. Y por último, la Eucaristía, sacrificio del Nuevo Testamento.

“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8, 34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de la Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18, 20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (Catecismo de Iglesia Católica, n. 1373). Esto es lo que creemos. Bien lo expresó santo Tomás de Aquino en el himno Adoro te devote. En la Eucaristía, bajo las especies eucarísticas está Jesucristo. En la Cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad. Creo y confieso ambas cosas. Y acerca de la presencia real, san Pablo VI escribió en la encíclica Mysterium fidei: Nuestro Salvador está presente según su humanidad, no sólo a la derecha del Padre, conforme al modo natural de existir, sino al mismo tiempo también en el Sacramento de la Eucaristía según un modo de existir que, aunque apenas podemos expresar con palabras, podemos sin embargo alcanzar con la razón ilustrada por la fe y debemos creer firmísimamente que es posible para Dios.

La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura los días de nuestra existencia y también cuando, en el momento del dolor, permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las pruebas más duras, Él nos hace escuchar su voz (San Juan Pablo II, Homilía 20.VIII.2000).

Haced esto en conmemoración mía. El Señor, después de instituir la Eucaristía, mandó a los Apóstoles que perpetuaran lo que Él había hecho, y la Iglesia siempre ha entendido que con ese mandato Cristo constituyó a los Apóstoles y sus sucesores en sacerdotes de la Nueva Alianza, para que renovaran el Sacrificio del Calvario de manera incruenta en la celebración de la Misa. Nosotros creemos que la Misa que es celebrada por el sacerdote “in persona Christi”, en virtud de la potestad recibida por el sacramento del Orden, y que es ofrecida por él en nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es realmente el Sacrificio del Calvario que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares (Credo del pueblo de Dios n. 24).

La palabra “conmemoración” está cargada del sentido de una palabra hebrea que se usaba para designar la esencia de la fiesta de la Pascua, como recuerdo o memorial de la salida de Egipto. Con el rito pascual los israelitas no solamente recordaban un acontecimiento del pasado, sino que tenían conciencia de actualizarlo o revivirlo, para participar en él, de alguna manera, a lo largo de todas las generaciones. Cuando nuestro Señor manda a los Apóstoles haced esto en conmemoración mía, no se trata, puees, de recordar meramente su cena, sino de renovar su propio sacrificio pascual del Calvario, que está ya anticipadamente presente en la Última Cena.

El sacerdocio ministerial ha nacido en el cenáculo junto con la Eucaristía, y marca toda la vida del quien lo ha recibido con el sello de un servicio sumamente necesario y exigente, como es la salvación de las almas. La vida del sacerdote es de dedicación a Cristo, y requiere grandes sacrificios e impone muchas obligaciones, pero es también una manera de amar a Cristo y a su pueblo que conlleva su buena parte de paz, de satisfacción y de alegría.

El núcleo del sacerdocio es ser amigos de Jesucristo. Ser sacerdote significa convertirse en amigo del Señor. Sólo así puede hablar verdaderamente in persona Christi. Ser amigo de Jesús, ser sacerdote significa, por tanto, ser hombre de oración, hombre de Dios. Comprobar que su sacerdote está habitualmente unido a Dios es el deseo de muchos fieles. A un abogado de Lyon cuando volvía de visitar al Cura de Ars le preguntaron: ¿Qué ha visto Ud. en Ars? Respuesta: He visto a Dios en un hombre.

En todos los momentos de la vida se puede experimentar la afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada fiel al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en la oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano. San Juan Pablo II comentó que la Eucaristía, por estar realmente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se encuentra una fragancia de la Virgen que, por obra del Espíritu Santo, dio el Cuerpo y la Sangre a nuestro Redentor. Acudamos a la intercesión de María para ser almas de Eucaristía (Javier Echevarría, Homilía 13.IV.2006).

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXVI)

Hermandad de la Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima de la Luz

Primeras horas del domingo, amanecer del primer día de la semana, las santas mujeres van al Sepulcro, con el corazón cerrado por la tristeza, la tristeza de una derrota: su Maestro yace en el Sepulcro. ¡No! El Sepulcro está vacío. Un ángel les anuncia: ¡Cristo ha resucitado! La muerte ha sido vencida. El rostro de Cristo, su imagen de crucificado, ahora es también la del Resucitado. La oscuridad de la Pasión da paso a la Luz, a la gloria del Señor en su Resurrección. Cristo vive. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (San Josemaría Escrivá). La Iglesia celebra con júbilo el triunfo de Cristo, su Resurrección, que es la prueba mayor de la divinidad de Nuestro Señor. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó (San Agustín).

Los cuatro evangelistas narran el hecho de la Resurrección del Señor. Lo acontecido en aquella mañana del primer día de la semana es el tema principal de la predicación de los Apóstoles: Y los apóstoles daban testimonio con gran fortaleza de la resurrección del Señor Jesús. Si no fuera así, no tendría sentido nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es vana, dijo san Pablo. La Buena Nueva de la Resurrección nunca puede ser separada del misterio de la Cruz. La Resurrección de Jesús es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar del nacimiento de una humanidad nueva y resucitada. Los cristianos pueden y deben mirar al futuro con gran confianza en la potencia gloriosa del Resucitado de hacer nuevas todas las cosas (San Juan Pablo II).

La Resurrección del Señor es la culminación del Evangelio, es la Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza. Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su valor. He aquí el relato del Evangelio.

Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena, la otra María y Salomé al sepulcro para embalsamar a Jesús. Y se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro? Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del Cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos. Las mujeres al llegar al sepulcro vieron que la piedra estaba quitada. El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres: Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Recordad cómo os lo dijo cuando estaba en Galilea: conviene que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y que resucite al tercer día. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a los discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho. Ellas partieron al instante del sepulcro con temor y una gran alegría, y corrieron a dar la noticia a los discípulos. De pronto Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se acercaron, abrazaron sus pies y le adoraron. Entonces Jesús les dijo: No tengáis miedo; id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán.

El Sepulcro vacío, ese Sepulcro nuevo situado en un jardín, donde José de Arimatea colocó devotamente el Cuerpo de Jesús, es el lugar de donde salió el anuncio de la Resurrección. Desde aquella mañana, las palabras de los ángeles: Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado siguen resonando en el universo como anuncio perenne, que atraviesa los siglos. Jesús con su Cuerpo lleno de vida, vencida la muerte y rotas las barreras del sepulcro, nos repite hoy el anuncio gozoso de la Pascua: He resucitado y estoy aún y siempre contigo. La Resurrección de Cristo es el acontecimiento que ha traído la novedad radical para todo ser humano, para la historia y para el mundo: es el triunfo de la vida sobre la muerte.

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Después de haber vividos momentos cofrades, meditando la Pasión y Muerte del Divino Redentor, en las estaciones de penitencia de la hermandades de la Semana Santa, el Domingo de Pascua, desde la barriada de la Hispanidad, la Hermandad del Resucitado a traer a nuestra consideración la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Este misterio de la Resurrección es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Durante cuarenta días estuvo Cristo apareciéndose a diversas personas, María Magdalena, las santas mujeres, los Apóstoles, los discípulos de Emaús… Aunque los Evangelios no lo dice, bien seguro que el Señor se apareció en primer lugar a su Madre, la Virgen María. La Resurrección ha supuesto el triunfo de Jesús sobre la muerte, el pecado y demonio. Cristo ha roto las cadenas de la triple esclavitud a la que estaba sometido el hombre. Sobre el cristiano, como sobre Cristo, la muerte no tiene la última palabra; el que vive en Cristo no muere para quedar muerto; muere para resucitar a una vida nueva y eterna. Dejemos, pues, en el Sepulcro del Señor los andrajos de nuestro hombre viejo, y resucitemos con Él a una vida nueva de gracia y santidad. Vida rejuvenecida en una primavera espiritual de esperanza, vida perennemente orientada hacia el Cielo, a donde Cristo sube para prepararnos lugar; vida regida por ese Espíritu celestial, que el mismo Jesús envía a la tierra para continuar su obra.

