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JESÚS ENSEÑA CON AUTORIDAD. Homilía del Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el capítulo 18 del libro del Deuteronomio está este versículo 15: El Señor, tu Dios, suscitará de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo; a él habéis de escuchar (Dt 18, 15). La tradición ha mostrado el sentido mesiánico de este versículo y el del versículo 18, que es casi idéntico, pero con una variante: Les suscitaré un profeta como tu de entre sus hermanos; y pondré mis palabras en su boca; él les hablará cuanto yo le ordene (Dt 18, 18). Ya en el Nuevo Testamento, san Pedro, en el discurso que pronunció en el pórtico llamado de Salomón en el Templo de Jerusalén, recogido por san Lucas en los Hechos de los apóstoles, identifica el “profeta” que Dios suscitará con Jesucristo. En Jesús se cumple esta profecía de Moisés. Él es el Verbo encarnado, la Palabra del Padre.

A Él habéis de escuchar. En la Transfiguración del Señor también se nos dice: Escuchadle (Mc 9, 7). Cristo es la plenitud de la Revelación. Jesús es la Palabra que debe ser proclamada. En Él Dios ya nos tiene dichas todas las cosas, ya nos ha revelado todo. Pone san Juan de la Cruz en boca de Dios: Pon los ojos sólo en Él (Jesucristo), porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas. Todo está ya revelado en Cristo: Dios no tiene más cosas de que manifestar.

Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados (Mt 10, 27). Estas palabras de Cristo dichas a sus apóstoles, también están dirigidas a la Iglesia. Hay que proclamar en voz alta la doctrina del Señor, para que su verdad llegue hasta el último rincón del mundo. La Iglesia tiene la misión de propagar el Evangelio por toda la tierra y enseñar la verdad revelada por Dios. Si alguno no escucha las palabras que hablará en mi nombre, yo le pediré cuentas (Dt 18, 19).

En el Evangelio según san Marcos se narra la estancia del Señor en la sinagoga de Cafarnaún. Entran en Cafarnaún; y, al llegar el sábado, fue a la sinagoga y enseñaba (Mc 1, 21). Comenta el papa Francisco este versículo: Al llegar a Cafarnaún, Jesús no posterga el anuncio del Evangelio, no piensa en primer lugar en la ubicación logística, ciertamente necesaria, de su pequeña comunidad, no se demora con la organización. Su preocupación principal es comunicar la Palabra de Dios con la fuerza del Espíritu Santo. Cristo es el Maestro divino que enseña con autoridad. Por eso su figura atrae. Pero también por la rectitud de su conducta; por la excelencia de su doctrina; por su humildad -es manso y humilde de corazón-; etc. Anunció el Reino de Dios, invitando a la conversión. Acudían a oírle gente de todas las condiciones sociales, y todos quedaban admirados de la sublimidad de su doctrina. De entre la multitud que escuchaba estas palabras, unos decían: “Éste el verdaderamente el profeta”. Otros: “Éste es el Cristo” (Jn 7, 40-41). E incluso los alguaciles que habían enviado los príncipes de los sacerdotes para prender a Jesús reconocieron: Jamás habló así hombre alguno (Jn 7, 46).

Los que estaban en la sinagoga quedaron admirados de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas (Mc 1, 22). Cristo trae la Buena Nueva, un mensaje de salvación. El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a los que son esclavos de muchos espíritus malignos de este mundo: el espíritu de vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad… (Papa Francisco). El Señor habla de los misterios de Dios y de las relaciones entre los hombres; explica su doctrina con sencillez y con potestad, porque habla de lo que sabe y da testimonio de lo que ha visto.

Y no como los escribas. Estos enseñaban también al pueblo lo que está escrito en Moisés y en los Profetas; pero Jesús predicaba al pueblo como Dios y Señor del mismo Moisés. Además, primero hace y después dice, y no es como los escribas que dicen y no hacen. La predicación del Señor, el anuncio de Reino de Dios invitando a la conversión cambia los corazones y la vida de los que le escuchan; transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. Además, Jesucristo nos enseñó a dirigirnos a Dios llamándole Padre nuestro, pues Dios es el Padre de todos los hombres; y, por consiguiente, todos los hombres somos hermanos y miembros de una sola familia: la familia de los hijos de Dios.

Puesto que el Evangelio es capaz de cambiar a las personas, es tarea de los cristianos, difundir por doquier la fuerza redentora de la Palabra de Dios. Es misión nuestra llevar la luz de Cristo a todas las naciones, indicando a los hombres el verdadero camino. Hemos de acercar a otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor.

Aconsejaba san Juan Pablo II: Id a Belén, allí nació Cristo; id a Nazaret, allí pasó los treinta años de su vida oculta; deteneos en las riberas del lago de Galilea y en tantos lugares de Tierra Santa, donde Él enseñó y realizó milagros, dando signos de su poder divino; y, sobre todo, id a Jerusalén, donde fue crucificado para quitar los pecados del mundo y revelarse como Redentor del hombre, id a Jerusalén, donde resucitó al tercer día, manifestando el poder de vida que hay en Él, vida que es más fuerte que la muerte física y espiritual.

Está Jesús hablando y he aquí que en la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo, que interrumpe al Señor gritando: “¿Qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú: el Santo de Dios!” Y Jesús le conminó diciendo: “Calla, y sal de él”. Entonces, es espíritu inmundo, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él (Mc 1, 24-26). Jesucristo es el Verbo de Dios encarnado, la Palabra de Dios, la Luz que ilumina a todo hombre y disipa las tinieblas del pecado. Cristo vino al mundo para liberar al hombre de la triple esclavitud a la que estaba sometido: demonio, pecado y muerte.

