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Homilía de la Fiesta del Bautismo del Señor (Ciclo A)

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (A)

Lecturas: Is 42, 1-4.6-7; Hch 10, 34-38; Mt 3, 13-17

Necesidad del arrepentimiento. Las tres primeras manifestaciones de la divinidad de Cristo: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús y el milagro que hizo el Señor en las bodas de Caná. En este domingo se celebra la segunda de las manifestaciones citadas.

Juan Bautista tiene la misión de preparar la venida del Señor y se presenta predicando la necesidad de la conversión y de hacer penitencia para recibir al Mesías. Además, exhortaba a someterse al rito de su bautismo, que prefiguraba las disposiciones para recibir el Bautismo cristiano: fe en Cristo, fuente toda gracia, y apartamiento del pecado. El reconocimiento humilde de los pecados por parte de los que acudían al Precursor disponía a recibir la gracia de Cristo por el Bautismo en el Espíritu y el fuego. En otras palabras, el bautismo de Juan no producía justificación (no limpiaba el alma de los pecados), mientras que el Bautismo cristiano perdona los pecados y da la gracia santificante.

¿Por qué se bautizó Jesús? Sin tener mancha alguna que purificar, Jesucristo quiso someterse al rito del bautismo de Juan. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que regían en el pueblo elegido por Dios para preparar la venida del Mesías. Los Santos Padres comentan que el Señor fue a recibir el bautismo de Juan para darnos ejemplo de humildad, para ser conocido por todos, para que todos creyeran en Él y para dar fuerza vivificante al agua del Bautismo. El Señor deseó ser bautizado para proclamar con su humildad lo que para nosotros era necesidad (San Agustín). Además, con el bautismo de Jesús en el Jordán quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Jesucristo, e impuesto como ley universal.

El Bautismo es necesario para la salvación de todos aquellos a quienes el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de pedir este sacramento. Cuando Cristo, momentos antes de su Ascensión, envió a los Apóstoles a ir por todo el mundo para que predicasen el Evangelio, les dijo: El que creyere y fuere bautizado se salvará (Mc 16, 16).

Revelación del misterio trinitario. Se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde los cielos dijo: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”. Cuando Nuestro Señor fue bautizado por Juan en el Jordán se reveló el misterio de la Santísima Trinidad: el Hijo, que recibe el Bautismo; el Espíritu Santo, que desciende sobre Él en figura de paloma; y la voz del Padre, que da testimonio de la persona de su Hijo. La Iglesia bautiza en el nombre de las tres divinas Personas.

Los hombres, al recibir el Bautismo, quedan consagrados por la invocación y virtud de la Trinidad Beatísima. El abrirse de los cielos significa que la fuerza de este Sacramento, su eficacia, viene de arriba, de Dios, y que por él queda expedita a los bautizados la vía del Cielo. Los compromisos bautismales se viven contemplando el rostro de Cristo, a la vez que se escuchan las palabras del Padre y se recibe el amor que nos viene del Espíritu Santo.

Homilía de la Solemnidad de la Epifanía del Señor (Ciclo A)

SOLMENIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR (A)

Lecturas: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3a.5-6; Mt 2, 1-12

La adoración de los magos. Celebramos la Epifanía del Señor. Epifanía quiere decir manifestación. Cristo Jesús ha venido para redimir a todos los hombres. Primero se ha manifestado a los pastores, después, a los Magos como primicias de los gentiles que recibirán la llamada a la salvación en Cristo.

Nacido Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. Los Magos habían visto una estrella distinta. Una estrella que anunciaba un gran misterio. Y siguieron la estrella. Una estrella brillante como ninguna otra que les lleva al encuentro de Cristo. Siguiendo las indicaciones de los sabios y después de oír al rey Herodes, los Magos llegaron a Belén. Y entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron. Ha valido la pena tantas penalidades, porque lo importante es llegar hasta donde se encuentra Jesús, porque estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurase la felicidad (San Josemaría Escrivá).

Adoración a Cristo en la Eucaristía. También el cristiano, siguiendo el ejemplo de los Magos, se pone en camino para acercarse a Cristo en la Eucaristía, para arrodillarse ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo (Benedicto XVI). La presencia de Jesús en el Sagrario ha de ser un polo de atracción para los fieles deseosos de ser almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón. Un campesino de Ars llevaba largo rato delante del Sagrario. Pasaron algunas horas, y el Santo Cura de Ars se le acercó para preguntarle: ¿Qué haces aquí tanto tiempo? Y la respuesta: Yo le miro, Él me mira. Nada más.