Nosotros, cristianos del siglo XXI, debemos testimoniar nuestra fe en Cristo. ¿De qué Cristo?, dirán algunos. Del Cristo eternamente joven, del Cristo vencedor de la muerte, del Cristo resucitado para siempre, del Cristo que en el Espíritu comunica la vida del Padre, del Cristo a quien debemos recurrir para fundamentar y asegurar la esperanza del mañana. El mensaje que debemos llevar al mundo es éste: Jesús, el Amor encarnado, murió en la Cruz por nuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el amor ha vencido al odio, la misericordia al pecado, el bien al mal, la verdad a la mentira, la vida a la muerte.

La Resurrección del Señor es prenda de nuestra resurrección. Nuestros cuerpos, tras su disolución en la sepultura, resucitarán a su tiempo por el poder del Verbo de Dios para la gloria del Padre, que revestirá de inmortalidad nuestra carne corruptible, pues la omnipotencia de Dios se manifiesta perfecta en lo que es débil y caduco (San Ireneo de Lyon). San Pedro, en su predicación, hizo hincapié en la Resurrección del Señor, porque es el misterio central de la fe cristiana. Jesús, el Hijo de Dios encarnado, no se ha quedado en el Sepulcro, porque no podía permanecer bajo el dominio de la muerte, y la tumba no podía retener al que vive, al que es la fuente misma de la vida. La Vida pudo más que la muerte. Este misterio nos habla de esperanza, como bien afirmó san Agustín: la Resurrección del Señor es nuestra esperanza. Este Padre de la Iglesia explicaba que Jesús resucitó para que nosotros, aunque destinados a la muerte, no desesperáramos, pensando que con la muerte se acaba totalmente la vida. Cristo ha resucitado para darnos la esperanza. Jesucristo, crucificado y sepultado, ha resucitado con su cuerpo glorioso. Jesús ha resucitado para que también nosotros, creyendo en Él, podamos tener la vida eterna (Benedicto XVI).

Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la muerte. Por el Bautismo los hombres son efectivamente injertados en el misterio pascual de Cristo: mueren con Él, son sepultados con Él y resucitan con Él (Concilio Vaticano II). Esto es, los cristianos hemos resucitado a una vida nueva, que es sobrenatural, pues participamos ya en este mundo de la vida gloriosa de Jesucristo resucitado. Esta vida es de momento espiritual y oculta, pero en la Parusía, cuando Nuestro Señor venga con toda su gloria, llegará a ser manifiesta y gloriosa.

La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Nosotros creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte! ¡La Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza! No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Porque Jesús resucitó, nosotros resucitaremos; nosotros tenemos la esperanza en la resurrección porque Él nos abrió la puerta a esta resurrección. Y esta transformación, esta transfiguración de nuestro cuerpo se prepara en esta vida por la relación con Jesús, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Nosotros, que en esta vida hemos sido alimentados con su Cuerpo y con su Sangre, resucitaremos como Él, con Él y por medio de Él (Papa Francisco).

María no busca entre los muertos a su Hijo, no fue al sepulcro, pasado el sábado, al alborear el día siguiente; nunca dudó de las palabras de su Hijo. Ella, que mereció llevar en su seno a Dios encarnado, no enterró su esperanza, no vaciló su fe en la Resurrección. Y ella, la Madre del Resucitado no experimentó la corrupción del cuerpo. Ella está en cuerpo y alma en el Cielo. En el caso de que pasara por el trance de la muerte, enseguida resucitó para ser llevada por los ángeles a la gloria del Cielo. Allí nos espera, donde por la infinita misericordia de Dios irá nuestra alma. Y después de la resurrección de los muertos, ya con cuerpo y alma gozaremos de su compañía viendo a Dios cara a cara. A Santa María le pedimos que nuestra fe en las palabras de Cristo sea cada vez mayor, pues somos de los que creemos sin haber visto.

De Domingo de Ramos al Domingo de Pascua, Señor, hemos seguido tu Pasión, Muerte y Resurrección. Haz que también desde el Domingo de Pascua al Domingo de Ramos meditemos todas las escenas del Evangelio, tu vida y tus enseñanzas, y de esta forma podamos ser buenos discípulos tuyos.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXIV)

Antigua, Real e Ilustre Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, Santo Entierro de Cristo y Soledad de María

En Huelva hay dos lugares sagrados con el nombre de Nuestra Señora de la Soledad. Uno de ellos, el cementerio de la ciudad. En él esperan la resurrección de los muertos los que confiaron en las palabras del Señor: Yo soy la Resurrección y la Vida, el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Por eso, sobre las tumbas y en las lápidas de los nichos está la Cruz. Esta Cruz, en medio de la muerte, es señal de Vida, de Resurrección. Y el otro es la ermita situada en la calle Jesús de la Pasión, que da nombre a la plaza que se encuentra enfrente. En este templo tiene su sede canónica una de las hermandades más antiguas de la Semana Santa onubense: la Hermandad del Santo Entierro.

En la tarde-noche del Viernes Santo el cortejo fúnebre que lleva el Sagrado Cuerpo de Cristo a enterrar recorre las calles de Huelva, en medio del silencio y del dolor de un pueblo que ha seguido los acontecimientos de la Pasión y Muerte del Señor con fervor. En la década de los sesenta del siglo XX, el “paso” de Cristo yacente iba acompañado por los religiosos fossores de la comunidad del cementerio de Huelva. Hace dos mil años pocas personas estuvieron en el entierro del Redentor: su Madre, unas santas mujeres, el apóstol adolescente y dos discípulos. Muerto por los hombres y enterrado piadosamente por manos amigas. Son momentos plenos de angustias para su Santísima Madre. Una sábana limpia es el sudario; trasladado con exquisita veneración, el Cuerpo sin vida del Señor en un sepulcro nuevo excavado en la roca es depositado con grande amor. Rodada la piedra de entrada del sepulcro, viene la esperanza en la Soledad de María. A pesar de ver a todo un Dios morir, cree y espera la Resurrección de su Divino Hijo. He aquí el relato evangélico del entierro de Cristo.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, el que José de Arimatea había hecho excavar en la roca, y en el cual nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús. Luego, hicieron rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se fueron. Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo. Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto.

Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto -el de los Olivos- y sepultado en un huerto -el del sepulcro-, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto -el paraíso-. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el Cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también san Agustín: Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él.

En los tres evangelios sinópticos se mencionan la presencia de algunas mujeres en el momento en que Cristo es sepultado. En san Mateo: Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro. En san Marcos: María Magdalena y María la de José observaban dónde lo colocaban. En san Lucas: Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Además de las mujeres citadas por su nombre, hay otras que permanecen en el anonimato. Es tan grande el amor de estas mujeres a Cristo, que no se alejan del sepulcro hasta el último momento, cuando -por necesidad de observar el reposo sabático- no tienen más remedio que marcharse. Aunque no lo dicen los evangelistas, también estaba presente la Virgen María acompañada por san Juan.

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Las santas mujeres, después de ver cómo sepultaron a Jesús, regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto. Ellas pensaban terminar -con esos detalles propios de la mujer- lo que había quedado por hacer, pues tuvieron que limitarse a hacer lo imprescindible. Esperarían a la mañana del domingo para terminar de embalsamar el Cuerpo del Señor. Hay que resaltar que cuando nació Jesús no tuvo siquiera la cuna de un niño pobre: un pesebre fue su cuna. Durante su ministerio público no tenía donde reclinar la cabeza. En su muerte estuvo desprendido hasta de sus vestidos. Pero cuando su Cuerpo es entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, le veneración, el respeto y el amor de éstos hizo que fuera enterrado como un judío pudiente. El Cuerpo muerto del Señor quedó en manos de los que le quieren de verdad y todos porfían por ver quién tiene más atenciones con Él. Buen ejemplo nos dieron aquellos primeros seguidores del Señor al no escatimar nada en las cosas que se refieren al Señor. Un ejemplo de valentía, de seguirle abiertamente, cuando esto no sea, como se dice en nuestros días, políticamente correcto, ni popular en el ambiente que nos rodea.