En el Evangelio vemos la oposición del demonio a Jesús. Al principio, en el desierto de forma solapada y sutil, pero después va apareciendo cada vez más clara y violenta como se manifiesta en los endemoniados; y radical y total en la Pasión, que es la hora y el poder de las tinieblas (Lc 22, 53). Pero la victoria es siempre del Señor. En Cafarnaún, la victoria sobre el espíritu inmundo, nombre que se daba corrientemente al demonio, es una señal clara de que ha llegado la salvación divina. Jesús, venciendo al Maligno, se revela como el Mesías, el Salvador, con un poder superior al de los demonios. A lo largo del Evangelio se hace patente la lucha continua y victoriosa del Señor sobre el demonio.

Comentando este pasaje evangélico, san Juan Crisóstomo dice: El demonio es llamado inmundo por su impiedad y alejamiento de Dios, y porque se mezcla en toda obra mala y contraria a Dios. Reconoce de alguna manera la santidad de Cristo, pero su conocimiento no va acompañado por la caridad. Además del hecho histórico concreto, podemos ver en este endemoniado a los pecadores que quieren convertirse a Dios, liberándose de la esclavitud del demonio y del pecado. La lucha puede ser larga, pero terminará con una victoria: el espíritu maligno no puede nada contra Cristo.

Y se quedaron todos asombrados, de modo que se preguntaban entre sí diciendo: ¿Qué nueva es esta doctrina? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Manda incluso a los espíritus inmundos y le obedecen. (Mc 1, 27). Y es que el mensaje que Cristo trajo al mundo es un programa lleno de vida que da solución a los problemas de la vida y libera al hombre de las cadenas del pecado. En él se descubre la grandeza de la propia humanidad. La doctrina cristiana eleva al hombre y lo lleva hacia Dios; abre la esperanza y la posibilidad de construir una sociedad mejor basada en la justicia, en el amor, en la paz y en la solidaridad de todos.

Y su fama corrió pronto por doquier en toda la región de Galilea (Mc 1, 28). La misma autoridad que Jesús muestra en la exposición de su doctrina aparece en sus hechos. Lo hace con su sólo querer, sin necesitar invocaciones ni conjuros. Las palabras y los hechos del Señor transparentan un poder divino que llena de admiración a quienes le escuchan y observan.

¿Qué nueva es esta doctrina?, se preguntaban los que oyeron las palabras del Maestro. Es una doctrina que hace entender la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 6), que habla del valor del esfuerzo y del sacrificio. Además, encarece trabajar por aliviar sufrimientos y dolores, y a abrirse a las necesidades de todos los seres humanos, aunque ello implique esfuerzo y sacrificio. Es un mensaje que salva.

Recibamos con docilidad lo que Cristo nos enseña, y tengamos en cuenta que solamente a la Iglesia se le ha encomendado el oficio de interpretar auténticamente lo que Dios ha querido revelar a los hombres. Y esta tarea la ejercita en nombre de Jesucristo. Por eso, nadie se puede apartar de sus enseñanzas sin peligro de perder la fe. Existe la obligación de conocer bien la doctrina cristiana. Especialmente hay que dar a conocer lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre temas de candente actualidad, como los que se refieren al carácter sagrado de la vida humana y su defensa; la dignidad del matrimonio, recalcando su unidad y su indisolubilidad; el fin sobrenatural de la Iglesia; la santidad del sacerdocio; la incomparable grandeza del Sacramento de la Eucaristía; el valor de los sacramentos…

La fidelidad a Cristo lleva consigo aceptar con docilidad las enseñanzas de la Iglesia. No sería fiel a Cristo quien se dejase arrastrar por doctrinas e ideologías contrarias a la doctrina expuesta por la Iglesia.

Éstos son los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy.

Jesucristo envió a sus apóstoles por todo el mundo para que difundieran sus enseñanzas. Y así lo hicieron. En las cartas de san Pablo está recogida una parte de la doctrina cristiana. En la carta primera a los cristianos de Corinto habla de la excelencia de la virginidad, tanto la de las mujeres como la de los hombres, por amor a Dios, sobre el matrimonio. Es una doctrina declarada expresamente por el Magisterio de la Iglesia, fundamentada en estas palabras del Señor: Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda (Mt 19, 12). Con este sentido figurado de hablar se refiere el Señor a los que por amor suyo renuncian al matrimonio y le ofrecen totalmente su vida. La virginidad por amor de Dios es uno de los carismas más preciados en la Iglesia, se significa con la propia vida el estado de los bienaventurados que en el Cielo son como ángeles. Por eso escribe el Apóstol de los gentiles: Os quiero libres de preocupaciones. El que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y está dividido. La mujer no casada y la virgen están solícitas de las cosas del Señor, para ser santas en el cuerpo y en el espíritu; la casada, sin embargo, se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto sólo para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino mirando lo que es más noble y el trato con el Señor, sin otras solicitudes (1 Co 7, 32-35).

San Pablo aclara que en esto no tiene precepto del Señor, pero aconseja el celibato, y con su consejo, por la misericordia del Señor que lo eligió como apóstol, tiene autoridad. Los motivos que señala se reducen a uno: el amor de Dios, al cual puede dedicarse el célibe con una exclusividad que no se da en la persona casada, que debe atender a su familia. Esta dedicación exclusiva a Dios llevará consigo una vida plena y fecunda, porque posibilita para amar y darse a todos los hombres, con mayor libertad y disponibilidad. La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único Misterio de la Alianza de Dios con su pueblo. Cuando no se estima el matrimonio, no puede existir tampoco la virginidad consagrada; cuando la sexualidad humana no se considera un gran valor donado por el Creador, pierde significado la renuncia por el Reino de los cielos (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, n. 16).