Hay una práctica de piedad que es la visita al Santísimo. Jesús está en el Sagrario. Allí, el Señor, nos espera siempre pacientemente. La visita a Jesús Eucaristía es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deseo de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente. En esta fiesta, miremos con especial atención la adoración de los Magos, para aprender de aquellos hombres de Oriente, postrados ante el Niño de Belén, con mucha fe, con mucho amor y con mucha humildad.

Ofrendas de dones. Abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. ¿Qué le podemos ofrecer a Jesús?: todo cuanto somos y podemos, es decir, nuestros pensamientos, afectos, palabras y obras. Ofrezcamos a Cristo lo más precioso que tenemos: el oro de nuestra libertad, el incienso de nuestra oración, la mirra de nuestro afecto más profundo.

Le ofrecemos: oro, símbolo de la realeza, porque queremos ofrecerle el mundo y las almas todas; incienso, símbolo de la esperanza mesiánica, porque queremos dar el buen olor de Cristo; mirra, símbolo de la debilidad de la naturaleza humana, porque queremos que nuestras enfermedades, sufrimientos y dolores nos unan a la Cruz de Cristo.

Homilía del II Domingo de Navidad (Ciclo A)

DOMINGO II DE NAVIDAD (A)

Lecturas: Si 24, 1-4.12-16; Ef 1, 3-6.15-18; Jn 1, 1-18

Desde la eternidad. En el principio, antes de los siglos, me formó y existiré para siempre. Este principio al que se hace referencia en la 1ª lectura es la eternidad. La Sabiduría es una propiedad divina, es eterna y se identifica con Dios. El Prólogo del Evangelio de san Juan comienza con las mismas palabras: En el principio… para destacar la eternidad del Verbo de Dios, de esa Palabra que en el tiempo se encarna. La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Aquí está expresado de manera concentrada el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica habla de cuatro motivos para la Encarnación. El Verbo se encarnó: para salvarnos reconciliándonos con Dios; para ser nuestro modelo de santidad; para que nosotros conociésemos así el amor de Dios; y para hacernos partícipes de la naturaleza divina, concediéndonos la filiación divina. Como hemos leído en la 2ª lectura, Dios antes de la creación del mundo (…) nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.

Filiación divina. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios. Recibamos a Cristo, abrámosle las puertas de nuestro corazón a Jesús, dejemos que Él ilumine con su luz -esa luz verdadera que ilumina a todo hombre– nuestra mente. Y seremos hijos de Dios. Cristo es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia. La gracia nos hace realmente hijos de Dios. Esta realidad hizo escribir a san Josemaría Escrivá: De lejos ‑allá, en el horizonte‑ parece que el cielo se junta con la tierra. No olvides que, donde de veras la tierra y el cielo se juntan, es en tu corazón de hijo de Dios.

El 29 de mayo de 1982, en el estadio de Wembley, con los graderíos lleno de gente joven, Juan Pablo II celebró la Santa Misa. En la homilía, dijo unas palabras que, por fuerza, debieron impresionar a los que allí estaban: Al mirar a esta gran asamblea, siento un respeto enorme por cada uno de vosotros. Sois hijas e hijos de Dios.

Orgullo santo. Cuando una hija del rey Luis XV de Francia, Luisa, fue reprendida por una de sus servidoras, replicó con enojo: ¿No soy acaso la hija de tu rey? La otra no se amilanó ante semejante impertinencia, sino que supo poner a la princesa en su lugar con esta respuesta: Y yo, ¿no soy acaso la hija de tu Dios? La princesa siempre recordó estas palabras. Pasados los años, siendo carmelita, guardaba gran reconocimiento a quien supo darle tan provechosa lección.

Agradezcamos a Dios el habernos concedido la filiación divina. Dios es Padre. No nos trata como simples criaturas, sino como hijos suyos. El mismo Jesucristo nos enseñó a llamar Padre a Dios. Tratemos a Dios como Padre, con sinceridad, con amor, con confianza. El saber que Dios es Padre nos da seguridad, paz y alegría. Somos hijos de un buen Padre, que piensa más en nosotros que nosotros en Él… Sólo debemos procurar estar bien con Dios, no tener pecados en el alma y amarle, y luego ningún temor: Dios nos está mirando y es imposible que nos olvide. Tengamos deseos de contentar a Dios.

