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Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (CicloB)

Al iniciar un nuevo año, la Iglesia nos invita a entrar en la escuela de María, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso (Benedicto XVI). En el día primero del año, la liturgia de la Iglesia celebra la maternidad divina de la Virgen. María es Madre de Dios. Ésta es una verdad profesada siempre por los cristianos. Cuando Nestorio negó a María el título de theotocos -Madre de Dios- todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica, y el Concilio de Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. La solemnidad de Santa María, Madre de Dios, celebra un misterio y un acontecimiento histórico: Jesucristo, persona divina, nació de María Virgen, la cual es, en el sentido más pleno, su madre.

Llamada en el Evangelio según san Juan la Madre de Jesús (Jn 2, 1), María es aclamada por santa Isabel bajo el impulso del Espíritu Santo como la madre de mi Señor (Lc 1, 43) desde antes del nacimiento de su Hijo. En efecto, aquél que ella concibió como hombre, por obra del Espíritu Santo, y que se ha hecho verdaderamente su Hijo según la carne, no es otro que el hijo eterno del Padre, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia confiesa que Santa María es verdaderamente Madre de Dios.

En Navidad se manifestó la bondad de Dios que Jesús vino a traer al mundo. Dios se reveló en el rostro de un hombre, Jesús, nacido de mujer (Ga 4, 4). Él es la bendición para cada persona y para toda la familia humana. Él, Jesús, es fuente de gracia, misericordia y paz. El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz (Nm 6, 24-26). Estas palabras que Dios quiso que Moisés se las dijera a Aarón y a los hijos de éste, también están dirigidas a los cristianos. En Jesús vemos el rostro misericordioso de Dios; Él nos bendice; es el buen pastor que nos indica el camino. Por eso, cada cristiano puede decir con el Salmista aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado, ellos me sosiegan (Sal 122, 4). El Señor nos concede la paz.

El mensaje de Jesús es un mensaje de paz. Y el cristiano, discípulo de Cristo, debe estar comprometido a ser artífice de paz. Cuando se ve en el mundo situaciones de injusticia y violencia, debe responder al odio inhumano con el poder fascinante del amor; debe vencer la enemistad con el perdón. Sólo así podrá ser constructor de la paz. Para ello necesita la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo, Príncipe de la paz.

Dios envió a su Hijo para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva (Ga 4, 5). Jesucristo nos invita a tratar a Dios con la misma confianza y ternura que un niño pequeño trata a su padre. Él mediante su obra redentora no solamente nos ha liberado del yugo de la Ley, sino que nos ha dado la posibilidad de tener una condición nueva ante Dios, la condición de hijos. La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un Padre que ama infinitamente a sus criaturas. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos. Con qué fuerza san Juan Pablo II hacía referencia a esta filiación divina que Cristo nos ganado: Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado y resucitado, el cual como Señor, está sentado en los cielos a la derecha del Padre (Discurso 21.VII.1999).

Antes de la reforma litúrgica propiciada por el Concilio Vaticano II, el día 1 de enero celebraba la Iglesia la circuncisión del Señor. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno (Lc 2, 21). En la Anunciación el arcángel san Gabriel, después de decirle a la Virgen María que había hallado gracia delante de Dios, y que concebiría en un seno y daría a luz un hijo, le comunicó el nombre que pondría a su hijo: Jesús. También, cuando un ángel de Dios reveló a san José el misterio de la concepción de Jesucristo, el mensajero del Cielo le dice al santo Patriarca que recibiera en su casa a María porque lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo (Mt 1, 20), que su esposa daría a luz un hijo, y que él le pondría al Niño el nombre de Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).

El nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros podemos invocarlo: Jesús. El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la economía de la creación y de la salvación. Decir Jesús es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él.

Jesús significa Dios salva. ¿Cuántas veces invocamos el nombre de Jesús? El Santo Nombre de Jesús nos habla de santidad, poder y dulzura. El sólo hecho de oírlo despierta ternura en el alma cristiana y confianza en su poder salvífico. San Lucas escribió: No hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el que tengamos que ser salvados (Hch 4, 12). El Nombre de Jesús es el que manifiesta en plenitud el poder soberano del Nombre que está sobre todo nombre (Flp 2, 9). Por eso está en el corazón de la plegaria cristiana. Todas las oraciones litúrgicas se acaban con la fórmula “Por nuestro Señor Jesucristo…” El “Avemaría” culmina en “y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, numerosos cristianos han muerto, como santa Juana de Arco, teniendo en sus labios una única palabra: “Jesús”.

El evangelista san Lucas relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y los envolvió en su luz (Lc 2, 9). La luz del Redentor se manifiesta a los pastores de Belén, que, advertidos por el ángel, acuden enseguida a la cueva y encuentran allí la “señal” que se les había anunciado: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna (1 Jn 1, 5). La luz es fuente de vida. En el pasaje evangélico de la Misa se recoge la adoración de los pastores al Niño Dios. Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho (Lc 2, 16-20). Los pastores marchan a Belén acuciados por la señal que se les había dado. A comprobarla, cuentan el anuncio del ángel y la aparición de la milicia celestial. Y con ello, se constituyen en los primeros testigos del Nacimiento del Mesías.