Nos fijamos en Santa María, que escucha, que vive de la palabra de Dios, que guarda en su corazón las palabras que le vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas; Ella es la creyente por excelencia que, llena de confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad. Aprendamos de la Virgen que, cuando la misión del Hijo lo exige, se aparta; y, al mismo tiempo, a la mujer valiente que, mientras los discípulos huyen, está al pie de la cruz.

LLAMADA DE DIOS Y RESPUESTA DEL HOMBRE. Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

En el libro I Samuel se narra la llamada que Dios hizo a Samuel. Éste era un chico joven que servía a Dios junto al sacerdote Elí en el Santuario del Señor donde estaba el arca de Dios. Una noche, estando ya acostado Samuel, el Señor le llamó: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “¡Aquí estoy!”, y corrió donde Elí diciendo: “¡Aquí estoy, porque me has llamado”. Pero Elí le contestó: “Yo no te he llamado; vuélvete a acostar”. Él se fue y se acostó (1 S 3, 4-5). Pero después volvió a repetirse la llamada de Dios, y Samuel reaccionó de la misma manera. Elí le dijo de nuevo que se acostara. Por tercera vez el Señor llamó a Samuel, y éste hizo lo mismo que las veces anteriores. Comprendió entonces Elí que era el Señor quien llamaba al joven, y dijo a Samuel: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Samuel se fue y se acostó en su sitio. Vino el Señor, se presentó y llamó como las veces anteriores: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3, 9-10).

Este relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión. Se narra con gran viveza un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre el joven y el sacerdote Elí, que culmina en una fórmula maravillosa de disponibilidad. Aquí estoy porque me has llamado (1 S 3, 8). Está dispuesto a hacer lo que el Señor le pida. Por eso pide al Señor que le hable, que le muestre su voluntad respecto a él. Se pone a la escucha de la palabra de Dios. He aquí la esencia de la vocación: llamada por parte de Dios y respuesta afirmativa del llamado. La consecuencia es clara: El Señor estaba con él (1 S 3, 19).

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos, por su pueblo.

Toda vocación que es una muestra de predilección por parte de Dios. La vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de entrega total. Quien responde que sí a la llamada de Dios encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia (Benedicto XVI).

Dios llamó a Samuel para que fuera profeta, para que transmitiera fielmente al pueblo elegido el mensaje que recibía del Cielo. Y Cristo tiene una misión especial para cada persona, una misión que sólo ella puede desempeñar. Sin su cooperación, quedaría incumplida. Cristo conduce a cada persona hacia su destino. Y esa persona lo mejor que puede hacer es aceptar el ofrecimiento del Señor cuando le tiende la mano, revelándole su amor misericordioso. A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos (Santo Tomás de Aquino).

Hay que escuchar atentamente a Dios, meditar su palabra. También hoy día muchos jóvenes sienten en sus corazones la “llamada” a acercarse a Jesús, y están emocionados, no se avergüenzan de ser cristianos, de dar una demostración pública de su fe en Jesucristo y quieren seguirlo. Jóvenes que tienen vocación, pero a veces hay algo que detiene a algunos. Tenemos que orar para que los corazones de estos jóvenes puedan vaciarse, vaciarse de otros intereses, otros amores, para que el corazón se vuelva libre. Y esta es la oración por las vocaciones: “Señor, envíanos, envíanos monjas, envíanos sacerdotes, defiéndelos de la idolatría, de la idolatría de la vanidad, de la idolatría de la soberbia, de la idolatría del poder, de la idolatría del dinero”. Y nuestra oración es para preparar estos corazones para que puedan seguir de cerca a Jesús (Papa Francisco).

La llamada del Señor es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. Quien es así invitado puede preguntarse: Señor, ¿por qué precisamente a mí? La respuesta está en el Evangelio: Jesús llamó a los que él quiso (Mc 3, 13). La iniciativa de la vocación es divina, y la vocación es un don gratuito al que se debe corresponder con la entrega de sí mismo.

Jesús nos pide que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. Se trata de un gran desafío para la fe. Jesús no tuvo miedo de preguntar a sus discípulos si querían seguirle de verdad o si preferían irse por otros caminos (cf. Ju 6, 67). Y Simón, llamado Pedro, tuvo el valor de contestar: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Si sabéis decir “sí” a Jesús, entonces vuestra vida se llenará de significado y será fecunda (Papa Francisco).

En el Evangelio se conservan hermosas respuestas dadas al Señor que llamaba. La de Pedro y la de Andrés su hermano: Ellos dejaron al instante las redes y le siguieron (Mt 4, 20). La del publicano Leví: Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió (Lc 5, 28). En los Hechos de los Apóstoles está la respuesta de Saulo: ¿Qué he de hacer, Señor? (Hch 22, 10). Desde los tiempos de la primera proclamación del Evangelio hasta nuestros días, un grandísimo número de hombres y mujeres han dado su respuesta personal, su libre y consciente respuesta a Cristo que llama… y han seguido al Señor. Han dedicado sus vidas al servicio del Pueblo de Dios y de la humanidad, con fe, con inteligencia, con valentía y con amor.

