Archivo de la etiqueta: Todos los Santos

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (C)

Lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a

Todos los Santos. La Iglesia no sólo crece en este mundo, sino sobre todo en el “más allá”. Cada vez es más numerosa esa parte de la única Iglesia de Cristo que llamamos Iglesia triunfante. Allí está la inmensa multitud de almas que, después de haber pasado por la tierra, gozan de la bienaventuranza eterna del Cielo, de la visión beatífica. En esa muchedumbre no sólo están los santos reconocidos de forma oficial, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones, que se han esforzado por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer, como astros llenos de gloria, en el firmamento del Dios (Benedicto XVI).

Allí en el Cielo están todos los santos de toda la historia de la Iglesia. Característica común de todos ellos es la voluntad que tuvieron de encarnar en su vida el Evangelio, bajo el impulso del eterno animador del pueblo de Dios, que es el Espíritu Santo.

Cuerpo Místico de Cristo. Los santos del Cielo, las almas del Purgatorio y los que todavía estamos en este mundo, todos juntos formamos el Cuerpo místico de Cristo, cuya Cabeza es el Verbo encarnado; con Él y bajo Él tributamos a Dios Padre un incesante canto de gloria, por la virtud del Espíritu Santo. La consideración de este misterio de nuestra fe ha de movernos a dar gracias a Dios por su bondad y por la constante compañía de los santos, tratando de sacar más provecho de esta verdad tan consoladora (Mons. Javier Echevarría).

Las biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, han afrontado a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirio. Han perseverado en su entrega, “han pasado por la gran tribulación -se lee en el Apocalipsis- y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero”. Sus nombres están escritos en el libro de la vida; su morada eterna es el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él (Benedicto XVI).

Por el camino de la cruz. La fiesta de hoy nos invita al seguimiento de Jesús, que es el camino que lleva al Cielo. En la medida en que acogemos la propuesta del Maestro a seguirle y le seguimos, cada uno con sus circunstancias, también nosotros podemos participar de su bienaventuranza. Con Él lo imposible resulta posible. Incluso que un camello pase por el ojo de una aguja; con su ayuda, sólo con su ayuda, podemos llegar a la santidad.

Ahora bien, el seguimiento de Cristo es tomar la Cruz. No existe una santidad cómoda, sin sacrificio. La experiencia de la Iglesia demuestra que toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo. El que se fía de Cristo y lo ama con sinceridad, acepta morir a sí mismo, pues sabe que quien quiere guardar su vida para sí mismo la pierde, y quien se entrega encuentra así su vida.

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos (Ciclo B)

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (B)

Lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; 1 Jn 3, 1-3, Mt 5, 1-12a

El vestido blanco. Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido? Celebramos hoy a todos los que han alcanzado la meta y viven con Dios para siempre en el Cielo. Es una fiesta que nos llena de esperanza a los que peregrinamos aún por esta tierra; en un futuro más o menos cercano, por la infinita misericordia de Dios, la celebraremos en la gloria.

En la 1ª lectura se habla de vestiduras blancas. En el Cielo no nada manchado, y para entrar en el Paraíso, hay tener que tener el alma limpia, el vestido blanco. Quizás a la hora de la muerte haya pequeñas manchas -pecados veniales-; manchas que se quitan en el Purgatorio. El alma humana puede estar en estado de gracia o en pecado. No hay estados intermedios. No es posible estar mitad en gracia y mitad en pecado, de la misma manera que una mujer no puede estar medio embarazada: o está embarazada o no lo está.

Lo más importante. Una persona está en gracia de Dios -estado de gracia- cuando no tiene ningún pecado mortal en su alma. Si, por el contrario, ha cometido un pecado grave, mortal, el estado de su alma es de pecado. Así de sencillo. Estar en gracia es gozar de la amistad de Dios. Y vivir en pecado, es estar alejado de Dios, lo cual no es nada bueno, pues sólo Él es la verdadera fuente de la felicidad y de la alegría.