¿Qué tipo de hombres eran los pastores? En su ambiente, los pastores eran despreciados; se les consideraba poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad? Ciertamente no eran grandes santos, si con este término se alude a personas de virtudes heroicas. Eran almas sencillas. El evangelio destaca una característica que luego, en las palabras de Jesús, tendrá un papel importante: eran personas vigilantes. Esto vale ante todo en su sentido exterior: por la noche velaban cercanos a sus ovejas. Pero también tiene un sentido más profundo: estaban dispuestos a oír la palabra de Dios, el anuncio del ángel. Su vida no estaba cerrada en sí misma; tenían un corazón abierto. De algún modo, en lo más íntimo de su ser, estaban esperando algo. Su vigilancia era disponibilidad; disponibilidad para escuchar, disponibilidad para ponerse en camino; era espera de la luz que les indicara el camino (Benedicto XVI, Homilía 24.XII.2020).

Todas aquellas vivencias del portal de Belén eran guardadas por la Madre del Niño en su corazón y las meditaban. Esto dice mucho de Santa María. San Lucas nos la presenta serena y contemplativa ante las maravillas que se estaban cumpliendo en el nacimiento de su divino Hijo. La Virgen las penetra con mirada honda, las pondera y las guarda en el silencio de su alma. ¡Santa María, maestra de oración! Si la imitamos, si guardamos y ponderamos en nuestros corazones lo que de Jesús oímos y lo que Él hace por nosotros, estamos en camino hacia la santidad cristiana y no faltará en nuestra vida ni la doctrina del Señor ni su gracia. Por otra parte, meditando de este modo la enseñanza que hemos recibido de Jesús, vamos profundizando en el misterio de Cristo.

Dios envió a su Hijo (Ga 4, 4), pero para formarle un cuerpo quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una joven judía de Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre la virgen era María (Lc 1, 26-27). Una vez que Santa María dio el consentimiento, tuvo lugar la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y así como una mujer -Eva- contribuyó a la muerte, así también otra mujer -la Virgen María- contribuyera a la vida.

A lo largo de toda la Antigua Alianza, la misión de María fue preparada por la misión de algunas santas mujeres. Al principio de todo está Eva: a pesar de su desobediencia, recibe la promesa de una descendencia que será vencedora del Maligno y la de ser madre de todos los vivientes. En virtud de esta promesa, Sara concibe un hijo a pesar de su edad avanzada. Contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad a su promesa: Ana, la madre de Samuel, Débora, Rut, Judit y Ester, y muchas otras mujeres. María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, la excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 489).

Veneremos el Santísimo Nombre de Jesús pues así damos gloria a Dios, que es el fin de nuestra vida. Nos podemos imaginar cómo pronunciaría la Virgen María el nombre de Jesús. En infinidades de veces lo utilizaría, pero siempre que salió de sus labios este bendito nombre, de su corazón saldría un acto de amor hacia su Hijo, que no era otro que el Verbo de Dios encarnado. Que en esto también nos parezcamos a la Madre de Dios que, por el querer de Jesucristo, es también Madre nuestra.

Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Ciclo B)

Contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio de la Anunciación nos ayuda a comprender lo que celebramos: el ángel se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa “colmada de gracia”, “creada por la gracia”, “llena de gracia”. María está en la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Ella es el único “oasis siempre verde” de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su “sí” a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva (Papa Francisco, Homilía 8.XII.2017). Toda hermosa, sin mancha alguna, es la Virgen María, Madre de Dios. Llena de gracia desde el primer instante de su concepción. En Ella se cumple la palabra de Dios, cuando al desterrar a nuestros primeros padres -Adán y Eva- del paraíso, dijo a la serpiente: Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre su linaje y el tuyo. Éste te aplastará la cabeza, mientras tú le herirás en el talón (Gn 3, 15). Sobre Ella nunca Satanás tuvo dominio. Ella pisó la cabeza de la serpiente infernal.

El apóstol san Pablo les dice a los cristianos de Éfeso -y a todos los que hemos recibido las aguas bautismales- que Dios nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor (Ef 1, 4). Y también desde toda la eternidad pensó en la que iba a ser su Madre y grata morada de su Hijo desde la Encarnación hasta el Nacimiento, para llenarla de gracia y de todas las perfecciones. María fue elegida para ser Madre del Redentor desde el mismo momento en que Dios decidió redimir al hombre por medio de la Encarnación del Verbo; aparece ya asociada a la obra de la Redención en la promesa misma de victoria sobre la serpiente hecha a los primeros padres caídos en pecado. La Virgen es la obra maestra de Dios. Roza las fronteras de la divinidad. Tiene mayor perfección y santidad que los ángeles y los santos del Cielo. Más que Ella sólo Dios.