San Juan Pablo II fue un papa que conectó muy bien con la gente joven. No desaprovechaba sus encuentros con la juventud para hablarles a los jóvenes de vocación, para decirles que Dios cuenta con ellos. Nuestra vocación es un don de Dios. Debemos hacer algo bueno. Hay muchas maneras de gastar bien la vida, poniéndola al servicio de ideales humanos y cristianos. Cristo llama a muchos de entre vosotros a esta extraordinaria aventura. Él necesita, quiere tener necesidad de vuestras personas, de vuestra inteligencia, de vuestras energías, de vuestra fe, de vuestro amor y de vuestra santidad. Quiere hablar a los hombres de hoy con vuestra voz. Amar con vuestro corazón. Ayudar con vuestras manos. Salvar con vuestra fatiga. Pensadlo bien. La respuesta que muchos de vosotros pueden dar, está dirigida personalmente a Cristo, que os llama a estas grandes cosas. Encontraréis dificultades. ¿Creéis quizás que yo no las conozco? Os digo que el amor vence cualquier dificultad. La verdadera respuesta a cada vocación obra de amor. Esta fuerza de amor os la ofrece Él mismo, como don que se añade al don de su llamada y hace posible vuestra respuesta. Tened confianza. Y, si podéis, dad vuestra vida con alegría, sin miedo, a Él que antes dio la suya por vosotros.

Lo normal es que Dios nos muestre su voluntad, lo que quiere de nosotros, en la oración. Jesús llamó a Andrés, a Pedro, a Juan y a Santiago para que le siguieran cuando estos estaban en la orilla del mar de Tiberíades faenando en las cosas de la pesca. Pero antes, ya había hablado con ellos (con Santiago, seguramente también, aunque no consta en el Evangelio). San Juan narra su encuentro con el Señor. Al día siguiente estaba allí de nuevo Juan y dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, al oírle hablar así, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús y, viendo que le seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabbí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Les respondió: venid y veréis. Fueron y vieron dónde vivía, y permanecieron aquel día con él. Era alrededor de la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y siguieron a Jesús (Jn 1, 35-40).

Permanecieron aquel día con Él. Fueron horas de conversación, de un diálogo confiado de aquellos dos jóvenes con el Señor. Sin prisas. Aquella conversación fue oración. También nosotros necesitamos dedicar tiempo para tener un diálogo divino y humano como el que tuvieron Andrés y Juan. Cuando acudimos al Sagrario para orar, tenemos la certeza de estar con Aquél que puede saciar nuestra sed de verdad. Dios nos habla. Su palabra, llena de autenticidad, penetra hasta lo más interior de nuestro ser. Y así Dios prepara nuestros corazones para oír su llamada.

Jesús eligió a los Apóstoles. Los llamó por su nombre para que permanecieran con Él y para enviarles a predicar. Todo el que recibe de Dios una llamada es para hacer algo, cumplir una misión, pero sin dejar de estar con el Señor, sin descuidar el trato con Dios en la oración. Está llamado a permanecer con Él. Sígueme es el término usual de Jesús para llamar a sus discípulos. En vida de Jesús la invitación a seguirle implicaba acompañarle en su ministerio público, escuchar su doctrina, imitar su modo de vida… Una vez que el Señor subió a los Cielos, el seguimiento no es ya, evidentemente, un acompañamiento físico por los caminos de Palestina, sino que el cristiano debe vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con san Pablo, “non vivo ego, vivit vero in me Christus” (Ga 2, 30), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí (San Josemaría Escrivá). En cualquier caso, la invitación del Señor comporta siempre un ponerse en camino, la exigencia de una vida de esfuerzo y de lucha por cumplir en cada momento la Voluntad divina aunque requiera una entrega abnegada y generosa.

En el Evangelio Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie. Él sabe bien lo que le espera en Jerusalén, cuál es el camino que el Padre le pide que recorra: es el camino de la cruz, del sacrificio de sí mismo para el perdón de nuestros pecados. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. Pero Jesús no quiere realizar esta obra solo: quiere implicarnos también a nosotros en la misión que el Padre le ha confiado. Después de la resurrección dirá a sus discípulos: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio (Papa Francisco).

Sólo un corazón limpio puede amar plenamente a Dios. Sólo con un corazón limpio se puede seguir de cerca a Jesús. Con el lujurioso no está el Señor. Cristo ni siquiera abrió la boca para decir palabra alguna al rey Herodes. La impureza de corazón provoca la insensibilidad para las cosas de Dios, hace sordos los oídos para oír la llamada del Señor. Por eso san Pablo: ¡Huid de la fornicación! Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; mas el que fornica, peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 18-20). La lujuria entorpece, animaliza. La fornicación supone no sólo una profanación del Cuerpo de Cristo¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? (1 Co 6, 15)- sino también del templo del Espíritu Santo que es el cristiano, ya que Dios inhabita en el alma, por la gracia como en un templo.

No es posible ser testigo de Cristo sin la castidad, pecando contra la castidad. El pecado contra la castidad es un contratestimonio para los miembros de Cristo, porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias (Ga 5, 24). Por eso, hemos de tener una actitud vigilante para reconocer al Señor cuando se nos presente a lo largo de la vida de una manera sencilla y sin aparato. Y para eso habremos de guardar los sentidos, que son como las puertas del alma, y evitar que las potencias se adormezcan; será, pues, necesario luchar, porque los sentidos tienden a lo que resulta inmediatamente grato y placentero: y podríamos entonces no reconocer a Cristo que nos visita, como les ocurrió a sus paisanos de Nazaret. No basta tampoco ver en Él a un personaje grandioso en lo humano; es preciso creer que es el Hijo de Dios, el Redentor.

Santa María respondió al mensajero celestial: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Aceptando el mensaje divino, se entregó con todo su corazón -un corazón purísimo- a cumplir la voluntad salvífica de Dios, consagrándose totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra redentora de su Hijo. Que nosotros, siguiendo su ejemplo, respondamos siempre afirmativamente a todo lo que Dios nos pida, sirviéndole con un corazón limpio, enamorado de Jesucristo.