Homilía de la Fiesta de la Sagrada Familia (Ciclo A)

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA (A)

Lecturas: Si 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Mt 2, 13-15.19-23

En el seno de una familia. La Iglesia celebra hoy la fiesta de la Sagrada Familia. Celebración que nos lleva a la intimidad de aquella santa familia en la que creció y se desarrolló Nuestro Señor. El Hijo de Dios se hace miembro de una humilde familia. Jesús vive el amor familiar de un padre y una madre. San José hizo las veces de padre de Jesús. Esta fiesta adquiere plena luminosidad en un tiempo en que los padres y los hijos no encuentran el favor de una cultura que estima en poco la institución familiar.

Miremos al hogar de Jesús, María y José, verdadera escuela de virtudes domésticas. Y veremos fidelidad, trabajo, honradez, obediencia, cariño verdadero, respeto mutuo entre los padres y el hijo… Ciertamente, la Sagrada Familia es irrepetible por ser la familia de Dios en el mundo: por eso debemos mirarla con fe y buscar en ella la densidad del amor de Dios. Es ejemplo para todas las familias cristianas.

Importancia de la familia. La Iglesia quiere que todos valoremos y apoyemos a la familia, que aporta grandes beneficios a la sociedad. El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Sin embargo, en nuestros días, ésta se encuentra ante una sociedad que la mira con hostilidad como si representara unos valores ajenos a una sociedad moderna. Es, pues, hora de que los cristianos afrontemos, sin complejos, su defensa. Nos preocupan las abundantes rupturas matrimoniales y las secuelas en los pobres hijos, la extensión del divorcio y el aumento de las parejas de hecho, así como la pretensión por parte de los poderes públicos de llamar familias lo que nunca puede ser una familia.

Una familia sana es el santuario de la vida y de la esperanza de la sociedad y, para los creyentes, un camino de santidad. San Pablo, en la Carta a los Colosenses, enseña cómo hemos de comportarnos en familia. Hay consejos para todos: maridos, esposas, padres, hijos o parientes… y una exhortación capital: Sobre todo esto tened caridad, que es el vínculo de la perfección, y triunfe en vuestros corazones la paz de Cristo, en la que fuisteis llamados en su cuerpo, y sed agradecidos.

Iglesia doméstica. En el pensamiento de la Iglesia un hogar verdaderamente cristiano es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños, y donde aprenden a hacerse no solamente hombres, sino también hijos de Dios. Donde los padres son los primeros catequistas de sus hijos. La familia cristiana transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos; cuando los acercan a los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a Dios como Padre (Benedicto XVI).

Si en las escuelas se enseñan ideologías contrarias a la fe cristiana con alguna determinada asignatura, los padres deben defender con valentía y con los medios adecuados sus derechos de que sus hijos reciban una educación de acuerdo con sus convicciones religiosas. La fe de los hijos es más importante que lo que decida cualquier Parlamento.

Homilía de la Solemnidad del Natividad del Señor (Ciclo A)

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (A)

Lecturas: Is 52, 7-10a; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18

El sentido profundo de la Navidad. Bendito seas, Señor, Padre que estás en el cielo, porque en tu infinita misericordia te has inclinado sobre la miseria del hombre y nos ha dado a Jesús, tu Hijo, nacido de mujer, nuestro salvador y amigo, hermano y redentor (Juan Pablo II). En Belén, en el silencio profundo de la noche, en el regazo de la Madre, y en la tierna mirada del Niño, se nos revela el verdadero rostro de Dios. Dios ha querido mostrarnos la inmensidad y la profundidad de su misterio de amor en su Hijo recién nacido, hecho hombre por nosotros y para nuestra salvación; ha querido manifestar su amor lleno de misericordia, de bondad y de paz, su proyecto de comunicarnos y de hacernos participar de su misma vida divina.

El nacimiento de Cristo es el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Jesús, Dios hecho hombre, viene a la tierra para realizar la reconciliación de la divinidad con la humanidad; para dar muerte a las tinieblas del pecado y vida a los hombres.

Una gran alegría. Nuestro Salvador, amadísimos hermanos, ha nacido hoy; alegrémonos. No puede haber, en efecto, lugar para la tristeza, cuando nace aquella vida que viene a destruir el temor de la muerte y a darnos la esperanza de una eternidad dichosa (San León Magno). La alegría más honda del creyente en este día arranca de esa fe: que Dios no es un ser lejano, sino Alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y la fragilidad de un niño.