Cristo está presente en la Eucaristía, en los sagrarios de nuestras iglesias, y está vivo, pero tan indefenso como en el sepulcro de José de Arimatea. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos; y esto, a costa de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Todo nos debe parecer poco para el Señor. Cada uno, en la medida que esté de su parte, debe colaborar para que el culto a Jesús en la Eucaristía tenga la dignidad y riqueza que el Señor merece y espera de nosotros. El esmero en todo esto es expresión de nuestro cariño y un testimonio público de fe y amor.

Mientras el Cuerpo del Señor era depositado en el sepulcro, su Alma fue al “seno de Abrahán”. Hay una homilía antigua para el Sábado Santo, que recoge el momento del encuentro de Jesús con Adán. Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos… Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va a liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, el que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo… “Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho Hijo tuyo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate entre los muertos, yo soy la vida de los muertos”.

Acerca de la muerte y sepultura de Cristo la doctrina cristiana enseña, entre otras, las dos verdades siguientes: Una, que el Cuerpo de Cristo no sufrió corrupción en parte alguna, y sobre esto había vaticinado el profeta no permitirá que tu Santo experimente la corrupción. La otra, que la sepultura, la Pasión y la Muerte atañen a Jesucristo solamente en cuanto a la naturaleza humana, aunque también se atribuyen a Dios, porque es evidente que se predican con verdad de aquella Persona que al mismo tiempo es perfecto Dios y perfecto hombre.

La Virgen María, Madre Dolorosa, estuvo en todo momento junto a su Hijo muerto. Una vez que Jesús fue sepultado, Santa María vivió aquellas horas de soledad con esperanza y con fe en la Resurrección de Jesucristo. Ella no fue a buscar en la mañana del primer día de la semana Al que vive. ¡Cristo ha resucitado! Muerte y Vida lucharon y la muerte fue vencida. Resucitar con Cristo para la vida eterna es nuestra esperanza y la meta a la que queremos llegar. Que la Virgen nos ayude a conseguirla.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXIV)

Cofradía de la Santa Cruz, Santo Sudario de Nuestro Señor Jesús de la Providencia y María Santísima Madre de Gracia

La última cofradía en incorporarse a los desfiles procesionales de la Semana Santa onubense es la de la Santa Cruz. La iconografía del “paso” del Señor es: Jesús ha sido descendido de la Cruz. Nicodemo y José de Arimatea, junto a María Salomé y María Cleofás, procede a depositarlo en el sudario para su traslado al Sepulcro, mientras la Virgen es confortada por san Juan y María Magdalena ante una Cruz ya vacía. En la celebración de la Pasión del Señor, en el Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos invita a mirar a la Cruz: Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo. Vamos, pues, a contemplar la Cruz, esa locura divina, que es locura del amor infinito de Dios por el hombre. Su mensaje es salvífico, y tiene la fuerza de atraer a los hombres hacia Dios. En las páginas del Evangelio vemos en la Calle de la Amargura -la Vía Dolorosa- a un Cireneo contrariado, obligado a llevar la Cruz, que se convierte en un Simón enamorado de Cristo a quien ayuda con cariño a llevar el peso del Santo Madero; y el llanto dolorido de las mujeres de Jerusalén. Momentos después, en el Calvario, el arrepentimiento del aquel malhechor, san Dimas; el toque de gracia al centurión romano que reconoce la divinidad del Ajusticiado –Verdaderamente éste era hijo de Dios-; y la compunción de la multitud del pueblo que volvía del Gólgota golpeándose el pecho.

Contemplando la Cruz, vendrán a nosotros deseos de desagraviar a Dios por nuestros pecados, porque el peso de la Cruz es el peso de todos los pecados de los hombres de todas las épocas. Jesús padece por causa del pecado; del pecado original de nuestros primeros padres, de los personales de todos los hombres, de los que nos han precedido y de los que nos seguirán, por tus pecados y por los míos. Tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; fue llagado por nuestras iniquidades, quebrantado por nuestros pecados; el castigo de nuestras culpas sobre él recayó, profetizó Isaías. Jesús en la Cruz sintió el peso de todos los males -guerras, violencias, corrupción, injusticias, abusos sexuales, atropellos a la dignidad de la persona humana, abortos, explotación de los más débiles económicamente, despilfarro de bienes de primera necesidad, divorcios y también los pecados personales de los hombres, y un largo etcétera-. Pero Él con la fuerza del amor de Dios los venció. Este es el gran bien que Cristo hizo a todos los hombres en el trono de la Cruz. Por eso la Cruz nos habla de la alegría de ser salvados. Por medio de la Cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dado la vida, devuelto la esperanza. La Cruz de Jesús es nuestra única esperanza verdadera. Por eso la Iglesia “exalta” la Santa Cruz y también por eso, los cristianos bendecimos con el signo de la cruz (Papa Francisco).

La Cruz de Cristo debemos tenerla grabada a fuego en el corazón; la Cruz, si queremos de verdad vivir con todas sus consecuencias nuestra vocación cristiana, sobre los hombros, llevada a peso, siendo cireneo del Señor. Con generosidad, con garbo, con alegría, y comprobaremos entonces que la carga del Señor es ligera y suave su yugo. No hay señal más cierta de haber encontrado a Cristo que sentirse cargado con su bendita Cruz (San Josemaría Escrivá). El encuentro con la Cruz es siempre un encuentro con Cristo.

Con los ojos de la fe vemos que la Cruz es trono, poder de Dios, mensaje de salvación, llave de la gloria, signo de bendición… Pero también debemos fijarnos en la otra cara de la Cruz, en esa cara que se ve con la sola visión humana, pero tan real como la primera. Y la Cruz aparece entonces como instrumento de castigo, patíbulo, algo infamante, suplicio para los esclavos. Era el suplicio más doloroso, la forma de muerte más horrenda que se podía dar. Los terribles sufrimientos de Cristo crucificado nos hablan de la gravedad del pecado y del amor de Dios que se manifiesta de manera patente en la Cruz y que exige de nosotros correspondencia.

Antes de la crucifixión de Cristo, la cruz era señal de maldición maldito todo el que es colgado del madero se lee en la Escritura- pero el amor infinito de Dios por el hombre transforma la cruz de instrumento de muerte en árbol de la vida; la convierte de señal de maldición en signo de bendición. De ser algo infamante pasa a ser llave de la puerta de la mansión celestial. La Cruz no deja lugar a la indiferencia: mueve a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Jesús. Para unos -los que se pierden- es una necedad. Y cuando en sus vidas se encuentran con una cruz, ésa no es la de Cristo, sino la del mal ladrón, que no salva, que no es aceptada ni aprovechada. Otros, en cambio, los que van camino de salvarse, descubren -descubrimos- que la Cruz es poder de Dios, porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos, como pregona jubilosamente la Iglesia en el Prefacio de la Misa de la Exaltación de la Santa Cruz: Dios ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido.

La Cruz de Cristo es árbol que engendra vida en nosotros sin ocasionar la muerte, porque en él murió el que es Vida; que ilumina en medio de las tinieblas que acompañaron a la muerte de Jesús sin producir sombras, porque en él está clavada la Luz del mundo; que convierte el dolor en camino de santidad, porque en él padeció el Redentor; que fructifica en todos los lugares, en todas las épocas y en la vida de todo apóstol con frutos imperecederos, porque está regado por la Sangre de un Dios hecho hombre; que introduce en el paraíso celestial, porque es la llave de la gloria. Tiene apariencia de patíbulo, pero es trono de un Salvador; parece un madero de ignominia, pero es cátedra de la suprema sabiduría que pone de manifiesto la arrogante estupidez de la sabiduría mundana. Es también altar del único Sacrificio de la Nueva Ley donde se inmola el Cordero pascual como Víctima propiciatoria, en holocausto gratísimo a Dios.