Esta resplandeciente santidad del todo singular de la que Ella fue enriquecida al ser concebida, le viene toda entera de Cristo: Santa María es redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo. Los Padre de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios “la Toda Santa”, la celebran como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium 53). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida.

La Inmaculada Concepción de la Virgen es la condición que convenía a la mujer que debía ser favorecida con un don tan excepcional como es la Maternidad divina: la que, andando el tiempo, sería la Madre del Hijo de Dios, según su naturaleza humana, debía tener un grado de santidad y de gracia que la colocara a la altura de la situación única que iba a ocupar en los designios divinos. El beato Juan Duns Escoto, en el siglo XIV, cinco siglos antes de que se definiera el Dogma de la Inmaculada Concepción, argumentó en favor de este privilegio de la Virgen de la siguiente forma: Podía, convenía, luego lo hizo, que el pueblo cristiano lo popularizó así: ¿Quiso y no pudo?, ¡no es Dios! // ¿Pudo y no quiso?, ¡no es Hijo! // Digan, pues, que pudo y quiso.

En la primera lectura de la Misa de la Solemnidad de la Inmaculada está el versículo del Génesis llamado “Protoevangelio. El castigo que Dios impone a la serpiente incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria del hombre. Por eso se le ha llamado “Protoevangelio”: porque es el primer anuncio que recibe la humanidad de la buena noticia del Mesías redentor. Es obvio que herir en la cabeza es producir una herida mortal, mientras que la herida en el talón es curable. Por tanto, la mujer va a tener un papel importantísimo en esa victoria sobre el diablo, hasta el punto de que ya san Jerónimo, en su traducción de la Biblia al latín, la Vulgata, interpreta: ella (la mujer) te pisará la cabeza. Esa mujer es la Santísima Virgen, nueva Eva y madre del Redentor, que participa de forma anticipada y preeminente en la victoria de su Hijo. En Ella nunca hizo mella el pecado y la Iglesia la proclama como la Inmaculada Concepción.

En España, varios siglos antes de la definición dogmática, corporaciones, universidades, gremios, ciudades, cofradías e instituciones, se comprometieron defender el misterio inmaculista, e impulsar la devoción a la Limpia y Pura Concepción de la Madre de Dios. Pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su concepción inmaculada hasta su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, pasando por su perpetua virginidad. No olvidéis este rasgo vuestro. Mientras sea éste vuestro distintivo, estáis en buenas manos. No habéis de temer (San Juan Pablo II).

El pasaje evangélico es el de la Anunciación, el del momento en que Santa María conoce con claridad la vocación a que Dios la había destinado desde siempre. Esa escena nos hace contemplar a la Virgen Santísima como ejemplo perfecto de pureza (“no conozco varón”); de humildad (“he aquí la esclava del Señor”); de candor y sencillez (“de qué modo se hará esto”); de obediencia y de fe viva (“hágase en mí según tu palabra”). El arcángel san Gabriel le dice: Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres (Lc 1, 28). Al oír este saludo, Ella se turbó, más que por la presencia del arcángel, por la confusión y la sorpresa que producen en las personas verdaderamente humildes las alabanzas dirigidas a ellas. Cuando san Gabriel la tranquiliza y le dice: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios (Lc 1, 30), le está ayudando a superar el temor inicial que, de ordinario, se presenta en toda vocación divina. El hecho de que le haya ocurrido a la Santísima Virgen nos indica que no hay en ello ni siquiera imperfección: es una reacción natural ante la grandeza de lo sobrenatural.

¡Dios te salve! En el texto griego dice literalmente: ¡Alégrate! Es claro que se trata de una alegría totalmente singular por la noticia que le va a comunicar a continuación. Llena de gracia: El arcángel manifiesta la dignidad y honor de María con este saludo inusitado. Los Padres y Doctores de la Iglesia enseñaron que con este singular y solemne saludo, jamás oído, se manifestaba que la Madre de Dios era asiento de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del Espíritu Santo, por lo que jamás estuvo sujeta a maldición, es decir, estuvo inmune de todo pecado. Estas palabras del arcángel constituyen uno de los textos en que se revela el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

El Señor es contigo. No tienen estas palabras un mero sentido deprecatorio (el Señor sea contigo), sino afirmativo (el Señor está contigo), y en relación muy estrecha con la Encarnación. San Agustín glosa la frase el “el Señor es contigo” poniendo en boca del arcángel estas palabras: Más que conmigo, Él está en tu corazón, se forma en tu vientre, llena tu alma, está en tu seno (Sermón sobre la Natividad del Señor 4). Bendita tú entre las mujeres: Dios la exalta sobre todas las mujeres. Más excelente que Sara, Ana, Débora, Raquel, Judith, etc., por el hecho de que sólo Ella tiene la suprema dignidad de haber sido elegida para ser Madre de Dios.