Hay una nota triste de la primera Navidad: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Su Madre le recostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en la posada. Que abramos las puertas de nuestro corazón de par en par a Cristo, que ha venido para amarnos, para salvarnos, para enseñarnos el sentido verdadero de la vida. Pero a todos los que le recibieron, le dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Éste es el mensaje de la Navidad: En Jesús somos hijos de Dios. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos (Benedicto XVI).

Una de las enseñanzas de la Navidad. En la Navidad Dios nos enseña a amar a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los enfermos, a los que padecen soledad, a los carentes de amor, a los ancianos y, especialmente, a los niños que sufren miseria y hambre. En todos ellos, es el Niño de Belén quien nos reclama el amor, el calor de nuestro cariño, la compañía que aleja las horas de soledad…

El que ha entendido el misterio de Belén, no buscará ya su propia felicidad; buscará ante todo el bien de sus hermanos. Para un discípulo del Niño de Belén, lo importante no es recoger para sí, sino dar y sembrar para los demás. Desde que Dios se hizo hombre en Belén, hay que ver a Dios en cada hombre que se cruce por el camino. En Navidad, deja que Dios nazca en ti, deja que aparezcan en tu vida su bondad, su ternura y su amor a los hombres.

Homilía del II Domingo de Navidad (Ciclo A)

DOMINGO II DE NAVIDAD (A)

Lecturas: Si 24, 1-4.12-16; Ef 1, 3-6.15-18; Jn 1, 1-18

Desde la eternidad. En el principio, antes de los siglos, me formó y existiré para siempre. Este principio al que se hace referencia en la 1ª lectura es la eternidad. La Sabiduría es una propiedad divina, es eterna y se identifica con Dios. El Prólogo del Evangelio de san Juan comienza con las mismas palabras: En el principio… para destacar la eternidad del Verbo de Dios, de esa Palabra que en el tiempo se encarna. La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Aquí está expresado de manera concentrada el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica habla de cuatro motivos para la Encarnación. El Verbo se encarnó: para salvarnos reconciliándonos con Dios; para ser nuestro modelo de santidad; para que nosotros conociésemos así el amor de Dios; y para hacernos partícipes de la naturaleza divina, concediéndonos la filiación divina. Como hemos leído en la 2ª lectura, Dios antes de la creación del mundo (…) nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo.

Filiación divina. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios. Recibamos a Cristo, abrámosle las puertas de nuestro corazón a Jesús, dejemos que Él ilumine con su luz -esa luz verdadera que ilumina a todo hombre– nuestra mente. Y seremos hijos de Dios. Cristo es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, por gracia. La gracia nos hace realmente hijos de Dios. Esta realidad hizo escribir a san Josemaría Escrivá: De lejos ‑allá, en el horizonte‑ parece que el cielo se junta con la tierra. No olvides que, donde de veras la tierra y el cielo se juntan, es en tu corazón de hijo de Dios.

El 29 de mayo de 1982, en el estadio de Wembley, con los graderíos lleno de gente joven, Juan Pablo II celebró la Santa Misa. En la homilía, dijo unas palabras que, por fuerza, debieron impresionar a los que allí estaban: Al mirar a esta gran asamblea, siento un respeto enorme por cada uno de vosotros. Sois hijas e hijos de Dios.

Orgullo santo. Cuando una hija del rey Luis XV de Francia, Luisa, fue reprendida por una de sus servidoras, replicó con enojo: ¿No soy acaso la hija de tu rey? La otra no se amilanó ante semejante impertinencia, sino que supo poner a la princesa en su lugar con esta respuesta: Y yo, ¿no soy acaso la hija de tu Dios? La princesa siempre recordó estas palabras. Pasados los años, siendo carmelita, guardaba gran reconocimiento a quien supo darle tan provechosa lección.

Agradezcamos a Dios el habernos concedido la filiación divina. Dios es Padre. No nos trata como simples criaturas, sino como hijos suyos. El mismo Jesucristo nos enseñó a llamar Padre a Dios. Tratemos a Dios como Padre, con sinceridad, con amor, con confianza. El saber que Dios es Padre nos da seguridad, paz y alegría. Somos hijos de un buen Padre, que piensa más en nosotros que nosotros en Él… Sólo debemos procurar estar bien con Dios, no tener pecados en el alma y amarle, y luego ningún temor: Dios nos está mirando y es imposible que nos olvide. Tengamos deseos de contentar a Dios.