La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria del Hijo, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe (San Juan Crisóstomo). Y ahora nos preguntamos: ¿Qué es la Cruz para nosotros? Es la señal del cristiano, porque en ella nos redimió Cristo. Cuando dirigimos la mirada a la Cruz donde estuvo Jesús clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra Salvación. De esa Cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. En la cruz vemos la monstruosidad del hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la bondad de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia.

¿Por qué fue necesaria la Cruz? A causa de la gravedad del mal que nos esclavizaba. La Cruz de Jesús expresa toda la fuerza negativa del mal y toda la omnipotencia mansa de la misericordia de Dios. El árbol del conocimiento del bien y del mal colocado en medio del Paraíso, hizo tanto mal; por él vino la ruina del género humano. Por el árbol de la Cruz, situado en el Calvario, nos trajo la Salvación; en él Cristo nos abrió las puertas del Cielo. La Cruz nos salva de las consecuencias del pecado cometido por nuestros primeros padres al comer del fruto del árbol del Paraíso. Por eso la Cruz es camino para encontrar a Jesucristo, nuestro Redentor, que da su vida por amor. Porque la Cruz nos habla de un Dios que ha querido asumir la historia del hombre y caminar con nosotros tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte en la Cruz, para librarnos de la esclavitud del pecado.

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En el Gólgota, antes de la crucifixión, manos sacrílegas despojan a Cristo de sus vestiduras. En el Calvario, descendido el Señor de la Cruz, Santos Varones cubren su cuerpo con un sudario. Los evangelistas cuentan que el Cuerpo de Jesús fue envuelto en un sudario. San Mateo dice: Y José tomó el cuerpo , lo envolvió en una sábana limpia. San Marcos: Entonces José, habiendo comprado una sábana, lo bajó y lo envolvió en la sábana. San Lucas: Y habiéndolo descolgado lo envolvió en una sábana. San Juan: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos. Al Señor, probablemente, después de bajarlo con piedad de la Cruz, lo lavaron con cuidado, lo perfumaron y lo envolvieron en un lienzo. Tanto los Santos Varones como las mujeres no escatimaron medios para honrar el Cuerpo del Señor.

Cuando el pueblo cristiano se muestra espléndido en el culto eucarístico no ha hecho sino aprender bien la lección de aquellos primeros que trataron a Cristo en su vida terrena. ¡Qué bien la aprendió el santo arcipreste de Huelva! La triste experiencia de ver un sagrario completamente sucio, lleno de andrajos y con insectos, le marcó para toda su vida, dedicándose desde entonces a propagar la devoción a la Eucaristía. La impresión de aquel tristísimo Sagrario de tal modo hizo mella en mi alma, que no solamente no se me ha borrado, ni se borrará en mi vida. Fuíme derecho al Sagrario…y ¡qué Sagrario, Dios mío! ¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no salir corriendo para mi casa! Pero, no huí. Allí de rodillas… mi fe veía a un Jesús tan callado, tan paciente, tan bueno, que me miraba… que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste del Evangelio… La mirada de Jesucristo en esos Sagrarios es una mirada que se clava en el alma y no se olvida nunca. Vino a ser para mí como punto de partida para ver, entender y sentir mi ministerio sacerdotal de otra manera… consagrado por Dios para pelear contra el abandono del Sagrario (San Manuel González García). Cuidemos, pues, todo lo que se refiere al culto divino: la limpieza de los manteles del altar y de los ornamentos, el lavado de los purificadores, el buen estado de los vasos sagrados, el lugar visible del Sagrario dentro del templo…

La Virgen estuvo en el Calvario, junto a la cruz de Jesús. El fiat de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el fiat silencioso que repite al pie de la Cruz. Desde que concibió virginalmente a su divino Hijo, Ella no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Acudamos a la Madre de Dios pidiéndole que nos conceda la gracia de estar como Ella en el Calvario, porque allí nos encontramos con la Cruz del Señor, esa Cruz gloriosa con la que Jesús, muerto por nosotros, nos redimió.

Gracias, Jesús de la Providencia. Pasaste de la Cruz al sepulcro; de la Muerte a la Resurrección… del dolor a la alegría. Y tu Madre, de ser Virgen Dolorosa a Madre de Gracia.

Homilía del Domingo de Ramos (Ciclo B)

En la liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos antes de leerse la Pasión del Señor está el texto de la Carta los Filipenses de la kénosis. Esta palabra griega significa anonadamiento. Es la humillación de Cristo que siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 6-8). Es un buen preámbulo para vivir la Semana Santa, para seguir el camino de la humillación de Jesús.

La obediencia de Nuestro Señor a los planes salvíficos del Padre, aceptando la pasión y morir en la cruz, nos ofrece la mejor lección de humildad. Esta obediencia de Cristo fue profetizada por Isaías en el tercer canto del Siervo de Yavé, según se lee en la primera lectura: Yo no me resistí, ni me eché atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban y mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Mi rostro no oculté a los afrentas y salivazos (Is 50, 5-6). El profeta señala los sufrimientos que esa obediencia le acarreó y que el Siervo aceptó sin rechistar.

En el relato de la Pasión del Señor, tomado del Evangelio según san Marcos, vemos el desprecio de los jefes religiosos del pueblo. Asistimos a la traición de Judas Iscariote, uno de los apóstoles, que venderá a su Maestro por treinta monedas de plata. Contemplamos a Jesucristo apresado y tratado como un malhechor; el abandono de sus discípulos; y cómo es llevado ante el Sanedrín para ser interrogado por el sumo sacerdote Caifás, ser juzgado y condenado a muerte. Escucharemos cómo Pedro, la “roca” de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a Él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de Él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios. Ésta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación (Papa Francisco).

En el Calvario se da el culmen del anonadamiento. Allí revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Cristo crucificado lleva luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio. Por eso contemplamos maravillados estos misterios de Nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre.

En el Domingo de Ramos la Iglesia, en su liturgia, conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Cristo es aclamado como Mesías. ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo! (Mt 21, 9). En medio de la alegría, cuando Jesús se acercó a la Ciudad Santa, lloró sobre ella. Sabe que muchos de los que le aclaman, días después, pedirán al Procurador romano su muerte en la cruz, cambiarán los hosannas en maldiciones.

Ahora vamos a meditar algunos versículos de Pasión del Señor, sacados del Evangelio según San Marcos. Dos días después era la Pascua y los Ázimos; y los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo apoderarse de él con engaño y darle muerte. Decían sin embargo: No sea en la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo (Mc 14, 1-2). Así comienza san Marcos la parte final de su Evangelio, en la que relata la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Las medidas tomadas por las autoridades religiosas judías para que no coincidiera la muerte del Señor con la Pascua judía resultaron inútiles. Dios quiso que cuando los judíos celebraban su mayor fiesta religiosa -la Pascua-, cuyo rito esencial consistía en comer el cordero pascual, Jesús con su sacrificio instituyera la Pascua cristiana. Fue, por tanto, en el marco de la Pascua judía cuando se instauró la nueva Pascua en la que Cristo es el cordero sin mancha que, con su sangre derramada en la Cruz, libera a todos los hombres de la esclavitud del pecado.

En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios (Mc 14, 25). El Señor, después de instituir la Sagrada Eucaristía, prolonga aquella Última Cena en entrañable conversación con sus discípulos, a los que de nuevo habla de su próxima muerte. Jesús alivia la tristeza de su despedida prometiendo a los Apóstoles que llegará un día en que volverá a reunirse con ellos, cuando el Reino de Dios haya llegado a su plenitud. Con ello se refiere a la vida beatífica en los Cielos, tantas veces comparada a un banquete. Entonces no habrá necesidad del alimento y bebida. Por eso el Señor alude a vino nuevo. En definitiva, después de la resurrección, los Apóstoles y todos los santos podrán tener la dicha de estar con Jesús.