La fe de la Virgen María en las palabras del arcángel san Gabriel fue absoluta; no duda como dudó Zacarías. La pregunta de la Virgen: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? (Lc 1, 34) expresa su prontitud para cumplir la Voluntad divina ante una situación que parece a primer vista contradictoria. Por un lado Ella tenía la certeza de que Dios le pedía conservar la virginidad; por otro lado, también de parte de Dios, se le anunciaba que iba a ser madre. Las palabras inmediatas del arcángel declaran el misterio del designio divino y lo que parecía imposible, según las leyes de la naturaleza, se explica por una singularísima intervención de Dios. Entre todas las virtudes con que fue adornada Santa María por el Creador, la de la virginidad es especialmente singular. La singularidad consiste en haber juntado Dios en Ella de una manera prodigiosa la Maternidad más fecunda con su perpetua Virginidad.

El propósito de Santa María de permanecer virgen fue ciertamente algo singular, que rompía de modo ordinario de proceder de los justos del Antiguo Testamento, en el cual, como expone san Agustín, atendiendo de modo particularísimo a la propagación y crecimiento del pueblo de Dios, que era el que había de profetizar y de donde había de nacer el Príncipe y Salvador del mundo, los santos hubieran de usar del bien del matrimonio (El bien del matrimonio 9, 9). Hubo, sin embargo, en el Antiguo Testamento algunos hombres que por designio de Dios permanecieron célibes, como Jeremías, Elías, Eliseo y san Juan Bautista. La Virgen Santísima, inspirada de modo muy particular por el Espíritu Santo para vivir plenamente la virginidad, es ya una primicia del Nuevo Testamento, en el que la excelencia de la virginidad sobre el matrimonio cobrará todo su valor, sin menguar la santidad de la unión conyugal que es elevada a la dignidad de sacramento.

A la pregunta de Santa María, el arcángel responde: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (Lc 1, 35). La “sombra” es un símbolo de la presencia de Dios. Cuando Israel caminaba por el desierto, la gloria de Dios llenaba el Tabernáculo y una nube cubría el Arca de la Alianza. De modo semejante cuando dios entregó a Moisés las tablas de la Ley, una nube cubría la montaña del Sinaí, y también en la Transfiguración de Jesús se oye la voz de Dios Padre en medio de una nube. En el momento de la Encarnación el poder de Dios arropa con su sombra a la Virgen María. Es la expresión de la acción omnipotente de Dios. El Espíritu de Dios -que, según el Génesis, se cernía sobre las aguas dando vida a las cosas- desciende ahora sobre Santa María. Y el fruto de su vientre será obra del Espíritu Santo. La Virgen, que fue concebida sin mancha de pecado, queda después de la Encarnación constituida en nuevo Tabernáculo de Dios. Este es el misterio contenido en relato evangélico de la Anunciación.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Una vez conocido el designio divino, Santa María se entrega a la Voluntad de Dios con obediencia pronta y sin reservas. Se da cuenta de la desproporción entre lo que va a ser -Madre de Dios- y lo que es -una mujer-. Sin embargo, Dios lo quiere y nada es imposible para él, y por esto nadie es quien para poner dificultades al designio divino. De ahí que, juntándose en la Virgen la humildad y la obediencia, pronunciará el a la llamada de Dios con su fiat (hágase). Una vez dado su consentimiento, de sus purísimas entrañas Dios formó un cuerpo, creó de la nada un alma, y a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios, de esta suerte el que antes era solamente Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre. Santa María ya es Madre de Dios.

Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (Ciclo A)

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (A)

Lecturas: Nm 6, 22-27, Ga 4, 4-7; Lc 2, 16-21

Maternidad divina de María. Empieza el nuevo año con una fiesta la Virgen: Santa María, Madre de Dios. La maternidad divina llena de luz la vida de María. Es una verdad que los cristianos profesaron desde los orígenes de la Iglesia. Santa María es Madre de Dios porque de Ella nació Jesucristo, que verdadero Dios y verdadero hombre.

Mientras que en el tiempo de Navidad nuestra mirada está fija en el gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios, hoy, con especial relieve, contemplamos la maternidad de la Virgen María. En el pasaje paulino de la 2ª lectura, al Apóstol alude de modo muy discreto a la mujer por la que el Hijo de Dios entró en el mundo: María de Nazaret. Al inicio de un nuevo año se nos invita a entrar en su escuela, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de Ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso (Benedicto XVI).

Culto mariano. La Iglesia tributa a María culto de especial veneración, distinto al de adoración, que sólo se debe a Dios. La Virgen ocupa, después de Cristo, el puesto más alto y, a la vez, más cercano a los hombres. Los dones que recibió de Dios la engrandecen, pero no la alejan. La devoción a la Madre de Dios es camino que conduce a Cristo Jesús. A los que decían que la veneración que los católicos tributamos a la Virgen María es algo exagerada, les respondía Mons. Fulton Sheen, un obispo americano que gozó de popularidad: Si la única acusación que Nuestro Señor me hiciera el día del juicio fuese que había amado demasiado a su Madre, me sentiría entonces plenamente feliz. Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: ¿No te conmueve oír una palabra de cariño para tu madre? ‑Pues al Señor le ocurre igual. No podemos separar a Jesús de su Madre.