En la 2ª lectura, san Pablo nos dice: Seremos semejantes a Él (a Dios), porque le veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él, se hace puro como puro es Él. La esperanza es para los que peregrinamos aún. Esta virtud hace que nos vistamos con las vestiduras blancas para poder contemplar a Dios eternamente cara a cara. Pero estar en gracia nos hace felices ya aquí en este mundo porque estamos cerca de Dios. La gracia produce en nosotros la mayor alegría. Por eso se entiende muy bien lo que escribió san Josemaría Escrivá: Nada hay mejor en el mundo que estar en gracia de Dios. Que lo sepamos apreciar; es lo más importante.

La bienaventuranza eterna. Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha (Catecismo de la Iglesia Católica).

Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo. En el pasaje evangélico, Jesucristo, al hablarnos de las bienaventuranzas, nos indica el camino a seguir para alcanzar la meta, que no es otra que la visión beatífica. Se nos invita a ser pobres, misericordiosos, limpios de corazón, amantes de la paz y de la justicia… hasta que, como los santos, seamos bienaventurados plenamente, gozando la segunda parte de cada una de las bienaventuranzas.

Homilía de la Solemnidad de Todos los Santos

Día de alegría y esperanza. La Iglesia es Madre y Maestra, y hoy quiere que contemplemos el maravilloso misterio de la Comunión de los Santos, celebrando a todos aquellos que alcanzaron la meta de la santidad, y están en el Cielo viendo a Dios cara a cara. Los que aún peregrinamos por esta tierra no estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos, de santos: con ellos formamos el Cuerpo místico de Cristo, con ellos somos hijos de Dios, con ellos hemos sido santificados por el Espíritu Santo.

Es día de alegría y exultación. La liturgia nos invita a compartir el gozo celestial de los santos, a gustar su alegría. Es también día de esperanza. El glorioso ejército de los santos intercede por nosotros ante el Señor; nos acompaña en nuestro camino hacia el lugar que nos tiene preparado Dios, hacia el Reino de los cielos. Además, nos estimula a mantener nuestra mirada fija en Jesús, nuestro Señor y Redentor, que vendrá al final de los tiempos en la gloria en medio de sus santos.

Madre de santos. La fiesta de Todos los Santos manifiesta la belleza de la Iglesia. Ella, esposa inmaculada de Cristo, es madre de los santos, fuente y modelo de santidad. Ciertamente, también tiene hijos díscolos e incluso rebeldes, pero es en los santos donde reconoce sus rasgos característicos, y precisamente en ellos encuentra su alegría más profunda.

Fijémonos en los santos. En primer lugar, en su número. San Juan, en el Apocalipsis, los describe como una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. En esa muchedumbre están los santos del Antiguo Testamento. También los santos que aparecen en el Nuevo Testamento. Y además, todos los santos de toda la historia de la Iglesia. Ellos son un argumento vivo en favor del camino que conduce al reino de los cielos. Son hombres, como cada uno de nosotros, que han recorrido este camino en el curso de vida terrena, y que han llegado. Hombres que construían su propia vida sobre la roca; sobre la roca, no sobre arena movediza. ¿Cuál es esta roca? Es la voluntad del Padre, que se manifiesta en la alianza antigua y nueva, en los mandamientos del Decálogo y en todo el Evangelio.

Afán de santidad. En esta solemnidad, al contemplar el luminoso ejemplo de los santos, surge en cada uno de nosotros el deseo de ser como ellos, felices por vivir cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos de Dios, el deseo inmenso de alcanzar la santidad.

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser santos, amigos de Dios? A esta pregunta se puede responder ante todo de forma negativa: para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales. Luego viene la respuesta positiva: es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. “Si alguno me quiere servir -nos exhorta-, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará” (Jn 12, 26) (Benedicto XVI).

Solemnidad de Todos los Santos

Del Martirologio Romano

Solemnidad de Todos los Santos, que están con Cristo en la gloria.

En el gozo único de esta festividad, la Iglesia Santa, todavía peregrina en la tierra, celebra la memoria de aquellos cuya compañía alegra los cielos, recibiendo así el estímulo de su ejemplo, la dicha de su patrocinio y, un día, la corona del triunfo en la visión eterna de la divina Majestad.