En Getsemaní, Cristo se postró en tierra y rogaba que, a ser posible, se alejase de él aquella hora. Decía: Abbá, Padre, todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú (Mc 14, 35-36). Jesús ora con un sentido profundo de su filiación divina. Sólo san Marcos nos conserva en la propia lengua original la exclamación filial de Jesús al Padre: “Abbá”, que es el nombre con que los hijos se dirigen íntimamente a sus padres. Una confianza filial semejante es la que ha de tener todo cristiano en su vida, y de modo especial en la oración. En este momento cumbre, Jesús vuelve a retirarse a la soledad del diálogo con su Padre y pide a sus discípulos que oren para no caer en la tentación. Velad y orad para no caer en la tentación (Mc 14, 38). Es de notar que en el Evangelio, escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, recoge tanto la oración de Jesús, como el mandato de orar. No se trata de una anécdota ocasional, sino de un episodio que es modelo de lo que han de hacer los cristianos: rezar como medio imprescindible para mantenerse fieles a Dios. Quien no rece, que no se haga ilusiones de superar las tentaciones.

El Sumo Sacerdote, levantándose en el centro, preguntó a Jesús diciendo: ¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan contra ti? Pero él permanecía en silencio y nada respondió. De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntaba y le decía: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito? Jesús respondió: Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra el pode de Dios, y venir sobre las nubes del cielo (Mc 14, 60-62). Jesús, como en otros momentos de su Pasión guarda profundo silencio. Ante las acusaciones falsas de sus enemigos aparece indefenso. Dios nuestro Salvador -dice san Jerónimo- que ha redimido al mundo llevado de su misericordia, se deja conducir a la muerte como un cordero sin decir una palabra; ni se queja ni se defiende.

Seguramente Caifás preguntando a Jesús si era el Mesías trataba de acorralarle: si respondía negativamente, equivalía a contradecirse en todo lo que había hecho y dicho; si contestaba afirmativamente, sería interpretado como blasfemia. La respuesta de Jesús no sólo da testimonio de ser el Mesías, sino que aclara la transcendencia divina de su mesianismo, al aplicarse la profecía del Hijo del Hombre que hizo Daniel. En la solemnidad singular de aquel momento, Jesús se define con la más fuerte de todas las expresiones bíblicas que podían ser comprendidas de su persona: la que pone de manifiesto la divinidad de su persona.

Una vez que los príncipes de los sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín juzgaron que Jesús era reo de muerte, lo llevaron a a Poncio Pilato. Éste preguntó a Jesús: “¿Eres tú el Rey de los Judíos?” Él le respondió: “Tú lo dices”. Y los príncipes de los sacerdotes le acusaban de muchas cosas. Entonces Pilato volvió a preguntarle: “¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan”. Pero Jesús ya no respondió nada (Mc 15, 2-5). Por tres veces hacen constar los evangelistas que el silencio fue la actitud de Jesús ante aquellas acusaciones inicuas: ante el Sanedrín como ya hemos visto; ante el Procurador romano; y por último ante Herodes. El evangelista san Juan cuenta que el Señor dijo algunas cosas más en el proceso ante la autoridad romana. San Marcos dice que no respondió nada más, ya que se refiere sólo a las acusaciones contra el Señor, que, al ser falsas, no necesitaban respuesta. Por otra parte era inútil toda defensa, supuesto que tenían decidida ya de antemano su muerte. Por su parte, Pilato tampoco necesitaba más contestación, puesto que estaba convencido de la inocencia de Jesús. Por la conducta lujuriosa de Herodes, el Señor no dirigió palabra alguna al tetrarca de Galilea, por más que éste le preguntara muchas cosas.

Durante el proceso en el pretorio, Pilato propuso a la turba dar la libertad a quien eligiera entre Cristo y un homicida llamado Barrabás. Pero los príncipes de los sacerdotes soliviantaron a la turba, para que les soltase más bien a Barrabás. Pilato respondiendo de nuevo, les decís: ¿Y qué queréis que haga con el Rey de los Judíos? Ellos volvieron a gritar: ¡Crucifícalo! (Mc 15, 11-14). El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso en lugar de él sea liberado un homicida. Es duro leer, en los Santos Evangelios, la pregunta de Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, que se llama Cristo?”-Es más penoso oír la respuesta: “¡A Barrabás!” Y más terrible todavía darme cuenta de que ¡muchas veces!, al apartarme del camino, he dicho también “¡a Barrabás!”, y he añadido “¿a Cristo?… Crucifige eum! -¡Crucifícalo!” (San Josemaría Escrivá, Camino n. 296).

También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda, y se cumplió la Escritura que dice: Fue contado entre los malhechores (Mc 15, 27-28). Así se aumentaba la ignominia de Jesucristo. Sus discípulos también conocerán esa humillación de las cárceles comunes, como si fueran ladrones y malhechores. Pero en el caso de Jesús esto fue providencial, pues así se cumplió la Escritura que preanunciaba que el Mesías sería puesto entre los malhechores. Colocada la Verdad entre los malvados -enseña san Jerónimo-, deja uno a su izquierda y otro a su derecha, lo mismo que hará en el día del juicio. Así vemos cuán distinto puede ser el fin de unos pecadores semejantes. Uno precede a Pedro en el paraíso, el otro a Judas en el infierno: una breve confesión consiguió la vida sin término, una blasfemia momentánea se castiga con la pena eterna. El pueblo cristiano ha dado desde antiguo diversos nombres a estos ladrones. Los más comunes en Occidente son los de Dimas para el buen ladrón y Gestas para el malo.

Los príncipes de los sacerdotes, burlándose entre ellos con los escribas, decían: Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Que el Cristo, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos (Mc 15, 31-32). Precisamente porque era el Mesías y el Hijo de Dios no bajó de la Cruz y llevó a término, en el dolor, la obra que el Padre le había encomendado. Cristo nos ha enseñado que el dolor es el mejor y más grande tesoro que tenemos: el Señor no venció en un trono, ni con un cetro en la mano, sino extendiendo sus brazos en la Cruz. El cristiano que, como todo hombre, padecerá el dolor en su vida, no debe rehuirlo ni rebelarse contra él sino ofrecerlo a Dios, como el Maestro.

Jesús, dando una gran voz, expiró (Mc 15, 37). De esta forma tan escueta san Marcos testimonia la muerte del Señor. Parece como si no se atreviera a comentar nada, dejando al lector que se pare a meditar. Dentro de este tremendo misterio de la muerte de Cristo hemos de insistir: Jesucristo murió; no fue una muerte aparente, sino real. No olvidemos que la causa de la muerte del Señor fue nuestro pecado. Jesucristo muere por la fuerza y por la vileza de nuestros pecados. Nosotros meditando las páginas ensangrentadas del Evangelio, nos aproximamos a comprender la medida del amor de Dios hacia el hombre.

El centurión, que estaba enfrente de él, al ver cómo había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39). La causa de la conversión de este oficial romano es que, viendo al Señor morir de aquel modo, no pudo menos de reconocer su Divinidad; pues nadie tiene la potestad de entregar el espíritu sino el que Creador de las almas. Cristo, como Dios que es, tenía la facultad de entregar su espíritu; por el contrario, a los demás hombres se les arrebata el espíritu en la hora de la muerte. Pero el hombre cristiano ha de imitar a Cristo, también en esta hora suprema; es decir, hemos de aceptar con paz y gozo la muerte, el momento dispuesto por Dios para dejar en sus manos nuestro espíritu: la diferencia está en que Cristo lo entrega cuando quiere, y nosotros cuando Dios lo dispone.