Los principales actos de culto a la Virgen son cuatro: veneración, amor, invocación e imitación. El amor a Santa María conduce realmente a imitarla en sus actividades más profundas de total entrega a Dios y de servicio desinteresado al prójimo. Aprendamos en su escuela a santificarnos en medio de los avatares de este mundo, en la vida ordinaria, como Ella lo supo hacer en su hogar de Nazaret.

La circuncisión de Jesús. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús. El nombre de Jesús significa Dios salva. La Iglesia celebraba la circuncisión del Señor el primer día del año. En la Antigua Ley, la circuncisión era el signo de una especial pertenencia a Dios. Mediante esa ceremonia, manifestación de la fe en el Mesías esperado, el nuevo israelita entraba a formar parte del pueblo elegido. La circuncisión es figura del Bautismo. Con las aguas bautismales, el hombre es recibido en el seno de la Iglesia. El bautizado pertenece a Cristo.

El primer día de enero es la Jornada Mundial de la Paz. María es Madre de Cristo, Príncipe de la paz, y Ella misma es invocada como Reina de la paz. Pidamos con fe y confianza, a la que es Reina y Madre de la paz, que nos libre de toda clase de guerras y conceda paz a todos los pueblos de la tierra.

Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Ciclo A)

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN (A)

Lecturas: Gn 3, 9-15.20; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

El Misterio concepcionista. Celebramos hoy una fiesta grande de la Iglesia en honor de la Virgen María. Recordamos en este día uno de los privilegios con que Dios ha adornado a su Madre: su Concepción sin mancha de pecado original. Esta verdad de fe fue definida solemnemente el 8 de diciembre de 1854 por el beato Pío IX.

El hecho de celebrar la Inmaculada Concepción en Adviento ayuda a comprender mejor su sentido: María fue concebida Inmaculada porque iba a ser la Madre de Dios hecho Hombre y en atención a los méritos del Hijo al que Ella dio la naturaleza humana, gracias a la cual pudo ser Salvador y Redentor. Ella es la llena de gracia, toda santa. Es la mujer que aparece en la 1ª lectura, en perpetua enemistad con Satanás, la que aplasta la cabeza de la serpiente. María es la mayor obra y más pura hechura de Dios.

Modelo de santidad. Nada manchado hay en Ella. Es el esplendor de la luz eterna, el espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su Bondad. Más que Ella sólo Dios. En Ella habita el Señor, en Ella encuentra el lugar de su descanso. Ella es la casa viva de Dios, que no habita en edificios de piedra, sino en el corazón del hombre vivo (Benedicto XVI). El pueblo cristiano ha traducido a su lenguaje este misterio, llamando a Santa María con una sola palabra: la Purísima.

Hace tiempo a un pintor famoso le encargaron un cuadro de la Inmaculada. El artista fue buscar el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo. Y tuvo suerte, porque enseguida encontró a una que correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a posar para servir de modelo de un cuadro de la Virgen. La joven se sorprendió, pero aceptó, y dijo al artista: –Hoy no puede ser, iré mañana a su estudio de pintura. Al día siguiente la chica acudió al taller del pintor, y después de los saludos previos, dijo la joven: –Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir menos indignamente. La verdadera devoción a Santa María nos debe llevar a tratar de parecernos más a Ella. Y como Ella no tiene ninguna mancha, nosotros debemos procurar no tener ningún pecado.

Piedad mariana. El beato Pío IX encargó a un prelado de la Curia romana la redacción del documento por el cual proclamaba el Dogma de la Inmaculada: la bula Ineffabilis Deus. Una vez concluido su trabajo, el prelado rogó al Papa que le diese y firmase una copia del documento, pues era su deseo que cuando muriese le pusieran esa copia en el féretro para que le sirviese de pasaporte para el Cielo. Y pienso que hizo bien, pues el cariño a nuestra Madre, la devoción a la Virgen, la piedad mariana es camino que nos lleva a Jesús, y por tanto, a la vida eterna.

La devoción a María no es una devoción más. En la vida de quien ama a Dios no puede faltar el amor a la criatura a quien Dios más ama. La verdadera piedad mariana es santa: implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su oración, su inmaculada pureza, su paciencia, su dulzura, su espíritu de sacrificio…

Homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (C)

Lecturas: Ap 11, 9a; 12, 1-3.6a.10a; 1 Co 15, 20-27a; Lc 1, 39-56

La Virgen en la historia de la salvación. Hoy es una de las grandes fiestas marianas: la Asunción de Santa María en cuerpo y alma al Cielo. Con esta solemnidad culmina el ciclo de las celebraciones litúrgicas en las que contemplamos el papel de la santísima Virgen María en la historia de la salvación. En efecto, la Inmaculada Concepción, la Anunciación, la Maternidad divina y la Asunción son etapas fundamentales, íntimamente relacionadas entre sí, con las que la Iglesia exalta y canta el glorioso destino de la Madre de Dios, pero en las que podemos leer también nuestra historia (Benedicto XVI).