Homilía del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ODINARIO (C)

Lecturas: Ml 3, 19-20a; 2 Ts 3, 7-12; Lc 21, 5-19

Un deber. Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Con estas palabras, san Pablo nos dice que el trabajo es un deber. Además, el trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo. Imitemos a Cristo. Su vida fue una vida de trabajo, de trabajo intenso. Primero, en Nazaret, en el taller de san José; y después, durante su ministerio público, con jornadas agotadoras, desplazándose de un sitio para otro, a veces alargando el día con las horas de la noche. Pido a Dios que te sirvan también de modelo la adolescencia y la juventud de Jesús, lo mismo cuando argumentaba con los doctores del Templo, que cuando trabajaba en el taller de José (San Josemaría Escrivá).

El trabajo es algo bueno, participación del poder divino. Cuando realizamos un trabajo, estamos colaborando en los planes de Dios. En su ocupación profesional el hombre, la mujer, pone en juego su inteligencia, su voluntad, su creatividad; en el trabajo, se desarrollan múltiples virtudes, como la justicia, la caridad, la prudencia, el espíritu de servicio, etc. En el trabajo, la persona se forja a sí misma y se integra en la sociedad (Mons. Javier Echevarría).

No es excusa. Alguno dirá: Pero yo estoy jubilado. También ése tiene que imitar a Jesús de Nazaret en su vida de trabajo. No solamente es trabajo el que se realiza en una factoría, en un despacho de abogados, en un cuartel, en un comercio, en la universidad o en el colegio, en un hospital o en calle dirigiendo la circulación. Aquí el etcétera que puede ser todo lo amplio que se quiera. También es trabajo es el que se realiza en el hogar, en las tareas domésticas o en tareas de mantenimiento del edificio o cuidando que las cosas estén ordenadas.

O todo lo que hacemos por el bien del prójimo, como puede ser acompañar a pasear a una persona que casi no puede andar, o visitar a enfermos o ancianos que están muy solos, o el dar catequesis a unos chavales, o explicar doctrina cristiana en una parroquia a un grupo de novios de un curso prematrimonial, o dar una charla de formación a una serie de personas.

En la cumbre de las actividades humanas. Pero, Señor -dirán otros-. Si yo no me puedo mover. Además, la vista me falla, estoy enfermo y cargado de achaques. ¿Cómo te puedo imitar en tu vida de trabajo? También la oración es trabajo. Ofrece esas molestias; sonríe aunque no te apetezca; déjate cuidar sin dar más trabajo del necesario. Para ti, ésa es la forma que tienes de santificar tu trabajo.

Trabaja siempre, y en todo, con sacrificio, para poner a Cristo en la cumbre de las actividades de los hombres (San Josemaría Escrivá). ¿Qué era Babel, sino un proyecto de una ciudad levantada mediante un trabajo lleno de orgullo frente a Dios y con el propósito de que llegara hasta el Cielo? ¿Y qué es la existencia humana sino Cristo levantado en la Cruz, por medio del trabajo de sus discípulos, hecho de amor y de obediencia, que atrae a las personas y a las cosas hasta la gloria del Cielo?

Homilía del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 2 M 7, 1-2.9-14; 2 Ts 2, 16 – 3, 5; Lc 20, 27-38

Vale la pena. Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres. En la 1ª lectura hemos leído el martirio de siete hermanos con su madre. Todos ellos profesaron un gran amor a Dios y sólo conocieron el temor de ofenderle. En todas las épocas de la vida de la Iglesia ha habido mártires. El primer mártir cristiano fue san Esteban, que siguió al pie de la letra la enseñanza de Cristo y su ejemplo. En el momento de ser martirizado san Esteban rogaba al Señor que no tuviera en cuenta el pecado de aquellos que le estaban lapidando. Esto -rezar por sus perseguidores- lo han hecho a lo largo de dos milenios todos los mártires cristianos.

Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Bien convencido de esto estaba santo Tomás Moro. Prisionero en la Torre de Londres, su mujer fue a verle y le dijo que prestara el juramento que exigía el rey, para salvar la vida. Bueno, Alicia -dijo Tomás-, ¿y por cuánto tiempo piensas que podré gozar de esta vida? Su mujer contestó: Por lo menos veinte años, Dios mediante. Y Tomás replicó: Mi buena mujer, no sirves para negociante. ¿Es que quieres que cambie la eternidad por veinte años?

Fortaleza para vencer. El Señor que es fiel os dará fuerzas y os librará del Maligno. El lema de la División Mecanizada Guzmán el Bueno era: Sed fuertes en la guerra. Como la vida del hombre sobre la tierra es milicia (Jb 7, 1) y hay que pelear contra los enemigos muy poderosos -el mundo, el demonio y la carne-, necesitamos la virtud de la fortaleza. Vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros. Resistidle firmes en la fe (1 P 5, 8-9). Sepamos mantener el combate sin doblegarnos ante las dificultades o ante el cansancio, o ante la propia fragilidad. ¡Señor, danos fortaleza!, la necesitamos para salir victoriosos en las batallas que nos plantea el diablo.

El Catecismo de la Iglesia Católica define la fortaleza como la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones.

El martirio. El cristianismo nace de un acto sublime de fortaleza y de caridad: la muerte de Cristo en la Cruz; y se ha desarrollado gracias también a la sangre de los mártires. Nadie como el cristiano se siente comprendido en sus flaquezas, disculpado en sus errores, perdonado en sus pecados. Pero nadie como el cristiano se sabe solicitado al ejercicio de la fortaleza, hasta el extremo.