La Virgen María, Madre Dolorosa, estuvo en todo momento junto a su Hijo muerto. Una vez que Jesús fue sepultado, Santa María vivió aquellas horas de soledad con esperanza y con fe en la resurrección de Jesucristo. Pidamos a Dios que acreciente nuestra fe para ver después de la muerte Vida y Resurrección.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXII)

Ilustre Hermandad de Penitencia y Cofradía de Apostolado del Santísimo Cristo de la Fe y María Santísima de la Caridad

Los feligreses de la Parroquia de Santa María Madre de la Iglesia y los cofrades del barrio de Viaplana, en la tarde del Viernes Santo hacen pública manifestación de su creencia cristiana con la estación de penitencia del Santísimo Cristo de la Fe. En la iconografía del misterio del “paso” del Señor está plasmado el momento en el cual José de Arimatea muestra a los soldados romanos el permiso recibido del procurador Poncio Pilato para desclavar de la Cruz el Cuerpo muerto de Cristo. Los cuatro evangelistas describen brevemente a este discípulo oculto del Señor. San Mateo dice que el de Arimatea era un hombre rico, que se había hecho discípulo de Jesús. San Marcos, que era miembro ilustre del Consejo y era de los que esperaban el Reino de Dios. San Lucas afirma que José era un varón bueno y justo, miembro del Sanedrín, el cual no había consentido a su decisión y a sus acciones, y que era procedente de Arimatea, y esperaba el Reino de Dios. Y san Juan dice que era discípulo de Jesús aunque ocultamente por temor a los judíos.

José de Arimatea, en contraste con la huida de los propios Apóstoles, tiene la valentía y la delicadísima piedad de encargarse personalmente de todos los trámites de la sepultura de Jesús. La muerte de Cristo no había quebrantado su fe. Es de notar que su gesto sigue inmediatamente a las afrentas del Calvario y tiene lugar antes del triunfo de la Resurrección gloriosa del Señor. Puso al servicio de Jesucristo, sin esperar ninguna recompensa humana y aun con riesgo de su propia persona, todo cuanto era preciso: su posición social, su propio sepulcro aún sin usar, y todos los demás medios pertinentes. Su acción habrá sido premiada con ser inscrito su nombre en el libro de la vida, y ha sido recogida en el Santo Evangelio y en la memoria de todas las generaciones cristianas. Siempre será un vivo ejemplo para todo cristiano que por Dios debe arriesgar dinero, posición y honra. Este discípulo de Jesús nos enseña a no tener respetos humanos para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean. Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá).

En los Santos Evangelios hay palabras de Cristo que nos tienen que ayudar a vencer los respetos humanos. A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Porque si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. Sí, quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, a éste, Cristo no le reconocerá en el día del Juicio Final como discípulo suyo, pues no ha confesado con su vida la fe que recibió en las aguas bautismales. Por tanto, el cristiano nunca debe avergonzarse de ser creyente, dejándose arrastrar por el ambiente de mundanidad que le rodee, sino influir con decisión para transformar ese ambiente contando para ello con la gracia de Dios. Es lo que hicieron los primeros cristianos -hombres de fe-, que no se dejaron vencer por los respetos humanos y transformaron el antiguo mundo pagano.

Todos nosotros hemos recibido el don de la fe. Debemos cuidarlo, para que al menos no se debilite, para que continúe siendo fuerte con el poder del Espíritu Santo que nos la ha regalado… Dios no nos ha dado un espíritu de timidez. El espíritu de timidez va contra el don de la fe, no deja que crezca, que vaya adelante, que sea grande. Y la vergüenza: “Sí, tengo fe, pero la cubro, que no sea vea mucho…” Hay que pedir al Señor la gracia de tener una fe sincera, una fe que no se negocia según las oportunidades que vienen. Una fe que cada día trato de reavivarla o al menos pido al Espíritu Santo que la reavive y así dé un fruto grande (Papa Francisco). Empeñemos nuestras energías vitales en construir un mundo donde brille la luz de Cristo, la santidad de los cristianos, donde se plasmen las bienaventuranzas predicadas por Jesús en la montaña. Construyamos un mundo más fraterno y más justo; un mundo sin violencia, siempre anticristiana; un mundo donde reine la honestidad, la verdad, la paz.

Si queremos un mundo mejor, no hay más remedio que realizar una nueva evangelización. Esta evangelización se ofrece como prerrogativa a los jóvenes de corazón generoso y creador, abiertos a la construcción de un mundo sin fronteras donde prevalezca una civilización del amor, cuyos protagonistas deben ser todos los hijos de Dios diseminados por el mundo. En la carta que escribe san Pablo a los cristianos de Roma, el Apóstol de los gentiles describe la situación moral del Imperio. El paganismo invade las costumbres ambientales de las grandes ciudades de entonces. Los gentiles son injustos, perversos, codiciosos, llenos de envidia, de contiendas, de engaños; son chismosos, enemigos de Dios, fanfarrones, insensatos, invertidos, llenos de pasiones infames y de aberraciones sexuales. Como se puede comprobar, la situación de entonces no era muy distinta a la de ahora. Pero no hay que olvidar: los hombres de Dios -los cristianos- salvaron aquel mundo podrido. A este mundo sucio de ahora lo salvarán los que tienen fe en Dios y afrontan generosamente las exigencias de esa fe.

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El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y el de la Redención por Él llevada a cabo para todas las criaturas constituyen el mensaje central de nuestra fe. La Iglesia lo proclama ininterrumpidamente durante los siglos, caminando entre las incomprensiones y las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios (San Agustín) y lo confía a todos sus hijos como tesoro precioso que cuidar y difundir. Decía san Juan Pablo II a los jóvenes: No tengáis miedo a proclamaros cristianos en vuestro ambiente. Esta profesión de fe os llenará de una alegría profunda; incluso, a veces, no os comprenderán y se reirán de vosotros.

Y es lo que te pido, Santísimo Cristo de la Fe, una fe que fortalezca mi vida; que haga ponerme cada día en las manos de Dios Padre, sabiendo que esas manos son siempre buenas. Sé, Señor, que mi fe en Ti me ayuda siempre a superar los momentos difíciles. Te agradezco que hayas puesto a mi lado muchas personas que me quieren y me animan a seguir con alegría mi camino de fe.

Todos tenemos necesidad de la luz de la fe para andar en el camino de la vida. La fe, que es como una semilla en lo profundo del corazón, florece cuando nos dejamos “atraer” por el Padre hacia Jesús, y “vamos a Él” con ánimo abierto, con corazón abierto, sin prejuicios; entonces reconocemos en su rostro el rostro del Padre.

¡Cristo de la Fe!, renueva en cada uno de nosotros el don de la fe, a fin de que en nuestro espíritu esté siempre la luz de Dios, la luz del amor, que da sentido a nuestra vida, la ilumina, nos da esperanza y nos hace ser buenos y disponibles hacia nuestros hermanos. La fe me dice que tu muerte, Señor, es el signo supremo del amor de Dios por nosotros pecadores, y es modelo de la entrega del hombre en las manos del Padre. Por esto justamente la fe en Ti, Señor, es fuente de vida, victoria sobre el mal y el pecado, principio de vida vivida en obediencia, fidelidad, entrega a Dios y al prójimo.

Hermandad de penitencia y cofradía de apostolado. Las nuevas generaciones de cofrades del Cristo de la Fe deben saber cuánto ha costado la fe que han recibido como herencia, para recoger con gratitud la antorcha del Evangelio e iluminar con ella estos inicios del tercer milenio del cristianismo. Pues cuando se conoce verdaderamente a Jesucristo y se experimenta su presencia en la vida, no se puede dejar de anunciar el mensaje salvífico de la Cruz. Esa es la finalidad del apostolado: llevar a todos la luz, el fuego, el calor y la alegría de Cristo.

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: “Éste es el rey de los judíos. Con la fe sabemos que Cristo no es fracasado que muere en una cruz, sino un Rey triunfador. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Su Reino no es de este mundo. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, pero sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas. Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo, pero justamente es aquí por donde encontramos la redención y el perdón. Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente (Papa Francisco).

