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La virginidad en la Sagrada Escritura

Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes. El que no tiene mujer se preocupa de las cosas del Señor, buscando cómo agradar al Señor. En cambio, el que tiene mujer se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su mujer, y así su corazón está dividido. También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada, en cambio, se preocupa de las cosas de este mundo, buscando cómo agradar a su marido. Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor (1 Co 7, 32-35)

Jesús les dijo: “Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por lo tanto, Yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio”. Los discípulos le dijeron: “Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse”. Y Él les respondió: “No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!” (Mt 19, 8-12).

Patrona de las jóvenes en edad de casarse (Santa Inés)

Patrona de las jóvenes en edad de casarse (Santa Inés)

Una joven cristiana mártir

Inés nació en Roma en el año 291. En el año 304, durante la persecución del emperador Diocleciano sufrió martirio por conservar su virginidad. Su historia es trágica y conmovedora. Su vida y los detalles de su martirio se cuentan en las Actas de los mártires, escrita en el siglo V, más de un siglo después de los hechos ocurridos que relata.

Era una joven que con tan sólo trece años sufrió el martirio. Una historia aterradora, como muchas de las que ensangrentaron Roma y el Imperio en aquellos terribles años. No había nada de sagrado, nada de inocente, y lo que era agradable estaba destinado a perecer, a sufrir un destino aún peor, simplemente en virtud de su propia belleza. Y sin embargo, Inés sobrevivió todo ese horror, de hecho, su trágico destino la convirtió en un símbolo de belleza y virtud que ha trascendido los siglos, iluminando el camino de miles de fieles y devotos.

En el tratado de san Ambrosio De Virginibus, sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que santa Inés murió a los trece años. Antes de su martirio se mantuvo inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas. No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales, dijo san Ambrosio. Para continuar diciendo: Se refiere que ella tenía sólo trece años cuando fue martirizada. Y notemos el poder de la fe que consigue hacer mártires valientes en tan tierna edad. Casi no había sitio en tan pequeño cuerpo para tantas heridas. Se mostró valientísima ante las más ensangrentadas manos de los verdugos y no se desanimó cuando oyó arrastrar con estrépito las pesadas cadenas. Ofreció su cuello a la espada del soldado furioso. Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo. Presentó sus manos y su cuello ante las argollas de hierro, pero era tan pequeña que aquellos hierros no lograban atarla. Todos lloraban menos ella. Las gentes admiraban la generosidad con la cual brindaba al Señor una vida que apenas estaba empezando a vivir. Estaban todos asombrados de que a tan corta edad pudiera ser ya tan valerosa mártir en honor de la Divinidad. Cuántas amenazas empleó el tirano para persuadirla. ¡Cuántos halagos para alejarla de su religión! Mas ella respondía: “La esposa injuria a su esposo si acepta el amor de otros pretendientes. Únicamente será mi esposo el que primero me eligió, Jesucristo. ¿Por qué tardas tanto verdugo? Perezca este cuerpo que no quiero sea de ojos que no deseo complacer”. Llegado el momento del martirio. Reza. Inclina la cabeza. Hubierais visto temblar el verdugo lleno de miedo, como si fuera él quien estuviera condenado a muerte. Su mano tiembla. Palidece ante el horror que va a ejecutar, en tanto que la jovencita mira sin temor la llegada de su propia muerte. He aquí dos triunfos a un mismo tiempo para una misma niña: la pureza y el martirio.

Inés era una bella joven proveniente de una noble y aristocrática familia romana. Una de las más poderosas. Ella era rica heredera. Recibió muy buena educación cristiana y se consagró a Cristo con voto de virginidad. Debido a sus riquezas y hermosura, la santa fue pretendida por varios jóvenes de las principales familias romanas que hasta rivalizaron por su mano; pero Inés respondía a todos que había consagrado su virginidad a un esposo celestial, invisible a los ojos del cuerpo. A todos los pretendientes que tuvo los que rechazó por declararse fiel amante de Cristo. Volviendo un día del colegio, la niña se encontró con el hijo del prefecto de Roma, el cual se enamoró de ella y le prometió grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio. Ella respondió: He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta. El hijo del prefecto de Roma, al verse rechazado, la denunció a su padre por ser cristiana. En aquellos tiempos, los cristianos se encontraban bajo la persecución de Diocleciano y se les condenaba con la muerte si se negaban a santificar a los dioses romanos. El prefecto intentaba persuadirla con amenazas, pero ellas no alcanzaron para que la joven desistiera de su fe. Estaba enamorada de Cristo y eso le hacía perseverar y no ceder ante el temor de la tortura. Fue juzgada y sentenciada a vivir en un prostíbulo, donde acudieron muchos jóvenes licenciosos pero que no se atrevieron a acercársele, pues se llenaron de terror y espanto al ser observados por la santa. Ningún hombre pudo profanar ese cuerpo virgen, templo del Señor. Milagrosamente, Inés permaneció virgen y su santidad se confirmó.