La concepción de María evoca el inicio de la historia del hombre. Éste, en el plan creador de Dios, habría debido tener la pureza y la belleza de la Inmaculada. El pecado de nuestros primeros padres echó por tierra aquel designio divino, pero sin destruirlo. Mediante la Encarnación del Hijo de Dios, anunciada y realizada en María, fue recompuesto y restituido a la libre aceptación del hombre en la fe. Por último, en la Asunción de María contemplamos lo que estamos llamados a alcanzar en el seguimiento de Cristo Señor y en la obediencia a su Palabra, al final de nuestro camino en la tierra (Benedicto XVI).

Con Jesús, hacia Dios. San Lucas, después de narrar la Anunciación, dice que María, se levantó y marchó deprisa a la montaña para visitar a Isabel. Para san Ambrosio esta prisa significa que la gracia del Espíritu Santo no admite lentitud. Al concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios encarnado, Santa María, dócil al Espíritu de Dios, comienza a recorrer un nuevo camino en su vida y se deja conducir solamente por Dios. En ese camino, meditando en el corazón los acontecimientos de su vida, descubre en ellos el misterioso designio de Dios para la salvación del mundo.

En la senda de su vida, María acompaña a Jesús desde su nacimiento en Belén hasta su muerte en la cruz; con Él va al destierro en Egipto, y con Él vive los años de la vida oculta de Nazaret. Discretamente aparece la Madre en la vida pública de Jesús, pero siempre viviendo en una constante ascensión hacia Dios.

Estrella del mar. La fiesta de hoy es motivo de esperanza. Al igual que Santa María, todo cristiano tiene un camino de seguimiento de Jesús, y al final de ese camino está una meta bien concreta: la victoria definitiva sobre el pecado, sobre la muerte, y la comunión plena con Dios. La Virgen ya entró en la plenitud de la unión con Dios, con su Hijo, y nos atrae y nos acompaña en nuestro camino.

En la vida de todo hombre se da esa tensión entre el bien y el mal, que en la 1ª lectura está representada en la lucha entre el dragón y la mujer. En esta tierra estamos como en un viaje por un mar borrascoso, pero en esa travesía María es la estrella que nos guía hacia su Hijo Jesús, sol que brilla sobre las tinieblas de la historia, y nos da la esperanza que necesitamos: la esperanza de que podemos vencer. En la Virgen elevada al cielo contemplamos la coronación de su fe, del camino de fe que ella indica a cada uno de nosotros; camino que finaliza en el Cielo.

Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (C)

Lecturas: Nm 6, 22-27; Ga 4, 4-7; Lc 2, 16-21

La Madre de Dios. La Iglesia celebra este primer día del año una fiesta importante de la Virgen: la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. ¿En qué sentido se dice que la Virgen María es la Madre de Dios? No en el sentido que la Virgen dé origen a la naturaleza divina del Hijo de Dios, porque esa naturaleza es eterna y anterior a Ella, sino en el sentido de que es Ella quien engendra el cuerpo de Jesús, en el que Dios infundió el alma, y a esa naturaleza humana concebida en su seno tiene como sujeto a la persona divina del Hijo o Verbo de Dios. Al ser María verdadera madre de Jesucristo es verdaderamente Madre de Dios.

Benedicto XVI hace considerar como la liturgia de hoy destaca la figura de María, madre de Jesús, hombre-Dios. Por tanto, en esta solemnidad no se celebra una idea abstracta, sino un misterio y un acontecimiento histórico: Jesucristo, persona divina, nació de María Virgen, la cual es, en el sentido más pleno, su madre.

Un ejemplo a seguir. María, Madre de Cristo, es también Madre de la Iglesia, como Pablo VI proclamó el 21 de noviembre de 1964, durante el concilio Vaticano II. María es, por último, Madre espiritual de toda la humanidad, porque en la cruz Jesús dio su sangre por todos, y desde la cruz a todos encomendó a sus cuidados maternos. Con su ayuda maternal comprometámonos a trabajar solícitamente por ese bien tan deseado por la humanidad que es la paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre.

María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. En el pasaje evangélico de la Misa de hoy, san Lucas describe a María como Virgen silenciosa y Maestra de oración en constante escucha de la Palabra eterna, que vive en la palabra de Dios. María conserva en su corazón las palabras que vienen de Dios y, uniéndolas como en un mosaico, aprende a comprenderlas. En su escuela queremos aprender también nosotros a ser discípulos atentos y dóciles del Señor (Benedicto XVI).