Quiere Cristo reinar en nuestras almas. Viene a destruir el reino de Satanás, del pecado, del vicio. Quiere que la virtud, la vida cristiana se difunda por todas las naciones, que las leyes y las costumbres sean conformes al Evangelio, para que venga la paz y prosperidad a los pueblos, y consigan los hombres la eterna bienaventuranza. Jesucristo es Rey supremo, y como Rey debe ser honrado. Su pensamiento debe estar en nuestras inteligencias; su moral, en nuestras costumbres; su caridad, en las instituciones; su justicia, en las leyes; su acción, en la historia; su culto, en la religión; su vida, en nuestra vida. Somos de Cristo. Nuestro apostolado es extender y afirmar el reinado de Jesucristo en todos los corazones, y en todas las actividades humanas.

¡Santísimo Cristo de la Fe!, con palabras del Evangelio te digo: Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Sí. Fe, más fe, Señor, que necesitamos mucha fe, para cristianizar la sociedad neopagana de nuestros días.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XXI)

Devota y Fervorosa Hermandad de Caridad y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Sagrada Lanzada, María Santísima del Patrocinio, San Juan Evangelista y Nuestra Señora de los Dolores

La Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores fue fundada en la década de los cincuenta del siglo XX, debido al desarrollo de la ciudad y de la expansión del barrio de Las Colonias donde se ubica, y es la sede canónica de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Sagrada Lanzada desde su fundación. En el “paso” del misterio vemos a Cristo muerto en la Cruz y a un soldado romano -la tradición le ha dado el nombre de Longinos- que montado en un caballo atraviesa con su lanza el costado del Señor ante el desconsuelo de la Madre de Jesús, del apóstol san Juan y de María Magdalena. Y es precisamente el Discípulo Amado quien narra en su Evangelio este episodio de la lanzada.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne- rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Jesús muere en la víspera de la Pascua judía, cuando en el Templo se inmolaban oficialmente los corderos pascuales. Al subrayar esta coincidencia el Evangelista insinúa que el Sacrificio de Cristo sustituía a los sacrificios de la antigua Ley e inauguraba la Nueva Alianza con su Sangre. Como la Ley de Moisés mandaba que los ajusticiados no permaneciesen colgados del madero al llegar la noche, los judíos piden al procurador romano que aceleren la muerte. Cuando llegaron los soldados enviados por Pilato para esta misión Jesucristo ya había muerto. Y es entonces cuando uno de aquellos soldados clavó su lanza en el costado del Señor. Y esto fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna (San Buenaventura).

En el Gólgota, el Cuerpo sin vida del Redentor, libre ya de dolores, es atravesado por una lanza, y su Corazón… traspasado de amor. Del costado abierto por la lanzada se abrió la puerta de la vida… y del Corazón de Jesús brotó con fuerza sangre y agua… manaron los sacramentos, simbolizados por la Sangre pura y el agua limpia salidas de la saludable herida. Los Sacramentos nos concede la gracia y alimenta nuestra fe y nuestro amor. La llaga se hizo manantial de gracia. La muerte del Señor da vida a los muertos. Así como del costado del primer padre dormido Dios formó a la primera mujer, del costado del Crucificado muerto salió la Iglesia, Esposa de Cristo.

Dios permitió la lanzada para que a través de la llaga abierta en el costado de Jesús tuviéramos fácil acceso a su Corazón Sacratísimo y Misericordioso, a la amistad con Él. El corazón, en el lenguaje bíblico, y aun en nuestro lenguaje habitual, representa la sede de nuestros sentimientos, de nuestra afectividad y, sobre todo, de nuestro amor. Y llegar, por tanto, al Corazón de Jesús es sentir el inmenso amor que el Señor nos tiene, amor que culminó en la prueba máxima de dar la vida por cada uno de nosotros. En su Corazón descubrimos la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia de Dios. Es el Corazón que más ha amado y sigue amando a todos los hombres, también a los que le crucificaron y al que lo traspasó con la lanza. Por eso le pedimos al Señor que nuestro corazón sea semejante al suyo: manso y humilde, puro, misericordioso y compasivo; porque la fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como un acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor al prójimo.

Nuestro destino es ser amigos suyos. Nosotros no lo somos y nos alejamos, con nuestros pecados, con nuestros caprichos y muchas otras cosas. Él es fiel a la amistad porque nos ha llamado a vivirla. Nos ha elegido para ser sus amigos: “Ya no os llamo siervos, a vosotros os amigos”. ¿Cómo habla Jesús a Judas, en el momento de la traición?: “Amigo, ¿a qué vienes?” . Él es fiel. No le dice: “Vete porque tú te has alejado de mí. Vete”. ¡No! Él hasta el final es fiel al don de la amistad (Papa Francisco). Por eso podemos confiar plenamente en el Señor. Jamás nos defraudará el más fiel Amigo que tenemos. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

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San Juan da un testimonio veraz acerca de los sucesos de la vida del Señor. Él conoció a Jesús desde el principio de la vida pública del Maestro, y estuvo al pie de la Cruz. La alusión que hace de la Escritura se refiere al precepto de la Ley de no romper ningún hueso al cordero pascual, y con esto nos dice que Jesús es el verdadero Cordero pascual que quita el pecado del mundo. Y termina el relato de la Pasión del Señor con el siguiente versículo del profeta Zacarías: Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito, que preanunciaba la Salvación por el sufrimiento y muerte misteriosos de un Redentor. El Discípulo Amado evoca con este texto profético la salvación realizada por Jesucristo que, clavado en la Cruz, ha cumplido la promesa divina de Redención. Todo aquél que le mire con fe recibe los frutos de su Pasión. Mirad al árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, y desde los primeros tiempos de la Iglesia el Crucifijo es el signo que recuerda a los cristianos el momento supremo del amor de Cristo que, muriendo, nos libra de la muerte eterna.

La presencia del Cristo de la Lanzada en las calles y plazas de Huelva es una invitación que el Señor hace a todos los fieles onubenses para que nos introduzcamos en su Corazón a través de la llaga de su costado. Por el Corazón de Jesús sabemos quién es Dios y lo vemos. Dios “sintió” por el Corazón de su Hijo Encarnado, y pudo sufrir, llorar, alegrarse, entregarse como los amantes de este mundo. El Sagrado Corazón es la encarnación del amor de Dios, y como escribió san Pablo: En Él habita realmente toda la plenitud de Dios. Por medio de ese Corazón podemos también amarlo humanamente.

Santa Margarita María de Alacoque, cuya razón de su vida fue dar a conocer a todos el amor de Dios, revelado por Jesucristo, y simbolizado en su Corazón, un buen día vio el Corazón de Jesús, que es amor personificado. Vio un corazón de carne que se elevaba en las enormes llamas del amor divino, atormentado y atravesado por una corona de espinas de los innumerables pecados de la Humanidad y sangrando continuamente. Este Corazón es un mar sin límites del amor y del sufrimiento que exige nuestro amor, nuestra compasión y nuestro consuelo. Es la imagen y la encarnación de la entrega insondable de Dios a los hombres; una imagen, pero al mismo tiempo esta enorme realidad: Dios se entrega y diviniza al hombre. La Humanidad de Nuestro Redentor, de nuestro único Salvador es el camino que nos lleva hasta Dios. Su Sagrado Corazón quiere nuestro corazón y nos habla: Dame tu corazón, es decir, tu persona, tu cuerpo y tu alma, ese yo que no podría sustituir nadie más. Es nuestro corazón lo que Dios quiere de nosotros.

La Pasión del Señor en la Semana Santa de Huelva (XX)

Hermandad de Penitencia y Cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Sangre, Nuestra Señora del Valle, San Sebastián Mártir y Santa Ángela de la Cruz

Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo derramado en tus venas se ocultaba celosamente, y para los que te vieron eras sólo un despojo humano, unos restos inútiles… Dios sin vida para hacernos vivir. Dejaste de alentar para infundirnos aliento. Te sometiste al abandono, a la traición, al desamparo, para que cifremos nuestra dicha en sentirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la posibilidad de morir. No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor (Ernestina de Champourcin). Sirvan de introducción estas letras de la poeta de la generación del 27 para considerar el valor redentor de la Preciosísima Sangre de Jesucristo.