Martirio

Según las Actas de su martirio, aunque fue expuesta desnuda, los cabellos le crecían de manera que tapaban su cuerpo. El único hombre que intentó abusar de ella quedó ciego, pero Inés lo curó a través de sus plegarias. Más tarde fue condenada a muerte. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada el 21 de enero del año 304. Cuando iba a ser degollada, el verdugo intentó que abjurase, e hizo todo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos deseaban casarse con ella, a lo que ella respondió con las ya citadas palabras: Injuria sería para mi Esposo que yo pretendiera agradar a otro. Me entregaré solo a aquél que primero me eligió. Fueron sus últimas palabras. A continuación, santa Inés oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. El verdugo tomó una espada para atravesarla en su garganta, pero antes ordenó fuera esposada. Le pusieron unas esposas pequeñas, pero al ser tan niña, estas también caían de sus muñecas. Pero Inés no las necesitaba. Dando ejemplo de entereza cristiana, se arrodilló, apartó su cabello para exponer limpiamente el cuello, cruzó sus brazos sobre el pecho e inclinó la cabeza. Temblaba de emoción el verdugo antes de decapitar a santa Inés, como si él mismo hubiera sido el condenado, y su mano derecha se estremecía, su rostro palideció, temiendo el peligro de otro, mientras que la doncella no temía por ella misma.

San Ambrosio habla de “golpe de espada”, y que luego de éste, la joven se cubrió la herida con modestia y se cubrió el rostro con las manos, por lo que parece se refiere a una herida de garganta o pecho, mortal, pero no instantánea.

Así comentó el hecho San Ambrosio, al que se le atribuye el himno en honor de Agnes beatae virginis: ¿En un cuerpo tan pequeño había lugar para más heridas? Las niñas de su edad no resisten la mirada airada de sus padres, y las hace llorar el piquete de una aguja: pero Inés ofrece todo su cuerpo al golpe de la espada que el verdugo descarga sobre ella. He aquí una víctima de un doble martirio: de modestia y de la fe. En ellas permaneció virgen y en ellas obtuvo el martirio”.

Sus padres recogieron el cadáver. Fue sepultada en el Coemeterium majus en el sepulcro paterno, donde los cristianos lo veneraron durante días. Los paganos y los soldados intentaban impedir la veneración, tomando a algunos presos. Dicho cementerio está un poco más distante de la vía Nomentana que es el sitio en que fue erigida la basílica de santa Inés. Pocos días después de su muerte se encontró a su mejor amiga y hermana de leche, una chica de su edad llamada Emerenciana, rezando junto a la tumba. La madre Emerenciana fue una niñera de Inés. Emerenciana era catecúmena -aún no ha recibido el bautismo-. Estando Emerenciana junto a la tumba de Inés, increpó a los romanos por matar a su amiga. Entonces fue capturada, y ella confesó que también era cristiana, y fue muerta a pedradas por la turba, recibiendo el “bautismo de sangre” y la palma del martirio.

Narración legendaria

Era Inés una niña de la familia Clodia. Al llegar a los trece años, edad apropiada para contraer matrimonio, fue pretendida por un hijo del prefecto Sofronio. Era Inés cristiana, y más aún, había hecho un voto de virginidad para ser solamente esposa de Cristo, por lo que respondió al joven: Ya estoy comprometida a uno, y a él solo mantengo mi fidelidad. Él ya me ha desposado con un anillo y me ha adornado con joyas. Él ha puesto una señal en mi frente. Él me ha mostrado tesoros incomparables, que ha prometido darme si persevero en su amor. La miel y la leche de sus labios me atraen, y he comido de su cuerpo, y con su sangre tiñe mis mejillas. Su madre es una virgen, y su Padre no conoció mujer. A Él los ángeles le sirven, su belleza sol y la luna admiran; por su fragancia resucitan los muertos, por su toque a los enfermos cura. Su riqueza nunca falta, y su abundancia nunca decrece. Sólo en él me sostengo, sólo en él confío. Para quien yo amo soy casta, para quien me toca estoy limpia, para quien me recibe soy virgen. El joven comunicó aquellas raras palabras a los padres de Inés, los cuales le preguntaron a quien había dado su corazón, y ella les respondió que era cristiana y Cristo era su amor. Sofronio la reclamó a sus padres y estos, por miedo, le instaron a que se casara con el hijo de éste, pero Inés prefirió comparecer ante el prefecto y confesar su fe cristiana. Ante éste defendió su deseo de virginidad por Cristo, a lo cual Sofronio respondió que la llevaría al templo de las vestales, para que consagrara su castidad a la diosa Vesta. ¿Crees -replicó Inés- que si me he negado a tu hijo, de carne y hueso, ¿voy a dedicarme a dioses de piedra que no sienten?