Siempre virgen. Además de la maternidad, hoy también se pone de relieve la virginidad de María. María es madre, pero madre virgen; María es virgen, pero virgen madre. Si alguien preguntara cómo puede ser que una virgen sea a la vez madre, habría que responderle: Para Dios no hay nada imposible (Lc 1, 37). La virginidad de Santa María está revelada por Dios en la Sagrada Escritura y en la Tradición, y se expresa diciendo que fue siempre virgen antes del parto, en el parto y después del parto.

María fue virgen antes del parto concibiendo en su purísimo seno al Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo. Igualmente fue virgen en el mismo parto, pues dio a luz a su divino Hijo de una forma milagrosa sin detrimento de su virginidad, a la manera que un rayo de sol sale por un cristal sin romperlo ni mancharlo. Y por último, la Madre de Dios conservó su virginidad después del parto, porque después de Jesús ya no tuvo ningún otro hijo.

Homilía de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción (Ciclo C)

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN (C)

Lecturas: Gn 3, 9-15; Ef 1, 3-6.11-12; Lc 1, 26-38

Aurora de la Navidad. La fiesta de hoy es una de principales que la Iglesia celebra en honor de Santa María. Recordamos en este día uno de los privilegios con que Dios ha adornado a su Madre: su concepción sin mancha de pecado original, en previsión de los méritos de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Sólo la Virgen estuvo desde el primer instante llena de gracia, y esta plenitud de gracia en María fue siempre en aumento, acrecentando Dios en ella su capacidad para recibirla.

En todo el curso de su vida mortal nunca tuvo pecado actual, ni mortal ni venial. Como Dios unió en Ella la virginidad con la maternidad, así unió también la gracia con la libertad: sin perder la libertad, conservó la gracia sin la más mínima mancha, hasta que se fue al cielo. Reúne en sí todas las bellezas imaginables. Los cristianos nos complacemos en llamarla toda santa, santísima. ¡Más que Ella, sólo Dios!

La mirada a María. El que fue arcipreste de Huelva, beato Manuel González, contaba esta anécdota: Estaba en la iglesia un crío mirando fijamente un cuadro de la Inmaculada, copia de un Murillo. El sacerdote tuvo curiosidad por lo insistente de la mirada, y el niño le explicó: -Nada, estaba viendo cómo se han quedado los angelitos de la peana. -¿Los ángeles? -Sí, mire usted, se han quedado bizcos. -¿Bizcos? ¿De qué? -No sé, será de estar todo el día mirando a la Virgen. La observación del chiquillo tenía su razón de ser, por el efecto óptico que producían los pequeños ángeles de la peana, mirando de una manera algo forzada. Pero también había una interpretación interesante: ¿cómo contemplar tanta hermosura sin “quedarse bizco”?  

Mientras que la Iglesia alcanzó ya la perfección en la Santísima Virgen, que la realiza sin mancha ni arruga, los cristianos están todavía en tensión para crecer en santidad, venciendo al pecado. Por eso ponen sus ojos en María, que brilla ante la comunidad entera de los elegidos como modelo de virtudes (Concilio Vaticano II).

Madre de los vivientes. El paralelismo entre Eva y María es resumido así: Eva, por haber dado crédito a la serpiente, comunicó al linaje humano la maldición y la muerte; y María, por haber creído al Arcángel, permitió que, por la bondad de Dios, viniese a los hombres la bendición y la vida. Por medio de María recibimos a Jesucristo, autor de la vida.

Son tiempos difíciles los que vivimos: ha aparecido la llamada cultura de la muerte que presenta el aborto -verdadero asesinato en el  propio seno materno del ser humano más inocente e indefenso que existe- como progreso; y la eutanasia -que encierra en sí misma la doble malicia del homicidio y del suicidio, o del homicidio a secas- como una muerte digna. A Santa María, Madre de los vivientes, le confiamos la causa de la vida. Haz, Madre, que los cristianos sepamos anunciar con firmeza y amor a los hombres y mujeres de nuestra época el Evangelio de la vida; y, junto con todos los hombres de buena voluntad, construyamos la cultura de la vida, basada en la verdad, en el amor  y en el respeto a toda vida humana, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

 

Homilía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (Ciclo B)

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA (B)

Lecturas: Ap 11, 9a; 12, 1-3.6a.10a; 1 Co 15, 20-27a; Lc 1, 39-56

La mirada al Cielo. El verano es de Virgen a Virgen (de la Virgen del Carmen a la Asunción). Este dicho popular expresa los días más calurosos del estío; pero podemos ver en él, un recordatorio: en el corazón de los meses de julio y de agosto hay una fiesta de Santa María, para que durante el período de vacaciones, la devoción a la Madre de Dios esté presente en la vida de cada cristiano. ¡Cuántas personas, por desgracia, se olvidan de Dios durante las vacaciones!