La Hermandad conocida como la de los Estudiantes tiene de Sagrado Titular al Santísimo Cristo de la Sangre. En el “paso” está la imagen del Señor muerto en la Cruz. De las cinco llagas sale la Sangre redentora de Jesús. Esa Sangre que ya fue derramada a los ocho días de nacer el Señor cuando fue circuncidado; la misma Sangre de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero (Santo Tomás de Aquino). Sangre del Redentor, Sangre divina. Sudor de gotas de sangre en Getsemaní, sangre que enrojece sus espaldas desnudas al látigo, sangre de sus sienes por las espinas de la corona, sangre de sus manos y pies taladrados por los clavos, sangre que mana de la llaga del costado. ¡Sangre divina, Sangre del Redentor!

Con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación; has hecho de ellos una dinastía sacerdotal, que sirva a Dios y reine sobre la tierra, escribió san Juan en el Apocalipsis. Sí, la sangre de Jesucristo, derramada en la Cruz por nosotros, ha sido el precio que Dios ha pagado para rescatarnos de nuestra antigua condición de esclavos del pecado, como afirma repetidas veces la Escritura. Este elevado precio nos hace ver el valor inmenso que nuestra persona tiene a los ojos de Dios, y el aspecto, doloroso y sacrificial, por parte de Cristo, de nuestra salvación.

Señor, al derramar tu Sangre nos libra de la esclavitud de la muerte. Tu Sangre rompe las cadenas del pecado. Tu Sangre, Señor, quita las penas y todas nuestras inquietudes. Señor, tu preciosa Sangre ha lavado y blanqueado las vestiduras de los santos. Señor, tu preciosa Sangre es fortaleza en la tribulación y en el sufrimiento de hombres y mujeres dóciles a los designios divinos. Señor, tu preciosa Sangre hace afrontar pruebas, persecuciones y martirio a los que perseveran en tu amor. Señor, riega con tu Sangre este valle de lágrimas… y florecerán virtudes.

El cristianismo nace de un acto sublime de fortaleza y de caridad: la muerte de Cristo en la Cruz; y se ha desarrollado gracias también a la sangre de los mártires. Nadie como el cristiano se siente comprendido en sus flaquezas, disculpado en sus errores, perdonado en sus pecados. Pero nadie como el cristiano se sabe solicitado al ejercicio de la fortaleza, hasta el extremo.

La muerte de san Esteban, el primer mártir cristiano, fue el inicio de la violenta persecución que la Iglesia ha sufrido en el pasado y que padece en nuestros días. Durante toda su historia, la Iglesia ha sido perseguida. Los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires, verdaderos testigos de la fe. El número de mártires es incontable. Es una corona de gloria para la Iglesia. Personas de todas clases sociales -hombres y mujeres, ancianos y niños, eclesiásticos y seglares- sufrieron por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia. En todos ellos, algo común: murieron perdonando. La liturgia de la Iglesia ha resumido la ascética y la teología del martirio en el prefacio que celebra a los mártires cristianos: La sangre del glorioso mártir derramada, como la de Cristo, para confesar tu nombre, manifiesta las maravillas de tu poder; pues en su martirio, Señor, has sacado fuerza de lo débil, haciendo de la fragilidad tu propio testimonio.

El martirio es un acto supremo de valor y de verdadera prudencia, que a los ojos del mundo puede padecer locura. Es además una expresión de humildad, porque el mártir no es presuntuoso o un bravucón que confía sólo en sus fuerzas, sino un hombre débil como los demás, que lo podrá todo en la gracia de su Señor. A pesar de su carácter extraordinario, la figura del mártir revela a los cristianos las posibilidades de la naturaleza que se abre a la fuerza de Dios y señala una pauta real y simbólica a la vez, para la conducta de todo discípulo de Jesucristo.

Los mártires permanecen fieles a la fe en Cristo, aunque en ello les vaya la vida. Y derraman su sangre en testimonio valiente y heroico de la fe. Su muerte es serena y llena de esperanza. Dejan esta vida terrena y alcanzan la vida eterna. A cada uno de ellos le dice el Señor: Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo. Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida y entrarán por las puertas en la Ciudad. De ahí su confianza de entrar en el Cielo.

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Siempre la Iglesia ha afirmado la excelencia del martirio por causa de la fe. Aunque existen modos heroicos de imitar y seguir al Señor que no llevan consigo el derramamiento de sangre y el dramatismo de la muerte cruenta, deben saber todos los cristianos que esta magnífica confesión de fe siempre será actual y en ocasiones necesaria. También en nuestros días los cristianos son perseguidos. Para encontrar mártires no es necesario ir a las catacumbas o al Coliseo: los mártires están vivos ahora, en muchos países. Los cristianos son perseguidos por la fe. En algunos países no pueden llevar la cruz: son castigados si lo hacen. Hoy, en el siglo XXI, nuestra Iglesia es una Iglesia de mártires (Papa Francisco).

El Señor advirtió a los suyos: Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése será salvo. La vida del cristiano no está exenta de dificultades. Cristo dijo a sus discípulos: En el mundo tendréis tribulación, pero confiad: yo he vencido al mundo. A lo largo de la historia han sido muchísimos -una infinidad- los cristianos perseguidos, que han padecido, abierta o solapadamente, los efectos del odio al Evangelio. Contra ellos han atentado en sus vidas, fama y bienes. Sin embargo, todo esto es nada en comparación de la gloria con que Dios les ha premiado.

La victoria de los mártires, su testimonio del poder del amor de Dios, sigue dando frutos en la Iglesia, que sigue creciendo gracias a su sacrificio. Jesús pide al Padre que nos consagre y proteja, pero no que nos aparte del mundo. Sabemos que Él envía a sus discípulos para que sean fermento de santidad y verdad en el mundo: la sal de la tierra, la luz del mundo. En esto, los mártires nos muestran el camino. Los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con Él y con su Reino eterno. Nos hace preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos dispuestos a morir (Papa Francisco). Sí, el testimonio de los mártires da su fruto, como bien lo expresó un escritor eclesiástico: La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos (Tertuliano).

La Hermandad del Santísimo Cristo de la Sangre tiene su sede canónica en la Parroquia de San Sebastián. El santo Patrón de Huelva tiene la doble palma del martirio. Derramó su sangre primeramente al ser asaetado, y después en el segundo y definitivo martirio, cuando fue apaleado hasta la muerte. Y la diócesis de Huelva cuenta en su santoral varios mártires. Los hermanos san Walabonso y santa María, de Niebla, que sufrieron martirio por su fe en Cristo, en el siglo IX, a manos de los mahometanos de Córdoba. De Ayamonte es el beato Vicente de San José Ramírez, que confesó su fe derramando su sangre en el siglo XVII, en Japón. Y también están mártires onubenses de la persecución religiosa que hubo en España en el siglo XX. El beato Manuel Gómez Contioso, sacerdote salesiano, natural de Moguer, asesinado por su condición religiosa en Málaga; la beata María Dolores Barroso Villaseñor, nació en Bonares, era de la Congregación de la Hijas de la Caridad, y murió mártir en Madrid; el beato Pedro Velasco Narbona, carmelita, nacido en Minas de Riotinto, y asesinado por su fe católica en Hinojosa del Duque; el beato José María Mateos Carballido, sacerdote de la Orden Carmelita, nació en Encinasola y murió mártir en Montoro. A estos hay que añadir el sacerdote agustino beato José Agustín Fariña Castro, que estuvo en el colegio de los agustinos de Huelva y fue asesinado en Paracuellos del Jarama; y la beata Carmen Moreno Benítez, directora del colegio de las salesianas de Valverde del Camino durante unos años, y que murió mártir en Barcelona. Todos ellos murieron perdonando y derramando su sangre como una exigencia de su fe para unirla a la Sangre Redentora de Cristo.

Santísimo Cristo de la Hermandad de los Estudiantes, Tú que has redimido a todos los hombres con tu preciosa Sangre, conserva en nosotros la acción de tu misericordia para que podamos conseguir los frutos eternos de nuestra salvación.