Los mártires son ejemplos admirables para todos los cristianos. El martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II).

Homilía del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Sb 11, 22 – 12, 2; 2 Ts 1, 11 – 2, 2; Lc 19, 1-10

Mucho más. Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Zaqueo había oído hablar de Cristo, del nuevo Profeta que surgido de Galilea. Se entera de que Jesús va a pasar por Jericó, su ciudad. Es su oportunidad. Quizá no se presente otra ocasión para conocerle. Decide aprovechar aquella oportunidad; pero surgen dificultades: hay demasiada gente y él es bajo de estatura. No se echa atrás. Pone los medios. Se sube a un árbol. Vence los respetos humanos. Y consigue mucho más de los que pretendía. Quería ver a Jesús; pero he aquí que Jesucristo le llama, se mete en su vida. Zaqueo se convierte. Es generoso y dice sí a Dios, correspondiendo a la gracia.

Saltándose los respetos humanos. Así debe hacer todo hombre en su búsqueda de Dios: ni la falsa vergüenza ni el miedo al ridículo deben impedir que ponga los medios para encontrar al Señor. Dios siempre premia el esfuerzo que el hombre realiza por encontrarle. Una vez convertido, Zaqueo no tiene vergüenza de manifestar su propósito de iniciar una nueva vida, devolviendo el cuádruplo de lo que había defraudado y dando la mitad de sus bienes a los pobres.

Unas preguntas. Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá). ¡Fuera los respetos humanos! ¿Vergüenza para formar una familia numerosa? ¿Vergüenza para bendecir la comida cuando hay invitados en la mesa o cuando estás en un restaurante? ¿Vergüenza para decirles a unos compañeros entretenidos en ver cierto tipo de revistas que la pornografía los embrutece, y que no son más hombres por dejarse llevar por las más bajas pasiones? ¿Vergüenza para asistir a Misa los domingos porque los amigos del barrio te pueden ver entrar en la iglesia?

Y podemos continuar con más preguntas: ¿Vergüenza para hacer una genuflexión al pasar delante del Sagrario o para ponerte de rodillas durante la consagración y elevación de la Sagrada Hostia durante la Eucaristía? ¿Vergüenza para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean? ¿Vergüenza para salir en defensa de la Iglesia o del Papa? ¿Vergüenza para hablar de Dios? ¿Vergüenza para confesarte?

La misión de salvar. Muchos murmuraron contra Jesús porque entró en casa de Zaqueo, que era jefe de publicanos y rico. Ante estas críticas maliciosas, el Señor, en vez de excusarse por tratar afectuosamente a quien los murmuradores consideraban un pecador, manifiesta claramente que ha venido a eso: a buscar a los pecadores. Jesucristo es el Salvador de los hombres; ha curado a muchos enfermos, ha resucitado a muertos, pero sobre todo ha traído el perdón de los pecados y el don de la gracia. En esta ocasión, Jesús trae la salvación a Zaqueo, puesto que la misión del Hijo del Hombre es salvar lo que estaba perdido.

Jesús llamó individualmente, por su nombre a Zaqueo pidiéndole que lo recibiera en su casa. El evangelista subraya que lo recibió prontamente y con alegría. Así debemos responder nosotros a las llamadas que Dios nos hace por medio de su gracia.

Homilía del XXX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Si 35, 12-14.16-18; 2 Tm 4, 6-8.16-18; Lc 18, 9-14

Vale pena. El Señor es un Dios justo que no puede ser parcial. Dios es remunerador, premia a los buenos y castiga a los malos; un juez justo, que retribuye a cada uno según sus obras. Dios no hace acepción de personas (Ga 2, 6). No desestima la súplica del huérfano, ni de la viuda, cuando se desahoga en lamentos. La 1ª lectura es una invitación a confiar en Dios; Él no olvida del bien realizado ni quién lo hace. Esta confianza en la bondad divina de ninguna manera debe llevar al pecado de presunción, pues todo el mal que hacen los malos se registra (San Agustín).

En la 2ª lectura, san Pablo escribe a Timoteo: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día, y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. Al contemplar la proximidad de su muerte, el Apóstol expresa su esperanza en la recompensa que Dios le va a conceder por su vida entregada a la causa del Evangelio. También Juan Pablo II se expresó de forma parecida al final de su vida: Vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!, porque Dios lo premiará con la vida eterna.

Humildad y contrición. En el pasaje evangélico, Cristo presenta dos tipos humanos contrapuestos: el fariseo, meticuloso en el cumplimiento externo de la Ley; y el publicano, considerado un pecador público. El primero, en su oración, llevado por su orgullo y creyéndose ya justo, se jacta de lo bueno que hace. Es una oración llena de vanidad, de autocomplacencia y, por tanto, no grata a Dios. La recompensa por sus buenas obras se desvanece en el humo de la vanagloria, debido a su soberbia.

Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador. La oración del publicano, una simple jaculatoria, llena de humildad y de arrepentimiento sincero, alcanza misericordia de Dios. Con razón algunos han dicho que la oración justifica, porque la oración contrita o la contrición orante eleva el alma a Dios, la une a su bondad y obtiene su perdón en virtud del amor divino que le comunica este santo movimiento (San Francisco de Sales).

Dolor de amor. La contrición, que es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar, es necesaria para la confesión. No despreciará Dios un corazón contrito y humillado (Sal 50, 9). ¡Qué pena dan las personas que, adoptando la actitud del fariseo, dicen: No tengo nada de qué arrepentirme. Nosotros, si queremos que se nos perdonen los pecados, diremos como el publicano: Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador.