Entonces Sofronio la envió a una casa de prostitución para que allí le arrancaran su virginidad, y por ello acudieron muchos hombres lujuriosos. Al ser desnudada, su cabellera creció milagrosamente y la cubrió por completo. Y además, bajó un ángel del cielo que le puso una vestidura blanca. El hijo del gobernador irrumpió en el burdel y el ángel le cegó, pero Inés le sanó milagrosamente. Viendo aquello, Inés fue acusada de brujería. Aspasio Paterno, diputado, ordenó que debía ser ejecutada inmediatamente, y la multitud: ¡Fuera con la bruja, lejos con ella! La condenaron a morir a fuego, pero al ponerla en la pira, Inés exclamó: Oh, Padre Todopoderoso, que solo Tú has de ser temido y adorado, te doy gracias porque por de tu santo Hijo, he escapado de las amenazas del tirano profano, y con Él he pasado sin mancha por encima del pantano abominable de la lujuria. Ahora yo acudo a Ti, a quien he amado, he buscado, y siempre he anhelado. Tu nombre bendigo y glorifico sin fin. Ahora con el Espíritu te digo: Enfría este fuego que hay bajo de mí, corta la llama y deshaz benignamente su calor. ¡Oh, Padre de mi Señor Jesucristo, te confieso con mis labios, y con mi corazón, todo lo espero de ti. Clamo a ti, único y verdadero Dios, que con nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y el Espíritu Santo, vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. Apenas terminó de orar, el fuego se apagó milagrosamente.

Veneración a santa Inés

Esta virgen y mártir es venerada como una de las grandes mártires de la historia de la Iglesia, y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV. En el calendario litúrgico se celebra el 21 de enero. La hija del emperador Constantino, Constantina (también conocida como santa Constanza), mandó construir la basílica que lleva su nombre en la vía Nomentana. Numerosas vidas de esta santa y obras de arte se realizaron durante la Edad Media: existen relicarios y estatuas en la ciudad de Roma. La más conocida de las estatuas representa a santa Inés en medio de las llamas.

Todos los historiadores coinciden en proclamarla mártir de la virginidad. La liturgia de la Iglesia la presenta como modelo de los éxitos que logra alcanzar una persona cuando tiene una gran fe. La fe en Dios y en la eternidad lleva al heroísmo. Es patrona de las jóvenes que desean conservar la pureza. En este tiempo de materialismo santa Inés es un modelo de castidad para la juventud. Diversas asociaciones juveniles se han puesto bajo su patronazgo, por ser especial abogada para la salvaguarda de la pureza. También es patrona de las vírgenes, los niños y niñas, los adolescentes, las novias y de las jóvenes en edad de casarse, y solteras en general. Además, de la pureza y de los horticultores y de los jardineros, ya que la virginidad era simbolizada con un jardín cerrado.

Culto y testimonios

Las reliquias de Santa Inés, las auténticas, se veneran en la misma Roma. El cuerpo en su iglesia extramuros y gran parte de la cabeza en Santa Inés “In Agone”. Este cráneo se halló en la tesorería de la Basílica de Letrán en 1903, cuando León XIII mandó quitar los sellos que la habían tenido intacta durante siglos. Ciertamente en la basílica de Santa Inés conservaba el cuerpo, pero no la cabeza. Los estudios sobre los dientes del cráneo demostraron que se trataba de una niña entre 12 y 15 años. La basílica de Santa Inés habría sido levantada por santa Constanza, sanada milagrosamente por santa Inés. Allí, según la leyenda, vivió Constanza como virgen consagrada a Dios.

El testimonio más antiguo sobre el culto a santa Inés es la Depositio Martyrum. El papa san Dámaso I dedicó versos a su memoria, y además, escribió el epitafio de su tumba, lo que evidencia una sólida devoción. Este epitafio dice: Según cuenta la tradición que sus devotos padres narraron de cuando las trompetas con su triste melodía llamaron a su hija Inés ella de pronto dejó el regazo de su nodriza voluntariamente despreció la furia y amenazas del cruel tirano cuando él decidió consumir su cuerpo en las llamas. Con mínimas fuerzas superó grandes peligros. Aunque ella siendo débil él fracasó en inspirarle un fuerte temor ella por su parte dejó caer su larga cabellera para cubrir su desnudo cuerpo para que ninguna mirada mortal mirase aquel templo del Señor. A ti a quien venero, gentil y santo ornamento de virginidad vuelve tu mirada oh ilustre mártir a las plegarias de Dámaso. Te lo ruego.