La fiesta de hoy es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad (Benedicto XVI). Día de júbilo. Hoy la Virgen María sube a los cielos; porque reina con Cristo para siempre (Antífona del “Magnificat”). Contemplemos a María elevada al Paraíso. Renovemos nuestra fe. La Asunción de la Virgen es para nosotros un signo de segura esperanza y de consolación, y nos impulsa a mirar al Cielo, morada eterna y meta de nuestra vida.

Dios vence. En la 2ª lectura, tomada del Apocalipsis, se hace referencia a un enorme dragón rojo que estaba enfrente de una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. El dragón, fortísimo y que parece invencible, es, según el Papa, una manifestación impresionante e inquietante del poder sin gracia, sin amor, del egoísmo absoluto, del terror, de la violencia. Personifica el poder del infierno que, a lo largo de la historia, en formas diversas, ha combatido a la Iglesia y a los cristianos. Sin embargo, al final venció la mujer inerme; venció el amor de Dios.

Hoy día, el dragón tiene la forma de ideologías materialistas, que nos dicen: es absurdo pensar en Dios; es absurdo cumplir los mandamientos de Dios; es algo del pasado. Lo único que importa es vivir la vida para sí mismo, tomar en este breve momento de la vida todo lo que nos es posible tomar. Sólo importa el consumo, el egoísmo, la diversión. Ésta es la vida. Así debemos vivir (Benedicto XVI). Pero también ahora sigue siendo Dios más fuerte que el dragón, y la verdad derrotará las falsas ideologías basadas en el odio.

La mujer vestida de sol. La otra imagen es la de la mujer. Ésta, en primer lugar, es figura de la Virgen María. Vestida de sol, es decir, totalmente llena de Dios, rodeada y penetrada por la luz divina. Coronada con doce estrellas, como Reina de los Doce Apóstoles y de los ángeles y santos del Cielo. La luna por pedestal. Bajo los pies de la mujer está la luna, que es imagen de la muerte y de la mortalidad. María superó la muerte; está totalmente vestida de vida, elevada en cuerpo y alma a la gloria de Dios (Benedicto XVI).

Santa María venció al dragón. Ella, desde el Cielo, nos dice: ¡Ánimo, al final vence el amor! En mi vida dije: “¡He aquí la esclava del Señor!”. En mi vida me entregué a Dios y al prójimo. Y esta vida de servicio llega ahora a la vida verdadera. Tened confianza; tened también vosotros la valentía de vivir así contra todas las amenazas del dragón.

Homilía de la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Madre de Dios. La liturgia de Navidad está centrada en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Hoy, ocho días del nacimiento de Jesús, la atención se concentra de modo especial en Santa María para contemplar su maternidad divina. En la 2ª lectura, san Pablo hace una discreta referencia a la mujer que fue la madre del Hijo de Dios: envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. Esa mujer es María de Nazaret.

María es Madre de Dios. Ésta es una verdad profesada siempre por los cristianos. Cuando Nestorio negó a María el título de theotocos -Madre de Dios- todo el orbe cristiano reaccionó en defensa de la verdad católica, y el Concilio de Éfeso (año 431) proclamó solemnemente a María como Madre de Dios. La solemnidad de hoy celebra un misterio y un acontecimiento histórico: Jesucristo, persona divina, nació de María Virgen, la cual es, en el sentido más pleno, su madre.

 

Artífice de paz. Al iniciar un nuevo año, la Iglesia nos invita a entrar en la escuela de María, en la escuela de la fiel discípula del Señor, para aprender de ella a acoger en la fe y en la oración la salvación que Dios quiere derramar sobre los que confían en su amor misericordioso (Benedicto XVI). Además, invoca para el mundo la paz, la paz de Cristo, y lo hace a través de María, mediadora y cooperadora de Cristo.

Hemos escuchado en la 1ª lectura: El Señor te bendiga y te proteja. El Señor se fije en ti y te conceda la paz. El mensaje de Jesús es un mensaje de paz. Y el cristiano, discípulo de Cristo, debe estar comprometido a ser artífice de paz. Cuando ve en el mundo situaciones de injusticia y violencia, debe responder al odio inhumano con el poder fascinante del amor; debe vencer la enemistad con el perdón. Sólo así podrá ser constructor de la paz. Para ello necesita la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo, Príncipe de la paz.

La verdadera paz. Hay quienes confunden la paz con la mera tranquilidad exterior. Otros sólo trabajan por la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo construyen una paz ficticia, imperfecta e inestable. Contentarse con sucedáneos de paz es un grave error, que produce la más amarga de las desilusiones. Los cristianos promueven la paz, construyen la paz, poniendo las bases en el respeto de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios, y proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la paz.

Para que haya paz en la sociedad, es preciso que las almas gocen de paz. Nadie da lo que no tiene. Quien quiera sembrar paz, ha de permanecer muy unido a Dios, que es la fuente de la verdadera paz. La paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad. Para los cristianos trabajar en favor de la paz es un mandato permanente. Los discípulos de Cristo tienen la misión de anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”. Pidamos a Santa María, Reina de la paz, su ayuda para construir la verdadera paz.