Nuestras miserias no deben desalentarnos. Reaccionemos enseguida con humildad y con dolor de amor. Si hay contrición, las propias flaquezas pueden ser causa de una mayor humildad y unión con el Señor. La verdadera contrición lleva siempre al sacramento de la Penitencia. No hay contrición cuando se desprecia este sacramento instituido por Cristo precisamente para perdonar los pecados. No es suficiente el arrepentimiento para borrar los pecados sin el deseo de acudir a la Confesión.

Homilía del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Ex 17, 8-13; 2 Tm 3, 14 – 4, 2; Lc 18, 1-8

Oración insistente. Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desfallecer. Las lecturas bíblicas de este domingo tienen como tema principal la oración. Esta palabra de Dios que hemos leído contiene un mensaje que está destinado a iluminar en profundidad la conciencia de los cristianos. En el mundo actual, ante las realidades sociales difíciles y complejas, es preciso reforzar la esperanza, que se funda en la fe y se expresa en una oración incansable.

Se puede resumir así: la fe es la fuerza que en silencio, sin hacer ruido, cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios, y la oración es expresión de la fe. Cuando la fe se colma de amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, la oración se hace perseverante, insistente; se convierte en un gemido del espíritu, un grito del alma que penetra en el corazón de Dios. De este modo, la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo (Benedicto XVI).

Manos alzadas hacia Dios. En la 1ª lectura se narra la batalla entre los israelitas y los amalecitas. Fue la oración elevada con fe a Dios lo que determinó que la victoria fuera para el pueblo elegido. Mientras Josué y sus hombres luchaban contra sus enemigos, en el monte Moisés tenía levantadas las manos en actitud orante. Las manos levantadas de Moisés garantizaron que el desenlace de la batalla fuera favorable a Israel. Dios estaba con su pueblo, quería su victoria, pero condicionaba su intervención a que Moisés tuviera en alto las manos, suplicando por los suyos.

Parece increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los brazos elevados de Moisés hacen pensar en los de Jesús en la cruz: brazos extendidos y clavados con los que el Redentor venció la batalla decisiva contra el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas sobre el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreciéndose con su mismo amor, hasta el fin del mundo (Benedicto XVI).

Oración, fuerza de esperanza. La oración mantiene encendida la llama de la fe. Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra? Esta pregunta nos tiene que hacer pensar. La fe es esperanza, abre la tierra a la fuerza divina, a la fuerza del bien. La figura de la viuda de la parábola evangélica representa a tantas personas sencillas y rectas que sufren atropellos, que se sienten impotentes ante determinadas injusticias sociales y que padecen la tentación del desaliento. Jesús parece sugerirles: observad con qué tenacidad esta pobre viuda insiste y al final logra que un juez injusto la escuche. ¿Cómo podríais pensar que vuestro Padre celestial, bueno, fiel y poderoso, que sólo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo?

La oración nos pone decididamente del lado del Señor para combatir la injusticia y vencer el mal con el bien. La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno. La oración cristiana es fuerza de esperanza, expresión máxima de la fe en el poder de Dios, que es Amor y no nos abandona.

Homilía del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: 2 R 5, 14-17; 2 Tm 2, 8-13; Lc 17, 11-19

Una petición. Le vinieron al encuentro diez leprosos, que a lo lejos se pararon, y levantando la voz, decían: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros En el pasaje evangélico que hemos leído se narra la curación milagrosa de diez leprosos. Es un episodio conmovedor en el que se manifiesta la misericordia del Señor. Según la Ley de Moisés, para evitar contagios, a los leprosos se les prohibía el trato con personas sanas.

Debían vivir apartados de la gente y dar muestras visibles de su enfermedad. Era, pues, muy dura su situación: alejados de sus familias y considerados apestados.

Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. ¿Cómo no va a tener piedad de ellos el que es rico en misericordia? Jesús, el Médico divino, durante su paso por la tierra, aunque ha venido a liberar a la humanidad de la triple esclavitud del pecado, de la muerte y de Satanás, también cura enfermedades del cuerpo. Y el corazón de Cristo se compadeció de aquellos diez hombres, cuya sola presencia era todo un espectáculo de miseria.

Una queja de Jesús. Viéndolos, les dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. En el camino quedaron limpios. Los diez leprosos reaccionaron con fe ante la indicación de Jesús. El Señor no les había curado de la lepra y, sin embargo, se pusieron en camino. Y fue entonces, mientras caminaban, cuando notaron que sus llagas desaparecían, que su carne dejaba de estar podrida, que habían recuperado la salud.

Uno de ellos, viéndose curado, volvió glorificando a Dios a grandes voces; y cayendo a sus pies, rostro en tierra, le daba las gracias. Era un samaritano. Éste, al darse cuenta de que ya no tenía lepra, se llenó de alegría; y antes de presentarse a los sacerdotes como prescribía la ley mosaica, volvió sus pasos hacia Jesús para agradecerle su curación. El Señor le mira y sale de su interior esta queja: ¿No han sido diez los curados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?

Acciones de gracias. A Jesús le duele la ingratitud de los nueve restantes. Seamos agradecidos con Dios porque nos ha creado y somos hijos suyos; porque Cristo nos ha redimido y nos ha abierto las puertas del Cielo. También, porque hemos sido bautizados en la Iglesia Católica. Por la infinidad de veces que nos ha perdonado en el sacramento de la Penitencia; por haberse quedado en la Sagrada Eucaristía para ser alimento de nuestra alma. Y podríamos seguir diciendo más motivos de agradecimiento.

Hemos de dar gracias siempre a Dios: Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él (Col 3, 17). Lo mismo aconsejaba san Josemaría Escrivá: Negar a nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios –porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido? (1 Co 4, 7)-, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura.