Prudencio, el poeta cristiano, la llama fortis puellae, martyris inclytae, en el poema XIV de su Liber Peristephanon, que versa sobre la Passio Agnetis. Es él quien añade que fue expuesta a la vergüenza pública y llevada a un lupanar, en el que se veneraba a Minerva: hanc in lupanar trudere publicum certum est, ad aram ni caput applicat ac de Minerva iam veniam rogat, quam virgo pergit temnere virginem.

Testimonio antiguo de su veneración por parte de todo el mundo cristiano de entonces lo da también san Agustín, que es el primero en darle significado al nombre, uniendo su sacrificio al Sacrificio de Cristo, Cordero Inmaculado. El 21 de enero de 396 en un sermón dijo: Dichosa Santa Inés, que sufrió su pasión en el día de hoy. Esta virgen era lo que indicaba su nombre. Inés, Agnes, en latín significa “cordera”, y en griego, “casta”. Era lo expresado por el nombre. Con razón pues, fue coronada. 

San Jerónimo en una carta a Demetríade dice que la vita de Santa Inés es un ejemplo de constancia en la virginidad: La vida de santa Inés, virgen, ha sido loada con las letras y lenguas de todas las gentes, especialmente en las iglesias. Y san Máximo dirá: Oh, Virgen Gloriosa, ¡qué ejemplo de vuestro amor habéis dejado a las vírgenes para que te imiten! Allegaos, doncellas, y en los tiernos años de su niñez aprended a amar a Cristo con vivas llamas de amor. Aprended, vírgenes, de Inés, que así está abrasada del amor divino y tiene por basura todos los tesoros y delicias de la tierra.

San Ambrosio en De Virginibus, escribió: Mi tarea comienza favorablemente, y pues hoy es el aniversario de una virgen, tengo que hablar a las vírgenes. Es el aniversario de Santa Inés: que los hombres la admiren, que los niños tomen coraje, que los casados se asombren, que los solteros tomen ejemplo. Pero ¿qué puedo decir que sea digno de ella, cuyo a cuyo nombre no faltan las alabanzas brillante? En la devoción excedió a su edad, en la virtud estuvo por encima de la naturaleza, que me parece que no le han dado un nombre humano, sino un símbolo del martirio, por el que mostró lo que sería. El nombre de esta virgen es un título de modestia. Voy nombrarla mártir, la proclamaré virgen.

La Leyenda Aurea del beato Santiago La Vorágine toma por literales las palabras: me ha desposado con un anillo y me ha adornado con joyas, aludiendo a un posible matrimonio entre Inés y Jesús en forma de Niño, como se cuenta de otras santas.

Iconografía

A santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos (evocación de su nombre latino) y rodeada de una pira (porque fue echada al fuego, del que se libró milagrosamente), espada (fue decapitada), palma y lirios, en alusión a su martirio y pureza. El nombre latino de esta santa es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero, y por extensión significa pureza e inocencia, el principal don de la mártir Inés. La asimilación con el cordero ha configurado su iconografía, a base de símiles entre el nombre y el animal.

Afirmaban algunos que el nombre de Inés es solamente un símbolo, pues significa “cordero” en latín, que evoca a la inocencia, la víctima y en último caso a Cristo. Este símbolo lo habrían recreado Agustín y la passio, pasando al culto popular. Pero antes que se escribiera esta passio, en 337, Inés aparece mencionada así en la Depositio Martyrum, y también en el epitafio de san Dámaso I, y lo mismo en el sermón de san Agustín, todo esto antes que la “passio” fuese escrita. En todo caso, la leyenda toma el nombre de la historia, y no es ella quien recrea un nombre simbólico.

Bendición de los corderos

Un antiguo rito perpetúa el recuerdo del ejemplo heroico de pureza de santa Inés. Debido a la raíz de su nombre (Agnus, “cordero” en latín). En la mañana del 21 de enero, día de la fiesta de santa Inés, se bendicen dos corderitos, que después ofrecen al Papa para que con su lana sean tejidos los palios destinados a los Arzobispos. La antiquísima ceremonia tiene lugar en la iglesia de Santa Inés. Los dos corderos son traídos de la abadía trapense de Tre Fontane en Roma.

El pallium (palio) es un ornamento de lana blanca con seis cruces negras, que se pone sobre los hombros y tiene dos bandas que caen sobre el pecho y la espalda. Es un símbolo que manifiesta la estrecha unión con el romano pontífice y la misión del pastoreo, razón por la cual se confeccionan de la lana de los corderos. Esta pieza de vestimenta litúrgica también hace referencia al Buen Pastor.

Los nuevos arzobispos metropolitanos recibían el palio de manos del papa el 29 de junio, solemnidad de san Pedro y san Pablo, como señal de su jurisdicción y su unión con la Sede Apostólica. Actualmente, son los nuncios los que imponen a los arzobispos el palio en cada una de las sedes.