Homilía del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Ha 1, 2-3; 2, 2-4; 2 Tm 1, 6-8.13-14; Lc 17, 5-10

Don inestimable. Los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. La vida del cristiano es un camino de fe. Y hoy día, cuando la sociedad padece eclipse de Dios, el creyente debe profundizar más en la fe para poder realizar la nueva evangelización de un mundo que se aleja de Dios. También nosotros pedimos a Dios que nos aumente la fe. Una fe que queremos vivir con obras. Señor Jesús: Haz que, fieles a las promesas del Bautismo, vivamos con coherencia nuestra fe, dando testimonio constante de tu palabra, para que en la familia y en la sociedad resplandezca la luz vivificante del Evangelio (Juan Pablo II).

La fe es don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo. Con frecuencia, la pérdida de la fe se debe a un comportamiento pecaminoso. El incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios hace que a uno le asalte incluso la idea de que Dios no existe. Por el contrario, para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios.

Objeto de la fe. Se tiene fe cuando se cree firmemente todas las verdades reveladas por Dios, y que la Iglesia nos enseña en virtud de la autoridad que ha recibido del mismo Dios. Dos son los motivos fundamentales para creer. El primero, es la autoridad y soberana veracidad de Dios que las reveló y que no puede engañarse (es infinitamente sabio, por tanto no se puede equivocar) ni engañarnos (es infinitamente bueno, y la mentira va contra la bondad); y el segundo, es el magisterio infalible de la Iglesia que no puede equivocarse porque tiene una asistencia especial del Espíritu Santo que Cristo le prometió para enseñar sin error.

Por la virtud de la fe creemos en Dios, que ha hablado a todos los hombres; creemos a Dios, porque nos fiamos de su santidad y veracidad; y creemos lo que Dios ha revelado, que está en la Sagrada Escritura y en la Tradición. Para los católicos es necesario, en orden a la salvación, creer todas las verdades que están contenidas en el Credo, sin excluir ninguna.

Prudencia y vigilancia. Hay obligación de alimentar y guardar con prudencia y vigilancia la fe recibida, y rechazar todo lo que se opone a ella. Por eso, pecan contra la virtud de la fe los que se ponen voluntariamente en peligro de perder la fe. Del mismo modo que para conservar la salud nadie ingiere un alimento desconocido, sin informarse antes de si puede hacerle daño, también para conservar la fe es necesario tomar medidas de prudencia. Por ejemplo, antes de leer un libro cualquiera -sobre todo si trata de temas religiosos o de filosofía- hay obligación de informarse sobre su contenido con personas de criterio, y de abandonar su lectura en caso de que represente un peligro contra la fe.

También se debe evitar frecuentar determinados ambientes que representen un peligro concreto contra la fe. Quien de modo imprudente considerase que a él no le afectan esas lecturas o esos ambientes, por su madurez o formación, demostraría precisamente inmadurez y ligereza, muchas veces alimentadas por el amor propio o la curiosidad incontrolada.

Homilía del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

Lecturas: Am 6, 1a.4-7; 1 Tm 6, 11-16; Lc 16, 19-31

Ayuda al necesitado. La parábola que hemos leído tiene bastante actualidad. ¿Cuántos hay que viven como el rico Epulón? Personas con abundancia de bienes, que no ven a su lado pobres que carecen de lo más necesario para vivir; ricos que despilfarran el dinero en caprichos lujosos y no ayudan económicamente a los necesitados. Un texto del Concilio Vaticano II dice: Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio inculca el respeto al hombre, de forma que cada uno, sin excepción de nadie, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro.

Con esta parábola, Cristo nos habla de la supervivencia del alma después de la muerte y, por tanto, de la retribución ultraterrena. Después de la muerte el alma es juzgada por Dios de todos sus actos, recibiendo el premio o el castigo merecido. Quien se comporte como el rico Epulón, y no ayuda al desvalido, que no espere otra suerte distinta del rico de la parábola.

Retribución eterna. Otra enseñanza de esta parábola es que los bienes terrenos -también los sufrimientos- son efímeros: se acaban con la muerte. La vida del hombre es tiempo de prueba, donde hay posibilidad de pecar o de merecer. Al morir el hombre, comienza de forma inmediata para él el gozo del premio o el sufrimiento del castigo, merecidos durante la prueba de la vida. Las almas de todos los que mueren en gracia de Dios reciben el premio de la gloria eterna. Distinta suerte corren los que mueren en pecado; éstos, inmediatamente después de morir, van al infierno.

Quizás alguno se pregunte: ¿Pero hay gente que todavía cree en estas cosas? Para negar esta verdad de fe habría que arrancar bastantes páginas del Evangelio, las páginas en las que Cristo habla de este lugar de castigo eterno. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles. (…) E irán al suplicio eterno (Mt 25, 41.46). Más claro no se puede decir.

Sin cambio. En el diálogo entre el rico Epulón y Abrahán, éste dice al otro: Entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Con estas palabras se manifiesta que tras la muerte y resurrección no habrá lugar para penitencia alguna. Ni los impíos se arrepentirán y entrarán en el Reino, ni los justos pecarán y bajarán al infierno. Éste es un abismo infranqueable (Afraates).

Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite. Hay quienes dicen: Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia. A ésos les diría Abrahán: Si no escucháis la voz de los legítimos Pastores (el Papa, los Obispos); si no seguís la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, no es verdad que creáis en Dios, pues Jesucristo dijo: “Quien a vosotros os oye, a mí me oye; quien a vosotros os desprecia, a mí me desprecia; y quien a mí me desprecia, desprecia al que me ha enviado” (Lc 10, 16).